jueves, 30 de septiembre de 2021

Mercurio retro

 Vaya a saber por qué motivo hace unos días me atacó una congestión acompañada de dolor de garganta. Fue raro porque, de un día para el otro, me levanté con mucosidad acumulada en la nariz pero especialmente en la garganta y eso se tradujo en un fuerte dolor.  

Así, me quedé sin voz con el correr de las horas y hoy tuve que hacer esfuerzos para comunicarme al estar tan afónica. Lo cierto es que ayer no me sentía tan mal como sí me sentí hoy. A la mañana hace dos días que me despierto sin poder hablar, hasta que tomo algo caliente y eso ayuda mucho. Pero ojalá pase pronto este fenómeno de cambio de estación. 

Ya tomé pastillas, té con limón y muchas bebidas calientes. Espero mañana levantarme mejor. Sin huéspedes en la garganta y sin dolor. ¿Pueden creer que ya se terminó septiembre? Yo, no. No sé cuándo eso sucedió.  Creo que, como hoy le dije a un amigo de mi hermana, en éstas épocas "se te retrograda la viiiiddddaaaa" cuando hizo una broma sobre Mercurio retrógrado. Y sí, los parámetros los tenemos un poquito confundidos. 

En fin, acabo de estornudar tres veces seguidas mientras escribo así que prefiero alejarme de la computadora e irme a descansar. 

¿Ustedes bien? 

martes, 28 de septiembre de 2021

Dejarse querer

Estábamos caminando por Av. Corrientes cuando, de pronto, encontré un escalón con forma redondeada. Galeno estaba a mi costado izquierdo, mirando para el otro lado, y no notó cuando me subí y lo miré burlonamente.  Fue la noche donde nos conocimos personalmente. 

- Ahora sí, ya no soy un duende - le dije, y me reí. 

Me miró y sonrió con una mueca simpática, que le llegó a los ojos.  Se puso frente a mí e hice el gesto de comparar nuestras estaturas. Frente a frente por primera vez, con todo lo que significaba, me lo quedé mirando por un instante. 

- Sos muy alto - le dije -, muy alto, que ni con ayuda te llego a alcanzar- y me bajé. 

Cruzamos la calle y empezamos a inmiscuirnos en las diferentes librerías. Estaban abiertas todavía, pese a que era bastante tarde, y éramos los únicos visitantes. Fuimos recorriendo las distintas vidrieras en silencio, hasta que ingresamos en una. Saludamos discretamente al señor que estaba detrás del mostrador y comenzamos a ver libros, cada uno por su parte. De pronto, Galeno se puso a mi lado, y observó lo que yo miraba. Lo sentí a mi lado tal palpablemente, que me giré a mirarlo, y para que me viera, corrí el pelo largo que me había caído como una cortina protectora en la cara.  Recuerdo que algo le dije sobre el libro y él me dijo que conocía al autor. 

Hablamos brevemente de literatura, y de pronto, se quedó callado, mirándome. 

- ¿Qué? - le pregunté, de forma divertida pero cauta al mismo tiempo. 
 
- ¿El perfume que te pusiste hoy, es el que me habías contado? - me preguntó. 

Comprendí que cuando me había corrido el pelo de un manotazo, como suelo hacer casi siempre, le había llegado una dosis considerable del aroma. Era un perfume francés que realmente se me impregna hasta en el último poro de la piel. Por eso, precisamente, lo había elegido. Para que me durase muchas horas y para que se me sintiera especialmente a cierta distancia. Era un truco, o algo así, y estaba funcionando. 

- Sí, es uno de esos - le dije - el que tiene una miniatura con el perfume más concentrado y además el perfume normal - le recordé. 

Sonrió. 

- Está buenísimo - admitió. 

Asentí con la cabeza, sonriendo. 

- Sí, tiene olorcito rico - musité, y lo miré brevemente, antes de volver mi cabeza hacia otros anaqueles - ¿Sabés cómo se llama la miniatura con el aroma concentrado? - le dije, porque me parecía chistoso. 

- ¿Cómo? 

- Acorde ilícito - me reí - ¿No le podían poner un nombre más normal? - pregunté, retóricamente. 

Galeno se rió, sacudiendo la cabeza, y seguimos dando vueltas por los distintos sectores.  

Cuando salimos de la librería  continuamos caminando, por un parque, bajo los faroles, y también pasando frente a grandes construcciones de Buenos Aires. Llegamos casi hasta Puerto Madero y enfilamos hacia el hotel. Hasta entonces, no nos habíamos dado ni un beso. Yo no sabía si, aunque me observara de una forma simpática, le gustaba. Tenía algunas dudas, normales del caso, porque conocernos por chat y fotos no era lo mismo que hacerlo en persona. Al mismo tiempo, también entendía que si no se acercaba era porque probablemente me estaba dando un espacio necesario para ajustarme a los acontecimientos que, por otra parte, agradecía.  Lo mío se basaba más en no estar acostumbrada a que alguien tuviera en cuenta todos los detalles e hiciera las cosas como si me leyera la mente. 

Dejando a un lado esas dudas pasajeras, propias de la situación,  sólo me dediqué a disfrutar del paseo, intercambiando miradas, chistes, charlas y lo que fuera posible. Ese era el objetivo, por eso nos habíamos decidido con todo lo que implicaba a conocernos en persona, estando en tantos sentidos a mucha distancia. Me dije que si todo eso quedaba ahí, iba a estar contenta igual. Y que si todo eso recién arrancaba ahí, iba a darme la oportunidad de vivir, simplemente, por un pacto de lealtad conmigo misma. 

Galeno me diría, después, que durante todo ese tiempo estaba tratando de trasmitirme tranquilidad y haciéndome sentir cómoda, para que no lo viviera como una obligación. Y lo cierto es que funcionó. Jamás en una cita, si se quiere llamar así, me había sentido tan cómoda. Y cabe admitir que jamás, hasta ese momento, me había entusiasmado tanto una cita... aunque no fuera a la manera convencional. Todo lo esperable de una situación, al menos en cuanto a los sentimientos y a los deseos, se estaba consolidando dentro de cada uno. Pero además, todo lo esperable de un encuentro en persona luego de meses de coqueteo virtual, desbordaba las mejores expectativas que pudiéramos haber tenido. 

II 

Una vez ingresados en el hotel, nadie nos preguntó nada. Sólo nos saludó el chico de la recepción con la habitual mirada de extrañeza y diplomacia entremezcladas, y tema superado.   Me puso contenta por parte de mi generación que no nos regalaran unas miradas de esas más feroces e inquisitivas aunque no lo comenté con Galeno. 

Entramos a la habitación. Nos acomodamos. Yo pasé al baño, él abrió mi regalo, pusimos nuestra música preferida y me manoteó el celular para buscarme nuestros temas preferidos. Me quedé mirando esa imagen, algo tan simple, y me di cuenta que Galeno tenía en sus manos el artefacto que había hecho posible un contacto diario hasta ese encuentro físico... y que yo estaba al lado, y que no me hacía falta la tecnología para eso. Y que ese estarme ahí, era una locura inmensa pero lindísima. Y que estábamos juntos, finalmente, y que ya no tenía que esperar más para saber cómo era, cómo hablaba, cómo era capaz de mirarme o cómo era capaz de sentirme yo misma, cómo vibraba mi cuerpo, cuando estaba cerca del suyo. 

En eso estaba pensando, y mientras lo miraba en silencio a escasos centímetros de él, también me miró. Se hizo un silencio que, personalmente, me pareció muy largo. Me estaban cayendo muchas fichas. El entorno comenzó a perder solidez, pues yo sólo quería descubrir cómo besaba, en dónde más nos podíamos sentir así de cómodos. Como nunca me había sucedido hasta entonces, estaba como hipnotizada por ese deseo. Un deseo que del otro lado correspondían. Lo noté cuando nos quedamos mirándonos en silencio hasta que se acercó un poco más a mi rostro y yo me acerqué otro poco más... y me estampó un beso.  

Sí, nuestro primer beso fue especial. No sólo por el contexto, sino, por la familiaridad y la calidez que yo sentí cuando me besó después de preguntarme si podía hacerlo.  Lo correspondí, mediando entre el impulso y la timidez, y el impulso inicial de descubrir lo desconocido.  Fue un beso cálido pero con pulsión, dado con calma, sin invasiones, pero bien estampado, que no me generó dudas. 

A nuestro primer beso lo sentí casi como una demostración de atracción y un reconocimiento de la afinidad construida previamente, pero, también, como si fuera una solicitud. Una solicitud formal para recorrer un camino que, personalmente, no pensé que fuera de esa forma y que resultó encantador. Una solicitud que no me arrepiento de haber aceptado en su momento. 

Aquél beso fue el primero de muchos más, ésa vez, y las que le siguieron. Y esos besos fueron, solamente, el primer escalón hacia un descubrimiento mutuo, íntimo, intenso e inesperado. Al principio, sabiendo que quizá no nos volvíamos a ver - según la tiranía de mis propios fantasmas - me costaba asimilar nuestra amalgama, es decir, la espesura y la naturalidad de muchos detalles que yo pensé no iba a vivir con nadie. Me costaba entender cómo me había entregado de una forma tan descabellada y cómo, al mismo tiempo, me sentía tan feliz y tan libre en la incertidumbre. Pero así estaba.  Tan feliz y tan libre como jamás me había dado el permiso de sentirme en el medio de un puro presente, sin avidez de planificarlo todo. 

III

Aquéllos días consigo me habían traído salud, y poder asimilar aquéllas otras vivencias de felicidad  cariño era también un logro. Los días de ese primer encuentro habían reparado mi esperanza, habían reparado mis conceptos y habían movido muchas fichas en mi interior. No en vano le dije a Galeno, antes de que se fuera, que él había desterrado ideas negativas que yo ni siquiera sabía que cargaba y había puesto algo mejor. La diferencia era tanta, en tantos sentidos, que me dejaba con los pies flotando encima de la tierra. Pero eso no significaba, por suerte, haber perdido el control, sino, significaba haber descubierto algo que yo pensé que no existiría jamás. 

  Las personas que me conocieron antes de esta historia notaron la enorme diferencia. Yo era la chica que nunca se enamoraba, que siempre estaba pensando en su trabajo o en sus estudios, que la única meta que acuñaba era la de progresar y progresar... Sin embargo, con Galeno, vió la luz del día ese lado que ni mi propia familia conocía y eso se tradujo en un ablandamiento muy saludable de mis propios rieles. 

Galeno fue muy paciente, muy muy, muy paciente conmigo. He dicho ya que, a diferencia de todos los demás, se instaló a mi lado, y me tendió una mano llegado el momento de enfrentarme a dolores y a miedos que tenía que atravesar sola para poder disfrutar, y poder dejar que el otro disfrute a mi lado. Y eso tuvo como consecuencia, o recompensa, según dónde se ponga el eje, en el nacimiento de todo lo demás.  Una historia breve, por cosas de la vida, pero muy intensa. 

Jamás me lo hubiera imaginado esa noche, mientras caminábamos por la calle Corrientes, que esta historia me enseñaría tanto.

lunes, 27 de septiembre de 2021

El traje adecuado

 - A veces, no sé por qué hago estas cosas papá - le comenté a mi padre en relación a la cita que tuve con Fran hace semanas atrás. 

- ¿Seh? - me dijo - ¿Por qué? 

- Porque cuando hago esas cosas siento que trato de meterme en un pantalón que no me va - musité - y... no sé... no puedo. Va más allá de intentar. Me siento diferente. 

- Hija, ¿todavía no te diste cuenta que vos sos diferente? 

Lo miré, seria. 

- Te lo digo yo, te lo dice tu mamá, me lo dice toda la gente que te conoce.... - enumeró - ¿y vos no te convencés tovía? 

- No dudo... Pienso, solamente, si está mal... si está bien... si es correcto... - suspiré - Galeno también me decía que era diferente. 

- Hija, lo único que importa en esta vida, en tu vida, es que seas feliz. Y también te diría que siempre sigas a tu corazón y que te importe un carajo lo que opine el resto. A nadie le tenés que dar explicaciones. Nosotros, te conocemos. Y yo, personalmente, siempre te voy a bancar a morir. 

- Sí. Lo sé. No me importa lo que opine la gente... Es por no obligarme a hacer cosas que no quiero. 

- No las hagas. Y mucho menos por obligación. Yo a Galeno no lo conocí - dijo - pero podía ver en vos que estabas feliz. Como padre, prefiero que mi hija sea feliz con una persona grande, sí, pero que te hace bien, te comprende, está a tu altura, sabe cómo tratarte; a que estés infeliz al lado de un pelotudo. 

- Papá, yo antes de ser infeliz al lado de un tipo, hago mi vida sin ellos. No me importa la compañía de la gente que tampoco me interesa, que me aburre o que me cansa. Tampoco me importa si dicen algo de mí.  Galeno tenía sus mañas, obvio, y sus cosas buenas también, pero bueno... pasó todo así. 

II

febrero, 2021 

Abro un libro al azar de mi biblioteca. Encuentro un ticket como señalador. Lo miro, desinteresadamente antes de tirarlo a la basura. 

Era un ticket de la comida rápida que me compré en el Aeropuerto la noche que llegué a Buenos Aires en febrero del 2020. Galeno me había insistido en tomar algo juntos antes de salir y yo le había dicho que prefería dormir la siesta juntos así descansábamos y él, a su vez, descansaba antes de entrar al Hospital. 

- ¿Me querés mandar a dormir, eh? 

- No. Quiero dormir con vos un ratito antes de irme - le dije. 

Esa respuesta daba cuenta de la diferencia. 

Me quedé mirando ese ticket, que comenzaba a ajarse, por el paso del tiempo. Respiré profundo y lo rompí. Me acerqué al tacho de basura, tiré esos pedacitos ahí, y saqué la bolsa pasado un buen rato. 

"Una historia terminada", me repetí. 

III

- Hoy, destapé este vino y viniste a mi cabeza... - me dijo, ese día. 

Ya era 2021. Separados hacía varios meses. Yo con mil incógnitas acá en Buenos Aires que en nada tenían que ver con nuestra historia o su persona; sino, más bien, con temas más crudos. Del ticket roto de febrero había pasado largos días. Casi tres meses. 

- Yo hoy estuve, de casualidad, en un lugar al que fuimos juntos. *** no sé si te acordás, pero de alguna manera te me viniste a la cabeza, también. 

- Claro que me acuerdo. Fuimos a ***, compramos el regalo para *** - dijo, en referencia a su hija y siguió enumerando variados detalles. 

Me dí cuenta que Galeno se acordaba de todo lo que habíamos vivido en ese día. Y yo, de alguna forma, también. 

Mientras miraba ir y venir la gente, recorriendo esos mismos lugares que nosotros visitamos un día, pero ahora todo con su tinte postpandemia, me di cuenta que hasta hubiera esperado encontrarlo caminando igual que todos aquéllos hombres y mujeres. Me di cuenta que había tenido la ilusión tonta e imposible durante algunos segundos de verlo caminando entre ellos, con mi vieja versión a su lado, mientras mirábamos las distintas opciones e íbamos eligiendo el regalo para su hija, juntos. Y quise, por otro segundo más tonto aún, que ese recuerdo pudiera proyectarse frente a mis ojos como si fuera una película. Me dije que me hubiera hecho muy feliz poder recordarnos, aunque sea una vez sola, cuando mi vida era mucho más sencilla en muchos sentidos y cuando estaba en un momento y una etapa de compensación enorme por parte de las circunstancias, en todos los sentidos. 

Suspiré y caí en cuentas que ese recuerdo sólo nos acompañaba a nosotros. Que nadie más lo entendería como nosotros. Que ninguna otra persona comprendería por qué fue un día tan lindo, caminando los dos juntos por todos lados, disfrutando la mutua compañía, conociéndonos de tantas maneras diferentes, tomando helado, almorzando a cualquier hora, durmiendo abrazados, y una lista de largos etcéteras.  

IV

Ese domingo disfrutamos del sol, y yo por primera vez en mi vida, sentí que no me tenía que meter en un pantalón que me apretaba. Que era feliz. Y lo más fuerte: que eso era lo que yo quería para mi vida. Un amor así, donde el pantalón no me apretara y donde pudiera sentirme realmente viva, sin condicionamientos.  

Hay personas que te siguen enseñando inclusive cuando se van. Y eso está bueno. Pero sólo se entiende con el paso del tiempo. Y ese paso del tiempo, y éste entendimiento, es un regalo.  Un regalo que quizá le quede a las personas que hicieron las cosas con amor. O quizá, un regalo que te quede por haberte animado a ser valiente. 

¿Quién sabe? 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Dar(se) cuenta ...

 

Como lo he hecho otras veces, una imagen vale más que mil palabras. Da cuenta de que a todos, en algún sentido, nos pasan las mismas cosas. 

jueves, 23 de septiembre de 2021

Un límite posible a la empatía

A veces, la empatía de la que tanto se habla en nuestros tiempos me incomoda. Digo, la siento a tal punto que me gustaría alejarme y poder controlar mi ansiedad y preocupación frente al dolor el displacer de los demás.  Si bien es una cualidad que he pulido, porque antes concebía la empatía como sufrir el sufrimiento de los demás en toda su extensión, creo que es algo que, según determinados casos, tengo que moderar y cuidar.

Aunque hoy entiendo que la empatía es acompañar desde el mejor lugar posible,  sigo sintiendo que frente a determinadas personas me cuesta más saber en qué espacio ubicarme frente a su dolor, o a su malestar, o incluso frente a las crisis que a veces nos ocurren a todos.

No es que me asuste la oscuridad del prójimo. Entiendo que todos tenemos sombras, cuestiones irresueltas, desafíos internos y zonas más pantanosas. Sé que no todo es color de rosa, brillos, colores y un camino de pétalos hacia el paraíso… Pero, frente a esto, no puedo evitar preguntarme qué postura sería más adecuada. ¿Hasta dónde es empatía y hasta dónde es cargar con el dolor del otro, hacerlo carne, dejar que lo traslade, muchas veces, sin querer?

Mi mente, o en realidad mi corazón, no puede evitar ser empático. Es automático, casi como una térmica que salta en cuanto alguien me cuenta algo de su vida bueno o malo. Si es bueno, imagino lo bien que se debe sentir, imagino que quizá eso le llegó luego de gran esfuerzo e imagino su alivio; entonces, me pongo contentísima y en mi interior le deseo lo mejor. En cambio, y ésta es la parte más dura de ser excesivamente empática, es que cuando alguien a quien quiero mucho me cuenta que se siente mal… yo me pongo en su lugar, imagino cómo se debe sentir, lo que puede necesitar, qué podría hacer uno de afuera para ayudar… Y lo más duro es que a veces no podés hacer nada más que acompañar. Pero, además, acompañar bajo los parámetros y las habilitaciones que te dé ese otro.   Y eso es lo más difícil porque, en realidad, no sabés bien qué hacer. Si hablarle para saber que estás ahí, si no hacerlo para dejarlo en paz, o si esperar que el otro cuando se sienta cómodo lo haga sin perjuicio de que podría llegar a pensar que no te interesa su dolor.  Y eso ¿hasta dónde se regula dentro del marco de la empatía, no? Es decir ¿cuál es el punto donde la empatía encuentra su límite?

Una de las crisis más notorias que tuvimos con Galeno, por ejemplo, a lo largo de nuestra relación tuvo que ver en gran medida con la empatía. Me desafió mis propios límites con actitudes que no podía entender del todo y me demostró que no siempre la gente necesita que estés ahí cuando se le da vuelta la cabeza – por no decir otra cosa – sino que, a veces, necesita que lo dejes enlodarse.  

Yo pensaba que, justamente, como pareja-despareja lo ideal sería acompañarlo en una mala temporada de bajón. Digo, en mi mente, lo que se supone que correspondía desde el tener la clase de sentimientos que yo tenía por él, era acompañarlo. De la misma manera que, por ejemplo, lo había acompañado durante la etapa en la que se contagió de COVID-19 durante octubre del 2020.  No obstante eso, quedó a la vista que Galeno necesitaba otras cosas. Cosas que, por otro lado, más allá de si su postura era egoísta o no, yo no podía terminar de cuadrar.

Galeno fue la primera persona que me marcó la cancha en este aspecto, la que no aceptó esa contención, o lo que yo entendía como contención, que le ofrecía.  Al principio, me enojó mucho, y acto seguido, me dolió. Me enojó por una cuestión de roles dentro de la relación; es decir, roles donde él siempre estaba para mí, siempre me escuchaba y me hacía reír si estaba triste, pero al mismo tiempo, no me permitía estar para él; o eso creía. Al mismo tiempo, me dolió por sentirme despreciada.   Y algo, por esa incapacidad de comprender algo tan íntimo, tan suyo y tan propio de sus años de vida, nos terminó lacerando lentamente hasta que nos separamos.

Pasados algunos meses luego de la ruptura entendí que  él estaba siendo muy claro acerca de lo que quería y yo estaba siendo desproporcionada – aún sin mala intención – en lo que pretendía brindar porque (para míiiiiii) los vínculos afectivos y sus constituyentes tenían la obligatoriedad de bancar los tiempos duros y acompañarse. ¿Era un pecado pasar los tiempos malos solo? ¿Estaba mal querer caminar en el lodo una temporada para pasar por un proceso individual? Hoy entiendo que no. Que necesariamente hay una dimensión, un escalón en el camino hacia nosotros mismos, que sólo se conquista con la introspección y forma una parte clave en el autoconocimiento.

También entiendo que mucha de mi necesidad de ayudar a los demás desde la empatía, o desde el querer solucionar sus sufrimientos, tiene que ver con mi propia historia de vida.  Hubo momentos de tanto pero tanto sufrimiento y tristeza en mi vida personal, especialmente durante mi infancia y pre-adolescencia que no puedo mostrarme indiferente ante el sufrimiento de quienes me rodean. No puedo pensar que hay que dejarlos sufrir y ya está, porque en realidad, siento que tiene que haber una manera de solucionarlo, que se le tiene que poder encontrar la vuelta, etc.

Pero entiendo que ese afán de no dejar sufrir a la gente que amo, se convierte en una necesidad tan grande que se entremezcla mi propia dificultad para aceptar que estoy triste aún en los momentos más de mierda, donde me quiero mostrar entera sea como sea.  La cuestión de lo aprendido, es decir, del mensaje de mi vida que consiste en seguir adelante como sea, frente a todo, a paso de plomo, a veces me jugó malas pasadas.

Y con Galeno, precisamente, y en su momento, lo hizo a sus anchas. Pretendía entender su malestar con los parámetros de mi vida sin tener en cuenta que, obvio, nos los iba a entender. Nosotros  llevándonos más de veinticinco años nos entendíamos mucho, sí, pero en esto era como si me hubiera cortado las manos. Me sentía rechazada, o lo que es más preciso, sentía que no tenía nada para dar en retribución a lo recibido.   

Y ahí, en ese punto precisamente, sufrí lo que denominé como una crisis de empatía…  

Me encontré con una persona que no solamente no se mostraba abierto en sus tiempos de tristeza sino que, por otro lado, siempre había estado para mí.  ¿Cómo devolvérselo? ¿Cómo hacerlo sentir bien? Eso me preguntaba y me generaba mucha ansiedad y frustración no poder ayudar, sentir que no tenia una palabra asertiva sólo porque no estaba pudiendo hacerlo de la misma forma en que lo había hecho con todos. 

Precisamente por esta crisis de empatía, con el paso del tiempo, las preguntas cambiaron. ¿Y si la persona necesita ese viraje de timón? ¿Y si es algo tan suyo que no lo puede ni explicar o no lo quiere compartir? ¿Y si no le interesa socializar su molestia? ¿Y si necesita alejarse de todos para encontrarse? ¿Y si ese displacer no tiene que ver con lo que uno cree, y toca respetar?  Comprendí entonces que, en las relaciones de amor – de todo tipo – el respeto abarca muchos más estratos de los que se puede imaginar.

En el presente, esto ha servido como lección. Creo que desde la empatía y teniendo presente lo vivido, lo único que puedo ofrecerle a los demás muchas veces debe ser simplemente el silencio y el saber que, cuando me necesiten, si es que me necesitan, estaré. Es hacerles saber que pueden apoyarse en uno o pueden no apoyarse, que no tienen obligación, que nadie les exige solucionarlo todo como un maníaco desbordado. 

Y, lo principal: aprendí que el amor también es darle la libertad al otro de hacer con su dolor – prácticamente - lo que carajo quiera. Porque eso, a fin de cuentas, es a veces lo único que necesita. Hacer con la tristeza lo que se quiera o se pueda hasta que, luego de estar nadando en el barro, vaya encontrado las respuestas dentro de sí. Efectivamente, esta es otra verdad: cada quien debe hacer su proceso, su propio camino, y sacar sus propias conclusiones.  Uno, de afuera, sólo puede elegir si se queda a bancar los trapos aún mismo éstos sean un compendio de indiferencia o se va y se lleva su empatía a otro lado. En eso se centra, o mejor dicho, a eso se reduce, nuestra injerencia frente al dolor de alguien más.

Lo que tengo presente hoy por hoy consiste en saber que no hay mejor demostración de amor que la libertad de dejar a la gente estar como quiera estar. Y además, hacerle saber que si necesita alguien con quien hablar, estamos. Y que si no necesita, uno se correrá de su vida a tiempo para no molestar.

Ni más ni menos. Dejando creencias, mandatos y todo el ego de lado. Sí, de esto también se trata el amor. De brindarse al otro desde la abundancia y no desde la especulación. Quien especula, no disfruta, y por consiguiente, tampoco puede amar y ayudar a los demás.


miércoles, 22 de septiembre de 2021

Algunas consideraciones...

Es curiosa la degradación que sufren, a veces, los vínculos humanos. Pero quizá la palabra no sea degradación sino sea, más bien, transformación.   Por otra parte pienso si esa transformación no es parte inevitable de la vida. Si siempre debe ser así, nos guste o no, para que todo siga su curso.  

Esto surge cuando, a veces, miro a mi sobrinito pequeño y pienso que ya me dice "chau, tía" y me tira besos cuando nos despedimos y también lo pienso cuando me abraza feliz, tanto como yo de verlo, y me dice "tíiiiiia Veeintee" cada vez que nos visitamos. Todo eso me parece realmente tan maravilloso que él se ha convertido en la medida de mi tiempo, diría Borges. 
 
II 

El tiempo transcurre entre momentos de paz y momentos de miedo que, por suerte, van siendo intercalados con nuevos momentos de paz. ¿Se puede sentir paz y tener miedo, es decir, sentir más paz que miedo, pese a todo? Sí. Nunca pensé que lo sentiría, pero sí, se puede sentir paz más allá de todos los miedos lógicos que conllevan las situaciones de nuestras vidas. Es parte de aprender a no controlar todo, parte de asumir que no se puede controlar todo; y dejar descansar lo demás. 

III 

Éste es un tiempo donde me siento vulnerable, sin embargo, cada vez me va asustando menos sentirme vulnerable. Ya he perdido tantas cosas que, en el camino a reconstruir mi vida, la idea es hacerlo también perdiendo los miedos y las vergüenzas innecesarias.  Si quiero, pues diré "yo quiero" y, obvio, si no quiero, seguiré diciendo que no. 

IV 

A veces, cuesta más pensar en lo que queremos o en cómo lo queremos. Pienso que necesitaría una guía de 10 preguntas del tipo "¿qué querés en el aspecto...?" para tener en claro algunas cosas.  Me cuesta conectar con esa parte del deseo sin pensar qué anclaje tendría en la tierra, y qué podría hacer yo, con esa idea de voluntad suprema, de la voluntad humana todo lo puede, etc. 

Dicen que la culpa de todo eso la tiene ser Capricornio de sol y ascendente Acuario (dicen). 

V

Presenté algunos textos para la publicación de un libro grupal entre un círculo de conocidos que se dedican a despuntar el vicio escribiendo. Lo hice para mantener la cordura y la conexión con el arte, aunque no quedé al cien conforme, porque si por mi fuera escribiría otra clase de cosas que tienen que ver tanto con cuestiones personales que sería un suicido social. Me cuesta mostrar la profundidad de mis sentimientos o la crudeza que expreso aquí, donde escondo mi cara y mi verdadero nombre, más allá de estas "cuatro paredes" (¿por qué siento a este rinconcito que tanto quiero como  a una casita, no?). 

Me hubiera gustado poner un texto que refleje mi historia con Galeno en ese libro conjunto. Al final, escribí tantos para Javier (y él, muy morboso, los leía), que me hubiese gustado incluir un texto sobre éste otro señor. Le hubiera puesto de título: "Fuí feliz este fin de semana". En cambio, postulé otros. Uno sobre mi sobrino, otro sobre la situación social, y otro más pero no me acuerdo de qué se trataba. 

VI

Tengo ganas de leer libros que nada tienen que ver con mis ocupaciones. Pero, para mi vida freelance, tengo lecturas pendientes; para la Universidad tengo lecturas pendientes y por si quiero ponerme a preparar algún final tengo lecturas pendientes.  ¿Y qué pasa? Quiero leer todo aquéllo que no debería leer. 

VII 

A veces me doy cuenta que todavía queda mucho por trabajar en relación al autoconocimiento y al bancar la parada pese a que no sepa lo que voy a encontrar de mi misma al otro lado del túnel. El otro día, en una conversación íntima que tuve, me encontré diciendo: "siempre lo pensé y quise expresarlo, pero no pude decírtelo por no saber lo que iba a encontrar del otro lado de mi misma... Y eso no tenía que ver con vos, sabía que vos no me ibas a juzgar... ".  Y la pregunta que me hago ahora, es: ¿y yo? ¿Yo sí me iba a llegar a juzgar? ¿Yo sí me iba a llegar a espantar? ¿Yo sí me iba a medir con una vara demasiado alta?    Flor de ficha me cayó ese día y sigue haciendo ruido. 

VIII 

Me dicen que busco un trabajo perfecto, que por eso no lo encuentro. Sin embargo, la gente que más me conoce, y la que me ve trabajar en otras actividades - a modo de mientras tanto - todos los días, me dice que obviamente tengo que seguir buscando trabajo en eso que estoy buscando más allá de todo, incluso, del tiempo que conlleve.  Y realmente, yo creo que sí, que me lo merezco y que no habrá cosa que me agradezca más en el futuro que el haberme jugado por lo que yo quería y no haberme rendido hasta obtener mi oportunidad. Porque cuando lo logre va a ser un "era cuestión de tiempo, no era cuestión de rumbo". 

IX

Mi papá hoy, como conclusión a una charla cotidiana, me dijo: "vos tenés que escuchar a tu corazón aunque tengas a todo el mundo en contra. Siempre".  


domingo, 19 de septiembre de 2021

Alma vieja

 - Hoy, leí algo acerca de las almas viejas - me dijo mi madre, mientras cenábamos - y pensé: "ésta es Veinte". 

Me sonreí. 

- ¿Ah, sí? ¿Y qué decía? 

- Decía que las almas viejas son almas evolucionadas. Tienen una gran sensibilidad, empatía y que a la vez son independientes y autosuficientes. Si se unen a alguien, es porque en algún punto, sirve para su evolución y siempre esas uniones representan encuentros o uniones kármicas, no se unen con alguien para pasar el rato o para divertirse como un pasatiempo.  No eligen a la gente porque sí, no tienen necesidad de estar con nadie a menos que quieran y se detengan en su camino para pasar tiempo con esas personas.  No se detienen en las cosas que se detienen todos y se fijan metas por las que trabajan hasta el final, se ponen algo en la mira y van y van... - me explicó. 

- Sí... - medité sus palabras - un día que yo fuí de Verónica me dijo lo mismo - le comenté - ¿Te acordás que te conté? 

- Ah, es cierto - recordó mi madre - Sí, yo estaba leyendo y mientras leía, pensaba "ésta es Veinte". Es así, como sos vos. Igualita. Un alma vieja. 

- ¿Será por eso que a veces siento que se equivocaron de generación, conmigo, má? Realmente, chicos, se equivocaron fuerte... - bromeé.  

Mi madre se rió pero se quedó callada. Sabe que lo digo en serio. 

II 

Galeno - le dije - perdón si te hablo mucho ¿si? Es que con vos tengo mucha confianza, no es que te quiero cargar con mis cosas... 

Galeno se rió 

- No, nosotros hablamos *** - me calmó, haciendo referencia a que nuestra relación funcionaba desde el vamos de esa manera y que la propuesta consistía en hablar de todo sin sentirnos juzgados. 

- Sí, es que con los demás no puedo hacer eso...  A vos, te digo dos palabras y ya me entendés...  

Galeno se rió. 

- Una parte de mí siempre te odiará por ese entendimiento tan profundo ¿sabés? - le recriminé, en broma, en su momento. 

"Y la otra, te querrá para siempre, aunque no sea como pareja", pensé. 

- Ya cagaste - me consoló, siguiendo con la broma. 

Otra vez, entendía hacia dónde quería ir con eso. Me acordé cuando me decía, tiempo atrás de esa charla, que ya había cagado. Yo le pregunté por qué. "Porque yo te voy a querer toda mi vida, que no es mucha, pero te voy a querer igual". 

A mi forma, supe ese día que le estaba diciendo algo realmente cierto: jamás me entendí con otra persona de la forma tan especial, inmediata, como consigo. Lo de nosotros fue una conexión que trascendió provincias, diferencia de edades y todos los obstáculos que yo consideraba imposibles de sortear y que a él lo sobresaltaron. 

Ambos vivíamos vidas diferentes, muy diferentes, hasta conocernos. Él, inserto en la esfera de la medicina, rodeado de gente superficial, y de mujeres que lo aburrían, con las que consideraba que no podía hablar. " Con todas es igual... ", me decía, y yo respondía lo mismo, porque así lo sentía.  

 Hasta antes de conocernos, él buscaba algo real, que lo sacara de tanta frivolidad innecesaria, es decir, de lo típico de esta sociedad. Quería irse una temporada al norte de nuestro país a hacer medicina asistencial sin percibir remuneración alguna porque se sentía asqueado de comodidades y de problemas efímeros.  Yo andaba por el mundo con mis búsquedas. Trabajando para poder pagarme la universidad, con una vida muy real, a veces, demasiado. Sorteaba inconvenientes como los de todo el mundo; a veces, me preocupaba el dinero, el trabajo o la presión en relación a la universidad. A veces, me preocupaba ayudar a mis papás. Otras veces, soñaba con no tener que ocuparme de nada y poder desconectarme del mundo por un rato... Pero eso sí, pese a mi edad, no buscaba nada más allá de lograr mis metas y disfrutar la vida sin jodérsela a nadie. Me aburría la gente que vivía su vida a partir del tener, de la ostentación y de las máscaras; por eso, ya no esperaba nada extraordinario. Solamente, tenía algún remoto deseo de hablar con alguien que me comprendiera pero eso no regía mi vida porque luego de conocer a tantos tipos que me querían mostrar sus bienes, que me querían para una noche o que no me querían, con todos era igual.   

Hace dos años, cuando nos encontramos, con el tiempo, caímos en cuentas de que efectivamente estábamos hechos de la misma cosa.  No sabíamos qué era lo que nos unía, pero sin dudas, estaba ahí. Y quizá nos llevamos una gran sorpresa al entender, separados ya,  que aunque no nos une una relación afectiva de pareja sí nos unió para siempre una manera de entender el mundo y el deseo de que el otro pudiera dar con la felicidad y con el modo de vivir que anhelaba. Sostuvimos siempre que eso se produjo por estar, misteriosamente, hechos de la misma cosa. Ser parte de una misma micro-especie. Casi como dos partes de una misma trama. 

O dos almas viejas. 

Porque cuando mi madre hoy me comentó todo esto, no sé por qué, pensé que ojalá estuviera bien y le mandé mentalmente lindos deseos para su vida. 


viernes, 17 de septiembre de 2021

Karmas

 - Por favor, lejos - dijo - Lejos, ¿si? No estés tan cerca, no está bien esto - musitó. 

Me lo quedé mirando y sentí una sensación rara en la panza. Algo que nunca había sentido. Eso a la vez se transformó en un nudo que me apretó muy fuerte la garganta.  Me sentí avergonzada. Una vergüenza tan grande como nunca había sentido. Pensé y me dije que era una tonta, que claro, que cómo me había animado a hacer eso, si éste tipo jamás me iba a querer. Pensé, en ese mismo instante, que su rechazo intermitente a mis gestos de afecto – cuando depositaba en mí los suyos como migas – era culpa mía. Que, seguro, lo había hecho todo mal. Como siempre, con Javier, sentía que lo hacía todo mal.

- Está bien - dije, solamente. 

Javier se pasó las dos manos por su rostro cansado y suspiró. En cuanto volvió a mirarme, se lo notaba afectado. Pero yo, la verdad, es que no me lograba darme cuenta por qué.  Hoy a la distancia entiendo que era una piba de 19 años que, si bien no era tonta, tampoco sabía demasiado del mundo. Y menos, de las personas enfermas mentalmente que pueblan este mundo.

- ¿Te enojaste? - me preguntó. 

- No - le dije, casi en un susurro – Si no querés que me acerque, me hubieras avisado. Lo iba a entender.

- No es que no quiero... pero, lejos es mejor. 

Lo miré en silencio. No sabía qué decirle.

- ¿No querés que esté acá, no?

- No, no es eso…

- Bueno, entonces ¿no querés que me acerque? ¿No te puedo abrazar ni nada? ¿Eso?

- No, no es eso… Pero… no se puede.

- Entiendo, claro – dije.

Se quiso acercar a mi cuerpo y me alejé. Rodeé mis rodillas con las manos y brazos en un clara posición de defenda.

- Veinte, esperá, pará, no te enojes... ¡Dios, no, pará!

 - No me enojé – le dije – Pero bueno, si no querés que te toque ni que me acerque, me alejo… ¿No es ese el problema?

- Si que te enojaste... Y no, no es… Dios, sos tremenda para mí. Es mejor que te vayas.

Lo miré.  Los ojos se me llenaron de lágrimas. Parpadeé rápido para que no las notara , aprovechando la penumbra de aquélla habitación.

- Sí, es mejor…

- Te enojaste, la puta madre…

- No...

- Sí, qué no, estás caliente…

- No – le dije – pero así no se trata ni a los perros, Javi. De verdad. ¿Lejos, lejos? ¿Te parece que yo merezco que me digas eso, como si fuera un perro con sarna al que no podés tocar? Vos pensás que porque yo te dije que te quería podes hacer lo que quieras y no es así.

- No, Veinte, no, la puta madre que lo parió ¡no! – exclamó.

-  Me voy, mejor. No nos vamos a poner de acuerdo.

- ¡No, pará! ¡No te vayas! Esperá. Hagamos una cosa, esperá – me dijo – Me siento en otro lado. Lejos. Yo me alejo. Eso es mejor.

- Pero ¿qué tiene de malo, Javier? ¿Por qué está mal?

- Está mal. Sos chica. Bah, no, yo soy viejo… No está bien.

- Bueno, no sé… Abrime que me voy, el perro se va – le dije, con sorna.

Pero lo peor de todo es que yo me fui esa noche de esa vivienda creyendo que realmente era ese perro.

Muchos años después me pregunté cómo en ese momento no me di cuenta. Cómo normalicé esa situación. Como acepté que alguien pudiera despreciar así un buen gesto, siendo que a mí me costaba mucho demostrar sentimientos, y que el otro estaba al corriente.  Me pregunté cómo se me había ocurrido demostrárselos a una persona que jamás iba a poder entenderlos, valorarlos y que siempre iba a recharzarme de todas las maneras en las que una persona puede rechazar a otra. 

Y no obtuve respuestas más allá del sentirme culpable y poca cosa, de pensar que quizá me merecía que me pasaran ese tipo de episodios porque, obviamente, era una especie de represalia de la vida por haberme fijado en alguien que, por mi edad, no me correspondía mirar de esa manera. 

II 

6 años después 

- Me gusta ésto  - le dije.

Todavía recuerdo su rostro en aquélla tarde de domingo de noviembre. Una tarde calurosa y nublada en la que había llovido de modo inevitable. Galeno sonrió y siguió acariciándome. Se deshizo de mi ropa interior y se le escapó una apreciación generosa sobre ella. 

- A mi también - dijo, y suspiró, complacido por mi comentario. Me dio un beso suave, delicado, en la frente aunque enseguida con sus labios recorrió mis costillas. A su decir, sentía cada uno de mis huesos luchando por salirse de mi piel en medio del sofocante clima que estaba gestando con sus acciones y eso lo hacía feliz.

- Galeno - musité y me quedé muy quieta.

Abrí los ojos.

- ¿Qué? – me contestó enseguida.

Me lo quedé mirando y entendí que de no ser sincera podía llegar a cagar algo que me importaba mucho para esas alturas.

- No sé qué es esto que siento… - le dije.

Me sonrió y me reí. Era una confesión demasiado íntima pero tan propia de nosotros que, sí, daba risa. A ninguna otra persona en el mundo le podría haber dicho algo así, simplemente, porque era mostrarme vulnerable como nadie me conocía.

- Respirá hondo – me dijo, acariciándome el rostro – Eso, muy bien, tomate el tiempo que necesites…

Lo miré y le hice caso.

- ¿Mejor? – me preguntó

- Sí 

– Más allá del nombre, ¿te gusta?

- Sí, mucho. 

- Entonces todo está bien. No te preocupes...  - me dijo y me sonrió.  

Pero yo, temblé. ¿Cuánto miedo puede tener una persona a ser juzgada? ¿Cuánto miedo le cabe en el cuerpo y en la mente? ¿Cuánto miedo al rechazo es posible almacenar? Ese día entendí que el que yo cargaba, con el que yo había vivido hasta ese momento ,es decir, el que había soportado por veinticuatro años, era enorme.  Por eso temblaba. Estaba cagada en las patas. Como nunca. Pero era tan necesario atravesar ese miedo para seguir viviendo que ya hasta mi propia mente lo suplicaba. "Por favor, por favor, no te dejes ganar por el miedo, por favor, por favor, podé con esto, por favor" me decía a mi misma porque deseaba tanto poder destrabar aquéllo que ni el propio Galeno lo sospechaba.  Todo lo anterior había sido una mierda, lo sabía. Experiencias vacías, sin color, sin espesura y sin conexión con los sentimientos. ¿Cómo es que la misma cosa podía cambiar tanto y ser tan diferente en su profundidad? 

Galeno se acercó a mi y me besó el rostro con cariño y comprensión. No podía creer que mi cuerpo fuera capaz de sentirse tan bien, pero esa dicha era indudable. Respiraba felicidad y miedo de sentirla en partes iguales. ¿Tenía algo que ver en el sexo la cantidad de sentimientos que ya tenía involucrados? ¿O es que era todo el recorrido de esa historia? ¿O las dos cosas? ¿O todo en si mismo, porque implicaba permitirme sentir algo más allá de los encontronazos vacíos? 

-  ¿Esa cabecita tiene miedo, eh? - me calmó. 

- Sí - suspiré  y me reí levemente porque la felicidad de esa entrega tan real era más fuerte que todo - pero confío en vos. Me siento tan bien…

- Por favor, confiá en mi con tu cabeza - me suplicó y se rió despacito, aliviado - Quiero que siempre sientas esto, conmigo, en el cuerpo y en la cabeza... Que no tengas miedo. Que disfrutes así ¿si?

Asentí con la cabeza y nos sonreímos.  Me dió un beso en la boca del estómago a modo de detalle chistoso y me relajé del todo. Cerré los ojos momentos después. Mi ritmo respiratorio aumentó notoriamente luego de un continuo de afecto y empatía que jamás pensé que conocería. Galeno contuvo mi extrañeza y mi maravilla con una actitud tan lúcida como en ningún otro hombre vi. Fue tan notoria su entrega, su humildad y su interés por darme placer en todos los sentidos, que a todo eso le pude poner nombre tiempo después.  Aunque sin dudas puedo asegurar que como compañero durante ese largo rato de descubrirnos todo lo que brindó fue hermoso y tan humano como lo que yo, de haber estado en su lugar, hubiera hecho con alguien más que estuviera pasando por esa transición. 

A medida que me hacía el amor, él no lo sabía a ciencia cierta, pero iba desenterrando de mí tanto dolor y poniendo tanta paz que le agradeceré eso de por vida.  Creí que me iba a morir en ese momento, pero en realidad, con el paso del tiempo entendí que una parte mía, anterior y oscura, era la que finalmente y por suerte, estaba muriendo.

Únicamente, restaba sentir. Sí, había mucho por sentir, todo un mundo por sentir, donde no todo era dolor o desprecio o una gesta impersonal de movimientos. Sentir placer, afecto, ganas de estar con un otro, fuera éste como fuera, tuviera la edad que tuviera, no era anormal ni motivo para que me despreciaran.  Amar a alguien no podía estar mal nunca, no justificaba ningún desprecio, y por eso, jamás nadie iba a tener derecho a tratarme como no se trata ni siquiera a los perros. 

  Lejos, lejos. Sí. Ya había estado demasiado lejos de todos por miedo a que me lastimaran.  Ésta vez, me quería acercar. 

III 

¿Cuánto vale la capacidad de algunas personas para sanar lo que otras francamente destruyeron? A veces, no hay dinero que sea capaz de comprar una medicina que nada tiene que ver con la terapia, el trabajo de amor propio y la curación de las heridas que quedan en el alma.  A veces, solo necesitamos que la vida nos dé revancha. Y que esa revancha sea, por fin, maravillosa. 

Hoy Javier es solamente el tipo que me mira los estados como un cobarde en plena madrugada. Igual que un fantasma. Yo por suerte pude seguir con mi vida pese, inclusive, a las interrupciones de lo más patéticas en el corriente año. 

Lo bueno de los fantasmas es que se puede matarlos.  El amor ayuda en ese aspecto. Y, aunque a veces vengan nuevos, siempre hay más y más amor para seguir peleando. Siempre. Ojalá entonces que la vida nos siga dando revancha. Casi como una cuestión de buen karma. 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Mi amor más lindo

 Anoche, después de un largo día, "videollamé" a mi sobrino.  Si bien nos vimos el domingo, siempre me gusta saber de él y si por mi fuera me comunicaría por este medio todos y cada uno de los días. A él también le gusta llamar y hablar, por suerte, así que es algo que complementamos con las visitas. 

En eso de charla y charla estábamos cuando este muchachito que cada vez se encuentra más cerca de los tres, me dijo: 

- Quiero "chutú" - haciendo referencia a sus dibujitos. 

Como entendí que ya estaba cansado, lo empecé a despedir para que pudiera irse a hacer lo que quisiera. 

- Bueno ¡dale, andá a mirar dibujos! ¡Chau mi vida! 

- ¡Chau tía! - me contestó. 

- ¡Chauuuu mi amor! ¡Besitos, descansá! 

¡Parecía un nene grande! ¡Me sorprendió mucho que se despidiera, todo educado él! 

Me saludó con la manito y por si fuera poco, me tiró besos. 

Yo, me sorprendí doblemente, y me sentí orgullosa. 

- ¡Ay, mirá, te tira besos! - dijo mi hermana, de fondo. 

- ¡Siiii, mi viiida! ¡Besos, mi amor! - lo saludé, tirándole besos también. 

- ¡Te quiero mucho! - me dijo. 

"¿QUÉEEEE DIJO?", pensé. 

- ¡Ayyyyyyy *** me muero! ¿Qué dijisteeeeee? ¿Te quiero mucho?   - me reí

- Tía, no te mueras - me dijo mi hermana, en broma - Sí, te dijo "te quiero mucho". 

- ¡Ay, no! ¡Yo también te quiero mucho, goordo! - contesté, todavía sorprendida - ¡Morí con esto! ¡Parece un nene grande! ¡Chau, descansen! La tía murió de amor - me despedí. 

Y sí, no es para menos... 

Hace un  año atrás recién empezaba a verlo muy de vez en cuando. El panorama de la pandemia era difícil y duro. Nadie tenía certezas. Y yo también vivía con un enorme miedo a que se olvidara de mí, a que no me reconociera, porque estaba empezando a diferenciar a cada miembro de la familia. Pero eso no sucedió. 

Hoy, un año después, celebro el privilegio de tenerlo en mi vida, de poder hablar con él, y hasta de que me despida diciéndome "te quiero mucho". Especialmente, porque pudimos volver a vernos allá por 2020 y este vínculo hermoso creció, creció y creció. 

Mi sobrino es el amor más lindo que tengo en la vida. De verdad. Es mi amor más lindo. 

Decir que lo quiero mucho, me queda corto. 



domingo, 12 de septiembre de 2021

Los infelices

La cuñada de mi hermana y yo trabajábamos en el mismo lugar. Ella, de hecho, me hizo entrar ahí de casualidad cuando difundió una convocatoria y llegó a oídos de mi hermana. Al principio, es decir, a lo largo de todo mi primer año en la empresa, todo estuvo bien. Yo estaba en un sector muy bravo, el peor conceptuado, y recién empezaba mi camino allí. El "problema" empezó cuando me ascendieron a principios del 2020 y me pasaron al sector contable de la empresa que era, dicho sea de paso, muy codiciado allí.  Cuando eso sucedió, en el medio de los cambios y mi sorpresa, no me detuve a pensar en el qué dirán, pero mucha gente se disgustó con la noticia y mucha otra cambió notoriamente su actitud. Creo que acabaron  creyendo que, por tener mucha más relación con los dueños, como lo ameritaban mis tareas, tenía también beneficios (y no, no era así para ninguna de nosotras, éramos empleadas igual que todos los demás).  Pero la realidad es que nada de eso era más lejano. Puras ideas o fantasías que se hacía la gente, para ser franca, un poco por celos y otro poco por desconocimiento. 

La tipeja ésta llegó a decir abiertamente a mi hermana que quería mi puesto; que me lo quería robar, porque ese puesto todo el mundo lo quería. Y sí, recuerdo que cuando me enteré de eso, y conociéndola, sentí que me iba a hervir la sangre al cabo de los siguientes cinco minutos casi como si me estuviera calentando el agua para un té. No podía creer, lisa y llanamente, que fuera tan rancia y tan envidiosa. Y que además tuviera la caradurez de expresar todas esas actitudes perniciosas en público, con una de mis hermanas, que imaginarán cómo la ubicó. 

Meses después, cuando todo detonó en mi trabajo, y todos nos quedamos sin, la bronca se expandió. Ella creyó desde el primer día que yo tenía información exclusiva sobre el quiebre y que nunca se lo había dicho y, por eso, me hizo la cruz. Yo ya desde mucho antes no me la bancaba y actuaba en consecuencia con un trato protocolar pero hermético.  Si bien agradecía los favores de su momento consideraba que era una  envidiosa, chusma, y una mujer frustrada en prácticamente todos los otros aspectos de su vida, y por eso, y por su gran negatividad, no quería tenerla cerca. 

Pero claro... Cuando comprobó que yo no le iba a contar nada, porque además no sabía nada, fue como si su culo se le diera vuelta. E incluso un día, pocos días antes de recibir la noticia del quiebre, se animó a increparme, a decirme que cómo podía ser que yo no supiera si la empresa cerraba o no, si trabajaba en ese sector... Cosa que me resultó demasiado y por lo que le paré el carro en vivo y en directo, dejándola en evidencia, a ella y a sus pelotudeces de chusma sin vida propia.  

Cinco días después, se anunció el quiebre de la empresa. La tipeja esta no me habló más pero, obvio, mi propia hermana me anunció que me ha montado en un huevo desde ese día hasta hoy. 

- Debe estar contenta que no conseguí todavía - le dije a mi hermana, contándole las actitudes que había tenido conmigo en todo este tiempo vía redes sociales - Siempre me pareció una mina oscura, tóxica, pero no me imaginé que podía ser tan repulsiva... - añadí y me reí, con sorna. 

Mi hermana, que no sabía nada del tema, sacudía la cabeza indignada y se reía a medias. No podía creer lo que le relataba sobre las distintas cosas que hizo en estos meses en mi contexto de búsqueda laboral.  Por ejemplo: recomendar a todos mis compañeros en diferentes empresas menos a mí; tirar mierda diciendo que mis compañeras y yo ocultamos el quiebre, o incluso contar cosas privadas de mi vida personal (que supo a través de mi hermana) para desprestigiar mi trabajo, o la buena imagen que yo logré tener en mi trabajo, a otras personas en la empresa.  

¿Saben que es lo más curioso? Que ella, por su parte, ya consiguió trabajo. Y de hecho, en un buen lugar. Pero se sigue preocupando por lo que yo subo a redes, por lo que yo haré de mi vida, por cuánto o cuándo cobré mi retiro, y una lista larga de etcéteras. Por suerte, mi hermana, no le contó nada de nada y como yo no le conté nada de nada a nadie, la carcome todo aquéllo sobre lo que no logra saber nada, sobre lo que no puede conocer o saber o sobre lo que no puede averiguar. Es decir, que la carcome no poder ser lo venenosa que es. 

En relación a todo esto, mi hermana me comentó que estaba muy agrandada con su nuevo empleo y pensé que finalmente, la vida había sido justa con ella en un sentido: le había otorgado un logro propio para que, así, pudiera dejar de envidiar y de resentirse por el progreso de los demás, la pobre. Y al mismo tiempo, pese a que creo que al ser una mala persona no merece justicia, también me alegré que se mantuviera ocupada y agrandada. Especialmente, porque así, entre una cosa y otra, se iba a dejar de pensar en mi vida y se iba a dejar de comparar y de tirar mala onda, y de desearme cosas feas.  Porque yo si bien no creo taaanto en esas cosas, sí creo que la envidia, los celos y la mala onda de la gente, a veces te quita energía y eso es un bajonazo.  Si no, basta mirar la vida de esta tipeja para darse cuenta cómo en otros aspectos su negatividad hizo estragos, dejándola sola, sin pareja ni amigos, ni familia que la soporte. 

Hablando con mi hermana del tema, le comenté: 

- Más allá de esto que decimos, a veces me cuesta entender cómo me odia tanto... ¿Qué le hice? ¿No ser chusma es un pecado? Imaginate que yo tampoco sabía que iba a perder el trabajo - le comenté a mi hermana - si no, no hubiera estado días antes comprándome zapatos nuevos y ropa... - argumenté - además, por una cuestión humana, si me hubiese enterado de algo, la hubiese prevenido, ni hablar... 

 - Yo, la otra vez que me preguntó, la corté enseguida me dijo mi hermana. Es obvio que te odia porque necesita de los demás para vivir y vos no le contás nada. Te tiene bronca por eso. Le da bronca no saber nada de tu vida, no poder preguntarle a nadie, porque nadie sabe de vos... 

- Y no va a saber nada de mí. No se va a enterar nada. ¡Si ya me odia suponiendo cosas, imaginate, sabiendo! - le dije, en broma - No entiendo a la gente retorcida. Es cansadora esta tipa. De verdad. Y encima, agrandada. ¿Puede ser más detestable, boluda? 

- A ella lo que le molesta es que vos no estés mal por haber perdido el trabajo. Me decía que no podía creer cómo te lo tomabas con tanta calma, cómo no te ponías mal, cómo no te daba bronca... No entiende, en su cabecita, cómo vos estás bien y relajada.... Me preguntó si no te alteraba la situación, que cómo estabas tan tranquila, que cómo te lo tomabas con calma si habías perdido el trabajo también... 

Me reí, sorprendida. Jamás pensé que una persona se pudiera poner mal porque yo no me siento mal. Es decir, que sufriera porque yo me sintiera bien.  

Mofé. 

- ¿Y quién te dijo que yo no me apené por perder el trabajo, que no me sentí mal o que, pese a que no lo demuestro, no tengo mis días malos? - le pregunté a mi hermana - Ella porque me quiere ver pidiendo monenitas en la esquina, por eso... ¡Le encantaría verme así, sin laburo, sin posibilidades de progresar, sin energía, sin un mango! 

Me reí, con sorna y un dejo de indignación.  

- Pero lamentablemente no le voy a dar ese gusto ... Eso sí que no... Pobre de esta mina que siempre quiso mi puesto de trabajo, mis compañeras, mi vida, mi pelo y hasta hubiera querido a *** si se enteraba que salía con esa clase de hombre... - anuncié - ¡hasta mi bombacha quiere, daaale, lo que faltaba! - bromeé. 

Mi hermana se rió y yo me reí. 

Y ahí nos reímos dando por terminada la charla. 




Mi hermana me sugirió que hacía bien, que mantuviera siempre un perfil bajo como acostumbro a hacer y me dijo que me cuidaría la espalda. Doy fé de eso. A la primera pelotudez que diga ésta mina mi hermana le va a poner los patos en orden. Exactamente de la misma manera en que yo lo haría por cualquiera de las dos.    Porque sí, claro que existe la envidia, los celos y la mala gente, pero también existe la lealtad, el cariño, el afecto, la fe, los lazos irrompibles más allá de todas las dificultades y existe el destino.  Lo que tiene que ser para uno, ni por toda la mala onda del mundo deja de ser para uno. Lleve el tiempo que lleve, nadie puede cambiar el destino de nadie.  Algunos deberían bajarle el volumen al Complejo de Dios y otros deberían procurar ser más felices.  

Yo mientras sigo adelante, como siempre: con humildad, toda la fe que puedo, mi perfil bajo habitual y mucho, mucho, mucho, trabajo duro que no se ve; que nadie más ve, y del cual estoy plenamente orgullosa.  Y sí, claro que he tenido días malos, y que todo está siendo difícil para mí a veces, pero justamente porque estoy orgullosa de mi esfuerzo diario, a lo largo de todos estos meses, es que yo no me entregué. 

Aunque sea a veces dura conmigo misma, al mismo tiempo, sé lo duro que trabajo y sé que en algún momento tendré mi recompensa en mil sentidos. Porque no envidio a nadie, porque no jodo a los demás, y porque no le quiero robar nada a nadie si sé que soy plenamente capaz de obtener todo por mi misma. 

Confío en que tarde o temprano, aunque a veces éste presente parezca un gol en contra, todo lo lindo volverá a llegar  y me seguirá acompañando.  Y sí, saldré corriendo a recibirlo, claro, y a compartirlo con la gente que quiero. Porque en mi vida, aunque me preocupe, hay cosas mucho más valiosas que el trabajo.  Y eso, me arriesgo a decir, es lo que vino a dejarme como enseñanza todo este proceso de pérdida y búsqueda que, por lo menos por ahora, continúa. Aunque lo bueno, me digo, está en camino. 


viernes, 10 de septiembre de 2021

Viva

 No sé cómo salí viva de media botella de Malbec increíble, una película de Almodóvar y canciones de Radiohead... Pero el arte y el buen vino tinto son dos de las cosas más maravillosas que existen en la tierra. 

jueves, 9 de septiembre de 2021

La vida y sus fuerzas...

La voz de Galeno suena del otro lado del auricular. Es raro, pienso, pero ya no me acordaba ni de su voz. Cómo amaba tanto esto, me pregunto, sin poder evitarlo cuando la recupero en sus palabras del presente, tan diferentes de las otras, y en un punto, tan lejanas.  Me cuenta en qué anda y yo le cuento un poco de lo mío.  Pienso que tendría que contarle tantas cosas que, en realidad, es preferible decir lo justo y lo necesario. Aunque estemos separados desde diciembre pasado pasó tanto y tan diferente que sigue siendo una de las personas que más me conoce y a la que le contaría todo, sin embargo, no sé si corresponde, si tiene algún sentido, y entonces prefiero guardármelo. Además, nuestras vidas, no sé si tienen algo en común ahora mismo más allá de la historia que supimos construir antes. Digo, su rutina dista demasiado de la mía y yo no estoy en un momento estable para poder decirle: "sí, todo está hermoso acá en mi vida, ¿vos bien?". Al contrario, creo que reapareció en un momento donde mi vida es un cambio con patas y donde no soy capaz de saber dónde quedó esa vieja Veinte que lo recibía perfumada, impecable, y le decía "hola, mi ****, viniste", más contenta que perro con dos colas. 

Lo bueno es que la finalidad de su contacto, o del nuestro, no es más que la de saber cómo estamos, qué tal todo. Por suerte, no hay promesas, no hay palabras cursis ni nada parecido. Es solamente saber cómo el otro está , porque en un punto, la persona no se borró de la faz de la tierra y eso se debe asimilar como parte de la realidad. 

Por otro lado, en lo que llevo vivido de 2021, he aprendido a disfrutar o a padecer las cosas sola. En líneas generales, en éste momento de mi vida, no me siento cómoda para hablar sobre cómo me siento, más allá de las conversaciones privadas con mis padres, o bien, ocasionalmente, con mi mejor amiga; tampoco me siento cómoda para darme a conocer en una cita, por ejemplo, o para hablar con alguien que formó parte de mi vida pero que ahora ya no lo hace.   No es que esté siendo hostil, o que me haya vuelto una empedernida solitaria; solamente, no quiero tapar ni disfrazar cómo me siento, qué estoy viviendo y lo que puedo aprender en esta situación.  Y, en paralelo, tampoco tengo interés en comentar con todo el mundo cómo me siento porque, incluso cuando me pasan cosas lindas, tampoco pongo pasacalles.  Si bien aprecio el contacto de Galeno porque es un hombre con el que compartimos tantas cosas lindas (y feas, también), una parte mía lo único que quiere es tener paz. Lo mismo me sucede con Fran. 

En este momento sólo deseo enormemente sentirme en paz. Fue y sigue siendo un año muy movido,  de muchos cambios impuestos por la vida, de muchas circunstancias que estoy bancando pero no eligiendo... Y eso, supone hacerse varios replanteos muy personales, que uno no anda publicando por la vida ni por redes sociales.  Creo que una de las lecciones posibles de este tiempo es entender, y hacer carne, la idea de que la vida hace lo que quiere con uno y que, más allá de la ficción del control, las cosas pasan (o no) como deben suceder. 

¿Qué me iba a imaginar yo que iba a lanzarme finalmente a dar clases particulares y asesorías sobre cómo abordar contenidos de Literatura? Ahora no sólo lo hago por intermedio de otra persona, sino que lo lancé en modalidad independiente, es decir, tratando directamente con quien solicite el servicio. Y eso es un desafío que siento grande, pero en otro sentido, inevitable. 

 La incomodidad, muchas veces, es la que te obliga a hacer cosas que no se te hubieran ocurrido jamás; y a mi me está pasando eso. Siento que no puedo elegir nada más que seguir caminando hasta que la vida se ponga un poco más agradable en lo cotidiano y me permita tener cabeza para otras cosas que no tengan que ver con el trabajo, el dinero, y la proyección profesional. Básicamente, porque esta es una pata muy importante en mi vida y éste año le han metido mano a lo loco. ¿Cómo tener cabeza para pensar en muchachos, citas, y esos temas? Quizá más adelante. Cuando me sienta bien conmigo misma, y con mi vida, y pueda estar bien y sentirme bien con los demás.  No antes. No ahora mismo. Pero sí, en un futuro que puede estar cercano y el cual todavía no descubrí. ¡Qué se yo! ¿Quién lo sabe? 

Quizá en este momento sólo necesite estar conmigo misma, festejar los logros que vendrán, disfrutar del sol, leer sin que nadie me meta presiones y conectarme con lo simple.   Me necesito, sí.  Me necesito y quiero estar más que nunca apoyándome porque nadie más podría hacerlo. 

El resto de las cosas, de igual manera en que éstas se dieron, seguirán ocurriendo como tengan que darse.  Es así. Las quiera o no las quiera, me gusten o no me gusten, esté dispuesta a cambiar o no.  Eso es la vida y su fuerza inevitable. La realidad. 



miércoles, 8 de septiembre de 2021

Las no ganas

Actualmente estoy pasando un momento en mi vida donde, por varios motivos, no lo puedo considerar el mejor. Algunas cosas dependen de mí y otras no, pero en su conjunto, hacen de éste segundo semestre del año un momento que no se caracteriza por ser ni el más tranquilo ni donde me encuentro más dispuesta. Al contrario, cuando me siento mal, suelo cerrarme mucho hasta recuperar mi equilibrio interior, cosa que para mí es más importante hoy en día que cualquier persona. 

Y esto viene a cuento con lo que me sucedió ayer. Porque, básicamente, de haberme imaginado que este compañero me iba a proponer empezar a vernos en otro plan, lo cierto es que no hubiese ido. De entrada, le hubiese cortado el terreno de juego, explicándole que estoy en un momento donde lo que menos quiero hacer es ser sociable, simpática y conocer gente porque no me siento dentro de mi eje.  Y pienso "uy, cómo se lo planteo sin que se lo tome a mal, qué fastidio esta situación, en éste momento..." pero lo cierto es que no hay nada más real en mi vida que eso. No me siento en mi eje, no es mi mejor momento, y no tengo ni ganas de iniciar un vínculo con alguien. 

Yo no creo en eso que dicen de que las personas llegan en el peor momento. Yo creo, al contrario, que si uno no está bien consigo mismo, difícilmente, pueda estar bien con alguien. Y yo en este momento tengo la cabeza en otro lado, más allá de que no es lo único importante en la vida de otra persona, y más allá de que todos me dicen que mi vida debe seguir. 

Sí, claro que he seguido adelante, pero en lo que menos pienso dentro de esta continuación, en un año tan movido como éste, es en conocer gente. Porque conocer personas demanda una energía y un empeño que yo no tengo para dar.  Y no, ni loca, yo no siento que tenga energía para conocer a nadie ni mucho menos para empezar a salir asiduamente con alguien, y armar planes, e involucrarme en un ida y vuelta porque de solo pensarlo es un compromiso que siempre me incomodó visto de ese modo, que ya de por sí me demanda energía y un tiempo que no quiero perder. 

La realidad es que me gustaría tener a mi compañero como amigo  y punto, porque mi vida actual es un caos y necesito poner mi energía en mí. ¿Para qué? Para organizarme, en todos los sentidos, y principalmente, después de todo este sobresalto, disfrutar de un período de paz, de tranquilidad y de alegría con mi familia, mis amigos y haciendo lo que me gusta, considerando, además, que lo afectivo llega solo, y que cuando realmente impacta, uno se da cuenta casi enseguida. 

No considero que ponerme a mi misma en primer lugar y hacer lo que sienta que sea mejor, más allá de los deberes y de los condicionamientos sociales, sea un pecado. Más bien, todo lo contrario. Yo no me siento lista para empezar a salir con nadie, ni para hablar seguido con nadie, ni para mostrarle mi vida a nadie, sencillamente, porque no me entiendo ni yo. 

Que Cupido vuelva a tocarme el timbre en un par de meses, a ver qué pasa. 
Hoy, no me encuentro disponible para eso. Hoy estoy disponible para lo que me necesite y para lo que me haga sentir bien, me de paz, y no me haga hacerme más preguntas de las que ya me estoy haciendo en tantos aspectos.







martes, 7 de septiembre de 2021

Concurrencia

 Ayer, tuve una cita con un chico. Fue la primera vez en mi vida que salí con alguien de mi edad. Fue raro, la verdad... Digamos que muy diferente a lo que acostumbro. Pero L. fue muy amable, correcto y me sentí mucho más cómoda de lo que esperaba. 

Ayer, sonó mi celular y era Galeno. Mi más reciente ex. Justito. 

L. me parece una persona que todavía tiene mucho por decir. Quizá demasiado. Creo que hay muchos puntos que son oscuros en él... No parece malo, pero sí, es como si escondiera algo. Es un  chico raro. No lo podría explicar de otra manera al día de hoy. Es esa sensación. 

La verdad es que cuando menos querés algo, más sucede. Increíble. 


lunes, 6 de septiembre de 2021

El dolor no todo lo puede

Le relaté a mi terapeuta un suceso en extremo doloroso, que ocurrió la semana anterior, en relación a mi historia personal.  Todo sucedió con una de mis dos hermanas y si bien también estaba presente mi madre, de lo sorprendida que quedó, no quiso ni emitir palabra. 

- Esa fue la situación - le dije - no hay mucho más para agregar. Terrible. Creo que, en veintiséis años que viví, jamás me habían dicho algo tan cruel ¿sabés? No lo podía creer. 

Se quedó en silencio. 

- Esto que me estás relatando es realmente muy duro, Veinte... Porque estamos hablando de alguien que... - mi psico buscó las palabras e increíblemente los ojos se le llenaron de lágrimas - vió todo tu camino, que sabe... 

- Sí, por eso... Y pensás: ¿cómo, si vió todo, dice cosas así? Ese es el mayor impacto... - le dije, con dureza -  Si vos me decís que esto lo piensa otro, que me lo dijo otro, lo entiendo, me pongo en su lugar y a cualquier le puede pasar, a mí me puede pasar con otra cosa... ¿Y sabés por qué? Porque me digo: "no, dejalo,  es normal si dice cosas como son porque no sabe cómo todo se dió, y hay que entender eso sin tomarlo personal, obvio" - argumenté - pero éste no es el caso. Es mi hermana. 

- No, claro - tomó aire - Muy duro. Trabajamos durante años sobre el tema. Y si bien hoy lo manejás con este postura, y es totalmente positivo, detrás de todo esto hay una historia con mucho sufrimiento, con mucho sacrificio, donde vos pusiste mucho esfuerzo para que esto ya no sea un tema. 

- Sí, porque para mí no es mi carta de presentación al mundo... - le dije, y ella asintió  - Realmente fue sorpresivo, más que nada, me agarró con la guardia baja. No sé. No lo esperaba. Pero me pareció terrible en contexto, le ví una gran carencia de empatía... 

- Tu hermana, además, tiene criterio médico. Eso lo hace doblemente grave. 

- Sí, es... cruel. 

- Creo que eso es el punto. Por suerte, lo demás, ya no es tema. 

- No - espeté - Es que... el dolor no lo puede todo... No lo tiene que poder todo. Es injusto. Yo tengo 26 años, no me voy a cagar la vida por esto, honestamente te lo digo... Ya está, sí, pasó y fue una mierda todo, esto mismo es una mierda, pero ¿qué voy a hacer, si eso es lo que piensa, si esto es lo que me tocó?  De haber podido elegirlo, obvio que no lo hacía... Pero bueno, es lo que hay y ella lo sabe...  Pero, eso sí: yo lo sé todavía más. Lo viví. 

- Afortunadamente, hoy sabemos que no, que no sería bueno que esto dirija tu vida... - afirmó - Pero creo que el impacto de este episodio se centra en entender que tu presente es éste, sí, pero lo terrible de la situación está en relación a una infancia muy dolorosa, de trabajo, que ustedes compartieron. 

- Sí. Y que no percibió de la misma manera, evidentemente - le solté, con ironía. 

- Sé que fue una situación muy dura lo que pasó, incluso para tu mamá, pero... - me preguntó - ¿Es posible pensar si hubo algún lado bueno? 

- Sí... - suspiré - que no la mandé a cagar y le pude decir lo que realmente le quería decir. Esto no se trata de que yo me ofendí. Esto fue un episodio donde hasta mi mamá estuvo presente y no podía entender la crueldad con la que dijo las cosas que dijo. Pero claro, si uno se enoja, y se sale del eje, quedás como la que se enojó por lo que el otro dijo... ¿Pero qué dijo? Hay que hacerse cargo. 

- Sí, claro - observó - Eso habla de un enorme autocontrol. De un gran autocontrol. Porque realmente podrías haberla insultado, podrías haberle dicho cualquier cosa. No digo que lo hagas, no, pero... Podría haber sucedido... 

- Sí, y agradezco no haberlo hecho... porque si la insultaba, si me enojaba... ¿qué iba a pasar? Se iba a desdibujar el foco real del asunto porque ¿mirá si se lo dice a otro? ¡La cagan a trompadas, imaginate! - me reí, con sorna. 

- Sí, creo que no hay ninguna razón para dejar que te lastimen. Los límites deben estar establecidos. 

- Sí. Así que para mí ese es el lado bueno. Haber marcado de esto lo que quería que se lleve como mensaje de mi parte. Es decir, "no vuelvas a decir eso nunca más". 

- Y yo creo que hay algo más que también bueno... y  quizá vos no te das cuenta... Pero es el hecho de que tu posición sobre esta situación es complemente sólida y verdadera. Lo creés así. No es una fortaleza fingida porque, creo que frente a un golpe tan fuerte, se hubiera derrumbado.  Como sabemos, estás pasando un montón de otras cuestiones que podrían ser motivos para, sumado a esto, generar mucho malestar... 

Asentí, enérgicamente. 

- ¿Me comprendés lo que quiero decir? 

- Sí, sí. 

- Y eso me parece algo muy bueno. 

- Es que- le planteé - ¿qué más se puede hacer? Es doloroso, claro que sí, pero lo que ella piensa de mí no deja de ser lo que ella piensa. Al fin y al cabo, si para mí nunca fue así, si está demostrado que uno es mucho más ¿qué más hace falta, no? Para mí, todo lo que yo pueda creer de mi vida, y de mi historia personal, lo demuestro con hechos.  ¿Me entendés? 

- Comprendo, perfectamente - asintió. 

-  Por más que esté en una situación donde todos los días la vida me esté diciendo "no, no podés", o no "tenés que tener paciencia", yo todos los días me repito: " yo puedo, lo voy a hacer, voy a poder".  No siempre lo creí, pero hoy más que nunca, tiene que ser diferente.  Por eso, no me dejé cagar la vida por lo que me tocó vivir, por eso, considero que tengo que seguir adelante... Porque es así, sí, me tocó vivirlo... Pero bueno, yo quiero vivir una linda vida... 

- Y por eso trabajamos mucho... Y fuimos a lugares de mucho sufrimiento - dijo, de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas - y es muy valorable que no dejes, que no permitas que esto te desplome. Tenés que reconocer tu templanza y tu fortaleza más que nunca. 

- Va a parecer muy frío lo que te voy a decir, pero todo es cuestión de tiempo. El tiempo demostró que podía llevar una vida normal (...) A mí no me hace falta explicar nada, ni justificar nada para los demás... 

Ella asintió. 

 - Y ojo, el paso del tiempo es difícil, pero pienso: "bueno, el tiempo va a demostrar cómo son las cosas", como hace siempre. 

- Veinte  dejame decirte - se tomó su momento -  realmente te lo digo, todo esto va a pasar y va a llegar todo lo necesario, todo lo que me estás diciendo. Aunque ahora esté dándote duro el segundo semestre... - me dijo y me sonreí. 

- Ay, síiiiii, que llegue la primavera, por favaaar - bromeé, para cortar con una sesión muy difícil pero sanadora - Acá seguimos. Poniéndole onda - añadí y me reí - Muchas gracias, ***. 

¿La conclusión? El dolor no todo lo puede. A veces, la voluntad de ser feliz, y de vivir honrando la vida, es más fuerte que todo. Y sí, aunque no esté pasando por un camino de rosas en el presente, si miro para atrás y analizo el camino recorrido, caigo en cuentas: el dolor no lo puede todo.  

Con el tiempo, todo volverá a mejorar y yo seguiré cambiando mi historia como hice hasta ahora. ¿Cuál historia? Ésta, precisamente, donde parecía todo perdido y donde, a fin de cuentas, se puede demostrar que es posible otra vida.  Por suerte.