-
Por favor, lejos - dijo - Lejos, ¿si? No estés tan cerca, no está bien esto -
musitó.
Me lo quedé mirando y sentí una sensación rara en la panza.
Algo que nunca había sentido. Eso a la vez se transformó en un nudo que me
apretó muy fuerte la garganta. Me sentí avergonzada. Una vergüenza tan
grande como nunca había sentido. Pensé y me dije que era una tonta, que claro,
que cómo me había animado a hacer eso, si éste tipo jamás me iba a querer.
Pensé, en ese mismo instante, que su rechazo intermitente a mis gestos de
afecto – cuando depositaba en mí los suyos como migas – era culpa mía. Que,
seguro, lo había hecho todo mal. Como
siempre, con Javier, sentía que lo hacía todo mal.
- Está bien - dije, solamente.
Javier se pasó las dos manos por su rostro cansado y suspiró.
En cuanto volvió a mirarme, se lo notaba afectado. Pero yo, la verdad, es que
no me lograba darme cuenta por qué. Hoy
a la distancia entiendo que era una piba de 19 años que, si bien no era tonta,
tampoco sabía demasiado del mundo. Y menos, de las personas enfermas
mentalmente que pueblan este mundo.
- ¿Te enojaste? - me preguntó.
- No - le dije, casi en un susurro – Si no querés que me
acerque, me hubieras avisado. Lo iba a entender.
-
No es que no quiero... pero, lejos es mejor.
Lo
miré en silencio. No sabía qué decirle.
- ¿No querés que esté acá, no?
-
No, no es eso…
-
Bueno, entonces ¿no querés que me acerque? ¿No te puedo abrazar ni nada? ¿Eso?
-
No, no es eso… Pero… no se puede.
-
Entiendo, claro – dije.
Se
quiso acercar a mi cuerpo y me alejé. Rodeé mis rodillas con las manos y brazos
en un clara posición de defenda.
- Veinte, esperá, pará, no te enojes... ¡Dios, no, pará!
- No me enojé – le dije – Pero bueno, si no
querés que te toque ni que me acerque, me alejo… ¿No es ese el problema?
- Si que te enojaste... Y no, no es… Dios, sos tremenda
para mí. Es mejor que te vayas.
Lo
miré. Los ojos se me llenaron de
lágrimas. Parpadeé rápido para que no las notara , aprovechando la penumbra de
aquélla habitación.
-
Sí, es mejor…
-
Te enojaste, la puta madre…
- No...
-
Sí, qué no, estás caliente…
-
No – le dije – pero así no se trata ni a los perros, Javi. De verdad. ¿Lejos,
lejos? ¿Te parece que yo merezco que me digas eso, como si fuera un perro con
sarna al que no podés tocar? Vos pensás que porque yo te dije que te quería
podes hacer lo que quieras y no es así.
-
No, Veinte, no, la puta madre que lo parió ¡no! – exclamó.
- Me voy, mejor. No nos vamos a poner de
acuerdo.
-
¡No, pará! ¡No te vayas! Esperá. Hagamos una cosa, esperá – me dijo – Me siento
en otro lado. Lejos. Yo me alejo. Eso es mejor.
-
Pero ¿qué tiene de malo, Javier? ¿Por qué está mal?
-
Está mal. Sos chica. Bah, no, yo soy viejo… No está bien.
-
Bueno, no sé… Abrime que me voy, el perro se va – le dije, con sorna.
Pero
lo peor de todo es que yo me fui esa noche de esa vivienda creyendo que
realmente era ese perro.
Muchos años después me pregunté cómo en ese momento no me di
cuenta. Cómo normalicé esa situación. Como acepté que alguien pudiera
despreciar así un buen gesto, siendo que a mí me costaba mucho demostrar
sentimientos, y que el otro estaba al corriente. Me pregunté cómo se me había ocurrido
demostrárselos a una persona que jamás iba a poder entenderlos, valorarlos y
que siempre iba a recharzarme de todas las maneras en las que una persona puede
rechazar a otra.
Y no obtuve respuestas más allá del sentirme culpable y poca
cosa, de pensar que quizá me merecía que me pasaran ese tipo de episodios
porque, obviamente, era una especie de represalia de la vida por haberme fijado
en alguien que, por mi edad, no me correspondía mirar de esa manera.
II
6 años después
- Me gusta ésto - le
dije.
Todavía recuerdo su rostro en aquélla
tarde de domingo de noviembre. Una tarde calurosa y nublada en la que había
llovido de modo inevitable. Galeno sonrió y siguió acariciándome. Se deshizo de
mi ropa interior y se le escapó una apreciación generosa sobre ella.
- A mi también - dijo, y suspiró,
complacido por mi comentario. Me dio un beso suave, delicado, en la frente
aunque enseguida con sus labios recorrió mis costillas. A su decir, sentía cada
uno de mis huesos luchando por salirse de mi piel en medio del sofocante clima
que estaba gestando con sus acciones y eso lo hacía feliz.
-
Galeno - musité y me quedé muy quieta.
Abrí
los ojos.
-
¿Qué? – me contestó enseguida.
Me lo
quedé mirando y entendí que de no ser sincera podía llegar a cagar algo que me
importaba mucho para esas alturas.
- No
sé qué es esto que siento… - le dije.
Me
sonrió y me reí. Era una confesión demasiado íntima pero tan propia de nosotros
que, sí, daba risa. A ninguna otra persona en el mundo le podría haber dicho
algo así, simplemente, porque era mostrarme vulnerable como nadie me conocía.
- Respirá hondo – me dijo, acariciándome
el rostro – Eso, muy bien, tomate el tiempo que necesites…
Lo miré y le hice caso.
- ¿Mejor? – me preguntó
- Sí
– Más allá
del nombre, ¿te gusta?
- Sí, mucho.
- Entonces todo está bien. No te
preocupes... - me dijo y me sonrió.
Pero yo, temblé. ¿Cuánto
miedo puede tener una persona a ser juzgada? ¿Cuánto miedo le cabe en el cuerpo
y en la mente? ¿Cuánto miedo al rechazo es posible almacenar? Ese día entendí
que el que yo cargaba, con el que yo había vivido hasta ese momento ,es decir,
el que había soportado por veinticuatro años, era enorme. Por eso
temblaba. Estaba cagada en las patas. Como nunca. Pero era tan necesario
atravesar ese miedo para seguir viviendo que ya hasta mi propia mente lo
suplicaba. "Por favor, por favor, no te dejes ganar por el miedo,
por favor, por favor, podé con esto, por favor" me decía a mi
misma porque deseaba tanto poder destrabar aquéllo que ni el propio Galeno lo
sospechaba. Todo lo anterior había sido una mierda, lo sabía.
Experiencias vacías, sin color, sin espesura y sin conexión con los
sentimientos. ¿Cómo es que la misma cosa podía cambiar tanto y ser tan
diferente en su profundidad?
Galeno
se acercó a mi y me besó el rostro con cariño y comprensión. No podía creer que
mi cuerpo fuera capaz de sentirse tan bien, pero esa dicha era indudable.
Respiraba felicidad y miedo de sentirla en partes iguales. ¿Tenía algo que ver
en el sexo la cantidad de sentimientos que ya tenía involucrados? ¿O es que era
todo el recorrido de esa historia? ¿O las dos cosas? ¿O todo en si mismo,
porque implicaba permitirme sentir algo más allá de los encontronazos
vacíos?
- ¿Esa cabecita tiene miedo, eh? - me calmó.
- Sí - suspiré y me reí levemente
porque la felicidad de esa entrega tan real era más fuerte que todo - pero
confío en vos. Me siento tan bien…
- Por favor, confiá en mi con tu cabeza - me suplicó y
se rió despacito, aliviado - Quiero que siempre sientas esto, conmigo, en el cuerpo y en la cabeza... Que no
tengas miedo. Que disfrutes así ¿si?
Asentí
con la cabeza y nos sonreímos. Me dió un beso en la boca del estómago a modo de detalle chistoso y me relajé del todo. Cerré los ojos momentos después. Mi
ritmo respiratorio aumentó notoriamente luego de un continuo de afecto y
empatía que jamás pensé que conocería. Galeno contuvo mi extrañeza y mi maravilla con una actitud tan lúcida como en ningún otro hombre vi. Fue tan notoria su entrega, su humildad y su interés por darme placer en todos los sentidos, que a todo eso le pude poner nombre tiempo después. Aunque sin dudas puedo asegurar que como compañero durante ese largo rato de descubrirnos todo lo que brindó fue hermoso y tan humano como lo que yo, de haber estado en su lugar, hubiera hecho con alguien más que estuviera pasando por esa transición.
A
medida que me hacía el amor, él no lo sabía a ciencia cierta,
pero iba desenterrando de mí tanto dolor y poniendo tanta paz que le agradeceré
eso de por vida. Creí que me iba a morir
en ese momento, pero en realidad, con el paso del tiempo entendí que una parte
mía, anterior y oscura, era la que finalmente y por suerte, estaba muriendo.
Únicamente, restaba sentir. Sí, había mucho por sentir, todo un mundo por sentir, donde no todo era dolor o desprecio o una gesta impersonal de movimientos. Sentir placer, afecto, ganas de estar con un otro, fuera éste como fuera, tuviera la edad que tuviera, no era anormal ni motivo para que me despreciaran. Amar a alguien no podía estar mal nunca, no justificaba ningún desprecio, y por eso, jamás nadie iba a tener derecho a tratarme como no se trata ni
siquiera a los perros.
Lejos, lejos. Sí. Ya había estado demasiado lejos de todos por miedo a que me lastimaran. Ésta vez, me quería acercar.
III
¿Cuánto vale la capacidad de algunas personas para sanar lo
que otras francamente destruyeron? A veces, no hay dinero que sea capaz de
comprar una medicina que nada tiene que ver con la terapia, el trabajo de amor
propio y la curación de las heridas que quedan en el alma. A veces, solo
necesitamos que la vida nos dé revancha. Y que esa revancha sea, por fin,
maravillosa.
Hoy Javier es solamente el tipo que me mira los estados como un cobarde en plena madrugada. Igual que un fantasma. Yo por suerte pude seguir con mi vida pese, inclusive, a las interrupciones de lo más patéticas en el corriente año.
Lo bueno de los fantasmas es que se puede matarlos. El amor ayuda en ese aspecto. Y, aunque a veces vengan nuevos, siempre hay más y más amor para seguir peleando. Siempre. Ojalá entonces que la vida nos siga dando revancha. Casi como una cuestión de buen karma.