Se llama acto fallido (también conocido como desliz freudiano) a aquel acto que pone de manifiesto una expresión diferente e incluso contraria a la intención consciente del sujeto. Puede presentarse en la acción, en el discurso verbal o en un gesto"No era una cita. No era una cita, insisto, sino más bien una especie de reconciliación con mi franja etaria. Por eso acepté salir a tomar un café, reencontrarnos y charlar. De la vida, de su novia, de nuestras cosas. En el momento en que iba al colegio era un buen pibe y compruebo que está más grande, más centrado. Después de miles de veces de haberle dicho que no, le dije que sí.
- ¿Y vos, de novia? - me preguntó hace unos días.
Le dije que no con la cabeza y con el cuerpo. Y ayer en medio del café, le expliqué mejor.
- ¿Quiere decir que lo vas a ver, más tarde?
- Me lo voy a cruzar, sí. Como siempre.
- Mhmmm - puso cara, y con razones - Es complicado.
- Más allá de todo siempre lo cruzo, si no es deliberadamente, desde el auto. Él no se baja de ahí y yo siempre voy caminando; no hay chances - le aclaré. Sonreí y cambiamos de tema. Los robos ocuparon la primera plana hablando de nuestro barrio. Nos contamos situaciones y sensaciones abarcando todo el tópico. Después, pasamos a la política, los estudios, los laburos. Cosas que creo, se hablan en todas las mesas de bar.
En frente mío tenía un ventanal enorme y basto por el que pasaba el gentío, abultado, a esa hora. Yo miraba con intermitencia pero al mismo tiempo, a nada especial. Él estaba de espaldas por eso detrás de su rostro podía ver casas, locales, gente y más gente. También lo miraba a los ojos. Me gusta sentarme de frente a la ventana porque me permite controlar las intensidades visuales que a veces, no puedo manejar. Toda la gente me dice que tengo una mirada intensa. Creo que quizá sea porque para mí es muy importante el contacto visual, en todas los aspectos. Siempre habla más de la gente que, incluso, sus propias palabras.
Hablábamos de su novia con la que lo veo bien, y por la cual me alegro mucho, cuando lo ví pasar a él por la vereda, evitando mirar la vidriera como si hubiese visto un fantasma dentro de local, tensando la nuca. Mi interlocutor tardó en reaccionar, pero bajando la vista sonreí, irónicamente, y le dije: "si lo querías conocer, ahí está". Nos reíamos sacudiendo la cabeza hasta que "el otro" cruzó la calle.
Mi coetáneo me acompañó hasta la puerta del bar, donde tenía la otra cara de la mañana y nos despedimos. Suspiré y concilié mis adentros para bancar la mirada diferente que me recibió. Hubo mucho contacto visual, como siempre, como también marcas del presente. Mejor dicho, el presente ahí, sentadito. Hubo seriedad, planificaciones, miradas intermitentes, comentarios, chistes, aportes. Hubo temas incómodos, temas más felices. Hubo una mirada que se posó por más de un simple gesto, varias veces. Hubo sostén de este lado. Hubo paciencia y hubo tolerancia. Hasta que me levanté dirigiéndome a los baños a la vez de otro compañero.
Sé que miró, me confié en que no a mí. Parece que le erramos cuando antes de despedir al compañero que se estaba yendo, pronunció mi nombre. Pronunció mi nombre, rectificó en un segundo y siguió como si nada.
Como-si-nada.
Mi coetáneo me acompañó hasta la puerta del bar, donde tenía la otra cara de la mañana y nos despedimos. Suspiré y concilié mis adentros para bancar la mirada diferente que me recibió. Hubo mucho contacto visual, como siempre, como también marcas del presente. Mejor dicho, el presente ahí, sentadito. Hubo seriedad, planificaciones, miradas intermitentes, comentarios, chistes, aportes. Hubo temas incómodos, temas más felices. Hubo una mirada que se posó por más de un simple gesto, varias veces. Hubo sostén de este lado. Hubo paciencia y hubo tolerancia. Hasta que me levanté dirigiéndome a los baños a la vez de otro compañero.
Sé que miró, me confié en que no a mí. Parece que le erramos cuando antes de despedir al compañero que se estaba yendo, pronunció mi nombre. Pronunció mi nombre, rectificó en un segundo y siguió como si nada.
Como-si-nada.
