viernes, 26 de noviembre de 2021

No tengo ropa, tengo amnesia...

 Después de trabajar en algunas cosas por la mañana, ergo, mandar presupuestos, organizar fechas y analizar montos por investigaciones, almorcé y me dije: "¡ay, sí, hoy lo tengo que hacerrrr!" y me estaba refiriendo al cambio de estación propio de la llegada del verano en este caso.  

Hacía semanas, desde que empezó el calorcito de forma constante en Buenos Aires,  venía sin tiempo o sin ganas para el asunto de reacomodar todo mi placard. A veces sucede que luego de estar escribiendo, leyendo, o estudiando para mí termino con dolor de espalda y no quiero saber nada con moverme. Y otras veces, como hoy, me obligué a hacerlo porque ya había tenido que posponerlo el finde largo, producto de trabajos e investigaciones que tuve que realizar. 

Lo que fui y vine no tiene nombre. Mi placard es realmente gigante, tiene tres cuerpos, de los cuales yo ocupo dos al completo. La realidad es que no tengo ropa en exceso, al estilo de compradora compulsiva, aunque sí suma bastante cantidad.  Durante la pandemia, doné varias bolsas completas de ropa que ya no usaba aunque estaba en buen estado porque consideraba que a alguien le iba a venir mejor que yo. Y luego no volví a comprarme... porque la ropa no es algo por lo que mato y consideré que tenía suficiente. Muchas veces, mis hermanas mayores me suelen pasar lo que no les va y me evitan comprarme ropa, y otras veces, soy tan clásica para vestirme con los colores que con pocas prendas armo muchos looks diferentes.

 Hoy, analizando prendas y separando algunas prendas que decidí donar por no haberles dado uso la última temporada, caí en cuentas de que yo no acumulo ropa: la reemplazo. Mi madre, casualmente, me preguntó si había notado que algo me hiciera falta y le comenté que quizá me vendría bien comprarme dos musculosas para reemplazar dos que ya no veía en condiciones, pero que el resto estaba bien para seguir usando.  Y ahí entendí que para mí vestirme es parte de una estructura mental: las prendas de ropa, son fichas. Las combino, cambio y roto, aunque tengo mis fichas favoritas y aunque para estar en casa amo fuerte andar como vagabunda. 

Otra cuestión que me pasa con la ropa, y que habla mucho de mi personalidad, es que necesito tener las cosas a la vista y bien organizadas para recordar que existen. De hecho, en eso, ocupo los dos cuerpos. Trato de categorizar la ropa todo lo que pueda y separarla por color, pues, de lo contrario, siempre me pongo lo mismo.   Mi madre por suerte suele salvarme, si es que yo no me acuerdo, y me pregunta: "¿cuándo vas a usar ese pantalón tan lindo?" y siempre mi cara es de "¡ayyy, ¿te acordás de ese pantalón?", porque si no veo la prenda pueden pasar años sin que la utilice. 

Mi familia o mis amigos, las veces que han entrado a mi dormitorio, suelen elogiar la limpieza y el orden que mantiene. Pero la verdad es que siempre trato de ordenar por lo mismo: para ubicar las cosas, para recordarlas.  Acá pasa lo mismo ocurre con las prendas, que las doblo y las agrupo por criterios que me ayudan a encontrar todo lo disponible porque la cosa es seria si no... Aunque tenga dos remeras deportivas, por ejemplo, siempre me acuerdo de la remera X y esa es la que uso hasta que empiezo a buscar la remera Y para no andar siempre con lo mismo y buscando me doy cuenta que existía una tercer remera y es como "¡wow, no puedo creer, también tenía esto!". 

Realmente, no me acuerdo; y eso que soy super organizada (y estructurada) con el resto de mis objetos personales.  Al contrario de esas personas que dicen "no tengo que ponerme", creo que en mi caso tendría que decir "esperá que busco, seguro algo encuentro, no quiero comprar ropa".  

De hecho, dentro del orden que hice hoy, encontré algunos clásicos de mi ropero de los cuales no me puedo desprender. Uno es una pollera que fue primero de mi abuela y luego de mi madre, que es una hermosura, y que al día de hoy todavía uso. El otro clásico es una remera que tengo desde los 15 años, que me regalaron, y que está impecable aún esté por cumplir 27. ¡Cuánto usé esa remera, es tan hermosa y me trae tantos recuerdos lindos!  Me sorprende que haya ropa que dure tanto. En general tampoco presto atención a eso y me cuesta darme cuenta cuando no sirve más, porque para mí, "la ropa es ropa y ya está, durará un buen rato". 

Mi estilo de vestir, como ya dije, es muy clásico y sobrio. No sigo la moda, no sigo las tendencias y no estoy pendiente de lo que se usa. Siempre voy por lo que sé que me queda bien, lo que me hace sentir cómoda y lo que sea de buena calidad (que no es lo mismo que el ser de marca) por una cuestión de no llevarme malos tragos.  Por eso, es muy común verme puestas remeras grises, rojas, negras o beige de muchos tipos, pantalones básicos, saquitos básicos de colores para armonizar y ropa para ir a trabajar.  No uso tops, ni buzos estampados, ni remeras estridentes, ni pantalones deportivos de algodón para salir. 

En sí, ahora que lo pienso, todo se unifica en un  sólo criterio: es ropa atemporal.  Sí, eso define todo mi guardaropa, está lleno de cosas que se pueden usar diga lo que diga la tendencia.  Me he dado cuenta que no tengo casi nada de color azul para la parte de arriba; tampoco, de color amarillo, ni naranja, ni violeta, ni siquiera fucsia.    Incluso al momento de comprarme zapatos o carteras (que a esas sí las amo) para complementar los looks, soy también muy formal y con elecciones que siempre van sobre la misma trama de objetos. Cartera roja, negra y beige. Igual que las remeras, casi... ¿Qué tal? Jaja.  

Mi padre, sin ir más lejos, en 2017 me regaló unas zapatillas hermosas de color extraño, entre el fucsia y el rojo,  que hasta mis hermanas me pidieron que se las vendiera, y yo me negué. Con el paso de los años se ríe porque aunque sabe que me gustan un montón,  siempre me inclino por usar mis zapatillas clásicas Nike negras, las cuales voy reemplazando cuando se rompen cada cuatro o cinco años, depende el uso que les dé. Todos los pares que tuve en esta última década fueron Nike y todas  fueron negras. No pido más ni busco más. Clásico es bonito. 

Sí, lo sé, soy un caso bastante particular con la ropa para ser mujer, teniendo en cuenta que la mayoría de las chicas mueren por ella.  A mí hacer el cambio de estación de la ropa me pega como una especie de recuperación de memoria.   Y ahora, hasta que vuelva el frío, veremos si me intereso un poco más por recordarla sin tanto ajetreo. 

Ojo al piojo que, sin embargo, hace poquito, cuando fuí a un bar a tomar unos tragos, me puse una minifalda estampada con florcitas pequeñas que representó salir de mi zona de confort y el otro sábado una remera estampada que para mí es un montóóón, aunque estuvo re bonita la elección. 



jueves, 25 de noviembre de 2021

Los inútiles que pueblan el mundo

 Hay gente que, francamente, antes que sumar, resta. Y lo curioso es que los valores que cargan se reproducen a velocidad supersónica en esta sociedad.  Quieren todo fácil, todo ya, y especialmente, todo de arriba.  Le hacen asco al sacrificio, no entienden el valor de las cosas, y no aprecian que los logros reales de las personas son los que conllevan esfuerzos. 

Son aquéllos que apelan al dinero fácil, al "mejor lo hace el tonto de turno", a la ley del menor esfuerzo y a los que les gusta más decir que hacen que, en realidad, hacer. Son los pelotudos de turno y las pelotudas de turno que ponen en sus redes que están estudiando una carrera y vos sos la que terminás haciendo el trabajo práctico porque no tienen idea de cómo escribir, ni leyeron nada, y si uno no decía nada no se iba a presentar un pepino.  Son aquéllos que se jactan de estudiar Ciencias Económicas y te dicen que se quieren llenar de plata y ni siquiera se conectan a las clases. Son los que creen que la universidad es aprovecharse de los demás y los que, en realidad, con esa filosofía, no atrapan ni a una tortuga. Son los que creen que cualquiera se recibe, sin tener en cuenta que para recibirte le tenés que poner una onda bárbara y a veces hay materias donde no te queda más remedio que apoyar el culo y estudiiiiiaaaar, sin vivir a los demás. 

Son inútiles, sí, y a mí esa gente además de darme asco, me indigna. Me parece un desperdicio de esa sociedad materialista, fetichista de las compras y de las apariencias, que todo lo hace para ascender sin evaluar el precio.  Y lo considero patético, además, porque por lo general es más la gente vaga, inútil e incompetente, que la gente trabajadora en los grupos jóvenes.  Aunque hay aquéllos que también he conocido en trabajos, no tan jovencitos. 

Este descargo surge porque ahora me estoy teniendo que fumar olímpicamente a un conjunto importante de inútiles en la Universidad al haber comenzado una segunda carrera, esta vez, en Ciencias Económicas.  Cuando hay que hacer trabajos obligatorios en grupo, como el caso del presente, desaparecen todos. 

¿Qué decir? Una parte de mí se calienta porque con el enorme sacrificio que estoy haciendo para estudiar en este momento de mi vida, siendo que todavía no encuentro trabajo, no estoy para perder el tiempo con gente estúpida y menos para cargarme todo un trabajo grupal a cuestas... Pero ¿qué remedio? Por la misma razón no quiero perder la materia, ni el tiempo, ni todo lo estudiado hasta ahora, ni tampoco el dinero que invertí estos meses.  Porque no sólo es un gasto de tiempo, dinero, sino, para mí en particular durante este año, la facultad ha sido un enorme desafío a sostener e hice todo lo posible para hacerlo incluso los días donde no tenía motivación. 

La otra parte sabe, por mi anterior experiencia universitaria que ya está en sus últimos tramos, que esa gente no cambia. Son parásitos. Pueblan el mundo, el país, las aulas y las oficinas. Son parásitos que, por lo general, cuando ven a una persona que sí se preocupó, sí se ocupó y sí logró su objetivo, piensan: "¡ay, éste/a tuvo una suerteeee, mirá qué hija de ***". Son gente mediocre, que se cree piola, y se piensa que le va a poder tomar el pelo a todo el mundo y por lo general también son los que sienten envidia o celos de los logros ajenos, pese a que cuando les decís el sacrificio que tienen que hacer te dicen "naaah, yo no". 

Son así, gente que no sirve. Esa gente que no hace nada y no precisamente por problemas económicos, familiares o de conectividad, sino, porque no les interesa estudiar. Les interesa decir "yo estudio para ser Contador/a Público/a"... y así estamos... 

Lo único que espero es que me vaya bien por mí, por el trabajo que tuve que hacer sola como una tonta responsable y por la onda que le pongo a materias que estoy aprendiendo a estudiar como puedo, pero sin rendirme (obvio). 

En cuanto a los demás, sin palabras.   

O sí... Son unos inútiles. 

Cajitas

 Recuerdo el momento.  Le estaba pasando fotos mías a Galeno, de mo adolescencia, para que pudiera imaginarme mejor en esa etapa de la vida que desconocía. 

- Estaba bastante diferente -le advertí - pero para que puedas verme... 

- Oh, si. Estabas muy peque. 

- Si. Nada que ver ahora... 

- Aunque linda ... Pero ahora, más. 

- Igual en ese momento no nos hubiéramos conocido. No existía IG. 

- Pienso que hace nueve años atrás, yo ya era viejo. Y vos una adolescente.  

- A mi desde esa época la edad no me importaba, fíjate... Aunque agradezco haberte conocido con 24, cuando te podia echar el ojo como una desgraciada... 

Galeno me mandó una larga carcajada. 

- Por suerte... 

- Si, por suerte. Además, me gustaste cuando te vi... 

- Por suerte también - se rió - ¿En esta otra foto? ¿Cuántos años tenías? 

- Fue en 2016... Tenía 21. 

- ¿Ese tipo de la foto es el tipo con el que estabas en esa época? - me preguntó. 

- No. Es otro compañero del grupo. No te mandaría una foto donde él estuviera ni ahí. Este señor de la foto es Nico. 

- ¿Tenian fotos juntos? 

- Prácticamente, no. No quería sacarse fotos conmigo - le dije, con sinceridad - y las pocas que había, las borré. Tiré todo lo suyo. Regalos, etc. 

- ¿No quería sacarse fotos? 

- No. Mambos. 

- Muchos, si - detalló - ¿Tiraste... sus cosas?  

- Si. Estaba muy dolida en su momento y no quería saber nada con regalos. 

- Comprendo - dijo. 

- No creas que tiro las cosas de la gente. Pero esto fue una excepción. Guardo todo lo nuestro en una cajita, en cambio. Me reconforta mirarlo y acordarme de cosas graciosas... 

- ¿En seriooo? 

- Si. 

- No me habías dicho... 

- No... Me dió cosita. 

- ¿Qué guardas? 

- Pasajes tuyos o míos. La servilleta que me regalaste cuando fuimos a comer a Palermo. Un papelito del aeropuerto que dejaste. La propaganda de un alojamiento de tu provincia... - le detalle - y el papel donde venía mi regalo de cumpleaños...  creo que eso es todo. 

Galeno se quedó sorprendido. 

- Oh, todo mi ***... - observó. 

- Detalles. Pero no sin valor. Por eso lo guardo todo. 

- Yo también guardo... 

-¿Qué guardas? ¿Cositas? 

- La caja que me regalaste la primera vez que nos vimos con la nota y los papelitos que tenía cada alfajor.  Está todo adentro de la caja. 

- Galeno ¿guardaste las notitas? 

- Seh. 

- Ay, nooo. 

- ¿Qué? ¿Por qué no? 

- Qué vergüenza. Pensé que lo habías tirado a la mierda con el tiempo... Eran... Papelitos de colores... No pensé que los ibas a guardar. 

- Nooo. ¿Cómo te parece eso? Guardé todo. Todos tenían un mensaje y los conserve.  La cartita que me escribiste también. 

- Bueno... No sé que verdura te puse, pero... Si, es un recuerdo... Que loco que guardamos todo... 

- Yo guardé todo. 

- Si, vos tenés una cajita en Buenos Aires, así que no puedo decir nada. 

lunes, 22 de noviembre de 2021

Haya paz / Allá, paz

 Todavía recuerdo cuando con Galeno nos separamos en diciembre pasado y no entendía por qué, un mes y pico después, me daba like en publicaciones de redes sociales.  Tampoco entendía por qué me miraba todas las historias ni por qué daba like a vídeos de mi sobrino. Por momentos, al estar atravesando el descontento de habernos alejado, pensaba que lo hacía para tontear o histeriquear, pero en el fondo, una vez que esa primera impresión se alejaba, realmente sabía que Galeno era muy serio para algunas cosas y que no había tenido esas actitudes pasivo-agresivas.  

Cuando por esos días lo abordé en análisis, mi psico me dijo: 

- ¿Creés que Galeno sea capaz de contactarse con vos otra vez? 

- No, no creo, la verdad, ¿para qué? - admití - Nosotros ya nos despedimos... y viste que no pasó nada tan tremendo como para que tengamos que disculparnos dos veces... Fue un desencuentro que considero resolvimos de esta manera, no me parece mal - argumenté. 

- Entiendo. Pero, sin embargo, no te agrada que tenga estas interacciones... 

- Y no, yo no las tendría, pero no lo veo como algo que haga con maldad.   Me parece que no da, solo eso, que para mí no da, que yo no lo elijo si me separé de alguien...   - suspiré. 

- ¿Por algo en especial? 

- Y porque una parte de mí lo extraña un poco ¿viste? Una de las cosas más difíciles de no hablar más con él es ver que llega la noche y que no hay un mensaje. Pero bueno, como me pasa esto, no me acercaría a él. 

- ¿Solían hablar, por la noche? 

- Sí. Prácticamente, todas las noches. Ese momento hasta tenía para nosotros un nombre. Él se lo había puesto. Cuando Galeno estaba en el Hospital no hablábamos, aunque a veces me mandaba un mensaje de buenas noches. 

- Es un momento donde, ahora, se siente su espacio vacío... 

- Sí.  Es el momento más... cansador del día en todos los sentidos. Me veo frente a la situación y caigo en cuentas de que ya fue. 

- ¿Cómo lo afrontás? 

- Como puedo. Porque... yo ya sabía que lo iba a extrañar. Estaba al corriente de que es normal sentir esto.  No es que esté enojada con él, ni le guarde ningún rencor, sólo que no yo lo superé del todo todavía como para andar mirándole el perfil, interactuando consigo, y que no me dé nostalgia de lo vivido.  Necesito más tiempo, aunque me sienta mejor, porque aunque a la distancia nos acompañamos mucho tiempo y es esto del mensajito a la noche que todavía no me habitúo a no tener.   

(...) 

meses después 

- ¿Galeno, Veinte? - me preguntó mi psico, dado que jamás volví a mencionarlo en mi espacio. 

- Bien, supongo. No sé, francamente, en qué anda. 

- ¿No revisás sus redes sociales? 

- No. La última vez que las ví fue en febrero y me di cuenta que no estaba preparada así que opté por no volver a verlas y enfocarme en lo que me va pasando. Las noches son mejores; leo o escribo o sólo duermo. Por eso no sé cómo está. Espero que bien, obvio. La última vez que hablé con él fue porque me saludó para mi cumpleaños y claro que le agradecí. 

- ¿El volvió a interactuar con vos a través de las redes después de eso? 

- Prácticamente, no. Creo que lo único que hace es verme las historias, cuando subo, pero no comparto nada que no conozca. 

¿Y si volvería a hablarte? 

Me encogí de hombros. 

- No creo que eso pase... No es por pesimista, realmente no creo que pase. No lo tengo ni siquiera como una posibilidad en mi mente. 

- Yo digo para saber cómo estás... La que tuvo en su momento fue una acción que en nada se parece a todo el recorrido que hemos venido observando en él.  A cómo era con vos. A la relación de ustedes. 

Suspiré 

- Galeno se comportó raro dos veces en un año y medio de vínculo. La primera fue una crisis y la segunda fue en diciembre cuando todo terminó - le expliqué - La verdad es que... por el modo en que nosotros nos vinculamos siempre me quedó medio tirado de los pelos todo. Pero bueno, quizá yo esté equivocada y con el tiempo me de cuenta que tenía lógica lo que hizo. 

dos semanas después de ésa última charla 

- Tengo algo bastante raro para mencionar de mi semana - le dije a mi psico. 

Me miró con algo parecido a la prudencia porque veníamos trabajando el tema de Javier y sus amagues, allá por mayo de este 2021. 

- Me escribió Galeno. 

Ella abrió pronunciadamente los ojos. 

- Tenías razón - admití, riéndome - La verdad es que lo último que me esperaba era ésto. Justo ahora. 

- ¿Cuándo había sido la última vez que hablaron? 

- Algo muy breve, cuando lo saludé en abril para su cumpleaños, pero fue todo muy cordial. Nos preguntamos por familia, amigos, trabajo. Algunos proyectos de los cuales sabíamos desde antes de separarnos... 

- ¿Y ahora? ¿Cómo fue esta charla? 

- Inesperada.  Pero creo que en esta charla Galeno puso en palabras, y yo también, cosas que no habíamos podido antes. Ni en diciembre cuando cortamos el contacto, ni en abril.

- ¿Y qué te hizo sentir? 

- Paz.  Después de las conversaciones con Javier y las proposiciones fallidas de su parte, siete años después, había quedado fuera de mí. Y Galeno se contactó justo ahora, sí, increíble, pero un poco fue como tener el contraste de lo que es una persona que realmente no viene a tu vida para hacerte retorcer de duda sino para justamente ponerle palabras a las cosas. 

- ¿Cuánta diferencia, no? 

- Abismal. Por eso entiendo también la diferencia entre el tipo de vínculo que yo pude conformar con Javier y la relación que construimos con Galeno. Una me llenó de malestar y la otra de paz. Uno no me podía expresar ningún sentimiento y el otro, afortunadamente, viene siete meses después a ponerle palabras a aquéllo que sintió que le faltaban y lo banco absolutamente desde ese lugar. Por eso, lo escuché y lo volvería a hacer. Hay que tener valor para poder poner en palabras cosas, aún mismo, hayan pasado los meses. Hay gente, como Javier, que se calla toda la vida y vuelve siete años después para dejarte frente a las mismas sin respuestas claras. 

- Y hay gente como Galeno.... 

- Si. Aunque no estemos juntos, la verdad, yo agradezco que le haya puesto palabras a las cosas, no sé, que todo lo que sienta lo pueda expresar para mí es re importante. Más allá de que ya no sea mi ***, creo que es un hombre bueno y que es sano que podamos hablar como gente normal.   

Mi psico sonrió. 

- Todos cometemos errores, Veinte. Quizá, lo que quiera Galeno sea disculparse sea cual sea la relación que tengan. 

Le devolví la sonrisa. 

- Está disculpado - le dije, en broma, para dar por terminado el inciso. 

domingo, 21 de noviembre de 2021

Vuelta por aquí

 Esta semana estuve bastante desaparecida (otra vez). Por lo general procuré corregir alguna que otra entrada que tenía pendiente en los archivos, más que nada, como una manera de despejarme pero no con la intención de comunicar algo en el momento. 

Los días han transcurrido con mucho que hacer. Fue una semana ardua porque estoy a pocas semanas de culminar mi segundo cuatrimestre en la facultad y eso implica tener que realizar trabajos, estudiar para exámenes y, en mi caso, también un recuperatorio porque me fue mal en uno de ellos. 

También, en cuanto al plano laboral, hubo entregas por cumplir e investigaciones que sacar a flote del Centro educativo para el cual trabajo en modalidad freelance. En ese sentido, también se sienten las urgencias al punto de que hoy domingo he trabajado en cosas para extras porque de otra manera no llegaba.  

No queda más remedio que aceptar la realidad tal y como es. Sé que por lo general cuando pasamos malas temporadas uno debería poder contarse las dos historias, es decir, la historia de lo que nos está pasando pero además la historia de todo lo bueno que nos pasa y nos pasará.  Pero bueno, digamos que estoy en una etapa de mi vida donde acepto lo que va viniendo en gracia y veo qué hago.  Y la verdad es que sin esa posición expectante, me siento más tranquila. 

Sé que en todo este año me he transformado en otra persona. Lo siento. No soy la misma que era a finales del 2020, pero tampoco veo la vida como antes luego de ciertas cosas. Por ahora, no lo puedo explicar. Lo estoy viviendo. Y aseguro que con eso basta. 

sábado, 13 de noviembre de 2021

San Cortázar

 Desayunábamos en su departamento. Galeno había preparado para mí un desayuno que daba ternura y no quería comérmelo pese a que estuviera muerta de hambre por la mañana. 

Una vez que terminamos de comer, y como yo siempre terminaba después porque como muy lento, se levantó y en silencio trajo un libro de su biblioteca personal.  

- Ahora sí, conocelo en persona - me dijo. 


Me acercó el ejemplar de Rayuela por el que yo le había mandado el primer mensaje de casualidad, simplemente por una cuestión literaria, sin imaginar que ocurriría todo lo demás y sin siquiera creer que eso le pasara en realidad a gente como yo, es decir, tan selectiva.  

Nos miramos y nos reímos. Pensé en ese momento que nunca en la vida me hubiera creído que los libros, y en especial ese libro, me fuera a llevar aún más lejos, a otra provincia del país, para desayunar consigo.  Lo hojeé brevemente y él se lo quedó mirando. 

- Elegí un capítulo - me dijo. 

Sonreí. 

- ¿Me vas a leer? 

- Sep. 

- No sé ... - elegí al azar - el 24 

- Te leo, busquemos, capítulo 24 - susurró. 

Me lo quedé mirando, en ese instante, y fue como un hito más en nuestra historia. 

Galeno me leyó fragmentos de varios capítulos mientras terminaba de desayunar. 

- Qué lindo, chicos - le dije, agradecida - Qué lindo todo. 

- Un genio este tipo - sostuvo Galeno - Yo estaba leyendo este libro y una noche una pendeja hermosa me escribió preguntándome cosas y me quedé... flasheado. 

Me reí. 

- Y yo ni te digo, que pregunté por una versión homenaje de un libro del cual ya tengo dos ediciones más y terminé en otra provincia - lo burlé. 

Nos reímos a coro. 

- Menos mal, menos mal... Todo fue gracias a Julio. 

- Cortázar siempre ahí metido es increíble - dije en broma - Si no fuera por él, jamás nos hubiéramos hablado... ¿te das cuenta? 

- Si, si yo no subía esa historia... - pensó Galeno - mirá lo que me perdía... Vos no la veías, no me mandabas ese mensaje y quizá... 

- Me pasó algo muy loco en ese libro... ¿sabés? Meses antes, sabía que lo iban a publicar y hasta compartí una noticia en otras redes. Cuando salió, obvio me enteré, y por esa época unos días antes de mandarte ese primer mensaje, yo justo le estaba diciendo a ***  - le dije, en referencia a mi mejor amiga - que no sabía si comprarme esa edición conmemorativa porque no había logrado enterarme bien qué agregados tenía...  - le recordé - y era mucha plata para tener el mismo libro tres veces...  

- Claro... Y yo justo subí la historia con ese mismo libro porque me lo acababa de comprar para releer...  - admitió pensativo. 

- Sí. Creo que si no la subías, no sé si me hubiera animado a hablarte tan de la nada - admití - Pero pensaba "ay, necesito que alguien me diga qué tiene ese libro", y un día abrí Instagram y ahí estaba tu historia. Muuuuy justo quedó. Por eso te hablé, también.  Lo ví y dije " ay, le voy a preguntar" - lo miré con ironía, pero en el mejor de los sentidos. 

- Y me preguntaste, por suerte. 

-   Sí, si total... nosotros nunca nos íbamos a ver - lo burlé - yo dije "ya fue, es un desconocido, jamás lo voy a ver" . 

- Menos mal que dijiste ya fue - admitió - ¡Graaacias Julioooo! - bromeó. 

- Gracias, Julito. ¡Los dos te queremos muucho!  - añadí, en broma - Y estamos acá por vos, eeeh. Loco lindo, él. 

- Un loco, el tipo. Hermoso - concluyó. 

Y no sé hasta qué punto eso de "por vos estamos acá", yo lo haya dicho en broma. Una parte de mí, la más irracional, siempre sintió que este escritor nos unió y condujo secretamente hacia el otro, pese a todo lo esperable. Que nos teníamos que encontrar. 

¿Existirán las casualidades per sé? ¿O todo es parte de un plan aunque a veces no lo entendamos? 

viernes, 12 de noviembre de 2021

Imaginame feliz

 Lo imagino sentado, en su sala, dentro del servicio hospitalario donde trabaja hace más de veinticinco años. Ambo blanco o azul, según el caso, aunque también gris oscuro y verde claro si se da la ocasión. 


  Lo imagino con su cara seria y su mirada pensativa, de esos rostros que detrás de toda posible hostilidad en realidad esconden corazones nobles. Lo imagino, porque sé cómo lo hace,  observando a los pacientes, simples bebitos que llegan a este mundo sin entender nada. 

Lo imagino caminando en la terapia intensiva neonatal mientras los demás cenan para quedarse tranquilo porque todo está en orden y ser relevado más tarde por las enfermeras y residentes más jóvenes.  Lo imagino evolucionando pacientes.  Lo imagino conversando con las neonatólogas y enfermeras sobre el tratamiento asignado. Supervisando los ingresos y los egresos del día y poniendo en orden las historias clínicas. Chequeando que el tratamiento elegido haya sido siempre el más adecuado y efectivo o calibrando un respirador en la UTI. 

Mas de una vez, desde aquéllos lugares de calma, mientras observaba dormir a prematuros internados, me escribía un mensaje de buenas noches o unas palabras de afecto para que me fuera a dormir sintiendo que a alguien, en otra provincia, pese a la distancia, le importaba.  Me contaba si el trabajo estaba duro o si el día había sido bueno o pasaba a contarme de algún prematuro que había podido hacer dormir en un ratito libre, porque a los niños pequeños el calor humano los ayuda mucho al igual que los procesos medicinales.  

 "Mi *** - le decía yo, en un equivalente cariñoso para decirle mi amor - espero que todo se de bien, que puedas comer y descansar pronto.  Que tengas buena guardia ¿si? Dale que te falta poquito para volver a casa". 

Y él me respondía siempre un " muchas gracias, ***, sí, ahora estoy en la UTI, en un rato bajo a comer  y más tarde me voy a quedar mirando historias clínicas. Cuando pueda, me acuesto un rato. Que descanses. Hasta mañana ", usando el apodo que creó para mí y un corazón.   

II

De todo eso, pasaron siglos sin embargo. 

Cuando nos separamos, hace casi un año, yo pensé que había perdido alguien que entendía mi alma y eso era lo que más me dolía de todo, pese a que ser pareja no se pudiera. No consistía en extrañar un abrazo o el sexo magistral.  Yo extrañaba su manera de estar para mí. La conexión que nos unía más allá de todo espacio, como había sido desde el primer instante que cruzamos un mensaje.  Aunque también entendía todo lo demás  y por eso no estaba dispuesta a hacer nada más por nuestra relación ni mucho menos.  Posteriormente, cuando Galeno se contactó conmigo meses después de la ruptura, me dijo que extrañaba muchas cosas de las vividas, pero especialmente, cómo yo sabía estar ahí, mi forma de estar presente. 

Y eso me hizo entender algo: a los vínculos importantes de nuestras vidas no hay tiempo, distancia o hechos que los borren.  Y quizá no haga falta. Aunque ya no nos volvamos a ver, con Galeno, a veces me gusta imaginarlo, pensarlo bien y feliz. Él me dijo que por su parte le pasaba lo mismo y yo lo autoricé a que imagine todo lo lindo que él quisiera para mi vida.  Que de su parte, y de la mía, para el otro, confiábamos en que habría solo buenos deseos.  

martes, 9 de noviembre de 2021

Pajaritos azules

 Le escribo un mensaje a la única persona con la que realmente quise hablar en los últimos dos días. Es una licencia que me tomo. Un permiso que me doy. Algo así como un aliciente. 

No. No quiero hablar con nadie. Ni con mi mamá o papá. Ni con mis hermanas  Ni con mi mejor amiga.  Realmente, no tengo ganas de hablar con ellos más allá de que agradezco su presencia y su colaboración. 

Esto se trata de estar uno con su propia tristeza y no querer ser juzgado o molestado por eso. Pero además se trata de algo más: darse el derecho a sentir lo que se siente, a enojarse, a molestarse sin la opinión de nadie más.  Sin los deberes o consejos que nadie pide en momentos como éstos. 

Y sé que hay una persona en mi vida, una solita, que sabe cómo sanarme con esa prudencia. Que la usa bien. Y que me deja sentirme triste sin espantarse por eso, sin darme consejos sobre cómo debería vivir y sin negar su propia oscuridad en la pretensión de "solucionarme la vida". 

Quiero hablar con la persona a quien realmente le mando un mensaje a las diez de la noche después de contestar a los demás lo justo y necesario durante todo el día. 

Sí. Uno elige dónde estar y con quién ser. Siempre. 

viernes, 5 de noviembre de 2021

"Cambia todo en este mundo..."

 - Bueno, ya me tengo que ir - dijo Galeno, una de las últimas veces que vino a Buenos Aires antes de la pandemia y mucho antes de éste presente. 

- Dale - le dije, mientras me vestía rápidamente para acompañarlo. 

Me miró valorativamente, mientras me enfundaba en un vestido de verano de fondo blanco, con bordados en celeste y en azul.  Tomé las llaves de la habitación que habíamos compartido durante esos cuatro días sin separarnos ni un solo segundo y lo acompañé a la salida. 

Mientras recorríamos las instalaciones, le comenté que iba a alistar mis cosas y que me iba a ir también para mi casa. 

- ¿Por qué tan temprano, ***? - me preguntó. 

- Porque... no sé... como vos te tenés que ir a tomar el avión... 

- No tenés que dejar la habitación, podés quedarte todo el tiempo que quieras. Tenés servicio de desayuno. 

- Pero... - lo miré, extraña - Si vos te vas... 

- Pero vos no... - me explicó - Date un baño, desayuná, armá tu valija tranquila ¿eh? - dijo, sonriendo y me dió un breve golpe en la cola. 

Lo miré, chistosamente y le dije: 

- Qué maneras tan lindas que tenés de alentarme - y me devolvió la mirada sonriéndome. 

Una vez que llegamos a la sala común de ese hotel tan lindo en el que pasamos unos días, lo abracé para despedirlo aunque ya nos hubiéramos despedido antes, en la habitación, con todos los efectos del caso. 

Se me quedó mirando, pese a que me llevaba más de una cabeza, y me tomó de la cintura.  Pese a que me agradaba mucho su afecto físico, a mi se me dificultaba ofrecerlo porque siento que soy bruta, o que lo voy a hacer mal, pese  a que siempre los demás me digan todo lo contrario.

- Galeno - dije, en susurros - quiero un beso - y le sonreí. 

- Por supuesto - me contestó - ¿Estás contenta? ¿La pasaste bien? 

Me sonrió, ya dejando su valija en el suelo, y me envolvió entre sus brazos. 

- ¿Cómo te digo siempre, yo? Fuí feliz este fin de semana, mi *** - le dije, riéndome. 

Me dió un beso profundo, largo, y un abrazo. También, aprovechó para despedirse de todo mi cuerpo, pegándolo al suyo, y levantando con eso un poco más el vestido. 

Una vez que nos separamos, suspiré, admirada por la química.  

- Vos y mi cuerpo tienen una relación paralela ¿sabías? - lo burlé - Que tengas buen viaje a casa. 

Nos acercamos a la puerta y nos quedamos mirándonos unos instantes en silencio. 

- Vos también. Voy a tomar un taxi hasta Ezeiza ahora... - me comentó. 

- Está bien. Ahí paran, mirá - le señalé - Cuidate ¿si? Y avisame cuando aterrices...  - le dije, ya más seria. 

- ¿Vas a comer algo? - me preguntó, porque se dió cuenta que no había comido nada. 

- No creo - le dije, y me encogí de hombros. 

- Dale ¿cómo no creo? - me acarició la cara - Desayuná nuestros huevos revueltos... así me contás después si estaban buenos - me dijo, porque todas las mañanas los amábamos. 

Me sonreí. 

- Bueno. Sí, voy a pedir eso. 

- Hasta la próxima vez, sí, dale . Come algo y me mandás una foto ¿eh? 

- Trato hecho. 

- Me voy, ahora sí - dijo, y nos dimos una última mirada. 

Unos instantes después Galeno se fue a tomar un taxi. Yo, subí a la habitación, preparé la valija, me alisté y bajé a desayunar. 

- Buenos días, Veinte - me dijo la señora del hotel, que ya nos conocía - ¿Qué vas a desayunar hoy? 

- Un café con leche, si puede ser, con huevos revueltos

- Oh, claro, sí - me dijo - ¿*** ya se fue a su casa? 

- Sí, sí. Se fue para Ezeiza. Estimo que en dos horas ya aterriza en su casa - le expliqué. 

Ella sonrió, me trajo el desayuno que siempre compartimos con Galeno durante todos esos días, y se quedó tomándolo conmigo hasta que me fui.  La despedí con un abrazo y un agradecimiento sincero por ese gesto. 

II 

2021 

- Sólo pasé para saber cómo estabas - me dijo Galeno, hace un tiempo.  

- No muy bien, la verdad, no te voy a mentir a ésta altura... Nos conocemos tanto... - admití. 

- Está bien, no es nada malo... (...)  ¿Querés hablar? 

- Me agarrás en un momento donde no me siento bien.  Pero no tiene nada que ver con vos, ni con el mensaje, en serio.  Prefiero irme a dormir. Tuve un día difícil. - respondí. 

III 

Las cosas, a veces, en la vida de las personas, cambian demasiado. Y los recuerdos buenos, aunque todavía nos pertenezcan, parecen robados. 

Quizá escribo para fijarlos en algún lugar y sentir que también lo lindo que alguna vez viví todavía me pertenece en algún sentido. No lo sé. Quizá a una parte de mí la felicidad remota la hace sentir mejor.  Saber que hubo un momento feliz que fue mío y fue de alguien más, cuando se han perdido todas las esperanzas con respecto a un futuro mejor en tantos ámbitos donde he perdido cosas o posibilidades, quizá representa algún tipo de consuelo...  Supongo. 

jueves, 4 de noviembre de 2021

La tregua

 - Bueno,  es algo así como nuestro lugar  - le dije. 

Acomodé mi cuerpo desnudo al suyo y apoyé la cabeza en su pecho. Me miró, sonrió y se distrajo perdiendo las manos por mi pelo. Le causaba gracia cuando le decía que a nadie le dejaba tocarme el pelo así, con tanta dedicación, más allá del peluquero, pero eso era real. Notaba que Galeno trataba mi pelo con cuidado y placer, por lo que lo dejaba hacer. Una de sus partes favoritas de mí, me confesaría con el tiempo, era mi pelo por sorpresivo que a mí me pareciera. 

- Claro que sí - me contestó - Éstos son los momentos que valen la pena en la vida, *** - me dijo. 

Lo abracé de costado y lo miré como de reojo. Me abrazó por debajo de la sábana blanca, dejando a un lado mi cabello.  

- Sí, forman parte de todo lo que es la vida - consideré - pero son las cosas más lindas...  

- Son la vida - me aclaró Galeno - El resto, es lo que pasa hasta éstos momentos. El resto del mundo es una porquería afuera, pero ésto, no.

- ¿Por qué decís eso, mi ***? - le pregunté. 

- Porque acá es diferente. Este es nuestro mundo. 

- Es como si nos dieran un premio - resalté - Tenemos que estar agradecidos de haber podido animarnos a conocernos... 

- Así es. Mucha suerte que todo se dió así. Hay que disfrutar todo esto... - musitó. 

 -  Mucho-muy - lo burlé. 

Se rió y me abrazó, quedándonos en silencio.  Lo que tomé como una confesión muy íntima, propia de la intimidad que acabábamos de compartir , sin embargo, y con el tiempo, entendí que era una enseñanza. 

II

En ese momento de felicidad y complicidad con Galeno, creí entender a qué se refería; pero hoy comprendo que no imaginé la profundidad de sus palabras.  Claro, llevándonos 26 años había uno de los dos que había vivido una cantidad considerable de experiencias extras y yo, con 24 años, todavía estaba abriéndome a los sentidos mientras que Galeno casi le daba la vuelta a todos ellos. Ahora sé que el mundo es un lugar hostil, sí, a veces demasiado, y que los momentos que valen la pena son aquéllos donde podemos salirnos de esa hostilidad y descansar,  siendo amados y aceptados sin que el prójimo corra. 

 A veces ese descanso es quedarnos pegaditos a un cuerpo que nos dé un reparo del sufrimiento exterior o simplemente que nos dé amor, como fue en su momento con Galeno.

  Otras veces, es un mensaje de texto donde alguien querido que te pregunta si comiste. O un abrazo de tu mamá. O llorar ambas por la misma cosa y reírnos porque lloramos juntas. O un mensaje de tu hermana. O un correo electrónico de alguien que no esperabas sólo para decirte seguí.  O un vino que te regala tu papá porque sabe que sos fan y te malcria como la mejor en eso.  O un mensaje de tu mejor amiga. O un favor que te hace alguien. O un favor que hacés a alguien. 

 Algo que te conecte, finalmente, con todos esos momentos que sobrepasan los malos y pésimos momentos que también existen en la vida.  Una tregua.  Eso estoy necesitando, francamente con urgencia: una tregua, porque ya las fuerzas las he agotado por completo más allá de lo que haga en el día a día. 

Las fuerzas físicas no tienen nada que ver con las fuerzas espirituales.  He llegado a un punto de desaliento tal que no tengo palabras para explicarlo. Y no se trata de la multinacional que no me eligió, ni de sentir que se me escapó una oportunidad extraordinaria, porque claro que seguiré buscando y de seguro encontraré algo igual o mejor, y hasta incluso entienda con el tiempo por qué no tenía que estar ahí. 

A esta altura, a decir verdad, no se trata de lo que parece que se trata, es decir, el trabajo.  En realidad, se trata de saber que, aún mismo me llamaran mañana mismo para incorporarme en un trabajo que fuera cien veces mejor de lo que soñé, ésta lucha ya no se ganaría con eso. Porque toda la angustia, el malestar, la frustración y la impotencia que siento, frente a las cosas que es obvio nadie puede cambiar, jamás serán factores gratuitos. 

Las marcas que todo este proceso dejó hasta aquí, y que van quedando a través de los meses donde todo sigue igual o va empeorando en algunos aspectos, sospecho que tardarán en borrarse, aún mismo, la tormenta se haya terminado. 

Ese es mi único reproche, el reclamo que le haría a la desesperanza y a la tristeza cuando vienen tiempos difíciles. Jamás perdonaría a los malos tiempos por marcarme, calarme tan profundo, acribillarme por dentro logrando que dude de mí, cosa que yo juré no me iba a permitir sentir nunca más. 

 El sufrimiento cambia a la gente. Y yo he padecido mucho, mucho más de lo que reconozco y demuestro, en todo lo que va de este 2021 con éstos asuntos. No creo, siendo honesta, que vuelva a ser la misma persona después de esto. Ya no lo soy. 

III 

No sé quién seré a partir de ahora. De hecho, por momentos no entiendo a dónde ir ni quién soy.  Ya no me interesan las mismas cosas que me interesaban antes. Sin ir más lejos, ya no me quiero dedicar a ejercer lo que estudié (y de lo que me estoy por recibir) y lo que empezó siendo como una duda a inicios de este año se transformó en una realidad. 

¿Por qué sigo estudiando algo que no me veo haciendo ya? Porque empecé algo hace muchos años y me interesa terminarlo y porque me interesa tener el título estando a tan poquito. Porque mi conocimiento está y porque es siempre mejor tenerlo a no tenerlo, obviamente.   Pero no, no me quiero dedicar a dar clases, la verdad. Ni a investigar. Ni a nada de eso. No tengo interés en ejercer la docencia ni ahí y menos vivir de ella. 

Y de eso también se trata. 

miércoles, 3 de noviembre de 2021

El destino

Hace unas semanas me contactaron de una multinacional para cubrir un puesto administrativo. Pasé por dos entrevistas y ayer, después de ansiedad e incertidumbre, me avisaron que no quedé seleccionada. Por esas desventajas del lado tóxico que tienen las redes sociales laborales, sí vi a la persona que eligieron y pensé: "obvio,  yo no llegaba ni a ir a limpiar pisos en un lugar así", porque realmente hay momentos en la vida donde nos sentimos peor que una bolsa de basura estacionada en la esquina de una calle de la ciudad. 

Creo que lo que puedo rescatar de esto es el convencimiento sobre una cuestión en particular: hay gente que no logra las cosas que se propone, que por mucha voluntad que le ponga, no puede superarse a si misma, ni a su origen, ni tener una vida mejor. Los hijos de los laburantes no siempre podemos, lamentablemente, por mucho que lo intentemos, progresar laboralmente, ingresar a lugares que nos den esa oportunidad. 

Yo soy esa gente. Hija de laburantes que se rompió el culo para poder progresar durante muchos años y que se acaba de dar cuenta que es algo de base, también, más allá de todo el esfuerzo que haga : uno no puede cambiar su destino.  Las oportunidades no son para todos, y yo,  me cansé de hacer fuerza y poner todo de mí para cambiar la situación.  Si me destino es quedarme atrás y ser la última en la fila, bueno. No voy a poner más de mí para cambiarlo porque hay cosas que no puedo controlar y jamás me juegan a favor y son esas cosas las que terminan haciéndote vivir la vida arrodillada. 

Para la próxima, quizá, antes de entusiasmarme, conviene que me repita: "esos lugares no toman gente como vos", así me ahorro la tristeza que siento ahora.  Boluda yo, que me entusiasmé, creyendo que la vida me podía premiar con algo así de lindo y con una oportunidad así de buena. 

Esas cosas a gente como yo no le pasan. Le pasan a otra gente, y está bien, no hay nada de malo en eso, ni hay que odiar a nadie, ni hay que odiarse a uno.  Hay que asumir las cosas como son, lo que uno es, y no soñar demasiado alto. Es doloroso, pero es así. 

lunes, 1 de noviembre de 2021

El recorrido hasta aquí

 A través de todo el proceso de pérdida de empleo formal, crecí mucho. Es curioso pero esta situación muy de mierda me enseñó sobre cosas que no fueron solamente una mierda. Y eso, sean como sean las cosas, es crecimiento. Si bien las ganas de volver a trabajar de manera formal siguen acá, presentes, y es algo por lo que me muevo todos los días; también entendí que es momento de aceptar cómo las cosas se dan.  Incluso, cuando no es de la forma en que uno desearía que se dieran. 

Y esto, aunque suene muy adepto a la fe religiosa del tipo "aceptar los designios de Dios" - diría mi mamá - yo lo veo más desde el lugar que implica estar viviendo una vida que no podemos controlar del todo y aceptar esa imposibilidad para poder construir hacia arriba siendo conscientes de esa potestad que no poseemos si nos lo ponemos a pensar en frío. 

A lo largo de este año comprobé y sigo comprobando - y sospecho que seguiré comprobando - que no puedo controlar nada. Que no puedo medir la intensidad de las cosas. Ni saber cuándo ocurrirán para protegerme o para calmarme. Ni menos saber si es posible cambiar el curso de los acontecimientos que si o si o si se tienen que dar. 

Con la excusa de la búsqueda laboral, la vida, en éstos últimos meses, me ha presentado muchos escenarios nuevos, curiosos, agradables y desagradables. Más de una vez sentí que estaba arriba de un tren y no conocía su destino. Y otras veces, frente a ciertos hechos que se me aparecen como inexplicables, o que mi mente no alcanza a entender, sentí que la vida me mostraba lo que yo deseaba solamente para que lo desee, sin poder alcanzarlo, sólo para que me sienta ahí, con la ñata contra el vidrio.   Otros momentos, en cambio, fueron expresamente una prueba a mi fe. Todo este proceso en general lo fue, y lo sigue siendo. Cada día se postula a si mismo como un nuevo capítulo de hasta dónde pueden ponerte a prueba los acontecimientos, hasta dónde puede resistir el corazón y la fortaleza de un ser humano que desea algo y lo busca incansablemente. 

Yo no sé, ya, a ésta altura de haberle dado una vuelta entera a todo este sistema, si es una prueba a mi perseverancia o algo así. Pero sí debo admitir que jamás he buscado algo en mi vida como ésto, durante tanto tiempo, sin obtener un resultado.  Sí, jamás se me había hecho tan largo el camino para que se me diera algo. Jamás había experimentado la frustración de tal manera. Jamás me había enfrentado tanto a mi propia mente, cuando se hicieron realidad los peores escenarios que ella había creado en lo laboral y profesional. 

Pero todo esto, que tan duro parecía al principio, también fue bajando su intensidad y nada de esa intensidad reducida tuvo que ver con que yo estuviera tranquila en lo económico o profesional.  Al contrario, no hubo época más incierta y dura que ésta en esos dos aspectos, sin embargo, yo cambié. Y bajé la intensidad. Y el torbellino de emociones posteriores a haber perdido un empleo que me encantaba, también bajaron. Y lo que me parecía el peor escenario del mundo, aunque ciertamente es muy duro y áspero, se convirtió en uno más de los tantos posibles en mi vida. 

Por cada una de estas limitaciones pasadas, y las que continúo atravesando al menos hasta hoy, el último día de octubre, cuando llegue el momento donde me llamen de un trabajo para confirmarme que quedé seleccionada, realmente me voy a sorprender. Pero no me voy a sorprender porque crea que no me lo merezco (de hecho, éste proceso me hizo entender que yo me merezco que me pasen muchas cosas buenas) sino que me sorprenderá porque lo que esperaba de una manera tan desesperada al comienzo ahora sea una realidad que se haya dado de una manera tan pacífica. 

Pasé todo un ciclo. Y siento que dí finalmente una vuelta entera a toda esta situación del desempleo. Pasé por momentos de angustia, de miedo, de tristeza, de desesperación, de euforia luego de una llamada para una entrevista, de indignación por las propuestas irrisorias; etc. Pasé por momentos de expectativa, de ansiedad, de nervios, de animarme a los desconocido y de ir por lo que yo creo que tengo que ir, por el puesto que quiero ocupar y, en relación a eso, por la clase de vida que quier vivir.  Y ahora, después de atravesar todos los extremos y matices posibles, estoy llegando finalmente a un momento de aceptación, integración del aprendizaje y calma.  

El trabajo es algo que, considero, se resolverá en algún momento. Entiendo que soy joven, que tengo estudios y experiencia laboral, por lo que en algún momento eso se resolverá. Pero lo único exclusivo de este momento, más allá de su aridez, no quisiera que siga siendo pasado por alto.  Por eso, y para eso, se vuelve necesario estar en calma. 

Parece irónico decir que finalmente he encontrado calma dentro de una tormenta de arena, pero eso es.  No es que la tormenta no esté ahí, sino que yo estoy acá, ahora, y puedo ver esta situación sin ahogarme en ella, es decir, con cierta perspectiva del asunto. Desde afuera, aunque esté dentro, y comprometida hasta el cuello, puedo mirar también desde afuera. 

Sé que si voy a una entrevista y no me llaman, me da un poco de ansiedad. Sé que puedo ir a una y me pueden ofrecer una pavada. Sé que puedo ir a una, sentir que me fue lindo y quizá no me devuelven la llamada. Pero también sé, ahora, que casi por una cuestión probabilística, un buen día mi teléfono celular va a sonar. Y va a ser el llamado ése que no estoy - aunque esté - esperando. Ese donde una voz diga: "Hola, Veinteava, buenos días, soy *** de *** y te llamo para comentarte que fuiste elegida para el puesto....". 

Porque supongo que después de haber pasado todo este recorrido, en algún momento, aunque yo no sepa ni cómo ni cuándo ni por qué, ni por qué si o por qué no;  lo siguiente que me tocará vivir es eso: el día de la nueva oportunidad. 

Y ahí será una nueva aventura