Había pasado bastante tiempo. Estábamos en un octubre en el que habia elecciones y, durante una charla sobre esto y aquéllo mientras volvía en el colectivo desde el trabajo, le dije que cuando él quisiera, y si todavía quería, Galeno iba a ser recibido por mí en Buenos Aires. Enseguida, en esa misma charla, pusimos una fecha tentativa, que después confirmaríamos. Él se movió y yo, por el contrario, me concentré en quedarme quieta dentro de la decisión que había tomado. Porque, a diferencia de la primera vez, esta segunda afirmativa, sería la correcta.
Entre la fecha donde nos decidimos y la fecha donde finalmente nos encontramos, pasó menos de un mes. Entretanto, pensamos y repensamos la decisión, ahora, con una realidad que tenía fecha. Galeno ya tenía los pasajes comprados, el hotel reservado, había conseguido reemplazo en el Consultorio... y yo, sentía que era una necesidad conocerlo. Quería ver que ese tipo, el mismo que se había animado a hacer una cosa así por mí, existía. Quería constatar que realmente fuera real lo que me estaba pasando, porque en el fondo, hasta el día que no lo vi sentado frente a mí, tenia miedo de que fuera producto de una idealización.
Recuerdo que ese día me levanté, trabajé en casa como solía hacerlo, y luego de terminar, me duché, me arreglé y me fuí hasta Microcentro. No quise pensar muy bien. Mientras estaba trabajando recibí una foto de Galeno ya aterrizado en Buenos Aires. Sabia que no había vuelta atrás y una parte de mi, estaba feliz por eso, estaba electrizada por saber que finalmente el tipo había cumplido con su palabra.
Llegué al café. Abrí la puerta de nuevo sin pensar. Me choqué con una silla donde se hallaba un hombre muy muy cerca de la puerta y me acerqué para pedirle disculpas mientras me sacaba los lentes de sol y corría todo mi pelo para el costado, con un manotazo ágil.
- Ay, perd... - le dije, hasta que levantó la vista.
Era Galeno. Me reí, sorprendida. Me sonrió.
- ¡Ay, hola! - exclamé
- Hola, Veinte... ¿Cómo estás? - me dijo, con tonadita - Te esperé acá - me comentó - creo que no fue el mejor lugar.
- ¡Ay, yo ya te iba a pedir perdón como si fueras otra persona! - admití.
Y nos dirigimos en ese dialogo tan pero tan natural hasta una mesa doble, alejada del resto de las personas en esa tarde de sábado.
Nos sentamos, deposité una bolsita en una tercera silla vacía, y elegimos algo de tomar. Hablamos un poco del hotel donde se estaba hospedando, de las instalaciones y del viaje. Todo habia estado bien, según me contaba, y yo no podía dejar de mirarlo, escucharlo, asociarlo, al hombre con el que tantas y tantas noches me había desvelado hablando por chat o por teléfono.
Llegado cierto momento, tomé la bolsa que había dejado escondida en la silla vacía, y la puse sobre la mesa.
- Te traje algo... - le indiqué, empujando la bolsa hacia su lado - para darte la bienvenida a la provincia. Pero, no lo abras ahora, si puede ser - le pedí.
Galeno se quedó estupefacto. Lo descoloqué, me di cuenta enseguida. Pero también enseguida se mostró agradecido.
- Veinte... - sonrió - muchas gracias. No me tenias que regalar nada... - dijo.
- No es la gran cosa... - le revoleé los ojos - es como bienvenida a Buenos Aires.
Volvió a sonreír y cambiamos de tema. De pronto, se hizo un silencio en la charla, casual, sin ninguna incomodidad. Galeno apoyó muy educadamente dos dedos sobre la base de mi mano, por un instante, y me miró fijamente:
- En serio, muchas gracias por el regalo - enfatizó - Me siento mal, qué poco caballero, por favor - dijo.
Me reí
- Relajate... Eso no tiene nada que ver - lo calmé.
Y continuamos hablando. En determinado momento, le señalé el libro que estaba leyendo cuando yo irrumpí en el café y casi me lo llevo puesto con la puerta. Era Nietzsche. Me habló un poco acerca del titulo y otro poco le comenté yo que lo había trabajo, en parte, gracias a la Universidad. Sonrió. Le sonreí. Y le saqué tema nuevamente porque lo único que deseaba era familiarizarme con su tonada, que me parecía tan dulce y simpática; lo mismo que a él le sucedía con la mía. El me diría después que, durante esa primera charla, nosotros dos tuvimos un encuentro intelectual fogoso que nada tuvo que ver con lo físico.
Mirándolo en perspectiva, ese día, fue muy especial, sin embargo, me encontró mucho más en paz de lo que pensaba. Sabía que estaba haciendo lo que sentía, que me estaba haciendo cargo, y que me la estaba jugando. Sabía que esta vez me tocaba a mí demostrar que no era cobarde y lo estaba haciendo... Por eso, sentía que me merecía ante mi propia conciencia vivir esa experiencia.
Cuando, un largo rato después llegamos al hotel, me disculpé para pasar al baño y cuando salí, me encontré con una postal que me quedó grabada en la memoria. Galeno se había sentado en la cama, como un niño, y había abierto mi regalo. No era la gran cosa, como ya le había dicho: se trataba de un montón de alfajores que el siempre había querido probar cada vez que venía a Buenos Aires y nos los encontraba; a diferencia de mí, que supe dónde buscarlos. ¿Cómo no iba a llenar una caja, ponerle a cada uno de ellos una notita con algún código nuestro y acompañarlo con una carta breve? Para mí, esos gestos, a veces, son inevitables. Siento que hacen especiales las relaciones de todo tipo. Y yo deseaba que nuestra relación frente a frente no perdiera esos detalles, así que le prepare exactamente todo eso. Y ahí estaba él, a sus cincuenta, leyendo atentamente una notita, sentado en la cama de un hotel, de una provincia diferente, habiéndose animado a viajar para conocer en persona a una chica de veinticuatro años.
Mientras leía, pese a que me moría de ganas, no lo interrumpí. Me quedé en silencio, dejé mi cartera en un lugarcito retirado, y me senté precariamente a la espera de que terminara de recibir la sorpresa. En la carta, breve, le explicaba que si eso llegaba a sus manos significaba que había vencido todos los miedos del caso, y que esperaba se sintiera cómodo en la provincia, de igual forma que conmigo. Que ojalá le gustara lo que le habia preparado y que los disfrutara de la misma forma en que habíamos disfrutado todo lo virtual.
Cuando Galeno terminó de leer, me miró con algo parecido a la ternura. Aunque seguía un poco sorprendido por ese gesto, volvió a sonreírme.
- Era para leer cuando estuvieras solo, Galeno - le dije, en broma.
Se rió.
- Esta hermosa la cartita - admitió - ¿Te da verguenza que la haya leído?
Asentí con la cabeza.
- Obvio - revoleé los ojos - Las cartas se leen siempre en ausencia del emisor. Es una regla universal
De nuevo, nos reímos. Y de pronto, se hizo un silencio insondable. La situación era un poco rara, pero al mismo tiempo, natural, deseada, consentida. Estábamos hablando en una cama de hotel, a pocas horas de haberme conocido, y yo era consciente de que me estaba arriesgando incluso a un nivel físico. Sin embargo, Galeno me inspiraba confianza y no sabía explicar por qué, pero me la inspiraba como si yo lo conociera desde antes, incluso, desde antes del primer chat.
Al día siguiente, nos volvimos a encontrar. Almorzamos en un lugar divino y, como le había salido un orzuelo por culpa de los guantes que usa en la UTI, yo le había llevado una pomada específica porque soy propensa a tenerlos.
- Tomá, te traje - le dije, y se la tendí - quedatela.
Se la quedó mirando, leyendo la droga e interpretando según sus conocimientos.
- Oh, sí, la conozco - asintió - Esto es muy caro, de ninguna manera me la voy a quedar.
- Pero la necesitás...
- No, pero cuando llego a *** me la compro.
Me reí
- Ay, cierto que te voy a cobrar una pomada
- Se lo que sale esa pomada - me dijo - es una laboratorio Alemán.
Revoleé los ojos.
- ¿Querés aplicarla afuera? - le pregunté.
Dudó.
- No veo muy bien... - dijo.
Entendí.
- Bueno, yo te la aplico. ¿Querés afuera o acá adentro? - le pregunté.
- Acá, mejor, que estoy sentado...
Me tendió la pomada, me acerqué a su lado y suavemente le indique que incline la cabeza para atrás, como si le fuera a poner gotas para los ojos. Corrí mi pelo suelto de la escena. Me acerqué un poco más y con mucho cuidado, apliqué la crema por el párpado, bastante inflamado, con pequeños golpecitos. Él me diría después que esa cercanía lo altero, simplemente, por el aroma a perfume que me salía de todo el cuerpo.
- Ya está - le dije, en cuanto terminé.
Y unos minutos después nos fuimos del bar, para seguir paseando. Hasta que después, volvimos al hotel.
Galeno me sacó prenda por prenda con una paciencia y ternura que me costaba entender. No podía creer cómo detrás de la apariencia de un hombre tan selectivo, callado, observador, culto y discreto, pero también terminante, feroz, y justiciero, se escondía semejante reserva de ternura.
- ¿Vamos a dormir? - me pregunto, burlonamente.
- Me parece que estamos muy jugados ya para dormir - le dije, en broma.
Lo ultimo que recuerdo es cómo se rió, mientras mi ropa iba volando por los aires, y él me decía que era linda esa remerita, para colmo, me contagiaba la risa.
- Ay, Galeno, no pod... - alcance a decirle, rodeando su cuello con mis brazos, uno encima del otro, mientras comenzaba a besarme absolutamente todo el cuerpo... Y mientras tanto, volaba mi short. Y más besos, caricias, risas breves. Y volaba su ropa. Y me desprendía mi ropa interior. Y volaba la suya. Y así, volábamos...
Jamás me había imaginado que la vida me tenía reservada, en este aspecto, una sorpresa como esa. Pero me estaba dando algo que jamás antes me había regalado: la posibilidad de disfrutarlo, con todo lo que conllevaba. Lo que no era poco.