lunes, 25 de febrero de 2019

Castillos de voluntad

Hasta hace un mes atrás, tenía muchísimo tiempo para estudiar. No leía en colectivos, ni tampoco cuando llegaba muy cansada de trabajar porque tampoco tenía trabajo. Tenía tanto tiempo para estudiar, que me ponía a hacerlo con una antelación enorme para llegar tranquila y leía todo puntillosa, como siempre, tan puntillosa... Pero desde hace un mes, casi, todo es distinto.  Estudio a la mañana, bien temprano, mientras viajo para el trabajo y muchas otras veces en el viaje de vuelta desde el trabajo. Cuando llego a mi casa, cansada, sólo pienso en darme una ducha, leer lo que me haya pactado para ese día, cenar, e irme a dormir. Por lo general, durante la semana, no tengo ganas de hacer otra cosa, ni tampoco, de gastar mi poca energía en nada que salga de la rama del tiempo que le puedo disponer a los estudios. 

Sólo pienso en salir de trabajar lo más fresca posible para poder estudiar. Sólo espero el fin de semana para dormir dos o tres horas más a la mañana y me alegro por estar fresca para estudiar... Porque lo cierto es que yo extraño mucho, pero mucho, poder estudiar como lo hacía antes, es decir, a mis tiempos, con la cabeza totalmente dispuesta para eso, sin tener otra presión ni otros tiempos más allá de los impuestos por mí. Pero, al mismo tiempo, reconozco que sólo estudiando el aspecto económico se me hacía realmente difícil y ni siquiera podía ayudar en casa o ese clase de cosas que me entristecían.

Me encuentro, claro, como es propio de todo cambio, ajustando cosas.  Por momentos estoy contenta y por otros, estoy asustada y un poco triste. Por momentos siento que sí, que si me organizo y enfoco es todo posible, pero por otros momentos, sólo quiero poder recibirme para trabajar de lo que realmente me gusta, es decir, lo que estudio.  Porque lo cierto es que yo me imaginé dando clases, y a veces, tengo un poco de miedo porque ese momento no llegue... Y veo a mis compañeros de trabajos, alienados, contado con ese sueldo para llegar a fin de mes, para pagar los alquileres, y yo lo único que pienso es que quiero tener un sueldo para pagarme la Facultad, y recibirme y hacer lo que me gusta. 

No pienso en otra cosa, casi que no puedo pensar en otra cosa últimamente que no sea querer llegar a casa corriendo para estudiar, porque lo que me obsesiona es que mi vida - toda mi vida - no sea éste trabajo sino que sea, más bien, lo que yo soñé, por lo que trabajé tan duro desde que me cambié de Universidad para poder recibirme finalmente, e incluso mucho antes ,cuando era capaz de cruzarme toda la Ciudad para cursar una materia de una clase de dos horas. 

A colación de eso, hace pocos días, como si algo me faltara,  la semana pasada, mientras estaba trabajando me llamaron del Colegio en el que trabajé el año pasado. Precisaban una Profesora Suplente de Literatura para cubrir una Licencia por Maternidad, por tres meses... y me llamaron a mí.  Mis padres, en principio, dudaban en decirme porque no querían que me pusiera mal. Y aún mismo me dió ganas de llorar por la picardía, me aguanté las lágrimas y me dije que una suplencia por tres meses era un poco "pan para hoy y hambre para mañana", si mi idea es mantenerme sola y, además, colaborar económicamente en mi casa. Pero lo que no puedo negar es que éso es lo que me gusta. Y para lo que estoy hecha, o para lo que me siento que estoy hecha desde el amor y la dedicación, y la pasión que me genera la literatura. 

En el trabajo son momentos de mucho aprendizaje. Recibo quejas, consultas y efectúo verificaciones técnicas a aparatejos de transacciones con tarjetas de crédito, por lo que tengo que aprender de modelos, de tipos de problemas, de procedimientos para solucionarlos, de modos de ingresarlo en el sistema, de cuestiones bancarias y una lista de largos etcéteras. Durante las seis horas que estoy allí, cada vez que me dicen que el servicio prestado es una mierda, yo pienso que me está hablando un personaje literario y lo imagino con más o menos pelo, con color de ojos azules o marrones... Porque, en definitiva, por más que me pongan en la caja más ajena a mí, de forma premeditada y de forma inesperada, lo único que quiero es volver a mi caja...  A mi vocación.  A mi sueños.  A la vida que siempre imaginé para mí, desde los dieciséis años cuando me decidí por Letras, hasta ahora. 

Por momentos me siento bajo siete u ocho lupas, no sólo de las fisgonas de mis compañeras mujeres - que algunas son de terror, algunas se pasan de estúpidas y otras de envidiosas -, sino también por el simple hecho de que sean mis primeros tiempos en la oficina... Y me esté acostumbrando a todo. De a poco, de a poquito, a todo. Pero también me siento bajo la lupa en mi propia casa, frente a mis padres - en especial mi papá - que de alguna forma u otra siempre deja entrever su propio miedo a que no me reciba, a que no pueda, y también su vergüenza, por sentir que yo tuve que salir a trabajar porque no pudo darme suficiente ni hacer lo suficiente por mí...  Cuando en realidad, el motivo por el que yo salí a trabajar, y a buscar un sueldo fijo por mes, fue siempre muy simple: quiero hacerlo de éste modo, aunque me lleve más tiempo la Facultad.  Quiero hacer mi propio camino, no a la manera que lo hicieron mis hermanas, obedeciendo al mandato familiar, sólo estudiando, o sólo trabajando sin ayudar en casa; sino, a mi modo, es decir, trabajando, estudiando, pudiendo pagarme los estudios y pudiendo ayudar en mi casa...  Aunque, en el camino, mi padre especialmente se sienta poco papá cada vez que yo haga esas cosas, y se enoje conmigo, o me cuestione, o me persiga con sus preguntas o me recuerde - como si yo no lo supiera ya - cuál es mi meta a largo plazo y cuál es una meta circustancial. 

II

Internamente, aunque no se lo diga a nadie, extraño mucho ir a la Facultad. Sé que si no estaría trabajando estaría de vacaciones a ésta altura, pero aún mismo todo la extraño como nunca, lo mismo que el estudio y las largas horas que antes podía dedicarle. Extraño llegar temprano e irme a la Bibiloteca. Extraño poder desvelarme hasta la madrugada leyendo, y en cierta manera, renegando tanto como disfrutando.  Extraño tener tanta certeza de que iba a poder con la Carrera, de que toda mi energía estaba ahí, de que le estaba dando lo mejor que tenía. 

Extraño mi lugar, mi banco, el café en el bar. Extraño mucho mi sueños. Esa cuestión de caminar por los pasillos, compartir un mate con mis compañeros o merendar todos los martes con la misma compañera. Extraño sentarme en el pasto a leer. Y también tengo miedo de no poder, de que no me dé el cuero, para terminar extrañándola toda la vida. 

III 

Sé, de todos modos, que necesitaba un trabajo. Probablemente, en el fondo, esperaba y atesoraba la esperanza de que fuera adherente a lo que estudio, porque para mí dar clases de Literatura no es un trabajo, sino, más bien, un placer. Pero al mismo tiempo, comprendo que ésto es un medio completamente necesario para todo lo que pueda hacer para ayudarme y ayudar a quienes me rodean a partir de ahora. 

 Y esa es, al día de hoy, mi razón más importante. El motivo por el que me levanto y me digo que es mejor la constancia, quizá, el esfuerzo diario, que la cantidad de lo que estudie, mientras lo haga.   Porque quizá yo ahora no pueda leer cuatro o cinco horas por día, pero leo un artículo por día, sin falta, y sin importar lo cansada que esté. Sin importar dónde lo haga, o la hora donde lo lea. Sin importar si estoy parada veinte minutos antes de entrar, en la puerta de la Empresa, leyendo sobre la problemática de las literaturas hispanoamericanas en tanto exclusividad de su campo de investigación y de sus propios debates, ajenos a los marcados por los círculos intelectuales centrales de los países hegemónicos y si saludo entre párrafo y párrafo a mis compañeros de laburo. 

Porque quizá, dentro de un par de años, lo importante acabe siendo haberlo hecho. A mi tiempo, en la medida de mis posibilidades, en la medida de mi capacidad y de mi energía, considerándome, entendiéndome, teniéndome paciencia, aprendiendo a confiar en mi, en el camino que quiero construir, en mi convicción para vivir la vida como deseo y como me esfuerzo por vivirla desde el trabajo y desde la honestidad. 

Sí, quizá, dentro de tres años, cuando esté recibida ya, de dos títulos, importe sólo haberlo hecho en este momento, haber dado lo mejor de mí. Un poquito por día, todos los días, un poquito... En el colectivo, en la cama, o los fines de semana lejos de las reuniones familiares. Sólo importe haberlo hecho  todos los días,  lo mejor posible. Haber leído un artículo, un cuento, un poco de la redacción para un informe, una inscripción a una mesa, una lectura en un hueco antes de cenar...   Hasta conquistar la meta. 

Sólo importe, me repito, como un mantra, antes de irme a descasar luego de una larguísima jornada, hacerlo. De a poco, a otro tiempo, con otras consideraciones, pero hacerlo. No dejar de hacerlo, hasta lograrlo.  

E incluso, finalmente hasta llegar mucho más allá de lo que nuestros propios sueños y nuestros propios miedos dicen que se puede. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Literatura, cuanto menos, ficción: Dame bola.

Todavía recuerdo la primera vez que nos vimos, una noche de agosto, de casualidad. Lo que menos había hecho ese hombre era prestarme atención mientras hablaba por teléfono y, asimismo, yo tampoco le había dedicado ninguna seña en particular. Saludando a todos, e intentando aprenderme los nombres, Él sólo me devolvió un gesto, un asentimiento de cabeza y una sonrisa que parecía soltar sólo por compromiso, más concentrado en la charla que en lo que pasaba fuera del teléfono.  Aquélla noche, antes de irme, se disculpó por la indiferencia mediante unas preguntas breves que buscaban superar el bache anterior. Y yo, con una naturalidad poco esperada, se las contesté.

El hacerlo, en efecto, no me supuso ningún resquemor. Para ese momento no era nadie importante y, en efecto, me costaba verlo como un hombre.  Después de muchos años comprendí que era tanta mi necesidad de negar lo que estaba pasando que con todas mis fuerzas intentaba asociar su simpatía posterior o sus detalles con una cuestión asociada al hecho capital de que yo tenía la edad suficiente para ser su hija. Y que no, no me podía fijar en él, ni tampoco, él se iba a fijar en mí.  De lo contrario, si yo era capaz de verlo como un hombre, también iba a ser incapaz de frenar las dudas y las incertidumbres que, progresivamente, me iba generando su presencia, y sus modos, y todos los peros que ponía a mis preceptos. 

Otra noche de salidas, muchísimos meses después de la primera vez de haberlo visto, se paseaba con su amiga de toda la vida por un evento. Estábamos pasando un momento difícil. No sólo yo lo había visto, finalmente, como el hombre que siempre había sido frente a mí sino que, además, él ya no podía tener frente a mi la misma indiferencia de ésa primera vez. No había teléfono posible que lo hiciera desviar su atención, pese al personaje de tipo auto-suficiente y superado que se montaba, haciéndose el simpático y dejándose encantar. Podíamos ir los dos con amigos para disuadir al otro en sus estratégias, podíamos intentar charlar con otra gente, pero bastaba solamente un momento donde los dos conectábamos la red de nuestra mirada mutua hacia la vecina orilla... y perdíamos.  Los miedos, la compostura, la presión frente al qué dirán, la noción del tiempo y del espacio... Todo, en lo absoluto, quedaba perdido. 

Para esa época, lo único que podía pensar es que Él era ciertamente egoísta e infantil. ¿Qué otra razón había, más que la estupidez para no estar juntos si ambos lo deseábamos? Desde mi lugar, lejos estaba de importarme la diferencia de edad o los veintitrés años. Yo sólo era más práctica en esa etapa de mi vida donde lo único que me importaba era que estuviera a mi lado, que se la jugara y que pudiéramos vivir la experiencia. Ni más, ni nada menos que eso. No aceptaba, prácticamente, ninguna otra resolución para la situación. Lo quería y la única respuesta posible, sabiendo que yo también lo inquietaba, era que probáramos. No había tu tía.   

II 

Todavía recuerdo cuando esa otra noche muchos meses después lo ví entrar puesto en pose con su amiga del alma, la tipa que yo detestaba. Todavía recuerdo el malestar que me generó, la bronca y el desprecio que yo sentí en ese momento. Era, posiblemente, desde la asociación, la misma indiferencia del principio, de esa noche de agosto. O al menos, lo era desde mi susceptibilidad, desde mis ojos heridos, desde mi necesidad de ser importante bajo su mirada del mismo modo en que Él lo era dentro de mis retinas. 

También recuerdo como, luego de pasar un buen rato en el interior del lugar donde realizábamos el evento, salí a tomar un poco de aire, tendiendo a querer escaparme de esa situación de caretaje tan indignante por no poder encararlo y decirle, simplemente, que era un cagón, que no me merecía, que no estaba a la altura de mi coraje y que se fuera a la mierda. Y que estaba totalmente enamorada de Él, y que me dolía que se hiciera el fuerte, y que me molestaba aún más que quisiera ponerse las máscaras que usaba con los demás frente a mis ojos, porque yo lo conocía y lo amaba y sabía que ése no era Él. Que volvía a las mismas viejas mañas de mentirle a todos con la simpatía, el humor, la apariencia de tipo feliz.  O a casi todos. 

Una vez fuera, solamente pude apoyarme contra una pared. Mis amigos, para ese momento, ya no estaban en el evento. Me había quedado sola y me sentía carente de fuerzas para enfrentarme a las siguientes dos horas sin nadie que me distrajera y me evitara mirar la calentura abismal de la otra susodicha que era su amiga de toda la vida sólo porque no le había permitido ocupar otro lugar... Pero no tenía alternativas. Era respirar hondo y apuntalarme a mi misma lo único que me restaba. En el fondo, quizá ya desde ese momento sabía que hay momentos en el amor que son, claramente, lo más parecido a la vida y lo más parecido a pequeñas muertes.  

Mientras estaba pensando en esas cosas  uno de mis antiguos compañeros me hizo señas para que me sumara a una ronda, que se había formado cerca mío, de la que apenas me había percatado. Estaban tomando cerveza y aprovechando ese buen clima de una noche de abril donde todavía no estaba demasiado fresco. Entre todos los presentes, estaba aquél hombre de la Comisión del Club de los amores de Él que, contemporáneo, me ponía ojos de lince cada dos por tres, intentando sacarme charla. Ya desde el diciembre pasado, Él, lo había tenido presente y entre algunos de sus potenciales fantasmas, aunque yo en ese momento, fuera incapaz de darme cuenta. 

El hombre, del que no me interesaba recordar el nombre, sonrió en cuanto hice un gesto de cercanía y se involucró en la charla. Yo acepté la cerveza que me pasó un compañero y, nuevamente, brindó conmigo a la distancia intentando entablar un diálogo visual. Aunque yo, en ese sentido, no estaba con ánimos ni siquiera de vengarme por lo que le devolví una sonrisa de cortesía y luego desvié mi mirada hacia el interior del salón, de pura casualidad.  Todavía recuerdo la imagen de Él, mirándolo todo, del otro lado de la puerta vidriada. Ya no había rastros de aquél tipo soberbio, humorístico y a veces ganso. Sólo estaba flotando en la superficie el hombre verdadero, que me pedía que le diera bola pese a todo, incluso, pese a si mismo. Estaba ahí, el hombre que yo adoraba, con el que me entendía, con el que me reía, con el que no valía la pena tener miedo. 

Volví a desviar mi mirada. Ni una u otra perspectiva parecía darme la calma que necesitaba hallar en aquéllos instantes de asedio mental. 

No sé por qué, cuando lo ví salir para afuera, dos segundos después de ese fugaz mirada, no me esperé que viniera a mi lado. Pensé, sobrada por mi racionalidad, que había salido para buscar algo en el auto, para irse, o para hablar con alguien más. Jamás hasta esa noche se me había cruzado por la cabeza que fuera capaz de salir, frente a esa situación, sólo para pararse a mi lado. 

En ese momento, casi no hablábamos. Nos habíamos alejado porque no le daba la cara para estar conmigo y a mi ya no me daba la cabeza para soportarlo. Veníamos intentando hacer el mejor esfuerzo para desconocernos y evadirnos. Por eso, a los eventos, a veces, íbamos cada uno con sus amigos... De otra manera ¿cómo no atraernos? Y sin embargo, Él, lo único que sabía hacer frente a esa necesidad de ser visto y ser considerado, era salir y pararse a mi lado. Como si fuera todo lo que, en efecto, no se animaba a reconocer y a asumir que quería ser. 

III 

Lo miré de reojo, todavía sorprendida. ¿Qué estaba haciendo ahí, y así? Sólo había venido a hacerse presente, a dejarse ver, a pedirme que le diera bola. Y yo, la reina de la indiferencia por esos días, ni siquiera parecía percatarse de su existencia. No iba a darle el gusto, a los diecinueve años, de correr a sus brazos y pedirle que me quiera. Por eso, luego de unos segundos donde estuvo parado pegado a mi lado y yo seguí sin emitir reacción, apropósito, bebí un trago de mi cerveza. Mentalmente, trataba de imaginar que estaba en una playa con una versión alterna de ese mismo hombre aunque con mucho más valor y menos años. Pero el original, estaba allí, sometido a la indiferencia y yo, desde mi lugar, habiendo sido sometida a lo mismo, no pensaba darle tan rápido el gusto. 

Volví a beber un sorbo más, y miré de nuevo para el interior del local, dándole la espalda, hasta que sentí su mano tibia sobre la mía y sin más remedio, me dí vuelta. En modo automático, sorprendida porque se expusiera y se arriesgara a quedar como un idiota frente a todo el grupo que era testigo de eso, y sabía subterráneamente lo que ocurría con nosotros; me quedé mirándolo. Tomándome de la mano donde tenía el vaso que me había servido ese otro compañero, accionó.  Despegué mis dedos y se lo dejé.  Era mi vaso, era mi charla, era mi vida y mi cerveza... Pero, al mismo tiempo, Él seguía en lucha consigo mismo y jamás había hecho una estupidez así, demostrando que pese a su aparentes certezas, la práctica, el día a día, los hechos de los demás y la misma vida, al igual que me pasaba a mí, lo desmantelada por dentro... Queriendo meterse en el medio. Ocupar un lugar en ella. Hacerse notar.

Y contra eso, no quedaba nada por hacer. Le cedí el vaso y el mando, atónita, pero expectante para ver hasta dónde era capaz de llegar. Así, mientras lo miraba desconcertada, del mismo lado en que yo acababa de tomar, a modo de código interno, apoyó su boca y tomó un sorbo breve.

Se quedó esperando que le dijera algo, que le negara el vaso o que simplemente me diera asco volver a tomar desde donde Él lo había dejado. Pero yo, de igual modo, no le dije nada. De lo sorprendida que estaba por esa acción impulsiva, infantil, propia de una persona que no puede controlarse, simplemente, lo acompañé y traté de que ese gesto tuviera la mayor naturalidad posible. No me molestaba lo que acababa de hacer, simplemente, no lo entendía. Sabía que no quería tomar cerveza, en realidad, pero mi inseguridad no me permitía pensar que quería denotar frente a los demás una familiaridad y una confianza que superaba, por supuesto, las primeras miradas que podía deslizar con otros porque le importaba y porque estaba mucho menos fuerte de lo que quería hacerme creer.

Yo lo había visto fuerte, sólo hasta un rato antes, y esa para mí era la verdad, su verdad. O, en realidad, esa debía de ser para mí su verdad, la verdad. 

Cuando acabó de beber, me miró y yo lo miré. Me devolvió el vaso con una mueca amable, de soy el más bueno en el mundo y me sonrió sin malicia. Sólo quería que lo viera, sólo quería que le diera bola. Y yo, aunque en silencio, finalmente se la estaba brindando. 

Con el paso del tiempo, partiendo de ese abril, y durante todo el mes siguiente, finalmente confirmé que, hiciera lo que hiciera, al mismo tiempo, y en el fondo, no sabía ya cómo llamarme la atención. Y que yo me lo tomaba a mal porque pretendía que viniera y dejara de joder con las estrategias, que viniera y me pidiera hablar conmigo para poder todo en orden.

El desorden, sin embargo, todavía perduraba. Y nada más fue un gesto tan pequeño como compartir un vaso que, sin embargo, en ese contexto, significó demasiado el que me hizo sentir que por primera vez había dobles discursos tan pero tan velados incluso para nosotros mismos. Porque mi elección no había sido dárselo, sino que habiendo vasos libres su elección había sido robarme el mío y dejar su huella sobre la que acababa de impregnar yo.

Casi como un beso.

Y yo, había vuelto a tomar sobre la huella que acababa de dejar, en señal de la ausencia de asco que Él creía que podía tener, sin considerar, claro, que compartir un vaso consigo era sólo lo primero que necesitaba... Casi como otro beso.

Por eso, antes de irse, había sonreído.

Un prejuicio más, acababa de ser derrotado.

sábado, 16 de febrero de 2019

Aprendizaje II

“Es curioso cómo, por una vía u otra, la vida te presenta experiencias que te quitan de tu zona de confort y te empujan hacia tópicos que pasaste años sin considerar. De otra manera, ¿cómo es que, a través de un móvil impensado, la misma cuestión irresuelta toca la puerta metafórica de mi vida y se anuncia?”

Anteayer, venía pensando esto, más o menos así, en el colectivo.

 El jueves fue un día difícil en el trabajo, en el que no pegué una y donde salí, sinceramente, con ganas de ponerme a llorar. Es que, lógicamente, al ser mi segundo día de actividad formal y el primero sin capacitaciones, me encontré en un estado de desorientación total cuando me encomendaron mis tareas porque no sabía qué hacer, porque no entendía del todo cómo manejar el sistema, recibir llamados, gestionar mis tareas y prestar atención. Al caso ¿qué se yo de actualizaciones informáticas, configuraciones y tantas cuestiones similares? Entrar a trabajar a una empresa de Servicios Electrónicos, siendo una avanzada estudiante de Letras, el jueves, me hizo sentir que yo no estaba lista, que no iba a poder con esto.   Por eso, me volví a casa haciendo puchero durante todo el viaje.

El Director de Recursos Humanos, quien me entrevistó, y con quien hablé mucho durante esa entrevista, y con quien hablo bastante cada vez que me lo cruzo en las instalaciones, me vio entrar a su oficina para llevarle unos papeles.

-          ¿Cómo estás, Veinteava?

-          Todo bien – le mentí – Te traje lo que me habías pedido y, también, tengo novedades de los Antecedentes Penales.

-          Bien, no hay problema. ¿Tenés un ratito? Sentate.

Me hizo un gesto de cortesía y tomé asiento.

-          ¿Cómo te fue hoy? ¿Tuviste un mal día?

-          ¿Se nota mucho?

-          Algo, algo – me sonrió.

Le sonreí.

-          Sí, fue un día difícil. El peor, desde que llegué.

-          Contame, ¿qué pasó? ¿Te peleaste con alguien, te retó tu supervisora?

-          No, me mandé una macana. No se enojaron conmigo, ni nada, pero realmente fue una cuestión muy tonta, que debería haber notado, con la que perdí un montón de tiempo – le dije, y le fui explicando bien.

-          Bueno, sí, es un error importante… - admitió – Pero no el más importante de todos – le sonreí, dándole gracias mentalmente por los ánimos – Además, ahora, es el momento de cometer los errores.

-          Creo que si con esto no me echaron – espeté, con algo de sorna.

Sonrió.

-          No, estás aprendiendo – me dijo.

Asentí con la cabeza y me quedé callada. Se dio vuelta, para sacar unas fotocopias de los papeles que le había presentado.

-          ¿Te pusiste mal porque te equivocaste, no? – me preguntó - ¿Te estás auto-flagelando?

Y esa pregunta, tan sencilla en apariencia, me removió un millón de cosas por dentro. No era, simplemente, que me hubiera equivocado en algo sino cómo me sentía yo cada vez que me equivocaba, cada vez que cometía un error en lo laboral como en cualquier otro ámbito.

-          No, no es la idea martirizarme – le dije, aunque por dentro me sentía de lo peor.

Sonrió de nuevo.

-          No, no es la idea. Ya va a pasar, vas a ver, vas a aprender…

-          ¿Cómo te diste cuenta que había tenido un mal día? – le pregunté.

-          Porque, hoy particularmente, tenés cara de querer salir corriendo – sonrió.



Me reí.

-          Casi, pero no. Si me escapo, pierdo – rectifiqué.

Me devolvió los papeles y notó que yo llevaba un vaso térmico en la mano. Lo miró con curiosidad, casi con cariño.

-          ¿Qué estás tomando?

-          Mate cocido.

-          ¿Y te lo llevás hasta tu casa, tomándolo, en el viaje?



Negué con la cabeza.



-          No, éste se enfrió, está feo. Lo tenía en el escritorio, pero después me puse a hacer cosas, me metí con eso y bueno… - me encogí de hombros -  Pero no sería mala idea, eh… La merienda itinerante o algo así- bromeé.

Se rió.

-          Pensé que te lo llevabas porque no tenías tiempo de pasar por tu casa… ¿Hoy vas a la Facultad?

-          No, hoy no – le expliqué – Voy a casa. Con otro mate cocido, vamos a ver si sigo con el informe sobre el que te conté ayer… - le recordé.

Me había recordado algo que me dijo durante la entrevista, es decir, que después le contara cosas de mi carrera, ciertas cosas del lenguaje, etcétera como dándome la latencia de que iba a quedar pese a que yo no me diera cuenta en el momento. Y yo, el día anterior, miércoles, había pasado a dejarle otros papeles, y me había preguntado qué estaba estudiando ahora… Entonces, le había contado sobre el informe de lectura que estoy elaborando, el modo de elaborar distintos tipos de textos y la diferencia con las monografías. También, cómo se concibe al lector y cómo nos sirve la crítica a los Estudiantes de Letras para hacer propias aportaciones. Él, por su parte, me comentó la fascinación que sentía por el arte y, al mismo tiempo, lo incapaz que se sentía de estudiarlo. Yo le había dicho que eran dos cosas distintas. Que uno miraba con los ojos, con el corazón, y que para estudiarlo se posicionaba muchas veces desde la cabeza. Hay que buscar un equilibrio, concluí, antes de irme.

Evidentemente, de un día para el otro, todavía se acordaba de lo que había estado contándole.   

-          ¿Y cómo vas con eso? ¿Lo seguís construyendo?

-          Sí, claro. Ahí seguimos, chocando un poco los cinco con el autor, a ver qué sale. Escribiendo. Progresé un poco de ayer a hoy, y seguramente le dé otro tirón de hoy para mañana.

-          En otro momento, si me regalás un poco de tu tiempo, por favor, explicame un poco sobre lo que te pregunté del lenguaje inclusivo – me recordó.

Asentí con la cabeza.

-          Sí, no tengo problema. Algún día te contaré de Saussure, sin falta – bromeo.

A los pocos minutos, me despido con un beso y un hasta mañana.

Por suerte, y aunque por momentos me parezca que no voy a poder, hay circunstancias que me recuerdan lo temporal, lo permanente, y lo que todavía me queda por trabajar.

Porque no es cometer un error, exigirse, tratar de hacer todo perfecto de entrada, sino, es cómo me siento frente a eso cuando no sucede. Es cómo me sobrepongo al error y sigo caminando. Es cómo me permito equivocarme, aprender, sortear obstáculos y ponerme fuerte. Es cómo, después de un día frustrante y desalentador,  llego a casa, reviso todos los papeles de las cosas donde pude haberme equivocado, me doy una ducha, me acuesto y lo último que pienso es que me doy la chance de volver a intentarlo. 

lunes, 11 de febrero de 2019

Aprendizaje

En el trabajo, con el paso de los días, voy aprendiendo cosas. Desde dónde dejar mi comida, cómo fichar puntualmente (si llego antes de horario, mucho mejor), y otras cuestiones relativas a insertarme, por primera vez, en una dinámica de laburo formal.  Sin embargo, al día de hoy, sospecho que llegué a ese lugar con la misión de no solamente aprender a hacer mi trabajo, aprender organizarme con el estudio, o para poder ayudar con los gastos en mi casa, ahora que tengo mi independencia económica. Al contrario, creo que estoy allí para aprender a valorar y a ser agradecida. 

Durante mucho tiempo antes de encontrar este trabajo, estaba bastante triste, insatisfecha, con varios aspectos de mi vida, aunque dispuesta a moverme hacia adelante.  Sabía que necesitaba un cambio, no sólo en lo cotidiano, sino en lo profundo, porque me encontraba insatisfecha y porque los últimos cinco años habían sido un proceso de trabajo interno que en algunos aspectos me había revivido y en otros, me había vuelto una mujer asustadiza de las emociones fuertes. A menudo, cuando me atrapaba la tristeza, también me preocupaba el futuro y sentía, constantemente, que mis estudios universitarios eran poca cosa; que no valía la pena que yo estudiase; que mi vida era difícil porque no podía ayudar a mi familia o que, sin ir más lejos, nadie de mi entorno más cercano podía comprender mis sueños, o mis aspiraciones, propias de mi edad. 



Ahora, una vez adentro, habiendo conocido en estos tres días, más de dos o tres realidades distintas a la mía, no puedo evitar sentirme una estúpida; realmente, una boba, una piba pensante que, por moverse siempre en otros ámbitos totalmente diferentes, no terminó de entender hasta este momento la verdadera importancia de cosas que, si bien le parecían valiosas, entiende que no son para todos igual.  De hecho, si durante estos tres días me sentí una boba, no fue porque esté decepcionada de mi misma, o de mi carrera, o me preocupe no tener dinero suficiente para pagarme los estudios y alivianar la cuenta mensual de mi hogar; sino que fue por no haber apreciado la cantidad de bendiciones que tengo frente a mis ojos todos los días y que yo, pese a que siempre traté de hacer el proceso inverso, llegué a sentir como "lo dado", casi que "lo normal" durante éstos últimos seis meses. 

Tengo una mamá que me prepara la comida para que me lleve todos los días y me la deja en la heladera para el otro día. Tengo una mamá que me manda mucha comida, porque teme que pase hambre en el trabajo y no quiere que gaste mi sueldito - como le dice - en algo que ella me puede dar. Tengo una mamá que me levanta todas las mañanas y me hace el mate cocido y me apronta alguna que otra galletita. Tengo una mamá que me dice que me abrigue y que le avise cuando llego a la Empresa. Y también tengo un papá, que me ofrece pagarme un remis para que no me moje en un lunes de lluvia. Que me ofrece dinero por si no me alcanza lo que tengo hasta que cobre, para que me pueda manejar. Y también tengo un papá que, aún mismo trabaje, me dice que lo único que me pide es que me reciba en la medida y en el tiempo que pueda, pero que me reciba, porque eso va a ser muy importante para mí. 

Tengo casi más de la mitad de una carrera cursada que, si Dios quiere, me dará dos títulos.  Tengo la posibilidad de estudiar algo que me gusta, en una Universidad que me gusta. Tengo la chance de saber qué es, en realidad, lo que me gusta, de haber encontrado la alternativa para poder desarrollarlo. Tengo la fortuna de poder estar en este punto donde sé que éste trabajo actual no será mi destino final, que lo hago porque es un instrumento de subsistencia y de paciencia hasta poder ir haciendo todas las materias que me falta, pero no, asimismo, lo único que la vida me tiene reservado, el lugar donde me iré a jubilar.  

Tengo salud, y tiempo, para poder pensar en mí y en lo que necesito para poder progresar, pero también para poder pensar en ayudar a quienes están a mi alrededor. 

Tengo un sobrino, al que amo como nunca pensé poder amar a nadie, que me da fuerzas para seguir y para quiero ser la mejor versión posible. 

Tengo trabajo.  Tengo una oportunidad que, en efecto, era lo que tanto anhelaba para poder tranquilizarme y aprender y equivocarme y aprender desde ese lugar. Tengo juventud, una plasticidad mental propia de mi edad y la chance - a nivel neuroplasticidad, incluso - de crear conexiones neuronales en poco tiempo. 

Sólo faltaba la conciencia de tanta bendición. Y el coraje para, del mismo modo en que he sabido soportar lo malo, aprender a ir reconociendo lo bueno. 

Hoy sé, y sospecho que lo seguiré corroborando, que para todos los seres humanos no es igual. Por eso me impacta tanto todo lo que voy viendo día a día, aún mismo, en los pequeños detalles. Y por eso, por momentos, me siento una imitación de muñeca Barbie que vivió toda su vida en ámbitos totalmente diferentes, ciertamente privilegiados, y que tanto en otros trabajos más informales, como en la Universidad, ni tampoco con otros conocidos o pretendientes, no había tenido la posibilidad de palpar "la realidad".  Y, claro, a modo de conclusión, me urge valorar y apreciar las cosas que son mi realidad, mirándolo todo desde otros ojos. Los ojos de la gratitud y al mismo tiempo los ojos de la humildad. 

Porque aunque uno tenga cierta realidad, eso no quiere decir que nadie sea peor o mejor, más bien quiere decir algo completamente diferente: si uno llega a sentir que su vida se está yendo a lugares que desconoce, a veces, lo único que necesita son cinco minutos mirando las luchas y las circunstancias  de alguien más para darse cuenta de todo lo que tiene y no está apreciando. Porque, si bien siempre podemos mirar a quien "está mejor", hasta que no nos crucemos de lleno con quien realmente no tiene las mismas oportunidades que nosotros, y veamos qué sienten y palpemos sus incertidumbres y entendamos lo afortunados que somos, lejos estamos de entender el sistema. 

Yo, por mi parte, sigo aprendiendo, ejercitando mi humildad y mi receptividad todos los días. No solamente queda por delante el trabajo de comprender mi labor y llevarla adelante, sino que lo más importante parece ser comprender a mis semejantes y dejar de juzgarme. Tenerme más paciencia. Valorar más lo que hacen por mí, pero además, todo lo que voy pudiendo concretar y lo que he concretado.  Saber que nada es lo dado, al final.  Y que todo lo que esté a nuestro favor, por pequeño que sea, hay que encuadrarlo como la bendición que, especialmente en estos tiempos, representa. 

domingo, 10 de febrero de 2019

"... Vértigo que el mundo pare, qué corto se me hace el viaje..."

El otro día estaba viajando en colectivo desde el trabajo hasta mi casa, escuchando a Ismael Serrano y pensando en muchas cosas.  En principio, la idea es esquivar el tren y usar el viaje más largo - desde Capital a Provincia - para ir en el colectivo estudiando porque, al mismo tiempo, cuando me bajo de éste mismo, estoy a una cuadra de la parada del que me deja en mi Facultad.  Y no tengo tiempo de volver a casa, saliendo a las 16.00 del laburo y entrando a estudiar a las 18.00.  Lo del corto viaje, claro, siendo las cosas como son, forma parte de una canción de Ismael y es clarísimo que está expresado, en ese sentido, con total ironía, hasta con la intención de tomarme a bien las cosas, incluso, la odisea del viaje estudiantil y de mi nueva identidad de Estudiante de Letras itinerante.  Pero, eso sí, lo que lejos está de ser un chiste, es el vértigo.  

Hace unos días, después de mi primer día de trabajo, donde estoy pasando largas jornadas de capacitación todo el día encerrada en la Empresa, llegué a mi casa con un cansancio y una angustia que no sabía muy bien de dónde venía. Esperé el momento de encontrar un trabajo estable durante tanto tiempo que, lo último imaginado para mí, era sentir angustia o miedo. Pensé que no iba a haber espacio para la angustia o el miedo, y sin embargo, así estaba: un poco asustada y otro poco con un nudo en la garganta intentando procesar el vértigo. No sabiendo si tenía ganas de llorar o de dormir, o de reírme o de salir a tomar otra merienda con mi amiga o de no estar encerrada en la Empresa. No sabiendo si tenía preocupación, incertidumbre o, simplemente, ganas de ya haber pasado por algo así para tener la experiencia. O todo eso junto. Ganas de no tener la enorme responsabilidad de trabajar tantas horas y tener que estudiar y mucho menos la angustia de no saber si voy a poder, si me va a dar el cuero, si todo lo que sueño será acompañado por mi salud sin que el estrés de una vida mucho más cargada me atosigue. 

Ya hoy, gracias a Dios con un poco más de sueño, un poco más de tiempo en casa, y un poco más de estudio, me fui encontrando, recorriendo de atrás para adelante mis patrones. Y me di cuenta que, en éste último mes, me pasaron muchas cosas. Cosas hermosas y cosas malas. Unas y otras intercaladas, haciendo que en treinta días se adelantaran procesos que yo creía posibles para más adelantes, que surgiera lo inesperado y que se ajustaran tiempos y lapsos que me parecían interminables. 

Durante enero, nos enterábamos que mi Tía -que vive en un pueblo del interior de Buenos Aires - tenía un estado de salud muy grave. Que estaba internada, con un supuesto tumor intocable por la edad.  Ahora se encuentra más estable, mucho mejor, esperando la biopsia que no necesariamente tiene que ser tan dramática como se la pintaba al principio. Se encuentra mejor, sí, pero lejos, o al menos, a casi $3000 en pasajes de micro. Y no hay, por un sinfín de otras cuestiones desagradables y conflictivas, chance por el momento de traerla a Buenos Aires. 

Durante enero, nació mi sobrino al mismo tiempo que supimos lo de mi tía. Ahora mi hermana necesita de ayuda, en el camino a convertirse en mamá y yo, necesito un babero nuevo, en el camino que llevo desde que me convertí en tía. 

Durante enero, tuve algunos chispazos con mis amigos que, gracias al cielo, pude charlar y solucionar.   


Durante enero, falleció mi tan amado perro. 

Durante enero, viniendo del pre-ocupacional, llamó mi padre diciendo que habían querido entrar a desbancarnos la casa pero que, gracias a Dios, no habían podido hacerlo. Que él sólo había encontrado las ventanas abiertas de par en par, en el intento de husmear y un cuaderno tirado por el suelo del garaje.  

Durante enero, conseguí finalmente trabajo. Y, lo cierto es que, jamás me imaginé estar trabajando en una Empresa en CABA. No sólo porque no fue lo que yo esperé ni busqué deliberadamente, sino también, porque nunca fue mi plan como Estudiante de Letras. Mucho menos, me imaginé estar rodeada de tantas personas ajenas a mi modo de vida, a mis intereses, a mis costumbres y a mis ideas (lo cual no necesariamente lo tomo como negativo, sino, simplemente, como vertiginoso). 

Durante enero, yo había decidido dar un salto diferente y un poco más ambicioso en materia académica, que quedó postergado en el mismo momento donde me salieron otras cosas. Y ahora, en la situación donde estoy, me conformo con poder estudiar y hacer todo lo posible para meter las materias y para aprobar un final. 

Durante enero, cambiaron muchas cosas juntas. 

Y quizá, la angustia, esas ganas de estar y no estar, esas ganas de ponerme a llorar o reírme a carcajadas, sea porque todavía estoy procesando todo este mes tan intenso. Tan contrastante. Tan agridulce. Tan vivo. Tan lleno de vértigo. 

Y tengo que aprender cómo hacerlo sin que eso sea algo malo. Y tengo que tenerme muchísima más paciencia de la que suelo tenerme. Y tengo que decirle a mi Juez que se aquiete y juntos entendamos que todo es un vértigo atroz donde, a la misma vez, hay que aprender a darse el tiempo y la oportunidad de equivocarse para aprender, pero además, de disfrutar cuando algo se dá. 

Ojalá las mareas del miedo y la angustia que traen todos los cambios pasen pronto. Ojalá pueda ser, después de todos los escombros de todo lo que se derrumbó y de todo lo que se está modificando, el comienzo de una etapa mejor en mi vida. 






martes, 5 de febrero de 2019

Dejarlo en buenas manos


La noche del jueves 24 de enero me arrimé a mi computadora y me puse a escribir por estos lados sobre una charla que había mantenido con mis padres, respecto a no conseguir trabajo, a la frustración, a la incertidumbre, pero, especialmente, a la falta de oportunidades. Porque eso, quizá no se traslució de entrada, pero era el eje de mi cuestión, y de mi desánimo. Las oportunidades que, ausentes, me hacían pensar en lo imposible de cambiar mi historia, en lo imposible de poder cumplir con mis metas y mis objetivos, medianamente, en consonancia con mis deseos. 

Mi madre, todavía lo recuerdo, escuchó que yo le decía a ella y a mi papá: "...y pensé que iba a conseguir trabajo, que me iba a recibir, y que iba a estar todo bien..."; y en respuesta a eso que yo estaba diciendo ya formalmente desesperanzada y rendida a la idea de encontrar algo, me respondió: "y vas a conseguir trabajo, y te vas a recibir y va a estar todo bien", afirmándolo con tanta fuerza que me dió un calambre en el estómago. Mientras la escuché, durante ese segundo, decirlo, realmente quise muchísimo que fuera así, que mi mamá tuviera razón, que finalmente yo pudiera superarme... Pero, sin embargo, pasado un rato, aquél racimo de palabras optimistas, no fueron capaces de acobardar a la angustia.  Aquélla noche de jueves, entonces, me fui a acostar triste, preocupada y angustiada. Antes de dormir, como hacía mucho tiempo no sucedía, hablé con Dios, o mejor dicho, lo que yo siento que es Dios al margen de los mandatos religiosos. Y le expliqué, no solamente cómo me sentía, sino lo que yo consideraba que necesitaba para poder salir de esa situación. Antes de conciliar el sueño, pensé: "Dios, hoy, dejo todo en tus manos. Nunca me rindo, pero creo que aunque tengo la mejor voluntad y las mejores intenciones, realmente no sé qué más hacer desde mi lugar para poder con ésto. ". Pero, además, hablé con San Expedito... pidiéndole algo por primera vez. 

Al día siguiente, cuando me levanté y consulté mis redes sociales como todas las mañanas, me encontré con un mensaje de una de mis hermanas, que sabía de mi situación, aunque no con tantos detalles como yo, viviéndola por dentro. Me avisaba de una búsqueda laboral, en la empresa donde trabaja su cuñada, una mujer a quien yo conozco, con quien me llevo bien, con la que he compartido idas al cine y hasta la fecha de cumpleaños, y a la que me cruzo siempre en los cumpleaños de los familiares en común.  Cuando intenté buscar más información de la convocatoria, mi hermana me pasó el contacto de su cuñada para una averiguación más detallada y, así, como lo más natural del mundo, le dije que estaba buscando trabajo y que quería saber si tenía una dirección donde mandar mi CV. No era quizá mi idea de trabajo, no era lo que yo esperaba, no era dentro de mi zona de confort, pero, finalmente, era una oportunidad. Porque quizá, yo, en todo momento, había estado buscando y pidiendo solamente eso. Una oportunidad que me permitiera demostrarle a la vida, si se quiere, que quiero, puedo, y necesito, poder cambiar la historia. 

Unas dos horas después, estaba hablando por teléfono con el Jefe de RRHH de la empresa y, otra hora después de aquélla charla, le estaba mandando mi curriculum luego de haberle detallado mi situación, es decir: que yo estudio en una Universidad donde curso de noche, que estoy avanzada en mi carrera pero que no me abren la suficiente cantidad de materias, que como profesora todavía no tengo continuidad, pero que estoy con las vistas en recibirme. Hoy, mirándolo a quince días de distancia, yo sé que le detallé absolutamente todo lo concerniente al estudio, porque consideré que era mi capital, pero además, mi manera de protegerme. De proteger el esfuerzo que hice durante todos estos años, de proteger mi sentido de vocación, de proteger el esfuerzo de mi familia por ayudarme a estudiar, de proteger mi propio miedo de ir un poco más allá de los mandatos.  De proteger la idea de ser y de trabajar como Licenciada en Letras... 

Pasados un par de días, cuando ya había perdido las esperanzas de trabajar en esta empresa, cuando estaba a días de comenzar con otro proyecto en mi vida, la cuñada de mi hermana me vuelve a escribir y, entre unos minutos largos de conversación, me anuncia que en unos instantes más me iba a llamar Jefe de RRHH.  Le dije que le agradecía mucho por todo ese dato, y acepté. Volví a hablar con éste hombre y, por tercera vez, al rato, me propuso arreglar día y horario para un entrevista.  Así, una semana después, el jueves 31 de enero, me presenté en el lugar convenido, lejos de casa pero accesible, a la hora convenida.  Conocí a éste señor, le estreché la mano y me adentré en su oficina para pasar la siguiente hora y cuarto contándole de mi vida. Hablando de Borges, de Latín y de la idea de trabajar en algo completamente ajeno. Hablando de la vida, de las circunstancias, de la educación, del ejercicio de la profesión, de los sueños y del futuro. Es decir, todos tópicos amigable y algo extraños para una entrevista de trabajo tan extensa. Pero, además, escuchando de la posibilidad de trabajar en esa empresa, donde pese a las contras, presenta beneficios tales como horario part-time y días de estudio dispuestos por la vigente legislación. 

Cuando llegué a casa, atravesada por otras cuestiones poco felices tales como el estado de mi perro, me desmaquillé, me puse ropa cómoda y me recosté un poco. Cuando me levanté, me avisaron que mi perro estaba muy mal, que íbamos a tener que sacrificarlo, por lo que sólo me puse un short y le dí la mitad de la plata a mi padre para poder pagar tal amargura.  Una vez que todo terminó, que le dimos sepultura a mi perro, que yo lo despedí y que le pedí perdón, me senté a mirar cómo mi papá llenaba el pozo de tierra. Pensando que todo, constantemente, estaba cambiando de una forma tan inesperada que lograba asustarme. 

En ese momento, suena el teléfono. Se hace un silencio en la cocina que escucho desde el jardín. Solamente percibo un "sí, ya le paso", dicho por mi madre que se acerca al patio trasero con una sonrisa breve entre las lágrimas. La miro, con los ojos aguantando el llanto, y pronuncia el nombre.  La persona que me llama es el Jefe de RRHH en la empresa donde, finalmente (después de un año de búsqueda, y después de tantas idas y venidas y encuentros y desencuentros y pálidas y amargas, y buenas y más o menos); pude encontrar trabajo.   Aunque todavía no lo sepa, mientras arrastro los pies hasta donde está el teléfono de línea, mientras me limpio las lágrimas, respiro hondo y atiendo el llamado. 

Sí, finalmente, pude encontrar trabajo para poder seguir estudiando para poder cambiar la historia. 

domingo, 3 de febrero de 2019

13 de octubre de 2014 - 31 de enero de 2019

El primer día que llegaste de la calle, mi mamá me levantó preguntándome si yo quería tener un perro. Había perdido a la mascota de mi infancia, quien era casi una hermana para mí, cuando finalmente llegaste vos. Rubio, lleno de pulgas, hambriento y sediento. Directo desde la calle, perdido, sin hogar, solito.  A la distancia, durante todos estos años, siempre pensé que me rescataste. Que no fui yo la que dije que sí, que quería tenerte en casa sin siquiera mirarte, sólo porque eras un perrito sin hogar y yo te iba a querer de todos modos. Que, en realidad, fuiste vos el que llegó cuando más te necesitaba, es decir, en el medio de ese momento de mi vida donde había caído en una depresión y lo único que "me estaba pasando" era estar siempre muy triste. 

El día en que llegaste, te llevaron a la veterinaria, te bañamos y te echaste a mi lado, como un rollito, mientras te secabas. Desde esa primera vez, hubieron muchas, diferentes, pero siempre con la misma idea: vos y yo, uno al lado del otro. Juntos. Desde esa primera vez, hasta la última. 

Estos últimos días pasaron muchas cosas. Pero, definitivamente, lo que no me esperaba era tener que tomar una decisión difícil, dolorosa y totalmente cuesta arriba, como la de tener que sacrificarte. ¿Y cómo podíamos sacarte el tumor, anular ese cáncer horrible, no? ¿Cómo podíamos reponerte los huesos, ayudarte en algo más, hacer algo un poco mejor? Lo doloroso no es el sólo el sacrificio, sino, el saber que era la única alternativa, que no quedó otro remedio. 

Quisiera que sepas que no fue nunca nuestra idea. Que lo hicimos para cuidarte. Que te amamos. Que te extrañamos muchísimo, que todos estamos acongojados. Y que no queríamos que sufras más, que consideramos desde el menor porcentaje de egoísmo lo que era mejor para vos y no para nosotros. Porque nosotros, toda tu familia adoptiva, que te recibió y a quien amaste siempre sin reparos, fue muy difícil dejarte ir. Pensamos, obstinados,  que no íbamos a tener que pasar por esto. Pero pasamos, y acá estamos. Y, siempre, desde cualquier perspectiva, lo hicimos pensando en vos. 

Ojalá estés en un lugar donde no te duela nada. Donde puedas correr, donde sigas siendo tan dulce y tan increíblemente bueno como lo fuiste con nosotros. Ojalá se vaya esta angustia y me pueda quedar sólo con tus recuerdos buenos... 

Los desayunos juntos... 
Las lecturas al sol... 
Cómo me dabas la pata cada vez que almorzaba, todo el tiempo. 
Las mañanas donde me venías a despertar. 
Las noches donde llegaba tan tarde de la Facultad, y vos te acostabas a dormir a mi lado. 
La emoción cada vez que volvía a casa. 
La forma en que nos abrazábamos. 
Los besitos. 
Las enormes y enormes y eternas tandas de mimos y caricias y piropos. 
Las pestañas rubias. 
Tu pelito, rubio, brillando con el sol. 
El enorme, el enorme amor, que me diste. 
La total ternura con la que siempre me miraste y el modo en que JAMÁS me rechazaste una caricia. 

Todas esas cosas, mi chiquito... Con éso quisiera quedarme.  Y deshacerme, al mismo tiempo, de todo lo demás. 

De un día para el otro, me quedé sin perro, pero en realidad, se me obliga a aprender a vivir sin vos si es que, a cambio, te quedaste sin dolor. 

Las circunstancias me obligan a saber que estas cosas pasan. Pero que vos no, vos no pasás. Nosotros, de algún modo, vamos a estar siempre juntos. Gracias por hacer posible que vuelva a querer a otro animal. Sabé que cada vez que lea al sol,vos vas a estar conmigo. De verdad que lo sé. Vas a estar ahí, sentado a mi lado, dejando que entremezcle mis dedos en tu pelaje, entrecerrando los ojos, mientras yo termino un capítulo más. 

Gracias por ése último saludo, antes que me fuera la última mañana. 
Gracias por los besitos de la noche anterior. 
Gracias por tu paso por nuestras vidas. 

Te voy a extrañar mucho. 
Te amo. Siempre. 
Hasta pronto.