domingo, 31 de mayo de 2015

Literatura, cuanto menos, ficción: "Sus actos fallidos"

 Se llama acto fallido (también conocido como desliz freudiano) a aquel acto que pone de manifiesto una expresión diferente e incluso contraria a la intención consciente del sujeto. Puede presentarse en la acción, en el discurso verbal o en un gesto"
No era una cita. No era una cita, insisto, sino más bien una especie de reconciliación con mi franja etaria. Por eso acepté salir a tomar un café, reencontrarnos y charlar. De la vida, de su novia, de nuestras cosas. En el momento en que iba al colegio era un buen pibe y compruebo que está más grande, más centrado. Después de miles de veces de haberle dicho que no, le dije que sí. 

- ¿Y vos, de novia? - me preguntó hace unos días. 
Le dije que no con la cabeza y con el cuerpo. Y ayer en medio del café, le expliqué mejor. 
- ¿Quiere decir que lo vas a ver, más tarde? 
- Me lo voy a cruzar, sí. Como siempre. 
- Mhmmm - puso cara, y con razones - Es complicado. 
- Más allá de todo siempre lo cruzo, si no es deliberadamente, desde el auto. Él no se baja de ahí y yo siempre voy caminando; no hay chances - le aclaré. Sonreí y cambiamos de tema. Los robos ocuparon la primera plana hablando de nuestro barrio. Nos contamos situaciones y sensaciones abarcando todo el tópico. Después, pasamos a la política, los estudios, los laburos. Cosas que creo, se hablan en todas las mesas de bar. 

En frente mío tenía un ventanal enorme y basto por el que pasaba el gentío, abultado, a esa hora. Yo miraba con intermitencia pero al mismo tiempo, a nada especial.  Él estaba de espaldas por eso detrás de su rostro podía ver casas, locales, gente y más gente. También lo miraba a los ojos. Me gusta sentarme de frente a la ventana porque me permite controlar las intensidades visuales que a veces, no puedo manejar. Toda la gente me dice que tengo una mirada intensa. Creo que quizá sea porque para mí es muy importante el contacto visual, en todas los aspectos. Siempre habla más de la gente que, incluso, sus propias palabras. 

 Hablábamos de su novia con la que lo veo bien, y por la cual me alegro mucho, cuando lo ví pasar a él por la vereda, evitando mirar la vidriera como si hubiese visto un fantasma dentro de local, tensando la nuca. Mi interlocutor tardó en reaccionar, pero bajando la vista sonreí, irónicamente, y le dije: "si lo querías conocer, ahí está". Nos reíamos sacudiendo la cabeza hasta que "el otro" cruzó la calle.   

Mi coetáneo me acompañó hasta la puerta del bar, donde tenía la otra cara de la mañana y nos despedimos.  Suspiré y concilié mis adentros para bancar la mirada diferente que me recibió.  Hubo mucho contacto visual, como siempre, como también marcas del presente. Mejor dicho, el presente ahí, sentadito. Hubo seriedad, planificaciones, miradas intermitentes, comentarios, chistes, aportes. Hubo temas incómodos, temas más felices. Hubo una mirada que se posó por más de un simple gesto, varias veces. Hubo sostén de este lado. Hubo paciencia y hubo tolerancia.  Hasta que me levanté dirigiéndome a los baños a la vez de otro compañero. 

Sé que miró, me confié en que no a mí. Parece que le erramos cuando  antes de despedir al compañero que se estaba yendo, pronunció mi nombre.  Pronunció mi nombre, rectificó en un segundo y siguió como si nada.  

Como-si-nada. 



viernes, 29 de mayo de 2015

Mis días

Anoche me acosté a las tres de la madrugada después de estudiar durante el día. 
Hoy me levanté pasadas las diez de la mañana y seguí en el mismo ritmo, aunque me tomé un recreo a partir de las cinco de la tarde para comer algo, ducharme, mirar más material del parcial y cenar. Ahora, a cinco minutos de que sea un nuevo día, me estiro hasta la cama porque en tres horas me vuelvo a levantar a pesar de que mi viejo me diga que no estudie más, porque más o menos, me ve entre apuntes desde hace "catorce meses". 

Lo cierto es que hace un mes que estoy así, entre apuntes, estudiando a velocidad constante, con madrugones, con desveladas y con todo recurso universitario pertinente cuando el primer testeo del cuatrimestre llama a la puerta. Mayo se me fue volando, a pesar de que haya sido sólo un mes y no catorce.  Y aunque quiera seguir el consejo de mi padre, siempre intentando que sea una mujer zen, puedo reconocer perfectamente mis resistencias. 

El finde está cerca. Muy cerquita. Va a ser el primero realmente libre de este mes, sin el peso de un parcial en el horizonte. Lo único que deseo con toda mi alma es: dormir, salir (cosa que sólo hice para ir a cursar y volver a casa, esta semana) y leer a pata suelta, pero cosas tales como literatura, novelas y poesías.

Será hasta mañana. Mis ojos me arden y es señal de que llegaron las horas para dormir. 

martes, 26 de mayo de 2015

Literatura, cuanto menos, ficción: "Una carta abierta"

Carlos Casella, en su versión, dice más de lo que puedo...No es solamente el ya no se puede más; ciertamente es también el no quiero más lo que me invita a arroparme de nuevo en la racionalidad. Quisiera que estés tan bien como para que no nos pasara nada, nunca, que nos invitara a volver al otro. Qué idiota, qué utópico, que simplista mi razonamiento. Es incontrolable lo que quisiera, lo que pido. 

En estos meses nos han pasado tantas cosas, nos las veo en los ojos. Nos han pasado cosas lindas, feas, triviales y no tanto. En estos meses te ví rehacer sentimentalmente tu vida, también, te obligué mediante la indiferencia a hacerte perder todo rastro de la mía. En estos meses me mandaste mensajes y no los respondí y debo reconocer que en el curso de todas las noches desde "ese día", yo luché en algunas contra toda mi voluntad no racional, para evitarme lo mismo.  Sé que te quisiste acercar de a poco, que seguís buscando mi fractura, y que yo me escapo, aunque me muera de ganas. Sé que te guardaste, porque tampoco querés quedar como un arrastrado, sé que también te conviene seguir haciéndote el boludo, porque tenés orgullo, porque así reforzás tu virilidad. 


En estos nueve, increíbles nueve meses, me encuentro en la escasa facultad de decir que aprendí a quererme como nunca antes. Aprendí a quererme de verdad, sin pedírselo a nadie, sin siquiera animarme a intentar trasladarte todo eso a vos. Aprendí a ver todo lo bueno que hay en mí, todo lo importante que simboliza mi presente, todo lo bueno que hay, todo lo bueno que puedo crear, todo lo bueno en lo que me tengo que enfocar, siempre. Sea ésto un paquete de mis galletitas preferidas, un abrazo, una noche con rico olor - olor a vida -, ó un regalo sorpresa. Aprendí a valerme de cosas simples, nada más. Creo que eso fue lo único que me sacó a flote cuando decidí y decidiste que eso que habíamos formado nosotros - infalible pero fugaz a la vez - no daba para más. 

La distancia que implican 23 años ahora me parece enorme, pero en nosotros me parece graciosa, como cuando sacábamos cuentas y yo hacía chistes y te robaba risas e intentaba que no temieras lo que finalmente te paralizó.  No puedo imaginarme con alguien de tu edad, creo que fuiste una absoluta excepción a mis reglas de por sí, en estos términos, realmente laxas. Sin embargo, creo también que me diste una perspectiva observacional maravillosa de vos mismo así, en la soberbia de decir " esta piba no va a sacarme el velo". Creyendo que por ser joven no iba a poder dilucidar lo que portabas, finalmente terminé robándote todas las miradas, reconociéndote los gestos, las máscaras, los prejuicios, los placeres. Y yo, creyendo que era incapaz de expresar íntegramente amor, que no podría hacerlo, que era realmente tonta para eso, me descubrí corriendo en una sintonía nueva. Encontrarme con vos me demostró que podía y que, ciertamente, podía aún mismo con mi historia. Que podía con vos porque te amaba y que podía también con mi historia, porque en el camino aprendí qué era exactamente amarme a mí.  Fuiste fundacional en tantas cosas. Lo veo hoy, a pesar de los errores, cuando aunque quisiera odiarte para no compadecer, antes me muero.  


Hay momentos en donde no sé cómo trabajarte, cómo tratarte, cómo hacerte entender lo que ahora es la realidad, cuando sé que la realidad es la que nos intentamos creer, como dos tontos aunque sea contraria a nuestras acciones. Realmente, exactamente, sólo lo opuesto.  Hay momentos en donde, finalmente, entiendo lo que quisiste hacer conmigo y lo mal que te salió. Ni aún habiéndome lastimado así lograste que te odie, ni aún habiéndome mareado tanto hiciste posible el hecho de tirarme abajo, esperando que te deteste. Ciertamente, siempre vamos a conocernos. Siempre, aunque nos pese, vamos a ser un intento de extraños. Siempre, aunque estemos con otros, nos vamos a entremezclar e iremos a ser incapaces de comprendernos. Somos de lo más antagónicos, pero a su vez, somos complementarios.  

Seguramente te parecerá extraño y a la vez te parecerá propio de mí: la  solemnidad y mi estricto respeto por los códigos siguen siendo los mismos desde que nos conocimos, cuando yo era incluso más pendeja que ahora. Más mujer niña y amiga, como te canta Tejada Gomez respeto a un poema de Luis Salinas, con ese ritmo del recuerdo de algunos destellos que todavía conservo cuando escuchaba ese tema, que me hacía sentir la reina del universo. 

Por momentos me invade la extrema necesidad de tomarme una cerveza con vos como en los viejos tiempos. Me extenúa la intensidad de los recuerdos y me perfora, a la vez, la permanencia de tu mirada que, vaya Dios a saber porque, nunca me sacas de encima más allá de todo. Hay instantes en donde quisiera charlar con vos, con la parte que me mostrabas cuando no tenías miedo de la sociedad, de que te juzgaran o de que mi familia te atacara. Hay minutos, apenas, donde me encantaría que hubieras tenido un céntimo de coraje, apenas, y de desprejucio para elegir una porción más de felicidad al lado mío. 


Sé que a nuestra manera, aún con problemas, fuimos felices y lo hubiésemos sido mil veces más.  Sé que la confianza con la que me contaste lo más oscuro, lo terrible y lo más hondo fue la misma con la que te lo conté yo. Sé que una de las pocas verdades que creí desde el comienzo fue la que te escuché decir acompañada de "te juro que no creí que podía pasarme esto alguna vez en mi vida. Esto se puede ir al carajo, no sé qué hacer con vos, me vuelvo loco". Sé que podría haberte dicho lo mismo, de mi lado, pero no tendría caso. Aunque te jurara mil veces que no creía que pudiera pasarme algo así, desee que fuera real en cuanto te senté en frente mío una noche de verano, llenándote de dudas, quemándote la cabeza, haciéndote imposible el hecho de que pudieras dormir, como me dijiste cuatro meses después, cuando explotaste y pusimos el mundo en prueba piloto. <<Que lo maneje otro >> pensé. Ahora, recordando todo eso, sonrío. Ciertamente lo manejó otro. 

Los recuerdos son duales, señor... Ésto último, el señor, te lo diría sonriéndote, jugando, como siempre; quiero que lo sepas. Aunque muestre una indiferencia absoluta, aunque parezca que ahora es a mi a quién nada le afecta, aunque no me ría de tus chistes, aunque haya podido superar esto en gran medida, soy tan humana como vos. Verte con ella es, a la vez, verte con la posibilidad socialmente aceptada para tu conciencia pero no te creas que me gusta, es más, implica una enorme tolerencia ante lo que se debate dentro de mí. Es triste, lo reconozco, ser siempre lo que no podés eludir ni lo que tampoco nunca vas a elegir. Estoy convencida: no vas a cambiar. Mi memoria tiene un tatuaje: yo jamás voy a esperarte.  
Y a colación de esto mismo, parece mentira cuando fue esta noción la primera que te aclaré, desde el primer momento. <<No podés pretender, ni quiero que lo hagas, que pueda esperarte. No tengo tiempo para esperarte, perdoname que te lo diga, pero es así. En un día pueden pasar mil cosas. No puedo esperar que un día te levantes de la cama y decidas hacer lo que no estás en condiciones de hacer, al parecer, lo que no podés o no querés hacer, ya no sé.  No esperes que ponga mi vida a tu disposición. Sí sabé que todo lo que te quiero es sincero, profundo... Y desinteresado, grabate eso. No me importa nada de los otros. No me importa tu familia, lo que diga la mía, lo que digan nuestros amigos y nuestros compañeros. Yo te elijo a vos, quiero estar con vos, y lo demás me parece estúpido al lado de lo importante que es sentir todo esto >> te dije.  ¿Te acordás? Me gustaría, a la vez, que lo hubieses recordado antes de lastimarme con tantísimas decisiones de hombre grande, que creyéndome tarada, elegiste tomar solo. 

No voy a negarte la importancia, vos sos una persona que aunque quiero no puedo olvidar. Al margen de eso, sos también el hombre con el que nada puedo construir, más que una relación subterránea. Sos el hombre con el que no me imagino, hoy por hoy, el hombre con el que no me gustaría pasar el tiempo, pero con el que podría reservarme una esquinita del mundo aún codeándome con gente diferente, aún habiendo podido descubrir el lado más juvenil en mí, aún relacionándome - ahora sí - con toda franja etaria existente. No obstante todo esto, tengo en claro, profundamente en claro, que yo soy la persona que no elegiste, claro, y con la que no estás. Sin embargo, distantes, inconciliables, perdidos, siempre somos. ¡Nunca me costó tanto explicar algún vínculo humano que tuviera, cómo me cuesta esto! No sos el hombre con el que me imagino comiendo los domingos, duermiendo todas las noches, compartiendo mis nervios antes de un examen parcial o yendo al cine. Creo que justamente vas entre medio de todos estos escenarios, siempre lo hiciste, para crearte el propio. Así es que conocimos del otro tantas cosas. No soy tampoco la mujer con la que cenás, la que podés presentar a tus amigos, la que no se lleva una mirada reprobatoria en cualquier lugar al que ingresan. Soy la que se  llevó también tanto la envidia de tus amigos como el prejuicio generacional. Soy de la que pensaron mal, o bien, o muy bien. Soy la pendeja con la que estuviste y qué bien la pasaste, en el vocablo popular. ¿Te pensás que no lo sé? 


Es muy complicado para mí reconocerte esto, incluso, es contraproducente, pero yo creo que falló porque nos queríamos más de lo que podíamos demostrar. Ahora entiendo que me querías, a tu manera de lo más extraña, pero verdadera. Aún en la incapacidad para reconocerlo, aún en la evasión, aún en la negación, ahora entiendo que cuando me explicabas de mil formas que a vos también te dolía, era porque te dolía. Esta vez te escribo para que te enteres de algo: no reconocer tu verdadero dolor era el principal aliado personal para poder olvidarte. Pensar que me estabas mintiendo, creerme que eras un real cornudo, era lo que me ayudaba a seguir. Siempre supe que realmente no podías ser ni tan bueno ni tan malo, siempre supe que eras tan humano como cualquiera. Siempre supe que te costaba, que te dolía... Pero si me quedaba en eso me iba a hundir tanto... Porque me dolía igual o más, porque me costaba un triunfo aceptar eso. Necesité la bronca como motor y vos mandaste leña al fuego, porque me conocías: enojada era la peor versión. Si me enojaba con vos, si me enojaba enserio, no te iba a dejar acercarte nunca y nunca me iba a acercar a vos.  La pensaste, y la pensaste bien. La hiciste mejor. 


Yo no te veía seguro, podía palpar tu culpa, podía sentir tu miedo, podía ver lo importante que era para vos no ser juzgado, seguir yendo a favor de tus nociones habituales de vida. Sé lo importante que es para vos apegarte a la estructura. Sé que mucho me lo hacías apropósito para que me espantara, y lo lograste, me espanté. No te ví seguro y me asusté también de lo que pudiera pasarme no sabiendo contenerte como hombre y como ser humano en tus dudas. Sé que te importaban las cuentas, el futuro, que no me ibas a poder dar hijos... Y yo me cagaba tanto en todo eso... A mí, la primera especuladora respecto al futuro, al lado tuyo, le importa poco más que ese minuto, ese, el de ahí, el que teníamos frente a nuestras caras. ¿Qué curioso, viste? 


Te lo juro, ahora lo sé. Sé que fuiste honesto cuando me afirmaste que merecía algo muchísimo mejor que vos, que tenía derecho a toda la felicidad del mundo, que para vos no era fácil alejarte de mí, porque querías saber, ser mi amigo aunque sea, ayudarme. Que tampoco te pidiera hazañas porque nunca las ibas a poder cumplir. Yo te las pedí, seguidamente, porque necesitaba apoyarme en tu incumplimiento. Necesitaba que me defraudes más, más hondo, para tomarte bronca, asco, el rechazo suficiente al menos para poder alejarme. Pero eras, has sido, uno de los seres humanos que más amé. Fuiste el amor más intrincando y a la vez más fuerte que tuve. Incluso ahora mismo te incluyo en mis oraciones, en mis buenos deseos e intento acompañarte a mi modo en tu bienestar aunque pienses que soy una hija de puta terrible, que todavía ando enojada, que te guardo un profundo rencor, que finalmente resulté una pendeja y que por eso quiero hacerte sudar cuando le demuestro a ella tolerencia, decoro y simpatía. Lo hago por vos, siquiera por ella, porque no me interesa. Lo hago para que veas que, si ella es el bien, yo levanto el pulgar. 


Si supieras que los dos tenemos profundas estretegias, que no sos solo vos el racional, que no solo a vos te pasaron por dentro conciencias que no eran precisamente la tuya. Si supieras que yo también, ahora que el dolor no me tapa más los ojos, entiendo un montón de cosas. Si supieras que realmente, si esto es lo que a vos te salva, yo sigo aceptándolo. Siempre voy a apoyar tu felicidad. Es algo que jamás pude decirte después de todo lo que pasó pero que sostuve permanentemente. Siempre, siempre - quisiera que me escucharas - voy a apoyar tu felicidad. Me gustaría que fueras el hombre más feliz del mundo, incluso, que tuvieras una vida más linda, como la que sueño para vos. Porque a pesar de que sos mi pesadilla, guardo los mejores deseos en tu nombre. Por eso, considero, soporto todo aún me contraríe en mis más profundas bases.  

Sé que tengo tiempo, más tiempo que vos, para rehacer mi vida... Sé que puedo cambiar, sé que van a pasarme mil cosas además de esto, sé que otros hombres se enamorarán sin tanto problema de mí. Sé que soy digna de amor, ese ya no es el problema. Sin embargo, aún sabiendo todo esto, no te das una idea mínima de cuanto disfrutaría con que supieras lo que daría porque hubieras tenido otras herramientas en nuestro momento. Quiero que seas feliz, de una buena vez. Te juro que lo quiero. Sin embargo, me veo atada a no ser tu felicidad y esto implica no moverme de mi postura actual. 

Sé que te traje dudas, que reviví planteos morales que no querías volver a hacerte, me lo dijiste, te hice dudar de TODO. Sé que cuando me miras en la actualidad no podés olvidar esto. Por todo esto no puedo alejarme ni acercarme. Me importa que seas feliz por eso no quiero ni me animo a ser ni siquiera tu amiga. No puedo darte la posibilidad de hablarnos, de acercarnos, de implicarnos siquiera en organizar una jornada. No puedo darte nada... Porque sé que nos hacemos bien y nos hacemos mal. Y yo quiero que estés bien, no quiero que estés mal. Suena tonto mi planteo, pero es lo más verdadero que puedo decirte. 

Me gustaría decírtelo cara a cara, pero tampoco puedo: te perdono todo, léeme bien, todo. Dormí de noche, dale, todo va a estar bien. No hay nada tan terrible ni tan apremiante que implique sacrificar tu salud. Cuidate, por favor, no seas tonto. Cuidate, boludo, dale... Dejate querer, comé sano, mirá mucho cine, hacé que te rasquen la barba y la cabeza, suspirá como un nene con una obra de arte, jodé, jodé mucho a los que te importan.  Seguí riéndote de todo como mejor defensa a tus dolores. Ponete bien, andá a la cancha, leete un libro, como te gusta. Te perdono, sonso. Ya está, está todo bien. Siempre va a estarlo, aunque no quiera, porque el infinito cariño que te tengo lo hace ser de este modo. Te perdono incluso lo que más me dolió y lo que me desarmó por completo. Te perdono que hayas hablando con tus amigos de mis problemas, prefiero creer que eran porque realmente te había angustiado ver lo que viste ese día, sabiéndome una tipa obstinada, joven pero muy dura a la vez. Te perdono el dolor no te preocupes.  Dejá de mirarme como si te quemara las viseras acordarte. Ya pasó, te lo prometo. Dejá de hacerme falta, eso también te lo perdono. Te perdono no saber no tocarme cuando me hablás ni saber ignorarme por completo. Yo a mi manera, fallo en lo mismo. Te perdono tu inmadurez, tu poca hombría, tu mucha mente. Te perdono todo,  viejo terrible, viejo arruinado, mi chico...  Y te lo repito por la cara de estupefacción que ponías cuando te lo decía infundiéndole un amor inaudito. Sos un viejo arruinado... Eso te decía mientras te abrazaba sólo porque quería que te rías de eso que nos pasaba, quería que cambiaras un poquito esa sensación de responsabilidad, esa necesidad de protegerme de tooooodo haciéndome de plástico, de nata, a la vez. Te pedía mucho, ahora lo comprendo. De otro modo, vos me podrías haber aceptado así y no haberte preocupado por los años demás, puestos a modo de ironía. Y a otra cosa mariposa. 


De verdad... Me gustaría poder decirte esto más que tomarme una cerveza con vos, otra vez. Tengo una necesidad imperiosa de poner mi granito de arena, de no ser ese karma en tu mente, de no ser una de las tantas cosas que hiciste mal. No quiero que me mires con la quemazón con la que me mirás, porque el humo que largás en de tus interiores consumiéndose. No quiero que te arrepientas de nada. Ya pasó, negro, dale. Olvidémonos, nos va a hacer bien. 


A mí también me hubiese gustado que esto no pasara si es que vos estás de acuerdo en esto. A mí me hubiese gustado, en realidad, estar de acuerdo con vos en esto. Me hubiese encantado ser tu amiga y nada más pero no me arrepiento ni un día de haberte amado.  Hubiésemos sido de los mejores amigos, puedo verlo. Hubiésemos extendido el cupo de noches muriéndonos de risa, las copas de vino juntos y las comidas ricas. El amor nos alteró las bases de lo que debería haber sido. Me gustaría no haberte amado tanto si se pudiera hacer posible así esta conversión... Creo que inclusive me encantaría haber sido más tonta. Creo que porque supiste siempre lo poco que me ibas a poder dominar, las cosas sucedieron así. Creo si sólo hubiera sido buen sexo lo nuestro no habría acuñado tanto y a la vez, cosas tan complicadas. Creo que si no hubiera habido verdaderos sentimientos todo hubiera sido más fácil, sin embargo, no me arrepiento ni un día de haberte elegido, de que no haya sido sólo una diversión, de que no hayas sido para mí una cuestión de interés como podría haber pasado con otras chicas. Me encantaba no dejarte pagar nada, regalarte alfajores. Me costó muchísimo aceptar tus regalos.  
Me encantaría haber sido más escondedora y no haberme puesto tan intensa. Quizá así hoy seríamos otros. Quizá sí seríamos felices en este aspecto de nuestras vidas y no nos costaría vivir. 

Sabé que, incluso estés haciendo lo que sea que estés haciendo en este momento, yo te perdono. Incluso te perdono si algún día volvés, incluso me perdono a mi misma por la forma tan torpe en la que te aceptaría y te rechazaría, porque seguís siendo un hombre al que quiero ver feliz y yo sigo siendo una persona tendiente a la felicidad en mi camino, pero no desembocamos en la misma coordenada uno y el otro.  Y veo que las dos cosas juntas son imposibles.  Y yo y vos para mí, somos el otro nombre del problema. Somos el seudónimo de la falta de estabilidad.  Entiendo que la inercia te ayude a vivir, porque hoy es también mi alimento. Entiendo que quieras rehacer tu vida como la sociedad manda, que quieras tapar todo con lo que tendría que ser y no con lo que sin importar, se cuela por los rincones. No me gusta ser el resbalón en tu vida pero a la vez entiendo que no tenés la cara para plantarte ante vos mismo, no ya ante los otros, sino ante tu propia interioridad, para reconocerte. 

¿Sabés lo complicado que es para mí, siempre ver otra cosa en vos, y luchar por creerme la apariencia? ¿Sabés lo difícil que es haber aprendido a vivir con esa infinita cosa no dicha entre nosotros? ¿Sabés lo que significa para mí haberme tenido que bancar todo lo que soporté, porque era lo correcto? ¿Sabés cuantas veces quise cagarme en lo correcto? 

¿Sabés lo que me gustaría hablar con vos? Y sin embargo, no puedo decirte más de dos palabras. Mi orgullo me parte al medio, mi decisión me parte al medio, mi terquedad me parte al medio. Cuando te tengo en frente, no me sale nada más que un sí o un no. Un puente de palabras no dichas nos separa y me siento feliz, pero solo por un ratito. La realidad es que me gustaría hacer otra cosa, aunque no sepa muy bien lo que es. ¿Sabés, negro, lo que es decirme a mi misma, cada día, todos los días, "seguí adelante" aunque te lea otra cosa en la mirada, esté con quien esté? ¿Sabés lo que es ser como los otros, finalmente, y empezar a obligarme a no leerte la cara? ¿Sabés lo que es que le sigas contando a tu amigo cosas de mi y que tu amigo me pregunte, para contarte? 

No, no sabés lo que es no poder decirle "si quiere  saber que me pregunte él, porque es sólo a él a quien le daría todos los insultos, todos los abrazos y todas las respuestas". No sabés lo que es sentir que me estoy volviendo loca, no sabes lo que es volver a fumarme toda tu bruma sin palabras que se vuelve cada vez más turbia. No sabés lo que es no poder decirte "dale, dejá de mirarme así y hablá. ¿Querés hablar? Hablemos". No sabés lo que es conocerte tanto y que me duela.  No sabés, aún me pese una tonelada decirlo como me pesa, lo muchísimo que todavía te quiero. Y lo digo sabiendo exactamente la contradicción y la negación rota que simboliza en mi misma. 

¿Se puede amar y querer odiar a la vez? Claro que se puede. 
Con vos lo comprobé sin puntos medios. 

domingo, 24 de mayo de 2015

Literatura, cuanto menos, ficción: "Semáforo en rojo y verde"

Salgo del edificio como me es habitual. La última frase que me resuena en la mente se empeña en no desaparecer. Suspiro y cruzo la avenida. Lo que más quiero es llegar a mi casa, aunque la noche está linda y el clima demasiado amigo para ser parte de este mayo otoñal en Buenos Aires.  No hay música que me disperse del medio. Parecería obvio, pero me recorre una energía extraña y me moviliza la intensidad que me dejó una hora hablando de mi misma, con las consabidas interrupciones. La falta de música me parece algo extraño, pero olvidándome los auriculares en casa no tengo otra que soportarla.

Vigilo varias veces si viene el colectivo, inclinándome para mi derecha. Paso los brazos alrededor de mi misma con un saquito que me llega más abajo de las caderas, llevo calzas a juego. Me miro las zapatillas deportivas, sonrió levemente porque me gustan mucho y quedan bien con el resto de la ropa. Perdida en mis pensamientos superficiales, espero.

Miro para la avenida otra vez, cuando veo su auto en el medio de la calle principal, esperando que el semáforo corte para desvanecerse en el tráfico, él estaba mirándome, claro, habiéndome reconocido. Pero mirar es poco... Iba clavándome los ojos, con un gesto serio, muy serio. Lo miré, sin bajar la vista, mofándome de mi poca gracilidad para evitarme estas aptitudes visuales en los peores momentos. Seguí esperando el colectivo. Miré a la distancia una parte de mi, mi actual parte... Todas las partes. 

Miró para su costado, un costado donde estaba yo. A mi vez, intenté agachar la cabeza y vigilé si venía el colectivo, pero no me resistía a que me mirara con tamaña intensidad. Le devolví la mirada hasta que desapareció.  Miraba, como atornillado a una conducta, petrificado. Me dispersé otra vez, volviendo a mirar mis zapatillas por un instante que sólo reflejaban el motivo de semejante pulsión descargada con el objeto determinado. La contrapartida es que no produjo placer, como Freud sostiene que sucede con estos impulsos de carácter psíquico.

El semáforo nunca tardó tanto, su acompañante literalmente era una anciana a quien no miraba mientras desaparecía en la avenida. 

El tema de ése día, fue éste tema: Aprendí a esquivar - Gustavo Cordera

sábado, 23 de mayo de 2015

Cartas

Mi mamá acaba de encontrar una nota pequeña que mi hermana mayor le escribió mientras yo estaba internada y mi vieja, por su parte, reponiéndose de la infección que casi la deja sin vida. Me conmovió sobremanera el "te quiero hermanita" del final. Ciertamente me quiso desde el primer minuto y lo sigue haciendo ahora, con una intensidad que aveces no entiendo pero que agradezco desde lo más hondo. 

<<Yo también te amo >> pensé, veinte años después de ese día.

viernes, 22 de mayo de 2015

Lo inevitable de tener dos ojos

Aunque usted no lo crea, además de haber rendido tres parciales esta semana dentro de siete días tengo otro. Sin embargo, como a falta de uno, cuento gracias al cielo con dos ojos, ¿cómo resistirme a mis lecturas personales? 

Hace unos días, cuando recién llegaba a casa después de mi último parcial leo un mensaje de mi hermana. Me deseaba suerte y textuales palabras me aconsejaba: "disfrutar de la calle". A pesar de que tiene su cuota de razón, yo estaba tapada con mi frazada pomposa disfrutando de la lectura. "Es tiempo de mis lecturas personales", le escribí y me sacó a vender rifas. Nos reímos, porque somos así, antagónicas, profundamente antagónicas, aunque estamos al mismo tiempo entrañablemente unidas.

La conclusión es que, ahora, por el momento, estoy disfrutando de noches y tardes de lectura. Como no acostumbro, habiendo cobrado ritmo de lectura por la universidad nueva y las cuatro materias en curso, me estoy comiendo a pequeños mordiscos dos libros más. Por un lado, una novelita rosa y juvenil - porque me considero una niña en el fondo - y por el otro aspecto, una novela de un autor español, no tan técnica, sino más bien laxa.  Estoy por la mitad en las dos, leyéndolas cada noche, o cada momento libre, en formato digital. 

Supongo que estas elecciones son el reflejo de la cantidad de literatura enserio que leí y que tendré por leer. De la cantidad de textos pesados, serios y contundentes que tengo que analizar a diario, de la cantidad de hojas de corrientes filosóficas, psicológicas, sociológicas e incluso, cantidades de reglas literarias que no olvido. 

Aunque me gustaría poder tolerar la sobrecarga que implicaría leer rusos, alemanes y demás mientras hago la carrera, también pienso que lo placentero es ir leyendo guiada por el gusto. Porque aunque el interés este, para sumarme más textos con matiz académico, me anoto en otra materia. Y no es el hecho. El hecho, claramente, es disfrutar de leer aunque sea literatura suave... No perder la costumbre, el hábito sano, mi punto de paz. 

 Antes, cuando no estudiaba Literatura, le sacaba el tiempo a otras cosas para leer de lo más picante, de lo más complejo. Ahora, que me dedico a ella, bajé mi nivel de desesperación literaria y me dediqué a tomármelo con calma, con mucha más calma. Hay más novelas comerciales que antes, hay literatura juvenil... No todo es Nabokov, Dostoievski o Borges. Supongo que para seguir hiper analizando a Cortázar tendré la extensión de toda una tesis de Doctorado.

Supongo que dentro de la calma, de la mesura, también hay mucho de disfrute. Y por lo pronto, quiero seguir encontrándole el matiz del placer a lo que le dedico prácticamente todos mis días, cada día.  

Soy partidaria de las rachas. 
Esta vez, así estamos. 


Les dejo mi canción del día: Gustavo Cerati - Té para tres

miércoles, 20 de mayo de 2015

"¡Música, melancólico alimento para los que vivimos del amor!"

Anoche me dormí tarde otra vez pero no importó. Los labores se hicieron más llevaderos con una siesta previa que me hizo estar activa hasta la madrugada. Lo mejor, el detalle que me alegró la noche, fue la música. 

Siempre adoré que me recomendaran música. Siempre adoré la música desde el punto de vista más común de todo el mundo: me relaja, me trasporta, me alivia, me consuela, me lleva a lugares recónditos y me recuerda momentos, personas, gestos, alegrías, tristezas y llantos; la música me hace sentir viva, mejorando mis momentos, dándoles un halo casi etéreo que, finalmente, vuelve todo espectacular en la agonía o en la máxima felicidad. La música es, junto con la literatura - que me produce el mismo amor - uno de los puntos fundamentales en mi día a día. 
No puedo estar sin música, esa es la realidad. Soy exageradamente apegada a ella y la escucho, literalmente, todo el tiempo. Mientras me baño, mientras viajo, mientras estudio, mientras leo, mientras limpio, mientras me maquillo, mientras espero a amigos, mientras me reúno con ellos, mientras pienso, mientras intento dormir, mientras intento dejar de pensar y mientras extraño. De fondo suena Caetano Veloso (canta Ay amor, un bolero - dicen - que es originalmente de Bola de Nieve), mientras les escribo... Porque cuando escribo, necesito música, para variar. 

Una de mis experiencias más fuertes a nivel emocional estuvo asociada a la música desde el momento de mi nacimiento. Mi papá me compró una radio amarilla en miniatura y la introdujo en la incubadora donde estuve enclaustrada dos meses aumentando de peso, subsistiendo, progresando. Según él me la había comprado, junto con una gatita de peluche que todavía guardo, para que me acordara de respirar en la madrugada. Era tan pero tan chiquita y esto le pasa a los bebes prematuros a menudo, que digamos que olvidaba respirar. Por eso, como memo, estaba la música.  

Los años me trajeron mucha música, pocas aptitudes para tocar algún instrumento y mucho cariño por escucharla. Los años me han traído personas a mi vida donde las relaciones las establecíamos durante años a través de la música. La gente suele recomendarme canciones, la música suele estar siempre en mi vida e incluso toda historia de amor, de lucha, de incertidumbre o de felicidad, la he enmarcado con música. Los hombres suelen recomendarme más música que libros... ¿Qué curioso, no? 

La música, en este sentido, hoy en día, también me ayuda a no olvidarme de respirar. Me conecta con mi infancia, la mejor parte de ella. Me conecta con toda mi vida, con mis afectos, con la compañía que hallé en el contexto de la canción, con el cuerpo físico que me escoltó o no mientras escuchaba la melodía. La música es lo que no olvido de la gente, independientemente de lo que me haya podido hacer, tanto malo como también bueno.  La música es mi eterna compañera, indudable, ante épocas inciertas. La música es también mi conducto para imaginar, reír, llorar, conmoverme o dejar volar los miedos. La música pone en orden mi vida, mis pensamientos, mi cabeza y mis argumentos. 

¿Pero qué es hablar de la música sin escucharla, sin experimentar con ella de primera mano? Acá les dejo una pequeña lista de canciones que son de mi preferencia, de mi recurrencia y últimamente las vengo escuchando muchísimo. 

  1. Caetano Veloso - Pecado  Esta canción, así como la ven, creo que es portadora de lo que yo llamaría una condensación. Es perfectamente palpable todo lo que evoca. Te pone los pelos de punta y además, me retrotrae a uno de los momentos más intensos que viví hasta ahora. Es un homenaje al deseo. ¿Nunca creyeron en la música como premonición? Con este tema, yo sí. 
  2. Caetano Veloso - Vuelvo al sur Parte de un disco que, hace mucho, supo ambientar un momento muy feliz. Si suena este tema, además de volver al sur, vuelvo a ese momento de una manera que ningún otro estímulo puede equiparar. 
  3. Las simples cosas - Versión de Concha Buika y Chucho Valdes  La voz de Buika me mata. Tiene un caudal que me va pegando en todo el cuerpo. Esta es una de las versiones que más me gustan de temas ajenos. Sin contar que tiene temas propios que nada tienen de envidiar a nadie. (Bonus: Versión de Chavela Vargas)
  4. Andrés Suarez - Piedras y charcos  Puedo escuchar este tema sin cansarme. Es hermoso, sin más. No saben cómo y cuánto transmite Andrés Suarez. Casi todos sus temas son excepcionales. 
  5. Pedro Guerra - Vete de mí  Adoro a Guerra, a pesar de todo... 
  6. Ismael Serrano - Ahora que te encuentro  Debería ser un himno ¿saben? 
  7. Ismael Serrano - Recuerdo  Esta canción me remonta a todos los mediodías, cuando a la salida del colegio, hacía las cuadras hasta mi casa prendida a Ismael... Amaba Recuerdo. Es un tema cargado de sentimiento... 
  8. Ismael Serrano - Absoluto  Esta canción lastima, desde el principio, pero es muy bonita a la vez. Sensibles, abstenerse mucho... 
  9. Bersuit Vergarabat - Barriletes  Tema que escuchaba desde pequeña. Mis hermanas gustaban mucho de la banda. Por consonancia, este tema me enamoró a mí. 
  10. Pedro Guerra - Deseo  Amo y odio a Pedro Guerra, he dicho. 
Me faltarían muchísimas, pero muchísimas para agregar. Estoy meditando dejar una recomendación al pie de cada entrada a ver si así me satisfacen las listas próximas.  Por el momento ¡espero que lo disfruten!


martes, 19 de mayo de 2015

"Tiroteo universitario"

Me levanté cuando sonó el despertador de mi celular, es decir, a las cuatro de la mañana. Cansada, claro, porque estos días han tenido ese exponente en común. Como si fuera una señal para que mi humor mejorara, una lluvia leve me acompaño en mi inicio del día convirtiéndose más tarde en algo más que eso. A la vuelta, me mojé como una campeona,pero eso es tema aparte. 

Mi mamá, compañera en este sentido, fiel a mi pedido de que me despertara por las dudas si me veía dormir, se levantó puntualmente a secundarme. <<¿Querés desayunar? >> me preguntó y minutos después puso debajo de mi mentón un espumoso café con leche. Mi día, definitivamente, comenzó ahí. Lo que siguió fueron cuatro horas de estudio intenso, videos explicativos que ampliaron la poca información teórica y el deseo de que me fuera lo mejor posible. 

El parcial, a pesar de no haber sido en exceso complejo, fue capcioso. ¿Qué quiere decir? Preguntas fuera de la linea de los apuntes que hubiera necesitado más tiempo para saber responder. Hice 3/4 del parcial a mi manera, es decir, respuestas con ejemplos, articulaciones y toda la información útil que pueda aportar. Cuando me encontré con la que no sabía bien, preferí reconocerlo y no responder. ¿De qué me iba servir poner una parte sí y la otra no? ¿De qué me iba a servir contestar lo que no se me preguntaba? Preferí ser honesta conmigo misma, con mi cansancio y mi necesidad de dormir algo para preparar coherentemente el otro parcial que tengo mañana.
Es complicado salir realmente ilesa de estos tiroteos universitarios. Las veces que he tenido parciales tan pegados, me he visto sujeta a esta misma situación. Dormir poco, estudiar mucho, acumular cansancio y nervios.  Con la diferencia que me han salido mejor y peor las cosas. 

No voy a negar que me hubiese gustado contestar todo e irme a casa tranquila. Soy así, no puedo con mi genio. Me gusta hacer las cosas bien en época de parciales, me interesa muchísimo - realmente,mucho - valorar la oportunidad de estudiar que tengo, me interesa hacerlo bien.  Me interesa, valorar también el presente en base a los cambios que tanto miedo me daba tomar, a nivel casa de estudios donde formarme. 

Ahora que me siento bien, que superé muchas cosas que estaban entre mi carrera y yo, quiero disfrutar del poder estudiar y hacerlo con toda mi capacidad. Sin embargo, como digo esto, también reconozco que si algo aprendí - y sirve para la vida, no sólo para la facultad-  es que todo no se puede. Sonará tonto, sonará conocido, pero cuando uno aprende a reconocer que no va a poder siempre con todo, que hace hasta donde puede, más que sonarnos conocido nos sirve, nos calma y nos es útil para avanzar superando las limitaciones, porque sabemos cuáles son. Porque como suelo decir, sabemos el terreno donde ponemos al cinco para jugar y también sabemos cómo es que se siente el cinco. 

Uno da lo mejor. El como salgan las cosas, muchas veces, nos trasciende en absoluto. 

Dicho esto, me voy a seguir con mis labores... 

lunes, 18 de mayo de 2015

Para empezar...

Curiosa era mi visión de cada uno de sus besos en los dedos de las manos. <<Medieval >> pensé y sonreí. De acuerdo a él la apreciación no me pareció para nada exagerada. Nos encerraba una mesa y la sóla imagen de mis dedos cerca de su barbilla era surrealista. <<¿Cómo llegué hasta acá, si... >> me dije, pero no me respondí nada. No podía pensar, era un letargo total, una inercia terrible, un sólo objetivo mirándome a la cara, intensamente. <<No... ¡Me estoy mandando una cagada! >> argumenté. Pero el mirarlo me producía lo de siempre: una revolución -a nivel humano inclusive- de sentimientos que casi teniendo la exclusiva es capaz de remover.

<<A mi frialdad le saca la lengua >> razoné, débilmente <<¿Cómo tiene la cara para esto? >> le quise decir. Pero no pude.  <<¿Cómo todavía tiene la cara para animarse a esto? >> me dije otra vez, pero tampoco se lo pude transmitir.En casi ningún término pude entrar en razones. Razones, al menos y siendo redundante, poco racionales me demandaban en ese instante repetido. Evocador, a su vez, de tantas cosas.  

-  Necesitaba esto - me susurró, con la voz, con su voz que invita al juego.

Lo miré nada más, sin saber que decirle. Pasó demasiado tiempo desde la última vez que me tocó

- Siempre necesito esto... A pesar de todo. Perdón. Sabés que se me fue  de las manos, como siempre. Quiero que estés conmigo. Ya está. Que se vaya todo a la mierda - me repitió.

Tal como la primera vez. La frase revivió mucho y dolió además de cristalizar meses extraños.
- No se puede ya... Es tarde, no sé... - le dije - No me necesitás a mí. Ahora está ella, querela bien, no le mientas. El cariño se lo tenés que dar a una sola persona...Es feo,***,que no puedas elegir. Conmigo vas a tener que hacerlo... Mi forma de querer no puede compartir. No se merece algo así, yo tampoco sería solidaria, no quisiera que me vuelvas a joder - argumenté, concienzuda - No, no se puede. 
- ¿¿No querés?? ¿Te llevo a tu casa entonces? ¿No te querés quedar? - preguntó -Yo elijo... - añadió después de uno de esos gestos que me golpearon como en un temporal donde caen piedras y vuelan hojas y se arrastran ramas.

Le seguí el beso, claro... ¡Faltaba más a mis pocas y malas voluntades estríctamente racionales! Tal como los recordaba. Incluso, mejores.  Bastó un minuto y nuestros besos volvieron a ser sucesivos, inquietos, mejores, insisto, de lo que eran. Mucho mejores. Equiparables al mayor tormento y a la concreción de una atracción física, inaudita, al menos para mí. 

Frené porque en el fondo la mente sigue siendo todo para mí. Frené porque pensé en ella, como obstáculo principal, como primera, como oficial. Me sentí mal, estúpida, fácil. Frené porque aunque me moría de ganas, no era ciertamente ni precisamente esto lo que yo quería. 

- ¿Por qué hacés esto? ¿No ves que es todo cualquier cosa ***? No, de verdad, esto está como la mierda... - me quejé, vagamente - No quiero ser tu repasador. Merezco otras cosas... Dejala ella, entonces, si querés estar conmigo - añadí - No, yo no puedo... Basta, esto es una porquería - insistí mientras me bajaba del asiento del copiloto de su auto, casi corriendo. 


Me desperté sobresaltada en la noche húmeda del domingo. Me destapé, inquieta y abrí los ojos de golpe, cayendo en la realidad de mi habitación. Rodé en mi misma hasta quedar mirando a la ventana, como un bollo humano.  <<¿Ya son las seis? ¿Ya me tengo que levantar? >> pensé, sintiéndome cansada. <<Carajo, sí... Hoy es el parcial... >> salté de la cama agradeciendo que todo lo anterior haya sido obra y gracia de mi hermoso super- yo regido por el principio de realidad, ajeno a mi ello, regido por el principio de placer.

 ¿Qué quiero decir con esto? Sólo un sueño...  ¿Injusto soñar esto la fecha de mi primer parcial en la universidad nueva? Sí, pero de hecho así lo hice.Por ende, comencé la semana con una mezcla de ansiedad académica y la sensación de no ser ciertamente su repasador. Estuvo bueno "decírselo", aunque sea en un sueño. Estuvo bueno "despertarme para ir a rendir". 

Mañana vuelvo a rendir... Estoy nerviosa. No ya por los sueños, sino por la falta de este mismo. Me veo bajo los influjos del extremo cansancio que conllevó preparar una materia extensa. Me veo además, con la cabeza cansada, con el madrugón encima, con la dificultad de la otra materia. Sin embargo, me mantengo con fe. Yo puedo... Y si no puedo, por esas cosas que tiene la vida universitaria tomando todos los parciales en cuestión de horas, podré en la fecha siguiente. 

Lo importante es el intento. Lo importante es la fuerza de voluntad. Lo importante es presentarme a la instancia, plantar cara y más adelante, ver lo que pasa. Lo importante, ahora, es poner al servicio de mi carrera toda mi capacidad.  Lo importante es que el sueño era tal, y nada más. 

Cuando termine de rendir y me recupere del cansancio que tengo acumulado hace una semana sentada pelándome las zonas traseras con las cuatro materias, me voy a sentir ampliamente mejor.  No habrá sueños jodidos ni parciales casi casi igual de cabronazos.

martes, 12 de mayo de 2015

Momentos de gloria

 Después de casi tres años de haber terminado el secundario, por segunda vez en un período de tiempo muy largo, una de mis compañeras del colegio me envía, a través de redes sociales, la fatídica solicitud de amistad.  Primero fue en febrero, dos meses después de haber terminado las clases: ¿por qué me eliminaste del Facebook?, preguntaba, inocentemente. Le expliqué, en honor a que soy partidaria de las cosas claras, que ya había pasado el período donde éramos compañeras, porque aunque era febrero, yo la había eliminado desde hacía muchos meses antes. Que no me interesaba el contacto virtual cuando todo contacto personal no se había dado. Que, además, yo no era partidaria de esa hipocresía y por ende, no me interesaba que mirara mis cosas si cuando me cruzaba por la calle se me quedaba mirando cual desequilibrada mental.  

Hubiera reaccionado bien a la segunda solicitud si no supiera la forma de ser de esta muchachita, capullito de sol. Sin embargo es definitivamente de esas personas que comen santos y expelen, consecuentemente, a sus contrarios.  Fervientemente creyente, con la biblia bajo el brazo, parece, sus momentos de gloria no son tales si no los compara con todo lo mío.  ¿Qué podría decirle a una persona que me decía en la cara, deseaba tener hijos con mi color de pelo? ¿Qué podría decirle a una piba que, en una fiesta, le pregunta a mi mejor amigo si soy feliz, si me iba reeee bien en la facultad, como siempre? ¿Qué consuelo le podés dar a una persona que según ella "admira como hablás, como resolvés situaciones y lo inteligente que sos"?   Supongo que no hay consuelo mejor que un besito a modo de estampilla y una patada en sus zonas traseras, ante semejante muestra de la toxicidad humana. 

Sin embargo, la llegada de otra solicitud después de años, me hizo pensar un poco más profundamente. ¿Qué le picara, para hacer lo que hace? ¿Qué le interesará corroborar? ¿Si estoy viva, muerta, feliz como seguramente no ansía o triste como seguramente la confortaría? ¿Qué será, dentro de si mentalidad recurrente, lo que la lleva a hacer estas cosas? ¿Qué sensación le traerá, verme bien? ¿Y verme mal? ¿Querrá saber si, como seguramente vengo a ser su enemiga imaginaria, ganó o no sus batallas contra mí?  ¿Por qué la necesidad de compararse todo el tiempo? 

Ciertamente con esa señorita siempre fuimos distintas. Desde hace cinco años que somos distintas y fuera de la escuela, es imaginable que aún más. A los veinte años nos encontramos siendo todo, menos lo que éramos cuando terminamos el secundario. A los veinte años, personalmente, me encuentro habiendo cambiado mucho a lo que era en noviembre del año 2013 y, la verdad, no me interesa lo que están haciendo compañeras de los cuales no supe nada más, de los cuales no me complace enterarme y de los cuales guardo buenos como malos recuerdos. Para mí, terminar el colegio, fue un gran alivio. Me sentía atrapada, ahí, esa es la clave de todo. 

Antagónicas, por decirlo así, seguramente somos cinco años después con esta chica. Al principio me costaba pensar que la palabra con la cual explicaban todo los demás fuera la envidia. ¿Envidia de qué? Realmente, eso es algo que no voy a entender, que nunca entendí y que todavía hoy sigo sin entenderlo. Personalmente yo, no soy para nada digna de endivia. No siento que particularmente esta chica tenga motivos para envidiarme nada, y menos aun, casi tres años después de haber terminado el colegio secundario, donde se le pasaba todo el día mirándome como si estuviera yo dentro de una vidriera. <<Si te querías acercar a mí, lo hubieras logrado si me dejabas de clavar la mirada y actuabas normalmente >> argumenté, cuando me había mandando un inbox, una madrugada de febrero. ¿No duerme de noche? ¿No es taaaan feliz como se encarga de hacer cartel por todo medio social?  Esta persona que siguiendo los preceptos de la religión de la cual es fervientemente practicante iene pareja, formal, y se casó ya de blanco;  es también la misma persona que más allá de toda esa creencia de madura e independiente, de señora, sigue mandando las precarias solicitudes de amistad que muy lejos están del real contacto humano. 

Quizá, lo relevante aquí, es que nuestros verdaderos momentos de gloria vayan más allá de toda exposición. Es que nuestros momentos de gloria, como también nuestros cuerpos, no sean parte del enorme cartelismo en el que las redes sociales se han convertido. Nuestros besos debe de ser privados, lo mismo que nuestras cartas de amor, nuestras cenas o incluso, nuestras imagenes subidas de tono. ¿Qué gracia tiene posar en ropa interior? ¿Qué gracia tiene contar hasta cuántas respiraciones emitís en un día, en 140 caracteres o más?  ¿Qué genera la hiperconectividad? Genera fantasías, ficciones, modelos de vida que no son tal, personalidades que no son las propias y sentimientos de los que bien quizá podría dar cátedra esta chica que de seguro piensa que soy la muñeca Barbie y todo me sale bien.  

Personalmente, hago uso de las redes sociales. Blogger, incluso, es una de ellas. Hay fotos, sí, que hablan de algunos sucesos de mi vida. Yo misma subo fotos de cosas que no me parece mal compartir, que no hablan de cada uno de los hilos de mi vida. Fotos que, en caso de ser vistas, no vulneran mi intimidad.  En el caso de las parejas, me pasaría lo mismo, sospecho, porque tampoco me canso de decirle a mis dos hermanas que el Facebook no es reflejo de nada y por tanto, tiene que haber un filtro interno en las cosas que publicamos. Sin embargo, todo esto, tuve que aprenderlo. No me fue inmediato, a pesar de ser de esa generación que nació ya con la posibilidad de tener una computadora en la casa donde vivía. 

Y hoy, tantos  años después, me alegra haber practicado deportes, haber leído cuentos, haber compartido tardes enteras con mis perros. Lo mismo me gustaría que a pesar de todo, y de tantas formas de expresión, yo recibiera cartas de papel donde se dijera lo mismo que en una lluvia de publicaciones, si cumplo un mes, un año, un día con la persona que elija. Me gustaría, incluso, que no de bola a estas cosas y que me llene de besos antes que mandármelos. Me gustaría que todo lo que tenga para decirme o hacer por mí no necesite la compañía de una foto, para mostrarlo a un mundo que, sin embargo, debería ser el  que cobrara sentido bajo nuestros ojos. 

Me gustaría no recibir más ni preguntas por mis estudios por whatsapp ni tampoco solicitudes de amistad ponzoñosas de gentes que no he vuelto a ver. De gente que no ha estado cuando la necesité ni me ha llamado cuando ha sentido la necesidad de contar con un amigo. 

De mi vida, con nombres, apellidos, sentires, pesares y muchos detalles, saben quienes están ahí más allá de una pregunta esporádica o una mirada maliciosa. De mis ojos saben muchos más quienes me leen o me miran que quienes aluden al "me gusta" en una foto del perfil. 

Los momentos de gloria serán para mi aquello donde reciba una nota, una carta, una muestra de cariño ajena al 2.0. ¿Y si existe la tecnología, no existen también los mensajes privados? 

lunes, 11 de mayo de 2015

Necesito

  •  Un abrazo fuerte, de esos que reúnen todos los huesos y pliegues a la vez. De esos donde me apretujan hasta cortarme, más que la respiración, el frío. 
  • Otro abrazo de esos que reúnen ahora, todas las ideas y las vueltas internas. 
  •  Una siesta 
  •  Unas cuantas tazas de café latte. 
  •  Un baño con agua bien caliente 
  • Dos resaltadores marca Trabí, de color amarillo. 
  • Terminar con los temas del primer parcial, a una semana del mismo, para iniciar el repaso. Tengo que preparar cuatro en las próximos doce o trece días. 
  • Un beso en la frente, acompañado de un "te va a salir todo bien" 
  • Si es posible, otro de esos abrazos donde me es posible esconder la cabeza en torno al pecho de quien abraza. Para mí, no hay cosa mejor. 
  • Una media hora de masajes en la espalda, si tengo que elegir. 
  •  Chocolates, sin discriminar color ni consistencia. 
  •  ¿Quizá algo más de café? 
  •  Tres discos completos más de Ismael Serrano sonando de fondo. 
  • Una bolsa gigante de sahumerios. 
  • Dejar de escribir y seguir estudiando. 


Creo que hoy, a pesar de todo mi hermetismo - o a causa de el - necesito un poco de todo lo que anda circulando en esta lista

sábado, 9 de mayo de 2015

Respeto

- *** - me llamó.
 Me levanté y fuí, a recibir mi trabajo
- Agarralo - me indicó, mrándome - Está acá - señaló, buscándome en la lista.
- Gracias - miré mi hoja, bajando la mirada. Bajando la mirada mientras me iba y él la alzaba.
- ¿Qué te sacaste?
- Un "muy bien" - le recordé.
- Muy bien... - murmuró, mientras como un relámpago vislumbraba un ápice de simpatía, una picardía especial.

Caminé un impar de pasos hasta encontrarme con mis compañeros, alejándome. Después de unas preguntas anteriores que le había tenido que hacer, el chiste ya estaba instalado.

- Venís con carita triste - aludió, burlonamente -¿Cómo te fue?
- Bien... Increíblemente creo que se olvidó de corregirme algunas cosas - murmuré.
- ¿Ah sí? - sonrió, con la burla a la orden del día.
- Sí, nene
- ¿No salen?
- No, querido - sonreí, mientras me sentaba - No voy a salir con éste
- Pero... - sonrió pícaro - ¿No es de la misma edad? ¿No tiene también... ? - dejó el suspenso.
- Sí - lo miré de nuevo a él, de reojo, como midiéndolo - Posiblemente lo sea. Creo que tiene también esa edad... - añadí.
- ¿Y entonces? - preguntó. Lo miré, como de lejos, ante su pregunta.
- Digamos que tengo respeto por las instituciones...


viernes, 8 de mayo de 2015

Diez colectivos

Mi hermana se fue de casa hace algunas semanas y esta vez me tocó a mí ir a visitarla, haciendo uso del transporte público. Para ir a la facultad tomo cuatro colectivos sin embargo el miércoles fue la excepción, y por esas madejas inversas del destino, terminé tomando cinco para volver a casa. Para llegar, a su vez, al punto de encuentro donde habíamos quedado en vernos con mi hermana tomé alrededor de unos dos más bondis, como le decimos los argentinos. Una vez con ella, ahora camino a su departamento y previo paso - copioso paso - por el supermercado, volví a subirme a cuatro colectivos más. Así, la cuenta arrojó el resultado: en alrededor de un par de horas me había tomado diez colectivos, sin contar a uno del cual nos tuvimos que bajar. 

En el momento no estaba de buen humor, esa es la verdad. Mi hermana es médica, está haciendo constantemente guardias de todo tipo y color y vive un ritmo de vida - dentro y fuera del sanatorio - en extremo acelerado. Por momentos la entiendo, claro, cuando dispone de tiempo quiere hacer de todo. No obstante es imposible que yo pueda acompasarme a su ritmo, inevitablemente, porque soy una persona muchísimo más pausada.  Justamente, el eje de mi mal humor era que si tengo mis maneras pausadas no es por puro capricho. 

Paso a explicar mejor: para subirme a un colectivo, necesariamente, tengo que tener una de mis manos libres. ¿Por qué? Porque por momentos se me vence la fuerza de las piernas sin que lo pueda evitar a raíz de la espasticidad (cuestión de la que hablé hace unos meses en otra entrada). Por esta misma razón, aunque puedo cargar peso, de hecho lo hago a diario, no puede ser demasiado. De otro modo, el peso  afecta mi equilibrio, mi postura y la rotación de mis rodillas. Rodillas que si tienen rótulas rotando mal, literalmente, se me mueven de lugar - se corren - causando una serie de puntadas que con sinceridad me sacan las ganas de todo.  Esto, sinceramente, era el origen de mi malhumor. Sé convivir con el dolor de espalda, con el cansancio físico, incluso con el ir, con los dolores de caderas o de cuello. Aprendí a convivir con todo, menos con el dolor de rodillas. Y es ante estas cosas que a veces me saco de quicio, me pongo de muy mal humor, me vuelvo parca y amarga. Sin embargo, tanto como a veces me enojo, conozco los mencanismos de mi cuerpo y también reconozco a la vez mis limitaciones y más allá de ellas hago la vida de cualquier mujer de veinte años. Así, terriblemente testaruda y obstinada cuando quiero, respiro hondo y rezo "no tiene por qué delimitarme esto" a la vez que termino haciendo más de la mitad de las cosas. 

De esta manera, y cuando estaba por subir en medio de la calle a  un colectivo atestadísimo de gente y repleta de bolsas - bolsas mías con pertenencias, bolsas del super, bolsas de todo tipo - una mujer me empuja para sumar a la lista un porotito de desagrado más. Agradeciendo a mi equilibrio, y dadas las circunstancias, fue sólo un tambaleo mucho más benévolo de lo que yo me imaginaba.  La miré mal, la dejé pasar y me llamé al decoro.Era una mujer en extremo humilde, con dos nenas chiquitas y, era evidente, no le había tocado la parte de la vida desde donde yo la miraba. Ella, aún mismo todo y quizá sin mis dolores de rodilla, se subía a más de diez colectivos para vender cosas.  Pensé en todo esto, respiré hondísimo y la dejé pasar, armándome de paciencia.  Me ubiqué donde pude, una de sus hijas me empujó y me volví a cambiar de lugar. Estaba enojada a esas alturas y tenía ganas de tirar las bolsas, a la mujer y a la hora pico porteña por la ventana del bus. O mejor dicho, tenía ganas de mandar al carajo a la maleducada de mierda que estaba dele empujarme al pedo, ya que podía hacer sentar a sus dos hijas en un puto rinconcito para que todos, no sólo ellas, pudieran acomodarse mejor; lo mejor posible al menos.  

Mientras miraba la ventana para distenderme, afín de que el viaje se pasara lo más rápido posible, me encontré con una de las pequeñas de alrededor de unos seis o siete años, mirándome desde el asiento del que me estaba agarrando. Ella sentada, mirando para arriba, donde estaba yo. Miraba mi campera de abrigo, miraba lo cargada que estaba, miraba mi gesto. Su hermana, que me había empujado, se había escabullido mucho más atrás lo mismo que su madre. Ella, sin embargo, me observaba con una curiosidad que me hizo sacar la mala cara y esbozar apenas una pequeña sonrisa. Me la devolvió, sin un rasgo de hostilidad, sacándome la bronca del todo. Pensé que aún mismo y sin tener la culpa del costado de la vida que le había tocado también a ella,  permanecía inerte ante la constante tentación que implica el resentimiento por no tener lo que todos los demás tienen o por no ser como todos los demás son. Otra vez, me tomó un cordoncito de mi campera que sobresalía y sonrió. Me preguntó por qué aquél era más largo que su compañero - el otro extremo de la cinta - a lo que respondí con que era un lazo rebelde, que hacía siempre lo que quería. Se rió todavía más amigable y le sonreí. Miré por la ventana mientras ella seguía jugando con mi lazo. La dejé, claro, y en medio de mi recorrido, también la ví mirar mis bolsas. En una de ellas había alguna que otra golosina que le había comprado a mi hermana para darle cuando la viera. Sin embargo, no me pude contener y en una demostración de equilibrio que me llenó de satisfacción - y claridad frente a lo que realmente me tiene que importar - le pregunté si quería una golosina al tiempo que se la tendía, manoteándola de la bolsa en cuestión. También el equilibrio ahí se mostró como un aliado y no como una carencia. La nena me sonrió de una manera distinta, como si le hubiese dado cualquier otro valor ajeno a lo que para uno, aveces, es de fácil acceso. Y me dijo una frase, una frase chiquita, apenas, que me cambió todo: "¿Hacemos mitad y mitad?", mientras me la tendía para que la partiera y lo compartiéramos juntas.  La miré en toda su dimensión después de ese gesto. Me negué con la cabeza y le respondí que le agradecía pero que era un regalo para ella , que en todo caso, hiciera mitad y mitad con su hermana así lo comían las dos", sonrió enormemente y miró la golosina con cara de feliz cumpleaños mientras la tenía entre sus manos. A las pocas cuadras, bajó junto a su hermana y a su madre todavía mirándome con alegría. No me voy a olvidar de ella... Saltaba en la vereda mientras exhibía orgullosa uno de los tantos turrones Arcor que yo suelo llevar en la cartera, para distender el estómago cuando estoy cuatro o cinco horas en clases de la facultad. 

Finalmente, sí, llegué con un dolor de rodillas matador al departamento de mi hermana. Pero después de tomarme una rica sopa, suspiré y antes de ducharme, me estiré en una especie de fiaca - sillón bajísimo, símil almohadón - al lado de la estufa.  Me quedé mucho rato pensando en cómo apenas un pequeño cambio, un acercamiento humano, cambió el día de ella. Y también cambió mi mal humor por uno mejor. Me quedé pensando en todo lo que para uno son destellos de felicidad, para otros gestos cotidianos, y para terceros, también, días que se volvieron casi indelebles. 

Con esta postal me quedo para cerrar la semana que, a nivel concreto, tuvo de todo.

martes, 5 de mayo de 2015

Siluetas en el viento

¿Es normal tenerle miedo? No, ni es normal ni es a él a quien le temo en realidad...¿Entonces, que me pasa? 

Supongo que mi incómodo estado es la intuición de saber que algo se trae entre manos. La distancia me aleja de la perturbación y se encuentro en mis cabales para pensar. <<¿Que es lo más grave que se puede tener en el hígado >> le pregunté a mi hermana médica, hace dos semanas. <<Y... hay cosas. ¿Quien tiene algo? ¿Qué síntomas?>> me dijo y pase a detallarlos. Después de que me dio las estimaciones le conté finalmente quien es. << Si estamos hablando de una afección al hígado hay tratamientos, boluda... Cosa de viejo >> añadió siendo mi hermana celosa y territorial. << ¿No hay nada que no reconozca tratamientos más allá de esto que te digo?>> repregunté. Negó con la cabeza y se rió, porque a pesar de ser muy expresiva con ella, atine a preguntar sobre el tema cinco veces de las cuales la miraba sin decirle nada más que <<estem...>> expresión creo lo bastante más argentina que refiere al dar vueltas sobre un tema. Cuando alguien no puede decir o no sabe cómo, apela a esto. Como yo, ahora mismo. << Te juro que no pude evitarlo. No sé, no debería pero me da miedo que le pase algo grave >> confesé. Era la primera persona a la que se lo decía sin vueltas. << No, no creo que le pase nada. Que se haga todos los estudios. Quizá es una alteración leve y nada más. No te preocupes, vení, ayúdame con estás bandejas >> me llevo para su lado y yo me dejé llevar. Antes que Internet, siempre mejor recurrir a ella. 

Suspire y me quise creer todo.Elegí,deliberadamente, que así fuera, con una soberanía falsa sobre mi misma. Pasaron los días. Me lo creo, no le va a pasar. Nada, no le va a pasar nada. Tiene gente que lo quiere, tiene una de las mejores obras sociales que hay disponibles y tiene medios ajenos a eso para solventar lo que necesite. Desde ese punto, no se puede caer. Siquiera puedo imaginarme algo así. Me lo creo erguido, me lo intento visionar bien. Y desde otros puntos de vista, yo creo que no soy yo la persona para apoyarse. No creo que justamente teniendo a todos a su alrededor y teniendo a su compañera "en blanco", se haga un pollito al lado mío. Siento que no puedo, por el pasado en común, ayudarlo. Que no lo necesita, que no necesita nada de mí. 

Soy muy distinta a él. Somos de mundos diferentes. Nos llevamos muchos años, yo me crié en una familia de laburantes, el de profesionales. Yo no aprendí a relajarme seguido, el lo vivió alguna que otra vez. Yo tuve pocos amigos, siempre, y a él le llovieron en manada. Él, justamente, adora a la gente; yo no me encuentro con cualquier persona en este mundo. Al igual que él, me choque en su vida. Llegué sin dar importancia, llegué tímidamente... Llegué, pasó el tiempo, y siento que cuando me decía que en su vida le había pasado algo así, era en una de las pocas cosas en las que no debería estar jodiendo. Mientras que él jamás lo concibió posible, por sus propios prejuicios, yo lo libre al azar. 


Ciertamente, tuve experiencias de vida disparando para los cuatro frentes, tuve momentos de amor y tengo el apoyo de mi familia, que me sostiene. Tengo y luchó por ello, la valentía para ponerle la cara aún a mis veinte años a una sociedad regida por las apariencias, con secuelas pequeñas que no puedo esconder. Estas cosas me hacen ser distinta a él, me hacen agradecer la vida y me emociono si pienso que recién veinte años después de nacer disfruto del saber que, dentro de todo lo que me pasó, no me paso casi nada. Tengo belleza, dicen hombres y mujeres, pero yo realmente me siento feliz por tener un céntimo más de amor a mi misma, más allá de los ojos del otro que me pesaron y me ayudaron ó me jodieron sin necesidad. También por eso siento que el no me va a necesitar nunca, que es mera culpa lo que le pasa. Que se quiere limpiar la cabeza, que habrá roto mis notas, mis dibujos, mis decoraciones de colores y hasta habrá tirado útiles que quedaron en su casa, hace ya más de un año. Yo siento que no importo, que si bien le importaba en algún momento, hoy no importo más. Que lo único que necesita es una persona que desinteresadamente lo miré y sin importar los años, las vidas y el pasado le reproduzca de nuevo el siguiente diálogo a sus exponentes: 


-Yo no puedo darte ya la casa, el perro, hijos - recuerdo que me dijo. 
- ¿ Y quien está pidiendo eso? ¿Quien te dijo que yo quiero eso? Yo te quiero a vos, el labrador después me lo compro - recuerdo que repliqué. Él me miró, sacudiendo la cabeza, mordiéndose la boca, amparándose, atajándose, negándose, conociéndose, asumiéndose. 

A veces creo que, mientras me mira comer, y me ve de lejos, de repente, recuerda estas cosas. De otro modo, su mirada es dispar, porque jamás coinciden esos segundos de contacto con la forma en que veo cambiar la expresión de su rostro, en una mezcla de tristeza, preocupaciones, disimulos, sentimientos no dichos, años vividos, enormes ganas de escupir algo que no se sabe que es, usando palabras, ni bien junte todo el valor. Y sin embargo, no me puedo creer su mirada. No puedo creerme como hace meses la indiferencia, no puedo creerme su buen , su humor o su aparente actitud repleta de cordialidad. No es tal su distanciamiento. Es completamente loco pero ahí está de nuevo: mirándome a la distancia, estando al lado de ella extendiendo cerveza para mi, susurrando un ¿necesitas algo? en medio de un trajín. ¿Por qué, que te traba de mi, que necesitas mirarme aún estés con ella y en la teoría, bien? Juro que le diría eso sí me viene a decir algo a mi... Y aunque suene incoherente lo que voy a decir, porque incluso a mi me cuesta pensarlo, siento que necesita hablar conmigo. Quizá finalmente pueda decírselo e verdad. Y aunque no hay palabras para explicarlo puedo asegurar que lo conozco y le conozco esa movilidad que sólo adopta cuando está buscando el modo. Siento que está esperando una flaqueza y por ende desperdiga los datos como lo hace. ¿Por qué, seguir hablando con su hermano postizo de mi vida? ¿Por qué querer saber qué colectivo si y cuál no? ¿Por qué contar exactamente aquellas cosas, en relación a mi presencia? ¿ Por qué, no poder hablar sin tomarme del brazo , otra vez, con esa especie de duda por ver si salgo o no corriendo. Yo necesito creer que si me encuentro en la extraña encrucijada de decidir pueda hacer las cosas tal como las necesite para estar bien. Si quiere venir que venga entonces. Como desde el primer día, procurare hacer lo mejor, dado que no hay garantías de nada. Quizá ya no lo conozco tanto como yo pienso, quizá las personas distintas que me dicen lo mismo sobre la situación se equivocan, quizá él jamás hace lo que yo creo que va a hacer en cuánto me tenga a solas por más de diez minutos e intuya a penas que lo voy a volver a escuchar, que active mi receptividad. Quizá explota y yo sigo aquí , en la inercia del aquí no ha pasado nada. 

El tiempo va a hablar por si mismo. Y si esto tiene que pasar, por más que quiera esconderme y que sienta miedo del tema, él lo va a sacar. Y va a pasar, y no puedo seguir asustada por el hecho de saber que, si es irreductible, no podré evitarlo. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Blanca

Cuando hace frío, y el viento sopla fuerte, yo empiezo a congelarme en escasos segundos. En Buenos Aires estamos atravesando un día hermoso pero con un viento de esos que me agarrotan las piernas, las manos y los brazos. Ciertamente cada invierno mis brazos, mis manos y mis piernas son espacios más blancos, salvando las líneas de tinta negra que, en diversas partes de mi cuerpo, generan el contraste.  El frío hace eso en mí. El frío me vuelve blanca.  Cuando hace frío, además, el viento entra por las hendiduras de mi ventana y convierte mi habitación en una cuevita helada. No tengo cortinas y estoy contenta por el hecho, a excepción de estos días donde con el viento me enfrío en mis grandes esfuerzos por acopiar calor.  En el viento y en la falta de cortinas me llueve la mágica idea de recubrir los bordes enemigos con rollitos de diario, para impedir que el frío pase. Mientras enrosco página por página de la sección de viajes, no pude evitar mirar las imágenes una por una. Las referencias a Europa, la maravilla de sus lugares y... Ahí está, la cumbre de mi deseo. La ciudad cortazariana, la ciudad del amor, la ciudad de los mejores cafecitos: París. 

Si pienso en París, claro, cómo no elevarme en una montaña de gas y seguir enroscando feliz los rollitos de diario para que el frío no me convierta sucesivamente en una mujer blanca por completo.  Si pienso en París, me basta mirar a mi alrededor para encontrar la placa de corcho que ahora reposa sobre mi escritorio, repleta de fotos de Cortázar. Si pienso en París miro a mi lado y me encuentro con el regalo más reciente de mi papá: la célebre torrecita, de tamaño generoso, siendo lo primero que veo todas las mañanas cuando me despierto. Si miro el fondo de pantalla de mi computadora, mi celular, mi tablet o cualquier aparato electrónico que posea, la torre me mira otra vez, como esperándome.  Y yo la miro en respuesta como esperando tener un buen día apenas un atisbo de oportunidad para subirme al primero de los aviones e ir a su encuentro. Porque es lo que más deseo, desde hace años. Es ciertamente, uno de mis sueños.  Si pienso en París, insisto, guardo el artículo del diario donde se nombran los mejores lugares para un soñado recorrido europeo entre las páginas de la edición más nueva que tengo de Rayuela.   Si pienso en París siempre sonrió, suspiro y pienso... "ya voy a estar por ahí". 

Son ciertamente estas llamitas de deseo las que llenan de calor y color mi domingo. Suma que el frío no me agrieta más entrando desde la ventana. Suman los apuntes de la facultad cuando se vuelven mucho más amigos si caliento la pava de mate para estaquearla a mi lado. Suman y eso importa mucho, porque el resto del mundo a veces piensa en restar. 

Es con estas cosas, pequeñas cosas, que dejo de tener frío - en cuerpo y alma - por un momento. En en estos casos donde me olvido del presente y viajo al futuro un ratito.   ¿Quién seguirá, de lo contrario, leyendo a Marx anhelando ser Licenciada en Letras alguno de estos días? ¿Quién seguirá creyendo en que el estudio abre las puertas incluso, a la concreción de los sueños más recónditos?  Después vuelvo del viaje mental, claro, porque sin trabajo no se cumplen nuestros sueños. Si dejaría de creer en todo esto, no sería la que soy. Los sueños me sostienen desde que tengo uso de razón. 



¡Buena semana para todos!