sábado, 28 de marzo de 2015

Mi ángel de la guarda

Gustavo fue un nombre que siempre me gustó. De hecho, sin saber la historia que les voy a contar, se lo puse a uno de esos personajes que siempre viven en mi mente, hace unos meses. Es, de manera casual, a la vez, el personaje más puro y con más relevancia de todos los que esbocé con mucha timidez por el momento en las hojas A4 de Word. 
Detalles como estos, insisto, me siguen sorprendiendo. 

Todo transcurrió en el lapso donde estuve internada, después de un nacimiento con 28 semanas de gestación, 1. 340 gramos de peso y una cabeza que siempre me cuentan tenía el tamaño de una naranja promedio. Cuando el índice descendió y marcó los 900 gramos que se mantuvieron a lo largo de varios días, las cosas cambiaron de color.  Si en un principio me tenía que quedar internada en Terapia Neonatal por las 72 horas que me cubría mi obra social, en ese entonces, nadie quería aceptar un traslado a ningún hospital lindero. Por suerte contaba con ellos, pero no contaba con un equipo que me proveyera el oxigeno que necesitaba, y no sabrían si resistiría un traslado con un respirador manual que me oxigenara la sangre, las células y todas las partes de mi cuerpo. Incapaz de respirar por mi misma, mis padres pidieron una extensión para mi seguro y pude quedarme ahí el primer mes completo... Y cuando cursaba el segundo mes de internación, la obra social demoraba en depositarle la paga completa a la Clínica.  Y la Clínica se embroncaba, por eso empezaba a traslucirse la obligación de trasladarme a un Hospital, donde no tuviera que pagar nada. El punto era que la diferencia de dinero seguía presente y, en esos momentos, para mi familia, era mucho más del dinero con el que contaban. 

El caso no llegó a Auditoría médica, aunque lo hubiera hecho sin demasiados preámbulos. Sino que Gustavo, mi ángel de la guarda, el médico auditor, llegó a mi caso para quedarse hasta el final. 

 Mirá Gustavo - mi papá le plató la cara - Yo no tengo plata para cubrir la internación y no quiero que la trasladen. Hasta que la obra social deposite la plata que falta, podés tener todos los papeles de mi casa. Es lo único que tengo para que me puedas reclamar. Así que te los traigo, pero vos dejala donde está - repetía mi papá, ayer, mientras lo contaba. 
- ¿Y qué hizo el tipo? - le preguntó mi cuñado. 
- A ella la dejó por ese momento donde estaba sin que yo le hubiera presentado nada. Pero todavía seguíamos expectantes con la obra social que nos estaba cubriendo más de lo que habíamos quedado, aunque tardaba en depositar. 

Gustavo vivía en Capital y nosotros estábamos lejos, lo suficiente, como para no cruzarnos. Un domingo donde mis papás me visitaban como era habitual, mi viejo sale al pasillo y se lo cruza de frente. 

- ¿Qué hacés acá? - le dijo Gustavo, sorprendido. 
- ¿Vos qué hacés acá? 
- Mi sobrina tuvo familia y está internada acá - le explicó - Che... ¿después puedo pasar a verla a ***? 
- Sí, claro. 
- Termino con mi sobrina y paso - dice que le dijo, y finalmente, pasó a verme, quedándose metido en el caso de lleno. 

Seguidamente le ofreció que empezara a ocuparse del mantenimiento de unos boxes en otra Clínica con la que él tenía contacto. Eso serviría como parte de pago en caso de que no funcionara la estrategia de la obra social, sino sería la casa - que él no quería considerar todavía - y sino, finalmente, pagaría las cosas con el trabajo. 

- Por esto yo te digo que siempre supe que se iba a salvar, contra todo. Hay cosas que no tienen otra y tipos como ese no los podés explicar en otra situación porque no te lo creen - siguió mi papá, después de relatar este mismo tramo de la historia. 
¿Y la obra social? - preguntó mi cuñado. 
- La obra social no depositaba la plata y él me recibió la escritura, asegurándome que iba a demorar lo máximo posible las cosas, llegado el caso de que la obra social siguiera atrasándose - agregó.
Yo no sabia esto con tanto detalle. Siento que son cosas que me voy a ir enterando toda mi vida, a través del tiempo. Se me hizo un nudo en la garganta. 

- Al ser Auditor médico, Gustavo recibía todo y retrucaba todo el tiempo  las drogas que se le sumnistraban a ***, porque más allá de todo lo que le facturaban, él cuestionaba también su diagnóstico, sin importar la cantidad de sondas que se usaran o ese tipo de cosas. Una vez llegó a pedir su  Historia Clínica, y vivía mandando fax a los doctores, preguntándoles el por qué de cada paso que se daba - añadió, agregando para mí un dato nuevo. 
- Finalmente cuando ella estaba lista para venirse para acá, nos la entregaron aún la internación no estuviese del todo paga, por tener los papales de la casa. La obra social depositó a la semana la plata que correspondía, pero yo no tenía las escrituras de nuevo hasta que no fuera todo confirmado y pasado en limpio. 
- ¿La recuperaste? 
- Sí, y por estas cosas te digo que yo no creo en la casualidad con este tipo - se entusiasmó y yo hacía rato ya, no lo miraba, procesando todo - Un domingo estaba afuera, regando las plantas. Ella ya estaba acá - le aclaró - Suena el teléfono y era Gustavo, diciéndome que fuera inmediatamente para la Clínica, porque estaba quebrada y él tenía la escritura mía en sus manos. Que juntaba sus cosas y se iba, pero que antes quería devolverme los papeles. 
- Increíble 
- Impresionante - reconoció - Así que ahi fuí. Llegué después de tomarme el colectivo hasta la Clinica y me volví con la escritura de la casa. 
- ¿Qué fue de la vida de Gustavo? - me animé a preguntar. 
- No sé - se encogió de hombros - Lo busqué incluso después de todo ese lío, comunicándome con su secretaria, cuando le lleve unas lapiceras caras de regalo, por todo lo que habían hecho los dos por vos - suspiró - Y aunque le insistí tanto, ella no me sabía decir dónde estaba. Sólo me decía que estaba bien, que se habia ido bien, pero que se había ido. Así que me aceptó las lapiceras y me fuí con esa duda. 
- ¿Nunca supieron nada de él? 
- Hace ya más de diez años estaba en el Hospital Pena, pero ahora... Le perdímos el rastro. 
- Ese hombre fue un angel, nena - acotó mi mamá. Yo la miré en silencio, dudando ante la idea con antecedentes como los que me habían estado contando. 
- ¿Y si lo googleo? - bromeé. 

Nunca hasta ahora lo encontraron, pero ¿quién sabe? Ojalá la vida me reencuentre con él. Ojalá tuviera forma de que leyera estas palabras, más que nada por eso las publico. Me encantaría que me viera ahora, ya tantos años después. Me encantaría poder agradecerle los pasos claves  que dió para que hoy yo de miles de los míos. 

(Por si me lee, todo mi agradecimiento a Gustavito, mi ángel de la guarda)

martes, 24 de marzo de 2015

Pirámide

Cuando tenía más de un año mi papá y mi mamá descubrieron que, contrariamente a lo que se esperaba, yo no empezaba a caminar. De hecho, lo hice cuando tenía casi dos, agarrándome de todo objeto visible y alcance para mí. Supongo que la desesperación de ellos fue, para equiparar los términos, tan grande como la mía en algunas ocasiones de las que podría estar hablando, describiéndolas y demás, pero no vienen demasiado al caso. Después de un control pediátrico me derivaron a un conocido traumatólogo, colaborador de la asociación Luchemos por la vida el cual me atiende, más allá de ser médico infantil, hasta hoy. 

Él, con toda su sencillez y con toda su calma, fue el hombre más pragmático y encantador a la vez; el cual yo tuve el lujo de conocer. Les explicó a mis padres mi situación y los motivos por los cuales tenía tanta dificultad para caminar.  

¿Qué es, en teoría? Un cúmulo de tecnicismos, diría yo, para empezar a hablar del tema. Pero, por una vez, vaya a saber por qué razón, quiero empezar a llamar las cosas por su nombre.  Lo que yo tengo se llama espasticidad. Esto es un trastorno motor del sistema nervioso en el que algunos músculos se mantienen contraídos, de manera permanente, provocando la rigidez y el acortamiento; dice Wikipedia. La uso como fuente sólo porque trae un montón de términos que la mayoría podemos comprender y, además, es una breve introducción que me alcanza. 

La espasticidad tiene... Muchas consecuencias. En mi caso, y tengo que reconocer que no sé si es siempre de este modo, se produjo por un nacimiento prematuro. Nacimiento a las 28 semanas de gestación, o como siempre pienso, cuando se me terminaron de formar los pulmones y pude salir respirando sin morir en el camino. Este trastorno afecta la deambulación, la manipulación, la deglución, y el equilibrio. Eso no quiere decir que afecte todo al mismo tiempo, o que solo elija una posibilidad, sino más bien que hay grados mucho más severos de espasticidad que otros. 

En mi caso, lo afectado, fue el equilibrio en mis miembros inferiores. Específicamente lo que se acortó fue mi tendón de Aquiles, unos cuatro centímetros. Pero, como esto tiene base neurológica, digamos que - según el doctorcito - mi cuestión radica en que mando mal la orden a mis piernas para dar buenos pasos. Aunque, contra todo pronóstico, parece que al final mi cerebro entiende las cosas mucho mejor de lo que todos pensaban. 

Al principio me agarraba de todos para caminar. De mis hermanas, de las sillas, de los muebles, de... No sé, los marcos de las puertas y de las patas de la mesa. Mi mamá, sin exagerar, me agarró - promedio - de la mano hasta los 13 años y mi papá todavía tiene el reflejo de hacerlo, aunque lo rechazo con un gesto solemne y una ceja enarcada que traduce un "¿qué estás haciendo? No me hace falta". Conforme crecí la situación creció conmigo, pero no de magnitud, sino de propias nociones. Alrededor de los 3 años caminaba literalmente, sobre las puntas de mis pies. Eso contribuía a que me llevara todo por delante y a que aumentaran las caídas. Las caídas, en piernas como las mías, nunca fueron aconsejables. ¿El resultado? Muuuuchos años de vida tranquila: lectura, cuentos, juegos sin correr demasiado - puedo correr, sí - y... Bueno, varias otras cosas. 

A los cuatro, al margen de un tratamiento de kinesiología y masajes todas las santas noches, se produjo el primer quiebre. Creo que ahí empiezan los recuerdos que me acompañan hasta hoy. Dormía con balbas, aunque el corrector de Blogger crea que quise escribir alba o cosa parecida. Las balbas eran dos botas de plástico duro, abiertas adelante, llenas de abrojos y las tenía que usar durante la noche, para poder hacer una vida normal durante el día; es decir, ir al jardín, jugar con mis hermanas y procurar no romperme la dentadura jugando, como cualquier niño ¿no? 
Lo peor de esas balbas es que picaban y mucho. Nunca pude olvidar la picazón y además, dejaban muchas marcas. Aunque de chica, las marcas me parecían algo poco natural y las tocaba hasta que desparecían. Dormir con ellas fue realmente la parte física que recuerdo, al menos, haber padecido más. No podía dormir boca para abajo, y con mucha suerte, dormía para los costados; cuando me cansaba, en un acto de rebeldía, me las sacaba y literalmente, dormía a pata suelta.  A los cinco, los seis, los siete... y durante muuucho tiempo más - hasta hoy, a los veinte -, seguí visitando a mi médico y haciendo buena letra. Kinesiología, natación, danza clásica, tenis, natación, más natación, y cuidándome. 

Pero, lo que creo poder rescatar de todo este cúmulo de escombros, es la pirámide. O, para ser más real y menos metafórica, el dibujo casi estadístico que les hizo a mis padres mi doctor cuando, aquél día, el silencio cubrió todo el consultorio y, seguramente, mis padres habrán empezado a sentirse bastante perdidos. 

- Bueno - les dijo, según me contaron, mientras se arremangaba y se sentaba en su silla movediza - Lo que tiene *** se llama espasticidad. Es un trastorno neurológico que le está afectando el equilibrio y que no tiene cura - agregó, por si quedaba atisbo de hacer la pregunta. Mis viejos, él de 30 y ella de 28, permanecieron en silencio. A menudo intento pensar apenas algo de todo lo que se les habrá pasado por la cabeza en esos minutos. 
- Miren... - suspiró, tomando una hoja de papel y sacando su lapicera del bolsillo que llevaba en el pecho de su delantal - En esta pirámide, van a entender todo mejor - les dijo, antes de empezar a dibujarla - Ella podría haber quedado aquí, sin poder caminar. - señaló - Podría haber quedado ciega, neurológicamente destrozada e, incluso - los miró - Podría haber quedado sin posibilidad de hablar, leer, comer o tantas otras cosas. 

Mis papás siguieron en silencio. Desde ese  día, hasta hoy, para ellos, su palabra es casi santa. 

- Pero está aquí - les señaló la parte más confortable de la pirámide - De todo lo que yo les estoy nombrando, ella está acá ¿lo ven? - les dió vuelta la hoja, para que percibieran justo al lado de todos esos nombres, y escalones en subida, dónde estaba y donde estaría siempre yo.  Mis viejos siempre comentan que desde ese día, entendieron mejor todo.  Y que esa charla la van a agradecer, realmente, de aquí en adelante.  Al principio, cuando me contaban esto, para mí era una historia que siempre repetían. Aburrida, por cierto. Ahora, cuando ya tengo edad suficiente para entender incluso más de lo que quisiera, también comprendo cuán importante fue para ellos aquélla pirámide y cúan valiosa es para mí, esa pirámide. A diferencia, claro, que la mía tiene otros nombres y, contrariamente, contiene todo lo que sí puedo hacer. 

Hace un tiempo charlaba en terapia acerca de los avances. Avances míos ¿saben? Avances que no hay persona que a la vez pueda entenderlos. Mi concepción de la vida, por fortuna, cambió. Y cuando podría decir que cambió totalmente, solo digo que cambió en una parte que me ayuda a vivir mejor. A aceptar la vida que llevo, aunque a veces, me saque de quicio. 

No es joda para mí decir que puedo ver, comer, correr, saltar, caminar, aún de la manera más imperfecta. Hoy en día pesa y asusta a veces esa noción de todo lo que pudo haber sido, y por fortuna y razones que nunca entenderé, no fue así. La posibilidad que se me ha dado es grande. Puedo además de ver, tocar, correr, saltar, caminar, gesticular y estudiar una carrera universitaria, vivir la vida que - se pensaba - yo no sería capaz de vivir nunca. Como mi médico dijo, más de una vez, esto excede incluso los mejores pronósticos.  La espasticidad se considera una discapacidad. Ciertamente es una enfermedad que imposibilita a muchísima gente a la hora de lo más básico. Cuando pienso en lo distinto que podría haber sido esto para mí, un nudo enorme se adueña de mi estómago y me embarga la sensación de privilegio. No es común, insisto, sobrellevar la noción de todo lo que te podría haber pasado y no te pasó.

Si hay algo que jamás voy a olvidar, y fue una de las cosas que me hizo entender la mirada de los otros, fue lo que me dijo él - y ahora no hablo de mi médico ni de mi padre, sino de él... - un día donde me estaba mirando de frente en la mesa de un bar comiendo cuadraditos de jamón y de queso, mientras yo lo miraba. 

- Nunca me pareció demasiado importante - sonrió y yo sonreí, aunque estaba triste en ese momento - No es lo más importante que tenés. Vos tenés otras cosas... - se quedó callado y yo me quedé callada. 
Asentí con la cabeza y suspiré. 
- Cuando te veo, te lo juro, no me fijo en cómo caminas... - se rió, supongo de recordar en lo que él sí se fijaba - Tenés algo más, es otra cosa. Es una presencia tan fuerte... Llegás y es cómo me hablás, como me mirás, como te movés, las caras que me ponés - hizo un gesto - Yo sinceramente ni me acuerdo - se mofó, con esa cuota de humor que él tenía. 

Creo que por todo lo que para mí forma parte de mi pirámide personal nunca voy a poder terminar de agradecerle sus palabras. Fueron palabras que ciertamente, me quedarán grabadas de por vida. Tal como otras palabras o dichos... Tal como mis nociones de: ¡para mí no existe aceptación posible!... que tuve tan arraigadas en muchos momentos, durante muchos años. 

Y así, usando otra vez las palabras, a diferencia, en la actualidad todavía siento que quedan cosas que puedo rebatir, cosas de las que puedo y debo aprender a disfrutar. Cosa, esas pequeñas cosas, que constituyen y seguirán alimentando la pirámide. Cosas que llamándolas por su nombre, uno sigue aceptando, y cada vez mejor. 

¡Qué tengan un buen comienzo de semana!

domingo, 22 de marzo de 2015

Las dos condiciones

Odio que me mientan. Creo que el motivo de mi enojo bien puede caber en la frase anterior. Odio que me mientan y repudio de pies a cabeza que justamente me mientan personas con las cuales yo tengo una relación muy estrecha.  Odio que me mientan, insisto y  que quienes lo hagan sean personas de mi profunda estima pero lo que más odio - vuelvo a usar esa palabra - es que además esas personas manden a terceros a hacerlo.  ¿Por qué recaigo en esto? Porque no es la primera vez que me mienten, claro, pero sí es una de las tantas veces donde me mienten y me entero, con esa mala o buena suerte y haciendo más fuerte mi olfato desconfiado a lo largo de estos 20 años. 

Cuando la gente esgrime argumentos pelotudos - una de ellas es la persona que me mintió, qué justo - de que no tengo motivos para ser tan desconfiada, me dan ganas de reírme en su cara, tal como se estuvo riendo de mí todo este tiempo, de manera tan pelotuda, tan cobarde y tan inmadura. Porque esa es la otra cara... ¿Cómo mi propia madre va a tener que elegir mentirme a través de los otros? ¡Qué inmadurez, la puta madre, no saber cómo enfrentar a tus hijos!

¿Qué es lo que me duele? Que haya sido mi vieja. ¿Qué es lo que me repugna? Que esa famosa frase que dice algo como " no existe cosa tan terrible que una madre no pueda comprender de un hijo", al parecer, poco corre al revés. Y especialmente, cuando toda la - mi-  bronca que bien hubiese sido encomendada contra si misma;  no tienen más motivo que el defenderla, y esbozar el carácter y la entereza que ella, nunca en su vida tuvo. Porque a mí sí me corre sangre en las venas, a diferencia. 

¿Mentirme por no querer enfrentarme? ¿Mandar a otro para que lo haga y así evadir la justa explicación que mínimamente, merecía, por haberla defendido de todo? Estas no son cosas que debería hacer una mujer de casi cincuenta años, sin embargo, lo hace, junto con sus amigas, como colegialas que ya no son; quedando como las pelotudas en las que se convierten si no son capaces de sentarse, con toda esa misma franqueza de la que se jactan, y haciendo honor de todas las otras medallas de " excelente madre o mujer" que le cuelgan, y hablar como adultas. 

Insisto, no era nada tan terrible como para lo que yo, a pesar de no estar de acuerdo, no pudiera comprender. En definitiva, lo hacía porque quería que entienda lo productivo del cuadro y no que piense que soy su enemiga. El plus era para ella, no era para mí. Me dolió la mentira y la cantidad de artilugios que siguió haciendo, incluso hasta hoy mismo, para que yo terminara de creer. Cosa que no hice nunca, por supuesto, porque si algo me caracteriza es la desconfianza y el análisis detenido que hice de sus acciones y de sus palabras anteriores, que ahora, cobran mucho más sentido. 

Hoy, otra vez, la adulta me siento yo. Aunque parezca extraño, me siento otra vez en el vaivén de los matices entre decirle todo, y esperar que se arruine la relación entre quien me contó - la amiga de mi madre - y mi madre ó mantetener los mismos códigos que no han mantenido conmigo. Lo que implicaría ver cómo esa mentira sigue creciendo - mi propia madre la sigue haciendo crecer, realmente sin necesidad, lo juro -, a cambio de que ellas dos preserven su amistad.

 ¿Y a mí, quién me devuelve la confianza? ¿Y si me callo, cómo voy a sacarme de encima esa sensación de profunda lástima por ella, que nada parece poder reparar, conforme pasan los años? ¿Y si la siento, y le digo cómo me siento, quién me borra - otra vez - la sensación de lástima, de no querer ser nunca la mujer que ella si es? 

¿Cómo le explico que a pesar de ser buena madre, no quisiera ser jamás una mujer como ella? ¿Cómo le explico que no soy capaz de querer tan a fondo a una persona que jamás comprendió mis gustos con los hombres, que siempre minimizo mis temores, mis dolores y mis penas, y que siempre creyó que el mundo iría a ser un lugar mejor si yo misma tenía una cartera de más o de menos? ¿Qué clase de orgullo podría inspirarme una persona, mujer grande ya, que jamás se supo defender, poner en el lugar del otro o siquiera enfrentar a mi, su hija desde hace veinte años? 

Porque mi mamá tiene gestos que hablan de una gran entrega por quienes aman, pero no es la entrega que me gusta. No es la entrega sana, normal y justa para otra persona. Si sigo la vía natural de egoísmo que todos parecen seguir, la dejaría ahí, varada. En cambio, la defiendo. ¿Y qué hace? Miente. Es realmente para darle galardones. 

Hoy, a la mañana, la miré detenidamente... Después de llorar, la volví a mirar. Y no encontré, pase lo que pase, a una mujer de la cual yo pueda sentirme orgullosa. No me dió más que pena. No me inspiró más que un inextirpable resquemor en su nombre. 

Porque a pesar de muchos otros defectos, prefiero pelear mil veces, pero pelear por la verdad y decir la verdad en esas peleas. Nada, tanto como la mentira, me altera, me enoja y me frustra más; nada. Y si hay algo que le siga en esa lista, decididamente, es la falta de coraje. Cosa de la que yo creía carecer, pero de la cual no quiero desprenderme nunca, así me lleve a los grandes estragos o a los grandes maestros. Porque, aunque imperfectamente, sé que soy una joven de coraje, que aunque durante mucho tiempo temió a tantas cosas, no teme decir la verdad. Y eso no quiere decir que me sea fácil, sin embargo, me envalentono y prosigo. 

La cobardía, fue el móvil por el cual a tantas personas que amaba les perdí el respeto, y además, junto con la mentira, fue el motivo por el cual profundos afectos se borraron de mi vida. ¿Cómo no odiar, con fuerza, cuando lo vuelven a hacer? 

Por eso, hoy mirándola, comprendí que le había perdido el respeto. Junto con todo el grupo anterior, reunió las dos condiciones que detesto: cobardía y capacidad para mentirme a ojos fijos y sin cruzar los dedos por detrás de su espalda. 

Repito, es realmente para darle galardones. 

martes, 17 de marzo de 2015

Y sale foto...

En mi anteúltima entrada, a colación de la descripción que hice sobre algunos puntos de mi habitación remodelada, un asiduo visitante de este blog tiró al asador la frase "sale foto" en honor a una estatuilla de Cortázar.

Y sí, hoy sale foto... (mea culpa: sepan disculpar por la malísima calidad)




¿No es una paquetería? 


lunes, 16 de marzo de 2015

Payaso mala-onda

Hubo un tiempo en donde a mi papá yo le decía el payaso malaonda. Definitivamente, ese apodo, le quedaba más que bien. Y, a mi pesar, le sigue quedando. Aún han pasado cinco años de esa época, donde era una adolescente en esplendor de la edad, ahora ya no es lo mismo. Yo no soy la misma y mis inquietudes no lo son tampoco. 

Si hay un punto de conflicto que me irrita es la mala onda que tiene ante muchas de las cosas que elijo. Quiero empezar un curso y lo cuestiona, diciéndome que no voy a poder llevarlo adelante con la facultad y las otras actividades que hago los fines de semana.  ¿Quién es para decirme, ante mis intereses, lo que puedo hacer? Es hora de que se corra de en medio, de camino a lo que realmente me gusta y por momentos, su presencia me molesta. Bah, la realidad es que siempre me molestó esa parte de si mismo. Esa parte que reluce de él, ante las cosas que no entiende, y entonces, estropea.  

Hace ya dos o tres noches que me duermo envenenada. Primero, porque me subestima y segundo, porque se piensa que diciéndome que no voy a poder, consigue algo más que irritarme. Voy a poder, claro, que voy a poder. Y si no puedo, voy a tener también la humildad para dejar lo que me incomode, pero siempre y cuando lo haga desde mi misma y no desde lo que prefiere él. O en especial, desde lo que él cree.  Puedo con mis actividades culturales de los fines de semana. Pude llevar adelante la cursada de tres materias de la facultad, más estas actividades, y de hecho metí esas mismas tres materias en su momento. ¿Si estaba atareada? Sí, naturalmente, pero estaba feliz y eso es lo que más me interesa recuperar. Para mí, el enriquecimiento cultural es muy importante. Para mí el aprender, va encima de todo cuestionamiento estúpido y me extraña que sólo lo sepa cuando le conviene y lo olvide, cuando no. 

En mis años de secundaria, siempre manejé este mecanismo y siempre soporté lo mismo. Asustada, cuando empecé la facultad, la prioricé y a pesar de que mal no me fue, perdí muchas cosas que me ayudaban a liberar mi mente.  Ahora, quiero recuperarlas, aprovechando que estudio más cerca. Y no acepto un "no" como alternativa o un " fijate, porque no puede irte bien" como método de manipulación tan común y patético de su parte. 

Mi talón de Aquiles durante mucho tiempo fue la inseguridad y la falta de credibilidad en mi misma. Pero si algo entendí, desde ahora en más, que las cosas se logran levantándome y corriéndome de esa posición corrosiva. No puedo esperar estar contenta si resigno todo lo que me hace bien, todo lo que me gusta, todo lo que sostiene, por miedo a, por evasión de, por malaonda de tal.  Si él todavía me vé, al menos en materia intelectual, como una chiquita de 13 años que descuida sus estudios, equivocado está y mucho. Yo me conozco y sé, cuando realmente quiero y pongo todo, hasta dónde me da la capacidad. Por eso, me intereso en lo que me interesé, ante lo que él, obviamente, busca los mil y un contrapuntos.

 No solo tengo 20, sino que además, quiero aspirar a mi formación. De verdad, no le veo el problema por ninguna puta parte. Es de hecho un curso anual que encara a mi carrera universitaria de otro lado y desde el año pasado que quiero hacerlo. Cuando en la oportunidad anterior el mismísimo profesor me había reservado una bacante privilegiada, aún sin seguridades, tuve que rescindir la chance por falta de tiempo, estudios en Capital y derivados. Hoy, esos derivados, no existen y no voy a permitir que exista alguno más. 

Estoy segura de mis carencias y en especial, de todo lo que uno puede mejorar y aprender si se lo propone.  Hoy, yo, me lo estoy proponiendo con todo el entusiasmo, adecuándolo a mi economía, procurando administrar mi plata semanal para que alcance - porque no lo estoy gastando en ropa de marca - y posteriormente, quedándome con la satisfacción de haberlo logrado. No voy a permitir que penetre en mi su juicio, si ante todo, en la vida, está la constatación por nosotros mismos. 

Y si él, como de casi todo en su vida, quiere hacer un problema, yo no puedo permitirlo. Tengo que defender mi felicidad y los mecanismos que tengo para alcanzarla de cualquier forma y si eso implica andar tapando bocas ajenas, mayor el desafío. 

Que el tiempo me de el mejor camino... Que el deseo siga siendo el protagonista de mi vida, sin importar el prejucio, el hastío y el resentimiento de los demás. Inclusive, cuando por momentos él suele ser mi mayor apoyo pero al mismo tiempo, mi peor enemigo. Inclusive, insisto, cuando nadie mejor que yo misma es capaz de entender lo lejos o cerca que llega mi más interna potencialidad. 

Estoy enojada sí, pero no voy a permitir que esto siga sucediendo. 

domingo, 15 de marzo de 2015

Remodelación

Después de días difíciles, entre bajones de presión y peleas con los otros - aunque fueron dos cosas que fueron en paralelo -, volví. Y volví después de una remodelación, además.  Esta remodelación se originó por dos motivos: mi hermana recientemente se independizó y además, desde hacía rato ya, necesitaba construir mi "propio" espacio.

Ahora, antes de ser tres en un mismo cuarto, somos dos. Mi hermana mayor, originalmente considerada como la hermana del medio, todavía está bajo mi mismo techo. De todos modos, no tiene planes de quedarse siquiera un promedio de dos años más compartiendo luz, ventilador y derivados. Así, entre trabajo suyo, actividades culturales mías, facultad, su novio, mis amigos; poco es a veces lo que nos vemos.  No obstante, ahora, la pieza tiene las tres cuartas partes a mi favor. 

Antes teníamos dos camas marineras donde en la parte de arriba dormía mi hermana que se fue y en la parte de abajo, reposaba yo.  No puedo explicarles, realmente, los calores que pasaba por lo poco que me llegaba el ventilador o el poco lugar en el ropero. Fueron cosas que siempre me parecieron molestas, es la verdad, pero a las cuales me había acostumbrado. Con el paso de los años, el término del colegio secundario, el inicio de mi carrera universitaria, y esa necesidad inminente de tener un lugar para mí, dentro de una casa pequeña, fueron aumentando.  Lo más necesario, a mi ver, era un pequeño recoveco de estudio. Sí, un lugar para disponer de todo mi material, con Internet cerca y apuntes de la facu. Lo necesitaba porque me parecía engorroso estudiar siempre en la mesa de la cocina y tener que desocuparla cada dos por tres, según las comidas del día. Sin hablar de la televisión de fondo, los ruidos de mi perro, el teléfono, las voces y las conversaciones que (en caso de querer entender la Gramática española) no pretendía interpretar. 

En este contexto llegó el fin de semana tan ansiado. Y, realmente, mi cuarto es ahora un lugar de confort para mí, tal como quise desde siempre. Parece que no en vano le decía desde los ocho años a mi papá que quería un escritorio propio, para mis cuadernitos (porque además le pedía a mi mamá que me comprara cuadernitos tapa blanda en el kiosco, porque me gustaba escribir y dibujar); y parece, además, que valió la pena tanto insistir, porque el Universo - Dios, Alá y Buda también - escucharon mis demandas. 

Ahora tengo placard doble, donde separo la ropa por estación y la cuelgo en perchas. Además tengo espacio para todos mis cosméticos (léase: cremas, tratamientos para el pelo, perfumes, aceites para el pelo, tratamientos faciales, shampoo; etc), lo cual para mí genera una amplía, muy amplia, cuota de alegría.   Por otra parte, mi papá, cortó las camas con techito, como les decía yo, y me dejó una cama de una plaza. Eso facilitó el desplazamiento y así, se hizo la magia: quedó mucho más lugar. 

Lugar donde entró un escritorio, donde se acomodó mi pequeña biblioteca, donde se organizarán pronto mis libros de otra manera y donde además, se generó mi tan ansiado espacio de estudio.  Realmente, me gustaría tener una foto de antes y otra de después, porque las diferencias son muy notorias. Hablo de cuán a fondo afecta la distribución de los objetos a un solo lugar.   Y al margen de que limpié mucho estos días, realmente, valió la pena, y mucho 

Antes dormía contra la pared, al igual que mi hermana quien todavía convive conmigo. Ahora duermo en el medio de la pieza, de manera paralela a su cama. Como mi cama es de una plaza tiene mejor movilidad y después de semanas de idear en mi mente la mejor posición de todo, y de ponerme de acuerdo con ella - quien por suerte no se opuso a prácticamente nada -, aproveché uno de los ángulos de la habitación. En ese ángulo es donde ahora está mi escritorio. Sobre él está la notebook, cosas de la facultad, libros de literatura latinoamericana, una pequeña lámpara de sal, un lapicero y una cajita con cubierta de Gustav Klimt - mi pintor favorito - que me regaló mi profesora de Literatura cuando terminé el secundario después de enterarse que me gustaba mucho como le había quedado.   Al costado, mi pequeña biblioteca, donde reposan ya sea en su base como en su interior, otro montón de libros. Los que tengo a la vista son tres de Isabel Allende que el canillita me consiguió de oferta la semana pasada. Al lado de esos libros, mi espacio para los santos, pequeñas estatuillas de Cortázar y una latita con sahumerios. 

En el espacio bajo la mesa de la televisión, todavía sigo teniendo sobrecarga de libros. Eso se solucionará cuando mi viejo me coloque la repisa que está reposando a mi izquierda, un tanto más lejos de mi cuerpo, y cuando además, coloque también el corcho para pegar papales, a mi otro costado, donde hay pared dispuesta. Esos serían los últimos dos detalles, pero con lo bruto terminado, ya estoy más que feliz. Es un deseo cumplido para mí, aunque suene tonto. Me sorprende que hasta tengo espacio para colgar cuadros, por ejemplo, cosa que no había hecho nunca antes. 

Lo que respecta a la cama, es otro tema. Lo único que puedo decir en mi defensa, y a modo de advertencia, es que no se cómo voy a hacer para salir de ahí cuando haga frío y entre temprano a la facultad. De verdad, hoy dormí dos veces la siesta. ¡Es un pecado esa cama!  Al costado de ella, por otra parte, tengo mi histórica mesa de luz, que conserva lo habitual. Algún que otro libro más, despertador, lámpara, tarjeta sube y otros pequeños objetos que contribuyen al principio de despiole que se va originando. 

Pero, más allá de todo lo material y la distribución de esto mismo, una parte de mí está aliviada, reconfortada y feliz por tener su propio espacio.  A cada rato miro mi escritorio, sonrió y pienso: " acá sí que puedo escribir", y esta entrada es la fiel constatación. 

¿Algún consejo de decoración? ¿Alguna artesanía bonita - y no tan compleja - que pueda hacer? 


miércoles, 11 de marzo de 2015

Fortalezas

(...) No te lo había dicho antes, pero quiero que sepas que sos un buen hombre, de verdad. Siempre estás pendiente de todo, aunque no lo parezca. Incluso, estás pendiente de mí. Por eso, con semejante poder de atención, no pierdas de vista las cosas que te ayuden a mantenerte fuerte, en este momento - le dije, a él.  Quien es, como pueden leer más arriba, un buen tipo.

No soy muy asidua a las demostraciones de afecto con los hombres. No soy de, a menos que lo sienta así, andar regalando flores y elogios. Pero con él sí es el caso, más que nada porque se lo merece. Me ha tratado, desde el primer día en que me vió, con un profundo respeto. Respeto que no descalifica sino respeto que te hace sentir honrada.   

A veces no es el hecho de estar al lado de un hombre o no, a veces es el simple hecho de que si disfrutamos de una cierta relación fluida, nos haga sentir cómodas. Y esto puede bien darse al revés. Con él, me pasa eso. Su respeto me hace sentir cómoda, especial, tranquila. Me hace sentir relajada, al punto de que no tengo que aparentar, ni falsear, ni reservarme. Me mando de las mías y se ríe de eso. Y lo entiende, y por ello, no soy ni peor ni mejor mujer.  Es un respeto simple, pero tan reconfortante. Un respeto que se desprende de abrirme o cerrarme la puerta cuando entramos o salimos de un lugar, de prestarme su abrigo cuando tengo frío o de servirme bebida cuando ve mi vaso vacío. Es un respeto de cerrarme la puerta del copiloto de su auto, antes de traerme a casa, como lo hizo una vez; cosa que me dejó tan desconcertada porque no lo veía absolutamente necesario. Es el respeto de cederme el asiento, de invitarme una bebida noches en las que llegaba a un evento agotada desde la facultad, justamente, en una época digna del olvido en mi vida. 

Es un respeto que no me incomoda y no me hace sentir menospreciada, creo yo, porque lo veo honesto. Veo que, más allá de que él sea un hombre y yo sea una mujer, no tiene de mí una imagen de la atorranta que no soy, sino que me sopesa por lo que soy. Me escucha, de hecho, más de lo que creo. Y así, aún en su apariencia silenciosa, demuestra lo que es y lo que, a su vez, no se esfuerza en exponer hacia los demás, porque le es propio independientemente de las circunstancias. 

Por todas estas cosas que ha hecho por mí, sin contrapartidas, durante todo este tiempo, es que yo me sentí en la necesidad - realmente - de hacerle saber lo que pensaba de él, ante lo que de seguro está siendo una pérdida muy grande en su vida. Él hace pocos días, ha perdido a su mamá.

 ¿Qué palabras hay ante tal cosa? No sabía cuáles usar, pero necesitaba hacer algo con  todas ellas. Por eso, me senté y junto con una cuota de coraje, le escribí algo sencillo,franco y real: que él es un buen tipo y que, apoyándose en esa bondad, tiene que mantenerse fuerte. Que puede contar conmigo para todo lo que necesite y que, aún no esté siempre en condiciones de hacerlo por lo tímida que soy, hoy necesitaba dejarle en claro lo que pensaba de si. Que se cuidara y que lo abrazaba fuerte.  Inmediatamente, me sentí mejor. Un rato después me sorprendió su respuesta, donde me decía, sin preámbulos, dos cosas: que hacía rato él no sólo había advertido que formaba parte de un grupo igual de sensible que yo misma, sino que además, aportaba mucha dulzura. 

Cabe destacar que el decir esto, para un hombre como él, quien no te dice nada después de haberlo macerado a fondo, es además de una sorpresa, un placer. Y pensar que los monosílabos de hace unos meses, con un par de " estoy intentando hablar con vos" de mi parte, en la actualidad, por suerte, dan otros resultados. 

Hoy entiendo, después de tantas variantes y tantas cosas, que la receptividad nos hace mejores personas. No hay nada como dar, pero además, no hay nada como ser recibido con el mismo cariño con el que damos. No hay nada como que, además de aceptar lo que le damos, el otro lo sepa valorar, lo tome en sus manos y se lo lleve para su interior, al resguardo. No hay nada mejor que, dentro de lo que tenemos cada uno de nosotros para dar, quien lo reciba, lo pueda además valorar.  

Es por esto que, a mi manera de ver, como seres humanos que somos y desde la perspectiva de que siempre nos vamos vinculando, esta reciprocidad es una de nuestras más grandes fortalezas. 

viernes, 6 de marzo de 2015

De papel y hueso

Lo ví subir, lentamente, mientras se acercaba al chofer para deslizar a posteriori su tarjeta SUBE. Era, haciendo economía del lenguaje, exactamente el hombre en el que yo me fijaría estuviera en el cielo, en la tierra o en el medio del infierno de Dante. Reunía, increíblemente, todas las características.  Y si me fijaba en él, a medida que caminaba con desprejucio, era no sólo por su inmunizadora belleza, sino también por el increíble parecido a la descripción que yo hice, muy detallada, con el humilde objetivo de construir no sólo "la psicología del personaje X" sino su cuerpo, sus gestos, sus facciones, su inutilidad y también su repitencia. 

Hace mucho, de hecho, por mi mente pasea una descripción que, necesitaba se concrete con extremo detalle en mi cabeza, pero el conflicto se daba porque no podía evitar la bruma que me tapaba la visión en ciertos aspectos. Necesitaba, como si lo viera en la realidad, una mirada integral pero también sectorizada. Cuesta mucho, a mi ver, imaginar cada centímetro de la piel que no se rozó o de los ojos que todavía no nos han mirado nunca, e incluso, que quizá nunca lo hagan fuera de lo inmaterial, de lo voluble y de lo abstracto. 

Por eso, cuando lo ví avanzar y acomodarse en un asiento delante de mí, me decidí a reunir en un catálogo en mi mente cada una de sus facciones, eludiendo detalles como la temperatura de la piel, el olor o la voz. Porque, como por arte de magia, ahí estaba esa concreción de nebulosa terrible. Tenía, y no exagero, las mismas características. E incluso, las más específicas, como un lunar en la cara, cosa que me dejó de una pieza, petrificada. 

Acto seguido, una vez que se quedó quietecito, yo respiré hondo y sacudí la cabeza, mirando por la ventana, incrédula de que fuera precisamente así y que estuviera precisamente ahí. Siendo justo la visión de carne y hueso de miles de características que esbocé en mi mente durante tantos meses con la finalidad de construir literariamente a un personaje hombre. <<Carajo, acá está ***, pero de carne y hueso>> me dije, irónica. 

Pero lo mejor fue lo que llegó a continuación, cuando el asiento que quedaba a mi lado se desocupó contra todo pronóstico, y a pesar de estar literalmente en la otra punta del amado bondi, él atravesó al resto de la gente, abandonando su asiento anterior, y se sentó a mi lado. 

Tenía una visión sumamente privilegiada de la persona que, por momentos, me parecía haber diseñado en mi mente, para poder percibirla después. Su perfume abrazador me intoxicó enseguida, la mirada, el lunar en su rostro, la barba que ensombrecía sus mejillas, las manos pulcras, la nariz respingada.  Fue muy difícil no ponerme en plan " timidez total" ni bien me dedicó unas impares miradas de reojo. Su cercanía era excesiva para dos pasajeros que comparten un asiento doble, haciendo que nuestros brazos estuvieran en permanente roce; incluso, cuando yo hacía todo lo posible para correr el mio de allí.

<<¿Que, no se puede correr? >> me dije, incómoda. Pero no, efectivamente no se corrió y después de un suspiro y de chusmear el libro que intenté leer durante el recorrido, cerró sus ojos, lentes de sol por medio. Lo cual, me dió la oportunidad de ser muchísimo más exhaustiva en mi investigación, por lejos, que ya rozaba el ojeado... ¡Porque no podía ser tan idéntico, y más, sabiendo que había trabajado especialmente en el punto en que no se pareciera a nadie que yo pudiera conocer en la actualidad o haya conocido en el pasado! 

Cuando un cuarto de hora después le toqué en hombro para bajar, porque seguía en extremo meditabundo, se levantó, rápidamente, y enfiló para la parada donde yo también tenía que bajar. 

- Disculpame, me estaba quedando dormido - sonrió, con una soltura donde quise que el piso me comiera a dos manos - Gracias por despertarme - volvió a sonreír. 
- No, está bien - alcancé a decir, sonriendo con vergüenza.  

La ecuación  general no fue compleja de averiguar, con su correspondiente resultado. Se bajó, milagrosamente, en la Universidad y yo bajé detrás.  Caminó hacia la sede de Derecho, yo, lo hice para mis propios lares.  Sonriendo, claro, porque no quita que vuelva a cruzarlo y pueda seguir trasladándolo a papel. 

jueves, 5 de marzo de 2015

En materia de libros...

Estoy leyendo un poco como antes. Antes de empezar la facultad, ahora en el intervalo antes de las cursadas más fuertes, y en el entretiempo de mi realidad universitaria, me alegra verme leyendo más. 

 Realmente, hacía meses donde no leía más que una novela  al mes. Leer una novela, para mí, es poco, y no lo digo desde el punto de vista soberbio, sino lo manifiesto desde la costumbre. Estoy muy acostumbrada a leer. Muy acostumbrada a leer literatura, poesía y también textos académicos, pero hace rato largo ya que no tengo esa devoción por la literatura que tenía cuando no la estudiaba. No es que me haya dejado de gustar, pero al estudiarla, al no tener que quitarle tiempo al colegio como me pasaba antes, y al vivir para ella; necesito experimentar otras ramas, como la escritura, porque sino siento que la terminaré agotando. 

Durante estos meses escribí mucho. Escribí, escribí y escribí. El índice de lectura se redujo para evitar manipular la escritura propia con los rasgos de otras literaturas. Porque, a pesar de que todos añadimos recursos de otros, una cosa es un recurso literario y otra muy distinta es un dialogo, un argumento y una temática. Cosas que, a la hora de mi propia escritura, están en total utilización.   Escribí, disfruté y disfruto muchísimo el hacerlo. Por ello, si un viernes a la noche como los últimos cinco viernes por la noche, tengo que elegir entre una cosa u otra, me tomo un café cargado y me quedo escribiendo. 

Tiempo atrás y ahora, en un intervalo académico antes de reanudar mis clases, estuve leyendo varias cosas. Nada de complejidades como Barthes ó Platón, sino, por ahora, toda lectura que tenga una esencia más tranquila. Una estructura un poquitito más laxa que los poemas de Borges o la narrativa de mi amadísimo Cortázar.  En este período leí por placer, sacando los textos académicos que me reconfortaron de otra manera. Les dejo unas listas, por si quieren experimentar, que incluye también lo que estoy leyendo y lo que quiero leer. 

  1.  El código Da Vinci de Dan Bronw, (novela)
  2.  Primavera con una esquina rota de Mario Benedetti (novela)
  3. Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Marquez (nouvelle)
  4. La Tregua de Mario Benedetti (novela)
  5. El amor, las mujeres y la vida  de Mario Benedetti (poesía)
  6. Paisaje con grano de arena, de Wislawa Szymborska (poesía)
  7. Antología poética de Wislawa Szyborska (poesía)
  8. La saga "Cincuenta sombras de Grey", de James (novelas)
  9. Milagro en los Andes de Nando Parrado, libro que tiene su adaptación al cine en "Viven" (novela)
  10. El libro de Gabriel Rolón, que mencioné unas entradas atrás. 
Así, después de esta desquitada de "textos tranquilos", y habiendo desterrado algunos ilegibles de mi lista, como Cincuenta sombras - después contaré la historia que terminó en esto - paso a mis lecturas actuales y a mis lecturas por hacer. 

Lo actual es Romero con un libro que se titula " Estudio de la mentalidad burguesa", editado por Alianza, una firma española. Es un libro que viene a cuento de algunos temas que estuve viendo en la facultad, y aprovechando los conocimientos frescos, me animé a leerlo. Es un libro complejo porque tiene raíz académica - de hecho lo compré por la facultad anterior -, aunque y no es literatura silvestre por lo que me está llevando su debido tiempo; me parece interesante.  Seguramente a este lo meche con algún otro texto más, y más literario...  Pensándolo bien, justamente hoy mi papá me regaló Bestiario, de Julio Cortázar, para que a pesar de tener todos sus cuentos desperdigados en otras ediciones, complete mi colección. 

Lo que viene incluye relecturas de favoritos y muchos nuevos PDF además de ediciones en papel. 

  1. Milan Kundera con La insoportable levedad del ser 
  2. Mario Benedetti, con Andamios.
  3. William Henry Eagleton con un informe sobre Teoría Literaria. 
  4. Gabriel García Márquez, con El amor en los tiempos del cólera. 
  5. Nietzsche con Así habló Zaratustra. 
  6.  Gabriel Rolón con Encuentros, el lado B del amor. 
  7. Fragmentos de un discurso amoroso, de R. Barthes. 
  8. Ernesto Sábato, con Hombres y engranajes. 
  9. Federico García Lorca con Bodas de Sangre 
  10. William Shakespeare, con Romeo y Julieta 
  11. Fiódor Dostoyevski con Crimen y Castigo. 
  12. Gabriel Rolón, con Los Padecientes 
¿Alguna recomendación? 
¿Algún autor específico? 
¿Algún latinoamericano que me vuele la cabeza? 


lunes, 2 de marzo de 2015

Instancias

- Voy a pasar a nombrar a quienes tienen que rehacer el último trabajo evaluativo, después de las primeras dos instancias... Incluía, la del parcial... - dijo el docente, arrancando la charla - A quienes no mencione, ya lo saben... - añadió, con una sonrisa expectante. 

Yo esperé, algo nerviosa. Sin embargo, rogando que saliera todo lo mejor posible, con la esperanza de que así fuera. 

Después de él nombrara uno alumno por vez, y yo controlara mis módicos nervios... 

- Bueno... - expulsó el aire por la nariz - el resto, bienvenidos a la Universidad pública, y felicidades - sonrió y yo sonreí a coro - Den por terminado el Curso de Ingreso. Que comiencen una próspera carrera... Y ya nos veremos a lo largo del camino - esbozó. 

¿Y yo? Nada, seguía sonriendo. Aliviada porque la ruda haya empezado de nuevo a girar. 
Adentro, sí, estoy adentro de la Universidad nueva.  No; no me han fallado mis competencias.

Entré.
Pude. 
Lo hice.