" Cuidense mucho, vos y papa" . Éso decía el mensaje que le mandó mi hermana mayor, médica atravesada por el contexto, a mi mamá. Uno de los mensajes que les mandó a mi mamá, porque hace días viene angustiada.
¿Qué tenía que pasar para que mi hermana dijera ésto? Quizá una pandemia, sí... Porque para que ella se muestre así de preocupada y vulnerable, siendo que siempre es muy medida para hablar en temas relativos a la salud, la situación tiene que ser seria. Y ésto, sin dudas, lo es.
¿Y qué tenía que pasar para que yo me siente a mirarme a la cara a mi misma y trate de salir de esa postura de siempre es mejor tirar todo al tacho? Quizá necesitaba tiempo. Y paciencia. Y dejar a un lado los caprichos. Y darme cuenta que, en frente mío, tengo a una persona con su historia, sus sentimientos, sus elecciones y sus disyuntivas; existe. Una persona que, en lo básico, se enfrenta a los mismos parámetros de existencia y de finitud que yo.
Hasta hace un tiempo podría haber sostenido que Galeno llegó a mi vida para ser una especie de portador de lecciones concentradas, pero ahora, no me quedan dudas. Detrás de todo lo que hace, de lo que no hace, y especialmente de lo que hago yo, encuentro una lección. Y no es que se ponga en esa postura de maestro, porque no la considera para mí y porque es muy cauteloso a la hora de opinar sobre la vida de la gente; sino, porque, lo que me estoy conociendo a mi misma en el transcurso de ésta relación, siquiera yo lo llegué a imaginar.
¿Cuántas veces pensé saber ponerme en el lugar del otro? Miles. Hasta que me encontré frente a Galeno cerrado, pasándola mal, y me costó dos días de silencio y distancia pensar siquiera si algún día me iba a poder poner en su lugar... Porque lo cierto es que no podía, no sabía cómo disociar lo que yo estaba sintiendo de lo que a él le podía pasar con un determinado escenario.
¿Cuántas veces yo pensé que por sentir que "estaba enamorada" realmente sabía lo que estaba implicando ese pronunciamiento? Hasta que no empecé a hablar con Galeno, hasta que no me enfrenté al miedo y a la incertidumbre de conocerlo en persona, hasta que no conviví durante unos días con él y hasta que no me senté frente a mis padres y les dije que Galeno tiene cincuenta años (muy pronto, cincuenta y uno), es decir, casi veintiséis años más que yo; no podría imaginarlo lo que era, como para empezar, querer a alguien.
¿Cuántas veces me pareció que para mí compartir, convivir, congeniar y disfrutar con alguien más iba a ser cosa imposible? A veces siento que, desde el primer chat cruzado con Galeno, mi vida se convirtió en una película que va pasando demasiado rápido y que me hace un primerísimo primer plano directamente en el rostro lleno de desconcierto y expectativa frente a situaciones que yo, ni en los mejores sueños, imaginé vivir.
Ahora, sin dudas gracias a la posesión de éste tiempo invaluable, ésta tregua a la que asiste toda la Humanidad, no puedo evitar pensar que, en mi dimensión individual, me ha hecho tomar noción de lo que me está sucediendo. Y lo que sucede no es ni más ni menos que el hecho capital de que, con cada paso que doy, me doy cuenta que aprendo algo nuevo.
II
La primera vez que hicimos oficial la convivencia por la duración de su estadía en Buenos Aires, me vi preparando un bolso enorme y rellenando una cartera sin saber bien a lo que iba. Cabe decir que, en mis anteriores experiencias (ni siquiera con Él) no había surgido la necesidad de convivir. No me cuajaba la idea de quedarme a dormir en la casa de ése otro hombre, porque si bien lo quería muchísimo según mis parámetros de ése entonces, la realidad era que, en el único lugar donde me sentía cómoda para dormir a pata suelta, era en mi dormitorio. Sin embargo, en el caso de Galeno, durante su primer viaje (donde logramos conocernos en persona), yo no conviví consigo del todo. Me quedé a dormir consigo, aunque fui a mi casa a buscar ropa, y más que nada, a avisarles a mis padres que todo estaba bien, a que me vieran que estaba sana, a salvo y que nada malo había pasado.
Ya para la segunda vez, después de esa prueba piloto, sí me embarqué derecho al siguiente objetivo. Porque para mí, en ése momento, y en ése tiempo, era un paso importante que quería dar de ésa manera en particular, dándome un margen para adecuarme a un cambio que, además de abrupto, era repentino. Puede sonar tonto pero me daba mucho más miedo convivir con una persona que compartir intimidad afectiva o sexual con alguien que recién estaba conociendo. Y lo cierto es que, con Galeno, ocurrió todo: intimidad vincular que se fortaleció, intimidad sexual que mejoró, el estreno de una convivencia por algunos días y una permanente presencia del otro.
Así las cosas que la primera que vez que me desperté luego de haber pasado una noche completa con Galeno, me costó entenderlo. A los pocos segundos me acordé que estaba en Buenos Aires, que no tenía que ir a trabajar y que habíamos coordinado nuestras vacaciones para que se diera todo eso. A los siguientes dos o tres segundos, recordé que estaba completamente desnuda, cubierta con la sábana del hotel, y me quedé sintiendo la situación unos largos instantes. ¿Cómo me sentía? ¿Todo estaba bien? Ésas fueron mis preguntas que, por suerte y con certeza, se resolvieron en una afirmativa.
¿Cuánto tiempo me quedé mirando a Galeno, soñando un sueñito calmo, dándome la espalda? ¿Durante cuántos minutos con todos sus segundos me dediqué a detectar las pecas en su espalda producto del sol y de las excursiones propias de su provincia en tiempos pasados, cuando todavía estaba casado y era el marido de otra fulana? ¿Cuánto tiempo me paré a ver con la mayor claridad posible ésa situación de tanta intimidad positiva? No sé. Realmente no sé cuánto tiempo pasó pero, lo que sí sé, es que me quedé profundamente dormida un rato después. Y que el amanecer , con sus buenos días, estuvo marcado por abrazos, por besos a lo largo de todo el cuerpo, palabras dulces y una buena cantidad de etcéteras de la mano de Galeno que se había despertado como pancho por su casa y se había quedado disfrutando de mi semblante dormido, con todo el pelo cayendo hasta la cintura, desparramado por la espalda. Sí, ésa es la descripción que él tuvo de ése momento gracias a sus ojos. Y yo, en cambio, a ése amanecer lo recuerdo desde los otros cuatro sentidos.
III
No hace tanto tiempo, volvimos a convivir, pero ésta vez, en su departamento. ¿Cuándo me hubiera imaginado yo, que dentro de esa película, iba a ser tan arrojada como para tomarme un avión sola a otra provincia, la suya, con la sola certidumbre de que la única persona que conozco allí- y que sigo conociendo cada día - iba a ir por mí, e iba a abrirme las puertas de su casa, mostrarme dónde, cómo vive, y exponerse tanto al qué dirán?
A veces, creo que el ochenta por ciento de las veces, yo escribo en éste espacio lo que ocurre con nosotros porque plasmarlo en una hoja me ayuda a entender que realmente ésto me está pasando. Y vaya si es verdad...
Otras veces me pregunto si uno sólo puede hacer estas jugadas por tener buen sexo. O por estar cómodo. O por no querer asumir demasiados compromisos. O por no querer compartir tanto con el otro. Y pienso que sí, que Galeno puede estar haciéndolo por todos esos motivos, pero me enfrento a otra pregunta que ya le hice muchas veces: ¿por qué no te buscaste una persona que estuviera más cerca, aún mismo, para que lo que buscás sea más fácil de llevar? Y él nunca me lo supo responder. Nosotros nos conocimos a la distancia pero, lo más llamativo, es que sin darnos cuenta, nos mantuvimos a través del tiempo, pese a la distancia y ésa es la sorpresa para mí.
Sospecho, no obstante, que el día donde pueda responder a ésta última con algo más que un "no sé" será también el momento donde hayamos dada por finalizada ésta historia. Si a mi me harían el mismo planteo, de hecho, yo tampoco sabría qué responder.
Aunque, eso sí, yo admitiría que detrás de cada cosa que pasa, con Galeno, en todo, encuentro aprendizaje. ¿Y entonces qué es lo que quiero de ésta experiencia? Éso. Que siga siendo una escuela, una misión, una prueba. Que me siga aportando, enseñando y haciendo descubrir facetas extrañas de mi misma en relación a alguien más. Que me siga enseñando a vivir con paciencia y solucionar los problemas hablando, no dejándose de hablar.
Sí, sin dudas, para reflexionar a cerca de todo ésto, necesitaba tiempo. Y el tiempo, aunque parezca en éstos tiempos una maldición, es en realidad una joya preciosa.
* día catorce de encierro.

