Hasta hace un mes atrás, tenía muchísimo tiempo para estudiar. No leía en colectivos, ni tampoco cuando llegaba muy cansada de trabajar porque tampoco tenía trabajo. Tenía tanto tiempo para estudiar, que me ponía a hacerlo con una antelación enorme para llegar tranquila y leía todo puntillosa, como siempre, tan puntillosa... Pero desde hace un mes, casi, todo es distinto. Estudio a la mañana, bien temprano, mientras viajo para el trabajo y muchas otras veces en el viaje de vuelta desde el trabajo. Cuando llego a mi casa, cansada, sólo pienso en darme una ducha, leer lo que me haya pactado para ese día, cenar, e irme a dormir. Por lo general, durante la semana, no tengo ganas de hacer otra cosa, ni tampoco, de gastar mi poca energía en nada que salga de la rama del tiempo que le puedo disponer a los estudios.
Sólo pienso en salir de trabajar lo más fresca posible para poder estudiar. Sólo espero el fin de semana para dormir dos o tres horas más a la mañana y me alegro por estar fresca para estudiar... Porque lo cierto es que yo extraño mucho, pero mucho, poder estudiar como lo hacía antes, es decir, a mis tiempos, con la cabeza totalmente dispuesta para eso, sin tener otra presión ni otros tiempos más allá de los impuestos por mí. Pero, al mismo tiempo, reconozco que sólo estudiando el aspecto económico se me hacía realmente difícil y ni siquiera podía ayudar en casa o ese clase de cosas que me entristecían.
Me encuentro, claro, como es propio de todo cambio, ajustando cosas. Por momentos estoy contenta y por otros, estoy asustada y un poco triste. Por momentos siento que sí, que si me organizo y enfoco es todo posible, pero por otros momentos, sólo quiero poder recibirme para trabajar de lo que realmente me gusta, es decir, lo que estudio. Porque lo cierto es que yo me imaginé dando clases, y a veces, tengo un poco de miedo porque ese momento no llegue... Y veo a mis compañeros de trabajos, alienados, contado con ese sueldo para llegar a fin de mes, para pagar los alquileres, y yo lo único que pienso es que quiero tener un sueldo para pagarme la Facultad, y recibirme y hacer lo que me gusta.
No pienso en otra cosa, casi que no puedo pensar en otra cosa últimamente que no sea querer llegar a casa corriendo para estudiar, porque lo que me obsesiona es que mi vida - toda mi vida - no sea éste trabajo sino que sea, más bien, lo que yo soñé, por lo que trabajé tan duro desde que me cambié de Universidad para poder recibirme finalmente, e incluso mucho antes ,cuando era capaz de cruzarme toda la Ciudad para cursar una materia de una clase de dos horas.
A colación de eso, hace pocos días, como si algo me faltara, la semana pasada, mientras estaba trabajando me llamaron del Colegio en el que trabajé el año pasado. Precisaban una Profesora Suplente de Literatura para cubrir una Licencia por Maternidad, por tres meses... y me llamaron a mí. Mis padres, en principio, dudaban en decirme porque no querían que me pusiera mal. Y aún mismo me dió ganas de llorar por la picardía, me aguanté las lágrimas y me dije que una suplencia por tres meses era un poco "pan para hoy y hambre para mañana", si mi idea es mantenerme sola y, además, colaborar económicamente en mi casa. Pero lo que no puedo negar es que éso es lo que me gusta. Y para lo que estoy hecha, o para lo que me siento que estoy hecha desde el amor y la dedicación, y la pasión que me genera la literatura.
En el trabajo son momentos de mucho aprendizaje. Recibo quejas, consultas y efectúo verificaciones técnicas a aparatejos de transacciones con tarjetas de crédito, por lo que tengo que aprender de modelos, de tipos de problemas, de procedimientos para solucionarlos, de modos de ingresarlo en el sistema, de cuestiones bancarias y una lista de largos etcéteras. Durante las seis horas que estoy allí, cada vez que me dicen que el servicio prestado es una mierda, yo pienso que me está hablando un personaje literario y lo imagino con más o menos pelo, con color de ojos azules o marrones... Porque, en definitiva, por más que me pongan en la caja más ajena a mí, de forma premeditada y de forma inesperada, lo único que quiero es volver a mi caja... A mi vocación. A mi sueños. A la vida que siempre imaginé para mí, desde los dieciséis años cuando me decidí por Letras, hasta ahora.
Por momentos me siento bajo siete u ocho lupas, no sólo de las fisgonas de mis compañeras mujeres - que algunas son de terror, algunas se pasan de estúpidas y otras de envidiosas -, sino también por el simple hecho de que sean mis primeros tiempos en la oficina... Y me esté acostumbrando a todo. De a poco, de a poquito, a todo. Pero también me siento bajo la lupa en mi propia casa, frente a mis padres - en especial mi papá - que de alguna forma u otra siempre deja entrever su propio miedo a que no me reciba, a que no pueda, y también su vergüenza, por sentir que yo tuve que salir a trabajar porque no pudo darme suficiente ni hacer lo suficiente por mí... Cuando en realidad, el motivo por el que yo salí a trabajar, y a buscar un sueldo fijo por mes, fue siempre muy simple: quiero hacerlo de éste modo, aunque me lleve más tiempo la Facultad. Quiero hacer mi propio camino, no a la manera que lo hicieron mis hermanas, obedeciendo al mandato familiar, sólo estudiando, o sólo trabajando sin ayudar en casa; sino, a mi modo, es decir, trabajando, estudiando, pudiendo pagarme los estudios y pudiendo ayudar en mi casa... Aunque, en el camino, mi padre especialmente se sienta poco papá cada vez que yo haga esas cosas, y se enoje conmigo, o me cuestione, o me persiga con sus preguntas o me recuerde - como si yo no lo supiera ya - cuál es mi meta a largo plazo y cuál es una meta circustancial.
II
Internamente, aunque no se lo diga a nadie, extraño mucho ir a la Facultad. Sé que si no estaría trabajando estaría de vacaciones a ésta altura, pero aún mismo todo la extraño como nunca, lo mismo que el estudio y las largas horas que antes podía dedicarle. Extraño llegar temprano e irme a la Bibiloteca. Extraño poder desvelarme hasta la madrugada leyendo, y en cierta manera, renegando tanto como disfrutando. Extraño tener tanta certeza de que iba a poder con la Carrera, de que toda mi energía estaba ahí, de que le estaba dando lo mejor que tenía.
Extraño mi lugar, mi banco, el café en el bar. Extraño mucho mi sueños. Esa cuestión de caminar por los pasillos, compartir un mate con mis compañeros o merendar todos los martes con la misma compañera. Extraño sentarme en el pasto a leer. Y también tengo miedo de no poder, de que no me dé el cuero, para terminar extrañándola toda la vida.
III
Sé, de todos modos, que necesitaba un trabajo. Probablemente, en el fondo, esperaba y atesoraba la esperanza de que fuera adherente a lo que estudio, porque para mí dar clases de Literatura no es un trabajo, sino, más bien, un placer. Pero al mismo tiempo, comprendo que ésto es un medio completamente necesario para todo lo que pueda hacer para ayudarme y ayudar a quienes me rodean a partir de ahora.
Y esa es, al día de hoy, mi razón más importante. El motivo por el que me levanto y me digo que es mejor la constancia, quizá, el esfuerzo diario, que la cantidad de lo que estudie, mientras lo haga. Porque quizá yo ahora no pueda leer cuatro o cinco horas por día, pero leo un artículo por día, sin falta, y sin importar lo cansada que esté. Sin importar dónde lo haga, o la hora donde lo lea. Sin importar si estoy parada veinte minutos antes de entrar, en la puerta de la Empresa, leyendo sobre la problemática de las literaturas hispanoamericanas en tanto exclusividad de su campo de investigación y de sus propios debates, ajenos a los marcados por los círculos intelectuales centrales de los países hegemónicos y si saludo entre párrafo y párrafo a mis compañeros de laburo.
Porque quizá, dentro de un par de años, lo importante acabe siendo haberlo hecho. A mi tiempo, en la medida de mis posibilidades, en la medida de mi capacidad y de mi energía, considerándome, entendiéndome, teniéndome paciencia, aprendiendo a confiar en mi, en el camino que quiero construir, en mi convicción para vivir la vida como deseo y como me esfuerzo por vivirla desde el trabajo y desde la honestidad.
Sí, quizá, dentro de tres años, cuando esté recibida ya, de dos títulos, importe sólo haberlo hecho en este momento, haber dado lo mejor de mí. Un poquito por día, todos los días, un poquito... En el colectivo, en la cama, o los fines de semana lejos de las reuniones familiares. Sólo importe haberlo hecho todos los días, lo mejor posible. Haber leído un artículo, un cuento, un poco de la redacción para un informe, una inscripción a una mesa, una lectura en un hueco antes de cenar... Hasta conquistar la meta.
Sólo importe, me repito, como un mantra, antes de irme a descasar luego de una larguísima jornada, hacerlo. De a poco, a otro tiempo, con otras consideraciones, pero hacerlo. No dejar de hacerlo, hasta lograrlo.
E incluso, finalmente hasta llegar mucho más allá de lo que nuestros propios sueños y nuestros propios miedos dicen que se puede.
