viernes, 30 de octubre de 2020

Evaluación III

 Octubre, 2020. 

BUENOS AIRES 


Me gustaría saber que voy a verte, 

que ya no hay tiempo ni virus 

bajo el que no tenga revancha. 

Que no me quedará sólo este  

estarme cubierta por una manta

 corta, como siempre, corta, 

de la cabeza a los tobillos. 


Una manta que no me dice 

qué somos, qué seremos o quizá 

si algún día existirá un consejo,

 que me ayude a reconocer,

que finalmente te quería. 


Porque te quería, y sí, cómo no quererte,

si le fuiste poniendo a mi miedo tus palabras.  

El por favor, el gracias, la voz suave 

en el medio de la noche, y tus dormí- dormí

que amedrentaron a los fantasmas más rabiosos. 


Cómo no quererte aunque 

no nos volvamos a ver nunca,

aunque no alquilemos la cabaña 

con la que soñábamos pasar 

la vida condensada en un fin de semana 

alentando al amor y al turismo nacional. 


Aunque no nos tomemos el barquito hasta Montevideo 

quizá para atontar a la costumbre, 

quizá para hacernos el amor cruzando el río

o quizá para comer mientras pensamos 

dónde, dónde habrá sido el café 

en el que Benedetti escribió La Tregua.   


Cómo no quererte,  si en este instante, 

si en este sitio donde te pronuncio, 

donde escribo en un formato que no sé manejar, 

sólo por ser el único que he encontrado, 

quererte es lo único que resucita por debajo 

de los muertos, de los contagiados y de los vivos.  


Cómo no quererte si no sirve, 

si seguir escondiéndolo, ya no me sirve para nada. 


* no sé si lo odiaré en breve, pero, en prosa, aseguro que no quería salir. 


 

martes, 27 de octubre de 2020

Evaluación II

Almuerzo una ensalada de pollo, vegetales y huevo duro. A la derecha reposa el vaso eterno de agua. Me alegra estar en silencio, comiendo, porque mientras mastico la comida también voy meditando otras cuestiones. 

Ayer Galeno me escribió, me tomé un tiempo necesario para responder, y le mandé saludos a su hija, claro. Si no me hubiera escrito, no sé qué habría hecho, siendo sincera.  Me contó que iba a festejar con todos los cuidados, cenando afuera, con la madre de la nena y la nena. La verdad es que si bien antes me hacía toda la novela en la cabeza, ahora, lo tomé como algo natural; le deseé que festejaran y que lo disfrutaran.  Me volvió a escribir al rato, por otra cosa. Le contesté. Pero no me sale tomar iniciativa en estos momentos. 

Creo que parte de todo lo que me está dejando de pasar con él hace un viaje también por este lado, es decir, sobre el sentir que ya no tenemos cosas que nos unan ni que ocupo ningún lugar real.  Que, pese a todo, nos acabamos convirtiendo en un recuerdo del pasado reciente, interrumpido por una hecatombe mundial.  Que somos un mensaje, un emoji o una foto, quizá un audio con música o una expresión que recuerda sobre las veces donde fuimos capaces de cruzar fronteras internas y límites terrestres para encontrarnos. 

¿Dónde están esas dos personas que fueron capaces de ir y venir para pasar tiempo con el otro? 

La verdad es que no estoy triste por sentir que somos diferentes. Lo vivo con una naturalidad estremecedora. Como si siempre lo hubiera estado esperando, cosa que por otro lado, es cierta. Porque con Galeno siempre fuimos dos personas diferentes unidas por las ganas de estar juntas. No hay otra vuelta que darle. Tampoco creo que ningún sentimiento sea tan fuerte como si lo es la voluntad, es decir, las ganas de una persona de hacer o no algo. Y sé que esas ganas no se pueden falsear. O están o no están. 

Hoy en día, siendo totalmente sincera, yo no sé si tengo ganas. Haciendo una indagación profunda, siento necesario darme a mi misma el espacio para ser leal a lo que siento. Y no, no tengo ganas de seguirla remando. Él es un buen tipo, no va por ahí. Soy yo, que no tengo el contrapeso, que no le veo sentido, que pienso en todo este tiempo lejos y es casi como si no supiera ya quién es.  Antes dudaba sobre si Galeno tendría o no ganas de verme algún día. Ahora me detengo cien veces más a pensar si, realmente, la que tiene ganas, soy yo. 

¿Qué nos une ahora? 

¿El silencio? ¿La espera? ¿O el recuerdo de lo que nos unía antes de una pandemia? 

Veremos (bis) 

lunes, 26 de octubre de 2020

Evaluación

 Hoy es el cumple de la hija de Galeno. Si bien no tengo ganas de hablar consigo, pienso: "¿debería enviarle saludos?". No sé, la verdad, qué hacer. Por un lado, sí lo haría. Por otro lado, si pienso solamente en la decisión que tengo que tomar, no, no lo haría. Dejaría las cosas así, aprovechando la volada, y seguiría manteniendo este silencio. 

Nunca me planteé dejar de alguien, la verdad. Hasta ahora. No es que haya hecho algo específico ni él ni yo. De hecho, ya no me detengo en esas cosas. Es algo más profundo que no sé explicar en este momento. Creo que me cansé y me aburrí de la situación. Eso es lo primero que se me aparece, lo que siento, o al menos, lo que puedo expresar de todo lo que siento. 

Me parece también que necesito unos días para pensarlo bien, para estar sola, sin ningún tipo de interacción consigo. Darme un tiempo preciso para disecar mis sentimientos, mi ánimo, mis deseos y mis miedos y ver qué me pasa con eso.  Un tiempo para evaluar, sería, si realmente quiero seguir apostando a ciegas o plantear lo que pasa para dejarlo acá.  

Veremos.

domingo, 25 de octubre de 2020

El favor

Lo que menos me gusta del miedo es que distorsiona los acontecimientos. Te hace ver negro donde es blanco. Te hace desconfiar de cosas simples. Te empuja a dudar de cuestiones que, quizá, no son tan difíciles de asimilar. Logra que una semilla se convierta en una bola de la nada. Y logra que nuestras acciones estén regidas por él.

No me gusta sentir miedo, aunque haya convivido con él durante muchos años. Principalmente porque una vez que había iniciado un camino para superarlos, le cayó un rayo al mundo en el que vivimos, y me quedé con miedos que estaban a punto de salir y de acabarse de una buena vez por todas. 

Ahora el miedo es diferente.  Es un miedo que me hace alejarme. Atajarme. Ver cosas malas donde antes veía cosas lindas. Comportarme un poco a la defensiva. Volverme desconfiada, a veces, o ignorarlo preventivamente para que no me duela. Pensar que si no me habla por dos días, donde sé lo que está haciendo - porque son sus días en familia y reconozco que está conectando con lo que lo hace feliz - es porque no tiene interés. Porque cada día tiene menos interés. 

Y así, viendo negro aunque sea blanco, constantemente. Necesitando una seguridad que trato de construir adentro, que entiendo que no debo buscar en nadie más que en mi, y que es el objetivo principal de mi trabajo interno. Un trabajo donde tengo semanas muy buenas y otras semanas bastante difíciles, más aún, cuando todavía estamos en la incertidumbre. 

Esta es una clase de miedo que no sé cómo manejar, que justamente estuve tratando de superar todos estos meses a medida que fueron cambiando los acontecimientos. Es un miedo de los más poderosos, porque el otro no hace mucho, sino que todo el trabajo está realizado por nuestras inseguridades. Y, siendo honesta, nadie nos conoce mejor que nosotros mismos para darnos exactamente donde nos duele. Nadie es tan asertivo mirándonos desde afuera para conocer lo que nos lastima realmente. Por eso, el trabajo depende de nosotros mismos y, lo que haga o no haga alguien más, queda en segundo plano. 

Lo que lastima y dá miedo son todas nuestras inseguridades hablando, todo el tiempo, explicando por qué la otra persona podría abandonarnos. O por qué no somos deseables ya, si engordamos en cuarentena. O dando razones infinitas por la que la persona se aburrió de nosotros. O argumentando que, de seguro, hay miles de minas más interesantes, más lindas o más despiertas. 

¿Y quién puede decirlo, quien puede saberlo en realidad? Uno sabe lo que no acepta de si mismo, lo que no le gusta, lo que no lo hace sentir cómodo. Quizá, el otro, realmente, ni se fijó en eso o no le resulta tan importante. Quizá le gustan y le molestan otras cosas de nosotros que jamás hubiéramos podido advertir en primera instancia.  Quizá nos sigue viendo igual, o mejor. 

El tema sigue siendo qué vemos nosotros... de nosotros mismos.  Y hoy yo enfocaría en eso. Porque necesito hacer ese recorrido de aceptación, ahora, en otro aspecto de mi vida. 

Como ya lo hice conmigo misma hace muchos años, ahora, debería ponerlo en práctica para compartir poco o mucho tiempo de mi vida con otro, sin pensar, básicamente, que me está haciendo un favor por eso ni que yo le estoy haciendo un favor dándole pelota (como me suelen decir todos, por una cuestión meramente estética, cosa que me parece cualquiera...).Porque quizá, el favor, nos lo haya hecho la vida a los dos cruzándonos y el desafío sea ahuyentar los fantasmas para disfrutar de la gracia. 

sábado, 24 de octubre de 2020

La montaña

Julio, 2014


¿Y qué pasó? Ahora soy yo la que no cree en nada. La que se contaminó, la que perdió una parte, la que se cansó. Pero no es sólo cansancio, es realmente, haberme rendido. Yo no quiero que se me acerque una persona, ni siquiera una, para que vuelva a repetir estas idioteces que noblemente me creí (...) No quiero escuchar, no me interesa, no quiero creerle a más gente hija de puta, no quiero conmoverme por nadie más, porque nadie lo merece. Porque nadie...nadie va a llegar nunca más a la montaña a la que yo me estoy subiendo. No voy a permitirlo. Me lo prometo a mí, me lo prometo por encima de todo. Yo esto que siento ahora no lo voy a sentir nunca más. Nadie es digno de dejarme con semejante hueco dentro.  Nadie más merece que  sufra tanto. Nadie más merece la pena para mí. No me lo perdono y no me lo perdonaría si volvería a hacerlo, si volviera a apostar así, si volviera a ofrecerle tamaña muestra de afecto a otro; por eso, no voy a permitir que pase. Por eso, espero que nadie se acerque, porque no voy a pensar en su dolor... Voy a pensar en el mío" 

Fragmento de un escrito privado sobre la época más toxica de mi vida a nivel afectivo con ya sabemos quien, ya sabemos cómo y ya sabemos dónde.   



II 

noviembre, 2019. 


- ¿Todo bien? - me preguntó. 

Lo miré, ladeé la cabeza y le dije que sí.  Mi vista consistía en tener su torso al alcance de mis manos y evaluar positivamente el resto de su cuerpo.  Se acercó muy despacio, me dió un beso aún mas despacio, y notó que pequeños temblores adornaban ese instante. Finalmente estaba viva. De hecho, aquéllos indicios previos a acostarme consigo lo atestiguaban. Estaba más viva de lo que me había permitido desde aquél oscuro 2014. 

- ¿Qué pasa? - me preguntó Galeno - ¿Estás asustada? 

Había pegado su rostro al mío y me hablaba muy suave. Yo me moría de miedo. Sentía que estaba rompiendo una promesa conmigo misma de protegerme para siempre ante alguien que quizá jamás volvía a ver. Pero la conexión que sentía hacia Galeno, y que Galeno manifestaba conmigo, me superaba. 

- Si , pero acá estoy  - le avisé, sonriéndome,  siempre con el consentimiento manifiesto. 

Para mí, en sí, toda la experiencia había sido muy fuerte a nivel emocional. El fragmento antes citado lo explica a la perfección, habiendo sido extraído de esa etapa.  Y otra vez venía el miedo, el mirar a Galeno y no poder creer que estuviera para mi, a mi lado, y al alcance de mis manos.  El tiempo comprendido entre chatear por primera vez hasta verlo personalmente me había conllevado cambios muy fuertes, y eso me tenía revuelta. ¿Realmente había hecho bien en romper una promesa para cuidarme? ¿Podía permitirme sentir algo luego de tanto tiempo? ¿Me iba a hacer bien? ¿Me iba a hacer feliz? 

 Tenía miedo, sí, no por lo físico, sino, porque lo mental no le ganara a lo físico y me permitiera disfrutar esa experiencia inusual pero reveladora. 

- ... pero acá estoy - eso le había dicho - Por favor, si hago algo que no te gusta, decimelo... Quiero saberlo - le avisé.

De nuevo, el puto miedo, el asqueroso miedo. El sentir que me estaban bajando a toda velocidad desde la propia montaña a la que me habia subido para esconderme del mundo y de la vida. Y yo quería bajar, sí, por fin, a sorber la luz y el aire... pero estaba realmente aterrada al hacerlo. 

Galeno sonrió y muy despacio, me susurró: 

-¿Todo ésto te asusta? 

- Sí, pero vos no...   - dije, mirándolo, bien cerca, disfrutando de ese tipo de dialogo, acariciándole un poco el rostro - ¿Dónde aprendiste a leer mentes y cuerpos? - lo burlé, en susurros. 

Sonrió con ternura. 

- No, no es para asustarse... Es para disfrutar lo que pasa... - me dió un beso muy suave - no tenés que estar asustada, confiá en mí.  Disfruta de todo como sabes hacerlo, como nosotros lo hemos hecho siempre. Nadie juega ninguna carrera y todo lo que hagas va a estar muy bien para mí. No te sientas presionada, ni obligada... Quiero que te sientas contenta ¿está bien?- dijo acariciándome la cara también.

Ahora, que pasó el tiempo, estoy segura. Fue el momento del click. Es decir, el momento dónde supe que Galeno iba a ir conmigo a dónde fuera, porque jamás una experiencia íntima había sido tan profunda para mí ni tan real.  Es que a veces la gente no se da cuenta que con las palabras y los gestos, en determinados momentos, nos pueden embromar o ayudar muy en el largo plazo. Y sin saberlo, o quizá sin sentir lo que yo estaba sintiendo, Galeno con esas palabras me dió alas con las que volar lejos de las fronteras impuestas por el dolor y el miedo. 

Bajé de la montaña. 

- Confío en vos - musité - no te imaginás cómo confío en vos - le dije, cerrando los ojos. 

- Quiero que seas libre de hacer lo que desees conmigo... no hay nada que no quiera hacer ni compartir con vos - musitó -  Confía en mí, nos vamos a ir conociendo cada vez mejor  - me dijo. 

Inhalé, largando el aire por la nariz y abrí los ojos. Galeno estaba ahí, casi pegado a mí, y era una oda al deseo, al tacto, al afecto, a la conexión. Era una oportunidad en si misma. La clase de tipo que parecía enviado para vivir esta historia. 

- Te creo, te creo - musité. Y lo besé, como si me tirara de lleno a un océano sin salvavidas.  

Galeno me recorrió el cuerpo por completo y me desvistió con placer. Nunca conocí a un tipo que me desvista como él, es decir, como si desenvolviera una joya preciosa. Nunca me imaginé que un tipo, con sólo sacarte la ropa, podía hacerte sentir cosas semejantes. Como si fueras la mina más linda con la que tuvo sexo en toda su vida. Pero él lo hizo así cada una de las veces, al punto de asimilar el acceso a la desnudez como una instancia sagrada y hermosa. 

 Los temblores cambiaron de parecer. El miedo a decepcionar fue reemplazado por el anhelo de disfrutar, de re-descubrir sensaciones, de entregarme verdaderamente. La vida sonaba mucho más fuerte y era mucho más intensa, una vez me encontré debajo de la montaña. Y como si no lo pudiera creer, de pronto, me encontré riendo y deseándolo cada vez más mientras me besaba y me susurraba cosas al oído. 

- ¿Qué me estás haciendo? - le dije, en referencia a su manera de abordarme, la primera vez. Era demasiado delicado, demasiado dulce, y yo no entendía por qué. 

Pauso su tarea por un instante, me miró con ternura 

- Haciendo que conozcas sensaciones nuevas - dijo, con delicadeza y me dió un beso en la nariz.  Y me siguió llenando el cuerpo de besos y de masajes.  Nunca me había sentido más apreciada y más linda en toda mi vida hasta que me cruzó con él. 

Un rato después, me quedé callada y pensativa, sentada todavía en la cama, tapándome con las sábanas. Galeno se había ido a tomar agua por lo que tenía un momento a solas conmigo misma. Allí comprendí que Galeno había usado todo cuanto le había contado del pasado, y había comprendido lo importante que era para mí darme en esos momentos. El sexo y el cariño habían ido siempre en caminos separados desde que me había subido a la montaña. Pero en ese momento, todo era distinto. El sexo y el cariño parecían anudarse, tomarse de las manos, y guiarnos. 

Yo estaba abajo de la montaña. La vida se sentía con mucha más intensidad y los ruidos eran mucho más fuertes. 


miércoles, 21 de octubre de 2020

Apertura

Anoche le confesé a Galeno que, el día anterior, no estaba triste, pero si necesitaba un abrazo. Él me comento que, luego del alta por Coronavirus, volvió al Hospital y a manejar por la capital de su provincia. Me explicó que se encontró con que todo estaba ahí, pero ya no era lo mismo, que su alrededor estaba diferente. Claro - le dije- él asistió al cambio desolador de la época en la que estamos viviendo. 

Le conté que estaba contenta porque estuviera bien, ya que no le había dicho nada en el momento, pero estaba asustada. Me dijo nuevamente que me agradecía por eso. Le comenté también que no había querido invadirlo o molestarlo, que me había sentido pesada - porque no suelo hacerlo - escribiéndole siempre. Él me dijo que era todo lo contrario, que no lo molestaba, que había sido una compañía para él. 

Al margen de eso, me preguntó por qué necesitaba un abrazo, si estaba triste. Le dije que no. Que necesitaba ser abrazada, que era diferente a buscar el abrazo, porque yo podía abrazar a mi viejita o a mi viejo. Que extrañaba, en realidad, ser abrazada. 

Seguimos hablando y, cuando nos despedimos para ir a dormir, me mando besos, y si los quería - dijo- sus abrazos. Le dije que si, que me dejaba abrazar por él sin dudas.  

Yo se que no me permití extrañar a Galeno durante todos estos meses. No sé por qué. Creo que no me quería conectar con esos sentimientos porque sabía que todo lo que había por delante era difícil y largo. 

Pero la verdad es que, más allá de lo que pase más adelante, quisiera volver a dejarme abrazar y abrazarlo rodeándolo con los brazos por debajo de los hombros, de tan alto que es. 

lunes, 19 de octubre de 2020

Sin wi-fi

Hace tres días que con Galeno andamos desencontrados. Por una cosa o por otra no logramos hablar. Se lo escribí como respuesta a un mensaje que me mandó está noche porque me di cuenta que ese desencuentro es, en realidad, el interés que está puesto en otro lado. Pero no es algo suyo, es algo mío también. 

La duración indefinida de este aislamiento erosionó todo. Y realmente no es falta de afecto lo que siento, pero cada día veo todo más lejano para nosotros. Y no es culpa de nadie. Es una realidad. Más allá de que cada uno de su lado se elija y se contacte, y trate. En este momento, siento que con todo esto ya no puedo. Me siento cansada.  Esa es la verdad. Y pienso que quizá con tomar todos los días un poquito de distancia, tomar la decisión llegado el caso me duela menos. Eso me gusta creer, al menos. Es un consuelo de tontos, ya lo sé... 

Esta vez no tengo ganas de pelear, ni de luchar, ni de nada. Me agota de solo pensarlo, siendo totalmente honesta. Además ¿luchar contra qué? ¿Para qué? ¿Que sentido tiene vivir esto como una lucha contra algo y no como un placer?  Creo que una parte de mi durante todos estos meses lo espero desorbitadamente. Si bien sabía que venía difícil la mano, lo espere haciendo todos los esfuerzos. Y no, no me di el permiso ni el lugar de extrañarlo. No me lo permití. Pero lo extrañé. Y extrañar cansa. 

La verdad es que no me he fijado en otros. No tengo ganas de conocer a nadie en este momento. No es que haya alguien más que me eclipse. La razón es la que doy: estoy cansada de esta situación. Cada día, me cuesta más mantener la esperanza. 

Y lo más loco de esto es que me parece imposible está historia,  pese a que ya hace casi un año que nos conocimos y empezamos a salir y a apostarle a esto, y pasamos más de seis meses apostando de algún modo para sobrevivir a una pandemia. Hay que tener algo muy parecido a un afecto profundo para seguir adelante en el contexto en el que estamos, la verdad. Realmente te tiene que pasar algo profundo y fuerte, porque si no, ¿para que hacerlo?

Esto no pasa por decir "es que no me quiero quedar con la duda del post pandemia". Esto pasa por saber que elegirse cada día en este contexto en una apuesta completamente a ciegas. Y esas apuestas no las hace el cerebro, las hace el corazón. 

 Y al mismo tiempo digo ¿si esto no es elegir al otro, qué es? ¿Si esto no me parece haberlo elegido y que me haya elegido, qué podría ser que nos elijamos? ¿Por qué será que me flaquean las fuerzas si yo sé que en los peores momentos se ponen a prueba las fuerzas de los diferentes vínculos? Quizá sean reflexiones tontas, para otro, pero verlo de adentro es diferente. 

Al principio, cuando todo era rositas, el amor con Galeno era brillante, claro, me gustaba todo y yo le gustaba toda.  Pero ahora paso hace varios meses ya esa etapa. Empezamos a ver cosas del otro que no eran necesariamente buenas. Conocimos nuestras miserias. Nuestros dolores. Experimentamos el mal humor y la frustración. Nos alejamos una semana... Nos tomamos días sin hablar, luego de eso. Y sin embargo, más adelante, nos elegimos. Le di el espacio de pensar si me quería seguir eligiendo aún en medio de una pandemia y él me llevo a hacerme las mismas preguntas. Los dos, siguiendo los hechos, respondimos con acciones que sí. 

¿Y por qué será que siento como si nada tuviera sentido ? ¿No es esto, en definitiva, tener una relación real con alguien? ¿No es elegirse a pesar de los inconvenientes, como ser una pandemia? 

A esta altura, hasta estoy dando vuelta el concepto de una relación sexoafectiva que no me animaría a llamar amor. Porque ¿qué es el amor? ¿Con que se lo identifica? 

Detox

Hace más o menos nueve días, empecé a hacer dieta.  Ayer me tomé el día libre, porque mi mamá había cocinado manjares por su día, es decir que hice lío en proporciones enormes, pero bueno...  Curiosamente, después de comer tan fuerte todo el día, me sentí re mal. Físicamente, estaba hinchada, sentía que había comido un montonazo y me costó creer que hace muy poco tiempo yo solía comer frito, pan, gaseosas, galletitas y miles de alimentos procesados a diario sin sentir esa intoxicación. 

Hoy, ya volví a la ensalada (zanahoria cruda, tomatitos, cebolla, y unos pedacitos de palmito) y la milanesa de soja. Retomé el pancito integral para desayunar con queso crema light y a todo ese mundito. Y la verdad es que me sentí mejor a lo largo del día. Menos inflamada, pesada y repleta de comida, aunque no tengo nada de hambre, pero nada, después de todo lo de ayer.  Es como si mi cuerpo hubiera comido a cuenta o es que a mí se me empezó a disminuir el apetito. No lo sé... Pero la próxima vez que me tome un día libre para comer algo rico, voy a esperar que no me dé el dolor de panza de ayer... 

¿Quién lo diría? 

Todo empezó por eliminar unos kilitos de más que gané en cuarentena, aunque todos me digan que no estoy gorda, yo veo mi cuerpo aumentado en peso por todo lo que comí; y ahora se transformó en algo que quiero mantener por cómo me hace sentir, mas allá de por cómo me hace ver.  

Hoy mi cena será pollito hervido con otra ensalada. Me gusta mezclar los ingredientes e incorporar un huevo, o algunos pepinitos en vinagre, para darle su toquecito. La macana es que no tengo fruta para comer de postre... pero bueno, suficiente con todo el intento de comer saludable. Habrá que bancarla hasta mañana, cuando pase la lluvia, y pueda pasar a comprar víveres. 

domingo, 18 de octubre de 2020

Descolocación

Me llega un mensaje de un pibe del trabajo que se fue de la empresa hace un año. Siempre todos me dijeron que estaba hasta las manos conmigo y, por eso, me mantuve distante. 

No sé cómo saco mi celular, porque había cambiado el número, y yo ya no lo tengo en mis contactos. Además, yo también tuve problemas con mi celular. 

Pero el mensaje decía solamente que estaba linda, y que tenía lindo pelo en mi foto de perfil. 

Me quedé descolocada a decir verdad. Pero no, no le contesté. Tampoco le contesté a Galeno, cuando me escribió hoy,  porque ayer ni se percató de que para mí era un día donde necesitaba su apoyo más allá de todo y no me mandó un mensaje para desearme suerte en un evento académico del que sabía que me estaba ocupando, y del que se había mostrado pendiente antes, inusualmente. 

Evidentemente, tal y como le dije hace un tiempo, nosotros tenemos diferentes formas de encarar las cosas. Diferentes formas de demostrar afecto. De acompañar. 

Y aunque a Galeno le guste mi forma, yo no diría lo mismo en este momento. En especial, porque estoy enojada. 


sábado, 17 de octubre de 2020

Del lado de acá III

 Había pasado bastante tiempo. Estábamos en un octubre en el que habia elecciones y, durante una charla sobre esto y aquéllo mientras volvía en el colectivo desde el trabajo, le dije que cuando él quisiera, y si todavía quería, Galeno iba a ser recibido por mí en Buenos Aires. Enseguida, en esa misma charla, pusimos una fecha tentativa, que después confirmaríamos. Él se movió y yo, por el contrario, me concentré en quedarme quieta dentro de la decisión que había tomado. Porque, a diferencia de la primera vez, esta segunda afirmativa, sería la correcta. 

Entre la fecha donde nos decidimos y la fecha donde finalmente nos encontramos, pasó menos de un mes. Entretanto, pensamos y repensamos la decisión, ahora, con una realidad que tenía fecha. Galeno ya tenía los pasajes comprados, el hotel reservado, había conseguido reemplazo en el Consultorio... y yo, sentía que era una necesidad conocerlo. Quería ver que ese tipo, el mismo que se había animado a hacer una cosa así por mí, existía. Quería constatar que realmente fuera real lo que me estaba pasando, porque en el fondo, hasta el día que no lo vi sentado frente a mí, tenia miedo de que fuera producto de una idealización. 

Recuerdo que ese día me levanté, trabajé en casa como solía hacerlo, y luego de terminar, me duché, me arreglé y me fuí hasta Microcentro. No quise pensar muy bien. Mientras estaba trabajando recibí una foto de Galeno ya aterrizado en Buenos Aires. Sabia que no había vuelta atrás y una parte de mi, estaba feliz por eso, estaba electrizada por saber que finalmente el tipo había cumplido con su palabra. 

Llegué al café. Abrí la puerta de nuevo sin pensar. Me choqué con una silla donde se hallaba un hombre muy muy cerca de la puerta y me acerqué para pedirle disculpas mientras me sacaba los lentes de sol y corría todo mi pelo para el costado, con un manotazo ágil. 

- Ay, perd... - le dije, hasta que levantó la vista.

Era Galeno. Me reí, sorprendida. Me sonrió. 

- ¡Ay, hola! - exclamé 

- Hola, Veinte... ¿Cómo estás? - me dijo, con tonadita - Te esperé acá - me comentó - creo que no fue el mejor lugar. 

- ¡Ay, yo ya te iba a pedir perdón como si fueras otra persona! - admití. 

Y nos dirigimos en ese dialogo tan pero tan natural hasta una mesa doble, alejada del resto de las personas en esa tarde de sábado. 

Nos sentamos, deposité una bolsita en una tercera silla vacía, y elegimos algo de tomar. Hablamos un poco del hotel donde se estaba hospedando, de las instalaciones y del viaje. Todo habia estado bien, según me contaba, y yo no podía dejar de mirarlo, escucharlo, asociarlo, al hombre con el que tantas y tantas noches me había desvelado hablando por chat o por teléfono. 

Llegado cierto momento, tomé la bolsa que había dejado escondida en la silla vacía, y la puse sobre la mesa. 

- Te traje algo... - le indiqué, empujando la bolsa hacia su lado - para darte la bienvenida a la provincia. Pero, no lo abras ahora, si puede ser - le pedí. 

Galeno se quedó estupefacto. Lo descoloqué, me di cuenta enseguida. Pero también enseguida se mostró agradecido. 

- Veinte... - sonrió - muchas gracias. No me tenias que regalar nada... - dijo. 

- No es la gran cosa... - le revoleé los ojos - es como bienvenida a Buenos Aires. 

Volvió a sonreír y cambiamos de tema. De pronto, se hizo un silencio en la charla, casual, sin ninguna incomodidad. Galeno apoyó muy educadamente dos dedos sobre la base de mi mano, por un instante, y me miró fijamente: 

- En serio, muchas gracias por el regalo - enfatizó - Me siento mal, qué poco caballero, por favor - dijo. 

Me reí 

- Relajate... Eso no tiene nada que ver - lo calmé. 

Y continuamos hablando. En determinado momento, le señalé el libro que estaba leyendo cuando yo irrumpí en el café y casi me lo llevo puesto con la puerta. Era Nietzsche. Me habló un poco acerca del titulo y otro poco le comenté yo que lo había trabajo, en parte, gracias a la Universidad. Sonrió. Le sonreí. Y le saqué tema nuevamente porque lo único que deseaba era familiarizarme con su tonada, que me parecía tan dulce y simpática; lo mismo que a él le sucedía con la mía. El me diría después que, durante esa primera charla, nosotros dos tuvimos un encuentro intelectual fogoso que nada tuvo que ver con lo físico.

Mirándolo en perspectiva, ese día, fue muy especial, sin embargo, me encontró mucho más en paz de lo que pensaba. Sabía que estaba haciendo lo que sentía, que me estaba haciendo cargo, y que me la estaba jugando. Sabía que esta vez me tocaba a mí demostrar que no era cobarde y lo estaba haciendo... Por eso, sentía que me merecía ante mi propia conciencia vivir esa experiencia. 

Cuando, un largo rato después llegamos al hotel, me disculpé para pasar al baño y cuando salí, me encontré con una postal que me quedó grabada en la memoria. Galeno se había sentado en la cama, como un niño, y había abierto mi regalo. No era la gran cosa, como ya le había dicho: se trataba de un montón de alfajores que el siempre había querido probar cada vez que venía a Buenos Aires y nos los encontraba; a diferencia de mí, que supe dónde buscarlos. ¿Cómo no iba a llenar una caja, ponerle a cada uno de ellos una notita con algún código nuestro y acompañarlo con una carta breve? Para mí, esos gestos, a veces, son inevitables. Siento que hacen especiales las relaciones de todo tipo. Y yo deseaba que nuestra relación frente a frente no perdiera esos detalles, así que le prepare exactamente todo eso.    Y ahí estaba él, a sus cincuenta, leyendo atentamente una notita, sentado en la cama de un hotel, de una provincia diferente, habiéndose animado a viajar para conocer en persona a una chica de veinticuatro años. 

Mientras leía, pese a que me moría de ganas, no lo interrumpí. Me quedé en silencio, dejé mi cartera en un lugarcito retirado, y me senté precariamente a la espera de que terminara de recibir la sorpresa. En la carta, breve, le explicaba que si eso llegaba a sus manos significaba que había vencido todos los miedos del caso, y que esperaba se sintiera cómodo en la provincia, de igual forma que conmigo. Que ojalá le gustara lo que le habia preparado y que los disfrutara de la misma forma en que habíamos disfrutado todo lo virtual. 

Cuando Galeno terminó de leer, me miró con algo parecido a la ternura. Aunque seguía un poco sorprendido por ese gesto, volvió a sonreírme. 

- Era para leer cuando estuvieras solo, Galeno - le dije, en broma. 

Se rió. 

- Esta hermosa la cartita - admitió - ¿Te da verguenza que la haya leído? 

Asentí con la cabeza. 

- Obvio - revoleé los ojos - Las cartas se leen siempre en ausencia del emisor. Es una regla universal 

De nuevo, nos reímos. Y de pronto, se hizo un silencio insondable. La situación era un poco rara, pero al mismo tiempo, natural, deseada, consentida. Estábamos hablando en una cama de hotel, a pocas horas de haberme conocido, y yo era consciente de que me estaba arriesgando incluso a un nivel físico. Sin embargo, Galeno me inspiraba confianza y no sabía explicar por qué, pero me la inspiraba como si yo lo conociera desde antes, incluso, desde antes del primer chat. 

Al día siguiente, nos volvimos a encontrar. Almorzamos en un lugar divino y, como le había salido un orzuelo por culpa de los guantes que usa en la UTI, yo le había llevado una pomada específica porque soy propensa a tenerlos. 

- Tomá, te traje - le dije, y se la tendí - quedatela. 

Se la quedó mirando, leyendo la droga e interpretando según sus conocimientos. 

- Oh, sí, la conozco - asintió - Esto es muy caro, de ninguna manera me la voy a quedar. 

- Pero la necesitás... 

- No, pero cuando llego a *** me la compro. 

Me reí 

- Ay, cierto que te voy a cobrar una pomada 

- Se lo que sale esa pomada - me dijo - es una laboratorio Alemán. 

Revoleé los ojos. 

- ¿Querés aplicarla afuera? - le pregunté. 

Dudó. 

- No veo muy bien... - dijo. 

Entendí. 

- Bueno, yo te la aplico. ¿Querés afuera o acá adentro? - le pregunté. 

- Acá, mejor, que estoy sentado... 

Me tendió la pomada, me acerqué a su lado y suavemente le indique que incline la cabeza para atrás, como si le fuera a poner gotas para los ojos. Corrí mi pelo suelto de la escena.  Me acerqué un poco más y con mucho cuidado, apliqué la crema por el párpado, bastante inflamado, con pequeños golpecitos. Él me diría después que esa cercanía lo altero, simplemente, por el aroma a perfume que me salía de todo el cuerpo. 

- Ya está - le dije, en cuanto terminé. 

Y unos minutos después nos fuimos del bar, para seguir paseando. Hasta que después, volvimos al hotel. 

Galeno me sacó prenda por prenda con una paciencia y ternura que me costaba entender. No podía creer cómo detrás de la apariencia de un hombre tan selectivo, callado, observador, culto y discreto, pero también terminante, feroz, y justiciero, se escondía semejante reserva de ternura. 

- ¿Vamos a dormir? - me pregunto, burlonamente. 

- Me parece que estamos muy jugados ya para dormir - le dije, en broma. 

Lo ultimo que recuerdo es cómo se rió, mientras mi ropa iba volando por los aires, y él me decía que era linda esa remerita, para colmo, me contagiaba la risa. 

- Ay, Galeno, no pod... - alcance a decirle, rodeando su cuello con mis brazos, uno encima del otro, mientras comenzaba a besarme absolutamente todo el cuerpo... Y mientras tanto, volaba mi short. Y más besos, caricias, risas breves. Y volaba su ropa. Y me desprendía mi ropa interior. Y volaba la suya. Y así, volábamos... 

Jamás me había imaginado que la vida me tenía reservada, en este aspecto, una sorpresa como esa. Pero me estaba dando algo que jamás antes me había regalado: la posibilidad de disfrutarlo, con todo lo que conllevaba.  Lo que no era poco. 

jueves, 15 de octubre de 2020

¡A comeeeeeeer!

Mi hermana lo llama  a mi sobrino, que a veces juega, a veces mira dibujitos o a veces está a su lado un poco distraído: 
- ¡A comeeeeeer, ****! - le dice,  cuando la cena está servida. 

Es una costumbre muy de mi casa, esa. Mi mamá lo hacía con nosotras desde cuando éramos niñas, porque al ser tres, así la escuchábamos en simultaneo. Pegaba ese llamado largo, con alegría. Y mi hermana hace de la hora de la comida la misma fiesta para su niño. Por lo demás, él, es un chiquito que se alimenta muy bien, que come con pasión, verduras, frutas, pastas, carnecita y que está enamorado del queso. 

Pero, lo más hermoso de todo esto, es que ahora cuando su mamá lo llame a comer él le responde, con esa vocecita de angelito que tiene: 

- ¡A comeeeeeeee! - riéndose, todo pícaro. 

Es la primera frase de dos palabras unidas que dice, junto con hola tía. 

¡Ay, que me lo como! 

miércoles, 14 de octubre de 2020

Haciendo balance...

Hay momentos donde la diferencia de edad con Galeno se nota muchísimo. Y no, no me refiero a la parte estética que , a fin de cuentas, es la que menos me interesa. Tampoco me refiero a la música que nos gusta, o a las costumbres. Menos, a los veintiséis años en si que nos llevamos.  Me refiero al ritmo de los procesos. Porque sin dudas, luego de más de un año de relación con todos los condimentos del caso, del 2020, y de nuestras vidas, he llegado a la conclusión de que Galeno y yo somos dos seres humanos que, a la hora de los procesos, somos diametralmente opuestos.  Lo que para él es pan comido, para mí, son descubrimientos constantes. Lo que para él es definitivamente así, yo no lo creería tanto, a la luz de los preceptos de mi generación. Lo que para él fue elaborado hace añares, yo recién lo estoy interiorizando.  Sin embargo, creo que todavía cada uno recorre la frontera y se siente cómodo en el lugar del cual lo hace partícipe el otro pese a que sus procesos no sean los mismos ni pretendan serlo. Y considero que mientras ese ejercicio sea posible para los dos, quizá, tengamos la posibilidad por delante de seguir juntos. 

Él está en una etapa de mucho balance, lo quiera o no, no sólo por su edad sino por todo lo que le ocurrió recientemente. Siente necesario caer en cuentas de quiénes lo acompañaron en un proceso difícil. Su hija crece cada día, y se la encuentra más lúcida y más linda. La perspectiva de lo hecho y la capacidad de maravillarse, se le pone en juego a diario. Él no quiere repasar - me dice - y le creo. Pero, inevitablemente, a veces lo encuentro cerrado en este tipo de balances, de ejercicios y de procesos que no logro entender del todo mirando la vida con ojos de veinticinco años. Y no es que sea tonta, o que él no me los explique. Yo puedo entenderlo, él puede explicármelos como de hecho lo hace, pero nada tiene que ver eso con saber cómo manejar ciertas circunstancias en lo cotidiano de una relación que fue en muchos aspectos congelada por una pandemia. 

 Por mi parte, estoy en una etapa donde quiero tener a mi lado a una persona que realmente me haga bien. Pero bien de verdad. Una persona con la que uno se dé cuenta que pese a que pueden existir arideces como en todas las relaciones, el cariño genuino está, que los dos partamos de esa base. Aspiro a una persona que me haga bien en serio, que se preocupe por mí, que esté cuando lo necesito, que tenga ganas de estar conmigo. Quiero, a resumidas cuentas, una persona que haga lo que sienta y sienta lo que dice. Ni más, ni menos. 
 
La conclusión a la que llego por ahora es que, de todos modos, pese a que por momentos me fue difícil acompañarlo, Galeno es un paciente recuperado de COVID-19. Y cuando me dijo que había estado meditando seriamente quiénes habían estado consigo en éste tránsito, también manifestó que se encontraba agradecido porque yo hubiese estado ahí.  De inmediato, me pregunté en qué cabeza cabía pensar que me iba a alejar de él en un momento así. En qué pensó para creer que yo no sería capaz de preocuparme ni de mandarle un mensajito todos los días para ver cómo estaba, o una foto, o un poema, como si le dijera "dale, falta menos, estoy acá". Pero lo cierto es que, para mí, hice lo correcto. 

Es evidente que ya no tengo ninguna certeza de lo que pasará más adelante con nosotros. Pero sé lo que puedo hacer hoy, lo que puedo elegir hoy y eso es lo único que soy capaz de manejar en este momento. 

El resto, ¿quién sabe? 

Quizá dentro de seis meses esté planeando unas vacaciones con otro, y nosotros no hayamos vuelto a vernos. 
Quizá dentro de seis meses, esté planeando unas vacaciones con Galeno, acostados en la cama después de hacer el amor. 
Quizá esté soltera, planeando vacaciones con amigas. 

Lo único que pediría es estar viva, sana y feliz. 

Y al final, tanto que dije que Galeno es el de sus balances y reflexiones constantes, terminé cayendo en una, jaja. 

martes, 13 de octubre de 2020

Lo tóxico y lo sano

Debo admitir que luego del encuentro del domingo con Javier, la secuencia me quedó dando vueltas por la cabeza el resto del día y al día siguiente. No podía dejar de pensarlo internado, cagón como siempre a los médicos, reticente. No podía dejar de pensar que se infectó de éste virus por no querer dejar de facturar, de trabajar, de asir dinero en un trabajo que odia pero por el cual se llenó de dinero. Tampoco pude dejar de pensar que, por otro lado, entiendo su reacción: le habrá dado miedo morirse y lo quiere compartir con todo quien se cruce en la fila del supermercado. ¿Pero yo? No, yo no me quería enterar. Éso me pasó. No quería saber, no me quería enterar, no me lo quería cruzar. 

 Paralelamente, tomé un poco de distancia de Galeno. No es que dudara de nada, pero necesitaba darme el espacio para procesar la nueva información de uno sin mezclar las cosas con el otro.  Galeno, por su parte, tampoco se contactó, y un poco me ayudó ese espacio. Yo confío mucho en él y le cuento mil cosas de mi vida diaria, sin embargo, supe que ésto no se lo puedo contar porque no lo entendería. No le podía decir: "che, el domingo con el super me encontré con el toxi... ¿vos bien?".

 Entonces, me callé. 

Luego de todo el domingo, reaparecí, como salida de un trance desagradable, y le escribí a Galeno pasado el mediodía del lunes. Había leído un poema y me había acordado de él, así que se lo mandé y le dije que estaba un poco introspectiva, pero que le mandaba ese poema y muchos besos para que estuviera mejor prontito. Me deseó un feriado lleno de sol, de libros, me agradeció el apoyo y me dijo que él valoraba los mensajes, poemas, fotos interés durante todos estos días de aislamiento luego del positivo. Yo sólo agradecí, y le dije que iban a seguir estando más allá de éste momento que estaba pasando. 

¿Cómo explicar lo que me sucedió? 

Verlo a Él tiene efectos en mi cuerpo y en mi presente que yo no le podría explicar a nadie, y que nada tienen que ver con el tipo de relación afectiva a la que aspiro en la actualidad. No estoy enamorada de Él ni mucho menos, él es el tóxico. Galeno, no es tóxico para mí, y desde el principio estoy deconstruyendo toooodo un concepto del amor romántico, que todos cargamos junto con otros mandatos sociales, para poder tener consigo una relación sana, linda, que más allá de lo que dure, sea enriquecedora para los dos.

El domingo volví a experimentar la sensación de querer salir corriendo y eso tampoco fue menor. Me generó un escalofrío verlo darse vuelta, tres veces, mientras hacía la fila para mirarme cómo elegía un queso crema light o buscaba galletitas. Me extrañó tanta insistencia en el encuentro de miradas, en el único contacto posible, pero no lo saqué de la caja desde donde provenía; es decir, que nunca me olvidé quién era particularmente la persona que me miraba así y cabeceaba.   La forma en que me miraba, la intensidad, volvieron a ese recuerdo de aquellos días donde lo cruzaba y se me cagaba la existencia.   Claro, al creer que yo no me había dado cuenta realmente de su presencia, se despachó y posó los ojos con la impunidad del que se cree ignorado. Pero no, yo era plenamente capaz de saber lo que estaba haciendo y de que mi presente era otra cosa. 

 Las sensaciones que reviví en cierto modo el domingo, no coinciden en nada con la persona que elijo hoy. Valoro y agradezco poder tener al lado a un hombre que, cuando le mando un poema y le digo que me hizo acordar a él, y que ese poema sea romántico, eso no suponga un problema y pueda ser, sencillamente, lo que es: un gesto de afecto, una demostración sana de cuidado. 

domingo, 11 de octubre de 2020

Domingo

 Hoy domingo me levanté, desayuné, me alisté, y me fui a hacer las compras semanales al supermercado. Antes de salir, con barbijo, me puse unas calzas, zapatillas deportivas de color fuerte y un buzo gris;  y pensé: "voy así, tranqui, es domingo a la mañana chicos". Y proseguí. 

Eligiendo algunos productos, de los que como yo y de los que comemos con mis padres, fui pasando a través de las góndolas. Estaba en la heladerita de los lácteos cuando lo ví a Él, haciendo la fila en la carnicería. "Mierda", pensé y me dispuse a hacerme la sonsa ya que me lo crucé dos veces en menos de dos semanas. Fue increíble pero no me sacó la vista de encima hasta que captó mi atención haciendo un gesto inexplicable, no pude disimular más. Lo tenía exactamente al lado y notaba cómo me miraba desde todos los ángulos posibles para ver si hacíamos contacto visual. Incluso, noté que me miraba el cuerpo de una manera en que no me esperaba, tantos años después, con tanta agua bajo el puente... 

- ¡Hola, Veinte! - me dijo, haciéndome un guiño de ojos. 

Lo salude, guardando la distancia social. 

- Javi ¿qué hacés? - le pregunté, por cortesía. 

- Bien, acá ando... ¿Cómo estás llevando el encierro? - me preguntó, inusualmente conversador. 

- Bien, estoy muy cansada mentalmente, pero acá estoy. Trabajo en casa y estoy cursando virtual - le comenté - ¿Vos? ¿No estás laburando, no? 

- Sí, yo no paré. Bah, si paré - me dijo, revoleando los ojos - Lo tuve. 

Tardé unos segundos en reaccionar. 

- ¿Tuviste COVID? 

- Si, me agarró muy mal. Estuve muy mal. 

- ¿En serio? ¿Cuando? - le pregunté. 

- Mas o menos en junio. Empecé a sentirme mal, me presenté en la clínica y quedé internado... 

- Wow - le dije, realmente sorprendida - Qué mierda... 

- Sí, estuve internado unos días, después me dieron el alta, pero es un virus de mierda... 

- ¿Y ahora, como te sentís? 

- Y... ahora digamos que estoy bien... Pero estoy en la misma que antes. 

- Claro, entiendo... Estamos todos así, la verdad, es increíble... 

- Fui a donar plasma, de todos modos, porque eso ayuda... - me comentó. 

- No, obvio. Hiciste bien - lo alenté - pero bueno, fue un susto... 

- Sí, la verdad que si. Está complicado... ¿Te acordás de ****? - me preguntó. 

- Sí, claro... 

- Bueno, él también, estuvo mas tiempo internado... Ahora se recupera bien, por suerte. 

- Mira vos, que locura... - comenté - Claro, se lo contagiaron los dos... 

- Sí, a él se le complicó con una neumonía. Yo, si bien estuve mal mal, zafé. 

- Bueno, menos mal... Ya te vas a ir poniendo bien, recuperándote de a poco... - le dije. 

- Si, si. Aunque estoy sin defensas ahora... Pero bueno - comentó.  

- Sí, mi hermana, mi sobrino, mi cuñado y... - me frené, porque estaba por mencionar a Galeno - se contagiaron también. Y es así, hasta que no le encuentren la vuelta a nivel ciencia ... 

- Claro, si, ¿tu hermana la médica, no? 

- Sí, claro, mi hermana, mi cuñado, que laburan en salud... Pero bueno, nadie está libre. Hay que cuidarse - le comenté. 

Le tocó su turno. 

- Sí, tal cual... Bueno, vos cuidate... - me dijo y me sonrió con los ojos. 

Me di cuenta porque se le puso más amigable la mirada, aunque en todo momento fue super relajada la situación. 

- Vos también - le contesté. 

Nos saludamos, amigablemente, manteniendo la distancia, obvio, y cada uno siguió su curso. 

Al ratito, lo veo hacer la fila detrás mio en la caja. Volví a hacerme la tonta, cargué mi compra en la bolsita de tela y saludé a él y a la cajera, que ya estábamos todos en el mismo radio. 

Sé que no tiene nada que ver con nada, pero me asombró realmente la necesidad de contármelo. Nosotros no somos personas cercanas ya, no tenemos ningún tipo de vínculo, ni siquiera nos veíamos seguido por el barrio antes de la pandemia. Tampoco somos amigos. Pero bueno... Un día yo lo quise mucho y creo que la muerte, o su cercanía, a todos nos pone vulnerables, nos hace abrir un poco más el corazón. 

Si bien lo ví mucho más gordo y pelilargo, hecho pelota, me alegré desde lo humano por verlo vivo. 

A Galeno, obviamente, no le comenté nada del encuentro ni de la situación. Por su parte, también está bien, sólo con algunos estornudos. 

Me alegro, aunque parezca algo tonto, por poder acompañarlo aunque sea a la distancia. Me juego una mano y una pierna a que, de haberle agarrado a Él, y de haber estado yo de alguna manera vinculada a su vida, ni me hubiera respondido un mensajito de texto. 


sábado, 10 de octubre de 2020

Sábado

 Cuando Galeno me envía un mensaje y me dice "sabes que me pasó X", yo me alegro de no haber desperdiciado un día. Me dice que se siente tonto contándome eso, como se siente, pero que confía en mí. Que quizá le parecía que era un tonto, aunque en realidad, se sentía tonto completo. 

Yo le respondo que no hay nada tonto en lo que me cuenta. Me está contando cómo se siente y me parece bueno validar sus sentimientos para que se relaje y hable. 

Cuando lo hace, le explicó que jamás lo voy a juzgar y que prefiero que me cuente, que se exprese, y que luego me deje decidir a mí sí me parece de chiflado o no que este triste por algo así. 

Se ríe. Me cuenta. Y hablamos mucho de lo que lo ponía triste. Pero también hablamos de la muerte. De la vida. De los recuerdos. Y de que lo único que vale es hacer todo en el momento dónde se pueda hacer. 

- Quizá voy a ser un poco dura. Pero el día donde te dejes de maravillar por las cosas simples, vas a empezar a morirte. Por eso, aunque vos me digas que a los 51 uno recuerda, no pierdas la capacidad de maravillarte. De mirar para adelante con todas las decisiones buenas y malas y animarte. 

- Lo se. Se que ese día voy a empezar a morirme. Pero no llegó. Me siento con ganas de vivir cosas todavía. 

- Está muy bien. Por eso te digo. A mis papás, más o menos a tu edad, les agarro un replanteo muy profundo. Especialmente a mi papá, que a los cincuenta, se replanteó su vida. Es una crisis. Pero no está mal. 

- No. En la juventud, uno vive. Y después repasa. Pero igual yo no quiero repasar todavía. Quiero vivir. 

- Me doy cuenta. Por eso te digo esto, para que jamás dejes de maravillarte con el sol, con un atardecer, con tomarte unos mates al aire libre. Cosas simples. Nada más que eso. 

(...) 

- Me gustaría mucho hablar con vos cuando tengas cincuenta años. Para ver cómo te fue, que hiciste de tu vida - me dijo - Si te seguís maravillando como ahora... 

Me reí. Galeno no va a existir más cuando yo tenga cincuenta años, supongo. 

- Lo deseo. Ojalá no pierda jamás esa capacidad. Y si me querés llamar, hablemos. Seguramente voy a tener otro cuerpo pero más experiencia. No voy a tener la misma cola, lo siento. Pero si voy a haber leído más libros. 

Se rió. 

- Bueno, pero esas cosas no la podés evitar. Ahora mismo, tu cuerpito es hermoso. 

- Hoy tengo el cuerpo de una chica de 25. Mañana, otro. Lo importante será lo que viví. Por eso te decía que jamás te dejaras de sorprender. Por eso yo disfruto mi cuerpo ahora. Cuando puedo. Y mañana se disfrutará también de otra manera. 

- Espero que llegues así a mi edad. Que no te corrompa está sociedad ... Que siempre pienses así. 

- Yo te voy a llamar y te voy a contar. Y si estás muerto, te voy a llamar al cielo y te voy a contar. 

viernes, 9 de octubre de 2020

Viernes

Cuando me canso, no hago ruido, ni alboroto, ni estruendos. Sólo comienzo a alejarme. 

Lo curioso es que mi propia mente me lo demuestra. No es algo que me haya planteado, porque veíamos bien con Galeno. Pero, creo que a la primera reacción que me disgusta, ya no me enojo tanto, ni me afecta, y una parte de mi, ya no se interesa. 

Admito que no pienso tanto en él. El día pasa rápido y, cuando me doy cuenta, ni le escribí, y quizá a la noche es cuando noto la falta, quizá, como una parte más del día.  Ya no me pongo mal si inexplicablemente me deja en visto después de iniciar la charla, como hizo ayer, aunque no lo haga nunca y esté siempre presente. 

No es que sea mala, sólo que estoy cansada de entenderlo, de tener que comprenderlo... Sé que no es un deber, pero quizá porque antes lo hacía naturalmente y ahora ya no tengo la misma paciencia, me resulta un deber. Comprendo que se hayan muerto médicos cercanos a él, que esté asustado, que tenga miedo de morirse, que recién ahora comprenda lo que es estar encerrado todo el día, sin poder salir, que era lo que yo le comentaba los primeros meses de cuarentena y él quizá no entendía porque no dejó de salir nunca, al ser médico. 

 Pero ¿por qué me dice que él no tiene miedo, cuando se lo pregunto? ¿Por qué él es el fuerte y el que me escucha y me cuida, y no se deja contener ni se permite que nadie lo acompañe? Sé que no lo voy a cambiar pero no puedo evitar formularme esas preguntas. 

Al mismo tiempo, me pregunto: ¿por qué me tengo que bancar una persona que cuando la está pasando mal o algo lo afecta se cierra y se aleja de mí? El casi nunca desaparece, casi nunca me deja en visto, pero yo sé que no estoy dispuesta a soportarlo de nadie. De absolutamente nadie. 

En eso, con Galeno, somos opuestos. Yo si estoy triste se lo digo y lo hablamos. Él si está triste se cierra y se aleja, pretendiendo, por lo demás, que yo vaya y le pregunte cómo se siente, más allá de que me diga que no espera nada, porque por otro lado sí le pesan esos detalles y te escribe: "gracias por estar", "gracias por el lugar", "me alegra que estés". 

Entonces... Quiere sentirse importante, y yo, la verdad... no nací para estar persiguiendo a ningún hombre. Por mucho que lo quiera o que me importe, como es su caso.  Perseguir, sentir que molesto y mendigar lo que no dan, es mi límite. 

De mi lado, siendo honesta, ya no me pregunto si estará bien cuando "desaparece" así, pese a que lo haya hecho tres veces en un año, lo cual visto en perspectiva, no es nada. Sólo lo dejo, que haga lo que se le antoje y después, si es que hace algo, pensaré qué le devuelvo. ¿Pero preocuparme o cagarme el día? No, no señor.  Galeno ya no me importa en esa intensidad para cagarme un día. 

Y me doy cuenta que, en algún punto, lentamente, muy lentamente, me estoy cansando. Y a mí me cuesta mucho cansarme de alguien, o al menos hasta donde supe, me costaba. Pero ahora no quiero regalarle mi tiempo a nadie más. Ya le regalé casi un año de mi vida a un virus, así que algún aprendizaje me llevo de ésto. 

Que mi tiempo valga. 

Que mi amor también. 




Adiós

     Durante el año 2015, a sus finales, conocí a Gabo Ferro. Se convirtió, dentro de una etapa inexacta de mi vida, en un compañero esencial. Creo que lo que más me gusto de él fue su capacidad para componer y su forma de darle música a letras que, en verdad, son poemas en si mismos. Tanto es así que lo escuché durante muchos años más y, según diera el sol, intenté conseguir sus libros, porque además de cantante y compositor, es graduado en Historia. Llegué a leer algunos pasajes de sus libros ayudando a mi mejor amiga cuando se lo dieron como texto obligatorio en su universidad y nos reímos un siglo porque me decía que no lo entendía, sin mentir, juro que  hicimos todo un chiste de ello.  Cuando hablábamos de este gran artista, teníamos un chiste interno, porque en el fondo a mi me daba vergüenza escucharlo sin que nadie más lo conociera. De todas las personas que me rodeaban por esa época, cuando se los recomendaba o publicaba temas, casi nadie reaccionaba o lo conocía. Por eso, y con el tiempo, terminó siendo un placer privado, que tomé como símbolo personal de una manera de ser en el mundo que, muchas veces, me había separado de los demás. 

      Allá por el año 2017, Gabo Ferro andaba de recitales por Buenos Aires. Yo pensé en ir, cuando me enteré, pero desistí por diversas razones. La fundamental: no tenía con quien. Lo recuerdo como si fuera magia: realmente deseé tener con quien ir a ese recital como ninguna otra cosa y me sentí mal por no tener con quien compartir algo que, realmente, me parecía hermoso. No era por el recital en sí, todo radicaba en una cuestión de identidad, de compartir lo que realmente me gustaba con alguien, más allá de que el resto no lo comprendiera.

 Galeno conocía a Gabo Ferro desde mucho antes que yo. Sí. Galeno, precisamente, siempre siguió, y admiró a Gabo Ferro.  Y aquí empieza lo que yo considero la cadena de casualidades más extraña de mi vida, o al menos, la demostración de que ésta historia no fue ni pudo ser, solamente, un detalle al azar en la vida de dos personas.

    Curiosamente, una noche Galeno estaba en Buenos Aires caminando y recorriendo porque había venido de viaje solo, a pasear. Entre muchas de sus vueltas, paseando por el interior del CCK, se había encontrado de casualidad con un recital muy pequeño y gratuito de Gabo Ferro, al que por supuesto, se quedó. Él no era como yo. Siempre que iba a tocar a su provincia, allí estaba; había comprado sus libros de Historia, sus cancioneros y amaba su música. Por eso, lo seguía con enorme admiración estuviera en su provincia o en otra, lo mismo le daba.

Creo que una de las situaciones que más me sorprendió con Galeno fue el gusto por éste artista. Sé que para otra persona puede ser un detalle, pero para mí, fue un guiño cuando me encontré con una foto de su ciudad con un epígrafe de esa canción días después de comenzar a hablar y lo reconocí a la velocidad de la luz.  Pensé: "nah, me están jodiendo", y sí, parecía joda.  Creo que con ese detalle visiblemente pequeño y simple, pocos días después de empezar a hablar, el resto de los acontecimientos acabaron por tener la fuerza de una demolición. De alguna manera muy loca, la cantidad de preferencias en común me demostraban a medida que pasaba el tiempo que siempre uno acaba llegando a donde se lo espera. Pero me resistía a creerlo tan fácil. Me costaba mucho asimilar que, alguien susceptible de encajar conmigo, existiera en realidad. Que con alguien, sólo con una persona, yo no tuviera que avergonzarme de nada. Pero lo cierto es que me pasaba. No me planteaba encajar o no, sino, simplemente, encajaba. Todo fluía sin poder evitarlo. Charlábamos largas horas. Nos contábamos cosas. Y la canción de Aristimuño que yo tenía en la memoria de mi celular, resultaba que él la iba escuchando en el auto. ¿Si todo puede ser casualidad? Son lecturas, modos de hallarse frente a las claves del mundo, dirán muchos. Pero si me preguntan a mí, indudablemente, ninguna de las coincidencias dadas entre nosotros fueron una sumisa y simplona casualidad.

II

  Hace casi un año atrás, en septiembre, cuando ya estaba en marcha nuestra historia, Galeno me había propuesto venir a Buenos Aires a conocerme. Al tiempo que habíamos fijado una fecha posible para eso, ví en Instagram que Gabo Ferro iba a volver a tocar con Luciana Jury, es decir, que se iban a juntar para interpretar – hete aquí otra coincidencia – nuestro disco preferido de éste artista. Le dije si quería ir conmigo, que fuera como una primera cita o algo así. Y Galeno me dijo que sí. Pero curiosamente, en cuanto se lo propuse y aceptó, colapsé. Creo que con ese gesto tan simple me di cuenta que era una locura ir a un recital de Gabo Ferro con un tipo que yo no conocía y que iba a viajar desde otra provincia para verme. Pese a lo que deseaba con todas mis fuerzas, tengo que reconocer que me asusté de lo que me estaba pasando y de que el otro me acompañara a hacer cosas que yo creía no poder compartir con nadie jamás. Y luego de pedirle perdón, le expliqué que yo tenía tanto miedo y no sabía a qué, pero que sentía que no lo podría superar para conocerlo. 
  
   Esa fue la primera vez que me arrepentí de una decisión. Fue la primera vez en mi vida en que me sentí miserable por ser una cobarde. Y pensé que no me iba a hablar más, así que consideré que eso era suficiente castigo por ser tan tonta de perderme una oportunidad inusual, pero aparentemente real, con una persona que estaba poniendo todo de su parte para venir a verme.  Pero Galeno no desistió y nosotros, durante todo ese mes y más adelante, continuamos hablando. Galeno dijo que con hablar estaba bien para él, que lo ponía contento y que le hacía bien, y que entendía mi miedo. Me explico que no se enojaría conmigo y que hablaríamos como hasta entonces. Yo le dije que estaba haciendo un trabajo personal, privado, y que no le podía explicar cómo me sentía, pero que todo estaba bien y que yo realmente me sentía mucho más cómoda de lo que podía ponerle en palabras hablando consigo. Que no era por falta de atracción que no quisiera verlo, sino, por abundancia de ella.

      El recital estaba pactado para cierta fecha, es decir, los días donde en principio habíamos pensado en conocernos con Galeno. Esa misma noche, la noche que hubiéramos tenido que estar en el recital juntos, contra todo pronóstico, estábamos hablando a distancia todavía. Él me mandó un mensaje y me dijo “hoy era el día que habíamos planeado para conocernos e ir juntos al recital ¿te acordás?”. Y yo le dije que sí, porque esa idea me había poblado la cabeza durante buena parte del día y me daba mucha vergüenza admitirlo. “Es una lástima que no lo hayamos ido a ver. Pero te entiendo. No era el momento”, reconoció. A eso, solo le contesté: “si alguna vez nos conocemos, lo vamos a ver, te lo prometo” y continué hablando de otra cosa. Cuando los meses pasaron, y yo tomé la decisión de consentir su viaje, y de disponerme a recibirlo con los brazos abiertos, Galeno aceptó venir. Para esa época, habíamos tenido que pasar otras etapas, tocando fibras más profundas, que ya no tenían que ver con las distintas ramas del arte.  

     Al día de hoy, creo que Dios o el destino, o alguien que aguardó tan pacientemente como nosotros ante los tiempos del otro, no se olvidó de un deseo genuino que los dos habíamos tenido, cada uno a su modo, pese a los miedos.  Supongo que por eso,  aunque suene de cuentos, la noche que finalmente nos conocimos en persona con Galeno, el primer día del primer viaje, nos cruzamos a Gabo Ferro. Sí. Lo vimos, andando por el centro porteño, como nosotros.

III 

Si rememoro ese momento, no puedo evitar sonreír. Todavía me acuerdo cada detalle. Habíamos salido de un bar notable, el primer escenario que compartimos, y luego de estar hablando más de cuatro horas, Galeno me invitó a cenar. Yo le dije que sí, así que allá fuimos, buscando un menú apetecible para ir conociéndonos más. Caminábamos uno al lado del otro, mirando a nuestro alrededor, cuando de pronto frenó un colectivo frente a nosotros. Y yo, como tengo por costumbre, miré a los pasajeros que iban viajando en el.

-        ¡Mira, mira, mirá! – le dije, y lo agarre del brazo, como si lo conociera de toda la vida, sin que me importase nada más.
-        ¿Qué?
-        ¿Quién está ahí? – le dije, y cayó.
-        ¡Naaaaaaaaah! – exclamó.
-        Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii – le dije - ¡No lo puedo creer! – exclamé.

Nos empezamos a reír como dos chicos. A mí no me entraba en la cabeza semejante casualidad, así que, de nuevo, sin una gota de pudor, le dije:

-        ¿Vos podes creer?
-        No, es increíble – me dijo.
-        ¿Te acordás que yo te dije que lo íbamos a ver si alguna vez nos conocíamos? – le pregunté.
-        Sí, claro que me acuerdo – me dijo.   Y me lo quede mirando loca de contenta, hasta que llegamos al restaurante de Calle Corrientes hablando de lo loco que habia sido verlo, de pura casualidad, entre tanta gente, un sábado de noviembre, dadas las dimensiones de CABA. 

Si recuerdo ése instante, sigo admirada de las leyes inexplicables que rigen a veces nuestras vidas. Él también se rió, ese es un detalle que no me olvido, y sentí que finalmente una sola persona aunque sea podía comprender mi alegría. E incluso, vivirla como tal. 

  Tiempo después, cuando nuestra historia siguió avanzando, recuperamos ese instante con risa, cariño y vértigo. Fue algo simple pero, de nuevo, muy significativo para nosotros. Era como si con esa coincidencia espacio-temporal, nuestro encuentro, en ése momento, cuando era el adecuado, hubiera terminado de tener sentido. No había sido tarde, ni para vernos, ni para enganchar por la calle a Gabo Ferro. De alguna u otra manera, todas las piezas empezaban a encajar.

La última vez que nos vimos antes de la pandemia, cuando estuve viviendo unos días en su casa, reconocí en su biblioteca los libros de Gabo. Miré cada una de las cosas que se había comprado, disfrutando de sensaciones que no podría explicar con palabras y nos dimos el lujo de ayudar al destino escuchando juntos nuestro disco preferido, que es el mismo…  Esa fue la noche de la que se acordó hace poco, según me dijo, y la que yo tendré siempre atesorada en mi memoria.  No me extraña la razón. Fue una de las noches más lindas que viví en mi vida, siendo totalmente sincera, pese a cómo sean ahora de feas las circunstancias. 
        
Mientras escribo esto, no puedo creer que anoche, a sus cincuenta y cuatro años, falleció Gabo Ferro. 

Galeno me escribió cuando se enteró y, siendo honesta, me inundó una profunda tristeza. 



lunes, 5 de octubre de 2020

Evolución

El viernes Galeno tuvo el positivo en su test por COVID-19, y me mandó una captura de pantalla del resultado del test. Hablamos sobre esto, largamente, después de un día suyo donde fue una locura en toda regla y de un día mío que fue muy estresante laboralmente. Nos quedamos más o menos hasta las doce y media de la noche charlando, tratando de ponerle el pecho a la situación. 

El sábado preferí darnos un espacio para asimilar el día después. No le escribí porque tampoco quería agobiarlo y por mi parte estaba bastante aturdida luego de una semana muy pesada y ésta sorpresa que nos llevamos. Él fue a testearse pensando que no tenía nada y yo por mi parte pensé que tampoco iba a tener nada por una cuestión de fe, incluso, aunque tenía un nudo en la panza. Así que me dediqué a leer, salí a hacer las compras, y de paso, en la misma salida, fui a resolver al cajero un asunto bancario. 

Por ahora, Galeno está bien. Y eso es lo importante. Que esté, siga, y pase toda la enfermedad así. 

Él se ríe, se divierte con la idea, cuando yo le digo que estoy pidiéndole por su salud a diario a mi santito estrella, pero para mí es importante hacerlo, porque realmente quiero que toda buena energía nos juegue a favor frente a éstas cosas.  "Vos hablá con quien tengas que hablar, hacé todo lo necesario", me dijo, porque los dos sabemos que no es joda, que hay que esperar día a día. Le prometí que sí y mandé una fotito de la vela que prendo siempre ante momentos realmente difíciles, del mismo santito que le pedí cuando todo esto le pasó a mi familia. 

Así las cosas que cada día, ya que ésto es paso a paso, le mando buenas energías, un mensaje, un detalle, para que ésto se haga más fácil. 

Una más de las pruebas que le tocan pasar a las personas que estamos viviendo esta pandemia. 

sábado, 3 de octubre de 2020

Ese momento II

Fue una de esas noches atípicas dónde no cené con el celular cerca. Lo deje cargándose en mi dormitorio porque había tenido un día muy pesado entre una semana muy intensa y con poco corte de la oficina y, por otro lado, con clases de la Universidad. 

Cuando terminé de cenar, ví un mensaje de un compañero de facultad, uno de otro grupo de amigos de la facultad, y un mensaje de mis hermanas. Pero además, un mensaje de Galeno. 

Pensé que me iba a hablar para contarme como le fue en el hospital ya que habíamos quedado en eso más temprano. Pero ví la captura de pantalla de los resultados de su testeo por COVID19 acompañados de un emoji ambiguo. Así que , obvio, fue el primer mensaje que abrí. 

Amplié la imagen. 
Observé lentamente. 
Y ahí estaba el positivo. 

Una vez más, otro de mis miedos, se hizo realidad. Primero mi hermana, mi sobrino , mi cuñado y ahora él, a una provincia de distancia, siendo hipertenso, es decir, teniendo un factor de riesgo... Con mucho por vivir y por hacer. Con una hija para ver crecer. Con momentos de felicidad por compartir. Con un hermano que lo quiere y lo espera hace muchos meses. Con futuro, claro. Y con una persona que aún mismo este lejos hoy amaneció con un nudo en la panza porque tenía un mal palpito. 

- Me dolía la panza. No quiero que te pase nada - le confesé, mientras hablábamos hoy. 
- Yo tampoco quiero - me dijo. 
- Vas a estar bien. Yo sé que si. 
- Si, le voy a poner el pecho. 
- Y vas a poder- le dije.

Espero que esto pase pronto. No se lo dije a Galeno, obvio, para no empeorar las cosas, pero estoy muy asustada. No quiero que le pase nada malo.