Unos días antes de ese sábado por la noche, estaba tomando la merienda en lo de mi mejor amigo, mientras me pintaba las uñas. Hacía poco tiempo que le había confesado mis sentimientos a Él, con todo lo que eso había implicado en la vida de ambos, y recién estaba empezando a caer en la cuenta de cómo era la situación: lo conmovía hasta la médula, pero era un cobarde. Aquéllo en aquél abril, parecía no poder cambiar por nada del mundo, al margen de su capacidad para asumirse y aceptarse en lo que le estaba pasando, especialmente, con su edad. <<Este tipo va a volver, a la primera de cambio. Pero vos no lo esperes, eso no te conviene. Dejalo venir solo, porque estoy seguro de que va a volver solito... >> me dijo mi mejor amigo, mientras tomaba el té que me había servido amorosamente. No me olvido más de su frase porque lo que para él era casi una certeza, a mi manera de ver, era algo imposible. Casi estaba por irme de su casa, cuando mi celular suena. Me estaba sacando las cutículas y me molesté por tener que interrumpir la tarea, que llevaba adelante con exagerada pericia.
<<Tengo una entrada para el teatro, este sábado, a las 22:00. Es la última que queda, así que decime si te gustaría ir, que te la guardo para vos >> rezaba. Él era así de conciso, en esos momentos y yo me quedé pensando unos breves instantes en lo que podía responder. <<Avisame si te puedo llevar la plata antes y sí, en ese caso, guardámela. En caso de que no puedas, dásela a otro >> recuerdo que le contesté. <<Es tuya >> resumió. <<El sábado a la mañana te doy la plata y me das la entrada. Gracias >> resumí yo. <<Olvidate de la plata; decime si querés venir o no y listo, Veinte>> insistió. Le dije que guardara la entrada, siempre y cuando, me dejara pagármela. No resistía, en esas épocas, la demostración de interés a través del dinero, si no podía sostenerme la mirada, cuando le decía que me había enamorado de Él y que no me importa que tuviera, en su momento, más de cuarenta años.
Llegó formalmente el día de la función. Durante la mañana del mismo día nos habíamos visto.
- Te traje lo que habíamos quedado - le dije, de movida, tendiéndole el dinero.
- No - se negó, cerradamente.
- *** - lo llamé, por su nombre completo - O me agarrás la plata o yo no voy.
- Pero, Veinteava, por favor - se quejó.
- Por favor - lo miré, fijamente.
- No traje el pase.
- No importa.
- El trato era que yo te de el pase y no lo tengo.
Suspiré.
- ¿Y? Te lo quiero pagar, yo.
- A la noche...
- A la noche va a ser en el año 2030 - me quejé.
- Exactamente - me sonrió.
- Vos sabés que esto no va así - lo miré,
- Sos durísima...
- Tu peor pesadilla, siempre, toda la vida - me quejé, mientras me alejaba, molesta.
Pasó la mañana entre actividades varias. Llegó el momento de despedirnos.
- ¿Hoy a la noche nos vemos, no? - me dijo, mientras me saludaba.
- Sí, sí - le aseguré - ¿Cómo hacemos con el pase y la plata, ***? - lo encaré.
- Después arreglamos con lo segundo - suspiró, divertido - Para el pase, estate un poco antes.
- 2046 - musité.
- Hoy voy a jugar a la pelota con los chicos - me comentó.
- ¿Volviste?
- Sí, sí.
- Me alegro - le sonreí, levemente - Cuidate y divertite - le dí un beso casto en la mejilla.
Me fuí a la parada del colectivo.
A la noche, por su parte, avisé que no cenaba en casa y que tampoco iba a volver temprano. Me fuí sola, para no generar más resquemores. Estrené un vestido blanco y me recogí el pelo en un rodete tirante, dejándole el paso a unos aros largos que hacían juego con la cartera y los zapatos. Es decir, me preparé especialmente para la ocasión, considerado que ameritaba un poco más de producción.
- ¿Estás viniendo, no? - me escribió.
- Dame diez minutos que estoy allá - le escribí.
- Te estoy esperando en *** - me avisó - Tranqui. Me quedo acá, no tengo drama.
Llegué y entré, sin pormenores, al sitio pactado. Encontré a conocidos nuestros en el mismo lugar, entre ellos un primo que había venido de lejos junto con su pareja. Caminé hasta llegar a su encuentro, extrañada, por verlo sentado en una silla. Nos quedamos mirándonos, uno al otro, en cuanto nos ubicamos mutuamente con la mirada. Él me dedicó una ojeada intencionada, de arriba a abajo, considerando que yo solía andar prolija pero dando cuenta de que notaba el especial esmero de esa noche. Yo le dediqué la misma mirada y ví enseguida que una de sus manos reposaba en la rodilla, esa rodilla, que de vez en cuando le generaba muchísimo dolor.
- Me atrasé, perdón... - me acerqué, a saludarlo, mientras permanecía sentado - ¿Estás bien?
Me lo quedé mirando y Él también quedó concentrado en mi figura.
- Tranqui - sonrió - De acá, te aseguro, casi no me puedo mover - se miró la pierna.
- ¿Qué pasó, ***? - la preocupación se me salió por los ojos, la boca, la expresión y el tono de la pregunta.
- Se me salió la rodilla de lugar - me explicó.
- ¡Sabía que algo te pasaba! - me quejé - Se te nota en la cara.
Sonrió, complacido. Me lo quedé mirando, por un momento, y noté que, quien mas tarde comprendería que era su primo con su pareja, se acercaban un poco más a la escena.
- ¿Y qué hacés acá? - sacudí la cabeza, desconcertada.
- No me quería quedar en mi casa, ni quería que nadie se preocupara por esto - me susurró - Por favor, no le digas nada a nadie ¿si?
Suspiré
- ¿Tomaste algo?
- Un analgésico que tenía en casa... - murmuró.
- ¿Uno al azar?
- Si. Uno que ya he tomado antes...
- Me encanta como te cuidás, de verdad - ironicé - ¿Fuiste a hacerte ver?
- No; no es la primera vez que esto me pasa... - me aclaró.
- ¿Y?
- Que no es nada, Veinte... - me sonrió - Tranqui.
Suspiré y me lo quedé mirando.
- Decile algo vos, por favor, a ver si te hace caso - me dijo un hombre, de mediana edad, con aspecto simpáctico, mientras hacía presencia clara en la charla.
Lo miré para corresponder a su saludo.
- Él es mi primo, Veinte, y ella es su novia - me indicó, Él.
-Ah, hola - les sonreí - Yo soy Veinteava - me presenté escueta - Está difícil el trámite.
- *** - se presentó, amorosamente - Ella es mi novia, *** - me la presentó, también, y me acerqué a darle un beso a su chica - ¿Terco, no?
- Un hombre imposible - suspiré - No entiendo qué hace acá, tan campechano - se rió.
Él se me quedó mirando, sin mayores aportes.
- Te traje tu entrada, tomá - me la tendió y yo saqué mi billetera.
- Por favor - me atajó - No me hagas hacerme malasangre. Guardá eso ya - se puso serio.
- Si estuvieras parado, te lo hago comer - ironicé, preocupada por su estado - ¿Necesitás que te vaya a comprar algo? Acá cerquita hay una farmacia 24 horas. Voy, es un toque. Dale.
- Nada, de verdad, muchas gracias - me sonrió - Te pido, por favor, que no le digas nada a nadie. Especialmente, no le digas nada a mi mamá ¿si? Se angustia, se preocupa.
- No es para menos... - Suspiré y miré a su madre, de lejos - Pero te prometo que si te quedas quieto y hacés caso, yo guardo el secreto - hice un gesto de coserme la boca.
Me ofreció pedirme algo para tomar. Me negué.
- ¿Vamos entrando a la sala, te parece? - me dijo.
Lo observé levantarse, e hizo una ineludible mueca de dolor que intentó en vano disimular.
- Ahora vengo - salí, de la sala, sin pensarlo dos veces.
Le escribí, en ese mismo momento, a mi hermana mayor que estaba haciendo guardia en el Hospital. Le comenté el cuadro y le pregunté qué analgésico podía llegar a precisar. Me dió indicaciones y me dijo que, por cuestiones de especialidad, era preferible que hablaba con su novio. Llamé, entonces, a mi cuñado. Mencionó una droga específica y me facilitó sus días de guardia y sus horarios.
Cuando estaba volviendo a entrar, me encuentro con el primo de él, en la puerta.
- ¿Y, recapacitó, con vos?
- Es tu primo... - mofé - Sabés lo duro que es, tu primo... - nos reímos.
- ¿Vos... de dónde los conocés a todos?
- De ***
- Ah, mirá qué bueno... - sonrió y lo dejé quedarse tomando fresco, unos instantes antes de entrar a la sala.
Un rato después, me encontré a solas, con la novia de su primo, una mujer contemporánea a todos ellos, pero muy simpática y libre.
- ¿Vos sos Veinteava, no? - me dijo, para sacarme charla.
- Sí, exacto.
Le dió una pitada al cigarrillo.
- ¿Sos la novia de ***? - me preguntó, sin anestesia, con una sonrisa pícara.
Me quedé petrificada.
- No, no... - negué, queriendo morirme - No somos novios, nosotros.
- ¿Ah, no?- me miró, extrañada - Pensé, porque parece, que vos eras la novia de... - dejó su frase a medias.
- No, no - sinteticé - Somos buenos compañeros, amigos... - mentí y le sonreí, con algo de picardía.
- Perdón, en ese caso... - se disculpó-
- No, no hay drama - le sonreí, para que fluyera la charla - No me ofende - le hice un gesto - Esto ya está por empezar. Voy a ir entrando a la sala... - me escapé.
II
- ¿Venís a cenar? - me preguntó, cuando la función se terminó.
- ¿Estás mejor? - le pregunté.
- Sí, sí - le restó importancia - ¿Venís?
- Voy - le contesté y vino su madre a saludarme, así que me quedé con la palabra en la boca.
Pasó un rato más.
- Hablé con mi hermana y con mi cuñado - le expliqué - Me dijeron ya lo que podés tomar, pero de todos modos, tenés que ir a hacerte ver. Mi cuñado está de guardia en ***. Si querés, te puede ver en un ratito. Él es de confianza, no es como ir a tu obra social... - le expresé.
- No hace falta que te preocupes así, Veinte - me sonrió, apoyándome las manos en los hombros.
Me tomé unos segundos para asimilar el contacto.
- Te paso el nombre y lo podés pedir a la Farmacia *** que tiene envíos a domilicio las 24 hs. Es para salir del paso, de todos modos - le advertí.
- Vamos a comer, dale - me pidió - No me duele, casi, no pasa naaaaaada. Después me pasás el nombre del remedio, me lo mostrás. Tranquilaaaa - me calmó.
Fuimos al lugar convenido, en su auto, junto con su primo y la novia de aquél. La sorpresa ocurrió durante la cena, donde, sin previo aviso, habían llevado una mujer contemporánea a Él para presentarle. Pueden imaginar su cara cuando, en medio de la comida, estaba hablándole aquélla cacatúa blanca, también de vestida de blanco como yo, con los pelos llenos de bucles semejantes a tentáculos negros, a cuerdas negras, con las que hubiera querido atarla para que se callara.
- ¿Te pasó algo, me dijo **? - le preguntó.
Yo lo miré, porque a ella la tenía al lado, pero a Él, especialmente a Él, en frente. Enarqué una ceja y seguí comiendo, calladamente.
- Un golpe, jugando a la pelota.
- ¿Y te duele?
- No, no es nada grave - le restó importancia.
- Bueno, como te contaba, entonces - ella siguió la charla, como si nada, creyéndole.
Le hice señas a un compañero, para que me prestaba unos cubiertos, por un segundo. La conversación, es decir, la anécdota de ella, estaba en su parte más rica y Él aparentemente parecía escucharla. Cuando mi compañero iba a alcanzarme sus cubiertos, Él lo frenó con una mano en su brazo y dejando de comer, como si nada, me tendió los suyos. La mujer se quedó frita, pero indudablemente, yo también.
Asentí con la cabeza, para no interrumpirla, en un gesto de ironía. Le enarqué una ceja. Lo entendió todo. Al rato, mientras me mensajeaba con un escriba progresivo de esa noche que me mandaba a decir cosas por mensaje en el mismo momento, lo descubrí mirándome.
- ¿Estás bien?
Asintió con la cabeza, me guiñó un ojo y me sonrió. Le devolví el asentimiento sin sonrisa ni guiño y me levanté al baño. Me siguió con la mirada. Se la bajé, intermitentemente, para no quedar tan tan tan evidente.
Casi al final de la cena, estaba hablando con su madre y con su tía, que siempre tenía palabras dulces para mí y me estaba abrazando a brazo suelto. Yo correspondía y conservaba con ellas, mientras hacía otro poco con su padre, que me decía que se alegraba de verme allí. Su primo y su pareja sorpresivamente, se ofrecían a llevarme a mi casa, junto a Él, pero yo desistía con amabilidad.
Me acerqué, para saludarlo.
- Tenés que tomar ****, cada ocho. De todos modos, no abuses. Es durante una semana como mucho. En el trascurso de esos días, sacate turno con algún médico de la cartilla, sabandija - lo reté, a medias.
Me acerqué a darle un beso considerablemente casto, pese a que era en la mejilla. Me atrajo hacia él y me abrazó fuerte, aún mismo, la pierna le tiraba. Lo apreté mucho, aliviada, por poder tocarlo y sentirlo cerca, como un método de conectar con su preocupación y calmarlo de alguna forma.
- Cuidate, por favor, no te hagas el macho pistola... - le pedí.
Se rió.
Me puso ambas manos sobre los hombros.
- Gracias, Veinte. Gracias, de verdad, no hace falta - me miró.
Nos quedamos en silencio.
<< Y esto es sólo el principio de todo lo que quisiera hacer por vos. Me quedaría a cuidarte toda la noche, si vos asumirías esto que está pasando... >> recuerdo que pensé.
- No es solamente estar en las buenas, la vida - me reí.
Sonrió, de nuevo.
- Gracias, en serio - me acarició el brazo y me acerqué más a Él, para saludarlo - ¿Cómo te vas a ir?
- Me lleva *** - le comenté.
-Yo me voy manejando también...
- Pero, *** - suspiré.
- Así mi vieja no se da cuenta... - me explicó - Haceme la segunda.
- No hay caso, con vos.
Su mamá se acerco, para despedirlo.
- Chau hijo - lo saludó - No hablé mucho hoy con vos. ¿Todo bien?
Me miró.
- Todo bien vieja - Él surfeó el asunto - Mañana, cualquier cosa, hablamos mejor. Te llamo, paso a verte. Después te aviso.
- Chau, tesoro - me despidió a mí.
- Nos vemos *** - le sonreí - Cuidate.
- Me alegro de verte, hoy.
- Muchas gracias - asentí - Hace mucho que no nos veíamos, es cierto.
Él nos miró, objetivamente callado.
Su madre se alejó.
- Prueba superada - musité, con doble sentido.
Me chocó los cinco, victorioso.
- Excelente... - me miró, pícaro - Vamos, dale, que te llevo a tu casa.
Suspiré porque no quería que maneje.
- Esperá que reparto unos besos a todos y voy - le sonreí.
Me sonrió, con toda su santa paciencia.
En las malas, mucho más, me dije entonces. El amor para mí era y sigue siendo estar acompañando cuando las cosas están bien, pero especialmente, era y es estar por encima de todas las tensiones, durante las malas épocas, que suelen evidenciar lo que es realmente incondicional.
