viernes, 31 de marzo de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: En las malas, mucho más.

Unos días antes de ese sábado por la noche, estaba tomando la merienda en lo de mi mejor amigo, mientras me pintaba las uñas. Hacía poco tiempo que le había confesado mis sentimientos a Él, con todo lo que eso había implicado en la vida de ambos, y recién estaba empezando a caer en la cuenta de cómo era la situación: lo conmovía hasta la médula, pero era un cobarde. Aquéllo en aquél abril, parecía no poder cambiar por nada del mundo, al margen de su capacidad para asumirse y aceptarse en lo que le estaba pasando, especialmente, con su edad. <<Este tipo va a volver, a la primera de cambio. Pero vos no lo esperes, eso no te conviene. Dejalo venir solo, porque estoy seguro de que va a volver solito... >> me dijo mi mejor amigo, mientras tomaba el té que me había servido amorosamente. No me olvido más de su frase porque lo que para él era casi una certeza, a mi manera de ver, era algo imposible. Casi estaba por irme de su casa, cuando mi celular suena. Me estaba sacando las cutículas y me molesté por tener que interrumpir la tarea, que llevaba adelante con exagerada pericia. 

<<Tengo una entrada para el teatro, este sábado, a las 22:00. Es la última que queda, así que decime si te gustaría ir, que te la guardo para vos >> rezaba. Él era así de conciso, en esos momentos y yo me quedé pensando unos breves instantes en lo que podía responder. <<Avisame si te puedo llevar la plata antes y sí, en ese caso, guardámela. En caso de que no puedas, dásela a otro >> recuerdo que le contesté. <<Es tuya >> resumió. <<El sábado a la mañana te doy la plata y me das la entrada. Gracias >> resumí yo. <<Olvidate de la plata; decime si querés venir o no y listo, Veinte>> insistió. Le dije que guardara la entrada, siempre y cuando, me dejara pagármela. No resistía, en esas épocas, la demostración de interés a través del dinero, si no podía sostenerme la mirada, cuando le decía que me había enamorado de Él y que no me importa que tuviera, en su momento, más de cuarenta años. 

Llegó formalmente el día de la función. Durante la mañana del mismo día nos habíamos visto. 

- Te traje lo que habíamos quedado - le dije, de movida, tendiéndole el dinero. 
- No - se negó, cerradamente. 
- *** - lo llamé, por su nombre completo - O me agarrás la plata o yo no voy. 
- Pero, Veinteava, por favor - se quejó. 
- Por favor - lo miré, fijamente. 
- No traje el pase. 
- No importa. 
- El trato era que yo te de el pase y no lo tengo. 

Suspiré. 

- ¿Y? Te lo quiero pagar, yo. 
- A la noche... 
- A la noche va a ser en el año 2030 - me quejé. 
- Exactamente - me sonrió. 
- Vos sabés que esto no va así - lo miré, 
- Sos durísima... 
- Tu peor pesadilla, siempre, toda la vida - me quejé, mientras me alejaba, molesta. 

Pasó la mañana entre actividades varias. Llegó el momento de despedirnos. 

- ¿Hoy a la noche nos vemos, no? - me dijo, mientras me saludaba. 
- Sí, sí - le aseguré - ¿Cómo hacemos con el pase y la plata, ***? - lo encaré. 
- Después arreglamos con lo segundo - suspiró, divertido - Para el pase, estate un poco antes. 
- 2046 - musité. 
- Hoy voy a jugar a la pelota con los chicos - me comentó. 
- ¿Volviste? 
- Sí, sí. 
- Me alegro - le sonreí, levemente - Cuidate y divertite - le dí un beso casto en la mejilla. 

Me fuí a la parada del colectivo. 

A la noche, por su parte, avisé que no cenaba en casa y que tampoco iba a volver temprano. Me fuí sola, para no generar más resquemores. Estrené un vestido blanco y me recogí el pelo en un rodete tirante, dejándole el paso a unos aros largos que hacían juego con la cartera y los zapatos. Es decir, me preparé especialmente para la ocasión, considerado que ameritaba un poco más de producción. 

- ¿Estás viniendo, no? - me escribió. 
- Dame diez minutos que estoy allá - le escribí. 
- Te estoy esperando en *** - me avisó - Tranqui. Me quedo acá, no tengo drama. 

Llegué y entré, sin pormenores, al sitio pactado. Encontré a conocidos nuestros en el mismo lugar, entre ellos un primo que había venido de lejos junto con su pareja. Caminé hasta llegar a su encuentro, extrañada, por verlo sentado en una silla.  Nos quedamos mirándonos, uno al otro, en cuanto nos ubicamos mutuamente con la mirada. Él me dedicó una ojeada intencionada, de arriba a abajo, considerando que yo solía andar prolija pero dando cuenta de que notaba el especial esmero de esa noche. Yo le dediqué la misma mirada y ví enseguida que una de sus manos reposaba en la rodilla, esa rodilla, que de vez en cuando le generaba muchísimo dolor. 

- Me atrasé, perdón... - me acerqué, a saludarlo, mientras permanecía sentado - ¿Estás bien? 

Me lo quedé mirando y Él también quedó concentrado en mi figura. 

- Tranqui - sonrió - De acá, te aseguro, casi no me puedo mover - se miró la pierna. 
- ¿Qué pasó, ***? - la preocupación se me salió por los ojos, la boca, la expresión y el tono de la pregunta. 
- Se me salió la rodilla de lugar - me explicó. 
- ¡Sabía que algo te pasaba! - me quejé - Se te nota en la cara. 

Sonrió, complacido. Me lo quedé mirando, por un momento, y noté que, quien mas tarde comprendería que era su primo con su pareja, se acercaban un poco más a la escena. 

- ¿Y qué hacés acá? - sacudí la cabeza, desconcertada.
- No me quería quedar en mi casa, ni quería que nadie se preocupara por esto - me susurró - Por favor, no le digas nada a nadie ¿si? 

Suspiré 

- ¿Tomaste algo? 
- Un analgésico que tenía en casa... - murmuró. 
- ¿Uno al azar? 
- Si. Uno que ya he tomado antes... 
- Me encanta como te cuidás, de verdad - ironicé - ¿Fuiste a hacerte ver? 
- No; no es la primera vez que esto me pasa... - me aclaró. 
- ¿Y? 
- Que no es nada, Veinte... - me sonrió - Tranqui.

Suspiré y me lo quedé mirando. 

- Decile algo vos, por favor, a ver si te hace caso - me dijo un hombre, de mediana edad, con aspecto simpáctico, mientras hacía presencia clara en la charla. 

 Lo miré para corresponder a su saludo. 

- Él es mi primo, Veinte, y ella es su novia - me indicó, Él. 
-Ah, hola - les sonreí - Yo soy Veinteava - me presenté  escueta - Está difícil el trámite. 
- *** - se presentó, amorosamente - Ella es mi novia, *** - me la presentó, también, y me acerqué a darle un beso a su chica - ¿Terco, no? 
- Un hombre imposible - suspiré - No entiendo qué hace acá, tan campechano - se rió. 

Él se me quedó mirando, sin mayores aportes. 

- Te traje tu entrada, tomá - me la tendió y yo saqué mi billetera. 
- Por favor - me atajó - No me hagas hacerme malasangre. Guardá eso ya - se puso serio. 
- Si estuvieras parado, te lo hago comer - ironicé, preocupada por su estado - ¿Necesitás que te vaya a comprar algo? Acá cerquita hay una farmacia 24 horas. Voy, es un toque. Dale. 
- Nada, de verdad, muchas gracias - me sonrió - Te pido, por favor, que no le digas nada a nadie. Especialmente, no le digas nada a mi mamá ¿si? Se angustia, se preocupa. 
- No es para menos... - Suspiré y miré a su madre, de lejos - Pero te prometo  que si te quedas quieto y hacés caso, yo guardo el secreto - hice un gesto de coserme la boca. 

Me ofreció pedirme algo para tomar. Me negué. 

- ¿Vamos entrando a la sala, te parece? - me dijo. 

Lo observé levantarse, e hizo una ineludible mueca de dolor que intentó en vano disimular. 

- Ahora vengo - salí, de la sala, sin pensarlo dos veces. 

Le escribí, en ese mismo momento, a mi hermana mayor que estaba haciendo guardia en el Hospital. Le comenté el cuadro y le pregunté qué analgésico podía llegar a precisar. Me dió indicaciones y me dijo que, por cuestiones de especialidad, era preferible que hablaba con su novio. Llamé, entonces, a mi cuñado. Mencionó una droga específica y me facilitó sus días de guardia y sus horarios.  

Cuando estaba volviendo a entrar, me encuentro con el primo de él, en la puerta. 

- ¿Y, recapacitó, con vos? 
- Es tu primo... - mofé - Sabés lo duro que es, tu primo... - nos reímos. 
- ¿Vos... de dónde los conocés a todos? 
- De *** 
- Ah, mirá qué bueno... - sonrió y lo dejé quedarse tomando fresco, unos instantes antes de entrar a la sala. 

Un rato después, me encontré a solas, con la novia de su primo, una mujer contemporánea a todos ellos, pero muy simpática y libre. 

- ¿Vos sos Veinteava, no? - me dijo, para sacarme charla. 
- Sí, exacto. 

Le dió una pitada al cigarrillo. 

- ¿Sos la novia de ***? - me preguntó, sin anestesia, con una sonrisa pícara. 

Me quedé petrificada. 

- No, no... - negué, queriendo morirme - No somos novios, nosotros.  
- ¿Ah, no?- me miró, extrañada - Pensé, porque parece, que vos eras la novia de... - dejó su frase a medias. 
- No, no - sinteticé - Somos buenos compañeros, amigos... - mentí y le sonreí, con algo de picardía. 
- Perdón, en ese caso... - se disculpó- 
- No, no hay drama - le sonreí, para que fluyera la charla - No me ofende - le hice un gesto - Esto ya está por empezar. Voy a ir entrando a la sala... - me escapé. 

II 

- ¿Venís a cenar? - me preguntó, cuando la función se terminó. 
- ¿Estás mejor? - le pregunté. 
- Sí, sí - le restó importancia - ¿Venís? 
- Voy - le contesté y vino su madre a saludarme, así que me quedé con la palabra en la boca. 

Pasó un rato más. 

- Hablé con mi hermana y con mi cuñado - le expliqué - Me dijeron ya lo que podés tomar, pero de todos modos, tenés que ir a hacerte ver. Mi cuñado está de guardia en ***. Si querés, te puede ver en un ratito. Él es de confianza, no es como ir a tu obra social... - le expresé. 
- No hace falta que te preocupes así, Veinte - me sonrió, apoyándome las manos en los hombros. 


Me tomé unos segundos para asimilar el contacto. 

- Te paso el nombre y lo podés pedir a la Farmacia *** que tiene envíos a domilicio las 24 hs. Es para salir del paso, de todos modos - le advertí. 
- Vamos a comer, dale - me pidió - No me duele, casi, no pasa naaaaaada.  Después me pasás el nombre del remedio, me lo mostrás. Tranquilaaaa - me calmó. 

Fuimos al lugar convenido, en su auto, junto con su primo y la novia de aquél.  La sorpresa ocurrió durante la cena, donde, sin previo aviso, habían llevado una mujer contemporánea a Él para presentarle. Pueden imaginar su cara cuando, en medio de la comida, estaba hablándole aquélla cacatúa blanca,  también de vestida de blanco como yo, con los pelos llenos de bucles semejantes a tentáculos negros, a cuerdas negras, con las que hubiera querido atarla para que se callara. 

- ¿Te pasó algo, me dijo **? - le preguntó.  

Yo lo miré, porque a ella la tenía al lado, pero a Él, especialmente a Él, en frente. Enarqué una ceja y seguí comiendo, calladamente. 

- Un golpe, jugando a la pelota. 
- ¿Y te duele? 
- No, no es nada grave - le restó importancia. 
- Bueno, como te contaba, entonces - ella siguió la charla, como si nada, creyéndole. 

Le hice señas a un compañero, para que me prestaba unos cubiertos, por un segundo. La conversación, es decir, la anécdota de ella, estaba en su parte más rica y Él aparentemente parecía escucharla. Cuando mi compañero iba a alcanzarme sus cubiertos, Él lo frenó con una mano en su brazo y dejando de comer, como si nada, me tendió los suyos. La mujer se quedó frita, pero indudablemente, yo también. 

Asentí con la cabeza, para no interrumpirla, en un gesto de ironía. Le enarqué una ceja. Lo entendió todo. Al rato, mientras me mensajeaba con un escriba progresivo de esa noche que me mandaba a decir cosas por mensaje en el mismo momento, lo descubrí mirándome. 

- ¿Estás bien? 

Asintió con la cabeza, me guiñó un ojo y me sonrió. Le devolví el asentimiento sin sonrisa ni guiño y me levanté al baño. Me siguió con la mirada. Se la bajé, intermitentemente, para no quedar tan tan tan evidente. 

Casi al final de la cena, estaba hablando con su madre y con su tía, que siempre tenía palabras dulces para mí y me estaba abrazando a brazo suelto. Yo correspondía y conservaba con ellas, mientras hacía otro poco con su padre, que me decía que se alegraba de verme allí. Su primo y su pareja sorpresivamente, se ofrecían a llevarme a mi casa, junto a Él, pero yo desistía con amabilidad. 

Me acerqué, para saludarlo. 

- Tenés que tomar ****, cada ocho. De todos modos, no abuses. Es durante una semana como mucho. En el trascurso de esos días, sacate turno con algún médico de la cartilla, sabandija - lo reté, a medias. 

Me acerqué a darle un beso considerablemente casto, pese a que era en la mejilla. Me atrajo hacia él y me abrazó fuerte, aún mismo, la pierna le tiraba. Lo apreté mucho, aliviada, por poder tocarlo y sentirlo cerca, como un método de conectar con su preocupación y calmarlo de alguna forma. 

- Cuidate, por favor, no te hagas el macho pistola... - le pedí. 

Se rió. 

Me puso ambas manos sobre los hombros. 

- Gracias, Veinte. Gracias, de verdad, no hace falta - me miró. 

Nos quedamos en silencio. 

<< Y esto es sólo el principio de todo lo que quisiera hacer por vos. Me quedaría a cuidarte toda la noche, si vos asumirías esto que está pasando... >> recuerdo que pensé. 

- No es solamente estar en las buenas, la vida - me reí. 

Sonrió, de nuevo. 

- Gracias, en serio - me acarició el brazo y me acerqué más a Él, para saludarlo -  ¿Cómo te vas a ir? 
- Me lleva *** - le comenté. 
-Yo me voy manejando también... 
- Pero, *** - suspiré. 
- Así mi vieja no se da cuenta... - me explicó - Haceme la segunda. 
- No hay caso, con vos. 

Su mamá se acerco, para despedirlo. 

- Chau hijo - lo saludó - No hablé mucho hoy con vos. ¿Todo bien? 

Me miró. 

- Todo bien vieja - Él surfeó el asunto - Mañana, cualquier cosa, hablamos mejor. Te llamo, paso a verte. Después te aviso. 
- Chau, tesoro - me despidió a mí. 
- Nos vemos *** - le sonreí - Cuidate.
- Me alegro de verte, hoy. 
- Muchas gracias - asentí - Hace mucho que no nos veíamos, es cierto. 

Él nos miró, objetivamente callado.  

Su madre se alejó. 

- Prueba superada - musité, con doble sentido. 

Me chocó los cinco, victorioso. 

- Excelente... - me miró, pícaro - Vamos, dale, que te llevo a tu casa. 

Suspiré porque no quería que maneje. 

- Esperá que reparto unos besos a todos y voy - le sonreí. 

Me sonrió, con toda su santa paciencia. 

En las malas, mucho más, me dije entonces.  El amor para mí era y sigue siendo estar acompañando cuando las cosas están bien, pero especialmente, era y es estar por encima de todas las tensiones, durante las malas épocas, que suelen evidenciar lo que es realmente incondicional. 


lunes, 27 de marzo de 2017

Celestina

"Pregunta clave para este servidor: ¿Envidia?"
La tregua, Mario Benedetti. 

- ¡Ah, Veinte! - recordó, mi papá - Urtu me dijo que quiere hacer una comida... 
- Ah, re bien - le contesté. 
- Para festejar que estoy mejor. 
- Me parece bien... - me reí - Es un amor, él - dije, sin pensar - Te sacó a pasear como a los nenes, te quiere hacer una comida... - murmuré. 

 - También estábamos diciendo para que le presenten a *** - añadió. 

Me lo quedé mirando, por un momento. 

- Ah, mirá qué bien... - me reí - Me gusta la idea - le mentí, descaradamente. 

- ¿Vos qué decís? 
- Sí, se puede hacer, cuando quieran... - le dije. 

Se me quedó mirando. 

- ¿Vos decís? 
- Sí, yo supongo que sí - medité mi reacción por un momento - Hay que organizar una comida, una salida y presentarlos. 
- Estuvimos hablando el otro día, que salimos a tomar algo los dos - me comentó - Y ella es una buena piba. Además, él es formal, muy tradicional, educado, buen tipo... - meditó - Capaz que se pasan los teléfonos y eso. 
- Seguramente - me limité a decir. 

<< Inteligente, caballeroso, muy bien educado, ávido lector... >> recapitulé, ahora no con mi humor mental, sino con mi habitual ironía mental. 

- ¿Y cómo podríamos hacer?  Fijate si se te ocurre algo. 

Pensé. 

- Falta poco para el cumpleaños de *** - le recordé - ¿Por qué no los presentamos ahí? Ambos van a ir. 
- Sí, puede ser... - meditó - Te podrías fijar. 
- ¿Qué? 
- De ver qué onda, de tantear el terreno, Veinte - me avispó - Decile a tu hermana, también.  

Me llamé al silencio por un instante. 

- Sí, esas cosas se dan. Podemos intentar crear el momento, salir y sentarlos uno al lado del otro; no sé... - ironicé
- Bueno, no sé si tanto... - me dijo. 
- No tengo alma de Celestina, yo. 

 Con mi padre, nos miramos. 

- Hace unos días me escribió y me dijo que con *** (mi hermana mayor), podríamos juntarnos las tres, salir a comer o a tomar algo - le expliqué - Seguramente, si salimos a tomar algo las tres,  o si salen a tomar algo ella, el tema se pueda ver. Hay que decirle a ***, en definitiva, es más amiga suya que mía. La idea está y eso es lo importante, a mi parecer. 

Mi madre, de fondo, siguió lavando los platos. 

- No sé si *** sea alguien conveniente para Urtu - meditó ella 
- No seas mala, má. 
- ¿Él dijo que quería salir con alguien? - me preguntó a mí. 
- No sé. Papá es el que está con la idea - le expliqué -
- ¿Él dijo que le presenten a ***, porque le gustaba o algo así? 
- ¿Por qué? - le preguntó mi papá - El otro día estuvimos hablando. Se la mencioné y me dijo que se acordaba de una vez que se cruzaron en un cumpleaños de una de las chicas - me contó. 
- ¿Y está seguro, Urtubey? - preguntó mi mamá. 
- Ppssí - dudó mi papá - No sé si seguro, pero estaría bien. 

<<Van a ir por el barrio con un cartel que rece "busco pareja para Urtu, busco buena chica para sacar a otro clavo" >> pensé, un poco maliciosamente. 

- ¿Por qué decís si está seguro? - le pregunté, a mi madre, extrañada. 
- Porque ella es muy quisquillosa... - confesó - Es buena, pero es bastante complicada.  
- No se van a casar, mami - le bajé la espuma al asunto.
- Viene de estar con una tipa bravísima. Siempre va a ser mejor - mi papá se quedó pensando- Además.... tiene razón Veinteava, ***, no se van a casar... - meditó mi padre - Si se gustan, yastá- simplificó. 
- *** tiene pretensiones en el sentido económico con la gente, quizá eso la descoloca un poco, porque Urtubey no es millonario ni nada, pero no quiere decir que no se puedan gustar igual, má, que no se puedan querer, que no se lleven bien... - argumenté. 
- Claro, ***, además nosotros les damos los teléfonos. Después, si pasa algo, queda todo en ellos - mi padre buscó complicidad. 
-  Hay que rescatar que son buenas personas... - puse cara de pocker - Y si ella busca un jugador de fútbol, que se joda. Lo mismo si Urtubey busca una princesa. La gente es gente, punto. 
- Fijate, Veinte, entonces. 
- Cuando *** venga en la semana, le comento. 
- Dale - suspiró - A ver qué pasa con este pibe...  

Me alejé, paulatinamente, del entorno. 

- Sí, lo vemos - le contesté. 

Acto seguido, hice de tripas corazón y viene a refugiarme en mi habitación.  

<<La vida es así; cuando para alguien sos la hija de tu amigo, sos la hija de tu amigo y eso te convierte en intocable... >> pensé. 

Mi secreto sigue siendo materia inconfesable. 

Mientras tanto, tengo en una bolsa un regalito que le traje al hijo de Urtubey; de un viaje de fin de semana mirándome desde el escritorio.  A él también le traje algo rico, claro, pero de todos modos, me parece que lo suyo me lo voy a comer cuando ponga la pava para tomar unos mates, en un rato, en una especie de sincero homenaje ante las circunstancias de tener que masticar (o comer, mejor dicho) además, otras cosas.  

 O en realidad no; en realidad, voy a ponerme la pava, voy a dejar el regalo donde está, voy a comer algo diferente o voy a pasar la tarde sin comer nada; y me va a dar alegría que como buen ser humano goloso que es, junto  a su pequeño, tengan algo para disfrutar. 

II 


un rato después... 

- ¡Che, Veinte! - me interceptó mi padre, mientras pasaba por la cocina. 
- ¿Qué? 
- ¿Cuál es el nombre en Facebook de ***? - me dijo, mencionando a la candidata en cuestión. 
- *** *** - le contesté, después de pensarlo un momomento, donde, en realidad, estaba puteando en silencio. 
- Gracias - musitó - Ahora se lo voy a pasar a Urtu. 
- Genial - musité. 

Pasaron unos momentos. 

- No la encuentra, me dice - me comentó mi papá. 
- Tiene que estar, decile. 
- No sé, yo no entiendo nada, hija... - me miró, con elocuencia - Y éste tampoco, parece. 
- Yo no se la puedo buscar por él - me quejé. 
- ¿No lo podés ayudar? Decile, más o menos. 
- No sé, ahora le mando algo para orientarlo. 
- "Che, Urtu, ahora Veinte me dijo que te iba a mandar no sé qué cosa, para que la ubiques. Fijate, es una linda piba.." - le dijo mi papá, en un audio. 
- Hay cosas de las que no me quiero enterar... - lo miré, a mi padre, con enojo - Y menos si le tiene qué mirar el culo o no, si está buena, si no lo está... - me quejé. 
- Perdón, Veinte. Yo se lo digo para ver si se entusiasma. 

Me encogí de hombros. 

Busqué las fotos en cuestión, hice una captura de pantalla, y abrí el chat reciente con Urtubey. Habíamos estado hablando hace pocos días, sobre mi papá y él me había asegurado que no lo iba a dejar a la deriva, durante los días que yo no estuviera en mi casa. Cumplió, dicho sea de paso. Sin pensarlo durante un segundo más, se las mandé.  Pensé que la vida, a veces (siempre en mi caso, dicho sea de paso) es correrse para dejar que la felicidad la encuentren los demás, con otras personas, mientras yo me quedo mirando en las bambalinas de mi propia existencia. 

Y aún con esa certidumbre tan fuerte de que era algo contrario a mis deseos, pero totalmente inevitable, le mandé todo, le serví en bandeja las cosas. Se sorprendió por el hecho de que le escribiera. Yo me sorprendí de mi propia estupidez, pero eso es otra cosa. 

Le dió vergüenza que yo me enterara, lo noté, por las cosas que me dijo. <<¿Tu papá no tiene un filtro, no? >> nos reímos. <<No, no. Lo habrás notado. Todo bien, igual, yo no te voy a mandar en cana con nadie.  Contás con mi silencio y mi cara de pocker >> lo tranquilicé. 

Y sí... me encuentro en esa dichosa posición donde uno se encoje de hombros, con aires resignadísimos, y piensa que por lo menos si no tiene suerte para su vida, se contenta apenas un poco con ayudar a los demás. Si Urtubey necesita alguien para pasar la página, en un punto, sé que hice algo para contribuir a su alegría, a su divertimento.

Y no porque crea que me vaya a volver, ni nada de eso; al contrario... 

En ese al contrario, está moraleja de la historia, que ya se pueden imaginar cómo es... 

jueves, 23 de marzo de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: Un filo de despedida

- ¡Pero... ! - se quejó, mientras me miraba. 

Yo me lo quedé mirando en silencio, por un momento, y bajé la cabeza superada a mis anchas por la situación. 

- ¡No podés pretender que sea nadie! - me dijo. 

Lo miré y le cambié la vista, enseguida. 

- Sí que puedo - le contesté. 
- Es que no es así, Veinte, no es así - sacudió la cabeza - La vida no es así... 
- No sé cómo es la vida que vos vivís - le recriminé - Pero yo lo único que sé es que necesito que seas solamente una persona... más. 
- ¡Y lo soy! - se descolocó.
- Alguien que no me importe... 
- No se puede, eso. 
- Se tiene que poder. Yo necesito hacer como si se pudiera, por lo menos. 
 - ¡No entiendo por qué querés que sea nadie, eso es imposible, no puedo, no se puede! - argumentó. 
-*** - lo miré, con ironía - ¿Para qué querés seguir siendo algo más que un nadie en mi vida? 
- Porque, no sé... - sacudió la cabeza - Es una locura, Veinteava. Yo no puedo hacerme el tarado si te veo por la calle, voy a querer saber de vos, ayudarte en todo lo que necesites, siempre. 
- ¿Ayudarme? - lo miré, cautelosa. 

<<¿Este tipo se está escuchando o me está tomando de estúpida? >> recuerdo que me pregunté. 

- Sí, ayudarte, charlar con vos, saber cómo estás - siguió - Yo no... - sacudió la cabeza - No quiero que sufras. 
- Entonces, si no querés que sufra, alejate. 
- Pero es que no se puede, Veinteava. ¡No es así, la puta madre! - se exasperó. 
- ¿No entendés que no tiene sentido? 
- ¿Qué? 
- Que te importe como estoy, saber, hablar... - enumeré - Me duele muchísimo decirte esto, pero de la única forma que, creo poder mejorar, es teniéndote lejos. 
- No puede ser, eso - suspiro - Yo no te quiero hacer mal, Veinte, no te lo estoy haciendo apropósito. No quiero que te enojes conmigo, ni estar mal con vos, no quiero. 
- Seguramente que no, bah, quiero creer que no... - lo miré - Pero el dolor está. Necesito tiempo para procesar todo esto. Por favor, no te estoy pidiendo que me quieras, te estoy diciendo que necesito tiempo y distancia de vos, *** - suspiré. 
- Pero... - se me quedó mirando - ¿Pensás que soy un hijo de puta? ¿Qué, no me puedo acercar ahora? 
- Sí, no sé - sacudí la cabeza - No sé, *** - suspiré - Y no, por favor, no me hagas repetir lo otro, me duele... - me quedé callada. 
- Es que la vida no es así, Veinte... - suspiró - No te podés olvidar de las personas. 
- Es que yo necesito olvidarme de vos. Lo necesito, no es que quiera o no, sino que lo necesito - le expliqué - ¿Como voy a hacer para rehacer mi vida? ¿Cómo me voy a enamorar de otro? ¿Cómo, si de vez en vez, me junto con vos? - lo increpé - ¿Vos no entendés lo que es querer al otro al punto de que te sobrepasa? Vos a mí me sobrepasás, tal como te escuché decirme un día. No puedo tenerte cerca. 
- Pero... - insistió - ¿Cómo voy a hacer, si te veo mal? ¿Qué, me hago el pelotudo, hago como que no me importa? ¡¿Vas a estar para todos los demás y yo no te voy a poder ni hablar?! No, estás loca. No - se puso terco. 

Yo lo miraba y, realmente, no lo podía creer. Parecía que no se daba cuenta que era Él el que me estaba diciendo que sentía pero que no podía y, al mismo tiempo, podía querer ciertas cosas de un todo. 

- ¿Y qué preferís? - mofé - ¿Que vayamos a un bar, tomemos algo, cenemos algo acá y qué, qué más? - me encogí de hombros - ¿Te voy a contar mis penas? 
- Sí, no está mal - sacudió la cabeza - Tus cosas lindas también, me podés contar si estás preocupada por algo, si estás triste, si te puedo ayudar, yo siempre voy a querer hacerlo, voy a querer saber cómo estás... - me explicó - O mismo, si te veo por la calle, yo te voy a querer llevar a tu casa, y que me cuentes qué tal... - se frenó. 
- ¿No entendés, no? 
- ¿Qué tengo que entender? 

Sacudí la cabeza, indignada. 

- ¿A vos te da placer el dolor de otros? - me lo quedé mirando - Porque no entiendo qué gracia te puede dar verme triste y que te lo cuente... 
- No me da gracia, al contrario - me respondió - Yo quiero ayudarte en todo lo que necesites, si te pasa algo, si tenés algún problema... - argumentó - Quiero saber qué te pasa, quiero saber como estás, lo que sea... - me explicó. 
- ¿Y si te digo que estoy mal porque vos sentís pero no podés, cómo me vas a ayudar? - le pregunté. 

Se quedó callado, mirándome, con dolor en los ojos. Suspiré, al borde del llanto. 

- Yo no tengo el nivel de fortaleza, hoy en día, para sentarme en un bar y decirte que estoy mal por vos, porque me enamoré de vos y no me correspondés, y después decirte que no pasa nada - argumenté - Te juro que quisiera darte el gusto en esto, porque si fuera por mí te concedo todo, porque quiero que estés bien, que seas feliz... - suspiré - Pero no... tiene que ser indiferencia total. 
- Es que no es así... - suspiró - A mí me importa, me importa que estés bien. Yo no te puedo ver sufrir, a vos. No puedo, te lo juro, no sé, no puedo... - se desesperó. 
- ¿Para qué querés saber la vida de alguien a quien no podés querer? - le pregunté - Esto es simple, ***, aunque duela es re simple: nos alejamos y cada uno se repone como puede. 
- Pero vos querés que yo sea nadie, y eso no se puede. 
- Yo no lo quiero, lo necesito y eso es distinto - suspiré. 
- Veinte... perdón - se me quedó mirando - No quiero hacerte sufrir, yo. 
- Y te lo super agradezco, de verdad - asentí, con sinceridad - Yo tampoco quiero verte sufrir nunca a vos, pero no es porque soy buena y nada más - ironicé - es porque por vos siento un amor diferente a todo - le expliqué - No hay espacio, hoy en día, para un gris. 

Chasqueó la lengua, histérico y empezó a caminar por la cocina. Me daba la sensación de que estaba volviéndose loco, peléandose con Él mismo. 

- No te enojes conmigo, por favor - suspiré. 
- No, yo no estoy enojado con vos... - me dijo, suavemente - Me parte al medio que pienses que soy una mierda, porque te juro que nunca, pero nunca, quise evitar tanto cagadas como con vos. No te puedo ver sufrir, y te veo mal y no sé qué hacer... ¿lo entendés? No puedo verte mal, es terrible, no puedo. 
- En el fondo, te lo juro, yo ya sé - lo consolé - Pero, si no nos alejamos, yo te voy a seguir queriendo... 

Levantó la cabeza y me miró, fijamente. 

- Es por este tipo de cosas que yo me enamoré de vos... - le demostré -  Ví que siempre me miraste la cara y no el culo - sonrió - Yo entiendo, realmente, entiendo que no me quieras ver mal... Pero, justamente, *** - sacudí la cabeza - Nos tenemos que alejar, así no me ves. Yo necesito que seas nadie, no porque me guste, al contrario, me mata... Pero... ¿cómo sigo, si no es así? - le pregunté, retóricamente - ¿Cómo rehago mi vida afectiva si pienso en vos, todo el tiempo, si te sigo sintiendo cerca? Necesito, para darme la oportunidad de ser feliz algún día, cortar de raíz con vos. Que seas nadie, es eso... 
- No puede ser... - me miró, fijamente -  No puedo, Veinte. Vos nunca vas a ser nadie para mí. 
- Eso es lo peor - musité - Si me decís que por lo menos me hacés la gamba para olvidarte y no pedís locuras... - mofé. 

Sonrió. 

- No me pongas esa cara de perro mojado - sonreí - No vale. Golpes bajos, no. 

Se acercó, con la misma cara de perro mojado, como si quiera tocarme, abrazarme. 

- Perdón, te juro que no quiero que sufras, no se qué hacer...  - tomó aire - No tenés que estar triste por mi culpa ¿sí? Yo soy un viejo de mierda, no vale la pena. Te merecés otras cosas. 
- ¿Vos te estás escuchando? 
- Sí... - dudó. 
- ¿Me estás consolando por no quererme? 
- Perdón... 
- No hace falta tu lástima, de verdad... 
- No, es que no es lástima... 

Le hice un gesto de malestar y miré a mi costado, para ponerme a buscar mi cartera y mi abrigo. Se me quedó mirando, mientras hacia las cosas, petrificado, parecía una estatua. 

- No me mires así... - mofé. 
- ¿Cómo? - preguntó, con curiosidad. 
- Así, *** - lo puse en evidencia - Siempre me mirás con cara de perro mojado, de feliz cumpleaños - argumenté. 

Sonrió, por las formas. 

- Perdón, no sé qué cara pongo... - se disculpó - No te estoy mirando con rabia. 
- No, no dije eso. Me mirás lindo, lo que es peor... - lo corregí - De hecho, si ponés esa cara un segundo más... - suspiré y me alejé. 
- No sé qué cara pongo... - se sonrió. 
- La misma cara de estúpido, esa cara... - suspiré. 

Se me quedo mirando, largamente, con esa misma cara de idiota que me encandilaba. 

- Nunca, realmente, voy a entender por qué me querés tanto, qué es lo que me viste, eso que para vos es maravilloso y yo tengo... - murmuró. 

Me sorprendió esa observación, porque yo al menos entiendo el amor desde lo auténtico. 

- ¿Nunca intentaste seducirme, entonces? - lo pinché. 
- Nunca hice nada distinto... buscándolo. 
- ¿Estás seguro? - lo miré. 
- Es que, Veinteava, yo no entiendo, no lo entiendo - sacudió la cabeza - Yo no hice nada para que vos me quieras.  
- Perdón por sumarle un problema, señor. La peste se va a ir en breve- ironicé. 
- No, pará, no es eso... - me atajó - Es que no lo entiendo, no entiendo qué tanto me viste. Yo soy un viejo de mierda, Veinte. Mirate lo que sos vos - me señaló - Yo ya te lo dije hace un tiempo, vos tenés  - me hizo una expresión con la cara en particular - todo.
- No, es evidente que no lo tengo todo - musité - Porque si no... 
- No, escuchame - me frenó - Te estoy diciendo la verdad.  
- No hace falta que me subas el autoestima, ***. Ya está, ya se fue todo al carajo. 
- Es que vos no tenés que estar mal por mí, por favor, no sufras por mi. Yo no valgo la pena para vos. 
- Mirá, **, esto va al margen de que vos no me quieras... - tomé aire - Desde el primer puto día en que te ví y me dijiste con tu voz de hombre bueno y tu cara de cachorrito "hola veinte" - sonrió, obnubilado - a mi me alegró conocerte. Eso no va a cambiar. No es cuestión de lo que pienses vos, sino, de lo que siento. ¿Querés saber por qué te quise? Porque me pasó y punto. Me enamoré de vos, me encontré hasta las re manos, y pensé que me importaba un carajo todo el resto - argumenté y volvió a sonreírme así - Te quise siempre, todo el tiempo, por la persona que sos. No por el tipo banana y superado que sos con los otros, sino por éste - puntualicé - éste tipo, de ahora mismo, por ejemplo. 

Bajó la cabeza y enseguida me miró. 

- A mí no me interesa el tipo seductor, que se come el mundo... no, eso es una pelotudez gigante... - sacudí la cabeza - Vos sos este y yo te quería así; punto. Viejo y todo, de última, si es como vos me decís; que sos viejo, cosa que no creo; listo. Es así, entonces. Yo te veo a punto y si que estés a punto es que seas viejo según tu criterio, dale...- le aseguré, totalmente fuera de mi misma, en un torrente verbal que era terriblemente honesto, desbocado, movido por sentimientos que nunca me había imaginado poder acaparar en relación a alguien. 

Se rió. 

- Veinte... - me miro, divertido - Yo soy viejo. Mirame, soy un viejo terrible para vos... - me pidió - ¡Que me vas a ver de lindo vos a mi! 
- Si, sos un tipo grande... - concedí. 
- Bueno... grande - revoleo los ojos - Viejo, no grande 
- ¿Queres que te diga que sos un viejo arruinado? - lo mire, provocandolo - Sos viejo para mi, te estas cayendo a pedazos ¿asi esta bien? - lo pinche. 
- No, bueno, pero... - sacudió la cabeza, sonriéndome, con desparpajo. 
- ¿Vos pensas que a mi me importa, realmente, me importa algo externo a lo que me tiene estupida por vos? - le pregunte, retoricamente - Me importa una mierda, mientras que vos me quieras, si sos o no sos viejo. Yo no te veo viejo, para mi... - hice un gesto, con las manos. 

El me miro. No salia de su conmoción por mi forma, por ese vocabulario descuidado y pleno, por esa declaración de deseo. 

- ¿Que? 
- No, me callo. Basta. 
- ¿Que pasa, Veinteava? 
-  Que para mi estas re bueno... - me sincere - asi o como mierda seas, yo te veo y quiero poner un pasacalle diciendo que sos hermoso, que me pareces un tipo atractivo en esencia; y cuando te reis, me mata y cuando pones tu cara de pelotudo olimpico, me puede. Y te detesto, porque sos un tipo picaro, lucido, que me entiende, que me sabe llevar - suspire - y al mismo tiempo sos un pelotudo. 

Se emsombrecio su mirada, su cara. 

- Es lo mejor que me dijiste... - puntualizo. 
- ¿Que? 
- Que soy un pelotudo - suspiro - Si, soy un tipo muy pelotudo. Ya lo se eso. No te creas que lo se. 
- Te daria la razon, si, pero te voy a contar algo, para que te quede... - lo frene. 
- Dale, me gusta eso. 
- Al principio, me costaba asumir que vos a mi me gustabas - sonrio - Y me decia que no me podia pasar esto con un tipo que fuera tan pelotudo. 

Se rio, abiertamente. Yo tambien me rei. 

- Agradedirte, en mi mente, durante un periodo de tiempo re chiquito, me servia para no asumirlo. Pero, a la noche, en mi cama, me daba vuelta para un lado y decia que eras un estupido - argumente. 
- Muy bien. 
- Y siempre me daba vuelta para el otro lado... - me quede callada y se me quedo mirando, cerca - Y volvías a ser para mi, otra cosa. Y ahi pensaba que te queria cuidar, y estaba atenta a las noticias de Microcentro cuando no estaba con vos, y pensaba si habias comido bien, si te estabas haciendo problema por algo, a ver que te podia decir para que estuvieras bien... - murmure - No te lo digo para que me quieras. Pero vos no sos ningun boludo. Y lo que haya pasado antes en tu vida, bueno. Cagadas nos mandamos todos. Mirame a mi, lo que estoy haciendo ahora mismo... - lo cargue. 

Le sonrei y me sonrio, con toda la boca 

- No, no son cagadas - me estiro una de sus manos - Habla de todo lo que vos quieras conmigo. Soy yo, conmigo no hay problema. 
- Ya, sinceramente, creo que te dije mas de lo que pensé poder decirte a un hombre en mi vida - me avergoncé. 

- Te juro, que yo no entiendo como me podes querer asi  - asumió - Yo no hice nada... distinto a ser como soy, con vos para que me quieras. No me lo merezco. Vos te mereces una persona mejor que yo, que viva toda la vida con vos. 

Me lo quede mirando, por unos segundos. Era como si todo el asunto le pesara pero le encantara al mismo tiempo. 

- ¿De que te estas justificando, ***? - le pregunte -
- De nada ... 
- Yo a vos no te gusto. No le veo el problema. 
- No, carajo, no es eso - me explico - Es que yo soy viejo; no te puedo dar nada de todo lo que te mereces. 
- No me cargues. 
- No te estoy cargando, te lo juro. 
- No me cagues, entonces - lo pinche - Decime que esto es una cuestión de falta de amor, de voluntad, y listo... Hagamosla fácil. 

Suspiro y me miro, como si le gustara, como si yo le gustara y como si por terca me quisiera morder y matarme a cosquillas. 

- Vos te mereces todo; a alguien que te de todo, que te ame, que este toda la vida con vos, tener a un tipo al lado que te pueda corresponder al punto de que te quiera mas de lo que lo queres vos. - me explico - Tenes todo lo que a un tipo, sea quien sea, le puede gustar. De verdad, lo tenes todo lo que se te ocurra que un tipo pueda querer... 
- No, evidentemente no - mofe 
- No seas boluda, escucharme... 
- Es que me decis que tengo todo para otros y no para vos... ¿Es joda? 
- Yo no te puedo dar lo mismo. Yo no se si voy a poder corresponderte con la misma intensidad, a mi edad. Pase muchas cosas en la vida. Nunca pense que me iba a pasar una cosa asi... 
-  Entonces... - dude - ¿Vos no me correspondes? - busque sintetizar. 
- No, yo no puedo. 
- No queres, claro. 
- No, no puedo. 
- ¿Porque sos viejo? 
- Porque no puedo y si, porque nos llevamos muchos años. 
- ¿Y? 
- ¿Como, y? - me pregunto, sorprendido. 
- ¿Y cual es el problema de llevarnos veinte años? Mas allá de todo lo que esta a la vista ¿que mas hay? 
- Veinte - se froto la cara - No puede ser esto, es mucho... 
- Cierto - medite - No son veinte, son veintitrés. ¿Que hay mas alla de eso? 

Lo desafiaba, todo era ponerlo contra las cuerdas de su vida, para que se dejara ir en su deseo y no en prejuicios que lo atormentaban. 

- Mereces tener al lado a una persona que pueda compartir toda la vida con vos, que tenga tu edad. Tenes que conocer otros tipos... Yo no valgo ni dos mangos, para vos. 
- ¿Entonces esto viene a ser un "anda con el primer joven que se te cruce, porque vale para vos, al ser joven te va a acompañar toda la vida"? - mofe. 
- Es asi. 
- No, no es asi - lo increpe - Vos crees que lo mejor para mi es una persona joven y yo misma te estoy diciendo que te quiero a vos - lo señale - ¿Que, me estas jodiendo? Decime que no, que no me queres, que no te importo, que no te va ni te viene lo que siento, que te parezco re fastidiosa con mi amor, y mi amor y mi amor... - estalle - Junto todo y me voy. 
- No quiero exponerte.... - musito. 
- ¿A que? 
- No te quiero dar menos. 
- ¿Y quien te dijo que me estabas dando menos? 
- Ya se, vos no me dijiste eso  ni nada de eso... - se me acerco y me hablo, con muchisima suavidad - Yo me di cuenta que si siento, claro que siento, me vuelve loco lo que siento, pero a esta altura de mi vida no puedo con esto. Hace años que algo se cerro para mi. No tengo garantías de revivir esos viejos planteos. 
-Querer a alguien es un montón, para vos, un esfuerzo, porque no lo sentis. Eso es 
- Yo no tengo garantías de nada, a esta altura. Eso es lo que pasa. No quiero exponerte ni hacerte sufrir, porque me tengo que dar un tiro, después, si te veo mal - me dijo, desbocado - ¿Que hago, explicame, que hago si te llega a pasar algo a vos? 
- Nada - le dije, como si fuera obvio - Es mi responsabilidad metabolizar el dolor. Es responsabilidad de cada uno arreglarselas con lo que vive, luchar por la vida que quiere. Por eso estoy aca, de hecho. Si me pasa algo, sera problema mio, por no tener experiencia como vos, considero. Es el precio. 
- No, no - me atajo - Yo si te llego a ver sufrir, me muero, entendes, me muero. Me vuelvo loco si te veo mal, imaginate si te llego a lastimar peor... ¿Como hago, después? ¿Que va a pasar con vos? ¿Que voy a hacer?  - me recalco - No quiero que sufras, Veinteava. No quiero hacerte sufrir nunca a vos. Yo si te llega a pasar algo... - sacudio la cabeza y siguio caminando por la cocina de su casa, hablando y haciendo gestos. 

Me lo quede mirando, afectada por sus palabras. 

- Te diría que no lo parece... - susurre. 
- Escuchame y mirame  - me pidió - Vos te mereces todo. Todo, Veinte. 
- Eso no esta en discusión 
- Bueno, por eso... - me miro, desafiante. 
- Yo no buscaba todo. Aceptaba lo tuyo, porque no voy por la vida exigiendo a la gente. Vos tenes mucho para dar, aunque no lo creas, muchisimo. A mi, aunque te haya parecido poco, me diste muchas cosas lindas  Pero si no lo ves vos, ya esta, estamos muertos - le explique. 
- Perdoname, por favor, te pido que me perdones - suspiro - En algun momento vas a entender. 
-- Hubiera preferido quedarme con un viejo como vos, que me dice que no vale ni dos mangos, antes de pasarme la vida con un chabon, viejo o joven, al que no quiero - suspire - Deja, ya esta. Estamos perdiendo el tiempo - le dije y escondí la cara. 

Se quedo parado, mirándome, como si estuviera desnudo en el medio de Plaza de Mayo. Yo me pase las dos manos por la cara, rendida. 

- Mirame... 
- No voy a llorar... 
- Mirame, Veinte. 

Lo mire. 

-  ¿Que? ¿Tenes un jovencito para presentarme? 
- No, boluda, no me digas eso, que te pario... - se rio - No te puedo ver asi. 
- Vos nunca me podes ver mal, pero después me mandas con un pibe de mi edad como si yo no te quisiera a vos, como si entre nosotros nunca hubiera pasado nada... - manifeste - Es hermoso, esto. 

Intercambiamos una sonrisa de mutua atracción. 

- Sigo sin entender, sinceramente, que tanto crees que yo tengo. No te seduje, perdoname. 
- ¿Vos no me sedujiste? ¿Me vas a decir que no me seducías? 
- Bueno, si. 
- Ah, bueno, algo que me reconoces... - lo pinche. 
-Es que yo no lo pense, no se, se dio - me explico - Y cuando me di cuenta... 
- ¿Y cual es el problema de que me hayas seducido? ¿Que seas un viejo terrible? - le pregunte - Para mi, por lo menos, es normal que quieras seducir a una mujer con la que te pasa algo. Lo que pasa es que si vos no podes reconocer, ni jugarte por lo que te pasa, de nada te vas a hacer cargo. 
- Es que yo fui autentico con vos, fui yo mismo, me relajo con vos, fluye todo... - argumento. 
-  ¿Si eso no era seducirme, qué era? ¿Si no me seducías con eso, con qué? ¿Qué otras cosas hubieras hecho? - manifesté - Vos, sin darte cuenta, fuiste auténtico pensando que nadie se iba a poder enamorar de eso, porque con otras que habrás estado vaya a saber que chamuyo les hiciste, y yo, como una pelotuda justo de lo puro, de que te mandaras cagadas, de todo. 

Sacudi la cabeza, indignada. 

- Todo lo que sos, malo o bueno, fue lo primero que ví y lo único que ví y lo que me trajo hasta acá, hoy, así. Si me hubieras mirado el culo, comprado flores, invitado a comer, te sacaba cagando, seguro, porque eso lo hace cualquier tipo. Pero vos fuiste autentico conmigo, asi, como sos. Y me enamore profundamente de todo eso. Hasta de cuando tomas mate o comes paella con cara asi - lo imite. 

Nos reimos, quiza, para no llorar. 

- Y para cerrar,  por eso te pido distancia. Tengo miedo de seguir viendo siempre todo eso en vos, imaginate... - le dije, con acidez- Cincuenta años míos y la mina no te superó... Vos ahí sí realmente viejo, hecho mierda, diciéndome que no me querés, que no, que no... - ironicé. 

Nos reímos. 

- Sos una sonsa, Veinte - se le aflojó todo el cuerpo - Vení, abrazame, por favor... - suspiró-  Esto es una cosa... - inspiro. 
- No, basta. Es una cosa hermosa y terrible y no quiero que me abraces mas - lo frené. 

Ese pedido me enojó, de repente, no sé por qué me enfureció tanto. 

- Por favor, no... - me hizo una cara que me detonó, me enfureció mucho, me generó mucha impotencia, porque primara la cobardía. 

(...) 

La charla tuvo un tramo mas, y otro y otro; hasta que nos quedo seca la voluntad.  

Esto que tuvimos sin dudarlo fue lo mas parecido a una despedida y lo mas parecido a un pedido de permanencia que conocí en mi vida.  Otros dicen que fue una pausa, yo digo que fue lo que tenia que ser.  Especialmente, pienso en el curso de estas cosas, cuando me entero que casi tres años después de esta charla, de toda nuestra historia... Él observa mis redes sociales. 

Me invade una oleada de sentimientos cuando lo corroboro, llevándome una sorpresa de hecho, porque es evidente que lo hace convencido de que yo no me entero y porque yo me convencí a fuerza del dolor, respecto a que nunca lo iba a hacer.  Me dije que yo nunca le importé, porque si le hubiera importado Él no se hubiera rendido; y no dejé de decírmelo ahora, tantos años después, donde veo que hace estas cosas y no lo entiendo, pero al mismo tiempo (porque el dolor no es en vano), estoy segura de algo: nunca lo voy a entender del todo. 

Después recapacito, poniendo las cosas en perspectiva, y entiendo que la vida no se basa en extremos tan drásticos, que todos estamos llenos de contradicciones, que cada uno hace lo que mejor puede - en algunos casos - con lo que le tocó y que de ir ganando y asimilando cosas todos los días, finalmente, se trata.  

Lo único que sé, hoy por hoy, es que yo quiero para mi vida cosas diferentes a este mirar solapadamente una red social para saber del otro, a quien hemos querido; cosas distintas a sufrir eternamente mirando todo lo que hubiera podido ser y no fue.  Sé que de alguna manera no sólo voy a encontrar el camino hasta esta clase de cosas, sino, finalmente, voy a poder encontrarme con ellas en algún momento, en un nivel concreto. 

Yo me entero porque, evidentemente, me tengo que enterar. De algo tiene que servir,aunque eso no cambie nada en un nivel general.  De hecho, El la tiene a su Ella. 

Probablemente, sólo quiera ver, curiosear, aún mismo hayan pasando tantos años, qué tal. 

A mí me gustaría decirle que si, que a veces se me da por lo mismo. Me gustaría decirle que lo quise y lo quiero mucho; que lo perdono, que esta todo bien. Incluso, que en la próxima vida, en la próxima oportunidad, en la próxima esquina... Quizá nos veamos y podamos tomarnos un cortado en jarrito, si sigue siendo ese nuestro deseo, después de todo lo que pasó. 

Hoy, años después, sé que nunca va a poder ser nadie para mí y aprendí a vivir con ello. Pero también sé que, en ese momento, tomé la mejor decisión; porque de otra manera en el presente todo esto de mantenerlo a prudente distancia en mi memoria, y en mi corazón, hubiera sido mucho más complicado y no hubiera decantado en la escritura de una sesión en un blog que me ayuda a capitalizar nuestro encuentro, la experiencia vivida, todo lo que dejó.

Hoy sé que tenía razón en la importancia, sí, tenía toda la razón, apoyado en su experiencia de vida; pero yo tenía la misma cuota de razón en los modos de graduar esa importancia, apoyada en el sentido común, ante la falta de experiencia.  Quizá la existencia de un gris en la actualidad alguna vez logre que nos podamos saludar como gente civilizada, que podamos volver a hablar después de años en un silencio casi obligatorio y lacerante.  Lo único que deseo respecto a ambos es que esas miradas que nos dedicamos, desde un tiempo después que nos peleamos en 2014, hasta el último día donde nos vimos de casualidad, sin importar el tiempo o las compañías, no sean el último recuerdo del otro, para nosotros. 

Hoy sé, que durante el ultimo tiempo, yo lo esquivaba bajando la mirada, porque estaba profundamente aterrada y no sabía cómo manejar la situación de que me la sostenga, con tanta intención y de que se me acerque para hablar de lo que fuera, . Ahora tampoco sé cómo, ni sabría cómo hacerlo, llegado el momento, porque entendí que nunca uno puede estar preparado para la intensidad, que crecer es aceptar la incertidumbre. Y entendí lo central: prefiero ponerme colorada o quedarme algo vacilante en una conversación, pero jamás, ese silencio que no hace más que lastimar y lastimar y vaciar y lastimar en interior de las personas. 

Yo no sé si esto tomará algunos años más o pasará más pronto  de lo que creo; me conformo con saber que llegará algún día, de alguna forma, si es para mí. 

Yo no quiero que unas miradas que se encuentran y se esquivan sean una despedida que esta ordinariamente llena de puntos suspensivos. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Especialistas V

El lunes amanecí deshecha, ya desde las primeras horas, pese a que el domingo lo transité bien. Cuando quise levantarme a poner la pava, me dí cuenta que no me podía mover, producto del dolor de espalda y del agarrotamiento en general, sumándole un malestar estomacal progresivo, e intenso.  Me quedé, ante esto, de forma irremediable, todo el día en la cama. En las primeras horas de la tarde me subió una fiebre que persistió y, en el ocaso del día, cuando me levanté con intenciones de bañarme, me bajó la presión y me desvanecí - en brazos de mi hermana y mi madre- por algunos segundos.  Lo único que se me pasaba por la cabeza, al margen de los dolores, era que al día siguiente operaban a mi padre y que yo, sea como fuere, tenía que estar ahí, presente.  No me importaba si tenía que ir con fiebre, yo solamente deseaba poder levantarme y caminar, para poder estar en ese momento importante para él, acompañándolo. 

Llegamos a la Clínica pasado el mediodía. El doctor llegó relativamente puntual, mientras estábamos en la puerta de entrada al quirófano, con mi padre y mi madre, esperando la indicación para que él entrara, conforme el médico hubiera terminado de llenar todos los papeles. Lo único que podía desear, en esos momentos, es que todo saliera bien; que allá, dentro, donde nadie podía hacer más que lo que estaba pactado, no se lo encontrara nada nuevo ni nada raro, que pudiera salir pronto, ileso; que todo pasara rápido. 



Cuando le tocó el turno de ser llamado, mi padre se encaminó sin saludarnos. A los cinco minutos cayó en la cuenta, retrocedió, le dió un beso a mi mamá, mientras me abrazaba a mí. <<Tranquilo, papi. Después nos vemos >> le dije. Me lo quedé mirando fijamente hasta que se lo tragó la puerta verde que se bamboleaba impetuosa; y en cuanto lo ví alejarse de nuestro lado, empecé a sentir algo parecido a lo que ellos me relataron que sentían cada vez que algo malo me pasaba a mí, cuando estaba internada, durante los meses posteriores a mi nacimiento. Necesidad de que estuviera bien, de cualquier forma, sabiendo que eso era lo esencial, lo básico, lo central. Unos segundos después sobrevino la sensación de impotencia, mechada con angustia; la sensación de que uno no es "nada" en este mundo; esa certidumbre tan honda de la insignificancia de cada uno de nosotros y, al mismo tiempo, del ostracismo en el que todos estamos acostumbrados - mal acostumbrados - a vivir. 

La operación estaba pactada con una duración de cuarenta y cinco minutos, pero mi padre estuvo casi dos horas en el quirófano. Mi madre, mi hermana mayor y yo, estuvimos esperando afuera, sentadas en un sillón, cada minuto que pasaba como si el tiempo se hubiera comprimido en un gotero de parsimonia y especulación.  Personalmente, no podía ni leer, ni escuchar música, ni responder mensajes. Miraba a la gente; miraba a médicos y enfermeros pasar por el pasillo de la clínica; escuchaba a mi madre y a mi hermana, pero en esencia, no estaba ahí. Estaba con mi papá, dentro de ese quirófano aséptico, anhelando que no le doliera, anhelando que pasara todo pronto, que saliera todo bien. 

En medio de esa especie de ensoñación emocional, de pronto, escuché el ruido de un camillero. Mi madre se levantó más rápido que yo de su estancia en el sillón, luego de varias amagadas, y me confirmó que era con un asentimiento de cabeza.  Cuando lo ví a mi padre, acostado en esa camilla, tapado y totalmente indefenso producto de la anestesia; se me hizo un nudo en la garganta. Pensé que me iba a poner a llorar ahí, pero no. Fue el impacto de la imagen, fue el descargo implícito de algo con lo que vengo cargando desde octubre. Mi hermana se acercó enseguida, yo me acerqué a la zona de los pies y mi madre le acarició la cabeza, buscándole la mirada. No nos reconoció bien, todavía algo adormecido, pero curiosamente se le salieron unas cuantas lágrimas cuando nos vió. 

- Papi, ya está, ya pasó - le dije. 
- ¡***, ya está, estás acá! 
- ¡***, entregá la billetera! - le dijo mi hermana, para tomarse las cosas con humor. 
- A la nena... - murmuró, al camillero. 
- Acá estamos, papi. 
- A la nena, dale la billetera a la nena - dijo mi papá - Dale todo, a las nenas. 

Otra vez, el nudo en la garganta, apretándome hasta casi ahogarme. 

- Papi - nos reímos, todos - ya está, ya pasó. Tengo tus cosas yo, estamos bien nosotras - le dije, mientras le tocaba la pierna sana. 
- Lo voy a subir arriba, hasta la habitación - nos avisó el camillero - Preguntó por ustedes y algo dijo de la ropa, dos veces - nos sonrió. 
- Ah, sí, dame que se la llevo - me reí, sacudiendo la cabeza y agarrando la bolsa. 

Una vez que subimos a la habitación pactada, poco a poco, fue entrando más en razón, considero. De todos modos, estaba sumamente vulnerable y se le notaba, en más de un sentido. Para él se terminó, a tal punto al menos, una fuente de dolor enorme, por la que sufría cada día, especialmente, durante el tiempo más cercano a la intervención. 

Una vez que dispusimos las cosas, se quejó considerablemente, por la sed y por el hambre. Murmuraba cosas, inquieto, preguntando por mi madre, por mí y contento por la presencia de una de mis hermanas (porque la otra, con la que parecería que están emancipados, ni preguntó ni apareció en ningún momento del día).  

Me le acerqué, para acariciarle la cabeza, en un momento de tranquilidad para mí y de quejas para él. 

- Papi... - lo llamé - Acá estoy, mirame... ¿Me conocés? - le pregunté - Ya pasó todo, pá - le dije. 

Me miró, me conoció (creo) y se puso a llorar. 

- ¡No llores, boludo! -  le dije y me reí, para no ponerme a llorar a la par - ¡Ya pasó! ¡Estás acá, con nosotras, ves, ileso y con nosotras; no llores! - insistí. 

Por suerte, al rato, ya era mi padre de nuevo, en todos los sentidos. 

Mientras mi madre y mi hermana se fueron a comer, porque estaban muertas de hambre y ya eran cerca de las cinco y pico de la tarde, yo me quedé en la habitación.  No me podía despegar de ahí. Aunque tenía hambre, sed y me sentía cansada por la fiebre y los nervios del día anterior (como del día en curso) ese apego - del que hablé hace unas entradas atrás - me mantenía erguida. Llegó la merienda, le preparé las galletitas insípidas con mermelada y el té que no tomó. Desobediente como el solo, ya estaba haciendo de las suyas, una vez que se reencontró del todo consigo mismo. Un rato después, luego de que pasó el médico a verlo y nos explicó toda la situación, almorcé en la habitación unos sándwiches de miga que mi mamá me trajo desde la cafetería, obligatoriamente, porque a mí no me pasaba un alfiler por la boca del estómago. 

Mi papá a esas alturas ya había mejorado tanto que terminó comiendo y tomando como si no acabara de salir de la operación y todavía estuviera conectado a una vía, por donde le pasaban el suero que no necesitaba, teniendo en consideración que el tipo estaba más pendiente de sacarse el hambre y la sed con cosas del bar del primer piso; que de hacer un poquito - apenas, un poquito - de buena letra. De todos modos, y dejando a un lado esta pequeña porción de humor, fue una tranquilidad para todos. Ya a las dos horas y media, a más tardar, pudimos volver a casa. 

Entretanto, me dediqué a responder mensajes. 

Mi padre y yo, junto con parte de la familia de Urtubey, tenemos un grupo donde éste último me agregó en diciembre; así que por allí también estuvimos hablando durante todo el día, con la consigna de que en cuanto hubiera una novedad, yo me encargaría de avisarles a todos. Un rato después, me mandó un mensaje otra amiga de mi padre a mi teléfono, me escribió mi mejor amiga; y de nuevo Urtubey que estaba oscilante entre venirse para la Clínica o no y me consultaba, a ver qué me parecía. Le dije que podía venir, por descontado, que no había problema y que no se tomara nada como un compromiso. Le expliqué que estábamos mi madre, mi hermana y yo. Y es que, finalmente, la cuestión, decantó por la familia (casi completa). 

Más tarde, fue otra vez hablar con mi abuela, es decir, la madre de mi papá. Otra vez, hablar con la amiga de mi padre (que es como mi segunda abuela), quien estuvo re pendiente de él. Otra vez, responderle a Urtubey, que me comentaba que había desistido de ir a la Clínica, porque no quería molestar, que no había querido meterse, pero que seguía pendiente de todo. <<No te preocupes, no hay problema, *** >> le contesté. 

De a poco, por suerte en un punto, todo se fue cerrando a la intimidad. 
De a poco todo se fue descomprimiendo. 
De a poco, todo se fue ordenando. 

Nos volvimos a casa casi al final del día; de un día muy largo, pero con final feliz. 

Demás está decir que me puse el pijama y la pava, a las nueve y pico de la noche, en un absoluto gesto de rendición frente a las circunstancias. Así empezó, con el primer contacto entre la yerba y el agua caliente, otro capítulo de la historia. 


PD: ¡gracias querida amiga, por acompañarme cuando más te necesito!