Mientras ordenábamos, me di cuenta
que Javier tenía las cápsulas de la cafetera Dolce Gusto, de Nescafé en
un frasquito de vidrio. Secretamente, recordé la primera vez
que probé ese café en su casa hace diez años. Me gustó tanto que -
supe, en ese entonces – también iba a tener la máquina algún día. Pasaron
ocho años y me compré la cafetera, de casualidad la misma, pero en otro color.
No ya por esos recuerdos sino porque, realmente, quise cumplirle ese deseo a la
chica que veía las cafeteras en todos lados, en la época de apogeo, y no se la
podía comprar pero anhelaba tener una roja. Sí, yo quería que fuera roja y
ahora cuando la veo todas las mañanas pienso en su color y en el deseo que
tenía por ella.
- ¿Querés tomar un café? Te lo hago.
-
No. ¿Está buena está variedad?
-
Están buenos los de esa maquinita, sí. Si te gustan, podés tomar.
-
Si, sí. La tengo en mi casa, pero está variedad no la conozco. No quiero
comprar si no sé cómo son.
-
Te hago uno, la probas.
-
No, es que - mirá - tiene mucha intensidad ¿ves acá? - le mostré la cápsula -
Eso indica el nivel de café.
Me miró con
curiosidad.
- No sabía –
musitó.
- Te digo
para que, cuando compres, después te gusten
- ¿En serio no querés uno?
- No. En serio. Tomo café con leche siempre, el café solo me cae
muy pesado.
-. Te puedo
hacer un café con leche de esos que tengo cápsulas allá. Tengo Coca Cola,
vino, mate – enumeró.
¿Qué vas a
tomar, vos?
-
Mate.
- Dale,
tomamos eso. Más fácil – acordé.
Javier puso
la pava, empezó a lavar algunas cosas y yo mientras tanto me puse a mirar su jardín
y a charlar de política. Como me pongo un poco ansiosa cuando lo tengo cerca, siempre
prefiero moverme ligeramente por la cocina sin observar nada en
particular. Voy charlando con él mientras cada uno hace algo distinto casi
como si hablara con mi propia conciencia. En medio del vagabundeo, también me
saqué el blazer del trabajo, la identificación y quedé sólo con una camisa
verde claro a juego con el pantalón chupín negro y los mocasines negros
acordonados. Me acerqué a su cuerpo
mientras lavaba los platos y lo miré en su argumentación política.
Para Javier se avecinan tiempos oscuros a nivel país y para mí hay
que ver y esperar porque una destitución de cualquier gobierno en democracia no
sería cualquier cosa.
- No llega a
marzo este tipo - comentó.
- No sé, yo
no veo lo mismo.
- ¿Para vos se queda? – me preguntó.
- Sí, por ahora al menos, sí. Y te diría que hasta cumple con su
mandato y todo… El aparato democrático en nuestro país todavía lo acompaña.
Además de las grandes corporaciones.
- ¿En serio vos decís que se queda? Yo lo quiero afuera ya. Estoy
por primera vez en mi vida re antidemocrático. Quiero ver caer a este
gobierno.
- Siempre y
cuando los poderes económicos lo acompañen, para mí continúa. Lo mismo que los
medios de comunicación, necesita de ellos para ser respaldado. Pensá que
atenúan su imagen o la gravedad de sus actitudes según el rol que ocupa y hay
mucha gente que está de acuerdo con él por puro descontento con el peronismo. Hay
mucho poder en eso, hoy en día – argumenté - ¿Si yo apoyo este gobierno? No, la verdad es
que no puedo, ni estoy de acuerdo, pero no creo que lo destituyan. ¿Si es mi
deseo que no esté más? Sí.
-
Antiperonista - dijo y se rió.
- No, no soy
antiperonista – le dije, suavemente - pero me cuesta pensar fuera de la
democracia. Soy joven y todos los gobiernos que yo viví a conciencia fueron
gobiernos que cumplieron su mandato.
Mientras
hablaba, acaricié al perro de Javier que me buscaba para que le dé bola. Y
también llamé al gatito, que andaba ahí dando vueltas.
- Hay mucho
descontento social en una parte de la población – argumentó – y eso va a crecer
porque sale mucha plata pagar las cosas básicas. Eso se está empezando a ver
más y se viene otra devaluación. Cada vez cuesta más para la mayoría y la gente
se va a cansar. Para mí se va a armar, el tipo éste se va.
- Si, sé que cuesta. Y es muy probable que devalúe porque
internamente en mi trabajo existe el mismo rumor. En general los economistas de
allá prevén períodos de alta inflación y poco movimiento en los salarios. Vamos
a ver.
- Es que está complicado el laburo también. A la gente no le suben
el sueldo… - analizó.
- Sí, lo veo. Mi amigo de la facu me decía que tampoco quieren
pagar los empleadores las nuevas sumas. Yo la verdad es que no lo sé, porque
noto que se manejan de una forma diferente… pero bueno, es según la estructura.
Entiendo que, más allá de todo, si no ajustan el salario, cagamos.
- ¿A vos te aumentaron? Qué bueno.
- A mí me
ajustan por fuera del convenio, un porcentaje sujeto a las variables económicas
– le comenté - Pero los economistas de ahí adentro se la quieren comer a mí
jefa porque no ejecuta un aumento superior al 50% y mucha facturación está
dolarizada. Están en esa pelea.
- Igual es positivo que te aumenten algo más. Por lo que conozco,
no a tanta gente le pasa eso. Y en estas épocas es mejor quedarse con el
trabajo que uno tiene porque todo el mundo está complicado.
- No, pero
ni hablar. Vos sabés cómo soy soy, siempre agradecida... Pero sí observo mucho
todo con cierta expectativa, con cuidado, porque al ser joven y no haber vivido
conscientemente el pasado, es la primera vez que veo esto en vivo. Me da
miedo.
- ¿Miedo? No
tengas miedo... – me dijo Javi.
- Me da
miedo como a la gente se le acaban las posibilidades – le confesé sin mirarlo.
- Bueno,
pero por eso, se tiene que ir. Ya se nota el ánimo en la gente. Cuando
todo es demasiada plata, vas a ver, el quilombo se arma.
- Yo hice
una apuesta con mi papá. Para él, también se va a armar lío y se va a ir.
Para mí, por esto que te digo, si hay sostén de los poderes simbólicos, hay
gobierno – le comenté – Aposté un montón de comida, un Rutini y helado.
- Anda
juntando plata porque la vas a perder – musitó.
Nos reímos y
así, finalmente, nos sentamos a la mesa.
2.
Javier puso
música y así cambiamos de tema, planteando otra atmósfera. Mientras tomaba mate me dijo que, finalmente,
el día dónde me llamó, fue porque se acordó del encuentro que tuvimos y porque
es una realidad que siempre le gustaría repetirlo. Lo miré acariciar a su
gatito que me miraba desde arriba de la mesa y sonreí sin mostrarle los
dientes. Por un lado no me molesta que me diga eso porque yo también
siento deseo por él, algo básico y primitivo, completamente descabezado de la
razón y el marco teórico que construye una vida. Un deseo caótico que me embelesa
y desespera a la misma vez. Pero por otro, por otros, por todo el mundo
circundante y tan real, siento miedo cuando tan abiertamente expresa lo que le
pasa. Miedo de que no se acabe nunca. De siempre seguir escuchándolo.
- ¿No te parece que pasó mucho tiempo de ese día? – pregunté,
con total humildad.
Es que para mí, siendo franca, el encuentro con Javier no fue el
encuentro donde estuve mejor. Fue un encuentro y no una performance y desde ese
mismo lugar me cuesta pensar que a él le haya gustado tanto si, para mí, en
cambio, tuve diez mil fallas. Pero eso
es algo que jamás le diría, así que lo escucho:
- Nah. Pasaron un par de meses.
- ¿Un par de meses?
- Sí, si nos acostamos el año pasado nosotros – argumentó.
Lo miré. Se
me escapó una carcajada.
- ¿Quéeeee? –
le pregunté, exaltada.
- Pero si,
fue hace unos meses... ¿O no?
Me miró,
pensando. No me estaba cargando porque en su rostro noté la confusión. La
incapacidad de entender cómo es que el tiempo real le marcaba la diferencia del
tiempo mental.
- No, Javi,
fue hace más de un año – contesté.
- Fue en 2023.
Estoy seguro. Hace poco fue – me contradijo.
- Fue en
2022 – dije.
-
¿Segura?
Lo repensé
aunque lo supiera exactamente.
- Si.
Definitivamente. En 2022.
Javier me
miró y se puso lívido. Tomo un mate en silencio y me pasó otro, cuando
pregunto:
- ¿En serio
paso tanto tiempo?
- Si - dije,
muy despacio -. Por eso yo te pregunté el otro día si no te parecía que habían
pasado como veinticinco años.
- No, la
verdad, para mí es algo que no paso la semana pasada, pero sí pensé que pasó
hace unos meses, no sé, ocho meses como mucho… - me explicó - Vivo estresado yo, mal, y esto es algo en lo
que a veces pienso, dentro de los planteos que me hago, y nada... Eso. Para mí,
pasaron solo un par de meses aunque vos me digas que pasó un año y medio.
- Claro,
pero... ¿Vos te acordás esto como algo muy reciente, eso me querés decir? ¿Con
detalles? Porque ahí me cierran algunas cosas, entonces.
- Si. Me
acuerdo.
Me quedé en
silencio. Me miró.
- Porque yo
me acuerdo momentitos. O sea, siempre me pasa que hay momentos donde disfruto y
no guardo tantos recuerdos porque mi mente se va y queda solo el cuerpo.
Me miró, serio.
- No es porque seas vos. Me acuerdo momentitos de la noche que
pasamos juntos, o me acuerdo lo que sentí – le expliqué – pero si admito que lo
tengo como algo que ocurrió en un momento
y considero a este presente como otro
momento. No es todo un mismo momento eterno, no sé si me entendés. Un
segmento y otro segmento.
Me miró de nuevo, escuchándome.
- Sí, pero
esto viene de todo lo de antes. Si nosotros no hubiésemos tenido sexo no
podríamos hablar de esta forma. A mí nada de lo que me digas ahora puede enojarme,
por ejemplo. No hay mala onda, no hay incomodidad, si se dá estar estamos, y si
no, no estamos pero podemos hablar. Yo siento que puedo hablar con vos y te
puedo contar si tengo ganas, saber cómo estás. Y te puedo preguntar si querés
venir y darte mates.
Asentí. Muy
seriamente, escuché y tomé mate.
- Bien -
dije.
- Siempre y
cuando a vos no te moleste, claro. Me podes mandar a la mierda y yo no me voy a
enojar. Me decís que querés acostarte conmigo en algún momento y yo estoy. Y si
no me decís, todo bien. Yo te pregunto y vos me podés decir que no, o no te
puedo preguntar nada. No sé. Es depende.
- ¿De qué?
- De si pienso demasiado en lo que tengo que hacer o si no pienso
y hago – dijo.
- ¿Te gusta eso de que esté la posibilidad, no? - quise
saber.
- ¿La
posibilidad? Siempre está la posibilidad.
Se rió y sacudió la cabeza, en silencio.
- Ah, mira
vos... Ésos detalles son fundamentales – le dije - Yo lo pensé diferente.
- ¿En qué
sentido?
- Para mí,
por una cuestión de orden, hay posibilidades que deben estar cerradas. No sé
cómo se podría llevar adelante que se repita, varias o pocas veces, de esa vez.
Digo, para tener en claro las cosas y marcar límites que perduren porque no hay
posibilidad de descogerse alguien – argumenté, con un poco de sentido del humor
- Y poder, en caso de que se quiera,
tener esos límites como referencia para cerrar los temas.
- Pero si
tenemos límites, nosotros... O sea, es delicado pero los tenemos.
Lo miré. Me
reí.
- Si, hoy en
día. Y harían falta más, todavía. Estamos en proceso.
Me mostró un
disco y lo puso. Asentí. Me puse a mirar su colección de vinilos.
- ¿Más? Para
mí, esta conversación sería imposible sin límites. Así que hay. ¿Sabés que
ya estaríamos cogiendo, no?
- Sí. Lo sé. En el fondo, lo sé. Estás colaborando, cumpliendo con
tu palabra y yo con la mía.
- Bueno. ¿Ves? Hay límites – dijo y sonrió – Igual si querés, nos
acostamos y después ponemos los límites de nuevo. No hay problema.
Me hizo reír su desfachatez.
- A vos te
gusta coquetear con las ideas, las posibilidades. Jugar con el sí y el no, así
todo canchero… pero yo no me doy ese lujo. Una vez que logro el límite, lo dejo
ahí por las dudas.
- ¿Por
qué? Los límites se pueden sacar y volver a poner.
Finalmente, se lo dije:
- Porque para mí las cosas que se
desean se persiguen hasta que las podés concretar. Es mi regla de vida. Me
cuesta mucho, en mil sentidos, disfrazar o posponer los deseos. Me pongo
inquieta, doy vueltas, me frustro. Porque quiero lo que quiero, más allá de
entender todo – lo miré.
Javier estaba parado al lado de su tocadiscos con un vinilo en la
mano y se había quedado tieso.
-
Si hay una posibilidad que involucra fuerzas intensas, tarde o
temprano voy a querer que sea una realidad. Yo pongo el ojo en algo que deseo y
quiero poner siempre las balas. Eso está
bien para objetivos positivos porque me motiva. Pero con vos en particular, no es un lujo que
pueda darme. No me puedo poner en esa postura porque se va todo a la
mierda.
Javier me miró. Mientras miraba su colección de discos de vinilo,
le dije:
- Por eso, a
veces, cuando es así, prefiero que no sea ni siquiera una posibilidad.
Javier me
miró.
- Algún día
puede volver a pasar. Si vos querés, ya te dije hace un minuto que puede volver
a pasar - me sonrió - yo no tengo ningún problema.
Me
reí.
- Nah. Hoy
no me acostaría con vos, la verdad.
-
¿Hoy?
- Hoy en
día, me refiero.
Me miró, me
rebajo intensamente y eligió otro disco. Lo cambió.
- Capaz
mañana sí - dijo - eso es una posibilidad.
Volví a la
mesa. Javier volvió detrás de mí. Me tensó saberlo tan cerca, mirándome desde
atrás, como si fuera inminente que me comiera.
- ¿Así que
paso todo ese tiempo desde que nos acostamos? No me acuerdo el año, la fecha,
nada. Sí me acuerdo todo el momento perfectamente – aclaró.
Evalué lo que acababa de escuchar.
- ¿Y ese
recuerdo no te alcanza? – musité, sin ánimo de ofensa - Digo, ¿no dijiste
"bueno, muy bueno todo, pero ya está"?
- Seh, que
se yo... No sé. Yo me quiero acostar con vos. Esa es otra posibilidad. Lo
que me parece es que si lo hacemos de vez en cuando, no hay diferencia cuántas
veces pasa o no pasa. ¿Dos, tres, qué cambia? ¿En qué te cambia?
Lo miré y me costó entender lo que escuchaba.
- ¿En qué te cambia? ¿A vos te parece que no cambia el hecho la
frecuencia con la que lo repetís?
- Puede ser que no. No sabemos. ¿Cambió algo hacerlo una sola
vez? - me preguntó.
- Esto no
pasó más, puede que no pase nunca más nada sexual entre nosotros y que tengamos
una buena relación. Pero para mí, si lo hubiésemos seguido sosteniendo quizá sí
hubiera sido muy complicado.
- ¿Por qué? – me preguntó – Capaz que no.
- No sé – dudé – lo digo porque cuando a mi me gusta algo… me
gusta de verdad. Y si nos hubiésemos
seguido acostando yo creo que se hubiera convertido en algo más complicado
porque empezás a querer acostarte cada vez más, te relajás, la pasás mejor,
disfrutás de cómo es el otro, te enganchás descubriendo… -enumeré – No sé, yo en lo personal, soy así.
Capaz que vos no sos así, y está bien. No sé, quizá para vos hacerlo una vez y
marcarte el límite o hacerlo cuatro es lo mismo.
Lo miré y me quedé tiesa. Le acababa de decir una verdad muy
íntima. Algo del orden del deseo que me conforma y que casi nadie conoce, a
excepción de las personas con las cuales he compartido el escenario.
- Yo rompí
el pacto conmigo mismo. Hasta que pude sostener ese pacto me contuve pero de
ahí en más. Lo que no quisiera es que sea algo cotidiano porque si tiene cotidia...
Cotidiani... - Javier se trabó muchísimo para hablar.
Se había puesto nervioso.
- Si es
frecuente... - lo ayudé, con calma.
- Si es
frecuente, sería más complicado. O capaz que no. No sé. Corremos el riesgo de
que alguien se entere.
- Igualmente, yo no lo pienso como algo cotidiano. Lo pienso como
algo que se repite en el tiempo, sostenidamente, y lo bastante seguido. Lo
cotidiano es otra cosa. Y el repetir, involucra nuevos acuerdos.
- ¿Qué nuevos acuerdos?
- ¿Cuándo la cortás si repetís? Se abre esa puerta, ok, pero ¿cuándo
la cerrás? Si vos y yo nos embarcamos, para mí, no la cortamos más.
- No sé… Capaz que sí. Capaz que no nos vemos más. No te llamo, no
me llamás, no pasa.
- Sería bueno, la verdad… - musité.
- O capaz que sí – dijo, con un regusto de sorna - ¿Qué tema, no?
Capaz que te quiero re llamar después. Qué cagada.
- Por eso yo no me relajaría tanto. Tené en cuenta que yo no hago nada
para buscarte. No te llamo, no te escribo, no te mando audios, no vengo acá un
viernes a la noche a hacer cualquiera, no te mando fotos sugerentes cuando
estás trabajando para que te quedes atornillado a la silla, no te la pico como
te la podría picar – argumenté, ácida.
- ¿Vos mandás fotos? – me preguntó, sorprendido.
- ¿Ves que no estoy haciendo nada con vos? – le contesté.
- No puede ser – dijo.
Suspiré.
-
Javi, hay cosas del otro que no conocemos todavía. No sé si sea lo
mejor que las conozcamos. Creo que si
tomamos alguna buena decisión esa fue que después de habernos acostado no
hablamos unos largos meses.
- ¿Por qué?
- Porque ahí
se enfrió la situación. Quizá después eso sí se volvía una mala costumbre. En
cambio, habiendo pasado tanto tiempo, habiéndose enfriado todo, habiendo puesto
tiempo en el medio, se acomodó todo.
- Siempre
está la posibilidad. No es algo rutinario, no es algo que uno piense, pero… sí,
qué se yo, sí. Puede pasar cualquier cosa, la verdad – dijo, agarrándose la
cara.
- Además de la posibilidad ¿qué te atrae después de tanto tiempo?
¿La novedad? Digo, entiendo que quizá vos tenés una rutina x y yo vengo a
plantear una foma y. ¿Eso influye?
- Me quedó
con la duda, si no. Eso me pasa. Bah, no, estoy siendo falluto con vos...
-suspiro- Yo no tengo dudas, tengo ganas de estar con vos. No me interesa
la rutina, la novedad, eso es lo que me pasa. Y siempre, dentro de todos los
planteos que me hago por la situación, pienso en coger en vos.
Me
sonreí.
- ¿Te das
cuenta de lo que me decís, no? - le pregunté.
- Es que yo
pienso y digo: "un día me van a decir vos no sabes lo que era y yo voy a
decir no se, no se, no quiso " - espetó - Un día se cae un avión acá en el
patio, me muero y no hicimos nada ¿entendés? Las cosas no se pueden posponer
todo el tiempo.
Se
rió.
- Javi,
nadie te va a tocar el timbre para decirte algo diferente de lo que vivimos.
Vos ya estuviste conmigo, me conocés, no hay nada nuevo aunque lo hiciéramos
ahora ¿entendés? - dije - Solo habría culpa. Te pondrías re serio como te
pusiste la otra vez, te costaría. ¿Para qué?
- Pero eso
siempre me pasa, toda la vida me pasó de sentirme un boludo si hago algo malo.
Y yo te juro que no estoy con otras minas, eh, no es que si vos no me respondes
llamo a otra. No es así para nada, yo ya estoy grande para esas cosas, no me
interesa. Tampoco creo que vayamos a descubrir la pólvora si cogemos, pero si
me dan ganas de acostarme con vos, y se me re complica. Me dan ganas, después
hago quilombo porque me tomo, me prendo un porro, te quiero llamar, quiero que
vengas, que estés acá conmigo. Después me quiero matar.
Suspiré.
- Pero, a
ver: vos tenés una persona con quién
seguramente podes tener sexo y compartir y tomarse un vino, tranquis. Digo,
sin lío. Seguramente si le mandas un mensaje a ella, te lo responde lo más
bien, viene y pasan un lindo ratito. Y de última, no sé, te lo manda ella. ¿No?
- Si. Pero
no es lo mismo.
- ¿Por qué? Es sexo igual. O sea, a los fines, es lo mismo.
No me hagas que me ponga a
explicarte... - me miró.
- Y pero,
escúchame, es como si nosotros dos, nosotros dos te digo, lo repetimos. ¿Qué
más va a pasar? Vos encontrarías lo mismo en mí, el mismo cuerpo, las mismas
lolas, la misma cara, todo. Soy la misma
persona. Y yo, si vos te pusieras en bolas, también encontraría lo mismo.
Sabemos lo que va a pasar. No entiendo para qué repetir. Realmente te lo digo,
no te estoy provocando ni nada. Quiero entender.
- Porque
capaz no sería lo mismo. El tema es cuando yo pienso. Si yo pienso, no hago
nada, no pasa nada. Pero ahora si me olvido de todo… ¿Qué querés que te
diga?
- En su
momento, cuando no hablamos, después de que nos acostamos, tuve un momento de
inflexión – le confesé.
Javier, que
se había levantado a lavar los platos mientras charlábamos porque no podía
controlar su ansiedad corporal, me miró. Estaba serio.
- Toda la
vida fui esa clase de mujer a la que se le tiraron veinte tipos con pareja y disfruté
mucho mandándolos a cagar. Era como una actitud que yo tenía donde me
sentía íntegra por no hacerle mal a nadie.
Javier se
rió.
- Ya
entiendo.
- Y con vos,
al principio, cuando me planteaste esto, quise poner todos esos mismos valores
en juego. La lealtad, la integridad, para mí es un gran tema. Pero con vos yo
no pude, entonces eso me tocó. Me replanteé cosas, obviamente. Con el tiempo,
separé ese momento donde nosotros cogimos de lo que podía hacer si me tocaba de
nuevo tener la posibilidad. Por eso te digo que no, ahora.
Javier
termino de lavar la fuentecita y se sentó.
- Yo siempre
supe en el fondo. Y traté de hacerme la boluda, por eso ni abro el paraguas
ahora.
Se
rió.
- ¿Qué
sabías?
- Que ibas a
caer. Te juro que no quise que eso pase, por eso jamás te vine a buscar de
manera manifiesta. Pero sabía, se te notaba, hacías un lío con la cara que, por
Dios.
Javier se rió.
- Pero yo
tuve años de una actitud impecable. No me acerqué, no te dije nada, no te
escribí, nada.
- Si, los
dos manteníamos una postura excelente. A mi me daba un poco de cosa que con el
cuerpo hacías una cosa y por los ojos te salían rayitos. Me daba cuenta y me
quería matar.
Sacudí la
cabeza, con tristeza. Javier me miró y sonrió con picardía.
- Y pensar
que ahora no querés. Ahora que podes, no querés. Antes que yo tenía una
conducta, vos... Y ahora.
- Fijate que
entre los dos, no nos dirigimos la palabra durante un montón de tiempo.
Resultados, tuvo. Vos eras muy obvio, sí, pero junto con la parte de cara de
culo que poníamos, resultó. Eso es lo que hay que hacer.
Nos
reímos.
- Todos me
dicen lo mismo. Que como puede ser que sea tan obvio. Pero es parte de lo que
soy, a mí se nota noto. No soy un hijo de puta. Soy muy transparente. Me pongo
nervioso y se me nota todo. Y si no, también. Un boludo.
- Entendido –
musité. Nos quedamos mirándonos en un largo instante.
- Bueno, voy a irme a casa.
No te molesto más.
- ¿Nunca más te vas a acostar conmigo? ¿Ni una vez? Qué mala
suerte, qué me parió, pendeja guacha – musitó, cariñosamente.
- Basta, boludo – suspiré y sonreímos. Se rasco la cabeza, inquieto. Se me quedó
mirando fijamente.
Me levanté. Se levantó y me trajo una bolsa con los regalos.
- Gracias. Te la jugaste, le pusiste bolsa y todo - le dije.
- Te voy a poner una bolsa mejor. Es para vos. Un vino y un champagne. Igual te
llevo a tu casa así no te vas tan cargada. Tenés un montón de cosas.
Sonreí, sin muchas ganas.
- Gracias.
Pero así está todo bien.
- Dale, te
alcanzo. Te va a pesar.
- Soy
autosuficiente. Puedo, de verdad.
Javier me
sonrió y fue a apagar las luces. Yo me quedé mirando sus regalos. Me distraje
leyendo la etiqueta y cuando me di cuenta, estaba cerca. Muy. Mirando toda la escena usando mi
hombro como balcón.
- ¿Podes
prender un cachito la luz de allá?
Dije esa
frase y la boca se me secó. Qué nerviosa me puse, Dios mio. Sentirlo tan cerca
a solas es una de las peores cosas que existen en mí vida actual. La realidad
se afina y el deseo que me despierta tiene como único pensamiento un "que
me toque, que me acaricie, que se acerque".
Son esos momentos donde me
siento más fuerte que nunca, porque en el fondo mí lucha interior de querer
destruirme y querer salvarme reluce en todo su esplendor. Una parte de mí,
se daría vuelta. La otra, que se expuso para destruirse y dejar de perder el tiempo,
entiende que cumplió su cometido.
El discurso de Javier es entre desastroso y necesario para quién
es ahora. A veces, es como si necesitara dosis del discurso de Javier para no
caer en etapas de compasión muy profundas consigo, donde el idealismo parece
ganarme, donde apelo a que lo conozco hace mil años, a que lo conocí en otro
plan, etc. Después del estado en el que
lo había escuchado el otro día me había despertado cosas que, al escucharlo y
al verlo personalmente, se ahorcaron.
Mientras yo pensaba que hasta ahí estaba ok, Javier se acercó, y
olió mí pelo. Lo sentí súper cerca. Me quedé muy quieta. Pensé solo en que
tenía que controlar las manos, no darme vuelta bajo ningún concepto, y dejar
que mi espalda me cubriera. No importaba que él estuviera ahí, casi
pegadito.
- ¿Te podes
alejar un poco? - musité.
- ¿Por qué?
- me preguntó.
- Porque me
estás oliendo el pelo. Me ponés nerviosa.
Me abrazo
por detrás.
- Así ya no
te vas a poner más nerviosa - me burló.
- No, no. Por favor, no me toques que si no voy a hacer cualquiera.
- Déjame que te dé un abrazo. ¿En serio no te importa estar conmigo?
Me corrí. Obviamente, Javier no dejo de abrazarme. Sin lastimarme, obvio, sin hacerme fuerza o brutalidades. Preferí no darme vuelta porque sabía que iba a ser crítico.
- No me hagas esas preguntas. ¿Me dejas?
- No.
- Por favor, Javi.
- No me pidas por favor. No te quiero soltar.
- ¿Me dejas ponerme el blazer? ¿Me dejas moverme?
Se rió. Me
soltó después de pedírselo muy encarecidamente.
Agarré el
blazer de la silla y me quedé mirando la ropa unos segundos para entender cómo
se usaba. Javier me miró. Lo miré.
-¿Qué? -
quiso saber.
- Nada. Me olvidé como usar esto - dije - Vamos.
Me puse el
blazer, no ya la identificación, junté mis cosas y me fui hasta la
puerta.
- Te llevo,
espera que entro al perro y vamos.
- No, en
serio, prefiero que no.
Salimos a la
puerta hablando de esto. Y en la puerta, justamente, estaba un vecino de Javier. Conocido para
él.
- Es un
vecino - murmuró, para tranquilizarme porque me quedé en silencio y enfile
directamente hacia la salida - ¿Vamos? Te dejo donde vos quieras.
Me cedió el
paso. Abrí la puerta de rejas. El señor me miró con una nueva sorprenda en el
rostro. Javier lo saludo. El señor me miraba a mí como el
testimonio de alguien que no entendía muy bien quién era.
Me alegró no
haberlo visto en mi puta vida. Me alegro no haber salido con la bolsa de los regalos en la mano. ¿Cómo le explicas que soy un fantasma? ¿Una persona que flota?
Javier me miró, intensamente, esperando poder sacarse de encima al viejo para llevarme.
- Te llevo ¿segura no querés?
- Segura. Chau, Javi. Gracias