viernes, 28 de febrero de 2020

Reencuentro

Me aferró junto a él en el sillón rojo, ese lugar preciado que habíamos tomado de locación para tantas de nuestras fantasías compartidas, y dejó que le hiciera algunas caricias personales.  El comienzo, como todo, ocurrió sin mayores sobresaltos, con algunas torpezas, repleto de desesperación, deseo, intensidad y excitación.   Lo ayudé a desvestirse y empezó a desabotonarme los botones de mi linda camisita. Me miró, quedándose desnudo ante mí, deseándome, notando con dulzura como dejaba suelto cada uno de los botones para que me besara. Solamente lo miré, le sonreí producto del gesto, y mientras tanto, continué desenvolviéndome ante él, para que después me diera el pase de acceso a constelaciones inimaginables de la cintura para arriba. Una vez que estuve a su merced, recorrió con su lengua todo mi pecho, cortándome la respiración, y dándole alcance a las sensaciones más estremecedoras. 

¿Cómo no sentir todo, cada detalle, cada partícula de su cuerpo?  No nos dijimos nada concreto, al menos, en ese momento. Fuimos intuyendo, ambos como ciegos, lo que el otro quería dar y recibir. 

 Galeno me besó, acarició, mordisqueó, chupó, aspiró y estremeció todo mi cuerpo, además, apoyando el suyo encima. Logró darme un placer muy por encima de la media. Me quito la vergüenza, el pudor, el recato innecesario cuando estamos frente al hombre que lo único que quiere es vernos disfrutar. Me quito el miedo a desearlo, a desear que hiciera lo que deseara conmigo. Me quito el miedo a la entrega.

Y sin embargo, no podría decirle cuánto disfruté aquél instante donde, mientras me hacía parte de si mismo, se detuvo a mirarme y a sonreírme con toda la cara, al mismo tiempo que me daba besos en los labios, que estaban curvados en una sonrisa y yo trataba de corresponderlo. Lo mire, con gran esfuerzo, ante las oleadas de placer que sobrevenian. No podía dejar de sonreírle mientras me besaba y me sonreía también.  Y aunque el sillón nos quedaba chiquito, creo que fue el mejor escenario posible para los dos.

Sonreírnos, en medio de esa juntura, en medio de nuestro mundo, en ese momento dónde no hay otra cosa importante, es uno de los momentos más hermosos que pase con Galeno hasta el momento. 

jueves, 27 de febrero de 2020

Llegada

" Anunciamos que el vuelo 6022, con destino a ***, ya está listo para comenzar con el pre embarque". 

Me acerqué a la fila que ya habían hecho un montón de otros pasajeros delante de la puerta de embarque. Saqué mi boording pass, apronté mi documento y mantuve unos minutos la vista en la pantalla que anunciaba el estado de mi vuelo. 

Se me hizo un nudo en la garganta y el corazón se subió a mi pecho. Empecé a parpadear con más velocidad y respiré hondo.  Tenía miedo, emoción, ansiedad, deseo e incertidumbre. No sabía con qué me iba a encontrar, pese a que Galeno me hubiera contado de su vida mil veces desde que nos conocimos. Pero tampoco hubiera sabido cómo vivir con el peso de no haber tomado la decisión de volar hasta él, jugándome desde mi lugar. 

Embarque rápidamente y subí al avión . No pensé en nada. Solo me dedique a apretar mi cinturón de seguridad y rogar que todo saliera bien durante aquel trayecto entre Buenos Aires y su provincia. 

Solo cuando llegué, y reconocí en el paisaje distinto y el bajón de temperatura mi estancia en un lugar nuevo, comprendí lo que había hecho. 

De nuevo vinieron a mi la ansiedad, el deseo , y el recuerdo de la despedida con Galeno.  ¿Estaría ahí, esperándome? Quería abrazarlo, mientras caminaba hacia la salida al exterior más cercana y al mismo tiempo no podía dejar de pensar que ojalá comprendiera lo que significaba para mí confiar tanto en el.

Confiar para viajar sola, para esperarlo en el aeropuerto creyendo en su venida. Confiar y quedarme viviendo su casa por unos días. Confiar en lo que me había dicho. Confiarme su respaldo. Confiar en lo que siento cuando estoy consigo. 

Hasta que llega en el auto, me saluda de lejos, se baja y me abraza con fuerza. El ambo , ya que está recién salido de otra guardia, se esconde debajo de una campera negra.

Tiene cara de cansado y yo también. El no durmió en toda la noche porque tuvo que trabajar sobre algunas urgencias. Yo tampoco dormí porque para estar a las ocho y media de la mañana en su provincia había tenido que salir de madrugada.

Sonreímos.

- Bueno, este es mi lugar... - dice - Bienvenida a la Provincia de ***.

Me río.

- Que tremenda bienvenida, eh - lo burle - Ya con solo bajar del avión me di cuenta que pinta muy bien tu provincia...

Se rió.

- ¿El vuelo estuvo bien?

(...)

- ¿Como te fue en la guardia? - pregunté y se quedó callado.

Revoleando los ojos, entendí a que se refería.

Perdí una mano por su pelo.

- Uy, pobrecito...

(...)

- Seh. No dormí nada. Pero igual ahora vamos a desayunar algo... ¿Vamos a casa?

- Vamos, si, dale. Así dejamos esto...

Asintió con la cabeza y siguió conduciendo mientras me mostraba sus lugares de paso.

- ¿Ves esa torre , a la izquierda?

- ¿La que tiene un distintivo rojo? - le pregunté.

- Sí, esa.

- Sí, si. La más alta.

- Ahí vivo yo... - dijo.

Y poco después ingresamos en el complejo privado dónde vive Galeno.  Porque ese desconcierto también lo tenía que enfrentar. ¿Cómo es que vive en un barrio privado? Eso pensé. Y me asusté porque todo era demasiado extraño para mí.

Sin embargo, cuando me llevo consigo por las calles hasta la entrada, me mostró las instalaciones y subimos a su departamento, todo se acomodo. Es un lugar bello y lujoso, si, pero una vez que me adentré en su intimidad, pude ver la razón por la que yo había viajado hasta allí, es decir, lo que Galeno es.

Libros de Cortázar por todas partes. Cuadros de su hija. Fotos con su hija. Dibujos de su hija. Música de fondo y el termo con el que paseamos por Buenos Aires arriba de la mesa.

Galeno me dijo que tenía algunas cosas que eran para mí en la heladera. Y sonriéndome saco una mermelada artesanal que, sabe, me matan de placer.

- Ohhhh. ¡Graciiias! - le dije.

Me la había comprado para mí porque el no come. Cuando noté eso, me invadió una oleada de ternura.

- No hacía falta, Galeno...

- Si, para que desayunes... ¿Cómo querés el café? - sonrió- ¿Que capsulita?

Lo miré, sonreí, y me sentí en casa.

Muy agradecida.

Muy agradecida por haber vencido el miedo. 

miércoles, 26 de febrero de 2020

Partida

- ¿Y? ¿La pasaste bien? - Galeno corrió su mano del volante y me acarició la pierna recubierta con una calza deportiva. 

Estábamos en la entrada del aeropuerto de la provincia donde vive, y a la que yo viajé, para pasar unos días juntos. Pero también, para demostrarle que sería capaz de hacer lo mismo que el hace conmigo para verlo. 

- Súper bien - lo miré sonriendo. 

- Dale que te ayudo con la valija - me dijo, mientras se me acercaba para darme un beso. 

Así, en ambo gris, recién bañado, antes de irse derechito al hospital... Despedirlo en esos términos me encogió todavía más el corazón. Estaba muy lindo. 

Me acerque para corresponder su beso y lo abrace fuerte. 

- Es muy linda tu provincia. Este es el único momento feo de venir ... - le dije, riéndome levemente. 

- Bueno - me dijo, y me sonrió, besándome de nuevo - Ya sé... sí, ya sé - musitó, abrazándome. 

Bajamos del auto, saco mi equipaje, algunas bolsas más del baúl y se acercó para besarme. 

- Avísame cuando llegues - le dije, entre beso y beso, colgada de su cuello. 

Se rió. 

- Vos avísame cuando llegues - me dijo, y asentí con la cabeza, mientras iba retrocediendo.

Pero no quise irme tan pronto; así que me acerque de nuevo para darle un beso más. Y Galeno me dió otro extra. 

- Bueno, basta, me voy - me reí - Chau, chau - le dije. 

Comencé a adentrarme en el interior de la gran terminal pensando en tomar un avión hacia Buenos Aires. No quise mirar atrás. Sabía que Galeno ya no estaba.  Comencé a adentrarme en el interior de la gran terminal intentando conmensurar todos esos días juntos... Pero también pensando que valió la pena haber dado este paso, haberle demostrado a Galeno que soy capaz de hacer lo que el hizo conmigo . 

¿Si tuve miedo? Si, lo tuve y fue bastante.  No  por volar sola a otra provincia y por unos minutos no saber dónde vivía mi Galeno, si no, encontrarme realmente con su vida allí, pasara lo que pasara.

 Conocer su departamento, el lugar donde vive, el café donde va a desayunar, o el restaurante que le encanta. Conocer a sus vecinos, a la seguridad del barrio donde vive, y los lugares donde trabaja. Si, tuve miedo de estar en su terreno, pero al mismo tiempo, cuando empecé a acostumbrarme a la idea y al lugar, entendí que el coraje de Galeno en su momento me ayudó a encontrar un poco más mi verdad. 

No, quizá no me hubiera imaginado en mi vida que me tomaría un avión para ver a la persona que deseo. Ni tampoco, que existiera alguien que, con tonadita, me dijera : "te quemaste el cuero cabelludo, mira" y me diera un beso en el...

Cuidándome. 

lunes, 17 de febrero de 2020

Del lado de acá II

Creo que agosto fue el mes dónde más usé el celular en mi vida. Con Galeno, a partir de ese día, comenzamos a intercambiar mensajes todas las noches. Sin planearlo, entre su trabajo y el mío se fue creando un intersticio de interés progresivo. Para cuándo nos dimos cuenta, habíamos quedado de acuerdo sin siquiera palabras, en tener ese momento para hablar con el otro. 

Empezamos a contarnos cosas simples, cotidianas, y terminamos contándolos todo. Nuestras vidas, nuestros aprendizajes, nuestros contactos con el dolor o con la dicha, nuestra relación (o intentos, en mi caso) con el amor. Empezamos a debatir sobre política, sobre justicia, sobre lo que fuera. Empezamos a hablar de su provincia y de la mía... Incluso un día, estando en el recreo del trabajo, recibí un mensaje de voz de Galeno.  Creo que allí mismo me di cuenta que su voz me gustaba. Que tenía una tonadita tan típica de allá y tan linda... Y que no tenía ningún drama con que me enviara mensajes de voz. Era, de alguna manera, otra forma de estar en contacto. Y yo lo aprobaba. 

A fines de agosto, ya habíamos estado comunicándonos un mes a sol y a sombra. Lo cierto es que yo ya le había comentado a mi amiga algo del tema porque me veía mucho tiempo "en línea" , cuando antes, siempre estaba durmiendo. También había hablado un poco con mi madre, quien se dió cuenta que , raro en mi, usaba el celular mucho mucho más de la cuenta. Sin embargo, para mí, el hecho de la existencia remota de Galeno era difícil de asumir. No quería acostumbrarme a sus mensajes o a hablar consigo, porque no iba a conocerlo en persona nunca, y todo se estaba tornando más familiar a cada momento. 

Creo que nunca en la vida estuve tan segura de algo como si lo estuve de que Galeno jamás vendría para acá. Pese a que me lo había dicho, subterráneamente, me había negado a creerlo. Pese a que me había contando que venía, que le gustaba la provincia, que asistía a Congresos aquí, yo no lo creía capaz de venir con el objetivo de verme. No lo esperaba . No era una posibilidad que yo hubiera concebido, pese a como se estaban dando las cosas, porque realmente la sentía como algo imposible. Porque eso, lisa y llanamente, significaba que algún interés tenía en mi y también significaba que estaba dispuesto a enfrentar ese miedo. Pero ¿de qué clase de interés? ¿Y si era un loco suelto, un engañador profesional? ¿Un degenerado, un traficante de personas? ¡Tantas cosas pensé durante ese primer mes sobre Galeno que no había manera de conmensurarlo! Tantas,  sí, menos que podía ser simplemente un hombre, que hablaba conmigo desde hacía un mes y ya estaba decidido a conocerme. 

¿Qué fue lo que cambió las cosas? ¿Cuál fue el hecho que lo marcó todo? Entre el cinco y el siete de septiembre, Galeno esbozo que quería venir a Buenos Aires a conocernos por primera vez. Me preguntó respetuosamente si me gustaría y yo, siendo sanguínea, le dije que sí. Pero, al poco tiempo, en cuanto tomé conciencia de lo que eso podía llegar a significar, le dije que no.  Es que...  si, ya para esas fechas quería conocerlo, claro. Pero me había paralizado un miedo tan grande frente al que nunca había estado en mi vida. Era un miedo nuevo, desconocido, ante el que no tenía herramientas. Un miedo que, pese al arrebato con el que había enfrentado otros, sentía que no podía derribar. 

Al momento de confesarle a Galeno sobre esto, yo ya me sentía a gusto consigo. Habían pasado muchas notificaciones bajo el puente y la sola posibilidad de verlo en persona me aterraba. Quería y temía que fuera él, en verdad, que fuera alguien real.  Así que opte por decirle que no viniera a mi mi encuentro como una forma de anular la inusual conexión que se había formado y la confianza que habíamos gestado sin poder creerlo. Como una forma de negar lo que pasaba. Como una forma de olvidarme de todo eso.

Sí, yo realmente creí que después de decirle que no era capaz de verlo porque tenía miedo de lo que me podía pasar - a nivel emocional - consigo, iba a poder seguir adelante con mi vida, evitando más sobresaltos y situaciones complejas. Pero quizá la noche en que le dije que no lo quería ver porque tenía miedo, fue la misma dónde empecé a entender que , más allá de conocernos o no, en ese momento, Galeno se había ganado un espacio. ¿Un espacio para qué? No lo sabía. Aunque lo que quedaba demostrado era algo realmente concreto, y es que había un lado de mi mundo que Galeno había empezado a ocupar aún mismo no lo quisiera ni lo hubiera esperado, ni me hubiera dado la cabeza para imaginarlo. 

Cuando me levanté el día siguiente a comunicar mi agachada, descubrí que no tenía voz. Éso fue un signo innegable de lo que estaba haciendo, y de la resistencia que estaba poniendo.  Increíblemente me vi esa mañana donde no pude ir a trabajar y no me quedo más remedio que quedarme todo el día en casa, frente a las preguntas profundas e inevitables. Frente a todo lo que estaba negando... Seguramente por eso, en primera instancia, no pude creer lo que me estaba pasando. No pude creer lo que estaba haciendo mi cuerpo. Pero tampoco pude dejar de  pensar en la situación vigente con Galeno. No podía dejar de sentir que era una cobarde. No,  no podía consolarme con lo que había elegido, porque había sufrido mucho por la cobardía ajena  y me negaba a que ocurriera lo mismo, claro... Pero tampoco podía sentirme capaz y firme ante el miedo.  Para remachar mi estado, a los pocos días me encontré a tomar un café con una amiga. Mi mejor amiga, que ya sabía todo para entonces, y que me había dicho que quería verme personalmente para hablar del tema, en cuanto me vio, frunció el rostro. No entendía cómo, pero lo cierto es que me dijo que repensara mi decisión porque "parecía que había perdido a alguien con el que realmente me estuviera pasando algo y a quien hubiera conocido personalmente"...  

¿Y qué decir? Realmente yo estaba triste como si hubiera dejado pasar a alguien que ya conocía físicamente.  Y eso significaba que lo de nosotros con Galeno tenía mucho más de realidad que de virtualidad.

II

Tardé varios días darme cuenta que estaba triste y sufriendo por tener miedo. Pero además, por querer conocerlo, por desear conocerlo, porque eso no había estado jamás en mis planes. Y porque yo sentía, realmente, que llevar adelante lo que podía ser esta historia, era algo imposible. Que ninguna persona era capaz de hacer algo así por mi. Y que de hacerlo, no podía tener intenciones bonitas... 

A veces a las personas que han sufrido mucho por amor, les cuesta creer en el. Yo había sufrido más por la cobardía que por el desamor ajeno en su momento, y no me entraba en la cabeza que un hombre se decidiera a viajar a otra provincia, a los cincuenta años, sin resquemores, y sin vueltas, para verme. No me entraba en la cabeza su valor, su arrojo, su coraje para hacer posible lo impensado.  Pero considero que misteriosamente quizá si me entraba en el corazón. 

Galeno no me estaba mintiendo. Galeno quería saber quién era. Galeno estaba dispuesto. Galeno era capaz de sacarse dos boletos de avión y aventarse a lo desconocido. Era capaz de hacer esa movida y ese gasto, simplemente, para tomarse un café (porque ya habíamos hablando de eso y ese era el trato...) y para hablar durante horas en persona. 

Y mientras mi cabeza buscaba sentidos, mi corazón, por debajo del pecho, empezaba a hacer su aparición.  Una voz dentro mío no dejaba ya susurrarme que si quería intentar buscar la felicidad donde yo sentía que podía estar, me tenía que dar permiso para ser valiente.  Pero también,  para creer, en esencia, que un día, las cosas buenas llegan para quien siempre ha sabido esperar manteniendo sus convicciones. 

domingo, 16 de febrero de 2020

Del lado de acá I

Todavía me acuerdo la primera vez que conversamos. Un siete de agosto muy frío yo había salido de hacerme las uñas e iba a comprar velas amarillas para prenderle a San Cayetano antes de tomar el colectivo. Así que salí del bazar chino y me fui directo a la parada del colectivo, ansiosa por llegar a casa y bañarme. En el mientras tanto, miré algunas historias en Instagram, y pese a la inercia con la que yo habitualmente evalúo las redes sociales, presté especial atención en una de ellas. Era una historia de Galeno en la que mostraba partes inéditas de la última edición de Rayuela. Ésa que yo me quería comprar pero a la que no me arrojaba porque tenía otros gastos. Ésa que yo le había contado a mi amiga que quería, y sobre la que le había dicho "...de afuera parece buenísima, pero dudo, porque  ya tengo la edición conmemorativa de tapa dura... Y por $1300, necesitaría verla por dentro, saber qué tiene de nuevo más allá del estudio preliminar". 

 ¿Habrá sido casualidad de la vida que fuera éso precisamente lo que estaba haciendo Galeno? Sí, él estaba mostrando las partes inéditas de la última edición de Rayuela, la novela de mi vida, editada por la Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española.  Parecía que, desde una provincia distante a la mía, se le había presentado la intención de hacerlo y yo, recogiendo el guante tantos kilómetros después, había respondido.  Las opciones no las pensé demasiado. Teniendo en cuenta que yo sabía que "a ése tipo" le gustaba Cortázar pero no habíamos hablado jamás más allá de algunos likes (¡sólo en cosas de libros, además!), me animé y le pregunté qué había de nuevo, en qué innovaba, qué hacía valedera a la edición. Es que... ¿me iba a quedar con la duda, sólo por pudor? Para tomar la iniciativa, me consolé diciendo: "no tiene nada de malo que le escribas para preguntarle eso, total, a éste flaco, no lo vas a conocer nunca en la vida... ya está".  

Y sí, hoy mirándolo en perspectiva, no puedo dejar de sorprenderme de la forma tan misteriosa y al mismo tiempo inevitable, en la que se forjó ese contacto inicial.  Porque yo le escribí a Galeno preguntándole por Rayuela, llegué a mi casa, le dí las velas a mi papá, reservé la mía y me fui a bañar antes de cenar para acostarme muy temprano, como acostumbraba a hacer por esa época. Sin embargo, justo cuando estaba chequeando el celular esperando que sobreviniera ese sueño plomizo y aplanador, me llega una respuesta de Galeno, y otra pregunta sobre literatura al chat privado.  

Ése día, de ésa forma, sobre ésos temas,  fue el día donde empezamos a conversar. Y lo más increíble de todo fue que, cuando sentí sueño y me detuve a mirar el reloj antes de despedirme de él, noté que eran las doce y media de la noche.  Habíamos hablado más de tres horas por chat y me habían parecido veinte minutos.  ¿Cómo era posible que hubiera perdido así la noción del tiempo? Por esa época, sólo me importaba dormir para ir a trabajar al otro día, por lo que cuando me despedí de él, y acordamos en que había estado muy entretenida y divertida la charla, pensé: "uh, qué tarde que se me hizo... Bueno, ya está, total, no va a volver a pasar, aunque estuvo bueno hablar con un tipo inteligente ".  Y apagué la luz de mi mesa de noche. 

Mientras escribo, ahora, siete meses después de ésa noche, no puedo evitar sonreír admirada por la forma estelar que tiene la vida para tejer todas nuestras coincidencias, circunstancias y encuentros. Creo que nunca en mi vida había estado tan enfocada en otras cosas, y tan relajada con la búsqueda de lo afectivo, como en ese agosto, donde el amor no me importaba. Yo estaba feliz, intentaba serlo como un ejercicio práctico de todos los días, enfocando en lo que tenía. Agradecía, sí, con una vela amarilla, a San Cayetano. Disfrutaba si me habían quedado bien las uñas esmaltadas con la semipermanente y éso era todo.  ¿Si tenía ilusiones? Sí, claro, no es que pasara un período apocado de mi vida. Sólo era el deseo enorme de estar bien lo que la signaba, y en eso, estaba incluido el no hacerme una bola de sufrimiento por nada que fuera del todo grave. 

Así, y sólo así, cuando menos lo esperaba - aunque suene a frase trillada, es evidente que es cierto - nos encontramos con Galeno. 

" Y así me había encontrado con la Maga, que era mi testigo y mi espía sin saberlo... "
(Rayuela, capítulo dos, 1963)

II 

Alrededor del nueve de agosto, Galeno volvió a escribirme otra vez. Recuerdo que su mensaje me sorprendió, pero al mismo tiempo, no me inquietó. Fue natural. Era para mí el tipo que sabía de literatura, de Cortázar, de autores del boom latinoamericano , pero también de arte, de arquitectura y de justicia social. Le respondí enseguida, porque me parecía excelente poder hablar con una persona (sin importar que fuese médico, cosa que me hacía pensar que sólo hablaría de medicina) sobre Literatura, Historia, Arte y/o Filosofía.   Lo único que sabía, para esos días, era que aquél hombre me llevaba veinticinco años,  vivía en otra provincia, pintaba inteligente, y tenía una hijita de la que me había contado desde la segunda o tercera charla sin tapujos. 

Todavía por ese mes que parecía extenderse y estirarse sin remedio, un día, tuve la intención de hablarle a Galeno. No sé si decir que lo sentía como mi amigo, pero me arriesgo a afirmar que era para mí una especie de vínculo lejano, una persona distante, con la que hablábamos de temas y en modos que yo no podía hablar con otra gente y por eso me atraía conversar consigo lo que no desperdigaba con los demás. No era solo hablar de autores, sino coincidir en las percepciones, coincidir en los gustos, coincidir en los favoritismos, en los criterios... de muchas otras cosas que nada tenían que ver con aquéllas otras ramas del arte. Pero ése día, justamente, que a mí me parecía igual a todos, Galeno venía de ir a visitar a sus padres, ambos enterrados en el Cementerio, cuando recibió mi mensaje. Había removido el cuerpo de su padre para ponerlo junto al de su madre (fallecida cuando él sólo era un nene pequeño) y, junto a su hermano menor, había sido un momento difícil, ciertamente angustiante. 

¿Qué hubiera sido lo más lógico o coherente de decir, para ese momento? "Disculpame, hablamos en otro momento", seguramente hubiera sido una respuesta prolija. Aunque la mía fue algo muy parecido a un "perdón, no sabía... Claro, no podía saber... Espero que haya sido lo más leve posible... ".  Y ese día creo que empezó a ocurrir la magia de lo más extraño que tiene el ser humano: su corazón. 

Porque aún mismo cada uno estuviera en la soledad de su habitación, a 700 kilómetros de distancia, internado en otra provincia de la Argentina... lo escuché. De corazón lo escuché, empatizando, sin pensar en nada. Y él me contó todo. Sí, él le contó a una extraña cosas íntimas de su vida, como que había tenido un día muy difícil, que había sido difícil pasar esa situación con su hermano, y que había tenido que contenerlo.  Entonces, honestamente, pensé que si podía hacer algo por una persona que la estaba pasando mal, lo iba a hacer.  Por lo que le contesté: " yo sé que no puedo decir mucho, porque no he pasado pérdidas de ése tipo, ni tampoco que nada quizá te consuele, pero... creo que a nivel simbólico fue importante que fueras si lo sentías así, nunca van a dejar de ser tus padres, aunque no estén físicamente. La muerte aleja, pero no anula el amor, ni los vínculos, es normal que te dé tristeza. Quizá el volver a revivir todo eso, pueda ayudarte a resignificar lo que implica que sigas estando vivo todos los días, aunque para mí lo importante fue no haber resistido la situación y haberlo enfrentado..." 

Después de varios mensajes, Galeno se disculpó, como si hubiera salido de un trance digno del género fantástico, por darme la lata con ese tema. Pero también, me agradeció por escucharlo. "Por más que suene raro, sentí muy sinceras tus palabras, Veinteava. Te lo agradezco, de verdad, porque he sentido el respeto ante la situación y la tristeza". Pasó, sí, habíamos pasado esa prueba.  Ése momento de debilidad de Galeno pasó y nuestra charla había sobrevivido consigo como una lluvia suavecita, que no molesta, pero ayuda a humedecer y dar vida a las flores. 

Al cabo de unas horas, cuando me fui a descansar, tampoco me hice demasiadas preguntas por lo sucedido durante ese día.  Para mí, había sido lo necesario escucharlo y darle consuelo. Aunque no lo fuera a conocer nunca, porque estaba convencida de eso, no había podido ser indiferente a su sufrimiento. La empatía me guió y no me arrepentía por eso. Aunque hablar consigo de esas cosas fuera raro, o pudiera ser un loquito suelto, yo había puesto lo mejor de mí para aconsejarlo.  

Desde su frontera, Galeno era un ser humano, sí, y al parecer, como iba descubriendo, tenía debajo del pecho un corazón. 

(continuará...)



miércoles, 12 de febrero de 2020

"Faul"

El Director de RRHH de la empresa donde trabajo es un ser idiota, poco capacitado, lánguido,  pero, por encima de todo, es muy desagradable, lascivo y obvio con sus intenciones sexuales con medio staff.  Por eso, aunque trate por todos los medios de creer que yo soy tonta y envolverme con chistes, o bien que trate de hacerme creer que me da facilidades que a mis otros compañeros no (cuando no las pido, claro) ; yo tengo muy en claro como es. 

No obstante eso, hoy, cuando estábamos subiendo la escalera, ocurrió éste episodio: 

- ¿Vas para la oficina? 

- Sí - dije 

- ¿Le llevás esto a tu supervisora? ¿Puede ser? 

- Sí , sí - dije y recogí unos papeles, ya que había ido a buscar mi recibo de sueldo. 

- Yo también voy para arriba - dijo, mientras subía la escalera delante de él - ¿Me llevás a upa? - esbozó, con sorna, a modo de pregunta. 

No me hizo falta darme vuelta para advertir lo pa*** que sonó eso, lo inmundo. Me resultó asqueroso, en un viejo de su talante, con ese aspecto de idiota que nunca ha sabido establecer una relación igualitaria y exitosa en su vida con una mujer. Con ese aspecto de tipo desubicado que no sabe lo que es que una mujer te dé pelota, porque -¡de verdad! - no hay mina que te dé bola con ese humor de miércoles... 

- No - dije, sin darle ni un centímetro de margen - Ésa no es la clase de fuerza de trabajo que yo utilizo en éste lugar - espeté, seria, sin un ápice de chiste, y crucé la puerta con cara de odio hacia ese asqueroso y anciano engendro. 

Él, por su parte, no rebatió mi comentario más que con una risa muy breve; porque evidentemente no está ni estará nunca capacitado para ser un hombre de verdad y espera que una agache la cabeza y le diga "sí, señor". 

¡Que siga soñando! 

domingo, 9 de febrero de 2020

Elección posible

Por esas horas donde durante las cuales Galeno y yo estuvimos en modo malentendido, lo cierto es que me sentí mal. Pero, al menos tiempo, lo consideré un aprendizaje necesario, igual que todos los que estoy pasando desde que ésta "historia" - como le dice Galeno a las relaciones afectivas - empezó, allá por agosto. A veces no puedo evitar reflexionar sobre la persona que yo era en ese entonces. Parece poco tiempo para hablar de dos versiones distintas de mi misma, pero lo cierto es que al cabo de un año puede cambiarte la vida por entero, y eso, me pasó desde 2018 a 2019 con el trabajo, la responsabilidad que asumí al estudiar al mismo tiempo y la madurez que me dió aprender a perder todo , menos la fe en mi misma.  Pero lo que también se modificó, fue el aspecto afectivo de mi vida, en ese 2019 que casi en su mitad me cruzó con Galeno e hizo que todo el miedo acumulado durante los años anteriores, después de Él, estuviera casi por salir victorioso. A veces pienso qué sentido tiene lo que estamos construyendo, pero, al mismo tiempo, no podría pensar mi presente afectivo sin Galeno. Y no es porque yo no pueda vivir sin él, porque es totalmente obvio que se puede, que yo puedo; sino, porque juntos estamos recorriendo un camino que es muy nuestro y que ha sido posible por ser exactamente nosotros. Ni otros, ni más feos, ni más lindos, ni ciudadanos de la misma provincia, ni de la misma edad, o con la misma profesión. Y eso, para mí, es un regalo maravilloso, que voy descubriendo entre el miedo y la curiosidad por una vida posible, por una temporada posible, al lado de una persona con la que realmente me siento comprendida. 

En todo esto pensé, cuando Galeno me dijo que yo era la única persona con la que podía expresar todos sus deseos sintiéndose libre, que de inmediato entre nosotros se había gestado una especie de acuerdo sin palabras donde el otro tendría el espacio para ser él mismo y para darse. Y que eso era lo que no quería perder, lo que le daba lástima que se perdiera, si es que estaba inhibido a nivel inconsciente.    Al día de hoy, sé que encontrarse conmigo para él fue una locura por esa sensación de conocerse de toda la vida; esa naturalidad, esa simpleza, ese acuerdo casi como si ya nos hubiesen pre-configurado en las cosas más básicas, en los espacios, en los tiempos, en los hábitos. Me lo dijo, pero también, me lo hizo sentir. ¿Y yo qué le podía refutar, si me pasó absolutamente lo mismo? 

El período que duró el malentendido con Galeno, aunque no cortamos para nada la charla, me hizo entender que hay sólo una parte que Galeno no ha conseguido ver de mí en estos siete meses , y es la de asumir lo que me está pasando, con todas las letras, y entregarme sin mezquindades. Porque aunque Galeno me explica que para él es importante que yo le pida lo que necesito, que le explique, que comunique mis deseos sin pudores, para mí, el hacerlo, es depositarme en sus manos de una forma que , en este alcance, no hice nunca. 

Y de sólo pensarlo, nada más, sobreviene una pregunta: ¿y si ésto se torna cada día más serio? ¿Qué vamos a hacer?  

El entredicho mantenido con Galeno me demostró que él no se anda con chiquitas. Que se comprometió en sus acciones, que no le da igual una broma, que le importa lo que yo pienso de él y que le importa además que yo sepa si algo le gustó o no le gustó, antes de mandar todo al infierno.  Y que, a diferencia, yo, hasta ahora, había hecho un recorte de mis verdaderos sentimientos tanto para los demás, pero en especial para mi misma, en pos de sobrellevar esta "relación" a distancia, con ciertas distancias afectivas. 

En una palabra,  todo esto, me hizo dar cuenta que a nuestra historia me la estaba tomando con demasiada liviandad, como si el otro fuera incapaz de tener sentimientos profundos. Sí, después de siete meses, y de todo lo compartido con Galeno, parecería que recién ahora me doy cuenta que no sólo tengo un vínculo consigo, sino que tengo sentimientos por él y que él, por su parte, no es indiferente a mi existencia.  ¿Y por qué me llevó tanto tiempo admitirlo, no? Para no sufrir, claro. 

Como me dijo mi madre, en una charla que tuvimos hace unos días: 

 - Llegado el caso, Veinteava, te irás a vivir allá, qué querés que te diga... - admitió, muy seriamente. 

Me la quedé mirando petrificada. 

- ¿Qué estás diciendo, mami? - exclamé. 

- Que te podés llegar a ir a vivir allá en algún momento, que nunca sabés lo que va a pasar. No te prives de vivir esto, de disfrutarlo, por pensar demasiado. ¿Vos no querés seguir porque viven en una provincia distinta o porque no te interesa ? 

- No, yo quiero estar con él... Me interesa. 

- Bueno ¿y entonces? - me preguntó. 

- No quiero que se enoje el boludón, yo soy incapaz de tratarlo mal, lo que pasa es que me cuesta mucho expresar mis sentimientos con él. 

- Te dá miedo - musitó - Tenés cagazo. 

- Y sí, mami, es que... No quiero sufrir si él no está conmigo. Fue mi acuerdo para permitirme vivir esto, no encariñarme demasiado... - le confesé. 

Mofó 

- Es que así no se pueden vivir las cosas, Veinte. No se eligen esas cosas, te pasan, ¿eh? 

- Umm, sí - musité. 

- ¿Y si te vas a vivir allá, con el tiempo? ¿Permitirías que conozca tus sentimientos? 

- Creo que sí, que yo no me quiero encariñar más porque está lejos... Pero no quiero que piense que no valoro lo que hace. O que creo cosas de él que en realidad no creo. Para mí es un buen hombre. 

- Mirá, Veinteava, no la hagas tan difícil : vos viví.  ¿¡Qué sabés lo que te va a pasar?! No digas que no, que ni loca te vas a ir, que no... ¿Qué me dijiste cuando recién lo conocías? Yo ni loca lo voy a conocer, ni loca me voy a poner a salir con el tipo... ¿Y?  

Me reí y sacudí la cabeza. 

- ¿Vos tenés idea de lo que estás diciendo, mami? ¿Sabés lo que eso significa, no?  No es joda lo que estás diciendo, no es una decisión fácil, ni que se tome a la ligera. Llegado el caso, hablaríamos de vivir en otro lugar, no de viajar. De vivir.

- Ya lo sé... 

- Pero... no entiendo... ¡Antes eras vos la que me miraba horrorizada! ¿No me extrañarías? - le pregunté, sin poder comprenderla del todo. 

- Sí, me costaría mucho, pero si tu felicidad está ahí, los padres tenemos que aceptarlo - me dijo - Así que no te adelantes a los acontecimientos... y permitite expresarle lo que te pasa. Decile "mi **** lindo, dame un abrazo" - me burló - Mimalo, abrazalo, dale besitos, y se le pasa todo - me sonrió.

II

Sonreí  quedándome en silencio y, mientras mi madre de entretenía con el celular, sobrevino un recuerdo. 

La última noche de Galeno en Buenos Aires, ya sobre la cama, sobrevolaba un aire diferente. 

- Pedime lo que quieras, Veinteava - musitó, mientras me desvestía. 

Yo me reí , lo ayudé a sacarme lo ropa, y lo abracé. 

- No hace falta exigirte nada... - dije, en voz muy baja, mientras sentía todo su cuerpo contra el mío, sobre el mío, apoyándose con todo el cuidado del mundo para no aplastarme - Sos bueno, sos suave conmigo... No te voy a exigir nada que vos no quieras. 

- No me estás exigiendo nada. Yo quiero que seas libre de pedirme. Por favor, no tengas vergüenza, no te voy a decir que no a nada...   - dijo, mientras me acariciaba y me daba besos intercalados con su confesión.


Entonces, ocurrió lo inesperado. Algo en mí se desactivó para bien. Y vi en esa entrega suya una forma de inmiscuir la mía. 

- Quiero probar algo... - dije, y enseguida se frenó para escuchar mi solicitud - ¿Puedo? 

- Sí. Lo que vos quieras - me contestó, con una voz ronca pero dulce a la vez. 

Por lo que me removí y le indiqué a Galeno dónde y cómo acostarse. Lo miré y me sonrió con gran aprobación. Era otro cara de mí que él no conocía, pero de la cual yo tampoco me había puesto al corriente a éste nivel.  Me acerqué a su cuerpo y me dediqué a acariciarlo y a besarlo durante largos minutos, intentando que sintiera un poco del placer que yo había sentido todos los días anteriores, en todo momento y lugar, para después proseguir con otras actividades. Me tomé todo el trabajo del mundo para sentir su cuerpo, para palparlo, para entender su misterioso mecanismo del placer y del deseo, hasta dejarlo apunto de estallar. 

- ¿Todo bien? - le pregunté, haciendo un chequeo, porque si bien interpretaba correctamente las señales del cuerpo de Galeno, necesitaba palabras.   

- Siiiiiii, está todo muy bien...  - dijo, sin dudarlo - Es hermosa la vista que yo tengo en este momento ...  - me dijo, mientras me peinaba todo el pelo para un lado, de un manotazo, sentada sobre él y me reía por todos los mimos prodigados que habían logrado maravillas, a la espera de su respuesta.  

- ¿Seguro? - musité mientras empezaba a acariciarme las costillas y todo lo que le quedaba suspendido en la altura pero al alcance de la mano - 

- Sí, soy todo tuyo - dijo,  riéndose, mientras me atraía hacia su cuerpo para ascender juntos hacia otras cumbres .

(...) 

Días después, cuando cada uno estaba en su casa ya, Galeno admitió que nada le había gustado más que el momento donde yo había tomado mis armas y me había deshecho del pudor, mostrándole de lo que estaba hecha, sin remilgos o prejuicios a la hora de disfrutar o experimentar consigo para que pudiese disfrutar.  Curioso que el momento de mayor plenitud, y el de mayor intensidad de mi parte hubiera sido el mismo, le dije. 

- No - me explicó - No hay nada que me guste más que verte libre, disfrutando, riéndote... Vos sos capaz de calentar, de darle placer, al tipo que quieras... - admitió - A mí, y a cualquier tipo - insistió. 

Sentí que, con eso, había un elogio pero también un pequeño registro de temor. 

- Es una elección darle placer al otro, cuidarlo...  - contesté, medio en broma - Vos hiciste eso y mucho más conmigo. Quería que estuvieras bien... Que estuvieras deseando todo el tiempo la situación... 

- Vos me hacés re-calentar, Veinteava...  - dijo, haciéndome reír - Sos muy dulce, muy suavecita, sos toda hermosa, y a mí, eso, me encanta. 

- Menos mal que elegí al indicado...  - dije, algo escueta. 

Se rió. 

- Sí, yo soy el indicado para todo lo que quieras hacer - dijo, divertido. 

- Este Galenito atorrante - agregué. 

(...) 

Días después, cuando todo estuvo bien, cuando pasó la nube, me pregunté seriamente para cuántas cosas elegí a Galeno durante todo este tiempo, de las cuales no había tomado plena conciencia, y para cuántas cosas tenerlo en cuenta en mi vida es una elección posible. 

Internamente, traté de controlar el miedo que me dió sentir una vez más, después de tantos años, y al mismo tiempo con una intensidad tan diferente, las ganas de entregarme. Sí, yo, la misma que había dicho nunca más, sintiendo ganas de entregarse. Ahora en verdad, sin dobles fondos. Porque ¿de otra manera, qué sentido tiene tener miedo a lo que pueda pensar el otro de nuestra manera de querer? 

La intensidad, diría Borges, es una forma de eternidad. 

La única que puedo darle a Galeno en éste momento. La más valiosa. 

sábado, 8 de febrero de 2020

Eufemismos


                                                


A veces, es difícil decir lo que sentimos. Sí, podemos pedir disculpas, pero llegar a manifestar lo que nos molestó o nos molesta de los otros, como también, lo que hace posible el perdón, o incluso lo que nos transita por dentro, no es tan sencillo.  ¿Parece obvio? Posiblemente. Incluso yo creo que siempre lo supe, aunque lo que no imaginé es que fuera tan difícil. 

Después del malentendido con Galeno, me tocó pedir disculpas. Lo cierto es que para pedir disculpas hay que ponerse y asumir una posición de humildad, como también, una posición de amor propio para creerse merecedores de ese perdón, de esa salvedad, ante la falta.  Y me costó mucho entender cómo de lo que yo consideré una pavada, él, lo había considerado una ofensa.  Precisamente, porque Galeno no me ve por dentro y quizá no sé da cuenta que yo no tengo intenciones de venganza, revancha, rencor u odio hacia ninguna persona (no por virtuosismo, sino, por elección). 

De todos modos, lo bueno, fue que lo entendió.

En especial, cuando le mostré estas imágenes, pese a mi dificultad para expresar (¡tanto!) mis sentimientos o deseos, y le dije: "gracias por ser el hombre que me enseñó a compartir, Galeno, porque yo antes veía la vida así, como en la foto... ". 

 Y es que, para que yo diga ésto, diga algo así, me exponga a decirle algo así a Galeno, después de las malas experiencias del pasado, tienen que llover pájaros y uno se debe poner a recoger todas las plumas. 

jueves, 6 de febrero de 2020

La idea fija

Lo más difícil de aclarar un malentendido con Galeno, a muchísimos kilómetros de distancia, es no tenerlo en frente para abalanzarme a sus brazos y pedirle disculpas. Acostarlo en la cama, explicarle más a fondo todo lo que no puedo escribirle a la ventanita de un chat, mientras le lleno de besos la cara. Decirle que , no en vano, intentar todo lo que yo estoy intentando con él para mí no tiene antecedentes. Explicarle el hecho de que no me vea la cara nos hace entender mal las cosas cuando hago un chiste y que no quiero por nada del mundo que se sienta condicionado, o inhibido, con eso, de aquí en mas.  O el hecho de que no entienda que, una vez que le hago un chiste, es porque por fin he encontrado la persona con la cual puedo ser totalmente libre, sí, hasta para hacerle bromas con ironía y no censurarme por dentro o no calcular al cien lo que manifiesto.  

Quisiera que comprenda que, cuando le digo "tenés la idea fija" en modo de broma, no hay nada más lejano o más opuesto a lo que estamos pasando con él.  Quisiera que supiera, del mismo modo en que yo sé y siento que es un hombre con el que se puede compartir mucho más que sexo, que yo no hago ésto por cualquiera, que realmente sé, en el fondo, por más miedo que me dé, que quiero seguir compartiendo consigo todo lo que podamos.  

 Pero quisiera que se diera cuenta por un segundo que a mí me cuesta mucho entender su deseo, comprender que lo tiene... Porque, como el miedo me ha hecho mandarme siempre macanas consigo, le digo aquéllo de la idea fija como una forma de sacarme ese deseo de encima, de no hacerme cargo de lo lindo y raro que es para mí que la misma persona que deseo, por primera vez en mi vida, se la juegue y me corresponda. 

¿Se llegará a imaginar lo que representa ésta situación para mí? ¿Lo mucho que he sanado, en estos últimos meses, después de años de pasarla mal? ¿Lo tormentosamente feliz que he sido cada vez que me encontré caminando por Buenos Aires consigo? ¿Podrá llegar a entender lo que para mí representa dar todos los pasos que estoy dando? 

Sí, claro que tengo miedo de engancharme. Claro que tengo miedo de volver a querer poniendo más corazón que mente. Claro que necesito tener la punta de uno de mis pies en tierra. Claro que a veces hago chistes porque necesito alejar a alguien que está demasiado cerca , o en este caso, demasiado dentro. 

Pero estoy luchando, todos los días, uno por uno, como un adicto dejando el crack, para no cargarla. Para no alejarlo. Para dejarlo participar en mi vida, para hacerlo sentir tenido en cuenta, para darle un lugar donde se sienta libre de expresarme lo que le pasa.  Para entender que existe un otro que se preocupa si me olvido el celular en casa y desaparezco todo un día de laburo, no porque no escribí, sino porque teme que me haya pasado algo. Para entender que eso no es que me invadan, ni que me controlen, si no que se preocupen por mí, frente a una ausencia tan prolongada.  Lucho, sí, lucho para permitirme disfrutar lo que me está pasando y para darle a él un espacio  con el mismo fin. 

¿Será que Galeno algún día, quizá cuando ya no estemos juntos, llegará a darse cuenta que yo tampoco soy así con otra persona? No me pasa inadvertido el que me diga que yo soy para el la persona con la que se siente mágicamente libre de expresar todos sus deseos... Porque yo me siento igual de libre, y a veces, por eso, hasta me mando chistes de mal gusto.

 Aunque, si no es de capaz de entenderlo... ya no depende de mí convencerlo de nada, cambiar su chip. Ésta vez necesito que me crea, aunque resulte complicado, porque es la misma confianza que yo deposito en él para creerle.  Y sí, eso también se lo dije. 





martes, 4 de febrero de 2020

Libertad

No es la primera vez que escucho sobre el pudor en las mujeres a la hora de tener un encuentro íntimo con la persona elegida. Independientemente del sexo de su pareja, y de la propia orientación sexual, infinidad de veces noté cómo el temor por no satisfacer al otro opaca hasta las mejores intenciones.

Y lo cierto es que, cabe decirlo, pensé en el modo que tenemos de entender con Galeno ese asunto. Porque a menudo me sorprende su concepción del sexo, su idea sobre el, su forma de llevarlo, y en especial, lo mucho que estoy aprendiendo con su ayuda.

 Es que realmente eran muchos los pudores y muchas las incertidumbres que yo tenía y algunas que sigo teniendo.  Era mucho el miedo a no saber encontrar su modo. Era mucho el tiempo en el que yo no sentía algo más allá del deseo, que se remitiera a lo afectivo, y era también la primera vez donde el otro se hacía cargo de lo que a mí me pasaba y me pasa y no se escapaba. ¿Y como jugarla en ese contexto? ¿O como no volver a jugarla nunca más? Pensar que aquel otro hombre me iba a tocar con miedo y no me iba ni querer besar , me hacía retorcer las tripas. No lo iba a poder tolerar una vez más. No iba a bancarme que me pase de nuevo después de todo lo que había tenido que jugarme para dar el paso y encontrarnos a una provincia de distancia...  Y sin embargo, cuando Galeno empezó a desarmar su armadura e hizo gala de su amplia experiencia, yo cai en la cuenta que no había conocido una faceta como la que descubrí ese día, en casi veinticinco años. 

Yo sospecho que el secreto de Galeno fue aceptarme al cien desde el minuto cero. No pedirme nada, si no, aceptar. Aceptar lo que me fuera posible darle y desde mi modo de darle. Sin presionarme. Solo dejando que se dieran todo como debiera darse.  Si, yo realmente creo que lo fue. ¿De otra manera, como me sentí tan libre? 

He oído a mujeres que no logran disfrutar por completo los encuentros. Se preocupan por su cuerpo, por lograr objetivos y olvidan escuchar a su cuerpo. Sin dudas, yo antes de esta experiencia, era de esas mujeres. Tenía una concepción al mercantilista del sexo, una especie de debe y haber. Una exposición de resultados. 

Y con Galeno, en cambio, aprendo todos los días el calor del mientras tanto. No en vano, la primera vez que lo ví, se dedicó durante horas a acariciarme y darme besos. 

-¿Por qué haces esto? -le pregunté con total curiosidad. 

Sonrío y me acaricio muy despacio. Cada caricia era una dulce enternidad mezclada con una profunda desesperación. 

- Porque antes que cualquier otra cosa, tenés que escuchar a tu cuerpo - musitó - Me gustaría que lo disfrutes, y para eso, es necesario que escuches a tu cuerpo, que no tengas miedo ni vergüenza conmigo - insistió - ¿Me dejas a mí? - me preguntó, y en esa pregunta, obtuvo la rendición. 

Recuerdo que en ese momento no pensé que si lo besaba me podía correr la cara, como suponía antes de llegar a aquel instante. Simplemente, lo besé 

- Sí, te dejo - le dije, riéndome suavecito. 

Y lo dejé enseñarme algo nuevo. Es decir que, antes que nada, hacer el amor con alguien, es anidarse uno mismo. Nadie puede dar lo que no tiene, pero tampoco, nadie puede permitirse disfrutar si no le hacen el mejor regalo que un amante nos puede hacer: el espacio para sentirse libre. 

Y yo siento, específicamente, que Galeno a su edad, y con su experiencia, llegó a mi vida para que me descubra de tantos modos que no alcanzo, todavía , a imaginar.