martes, 31 de marzo de 2020

Joyas preciosas

" Cuidense mucho, vos y papa" . Éso decía el mensaje que le mandó mi hermana mayor, médica atravesada por el contexto, a mi mamá. Uno de los mensajes que les mandó a mi mamá, porque hace días viene angustiada. 

 ¿Qué tenía que pasar para que mi hermana dijera ésto? Quizá una pandemia, sí... Porque para que ella se muestre así de preocupada y vulnerable, siendo que siempre es muy medida para hablar en temas relativos a la salud, la situación tiene que ser seria. Y ésto, sin dudas, lo es. 

 ¿Y qué tenía que pasar para que yo me siente a mirarme a la cara a mi misma y trate de salir de esa postura de siempre es mejor tirar todo al tacho? Quizá necesitaba tiempo. Y paciencia. Y dejar a un lado los caprichos. Y darme cuenta que, en frente mío, tengo a una persona con su historia, sus sentimientos, sus elecciones y sus disyuntivas; existe. Una persona que, en lo básico, se enfrenta a los mismos parámetros de existencia y de finitud que yo. 

Hasta hace un tiempo podría haber sostenido que Galeno llegó a mi vida para ser una especie de portador de lecciones concentradas, pero ahora, no me quedan dudas. Detrás de todo lo que hace, de lo que no hace, y especialmente de lo que hago yo, encuentro una lección. Y no es que se ponga en esa postura de maestro, porque no la considera para mí y porque es muy cauteloso a la hora de opinar sobre la vida de la gente; sino, porque, lo que me estoy conociendo a mi misma en el transcurso de ésta relación, siquiera yo lo llegué a imaginar. 

¿Cuántas veces pensé saber ponerme en el lugar del otro? Miles. Hasta que me encontré frente a Galeno cerrado, pasándola mal, y me costó dos días de silencio y distancia pensar siquiera si algún día me iba a poder poner en su lugar... Porque lo cierto es que no podía, no sabía cómo disociar lo que yo estaba sintiendo  de lo que a él le podía pasar con un determinado escenario. 

¿Cuántas veces yo pensé que por sentir que "estaba enamorada" realmente sabía lo que estaba implicando ese pronunciamiento? Hasta que no empecé a hablar con Galeno, hasta que no me enfrenté al miedo y a la incertidumbre de conocerlo en persona, hasta que no conviví durante unos días con él y hasta que no me senté frente a mis padres y les dije que Galeno tiene cincuenta años (muy pronto, cincuenta y uno), es decir, casi veintiséis años más que yo; no podría imaginarlo lo que era, como para empezar, querer a alguien. 

¿Cuántas veces me pareció que para mí compartir, convivir, congeniar y disfrutar con alguien más iba a ser cosa imposible?  A veces siento que, desde el primer chat cruzado con Galeno, mi vida se convirtió en una película que va pasando demasiado rápido y que me hace un primerísimo primer plano directamente en el rostro lleno de desconcierto y expectativa frente a situaciones que yo, ni en los mejores sueños, imaginé vivir. 

Ahora, sin dudas gracias a la posesión de éste tiempo invaluable, ésta tregua a la que asiste toda la Humanidad, no puedo evitar pensar que, en mi dimensión individual, me ha hecho tomar noción de lo que me está sucediendo. Y lo que sucede no es ni más ni menos que el hecho capital de que, con cada paso que doy, me doy cuenta que aprendo algo nuevo. 

II 

La primera vez que hicimos oficial la convivencia por la duración de su estadía en Buenos Aires, me vi preparando un bolso enorme y rellenando una cartera sin saber bien a lo que iba. Cabe decir que, en mis anteriores experiencias  (ni siquiera con Él) no había surgido la necesidad de convivir. No me cuajaba la idea de quedarme a dormir en la casa de ése otro hombre, porque si bien lo quería muchísimo según mis parámetros de ése entonces, la realidad era que, en el único lugar donde me sentía cómoda para dormir a pata suelta, era en mi dormitorio.  Sin embargo, en el caso de Galeno, durante su primer viaje (donde logramos conocernos en persona), yo no conviví consigo del todo. Me quedé a dormir consigo, aunque fui a mi casa a buscar ropa, y más que nada, a avisarles a mis padres que todo estaba bien, a que me vieran que estaba sana, a salvo y que nada malo había pasado. 

Ya para la segunda vez, después de esa prueba piloto, sí me embarqué derecho al siguiente objetivo.  Porque para mí, en ése momento, y en ése tiempo, era un paso importante que quería dar de ésa manera en particular, dándome un margen para adecuarme a un cambio que, además de abrupto, era repentino.  Puede sonar tonto pero me daba mucho más miedo convivir con una persona que compartir intimidad afectiva o sexual con alguien que recién estaba conociendo. Y lo cierto es que, con Galeno, ocurrió todo: intimidad vincular que se fortaleció, intimidad sexual que mejoró, el estreno de una convivencia por algunos días y una permanente presencia del otro. 

Así las cosas que la primera que vez que me desperté luego de haber pasado una noche completa con Galeno, me costó entenderlo. A los pocos segundos me acordé que estaba en Buenos Aires, que no tenía que ir a trabajar y que habíamos coordinado nuestras vacaciones para que se diera todo eso. A los siguientes dos o tres segundos, recordé que estaba completamente desnuda, cubierta con la sábana del hotel, y me quedé sintiendo la situación unos largos instantes. ¿Cómo me sentía? ¿Todo estaba bien? Ésas fueron mis preguntas que, por suerte y con certeza, se resolvieron en una afirmativa. 

¿Cuánto tiempo me quedé mirando a Galeno, soñando un sueñito calmo, dándome la espalda? ¿Durante cuántos minutos con todos sus segundos me dediqué a detectar las pecas en su espalda producto del sol y de las excursiones propias de su provincia en tiempos pasados, cuando todavía estaba casado y era el marido de otra fulana? ¿Cuánto tiempo me paré a ver con la mayor claridad posible ésa situación de tanta intimidad positiva?  No sé. Realmente no sé cuánto tiempo pasó pero, lo que sí sé, es que me quedé profundamente dormida un rato después. Y que el amanecer , con sus buenos días, estuvo marcado por abrazos, por besos a lo largo de todo el cuerpo, palabras dulces y una buena cantidad de etcéteras de la mano de Galeno que se había despertado como pancho por su casa y se había quedado disfrutando de mi semblante dormido, con todo el pelo cayendo hasta la cintura, desparramado por la espalda. Sí, ésa es la descripción que él tuvo de ése momento gracias a sus ojos.  Y yo, en cambio, a ése amanecer lo recuerdo desde los otros cuatro sentidos. 

III 

No hace tanto tiempo, volvimos a convivir, pero ésta vez, en su departamento. ¿Cuándo me hubiera imaginado yo, que dentro de esa película, iba a ser tan arrojada como para tomarme un avión sola a otra provincia, la suya, con la sola certidumbre de que la única persona que conozco allí- y que sigo conociendo cada día - iba a ir por mí, e iba a abrirme las puertas de su casa, mostrarme dónde, cómo vive, y exponerse tanto al qué dirán? 

A veces, creo que el ochenta por ciento de las veces, yo escribo en éste espacio lo que ocurre con nosotros porque plasmarlo en una hoja me ayuda a entender que realmente ésto me está pasando. Y vaya si es verdad... 

Otras veces me pregunto si uno sólo puede hacer estas jugadas por tener buen sexo. O por estar cómodo. O por no querer asumir demasiados compromisos. O por no querer compartir tanto con el otro.  Y pienso que sí, que Galeno puede estar haciéndolo por todos esos motivos, pero me enfrento a otra pregunta que ya le hice muchas veces: ¿por qué no te buscaste una persona que estuviera más cerca, aún mismo, para que lo que buscás sea más fácil de llevar?  Y él nunca me lo supo responder. Nosotros nos conocimos a la distancia pero, lo más llamativo, es que sin darnos cuenta, nos mantuvimos a través del tiempo, pese a la distancia y ésa es la sorpresa para mí. 

 Sospecho, no obstante, que el día donde pueda responder a ésta última con algo más que un "no sé" será también el momento donde hayamos dada por finalizada ésta historia. Si a mi me harían el mismo planteo, de hecho, yo tampoco sabría qué responder. 

Aunque, eso sí, yo admitiría que detrás de cada cosa que pasa, con Galeno, en todo, encuentro aprendizaje. ¿Y entonces qué es lo que quiero de ésta experiencia? Éso. Que siga siendo una escuela, una misión, una prueba. Que me siga aportando, enseñando y haciendo descubrir facetas extrañas de mi misma en relación a alguien más. Que me siga enseñando a vivir con paciencia y solucionar los problemas hablando, no dejándose de hablar. 

Sí, sin dudas, para reflexionar a cerca de todo ésto, necesitaba tiempo. Y el tiempo, aunque parezca en éstos tiempos una maldición, es en realidad una joya preciosa. 




* día catorce de encierro. 

lunes, 30 de marzo de 2020

A salvo

- ¿Cómo estás? - le pregunté a Galeno, específicamente, sobre la situación que se relaciona con el COVID-19, es decir, el Coronavirus que nos tiene confinados a casi todos los individuos del planeta. 

- Bien... - me explicó y se explayó un poco más al respecto - No tengo miedo... 

- La experiencia te ha ayudado a manejarlo mejor, supongo - observé. 

- Hay que estar ahí... - me dijo, dando cuenta de un compromiso enorme que tiene consigo mismo al haber elegido y logrado ser médico, luego de un pasado difícil afectiva y económicamente. 

A medida que voy conociendo su historia, también entiendo que es un hombre que ha tenido y se ha visto obligado a ser fuerte en situaciones difíciles y que, el haber sido médico, para él, no es la vanagloria de decirlo, sino, la valentía de ejercer lo que eligió. 

 "Yo quería ser médico- me dijo, el día donde me cocinó rico y tuvimos una charla muy íntima para nosotros - podría haber elegido ser ingeniero, carpintero o no estudiar nada... Pero tuve el privilegio de estudiar y gracias a eso, no a mi esfuerzo, soy médico". 

Lo miré y me quedé en silencio, dándole el espacio para que se expresara y confiara. Pero no pude evitar pensar las veces que me contó haber pasado hambre. No tener más que para estudiar y tantas otras cosas que, por cuidarlo, no quiero ni recordar.  Lo cierto es que no supe que decirle, cómo hacerle entender que también había sido valioso y seguía siéndolo, a nivel social.  Aunque en ese momento seguimos hablando y nos embarcamos en charlas que nos hacen olvidar que nos llevamos tantos años. En charlas donde yo con veinticinco años y el con casi cincuenta y uno, comparamos el mundo, contrastamos conceptos y debatimos sobre cosas. 

Hace unos días, cuando me dijo que no tenía miedo, yo supe por qué. 

- Si todo llega a explotar, voy a ofrecerme a trabajar en cualquier lado que haga falta y el tiempo que sea necesario - me dijo, a modo de confesión, como para agregar condimento a mi receta. 

Cabe decir que Galeno está resignando muchas cosas en lo personal, y que sigue trabajando normalmente y renegando mucho en medio de la cumplimentación de una Emergencia Sanitaria. Porque , al tener ciertas responsabilidades extras dentro del escalafón de la salud, se ha ganado adeptos y enemigos en el medio de la tensión que implica hacer cumplir las cosas como corresponde. 

Pensé unos segundos si decirle lo que sentía, es decir,  admiración por él. Sin embargo, sabiendo que eso no lo iba a desvelar, le dije algo que tenía más que ver con nosotros: 

- Me parece bien. No voy a dejarte de romper las bolas con que te cuides, pero sé que vos no vas a mirar para otro lado en éste momento... y yo te apoyo. 

- Es lo que hay que hacer... - me dijo - Me voy a cuidar. 

- Sí... Sé que no sos tonto. Pero yo te lo quería decir igual - admití. 

Un rato después, me dijo que tenía muchas ganas de tomarse ése vino que estaba tomando, conmigo. A mí también me gustaría, le contesté. Galeno también admitió que hasta tenía necesidad de que eso fuera posible, de que lo tocara, lo abrazara, etc. Que le hacía falta mi contacto, mis manos, mis caricias y otros etcéteras. 

 Y es que, a decir verdad, si en éste momento tan difícil pudiéramos estar juntos, yo estaría ahí, haciéndolo olvidarse un poco de éste mundo, porque además de estar preocupada, una parte de mí, quisiera tenerlo a salvo.

Vaya que los médicos son personas ¿no?

Hay gente que no acaba de entenderlo y yo, que los tengo tan cerca afectivamente en mi vida, no puedo dejar de pensar en eso durante éste aislamiento. 

sábado, 28 de marzo de 2020

El buen querer...

Hace un tiempito pasamos momentos tormentosos con Galeno. Yo realmente pensé que no iba a poder en más de una ocasión lidiar con eso. Pensé en dejarlo unas cinco veces por día. Pensé que no quería ser dejada unas diez veces por dia y que hacerlo yo primero me daría más consuelo. 

Y ahora, cuando hemos hecho un recuento de todo lo que pasó hasta ahora de lindo antes y después de conocernos, conversando desde lo que sintió cada uno, me doy cuenta por qué no lo hice. 

En mi caso, acabé contándole sobre la persona gris y desconfiada que era antes. Y sobre lo que significó para mí animarme a vivir esto. Cambiar, madurar y tomar la decisión de vivir y llevar adelante una historia con él. Le expliqué todo, desde todos los sentidos posibles. Le expliqué que el contacto físico me daba asco, que no me gustaba hablar de mis sentimientos y que yo no sabía expresar mis deseos. Que para mí tener sexo con alguien era un garrón, que nunca quería saber nada con nadie. Que jamás tenía ganas. 

"¿Y qué pasó conmigo, pendeja?", me dijo, cariñosamente. Es que así me llama, entre otros apodos, para desafiarme, buscarme, hacerme desear o solamente contentarme. Y a mí me gusta que me diga así, me parece lo menos agresivo del mundo. 

" Nunca supe qué pasó. Pero paso desde el primer día..." , le contesté. 

Y es que, naturalmente, Galeno conoció a otra persona. Durante esos meses que necesite entre su propuesta y mi aceptación, sin saberlo, yo me convertí en otra persona. Y él se encontró con ella. No con la mina tan cerrada que era por entonces, antes de conocerlo, porque nadie me había movido las bandejas. 

Galeno se lleva de mi lo mejor. El disfrute, la atención y el tiempo. Se lleva el cumplimiento de sus fantasías, el regocijo de cuando le doy todo y no lo esperaba, pero también se lleva a veces mi enojo, mi agresividad y mis mambos. Es decir, esos miedos de la mina gris. 

La verdad es que no podría decir que estoy enamorada, porque no sería cierto. Yo lo quiero y hago mucho de mi para quererlo bien, de una manera donde no de sienta atosigado. Y prefiero quererlo así que amarlo mal, a decir verdad. Prefiero quererlo y ser consciente de como construyo ese afecto a decirle que estoy enamorada de él y creer que eso me habilita más o menos dentro de su vida . 

No, la verdad es que creo que estamos mejor así. Yo lo quiero como mejor puedo y él me quiere como mejor puede. 

Para mí, en si mismo, Galeno es un ejercicio. No es la prueba. No es el desafío en si, el premio final.  Pero si es una parte muy importante, positiva y necesaria del proceso que comenzó con su llegada a mi vida y no se sabe dónde puede terminar. 

Quiero a Galeno, si. Pero también estoy aprendiendo cómo quererlo lindo, sin extremos, sin cortes de raíz, sin posturas absolutamente inamovibles.  Sin todo lo que yo haría si lo apreciara en un modo egoísta. 

Por eso, en ningún momento, yo le pregunté si me quería.  Era dar, en este caso, no tanto recibir. Era poder volver a dar y en especial, a alguien que lo valorase. 

Cuando él me dijo que me quería, por primera vez, yo me di cuenta que me pasaba exactamente lo mismo. Y se lo dije, me lo permití. 

Eso fue parte del haber intentado no repetir la misma historia. Quererlo para mí  consistía y radica en esto mismo.  En quererlo bien. No en quererlo para mí. 


*día trece de encierro... 

viernes, 27 de marzo de 2020

Sin entrar en denominaciones...

No me expliques por qué terminamos llorando de la risa sentados en ese parque tan famoso de la ciudad. Tampoco me expliques cómo te diste cuenta que quería comer sentada en el pasto, tomando una Coca Cola y cargándote a vos que solo tomás agua con que estabas pecando y me dijiste "vamos".  

No trates de hacerme entender por qué me dan tanto asco los animales que no conozco y en esa mezcla de rechazo y miedo a lo que jamás he visto, tus respuestas pueden hacerme reír, pero reír mal al punto de que se me caigan las lágrimas y aplauda como una foca. Ni se te ocurra volver a explicarme que lo que la gente llama grillo es para vos "griio" y para mí, "grisho" según el suelo que pisamos, porque podemos estar diez horas hablando sobre eso. 

Tampoco me expliques cómo en medio de un paseo me acompañás a darle a la gente la comida que nos sobró, porque no quiero tirarla. Ni se te ocurra decirme por qué me decís que tome líquido, que me ponga protector solar o me vas a buscar una manta si a la noche tengo frío para dormir. 

No, no justifiques por qué cuando me siento en la cama todavía desorientada y casi dormida  porque llueve y es de madrugada, y me asustó no reconocer el ruido del viento mezclándose con las gotas, vos me decís que llueve y que sólo es lluvia, y que duerma tranquila. Y ni ahondemos en el hecho de que,como muestra de confianza numero mil, casi sin conciencia, me duermo de nuevo profundamente después de escucharte, tapándome con la manta que me dejaste; y para colmo, a la mañana siguiente te pregunto si lo que pasó fue real, porque me pareció haberlo soñado.

No, ni te gastes. No me digas por qué volvimos a llorar de risa en ese restaurante, ni por qué me insististe en que comiera esas empanadas salteñas, ni por qué me llevaste allá, donde hacían el guiso de lentejas más copioso y rico que he comido en mucho tiempo, sabiendo que es mi comida preferida, porque hace mucho te lo comenté. Tampoco me recuerdes la razón por la que me esperabas para hacerme el café con leche justito, así no se me enfriaba, mientras que yo salía del baño en ropa interior, recién bañada después de que me dieras los buenos días a tu modo y vos silbabas una canción de Drexler sonando a todo volumen y me mirabas sonriéndote. 

Tampoco me expliques por qué ajustaste tu casa a mi mundo, comprándome todo lo que consumo, como si yo no fuera capaz de ajustarme también un poquito al tuyo. Ni se te ocurra reflexionar acerca del motivo por el cual me abrazaste y no te cohibiste delante de tus vecinos que, en más de una ocasión, saludaron con un gesto sorprendido. 

Ni se te ocurra decir nada sobre lo que fue volver al sillón, al dormitorio, al ascensor, o al balcón y el paisaje que nos regaló, un escenario para el afecto. Tampoco creo que te convenga recordar el hecho de servirme la comida hecha por vos y elegir las verduras más lindas y todo lo mejor que hubiera allí para que lo comiera o dejarme "entretenerme" acomodando mi ropa desperdigada por todo el departamento, para después encontrar la mesa puesta, las dos copas de vino, los platos prolijitos y la picadita servida. No, no vayamos por ése lado. Mucho menos por el sitio donde te levantás a buscar algo que faltó en la mesa y me acariciás la cabeza, como reflejo y manifestación de ternura. 

No hablemos tampoco del hecho capital de querer verme disfrutar de todo. De tocarme cómo me gusta, dónde te pido, cuándo te lo pido, y con la intensidad que necesito. No mencionemos el hecho de que olés mis perfumes cuando yo no te veo y de casualidad me doy cuenta. Ni digamos tampoco que te cagás en lo que piense la gente sobre nosotros y te parás a sacarte una foto abrazados en el medio de la ciudad. No recaigamos en el hecho de que te muestro mis cremas , esas que son un sueño dentro de un pomo, y me decís "son ricas", aunque mientras me comés, en otros contextos, la crema se vuelva un perfume que te enloquece más de lo esperado.

Ni me expliques por qué, cuando duermo desnuda a tu lado, levantás la sábana para mirar mi cuerpo y la bajás sonriendo, mientras yo me rió, porque si hay algo que me causa gracia es ésa constatación. Tampoco analicemos el hecho de que me sacás fotos cuando no me doy ni cuenta y que me contás todo lo que no sé de la historia de tu provincia mientras vamos caminando por la ciudad.

No hagamos referencia tampoco al hecho de que, al pasar por un local de ropa interior, me explicás que las mías son más lindas con un gesto naif. "Te gusta la ropa interior de encaje, queridito", te digo yo, con sorna, y ni te hace falta mirarme para responder: "Me gustás vos, con tu ropa interior, en particular". 

No, ni te atrevas a justificar o enmarcar nada.  

A veces, es mejor hablar menos, racionalizar menos, y hacer más. 
Vos mismo me lo enseñaste. 


jueves, 26 de marzo de 2020

Cuarentena obligatoria: Día 10 (de encierro)

Hace dos noches que no logro dormí bien. Cuando me levanto al otro día para trabajar, me doy cuenta que no descansé nada. Pero ahora, mientras escribo, estoy muy despierta a decir verdad. 

Sé que es esperable por la situación que estamos atravesando. A nivel mundial, más de uno, andará con el alma llena de preguntas. 

De todos modos, si hay algo que quiero resaltar sin dudarlo, aún mismo en estos momentos de dificultades, es que estoy agradecida por lo que tengo. Y estoy agradecida por lo que todo esto me está enseñando. 

Porque a decir verdad, a diario, renegaba por pagar , por cumplir, por estudiar, y pensaba que eso era lo que me tocaba. Ahora en cambio extraño cosas que el dinero que me desvelaba pagar no es capaz de comprar...

Caminar con el viento pegándome en la cara. Ver a mi sobrino, a mis amigos y saludar con un abrazo a un conocido si me lo encuentro en la calle. Salir de trabajar y escuchar música mientras viajo a casa. Ésas cosas extraño. No otras, esas. 

Y al mismo tiempo me di cuenta que puedo vivir sin ir a una confitería, sin ir incluso a la Universidad, sin ir a esmaltarme las manos, a la depiladora y a la peluquería. Que puedo vivir en shorts. Que puedo vivir sin usar mis productos para el pelo que, ahora, cuando todos me miran desde el tocador, desconcertados, me doy cuenta que no tienen sentido estricto si no salgo. Porque mi pelo, aunque me lo lave con X marca, es mi pelo dentro o fuera de casa. 

Lo único que me queda, vaya paradoja, y eso quiere decir que elegí bien , es el arte. La literatura revive en el contexto actual y muchos están descubriendo lo que a mí me mejorado la vida. La escritura volvió a ocupar mucho tiempo como antes. La música decora todos mis días y suena mientras trabajo o limpio. Ismael Serrano canta "volveremos a ser libres, puros/  y arderán las calles, como antes de nuevo..." y hoy más que nunca, tiene razón.   

Después de todo, no estoy para nada mal. El arte, la música, la literatura, la escritura y la meditación; me han sostenido en pie . Lo que no es poco. 

Se fue nomás mi décimo día de encierro. Y parece que a medida que va pasando el tiempo de confinamiento, se va llevando con el todo lo que antes de esto me angustiaba. ¿Era más importante que ésto? ¿Se podía pensar separado de esto? ¿Pasaría a pesar de esto? 

Un virus, lo más pequeño que hay, nos demuestra que es "ésto" lo que importa. Aunque nos parezca lo contrario. 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Cuarentena obligatoria : Día 9 (de encierro)

Hoy fue uno de los días donde me resultó más duro el encierro y, sin embargo, no me aburrí un segundo de éste nuevo amanecer confinada.  La dificultad radicó en dos situaciones: el trabajo y la cercanía del personal de salud en mi vida (mi hermana médica, mi cuñado médico, y mi "relación-relajada, alias Galeno", también médico).

En cuanto a mi trabajo se lo consideró de primera necesidad. Eso hace que tenga que haber personal - en la calle, en contacto directo con personas- disponible para atender urgencias. Salvando que eso me parezca una locura, pero además una porquería para las personas que se tienen que exponer, me angustió mucho leer sus reclamos hacia los dueños de la empresa por medidas de seguridad garantizadas. Y me angustió porque sé perfectamente lo que se siente que te traten como si no valieras, que te obliguen a ir a trabajar mediado entre la necesidad y la responsabilidad, que te exijan exponerte sin considerar que somos personas en un momento de vulnerabilidad física y emocional muy fuerte a nivel mundial.  Porque a uno también le decían que se dejara insultar, porque yo he visto a uno de mis compañeros atendiendo a un cliente mientras se le caían las lágrimas de la bronca. Y yo, de esas cosas, no me olvidaré ni aunque me tripliquen el sueldo.

¿Pero cómo ser inhumano en ésta situación?

 Me llenó de rabia leer las respuestas de los dueños ante dicho reclamo por parte las personas que se están jugando el cuerpo en éstas cuestiones que - tal y como está quedando demostrado hace días - nos igualan a todos. Nos están obligando a recordar que todos somos iguales, le guste a quien le guste.   ¿Hacía falta algo tan masivo y peligroso como un virus que se te mete por debajo de la piel y te deja fuera de consideración, para tener que recordar lo iguales e insignificantes que somos?  Cuando leí el mensaje de los los dueños de la empresa donde estoy, y noté el desparpajo, la indiferencia y la soberbia con el que le dicen al personal expuso que se aprovisione de barbijos o alcohol (cuando no se consigue por ninguna parte); la garganta se me anudó y los ojos se me llenaron de lágrimas.  Porque ¿cómo podés estar en paz con vos mismo exponiendo a gente que tiene familia, sin siquiera hacerte cargo de los insumos necesarios para cuidarlos? 

No sé, la verdad, cómo pueden apoyar la cabeza en la almohada ésta noche y dormir.

II

Respecto a la segunda cuestión, hoy conversé con mi hermana mayor que es médica y sigue trabajando en medio de ésta emergencia sanitaria. Nunca, como en ésta situación, la vi tan preocupada. Nunca la ví tan angustiada, tampoco, porque por un lado ama lo que hace y por otro lado, tiene miedo de hacer lo que hace si eso la vuelve responsable de llevar el virus a su casa.  Y la verdad es que me angustió verla así. Porque, más allá de que se enaltezca la figura del médico, ellos, hombres y mujeres, son antes que nada personas iguales al resto de la sociedad. Lo he visto desde hace más de diez años cuando la veía estudiar todos los días, donde no dormía, donde tenía la plata sólo para lo indispensable, que a su vez mi papá le daba con muchísimo esfuerzo, y donde se la pasaba veranos e inviernos bajo una pila de fotocopias. Sí, es una médica de la que me siento orgullosa, para mí es la mejor del mundo, pero antes que nada, es mi hermana. Y siendo su hermana, sólo su hermana, eternamente su hermana, me hace mal verla así, me asusta que le pase algo malo y mucho más me asusta porque ahora hay alguien que las dos amamos por encima de los otros: El Principito. Pero a la vez creo que es muy fuerte, que hay que tener ovarios para ir todos los días y llegar a casa con tamaña responsabilidad. Que hay que tener agallas para cumplir con el Juramento hipocráctico ahora, cuando ningún médico se imagina actuar en un contexto de pandemia y ellos tienen que hacerle los honores e ir a la línea de fuego.



Algo parecido, pero muchísimo más leve en cuanto a angustia, me sucede con Galeno. Él también es personal de salud - hace la misma especialidad que mi hermana, de casualidad - y actualmente se encuentra expuesto y con bastante responsabilidad, dada su posición. Me preocupa, claro, porque está afrontando la misma emergencia sanitaria en su provincia y está pelándose el lomo todo los días en el afán de que se cumpla el protocolo como corresponde. Pero también está luchando con colegas, con directores, con quien sea, para que eso se acate y se haga efectivo contando con todo lo necesario.  Sí, sin dudas, a su manera, y hace veinticinco años, él también hizo su Juramento hipocrático y hoy lo está cumpliendo. Por lo que he observado en cuanto al ejercicio de la profesión, sé que él siente que tiene que estar donde está, pese a dificultades y miedos que eso le convoca; pese a la mismísima situación.  Sé que él siente que ser médico, antes que nada, es ser un instrumento para la sociedad. Y sé que no le interesa ser médico por el prestigio o los aplausos (que ya pasó esa etapa de tonto, como me dice él), y que entendió con tantos años de ejercicio que iba a ser capaz de salvar vidas de niños en salitas, Hospitales, clínicas privadas o en el medio de la nada, haciendo medicina asistencial y viendo de lleno la desnutrición.

Por razones paradójicas que tiene la vida, tanto a mi hermana, como a la persona que en éste momento de mi vida me acompaña, los une la pasión por lo que hacen y en éste presente los mueve ésa misma pasión aún mediada por el miedo y la angustia.

Sé, lo supe con mi hermana desde mis diez años, cuando empezó a estudiar para ser doctora, que los médicos son personas. Que tienen los mismos miedos que los pacientes. Que tienen sus problemas. Que crían a sus hijos. Que anhelan cosas. Que desean poder hacer las cosas bien y curar y dar vida y oportunidades para los demás. Que aunque los paren en la calle y les digan "ay, doctora, qué bueno verla, mi hijo está re bien por suerte", ellos siguen siendo personas con un corazón que siente como el de todos nosotros.

Y volví a conectar con eso cuando en el camino me encontré con Galeno. Creo que jamás podría haberme fijado en un médico, porque los conocía demasiado bien en su generalidad; sin embargo, aquí estoy, precisamente, porque es una persona antes de un profesional. Ahora que ya hemos compartido varias cosas de toda índole, también puedo imaginarme que tiene casi los mismos miedos y anhelos que cualquiera. Porque fuera del hospital, fuera del consultorio, a la salida de una guardia, es un hombre. Es un hombre que recibe un saludo de su hijita o que la llama porque le preocupa ésta situación. Es un hombre que recibe un "qué tengas buena guardia hoy, cuidate, ¿estás bien?" de mi parte, como un gesto de apoyo.  Es un hombre que, quizá, por una parte de la sociedad, como pasa con mi hermana, sea admirado y sea aplaudido actualmente.  Y sin embargo, yo sólo me quedo con ésto: dos de los médicos que están hoy jugándose la piel por nosotros, son mi hermana y Galeno. Personas que yo quiero, cada uno a su manera y dentro de su contexto, y personas a las que no quisiera que les pase nada malo.

¿Ven por qué hay que quedarse en casa, no?

La gente que se está jugando su salud por nosotros es la única capacitada en el país para ayudarnos a recuperarla. Sí. Pero además son nuestra familia, nuestro compañero afectivo, la persona que queremos abrazar y ver, y besar y estrechar, cuando todo esto pase...

Porque pasará.

martes, 24 de marzo de 2020

Efectos residuales

23 de febrero de 2020

- ¿Querés tomar más vinito? - me preguntó. 

Acostada sobre el sillón, con mi short de jean y un buzo de verano, negué con la cabeza, sonriéndole. Me acordé en cuanto lo abrió del momento donde  todavía no nos conocíamos, y recién empezábamos a hablar, donde Galeno me contó,de casualidad, que estaba tomándose un vino y me mandó una foto de aquél momento. Sin saber muy bien por qué, pensé qué pasaría si alguna vez con aquél hombre terminábamos compartiendo un vino en ese mismo lugar y a decir verdad me pareció una locura tan grande que me animé a calificarla como un deseo totalmente alejado de la realidad.  "Algún día vamos a tomar uno nosotros acá", me dijo por ése octubre donde ése veintitrés de febrero no estaba en ningún plan. Y pese a que sin asumirlo para mi misma empezaba a compartir ése deseo, era éso para mí, sólo un deseo.

Sin embargo, era evidente que se estaba haciendo realidad, contradiciendo mis preceptos más claros. 

- No. Estaba muy rico, pero no quiero más - le expliqué - Tiene efectos en mí... 

Sonrió 

- Le estás tomando el gustito... - observó - El gustito a un buen vinito ¿eh? - dijo, sabiendo que yo tomo vino muy de vez en cuando y a él le encanta.

- ¿Te acordás cuando dijimos que nos íbamos a tomar un vino juntos? - le pregunté- Cuando vos me decías que algún día quizá tomábamos un vino en el balcón...

- Claaaro. Y mirá, me estoy tomando un vino con vos ¿eh? - se rió.

- Y eso que no tomás un vino con cualquiera - me reí. 

Galeno sonrió y se recostó a mi lado. Sin dudarlo, en cuanto se acomodó, me acurruqué a su lado de una forma en que me permitía acariciarlo y abrazarlo a la misma vez. Cerré los ojos.  Desde su tablet se dedicó a poner su lista de reproducción de Jorge Drexler para que sonara con ayuda de los parlantes wi-fi en todo el departamento. Sí, fue suficiente. Me trasporté. La felicidad, en ese momento, me pareció que invadía todas las paredes y se alojaba bajo el marco de todas las puertas de aquél lugar. No era una propuesta descabellada, era la clase de felicidad por la que yo vivo y con la que sueño todos los días; la de compartir parte de la vida, los pequeños momentos, con buenas personas, con aquéllas personas donde me pueda sentir cómoda.  Y con Galeno, pase lo que pase un mes después de aquéllos días, se hizo posible una de las cuestiones inesperadas para mí: que yo me abriera como jamás pensé poder hacerlo alguna vez, alejándome del miedo, y como me había jurado no hacerlo nunca más hace seis años. 

- Voy a sacarte el pelo de acá - le dije, porque al estar los dos recién bañados, le estaba mojando la ropa limpia. 

- No, dejalo. Está casi seco - observó, peinándome. 

- Lo dejo... - dije, solamente y disfruté de que mezcle sus dedos por mi pelo. Por suerte, cuando terminó con eso, me dió un beso en la cabeza. Y se pasó la hora. Nos quedamos mucho rato así. Charlando poco, acariciándonos, relajándonos y conectando en un ámbito muy cotidiano, a decir verdad.

Hasta que Galeno se levantó a apagar la luz de la cocina que había dejado prendida por accidente y cuando retomó el camino me miró, acostada boca abajo, con todo el pelo ya seco cayéndose por el  costado del sillón, y sonrió. Noté que se estaba sonriendo por algo y le pregunté qué pasaba. 

- No, no te muevas, quedate así - me susurró. 

Le sonreí, mofando, pero sin cambiar de posición.  Se acercó a mí, se sentó a mi lado, y me dió besos en la nuca. Se rió, para variar, de cómo con un sólo contacto de su parte a mí se me pone la piel de gallina, y siguió besándome adentrándose por todo el cuello. 

- La puta madre - dije, riéndome. 
- ¿Qué?  
- No hace falta que me delate a mi misma así, che - le expliqué.   

Se rió, sonoramente. 

- Me encanta que te delates... - admitió, y empezó a acariciarme un poco más por debajo de la ropa.

Estando boca abajo, a nivel personal, las sensaciones se perciben de otra manera. Y mi cuerpo muestra mucha más sensibilidad de la que hubiera podido imaginarme por lo que con sus besos, caricias y masajes suaves, me estaba deleitando. 

Hasta que en un momento, se detuvo. 

- No tenés puesto corpiño...  - dijo, con la voz comprometida por la situación. 

- No - reconocí, riéndome. 

Y él pudo constatarlo con sus propias manos, como siempre.  Me miró de costadito, sonriéndose.  

- No, no tenés...  - advirtió. 

- Te engañé - le dije, riéndome.

Y siguió su camino de besos como si fueran las migas que Hansel y Gretel iban dejando en el recorrido a cada paso que daban. Dejó la parte superior de mi cuerpo para ser desvestida después. Ansiaba que viera una sorpresa que yo tenía guardada y reservada bajo veintiocho llaves en materia de ropa interior, ya que esa prenda estaba un escalón más arriba de lo esperable...  Aunque lo mejor era que lo descubriera cuando menos se lo esperase. Casi como en un cuento.  Y aunque él había especulado con que yo a la primera de cambio lo luciera, porque algo habíamos hablado un día, y además porque me conoce ya en ese aspecto; yo , en cambio, había especulado con que anduviera despistado.  Por eso, esperé una noche donde nos quedamos juntos en el departamento, después de pasear por la ciudad capital de su provincia todo el día, y nos la estábamos pasando bien sólo con un vinito, una charla y unos mimos.  

Galeno desprendió mi short con la misma facilidad y la misma delicadeza que se saca los guantes cuando sale de la UTI en el Hospital. Y se encontró con lo que yo había querido que se encuentre desde que se mostró emocionado, seducido y perturbado por mi ropa interior, la primera vez que nos vimos. 

- ¿Que es lo que veo acá...? Vamos a ver... - preguntó, retóricamente, y acto seguido se encaramó en manifestaciones privadas pero muy positivas sobre aquél atuendo en cuanto reconoció mi jugada -  Te queda perfecta... - dijo, y se tomó un momento para observarla - Sí, chicos, te queda espectacular...

Me reí. 

- ¿Te gusta? - le pregunté. 

-  Muchísimo. Me da lástima sacártela , me encanta cómo te queda puesta... - dijo y me hizo reír. 

Un rato después de la que lástima por la belleza de esa prenda puesta en mi pasara, también la vi volar a un costado y con eso, la poca ropa que Galeno todavía tenía puesta. Ya no había ni un solo rastro de tela en ambos. Él me había tomado por asalto, completamente, cubriéndome de besos, caricias y derivados.  Yo ya estaba fuera de éste mundo, turbada por mi propio deseo, y por cómo estaba empeñado en que disfrutara. Por cómo sabía ejecutar sus acciones, sus movimientos, sus mimos, para que yo me muriera.  Por esa risa asombrada con la que nunca parece poder creer cómo mi cuerpo se le entrega mucho antes que yo. 

- Eso, muy bien, disfrutá...  - musitó, contento, escuchando mis manifestaciones - ¿Te gusta? 

- Sí, me encanta, sí...  - le dije, siendo totalmente franca, seguido de muchas más muestras de aprobación, verbales, sonoras y físicas.  Porque teniendo en cuenta lo esmerado que estaba, y yo que estaba volando a la altura e Saturno, no podía contenerme. 

II

La verdad  es que me gustó tanto y lo disfruté tanto, que hasta me da un poco de vergüenza, ahora, cuando lo recuerdo, pero considero que bajo la misma situación seguiría siendo igual.  La juventud, supongo, en comparación otras generaciones o a otras mujeres que no estaban acostumbradas a hacerlo, dá cierta cuota de desprejuicio a la hora de disfrutar y Galeno se llevó un sorpresa grande cuando vió que mi cuerpo se entregaba bajo sus manos desde la primera vez, como si nos conociéramos de toda la vida.

Sin embargo, que fuera testigo de mis manifestaciones, más allá de que yo soy muy franca en esos momentos, me hizo sonrojar un poco al día siguiente. Porque todo lo que tengo de ubicada en la vida civil, en mi vida íntima ( y con Galeno) lo tengo de expresiva, de inquieta, de ruidosa y de juvenil.  A los veinticinco años, a decir verdad, me parece una pérdida de tiempo esconder si la estoy pasando bien o no, y más si todo eso que me sale de adentro con tanta verdad, sirve para hacer sentir bien al otro. Porque aunque "mi chico" me doble en edad, en esos momentos está haciendo un trabajo alucinante y merece saberlo al infinito. 

No obstante mi "me dá cosita" fue momentáneo. Galeno no me dió mucho tiempo para los pudores, cuando me contó que a él le encantaba que fuera así, que una de las cosas que más le gustaba en ésos momentos era precisamente que me expresara, que estuviera dispuesta al placer, al goce, sin vergüenza. Porque eso significaba que estaba existiendo más confianza y que yo me sentía cada vez más cómoda. Y lo cierto es que, en eso, llevó toda la razón respecto al primer día donde tenía miedo y pudor de no poder controlar mi propio cuerpo y lo vivía como un acto de vergüenza y no como una demostración de complicidad, disfrute y generosidad. 

 Al día siguiente y al siguiente, y todas las veces donde se dió la chance, volvió a ejecutar sus acciones de modo tal que mis confesiones del primer día en ese contexto íntimo, no fueron de las más intensas. Sobrevinieron otras, francamente, que constituyen un lenguaje privado, morboso y tierno, sin perder por eso la decencia y el respeto por el otro. 

 Galeno, que ya me conoce en eso, sabe que cuando yo no puedo decirle nada con palabras y mi cuerpo se me adelanta, es que la estoy pasando mejor que bien.  




*Día 8 (de encierro) 

lunes, 23 de marzo de 2020

Cuarentena obligatoria: Día 7 ( de encierro)

- Las veces donde he tenido ésta clase de problemas, los resolví así, poniéndole al otro una muralla. Pero no sólo lo resolví así porque la otra persona se comportó mal y eso me dolió,  sino porque busqué soluciones drásticas. Para mí, pensaba, lo único que me iban a alejar del dolor eran las soluciones drásticas. Cortar de raíz, mandar todo a la mierda. Pero él no está siendo como yo hubiera esperado que sea, la verdad, y me tiene en un gran desconcierto.  A veces no entiendo por qué teniendo todo para mandar ésto a la mierda, no lo hace - musité. 

Mi psicóloga me miró, y se dió cuenta que estábamos frente a algo importante. No suelo decirle éstas cosas, la verdad, así que yo me di cuenta de lo mismo. Ni siquiera me di cuenta de dónde había salido lo que acababa de confesarle. 

- Porque no quiere... 

La miré sin entenderlo. 

- Me cuesta mucho pensarlo... 

- Las dos sabemos que tiene todas las razones para hacerlo. Que podría haberte dicho otra cosa sobre lo que ocurrió con su ex, y sobre todo lo que le planteaste. 

- Durante todo este tiempo siempre le dejé una puerta abierta para salir... En todas mis acciones, prácticamente, le reforcé esa idea. ¿Por qué no huye si lo que quiere a fin de cuentas es eso? 

Ella sonrió. 

- Es que yo no diría que él quiere eso... 

- Porque si no lo hubiese hecho... - la miré - Porque estuvo frente a la oportunidad y no la usó. 

- ¿Por qué creés que te escribió durante todo este tiempo? - me preguntó. 

- Porque no entendió muy bien el concepto de tomar un poco de distancia - dije, con ironía - Realmente no sé por qué lo hizo. 

- ¿Y si no lo hubiese hecho? 

- Para mí hubiera sido más fácil... Tener un excusa. Tomar una decisión drástica, supongo. 

- ¿Vos querés dejarlo? - me preguntó. 

La miré y me quedé callada. 

- Si él quiere seguir, yo sigo. 

- Pero ¿vos, querés dejarlo? Más allá de lo que quiera él, más allá de todo lo que dijo... ¿Vos estás dispuesta a seguir adelante con ésto? 

- Sí - admití - Pero siento que decirme que me quiere, encima decírmelo él solo, en ésa situación... No era necesario. Fue un golpe bajo. 

- ¿Por qué? 

- Porque ¿quién me dice que no lo hizo para manipularme? 

- ¿Y si lo dijo porque realmente le está pasando eso, a vos qué te pasa? - sonrió, con elocuencia. 

- Nunca me había dicho eso - musité - Yo sentía que me quería, pero nunca me lo había dicho. 

- Bien... 

- Sí. Me alegra poder haberle dicho, en una situación donde antes hubiera mandado todo a la mierda, que yo también lo quiero - levanté la vista y la vi sonreírme - No sé qué va a pasar con nosotros, si le encontraremos la forma... Pero le dije la verdad: que yo también lo quería; que me había costado un huevo asumirlo y otro sentirlo. 

- ¿Y qué dijo? 

- Que no eran dos huevos, que eran mis dos ovarios... Y me mandó corazones...  - me reí, cuando me acordé de eso. 

II 

Hablamos de a poco. Con timidez. Con cierta dificultad. En especial yo, que ya lo daba todo por perdido, y había estado los días anteriores empezando a velar a un muerto que resucitaba por propia voluntad. 

- ¿Todos estos días, no tuviste ganas de...? - le pregunté, porque me estaba contando del estrés que tienen actualmente los médicos desde el rol de protagonista. 

- Es un buen método para bajar el estrés, pero no... - dijo. 

- En vos, me sorprende...  

- Estaba en modo padre - me explicó - Me desestresé jugando con ***... 

- Estabas en las mejores manos frente a ésto que pasa, por suerte... Te olvidás de todo...  - le dije, con total sinceridad. 

- Además la pendeja, estaba alejada de mí... - dijo. 

- Bueno, pero fue parte de todo lo que pasó - le expliqué - Necesité pensar. 

- Ya lo sé... - me dijo - Te extrañé, mi aliencita - manifestó. 

- Me preocupé por vos. No podía decírtelo, pero no quería que te pase nada con éste virus de mierda. Cuidate ¿sabés? Yo sé que sos responsable, pero cuidate, por fa. 

- Siiiii . Me voy a cuidar, sí- explicó. 

III 

Días después, de nuevo, otro planteo. Mío. Por likes en redes a mina con poca ropa. Planteos de por qué, de qué harías vos si yo me acostara con otros tipos, de si les dejara likes hasta en el pene, etc. Todo, por unos likes de mierda a una conocida. 

- No quiero que me expliques - le dije, mientras me estaba preguntando quién era, la estaba identificando, se estaba fumando el escándalo y me estaba dando explicaciones cual marido, o peor, cual el novio que ninguno llamó a la pista. 

Me tomé dos segundos para dimensionar lo que estaba pasando. Me tomé dos segundos para saber que yo dejo likes a tipos y no por eso me acuesto con ellos. Me tomé dos segundos para evaluar con quien está teniendo esa charla. 

- Odio ésto - le dije - Odio ésta posición. No es lo que yo quiero para mí - le dije - Así que podés seguir mirando culos. Me voy a dormir. 

- ¿Qué hice que te pusiste así? Decime. 

- Le diste like a todas las fotos donde la mina esa sale con todo el culo caído... ¡¿Hace falta que le des like a todas las fotos en pelotas que sube la otra?!  

- La conozco hace veinte años, Veinte. 

- Pero está en culo en todas las fotos y vos estás ahí como fiel seguidor... ¡No puedo creer!

- No está en culo en todas las fotos... 

- No me interesa si está en culo ella o la que sea... Yo no quiero ser tu forra. Eso es lo que me interesa. Que no me hagas pasar el papel de estúpida, mientras que quizá vos estás teniendo algo con otra gente... Yo también tengo opciones acá y, no las elijo, porque antes, en éste momento, te eligiendo a vos. 

- Yo también. No estoy haciendo nada. No me estoy viendo con nadie, ni acostando con nadie más, **** ****  (inserte aquí mi nombre y mi segundo nombre reales) - me dijo - No entiendo a dónde vas. ¿Estás juzgando mi comportamiento por lo que vos sacás a partir de una red social? ¿Los parámetros que vos manejás de mi son todo lo que podés ver en una red social? 

- No - dije - Yo creí en vos. Por eso te conocí afuera. Cada vez que estoy con vos, estoy al cien.  Confío en vos, creo en vos. Me doy. No pienso en otra cosa que no sea estar con vos. 

- Yo también estoy al cien. Yo también me doy al cien por ciento, confiando. Vos estás especulando lo que yo haría en base a lo que viste en una red social. Si no no estarías pensando que yo hago todas esas cosas en base a lo que viste en una red social. Tenés que preguntarme, no tenés que suponer... ¿De dónde sacaste que yo voy a hacer eso? - me explicó - Hechos. No palabras. Hechos. 

No le contesté nada. 

- Yo te pregunté lo que serías capaz de hacer en esta situación. No quiero darte otro lugar que no sea el que corresponde - le dije. 

- ¿Y en base a qué me vas a dar ese lugar? ¿A lo que ves en una cuenta? Mi cuenta está ahí, yo no tengo nada que ocultar, lo dejo ahí y lo podés ver... No entiendo por qué necesitaste revisar perfiles...  

- Para ubicarme...  

- No sé dónde te querrás ubicar... Pero yo actúo con hechos. Ni con supuestos, ni con hipótesis, ni con escenarios que no viví ni con cosas que no me hiciste. Hechos. Entre nosotros, hay hechos. 

- Entiendo. 

- No sé qué entendés... Estás enojada conmigo, no sé... Pero... no sé qué te pasó. Esto lo hablamos nosotros... No cambió. 

(...) 


IV

Y la verdad es que yo solamente sabía lo que pasaba: había encontrado un móvil para el crimen y buscaba ejecutarlo. Y si ése no resultaba, y si yo no encontraba nada, seguro que iba a buscar otra excusa.  No eran los medios, sino, el fin. 

Vaya a saber por qué la mayoría de las personas se empeñan por no arruinar las cosas lindas que les pasan y yo, sí. Pero soy totalmente honesta cuando digo que, realmente, no quiero arruinarlo.  Sólo que no sé hacerlo de otra manera. 

Y eso, en realidad, es lo que me genera desconcierto... 

Aprender ésto, además de estar recién descubriéndolo, y tener que ponerlo en práctica; todo a la misma vez, está siendo difícil a decir verdad. 

Yo realmente creí que si pensaba mal iba a acertar. Siempre acerté.

 Aquélla era mi regla indestructible. 

Y ahora me cambiaron el libro. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Cuarentena obligatoria: Día 6 (de encierro)

Puse dia seis porque esos son los días que llevo encerrada. Pero de los que llevo escribiendo, este sería el día dos.

La cuarentena se me está haciendo difícil. Trabajo desde casa pero llega un momento dónde estar todo el tiempo encerrada hace que me pase para el otro lado. Y me encierre en mi habitación todo el día , a mirar series, comer y desconectarme de la realidad. 

Hablo con Galeno, desde hace poco tiempo. Ayer miramos un vivo juntos, es decir, nos pusimos de acuerdo para conectarnos a la misma hora porque ese artista nos gusta mucho a los dos. Después hablamos un rato más.  Me cuesta mucho confiar en él, la verdad y el proceso de no cargarla se me está haciendo muy difícil.  Nunca me imaginé que la mente me pudiera jugar tantas malas pasadas... Y como la forma en he resuelto los problemas antes de conocerlo a él sería un fenómeno incontrolable para mí... Porque estando en un momento dónde estoy acostumbrada a salir disparada y lamer mis heridas sola, la otra persona me explica todo. Me tiene paciencia la verdad. Y yo ni entiendo por qué no se va. 

Cuando caigo en la cuenta y el enojo pasa, me doy cuenta que hice lío. Y que lo hice aproposito, para tener un motivo que me ayude a salir de ahí. Para decirle "vos me hiciste esto" o para que el, cansado ya, me diga que se hartó. 

De verdad que estoy haciendo mucho mucho mucho esfuerzo para no arruinarlo. Me estoy conteniendo. Me estoy ordenando. Me estoy disciplinado. 

Porque se que con la misma energía que construyo, ahora, también rompo. Y un día me levanto preguntándome por qué me cuesta tanto expresar mis sentimientos y sobrellevar las relaciones afectivas con los hombres. 

No me había dado cuenta hasta ahora que mientras con una mano construyo, con la otra, voy dispersando. 

sábado, 21 de marzo de 2020

Cuarentena obligatoria: Día 5

Pensé mucho en escribir aquí sobre este tema. Pero creo que una de las formas que siempre me ha ayudado a mantener la cordura ha sido un espacio en blanco y una lapicera. O las notas del celular. O un papel cualquiera susceptible de usarse por delante y detrás. Siempre dió igual. Y hoy, a decir verdad, también da igual. 

Quiero escribir porque no puedo dormir. Me dije que si me pasaba eso iba a hacer una lista de actividades que quiero hacer cuando todo esto pase. Pero actividades que me hagan feliz y no tengan que ver con correr . 

Algunas de ellas, las que me vienen a la mente ahora, son: 

- Ir a una plaza a tomar mate y disfrutar del sol. 
- Ver a mi sobrino, al cual extraño mucho. 
- Abrazar a mis hermanas, amigos, compañeros de trabajo y abrazar más fuerte que a todos, al Principito. 
- Ver a mis amigos y pasar una noche de pizza y juntadas como compartimos antes de todo ésto. 
- Viajar escuchando música al trabajo. 
- Salir a desayunar y a festejar y valorar ese cafecito mirando la gente ir y venir. 
- Mirar a la gente , verlos por la calle, en todos lados, desarrollando sus vidas. 
- Comer una torta que venden en una confitería del barrio con mi mejor amiga. 
- Un Big Mac. 
- Salir a caminar con mi mamá y charlar de la vida. 
- Pensar "mañana quiero ir a dar una vuelta para bajar el estrés " y poder ir. 
- Comprar pintura. 
- Juntarme con mis hermanas y con mi sobrino.
- Ir al cine. 
- Ir a una librería. 
- No tener miedo a ningún virus. 

viernes, 20 de marzo de 2020

Condiciones

- Bueno... - dudé - ¿Te parece bien cortar el contacto? ¿Te gustaría que no hablemos más? pregunté - No quiero seguir estando ciega. Entiendo que se te haya ido la perspectiva a la mierda... 

- Nooo - me explicó - quiero que sigamos hablando. Ésto me pasó a pesar de nuestro contacto, eso fue lo que pasó; nunca desde que empezamos a hablar había pasado algo así, por eso me cerré. Entiendo el desconcierto. Era  obvio que no ibas a saber, yo lo sé, nosotros veníamos comunicados todos los días, compartiendo... Pero ésto me sorprendió  mucho, nunca me lo hubiese esperado... Es un pedido que está fuera de tiempo. Sin dudarlo, le dije inmediatamente que no. 
- Es que faltaba información, es obvio... La charla tendría que haber empezado por éste punto - le dije. 
- Pero ahora está. Te la estoy dando. Para que puedas decidir si querés seguir adelante... 
- Necesito tiempo para pensar. Lo que vos venís masticando, yo lo tengo que masticar. 
- Bueno, está bien... 
- Pensé que quizá te haría bien tener un poco de tiempo para pensar a vos también si querés que ésto siga o no... Después de lo que te propusieron.  ¿Qué querés hacer, sabiendo que ahora está pasando esto? No me respondiste a eso. 
- ¿Yo que quiero hacer? Quiero saber lo que vos querés. Ver cuál es tu horizonte. Si te gustaría seguir con ésto o si es una pérdida de tiempo. 
- Bueno. Necesito pensar. No voy a apurarme a decirte nada , ni tampoco, a asumir cosas que no podría sostener. Eso es todo lo que puedo expresar por el momento - le dije. 

Galeno lo aceptó y esperó, pacientemente, a decir verdad. Yo me dediqué a pensar cuáles eran, de ser, mis condiciones. 

Aunque lo cierto es que, a decir verdad, si a mi me hubiese pasado algo así, del otro lado, no sé si se lo hubiera dicho. Creo que me lo hubiese guardado, porque yo me guardo todo, hasta el final de los tiempos. Y por eso, me cuesta entender por qué, teniendo todos los motivos para irse, se puso en esta inesperada posición. 

Tal como le diría unos días después: "ésta relación que nosotros tenemos, en el futuro, por la razón que sea, va a terminarse. Yo lo veo así, y desde el comienzo, tuve noción de eso. ¿Vos creíste que te iba a pedir más compromisos? La verdad, no. Estaba todo bien, hasta ésto que pasó, creo que por eso pudimos pasar estos últimos ocho meses así ¿no? No es mi idea casarme con vos, ni tener hijos, ni convivir. No es mi idea mudarme ni vivir con vos. ¿No quedamos que era durase lo que durara? Bueno, yo me lo tomé en serio, si es que hasta el momento, para nosotros, y para nuestras vidas, todo ésto funcionaba bien así (...)" 

II

Siempre que he tenido un problema con alguien, un desencanto, un malentendido, la única manera en que pude retomar mi equilibrio, fue eliminando de raíz a esa persona de mi vida. Y hoy, a la luz de ésta clase de cosas, descubro que ha sido durante todos estos años un equilibrio atroz.

Hablando en terapia del tema, le expliqué a mi psico que no tenía más ganas de hablar con Galeno porque había un problema y yo, frente a la existencia de ése escollo, no podía retomar la conversación como si nada, pese a que él me escribió durante todos estos días.

Ella me pregunto si no me parecía importante volver a hablar consigo, escuchar lo que hubiera pensado y entender que los problemas no se solucionaban dejándose de hablar.

- Para vos, éste problema, ¿es una crisis o algo definitivo? - me preguntó- ¿Todos los problemas pasan a ser definitivos en la vida de las personas? ¿O muchas veces  son crisis?

Me quedé callada.

- Yo entiendo que no tiene por qué ser definitivo, pero no sé si voy a poder... - reconocí - La forma en que siempre resolví estas cosas, es como si fuera la manera instituida... Mi manera, al menos. No sé cómo hacerlo de otra forma. Mis impulsos, se orientan hacia allá. Las cosas que pienso, que digo, cómo interpreto sus actitudes... Es difícil no ver todo lo que es, y lo que hizo, a través de ése hecho. 

- Lo sé. Sé, porque te conozco desde hace muchos años, que ésto es muy difícil para vos. Que todo este recorrido ha sido muy difícil. Por la confianza depositada, por el permiso para demostrar sentimientos, por el permitirse hacer todo lo que hiciste. Y por la forma en que lo llevaste adelante, con mucho valor - dijo.

Asentí con la cabeza, solo una vez, en señal de que la estaba escuchando.

- Sin embargo, cuando estoy frente a la situación, es una lucha. Me desgasta arrancar con mi impulso de prender fuego todo lo construido y, después, atajar.

- Lo sé. Claro que lo sé - asintió, atajándome - De verdad, Veinte, no te lo digo por darte la razón. Lo trabajamos y sé, desde nuestra primera etapa, mucho del progreso que hiciste... Pero, claro que si estamos frente a una estructura mental que ha visto siempre los problemas como rocas inamovibles, lo que Galeno hace, a vos te desconcierta.

- Y me irrita...

- Y te irrita, claro, porque vos sencillamente lo mandarías a la mierda y no le hablarías más. Pero ¿qué está haciendo el otro?

- No respetando lo que le estoy pidiendo... - musité - Yo no entiendo cómo busca el modo de acercarse... ¿Qué cree que va a hacer?

- Quizá, arreglarlo... Porque lo que para vos es un escollo inamovible, para Galeno, parece ser una crisis de la que busca salir... Sé que para vos es un motivo de irritación que te escriba si le pediste espacio... Pero ¿si no se escriben, cómo piensan solucionarlo? ¿Si él no te escribe, vos lo harías?

- No.

-  ¿Creés que él no te conoce en ese aspecto? - sonrió - Hace un rato, me dijiste que por su silencio era un hijo de puta ¿no? - me recordó.

Me reí, levemente.

- Sé que soy muy dura a veces - admití - pero sí. Las buenas personas no te ocultan cosas, no se cierran así si les interesa el otro. Para mí un hombre que es buena persona, no me haría eso.

- ¿Qué fue lo que te pasó a vos, desde que volviste de verlo hasta el lunes? ¿No te cerraste, no le ocultaste cómo te estabas sintiendo?

De pronto, lo vi claro.

- Sí...

- ¿Y eso te convierte en una hija de puta, en una mala persona? ¿Creerías que lo sos?

- No, la verdad que no.

- Cuando te cerraste todas estas semanas tuviste tus motivos... No sabías cómo decirlo, no sabías cuándo iba a ser un buen momento, el día donde habías planeado decirlo él tuvo una guardia de mierda donde se le murió un paciente muy grave... ¿No es cierto?

- Sí. No quería sumarle más. Creo que cuando se le muere un chico, debe ser terrible...

- Bien. Hasta ahí estamos entonces... - admitió - ¿Y por qué no pensar que él tuvo sus motivos para no poder decírtelo antes? ¿Por qué no pensar que estaba angustiado, que lo sorprendió, que lo movilizó lo que le dijo su ex? Y acá no estamos diciendo que él quiera volver, no, no, no. Estamos hablando del golpe que pudo haber generado...

La miré y bajé la vista. Entendí que podía ser, pese a que soy muy dura, muchas veces, con el otro.

- Sí, tiene todo el derecho del mundo a sentirse mal. Si me pongo el su lugar, la verdad, es que ni siquiera sé si se lo hubiera contado.

- ¿Te pusiste a pensar que pudo haber sido muy difícil para él decirte esto?

- Sí. Sé que seguro le habrá costado. No me contó una infidelidad, me contó una propuesta y yo siento como si me hubiera engañado durante todos estos meses. Es impresionante - reconocí.

- ¿Aceptó esa propuesta?

- No.

- ¿Te dijo que necesitaba tiempo y no te habló más porque quería volver con su ex?

- No.

- ¿Podría haberlo hecho, no?

- Absolutamente - musité - De hecho, era lo que yo estaba esperando.

Me miró, y con un gesto de elocuencia, me mostró la raíz del asunto. El motivo del enojo. La frustración ante un escenario que no es el habitual, y frente a un comportamiento que no tiene mucho que ver con el anterior que, siempre, he visto en los hombres que han pasado por mi frontera.

- ¿Y si no le hablás más, va a terminar pasando eso, no? Se va a cumplir tu profecía. La idea con la que encaraste esto, va a ser real. Y ahí sí que no va a haber vuelta atrás. Va a ser una resolución definitiva - me explicó - Si ustedes no se vuelven a hablar más, o si él te escribe y vos le contestás con monosílabos, perderían del todo el contacto, cada uno seguiría metido en lo que le pasa... ¿Y así, ésta crisis, no se convertiría en un escollo inamovible?

- Sí, sin dudas... - suspiré.

- Entonces, quizá, empecemos por ver si se pueden volver a comunicar... 

jueves, 19 de marzo de 2020

En tiempos de cuarentena...

- Hija, hoy fui a la carnicería - dijo mi papá - Te traje paty, carne, choricito, y pollo para que comas . Quedate tranquila con la cuarentena. Vamos a estar bien, vos trabajás desde acá, estas cuidada gracias a Dios... - me explicó.

Mi papá es trabajador independiente. Hasta hoy mismo estuvo trabajando, entre otras cosas, para poder comprar un poco más de comida y esa clase de cosas. Sé que hay peligro y sé también lo que es el miedo a no tener qué comer. Por eso, lo único que pido a Dios es que todo ésto pase pronto, para que podamos volver a la normalidad. Pero también, no puedo evitar agradecerle a Dios que tengo trabajo, y que lo puedo hacer desde mi casa, sintiéndome protegida y siendo productiva a la misma vez para poder poner todos los recursos con los que cuento a total disposición. 

- Tenés que cuidarte, papá. No vayas a trabajar mañana - le expliqué yo - No te preocupes que yo estoy trabajando desde acá así que algo habrá y, además, te puedo dar mis tarjetas de crédito. 

Mi papá se sonrió y negó con la cabeza. Yo sonreí. 

- Vamos a estar bien, sólo hay que guardarse. 

"Vamos a salir. Sólo hay que cuidarnos". Eso es lo que no me dejo de repetir cada vez que me levanto en este mundo raro y trato de no hacerme la cabeza con las noticias. 

miércoles, 18 de marzo de 2020

Desencuentro

Cuando luego del fin de semana largo volví de su provincia hacia Buenos Aires, lo hice pensando que la habíamos pasado muy bien juntos pero que, el último día, se había puesto medio raro. Incluso, cuando él dormía plácidamente la siesta antes de llevarme al Aeropuerto y después irse al Hospital, lo miré y pensé quién era ese hombre finalmente. Qué le estaba pasando que, en su manera de ser, se estaba llevando por delante mi presencia.  No obstante eso, cuando llegó el momento de despedirnos, lo hizo bien. Me besó varias veces, me abrazó y me pidió que le avise cuando llegue a Buenos Aires. 

La vida, una vez que volví, no tardó en volver a la normalidad. Sin embargo, con Galeno, yo noté que las cosas no estaban igual que siempre pero no supe por qué. Al principio, pensé que me estaba haciendo la cabeza; después, supe que no me estaba haciendo la cabeza, porque nada había continuado como después de los viajes anteriores. Más adelante, me decidí a darle tiempo, porque en uno de esos días posteriores me dijo que estaba bajoneado, y respeté su aislamiento. A los pocos días, luego de esa actitud, que yo dejé pasar pero no olvidé en lo absoluto, Galeno me escribió y, entre otras cosas, me dijo que había estado muy bueno que yo estuviera allí, en su casa, y que hubiéramos pasado esos días juntos. Me dijo que en su toalla había quedado mi perfume aún después de mandarla a lavar y que la había usado (como una manera de estar cerca).  Pensé , en ese momento, diez días después de haber vuelto del viaje, que finalmente la tormenta había pasado, que sólo había sido una etapa, que no tenía por qué ser grave. Al caso, todos podemos tener días malos. 

Durante los últimos quince días, sin embargo, Galeno hizo dos cosas: mostrarse raro, como si yo le molestara, y hablarme todos los días, sin excepción, aunque sea para saludarme. En cuanto empecé a notar esas actitudes, me subió un nivel considerable de angustia y comencé a alejarme. A veces, cuando ya hemos sufrido, creemos que con alejarnos el golpe va a doler menos o que no nos van a asediar las mismas dudas. Pero no. No es así. 

El lunes, luego de que la situación se sostuviera casi por tres semanas, le dije a Galeno que cuando saliera del consultorio necesitaba hablar con él y, sin atacarlo y sin agredirlo en lo más mínimo, le expliqué lo que me estaba pasando y lo que estaba sintiendo que , a él, no le pasaba más.  Así se desencadenó la charla donde me explicó que, ni bien me fuí de su casa, la ex- mujer le pidió encontrarse para reconsiderar volver a estar juntos como pareja después de seis años de haberse separado. Y que el golpe que eso le implicó lo había hecho desconectarse, cerrarse y aislarse ante un estímulo externo que le restó energía.  Cabe decir que él ya estaba raro, y era como si me quisiera decir algo pero no encontrara las herramientas... Aunque también cabe decir que no me imaginé que viniera con ésto, en éste momento. 

Ni bien me escribió todo ésto que ocurrió con la ex mujer, yo me quedé sin palabras.  

- Eso fue después de que estuviste acá. 
- Sí, entiendo. 
- Nunca me esperé esta situación. Yo le contesté, inmediatamente y con total certeza, pero sí me golpeó. 
- Se te movió toda la estantería. Entiendo que con eso, todo y todos quienes intentábamos estar cerca, se fueron un poco a la mierda. 
- No tengo ninguna duda de que no quiero volver con ella... Pero me tomó muy de sorpresa - me explicó. 

Más adelante, en el transcurso de la charla, me aclaró por segunda vez que la rechazó y me dijo que él había tomado esa decisión hace mucho tiempo y que no dudaba de eso.  Y sin embargo, yo continué sin la capacidad de decirle nada sobre eso, no por la mujer, sino por la hija que ellos tienen en común.   

Así, cuando él acabó de explicar todo, y de revisar las condiciones de nuestra relación relajada, me preguntó qué pensaba, qué me parecía, para que pudiera decirle si yo estaba cómoda, si podía seguir adelante, si sentía que me iba o no me iba a alcanzar lo que podía ofrecerme. Me insistió varias veces en que necesitaba que le dijera si para mí esto, así, iba a ser una pérdida de tiempo o una experiencia que yo quería vivir. Me insistió mucho en que le dijera cuál era mi horizonte, qué deseaba yo con él, qué quería sobre ésta situación. 

Y yo le dije que necesitaba tiempo para pensar durante toda la conversación cuando me pedía respuestas que yo, personalmente, y en ése momento, no tenía.  

Se despidió diciéndome que si quería pensar lo pensara, que charlábamos. Se despidió diciéndome que me quería y que no quería que estuviera mal. Sí, por primera vez en todos estos meses que llevamos dentro de una relación relajada, en el momento donde puede ser interpretado como una estrategia de manipulación, me dijo que me quería de una forma tácita, igual que yo tantas veces, mientras estábamos juntos, lo había sentido pero, a mi criterio, me lo dijo en un momento donde es difícil para mí volver a creerle. "Yo también te quiero", le respondí, porque una cosa no quita la otra, y la verdad es que, hasta ése lunes, yo podía sentir cariño por él. 

Pero no me moví de mi necesidad de tiempo y de mi necesidad de calma para pensar, específicamente, qué quería hacer con todo esto que hace ocho meses se implantó en mi vida y me acompañó todos y cada uno de los días hasta la fecha. 

II 

Creo que, de él, no hubiera esperado éste desplante. Tampoco hubiese esperado que a la luz de lo que se estaba jugando, me lo dijera recién ahora, siendo que al mismo tiempo que me decía que él había estado muy contento en su casa conmigo, lo estaban perturbando otras cosas. ¿Por qué seguir hablándome? ¿Por qué, al mismo tiempo, mantener contacto conmigo, sin decirme la verdad? ¿Por qué mandarme cartelitos en las redes, por qué buscarme si después pone, a nuestro contacto, tantas condiciones? ¿Por qué me dice que él no quiere compromisos y al mismo tiempo me abre las puertas de su casa, me atiende, me mima y me cobija? ¿Por qué si no quiere compromisos conmigo, me cuenta cada cosa que hace, cada lugar donde va o cada plan durante el fin de semana? ¿Por qué me manda audios si se va a ir a visitar a su hermano al interior de la provincia avisándome que no vamos a poder hablar como siempre y por qué, especialmente, se preocupa por mí, me escucha y me contiene si estoy mal? Todo eso implica haber asumido diversos compromisos, sin que nadie se lo pidiera, y, especialmente, sin que yo le exigiera nada. 

Eso es lo loco.  No iba a pedirle más compromisos que el hecho tácito de ver en sus acciones el peso de sus palabras, la posibilidad del contacto. Porque lo cierto es que no, yo tampoco quiero asumir más compromisos de los que sí siento que mantengo consigo por el momento porque así estoy bien y porque las cosas se dan paso a paso y, si no, no se dan.  Creo que así estoy bien, siempre y cuando, él me demuestre que quiere seguir adelante, porque de no demostrármelo, yo me retiro.  Ese es el único y más valioso compromiso que existe para mí, dadas las circunstancias. 

De seguro llegará un día donde me canse o él se canse, pero quizá, si ese día está lejos, todavía podemos seguir acompañándonos en lo que podamos y pasándola bien. Pero eso sí, en caso de que ése día sea hoy, será también el momento de separarnos también desde el contacto, la voluntad y la intención. 

Y no habrá vueltas que darle. 

III

El martes y hoy miércoles por la mañana, me escribió, como siempre, para darme los buenos días. Yo le contesté con lo justo y lo necesario y cuando me preguntó si había pensado algo, y cuando me dijo que esperaba que no estuviese mal, le expliqué que le había escrito algo que quería que leyera para entender cómo me sentía. Que eso era lo que había pensado y lo que podía sentir sobre éste escenario. Que eso era lo que yo quería con él. Que ése era mi compromiso. 

Desde esta mañana, hasta ahora, me miró las historias, me mandó un mensaje privado con una foto de mi barrio, y sin embargo, no dijo una sola palabra respecto a todo lo que le dije. 

Al final, parecería ser que mi hombre valiente, terminó siendo un cagón. No sé, a ciencia cierta, qué se imaginó que iba a tener conmigo, diferente a ésto, si hace ocho meses veníamos llevándolo muy bien. 

Pero tampoco sé si lo que tenemos, es capaz de sobrevivir.  La verdad es que no lo sé. 




domingo, 15 de marzo de 2020

Los segundos previos...

El avión acaba de aterrizar. Ya es un hecho que estoy lejos de casa y que, además, estoy sola en aquél nuevo lugar. Los pasajeros no aplauden al piloto por su aterrizaje y el chico con el que viajé me ayuda a sacar el equipaje de los compartimientos superiores, ofreciéndose de buena gana, mientras me sonríe. 

Desactivo el modo avión en mi teléfono celular y miro cómo la pantalla se llena de notificaciones y mensajes que llegaron durante el vuelo. Aviso, en el grupo de la familia, que ya toqué el suelo de aquélla provincia argentina y, acto seguido, me llega un mensaje de Galeno avisándome que casi estaba en el Aeropuerto ****. 

- Hola, mi ****. ¡Ya llegué!

- Hooola . ¡¡¡Qué bueno!!! Estoy casi llegando, ya. Cuando bajes, si no tenés que buscar equipaje, esperame en la primera salida; es la única puerta que vas a ver a la derecha. Voy a estar ahí, esperándote... - me dijo, en un mensaje de voz. 

- Dale, dale, sí . Ya bajé y estoy caminando por un pasillo que tiene salida al exterior. Pasé la puerta a la derecha, así que voy por ése circuito que el único que ví - le dije. 

Más tarde descubría que, tal como me había comentado, el aeropuerto de allí es mucho mucho más pequeño que Ezeiza, por ejemplo, o incluso que Aeroparque, y es muchísimo más fácil ubicarse. 

Una vez salí al exterior, a lo que sería la puerta correcta, sentí cómo el frío bastante más intenso de lo que imaginaba me pegaba en la cara. Y me encontré en la situación que, francamente, antes de tomar la decisión de comprar los pasajes, me daba cierto temor: confiar en que Galeno iba a venir en los minutos siguientes y esperarlo, sintiéndome en sus manos, confiando totalmente. 

Una mujer de mediana edad, que había llegado con su familia, y había salido por la misma puerta, me miró, con cierta curiosidad, algo extrañada. Quizá le llamó la atención ver a una chica joven, sola, con una cartera de mano grande y una valija, que no pidiera un taxi o que no estuviera con nadie ni siquiera en el vuelo. No obstante eso, la miré y continué esperando a Galeno, pensando dónde iría la señora, con quién iría a pasar esos días. 

Para cuando quise darme cuenta, no habían pasado ni diez minutos, que reconocí a Galeno arribar a una de las salidas para pasajeros del Aeropuerto. Estacionó, se bajó del auto y enseguida vino a mi encuentro. Solté todo mi equipaje y ni bien nos vimos, lo primero que hicimos, fue abrazarnos muy fuerte. 

- Hooola - le dije, feliz, riéndome levemente - Hola, mi *** - le repetí, mientras lo abrazaba y él me apretujaba. 

- Hoooola, hola - me dijo, con una risa breve, y automáticamente, ya me sentí bien recibida. 

Nos volvimos a abrazar, enseguida, como si no pudiéramos creer estar juntos. Galeno subió mis valijas al auto y de reojo miré a la mujer de mediana edad mirar nuevamente. Pensé que quizá ella estaría construyendo su historia respecto a nuestro vínculo y me desconecté de ésa idea. Me subí, se subió y nos fuimos.  Una vez que salimos de aquél predio, y nos entrometimos en el tráfico, Galeno me dió la mano. Lo miré, otra vez. Por fin estábamos juntos. No nos rodeaba, como antes, Buenos Aires. No nos rodeaba nada que fuera de mi terreno. Lo único que yo conocía, además del Aeropuerto, era a Galeno. Y sentir que había sido capaz, efectivamente, de hacer algo así, me sorprendía hasta a mi misma. 

Creo que mientras lo miraba, luego de algunas suavidades más,  no podía creer cómo había sido posible que yo estuviese ahí, que me hubiera animado a dar ese paso, que mis sentimientos una vez más me hubieran llevado a desafiar mis propios límites.  Creo que recién allí empecé a entender que todos mis anteriores "nunca más", se habían derribado consigo. Que todos mis miedos a apostar, en buena parte, se superaban dando ese paso significativo en términos de madurez, decisión, valentía; no por ser sólo un viaje per sé. 

- Llegué, llegué a la Provincia de *** - le dije, riéndome. 

- Sí "shegaste" - me marcó, por mi tonada porteña, riéndose también - ¿Viste? Mirá, de acá se ve bien el paisaje... ¿Reconocés algo? 

- Seeeeeh ... ¡Las *** de ***, chicos! 

Se rió y yo también me reí. 

No llegaba a comprender que éste viaje significaría para mí tantas cosas. Que me ayudaría a entender la vida de Galleno allí. Que me ayudaría a saber que estoy confiando en él. Que me ayudaría a aceptar que pasé de no querer saber nada con los hombres a encontrarme con uno que me abrió las puertas de su casa y antes de su vida para que fuera feliz cada minuto de los que me encontrase allí. Me ayudaría a comprender que jamás imaginé a Galeno comprándome mi mermelada preferida (artesanales, tal como un día le conté, de casualidad) en el supermercado, Coca Cola común, cápsulas de café cortado, cerveza y varios otros etcéteras. Mucho menos me lo imaginé haciéndome el desayuno o oliendo el perfume que dejo en el lavatorio del baño mientras que yo no lo veo. 

No, nunca me imaginé que la vida me bendijera con una persona así. Pero sólo yo se lo agradecida que estoy de haberme cruzado consigo para vivir la experiencia de un cariño correspondido. Solo yo sé lo mucho que valoro cada gesto que Galeno tiene conmigo, después de muchos otros rechazos del pasado. Solo yo sé lo increíble que fue para mí haberme cruzado con un hombre tan valiente, después de haber sufrido muchos años, por otro hombre tan cobarde, pese a que ambas vivencias me hayan dejado una enseñanza. 

Quizá, cuando llegué a su lugar, no me imaginé que la experiencia me iba a movilizar tanto por dentro. Pero lo que me movilizó esencialmente fue vernos en ese contexto y saber todo lo que había sido posible, en mi interior y en el exterior, para que yo estuviera allí, y él, conmigo. 

Si bien siempre supe que el amor podía ser mucho más que sufrimiento, que había algo o alguien mejor para mí, con el que me sintiera comprendida, con el que pudiera ser yo, quien me entendiera y entendiera mis intereses, jamás imaginé que todo eso lo encontrara en Galeno... 

Porque, a menudo pienso que no había chance de que ésto pasara, a menos que no estuviera destinado para enseñarnos, movernos, despertarnos y sumarnos.  Pero al  mismo tiempo, nunca pensé que Dios iría a ser tan pero tan exacto, tan preciso, tan perfecto en reunir nuestras virtudes, y hacer posible toda esta historia que con errores, aciertos, algo de tristeza y la voluntad de conquistar la felicidad me animé a vivir; pero una historia que también alguien se animó a vivir a mi lado.  

Esos segundos previos de miedo, esos segundos previos de encogimiento, finalmente, acabaron siendo los instantes anteriores a la felicidad.