Tantas veces amagó, pero tantas... que todo terminó pareciéndome la misma cosa.
Durante 2021, coincidentemente con un momento donde yo no estaba con Galeno, recuerdo que Javier apareció con el ofrecimiento. El de tomarnos un vino algún día. Ante ese ofrecimiento y después de retorcerme por dentro por la cantidad de sentimientos encontrados que aquéllo me convocaba, le dije : "dale, te agendo para 2022". Estaba, por supuesto, siendo irónica. Sí. Demás está decir que eso fue una broma. Yo le dije 2022 como podía haber dicho 2080, dado que me refería a lo imposible del encuentro y a mi necesidad de no poner en duda ninguna cosa.
Jamás hubiera esperado que nos encontráramos en 2022 casualmente un día cuando yo estaba haciendo compras y pasaba por la puerta de su casa. Porque así fue. Un día me levanté, salí a hacer compras al supermercado, y volví a mi casa con una revolución que en ocho años no había sentido y con un vino en la mano. Porque claro, cuando se me ocurrió decirle socarronamente que en 2022 nos juntábamos yo lo dije con sorna... pero la vida me lo tomó muy en serio. Y lo cumplió. Efectivamente éste año nos tomamos un Malbec cuando le dimos paso al principio del fin y, en su momento, otro Cabernet de despedida.
Así fue como aprendí que las paradojas tienen una fuerza superior. Infinitamente superior a la visión de los seres humanos. Son la vida, la trama de la vida misma, diciendo: "¿viste que vos pensabas que no y al final sí? ¿Viste que fue en 2022?".
II
Abril de 2022
- Vos no sos ninguna santa - me dijo Javier, esa noche - Me miras y me hablas de una manera que...
Lo mire con sorna. Me cansó un poco el hecho de que siempre tuviéramos que echarnos la culpa por lo que pasaba como si fuera que eso nos ahorrara algo. Que nos justificara. Que nos sirviera de excepción o de salvedad para naturalizar algún fallo.
- ¿Ahora tengo la culpa, entonces? ¿Es eso? - pregunté.
- Nooo. Pero a la primera cosa que haces, aunque sea preguntarme algo, yo quiero responderte, escribirte, irte a buscar a tu casa, hacerte el amor, agarrarte y ... Nada, un día me decís que no y te vas así y... Después...
Me acordé el pelo, súbitamente acalorada y con las mejillas sonrojadas por el efecto del alcohol.
- Para mí fue muy difícil tomar esta decisión. No me lo esperaba, nunca me hubiese imaginado que serías capaz de decirme todo lo que me decís ahora con tanto relax - dije.
- Sos guacha, igual... Tus gestos, tu cuerpo, la mirada... La forma en que me hablás y me decís las cosas. Sos directa, además, no tenés paciencia para nada... Me tirás, y me tirás, y me tirás...
- ¿Yo te dije algo a vos después de ocho años? - le pregunté.
- No... Pero después venis y me quiero morir... Me muero de culpa y me muero de ganas de estar con vos...
- Ya sé que no tendría que venir, pero... Para mí también es difícil.
- ¿Qué es difícil?
- No querer venir... - musité.
- Dios mío - dijo.
- Bueno, vos querés que te diga lo que me pasa y ésto es lo que me pasa. No pude no venir. No me pude quedar en mi casa tranquila. Y vos no pudiste no mandarme ese mensaje. Qué se yo, Javier - argumenté.
Se acercó a mi silla. Estiró las manos sobre la mesa muy cerca de mis brazos. Me miró.
- Lo que a vos te pasa no tiene que ver con lo que hago o no hago, porque de hecho yo no te vine a tocar el timbre, hoy. Tiene que ver con lo que a uno le pasa con lo que el otro hace - argumenté. Javier siguió callado, así que continué: - Ya te dije que a mí me costaba mucho manejar mis caras con vos, porque las tuyas, me afectaban. Es así, esto. Saldría corriendo a otro país para no tener que estar acá ¿sabés? Pero acá estoy.
Javier se rió levemente y sacudió la cabeza.
- Qué herrrrmosa ella, la que me parió - musitó - Yo ya sé lo que me estás diciendo. Igual vos sos un tipo de mujer diferente- dijo- Eso a mi me vuelve loco. Decís que querés salir corriendo pero le haces frente a las cosas.
- ¿En qué sentido?
- Hay que estar preparado, o más bien, hay que tener cualidades que no tienen todos para ser como sos vos. Vas al frente. Decís lo que pensas. A mí, me decís de todo. Me lo decís y me encaras y no dejas tiempo para que el otro piense. O dude. Manejas una intensidad, hija de puta, que no todos manejan.
- Entiendo.
- A veces, eso, en chicos de tu edad y no tanto, resulta intimidante ¿sabés? Por eso se ponen nerviosos los hombres con vos. Una mujer decidida, que no tiene paciencia, que es muuuy directa... Da miedo.
-Si, claro que eso no siempre gusta... Pero yo no quiero asustar a nadie. Solamente quiero ver si se puede o no.
Javier sonrió.
- ¿No te imaginabas? ¿Nadie te lo dijo?
- Sí, me lo han dicho. Puede ser, de hecho, pero yo nací intensa. A mí me parece absurdo disfrazar las cosas. Las cosas son como son. Después uno elige qué hacer o hace lo que puede, como en este caso, cuando las cosas te aplastan y te ponen en situaciones que en tu puta vida imaginaste... Pero siempre uno tiene por dentro cosas que no puede negar, que lo atraviesan... Hay que ser honestos con nosotros mismos, con lo que pasa, aunque sea una cagada.
Javier se carcajeó.
- ¿Ves?
- ¿Que?
- Intensa... Intensa... Vos no manejas las situaciones... Manejalas, manejalas, por Dios... No podés vivir así, yendo al frente, diciéndome todo lo que pensás. Me vas a volver loco. Me voy a morir.
- Yo esto lo afronto. Manejar se manejan los autos, Javier.
Javier se rió.
- Hija de puta, con esa carita de mala me lo decís...
- ¿Por qué siempre me decís que tengo cara de forra? ¡No tengo cara de forra! Y no me burlo de vos, a mí me pasa lo mismo, tarado. Por eso te lo digo.
- A ver, esperá - dijo, un poco más serio - Te estoy cargando. Me gustan tus caras... Tenés una carita de jodida... Me ponés esos ojos, me hablás así...
- En cuánto a nosotros, vos me decís que soy directa pero ¿qué, íbamos a seguir dando vueltas para tener esta charla? Pasaron ocho años. Ya a cualquiera se le acaba la paciencia. O la vida. Una de dos, imaginate.
Me miró y sacudió la cabeza. Se rió y me miró con enorme intensidad en medio de esa carcajada breve.
- Víbora.
- Realista.
- Yo soy distinto. Manejo las situaciones. A veces choco, si, pero las voy manejando. Trato de ir manejando las cosas. De no tirarme de una, de ir conteniendo ciertas cosas. Tirando, aflojando... Viendo - me explicó.
- ¿Tanta paciencia tenés para evaluarlo todo? - lo burlé.
Javier se rió.
- Pendeja de mierda. ¿Por qué sos así, por Dios, por que sos así?
- Javi, vos deberías entender porque viviste más, que la vida es el presente. ¿Tenés cincuenta años y todavía no aprendiste eso? Hace casi diez años que me decís lo mismo. Dame argumentos nuevos, por favor - exclamé, con ironía.
- Sos una víbora, ¿ves?
- No, estúpido, sabés que no lo soy. Entendé que hoy estamos acá, vos estás vivo, yo estoy viva, pero que un día acá mismo, acá, en tu casa, no va a haber nada. Ni vos, ni yo. Nada. ¿Sabés que va a haber? Escombros, polvo, ni siquiera le va a importar a nadie que ésta fue tu casa ¿entendés? No vamos a poder ver esta cocina, ni tocar la mesa, ni disfrutar de nada. No va a importar ni tu trabajo, ni el mío, si no, lo que hayas vivido... Lo que hayas hecho. ¿Y vos me decís que hay que especular? ¿Para qué? Un día todo esto se va a ir a la mierda...
Javier se quedó callado, jugando con el corcho del vino que nos tomábamos. Me lo pasó, sin decirme nada, y lo tomé unos minutos antes de devolvérselo.
- ¿Hagamos el amor porque se acaba el mundo? ¿Esa es tu respuesta a lo que dije? - me preguntó.
- Eso lo estás diciendo vos - le advertí - Mi tesis es que un día vos te vas a morir, y quizá yo me muera después que vos si pensamos lógicamente...
- Si. ¿Y?
- Y que no vamos a tener toda la vida para dar vueltas, ya dimos mil. Hace casi diez años que estamos dando vueltas sobre una calentura. ¿No te parece demasiado tiempo?
Javier se quedó callado mientras me miraba fijamente sin dejarme un rasgo por cubrir.
- Por eso soy directa, por eso cuando vos me dijiste lo que me dijiste casi me muero... y me fui casi corriendo de acá. Porque yo no me escapo, yo no manejo, yo siento algo y voy.
Javier me miró seriamente. Me acerco a su cuerpo.
- Vení, vení - dijo y me acercó la silla a la suya - Sos directa, eh...
Lo miré sin saber qué decirle. Abriéndole grande los ojos. Con mucho miedo de caerme en el abismo.
- Esto no tiene que ver con nosotros solamente. Es mi manera de vivir - argumenté.
Me observó, sonriéndome, de una manera cálida que para mí era irresistible.
- No, no, no. Ya se. Ya sé que sos una impaciente, tira bombas, desde que te conozco. Siempre lgual. Combativa. Frontal. Te tira todo en la cara, ella.
Lo miré detenidamente y bajé los ojos.
- Cállate que el otro día me dijiste más o menos todo lo que no me dijiste en diez años, me lo tiraste todo en la cara vos a mí. Casi me muero.
Javier se rió.
- Hija de puta - me dijo y me atrajo hacia él - Esto es un quilombo para mí. Vos sos tremenda y sabes cómo ponerme estúpido, me haces querer estar cerca tuyo cuando te veo... Y con esa cara de poker que pones... Te agarraría y te haría el amor, te lo juro por Dios. Te besaría. Te llamaría. Te iría a buscar a tu casa. Sos tremenda, en serio.
- Ah, claro, para mí no es tremendo... Yo la tengo súper fácil ¿no? - me quejé - ¡Vos sos tremendo! ¡Vos venís después de ocho años a tirarme semejante bomba! Ahora me venís a decir que te gusto, recién ahora...
Javier se puso en modo catarata y yo me puse en modo "no puede ser verdad" cuando escuché sus argumentos.
- Yo no hago nada para provocarte, para complicarte la vida... Yo soy así, yo vivo así todo lo que me pasa. Pero a vos cómo soy yo, te pega así. Y a mí me pega de otra manera todo lo que sos, no creas que me da igual... Ese es el verdadero problema. Por eso no nos podemos poner los límites. Por eso me mandaste el mensaje hoy, y estoy acá. Yo sé que no tengo que estar acá, vos sabés que no me tendrías que haber escrito para que viniera, pero estamos acá. En tu casa. Los dos. Esa es la verdad. Hay que hacerse cargo.
Lo mire ya con un poco más de distancia porque me daba indignación reconocer lo que realmente sentía hace muchos años. Bebí vino. Me estiré tratando de relajar mi cuerpo a medida que se adaptaba al calor de su casa.
- Ya lo sé - dijo - Vos me podés. Eso es lo que pasa. En estas semanas no podía dejar de pensar en lo que pasó. Te quería llamar, te quería invitar. Al mismo tiempo, sabía que le mintiendo a alguien, que estaba engañando a alguien. Y me moría de la culpa, te juro, me sentía muy mal... Pero después me acordaba de vos, de cómo nos besamos el otro día, de todo lo que pasó....
Suspiré.
- Si, ya sé, fue intenso. Se nos fue re-contra a la mierda - le dije, colmada de remordimiento.
- ¿Vos te acordabas? ¿Qué te pasó? Contame qué sentiste, dale. No me dijiste nada.
- Yo me sentí mal.
- ¿Por qué?
- Porque sí. Es una lucha conmigo misma. Desde ese día estoy luchando conmigo misma. Me tendría que alejar, irme y no volver acá nunca más... Borrarte de todos lados...
- No sé si sirva... - musitó y me miró cautelosamente.
En mi fuero interno supe que tenía razón, pero no se la quise dar.
- No sé... - le dije - Pero tendría que haber hecho eso... Y no puedo. Estoy acá.
- Es muy difícil todo - dijo Javier - pero ya está. No podemos vivir así. No se puede más. Yo me muero de ganas de estar con vos. ¿Vos querés estar conmigo?
III
Cuando pienso en ese día, o en esa noche en realidad, siento que fue uno más de todos los amagues en esos años. Pero que ésta vez, se tenía que saber, se tenía que sentir, cómo era el no amagar más.
El desborde fue por pensar cómo era finalmente decirnos todo lo pendiente y además estar juntos en un momento donde todo lo que no había congeniado hasta entonces, congenió. Y eso no quiere decir que sea siempre para bien. Hablamos de un cruce casual, una cuestión de probabilidades que derruyó un amague estaba profundamente agotado.
A menudo me pregunto si ésto tuvo que pasar porque se había llegado al fondo, al límite, a lo incapaz de ser tolerado. O porque realmente teníamos que aprender algo más con el otro. Pienso que si Javier en ese momento no llegaba a su casa, yo podría haber seguido caminando hasta la mía y jamás nada de esto hubiera sucedido. Pienso que si él no se hubiera decidido aquélla tarde a confesarme todo, jamás hubiera pateado el tablero. ¿Tenía que pasar? ¿Algo así? ¿Para qué?
Pienso que un día, Javier, luego de decirse a si mismo tantas veces que no podía resolvió en una tarde la decisión que no pudo tomar durante ocho años. Y me lo dijo todo. Pero todo. Sin guardarse una coma. La misma noche del día donde nos habíamos cruzado en el barrio, de pura casualidad.
¿Con qué objetivo?
Pienso que un día, yo, luego de estar batallando durante años para que él no me importe más, me conecté con todo lo que había intentado destruir. Y se lo escuché todo. Porque lo cierto es que me importaba. Me importaba mucho. Quizá, demasiado para lo que él es.
Después de ahí, no puedo evitar reconocer que mi vida siguió diferente a lo que era en muchos aspectos. A veces recuerdo esa noche entre nosotros y no lo puedo creer. Fue real. Nos lo dijimos todo. Hicimos. Tiramos a la basura un esfuerzo de años. Lastimamos. Sentirnos culpa, tristeza y miedo. Fuimos honestos entre nosotros como nunca en la vida. Nos descubrimos. Nos recorrimos y palpamos. Nos lo dijimos todo, incluidos los reproches y los dolores históricos. Rehicimos parte del camino y corregimos, o empeoramos, sin darnos cuenta que establecíamos otro final.
Y además, nos despedimos para siempre, ahora sí. Para siempre de verdad.