A veces la vida te pone en encrucijadas re crudas. Hoy estaba pensando en eso cuando salí de la oficina para comprar mi almuerzo. Si miro para atrás, y recorro todo lo sucedido con él desde que nos conocimos, entiendo que jamás pensé llegar a éste presente.
Si hace años atrás, inclusive, a mí me preguntaban si era capaz de pensar que Javier diría todo lo que me dijo éste año, hubiera contestado que no y apostado una mano, incluso, mi mano hábil. Jamás, mientras observo y resignifico esta historia en favor de una nueva perspectiva, hubiera creído que su confesión y el manojo de consecuencias - de todo tipo - que trajo me pegaría tan de cerca.
Jamás me imaginé tener que mentir tanto. Pero en especial, tener que elegir a quién le miento. Hacer lo que hice hace algunos días fue el acto de amor y protección más grande que tuve hacia Javier en casi diez años. ¿Si fue del todo correcto ir a su casa y decirle que, por favor, se controlase? Quizá no. Quizá hubiese sido mejor decírselo de lejos... Pero de cerca, siempre, las cosas tienen mayor solidez.
Es duro mentir. Creo que jamás voy a acostumbrarme a hacerlo. Pero hoy entiendo que se vuelve necesario para que los dos estemos bien. Le mentí, sí. Le dije que yo le tenía que chupar un huevo, que se tenía que controlar, e hice como si no me importara nada de todo lo que me dijo. Y cuando me quiso hacer el amor de nuevo, también le dije que no, como si no lo deseara en la misma medida e intensidad que él me demostraba con sus palabras, con su cuerpo desbordenado y dispuesto, y con su manera de pedirme y de suplicarme que por favor lo dejara.
Mentirle, decirle que no, es una de las cosas más duras que me tocó hacer en relación a él. Hacerme la fuerte, disimular lo que me pasó consigo desde el vamos, tratar de ayudarlo a pensar; fue demasiado intenso para mí. Pero todo me lleva a pensar que ésta vez hice bien, y que el sufrimiento, en este caso, es amigo de la tranquilidad. De saber que sigo haciendo todo lo que puedo para no lastimar a nadie.
II
Muchos pueden pensar, a la luz de esta situación, que fui a su casa para provocarlo. Para seguir echándole leña a un fuego que no se apagó en ocho años. Pero en realidad, fue a asumir mi propia debilidad, y fui a frenarlo. Fui a pedirle, por favor, que se aclare. Porque yo ya sé que no tengo margen para confundirme ni siquiera una vez más. Porque yo ya sé que soy la única que tiene las cosas claras de los dos. Y sé, además, que a la primera duda que le blanquee a Javier, él va a desmoronarse. Va a seguir diciéndome una cosa, con la boca, y haciendo otra. Y eso no lo puedo permitir.
III
Es duro mentir, sí. Por un lado veo a Javier haciendo todo lo que hace y no puedo evitar ponerme estúpida, perder perspectiva, o juicio. ¿Por qué? Es obvio. Lo amé siempre, y con dolor entiendo que una parte mía lo ama al día de hoy. Y por eso, lo cuida. De él mismo, de su propia desesperación, de su capacidad para cometer errores, de su deseos, sus fantasías, sus postergaciones. Decirle que no es cuidarlo, como él hizo conmigo en su momento diciendo que no quería llevarme por el mal camino. Ahora yo, de éste lado, casi una década después, trato de llevarnos por el buen camino a ambos. Y duele. Pero es necesario.
Termino este 2022 triste. Fue un año muy generoso conmigo, pero en el que me llevé muchas sorpresas y, la del lunes, todavía sigue resonándome por dentro. Qué curioso todo que tengo que cuidar a la persona de todo lo que soñé que esa misma persona hiciera. Durante muchos años soñé con que un día Javier viniera y me dijera algo revelador. Y lo hizo, sí, lo hizo y cambió todo el final de una historia re difícil.
IV
A veces pienso que si le tengo que contar ésto a alguien me juzgarían mucho. Pero soy honesta si digo que a mí eso nunca me pasó con nadie. Que en lo cotidiano soy incorruptible. Que mandé a freír churros a tipos casados, o con novia, más de una vez. Y que para mí siempre estuvo perfecto. Siempre fue lo correcto.
Hasta que llegó Javier, ocho años después, y estando ambos en una relación, a ponerme una de las pruebas más dura a nivel afectivo. Y no fue un tipo cualquiera con una propuesta, sino que fue Javier, mi Javier, el mismo estúpido de toda mi vida, tocando otra vez la puerta. Si, el que viene es un Javier en pareja. Vos no vas a buscarlo en ningún lado y un día la vida te lo devuelve confesando todo, en pareja, cagandose en todo y sufriendo por la culpa que eso le da.
Ése fue el tipo que en abril me lo confesó todo. El tipo que conocí a los dieciocho años, que me miró con cara muy seria la primera vez que me vió y me pasó muy poca bola. El tipo que me pedía las empanadas de pollo porque no comía pizza. El tipo que veía mi vaso vacío y se levantaba a servirme bebida. El tipo que se quedaba en la oficina, esperando que saliera de la facultad y viajara cuarenta minutos, para volver juntos en su auto y me decía que lo hacía porque podía, porque quería, y que no importaba el peaje, el cansancio, la nafta o el estrés. Al tipo que me mandaba a averiguar a través de sus amigos como estaba, con los años. Al tipo que perdió el orgullo y más una vez quedó con la jeta pintada por querer acercarse a hablar nada más y llevarse una cara de culo mía. Al tipo que le dije las cosas más feas. Al que lo menosprecie siempre porque nunca se la jugó y que cuando se la jugó lo menosprecie porque fue tarde y lo acuse de querer sanear las frustración de su relación conmigo. Y le dije que la remera con otra que no soy yo. Y el me dijo que no se quería confundir y que le costaba mucho y yo le dije "no, no te confundas, estás loco, como te vas a confundir". Al tipo que me lastimó porque no podía hacerse cargo de lo que le pasó siempre. Que me dejó seis meses en pausa la mente y años en pausa el corazón... Ese fue el tipo que después de ocho años de historia no dicha, un día, vino a vomitarlo todo.
Siempre fue el mismo tipo. El tipo que sentía que no tenía nada para ofrecerme y que ahora, supuestamente, ofrecerme todo el sexo del mundo. Pero además, quiere saber de mí trabajo, del motivo de mí separación con Galeno, de mis sueños. De mí carrera universitaria. De mis hermanas. De la música que escucho. Del vino que tomo. Y que se quiere guardar para siempre la imagen mía arriba suyo, sonriendo, en medio de una catarata de placer permitido una única vez. Es el mismo. En el fondo, sigue siendo el mismo atemorizado que no se pone pone de acuerdo y me manda reels con gatitos lindos. O me escribe. El mismo que dice, ahora, "vení siempre, hagamos el amor, vení a tomar mate, vení a hablar de trabajo, vení cuando quieras". El que recién llegado de trabajar, aunque odie ese tipo de cosas, me recibe en su casa. Inclusive, para que lo cague a pedos.
Obvio que es mi momento de cuidarlo. ¿Cómo no lo voy a hacer? ¿Cómo no lo voy a cuidar? ¿Cómo lo voy a dejar cometer los mismos errores que lo atormentaron y por los que se sintió mal y por los que le dieron con un caño y lo hicieron cargo de cosas que no le correspondían del todo ? ¿Cómo le voy a decir que deje todo, que se cague en todo, y se quede conmigo? ¿Cómo voy a meterlo en problemas, escribiéndole, queriendo saber de alguien que no está a mi alcance? ¿Cómo lo voy a mandar al frente cuando no me pierde pisada en redes, cuando me dijo que se iba a acordar de todo para siempre mientras me veía y me devoraba?
¿Cómo le voy a decir lo que realmente se me cae del alma cuando lo veo querer abrazarme o tocarme el pelo? ¿Cómo voy a decirle que sí, que me quiero ir a cualquier lado consigo, que desearía que no existiera nada más que nosotros en una cabaña perdida, que sí quiero, que me muero de ganas? ¿Cómo le voy a decir que quiero que me escriba y que me mande reels y que me encanta reírnos? ¿Cómo le voy a decir que le veo los ojos cuando me mira y sé que no es solo calentura? Sé que, en el estado de desorden y de vulnerabilidad emocional que tiene, con una cosa que haga, Javier se entrega. Pero sé de la culpa que siente después, del miedo, de la ansiedad. De la responsabilidad que siente por hacerse cargo en mil sentidos de su pareja y de no querer que yo me enoje.
Aunque suene tonto, o enfermo, yo lo entiendo. Por eso no le digo lo que siento. ¿Para qué? ¿Para que sufra, se revuelva, la pase mal? ¿Para que se martirice otra década? ¿Para que no pueda tomar las decisiones? Prefiero hacerle ver a una mujer fría, a una pendeja de mierda, con tal de que esa sea una manera de controlar la situación.
Prefiero quedarme con todo eso para mí. Y decirle que no, que merece vivir en paz, que después se va a arrepentir, que a mi no me quiere, que sólo quiere tener sexo, y hacerme "la superada" para que no se ponga blando y atiene a mostrar un solo sentimiento. Prefiero hacerle pensar que yo también busco sexo, piel y carne, aunque en realidad no sea cierto, porque ambos tenemos personas de sobra que no tengan semejante historia detrás detrás. Porque prefiero decirle que está caliente conmigo, como si fuera un animal, para no tener que reconocer que uno del deseo se olvida con los años... pero que de otras cosas, no. Prefiero que piense que soy una trola, si quiere, no me interesa. Sé que mientras más lo aleje de mí, va a ser mejor, aunque en el medio sienta un dolor enorme. Porque claro, y yo también tengo un mejunje en el corazón, y lo que más desearía es que estuviera solo para poder hacer lo que realmente quiero, aunque solo fuera algo físico.
Pero es obvio que no hay otra alternativa que la que estoy tomando. Considero que me equivoqué lo suficiente. Y quiero ver si así se arregla todo.
Javier no está solo y yo no quiero complicársela. Lo quiero cuidar. Proteger de todo lo que se le puede venir. Dejarlo que siga su camino como mejor crea. Por eso, el otro día, le fui a decir que por favor pare. Sé que su vida entera es un lío. Sé que si él pudiera hacerlo con otra mujer, no lo haría, porque es todo un caso y porque siempre lo vi como un tonto dominado. Pero siempre amé, aunque con dolor, a ese tonto, a ese tonto dominado por alguien o por algo que lo alejaba de mí. Y ahora que se acercó de esta manera tan culposa es un deber dejarlo así. A ese tonto que jamás fue capaz de gritar al mundo lo que le pasa. De renunciar al qué dirán. Al que pudo pero muy tarde.
En cambio yo, sí fuí a renunciar. El lunes, en su casa, fui a renunciar a la persona que amé durante casi diez años, de las formas más silenciosas que alguien puede imaginar. Ni más ni menos. Lo hago porque quiero cuidarme, además. Y que lo diga después no implica que sea menos importante. Voy a cuidarme a mí. Voy a cuidarlo a ël.
Sé que es lo mejor para todos, para los dos... Que quizá aunque le diga que no, tampoco lo deje de querer ni desear como lo deseo, como jamás deseé a alguien. Pero es lo que tengo que hacer. No hay remedio. Yo voy a hacer todo lo que pueda para cuidarlo, para no llevarlo a lugares de mierda. Porque si le doy a elegir, va a elegir mal.
Mientras contengo las lágrimas, pienso lo conocida que me suena esa frase.