jueves, 31 de marzo de 2016

Pan y queso

- ¿Sabés lo que me estoy dando cuenta? Que somos iguales incluso en esto, y eso puede llegar a ser un problema - le dije a Fulanito, sin pelos en la lengua, como me había pedido un rato antes - ¿Y por qué te digo que creo que puede ser un problema, un escollo para los dos? Porque manejamos la misma lógica en cuanto a la confianza o mejor dicho, a la desconfianza - me reí, con un poco de sorna, de esa ironía que es dolorosa a la hora de reconocer -  Los dos tenemos la misma forma de reaccionar es muchísimas cosas es increíble... y eso no está bueno por momentos porque  si esperamos estar...  - pausa, dudando respecto a que estar dónde, cómo y cuándo - Digo, si esperamos poder hablar, llevarnos bien, no sé ya lo que estoy diciendo...  - admito y envío en audio sin dejarme llevar por la tentación de esconderme. 

Reflexiono un momento sobre lo que le acabo de decir y me doy cuenta que no puedo con mi genio. Así que me explayo, intentando sonar menos dura y más sincera: 

 - Pero, por lo menos de mi lado, creo que la idea será jugar con la lógica de ir apostando un poco cada uno, como cuando jugábamos al pan  y queso de chicos y dábamos un paso y el otro respondía dando otro. Te diría que mis pasos van a estar regidos por lo que haya del otro lado, pero esto ya me causa gracia, si es lo mismo que me vas a decir vos (...). No me gusta dosificarte la información pero te aseguro que no sé tratar de otra forma con la gente, como también soy incapaz de exigirte que me cuentes todo sin darte cierto apoyo. El punto es que uno no puede andar poniendo la información como mercancía, ni depositarla como vitaminas para nutrir las relaciones, entonces... - suspiro - Con vos bueno, ya lo viste, cuando salimos, pero no sé... - deslizo el dedo según corresponde y me saco un peso de encima. 

De mi lado, sé que estoy poniendo la mejor voluntad para que la historia no termine del mismo modo, para no cometer los mismos errores, para que no me duelan las mismas cosas. Es un vértigo total, de esos que implican subir en altura un techo largo, y terminar completamente apunado. 

Me responde unos minutos después, cuando sale de las duchas post partido de fútbol, mientras yo estoy llegando a casa. Escucho su voz mientras todavía me queda un techo de calles por zanjar en la oscuridad de las diez y pico de la noche y agradezco el poder llegar a casa sana. 

Mientras tanto, Fulanito y yo tendremos que retomar esa idea de jugar al pan y queso, sin pisarnos los dedos y sin pensar que el otro va a aniquilarnos en cuento tenga la oportunidad. 

sábado, 26 de marzo de 2016

En todo este tiempo...

Le explique que me costaba hablar, a veces, respecto a mis cosas. Le explique que me era dificil desde siempre y que las pocas veces que habia podido confiar en los masculinos, no habia obtenido buenos resultados por lo que en el presente tenia especial cautela.  Le explique que por eso, las cosas las pensaba tanto y no porque jugara con la disposicion de los demas. 

Le dije que comprendía su ansiedad, esa avidez de saber sobre la persona en cuestión para comprender a su vez lo que le pasa y lo que quiere, pero que íbamos a tener que conocernos con calma y basar todo en una capacidad de poder hablar con el otro sin miedo.  Le dije que  esa necesidad imperiosa de saberlo todo era ese un método que usaban algunas personas para sentirse seguras, dado que en el fondo, estaban con los mismos desconciertos que uno. 

Le explique que no me gustan las mentiras, las faltas de respeto o la exposición malintencionada. Le explique que me costaba mucho confiar, que necesitaba tiempo. Le dije, ademas, que no quería ser escondida ni quería tampoco que sintiera pudor de mi, por lo cual, era necesario que me aceptara como soy. 
 Le explique que había cosas donde era inflexible después de haberlo pasado mal. Le recordé también que quien avisa no es traidor, respecto a ese espacio que no estaba dispuesta a definir si no veía interés de ambos lados. Le advertí que no quería renegar, que no tenia ganas de empezar a pasarla mal y de que me interesaba mantener vínculos sanos. Que uno puede luchar junto al otro pero jamas por un otro que no quiere pelear al lado. 

Le explique que esperaba que pudiéramos hablar de todo cuanto nos molestara o nos generara dudas respecto a la vida del otro. Enfatice en que el dialogo construye y que mi intención era construir, sin que se me niegue o se me relativice o bien se me tenga en un eterno suspenso. Le confesé que me habían ofrecido un viaje al destino que quisiera a cambio de que me acostara con la persona que lo financiaba. Le comente que no contento con mi reacción la persona en cuestión había redoblado la apuesta y detallado todo lo que yo podia elegir y todo cuanto yo podía aprovechar, en términos de instalaciones hoteleras y destinos con atracciones turísticas a cambio de que fuera desprevenidamente bien predispuesta, sin importar mujer e hijos en cuestión. Entendió el motivo por el cual yo le decía que no quería ser tratada como una cualquiera. Le pedí que no se hiciera ilusiones prematuras, que fuéramos paso a paso, que evaluáramos las cosas. Relate, con austeridad, lo importante que era para mi tener mi espacio propio, cuidar de mis afectos y mantener mis amigos. 

Pero, ademas de todo eso, de todo este conglomerado de advertencias, le comente que quiero de una manera honesta y desinteresada. Le explique mi necesidad de proteger a las personas que elijo, le hable de mi orgullo hacia los pequeños logros que tuviera ganas de compartir conmigo, le hable de la satisfacción en que sea una persona libre, capaz de realizarse y de cuidar sus propias relaciones. 

Le comente de mi esfuerzo por charlar de las cosas antes de que se conviertan en un problema y de mi voluntad para decir la verdad sobre lo que me pasa, pese a las complicaciones. Le asegure que jamas seria molestado por juntarse a estudiar para un examen o tener que dejar de conversar conmigo por un encargo de su jefe. Afirme, con cautela, que no existía ningún problema serio en conocer a su gente, sino mas bien todo lo contrario, mientras que ellas no incidieran para mal en el mutuo bienestar. Le explique que pese a no compartir el deseo de pensar a largo plazo, estaba dispuesta a arriesgarme a jugar un poco con la noción del futuro que el se imagina a cada rato, pese a que yo lo hago muy de vez en cuando. 

Le aclare que no tenia fobia a las relaciones serias, pero que como me las tomaba con responsabilidad, me parecía que ambos teníamos que tener un lugar participativo, activo y compañero. Le conté de mi concepto de negociar, de los valores que tenemos como común denominador y de la importancia que tiene para mi el hecho de sea una buena persona por encima de su apariencia física, su economía, los viajes que haya hecho o incluso, si se le pierde algún tilde en el camino. Le dije que se quedara tranquilo, que en todo lo que fuera posible, si lo elegía, estaba dispuesto a apoyarlo, que no lo iba a embaucar , porque antes prefería sentarlo y decirle que no lo elegía mas, pese a que me doliera hacerlo. Que iba a tratar con toda mi voluntad de hacerlo sentir bien, de respetarlo y de progresar en consonancia. De verle el lado bueno y de contribuir a su propósito de ser feliz. 

Explicite que yo era una persona proveniente de una familia sencilla, poco acostumbrada a las excentricidades y que el no tenia que apostar a cumplir mis caprichos, sino a ser autentico y franco.  Privilegie el compartir experiencias y no bienes, el que hiciera sentir respaldada y no despreciada. Explicite que pese a que todos en mi familia fueran muy generosos conmigo, yo no estaba buscando un esclavo que este pendiente de mi todo el tiempo, sino que esperaba al lado mio una persona sana, que se dejara querer y fuera capaz de demostrar afecto.  Le insistí en que dejaría una luz prendida si no le gusta la absoluta oscuridad y en que valoraba mucho que tuviera detalles simples conmigo.  Señale que su transparencia no seria usada en su contra conmigo. Le prometí pintarle algo y escribirle cartas de puno y letra para atender a su preferencia, ya que le parece mas personal. 

Ahora es cuestión de encomendar el destino de los acontecimientos a otras voluntades y, al mismo tiempo, también a las nuestras. 

viernes, 25 de marzo de 2016

Crónica de un encuentro

Permanezco parada en una esquina exquisita - otra vez, cerca de donde quedan las palmeras - y estoy esperándolo. <<¿Me habrá dejado plantada? >> pienso y al mismo tiempo, no tengo un mal presentimiento. Mi intuición me dice que no, que va a venir, que pudo haberse perdido pese a mis aclaraciones y que tengo que tener un poco de paciencia. Van quince minutos y contando... Así que espero su llamada, tal como me avisó que haría en caso de estar perdido. 
Mi teléfono suena, la promesa está cumplida. Respiro hondo y escribo mejor las condiciones que esta vez comprende. Me dice que ya va para allá, que pensó que no iba a ir, que lo iba a plantar. Lo espero, ahora, con la certeza de su venida y me alivia el hecho de que, contra todo pronóstico, no se hubiera vuelto a su casa, enfurruñado. 

Nada más verlo, me tranquilizo. Es demasiado extraño para mí, pero me calmo y me invade una familiaridad peligrosa. <<¿De dónde sale? >> pienso y no me respondo mientras saludo y caminamos un poco, haciendo algunos chistes. 

Al principio él me mira mucho y me dice poco. En cuanto se siente más cómodo, me ofrece que elija el lugar para almorzar según mis apetitos personales. 

- Creo que cuando sea viejo me voy a poner canoso... - me dice, en referencia a dos canas locas que tiene, como por casualidad, ya una vez instalados en la mesa elegida según mis preferencias tiempo-espaciales. 
- Tintura - lo cargo. 
- ¡Ni loco! - me dice, como si le propusiera bailar arriba de la mesa. 
- ¿Y entonces? 
- Me querrás así ¿no? - ahora, quien me está tomando el tiempo, es él. 

Otra vez, me desconcierta, pero sigo apelando a la sinceridad. 

- No pasa nada, total yo... - lo miro con picardía y se ríe, como dándome el pie a que acabe la metedura de pata que se trasluce en mi cara - ... digo, total yo ya estoy acostumbrada... - confieso. 

Cuando acabó de salir de mi boca dicha confesión no puedo creerlo.  El que haya dicho eso en un momento así me parece algo que puede resultar muy bien o puede arruinar las cosas, según dependa del interlocutor y su interés. No sabía dónde meterme y se me nota en la cara. Un comentario así, teniendo en cuenta los antecedentes que acabábamos de exponer, no me dejaba para nada bien parada. Y ambos lo sabíamos. 

- Cómo me gusta esa sinceridad - admite, riéndose - Dame la mano, ya está - insiste y se la tiendo. La aferra con confianza y yo le devuelvo el apretón con actitud, riéndome al mismo tiempo. 


Todavía no encontré la palanca que debo accionar para esconderme debajo de la tierra y eso que ya pasaron un par de días. 

jueves, 24 de marzo de 2016

Fulanito de tal II

- ¿Y cómo fue que terminaste con alguien tan grande? - me preguntó, en un momento de silencio que tuvimos. 
- Pasó, simplemente - le sonreí, porque no fue algo que yo hubiera buscado en ningún momento con deliberación. 
- ¿Y qué edad tenías cuando estuvieron? 
- Diecinueve - dije y lo miré, fijamente, sabiendo que recién empezaba el cuestionario. 
- ¿Y él? 
- Cuarenta y dos. 
- Es mucha diferencia... - dudó - Creo que incluso llevarse diez años es un montón, no quiero pensar más de eso. 
- Lo entiendo, sí - asentí con la cabeza, mientras me mantenía firme. 
- Y... - dudó, de nuevo - ¿Se siguen viendo? 
- Somos compañeros, incluso, después de dos años pero no tenemos relación, siquiera hablamos - le expliqué, esperando que me crea. 
- ¿Y qué hace ahí? 
- Ya no sabría decirte... - sonreímos - Digamos que hace un poco lo que quiere... y tampoco te puedo dar muchos detalles de lo que quiere, porque yo hago la mía. Hay veces donde uno se puede dejar de habitar lugares por gente desagradable así que las ignora... - hice énfasis en esta oración. 
- Seguro - asintió con la cabeza. 

Miró por la ventana, a nuestro lado. Nos gusta sentarnos del lado del vidrio a ambos así que es lindo mirar el mar de gente ir y venir, para después retomar su mirada. 

- Hay pocas cosas que me duelen tanto como que me caguen en algo que considero importante. La confianza es todo para mí...  - lo miré directamente a los ojos y me alegré de encontrarme con una mirada que se tendría como un puente - ... por eso, cuando algo de ese estilo pasa y pierdo la confianza, creo que podés aparecer en frente mío completamente desnudo que sería incapaz de mirarte - le expliqué. 

Sonrió y yo también sonreí.

- Como también, si elijo a alguien... lo elijo - me aflojé - y no me importa el resto con su forma de verlo o no verlo, yo iría con un cartel si se usara, porque no soy de esconder lo que me pasa.  Simplemente me importa que la persona en cuestión y yo podamos estar bien -  comenté.


martes, 22 de marzo de 2016

Noción de oportunidad II

Otra vez una mañana pasando por las mismas calles céntricas con mareas de gente, sin pasar alrededor de las míticas palmeras que me dejan admirada, ya sea por su belleza como por lo inusual de la ubicación.  Otra vez, mi observación de las mareas contrarias a lo que se exponía en las vidrieras. 

 Una nena, de alrededor de unos ocho años, si no eran menos, iba tomada del brazo de su madre que la conducía cariñosamente. Mientras, yo la miraba caminar justo por delante de mí y en ese momento no pude evitarme voltear la cabeza cuando una punzada de familiaridad de perturbó. Me afectó al punto de darme vuelta a mirarla y quedarme clavada con la mirada en un punto fijo, que se reducía al espacio donde ella había acabado de pasar. Me quedé callada y re-ubiqué mi cabeza en torno a la dirección de mi cuerpo, que permanecía de frente a la vidriera. Cuando quise prestar atención a lo que miraba mi mamá, junto con mi hermana que también paseaba con nosotras, me encontré con una batería de sentimientos confusos y lo único que pude hacer es dar media vuelta, enderezarme, y seguir caminando en dirección contraria a la nena que había desaparecido. 

Fue mi hermana la que se dió cuenta de lo mismo que yo, y le puso palabras médicas - que le son propias, por su profesión - a lo que yo le hubiera atribuido palabras más etéreas, menos científicas, pero igual de ciertas. 

- Tiene secuelas propias de la prematurez, ¿viste? - me dijo, dando por sentado el motivo por el que me había quedando mirando a la nena con un puñado de emociones. 
- ¿Si, no? - le dije, no haciendo uso de todo tipo de palabras que podría haber empleado en ese momento. 
- Sí, de hecho, no era sólo en las piernas, sino que era también en uno de sus brazos... - agregó, mientras mi mamá se unía a la charla. 
- No ví su  brazo - murmuré, mientras pensaba. 

Fue increíble, pero a la vez, lógico, sentir esa punzada. 

- Eso tiene la espasticidad - suspiró mi hermana. 
- Lo que ella tiene es un grado mínimo, viste, siempre lo dice el médico, porque si hubiese sido otro caso... - le dijo mi mamá a mi hermana, agradeciendo desde la intensidad de la oración como también desde el modo de decirlo. 
- Sí, pueden estar mucho más comprometidos. Se lo puede entender como surcos en el cerebro, producidos por la muerte de neuronas, que en consecuencia, trae secuelas. Hay un montón de tipos... - añadió mi hermana. 
- ¿Quiere decir que tengo el cerebro agujereado? - la miré, intentando no ponerme demasiado solemne y mi hermana me comprendió, con una mueca.
-  Es neuronal, son neuronas muertas - me explicó mi mamá. 
- Ya lo sé, pero no sabía lo de los huecos... 
- Igual, es mínimo. Pudo haber afectado el habla, la deglución, y en si mismo el funcionamiento de tu cabeza... - repitió, otra vez, la persona que me dió la vida y me llevó de la misma forma amorosa por la vida de forma tanto literal como metafórica. 
- Ya me sé las probabalidades de memoria, ma... - le dije, de una buena manera, para atenuar los efectos que me generan este tipo de repeticiones. 
- Bueno, pero fijate, es algo que puede afectar el desarrollo, el aprendizaje, y vos sos súper inteligente - me dijo, toda contenta. 
- Por suerte que puedo estudiar; leer me salvó la vida  - dije, como para mí. 

Si algo profundizó la punzada que me generó el paso de la nena, fue el parecido. Me ví en ella de una manera tan cercana que quedé prendada, y sin palabras, como si estuviera mirando un embudo ó como si fuera una versión menos mitológica de Narciso. Me ví en ella, como si volviera a tener ocho años, como si mi mamá o mi papá me volvieran a llevar de la mano por la calle o hasta el supermercado. Ví otra vez la dificultad (del pasado) o el amague casi inmediato (en el presente) de darme las manos o atajarme si ven que tengo dificultad para subir muchos escalones, bajar de un colectivo cargada de cosas ó subir a uno si no está parado en el cordón, desde donde me es más fácil tomar el envión. Sí, detalles, en comparación a esa nena... Estrategias de supervivencia, diría yo, hoy en día. 

Me ví en ella y de una forma que no puedo explicar, entre todo ese entramado de sensaciones, quise que fuera feliz. Que tuviera la posibilidad de progresar, de sanarse, de aprender a disfrutar la vida, de salir ilesa ante las cargadas, que pudiera sacarles jugo aunque doliera, que pudiera encontrarse con gente que la acepte como es, con gente muy buena, e incluso con esos angelitos que la ayuden a sentirse acompañada. Quise que no se hiciera ningún tipo de problema, más que ocuparse de ella misma, y de sentirse bien. Quise que tuviera amigos, una buena familia, muchos juguetes, y mucho amor.  Y si sólo pude expresar esto en mi cabeza, entre todo ese cañaveral de sentir así, lo hice por saber que todas estas cosas son las que, hace veintiún años, a mí me vienen salvando la vida. 

Esa vida que no deja de ser un acto de coraje diario. Esa vida que no es sólo coraje sino también, y pese a todo, el tener un centenar de motivos más para transitarla con agradecimiento, con fe y con la mayor voluntad que sea posible.  

La noción de oportunidad una vez más; el precio, o bien digamos la posibilidad, de cambiar la historia. 


jueves, 17 de marzo de 2016

Noción de oportunidad

I

Caminábamos por una de las zonas más lindas de nuestra pequeña localidad. Sitio lleno de palmeras, mujeres bronceadas, ejecutivos y adolescentes pitucas. Caminábamos, mi mamá y yo, mirando vidrieras en una asistencia mundana al cambio de estación que se aproxima. 
Ella me hace una pregunta, respecto a cierto artículo, con lo cual le respondo que entremos a mirar, simplemente, que no perdíamos nada. Apenas estamos dentro del local de camperas, botas y carteras (dentro de lo cual todo es bellísimo),  algo me llamó mucho más la atención: una nena y una mujer que entraron sin nuestra parsimonia a pedir monedas para cargar la tarjeta SUBE que es la que se utiliza para viajar en diversos medios de transporte. Quien administraba el local, como me esperaba, negó con la cabeza ante su pedido y les pidió que se retiraran. A los dos segundos, mientras todavía pensaba con congoja acerca de lo primero (y en mi falta de cambio, y en no tener siquiera nada para consolar a la pequeña), vuelve a entrar al local un señor mayor - tendría la edad de mi abuela - vendiendo útiles, curitas y todo ese tipo de cosas.  Otra vez, volvió el señor a rechazarlos y no pude más que comprenderlo, pero al final, me quedé pensando en el señor mayor, un abuelo, que con ese calor estaba vendiendo cosas. 

Por un momento ante la cercanía de ambas estelas, me quedé sin palabras; quiero decir, no es la primera vez que lo veo, no me es ajeno, sé que esto es real y que hay otros umbrales de necesidad donde Dios no me ha permitido llegar... Sin embargo, no puedo evitar que se me estruje el estómago, no puedo admitirlo así por así sin pensar en la oportunidad. No puedo generalizar, culpar a los diversos gobiernos desde la instauración de la soberanía en nuestro país y tampoco puedo dejar de impresionarme por la noción de la oportunidad. O al menos, lo que yo entiendo por dicha denominación: algo más humano, abstracto, el nacer aquí o allá, el que te toque un padre que se desviva por vos o el que te toque un padre que no lo haga; el que tengas una madre de férrea voluntad o el que tengas una madre que siquiera te de el pecho cuando nacés; el que puedas ver, el que no veas nada; el que puedas caminar, el que camines como puedas, o el hecho de que simplemente no camines nunca en tu vida. 

¿Cómo no dejarme embargar por esa sensación tan extraña, que me asalta siempre? Primero, y desde que nací, se manifestó en una actitud de alegría ante la vida; luego mutó en tristeza cuando me encontré con un lado de la sociedad mucho más cruel y en la actualidad mutó en fortaleza para vivir la vida que me toca, con lo que tengo, de la mejor manera.  Desde que tengo uso de razón (capitalizándolo de distintas maneras) tuvo sentido esto que llamo "noción de oportunidad". Hoy, veinte y pico de años después de ese día, mientras paseaba bajo el rayo del sol; pensé que la noción de oportunidades pesaba a cada momento, un poco más, que cada día cobraba una importancia más honda y más trascendental. 



No es trascendental un par de botas divinas, no, lo verdaderamente impactante es saber que dentro de todo lo que nos pasó y dentro de todo lo que nos ha pasado en la vida como seres humanos, a muchos de nosotros (lo que algunos llaman aquello y se llama pobreza, necesidad, indigencia; entre tantas otras cosas) no nos pasó. No tan menudo como antes, pero muchas veces en general, pienso que si no fuera por las oportunidades yo siquiera me debatiría entre el poder o no poder costear un par de botas, porque de ser otra la historia siquiera podría usarlas para caminar, porque siquiera podría caminar, en realidad. Y así sí, que me vengan a plantear la importancia de un par de zapatos en pleno cambio de estación. 

 ¿Qué es lo que distingue sobradamente de esa mujer con su hija pidiendo monedas nada más que monedas, para la tarjeta de viaje de cualquiera de nosotros?  ¿Qué es lo que nos distancia de ese hombre que debería estar gozando de un sustento apropiado, a esa altura de su vida, eximido del rayo del sol? 

¿Qué es lo que nos exime de eso? ¿Hay algo, verdaderamente, existe algo, que pueda marcar con propiedad estas diferencias? 

Cosas como esas no me pude dejar de preguntar, todavía turbada, varias cuadras después. <<Oportunidades>> me repetí, sin el entusiasmo con que lo miro desde mi salud o otras regiones de mi vida. Oportunidades me dije, y además, la idoneidad para convertirlas en algo mejor. Y aunque me pareció cierto, no me pareció justo. Otra vez, por vez número un millón, entendí con recelo que el mundo no es una cuestión de merecimientos personales. No obstante, eso no quiere decir que no desee otra cosa, más bien todo lo contrario. 

Finalmente, observando las calles con palmeras, los cafecitos tan lindos, las señoras tan pitucas y los hombres maduros tan pero tan agraciados, nada de eso me hizo sentir en armonía. Nada de eso me sacó de adentro el espiral en el que había entrado, a partir de pronunciar apenas una conclusión a la que puede llegar cualquier ser humano: la vida, desde siempre, ha sido una cuestión de oportunidad. Hay quienes hacen de esa oportunidad un mundo, hay quienes desaprovechan la oportunidad y hay quienes no tienen nunca su turno. Hay quienes han tenido mejores y también hay a quienes se las han otorgado partiendo de un enorme sacrificio con el único y más puro fundamento:el querer darles una vida mejor, una posibilidad mejor. 
 De éstas últimas, soy yo. 

¿Qué hubiese sido de mi salud, si mi papá no se hubiera sacrificado tanto, para que hiciera mis rehabilitaciones? ¿Qué hubiera sido de mí si no me hubieran llevado desde que nací a una eminencia en traumatología, que hizo milagros en el quirófano con muchos pibes y que labura para asociaciones que luchan por la vida? ¿Qué hubiera pasado?¿Qué hubiese sido de mí, en general, si no hubiera tenido a mi familia cuidándome, apoyándome y sosteniéndome siempre? ¿Qué hubiera quedado por hacer si no tenía a ellos para educarme como me educaron? ¿Dónde estaría yo,quién sería? Éstas son preguntas retóricas, pero de todos modos, con inequívocas respuestas. 

En mi caso no nací en cuna de oro, más bien todo lo contrario, y me enorgullece decir que hace más de veinte años mi papá hace casas; por eso, toda esta noción de las oportunidades, me impacta tan de cerca. Estuve, por cuestiones de rehabilitación, en lugares tan paquetos como tan lejanos. Estuve, por la vida, con sus vaivenes, embarcada en cosas que jamás me detuve a soñar. También tuve problemas, tristezas y complicaciones de las que quisiera no acordarme... 

Ojalá se entendiera lo que quiero decir... Son todas circunstancias. 

La vida parece ser hermosa, huraña, divertida, remota, rutinaria, triste, decadente, amorfa... pero a mi manera de ver - un poco angustiosa en estos asuntos - no dejará de ser nunca una cuestión de oportunidades como también de idoneidad para aprovecharlas. 

Difícil es no conmoverme por el mundo en el que vivo, por estas estelas de necesidad, por estos rasgos que hablan mucho más que millones de discursos políticos, sean de un partido u otro, no importa; ése no es el punto en el que quiero detenerme. Difícil es naturalizar y establecer nuestra manera de vivir como lo dado, al menos para mí. Difícil, por encima de todo, reprimir el deseo de poder contar, en otro momento de mi vida, exactamente la misma historia, pero con un final feliz para todos los protagonistas. 




miércoles, 16 de marzo de 2016

"Otra cosa"

Hasta hace muy poco tiempo, me sentía en esa particular situación de calma previa a la tempestad. << Tengo la sensación de que se está gestando algo y yo todavía no puedo verlo>> le dije a mi mejor amiga. 

Siendo honesta conmigo misma hace dos años atrás a mi se me quedó atascado algo adentro. Si bien ya en el mismo momento que se originó este surco a nivel emocional me propuse afrontarlo, me llevó muchísimo, y en especial, por ir contra todo lo que hubiera hecho en cualquier situación donde me hubiera pasado sólo la mitad de lo que pasó ó donde me hubiera sentido al menos un cuarto de como me sentí.  Es decir, que en el medio del desastre, cuando más hubiera querido escaparme, cuando más hubiera deseado abstraerme, cuando más hubiera convenido escaparme, cuando mejor hubiera sido llorar... Crecí. 

No me es grato decir que las experiencias anteriores, junto con la manera en que pude asumirlas, congelaron en gran medida mi capacidad de conmoción, la capacidad de sentir interés perdurable sobre alguien y, específicamente, el sentir confianza suficiente como para comprometerme con alguien en todos los aspectos.   Al caso, intente acostumbrarme, porque en ese momento no veía otra alternativa viable.  Habiendo visto toda mi vida sentimental desarmada una vez, y habiendo hecho tantísimo trabajo para reconstruirla sobre bases más sólidas, encontré que si bien había madurado mucho, muchísimo, las huellas eran profundas. Por tener la edad que tenía, ya en ese momento, descreía de un porcentaje de cosas amplio, quizá demasiado.  Y si eso formaba parte del madurar, dichoso madurar, era la parte que menos me gustaba dado que toda mi vida me había sucedido igual. Por alguna extraña razón las circunstancias en general durante toda mi vida me habían hecho madurar por adelantado, y mientras muchos puedan pensar que esto es muy útil, yo diría que cuando te vuelve descreída y escéptica, precisamente, en momentos donde deberías creer hasta cansarte; no es válido. Sí, tenés herramientas diferentes ante la vida; pero la vida a veces suele ser un tanto más amarga de lo que debería cuando se tiene demasiada información y demasiada dimensión de ciertas cosas antes de tiempo. 

Por eso, cuando me ví en semejante meollo, hace ya dos años, me dejé caer. Hoy entiendo que era mi momento de aflojarme. La excesiva lucidez no era coincidente con las limitaciones impuestas por la edad, el aspecto, la falta de experiencia en concreto, el querer resolver todos los problemas, el querer hacerme cargo de todo, el no poder distanciarme de la angustia, el que la apariencia no ayudara. Si bien desde mi cabeza me sentía capacitada para lidiar con una decepción amorosa fuerte con un tipo de más de cuarenta años, no me sentía capacitada para soportar que cuando se desmoronara eso, también lo hiciera mi carrera universitaria, la economía familiar, y con ello las relaciones interpersonales de mi entorno más cercano.  En esa época solía recordar la frase " cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado a nada", y lo cierto es que, mirándolo a la distancia, nunca sostuve menos lazos en mi vida que durante esos cinco meses. 

Posteriormente a ese momento, me acostumbré a vivir la vida tal como habia podido formularla desde la inefable voluntad y desde la invaluable ayuda de toda cuanta persona buena la vida me fue poniendo en el camino. Además, el peso de haber tomado las decisiones dolorosas y duras en los momentos más extraños de mi vida, empezaron a dar sus frutos más allá de las raíces amargas y que tan desabridas me parecían, sintiéndolas sólo por dentro.  Durante meses me "retaba" diciéndome que me debía a mi misma y a la forma que había tenido de actuar, no terminar siendo igualita a la persona que me había lastimado. Me repetía que tenía que hacer el esfuerzo, porque más allá de todas las otras circunstancias -que dos años después tenían otro matiz completamente distinto -  en cuanto a lo sentimental, padecía una notoria rigidez. 

Me repetía que el camino fácil a lo largo pasaba facturas. Me repetía que siempre había podido pararme a pensar qué hacer con el dolor, y este hecho, a la larga había estado bien. Me repetía que en algún momento todo eso ya no dolería más. Me obligaba a seguir siendo la persona que, a pesar de las decepciones profundas, el dolor y la incredulidad, no tenía que dejar marchitarse en el fondo. Me miraba, involuntariamente en el reflejo de Él, y encontraba la proyección lisa y llana de lo que iría a pasarme si elegía ese camino. Me miraba y no quería ser la persona por la que tanto había sufrido, ni a la que tanto desestimaba. Apenas examinaba mis rasgos, incluso en los peores momentos, y en el fondo de mi mente sabia que éstos no eran los rasgos de una tipa cobarde, sino más bien los rasgos de una persona que habia sido clara desde el primer momento más allá del miedo que le daba. Me decía que lo normal era el sentir miedo, pero lo patético era adoptar la actitud conservarse lejos de ese miedo, dejando que germine la culpa por saber que no se lo afronta, como si eso fuera un aliciente del daño producido a los demás. 

Me prometí, con todo lo que eso implicó, que llegado un día donde no fuera demasiado tarde iba a bajar de mi propia montaña; que en algún momento yo iba a estar otra vez en contacto con la vida. Me prometí que si bien eso equivalía a exponerme al sufrimiento lo hacía por mi propio bien, dado que merecía mucho más que estar arriba de una montaña donde uno cree que tiene voluntad omnipotente, sin saber que es el lugar más solitario de todos. 

Me negué a convencerme acerca de los argumentos de los demás, me negué también a sentir lástima de ellos, me negué a odiarlos; consideré que todo eso no era algo que me dejara dividendos a futuro, no era algo que me hiciera una persona mejor. Pero también me  negué a perdonar, si eso implicaba ir justificando todo en modo secado rápido, cuando se me estaba partiendo en pedazos el corazón. Me negué a decir que odiaba cuando no podía dejar de amar. Me negué a mentirme a mi misma acerca de lo que sentía, por mucho que lo repudiara o por mucho que lo repudiaran los demás, desde afuera. Me dí tiempo, mucho, muchísimo, dos años de tiempo. Me tuve paciencia. Me quise. Me respeté.  Me acepté así, aun en mis grandes letargos. Me aferré a mis valores, me dije que los tiempos para hacer las cosas los dictaminaba yo, solamente yo. 

Y por encima de todo este hedonismo a nivel personal, me convencí a mi misma acerca del amor. Ese amor que debía de ser, efectivamente, otra cosa mucho mejor y más placentera que tanto desasosiego, tanta tristeza y tanta cobardía. Me convencí de que existía, de que existiría para mí, y de que en caso de cruzarme con más piedras en el camino, yo seguiría repitiendo: " El amor no puede ser tan corrosivo; el amor tiene que ser otra cosa mejor, más humana... ".

Y, al final, ahora que lo pienso un poco mejor, después de tantas etapas diversas... me ayudé un montón.


jueves, 10 de marzo de 2016

Vértigo

Las últimas semanas de febrero, y estas dos se marzo, se han presentado movidas.  No sé si ha tenido que ver con que el tiempo se me pasó demasiado rápido, entre trabajo y estudio, pero lo cierto es que el tiempo pareció escurrirse para mí.

Las últimas semanas de febrero, además, no fueron especiales por sus días tranquilos si de lo cotidiano hablamos; tampoco las dos primeras de marzo. Esto no quiere decir que esté saliendo todo mal, más bien lo contrario, sólo que siento de una forma hasta chistosa confluir dos momentos de mi vida: el pasado y el presente. Y eso, por momentos, es lo que acentúa  mucho el vértigo.

Por momentos siento todo de una materia tan frágil que ni siquiera me animo a ponerle palabras más allá de mi mente, de mi mamá o de mi mejor amiga, porque son las personas con las que, vaya a saber por qué, pude hablar un poco de este momento de mi vida del que prefiero hablar con austeridad y cautela. Por momentos, además, siento todo tan... (insertaré aquí el adjetivo, cuando lo encuentre) que estoy aterrada. Sin embargo, algo de lo que puedo hablar con certeza, es que el sentirme asustada es un buen índice, porque me hace sentir viva, me hace sentir... algo.

En base a toda esta austeridad, espero, dentro de algún tiempo, poder encontrarle lógica a través de las palabras y poder trasmitírselo a ustedes.

Estas últimas semanas han estado repletas de procesos que empiezan, otros que terminan, cambios que se vienen, proyectos que se quedan, expectativas, logros, un poco de todo. La vida, en realidad, que te presenta todo junto al parecer... 



martes, 8 de marzo de 2016

Resignificación II

Hace muchos meses, mi hermana mayor y yo, estábamos almorzando en su departamento. Como queda bastante trasmano de casa el viaje había sido lo suficientemente largo y juntas fuimos poniendo la mesa, una vez que llegamos del supermercado, todas cargadas. 

Hoy, mirándolo en perspectiva, recuerdo que nos divertimos mucho ese día y entre las charlas de temas variados mientras ella leía para una especialización y yo escribía, surgió un díalogo en particular. Quizá a medida que lo escribo, me voy dando cuenta por qué hace unos días lo tengo tan presente. 

Hablando de los asuntos sentimentales, y teniendo en cuenta la reticencia de mi hermana a saber, valoré que me preguntara respecto al asunto. Le comenté cómo estaba todo, cómo me sentía yo, qué esperaba del tema y qué esperaba del futuro (cuando en realidad, no estaba esperando nada del futuro en referencia al tema, por más extraño que me resultara), y recuerdo que ella me dijo: 

- Yo pasé por la misma situación que vos, mientras estaba haciendo la carrera 
- ¿De verdad? - la miré, sorprendida. Nunca habíamos hablando de esto y la diferencia de edad de ocho años entre nosotras hizo que no lo hubiera notado más allá de que era bastante perceptiva. 

- Sí, igual no era tan grande como...,  nosotros éramos compañeros de la facultad... 
- Ahh, sí, me acuerdo...  - pensé, en silencio - ¿Vos saliste con él una vez, no? 
- Sí, sólo una vez, pero él tenía novia... - me explicó, mientras recordaba con simpleza - encima era rubiecita como yo; y a mí me gustaba, pero él me daba pelota cuando quería. 
- Un divino - mofé - parece que, al final, es más común de lo que uno cree. 
- Sí, bolú - me dijo, sonriendo - Así que está bien que te hayas mantenido firme en esa postura. 
- Es que en este caso, ella vino después que yo, mal que me pese. Se ve que algo no alcanzó, no funcionó, qué se yo, esas cosas que uno no entiende pero que tiene que tragar... 
- Entonces es un estúpido con más razón, qué no va a alcanzar con vos... 
- ¿Y que...? - me quedé callada - ¿Qué hiciste vos, con la situación? 
- Justo poco tiempo después, apareció *** - sonrió, con el amor marcado en la cara - y aunque al principio no estaba segura, mirá... - se encogió de hombros porque ese muchacho que apareció una vez y con toda su franqueza le dijo a mi hermana que ellos dos iban a terminar juntos por mucho que le costara que le creyera; hoy es desde hace cinco años su compañero, su pareja y su amigo. 
- ¿Es decir...? - bromeé. 

Me encantan las historias con final feliz. 

- Es decir que me quedé con la persona que me quería de verdad, que me quería en serio... - concluyó - e hice bien... 

¡Y vaya moraleja me dejó! 

lunes, 7 de marzo de 2016

De evasores se aprende...

Todo empezó un par de entradas atrás. La situación de "intermediaria" en cuanto a su familia y mi familia por asuntos laborales, era sostenible para mí. Pero no así que parte de su familia se quisiera acercar siquiera un poco más a la mía.   Difícil de sostener mi cara de "todo está bien" cuando este contacto, desde un punto de vista que no elijo, me resulta complejo de llevar y ni qué decir de digerir.  La situación de intermediara era tolerable, pero todo detonó con esta especie de invitación de parte de la primera persona que puso obstáculos para mal, cuando Él y yo estábamos juntos, en el afán de llenarle la cabeza con lo inmoral de la situación mientras que a mi, en cuanto tuvo la oportunidad, también se encargó de hacerme sentir como una atrevida, interesada y nena de mamá; humillándome sin testigos, denostando mi escritura, imponiéndose desde una autoridad que no tiene, y tratándome de estúpida, si a su familia respectaba.   Todavía recuerdo lo difícil que resultaba estar en el medio porque sabía lo que significaba la situación, porque yo estaba viviendo lo mismo pero al revés; mis hermanas tampoco lo querían y también lo veían como un degenerado.  Todavía recuerdo, asimismo, la culpa con la que me sentía por intuir que, casi indudablemente, la definición estaba dispuesta para un costado donde no se me elegiría, porque le estaba pidiendo mucho a una persona que se había escapado toda su vida de las cosas fuertes que ésta depara. 

Recordando todo esto, no pude soportar la novedad con el estoicismo habitual. Mi inquietud había empezado a gestarse específicamente hace mucho pero con un incremento fuerte, durante el sábado por la tarde. Aunque no me tenía afectada del todo, era un gorgoteo permanente en mi memoria, algo que percibía a punto de explotar. 


- Me dijo que nos esperaba... - empezó a contarme mi papá. 

- ¿A quiénes? 
- A nosotros dos y a vos también - dijo - Le pareció raro que no nos hayas dicho nada. 
- Me pareció que no aplicaba - respondí, con frialdad. 
- ¿Por qué? 
- Porque no tienen nada que ver con un grupo de pertenencia donde estoy yo y donde establezco mis relaciones - volví a arremeter, en un tono de voz tranquilo y pausado. Cuando quiero, a través de las palabras, pauto mucha distancia. 
- Pero es un cliente mío... - rebatió - No me voy a meter, quedate tranquila, sólo me está invitado. 
- No es un cliente tuyo, es alguien más, no tenés ningún compromiso ajeno al trabajo con él- me desestabilizó la denominación.
- ¿Cuál es el problema, Veinteava? 
- No quiero que se mezclen las cosas - le dije, con franqueza. 
- ¿Por qué no lo querés, por qué no te lo bancás? 
- No me cierra y no quiero que ustedes estén cerca de ellos - le dije, a medias. 
- ¿Te hizo algo? - preguntó. 
- No, pero igual, no quiero que estén ahí, entremezclados, no me parece. 
- ¿Es por el pelotudo? 
- No es Él, es la situación... Me resulta incómoda, independiente del tipo éste - le expliqué. 

(...) 


- No sé cómo han terminado las cosas entre ustedes, pero confieso que nunca me gustó. Sé que ese tipo me tiene miedo, pero vos no tengas miedo, no lo voy a ir a insultar, te prometo - esperó - ¿Te hizo algo? 

- No, no me hizo nada más, no es por eso. 
- ¿Hace cuanto que no hablás con él? 
- Mucho tiempo, más de un año - le mentí - El no me hizo más nada, pero no me lo banco y no quiero ni que estén cerca. 
- Vos sabés que yo le tengo asco, que no tendría ningún problema en cagarlo a trompadas si te hizo algo - dijo. 
- No es sólo porque no me hablo, también es incómodo para mí, en general. No quiero que vayas...  
- Veinteava, ese tipo es gay. Algo esconde, y puedo decirte de buena fuente que... - invadió el espacio de mis recuerdos válidos, totalmente válidos, para rebatir su hipótesis. 
- No me interesa, de verdad, que con su cuerpo haga lo que le plazca - le expliqué - lo único que me importa es que no mezclen las cosas. 
- No sé lo que tanto ha pasado entre ustedes, no sé cómo terminó todo, pero... yo no entiendo qué le viste. Un tipo como ése, qué pudo tener para que una mina como vos le de pelota, si es un tipo despreciable, la verdad... 
- ¿Qué le ví? Ay, dale, dejame de joder... - me exasperé - Yo lo único que te digo es que no me parece que vayas, que no quiero que vayas, no me interesa si te invitó bien. 
- No sé yo el prontuario de los novios de tus hermanas, pero de Él si sabía - me dijo y yo lo miré, sin inmutarme, casi que me le reí. La palabra novio entre Él y yo era demasiado pedirle para tanta cobardía. 

- A diferencia, ***, no me parece malo, es distinto a los demás. Él es el que no me cerró nunca, con el que no podía creer que vos... - esgrimió, como con asco. 

- Yo los conozco, papá, sé como son. Son familia como nosotros, se cuentan todo como estamos haciendo ahora, no quiero seguir discutiendo por esto - evadí la última parte de la oración.  
- Yo sí me lo encuentro al otro pelotudo, ya te digo, no lo saludo. 
- No quiero ni que te lo encuentres... Tuve problemas con Él, me siento incómoda si ustedes están cerca, sé que vos no lo querés, es ir a meter el dedo en la herida y con qué necesidad hay que hacer eso... - le pregunté. 
- No me lo voy a encontrar, Veinteava - me dice. 

<<Estuviste al filo el sábado y ni te enteraste, porque "el pelotudo" sigue teniendo algo de decencia>> pensé.  Hace un par de días estuvieron a punto de cruzarse; Él salió corriendo de la casa de este cercano, después de haberlo alcanzado hasta allá, para no hacerlo. 


- Yo no pensé que te iba a molestar, porque tuviste una buena actitud con lo del trabajo, te encargaste de todo, me re ayudaste. 

- Papá, el trabajo es el trabajo y lo otro es lo otro - suspiré - ¿Qué pensás, que no lo sé? Sí, sé separar, sé, pero hay cosas ante las que no puedo ser solo pensante. Por un lado entiendo que tengo que soportar esta situación pensando que mi capricho no me da de comer ni me carga la tarjeta para viajar a la facultad - esgrimí - ¿Te pensás que no lo sé? Ya bastante buena cara puse con que te haya buscado, pero no me pidas que me banque esto también. No aplica, no me place verlos juntos, es así - proseguí. 
- Pero... Bueno, hija, pero... - mi papá estaba sorprendido por mis palabras como adoptando una actitud solapada para guardar sus fichas de momento. 
- No quiero que hablemos más de Él - le advertí - No me interesa remover nada, no me interesa si es gay si no lo es, porque ya está, yo te estoy hablando de otra cosa - lo increpé. 
- No te lo digo para engañarte, a mí me lo contaron, es más sé con el tipo que vivía - empezó a decirme, sin terminar. 
- ¿Y? - lo miré, cuando sumé dos más dos.  

Sé quién se lo contó y por qué. Ahí hay bronca previa, entre el vecino que hace correr los rumores y Él, que no se lo banca por estos motivos. Dicho señor tuvo la misma conducta intempestiva conmigo, una vez que estábamos saliendo de su casa, los dos arriba de su auto, cuando le dijo que por fin había una mujer como la gente en ese coche, que hasta pensaba que era homosexual. <<¿Cómo vas a decir eso ***? Dejá de joder, hermano >> le dijo, con esa hipocresía que lo caracteriza. <<Está bien, ella mirá lo que es, eh, boludo, boludo... >> advirtió, mientras Él aceleró y lo despidió, después de largar unas puteadas. <<No le hagas caso, ese tipo está loco, perdoná lo que te dijo >> me avisó. 


El recuerdo me golpeó con su fuerza, porque el tipo con el que vivía no era tal, porque yo sé las razones suyas por la que todo era como era, y porque al mismo tiempo estaba conmigo. Y no puedo dar más detalles de esa época, ni tampoco puedo separar los tantos cuando recuerdo que entre su supuesto inquilino, y yo misma, o en realidad nosotros dos, había sólo una pared de distancia y de un lado y otro de esa pared habia realidades muy diferentes. 


- Es puto - acababa de decirme  - y vas a ver que tengo razón - insistía mi papá. Yo me quedé quieta, mientras advertí  los gestos que mi mamá hacía, por detrás de mi. 


<<Una mancha más al tigre >> me dije, mientras eso no me parecía ni cierto, pero tampoco en caso de serlo, me iba a resultar una sorpresa. 


- Dejá de hacer gestos, mamá, que ya es la segunda vez que te los veo y los conozco a ustedes tanto como ustedes me conocen a mí - dije - No me interesa si es gay. No me interesa lo que hace, ni con quien se acuesta; sólo no quiero que ustedes estén cerca. 

- ¿Y vos también te vas a ir de ahí, dejándole el camino libre? 
- No, pero lo mío es diferente. A mí me sirve lo que estoy haciendo y yo no le doy ese gusto de escaparme de las cosas sino que lo hago porque no me puedo escapar, porque hay que convivir con las cosas, por mí. 
- Bueno, mejor entonces - se calmó un poco - Porque sería hacerlo sentir demasiado importante cuando en realidad, el boludito este, no era ni la mitad de vivo de lo que sos vos, a tu edad. 
- ¿Por qué creés que no me voy, papá? - me enojé -  ¿A vos te parece que yo voy a dejar un espacio que me gané gracias al mérito, por una persona como Él? No, no estoy dispuesta a hacerlo, la verdad. Hay cosas que tengo muy en claro y una de ellas es eso; sé donde estoy parada y con la gente que trato, por eso mismo... - lo miré, poco indulgente. 
- Me parece muy bien, porque él cuando tenía tu edad seguramente no hacía ni la mitad - volvió a decirme. 
- No me interesa, la verdad. Lo único que quiero es salir adelante y no se puede salir adelante si lo ponemos en el tapete. Yo hago lo que puedo, vos ya sabés - concluí. El tono del intercambio fue fluctuando en todo momento, pero terminó en mejores términos de los que pensé, al menos, de momento. 

Mi entereza, que nunca sé muy bien de donde sale, me acompañó bastante más de lo que creía. Al respecto de lo que me dijo sobre los chismes (o las supuestas verdades), sólo tengo las cosas que viví de primera mano como referencia a modo de enseñanza. 

Quizá su vecino, todos quienes le hacen la fama en el barrio, todos quienes lo quieren y lo detestan, no sabrán la verdad. Incluso yo, que tuve la oportunidad de verlo desmadejado de muchas otras formas que lo que ven de afuera los demás, perdí las esperanzas de saberlo, de saber por qué conmigo sentía pero no podía. Creo que Él morirá con sus secretos, recto en su forma de vivir y de ver un mundo del que no quiero participar ya, al lado suyo. 

Si algo me enseñó el habernos conocido es a no evadir lo que me duele, a no contar todo lo que sé, a no meterme dos veces en el mismo infierno; como también a no privarme de volver a intentarlo por mi bien, y especialmente, a no juzgar pese a que esté todo servido para hacerlo sin no se conocen las mecánicas internas. Si algo me enseño el habernos conocido, insisto, es que tengo que seguir luchando en el intento de vivir la vida dignamente, aspirando al bienestar y a la felicidad. 


¿Quién tiene la verdad? Ni mi papá, ni yo, ni siquiera su pariente tan directo; sólo Él sabrá lo que prefiere y entre creer lo que me dijo hace tiempo o creer lo que se dice de su vida, ya por segunda vez elijo no hacer ninguna de las dos cosas.   Yo quiero creer en mí, y en que alguna vez mis historias tengan un tan final feliz como real. Quiero creer que mi deseo - " que podamos ser felices, que estemos bien..." - se cumplirá alguna vez, porque al caso, yo lo gesté desde lo mejor de mí y sin distinción de géneros.
 

sábado, 5 de marzo de 2016

Demasiado madre

- ¿Y qué tal este... este...? - me pregunta mi mamá, después de que unos días atrás le haya hecho una leve referencia, como para que esté en situación, por las dudas. 
- Normal - me encojo de hombros. 
- ¿Es pesado? 
- No, no, eso parece que lo tiene en claro. Yo le dije ciertas cosas y él me dijo su parte. Supongo que es lo que suele hacerse... 
- Ah - piensa - ¿Qué le dijiste? 
- Lo que consideré importante y lo que quiero que entienda que es importante para mí, cómo yo concibo ciertas cosas, entre ellas, las relaciones... - la miro, elocuente. 
- ¿Y qué te dijo? 
- ***** y además que ****  - le expliqué. 
- Mirá vos... - sonríe - Igual, viste, fijate... 
- Escuchá - la miro, dejando de lado la pantalla de la computadora - si te lo cuento es para que te relajes y no para que me persigas ¿está bien? - le indico - Me volviste loca con que no querías que estuviera con un jubilado, con que querías que tuviera gustos normales, los que según vos eran estar con una persona más joven; y no sé qué mas de todo ese discurso tan de mierda... - un revoleo de ojos mediante, implícitamente, le hice saber mi actitud frente a eso -  Así que, ahora... te lo pido ¡no me atosigues! 

Se rió, sin decir nada. 

- Bueno, pero... 
- No, nada, basta - la miré - Tengo derecho a fijarme, sea lo que sea. Te lo conté para que te quedaras tranquila de cuáles son actualmente las tendencias, más allá de que no está todo dicho - bromeé. 
- ¡Ay, Dios me escuchó, Dios me escuchó, tanto que le pedí! - dijo. 
- ¿Mamá, vos le pediste eso a Dios? - la miré. 
- ¡Me escuchó, viste!
- Vos deberías escucharte... - suspiré - no lo puedo creer. Bah, de vos sí, es todo posible. Sos terrible, eh. Ella se reía y de paso, escondía la cara adentro de la heladera. 

- Soy una persona coherente, sabés que no me convence todo el mundo, sabés que soy pensante - le advertí - Dejame en paz, porque en tanto vos o él no me rompan la paciencia, yo hago negocio... - volví a remarcarle. 

Hoy, mientras almorzábamos, sus comentarios sobre educación sexual fueron de esas conductas  típicas de madre vintage tan pero tan tan tan poco oportunas. 

<<Ay, qué momento tan 1810... ¡Voy a matar a esta mujer! >> pensé.  Me extraña que no me conozca...