jueves, 29 de febrero de 2024

Salir de la dinámica (cuota 1 de 3):

Le contesté a Galeno su mensaje  después de casi el mismo tiempo que él se tomó para responder al mío, es decir, dos días.

Le dije que había decidido correrme un poco de su estado porque yo no tenía más que hacer o que decirle. Le dije que había intentado acompañarlo con mensajes, con palabras de aliento, con memes… pero que entendía que eso no había acompañado en nada. También le dije que me había hecho sentir mal con su manera de despreciarlo todo, de hacerme poner en tela de juicio rasgos básicos como el interés que puedo tener yo con alguien. ¿Qué hice mal si le mandé mensajes para ver cómo estaba, siempre desde el respeto que nos caracterizó frente a los espacios del otro? ¿Qué es hacer algo mal, en este caso, si tal como le dije deseé hacerlo sentir acompañado, contenido y menos solo en una situación que lo conectaba con su vulnerabilidad?  Realmente, lo hice de todo corazón. No hubo un interés supremo, o una jugada sucia. Me pareció que cuando vos querés a alguien, y cuando tenés un vínculo afectivo con ese alguien, tenés que estar.

Y yo estuve, pero Galeno no aceptó eso. No aceptó ni la manera, ni que esté, y fue dejándome desde mi regreso de Córdoba distintas migajas. Y yo junté esas migajas y cuando quiso venir con una muestra de solemnidad, se las metí a todas en la boca para que se las trague junto al conjunto de excusas.  Y ahí fue que le dije que yo me iba a correr de éste lugar, que deseaba se recupere, y que no compartía su manera de reaccionar.

A ese mensaje que le mandé, Galeno solo respondió que estaba visitando a su hermano cuando le escribía, es decir, que por eso no me leyó en el momento.  Yo lo vi tarde pero le contesté y le dije que no pasaba nada, que había dejado ese mensaje para que lo leyera cuando lo prefiera.  Y él jamás contestó. Migas. Migas hasta lo último. Siempre queriendo imponerse en esa posición de consternado y de espacioso cuando no le choca pensar qué le pasa al otro con eso.

Hoy en día, todavía me cuesta hacerme un poco a la idea pero sí tengo presente una sola cosa en el camino: “me hice un favor saliendo de ese lugar y eso me va a dar más fuerzas para seguir saliendo de lugares y de situaciones donde la paso mal”.

Todo pasó muy rápido pero al no ser la primera vez que lleva adelante estas actitudes de mierda con distintas excusas, no me parece difícil de creer. Tengo los gastos cargados en la tarjeta de crédito de unas vacaciones que compartí con un tipo que, ahora mismo, ni se preocupa por cómo me hace sentir. Pero también, muy muy muy en el fondo, siento por primera vez en todas las etapas que hemos pasado desde que lo conocí, que merezco tener al lado mío a una persona más empática y más justa. Que me valore más y que esté conmigo tanto como yo acompaño cuando estoy.  

¿Si quiero tener sexo con alguien? Se verá qué condiciones se ponen de ahora en adelante. Pero eso sí,  para tener una relación con alguien, no quiero vivir en un ciclo de cachetazos de falta de cortesía, indiferencia, y un menosprecio interno de no darle lugar al otro. Merezco ocupar espacio tal y como los otros llegan a mi vida para ocuparlo. Y Galeno, siempre tuvo espacio en mi vida y en mi corazón. En mi agenda, en las cuentas para verlo, en los malabares. Sé que quizá no lo entienda nunca, pero eso no importa, porque me importa más en este momento todo lo que hice desde el corazón y lo que di y lo que intenté.

 Después de un largo camino recorrido consigo, entiendo que no se merece ni una sola lágrima. Ni siquiera las que tengo ganas de expulsar desde el domingo, que son inevitables, porque tienen que ver con un proceso natural que he dado por iniciado.  No merece nada, ni siquiera, una respuesta, una charla, que le conteste un mensaje en el futuro si lo manda.  No le perdono que me haya atropellado con esa frialdad interminable de hacerme dos veces la misma jugada, pensando que soy tonta y no me doy cuenta, como si hubiese usado a una persona con sentimientos descartables.   No merece que vuelva a llorarlo, que vuelva a enojarme, que lo duele, en el sentido más literal del término. Merecía que lo deje, y lo dejé. Y aunque me angustia haber tomado esta decisión, no me arrepiento. Creo que era algo obvio, inevitable y necesario, si alguien te ignora así.

Quién diría que iba a terminar charlando más con Javier, estos días, que con el mismísimo Galeno ¿no?  Al menos uno, en este momento, está diciendo la verdad sobre lo que quiere. Aunque eso que quiere sea reprobable. Y hay otro que desapareció, igual que la rata que apareció en el vivo de las noticias de hoy, y por la cual todos empezaron a los gritos. 


miércoles, 28 de febrero de 2024

El conflicto de lo cotidiano

Mientras ordenábamos, me di cuenta que Javier tenía las cápsulas de la cafetera Dolce Gusto, de Nescafé en un frasquito de vidrio.  Secretamente, recordé la primera vez que probé ese café en su casa hace diez años. Me gustó tanto que - supe, en ese entonces – también iba a tener la máquina algún día.  Pasaron ocho años y me compré la cafetera, de casualidad la misma, pero en otro color. No ya por esos recuerdos sino porque, realmente, quise cumplirle ese deseo a la chica que veía las cafeteras en todos lados, en la época de apogeo, y no se la podía comprar pero anhelaba tener una roja. Sí, yo quería que fuera roja y ahora cuando la veo todas las mañanas pienso en su color y en el deseo que tenía por ella.

- ¿Querés tomar un café? Te lo hago.

- No. ¿Está buena está variedad? 

- Están buenos los de esa maquinita, sí. Si te gustan, podés tomar.

- Si, sí. La tengo en mi casa, pero está variedad no la conozco. No quiero comprar si no sé cómo son.

- Te hago uno, la probas. 

- No, es que - mirá - tiene mucha intensidad ¿ves acá? - le mostré la cápsula - Eso indica el nivel de café. 

Me miró con curiosidad. 

- No sabía – musitó.

- Te digo para que, cuando compres, después te gusten 

- ¿En serio no querés uno?

- No. En serio. Tomo café con leche siempre, el café solo me cae muy pesado.

-. Te puedo hacer un café con leche de esos que tengo cápsulas allá. Tengo Coca Cola, vino, mate – enumeró.

¿Qué vas a tomar, vos?

- Mate. 

- Dale, tomamos eso. Más fácil – acordé.

Javier puso la pava, empezó a lavar algunas cosas y yo mientras tanto me puse a mirar su jardín y a charlar de política. Como me pongo un poco ansiosa cuando lo tengo cerca, siempre prefiero moverme ligeramente por la cocina sin observar nada en particular. Voy charlando con él mientras cada uno hace algo distinto casi como si hablara con mi propia conciencia. En medio del vagabundeo, también me saqué el blazer del trabajo, la identificación y quedé sólo con una camisa verde claro a juego con el pantalón chupín negro y los mocasines negros acordonados.  Me acerqué a su cuerpo mientras lavaba los platos y lo miré en su argumentación política. 

Para Javier se avecinan tiempos oscuros a nivel país y para mí hay que ver y esperar porque una destitución de cualquier gobierno en democracia no sería cualquier cosa. 

- No llega a marzo este tipo - comentó. 

- No sé, yo no veo lo mismo.

- ¿Para vos se queda? – me preguntó.

- Sí, por ahora al menos, sí. Y te diría que hasta cumple con su mandato y todo… El aparato democrático en nuestro país todavía lo acompaña. Además de las grandes corporaciones. 

- ¿En serio vos decís que se queda? Yo lo quiero afuera ya. Estoy por primera vez en mi vida re antidemocrático. Quiero ver caer a este gobierno. 

- Siempre y cuando los poderes económicos lo acompañen, para mí continúa. Lo mismo que los medios de comunicación, necesita de ellos para ser respaldado. Pensá que atenúan su imagen o la gravedad de sus actitudes según el rol que ocupa y hay mucha gente que está de acuerdo con él por puro descontento con el peronismo. Hay mucho poder en eso, hoy en día – argumenté -  ¿Si yo apoyo este gobierno? No, la verdad es que no puedo, ni estoy de acuerdo, pero no creo que lo destituyan. ¿Si es mi deseo que no esté más? Sí.

- Antiperonista - dijo y se rió. 

- No, no soy antiperonista – le dije, suavemente - pero me cuesta pensar fuera de la democracia. Soy joven y todos los gobiernos que yo viví a conciencia fueron gobiernos que cumplieron su mandato. 

Mientras hablaba, acaricié al perro de Javier que me buscaba para que le dé bola. Y también llamé al gatito, que andaba ahí dando vueltas.

- Hay mucho descontento social en una parte de la población – argumentó – y eso va a crecer porque sale mucha plata pagar las cosas básicas. Eso se está empezando a ver más y se viene otra devaluación. Cada vez cuesta más para la mayoría y la gente se va a cansar. Para mí se va a armar, el tipo éste se va. 

- Si, sé que cuesta. Y es muy probable que devalúe porque internamente en mi trabajo existe el mismo rumor. En general los economistas de allá prevén períodos de alta inflación y poco movimiento en los salarios.  Vamos a ver.

- Es que está complicado el laburo también. A la gente no le suben el sueldo… - analizó.

- Sí, lo veo. Mi amigo de la facu me decía que tampoco quieren pagar los empleadores las nuevas sumas. Yo la verdad es que no lo sé, porque noto que se manejan de una forma diferente… pero bueno, es según la estructura. Entiendo que, más allá de todo, si no ajustan el salario, cagamos.

- ¿A vos te aumentaron? Qué bueno. 

- A mí me ajustan por fuera del convenio, un porcentaje sujeto a las variables económicas – le comenté - Pero los economistas de ahí adentro se la quieren comer a mí jefa porque no ejecuta un aumento superior al 50% y mucha facturación está dolarizada. Están en esa pelea.

- Igual es positivo que te aumenten algo más. Por lo que conozco, no a tanta gente le pasa eso. Y en estas épocas es mejor quedarse con el trabajo que uno tiene porque todo el mundo está complicado. 

- No, pero ni hablar. Vos sabés cómo soy soy, siempre agradecida... Pero sí observo mucho todo con cierta expectativa, con cuidado, porque al ser joven y no haber vivido conscientemente el pasado, es la primera vez que veo esto en vivo. Me da miedo. 

- ¿Miedo? No tengas miedo... – me dijo Javi.

- Me da miedo como a la gente se le acaban las posibilidades – le confesé sin mirarlo.

- Bueno, pero por eso, se tiene que ir.  Ya se nota el ánimo en la gente. Cuando todo es demasiada plata, vas a ver, el quilombo se arma. 

- Yo hice una apuesta con mi papá. Para él, también se va a armar lío y se va a ir. Para mí, por esto que te digo, si hay sostén de los poderes simbólicos, hay gobierno – le comenté – Aposté un montón de comida, un Rutini y helado.

- Anda juntando plata porque la vas a perder – musitó.

Nos reímos y así, finalmente, nos sentamos a la mesa.

2. 

Javier puso música y así cambiamos de tema, planteando otra atmósfera.  Mientras tomaba mate me dijo que, finalmente, el día dónde me llamó, fue porque se acordó del encuentro que tuvimos y porque es una realidad que siempre le gustaría repetirlo. Lo miré acariciar a su gatito que me miraba desde arriba de la mesa y sonreí sin mostrarle los dientes. Por un lado no me molesta que me diga eso porque yo también siento deseo por él, algo básico y primitivo, completamente descabezado de la razón y el marco teórico que construye una vida. Un deseo caótico que me embelesa y desespera a la misma vez. Pero por otro, por otros, por todo el mundo circundante y tan real, siento miedo cuando tan abiertamente expresa lo que le pasa. Miedo de que no se acabe nunca. De siempre seguir escuchándolo.

- ¿No te parece que pasó mucho tiempo de ese día? – pregunté, con total humildad.

Es que para mí, siendo franca, el encuentro con Javier no fue el encuentro donde estuve mejor. Fue un encuentro y no una performance y desde ese mismo lugar me cuesta pensar que a él le haya gustado tanto si, para mí, en cambio, tuve diez mil fallas.  Pero eso es algo que jamás le diría, así que lo escucho:

- Nah. Pasaron un par de meses.

- ¿Un par de meses?

- Sí, si nos acostamos el año pasado nosotros – argumentó.

Lo miré. Se me escapó una carcajada. 

- ¿Quéeeee? – le pregunté, exaltada.

- Pero si, fue hace unos meses... ¿O no? 

Me miró, pensando. No me estaba cargando porque en su rostro noté la confusión. La incapacidad de entender cómo es que el tiempo real le marcaba la diferencia del tiempo mental.

- No, Javi, fue hace más de un año – contesté.  

- Fue en 2023. Estoy seguro. Hace poco fue – me contradijo.

- Fue en 2022 – dije.

- ¿Segura? 

Lo repensé aunque lo supiera exactamente. 

- Si. Definitivamente. En 2022.

Javier me miró y se puso lívido. Tomo un mate en silencio y me pasó otro, cuando pregunto: 

- ¿En serio paso tanto tiempo?

- Si - dije, muy despacio -. Por eso yo te pregunté el otro día si no te parecía que habían pasado como veinticinco años.

- No, la verdad, para mí es algo que no paso la semana pasada, pero sí pensé que pasó hace unos meses, no sé, ocho meses como mucho… - me explicó -  Vivo estresado yo, mal, y esto es algo en lo que a veces pienso, dentro de los planteos que me hago, y nada... Eso. Para mí, pasaron solo un par de meses aunque vos me digas que pasó un año y medio.

- Claro, pero... ¿Vos te acordás esto como algo muy reciente, eso me querés decir? ¿Con detalles? Porque ahí me cierran algunas cosas, entonces. 

- Si. Me acuerdo. 

Me quedé en silencio. Me miró. 

- Porque yo me acuerdo momentitos. O sea, siempre me pasa que hay momentos donde disfruto y no guardo tantos recuerdos porque mi mente se va y queda solo el cuerpo.

Me miró, serio.

- No es porque seas vos. Me acuerdo momentitos de la noche que pasamos juntos, o me acuerdo lo que sentí – le expliqué – pero si admito que lo tengo como algo que ocurrió en un momento y considero a este presente como otro momento. No es todo un mismo momento eterno, no sé si me entendés. Un segmento y otro segmento.

Me miró de nuevo, escuchándome.

- Sí, pero esto viene de todo lo de antes. Si nosotros no hubiésemos tenido sexo no podríamos hablar de esta forma. A mí nada de lo que me digas ahora puede enojarme, por ejemplo. No hay mala onda, no hay incomodidad, si se dá estar estamos, y si no, no estamos pero podemos hablar. Yo siento que puedo hablar con vos y te puedo contar si tengo ganas, saber cómo estás. Y te puedo preguntar si querés venir y darte mates. 

Asentí. Muy seriamente, escuché y tomé mate. 

- Bien - dije.

- Siempre y cuando a vos no te moleste, claro. Me podes mandar a la mierda y yo no me voy a enojar. Me decís que querés acostarte conmigo en algún momento y yo estoy. Y si no me decís, todo bien. Yo te pregunto y vos me podés decir que no, o no te puedo preguntar nada. No sé. Es depende.

- ¿De qué?

- De si pienso demasiado en lo que tengo que hacer o si no pienso y hago – dijo.

- ¿Te gusta eso de que esté la posibilidad, no? - quise saber. 

- ¿La posibilidad? Siempre está la posibilidad.

Se rió y sacudió la cabeza, en silencio.

- Ah, mira vos... Ésos detalles son fundamentales – le dije - Yo lo pensé diferente. 

- ¿En qué sentido? 

- Para mí, por una cuestión de orden, hay posibilidades que deben estar cerradas. No sé cómo se podría llevar adelante que se repita, varias o pocas veces, de esa vez. Digo, para tener en claro las cosas y marcar límites que perduren porque no hay posibilidad de descogerse alguien – argumenté, con un poco de sentido del humor -  Y poder, en caso de que se quiera, tener esos límites como referencia para cerrar los temas.

- Pero si tenemos límites, nosotros... O sea, es delicado pero los tenemos.

Lo miré. Me reí.

- Si, hoy en día. Y harían falta más, todavía. Estamos en proceso. 

Me mostró un disco y lo puso. Asentí. Me puse a mirar su colección de vinilos. 

- ¿Más? Para mí, esta conversación sería imposible sin límites. Así que hay. ¿Sabés que ya estaríamos cogiendo, no?

- Sí. Lo sé. En el fondo, lo sé. Estás colaborando, cumpliendo con tu palabra y yo con la mía.

- Bueno. ¿Ves? Hay límites – dijo y sonrió – Igual si querés, nos acostamos y después ponemos los límites de nuevo. No hay problema.

Me hizo reír su desfachatez.  

- A vos te gusta coquetear con las ideas, las posibilidades. Jugar con el sí y el no, así todo canchero… pero yo no me doy ese lujo. Una vez que logro el límite, lo dejo ahí por las dudas. 

- ¿Por qué? Los límites se pueden sacar y volver a poner.

Finalmente, se lo dije:

           - Porque para mí las cosas que se desean se persiguen hasta que las podés concretar. Es mi regla de vida. Me cuesta mucho, en mil sentidos, disfrazar o posponer los deseos. Me pongo inquieta, doy vueltas, me frustro. Porque quiero lo que quiero, más allá de entender todo – lo miré.

Javier estaba parado al lado de su tocadiscos con un vinilo en la mano y se había quedado tieso.

-         Si hay una posibilidad que involucra fuerzas intensas, tarde o temprano voy a querer que sea una realidad. Yo pongo el ojo en algo que deseo y quiero poner siempre las balas.  Eso está bien para objetivos positivos porque me motiva.  Pero con vos en particular, no es un lujo que pueda darme. No me puedo poner en esa postura porque se va todo a la mierda.

Javier me miró. Mientras miraba su colección de discos de vinilo, le dije: 

- Por eso, a veces, cuando es así, prefiero que no sea ni siquiera una posibilidad.

Javier me miró. 

- Algún día puede volver a pasar. Si vos querés, ya te dije hace un minuto que puede volver a pasar - me sonrió - yo no tengo ningún problema. 

Me reí. 

- Nah. Hoy no me acostaría con vos, la verdad. 

- ¿Hoy? 

- Hoy en día, me refiero. 

Me miró, me rebajo intensamente y eligió otro disco. Lo cambió. 

- Capaz mañana sí - dijo - eso es una posibilidad. 

Volví a la mesa. Javier volvió detrás de mí. Me tensó saberlo tan cerca, mirándome desde atrás, como si fuera inminente que me comiera.

- ¿Así que paso todo ese tiempo desde que nos acostamos? No me acuerdo el año, la fecha, nada. Sí me acuerdo todo el momento perfectamente – aclaró.

Evalué lo que acababa de escuchar.

- ¿Y ese recuerdo no te alcanza? – musité, sin ánimo de ofensa - Digo, ¿no dijiste "bueno, muy bueno todo, pero ya está"?

- Seh, que se yo... No sé. Yo me quiero acostar con vos.  Esa es otra posibilidad. Lo que me parece es que si lo hacemos de vez en cuando, no hay diferencia cuántas veces pasa o no pasa. ¿Dos, tres, qué cambia? ¿En qué te cambia?

Lo miré y me costó entender lo que escuchaba.

- ¿En qué te cambia? ¿A vos te parece que no cambia el hecho la frecuencia con la que lo repetís?

- Puede ser que no. No sabemos. ¿Cambió algo hacerlo una sola vez?  - me preguntó.

- Esto no pasó más, puede que no pase nunca más nada sexual entre nosotros y que tengamos una buena relación. Pero para mí, si lo hubiésemos seguido sosteniendo quizá sí hubiera sido muy complicado.

- ¿Por qué? – me preguntó – Capaz que no.

- No sé – dudé – lo digo porque cuando a mi me gusta algo… me gusta de verdad.  Y si nos hubiésemos seguido acostando yo creo que se hubiera convertido en algo más complicado porque empezás a querer acostarte cada vez más, te relajás, la pasás mejor, disfrutás de cómo es el otro, te enganchás descubriendo…  -enumeré – No sé, yo en lo personal, soy así. Capaz que vos no sos así, y está bien. No sé, quizá para vos hacerlo una vez y marcarte el límite o hacerlo cuatro es lo mismo.

Lo miré y me quedé tiesa. Le acababa de decir una verdad muy íntima. Algo del orden del deseo que me conforma y que casi nadie conoce, a excepción de las personas con las cuales he compartido el escenario.

- Yo rompí el pacto conmigo mismo. Hasta que pude sostener ese pacto me contuve pero de ahí en más. Lo que no quisiera es que sea algo cotidiano porque si tiene cotidia... Cotidiani... - Javier se trabó muchísimo para hablar. 

Se había puesto nervioso.

- Si es frecuente... - lo ayudé, con calma. 

- Si es frecuente, sería más complicado. O capaz que no. No sé. Corremos el riesgo de que alguien se entere. 

- Igualmente, yo no lo pienso como algo cotidiano. Lo pienso como algo que se repite en el tiempo, sostenidamente, y lo bastante seguido. Lo cotidiano es otra cosa. Y el repetir, involucra nuevos acuerdos.

- ¿Qué nuevos acuerdos?

- ¿Cuándo la cortás si repetís? Se abre esa puerta, ok, pero ¿cuándo la cerrás? Si vos y yo nos embarcamos, para mí, no la cortamos más.

- No sé… Capaz que sí. Capaz que no nos vemos más. No te llamo, no me llamás, no pasa.

- Sería bueno, la verdad… - musité.

- O capaz que sí – dijo, con un regusto de sorna - ¿Qué tema, no? Capaz que te quiero re llamar después. Qué cagada.

- Por eso yo no me relajaría tanto. Tené en cuenta que yo no hago nada para buscarte. No te llamo, no te escribo, no te mando audios, no vengo acá un viernes a la noche a hacer cualquiera, no te mando fotos sugerentes cuando estás trabajando para que te quedes atornillado a la silla, no te la pico como te la podría picar – argumenté, ácida.

- ¿Vos mandás fotos? – me preguntó, sorprendido.

- ¿Ves que no estoy haciendo nada con vos? – le contesté.

- No puede ser – dijo.

Suspiré.

-         Javi, hay cosas del otro que no conocemos todavía. No sé si sea lo mejor que las conozcamos.  Creo que si tomamos alguna buena decisión esa fue que después de habernos acostado no hablamos unos largos meses. 

- ¿Por qué? 

- Porque ahí se enfrió la situación. Quizá después eso sí se volvía una mala costumbre. En cambio, habiendo pasado tanto tiempo, habiéndose enfriado todo, habiendo puesto tiempo en el medio, se acomodó todo.

- Siempre está la posibilidad. No es algo rutinario, no es algo que uno piense, pero… sí, qué se yo, sí. Puede pasar cualquier cosa, la verdad – dijo, agarrándose la cara.

- Además de la posibilidad ¿qué te atrae después de tanto tiempo? ¿La novedad? Digo, entiendo que quizá vos tenés una rutina x y yo vengo a plantear una foma y. ¿Eso influye?

- Me quedó con la duda, si no. Eso me pasa. Bah, no, estoy siendo falluto con vos... -suspiro- Yo no tengo dudas, tengo ganas de estar con vos.  No me interesa la rutina, la novedad, eso es lo que me pasa. Y siempre, dentro de todos los planteos que me hago por la situación, pienso en coger en vos.

Me sonreí. 

- ¿Te das cuenta de lo que me decís, no?  - le pregunté.

- Es que yo pienso y digo: "un día me van a decir vos no sabes lo que era y yo voy a decir no se, no se, no quiso " - espetó - Un día se cae un avión acá en el patio, me muero y no hicimos nada ¿entendés? Las cosas no se pueden posponer todo el tiempo.  

Se rió. 

- Javi, nadie te va a tocar el timbre para decirte algo diferente de lo que vivimos. Vos ya estuviste conmigo, me conocés, no hay nada nuevo aunque lo hiciéramos ahora ¿entendés? - dije - Solo habría culpa. Te pondrías re serio como te pusiste la otra vez, te costaría. ¿Para qué?

- Pero eso siempre me pasa, toda la vida me pasó de sentirme un boludo si hago algo malo. Y yo te juro que no estoy con otras minas, eh, no es que si vos no me respondes llamo a otra. No es así para nada, yo ya estoy grande para esas cosas, no me interesa. Tampoco creo que vayamos a descubrir la pólvora si cogemos, pero si me dan ganas de acostarme con vos, y se me re complica. Me dan ganas, después hago quilombo porque me tomo, me prendo un porro, te quiero llamar, quiero que vengas, que estés acá conmigo. Después me quiero matar.

Suspiré.

- Pero, a ver:  vos tenés una persona con quién seguramente podes tener sexo y compartir y tomarse un vino, tranquis. Digo, sin lío. Seguramente si le mandas un mensaje a ella, te lo responde lo más bien, viene y pasan un lindo ratito. Y de última, no sé, te lo manda ella. ¿No?

- Si. Pero no es lo mismo.

- ¿Por qué? Es sexo igual. O sea, a los fines, es lo mismo.

 No me hagas que me ponga a explicarte... - me miró. 

- Y pero, escúchame, es como si nosotros dos, nosotros dos te digo, lo repetimos. ¿Qué más va a pasar? Vos encontrarías lo mismo en mí, el mismo cuerpo, las mismas lolas, la misma cara, todo.  Soy la misma persona. Y yo, si vos te pusieras en bolas, también encontraría lo mismo. Sabemos lo que va a pasar. No entiendo para qué repetir. Realmente te lo digo, no te estoy provocando ni nada. Quiero entender.

- Porque capaz no sería lo mismo. El tema es cuando yo pienso. Si yo pienso, no hago nada, no pasa nada. Pero ahora si me olvido de todo… ¿Qué querés que te diga? 

- En su momento, cuando no hablamos, después de que nos acostamos, tuve un momento de inflexión – le confesé.

Javier, que se había levantado a lavar los platos mientras charlábamos porque no podía controlar su ansiedad corporal, me miró. Estaba serio. 

- Toda la vida fui esa clase de mujer a la que se le tiraron veinte tipos con pareja y disfruté mucho mandándolos a cagar. Era como una actitud que yo tenía donde me sentía íntegra por no hacerle mal a nadie.

Javier se rió. 

- Ya entiendo. 

- Y con vos, al principio, cuando me planteaste esto, quise poner todos esos mismos valores en juego. La lealtad, la integridad, para mí es un gran tema. Pero con vos yo no pude, entonces eso me tocó. Me replanteé cosas, obviamente. Con el tiempo, separé ese momento donde nosotros cogimos de lo que podía hacer si me tocaba de nuevo tener la posibilidad. Por eso te digo que no, ahora. 

Javier termino de lavar la fuentecita y se sentó. 

- Yo siempre supe en el fondo. Y traté de hacerme la boluda, por eso ni abro el paraguas ahora. 

Se rió. 

- ¿Qué sabías? 

- Que ibas a caer. Te juro que no quise que eso pase, por eso jamás te vine a buscar de manera manifiesta. Pero sabía, se te notaba, hacías un lío con la cara que, por Dios.

Javier se rió.

- Pero yo tuve años de una actitud impecable. No me acerqué, no te dije nada, no te escribí, nada.

- Si, los dos manteníamos una postura excelente. A mi me daba un poco de cosa que con el cuerpo hacías una cosa y por los ojos te salían rayitos. Me daba cuenta y me quería matar. 

Sacudí la cabeza, con tristeza. Javier me miró y sonrió con picardía.

- Y pensar que ahora no querés. Ahora que podes, no querés. Antes que yo tenía una conducta, vos... Y ahora. 

- Fijate que entre los dos, no nos dirigimos la palabra durante un montón de tiempo. Resultados, tuvo. Vos eras muy obvio, sí, pero junto con la parte de cara de culo que poníamos, resultó. Eso es lo que hay que hacer.

Nos reímos. 

- Todos me dicen lo mismo. Que como puede ser que sea tan obvio. Pero es parte de lo que soy, a mí se nota noto. No soy un hijo de puta. Soy muy transparente. Me pongo nervioso y se me nota todo. Y si no, también. Un boludo. 

- Entendido – musité. Nos quedamos mirándonos en un largo instante.

-  Bueno, voy a irme a casa. No te molesto más.

- ¿Nunca más te vas a acostar conmigo? ¿Ni una vez? Qué mala suerte, qué me parió, pendeja guacha – musitó, cariñosamente.

- Basta, boludo – suspiré y sonreímos.  Se rasco la cabeza, inquieto. Se me quedó mirando fijamente.

Me levanté. Se levantó y me trajo una bolsa con los regalos. 

- Gracias. Te la jugaste, le pusiste bolsa y todo - le dije. 

- Te voy a poner una bolsa mejor.  Es para vos. Un vino y un champagne. Igual te llevo a tu casa así no te vas tan cargada. Tenés un montón de cosas. 

Sonreí, sin muchas ganas. 

- Gracias. Pero así está todo bien. 

- Dale, te alcanzo. Te va a pesar. 

- Soy autosuficiente. Puedo, de verdad. 

Javier me sonrió y fue a apagar las luces. Yo me quedé mirando sus regalos. Me distraje leyendo la etiqueta y cuando me di cuenta, estaba cerca. Muy. Mirando toda la escena usando mi hombro como balcón.

- ¿Podes prender un cachito la luz de allá? 

Dije esa frase y la boca se me secó. Qué nerviosa me puse, Dios mio. Sentirlo tan cerca a solas es una de las peores cosas que existen en mí vida actual. La realidad se afina y el deseo que me despierta tiene como único pensamiento un "que me toque, que me acaricie, que se acerque". 

 Son esos momentos donde me siento más fuerte que nunca, porque en el fondo mí lucha interior de querer destruirme y querer salvarme reluce en todo su esplendor. Una parte de mí, se daría vuelta. La otra, que se expuso para destruirse y dejar de perder el tiempo, entiende que cumplió su cometido. 

El discurso de Javier es entre desastroso y necesario para quién es ahora. A veces, es como si necesitara dosis del discurso de Javier para no caer en etapas de compasión muy profundas consigo, donde el idealismo parece ganarme, donde apelo a que lo conozco hace mil años, a que lo conocí en otro plan, etc.  Después del estado en el que lo había escuchado el otro día me había despertado cosas que, al escucharlo y al verlo personalmente, se ahorcaron. 

Mientras yo pensaba que hasta ahí estaba ok, Javier se acercó, y olió mí pelo. Lo sentí súper cerca. Me quedé muy quieta. Pensé solo en que tenía que controlar las manos, no darme vuelta bajo ningún concepto, y dejar que mi espalda me cubriera.  No importaba que él estuviera ahí, casi pegadito.

- ¿Te podes alejar un poco? - musité. 

- ¿Por qué? - me preguntó. 

- Porque me estás oliendo el pelo. Me ponés nerviosa.

Me abrazo por detrás. 

- Así ya no te vas a poner más nerviosa - me burló. 

- No, no. Por favor, no me toques que si no voy a hacer cualquiera. 

- Déjame que te dé un abrazo. ¿En serio no te importa estar conmigo? 

Me corrí. Obviamente, Javier no dejo de abrazarme. Sin lastimarme, obvio, sin hacerme fuerza o brutalidades. Preferí no darme vuelta porque sabía que iba a ser  crítico. 

- No me hagas esas preguntas. ¿Me dejas? 

- No. 

- Por favor,  Javi. 

- No me pidas por favor. No te quiero soltar. 

- ¿Me dejas ponerme el blazer? ¿Me dejas moverme? 

Se rió. Me soltó después de pedírselo muy encarecidamente. 

Agarré el blazer de la silla y me quedé mirando la ropa unos segundos para entender cómo se usaba. Javier me miró. Lo miré. 

-¿Qué? - quiso saber. 

- Nada. Me olvidé como usar esto - dije - Vamos. 

Me puse el blazer, no ya la identificación, junté mis cosas y me fui hasta la puerta. 

- Te llevo, espera que entro al perro y vamos. 

- No, en serio, prefiero que no. 

Salimos a la puerta hablando de esto. Y en la puerta, justamente, estaba un vecino de Javier. Conocido para él. 

- Es un vecino - murmuró, para tranquilizarme porque me quedé en silencio y enfile directamente hacia la salida - ¿Vamos? Te dejo donde vos quieras. 

Me cedió el paso. Abrí la puerta de rejas. El señor me miró con una nueva sorprenda en el rostro. Javier lo saludo. El señor me miraba a mí como el testimonio de alguien que no entendía muy bien quién era. 

  Me alegró no haberlo visto en mi puta vida. Me alegro no haber salido con la bolsa de los regalos en la mano.  ¿Cómo le explicas que soy un fantasma? ¿Una persona que flota? 

Javier me miró, intensamente, esperando poder sacarse de encima al viejo para llevarme. 

- Te llevo ¿segura no querés? 

- Segura. Chau, Javi. Gracias