I
- ¿Ya te vas, vos? - musitó.
Junté mis últimas cosas, ayudando a un compañero, y asentí.
- Sí, esperá que te saludo - lo frené, con la mirada.
Esperó, pacientemente. Aprovechó a saludar a otros compañeros dejándole a cada uno una palmada en la espalda o un beso en la mejilla. Luego de una breve mirada me le acerqué y encaré derecho a su robustez. Todavía recuerdo el silencio que se produjo a nuestro alrededor, cuando Él me envolvió en un abrazo contundente, preciso y fuerte; abriendo el campo a consideraciones diferentes, y sin soltarme, me dió un beso en la mejilla. ¿Si me avergoncé? Claro que no, si hasta puse mis pies en punta para poder alcanzarlo y pasarle las manos por el cuello. Cuando quise darme cuenta, no en vano, recuerdo cómo me llamó la atención ese arrebato.
- Chauuu - musité, remolonamente.
¿Qué pasaba con el mundo? ¿Era real lo que vivía? Estaba abrazándolo como si no nos fuéramos a ver nunca más, cuando en realidad las cosas eran felizmente distintas. Me sentía dentro de un contexto casi sacralizado, pero real, sí, porque éso era real; aunque momentos dejara de parecérmelo.
II
*meses después
-Che, *** - lo llamé por el diminutivo de su nombre, en susurros - Te saludo yo, porque me estoy yendo ya.
Me miró, extrañado.
- ¿Ya?
- Sí, se están yendo todos.
- ¿Te vas a tomar el colectivo hasta tu casa? - me preguntó, dudoso.
- Sí, si - le confirmé para dejarlo tranquilo.
Me acerqué a saludarlo y me correspondió el beso en la mejilla, pero sin ganas. Quedé entonces vacilante, intentando entender qué pasaba.
- Yo me voy con *** (su amigo)... - me comentó.
- Dale, no hay problema... Igual, si nadie te llevaba hoy que estás a pata, yo te sacaba el boleto... - lo burlé, con cariño.
Se rió.
- Te lo digo para que vengas... - me explicó - ¡Vamos!
- No, olvidate, acá en frente espero el colectivo - le señalé - ¿para qué voy a ir?
- ¿Me querés decir qué me importa el colectivo, a mi? No quiero que te quedes acá, cagada de frío, esperando el colectivo. Excusas, siempre me ponés excusas... - sacudió la cabeza - ¿Cuál es el problema, si también lo alcanzamos a ***? - se refirió a otro compañero.
- No es ningún problema - lo calmé - Es que yo ya estoy acostumbrada, ya me acostumbré así... - argumenté.
- ¿Y? ¿No te podés desacostumbrar por veinte cuadras? ¿Cómo te voy a dejar a pata a vos? Además hace frío, dale, ya estuviste chupando frío toda la mañana, no seas cabezadura...
Suspiré
- ¿Vos pensás que soy vivo dentro de una caja, no? - lo miré, extrañada, realmente muy extrañada.
- Nooooo cabezona, que no - insistió, riéndose - Vamos, dale, no me pongas caritas - insistió, agarrándome por la cintura. Luego de una breve deliberación, suspiré, porque me condujo con su mano y mi terquedad se derrumbó. A través del contacto, me vencía, básicamente, por la dulzura.
Subimos, entonces, al auto de su amigo, conocido mío, pero antes que nada, conviviente en la frontera opuesta. Él, considerando los participantes de esa odisea automovilística, se puso en el asiento trasero, cediendo la parte del acompañante. Miró a mi compañero, me dejó pasar en medio, y se sentó a mi lado. De primera mano, no entendí esa salvedad, pero me quedé pensando en ella. Viajar juntos no me pareció un motivo para que estuviera incómodo, pero lo cierto es que lo estaba: había algo en esa cercanía -respecto del otro- que no le terminaba de gustar. Lo miré, intentando darme cuenta dónde estaba el escollo y me correspondió enseguida, con los ojos, entonces me di cuenta que de haber sido por su buena voluntad, no hubiera existido un compañero del otro lado, haciéndome de valla.
Acerqué mis piernas para su lado en una clara intención de demostrar preferencia y, enseguida, empezó a inquietarse. Caí, entonces, en la cuenta de debía controlar mis impulsos, esa inmanencia que me hacía pretender estar cada vez más cerca suyo incluso en los pequeños detalles, para que no se pusiera nervioso en público.
- ¿Vos venís hoy a la noche? - me preguntó.
Un compañero le hizo un comentario sobre fútbol, en el mismo momento. El señor Piecapiedritas, presente en el mismo contexto, se empeño en distraerlo. Él, sin embargo, luego de unos instantes de dispersión, me miró esperando que le conteste. ¿Dije alguna vez que no me gusta interrumpir a las personas cuando están hablando, pese a que no me hagan contar con la misma deferencia?
- Sí - le susurré, en voz muy baja, aprovechando el sonido de la radio.
- ¿Y cómo vas a venir? - me indagó.
- Voy a ver más tarde bien lo que hago... - musité, trazando un corte diagonal al tema - Un cohete, quizá.
Se rió.
- Te busco ¿querés?
- No, no... No sé a qué hora me voy a terminar de arreglar, además, entre que me cambio, me maquillo... Se te va a hacer tarde... - me negué.
- No, dale, más tarde te llamo... - sonrió.
Lo miré, considerando que no era lugar para confrontarnos.
Estaba, para cuando lo recordé, en la puerta de casa.
- ¿Es acá, no, Veinte?
- Sí, gracias por el empujón - sonreí - Nos vemos.
- Nos vemos a la noche - dijo Él y lo miré con cara de estúpida - Hablamos.
- Dale, hablamos... - dije, aprovechando que ya era mi turno de bajarme.
Un rato después, mientras estaba tomando unos mates con mi mejor amiga, me escribió.
- ¿A qué hora paso a buscarte? ¿Tipo 21.30? - decía su texto.
Y yo aceptaba, diciéndole que sí. Porque ¿qué le iba a faltar al mundo?
Luego de una ducha y de un enorme período frente al espejo, lo esperé. Pasó por mí en una de las noches más felices y tristes que recuerdo ( fue dulce, y a la vez, también amarga; fue la de nuestra despedida). La salida estuvo bien, es decir, igual que estaba todo mientras fuera suya la compañía. Luego de eso, fuimos a cenar dentro de un inmenso grupo de conocidos, y gente que frecuentábamos en común.
Bajamos de su auto, ambos, mientras charlábamos de sus sobrinas y de su madre.
- ¿Necesitás que te ayude con algo? - le susurré - ¿Con las nenas?
- No, tranqui - sonrió - Va a estar todo listo acá, hay reserva.
Lo miré, extrañada.
- No sabía.
- No, no sabías - sonrió, divertido, con ojos pícaros.
- Ah, me encanta el nivel de participación que me das... - lo burlé.
- ¿Que yo te doy? - me reí, porque en ciertos momentos tengo la mente sucia.
- Que usted me da, sí, sí señor - susurré, muy despacio, mientras traspasábamos el umbral de la puerta.
Nos acercamos a la mesa y empezaron a distribuirse los lugares. Instintivamente, sin pensarlo, me senté del lado donde estaba su familia y no del lado donde estaban también mis compañeros. Cuando me percaté del hecho y de la mirada de su madre, disimulé y me alejé un poco su lado. Sin embargo, Él, me retuvo con su brazo,
- ¿Qué? ¿A dónde vas? Sentate acá, vení - me hizo un gesto.
- Acá va tu mamá, tu tía, las nenas... - le dije, en voz muy baja, intentando ser discreta.
- ¿Y? - se rió e hizo señas a su amigo, a la otra punta de la mesa para que no me reservara lugar de ése lado de la trinchera.
Me miró, de nuevo, desconcertado y yo rehuí su mirada. Sentarme de su lado, dejando de lado a mis compañeros, tenía una carga simbólica muy fuerte. Llegar a los eventos con su familia, y pasar a buscar a su familia, juntos, de antemano, también. Progresivamente, estaba dejando de ser su compañera, o su amiga, para pasar a ser su acompañante, su despareja. ¿Es que no se daba cuenta cómo, de a poco, comenzaba a crecer la exposición, o al menos, a disminuir el disimulo?
Por mi parte, ni qué decir cuánto me gustaba, aunque en la misma medida en que me asustaba. Nunca antes habia tenido un novio, y aquéllo, era lo más parecido; por eso lo mío iba entre el escepticismo, la cautela y la cuota inevitable de amor. Nunca antes había tenido que dar cara a una familia, a una especie de suegra que me triplicaba la edad y, tampoco, al mejor proyecto de suegro que hubiera podido desear en el mundo. Y, pese a que a todos los había conocido en otro contexto, la carga simbólica que por esos días se me estaba imprimiendo, no hacía más que engrandecerse a cada paso que Él daba en favor de una vida que deseaba al menos en apariencia. Ojalá, solía decime en esas épocas, Él no se arrepintiera. Ojalá todos esos ajustes inmediatos valieran finalmente la pena.
- ¡Listo, ya estamos! - me tomó de la mano, considerando que yo estaba buscando el modo de escurrirme
- Pasa que acá se tiene que sentar tu tía, y tu mamá o las nenas... - le expliqué, nuevamente - Yo después veo dónde me siento, en serio, no hay drama. Quedate tranquilo.
Negó con la cabeza, burlón.
- Sentate acá, al lado mío... - consideró.
Sonreí y se me acercó.
- Primero, voy a buscar una silla y vemos dónde la emboco... - musité, cerca de su oído.
Me miró, con cara de sonso, como si nada.
- ¿Por qué me hacés renegar?
Lo miré, con una ceja enarcada. ¿Renegar?
- Vos creés que me podés mandar, a mí... Por eso, renegás - lo burlé - Es en vano, señor...
- Te mando a buscar una silla, especialmente...
- Me manda, él, me manda, me manda tanto - musité, con voz de inocente paloma.
Se rió. Me frenó, tomándome de la mano, moviendo enérgicamente la cabeza como si dijera "ay, ay, Veinteava, Veinteava..."
- Che, *** ¿me hacés un favor? - le gritó, todavía agarrado a mi mano - ¿Me pasás esa silla?
Le pasaron una silla, en cuestión de segundos. No sin cierto recelo, considerando la actitud masculina, monopólica y diferente que había tomado en torno a todos esos meses. ¿Quién iba a decir que el mismo tipo con quien el primer día no habíamos cruzado ni una mirada - porque él estaba hablando por teléfono, sumido en sus asuntos, y yo estaba sumida en mis integración - iba a ser también el hombre que se preocupaba incluso del aire que yo respiraba?
Me resultaba extraño admitirlo pero, para mí, esa clase de cosas, estaban bien. No llegaban a molestarme, no me sentía invadida ni condicionada. Al contrario. Era la clase de persona que tenía un balance entre mi espacio libre, mis amigos, la Universidad, y, al mismo tiempo, quien ponía cara de trabajo de parto si me iba a casa sola, arriba de un colectivo, y lo dejaba con la proposición en la mano, teniendo que aguantársela. Aunque siempre compartía la pretensión de estar consigo no quería ni exponerlo ni perjudicarlo, no quería que se lo cuestionara y tampoco pretendía que se sintiera avergonzado frente a todos sus conocidos y a toda su familia, que lo conocía, y lo veía bajo los influjos del caso. Yo sabía que Él se iba a acobardar, yo sabía que Él no iba a pasarla bien en medio de esa tormenta, y por eso, buscaba evitarla con todas mis fuerzas. Mi intuición, equiparando la falta de experiencia, me ayudaba a ser sabia.
III
Bajé la vista siguiendo el recorrido de ése mobiliario, hasta que Él lo acomodó a su lado. Cuando buscó mis ojos, también lo miré, enternecida. Me hizo un gesto caballeroso, por lo que tomé asiento primero, como era de esperarse. Asumí, con ese ramalazo de ternura que me invadió el cuerpo - desconocido para mí hasta entonces- que me encantaba que hiciera esas cosas, porque sabía cuánto significaban, estando en el ojo de la tormenta, en la mira del prejuicio, en la gesta de la exposición.
- Voy a ir al baño, ahora vengo... - le anticipé, necesitando aire, unos minutos después, mientras los demás elegían la comida.
Me alejé unos pocos metros y atravesé el salón, repleto de personas, grupos de personas celebrando la víspera del Día del Amigo. Mientras volvía, de lejos, lo ví trajinar algo con sus sobrinas dulcemente. Me acerqué a su lado, bajo la mirada de toda su familia y de la cuota de conocidos en común, sabiendo que estaba distraído y partoleteando sobre otros asuntos. Observé su espalda, su nuca, ese punto donde la vida parecía recortarse a través de su perfil y me dije que era una cosa extraña, pero igual de hermosa, tenerlo tan a la mano, al corriente de mis sentimientos, al corriente de los acontecimientos, luego de haberlo soñado y anhelado durante tantos meses.
- ¿Puedo? - musité, poniendo una mano en su hombro.
Se corrió, haciéndome espacio, sonriéndome levemente, más que con su rostro, con sus ojos; como si yo le cayera realmente bien.
- ¿Estás cómoda?
Asentí, convencida.
- ¿Qué te sirvo? ¿Cerveza?
Sonreí, y asentí. Esas pequeñas llamaradas de ternura, de su parte, me hacían sentir una privilegiada. Se acercó, a mi lado, en plan de cuchicheo.
- ¿Pidieron de comer, ya?
- Sí, sí. Te pedí comida- me avisó.
- ¿Sí?
- Sí, pedí lo que comés vos ¿te gusta? - me sonrió.
Lo miré, sorprendida.
- ¿Qué pasa? - me preguntó - Si querés, cambialo, eh.
Aguanté la risa.
" Que sos un tierno, hijo de puta", me dije.
- No, no, está perfecto eso... No me pasa nada - dudé - ¿Por?
- ¿No te querías sentar acá?
- ¿Cómo te parece que no voy a querer?
Sonrió.
¿Te daba cuiqui? ¿Un poquito así? - bromeó.
Me reí, porque Él no se daba cuenta pero su madre, de reojo, me dedicaba miradas de estupor y desconcierto. ¿Qué decir cuando la habíamos pasado a buscar juntos? La viejita me había mirado descolocada, sin entender demasiado bien por qué, de un momento al otro, el menor de sus hijos andaba conmigo de aquí para allá. ¿Y qué decir de la cara de esa mujer que me miraba con gesto desconfiado, como si yo no fuese digna? Que Él me tratase en público, dentro de lo que podía asumir, como si fuera yo la Primera Dama, le impedía notar las leves transformaciones en su madre. Pero a mí, no. Y aunque su tía fuera hincha de éste equipo, y lo mismo su padre, la señora que lo había traído al mundo era más conservadora.
¿Podía decirle todo eso? No, sin dudas, yo sabía que no sumaba en nada, y que en el fondo, tampoco era algo de vida o muerte.
- Pensé que no alcanzaba el lugar de éste lado... - le expliqué.
Asintió, muy concentrado, sirviéndome la comida.
- Gracias - dije y lo miré a los ojos, todo calladito, aplicado, para que nada se caiga.
Me miró, por unos segundos, con ternura. Tenía ganas de acariciarle la cara, y darle un beso en la mejilla, y otro pegadito a los labios, para agradecerle tanta amabilidad. Hacía pocos días que había vuelto del viaje y había pasado semanas almacenando amor. A esa altura el amor y el deseo de manifestarlo se me escapaba a raudales, aunque tuviera que mantener ciertas formas.
- De- na - da - susurró - ¿Ya se te pasó el cuiqui? ¿Pensabas que no te iba a hacer un lugarcito?
Sonreí.
- Igual, no hacía falta, eh - le aclaré - No me enojo, yo, sé entender las cosas, los contextos - dije solamente.
Me miró.
- ¿Qué ibas a hacer si no podías comer al lado mío? - preguntó, pícaro.
Me encogí de hombros, luego de beber un trago de cerveza, y me quedé mirándolo.
- Y nada, qué iba a hacer... - dije, con cara de sufrimiento - Me la iba a aguantar, como una señorita con mi cara de circunstancia, no quedaba otra... - sonrió - No se puede andar a los codazos por la vida - fingí consternación.
Miró a su alrededor, y yo me evité hacerlo, para no tener que enfrentarme a lo que sabía que estaba pasando y no me interesaba confirmar. Luego suspiró, con ciertos aires divertidos, que detecté enseguida y se puso algo introspectivo. Lo miré, hasta que se acercó muy cerca, como si me quisiera contar un secretito.
- ¿Qué estás pensando? - musité.
- Nada, nada - sacudió la cabeza, como los nenes, ocultando algo.
- Decime, dale - me reí, pudiendo sentir su olor, la marea de aquél perfume que me llegaba hasta los huesos.
- Nada, nada - se rió.
Me reí y miré a mi alrededor, desconcertada.
- Sos peor que los nenes, vos - dije, solamente y miré a nuestro alrededor, dispuesta a aclarar los términos. Mis compañeros disimularon las miradas de siempre y lo mismo gran parte de su familia. Lamenté mucho que su padre no estuviera esa noche, porque en él siempre encontraba un comentario copado, un trato preferencial y, en esencia, la aceptación de todo eso que se traslucía a sus anchas. Él siguió ajeno a todo al menos en apariencia, me miró de reojo quizá intentando interpretar mis intenciones.
- Me estás ocultando algo... - musité, encarándolo de lleno - ¿Te sentís bien? ¿Estás bien?
- ¿Vos pensabas que ibas a tener que andar a los codazos? ¿No te das cuenta que si no había lugar... - dudó, y se me acercó, disimuladamente - te sentabas a upa mío y listo? No ibas a ir a sentarte allá, tan lejos.
Lo miré, sorprendida.
Se puso un poco colorado.
Y yo, de pronto, me sentí sofocadísima.
- Ah, bueno... - me reí, avergonzada y me acerqué más a su oído - Me cambió la vida esa revelacion - lo pinché.
Se rió, sin mostrarme los dientes y me miró con los ojos relampagueando.
- Una boluda bárbara, yo, pidiendo silla... - asumí - Tengo mi banca personal, qué privilegio.
- Hija de puta - se rió, solapadamente.
Seguí comiendo, con tranquilidad.
Un compañero se puso a contar una anécdota, otro a hablar sobre la cancha y a Él lo hicieron reír mucho. Me alegré de verlo feliz, me alegré de estar así consigo, me alegré inclusive de esos juegos de seducción solapados. ¿Quién iba a decirlo de mí, por esos días? Definitivamente ese hombre tenía un nivel de potestad tan grande en mi corazón que me había despertado un nivel inaudito de deseo, imposible de ser atribuido a alguien más.
- ¿Está rico lo tuyo? - me preguntó.
Soplé mi bocado.
- Sí - dudé - ¿Querés probar? Es rico, en serio - le acerqué mi plato y empecé a prepararle un bocado.
Sonrió.
- No, no, gracias, comé tranquila - dijo - Comé vos, que no comés nada...
- No puedo, ahora...
Me miró, con aires serios.
- ¿Por? ¿Qué pasa, te falta algo? - preguntó, frunciendo el ceño.
- Son incómodas estas sillas - le dije, con un aspecto muy solemne.
Solamente me sonrió, cayendo en la trampa, e intentando con enorme esfuerzo guardar las formas en público.
- Sos tan mala conmigo, vos... - suspiró - ¿Qué querés que haga? - pasó algunos dedos por su frente, como si la posibilidad lo perturbara.
Miré mi plato y seguí comiendo, encogiéndome de hombros.
- ¿Qué querés que haga? - insistió, sólo para molestar.
- Que hables antes ... - admití, aguantando la risa - No sabía que tenía licencias.
- Licencias, dice... - musitó, mirándome, admirado - Las damas no se pueden quedar sin asiento y vos... ¡menos!
- Qué caballero, un aplauso, por favor... De haberlo dicho antes ... - musité, con la misma cara de tonta.
Se rió y sacudió la cabeza en silencio, levemente; me lo quedé mirando como si me hubiera convertido en una mayorista de amor. O, como solía decirme, lo miré con "esas caras que yo hago, terribles" que nunca sé cuáles son (eso es algo que todos los tipos me dijeron, todos, todos, todos...).
- Por favor, no me mires con esa cara - dijo solamente.
Comprendí que si lo miraba me iba a tentar de risa. No tenía idea de la cara con la que lo estaba mirando, simplemente, porque se me daba natural. ¡No podía darme la cabeza contra la mesa, para cambiarla a riesgo de que me hiciera quedar en evidencia!
- No sé qué cara... - musité y seguí comiendo.
Él, en cambio, dejó de comer. Puso las manos sobre su boca, como si estuviera rezando. De reojo, percibí ese movimiento, ese cambio abrupto en su estado que lejos estaba de la paz.
- Tío, mirá esto - le dijo su sobrina, de casualidad, señalándole algo que estaba mirando por un aparatejo.
Él miró. Yo, al estar tan cerca de ellos, miré un poco de reojo el asunto.
- Está bueno, sí - comentó, con algo de dispersión - ¿*** se durmió? - preguntó, en referencia a su otra sobrina.
- Sí, cayó muerta... - le dijo su madre - Estuvo de acá para allá con *** todo el día...
- ¿Querés que vaya a buscar un buzo al auto, así la tapamos?
- No, está bien así - le dijo su mamá - Acá está calentito...
Asintió con la cabeza, callado.
-Cualquier cosa decime, vieja, que voy... - la previno.
Lo escuche, en ese gesto de dulzura, y el estómago se me dió vuelta. Me encantaba que fuera así, atento, con todo y al mismo tiempo, así, atorrante, con todo.
- ¿Vos, estás bien?
- Sí, todo bien
- ¿No tenés frío? - me preguntó, siendo que era una noche muy poco amigable, una noche realmente fría.
En cuanto lo escuché, me dió ganas de gritar a los cuatro vientos: "¿no ves que sos lindo, lindo como vos solo?".
- No, estoy bien... - dije, apenas.
- Estás desabrigada... - me miró.
Sonreí y le puse cara de hartazgo como si le dijera que era un poco intenso (rompe, bah).
- Tengo el tapado en tu auto, igual... - le recordé - No estoy taaaaan desabrigada.
- ¿Querés que vaya a buscártelo?- sonrió y me miró, pensativamente.
- No, acá está muy bien. Calentito.
- Yo estoy bien, también - comentó.
- Vos nunca tenés frío. Por eso yo me siento cerca...
Se rió.
- ¿Ya empezamos?
- Sí.
- Piedad, teneme piedad.
- ¿Qué vas a hacer, pobrecito de vos, no?
- Sí, pobre de mí, pobre... - se rió.
- En serio, estoy bien - afirmé.
- ¿Porque decís que yo nunca tengo frío?
- Porque siempre estás abrigado, y además, porque siempre tenés las manos calentitas... Yo tengo las manos frías ¿ves? - dije y toqué el dorso de su mano, discretamente, por un segundo muy breve.
- Los viejos tenemos frío, - aludió - por eso nos abrigamos.
- No es el caso de hoy - miré su camisa, de reojo.
Se rascó la barba. Comió un par de bocados más, sonriéndose. Otro compañero me preguntó algo, su sobrina le hizo una caída de ojos hermosa y finalmente nos dispersamos. Hablaban del resultado del partido, cuando retomó la charla:
- ¿Comiste bien? ¿Necesitás algo más? - me miró, mirando levemente a su alrededor, aunque más allá de nuestra mesa.
- No soy manca, querido... - le dije, con ironía, sólo para divertirnos - No te preocupes, tranqui, que si me falta algo lo pido o lo busco. ¿Vos necesitabas algo? - quise saber.
Mofó.
- No, pero... - dijo, y se quedó callado de un modo muy abrupto, que enseguida me produjo dudas.
Enarqué una ceja.
- ¿Pero... qué? ¿Necesitas algo?
Sacudió la cabeza.
- ¿Y entonces, qué pasa? - insistí.
- Nada.
No le creí .
- ¿Qué pasa, ***? - musité, impaciente.
- Que te miran todos los tipos a vos... - dijo - Cuando entramos, te miraron todos los tipos.
- Mhmmm - asentí con la cabeza descolocada por su respuesta. Quizá había notado algo mientras yo había estado obnubilada con su sola existencia - ¿Qué tipos?
- Si ibas a buscar una silla, te iban a mirar todos los tipos que están sentados para allá.
Miré a los tipos, con disimulo, y lo miré a Él, estupefacta.
- Ah, por ahí venía la mano de tanta amabilidad - espeté, con cierto resentimiento.
Se rió, abiertamente y se acercó un poco con ello, sin poder evitarlo.
- No, no, no - me atajó - Es que están todas las barras de tipos ahí, te miraron todos cuando entraste. Porque estás... - lo miré, exigiéndole respuestas - vestida así...
Apreté los labios para no reírme. No le importaba si tuviera o no frío, en el fondo, le daba bronca si alguien me miraba y por eso había intentado solapadamente que me abrigase. Pero la gente estaba dispuesta a mirar, siempre, y yo en ese sentido había empezado a entender desde muy pequeña cuán indiscreta podía ser. Aún mismo hubiera ido vestida más llamativa o menos llamativa - cosa que era una vestimenta casual la mía -, el problema se hallaba en los otros y no en mí. No era una sorpresa que me dijeran que estaban mirándonos, y en especial, si me había agarrado de la cintura a cambio, en cuanto habíamos entrado. Veintitrés años nos llevábamos, y la gente, en ese sentido, es muy de asombrarse todavía, pese a todo, de éstas cosas. ¿Creían que no lo iban a mirar? ¿Creía que de afuera no se notaba las formas, los modos, las miradas o todo lo denotativo por medio de lo gestual, al margen de las apariencias? No en vano su madre me estaba mirando de otra forma aún mismo ya me conociera de antes. A la vista quedaba ya el sentido que iba tomando ese vínculo que, aunque parecía de amigos a primera vista, lejos estaba de serlo. De haber esto solos, lo hubiera abrazado, me hubiera colgado de su cuello y le hubiera llenado la cara de besos para demostrarle con quién estaba comiendo. ¿Desde cuándo le preocupaba la ropa, el entorno o quien se me acercara? Nunca lo había visto angustiarse por eso, en especial, siendo un tipo grande... Y confieso que, de acuerdo a su edad, esa postura celosa me sorprendía porque no eran unos celos animados, vigorosos, sino, más bien, unos celos resignados, vencidos, como si cualquier hombre en el mundo fuera mejor que Él.
- A ver, "te miran todos los tipos por cómo estás vestida", decime una cosa... - lo frené - ¿Qué pasa con eso, cuál es el tema? - espeté, ya seria.
El Negro se puso colorado. Me causó entre gracia y ternura la forma en que me lo decía, como si sufriera, como si fuera un nene con esos "reclamos". Recordé la vez en que casi mutilé a una mujer con la mirada, allá por Microcentro, que se lo quedó mirando con carita de pelotuda. Recordé que a mí, por primera vez, me salió una llamarada de los pulmones por querer mandarla a China, siendo semejante atrevida (¡no sé de qué te extrañas, nena, somos dos seres humanos ¿viste?) Entonces, lo comprendí: no solamente yo había sido hasta ese entonces una persona desaprendida. No, Él también era una persona tan desapegada, por momentos, que parecía poder prescindir de los demás, por lo que verlo un poco celoso me descolocaba y tomaba carácter de hallazgo.
Sin embargo...
- Me alegro que te pongas colorado - musité - porque es cualquiera que me critiques la ropa. Es cualquiera, mal - insistí.
- Igual, no te lo digo mal, no la critico ni en pedo... - sonrió, dulcemente - No te estoy criticando, para nada- me aclaró, de nuevo - Pero está lleno de tipos este lugar y... - dijo, con un dejo de disimulo, usando su tono un poco vacilante - Y ya cuando entraste se te quedaron mirando... - añadió - Les llamás la atención.
Lo miré de reojo y no le dije nada. Yo me había dado cuenta de que tenía razón cuando me había ido al baño, pero... ¿para qué dársela? Obstinada en manejarme a mi manera, negué con la cabeza, restándole importancia a su comentario. ¿Cómo explicarle que ni aún mismo lo amara yo iba a permitir que se pusiera en esa postura sufriente por su propia inseguridad? ¿Cómo explicarle que aún mismo fuera un mecanismo de seducción en ese entonces, y yo lo supiera, por uno de mis costados, bien en el fondo, no quería que dudara?
- Uh, imaginate lo qué dirían si yo me siento a upa tuyo ¿no?... - ironicé - Se les caen los ojos.
- Van a mirar, pero por otra cosa...
- Y, sí... - me reí y bebí un poco más de cerveza- ¿Por qué se irían a fijar en una chica comiendo arriba de un señor, en un lugar público, no?
- Porque se les van los ojos con vos... - la siguió, riéndose.
- Pero yo voy a estar sentada arriba tuyo, tomándote la cerveza y comiéndote la comida sin dejarte pinchar nada... Y voy a estar robándote los pedacitos de todo, y si me pedís, voy a tener un sapo en la barriga y voy a darte solo pedacitos, cuando quiera, porque mirá que decís boludeces, eh...
Se rió.
- ¿Por qué sos mala?
- Porque quiero hacerte escarmentar por tu comentario... - bromeé.
- ¿Por qué me torturás?
- Porque no quiero que te fijes en lo que hacen los demás, ni si me miran, si no me miran; no vale la pena...
Se rió.
- ¿Usás siempre esa ropa? - me miró, ávido de detalles - Nunca te la ví.
- Síp - dije, mintiéndole.
- ¿Ah sí? - se puso serio.
- Sip.
- Mhm - dijo - Bien, bueno - se la bancó, como es debido.
- ¿Sabés para ir a dónde?
- No
- A que me griten cosas, me toquen la cola, todo - ironicé - La verdad que disfruto un montón que miren la cola y no la cara, te juro que es una sociedad tan cuerda que voy por la vida plena... Plenísima... - espeté, agresiva.
Se rió, tapándose la cara. Lo había pillado.
Eran unas calzas negras comunes y corrientes, sólo que más ajustadas que el resto de las cosas que usaba por esa época, y estaban acompañas por una camisa entallada. Nada del otro mundo, ni siquiera, nada lujoso (porque nunca fui una chica que tuvo demasiada ropa).
- ¿Te dicen muchas cosas por la calle, no? - pensó en voz alta.
- Sí. Se tiran de los balcones los tipos... - ironicé, argumentando - Es como el poema de las chicas de Flores de Girondo, más o menos así - lo burlé.
Me miró, celoso y sonriente. Lo miré y le hice un guiño de ojos. Comí y se mantuvo en silencio. Esperé a que bajara el nivel de acidez en mi humor, a que distrajera con alguna otra cosa, para volver a abordarlo con la parte de dulzura que siempre se correspondía en ese balance de opuestos.
- ¿Te sirvo más cerveza? - me preguntó, antes de rellenar su vaso.
Aunque intentaba distraerse, estaba pendiente de los tipos, de sus amigos, de nuestros compañeros. Y a mí me importaba todo el Universo tan poquito...
Asentí
- ¿Puedo hacerte una consultita...? - asintió, me sonrió y se me acercó.
Estaba muy cerca, sí, muy cerca y el mundo ya se me había perdido entre los dedos desde hacía rato, por lo que sin desperdicio, aspiré su perfume adormecedor. Era el aroma más rico de todos, insustituible y me volvía loca de amor haciendo que quedase anulado cualquier otro ser humano a la redonda. ¿Cómo se iba a poner a fijarse en mi ropa si para mi todo su cuerpo estaba expeliendo un aroma que me dopaba?
- Te escucho - asintió.
Crucé las piernas, disimuladamente, y las acerqué a las suyas, un poquito más de lo habitual. Pegué el brazo al suyo, y aprovechando la leve inclinación de mi cabeza, apoyé también una de mis manos sobre su antebrazo. Todo, en esencia, como si le dijera " vení, no te pongas así...".
- ¿Con quien estoy?
Me miró y miró para abajo.
- ¿Con quién, qué? - dijo, desorientado - ¿Estás?
- ¿Con quién estoy comiendo en este precisisisismo momento? - le pregunté.
Sonrió.
- ¿Conmigo? - dudó.
- Uh, bueno... ¡menos mal que lo reconocés! - reí.
Suspiró.
- Conmigo, sí... - se carcajeó.
Disimulé ante la mirada curiosa de su madre.
- ¿Y para qué te imaginás, entonces, que me dije "Veinte, ponete estas calzas con esta camisita de jean y esta remerita"? - lo miré - Además de para mí, obvio, pensé en otros aspectos... - le aclaré.
Se rió, y de nuevo, se puso colorado.
- ¿No tenés idea?
- No sé, yo... - admitió, poniendo su cara de perro mojado - No sé...
- Nunca sabe nada, pobrecito, nunca sabe él... - ironicé y se rió, sacudiendo la cabeza- No uso estas calzas, casi nunca, porque me da vergüenza cómo me quedan para que me las vea todo el mundo... - le dije la verdad - No soy de andar mostrando la cola a los cinco vientos y menos las voy a usar para ir a la facultad... - musité - Me dan asco los tipos babosos y para no ir puteándome con el mundo por la calle, siendo como son, prefiero ir más discreta.
Sonrió, reblandecido.
- Ya sé eso yo...
- Y bueno, entonces... ¿Qué te pensás?
- Yo pensé que las llevabas a estudiar... - sonrió.
- ¿Estás loco? - me reí- No, me muero del pudor, además, los tipos están zarpados.
- Igual, vos podés hacer lo que quieras - me advirtió, atajándose.
- ¿Lo que quiera? - le advertí también- Yo ya sé que soy libre pero ¿puedo hacer lo que quiera en todo el mundo? - bromeé.
Asintió, sin dudarlo ni un segundo.
- ¿Me puedo sentar con vos, entonces, o me vas a seguir criticando la ropa? - le pregunté.
Se me quedó mirando unos momentos, pensativo.
Finalmente, me sonrió.
- Yo a vos no te critico nunca...
- Me hacés café rico cuando te lo pido en los momentos cruciales... - lo adulé - ¿No?
De nuevo, me miró pensativo, sonriéndome.
¿Qué o quién me iba a avisar lo que se aproximaba?
¿De qué había caído en la cuenta, a través de esas preguntas?
¿Qué no se consideraba capaz de soportar?
Esa cena nunca tuvo el aspecto de ser la última.
Supongo que por eso, unas horas después, casi al amanecer, estaba en mi habitación y no podía entender por qué se había acobardado. Qué había salido a la luz, qué había sido tan determinante, durante esa cena, antes del final.