martes, 28 de febrero de 2023
Resistir hasta el final
domingo, 26 de febrero de 2023
Nunca podré entenderlo
I.
Los recuerdos se cruzan. Se mezclan. Aterrizan. Es como si levantara el reverso de múltiples papeles. Fotos que se reproducen, sin embargo, con intensidad.
03 de abril de 2022
- No, por fi - le supliqué a Javier, ante su abordaje constante y persistente.
Javier me dio la vuelta, se acercó a mi cuerpo y me susurró:
- Dame permiso. Por favor te lo pido. Dejame hacerte el amor, por favor...
Sentir su voz en medio de tantos estímulos juntos, pidiéndome además que lo dejara, resultaba embriagador. Pero no por lo bello, sino, por la turbulencia que representaba.
- No, no puedo darte permiso - le solté, con dificultad.
Puso sus manos en mi espalda y me acarició despacio, pero intensamente, haciéndome sentir cada parte de sus manos con cada roce. Acto seguido, besó la línea de mi columna vertebral que parecía encandilarlo. Toda entera. Sin saltarse nada. Vértebra por vértebra y eso me afectó notablemente.
Mi negativa decayó por aquéllos instantes hasta que volví a juntar capacidad mental para darle otro argumento lógico por encima del temblor general que significaba para mi estar viviendo esa escena con esa persona todos esos años después.
- No es el momento... - insistí, en susurros.
Trate de no aflojarme porque sabía que perdería todo mi poder de resistencia, que no era mucho, producto de la turbación, la sorpresa, el deseo y el buen vino. Demás está decir que Javier marcaba a fuego mi cuerpo con cada beso en la espalda y iba adentrándome en un lugar oscuro dónde me encontraba llena de deseo y de culpa. Con la boca y la razón le decía que no era el momento pero con el cuerpo y la física le decía "sí".
- ¿Cuándo va a ser el momento? - pregunto - Es ahora... - me susurró, al oído.
Me dió un beso en el cuello. Otro más. Y otro en el espacio que queda entre el cuello y el hombro. Cada vez sentía más y pensaba menos. La extrañeza de otro cuerpo y el deseo sobre el cuerpo de esa persona que no era un desconocido.
- No podemos, por favor, no hagas más esto porque me está matando - le dije.
Javier se freno.
- Por favor - le pedí.
- ¿Por favor qué?
Volvió a besarme la espalda. A tocarme. A apretarme contra todo su cuerpo tan macizo y fuerte. Sentí que me aflojaba bajo sus manos y me aterró por lo mucho que lo estaba disfrutando y por el dolor que me generaba ese placer.
- No me hagas más eso, Javier - le pedí.
- ¿Por qué no? ¿No te gusta? - dijo, y me dio un beso breve en la nuca.
- No.
- ¿No?
Traté de seguir argumentando para no dejarnos llevar. Pensaba que tenía que hablar porque, en cuanto no pudiera emitir una sola palabra más en defensa de una vida que quería construir, habría caído en el infierno.
- Si - le dije, como enojada.
- No sabes cuánto me alegro - musitó.
- Cuando estemos solos - murmure, dándome la vuelta para mirarlo - Tenemos que hacer esto estando solos...
Me acarició el pelo, lo agarró como si quisiera hacerme una colita y deslizó sus dedos para peinarlo. Soltando mechón por mechón en la espalda de la que se ocupaba.
- También, sí - masculló.
Rescindir el pacto sexual que para esa altura teníamos fue en extremo difícil. Pero lo intenté de nuevo.
- No. En serio - le dije, tratando de recuperar el aliento - Cuando te separes algún día y cuando me separe yo. Ahí buscame.
Javier me besó la espalda , de nuevo. Desde atrás, me susurró:
- Seguro me separo , te voy a buscar y estás con otro - el tono enojado se correspondió con su trabajo un poco más profundo en términos sus caricias - Vas a estar con otro, seguro. Yo voy a ir a buscarte y vas a estar con otro...
- Vos también estás con otra, callate, qué me decís a mi - le reclamé - No se puede así... No podemos hacerlo ahora. Si nos separamos en algún momento los dos , sí. Hoy no.
- Sí que se puede, mirá cómo se puede ... - dijo.
Me tomó del pelo, posesivo y con fuerza, corriéndolo todo para besarme el cuello. Cerré los ojos y perdí fuerza. De inmediato sentir placer, me alertó.
- No, basta, no tenés límites - le dije.
Puse mis manos por detrás de la espalda, empujándolo para separarme. Entendió el concepto. Se alejo. Me ayudó a acomodar todo lo que me había desordenado, al menos, por fuera. Me pidió perdón. Me preguntó si estaba bien. Le dije que si.
Lo mire y suspiré, agarrándome el rostro. No podía explicarle a nadie todo lo que sentí y se me cruzó por la cabeza en ese momento. Serle infiel a alguien con quien yo, desde mi propio lugar, había establecido sobradamente un compromiso, fue algo que no me imaginé que me iba a pasar nunca. Fallarle a Galeno sin dudas no estaba en ninguno de mis planes, más allá de todas las posibilidades que tuve, porque en ninguno de mis sueños se ponía en juego la existencia de Javier.
Dentro de ese mundo donde las caricias flotaban por el aire y la resistencia era una manera de proteger lo conformado, continuamos charlando.
- Aunque no nos encontremos nunca más separados, no da. Tenemos otras relaciones. Basta. En serio, por Dios, ¿vos te pensas que es divertido hacer esto? - le pregunté.
- Pero más vale que no... - exclamó Javier.
- ¿Y entonces? No hagamos esto. No caguemos a la gente - le dije, tratando de pensar con más claridad, tratando de contagiarlo y empaparme de coherencia y códigos.
- No se trata de cagar a nadie. Se trata de nosotros. De vos y de mi. Tenemos ganas de estar juntos, estemos juntos. Ya está. Esto no se puede más. Nos estamos conteniendo hace muchos años... ¿Cuánto más vamos a esperar? Venimos hace casi diez años dando vueltas...
- Vos te tomaste un montón de años. No te quejes.
- No me quejo. Te lo cuento.
Javier se me quedó mirando como si no tuviera nada más que argumentar. Para él, era todo más simple. Había tenido ocho años de tiempo para pensarlo. Había elegido un día. Había elegido un momento y había tomado la decisión al igual que la iniciativa de mandar todo a la mierda y ofrecerme la verdad tardía. En cambio yo, no sólo había recibido la catarata de palabras y respuestas, sino también, todo su deseo acumulado y oculto a través de los años. Y aunque para él no hubiera sido fácil decirme aquello que le había quedado clavado, para mí era muy difícil escucharlo y resistirme.
- Pero... - suspiré y me senté en la silla que me quedaba lejos de él- yo no quiero pensar que en algún momento puedo ser esa mujer a la que están cagando. No quisiera que me toque ser la del otro lado ¿me entendés? No quiero hacer sufrir a otros... No está bueno. Y aunque yo también quiero, no quiero joderle la vida a nadie.
- Ya sé, si. Nadie quiere hacer sufrir a los demás, porque esto no se trata de ellos... ¿Entendés que no se trata de ellos? - me dijo y me quedé impactada - ¿Lo que te pasa a vos conmigo, que pensas hacer? ¿Y lo que me pasa con vos, qué? ¿Qué hacemos con eso? ¿Seguimos esperando? ¿Cuánto tiempo más? ¿Vas a seguir esperando qué cosa? ¿Cuántos años más? ¿Ocho años más, dentro de ocho años vas a decirme que si? Tengo cincuenta años, yo.
Mofe.
- No te vas a morir mañana, Javier.
- No. Pero para mí, la vida es hoy. Yo no tengo tanto tiempo, ya. Yo por lo menos, mandé todo a la mierda.
- No se, pero... Nosotros nos tendríamos que haber encontrado separados, Javi. Si hubieras estado separado y lo mismo yo, no tengo ninguna duda de nada - admití - pero lamentablemente... ¡no - se - puede! - dije.
Estaba totalmente desbordada.
- Acercate - me pidió.
- No puedo ¿no te das cuenta que me da culpa? ¿Qué te causa, gracia? ¿Te divierte verme así?
- No, no me divierte. Claro que no. Vos sí que podés. Tenés que pensar únicamente en vos. En lo que querés vos. Por una vez. Por una vez no pienses en nadie más que en vos y lo que querés hacer. Sea o no sea acostarte conmigo hoy. No importa. Pero decime realmente lo que querés hacer vos. Yo con eso me conformo - me dijo Javier.
- No me digas eso - le suplique- Sabes lo que quiero y es una mierda la situación, entonces, no lo puedo querer. ¿Entendés o te lo dibujo? No puedo sentir lo que siento. No lo puedo querer, Javier, porque está como el culo todo esto. ¿Estás contento? - exclamé, alterada.
- ¿Qué querés? - me preguntó, acercándome a su cuerpo- Decime, dale, ¿qué es lo que querés? Decimelo por lo menos, por favor -me pidió.
Me agarró del pelo y de la cintura con intensidad aunque sin nada de violencia. El cuerpo suyo desprendía pasión y el miedo solamente podía derretirse. Suspiré y cerré los ojos tratando de calmarme. Me quedé quieta. Era obvio que no podía decir lo que quería. Porque me lo iba a a dar. Y me daba mucha culpa que me lo diera si pensaba en los demás...
- No quiero nada - dije en cuanto me calme lo indispensable.
- Mentira - musitó.
- Es que no se pued...- le dije.
Javier me besó. No terminé de hablar. Me quedé en ese beso hasta que se canso de jugar con mi lengua y morderme en una fiesta de lucha y de fiereza entre nuestros cuerpos. Pero además, como era de esperarse, reaccioné. Comencé a besar a Javier con intensidad, mordiéndolo, yendo lejos en su boca y siendo lenta pero a la vez dedicada.
- Mira cómo me estás besando, hija de puta - murmuró entre risas y suspiros de puro placer- Sos tremenda- añadió y me dió otro largo beso.
Los suyos eran besos pesados. Fuertes. Profundos. A los que no le podías ni querías decir que no. Besos posesivos. Creo que por eso mi cuerpo se convenció del suyo y se ajustó a su intensidad de inmediato. En cambio, mí mente trató de no hacer más daño.
Una vez que ese beso terminó, me quedé petrificada. Con los ojos cerrados. Pasados unos segundos, los abrí. Javier me acariciaba los brazos.
- Quiero volver a sentarme. Por favor - le dije.
Volví a sentarme en mi lugar. Me desplomé sobre la mesa y me lleve las manos al rostro. Javier se sentó a mí lado como esperándome. Esperando el estallido.
- ¿Por qué haces esto? ¿Ahora te acordás que tengo deseos, ahora me lo venís a decir? - le dije.
Primero lo dije y después entendí que debería haber pensado mejor mi pregunta. Suspiré, enojada. Desbordada.
- Te querés acostar conmigo ahora... -le dije - La puta que lo parió. ¡Ahora! No puedo ahora. Estoy con alguien ahora. Vos estás con alguien también. ¡Y ahora viene el señor, justo ahora! ¡Te tomaste todo el tiempo del mundo! ¿Y qué, ahora es cagarse en todos? ¡No está bien lo que estamos haciendo, boludo! Me acabas de besar como un descontrolado...
- No me importa más nada. Ya está. Me cansé. Necesito estar con vos. Me muero de ganas de estar con vos.... y vos también querés estar conmigo... Me besaste tremendo recién...
- No hace falta que me lo digas. Se nota, Javier, por favor... O sea, eso es obvio. No pasa por ahí.
- Entonces vení... Dame permiso. Por favor. Déjame darte todo lo que me pidas.
- Me tengo que poder ir de acá y no volver nunca más. Eso tengo que hacer -espete.
Javier me miró y se llevó las manos a la cara.
- No. No nos quedemos con esta duda, por favor. De nuevo, no - dijo, con desesperación.
"De nuevo, no". Esa frase me laceró por dentro, como si me hubiera clavado algo en lo profundo. "De nuevo, no". Sentí como un ácido me poblaba entera. "De nuevo, no".
- ¡No digas eso! - le dije, como defendiendo mi posición, furiosa de pronto - ¡Nos quedamos con la duda porque vos no quisiste estar conmigo! Porque vos no te animaste, por eso pasó todo lo que pasó.
Lo miré con furia contenida.
- Ya lo se. Por favor no seas tan dura conmigo. No se puede cambiar el pasado. Yo no podía antes. Y ahora vos no querés estar conmigo...
- No puedo. No me sale ser así. Cagar. No, yo no soy así... ¿Vos que te pensás, que yo cago a la gente cuando me levanto a la mañana por deporte, que no tengo corazón y me da todo lo mismo? - espeté.
Estaba enojada. Muy enojada.
- Pero no estás haciendo esto para cagar a nadie. Lo estás haciendo por vos y por mi. Tenés ganas... Yo sé que tenés ganas.
Me tomé la cabeza con las dos manos.
- Si, pero no va a pasar... No va a pasar. No importa si vos o yo tenemos ganas... ¿Qué importa eso? Hay gente afuera. Afuera de acá hay otra gente, y existen. Javier en la vida no es todo lo mismo.
- Ya lo sé, pero por favor, por única vez, dejame estar con vos, quiero complacerte, no quiero hacerte mal, no voy hacer nada que no te guste ni que no quieras ... Quiero verte, acariciarte, besarte toda, abrazarte... Déjame por favor. No podemos seguir viviendo así.
- No.
- ¿Y qué vas a hacer, entonces, con lo que pasa? Porque pasa. Reconocelo por lo menos, aunque esté mal.
- Viviré como pueda. No sé, veré qué hago.
-¿Con la duda, otra vez, vas a vivir? - me preguntó.
"Otra vez", me repetí por dentro y esa idea me pareció francamente imposible. Insoportable. Me generó un dolor inmenso, algo que realmente me dejó desarmada.
Me quedé mirándolo sin poder creer nada de lo que estaba viviendo.
- No hablemos de esto nunca mas, por favor, Javi - le dije - No tengo que estar acá. Me voy - enfilé para la puerta.
- No. Para. Mirame - me dijo Javier, tratando de atajarme - Yo tampoco quiero cagar a nadie y no te quiero mentir a vos sobre mi situación... Esta es la verdad de todo. Esto es lo que me pasa con vos y por otro lado está todo lo demás. Y no te quiero mentir, ¿entendés? Si yo te miento, y te digo que estoy solo, y que me pasa todo esto, vos me odiarías, se que me odiarias. Y yo no quiero que me odies. Te tengo que decir la verdad. Para que la sepas. No te quiero engañar. Esto es toda la verdad.
- Está bien, yo entiendo eso. Tampoco te mentí. Pero no sigamos adelante. Está mal. Podemos no seguir...
- ¿Y vos? ¿Y yo? Pensemos en nosotros - dijo.
- Tiene que haber retorno de esto, Javi. No se puede hacer lo que a uno se le canta... ¿Cómo puede ser que nos veamos solos por primera vez después de ocho años y que pase esto? Tiene que haber retorno.
- No, no hay. Vos sabés que no hay vuelta. Que yo me voy a quedar muerto de ganas y que vos también estas muerta de ganas. No se va a poder volver atrás, ahora.
Lo mire fijo.
- No es así - le mentí - Así no se hace.
- ¿Y como se hace?
- Bien. No sé, en algún momento, si nos vemos estando separados los dos... No se. El azar. La vida. El destino de mierda... Cualquier cosa que no sea cagar...
- No. Las cosas se hacen cuando está la posibilidad. La posibilidad es este presente. No fue hace ocho años atrás ni sabemos si será para adelante. Es ahora. Así. No es la mejor, ya sé, pero es acá. Ahora. Esto es lo que tenemos hoy.
- ¿Por qué haces todo esto ahora? - le pregunté.
No entendía cómo no le importaba ninguno de mis argumentos pero si entendía lo que era sentirse aturdido y hasta desvalido de toda defensa frente a una persona. Yo me estaba sintiendo así consigo en ese momento. Por esa única razón acababa de rifar el mote de "persona fiel".
- Porque así es la vida... Porque me canse de dar vueltas. Quiero estar con vos, sí. Punto. Es eso. Te veo y te quiero toda para mí... No aguantaba más. No aguanté más. Necesitaba decirte esto.
- Tendrías que haberlo hecho antes. Jugarte por mi antes... Ahora qué hago.... Con todo eso.
- No seas mala. Sabes que no podía - me contestó - Hoy estoy acá, mandé todo a la mierda... Hacelo vos también, por favor, mandá todo a la mierda. Yo ya lo hice. Hacelo vos también por favor.
- No, yo no mandé nada a cagar - le dije.
La cara de Javier se desarmó.
- Viniste - dijo, confundido.
Lo miré. Me tomé unos segundos. Una oleada de amor me desbordó completa. Finalmente, admití:
- No podía no venir - le dije, sin soberbia - Si no venía hoy, nunca me lo iba a poder perdonar - le detalle - Pero no quiero estar cagando a otros, porque viene a buscar respuestas. Y apareció esto, pero, nosotros dos no podemos acostarnos hoy.
- Ya lo cagaste- me dijo en referencia a Galeno.
Lo miré de nuevo, en silencio.
- Y yo también -añadió, en referencia a Ella que tantas veces me dedicó caras de culo injustificadas, quizá viendo algo de cerca mucho más fácil que yo - Ya nos mandamos la cagada. ¿No te das cuenta que esto cambió?
- Por eso... ¿Para qué profundizar?
- Porque ya está, ya nos dijimos todo lo que nos teníamos que decir... Y está bien, supone que no hacemos nada hoy, que no pasa nada entre nosotros mañana, pero ¿no te vas a morir de ganas? ¿No te vas a quedar con la duda para siempre? ¿No te vas a arrepentir?
- No - le dije, mintiendo.
- Mentirosa - me dijo, con dulzura.
- Para qué querés saber estás cosas... La puta madre que lo parió - me quejé
- Para que te des cuenta que esto no tiene vuelta atrás. Ya está, cabezona. Enojate conmigo si queres, pero, eso no cambia nada. Puteame, puteá a todos, decime lo que quieras, decime que soy un pelotudo, que no pude antes, pero nada de lo que pasa acá va a cambiar.
Suspiré. Sacudí la cabeza. Quedé en silencio indignada. Muy enojada.
- No me enojo con vos. Me enojo con todo. Con la situación, con que hayas dicho todo esto justo ahora... Con no querer defraudar... Ya se que no cambia nada, que no nos tendríamos que haber cruzado nunca, pero... No sé... No sé ni lo que digo. Mejor me voy a ir porque estoy hecha una pelotuda - le dije.
Javier me frenó. Me abrazó fuerte.
- ¿Sabés lo que pasa? Nosotros nos cruzamos y querés estar conmigo... Y yo me estoy muriendo de ganas de estar con vos. Y es horrible contenerse.
Abrace a Javier.
- Yo te odio a vos, Javier. No puedo - le contesté.
- Yo a vos no... No te enojes. Por favor. Yo se que estoy haciendo las cosas mal, pero no aguantaba más. No podía vivir más así.
- Pero... No vale la pena acostarnos...
- ¿Me dejas que te convenza de que sí vale la pena?
- No. Por favor.
- Dale - me susurró y se me acercó: - Dame permiso. Dame tu consentimiento.
- No. Por favor, respeta mi decisión. Aunque no sea exactamente lo que quiero, te pido que respetes. Que me entiendas. En serio, Javi... Por favor - le pedí.
Se acercó a mi rostro con dulzura.
- Es que no es verdad... - me susurró - Yo te la respeto, si querés, pero no es verdad. Te respeto. Prometido.
Javier se alejo.
- No. No es verdad. Pero no quiero hacer esto así. Y ninguno de los demás tiene la culpa de lo que somos nosotros.
- Se trata de pasar un momento que hace muchos años venimos posponiendo.
Suspiré.
- Qué lastima - dije, anunciando mi rendición.
- No. Ninguna lastima. Déjame que te muestre todo lo que soy capaz de hacer para que disfrutes...
Lo miré. Nadie me había dicho una cosa así en mi vida. Javier era lo más oscuro y tóxico pero también lo más encandilador. Me llame al silencio porque fue lo único que pude hacer. Callada. Quieta. En silencio. En guardia.
Todo en su persona era una provocación y evidentemente todo en la mía le hacía sentir eso mismo. Simplemente, por el sólo hecho de haber estado vedado y lejano durante años y de pronto haberse puesto en esa posición, el otro era adictivo. ¿Accesible , habilitada, así era la posición? No. No hay que confundir. Javier se había puesto en una posición de no retorno. De aceptar el deseo que durante casi diez años lo acompaño y querer hacerlo realidad. Y en el medio, llevarse por delante a todos. Y yo me había debilitado por primera vez en todos estos años casi por completo. A su lado, salpicada por las esquirlas de aquella ruptura lo menos que podía hacer era quedarme quieta. Deseando lo mismo pero no pudiendo aceptarlo del todo. Asistiendo a un propio quiebre moral. Siendo culpable.
- No puedo - dije.
- No querés... - me corrigió.
Es decir, hizo exactamente lo mismo que yo le hacía hace ocho años. Pincharlo. Cuando él me decía que no podía y no debía, yo le recriminaba cosas y le decía: "es que vos no querés, porque si quisieras, estarías conmigo...". Aunque eso sí, en mi discurso, no había terceros.
- No puedo, te juro - resalte.
Sentí como el ardor me poblaba el cuerpo. Esa mentalidad diferente sobre el tiempo. Cómo si todo afuera se hubiera borrado. Cómo si solo existiera ese lugar, ese momento, esas palabras. Como si todo mi futuro pendiera de ese sí y ese no. De resistir o no esa tentación, la más fuerte que tuve en todo lo que llevo de vida.
- Podés. No querés - dictaminó.
- Bueno, no querré. Está bien. Basta - le dije.
Se me quedó mirando. Esa respuesta lo descolocó.
- ¿No querés? ¿Es eso?
- No.
- ¿En serio?
- ¿Qué querés que te conteste para que me entiendas que no puedo? ¿Que no quiero? Bueno, entonces te digo que no quiero. No es verdad , obvio, pero ¿qué querés que te diga para que entiendas mi posición? No tenes límites Javier.
- No , es que ya está. No pongamos más límites. Ya está. Se acabó. Quiero acostarme con vos, no me importa más nada. Te quiero llevar a mi cama, tenerte conmigo, nada más, no me importa nada ¿no te das cuenta? Verte. Tantos años imaginando... No quiero pensar en nadie. En nada. No quiero. Quiero ir y acostarme con vos y hacer todo lo que quieras para que disfrutes todo. Eso quiero. Darte placer. Tocarte, verte, quiero eso. No quiero otra cosa. Que me pidas. Todo eso quiero.
Lo mire, con miles de sentimientos. Me dejo sin palabras por un instante.
- Dios, sos mucho peor de lo que pensaba. Nunca, pero nunca, me imaginé esto. Sos mucho peor que yo en intensidad. Estás loco, Javier. ¿Donde guardaste esto tantos años?
Se rió.
- Soy mucho peor, si.
Él me sonrió y yo me quedé pensando.
- Ni me animaba a hablarte.... Y vos me vas a mandar a poner un pasacalle diciendo que me querés hacer el amor en la puerta de mí casa - le dije.
Javier se rió. Me lo quedé mirando tratando de recuperar la noción del tiempo. De entender. De ordenar. De ubicar.
- Vos no te quedas atrás. Hoy me dijiste una que casi me quemo todo... - me reprochó.
- Con el mate, si. Me di cuenta. ¿Qué fue lo malo? ¿Que te dije la verdad?
- Por favor. Ni sé cómo te lo tengo que pedir.
- No me lo tenés que pedir. No es un favor, no es una limosna... Esto es algo que estoy haciendo mucho esfuerzo por no hacer.
- No hagas más esfuerzo. Ya está. Hicimos mucho esfuerzo antes.
- Basta... Sos la voz del mal, te juro. Es como si fueras todo el deseo que te tengo hablándome... ¡Basta!
Javier me miró y bajo la cabeza.
- Bueno, nos quedamos así, con las ganas de nuevo, está bien - suspiró - ¿Te puedo abrazar y tocar el pelo? No te provoco mas.
Suspiré.
- Eso cuenta como hacer algo...
- Pero no es algo sexual.... Es distinto.
- Vos querías algo sexual - lo mire - no me la vendas.
- Yo quiero todo.
- Qué vivo.
- Un abrazo. Me abrazas. Me dejas que me toque el pelo hermoso que tenés. Ya está. Listo. Eso.
Javier desplegó sus manos alrededor de todo mi cuerpo. Se acercó a mi silla, me sentó en su falda y me abrazó, tocándome el pelo, mientras me miraba.
- Hermoso ese pelo - dijo, y me observó. Mientras, me acarició la mejilla. No se trataba de sexo. Se trataba de una imagen. De una imagen mía que yo sabía se estaba guardando. Y eso era mucho peor que acostarme consigo. Esos eran recuerdos. Una materia sagrada en los seres humanos.
Lo abracé. No le dije nada. Sólo lo abracé. Volví a esconderme en su cuerpo como cuando recién nos conocimos. Rodee con mis brazos su cuello, y escondí mi cara allí. Cerré los ojos. Lo apreté fuerte. Ese abrazo simbólico fue el resultado de todos los abrazos que no habíamos podido darnos.
- No tendría que estar haciendo esto, pero muchas veces en todos estos años, quise - le confesé.
Para mí decirle eso, aunque no estuviera bien, fue una de las cosas más liberadoras que dije en ocho años. Me quedé abrazada a él. Me dio un beso casto en el hombro y yo me aferré más a su cuerpo. Javier me abrazó también.
- Abrazame, si. Yo también quiero que me abraces, por favor - musitó.
Nos abrazamos muy fuerte. En cuanto me separé, le toque el rostro. Pensé: "nunca podré entenderlo".
jueves, 23 de febrero de 2023
El vino es un asunto del corazón
Hoy, hablé largamente con un tipo en redes. Javier , así se llamaba y no era el Javier que se espera, me acompaño de algún modo toda la mañana. Pero claramente en cuanto empecé a detectar que era una persona fanática de la ostentación, empecé a cortarle un poco el tema de la charla.
Más adelante, cuando me dijo algunas cosas más, y le expliqué de buena onda mí postura sobre el mundo, justo encontré una historia que había subido el Ingeniero, mí amigo lector.
Me causo mucha gracia porque reflejaba justo lo que acababa de vivir y le comenté algo breve sobre eso.
- ¿Y? ¿Hablaron personal o de laburo ? - me preguntó.
- No, no. En plan personal. Pero en cuanto note que iba a ser la pendeja trofeo, salí corriendo de ahí.
(...)
- Hiciste bien. ¿Era grande?
- Si. Tenía 47 de pelotudo - le comenté
- EPA - respondió - Graaande - dijo.
- Si, se quería hacer el tipo de mundo y fue un embole.
- Somos pocos los potables - admitió.
Y la verdad, tuvo mucha razón en incluirse porque es lo que yo llamo lisa y no llanamente un buen tipo.
- Si. Los buenos hombres también merecen buenas mujeres. Que los boludos se junten entre ellos.
- Totalmente - aseveró sin dudarlo.
- Me hablaba de vinos todos de marca haciéndose el catador y yo le dije "si, los conozco" porque una es joven pero no sonsa... - le comenté, en confianza.
Sabía que El Ingeniero iba a entender eso porque la vez que nos juntamos a hablar de Literatura y la vida en su casa, caímos en ese tema. ¿Cómo encontrar a una persona que hoy en día no te mira por lo que sos? ¿Con quien compartir genuinamente? ¿Que no te de un CV cuando te conoce, sino, que te muestre algo más sutil y conmovedor?
- Vos tomas buenos vinos... - me dijo - decile menos los que te convido yo, ese es Uvita con Manaos - bromeó.
- Noooo. No son vinos malos. Los prefiero - le aseguré.
Es que básicamente cuando estás con gente que te hace sentir cómodo, cualquier vino es rico. Principalmente, porque el vino es con quién y cómo.
- El mío era un vino peronista - me dijo, en broma, sabiendo que también tocamos el tema política en esa juntada.
- Pero ni hablar - le dije - esos vinos son los que van.
- Esaaaa. Es por ahí - dijo, como parte de la broma.
- Por supuesto - bromeé.
- Igual un buen vino sin el gorila que acompañe, va - me aseguró.
- Claro que sí - le dije.
II.
Muchos vinos hasta ahora han acompañado mí vida. Vinos más peronistas (es decir, de marcas popu) y vinos más gorilas (es decir, de bodegas consagradas y bastante caritos para mí bolsillo). Justamente a esto de peronista y gorila nos referíamos con El Ingeniero haciendo una alegoría sobre las diferencias sociales y las posturas que toma cada consumidor según su capacidad financiera.
Pienso que el vino me acompaño y me sigue acompañando frente en cada alegría. A cada momento de tristeza, a cada emoción o a cada festejo. Se adapta a todo.
Pero lo admito: deseo algún día ojalá el vino pueda ser compartido con una persona buena, que me aprecie realmente y no me diga solamente que me quiere ver tomando vino en pelotas. Porque eso puede hacerlo cualquiera. Y yo ya me cansé de las conquistas baratas. De que crean que uno, por dos botellas de buen vino, se va a dejar adornar.
Porque eso en realidad fue lo que me causo gracia de lo que el Ingeniero compartió en redes sociales. El reflejo del aburrimiento y del desconcierto que a veces traen los vínculos o en realidad los "vinculeos".
Pienso y me pregunto: ¿tanto cuesta encontrar personas adecuadas o afines, personas a las que no les importe tanto la frívola lentitud de los afectos en estos tiempos? ¿Tanto cuesta encontrar alguien con quién compartir partecita de la vida y disfrutar y estar bien?
Qué cosa ¿no? Andamos llenos de cosas y vacíos por un montón de costados. Y no es algo que me pase a mí, a mí edad. Al Ingeniero también le pasa un poco esto. No sabe por dónde empezar. Las situaciones de encare de esta época lo agobian un poco y se encuentra con mujeres que lo aburren. Y yo, que ando en la misma, lo entiendo un montón porque vivo encontrando tipos que me aburren.
No podemos darnos consejos si vemos el mundo de la misma manera. Pero si me alegra solo una cosa: no toda la gente es así. Creo que yo tengo de ejemplo el sentir del Ingeniero cómo algo que nos pasa a muchos por no saber ser igualitos a todos. Cómo una búsqueda que comparten muchas personas de seguro. Más allá de la edad o contexto.
Él porque se separó hace dos años. Un matrimonio largo. Yo, porque me separé hace tres meses. Una relación donde podía ser yo misma en niveles que nadie había conocido antes.
Es decir, que esto es partir de situaciones tristes y observar el presente con múltiples sensaciones. Casi sin entender qué onda. Pero sabiendo que lo que uno quiere ver en otro no es lo más abundante.
¿Lo bueno? Coincidiendo en tiempo y espacio con El Ingeniero, por lo menos pudimos confesar lo que cada uno buscaba sin sentirse mal por eso. Y fue lindo poder hacerlo. Porque hombres y mujeres tenemos corazón. Y sentimientos. Y anhelos. Y toooodo.
Ojalá algún día los caminos se alimenten en el orden correcto para las personas buenas. Que quieren construir un buen amor. Que ya no quieren sufrir. Que ya no quieren perder su tiempo. Que solamente quieren compartir un pedacito de su estadía en este mundo veloz con alguien que los haga sentir cosas lindas. Cosas lindas en el corazón.
Porque si de sexo hablamos, eso lo podemos obtener de cualquiera. Pero el corazón... El corazón es otro mundo. Un mundo donde espero haya vino.
miércoles, 22 de febrero de 2023
¿Sabotaje?
martes, 21 de febrero de 2023
La pasión y lo importante
lunes, 20 de febrero de 2023
Los personajes de una vida
domingo, 19 de febrero de 2023
Los asuntos del corazón
Si hubieran llamado a asistir esa noche a la chica de 19 años, seguramente, lo hubiera puteado. Pero, a diferencia, a esa noche, llamaron a la persona de 27 años que estaba llena de piedad hacia Javier. Con una especie de amnesia conveniente, olvidando los errores que había cometido hacía ocho años atrás, para poder vivir en paz.
Siempre, desde que entendí lo importante que era, me importó más vivir en paz que tener razón. Entiendo que hay cosas que no se pueden cambiar y sabía que, en el caso particular de él, sus acciones lo acompañaban.
¿Qué podía decir de mí una persona que no había construido más que la multiplicación de un negocio de su padre, pero que odiaba la tarea? ¿Qué podía pensar de mí un tipo que estaba saliendo con una persona a medias porque no se animaba a amar de nuevo, traumado por el pasado, cagándose el presente? ¿Qué podía pensar de mí un tipo que solucionaba todo con dinero? ¿Qué podía criticarme el mandaba a amigos a preguntarme como estaba cuando no podía hablarme? ¿Qué podría juzgar o qué mierda podía tirar un tipo que le había contado a un compañero que yo tenía crisis de ansiedad - muy de vez en cuando - porque me había visto atravesando una de casualidad y lo mandaba a que me pregunte si necesitaba algo? ¿Y todo por qué? Porque no tenía las pelotas y el valor de dejar de jugar al Don Juan y poder separar la atracción sexual con una persona de la preocupación por el estado de salud mental.
Jamás olvidé esas cosas. Pero, con los años, empecé a perdonar a Javier. Me di cuenta que yo también era muy joven, casi una adolescente, y que estaba pasando una etapa de mi vida donde había muchos cambios. Eso detonó y potenció todo lo que ocurrió, además, con nuestra historia. Es decir que él no había tenido la culpa de todo, pero no había colaborado de la mejor forma. Al contrario, había potenciado sin quererlo probablemente al desastre. En 2014 estaba pasando uno de los peores años de mi vida. Situaciones complicadas en mi casa a nivel económico, el cursado de una carrera que me quedaba lejos y que me generaba ansiedad, miedo a todo lo que no sabía cómo manejar, y además, claro, las actitudes de Javier que me dejaban en un estado de cansancio muy grande. ¿Cómo no sentir ansiedad?
A fines de ese mismo año, que fue tremendo y muy doloroso porque perdí demasiado, empecé a ir dos veces por semana a terapia. Y hacerlo fue un gran esfuerzo en todo sentido, pero fue lo que me ayudó a ponerme de pie.
En 2015 estaba cursando mi carrera universitaria en una Universidad más cercana, iba al grupo de vez en cuando, y estaba mucho pero mucho más entera. Los problemas económicos se habían calmado un poco. No me faltaba nada. Había logrado juntar algunos pesos. Y principalmente, tenía más entereza para enfrentarme a él y a todo lo que había pasado. Pero además, y por primera vez, yo entendía -aunque me destruyera de dolor- que jamás había tenido los recursos económicos y mentales para pertenecer a su mundo. Y que por eso, simplemente, la relación que había deseado tener con Javier no había funcionado.
De ahí, de no poder estar a su altura, de no tener ni la edad ni los recursos necesarios, salía la humillación que sentía. Precisamente, de ahí.
II.
Con los años, naturalmente, todo se fue dando vuelta. Pasó 2015, 2016, 2017, y así. Lo que en un comienzo había parecido una pareja de la revista Caras, terminó siendo una foto más. Las fallas de Javier, es decir, los gestos que evidenciaban la incomodidad y la frustración con la vida que llevaba, empezaron a aparecer. Las huellas de sus comportamientos, también. He llegado a ver, por esas épocas, como su nombre aparecía en mis redes sociales a las tres de la madrugada de un miércoles, cuando me miraba los estados en esa época donde pensábamos todavía que nadie se enteraba.
En paralelo, levantarme fue mi única opción. Para hacerlo, me prometí a mi misma que nunca más iba a volver a enamorarme así y me dije que tenía que formar una linda vida. Que me la merecía y que jamás iba a dejar que nadie me lastimara así, de nuevo, a cambio de brindarle algo genuino como el amor.
Pasado un tiempo, puse un trabajo en mi vida, es decir, encontré los recursos económicos para mantener mis recursos académicos. Conocí gente, seguí escribiendo, e inclusive, encontré a un hombre que consigo se portó muy bien y que me hizo sentir que entregar aunque sea un poquito chiquito de mi corazón iba a ser posible.
III.
Por eso, cuando Javier me encontró ese día pasando por la puerta de su casa de casualidad, y me invitó a pasar, yo dije que no. Sabía que había sido un testigo silencioso de cada cosa que me había pasado en esos años. Sabía que me miraba diferente. Sabía por qué. Principalmente, porque yo misma me había ocupado de cambiar y de mejorar en todos esos años. Porque para eso había trabajado en silencio pero duramente.
Le dije que no porque no quería volver a sentirme la tonta de siempre , imaginando cosas que aparentemente no eran. Y cuando me insistió, y lo ví como el tipo angustioso y cobarde, es decir, como lo que fue siempre, le dije que sí. ¿Qué me podía decir, ese cobarde de mierda, que yo ya no supiera? Pensé, honestamente, que me iba a pedir perdón por alguna cosa del pasado. Pensé que me iba a comentar las boludeces de siempre, es decir, aquéllos comentarios cobardes donde daba a entender una vida que jamás se animaría a vivir.
Entrando a su casa, por primera vez en ocho años, no me sentí menos. Y creo que lo demostré porque me senté, me saqué la campera, hablé de lo que quise y fuí honesta. No me importó ya si no me sobraba la plata como a él, porque con mi mentalidad actual, supe que a mí me sobraban otras cosas. Entre ellas, la fuerza para crearme una vida linda. Una vida donde pudiera ser feliz, es decir, lo que Javier nunca se había dado el permiso de formar ni había tenido la valentía de elegir.
Javier, en cambio, me dijo que su vida era un quilombo. Que odiaba su trabajo. Que con su familia ya no era lo mismo. Que en su relación la venía pasando como el culo. Que vivía preocupado.
Y yo pensé, secamente, en ese momento mientras tomábamos mate juntos una mañana de domingo hace casi un año, que el presente de cada uno era reflejo de todo lo que había mejorado. Pero también sentí, porque soy humana, algo indivisible con Javier. Algo que ni mis prejuicios por la clase social, ni mi noción clarísima sobre que era una persona que no me convenía para nada, ni tampoco mi realidad distante de esos años; pudieron evitar. Nada podía evitar, ni siquiera toda la nueva vida que había construido después de él, que lo quisiera. Nada en absoluto.
IV.
Cuando meses después hablé en terapia de éste tema, y de todo el encuentro que había supuesto un cambio en mi vida, mi terapeuta me preguntó si en caso de que Javier se separara y me buscara yo lo elegiría. Le contesté que no. Le expliqué que no quería compartir mi vida con una persona infeliz. Le dije que Javier no tenía más que dinero, y que yo, en cambio, había luchado con uñas y dientes para volver a levantar mi vida y procurar que fuera una vida feliz. ¿Cómo iba a convocar a una persona que no se había comportado bien, a una vida que había hecho minuciosamente dejándolo fuera?
Mi terapeuta también me preguntó sobre mi resistencia a no contarle a Javier nada personal. Remarcó que en el presente él se abría y contaba cosas muy privadas, en cambio yo, me esforzaba por mantener una imagen de persona fría. No quiero compartir nada con él , le dije, secamente. Hice todo una vida dejando esto afuera. Va a seguir afuera. No porque hayamos tenido sexo, y que me haya dicho todo lo que me dijo, está en mi vida. No hay discusión posible. No va a pasar nada más.
Llegado a este punto, y viendo que Javier tenía comportamientos erráticos unos meses después del encuentro - diciéndome por ejemplo que quería volver a acostarse conmigo, mandándome mensajes para hablar, mandándome reels de cosas tiernas, con dificultades para tratarme normalmente - le pregunté a mi terapeuta cómo podía gestionar mejor lo que me estaba pasando con Javier. Es decir, esto tan fuerte de desear decirle que sí pero deber decirle que no.
V.
El 26 de diciembre de 2022 fui a la casa de Javier por última vez. Cuando salí de la oficina, ese día, me dije que yo lo tenía que hacer. Que tenía que poder poner un freno para que él no me llevara nunca más puesta. Que era mi responsabilidad hacer todo cuanto pudiera para no herir más a nadie. Y que como él estaba siendo mi desprolijo con sus contradicciones, justamente, alguien tenía que decir "basta".
Le pedí que por favor no me hablara más si veía que no podía ofrecer un trato normal. Le dije que si me llegaba a escribir alguna propuesta, yo no le volvería a contestar. Que sólo respondería de su lado cosas coherentes, amistosas, sin fines sexuales. Le dije que más allá de todo lo que nos pasaba con el otro, había que parar. Le recordé que él todavía tenía una relación , al margen de que yo estaba ya soltera y que cualquier cosa que hiciera o pretendiera hacer conmigo sólo le traería un placer momentáneo. Le dije que iba a llenarse de culpa si volvía a cometer los mismos errores y que yo no quería que eso le pase. Y que sabía que él iba a sufrir después y que no quería participar en eso, como el cuerpo de turno donde fuera a derramarse.
Él me dijo que no podía hacer como si nada, que eso conmigo se le iba de las manos, que él a sus vecinas las trataba normal pero que conmigo no podía evitarse el desearme, el verme y querer estar cerca. El querer irse lejos, solos, sin que nadie nada. Yo le dije que a mí me pasaba lo mismo consigo, pero que no era momento ni lugar ni manera de hacer las cosas. Que ya lo habíamos vivido, que cada vez era más difícil manejar un contacto lleno de grises, y que por eso había que parar. "Vos sabés que yo te voy a llamar", me dijo. "No, no me llames. Por favor", le pedí. "Te voy a llamar. Me podés decir que no, pero yo te voy a llamar". "Te voy a decir que no si me llamás, Javier, no juegues con eso", le contesté.
VI.
Desde entonces, Javier nunca más volvió a escribir. No nos volvimos a ver. No volvimos a hablar. No volvió a llamar y yo no volví, ni tuve que volver, a decirle que no o morirme de ganas de decirle que sí. Todavía nos tenemos en redes sociales pero eso no supone ningún peligro ni esperanza luego de todo lo que pasó.
Mi conclusión, y el final de la historia, es el saber que juntos no hemos podido construir nada mejor, ni nada nuevo, ni nada más interesante que todo lo que nos convocó luego de casi diez años.
¿Será que en nosotros lo sexual tuvo tanta fuerza? Siendo franca, ni él está tan bueno ni yo estoy tan bomba para pasarse casi una década rumiando con un amor y una idea de la vida que jamás pudo ser. Por lo que entiendo, entonces, siempre hubo algo más de su lado y el mío. De todos modos, ese algo más, ninguno de los dos lo quiere vivir.
Javier, por no cambiar nada de lo construido y cómodamente formado. Por el miedo. Por la necesidad de hacerse cargo de su pareja. Por la culpa. Por no quedarse solo a su edad, por la presión de su familia, por el trabajo que odia y con el que se llena de dinero que no disfruta ni necesita en semejante medida. Por los recursos y las herramientas con las que cuenta para tener una mejor calidad de vida y no usa ni reconoce. Por su falta de fuerza y su actitud de vencido.
Y yo, por querer construir otras cosas. Por querer tener en algún momento una relación sana y honesta con un hombre que haya construido una vida llena de salud mental, de propósito y de fuerza. Por la necesidad de hacerme cargo de mis propias decisiones sobre la vida que estoy armando para mí. Por no querer volver a sentir la culpa que me produjeron los errores. Para disfrutar de mi edad y de mi vida, sin miedo a quedarme o no quedarme sola, porque en el fondo, eso no es lo más importante. Por ganar todo el dinero que pueda sin dejar de disfrutar de la vida. Por disfrutar todo lo que pueda lo que me dá la vida. Por la fuerza y la actitud. Por no querer darme jamás por vencida, ni aún vencida.
Hay mucho, hoy lo comprendo mejor que hace casi diez años atrás, que nos distancia. Y no siempre, como me parecía, salí perdiendo. Quizá él perdió, porque no supo ver que existía una persona en el mundo que lo quería del modo en que lo quiero yo. Incluso, cuando no se lo merecía. Incluso, cuando no me convenía porque no era la mejor persona en el mundo. Así son los asuntos del corazón. Siempre alguien gana. Siempre alguien pierde.
sábado, 18 de febrero de 2023
Lo difícil II
Ambos salimos de la habitación. Javier entró al baño y yo me quedé poniéndome las botas cerca. Aproveché para mirarme en el espejo del baño cuando salió. Se quedó en el marco de la puerta apoyado, y en cuanto salí yo, se quedó lavándose las manos en la pileta del baño.
- ¿Seguís viendo a Silvia? - me preguntó.
Mientras utilizaba el espejo de casi toda la pared, que tiene a la salida del baño, repasaba mi aspecto.
- Sí - le dije - ¿Por qué?
Javier me miraría, todavía dentro del baño, secándose las manos.
- No, por nada. Quería saber si seguías participando en la revista con ella.
- Sí. De vez en cuanto, acepto - le dije, con normalidad - Quedate tranquilo que no le voy a contar a nadie lo que pasó hoy, Javier. Menos a quienes nos conocen.
Javier se rió.
- No lo decía por eso, sonsa.
- ¿Y por qué, sonso? - lo burle.
- Porque pensé que estaría bueno retomar la revista. Volver a vernos todos ¿no? ¿No te gustaría comer un asado? Podemos organizar algo.
- No sé. Yo soy más partidaria de pensar que algunas cosas deben terminar. Estuvo bueno mientras duró, pero no va a ser lo que era antes.
- Qué mala onda - dijo, riéndose.
- En serio, boludo - argumenté - hay que saber darle un final a algunas etapas de la vida. Capaz juntarse a comer, sí, alguna vez... Pero todo depende.
Javier me miró, se quedó en silencio.
- ¿No sabés lavarte las manos, que estás ahí soldado? - lo mire.
Se rió.
- Vamos, pendeja, vamos - dijo, y caminamos hasta la cocina.
Javier me miraba como si quisiera decirme algo y yo lo sabía, pero me hacía la tonta. No quería decirle nada. Me sentía mal, lo estaba disimulando como podía y quería volver a casa.
- ¿Estás bien? - me preguntó.
- Sí - le mentí - Dentro de lo que se puede, sí.
Se sentó en la silla de la cocina, apoyó los pies en otra, me sirvió más vino y se sirvió en su copa lo que quedaba de la botella.
- Salud - dijo, por segunda vez.
- Salud - musité.
Puso música , casi con desesperación. Buscó lo que denominó la mejor canción de amor de la historia y me dijo que consulte la letra, porque era una balada en inglés. Le dije que en mi casa me iba a fijar. No conforme con eso, buscó el video con la letra traducida y lo reprodujo en la enorme televisión que estaba cerca de nosotros. Puso el volumen al máximo.
La canción terminó. Javier no me podía mirar. Se lo notaba muy movilizado y no era precisamente por mí. Creo que estaba tomando dimensión de lo que acababa de hacer y de pasar. La dimensión que yo le había pedido que tomara mucho antes, al momento inicial de haber elegido decirme ésto.
- ¿Vos estás bien? - le pregunté.
- Sí.
- ¿Seguro seguro? - insistí.
- Me siento raro. No pensé que me iba a pasar lo que me pasó. Me recordó mucho a otras cosas, pero... no es con vos.
- Es entendible, Javi.
- ¿Qué?
- Que sientas remordimiento. Que ésto te movilice. Por eso yo no lo quería vivir cuando vos me lo dijiste hace un mes atrás.
Javier me miró, abandonando el punto fijo e invisible que miraba en la mesa.
- Pero vos estás bien... - musitó.
Sonreí. Yo me sentía en la mierda, pero no se lo iba a decir.
- Parece, sí - le dije, nada más - Pero a vos te veo desorientado.
- Sí, me siento así. Desorientado - me miró, fijamente, como esperando que le dijera por qué se sentía así - Me siento raro.
Lo miré, miré para otro punto para juntar fuerza, y se lo pregunté:
- ¿Estás arrepentido de haberte acostado conmigo?
Javier me miró fijo y sin dudarlo, negó con su cabeza.
- No, no estoy arrepentido de haber estado con vos. ¿Vos?
- No, te lo pregunto para ver si te sentís raro por eso... Soy otra persona. Nueva para vos, además. El cuerpo va a pedirte sexo siempre, pero no se puede desenchufar el corazón, remojarlo, sacarlo y listo.
Javier suspiró.
- Te tengo que explicar algo, para que me entiendas - musitó - porque yo no me arrepiento de estar con vos.
Me tocó el brazo, como para enfatizar su reacción. Me lo quedé mirando, ya sin demasiadas expectativas ante sus revelaciones. Me extrañó que me tocara. Lo miré y esperé.
- Esto que pasó me recordó a otra situación parecida donde hice sufrir a mucha gente - admitió - y no quiero que eso se repita. Me preocupa que alguien sufra. Pero... yo con vos me pongo tonto - me explicó - Te veo y me olvido de todo. No puedo pensar bien.
Javier me miró.
- Entiendo - le dije.
- Y cuando te veo, además, se me mueve la sangre. Esa es una de las cosas que a mí me mueve en la vida, la sangre.
- Mm - hm - le dije.
- Y vos, petisa - dijo, cariñosamente - sos tremenda.
Suspiré. Tomé vino en silencio.
- ¿No querés que me vaya a mi casa, mejor? - pregunté - Quizá necesites estar solo. O quizá empieces a sentir rechazo por mí, incluso un poquito de asco, y ya no te represente lo mismo.
- Nooo - dijo, agarrándome del brazo - Te juro que no me arrepiento de estar con vos. Me siento culpable por todo lo otro.
Terminé mi vino.
- Yo también - le confesé.
- ¿Si?
- Sí. Mucho. Pero... - lo miré, resignada - Desde hace un mes y medio venía luchando cada día conmigo misma. Y al mismo tiempo, desde el primer día donde nos tomamos unos mates acá, yo sabía que estaba perdida.
Javier me miró.
- Sí - dijo.
- ¿Vos sentías eso también?
- Sí - admitió - Te lo dije. Iba a pasar tarde o temprano. No se podía más. ¿Cuánto tiempo más íbamos a pasar así, esperando?
Lo miré, sin saber qué decirle.
- ¿Sabés cuál es el problema entre nosotros?
- ¿Cuál?
- No sabemos ponernos límites. Cuando vos me invitaste a comer para decirme todo, yo no tendría que haber venido. No tendríamos que haber hablado, ni profundizado en esto que nos pasaba. Me tendría que haber ido de ésta casa corriendo - le dije, haciéndome cargo - pero no pude. Te tendría que haber borrado de todas las redes, borrado tu teléfono... y no lo hice.
- Pero ¿sirve eso?
- No sé. El punto es que todos esos límites que nos tenemos que poder poner, por la situación en la que estamos, se nos hacen difíciles. Yo sé que a vos te pasa algo parecido. Se te nota. Y vos te debés dar cuenta que no nadie hace nada apropósito. O sea, realmente es un problema en nosotros no poder hacer este corte.
- Sí. Vos debés pensar que yo te quiero hacer sufrir, que soy un hijo de puta, un infiel... - argumentó - pero yo te juro que no soy así. No soy un gato que engaña...
Lo miré.
- Yo ya lo sé.
- ¿En serio?
- Javi, no sé por qué, pero me doy cuenta que lo que vos hiciste conmigo no lo harías con cualquier mina que se te cruce. Por eso no pienso mal de vos, pero ambos hicimos algo mal hoy, y es parte de toda la experiencia. No podemos estar felices y lo más bien con lo que pasó.
- No. Igual yo no me arrepentí, me gustó estar con vos. Pero...
- Pero no deja de ser raro que hayamos estado juntos, finalmente, en medio de todo esto...
- No. Estaba re tranquilo, no me interesa ya tener problemas a mi edad, pero... vos me podés.
- Yo te aseguro que no pensé en mi vida que iba a estar en esta situación - le dije, suspirando - Lo que hice con vos, no lo haría con ningún otro tipo.
Javier me miró. Lo miré.
- Me voy a ir a casa - le dije.
- Yo te llevo, terminemos el vino - me pidió.
- No me lleves. No tenés obligación.
- Pero quiero, dale, es tarde y no te podés ir sola. Además, caminando hace frío...
Me reí, despacito.
- ¿Y quien te dijo que me iba a ir caminando, yo?
Revoleó los ojos.
- Por favor, no discutamos esto. Cuando quieras, yo te llevo. Te dejo en la esquina si querés, pero dejame que te lleve a tu casa...
Suspiré.
- Javi, ¿vos confiás en mi?
- Obvio.
- Bueno, entonces, vamos a hacer una cosa - le dije, y lo agarré de los hombros , acariciándolo - Vamos a seguir adelante, ahora.
Se me quedó mirando muy fijamente y en silencio
- Cada uno por su lado. Va a pasar un día, después otro, nos vamos a ir olvidando de esto, y vamos a volver a la normalidad. ¿Está bien?
- Sí. Yo no te quiero hacer sufrir, ni soy un mal tipo...
-Ya lo sé. Por eso, hay que seguir viviendo ahora...
- Sí - musitó.
Suspiré.
- Vos tenés que estar tranquila ¿sabés? - me dijo, acariciándome la cara - esto se va a morir conmigo.
- Conmigo también, Javi. Jamás se lo voy a contar a nadie. Pero tenemos que seguir, ahora ¿si? Aprender de esto y seguir - lo miré - Mañana - le dije, tocándole el pecho y juntando entereza - vas a levantarte y vas a ir a trabajar. Yo me voy a levantar y voy a ir a trabajar ¿si? Y todo lo demás también va a seguir.
- Sí - dijo.
- Bueno, entonces, vamos... - le dije, y me di vuelta - Esperá que agarro mis cosas...
Sonrió. Yo no sonreí.
Cuando llegué a mi casa, a la madrugada, casi no pude dormir. Trataba de pensar pero mi cabeza estaba aturdida. Todo era muy difícil. Agotada, sabiendo que tenía que levantarme en pocas horas, me hundí en un sueño lleno de "pesadillas" que no eran tales. Cada una de ellas tenía que ver con Javier.
Revivía lo que acababa de pasar horas antes. Me lo mostraba en sueños. Como un disco eterno que arrojaba al aire siempre la misma canción.