algún día pasado de 2022
- Estoy tomando vino... Acabo de abrirlo - me dijo Javi.
- Me alegro - musité, y dejé la cartera sobre la silla de la cocina de su casa.
- ¿Qué te sirvo?
- Y... me gustaría una copa de vino...
Se carcajeó
- Tenés razón...
- Si querés, si no, tomamos otra cosa...
- Es una falta de respeto no convidarte vino - me dijo, y alistó mi copa enseguida. Cubrió de vino cabernet la mitad de mi copa y me mostró la etiqueta para que lo viera y lo degustara también con la vista y el ojo crítico.
Asentí con la cabeza, dando la autorización a degustar ese ejemplar, de esa cosecha, con esa persona en particular. Desde el primer encuentro después de ocho años nos tomamos largas semanas de meditaciones, vueltas, dudas, miedos, sufrimientos silenciosos, hasta llegar a éste encuentro. Lo veo frente a mi y siento que estoy adentro de una película, que no es real, pero lo cierto es que está sucediendo. Lo que se jugó en mi durante el último mes y medio antes de saltar al abismo, a esas alturas (o a esas profundidades, en realidad) no tiene palabras. Por eso, estoy esa noche adentro de su casa. Porque ya no tengo palabras que me ayuden a detener lo que desde el primer día en que me estremeció su presencia sentí como inevitable.
¿Hubiéramos imaginado, aquél día donde nos cruzamos por primera vez en una reunión literaria, adentro de una pizzería del barrio, que casi diez años después terminaríamos tomando un vino tardío y haciendo lo que no debíamos? ¿Hubiera imaginado yo que ese mismo hombre que me había mirado con tanta indiferencia en el medio de una tormenta más en su vida, casi diez años después, acabaría suplicándome que le hiciera el amor? Ni en los más recónditos sueños lo hubiera imaginado, siendo franca.
Por eso, el tratar de escapar a esa deuda significó intentar atajar algo que desde adentro pedía salir día y noche hace casi diez años. Y yo no lo supe entender hasta que no acabé sucumbiendo en ese infierno precario de recuerdos y dolor siempre al contado. La historia suya representaba una fuerza que me mataba por dentro y que me dejaba vulnerable e insegura de tanto había significado para mí en otro momento de la vida... Pero además, un abismo al que nunca me había podido resistir. Del que nunca había podido liberarme del todo. Tratar de acallar un deseo que me manejó como no me había manejado nada antes en mi vida fue una de las cosas que nunca me imaginé tener que hacer en relación a Javier. Ni éste año, siendo que había pasado mucho tiempo y muchos amagues.
Y, sin embargo, una a una empezaron a ocurrir. Y no pensé, hasta ahora, que ya lo sé, en lo que me estaba introduciendo. En lo que a nivel interior me iba a producir. En la persona que sería luego de esa noche. En lo que acabaría convirtiéndome. En cómo miraría el mundo. Y cómo sentiría que el mundo me mira a mí.
II
-¿Cómo estás? - le pregunté, en voz muy baja - ¿Todo bien? ¿Mejor?
- Sí, bien - me dijo y después de una charla simpática sobre temas laborales que ahora tenemos en común, lanzó: - ¿Te puedo contar una cosa? (...) - Quería que hiciéramos el amor el otro día - dijo - y vos te fuiste enojada a tu casa diciéndome que no, que no, que no...
- Estaba enojada con vos, sí. Y me conviene estar enojada cuando me quiero ir de un lugar donde no tengo que estar. ¿Entendés? - le expliqué - Javier, vos no tuviste ningún reparo en decirme todo lo que me dijiste. Abriste la boca e hiciste un desastre. ¿Vos tenés una idea de lo que me dijiste el otro día? ¿Pensaste antes de hablarme así?
- Sí. Te dije la verdad. Lo que pensé siempre.
- Y bueno... Justamente por eso yo me fui así. Porque me tiraste todo lo que no me habías dicho en casi diez años, en un ratito... Con esa boca de jarro que tenés.
Se rió.
- No seas víbora... Porque no fue sólo mi boca de jarro, también fuiste vos. Vos no te quedás quieta.
Lo miré y mofé con una mano. Lo único que me faltaba es que quisiera echar la culpa a mí por aparecerse en mi vida con una declaración suprema pero tardía.
-Basta con eso de que soy víbora... Jamás te haría ningún daño y lo sabés. Hace casi diez años que me conoces, Javier, así que si hubiera querido ser mala... Tuve mucho tiempo para eso y no lo hice. Siempre pensás mal de mí - me quejé.
Lo miré con mala cara. Sonrió.
- Vos sos brava, no mala- se apuró a decirme, con suavidad - No sos mala en absoluto, pero tenés esa carita de hija de puta que me puede... Y me las tiras todas con esa cara de guacha... Y cuando vos ponés esa carita me da unas ganas de agarrarte y decirte: "vení, vení, vení, no te vas de acá".
- ¿Vos te das cuenta de lo que me estás diciendo? Estás loco - le contesté. Mis ojos no salían de la sorpresa. Sentía por la forma en que se estiraba mi rostro que los tenía abiertos, en grande, con las cejas levantadas por causa de la sorpresa. Se rió. Lo mire y bebí vino para aflojar el desconcierto.
- ¿Tanto hago con mi cara? ¿O es lo que a vos te hace sentir ? - le pregunté, con ironía.
Sosteniendo su papel de superado, me hizo un gesto de fascinación. Aunque no me contestó lo que le pregunté, como es su costumbre.
- Al margen de querer echarme siempre la culpa a mí de lo que a vos te pasa conmigo, ¿qué es lo que sentiste después de que nos encontramos y me dijiste todo eso? ¿Por qué creés que te sentías mal? - le cuestioné.
Quería que, juntos, entre los dos, conversáramos y pudiéramos pensar. Quizá ahora me doy cuenta, tarde, que mi empresa era una real pelotudez. Una ilusión de no mandarse una cagada que había empezado a suceder desde el 03 de abril en adelante, cuando nos habíamos encontrado de casualidad, mientras hacía las compras por el barrio y él venía de entrenar.
- Tenía culpa. Mucha - me confesó, por fin.
- Bien. ¿Y qué más?
- Y me sentí muy mal al otro día. Sentía que había engañado a alguien y que al mismo tiempo pensaba que vos capaz podías enojarte conmigo y que me ibas a odiar por todo lo que te dije, o no sé... - suspiró - Y también pensaba que no quiero lastimarte, que no quiero hacerte sufrir, que no debería haberte escrito hoy, pero que me podés hija de puta... ¿Sabés cómo se me pasaban por la cabeza, en cualquier momento, las cosas que pasaron el otro día? - preguntó.
Mi estomago tomó forma de nudo. Se me revolvió por completo por sentir las mismas cosas. Culpa, tristeza, angustia, pero además, deseo, ganas de hablar, de buscar respuestas, de preguntarle tantas cosas que había sentido o pensado durante esos diez años respecto a nuestra historia.
- Javi... - lo miré, inspirando hondo, lista para confesarlo todo - vos no te das una idea lo que fue todo este tiempo para mí. Dificilísimo.
- ¿Vos no sentís eso? ¿Qué sentís? - preguntó. Noté que lo estaba oprimiendo todo tan fuerte en mi interior que, ni siquiera con él, podía hablar.
- Yo desde que nos encontramos ese domingo hasta este mismo momento estoy luchando conmigo misma. No creas que para mí es menos complejo por ninguna razón que puedas llegar a pensar, ni por ningún motivo. Cada uno de nosotros tiene sus razones y sus objeciones.
- Es cierto - musitó - pero vos... ¿no te vas a confundir, no?
- ¿Confundirme con qué?
- Me refiero a que... - suspiró, con dificultad para encontrar las palabras - quizá yo puede ser que no te llame más o puede ser que sí, no sé... Esto... Es una atracción... Y química, si, y... No sé qué va a pasar.
- Decilo, sin miedo. Lo que vos querés es tener sexo conmigo y nada más. Decilo como corresponde. Estamos hablando a calzón quitado - argumenté.
Se rió.
- Ok, sí, no fue la mejor metáfora del mundo - le dije, sonriéndome y ruborizándome un poco.
Volvió a repetir una carcajada por mi comentario y suspiró. Esa metida de pata, sin querer, había reflotado la atracción.
- No es todo tan así, no es que sólo quiero tener sexo con vos y listo - dijo - Pero no sé, si pasa, cómo reaccionaré. Yo no puedo prometerte nada. Quiero que sepas eso, que no puedo prometerte hacer algo que capaz no me sale después... - me advirtió.
Yo lo miré, incrédula. Me estaba diciendo algo tan profundamente obvio para mí, que ya había meditado durante todas las noches desde el día donde me había vomitado aquéllo en la cara, que hasta me parecía volver sobre un punto tonto del asunto. Pero, al mismo tiempo, en cuanto se lo escuché decir de la forma en que lo hizo, eso me dió algo en lo que pensar. Tenía en claro que Javier sólo quería acostarse conmigo y eso era lo único posible, pero ¿cómo él había creído que yo podía quererlo si le dejé bien claro que no sentía amor por él? ¿Quién era, al fin de cuentas, la persona que corría riesgos de confundirse?
- ¿Por qué la complicás tanto, Javier? - le consulté sin ánimo de pelear - Decime: " te busqué después de todos estos años para tener sexo. Solo quiero eso con vos", y listo.
Me miró sorprendido. Esperaba mis respuestas de hace ocho años atrás, pero yo le dí la respuesta de ocho años después... Es que para mí estaba tan claro, pero tan claro, que no dudé un segundo en que quisiera otra cosa de mí.
- Bueno, pero no es tan así... - volvió a decirme.
Me molestó que quisiera decorarlo. Me molestó mucho porque los años me enseñaron que las personas que te quieren se la juegan y él no se estaba jugando nada por mí. Solamente, se había quedado con ganas atragantadas y estaba despuntado un pendiente lleno de confusión y ansiedad. Pero ¿algo más que sexo? ¿Quién se arriesgaría a pensarlo? La gente que te quiere bien, estoy convencida que no deja pasar diez años sin venir a buscarte.
- Javier - le dije, exasperada por el decorado que le ponía a su calentura - ¿Vos creés que yo voy a querer que me garantices algo en la situación que estamos los dos?
Me miró, muy serio, entonces, seguí:
- No voy a querer que me llames, Javi. No voy a esperar que me llames. Yo salgo con alguien, vos salís con alguien ¿me entendés? Esto es lo que es y punto. No tenés por qué disfrazar nada, yo entiendo que lo único que querés es tener sexo conmigo y sacarte las ganas. Sentís deseo por mí y punto. Ponele el nombre que quieras, sexo, deseo, calentura, pero es eso solo , no hay otra cosa, es obvio - le dije - Nadie va a dejar nada acá, ni cambiar nada, ni preguntarse nada, ni mucho menos sufrir más. Olvidate - añadí, siendo tajante.
La energía masculina que yo desprendía en ese momento pobló toda la cocina. Y la confusión de Javier, también. Él no se daba cuenta de que estaba tratando de saldar una deuda muy dolorosa de la chica de diecinueve años usando la mentalidad y la frialdad de los veintisiete. No entendía ése detalle capital que, en cambio para mí, lo explicaba absolutamente to-do. La chica a la que había dejado tirada como un perro estaba parada, un poco diferente en su aspecto, frente a él nuevamente y estaba saldando las cuentas. La misma chica a la que había dejado tirada, le estaba hablando. Estaba, cegada por la necesidad de tomar partido y ganar la apuesta, cambiando el final de una historia que debería haber quedado como estaba. Estaba usando el cuerpo que le permitía acceder a su vida nuevamente para cerrar una etapa del pasado que todavía quemaba. La chica de 27 se estaba mandando una gran cagada alentada por aquélla del pasado, que con 19, le decía "esto no puede quedar pendiente otra vez, no puede pasar todo de nuevo".
- Sí, tenés razón - dijo, frotándose el rostro Me siento un pelotudo. Pero... no quiero lastimarte y no sé, yo no sé cómo voy a reaccionar... ¿entendés?
- Sí, te entiendo. Igual esto es algo que se cae de maduro... Yo te lo dije la vez pasada como una situación hipotética ¿te acordás? Los dos estamos con alguien más y no se plantea cambiar eso. Nosotros el otro día decíamos que vos y yo tenemos un recorrido con otras personas y que con el otro tenemos solo sexo pendiente ¿no? - le aclaré y le pregunte, muy fría.
- Sí - musitó.
Me miró fijo. Muy fijo y recibiendo mis palabras un tanto cauteloso.
- ¿Y entonces? - dije, como pidiéndole solapadamente que no me dijera estupideces.
- Necesitaba decirlo... - me dijo.
Lo mire, con sorna, pero al mismo tiempo, bajé la defensa. Era movilizante decirle todo lo que le estaba diciendo al mismo hombre por el que ocho años atrás hubiera dejado absolutamente todo. Con el que quise todo. Con el que llegué a imaginar casa, perro, una familia, convivencia, o lo que fuera. Cosas que, de hecho, jamás me atreví a volver a soñar con nadie más hasta ahora. Cosas que no sé si volveré a sentir en alguna otra ocasión.
- Está todo bien... Lo podés decir... pero a lo que voy es a lo siguiente: ¿por qué antes de decírmelo a mí no te lo decís a vos? - le ofrecí - Yo no me adelanté ni dije nada... Pero sí creo que estás tratando de dejarte en claro a vos mismo las cosas y... me parece que quizá te estás arrepintiendo de lo que me dijiste el otro día. Y está bien, lo pensaste mejor...
- No, arrepentirme no. No me arrepiento para nada de todo lo que te dije. Es la verdad. Es toda la verdad todo lo que no te había dicho antes... Pero... - suspiró - sí, tenés razón, lo digo para convencerme. Si. Yo necesito convencerme. No quiero que sufras, vos.
"Vos no querés sufrir, Javier, qué novedad, como siempre cuidándote el culo", pensé.
- Me doy cuenta... Es como si quisieras convencerte. Pero esto es físico. No hay otra cosa. Vos me dijiste eso. Es eso de mi parte también.
- No, es que... Bueno, sí, te lo digo a vos y me lo estoy diciendo a mí también. Necesito marcar eso muy bien. Yo necesito marcarlo. Saber que esto es esto y lo demás, es lo demás. Y que esto es así y punto ¿si?
"Más vale", pensé.
- ¿Te sentís en la necesidad de aclarármelo? - le dije, mirándolo con sorna - Para mí es obvio, pero está bien... Aclarado. Explicitado. Por las dudas. Super blanqueado - enfaticé.
Javier se me quedó mirando. Fijamente. Admito que pronuncié cada palabra fría y limpia de sentimiento para dejarle en claro que esto era algo despojado de amor.
Hoy entiendo que en ese momento yo gozaba estúpidamente con la idea de que me viera fría. Me daba placer no darle el gusto de verme desarmarme bajo sus ojos, como realmente me sucedía por dentro. Me estaba deshaciendo, rompiendo entera, y sólo podía pedir a Dios que fuera incapaz de verlo como siempre. La mascara con la que protegía todo el dolor anterior, resultó suficiente para ponerlo contra las cuerdas. ¿Una pequeña venganza? Quizá. El dolor lleva a hacer cosas de mierda. Y yo no pensé, hasta ese momento, que mostrarme fuerte por todo lo débil que había sido consigo en el pasado pudiera darme placer. Pero algo parecido me daba. Aunque tiempo después haya descubierto que terminaría escupiendo veneno por ese placer mal habido de la venganza.
- Dios, no me mires así - me dijo, quejándose, porque seguro lo estaría mirando con la parte lastimada, que moría por salir de mis ojos y yo acallaba con mis neuronas - yo necesito tenerlo en claro. Porque vos conoces mi situación.
- Es la misma que la mía, si - enfaticé.
"No me vas a confundir otra vez", pensé. Me miró con ironía.
- Bueno. Por eso - dijo, nervioso.
- Sí, por eso. Vos conoces la mía... Es exactamente lo mismo - insistí.
Se rió y suspiró.
- Si, víbora.
- ¿Qué más me querés contar, estúpido? - le pregunté.
Me miró. Sonrío con calidez y me preguntó qué quería comer. Después de eso, hablamos un buen tiempo más de cómo nos habíamos sentido en los momentos previos al camino de ser dos personas completamente distintas a las que éramos antes del 03 de abril. El día que implicó habernos reencontrado casi diez años después de aquél 2013 donde nos conocimos y haber saldado una deuda que, pensamos (lo charlamos y realmente lo pensamos) no podríamos saldar nunca.
III
junio 2022
- ¿Por qué decidiste comenzar terapia? ¿Habías hecho antes?
- Sí, hice antes. Pero decidí retomar porque hace un tiempo me pasó algo que no pude poner en palabras con nadie y necesito hablar del tema con alguien. Entender.
- ¿De qué se trata?
Inspiré hondo. Muy hondo.
- Hace años, conocí a una persona de la que me enamoré. El me rechazó en ese momento, fue algo complicado, pero todo terminaba en que se alejó de mí siempre. Siempre. Jamás tuvo el valor de ser consecuente en ese rechazo, porque yo le gustaba pero no quería tener nada conmigo y ese era un gris muy doloroso realmente... Lo quería mucho yo, y cada sí era genial y cada no era un espanto. Nos alejamos. Pero durante muchos años nos seguimos viendo por actividades culturales en común y no nos hablamos casi. Pero estábamos siempre con un pendiente y una tensión sexual muy fuerte.
- ¿Hubo acercamientos entre ustedes que hicieran pensar que le gustabas?
- Si. Besos, contacto físico, todo. En ese momento, llegamos a una determinada situación que daba cuenta del deseo, sí. Obvio.
- ¿Y entonces ahora apareció?
- Sí. Volvió. Pero estoy saliendo con otro hombre y él sale con otra persona. Ambos estamos en otras cosas hoy... Y pese a eso - hice un esfuerzo por no llorar - hace poco nos reencontramos de casualidad... y el me confesó muchísimas cosas que no había podido decirme cuando yo era más chica. Y yo me quedé paralizada porque lo había sabido siempre pero pensé que jamás me lo iba a poder poner en palabras ¿sabés? Esa situación a mí me cambió todo...
- ¿Pasó algo más, después de que te dijo esto? - me preguntó.
- Después nos volvimos a encontrar... Y - tomé aire - tuvimos sexo.
Me quedé callada. Era la primera vez que lo decía en voz alta. Mi terapeuta se quedó en silencio, esperando que agregara algo más:
- No sé que me pasó. No entiendo que me pasó y vengo acá para poder entender por qué hice esto tan feo... Fue como si todo lo que quise evitar durante todos estos años ganara. Cómo si no fuera yo... Aunque obvio que fui yo, no me eximo de la responsabilidad de mis acciones... Sólo que algo me pasó muy fuerte y muy raro que no pude entender el error que estaba cometiendo. Porque, además, yo quiero mucho a la persona con la que salgo. Lo re quiero. Y respeté durante muchos años a la persona con la que él sale. Osea, no lo hice queriendo hacer mal, pero lo hice igual ¿entendés? Y eso no está bien.
- ¿Cuántos años tenías como se conocieron?
- Dieciocho años. Pero todo comenzó a mis diecinueve.
- ¿Y lo querías?
- Me enamoré. Fue la única persona de la que me enamoré hasta ahora. Lo que me pasa con quien estoy ahora, Galeno se llama, es diferente. Igual es lindo. Pero tendría que pensar qué es enamorarse hoy por hoy, y no sé. Yo sé que de Javier me enamoré. Después no entiendo qué me paso, y me da mucha culpa haber lastimado a alguien con esto, daría lo que sea por borrarlo.
- Quiza podemos empezar pensando por qué no le dijiste que no. ¿Qué te llevo a ir a su casa esa noche?
Me quedé en silencio.
" Cambiar un final " , pensé.
- Pensar que iba a entender algo. Cambiar algo. No sé. Yo fui. No pensé. Fui. Tuve la oportunidad que no había tenido en casi diez años y no pensé. Fui. Y ahora no entiendo cómo no pensé, cómo no me di cuenta que no había nada por cambiar. Porque sí, ahora cambió todo, cambió el final para siempre, todo tiene otro sentido... pero no es aliviador. No me hizo sentir mejor. Reemplacé un dolor por otro.
- ¿Actuaste por impulso?
- Sí. Sin dudas. Fui y lo hice. Sin darme cuenta realmente lo que estaba haciendo y haciéndome.
- Como si tuvieras diecinueve años - musitó - Como si fueras esa chica impulsiva que me comentabas que eras a los diecinueve años. La que tiene una oportunidad y va y después piensa. Que no es la chica de veintisiete años de hoy, que eligió a otra clase de persona para tener una relación y pensó mucho y se tomó su tiempo, etc.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Algo se modificó en mí.
- Puede ser - musité - Yo le dije a Javier que la mujer que era hoy no lo elegía más. Y realmente sentí eso. Jamás me fijaría en él hoy. De hecho, Galeno, es totalmente diferente y nuestra relación se basa en la comunicación, en la confianza, él no tuvo problemas para quererme. Javier sí. Y cuando lo ví, en esa postura, me di cuenta que es un tipo patético... Pero aun sabiendo todo eso, sabiendo que es un pobre tipo, que no me merece, fui y me acosté con él. ¿Cómo puede ser?
- Quizá le pusiste el cuerpo a algo que le quedó pendiente a la chica que eras a los diecinueve años. Pero sabiendo todo lo que sabés ahora, más grande, con veintisiete.
- No sé. Pero yo sé que no tendría que haber hecho eso. Que nadie se merece que le hagan eso. Yo no hubiese querido hacer esto jamás, por eso de hecho respeté todo tantos años, y no entiendo qué pasó.
- Y no te lo perdonás, tampoco.
- No, no puedo. Siempre tuve otros códigos yo, no sé cómo perdonarme. Jamás pensé que iba a ser capaz de hacer algo así. Siempre supe que yo era, o soy, leal. Estaba segura de eso más que de que me llamo Veinte. Y ahora no sé. Me siento una mala persona. Siento que no me merezco nada de lo que tengo. Pero yo sé que no soy mala... Me equivoqué. Y no sé, entiendo que me equivoqué, pero me siento mal. No me reconozco.
- ¿No lo ves como un error que cometiste? Porque podrías decir "bueno, me equivoqué, ya está, aprendí", pero vos no lo ves así... Te la pasás castigándote. ¿No pensaste que él tampoco pensó en cómo estabas, en tu vida, en vos, cuando te puso en esa situación? Porque vino a decirte todo esto pero no te preguntó si querías escuchar. Y estaría bueno que pienses en esa parte, también. Más allá de lo que hiciste, o cómo reaccionaste, para ver esta situación desde otro punto de vista.