Por esas horas donde durante las cuales Galeno y yo estuvimos en modo malentendido, lo cierto es que me sentí mal. Pero, al menos tiempo, lo consideré un aprendizaje necesario, igual que todos los que estoy pasando desde que ésta "historia" - como le dice Galeno a las relaciones afectivas - empezó, allá por agosto. A veces no puedo evitar reflexionar sobre la persona que yo era en ese entonces. Parece poco tiempo para hablar de dos versiones distintas de mi misma, pero lo cierto es que al cabo de un año puede cambiarte la vida por entero, y eso, me pasó desde 2018 a 2019 con el trabajo, la responsabilidad que asumí al estudiar al mismo tiempo y la madurez que me dió aprender a perder todo , menos la fe en mi misma. Pero lo que también se modificó, fue el aspecto afectivo de mi vida, en ese 2019 que casi en su mitad me cruzó con Galeno e hizo que todo el miedo acumulado durante los años anteriores, después de Él, estuviera casi por salir victorioso. A veces pienso qué sentido tiene lo que estamos construyendo, pero, al mismo tiempo, no podría pensar mi presente afectivo sin Galeno. Y no es porque yo no pueda vivir sin él, porque es totalmente obvio que se puede, que yo puedo; sino, porque juntos estamos recorriendo un camino que es muy nuestro y que ha sido posible por ser exactamente nosotros. Ni otros, ni más feos, ni más lindos, ni ciudadanos de la misma provincia, ni de la misma edad, o con la misma profesión. Y eso, para mí, es un regalo maravilloso, que voy descubriendo entre el miedo y la curiosidad por una vida posible, por una temporada posible, al lado de una persona con la que realmente me siento comprendida.
En todo esto pensé, cuando Galeno me dijo que yo era la única persona con la que podía expresar todos sus deseos sintiéndose libre, que de inmediato entre nosotros se había gestado una especie de acuerdo sin palabras donde el otro tendría el espacio para ser él mismo y para darse. Y que eso era lo que no quería perder, lo que le daba lástima que se perdiera, si es que estaba inhibido a nivel inconsciente. Al día de hoy, sé que encontrarse conmigo para él fue una locura por esa sensación de conocerse de toda la vida; esa naturalidad, esa simpleza, ese acuerdo casi como si ya nos hubiesen pre-configurado en las cosas más básicas, en los espacios, en los tiempos, en los hábitos. Me lo dijo, pero también, me lo hizo sentir. ¿Y yo qué le podía refutar, si me pasó absolutamente lo mismo?
El período que duró el malentendido con Galeno, aunque no cortamos para nada la charla, me hizo entender que hay sólo una parte que Galeno no ha conseguido ver de mí en estos siete meses , y es la de asumir lo que me está pasando, con todas las letras, y entregarme sin mezquindades. Porque aunque Galeno me explica que para él es importante que yo le pida lo que necesito, que le explique, que comunique mis deseos sin pudores, para mí, el hacerlo, es depositarme en sus manos de una forma que , en este alcance, no hice nunca.
Y de sólo pensarlo, nada más, sobreviene una pregunta: ¿y si ésto se torna cada día más serio? ¿Qué vamos a hacer?
El entredicho mantenido con Galeno me demostró que él no se anda con chiquitas. Que se comprometió en sus acciones, que no le da igual una broma, que le importa lo que yo pienso de él y que le importa además que yo sepa si algo le gustó o no le gustó, antes de mandar todo al infierno. Y que, a diferencia, yo, hasta ahora, había hecho un recorte de mis verdaderos sentimientos tanto para los demás, pero en especial para mi misma, en pos de sobrellevar esta "relación" a distancia, con ciertas distancias afectivas.
En una palabra, todo esto, me hizo dar cuenta que a nuestra historia me la estaba tomando con demasiada liviandad, como si el otro fuera incapaz de tener sentimientos profundos. Sí, después de siete meses, y de todo lo compartido con Galeno, parecería que recién ahora me doy cuenta que no sólo tengo un vínculo consigo, sino que tengo sentimientos por él y que él, por su parte, no es indiferente a mi existencia. ¿Y por qué me llevó tanto tiempo admitirlo, no? Para no sufrir, claro.
Como me dijo mi madre, en una charla que tuvimos hace unos días:
- Llegado el caso, Veinteava, te irás a vivir allá, qué querés que te diga... - admitió, muy seriamente.
Me la quedé mirando petrificada.
- ¿Qué estás diciendo, mami? - exclamé.
- Que te podés llegar a ir a vivir allá en algún momento, que nunca sabés lo que va a pasar. No te prives de vivir esto, de disfrutarlo, por pensar demasiado. ¿Vos no querés seguir porque viven en una provincia distinta o porque no te interesa ?
- No, yo quiero estar con él... Me interesa.
- Bueno ¿y entonces? - me preguntó.
- No quiero que se enoje el boludón, yo soy incapaz de tratarlo mal, lo que pasa es que me cuesta mucho expresar mis sentimientos con él.
- Te dá miedo - musitó - Tenés cagazo.
- Y sí, mami, es que... No quiero sufrir si él no está conmigo. Fue mi acuerdo para permitirme vivir esto, no encariñarme demasiado... - le confesé.
Mofó
- Es que así no se pueden vivir las cosas, Veinte. No se eligen esas cosas, te pasan, ¿eh?
- Umm, sí - musité.
- ¿Y si te vas a vivir allá, con el tiempo? ¿Permitirías que conozca tus sentimientos?
- Creo que sí, que yo no me quiero encariñar más porque está lejos... Pero no quiero que piense que no valoro lo que hace. O que creo cosas de él que en realidad no creo. Para mí es un buen hombre.
- Mirá, Veinteava, no la hagas tan difícil : vos viví. ¿¡Qué sabés lo que te va a pasar?! No digas que no, que ni loca te vas a ir, que no... ¿Qué me dijiste cuando recién lo conocías? Yo ni loca lo voy a conocer, ni loca me voy a poner a salir con el tipo... ¿Y?
Me reí y sacudí la cabeza.
- ¿Vos tenés idea de lo que estás diciendo, mami? ¿Sabés lo que eso significa, no? No es joda lo que estás diciendo, no es una decisión fácil, ni que se tome a la ligera. Llegado el caso, hablaríamos de vivir en otro lugar, no de viajar. De vivir.
- Ya lo sé...
- Pero... no entiendo... ¡Antes eras vos la que me miraba horrorizada! ¿No me extrañarías? - le pregunté, sin poder comprenderla del todo.
- Sí, me costaría mucho, pero si tu felicidad está ahí, los padres tenemos que aceptarlo - me dijo - Así que no te adelantes a los acontecimientos... y permitite expresarle lo que te pasa. Decile "mi **** lindo, dame un abrazo" - me burló - Mimalo, abrazalo, dale besitos, y se le pasa todo - me sonrió.
II
Sonreí quedándome en silencio y, mientras mi madre de entretenía con el celular, sobrevino un recuerdo.
La última noche de Galeno en Buenos Aires, ya sobre la cama, sobrevolaba un aire diferente.
- Pedime lo que quieras, Veinteava - musitó, mientras me desvestía.
Yo me reí , lo ayudé a sacarme lo ropa, y lo abracé.
- No hace falta exigirte nada... - dije, en voz muy baja, mientras sentía todo su cuerpo contra el mío, sobre el mío, apoyándose con todo el cuidado del mundo para no aplastarme - Sos bueno, sos suave conmigo... No te voy a exigir nada que vos no quieras.
- No me estás exigiendo nada. Yo quiero que seas libre de pedirme. Por favor, no tengas vergüenza, no te voy a decir que no a nada... - dijo, mientras me acariciaba y me daba besos intercalados con su confesión.
Entonces, ocurrió lo inesperado. Algo en mí se desactivó para bien. Y vi en esa entrega suya una forma de inmiscuir la mía.
- Quiero probar algo... - dije, y enseguida se frenó para escuchar mi solicitud - ¿Puedo?
- Sí. Lo que vos quieras - me contestó, con una voz ronca pero dulce a la vez.
Por lo que me removí y le indiqué a Galeno dónde y cómo acostarse. Lo miré y me sonrió con gran aprobación. Era otro cara de mí que él no conocía, pero de la cual yo tampoco me había puesto al corriente a éste nivel. Me acerqué a su cuerpo y me dediqué a acariciarlo y a besarlo durante largos minutos, intentando que sintiera un poco del placer que yo había sentido todos los días anteriores, en todo momento y lugar, para después proseguir con otras actividades. Me tomé todo el trabajo del mundo para sentir su cuerpo, para palparlo, para entender su misterioso mecanismo del placer y del deseo, hasta dejarlo apunto de estallar.
- ¿Todo bien? - le pregunté, haciendo un chequeo, porque si bien interpretaba correctamente las señales del cuerpo de Galeno, necesitaba palabras.
- Siiiiiii, está todo muy bien... - dijo, sin dudarlo - Es hermosa la vista que yo tengo en este momento ... - me dijo, mientras me peinaba todo el pelo para un lado, de un manotazo, sentada sobre él y me reía por todos los mimos prodigados que habían logrado maravillas, a la espera de su respuesta.
- ¿Seguro? - musité mientras empezaba a acariciarme las costillas y todo lo que le quedaba suspendido en la altura pero al alcance de la mano -
- Sí, soy todo tuyo - dijo, riéndose, mientras me atraía hacia su cuerpo para ascender juntos hacia otras cumbres .
(...)
Días después, cuando cada uno estaba en su casa ya, Galeno admitió que nada le había gustado más que el momento donde yo había tomado mis armas y me había deshecho del pudor, mostrándole de lo que estaba hecha, sin remilgos o prejuicios a la hora de disfrutar o experimentar consigo para que pudiese disfrutar. Curioso que el momento de mayor plenitud, y el de mayor intensidad de mi parte hubiera sido el mismo, le dije.
- No - me explicó - No hay nada que me guste más que verte libre, disfrutando, riéndote... Vos sos capaz de calentar, de darle placer, al tipo que quieras... - admitió - A mí, y a cualquier tipo - insistió.
Sentí que, con eso, había un elogio pero también un pequeño registro de temor.
- Es una elección darle placer al otro, cuidarlo... - contesté, medio en broma - Vos hiciste eso y mucho más conmigo. Quería que estuvieras bien... Que estuvieras deseando todo el tiempo la situación...
- Vos me hacés re-calentar, Veinteava... - dijo, haciéndome reír - Sos muy dulce, muy suavecita, sos toda hermosa, y a mí, eso, me encanta.
- Menos mal que elegí al indicado... - dije, algo escueta.
Se rió.
- Sí, yo soy el indicado para todo lo que quieras hacer - dijo, divertido.
- Este Galenito atorrante - agregué.
(...)
Días después, cuando todo estuvo bien, cuando pasó la nube, me pregunté seriamente para cuántas cosas elegí a Galeno durante todo este tiempo, de las cuales no había tomado plena conciencia, y para cuántas cosas tenerlo en cuenta en mi vida es una elección posible.
Internamente, traté de controlar el miedo que me dió sentir una vez más, después de tantos años, y al mismo tiempo con una intensidad tan diferente, las ganas de entregarme. Sí, yo, la misma que había dicho nunca más, sintiendo ganas de entregarse. Ahora en verdad, sin dobles fondos. Porque ¿de otra manera, qué sentido tiene tener miedo a lo que pueda pensar el otro de nuestra manera de querer?
La intensidad, diría Borges, es una forma de eternidad.
La única que puedo darle a Galeno en éste momento. La más valiosa.