Escribir es, como se sabe, remover. Por eso, si bien pensé poder
escribir muchas cosas sobre Él, nunca me imaginé poder narrar. Estimé que algún día, quizá de viejita, contaría
a mis nietos esta historia, pero ¿cómo contar, al a vez, si no es usando
palabras? Durante los años anteriores a
éste, me dije, a modo de promesa,
solamente una cosa: que el día donde me sentara a escribir esta historia, debía
de haber agotado todas las posibilidades; debía haber hecho todo cuanto
existiera para no quedarme anclada en el enojo, en el dolor y en el pasado. Me dije que, si quería proveerme de un futuro
más feliz, antes, tenía que poder encararme con el pasado, resolverlo, y
disponerme a mirar hacia adelante.
Llegué a pensar, quizá luego de repetírmelo tantas y tantas veces,
que lo que parecía inviable en algún momento dejaría de dolerme tanto. Deseé
que ojalá pasara algo nuevo, que la vida me guiara hasta ese momento donde
fuera preciso hacer las cosas bien, poder resolver el escollo, la cuenta pendiente.
Deseé que la vida me diera solamente un poco más de conciencia, otro poco más
de coraje, para no dejar pasar los días en la impunidad de su velocidad; para no dejar pasar las chances, para no
esperar hasta que fuera demasiado tarde...
Siempre me dije que existiría un día donde no me importase más el
miedo al rechazo, donde no me desarmara su forma de mirarme, donde no tuviera nada
más que perder. Siempre me dije que, una
vez llegado ése día, iba a tener que aprovecharlo si es que quería volver a amar con intensidad.
Porque no, para mí, no podía terminar así consigo; no podía
quedarme impávida, viéndolo mirarme de ese modo aún pasaran los años, o viéndolo
mirarme las stories a la
madrugada, sin dirigirle la palabra.
¿Cómo no iba a poder hablar con Él, si lo había amado tanto? ¿Cómo me iba a dar
tanto miedo? No, no podía más con ese
rencor tan viejo, no podía más con esa incapacidad de decir. No podía más. La
vida, el pasado, el tiempo y la añoranza, me estaban erosionando.
Yo, por lo menos, no podía más y Él estaba al borde de cumplir en
breve 46 años. No podía más y yo estaba al
borde de cumplir 23. No podía más con la idea de pensar que quizá el día
que juntara fuerzas, ya no quisiera responder a ese llamado. No podía más con
la idea de clausurar a la gente que alguna vez quise, pese a poder ser muy fría
cuando quiero. No podía más con el contacto permanente con los suyos y al
mismo, la veda consigo…. Porque los suyos, siempre, de alguna manera, volvían a
Él.
El tiempo pasaba y, antes de dejarlo más distante mostraba
un mensaje permanente: hacé valer tu aprendizaje,
no te quedes con las ganas de nada, hacé todo lo que esté en vos para forjarte
la vida que anhelás. El tiempo
pasaba y cada vez lo volvía más viejo; le sumaba más canas y le potenciaba las
arrugas debajo de los ojos, ésas que eran mis favoritas. El tiempo, impiadoso,
conmigo iba a la inversa; claro y me afinaba los rasgos y me movía de sitio, y
me hacía avanzar en la carrera, y me traía pretendientes que era incapaces de
mirar. Porque yo no podía más, ni siquiera, con el discurrir normal del tiempo.
No podía más con el silencio, con la duda, con el corazón cerrado.
No sé cuándo sucedió, es decir, cuando me decidí. No, no tengo una
fecha precisa para todo. Quizá, sin
darme cuenta, desde hace mucho ya había decidido que definitivamente, no se
podía sostener nada mas esta situación; pero, un buen día, me encontré buscando
el modo, lo cual supuso una diferencia. La pregunta, entonces, fue una que se dividió
en dos: ¿cómo romper el silencio de tener la oportunidad? Y, suponiendo que se
tenga la más pequeña chance ¿cómo no hacerlo, por qué ser tan cobarde de no
intentarlo siquiera? Él seguía haciendo posible para mí lo inesperado. Él
seguía haciendo fuerza, desde el pasado, avisándome que entre nosotros quedaba
una amistad pendiente. Él, sin saberlo,
había sacado cosas buenas de mí, me había enseñado cosas que, incluso en ese
momento donde dudaba, hacían parte a mi experiencia. ¿E iba a ser igual de cobarde? Pese a todo, a absolutamente todo, seguía una
persona a quien yo tampoco podía ver mal o a quien siempre iba a recordar,
desde un lugar entre amargo y entrañable. Casi cuatro años después, me venía a dar
cuenta con asombro y confusión que nosotros no habíamos terminado bien, pero
tampoco, habíamos terminado mal. Necesitaba, precisamente, una señal de vida para
inclinar la balanza hacia un lado, de una buena vez.
Mirando el calendario, para planificar una semana más de estudio,
el modo que andaba buscando, de repente, apareció. Allí caí en la cuenta de que
faltaba solamente una semana para su cumpleaños. Y otra vez, ésa cuenta
pendiente, ése saber y no poder, ése poder, y no saber bien cómo. Y finalmente,
el declive, es decir, la decisión. Decime, tajante, "lo voy a hacer; este
año, voy a sacarle toda la carga a ese día".
Una semana después, ése sábado desperté, me senté en la cama, y me
pregunté qué quería hacer. Estaba sola en mi cuarto igual que ese veinte de
julio, pero era otra persona mirando a mi alrededor, ahora dormía sola, y no me
chocaba ni con el dolor ni con las camitas de mi hermanas. No había tomado ni
un mate; la noche anterior me había decidido a superar mis miedos, me costase
lo que me costara y no era tan importante poner la pava como sí mandar un
mensaje. Agarré mi celular de la mesa de
luz, busqué todo lo necesario y envié el mensaje sin titubear, como si me hubiera
agotado de temerle a algo, es decir, de tenerle a todo.
"Muy feliz cumple, *** (...) "
le dije rompiendo en silencio, tomando la iniciativa que tantas veces le había
rechazado, precisamente, la mañana de su cumpleaños número cuarenta y seis. Mientras apoyaba mis dedos rápidos en el
puntero del teléfono celular, casi no borré mis palabras que fueron pocas, pero
amigables. Cuando terminé, luego de unos instantes de letargo, me calcé, me até
el pelo, y… me fuí a poner la
pava. Porque nada mejor que poner
a punto el agua, preparar el mate y arrimar la yerba, después de mandar un mensajito
elemental de cumpleaños. Después de vencer un miedo. Ahí nomás me di cuenta: hacía años que yo no
me levantaba tan feliz, o al menos, tan liviana, es decir, sin ese miedo
taladrándome las entrañas; sin la noción de que cada día ganado por el miedo
era un día perdido por la vida. Porque vivir con miedo a algo que no se puede
superar, al fin y al cabo, difícilmente puede ser llamado vida.
Envié ese saludo cordial sabiendo que Él nunca contestó los
mensajes de cumpleaños y que lo más seguro era que el patrón de comportamiento
se mantuviera. Lo envié sabiendo que era lo único que podía hacer por un tipo
que seguía mirándome las stories a las dos de la madrugaba y
con el que los otoños continuaban avanzando. Lo envié porque entendí que no tenía nada
que perder más que el tiempo, hasta decidirme a terminar las cosas desde el
mismo lugar donde empezaron: el dialogo, la cordialidad, y en cierto modo, una
llegada distinta entre personas muy dispares. Lo envié porque confié en que
pese a estar en dos generaciones
diferentes, ésa química, no había sido mentira.
Y porque especialmente consigo yo siempre fui valiente, siempre me
animé, siempre me la jugué, como con ninguna otra cosa ni persona en mi vida.
Luego de haberlo enviado, pasaron los días, las semanas y su
silencio fue algo que consideré definitivo. El rechazo, en el fondo, pese a las
mejores intenciones, era una posibilidad más que esperable. Sin dolor, casi encogiéndome de hombros, me
dije que era una pena hablarle al vacío; pero que no había nada más que me
quedase por cumplir conmigo misma. Que ya estaba, que estaba todo bien,
que estaba liberada de culpas, de cargos, y que hiciera con mi mensaje lo que
quisiera si es que no tenía nada para decir. Me llevó un par de días olvidarme del asunto. Pero
precisamente cuando me convencí de que no iba a recibir ninguna respuesta y en
especial, cuando me senté a narrar todo esto a modo de lavaje interno - lejos
estoy de creer en las casualidades - Él respondió. Sí, mi mensaje obtuvo
su devolución más allá de tantos años de silencio y más de veinte años de
distancia en el mismo momento donde empezaba a distanciarme del todo de la
experiencia y a comprender que Él podía
hacer lo que quisiera, pero eso, no restaba en nada a mi valor, y a mi
aprendizaje personal sobre cómo sobreponerme a los miedos.
Supe que mis intenciones habían sido buenas, que la vida sabía que
no soy capaz de lastimarlo y que, en ese caso, dejaba todo en manos de Dios, el
Universo y sus aledaños. "Si
Él, en ese tiempo, me conoció un poco, se va a dar cuenta de cuál es mi
finalidad y, si tiene la misma intención que yo creo, actuará en consecuencia.
Si no, paciencia. La vida sabe que no quiero perjudicarlo... " pensé. Y San Se acabó.
II
No me imaginé nunca, que desde esa tranquilidad iba a saldar mi
deuda del bien y, mucho menos, que ese mensaje iba a obtener respuestas después
de tantas vivencias y de tantos años; en especial, por las contradicciones que
a Él le generaba. Pero hoy entiendo hasta dónde me tenía que llevar la
incapacidad de vivir temiendo, ese arranque súbito de coraje, y al mismo
tiempo, esa devolución del otro en reconocimiento de ese gesto.
Apenas leí su respuesta, me acordé de algo que me había
dicho durante la charla donde yo le confesé lo que estaba sintiendo,
asustadísima, años antes de este último lunes :
"Me sorprende mucho lo que estás haciendo, todo lo que me estás
diciendo. ¿Sabés que sos muy valiente, no? Yo releí lo que me escribiste y
mismo ahora lo pienso, mientras estamos acá: no me imaginé en mi puta vida que
me iba a pasar así, que alguien como vos me iba a decir estas cosas; nunca me
lo imaginé. Valoro esto, me parece sumamente valiente lo que hiciste, me cuesta
creerlo inclusive, porque lo pienso y es increíble. Me estás sentando acá, me
estás diciendo todo, me escribiste una artillería de balazos. Estoy muerto, de
verdad, me mataste. Cien veces lo leí y me quedé pelotudo las cien veces. ¿Te das
cuenta lo que hacés en la gente, vos ? Supongo que no, pero de verdad, que seas
así a los diecinueve años es increíble. Te pido por favor que no sientas
vergüenza, que no te preocupes por mí o porque yo tenga miedo. El cagón soy yo,
no sos vos. Vos, conmigo, siempre podés y vas a poder hablar de todo. No tenés
que cambiar, ni se te ocurra cambiar. Y sí, de esto también, sonsa, porque no
es algo malo lo que me decís, al contrario. Yo soy el cagón, vos sos la
valiente acá. Esto tendría que haberlo hecho yo, de sentarte y hablar como dos
adultos... y sin embargo, me agarraste vos y me lo dijiste. Ni pensar me
dejaste, ni atajarme, ni escaparme, ni hacerme el pelotudo. Nada. Me lo tiraste
ahí nomás, de frente, así, sin anestesia, te metiste con todo. No, jamás me lo
imaginé. Imaginate que hace dos días que no duermo, porque cada vez que me
acuesto se me viene a la cabeza tu carta y pienso "qué hija de su madre,
cómo puede decirme esas cosas, me muero, Dios mío, yo me muero" (...)
Veinte, yo te voy a decir una cosa, que quiero que sepas: vos tenés que
seguir siendo así, siempre. Tenés que seguir siendo valiente, porque vas
a tener una vida feliz, o al menos, vas a vivir de otra manera. Siempre sé así,
valiente, y no dejes que eso se te escape. Seguí, guacha, seguí cantándole las
cuarenta a la gente, vos (...) "
III
Casi cuatro años después cuando su respuesta me llegó, incluyó las
disculpas por la demora y tuvo otra réplica desde la naturalidad, como si estos
años nunca hubieran significado algo tan inviable, como si en el fondo, haber
estado dormida o aletargada, no me hubiera transfigurado del todo.
Mi cara se sorprendió al leer su nombre, su apellido, su esencia
escribiéndome del otro lado, porque las razones del caso. Mi mente, por
primera vez, me dió una tregua. Mi corazón, luego de años de letargo, pegó un
brinco distinto, sanador. ¿Cómo explicarle alguien la medida de mi
asombro? No puedo encontrar palabras. El pasado confluyó con el futuro, éste
intento de ficción, chocó con la realidad.
Y me quedé pensando que éste día nunca iba a ser posible, durante casi
cuatro años de mi vida. Pensé que nunca iba a llegar la posibilidad de seguir
siendo valiente, pensé que había llegado a un punto en mi vida donde no había
retorno para ciertas cosas. Pensé que me iba a quedar para siempre con la duda
y la sensación de estar perdiendo la oportunidad de cambiar las cosas, no
solamente por lo que pudiera hacer yo, sino, por lo que Él estuviera dispuesto
a hacer por mí, luego de tanto tiempo. Pensé que, luego de años, lo mismo
le daba nuestra historia. Pero, por primera vez desde aquél veinte de
julio de 2014, no me conformé con el pensar; quise hacer, sin importarme nada,
sin pensar en nadie, sin dejarme cohibir por suposiciones.
Desde ese lugar, contra todo lo que yo hubiera pensado, existió
para nosotros un momento exacto, preciso, impostergable.
Por primera vez en años no hubo miedo, ni angustia, ni
dolor, más bien, la capacidad de cambiar la historia, ésta historia, la
nuestra, la de mi primer amor. Y hubo también algo, luego de tantos años, que
me golpeó y conmovió hasta la médula: el saber que ese primer amor, todavía
tenía un poco de valor para responderme; para hacerme saber sin los pudores o
los resquemores de antaño, que todo está bien. Que finalmente, luego de tanto
tiempo, pero tanto tanto tiempo; de preguntas, de dudas, de sufrimiento, de
recuerdos, de llantos, de miradas, de encuentros y de innumerable cantidad de
desencuentros... Sí, que finalmente luego de afrontar y convivir y aprender;
todo está bien para nosotros.
¿Cómo no? Todavía me cuesta asentar la polvareda interior. Todavía
me cuesta acostumbrarme a observarlo interactuar conmigo en las redes por
propia iniciativa, tanto tiempo, tantas cosas después, para ser buenos amigos,
o al menos, buenos ex-compañeros de un proyecto en común. Todavía me cuesta
pensar que, la próxima vez que me lo cruce por la calle, no voy a tener que
obligarme a girar la cara, llena de angustia, sino que podré saludarlo. Todavía
no encuentro el modo de explicar cómo todo esto me hace sentir, ni mucho menos,
la indecible felicidad que me da poder escribir su sobrenombre para recibir de
vuelta el mío. Todavía no encuentro el modo de definir por qué esta mezcla de
alivio, tristeza, felicidad y nostalgia...
Pero lo cierto es que esta historia me robó las previsiones y
nunca esa falta de certezas me hizo tan feliz, como en este momento, donde me
ayuda a volver a tener esperanzas no sobre nosotros, pero sí frente otro
horizonte, naciente después de nosotros, en lo que respecta a mi vida.
Definitivamente, ahora lo entiendo del todo, "si no
pudimos entonces, entonces podamos hoy" fue algo mucho más que una
verso de un hermoso cantante, para mí.