lunes, 28 de mayo de 2018

Adeudar


Actualmente, y al menos hasta mediados de Julio, estoy haciendo tres materias a la vez en la Universidad. En mi carrera eso suele ser un poquitín más de lo que se recomienda cursar, para quienes no tienen un trabajo formal. Ilustrando, para mis futuros colegas que laburan, se les aconseja hacer una o dos, en el mejor de los casos, dadas las exigencias que proponen. 

En mi caso, entre  cursada, trabajo temporal de algunas horitas por semana - lo cual me implica una organización todavía mayor - me atrasé, por decirlo de alguna manera, "dos clases". ¿Y qué son clases, qué son dos veces en todo un cuatrimestre de no haber llegado con los textos al día? 
Armar lo que denomino "las listas negras". 

 A la fecha, llevo un saldo negativo de: 

  •  DIEZ artículos críticos, filosóficos o informativos sobre variados temas (literatura, filosofía, historia; etc) sin leer, ni siquiera, por arriba (que alguien me explique qué entiende la gente con leer por arriba, porque yo, no sirvo con ello...) 
  •  una novela (de esas abultaditas que son "paraya") 
  • Tres cuentos. 


Sin embargo, acá estamos. Conservo la certidumbre de que podrán quemarse mis pestañas en los próximos días - y horas, en especial - pero alguna vez seré el conejo que se ralla la zanahoria de aquélla metáfora y se come una rica ensalada. 

¿Lo curioso?

Cuanto más tengo que leer, mayores también son mis ganas de escribir.

Y sí... Me estoy tomando un recreo. 

jueves, 24 de mayo de 2018

La veracidad del asco

Hace unos días escuché, en uno de esos programas bizarros de la tarde, que a una chica le habían dado su primer beso en vivo.  Aquello, con un dejo considerable de incredulidad, me llevó a pensar de inmediato en el primer beso. Es decir, en ese primer contacto con la boca ajena y pegajosa, mezcla de saliva y miedo, mezcla de desesperación y un dejo considerable de asco que, paulatinamente, va mutando hacia el disfrute… O casi.

Recordé expresamente la diferencia entre los besos que me dieron y los besos que yo dí. Recordé expresamente los besos en los que participé, los besos que rechacé y los besos que agradecí. Recordé los besos que me ofrecieron, los que no me alcanzó el tiempo para seguir prodigando y los que más asco me produjeron. Y, respecto del asco,  vaya paradoja, enseguida evoqué al primero de ellos, y a los que le siguieron a ese. Porque el descubrimiento, pasó por ahí mientras escuchaba el programa… El descubrimiento se basó en saber que nunca disfruté demasiado los besos, hasta ése día, aquél donde dí y me dieron mi primer beso de verdad al margen de los otros, de todos los otros, y de todos los que la vida me deparase.

      Descubrí, por ende, que pese al pudor, la vergüenza o la intención de escaparme de ese contacto demasiado íntimo a mi gusto, existió una persona con la cual aquello no fue, para nada, un intercambio de saliva, presuroso, casi electrificado. Y recordándolo, por esos días donde la vida se me había descontrolado por todos los ámbitos, hizo nacer un calorcito en la panza, una nostalgia dulce, igual que esos besitos.

II
A veces, cuando me hablan de Él, me cuesta reconocer en la descripción que me hacen los ajenos los vestigios del hombre que más quise. Tengo de su parte una memoria sensorial, ni más, ni menos.

 Ya hace años que olvidé de su voz, pero,jamás olvidé las caricias que me prodigó. Jamás me olvidé de los besos, con los que instaló una sucursal suya en mi alma, aflojándome las piernas, invitándome al infierno de la mano y con los ojos cerrados. Me olvidé su risa, o algunos de sus modismos, pero jamás olvidé la tortura de verlo en público, frente a todos y no poder evitarme desear que me agarre entre sus manos y me apretujase bajo sus brazos, llevándome al infinito. Me olvidé también de cuántas sillas tiene en la cocina de su casa, o de su número de teléfono comercial, pero jamás pude desterrar de mi memoria la vacilación tortuosa con la que, bajando por su cuello y mis clavículas, las besaba, aspiraba y mordía, casi en partes iguales.

No me acuerdo por completo su dirección, pero todavía parezco capaz de recrear cotidianamente el peso de sus dedos deslizándose por mi piel sin esfuerzo, con cuidado, estremeciéndome como por hectáreas de cariño y amor y deseo y terror y necesidad de que no dejase de hacerlo nunca, por favor, nunca.

III

Una noche mi hermana, con tono juicioso, me preguntó si no me daba asco dormir con un viejo. Al corriente de esos días él tenía más de cuarenta años y yo tenía solamente diecinueve. Poquísima era mi experiencia, mi contacto previo con los chicos y hasta conocerlo jamás había dormido ni siquiera con un compañerito del jardín. Hasta ése momento, todo contacto físico por más precario que fuera, con un chico, me había dado asco. 

¿Cómo le iba a explicar a mi hermana, quien había tenido sus primeras experiencias afectivas con una persona de su edad, lo que simbolizaba para mí dormir consigo? Iba más allá de lo etario sentirlo respirar por la noche, acostarme en su pecho y tener la necesidad de que el vaivén de su respiración fuera mi nana personal.  Iba más allá de lo etario verlo desvestirse, meterse bajo las mantas conmigo y que me pidiera los piecitos para calentármelos y pudiera yo quedarme agarrada de sus brazos, besándole la cara y que eso fuera para mí la osadía, el paraíso y el placer...  

Pero mi hermana, por esos días, cuando me veía llegar tarde – o demasiado temprano - a casa, trasladaba el asco de sus fantasías respecto de mi presente con la sucesiva pregunta. No era capaz de comprender lo que se sentía, y quizá, nunca sea capaz de hacerlo. Sólo se dedicaba a decir: ¿Cómo no te dá asco, de verdad no te da asco lo que estás haciendo? ¿Cómo no te da asco tocarlo, si es un viejo, si te lleva veinte años? ¿Cómo no te da asco que éste degenerado te toque? ¿Cómo te podés dejar poner las manos encima por ese viejo de mierda?

IV

No me acuerdo de dónde estaba la tecla de luz para pasar a su habitación, ni tampoco, de qué artista era el cuadro que tenía a la derecha en el cabecero de la cama.  Pero supongo que nunca podré olvidarme de la sensación y el vértigo que me producía quedarme a solas consigo, ni tampoco, de que Fontanarrosa estaba en el lado izquierdo de la habitación. No, parece imposible “des-evocarlo”. Nunca podré olvidarme el cosquilleo por todo el cuerpo, imparable, y sorprendente para mi mundo racional, que ocasionaba un beso en la frente, una caricia a la altura de la cintura, una mano escurridiza por debajo de la remera para tener mi cintura y mis vértebras en vivo y en directo, irradiando calor bajo sus manos.

Nunca veré estos recuerdos a través de la mirilla del asco, del descontento o del absurdo porque fueron las únicas sensaciones que me hicieron encontrarle el gustito a una vida que había pasado años sin comprender del todo.

V

Pasaron los años y nuevamente hablé una noche con mi hermana.  Acababa de llegar de una cita fallida y la sensación del pasado volvía a asaltarme: el asco, ése asco que nunca hubiera querido volver a experimentar, en relación a cosas que yo ya no quería volver a repetir. El asco por la ausencia de deseo, el asco por no saber interpretar los momentos, el asco por no entender los ritmos, el asco por la ausencia de tacto, o más bien, por el tacto no querido. Nunca supe muy bien por qué lloraba. Si era de rabia o de miedo, si era de temor o de renuncia, respecto del nunca volver a ser normal.  

Pero aún en medio del llanto, sin ruido, de esos que tienen todo de resignación, le pregunté qué entendía ella por amor. Me respondió y preguntó, acto seguido, qué entendía yo, por qué sentía asco de ése chico joven, bueno, que simplemente quería estar conmigo, quería quererme y darme besos y abrazarme y tocarme. Yo le dije que no quería y que lloraba por sentir que había retrocedido en el tiempo, por sentir que nunca iba a poder relacionarme en los parámetros de la normalidad si mi deseo era tan despótico, tan ingobernable, tan difícil de engañar.

 Me preguntó cómo era Él conmigo, si me había obligado a hacer algo que yo no quisiera en algún momento, cómo había sido la etapa de la que nunca hasta el momento había podido hablarle.  Entonces comprendí la diferencia, el motivo por el que mi hermana no podía entenderme: estaba atravesada por el prejuicio y creía que la culpa de todo la tenía aquél viejo, el esperpento que se me había cruzado en la vida a los diecinueve años, cosa que estaba totalmente alejada de la realidad.  Por lo que, sin enojo, haciéndole el mejor de los homenajes a su existencia, le conté paso a paso la noche donde me dió el primer beso y la torpeza, llena de deseo, con la que se lo devolví. Le conté sobre la noche donde rodeó mis pies imperfectos para darles calor y a mí un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, sin que se imaginara cuánto lo estaba amando en ese momento, solamente, por ese gesto. Le conté sobre la tardecita donde me dio un beso en la mano y sobre aquella otra noche donde por primera vez me abrazó en frente de toda la gente y no le importó, por suerte, al menos en ésa oportunidad, la diferencia de veintitrés años.  

Relaté, pausadamente, cómo había ido sacando y poniendo estructuras dentro mío, haciéndome de nuevo, pero al mismo tiempo, temiendo que me rompa.  Le expliqué cómo me había ido deslumbrando despacio con la premura y la precisión de su experiencia, pero al mismo tiempo, con la intensidad, el miedo y el deslumbramiento de toda su estupefacción por ver las formas en que iba aprendiendo a entregarme más allá del pudor, de la vergüenza, de mi mal genio o de mi aridez. Le expliqué que Él no me decía que era linda, sino que hacía que me sintiera hermosa, pero antes que nada, suya, hecha a su medida, completamente formulada para amarlo. Le expliqué que Él no me miraba con lujuria, sino, que me desbarataba los miedos con dulzura, con cariño, con cuidado, con paciencia. No escatimé en detalles que me llevaran a dar cuenta de cómo me robaba la nariz, me besaba las mejillas, me tocaba la nuca, me olisqueaba el cuello, me admiraba los dedos de las manos y acariciaba las uñas con cuidado. Vos pensabas que me daba asco tocarlo o que me toque, le pregunté.  Noté cómo sus ojos se iban llenando de lágrimas, mientras las mías iban bajando por mis mejillas, mechadas por algunas sonrisas lejanas. No olvidé decirle que con esas jornadas de aprendizaje tan particulares también me enseñaba a ser libre, a dejar de lado las preguntas y las medidas de tiempo cada vez que me tocaba, así fuera para hacerme un comentario o llevarme de la cintura dos veredas.

Y mi hermana oyó el relato sin interrupciones, con los ojos anegados en lágrimas. 

“Yo te juro que para mí, brillaba el mundo ¿sabés? Las cosas que hacía, todo lo que nunca había entendido para qué me pasaba, estando al lado tuyo, parecía tener un poco de lógica, mis acciones tenían un sentido, esa cosa de estar siempre como en contra de la normalidad, había desparecido.  Ya no me parecía mal el no encajar nunca con los chicos jóvenes porque yo encajaba consigo y su edad era lo de menos. ¿Qué me importaba que tuviera cuarenta y dos años? Me entendía tanto con él, era como si por dentro, mi alma, estuviera re contenta. Estaba llena, eso era, no me sentía vacía ni rara, no me importaba ser como era, si a cambio podía estar con él. Me sorprendía tanto haberme encontrado con alguien así, con quien las cosas fueran tan raras y tan dolorosas pero también tan fáciles, con quien todo se diera, con quien tuviera que calmarme e intentar pensar, y no obligarme a sentir.  Vos me decís que el amor para vos y * es cocinar un paty juntos y no saber si está listo, si le falta ¿no? Y sí, para vos yo entiendo que el amor es así y no me extraña que cada uno construya el amor a su modo. Por eso te digo que para mi el amor era haberlo encontrado, el verlo tomar mate o el verlo con sus pantalones color arena puestos y la camisa a cuadros y morirme de amor o verlo con la camiseta de fútbol y unas bermudas, y un par de zapatillas de montaña que nadaquever  y decir, puta, estoy hasta las manos, vení y dame un beso, no importa que estés traspirado y no quieras tocarme porque creas que me da asco, no boludo, no me dá asco"

Mi hermana se rió, levemente, mientras yo me limpiaba la cara. 

“Ahora, además, me doy que nunca sufrí tanto por alguien y que el sufrimiento es lo único que me hace saber que lo que pasó fue real. Te juro que  agradezco haber sabido, una vez por lo menos, lo que no era el asco y la incomodidad… Eso es lo que más extraño, pese a todo lo que pasó, a cómo vino después la mano ¿sabés?.  Por eso me puse así, porque es sentir de nuevo el asco, ese asco tan propio de todas las demás experiencias que no se comparan con el viejo. No sé en qué estaba pensando, no sé qué pensé que podía pasar con éste pibe, después de haber vivido otras cosas, pero lo que me acabo de dar cuenta es que con Él me pasaban las cosas que me tenían que pasar y que con éste pibe no me pasa absolutamente nada, al margen de la edad de ellos y al margen de mi edad. Porque me habré engañado en casi todo, para llegar hasta acá, pero el asco no miente, boluda.  El asco no miente....”.


domingo, 13 de mayo de 2018

"Puesto a consideración"

La frase que más enuncié, escribí o "ejecuté" (en términos de tomar al habla como un acto en si mismo) desde hace un tiempo a la fecha, fue:

 "Adjunto CV para que sea puesto en consideración" 



II

Estoy en la búsqueda - la primera búsqueda, la primera vez -, con la desorientación y la incertidumbre que traen aparejadas, de trabajo como Profesora de Literatura.

Es extraño pero, más allá de amar lo que hago, no me animaba a pararme frente a los demás, no sentía tener el conocimiento suficiente y me empequeñecía ante la idea, considerando que me faltan materias para recibirme.  Por eso, jamás lo había intentado, jamás me había convencido de merecerlo y jamás me había dicho "Si, Veinte, buscá, porque vas a encontrar". 

 Pensaba que sólo iría a estar lista cuando me quedaran dos o tres materias de posgrado -es decir, dos o tres materias que definen la orientación hacia una Licenciatura- para recibirme; pero supongo que algo más está pasando ahora que me impulsa a ésta búsqueda.  Supongo que estoy lista para intentarlo y que, en caso de no estar totalmente lista, lo que reste por aprender dependerá del ejercicio de la profesión, ni más, ni menos.

III

Sí, yo sigo buscando, desde hace meses. Busco mi espacio con una mezcla tan rara la que me circula por dentro, pero lo mismo intento, porque ya no quiero tener más miedo. Y cuando no aparece nada, lo mismo voy, y  lo sigo intentando, inclusive, en cada momento libre que tengo entre mi trabajo -temporal, de algunas horas por semana- y mis clases de la Universidad, lo que no es poco.

IV

Con esto no busco solamente, un trabajo formal. La indagación, la búsqueda, el mantener la esperanza respecto a lo que yo quiero para mí, y el mantener la calma cuando las cosas no salen como hubiera querido; representa el anhelo en si mismo de una etapa de mi vida distante, lo bastante opaca en ciertas cosas, donde la parvedad de ese presente se trasladó a un ideal futuro. Porque en los momentos donde las cosas se pusieron difíciles y me sentí triste, y no me encontré casi en ninguna parte, la única esperanza que tuve fue mi fascinación y mi amor por la literatura; el verme, llegado cierto espacio en el futuro, como una Licenciada en Letras, pudiendo trasmitir un poco del amor por los libros que eran mi balsa y mi rescate.

  ¿Cómo no seguir adelante, recordando cuánto lo deseaba, pese a que en el presente las cosas sean un poco extrañas, y los ritmos, más lentos?

V

 He llegado a darme cuenta, en lo concreto, que quiero trabajar de lo que estudio y recordar, con una mezcla de nostalgia, todo lo que pretendía de mi misma un par de años atrás, sabiendo que lo logré.  Por eso, dejé los miedos de lado, y me prometí hacer todo lo posible para perseguir lo que deseaba y lo que me parecía tan imposible, en el afán de demostrarme a mi misma que no es del todo así.

 Porque cambiar la historia, también, es saber que la chica que a los quince años soñaba con esto como si estuviera realmente lejos, hoy es una mujer que empuja para hacerse los sueños realidad.  Sí, aquí está el quid de la cuestión:  el esta búsqueda se inmiscuye todo lo que alguna vez fueron mis primeros proyectos, mis primeros sueños, los primeros índices de llevar los anhelos a la realidad.

Y es esa adolescente, debajo del perfil de una veinteñera algo excedida, quien hace fuerza. Y cuando "se le caen las propuestas" a este mujer que soy, sigue adelante y hace más fuerza. Y cuando las propuestas no llegan, hace mucha más fuerza y me dice "no te angusties, todo pasa, para bien y para mal".

Entonces, yo también sigo adelante desde el presente y me llamo a la paciencia y me centro en el trabajo, en el estudio y en lo que está, mientras que esté.

Deseando que quizá, un buen día, esa fuerza y esa constancia hacia lo que se ama, me lleve hacia donde lo soñé, y retribuya todo cuanto aposté a través de los años, para volverlo realidad y vivirlo en la realidad.



martes, 8 de mayo de 2018

Ocho de mayo



En su día, aplauso, medalla - o velita, bah - y beso. 

Vale decirle gracias por acompañarme siempre, inclusive en la concreto, es decir, dentro de la mochila, en medio de los auriculares y la billetera.  

lunes, 7 de mayo de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Antes del final...


- ¿Ya te vas, vos? - musitó. 

Junté mis últimas cosas, ayudando a un compañero, y asentí. 

- Sí, esperá que te saludo - lo frené, con la mirada. 

Esperó, pacientemente. Aprovechó a saludar a  otros compañeros dejándole a cada uno una palmada en la espalda o un beso en la mejilla. Luego de una breve mirada me le acerqué y encaré derecho a su robustez. Todavía recuerdo el silencio que se produjo a nuestro alrededor, cuando Él me envolvió en un abrazo contundente, preciso y fuerte; abriendo el campo a consideraciones diferentes, y sin soltarme, me dió un beso en la mejilla. ¿Si me avergoncé? Claro que no, si hasta puse mis pies en punta para poder alcanzarlo y pasarle las manos por el cuello. Cuando quise darme cuenta, no en vano, recuerdo cómo me llamó la atención ese arrebato.  

- Chauuu - musité, remolonamente.  

¿Qué pasaba con el mundo? ¿Era real lo que vivía? Estaba abrazándolo como si no nos fuéramos a ver nunca más, cuando en realidad las cosas eran felizmente distintas. Me sentía dentro de un contexto casi sacralizado, pero real, sí, porque éso era real; aunque momentos dejara de parecérmelo.

II 

*meses después 

-Che, *** - lo llamé por el diminutivo de su nombre, en susurros - Te saludo yo, porque me estoy yendo ya. 

Me miró, extrañado. 

- ¿Ya? 
- Sí, se están yendo todos. 
- ¿Te vas a tomar el colectivo hasta tu casa? - me preguntó, dudoso. 
- Sí, si - le confirmé para dejarlo tranquilo. 

Me acerqué a saludarlo y me correspondió el beso en la mejilla, pero sin ganas. Quedé entonces vacilante, intentando entender qué pasaba. 

- Yo me voy con *** (su amigo)... - me comentó. 
- Dale, no hay problema... Igual, si nadie te llevaba hoy que estás a pata, yo te sacaba el boleto... - lo burlé, con cariño.  

Se rió. 

- Te lo digo para que vengas...  - me explicó - ¡Vamos!
- No, olvidate, acá en frente espero el colectivo - le señalé - ¿para qué voy a ir?  
- ¿Me querés decir qué me importa el colectivo, a mi? No quiero que te quedes acá, cagada de frío, esperando el colectivo. Excusas, siempre me ponés excusas... - sacudió la cabeza - ¿Cuál es el problema, si también lo alcanzamos a ***? - se refirió a otro compañero.
- No es ningún problema - lo calmé - Es que yo ya estoy acostumbrada, ya me acostumbré así... - argumenté.
- ¿Y? ¿No te podés desacostumbrar por veinte cuadras?  ¿Cómo te voy a dejar a pata a vos? Además hace frío, dale, ya estuviste chupando frío toda la mañana, no seas cabezadura... 

Suspiré 

- ¿Vos pensás que soy vivo dentro de una caja, no? - lo miré, extrañada, realmente muy extrañada. 

- Nooooo cabezona, que no - insistió, riéndose - Vamos, dale, no me pongas caritas - insistió, agarrándome por la cintura.   Luego de una breve deliberación, suspiré, porque me condujo con su mano y mi terquedad se derrumbó. A través del contacto, me vencía, básicamente, por la dulzura. 

Subimos, entonces, al auto de su amigo, conocido mío, pero antes que nada, conviviente en la frontera opuesta. Él, considerando los participantes de esa odisea automovilística, se puso en el asiento trasero, cediendo la parte del acompañante. Miró a mi compañero, me dejó pasar en medio, y se sentó a mi lado. De primera mano, no entendí esa salvedad, pero me quedé pensando en ella.  Viajar juntos no me pareció un motivo para que estuviera incómodo, pero lo cierto es que lo estaba: había algo en esa cercanía -respecto del otro- que no le terminaba de gustar. Lo miré, intentando darme cuenta dónde estaba el escollo y me correspondió enseguida, con los ojos, entonces me di cuenta que de haber sido por su buena voluntad, no hubiera existido un compañero del otro lado, haciéndome de valla.

  Acerqué mis piernas para su lado en una clara intención de demostrar preferencia y, enseguida, empezó a inquietarse. Caí, entonces, en la cuenta de debía controlar mis impulsos, esa inmanencia que me hacía pretender estar cada vez más cerca suyo incluso en los pequeños detalles, para que no se pusiera nervioso en público. 

- ¿Vos venís hoy a la noche? - me preguntó. 

Un compañero le hizo un comentario sobre fútbol, en el mismo momento. El señor Piecapiedritas, presente en el mismo contexto, se empeño en distraerlo. Él, sin embargo, luego de unos instantes de dispersión, me miró esperando que le conteste. ¿Dije alguna vez que no me gusta interrumpir a las personas cuando están hablando, pese a que no me hagan contar con la misma deferencia? 

- Sí - le susurré, en voz muy baja, aprovechando el sonido de la radio. 
- ¿Y cómo vas a venir? - me indagó. 
- Voy a ver más tarde bien lo que hago... - musité, trazando un corte diagonal al tema - Un cohete, quizá. 

Se rió. 

- Te busco ¿querés? 
- No, no... No sé a qué hora me voy a terminar de arreglar, además, entre que me cambio, me maquillo... Se te va a hacer tarde...   - me negué. 
- No, dale, más tarde te llamo... - sonrió. 

Lo miré, considerando que no era lugar para confrontarnos.
Estaba, para cuando lo recordé, en la puerta de casa.

- ¿Es acá, no, Veinte?
- Sí, gracias por el empujón - sonreí - Nos vemos.
- Nos vemos a la noche - dijo Él y lo miré con cara de estúpida - Hablamos. 
- Dale, hablamos...  - dije, aprovechando que ya era mi turno de bajarme. 

Un rato después, mientras estaba tomando unos mates con mi mejor amiga, me escribió.

- ¿A qué hora paso a buscarte? ¿Tipo 21.30? - decía su texto.

Y yo aceptaba, diciéndole que sí. Porque ¿qué le iba a faltar al mundo?


Luego de una ducha y de un enorme período frente al espejo, lo esperé. Pasó por mí en una de las noches más felices y tristes que recuerdo ( fue dulce, y a la vez, también amarga; fue la de nuestra despedida). La salida estuvo bien, es decir, igual que estaba todo mientras fuera suya la compañía. Luego de eso, fuimos a cenar dentro de un inmenso grupo de conocidos, y gente que frecuentábamos en común. 

Bajamos de su auto, ambos, mientras charlábamos de sus sobrinas y de su madre. 

- ¿Necesitás que te ayude con algo? - le susurré - ¿Con las nenas? 
- No, tranqui - sonrió - Va a estar todo listo acá, hay reserva. 

Lo miré, extrañada. 

- No sabía. 
- No, no sabías - sonrió, divertido, con ojos pícaros.
- Ah, me encanta el nivel de participación que me das... - lo burlé.
- ¿Que yo te doy? - me reí, porque en ciertos momentos tengo la mente sucia.
-  Que usted me da, sí, sí señor - susurré, muy despacio, mientras traspasábamos el umbral de la puerta. 

Nos acercamos a la mesa y empezaron a distribuirse los lugares. Instintivamente, sin pensarlo, me senté del lado donde estaba su familia y no del lado donde estaban también mis compañeros. Cuando me percaté del hecho y de la mirada de su madre, disimulé y me alejé un poco su lado. Sin embargo, Él,  me retuvo con su brazo,

- ¿Qué? ¿A dónde vas? Sentate acá,  vení - me hizo un gesto.  
- Acá va tu mamá, tu tía, las nenas...  - le dije, en voz muy baja, intentando ser discreta.
- ¿Y? - se rió e hizo señas a su amigo, a la otra punta de la mesa para que no me reservara lugar de ése lado de la trinchera. 

Me miró, de nuevo, desconcertado y yo rehuí su mirada. Sentarme de su lado, dejando de lado a mis compañeros, tenía una carga simbólica muy fuerte. Llegar a los eventos con su familia, y pasar a buscar a su familia, juntos, de antemano, también. Progresivamente, estaba dejando de ser su compañera, o su amiga, para pasar a ser su acompañante, su despareja. ¿Es que no se daba cuenta cómo, de a poco,  comenzaba a crecer la exposición, o al menos, a disminuir el disimulo?

Por mi parte, ni qué decir cuánto me gustaba, aunque en la misma medida en que me asustaba. Nunca antes habia tenido un novio, y aquéllo, era lo más parecido; por eso lo mío iba entre el escepticismo, la cautela y la cuota inevitable de amor.  Nunca antes había tenido que dar cara a una familia, a una especie de suegra que me triplicaba la edad y, tampoco, al mejor proyecto de suegro que hubiera podido desear en el mundo. Y, pese a que a todos los había conocido en otro contexto, la carga simbólica que por esos días se me estaba imprimiendo, no hacía más que engrandecerse a cada paso que Él daba en favor de una vida que deseaba al menos en apariencia.  Ojalá, solía decime en esas épocas, Él no se arrepintiera. Ojalá todos esos ajustes inmediatos valieran finalmente la pena. 

- ¡Listo, ya estamos! - me tomó de la mano, considerando que yo estaba buscando el modo de escurrirme

- Pasa que acá se tiene que sentar tu tía, y tu mamá o las nenas...  - le expliqué, nuevamente - Yo después veo dónde me siento, en serio, no hay drama. Quedate tranquilo. 

Negó con la cabeza, burlón. 

- Sentate acá, al lado mío... - consideró. 

Sonreí y se me acercó. 

- Primero, voy a buscar una silla y vemos dónde la emboco... - musité, cerca de su oído.

Me miró, con cara de sonso, como si nada.

- ¿Por qué me hacés renegar?  

Lo miré, con una ceja enarcada. ¿Renegar?

- Vos creés que me podés mandar, a mí... Por eso, renegás - lo burlé - Es en vano, señor...
- Te mando a buscar una silla, especialmente...
- Me manda, él, me manda, me manda tanto - musité, con voz de inocente paloma.

Se rió. Me frenó, tomándome de la mano, moviendo enérgicamente la cabeza como si dijera "ay, ay, Veinteava, Veinteava..."

- Che, *** ¿me hacés un favor? - le gritó, todavía agarrado a mi mano - ¿Me pasás esa silla? 

Le pasaron una silla, en cuestión de segundos. No sin cierto recelo, considerando la actitud masculina, monopólica y diferente que había tomado en torno a todos esos meses. ¿Quién iba a decir que el mismo tipo con quien el primer día no habíamos cruzado ni una mirada - porque él estaba hablando por teléfono, sumido en sus asuntos, y yo estaba sumida en mis integración - iba a ser también el hombre que se preocupaba incluso del aire que yo respiraba?

Me resultaba extraño admitirlo pero, para mí, esa clase de cosas, estaban bien. No llegaban a molestarme, no me sentía invadida ni condicionada. Al contrario. Era la clase de persona que tenía un balance entre mi espacio libre, mis amigos, la Universidad, y, al mismo tiempo, quien ponía cara de trabajo de parto si me iba a casa sola, arriba de un colectivo, y lo dejaba con la proposición en la mano, teniendo que aguantársela. Aunque siempre compartía la pretensión de estar consigo  no quería ni exponerlo ni perjudicarlo, no quería que se lo cuestionara y tampoco pretendía que se sintiera avergonzado frente a todos sus conocidos y a toda su familia, que lo conocía, y lo veía bajo los influjos del caso. Yo sabía que Él se iba a acobardar, yo sabía que Él no iba a pasarla bien en medio de esa tormenta, y por eso, buscaba evitarla con todas mis fuerzas. Mi intuición, equiparando la falta de experiencia, me ayudaba a ser sabia.

III

Bajé la vista siguiendo el recorrido de ése mobiliario, hasta que Él lo acomodó a su lado. Cuando buscó mis ojos, también lo miré, enternecida. Me hizo un gesto caballeroso, por lo que tomé asiento primero, como era de esperarse.  Asumí, con ese ramalazo de ternura que me invadió el cuerpo - desconocido para mí hasta entonces- que me encantaba que hiciera esas cosas, porque sabía cuánto significaban, estando en el ojo de la tormenta, en la mira del prejuicio, en la gesta de la exposición. 

- Voy a ir al baño, ahora vengo...  - le anticipé, necesitando aire, unos minutos después, mientras los demás elegían la comida.  

Me alejé unos pocos metros y atravesé el salón, repleto de personas, grupos de personas celebrando la víspera del Día del Amigo.  Mientras volvía, de lejos, lo ví trajinar algo con sus sobrinas dulcemente. Me acerqué a su lado, bajo la mirada de toda su familia y de la cuota de conocidos en común, sabiendo que estaba distraído y partoleteando sobre otros asuntos. Observé su espalda, su nuca, ese punto donde la vida parecía recortarse a través de su perfil y me dije que era una cosa extraña, pero igual de hermosa, tenerlo tan a la mano, al corriente de mis sentimientos, al corriente de los acontecimientos, luego de haberlo soñado y anhelado durante tantos meses. 

- ¿Puedo? - musité, poniendo una mano en su hombro. 

Se corrió, haciéndome espacio, sonriéndome levemente, más que con su rostro, con sus ojos; como si yo le cayera realmente bien.  

- ¿Estás cómoda? 

Asentí, convencida. 

- ¿Qué te sirvo? ¿Cerveza? 

Sonreí, y asentí. Esas pequeñas llamaradas de ternura, de su parte, me hacían sentir una privilegiada.  Se acercó, a mi lado, en plan de cuchicheo.

- ¿Pidieron de comer, ya?
- Sí, sí. Te pedí comida- me avisó.
- ¿Sí?
- Sí, pedí lo que comés vos ¿te gusta? - me sonrió.

Lo miré, sorprendida. 

- ¿Qué pasa? - me preguntó - Si querés, cambialo, eh. 

Aguanté la risa.

" Que sos un tierno, hijo de puta", me dije. 

- No, no, está perfecto eso... No me pasa nada - dudé - ¿Por? 
 - ¿No te querías sentar acá?
- ¿Cómo te parece que no voy a querer?

Sonrió.

¿Te daba cuiqui? ¿Un poquito así?  - bromeó. 

Me reí, porque Él no se daba cuenta pero su madre, de reojo, me dedicaba miradas de estupor y desconcierto. ¿Qué decir cuando la habíamos pasado a buscar juntos? La viejita me había mirado descolocada, sin entender demasiado bien por qué, de un momento al otro, el menor de sus hijos andaba conmigo de aquí para allá.   ¿Y qué decir de la cara de esa mujer que me miraba con gesto desconfiado, como si yo no fuese digna? Que Él me tratase en público, dentro de lo que podía asumir, como si fuera yo la Primera Dama, le impedía notar las leves transformaciones en su madre.   Pero a mí, no. Y aunque su tía fuera hincha de éste equipo, y lo mismo su padre, la señora que lo había traído al mundo era más conservadora.

¿Podía decirle todo eso? No, sin dudas, yo sabía que no sumaba en nada, y que en el fondo, tampoco era algo de vida o muerte. 

- Pensé que no alcanzaba el lugar de éste lado... - le expliqué. 

Asintió, muy concentrado, sirviéndome la comida. 

- Gracias - dije y lo miré a los ojos, todo calladito, aplicado, para que nada se caiga.

Me miró, por unos segundos, con ternura. Tenía ganas de acariciarle la cara, y darle un beso en la mejilla, y otro pegadito a los labios, para agradecerle tanta amabilidad. Hacía pocos días que había vuelto del viaje y había pasado semanas almacenando amor. A esa altura el amor y el deseo de manifestarlo se me escapaba a raudales, aunque tuviera que mantener ciertas formas.

- De- na - da - susurró - ¿Ya se te pasó el cuiqui? ¿Pensabas que no te iba a hacer un lugarcito? 

Sonreí. 

- Igual, no hacía falta, eh - le aclaré -  No me enojo, yo, sé entender las cosas, los contextos - dije solamente.  

Me miró. 

- ¿Qué ibas a hacer si no podías comer al lado mío? - preguntó, pícaro. 

Me encogí de hombros, luego de beber un trago de cerveza, y me quedé mirándolo. 

- Y nada, qué iba a hacer... - dije, con cara de sufrimiento - Me la iba a aguantar, como una señorita con mi cara de circunstancia, no quedaba otra... - sonrió - No se puede andar a los codazos por la vida - fingí consternación. 

Miró a su alrededor, y yo me evité hacerlo, para no tener que enfrentarme a lo que sabía que estaba pasando y no me interesaba confirmar. Luego suspiró,  con ciertos aires divertidos, que detecté enseguida y se puso algo introspectivo. Lo miré, hasta que se acercó muy cerca, como si me quisiera contar un secretito.

- ¿Qué estás pensando? - musité.
- Nada, nada - sacudió la cabeza, como los nenes, ocultando algo.
- Decime, dale - me reí, pudiendo sentir su olor, la marea de aquél perfume que me llegaba hasta los huesos.
- Nada, nada - se rió.

Me reí y miré a mi alrededor, desconcertada.

- Sos peor que los nenes, vos - dije, solamente y miré a nuestro alrededor, dispuesta a aclarar los términos.  Mis compañeros disimularon las miradas de siempre y lo mismo gran parte de su familia. Lamenté mucho que su padre no estuviera esa noche, porque en él siempre encontraba un comentario copado, un trato preferencial y, en esencia, la aceptación de todo eso que se traslucía a sus anchas. Él siguió ajeno a todo al menos en apariencia, me miró de reojo quizá intentando interpretar mis intenciones.

-  Me estás ocultando algo... - musité, encarándolo de lleno - ¿Te sentís bien? ¿Estás bien?
-  ¿Vos pensabas que ibas a tener que andar a los codazos? ¿No te das cuenta que si no había lugar... - dudó, y se me acercó, disimuladamente - te sentabas a upa mío y listo? No ibas a ir a sentarte allá, tan lejos. 

Lo miré, sorprendida.
Se puso un poco colorado.
Y yo, de pronto, me sentí sofocadísima.

- Ah, bueno...  - me reí, avergonzada y me acerqué más a su oído - Me cambió la vida esa revelacion - lo pinché.

Se rió, sin mostrarme los dientes y me miró con los ojos relampagueando.

- Una boluda bárbara, yo, pidiendo silla... - asumí - Tengo mi banca personal, qué privilegio.
- Hija de puta - se rió, solapadamente.

Seguí comiendo, con tranquilidad.

Un compañero se puso a contar una anécdota, otro a hablar sobre la cancha y a Él lo hicieron reír mucho. Me alegré de verlo feliz, me alegré de estar así consigo, me alegré inclusive de esos juegos de seducción solapados.  ¿Quién iba a decirlo de mí, por esos días? Definitivamente ese hombre tenía un nivel de potestad tan grande en mi corazón que me había despertado un nivel inaudito de deseo, imposible de ser atribuido a alguien más.

- ¿Está rico lo tuyo? - me preguntó.

Soplé mi bocado.

- Sí - dudé - ¿Querés probar? Es rico, en serio - le acerqué mi plato y empecé a prepararle un bocado.

Sonrió.

- No, no, gracias, comé tranquila - dijo - Comé vos, que no comés nada...
- No puedo, ahora...

Me miró, con aires serios.

- ¿Por? ¿Qué pasa, te falta algo? -  preguntó, frunciendo el ceño.
- Son incómodas estas sillas - le dije, con un aspecto muy solemne.

Solamente me sonrió, cayendo en la trampa, e intentando con enorme esfuerzo guardar las formas en público.

- Sos tan mala conmigo, vos... - suspiró - ¿Qué querés que haga? - pasó algunos dedos por su frente, como si la posibilidad lo perturbara.

Miré mi plato y seguí comiendo, encogiéndome de hombros.

- ¿Qué querés que haga? - insistió, sólo para molestar.
- Que hables antes ... - admití, aguantando la risa - No sabía que tenía licencias.
- Licencias, dice... - musitó, mirándome, admirado - Las damas no se pueden quedar sin asiento y vos... ¡menos!
- Qué caballero, un aplauso, por favor... De haberlo dicho antes ... - musité, con la misma cara de tonta.

Se rió y sacudió la cabeza en silencio, levemente; me lo quedé mirando como si me hubiera convertido en una mayorista de amor. O, como solía decirme, lo miré con "esas caras que yo hago, terribles" que nunca sé cuáles son (eso es algo que todos los tipos me dijeron, todos, todos, todos...). 

-  Por favor, no me mires con esa cara - dijo solamente.

Comprendí que si lo miraba me iba a tentar de risa. No tenía idea de la cara con la que lo estaba mirando, simplemente, porque se me daba natural. ¡No podía darme la cabeza contra la mesa, para cambiarla a riesgo de que me hiciera quedar en evidencia!

- No sé qué cara...  - musité y seguí comiendo.

Él, en cambio, dejó de comer.  Puso las manos sobre su boca, como si estuviera rezando. De reojo, percibí ese movimiento, ese cambio abrupto en su estado que lejos estaba de la paz.

- Tío, mirá esto - le dijo su sobrina, de casualidad, señalándole algo que estaba mirando por un aparatejo.

Él miró. Yo, al estar tan cerca de ellos, miré un poco de reojo el asunto.

- Está bueno, sí - comentó, con algo de dispersión - ¿*** se durmió? - preguntó, en referencia a su otra sobrina.
- Sí, cayó muerta...  - le dijo su madre - Estuvo de acá para allá con *** todo el día...
- ¿Querés que vaya a buscar un buzo al auto, así la tapamos?
- No, está bien así - le dijo su mamá - Acá está calentito...

Asintió con la cabeza, callado.

 -Cualquier cosa decime, vieja, que voy... - la previno.

Lo escuche, en ese gesto de dulzura, y el estómago se me dió vuelta.  Me encantaba que fuera así, atento, con todo y al mismo tiempo, así, atorrante, con todo.

- ¿Vos, estás bien?
- Sí, todo bien
-  ¿No tenés frío? - me preguntó, siendo que era una noche muy poco amigable, una noche realmente fría.

En cuanto lo escuché, me dió ganas de gritar a los cuatro vientos: "¿no ves que sos lindo, lindo como vos solo?".

- No, estoy bien... - dije, apenas.
- Estás desabrigada... - me miró.

Sonreí y le puse cara de hartazgo como si le dijera que era un poco intenso (rompe, bah).

- Tengo el tapado en tu auto, igual... - le recordé - No estoy taaaaan desabrigada.
- ¿Querés que vaya a buscártelo?- sonrió y me miró, pensativamente.
- No, acá está muy bien. Calentito.
- Yo estoy bien, también - comentó. 
-   Vos nunca tenés frío. Por eso yo me siento cerca...

Se rió.

- ¿Ya empezamos?
- Sí.
- Piedad, teneme piedad.
- ¿Qué vas a hacer, pobrecito de vos, no?
- Sí, pobre de mí, pobre... - se rió.
-  En serio, estoy bien - afirmé.
- ¿Porque decís que yo nunca tengo frío?
- Porque siempre estás abrigado, y además, porque siempre tenés las manos calentitas... Yo tengo las manos frías ¿ves? - dije y toqué el dorso de su mano, discretamente, por un segundo muy breve.

- Los viejos tenemos frío, - aludió - por eso nos abrigamos.
- No es el caso de hoy - miré su camisa, de reojo.

Se rascó la barba.  Comió un par de bocados más, sonriéndose. Otro compañero me preguntó algo, su sobrina le hizo una caída de ojos hermosa y finalmente nos dispersamos.  Hablaban del resultado del partido, cuando retomó la charla:

- ¿Comiste bien? ¿Necesitás algo más? - me miró, mirando levemente a su alrededor, aunque más allá de nuestra mesa.

- No soy manca, querido... - le dije, con ironía, sólo para divertirnos - No te preocupes, tranqui, que si me falta algo lo pido o lo busco. ¿Vos necesitabas algo? - quise saber. 

Mofó. 

- No, pero...  - dijo, y se quedó callado de un modo muy abrupto, que enseguida me produjo dudas. 

Enarqué una ceja. 

- ¿Pero... qué? ¿Necesitas algo? 

Sacudió la cabeza. 

- ¿Y entonces, qué pasa? - insistí. 
- Nada. 

No le creí .

- ¿Qué pasa, ***? - musité, impaciente.  

- Que te miran todos los tipos a vos...  - dijo - Cuando entramos, te miraron todos los tipos.

- Mhmmm - asentí con la cabeza descolocada por su respuesta. Quizá había notado algo mientras yo había estado obnubilada con su sola existencia - ¿Qué tipos?
- Si ibas a buscar una silla, te iban a mirar todos los tipos que están sentados para allá.

Miré a los tipos, con disimulo, y lo miré a Él, estupefacta.

- Ah, por ahí venía la mano de tanta amabilidad - espeté, con cierto resentimiento.

Se rió, abiertamente y se acercó un poco con ello, sin poder evitarlo.

- No, no, no - me atajó - Es que están todas las barras de tipos ahí, te miraron todos cuando entraste. Porque estás... - lo miré, exigiéndole respuestas - vestida así... 

Apreté los labios para no reírme. No le importaba si tuviera o no frío, en el fondo, le daba bronca si alguien me miraba y por eso había intentado solapadamente que me abrigase. Pero la gente estaba dispuesta a mirar, siempre, y yo en ese sentido había empezado a entender desde muy pequeña cuán indiscreta podía ser. Aún mismo hubiera ido vestida más llamativa o menos llamativa - cosa que era una vestimenta casual la mía -, el problema se hallaba en los otros y no en mí. No era una sorpresa que me dijeran que estaban mirándonos, y en especial, si me había agarrado de la cintura a cambio, en cuanto habíamos entrado. Veintitrés años nos llevábamos, y la gente, en ese sentido, es muy de asombrarse todavía, pese a todo, de éstas cosas.  ¿Creían que no lo iban a mirar? ¿Creía que de afuera no se notaba las formas, los modos, las miradas o todo lo denotativo por medio de lo gestual, al margen de las apariencias? No en vano su madre me estaba mirando de otra forma aún mismo ya me conociera de antes. A la vista quedaba ya el sentido que iba tomando ese vínculo que, aunque parecía de amigos a primera vista, lejos estaba  de serlo. De haber esto solos, lo hubiera abrazado, me hubiera colgado de su cuello y le hubiera llenado la cara de besos para demostrarle con quién estaba comiendo. ¿Desde cuándo le preocupaba la ropa, el entorno o quien se me acercara? Nunca lo había visto angustiarse por eso, en especial, siendo un tipo grande...  Y confieso que, de acuerdo a su edad, esa postura celosa me sorprendía porque no eran unos celos animados, vigorosos, sino, más bien, unos celos resignados, vencidos, como si cualquier hombre en el mundo fuera mejor que Él.

- A ver, "te miran todos los tipos por cómo estás vestida", decime una cosa...  - lo frené - ¿Qué pasa con eso, cuál es el tema? - espeté, ya seria.

El Negro se puso colorado. Me causó entre gracia y ternura la forma en que me lo decía, como si sufriera, como si fuera un nene con esos "reclamos". Recordé la vez en que casi mutilé a una mujer con la mirada, allá por Microcentro, que se lo quedó mirando con carita de pelotuda.  Recordé que a mí, por primera vez, me salió una llamarada de los pulmones por querer mandarla a China, siendo semejante atrevida (¡no sé de qué te extrañas, nena, somos dos seres humanos ¿viste?)   Entonces, lo comprendí: no solamente yo había sido hasta ese entonces una persona desaprendida. No, Él también era una persona tan desapegada, por momentos, que parecía poder prescindir de los demás, por lo que verlo un poco celoso me descolocaba y tomaba carácter de hallazgo.

Sin embargo... 

- Me alegro que te pongas colorado - musité  -  porque es cualquiera que me critiques la ropa. Es cualquiera, mal - insistí. 
- Igual, no te lo digo mal, no la critico ni en pedo... - sonrió, dulcemente - No te estoy criticando, para nada- me aclaró, de nuevo - Pero está lleno de tipos este lugar y...  - dijo, con un dejo de disimulo, usando su tono un poco vacilante - Y ya cuando entraste se te quedaron mirando... - añadió - Les llamás la atención.

Lo miré de reojo y no le dije nada. Yo me había dado cuenta de que tenía razón cuando me había ido al baño, pero... ¿para qué dársela? Obstinada en manejarme a mi manera, negué con la cabeza, restándole importancia a su comentario. ¿Cómo explicarle que ni aún mismo lo amara yo iba a permitir que se pusiera en esa postura sufriente por su propia inseguridad? ¿Cómo explicarle que aún mismo fuera un mecanismo de seducción en ese entonces, y yo lo supiera, por uno de mis costados, bien en el fondo, no quería que dudara?  

-  Uh, imaginate lo qué dirían si yo me siento a upa tuyo ¿no?...  - ironicé - Se les caen los ojos. 
- Van a mirar, pero por otra cosa... 
- Y, sí...  - me reí y bebí un poco más de cerveza- ¿Por qué se irían a fijar en una chica comiendo arriba de un señor, en un lugar público, no?  
- Porque se les van los ojos con vos... - la siguió, riéndose.
- Pero yo voy a estar sentada arriba tuyo, tomándote la cerveza y comiéndote la comida sin dejarte pinchar nada... Y voy a estar robándote los pedacitos de todo, y si me pedís, voy a tener un sapo en la barriga y voy a darte solo pedacitos, cuando quiera, porque mirá que decís boludeces, eh...  

Se rió. 

- ¿Por qué sos mala? 
- Porque quiero hacerte escarmentar por tu comentario...  - bromeé. 
-  ¿Por qué me torturás? 
- Porque no quiero que te fijes en lo que hacen los demás, ni si me miran, si no me miran; no vale la pena... 

Se rió.

- ¿Usás siempre esa ropa? - me miró, ávido de detalles - Nunca te la ví.
- Síp - dije, mintiéndole.
- ¿Ah sí? - se puso serio.
- Sip.
- Mhm - dijo - Bien, bueno - se la bancó, como es debido.
- ¿Sabés para ir a dónde?
- No
- A que me griten cosas, me toquen la cola, todo - ironicé - La verdad que disfruto un montón que miren la cola y no la cara, te juro que es una sociedad tan cuerda que voy por la vida plena... Plenísima...  - espeté, agresiva.

Se rió, tapándose la cara. Lo había pillado.

Eran unas calzas negras comunes y corrientes, sólo que más ajustadas que el resto de las cosas que usaba por esa época, y estaban acompañas por una camisa entallada. Nada del otro mundo, ni siquiera, nada lujoso (porque nunca fui una chica que tuvo demasiada ropa).


- ¿Te dicen muchas cosas por la calle, no? - pensó en voz alta. 
- Sí. Se tiran de los balcones los tipos...  - ironicé, argumentando - Es como el poema de las chicas de Flores de Girondo, más o menos así - lo burlé. 

Me miró, celoso y sonriente.  Lo miré y le hice un guiño de ojos.  Comí y se mantuvo en silencio.  Esperé a que bajara el nivel de acidez en mi humor, a que distrajera con alguna otra cosa, para volver a abordarlo con la parte de dulzura que siempre se correspondía en ese balance de opuestos. 

- ¿Te sirvo más cerveza? - me preguntó, antes de rellenar su vaso.

Aunque intentaba distraerse, estaba pendiente de los tipos, de sus amigos, de nuestros compañeros. Y a mí me importaba todo el Universo tan poquito... 

Asentí

- ¿Puedo  hacerte una consultita...? - asintió, me sonrió y se me acercó.

Estaba muy cerca, sí, muy cerca y el mundo ya se me había perdido entre los dedos desde hacía rato, por lo que sin desperdicio, aspiré su perfume adormecedor. Era el aroma más rico de todos, insustituible y me volvía loca de amor haciendo que quedase anulado  cualquier otro ser humano a la redonda. ¿Cómo se iba a poner a fijarse en mi ropa si para mi todo su cuerpo estaba expeliendo un aroma que me dopaba?

- Te escucho - asintió. 

Crucé las piernas, disimuladamente, y las acerqué a las suyas, un poquito más de lo habitual. Pegué el brazo al suyo, y aprovechando la leve inclinación de mi cabeza, apoyé también una de mis manos sobre su antebrazo. Todo, en esencia, como si le dijera " vení, no te pongas así...". 

- ¿Con quien estoy? 

Me miró y miró para abajo. 

- ¿Con quién, qué? - dijo, desorientado - ¿Estás? 
- ¿Con quién estoy comiendo en este precisisisismo momento? - le pregunté. 

Sonrió. 

- ¿Conmigo? - dudó. 
- Uh, bueno... ¡menos mal que lo reconocés! - reí.  

Suspiró. 

- Conmigo, sí... - se carcajeó. 

Disimulé ante la mirada curiosa de su madre. 

- ¿Y para qué te imaginás, entonces, que me dije "Veinte, ponete estas calzas con esta camisita de jean y esta remerita"? - lo miré - Además de para mí, obvio, pensé en otros aspectos...  - le aclaré. 

Se rió, y de nuevo, se puso colorado. 

-  ¿No tenés idea? 
- No sé, yo...  - admitió, poniendo su cara de perro mojado - No sé...  
- Nunca sabe nada, pobrecito, nunca sabe él... - ironicé  y se rió, sacudiendo la cabeza-  No uso estas calzas, casi nunca, porque me da vergüenza cómo me quedan para que me las vea todo el mundo... - le dije la verdad - No soy de andar mostrando la cola a los cinco vientos y menos las voy a usar para ir a la facultad... - musité - Me dan asco los tipos babosos y para no ir puteándome con el mundo por la calle, siendo como son, prefiero ir más discreta.

Sonrió, reblandecido.

- Ya sé eso yo...
- Y bueno, entonces... ¿Qué te pensás?
- Yo pensé que las llevabas a estudiar... - sonrió.
- ¿Estás loco? - me reí-  No, me muero del pudor, además, los tipos están zarpados.
- Igual, vos podés hacer lo que quieras - me advirtió, atajándose.
- ¿Lo que quiera? - le advertí también- Yo ya sé que soy libre pero ¿puedo hacer lo que quiera en todo el mundo? - bromeé.

Asintió, sin dudarlo ni un segundo.

- ¿Me puedo sentar con vos, entonces, o me vas a seguir criticando la ropa? - le pregunté.

Se me quedó mirando unos momentos, pensativo.

Finalmente, me sonrió.

- Yo a vos no te critico nunca...
- Me hacés café rico cuando te lo pido en los momentos cruciales... - lo adulé - ¿No?

De nuevo, me miró pensativo, sonriéndome.

¿Qué o quién me iba a avisar lo que se aproximaba?
¿De qué había caído en la cuenta, a través de esas preguntas?
¿Qué no se consideraba capaz de soportar?

Esa cena nunca tuvo el aspecto de ser la última.

Supongo que por eso, unas horas después, casi al amanecer, estaba en mi habitación y no podía entender por qué se había acobardado. Qué había salido a la luz, qué había sido tan determinante, durante esa cena, antes del final.


sábado, 5 de mayo de 2018

Salvavidas

Escribir es lo que me sostiene cuando estoy muy triste. Me asombra que sea capaz, pero aunque no lo parezca, la vida con sus posibles y con sus imposibles, sí se puede representar en dos oraciones. O tres. 

miércoles, 2 de mayo de 2018

Punta Cana

Anoche me acosté con un fuerte dolor en el cuello. Tomé un mio-relajante, bastante fuerte, que me ayudó a dormir temprano y... - sí, tienen permitido reír - soñé que estaba de vacaciones en Punta Cana, con uno de mis pretendientes, y que me encontraba a una de mis hermanas.

 A ella, en confianza, "se lo decía": " Vinimos con ****. Ah, ¿no te dije que salía con él? Y sí, al final, me ganó por cansancio y acá estamos, vinimos, por suerte, nos coincidieron las vacaciones.  Se fue a buscarme una cerveza, pobre. Yo creo que me voy a buscar para hacer yoga ¿vamos, boluda?" 



¿Qué me decía mi hermana?  Lo de siempre: ¿no tenés algo más lindo para ponerte? ¡Estás en Punta Cana, boluda, no seas crota! 

Del susodicho, es mejor ni hablar. Cuando pienso en eso, ya no me quiero reír tanto como mientras me centro en la parte más divertida del sueño. 

¿Lo más curioso? Yo no sabía cómo eran las playas de Punta Cana, ni siquiera, a través de fotos. Nunca me había interesado, en particular, por su apariencia. Sin embargo, cuando me levanté, por curiosidad decidí buscar algunas imágenes, para ver qué era "en realidad" estarse en Punta Cana. 

Juro que los paisajes de mi sueño y los paisajes reales, eran iguales. Juro que, si en algún momento llego a ir a la esquina con el pretendiente - esto viene de hace rato, me es complicado abordar el tema - no voy a usar el adjetivo "pobre...". No soy así de despectiva en la realidad. 


martes, 1 de mayo de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Eterno retorno

Me había tomado unos meses de descanso, desvinculándome lo mayor posible de mi grupo de pertenencia cultural. Pretendía dispersarme, en ese momento, de un contexto y de una presencia que rivalizaba con todo lo que yo consideraba necesario para poder estar tranquila. Luego de casi un mes y medio de vacaciones mentales, para poder pensar, para volver a relacionarme de otra manera, dejé de ausentarme sin aviso de todas las actividades y convocatorias. 

A Él, pese a que había pasado un lapso considerable de tiempo desde "la amputación" y pese a que todavía estaba en pareja con La Señora, yo lo seguía queriendo. Sí, lo seguía queriendo a la distancia,  y eso que era mucha, sin que pudiera evitarlo. Y pese a que me refugiaba en un enojo que me hacía sentir fuerte, ante lo impredecible de su abordaje, me resultaba muy complejo ser testigo de sus contradicciones entre la vida razonable y la otra vida que yo estaba representando por esos días; porque yo quería respetarlo, yo quería hacer las cosas bien, teniendo en cuenta un montón de pequeños detalles que Ella sí notaba - y por eso me dedicaba tales miradas- y de los que Él no parecía poder darse cuenta, respecto a su propia actitud.  Más allá de mi cara de perro, me volvía endeble y vulnerable aunque jamás se lo demostrara,. Pretendía cuidar una imagen y respetar una decisión suya que había tomado respecto a cómo vivir y en la que le había jurado jamás meterme. Ella no me interesaba, en lo absoluto, pero, en cambio, Él sí; y no quería que tuviera problemas, ni siquiera, la más leve tribulación por culpa de mi existencia. 

¿No le había dado vuelta la vida, casi un año antes? Bueno, la cuestión pasaba por dejarlo en paz, a mi manera de ver, con veinte años.  No sospechaba, todavía, que la paz no dependía de mí, sino, de la fortaleza para saber aplacarse a si mismo. 

II 

Cuando llegué al evento, ese atardecer, saludé a todos los compañeros que tenía a la vista. Me recibieron con un dejo de sorpresa, con mucha alegría y me llenaron de abrazos. Ése fue el momento donde me di cuenta que los extrañaba a todos, que en el fondo los quería y que la balanza se equiparaba más a favor que en contra, dejándolo al margen a Él.  Pero a Él, precisamente, era en extremo complejo no atribuirle un espasmo, nada más verlo.  Así, el retorno, parecía inacabable. 

Se acercó a saludarme con el rostro muy serio y la mandíbula dura. 

- Hola, Veinte - dijo nada más. 
- Hola - dije, y seguí hablando con un compañero que tenía al lado. 

Al momento, todo, pareció empezar a marchar bien... Quizá -recuerdo que me dije lo bastante sorprendida- habían venido muy bien los dos meses de distancia; ya no se iba a esconder debajo de la cama y la susodicha se iba a dejar de mirarme fastidiosamente. ¿Por qué no? Podía suceder. 

III 

El factor desencadenante fue, paradójicamente, el hijo de uno de mis compañeros. Recién nacido, el pequeño, recibía los elogios en esa presentación cuasi social que estaba transitando y, todos, en diferente medida, desprendían piropitos en su favor.   De refilón, disimulando lo bastante, miré que el bebé le tiraba los brazos a Él, en un gesto inesperado. Ella, a su lado como siempre, a modo de satélite vital, se reía, dispersa; sin embargo, Él atendía al pequeño, agarrándole la mano con mucha mayor atención.  "Lo único que falta es que ahora le den ganas de ser papito con ésta", recuerdo que pensé, lo bastante maléfica.  No sospeché, sin embargo, que el bebito me iba a ver a mi, un rato después, y automáticamente iba a tirarme los brazos, por lo que cuando sucedió quedé bastante aturdida. Su mamá, por el contrario, sonrió y me dijo que le caía bien; notamos que incluso  el pequeño sostenía una sonrisa mientras me miraba.  

- Te está tirando los brazos - admitió, orgullosa. 

- Es hermoso, mira qué cachetitos que tenés vos - me acerqué un poco, para no asustarlo, muy suavemente. 

El nene insistió, con las manitos. 

- ¿Lo querés tener? Es increíble, pero se quiere ir con vos... - se rió. 
- ¿Puedo? Sí, dale - acepté, y me lo pasó. 




En cuanto el padre del niño me vió, se sorprendió por el hecho y lo elogió. Lo mismo hicieron mis compañeros, circulando por allí, a los que no les di demasiada importancia. El pequeño me miraba, me sonreía como los dioses y aprovechaba para tocarme el pelo, o estirarme las manitos hacia la cara, especulando con agarrarme los aros. Yo, embelesada, me lo quería morfar con cuchillo y tenedor, por lo cual le cantaba y lo arrullaba, temerosa de que se sintiera incómodo en un torso que le era ajeno. 

Creo que por estar tan vinculada a ese momento, al margen de los comentarios simpáticos de todos mis compañeros, jamás esperé nada más de ese cuadro, ni tampoco, que Él se acercara o que dijera algo. Meses antes había sido la misma persona que pronunciaba "yo no voy a poder darte hijos cuando vos me los pidas"  aún mismo yo jamás lo hubiera ni siquiera especulado; por lo que, consideré, nada de ese mundillo le interesaba y mucho menos, conmigo, por algo me lo estaba avisando con tanto temor.  Pero se acercó en silencio, estando yo con el nene en brazos, y se quedó a mi lado, callado. 

Nosotros no nos hablábamos. 
Nosotros hacía casi un año que ya no hablábamos. 
Nosotros no éramos amigos. 
Nosotros no nos podíamos ni mirar. 

Y Él, como si no hubiera podido evitarlo, aún mismo estando en presencia de su Ella, recortó la distancia entre mi estar con el niño y su lejanía, en menos de un segundo. 

Cargándolo todavía, en cuanto estuvo lo suficientemente cerca de nosotros, el bebito lo miró y también le estiró la manito, igual que había hecho un rato antes. Yo no fui capaz de levantar la cabeza, ni de decirle nada, ni de cambiar de posición,  casi en ningún momento. Me había quedado paralizada y, además, estaba intentando no conmoverme, actuar con normalidad. ¿Estaba en condiciones de decirle "la estúpida de tu novia en este momento nos está mirando muy mal, andate", o no ? No, no me correspondía, iba a quedar como la jovencita estúpida, portadora de quilombos; pero lo cierto es que así era. Desde una distancia mediana, Ella, estaba siendo testigo del cuadro y el último calificativo para su mirada era amorosa, más bien, todo lo contrario, como si la culpable fuera yo y como si se lo quisiera sacar (nunca entendí por qué las mujeres se la agarran con la otra en cuestión si el problema, por lo general, es el miembro de la pareja que lo deja entrar donde no debería), cosa que pese a lo mucho que todavía lo seguía queriendo, no iba a ser así. 

- Holaaa - musitó, mirándolo al niño con amor y tomándole la manito que sobresalía de su cuerpito, el cuerpo que yo tenía entre mis brazos y estaba arrullando - ¿Sabés que sos muy lindo, vos? - insistió. 

Me lo quedé mirando, honestamente, muriéndome por dentro. Estaba hermoso, como pocas veces visto, pero además, estaba haciendo algo cruel luego de dos meses de distancia.  ¿Por qué, precisamente cuando al nene lo estaba cargando yo, se le ocurría acercarse? ¿Por qué no había tenido el mismo gesto, un rato antes, con ella? La oportunidad le había sido dada, yo lo había visto y, sin embargo, al menor descuido de La Señora, Él estaba parado a mi lado con cara de estúpido, piropeando al nene mientras le sonreía de todos los posibles modos y a mí se me hacía un nudo en la garganta, que no me dejaba hablar. 

Acomodé al chico sobre mí, mirándolo, sabiendo de su presencia, sin dirigirle la palabra. No, en el fondo no estaba enojada, pero me era más fácil sentir que me ofendía su reacción a reconocer que me seguía derruyendo por dentro, porque con esa clase de cosas, daba cuenta de cuáles eran los aspectos razonables y cuáles seguían siendo las cosas, las personas y las imágenes que lo excedían. 

Era la primera vez que yo me ponía, frente a Él, en una actitud más maternal, cuidaba de un niño, le hacía mimos y lo sostenía entre mis brazos. No porque quisiera llamar la atención de nadie, sino, simplemente, porque la situación se había dado y el nene me había resultado una ternura.  Era la primera vez para mí, por otra parte, que lo veía a Él darle pelota a un niño, aún mismo, estuviera en brazos de la persona con la que "sentía -cosas, le pasaban cosas -  pero no podía - seguir adelante con eso, bancárselo, hacerse hombre". Era, lo entiendo hoy, la única manera que tenía de acercarse luego de casi dos meses de no verme la cara. 

No en vano, cuando confirmó que la táctica de usar intermediarios no iba a surtir efecto, se alejó en silencio. No en vano, Ella lo esperó, desde atrás, como si no estuviera decidida a interrumpir ese momento, al margen de la enorme cara de trasero que me estaba dedicando a espaldas suyas, y en cuanto Él se enfrentó a su presencia, le devolvió algo parecido a una sonrisa, pasándole una mano por el hombro. Ella, en cambio, me regaló una linda rebajada y, acto seguido, luego de hacer pipí donde consideró necesario, se dió media vuelta con su "amado" , tocándolo como si dijera "mirá que él es mío, pendeja".  

Yo me quedé con el niño, por dentro, pensando en muchas cosas. Me pregunté si alguna vez iba a mostrarle esa cara baja, mezquina e idiota al señorito al que se la pasaba prendiéndole velitas. Después, al instante, recordé que no lo conocía como yo, que a Ella no le había tocado el lado que a mí me había merecido, y eso, era todo lo que nos distanciaba.  

Cuando pasó el impacto,  miré al nene, todavía entre mis brazos. Con un dedo, suavemente, le toqué la nariz y la mejilla.  Con un dejo de humor, le dije: "¿vos te diste cuenta, no? Despertás pasiones.. Muy lindo sos vos, querido, muy muy muy lindo, dice la gente que sos; y tiene razón ¿sabías?".  El nene ésa vez no fue quien se rió con cara de inocente palomita. 

Sin embargo, haciendo que comprenda el sistema o al menos un poco más la actitud inesperada de Él, varios compañeros varones coincidieron en una frase que me hizo mucho ruido: 

- Che, te queda bien ese bebé, Veinte; lo bien que se queda con vos, miralo...  ¡Cómo se te ríe! 

Ahí la que se quiso reír fui yo. 
Me resultaba mucho mejor que llorar. 
La cobardía suya estaba, inaplazable, a la orden del día.