sábado, 30 de diciembre de 2017

" La presa siempre está sola... "

Al principio dirás "qué bueno, se preocupa por mí", cuando te llegue el primer mensaje preguntándote dónde estás. Al principio, te parecerá copado tener confianza, poder hablar con alguien de las cosas que te pasan y escucharlo cuando te cuenta las suyas. Al principio, no te molestará que te invite a salir o que te envuelva todo el día con mensajes de texto, sin descanso, ni al sol y a la sombra. Al principio, incluso, te atraerá la figura, la extrema inteligencia, la capacidad de explicarte o de contentarte eventualmente a través de sus saberes. 

Pero eso, naturalmente, es sólo al principio. 

Después, la figura, denota asimetría y eso deja de gustarte. Después, el rol, no te parece algo ventajoso o con fines sociales, sino, una fuente directa y conexa con la manipulación. Que haya sido tu profesor de la Universidad no te interesa desde el prejuicio social o el qué dirá, sino más bien, te habla acerca de una relación de poder que se pretende instaurar fuera del aula; siendo que detrás del profesional hay un hombre; un hombre que no me está gustando nada. 

Después, el hecho de que quiera hacerse cargo de todas las dificultades en la carrera, te hace sentir sucia. No querés que te regale nada, que te facilite otras materias ni que te ayude a estudiar para ningún parcial. Sabés que tiene amigos y colegas por toda la Universidad y muchos están en las materias que te toca cursar. Sabés que con un dedo, suyo, en tu contra, las cosas se pueden complicar más de la cuenta; tenés todo para que no suceda, pero lo sabés. Es ahora o nunca, el momento para tomar la decisión de cortarlo. Solamente, querés ser un número, querés ser invisible, querés desaparecer, a los ojos de un cazador persistente debajo de las vestiduras de un profesional. 

Después, que te escriba todas las noches, ya no te parece gentil. Que te invite a comer, que se tome atribuciones y cuestione con quien o a dónde vas, tampoco te parece sano. Que no sepa respetar espacios, que quiera invadir los constituidos y que mediante críticas o juicios intente alejarte de tu grupo de pares universitario, ya sea denostándolos o ya sea poniéndote a vos en otra órbita; hace a la idea de una persona enferma del otro lado, incapaz de establecer un vínculo normal. 

Después, lo único que te interesa en el mundo, es recuperar tu vida de antes. Es tener la inteligencia para distanciarte cuando todavía podés, cuando tenés a gente que te quiere y que te cuida; y cuando notás que las conductas de quien hace cuatro semanas era tu profesor en la facultad, empiezan a ser las de un hombre que no te gusta, al que no querés cerca, y a quien no te interesa conocer desde ningún otro lugar, pese a que, al principio, la historia pintaba ser otra. 

¿Lo único que me tranquiliza? 

Yo a él no le debo nada y el truco está ahí, precisamente. La dignidad, la honestidad conmigo misma y la intuición, en este momento de mi vida, son las únicas cosas que me pueden mantener a salvo. 

Espero estarlo pronto; espero poder sacármelo de encima cuanto antes; espero que lo que más me importa se mantenga a salvo: mi libertad, mi vida, y sí, también mi carrera. 

Dejo para otro momento el balance. 

Hoy, estoy preocupada, asustada, y triste. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Noches buenas


¡Feliz Nochebuena, y feliz Navidad!

viernes, 22 de diciembre de 2017

Mejor pronto que tarde II

Hace unos días hablé volví a escribirme Alguien. Ya me había escrito por redes, y ya lo había filtrado, así que incurrió en el atrevimiento de rescatar mi teléfono del cofre del pasado y mandarme unas líneas.

Producto de un acontecimiento festivo muy reciente, sobre el que mandaba felicitaciones, le agradecí educadamente, sin más, y sin ánimos de seguir la conversación basando mi respuesta sólo en la buena educación. Sacó el tema, a colación, sobre el casamiento y sobre los hijos.

Y, nuevamente, mejor pronto que tarde, le hice saber muchas cosas que manifesté en la entrada anterior. Me preguntó, por ende, si se lo decía en serio y, necesariamente le aclaré que yo no hacía chistes con esas cosas; que mi vida era mía, que no pensaba en casarme, que no había encontrado a mi persona y que para mí formar una familia y construir un hogar iba más allá de toda papeleta.

Le costó bastantes mensajes más digerirlo, pero espero haber sido lo suficientemente clara para hacerle entender la verdad: se la pasa atribuyéndome cosas, para estar contento él, dentro de su ficción, y si esto es así en este estrato de trato sólo por mensajes, no me imagino lo que sería en un nivel mucho más concreto.  Creo, sin exagerar, que reventaría.

Para cambiar de tema, le pregunto qué está haciendo. Me cuenta que el fin de semana salió a una fiesta a la que lo invitaron chicos de secundario, con quienes tiene contacto. Agrandando, Chacarita, me dice que asistió porque él es un referente para ellos, que tienen un concepto increíble, que hasta le llevaron regalos. Yo sacudo la cabeza, verde, y pienso que no en vano yo me sentía a su lado tan desorientada.

Para rematarla, además, me dice que "dentro de las cosas que me puede contar de la fiesta", hizo de puente entre las chicas y los chicos. "Los chicos, comieron gracias a mí" remacha, como si me quedara alguna duda sobre mi decisión de hace diez meses.  ¿Comieron?, le pregunto, en pos de hacerle notar esa expresión tan desagradable y se ríe. Ante eso, le respondo que me recuerda a los Caranchos, que comen carroña, animales atropellados en la ruta.

Se lo digo, precisamente, por el lugar donde está poniendo a esos chicos que lo tienen como referente y, en especial, a las mujeres. Los chicos me agradecieron dice, y más que un compinche, parece un dyler traficando merca. La quiere arreglar cuando me dice que él presentaba a las parejas y que eso es lo único que puede contar. Yo le digo que me cuente lo que quiera, que no comprendo el punto de falsear por una fiesta en la que seguramente se divirtió como correspondía, sobre un sábado donde salió a hacer algo distinto.


¿Y, por qué se lo digo? Para que se dé cuenta, de una vez, no porque sea insensible ni mala.

Unos días después, entre la maraña de hechos que me traspasan, me tomo dos segundos para pensar en las ganzadas de Alguien. A modo de conclusión, de pequeño balance, finalmente me cierra algo.

Y me digo que ahora sé para qué me quería Alguien, por qué no importaba si yo no le podía decir nada ante sus juicios, ni tampoco, por qué no le importaba insistir e insistir pretendiendo ganarme por cansancio...

Alguien no quería una compañera, sino, un trofeo para pavonearse con todos los demás. Una chica para las fotos, para el cartel, el escenario, el circo y las pancartas. Alguien pretendía decir "mirá la mina que me estoy comiendo... " ante esos chicos que supuestamente lo tienen como referente. Alguien pretendía ser otro de los tantos Bananas en pijamas que se venden, y para colmo de males, se venden mal, porque a mí un tipo que me dice que los demás lo tienen como referente, no deja de parecerme un pelotudo.

¿Referente? ¡Cómo te la hicieron creer, papá!

Hoy más que nunca, mejor pronto que tarde, sí.

¡Mejor pronto que tarde!




miércoles, 20 de diciembre de 2017

Disyuntivas humanas

Ese punto preciso donde salimos corriendo ante un futuro posible, contra ese otro punto preciso de nuestras vidas donde nos quedamos resistiendo ante el miedo,  dispuestos a vivir el más inesperado y puro presente. 



lunes, 11 de diciembre de 2017

Mejor pronto que tarde...

Luego de muchos meses, casi diez, volvió a escribirme Alguien.  Pasó mucho tiempo, durante el cual  no hablamos, siendo más exacta desde los primeros días de marzo hasta ahora. La última charla que habíamos tenido ocurrió unos días después de nuestra cita fallida, experiencia por demás incómoda para mí, pese a sus incontables esfuerzos y pese a haberle puesto toda mi voluntad disponible para el caso. Luego de esa cita, naturalmente, llegué a tocar "fondo emocional" y empecé a ponerle cuerpo, rostro y expresión a las verdaderas razones de mi resquemor. Me dí cuenta que Alguien no me gustaba de esa manera, que estaba haciendo un esfuerzo innecesario, que el amor o una relación afectiva no tenía que ser una cuestión de voluntad.

 La noche luego de vernos llegué muy angustiada a casa, en especial, porque sentí que la distancia con mis contemporáneos se ahondaba todavía más, visto y considerando que me sentía más y más lejos de sus orillas, a través de estas experiencias.

Recuerdo la charla que mantuve con mi madre, pero especialmente, con mi hermana, esa misma noche. La misma fue algo clave para nuestro vínculo porque, desde esa conversación, ella jamás volvió a mirar mi forma de vincularme con los hombres de una manera esquiva, ella jamás me dijo que era "rara", como si eso fuera algo malo. Al contrario, cuando más lo precisaba, por fin se puso a hablarme en serio y llegó a darme un juicio amoroso : "si vos sos feliz, andá para adelante, con quien sea y te dé tranquilidad. Si es un viejo, lo traés acá a casa, y comen milanesas juntos; ya fue, Veinte, lo importante es que te quiera de verdad. Al fin y al cabo, es tu vida, no la de los demás. Si a los demás no les gusta, que se metan los comentarios en el c **** ".

 Al escucharla y al explicarle realmente cómo me sentía, a mi hermana se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras las mías corrían por mi cara. Le dije que lo había intentando, por la noción de construir, por la noción de tener mi familia, por la noción de ser una chica igual a todas las demás en ese aspecto; pero que no podía negar lo que era, o por lo menos, lo que me gustaba (fuera esta una persona joven, una persona más grande, o alguien que me doblase en edad). Yo, simplemente, no quería traicionarme a mi misma. No quería mecanizarme en mis elecciones. No quería estar al lado de una persona a quien sabía que no iba a poder querer con la autenticidad y el coraje que había querido a otras personas, al punto de sentirme fuerte y capaz de hacerle frente a cualquier cosa. No, no quería doblegarme, como una rama seca, fácilmente quebradiza. Y, en ese sentido, agradezco haberme dado cuenta más pronto que tarde, en la sucesión de los acontecimientos.

Unos días después, hablé con Alguien un poco más a fondo, sobre cosas que le había anticipado en persona antes de despedirme por última vez.  Le dije que se merecía una persona mejor que yo, porque no podía corresponderlo. Le dije que estaba mal trazada, porque me sentía muy lejos de él, pese a que me tratara muy bien y estaba acostumbrada a relacionarme de otra manera, pese a mi edad. Le dije que no estaba acostumbrada a tantas preguntas, que no estaba acostumbrada a tanta atención; que yo necesitaba mi tiempo y mi espacio tal y como siempre, a mi disposición.

Y es que, esto ha sido siempre una constante en mi vida, con todo el mundo: no me gusta que la gente se quiera apropiar de mi espacio personal y, en ese sentido, por defenderlo, soy en extremo contundente. Siempre, y pese a todos, quiero mi espacio para leer, tomar una cerveza sola, salir a caminar, escribir o escuchar música. La idea de que un otro venga a intentar dominarlos o ocuparlos a todos me quita el interés de inmediato y me mantiene todavía más fuerte en mi postura; indeciblemente terca. Eso era, precisamente, lo que me estaba pasando con Alguien; me sentía invadida, como si el tiempo fuera el camino sin retorno para que pudiera convencerme a que lo quisiera.  Yo no quería ceder espacios celosamente reservados para pasar tiempo conmigo misma, haciendo cosas que toda la vida me han dado placer y que fueron, invariablemente, mucho más constantes que el resto de las personas. Yo no sentía que debía convencerme de nada, sino, justamente, darme el espacio para meditar mis sentimientos y mis sensaciones ante un cuadro nuevo, sin ninguna intervención, haciendo posible un fluir natural en los hechos.

Por eso,  me parecíó lo más honesto reconocerle que no me sentía como lo esperaba frente a la situación. Me preguntó, como era de esperarse, si tenía algo que ver con Él mi reacción. Y yo le dije que no, porque era cierto, pero no dejé de reconocerle un hecho que sí se puede considerar verdad: no siento atracción física, ni termino de conectarme, con las personas como Alguien.  Las concibo, las veo, trato con ellas, porque soy perteneciente a esta generación, pero nunca termino de sentirme parte intrínseca de la misma.

Como digo que me gusta tener mi espacio, mucho más de lo que puede imaginarse; valoro mucho,  me gusta muchísimo que el otro tenga personalidad propia, que tenga un criterio formado, que no actúe para agradarme. Me gusta que el otro me confronte, me haga pensar, me plantee cosas que no hubiera poder advertido. Me gusta que el otro tenga sus pasiones, sus espacios, haya aprendido a estar solo no desde el padecimiento, sino, desde la libertad de descubrirse más allá del mandato social. Me gusta que el otro sea como es, desde la confianza en si mismo, más allá de poder atraerme a mí o a cualquier otra mina, poniendo por encima la esencia antes que la apariencia.

Me parecía, por ende, que era muy difícil explicarle todo eso a Alguien sin lastimarlo. Pero esta falla mía  se notaba a veinte kilómetros para todo quien me conoce un poco y la ausencia de entusiasmo hacía las veces de síntoma para cualquier desconocido.  Él, amoroso en este sentido, se empeñaba en dejármelo pasar todo, en perdoname los silencios, en admitir las marcas de límites, en admitir el tiempo, los baches, entre charla y charla.

Luego de explicarle que "yo había empezado al revés", luego de intentar hacerle entender que no me sentía cómoda, que me sentía presionada y que prefería no seguir viéndolo; el me dijo que no había ningún problema, que entendía, que yo era una chica divina y que era cuestión de tiempo, hasta que me acostumbrara a estar consigo porque si bien él no era como "el otro tipo grande", tampoco era una pibito. "Yo tengo veintiocho años, Veinte, pensé que eso era suficiente... ¿El otro, era mucho más grande que vos, no? " quiso saber.  Mofé, en mi fuero interno, cuando lo escuché decirme eso. Evidentemente Alguien pensaba, como todo el resto de las personas, que mi amor se enfocaba en un número, sin tener en cuenta que aspiraba a una manera de entender el mundo, una manera de manejarse en la vida, una manera de enfrentar lo maravilloso que esconde, y por cierto, también lo más escabroso. Alguien creía que a mí me gustaban más grandes y él estaba dentro de ese eslabón, por ende, nada podía salir mal. Pero estaba equivocado, y no llegaba a entender la profundidad de lo que le planteaba; pese a tener las mejores intenciones.

Pensándolo bien, creo que ese comentario y otro sobre el tiempo, fue la única cosa que me resultó hiriente en Alguien, aunque pueda entender que haya sido un comentario producto de mis actitudes.  A colación le dije, con un fuerte dejo de desagrado, que si estaba todo bien no entendía por qué tenía un cronómetro corriéndome, por qué me decía que había tenido meses de tiempo, con aires de reproche. Se me quedó mirando y cayó en la cuenta de que no me iba a dejar doblegar, ni convencer, ni presionar; por nada; al margen de mis tiempos y mis modos de hacer.  Me pidió disculpas, me dijo que era un boludo, que sí, que tenía razón.  Yo le pedí disculpas también, por haberlo hecho perder su tiempo, y le dije que era lo mejor dejar todo como estaba, porque se merecía a otra chica más parecida a él, con la que pudiera compartir cosas; y que yo seguía necesitando un tiempo para arreglarme, que la solución no estaba en complicarle la vida con mis formas de entenderla, diferentes a la suya.

Luego de esa charla en persona, y luego de esa otra comunicación por teléfono, yo pensé que este chico se iba a terminar casando con una abogada igualita a él, con quien pudiera hablar largo y tendido de Derecho Internacional, como estuvo hablando conmigo, en nuestra primera cita, haciéndose un poquito el banana (de puro susto, nomás, como llegó a decirme en un gesto que valoré y resalto hasta el día de hoy).

Pero, al parecer, la que se equivocó en esto, también fui yo.

II

Si existió algo que no omití fue, a partir de ese día, la verdad: soy incapaz de corresponderlo y Alguien lo sabe.

Sé que lo sabe no porque lo crea arbitrariamente, sino, porque se lo hice saber y jamás volví a darle ninguna señal de interés emocional. Incluso, luego de una repetición de likes, mi mejor amiga vino a comentarme, muy incómoda, que el estaba insistiendo también desde ese lugar; y pese a que me molestó que pinchara en algo que para mí es muy sagrado, también se la dejé pasar, considerando que se pueden esperar estas cosas de una persona que quedó decepcionada; porque... ¿quién no lo ha estado alguna vez?  Dejó así de ponerle likes a mi mejor amiga, o en las fotos que tenemos juntas, para centrarse solamente en personalizar esa especie de atención permanente. Yo pensé que no había sido demasiado clara, que me había vuelto a equivocar, que no me podía estar pasando esto, que nunca se me daba el explicarme bien, que era un asunto serio éste de los equívocos verbales. O que estaba teniendo una actitud infantil, pretendiendo llamar la atención desde un lugar equivocado, metiéndose, justamente, en mis espacios más sagrados, en mis relaciones más íntimas.

¿Y qué pasó? Nada, con más razón, no me pasó nada.

III

Pero luego de este fin de semana en particular, me dí cuenta de algo: Alguien  siente cosas por mí que son más fuertes o distintas de las que me imaginaba, y no depone su actitud.  No me animo a decir que está enamorado, pero noto que su interés persiste y la situación de no corresponderlo, me genera nuevamente aquélla forma de presión, porque no estoy dando con la manera de ponerle los límites, o al menos, unos límites que él comprenda.

La presión es un estado que yo no estoy dispuesta a soportar por nadie, en una edad y en una etapa de mi vida donde no tengo ningún compromiso ni ninguna pretensión de conformarme. A mí me gustaría tener un compromiso, pero desde una perspectiva más madura. Me gustaría tener un compromiso que fuera elegir al otro desde el deseo y no desde la convención. Me gustaría tener al lado a una persona que me dé espacio, el espacio suficiente para ser yo misma, sin llenarme de expectativas o atribuirme cualidades que no tengo; porque existirán deseos que no estaré dispuesta a cumplir o roles que no creo ocupar, a menos que no lo anhele de esa manera.

Esta presión que surge con Alguien es la de no saber cómo se le explica a una persona, sin lastimarla, que vos no la querés, que no te gusta, que es buena, sí, pero que carece de esa chispa relevadora; y que en el amor no sirven sus estrategias profesionales, orientadas al convencimiento, porque yo no soy un expediente caratulado, un modus operandi más, una estratégia con su táctica; sino, una persona. Y, en especial, una persona que en cuanto nota un mínimo índice de manipulación, no solamente rechaza el hecho, sino también, lo siente insultante a sus capacidades, a su independencia, a su empeño para elegir la vida que desea vivir.

 ¿Cómo se le explica, sin ser cruel, sin sonar maldita o pedante; cuando lo que menos se quiere es esto?

 Todo un descubrimiento para mí, porque nunca me había sucedido algo como esto con una persona que, si bien es más bien contemporáneo, me resulta muy sorprende en muchas cosas, no quizá, de la manera en que me gusta. No pensé, tengo que admitirlo, que una persona intentaría convencerme para que la quiera porque, por lo general, han tenido que convencerme para que las deje de querer y mucho menos lo han logrado.

Yo no sé, por ende, si no se da cuenta; si no se quiere dar cuenta o si simplemente cree que me va a ganar por cansancio; como si fuera una muñeca sin poder de acción.  Yo no sé si realmente le pasan cosas conmigo sólidas - lo estimo, pero no sé hasta dónde puede ser real -  y tampoco, sé cuáles son sus motivos, porque si bien intenté conocerlo, al ver que no funcionaba, fui clara y muy sintética. ¿Qué se hace entonces, cuando estamos frente a un joven de veintiocho años, que pese a ser una buena persona, no es capaz de entender que el amor es corresponderse, que no es cosa de que uno quiera y el otro se deje querer (al menos, no conmigo)?

Puede sonar dura mi pregunta, puede sonar duro este planteo, pero juro que se basa en las mejores intenciones. Porque me hace sentir muy mal por él mismo que se conforme con esto, que se conforme conmigo, estando así; parca, relativista, esquiva y ciertamente asquerosa. ¿Por qué ese malestar? Porque no quisiera engañarlo, porque por alguna razón no puedo ser como soy con otros hombres, consigo; porque la versión que él conoce de mí no es adulterada, pero tampoco, la más pura. Y porque, básicamente, por mucho que me insista, tengo mis serias dudas de que eso pueda dar algún resultado. Es que, a mí, hasta ahora, nunca nadie me ganó por cansancio y la pretensión, de hecho, me parece muy extraña desde mi manera de ver los vínculos.

En el caso de Alguien en particular, me sucede algo distinto a todo: es un buen chico, parece un chico bueno, con lindos valores, que me trata bien y que hace cosas por mí de las cuales en otro caso me hubiera sentido enormemente agradecida. De hecho, si no tuviera la presión de que me vea como la novia que quiere llevar a la casa,  gustaría verlo, salir consigo como amiga y dejarlo que se me acerque desde otro lugar.     A veces, es divertido e inclusive es una persona con ganas de progresar, que le interesa formarse, con quien compartimos esas formas de ver la vida y con quien acuñamos las mismas ganas de trabajar duro para lograr nuestros proyectos. Sí, me entiendo mucho desde ese lugar, pero como hombre no me genera ni una pizca de atracción, ni tampoco, me atrae físicamente.

Puede que sea de una u otra manera, pero las veces donde me he enamorado, francamente, no ha sido de un color de ojos o de un rasgo aislado. Ha sido del modo de pensar, de la forma de hablar, de cómo es el otro con los demás y no exclusivamente conmigo; me enamoré de una mirada, de un modo de tomar mate, de un modo de decir, de una manera de defender argumentos, e incluso, del modo de hacer chistes, del modo de hablarme. De un modo de comer, de unos pantalones, de un tic, de una sonrisa, de una muletilla, de una melodía querida por el otro, de una marca de vinos, de una camisa.

¿Por qué, para otros, esto es tan difícil de entender? Eso es lo que no puedo encontrar el modo de hacerle comprender. Eso es lo que desearía que entendiera Alguien; yo no lo correspondo.

 No pienso en él cuando viajo en colectivo, no pienso en él cuando pongo la pava, no pienso en él cuando hablo con mis amigas o cuando no puedo dormir de noche. No; yo no pienso en Alguien de ese modo. No pienso en él cuando leo algo que me gusta por la calle, no pienso en él cuando veo una corbata linda para regalar; ni tampoco, pienso en él cuando veo un Código Civil y Penal. No pienso en él cuando escribo, ni cuando escucho una balada, ni cuando suena un tema de Ismael Serrano y se me apichona el corazón.  ¿Y, si todo es de ese modo, para qué estar consigo? ¿Para qué privarlo de la oportunidad de conocer a otra chica que realmente lo quiera, dejándolo que pierda su tiempo intentando cambiarme? No, me parece injusto, para ambos; me parece que podría evitarme ese mal trago.

Yo no lo concibo ni deseo de ese modo, no me imagino compartiendo la vida consigo, no me imagino tomándome una copa consigo, yendo al supermercado, a una librería, al cine o a cenar. Y él, conmigo, se imagina precisamente esas cosas que yo ni siquiera puedo ilustrar o acompañar desde las palabras; porque cuando me dice juicios vivificantes - que nadie me dijo, que son muy amables de su parte - yo siento una profunda timidez, en especial, porque no puedo contrastarlo con nada, porque no puedo decirle nada, porque no me sale nada de nada. 


IV

 "Sé que es muy desubicado de mi parte escribirte a esta hora, Veinte, pero estoy mirando la televisión y están pasando tu película y me dije no le puedo dejar de avisar a ELLA" me escribe y resulta que ese ELLA, en grande, soy yo.

Me cuesta asimilar ese hecho, me sorprende que piense en mi, de esa manera, cuando todo contacto acabó casi hace diez meses. Mientras leo el mensaje no puedo dejar de ponerme en su lugar, al imaginarlo, haciendo ese tipo de asociaciones; porque sé perfectamente de dónde es que vienen.  Yo hice esa clase de cosas por otras personas y admiro su coraje, desde ese lugar, pero, por mi parte, estoy fuera de todo tiempo y espacio.

Me siento agobiada; y yo sé que nadie tiene la culpa, pero solamente necesito tiempo físico para procesar las cosas, pasando un tiempo a solas.   Es como si quisiera aislarme en una isla para poner en orden mis ideas y mis sentimientos. No es que esté triste, ni enojada, ni angustiada, solamente, necesito frenar y recalcular respecto a mi rumbo, haciendo un balance que me pide el cuerpo y la cabeza, más allá del fin de año.

Y Alguien no llega a advertir que no es histeria lo que yo tengo, sino, falta de amor. 

V

 Luego de una semana tan extraña, estoy demasiado sensible y despistada. Pero estoy segura de que - lamentablemente, en cierto modo - él no es la persona para quien tengo los ojos vueltos hoy. No es la persona que quiero de esa manera y no sé cómo decirle, elegantemente, que no.  Alguien es ubicado, educado, pero también insiste subestimando mi capacidad de tomar una decisión, al igual que muchos hombres, creyendo que si una mujer dice que no, es sí.

¿Quién y dónde, a algunos hombres, les han metido el chip? ¿Quién fue el amigo patriarcal que intentó obturar este sentido, pensando que el otro es una planta?  ¿Quién les dijo a los hombres que tenían que convencer a las mujeres de las cosas? ¿Quién les hizo pensar que tenían que intentar apalabrar nuestro deseo, como si fuera una estrategia, si antes decirle que lo que no tiene semilla es incapaz de crecer? No, no y mil veces no.  Lo mismo, si lo hiciera una mujer, no no y no.

Cuando explicarle que yo soy cerrada, arisca, que me cuesta mucho expresar lo que siento; me dice que no tengo que responder nada, que no me preocupe, que él solo quiere que yo lo sepa, que quiere decírmelo.  Y, si no me tengo que preocupar, ¿qué soy, entonces, para él? ¿Un depósito de elogios, una plantita que riega, un trofeo? ¿Dónde, entonces, mi deseo, la reciprocidad, el dar y recibir?

Con esta clase de cosas lo único que logra, es que me aleje más y me cierre más, porque tiene tantas ganas de decirme las cosas que no está escuchando lo único que le expreso: es mejor que busque una chica que realmente lo quiera, no que insista conmigo, y que pierda mucho de su tiempo. Y aunque yo le digo, nuevamente, que soy una atragantada; él va por más, aún sabiendo que me incomodan estas cosas, como si fuera algo gracioso u otra desafío; aprovechando que está en tema: "Veinte, yo sé que no es el momento, pero te quiero decir algo: sos una de las pocas personas con las que se puede charlar horas y horas (a la madrugada, o con un café, no sé); y eso te hace una muy linda persona. Sos una linda persona, sumado a lo que aprecian los ojos... Y sé que te estás poniendo incómoda, pero bueno... "  remacha.

VI

Mientras pienso en el asunto, me pregunto cuántos más clavos le caben a mis alas, mientras tengo certezas sólo de una cosa: necesito tiempo; necesito hablar conmigo misma y ver cómo me siento, sin importarme nada de los demás, ni de sus deseos, por una vez en la vida. 

Hoy todavía sigo con esa necesidad insatisfecha, estudiando y estando agobiada con los últimos exámenes del año.  Espero, pronto, poder dar con ese tiempo. Espero, cuando sea el momento, poder escribir sobre una persona que me quiera, a quien yo corresponda, y con quien la esté pasando muy bien. 

Lo importante es entender esto y defender esa idea, más pronto que tarde. 

sábado, 9 de diciembre de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: "Si no pudimos entonces, entonces, podamos hoy" IX



Cortaron la luz, pensé, apenas me percaté del hecho y quedé con la computadora en suspenso. Dos segundos antes mi iniciativa se centraba en escribir, en seguir escribiendo, en poder expresar de algún modo la cantidad de sentimientos encontrados, presentes, bajo la situación. Y Edesur me dejaba con las ganas.

Salí al patio y agradecí vivir en un barrio residencial tan paqueto,  en honor a la herencia familiar directa, porque si bien no comparto bolsillo con mis vecinos acaudalados, me es posible acceder a esas vistas retiradas de los patios linderos que no tienen siquiera una edificio a la vista, dejándome mirar las estrellas, en un grato silencio.

Sin embargo, esta noche, no hay tantas estrellas como esperaba. El cielo se va poniendo nublado y recuerdo que el pronosticador amigo rezó lluvia en camino, desde un red social. Me siento en mi silla Luis XV, que pese a estar sin pintura, hace las veces de un pequeño trono para mí. En casa siempre me cargan con eso, porque es mi silla de lectura para el patio. Mi padre promete siempre que va a acondicionármela y yo me río, en mi fuero interno, sabiendo que nunca lo hará en verdad; sabiendo que son esas pequeñas promesas cotidianas que uno hace de puro gusto, pero además, por poco tiempo. 

Anclada allí, me calzo los auriculares y mi mente enseguida se dispersa. Sé que quedó algo de música en el reproductor de siempre y me alegro de mi austeridad poco deliberada en lo que a la batería respeta.  La música suena y yo me reclino hacia el respaldo, dejándome llevar en la contemplación de unas cuantas estrellas que todavía persisten, pese a que en el horizonte se vislumbran los relámpagos.  Caigo entonces en la cuenta, luego de uno minutos de introspección:  yo también me siento así, igual que el cielo al que estoy mirando, pese a que en realidad el firmamento por si solo  me esté observando por dentro.

Las preguntas son inevitables, a esta altura del partido, donde lo que siento es una profundísima alegría y una profundísima extrañeza. No entiendo cómo, pero un cosquilleo distinto me recorre por dentro y, de repente, me siento viva. Es como si no pudiera entender el modo, pero un mar de sensaciones me invade al punto de no entender muy bien de dónde vienen. La vida, hasta antes de esa noche, presentaba un eterno pendiente y miro el cielo con su vaivén climático, sin poder creer cómo a veces suceden las cosas.  Me doy cuenta que estoy feliz, que ahora sí, estoy feliz. Me doy cuenta que aprendí muchas cosas, que la tristeza y la ausencia me enseñó muchas cosas, pero que siempre podrá ser mejor maestra la felicidad.

Me doy cuenta que siempre estuvo ahí, Él, agazapado en mi vida. Me doy cuenta que fue evidente, para todos, menos para mí, siempre y cuando el dolor no me dejara ver nada.  Me doy cuenta que era mucho más simple, que era acercarme, hablar y ser yo misma, sin miedo de que se me acercara demás o de menos. Me doy cuenta que tenía razón, que Él no quería verme sufrir y que siempre iba a ser importante, que no me decía las cosas por malo, sino porque “algún día lo iba a entender mejor, que por favor, le creyera”. Me doy cuenta que tanto silencio me llevó a darle la misma resonancia que a un muerto, durante casi cuatro años. Me doy cuenta que, hasta ese mismo momento donde las nubes se van posando sobre mi cabeza y van barriendo consigo las estrellas, yo no había creído ser fuerte y valiente para ir y tocar el ovillo de su mundo, tan cerca y lejos del mío, dejando de lado suposiciones, miedos y orgullos.

Me doy cuenta que sigue teniendo el mismo tacto que hace años. Me doy cuenta que sigue siendo todo, en un punto, tan propio de nosotros, como hace años. Me doy cuenta que me gusta esta nueva posición, pero al mismo tiempo, me da mucho miedo. Me doy cuenta que, por primera vez, estoy asustada de perder algo que no termino de entender cómo pude recuperar. Me doy cuenta que, la vida, la idea de una vida posible con otras personas, la idea de un futuro, no me parece tan angustiosa ahora que tengo un pañito suave sobre lo que antes ardía.  Me doy cuenta que me hace feliz que me vea, y, en especial, que lo manifieste. Me doy cuenta que me gusta ver sus likes en mis fotos, no me importa desde qué lugar, no me importa si son fotos donde estoy sola, posando, distinta a aquéllos años en lo que usaba pelito bastante más corto y tenía rulos.  Me doy cuenta que nunca lo dejé de querer, simplemente, dejé de amarlo de esa manera. Me doy cuenta que aprendí a vivir con lo que nos pasó, pero que al mismo tiempo, nunca aprendí a vivir en una pausa, detrás de un muro que nos separara, que nunca aprendí a vivir teniéndolo a Él, clausurado.

Suspiro.

Me cuesta demasiado asimilar estas cosas, siendo como soy, y estoy más asustada con el cambio de lo que puedo confesar. Sobreviene una enorme angustia que es más bien alivio. Parecería que un grave y enorme padecimiento terminó; me siento libre. Parecería que la angustia es por haber estado haciendo fuerza durante años y recién poder liberarme de ese encierro, de esa indiferencia tramada, de ese desinterés mentiroso.

Me doy cuenta que es más fácil todo, desde la verdad. Nos observamos durante casi cuatro años y fuimos testigos del otro, y sus cambios – más en mi caso que en el suyo – sin poder dejar siquiera una miga. Ahora, en cambio, las migas son reflejo de los cambios y van cayendo detrás de un rastro fisgón que celebro. Celebro haberme equivocado, por primera vez, al juzgarlo; celebro haberme equivocado cuando pensé que no me iba a responder un mensaje que en realidad – ambos lo sabíamos - era algo más que un saludo de cumpleaños; porque venía a llenar de palabras un silencio sostenido durante muchos años. Celebro haberme equivocado cuando consideré que lo hacía desde un compromiso impuesto por su enorme buena educación, o al menos, por aquéllos valores tan propios de su generación. Celebro saber que está allí, del otro lado de una pantallita, en la tranquilidad de su oficina, internado en Microcentro, usando la tecnología como un jovencito hacia otra jovencita,  para reforzar la idea de que todo está bien. Me lo repito, por si me cuesta acostumbrarme: ahora, entre nosotros, está todo bien. Y El sabe que es distinto, a todo el resto de las veces, este presente, por lo cual, no le preocupa dejar migas a la vista de los demás. Y Él sabe, porque me conoce a la distancia, que a mí nunca me va a importar nada de lo que pueda decir la gente, inclusive mi familia, sobre una red social que viene a evidenciar procesos mucho más elementales y profundos. Y, como a ninguno de los dos le pesa tanto, la situación se disfruta y no envilece las intenciones originales del caso.

Mientras las canciones pasan, durante esa noche donde Edesur me dejó con ganas de escribir, pienso.  Me asombra la capacidad que tenemos, los dos, con respecto a nosotros mismos para salvaguardarnos del tiempo. Me asombra cómo ese hombre que hace casi cuatro años detestaba las redes sociales, que sigue sin responder mensajes de cumpleaños a nadie que le escriba y que no es amigo de la tecnología; ahora, la usa pese a todo, para ser mi amigo y para responderme el mensaje de cumpleaños que le mandé, como único reflejo posible de un cariño tan estrecho y pasado.  Me asombra que, tantos años después, una persona que se agachó, una persona que eligió a la sociedad y no a mi amor, que priorizó la idea de la diferencia de edad y no la de una felicidad común; tenga esas pequeñas deferencias. Me asombra que se acuerde, que se acuerde luego de mucho tiempo… Me asombra que no se haya escondido, no se haya agachado, no me haya dejado en un eterno suspenso esta vez.

Caigo en la cuenta de que, en realidad, durante todos estos años yo había vivido creyendo que nada le importaba, que todo le daba lo mismo, que jamás había dejado ninguna huella en Él. Pasé años diciéndome que, en caso de hablarle, seguramente me iba a mirar con esa mirada anhelante pero que iría a ser incapaz de hacer nada, siempre cuidándose de lo que pensaran los demás. Pasé años sintiendo pena por creer que nunca había percibido – en ese entonces – cuánto lo amaba, pasé años diciéndome que yo nunca le había importado, que me había dicho mentiras. Pasé años diciéndome que nunca más yo iba a poder hablar con Él, ni siquiera, para decirle “muy feliz cumpleaños, negro”. Pasé años pensando que ni un solo instante se acordaba de mí.

Era, en una palabra, y para mi memoria, un muerto permanentemente vivo. Y sentada en esa silla, aquélla otra noche en la oscuridad más luminosa de todas, me dije que el muerto había dado su paso. Que el muerto volvía a tener identidad. Que el muerto, esta vez, no se quedaba en el molde, sin palabras, reforzándome una temporada más de pocas benevolencias.

El primero de enero de 2014, para nosotros, las cosas cambiaban. Si bien hasta ése momento éramos dos buenos compañeros, en el momento donde explotaban los fuegos artificiales, Él había tomado la iniciativa y me había apoyado delicadamente una mano cerca de la cintura, para resguardarme entre la multitud. Yo lo había mirado, sonriendo, y me había reclinado un poco más, pegándome a su cuerpo. Desde allí, observamos todo el show, mientras le dábamos la bienvenida al año y, en cierto modo, le dábamos pie al comienzo de una historia infinidad de veces esbozada en mi memoria y en variados papeles.  Estamos cerca de que vuelva a ser primero de enero, con un 2017 que va concluyendo. Sé que eso implica una enorme confluencia de sitios, de caminos que empiezan y otros que terminan. Sé que eso implica ciclos que se cierran, anhelos que no se realizan y deseos cumplidos de modo inesperado.

Pero lo único que siento es que ésta es la misma y a la vez otra historia. Siento que es una nueva oportunidad, que no tienen por qué pasarme las mismas cosas. Que los miedos no tienen sentido, porque luego de muchos años de perdido un amor, ahora, recuperé algo parecido a un amigo. Tanto desearlo, tanto pensarlo, tanto dudar y decidirme a no hacerlo… Aquí está finalmente, el acto consumado que me parecía uno de los escollos más pesados. 

Espero que esto sea el punto de partida para ir por más, y desde un lugar mejor.  No está demás decir que un horizonte se ha desplegado para mí, que ya no tiene que ver con nosotros, sino, con mi manera de afrontar la vida. No está demás, realmente, hoy en día, no está demás. 

Nadie quizá pueda entender la alegría que puede darme una miga de empatía, un indicio de camaradería, después de años de dolor y enorme silencio.

Hoy sé, sin embargo, que no esperé a que fuera demasiado tarde. Hoy sé que no me voy a quedar con el regusto amargo. Hoy sé que, si el día de mañana le quiero contar a alguien esta historia, el final será algo como: “y bueno, después de casi cuatro años que no nos hablamos, un día, ese silencio se rompió; y nos volvimos amigos, con el tiempo, como lo fue en un comienzo”. 

Hoy sé que pude, que como no había podido hace cuatro años, finalmente, pude. 

Esa noche, a oscuras, mientras suena la música y miro los relámpagos aproximarse, sigo repitiendo esa breve palabra, con tanto significado en mi vida del presente. 

Pude, me digo, sorprendida. 
Pude, me digo, aliviada. 
Pudo, me digo, el doble de estupefacta. 

Acto seguido, inspiro hondo, cierro los ojos, y enormemente agradezco. 

jueves, 7 de diciembre de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: "Si no pudimos entonces, entonces, podamos hoy" VIII

Escribir es, como se sabe, remover. Por eso, si bien pensé poder escribir muchas cosas sobre Él, nunca me imaginé poder narrar.  Estimé que algún día, quizá de viejita, contaría a mis nietos esta historia, pero ¿cómo contar, al a vez, si no es usando palabras?  Durante los años anteriores a éste,  me dije, a modo de promesa, solamente una cosa: que el día donde me sentara a escribir esta historia, debía de haber agotado todas las posibilidades; debía haber hecho todo cuanto existiera para no quedarme anclada en el enojo, en el dolor y en el pasado.  Me dije que, si quería proveerme de un futuro más feliz, antes, tenía que poder encararme con el pasado, resolverlo, y disponerme a mirar hacia adelante.

Llegué a pensar, quizá luego de repetírmelo tantas y tantas veces, que lo que parecía inviable en algún momento dejaría de dolerme tanto. Deseé que ojalá pasara algo nuevo, que la vida me guiara hasta ese momento donde fuera preciso hacer las cosas bien, poder resolver el escollo, la cuenta pendiente. Deseé que la vida me diera solamente un poco más de conciencia, otro poco más de coraje, para no dejar pasar los días en la impunidad de su velocidad;  para no dejar pasar las chances, para no esperar hasta que fuera demasiado tarde... 

Siempre me dije que existiría un día donde no me importase más el miedo al rechazo, donde no me desarmara su forma de mirarme, donde no tuviera nada más que perder.  Siempre me dije que, una vez llegado ése día, iba a tener que aprovecharlo si es que quería  volver a amar con intensidad.

Porque no, para mí, no podía terminar así consigo; no podía quedarme impávida, viéndolo mirarme de ese modo aún pasaran los años, o viéndolo  mirarme las stories a la madrugada,  sin dirigirle la palabra. ¿Cómo no iba a poder hablar con Él, si lo había amado tanto? ¿Cómo me iba a dar tanto miedo?  No, no podía más con ese rencor tan viejo, no podía más con esa incapacidad de decir. No podía más. La vida, el pasado, el tiempo y la añoranza, me estaban erosionando.

Yo, por lo menos, no podía más y Él estaba al borde de cumplir en breve 46 años. No podía más  y yo estaba al borde de cumplir 23. No podía más con la idea de pensar que quizá el día que juntara fuerzas, ya no quisiera responder a ese llamado. No podía más con la idea de clausurar a la gente que alguna vez quise, pese a poder ser muy fría cuando quiero. No podía más con el contacto permanente con los suyos y al mismo, la veda consigo…. Porque los suyos, siempre, de alguna manera, volvían a Él.

 El tiempo pasaba y, antes de dejarlo más distante mostraba un mensaje permanente: hacé valer tu aprendizaje, no te quedes con las ganas de nada, hacé todo lo que esté en vos para forjarte la vida que anhelás.   El tiempo pasaba y cada vez lo volvía más viejo; le sumaba más canas y le potenciaba las arrugas debajo de los ojos, ésas que eran mis favoritas. El tiempo, impiadoso, conmigo iba a la inversa; claro y me afinaba los rasgos y me movía de sitio, y me hacía avanzar en la carrera, y me traía pretendientes que era incapaces de mirar. Porque yo no podía más, ni siquiera, con el discurrir normal del tiempo. No podía más con el silencio, con la duda, con el corazón cerrado.

No sé cuándo sucedió, es decir, cuando me decidí. No, no tengo una fecha precisa para todo.  Quizá, sin darme cuenta, desde hace mucho ya había decidido que definitivamente, no se podía sostener nada mas esta situación; pero, un buen día, me encontré buscando el modo, lo cual supuso una diferencia.   La pregunta, entonces, fue una que se dividió en dos: ¿cómo romper el silencio de tener la oportunidad? Y, suponiendo que se tenga la más pequeña chance ¿cómo no hacerlo, por qué ser tan cobarde de no intentarlo siquiera? Él seguía haciendo posible para mí lo inesperado. Él seguía haciendo fuerza, desde el pasado, avisándome que entre nosotros quedaba una amistad pendiente.  Él, sin saberlo, había sacado cosas buenas de mí, me había enseñado cosas que, incluso en ese momento donde dudaba, hacían parte a mi experiencia.  ¿E iba a ser igual de cobarde?  Pese a todo, a absolutamente todo, seguía una persona a quien yo tampoco podía ver mal o a quien siempre iba a recordar, desde un lugar entre amargo y entrañable.   Casi cuatro años después, me venía a dar cuenta con asombro y confusión que nosotros no habíamos terminado bien, pero tampoco, habíamos terminado mal. Necesitaba, precisamente, una señal de vida para inclinar la balanza hacia un lado, de una buena vez.

Mirando el calendario, para planificar una semana más de estudio, el modo que andaba buscando, de repente, apareció. Allí caí en la cuenta de que faltaba solamente una semana para su cumpleaños. Y otra vez, ésa cuenta pendiente, ése saber y no poder, ése poder, y no saber bien cómo. Y finalmente, el declive, es decir, la decisión. Decime, tajante, "lo voy a hacer; este año, voy a sacarle toda la carga a ese día".

Una semana después, ése sábado desperté, me senté en la cama, y me pregunté qué quería hacer. Estaba sola en mi cuarto igual que ese veinte de julio, pero era otra persona mirando a mi alrededor, ahora dormía sola, y no me chocaba ni con el dolor ni con las camitas de mi hermanas. No había tomado ni un mate; la noche anterior me había decidido a superar mis miedos, me costase lo que me costara y no era tan importante poner la pava como sí mandar un mensaje.  Agarré mi celular de la mesa de luz, busqué todo lo necesario y envié el mensaje sin titubear, como si me hubiera agotado de temerle a algo, es decir, de tenerle a todo.
   "Muy feliz cumple, *** (...) "  le dije rompiendo en silencio, tomando la iniciativa que tantas veces le había rechazado, precisamente, la mañana de su cumpleaños número cuarenta y seis.    Mientras apoyaba mis dedos rápidos en el puntero del teléfono celular, casi no borré mis palabras que fueron pocas, pero amigables. Cuando terminé, luego de unos instantes de letargo, me calcé, me até el pelo, y…  me fuí a poner la pava.   Porque nada mejor que poner a punto el agua, preparar el mate y arrimar la yerba, después de mandar un mensajito elemental de cumpleaños. Después de vencer un miedo.   Ahí nomás me di cuenta: hacía años que yo no me levantaba tan feliz, o al menos, tan liviana, es decir, sin ese miedo taladrándome las entrañas; sin la noción de que cada día ganado por el miedo era un día perdido por la vida. Porque vivir con miedo a algo que no se puede superar, al fin y al cabo, difícilmente puede ser llamado vida.

Envié ese saludo cordial sabiendo que Él nunca contestó los mensajes de cumpleaños y que lo más seguro era que el patrón de comportamiento se mantuviera. Lo envié sabiendo que era lo único que podía hacer por un tipo que seguía mirándome las stories a las dos de la madrugaba y con el que los otoños continuaban avanzando.    Lo envié porque entendí que no tenía nada que perder más que el tiempo, hasta decidirme a terminar las cosas desde el mismo lugar donde empezaron: el dialogo, la cordialidad, y en cierto modo, una llegada distinta entre personas muy dispares. Lo envié porque confié en que pese a estar en dos  generaciones diferentes, ésa química, no había sido mentira.  Y porque especialmente consigo yo siempre fui valiente, siempre me animé, siempre me la jugué, como con ninguna otra cosa ni persona en mi vida.

Luego de haberlo enviado,  pasaron los días, las semanas y su silencio fue algo que consideré definitivo. El rechazo, en el fondo, pese a las mejores intenciones, era una posibilidad más que esperable.  Sin dolor, casi encogiéndome de hombros, me dije que era una pena hablarle al vacío; pero que no había nada más que me quedase por cumplir conmigo misma.  Que ya estaba, que estaba todo bien, que estaba liberada de culpas, de cargos, y que hiciera con mi mensaje lo que quisiera si es que no tenía nada para decir.  Me llevó un par de días olvidarme del asunto. Pero precisamente cuando me convencí de que no iba a recibir ninguna respuesta y en especial, cuando me senté a narrar todo esto a modo de lavaje interno - lejos estoy de creer en las casualidades -  Él respondió. Sí, mi mensaje obtuvo su devolución más allá de tantos años de silencio y más de veinte años de distancia en el mismo momento donde empezaba a distanciarme del todo de la experiencia  y a comprender que Él podía hacer lo que quisiera, pero eso, no restaba en nada a mi valor, y a mi aprendizaje personal sobre cómo sobreponerme a los miedos.

Supe que mis intenciones habían sido buenas, que la vida sabía que no soy capaz de lastimarlo y que, en ese caso, dejaba todo en manos de Dios, el Universo y sus aledaños.   "Si Él, en ese tiempo, me conoció un poco, se va a dar cuenta de cuál es mi finalidad y, si tiene la misma intención que yo creo, actuará en consecuencia. Si no, paciencia. La vida sabe que no quiero perjudicarlo... " pensé.  Y San Se acabó.

II

No me imaginé nunca, que desde esa tranquilidad iba a saldar mi deuda del bien y, mucho menos, que ese mensaje iba a obtener respuestas después de tantas vivencias y de tantos años; en especial, por las contradicciones que a Él le generaba. Pero hoy entiendo hasta dónde me tenía que llevar la incapacidad de vivir temiendo, ese arranque súbito de coraje, y al mismo tiempo, esa devolución del otro en reconocimiento de ese gesto.

 Apenas leí su respuesta, me acordé de algo que me había dicho durante la charla donde yo le confesé lo que estaba sintiendo, asustadísima, años antes de este último lunes :

 "Me sorprende mucho lo que estás haciendo, todo lo que me estás diciendo. ¿Sabés que sos muy valiente, no? Yo releí lo que me escribiste y mismo ahora lo pienso, mientras estamos acá: no me imaginé en mi puta vida que me iba a pasar así, que alguien como vos me iba a decir estas cosas; nunca me lo imaginé. Valoro esto, me parece sumamente valiente lo que hiciste, me cuesta creerlo inclusive, porque lo pienso y es increíble. Me estás sentando acá, me estás diciendo todo, me escribiste una artillería de balazos. Estoy muerto, de verdad, me mataste. Cien veces lo leí y me quedé pelotudo las cien veces. ¿Te das cuenta lo que hacés en la gente, vos ? Supongo que no, pero de verdad, que seas así a los diecinueve años es increíble. Te pido por favor que no sientas vergüenza, que no te preocupes por mí o porque yo tenga miedo. El cagón soy yo, no sos vos. Vos, conmigo, siempre podés y vas a poder hablar de todo. No tenés que cambiar, ni se te ocurra cambiar. Y sí, de esto también, sonsa, porque no es algo malo lo que me decís, al contrario. Yo soy el cagón, vos sos la valiente acá. Esto tendría que haberlo hecho yo, de sentarte y hablar como dos adultos... y sin embargo, me agarraste vos y me lo dijiste. Ni pensar me dejaste, ni atajarme, ni escaparme, ni hacerme el pelotudo. Nada. Me lo tiraste ahí nomás, de frente, así, sin anestesia, te metiste con todo. No, jamás me lo imaginé. Imaginate que hace dos días que no duermo, porque cada vez que me acuesto se me viene a la cabeza tu carta y pienso "qué hija de su madre, cómo puede decirme esas cosas, me muero, Dios mío, yo me muero" (...) Veinte, yo te voy a decir una cosa, que quiero que sepas: vos tenés que seguir siendo así, siempre.  Tenés que seguir siendo valiente, porque vas a tener una vida feliz, o al menos, vas a vivir de otra manera. Siempre sé así, valiente, y no dejes que eso se te escape. Seguí, guacha, seguí cantándole las cuarenta a la gente, vos  (...) "

III

Casi cuatro años después cuando su respuesta me llegó, incluyó las disculpas por la demora y tuvo otra réplica desde la naturalidad, como si estos años nunca hubieran significado algo tan inviable, como si en el fondo, haber estado dormida o aletargada, no me hubiera transfigurado del todo.

Mi cara se sorprendió al leer su nombre, su apellido, su esencia escribiéndome del otro lado, porque las razones del caso.  Mi mente, por primera vez, me dió una tregua. Mi corazón, luego de años de letargo, pegó un brinco distinto, sanador.  ¿Cómo explicarle alguien la medida de mi asombro? No puedo encontrar palabras. El pasado confluyó con el futuro, éste intento de ficción, chocó con la realidad.

Y me quedé pensando que éste  día nunca iba a ser posible, durante casi cuatro años de mi vida. Pensé que nunca iba a llegar la posibilidad de seguir siendo valiente, pensé que había llegado a un punto en mi vida donde no había retorno para ciertas cosas. Pensé que me iba a quedar para siempre con la duda y la sensación de estar perdiendo la oportunidad de cambiar las cosas, no solamente por lo que pudiera hacer yo, sino, por lo que Él estuviera dispuesto a hacer por mí, luego de tanto tiempo.  Pensé que, luego de años, lo mismo le daba nuestra historia.  Pero, por primera vez desde aquél veinte de julio de 2014, no me conformé con el pensar; quise hacer, sin importarme nada, sin pensar en nadie, sin dejarme cohibir por suposiciones.

Desde ese lugar, contra todo lo que yo hubiera pensado, existió para nosotros un momento exacto, preciso, impostergable.

Por primera vez en años  no hubo miedo, ni angustia, ni dolor, más bien, la capacidad de cambiar la historia, ésta historia, la nuestra, la de mi primer amor. Y hubo también algo, luego de tantos años, que me golpeó y conmovió hasta la médula: el saber que ese primer amor, todavía tenía un poco de valor para responderme; para hacerme saber sin los pudores o los resquemores de antaño, que todo está bien. Que finalmente, luego de tanto tiempo, pero tanto tanto tiempo; de preguntas, de dudas, de sufrimiento, de recuerdos, de llantos, de miradas, de encuentros y de innumerable cantidad de desencuentros... Sí, que finalmente luego de afrontar y convivir y aprender; todo está bien para nosotros. 

¿Cómo no? Todavía me cuesta asentar la polvareda interior. Todavía me cuesta acostumbrarme a observarlo interactuar conmigo en las redes por propia iniciativa, tanto tiempo, tantas cosas después, para ser buenos amigos, o al menos, buenos ex-compañeros de un proyecto en común. Todavía me cuesta pensar que, la próxima vez que me lo cruce por la calle, no voy a tener que obligarme a girar la cara, llena de angustia, sino que podré saludarlo. Todavía no encuentro el modo de explicar cómo todo esto me hace sentir, ni mucho menos, la indecible felicidad que me da poder escribir su sobrenombre para recibir de vuelta el mío. Todavía no encuentro el modo de definir por qué esta mezcla de alivio, tristeza, felicidad y nostalgia...

Pero lo cierto es que esta historia me robó las previsiones y nunca esa falta de certezas me hizo tan feliz, como en este momento, donde me ayuda a volver a tener esperanzas no sobre nosotros, pero sí frente otro horizonte, naciente después de nosotros, en lo que respecta a mi vida. 

Definitivamente, ahora lo entiendo del todo, "si no pudimos entonces, entonces podamos hoy" fue algo mucho más que una verso de un hermoso cantante, para mí. 






miércoles, 6 de diciembre de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: "Si no pudimos entonces, entonces, podamos hoy" VII


Ese dos de noviembre no le contesté su mensaje. Me levanté, me alisté, agarré plata y me fui, por mi parte, siguiendo mis propósitos, sin necesidad de su ayuda, ni tampoco, de su cordialidad.  Aquélla secuencia, con el tiempo, fue el patrón de comportamiento en nosotros, contando ciertas excepciones. Las primeras veces donde parecíamos poder ser buenos amigos, o al menos, buenos conocidos, se dieron a razón de un año después, donde ya no me insistía para alcanzarme a ninguna parte; seguía estando con Ella, y solamente se dedicaba a mirarme de lejos, procurando acercarse con un chiste sobre las cosas que a mí me gustaban y logrando, apenas, una mirada de soslayo, cargada de pena, de vergüenza ajena.  O en realidad, siendo más honesta, de un indecible amor declinado en odio, sin algún otro remedio.

Alrededor de 2015, quería creer en Él, de nuevo, al menos, para poder tener una relación amigable o más sana; pero me era imposible. Siempre hacía algo que estaba demás; siempre decía algo incómodo, siempre me tocaba – para saludarme, de pasada, cuando trabajábamos en equipo – de una forma demasiado familiar, amorosa, que me desestabilizaba.     Por eso, existieron etapas donde intenté con todas mis fuerzas superar el escollo y no pude, mientras que hubo otras, donde dejé de lado el asunto por completo y seguí mirando para adelante, o al menos, haciendo el más sincero de los intentos. 

Sin embargo con su eventual cercanía se hacía más difícil convencerme de que iba a mantenerse en la línea, teniendo en cuenta la atracción que había existido entre nosotros y, además, un detalle insoslayable: sus ojos. Para mí, en cualquier lugar y en cualquier momento, encontrarlo mirándome de un modo calcado desde la noche de la despedida en adelante,  sin variar aún mismo se sucedieran los años, era un indicio destructivo. Me helaba la sangre notar cómo quizá las cosas eran un poco más complicadas de lo que las hacíamos parecer. 

Evaluando las oportunidades que se me escapaban y aún estando aterrada porque lo que entrevía en sus ojos fuera cierto, hubo momentos donde intenté hacer algo parecido a las paces con Él.     Lo más cerca que estuve de lograrlo fue reírme de alguno de sus chistes discretamente o responder a sus preguntas sin pensar en todo lo que habíamos vivido, sin recordar sus dichos del pasado respecto a lastimarme. Lo más cerca que estuve de Él fue poder consultarle algo en medio de una actividad sin que se me descompusiera la cara.  Pero Él no cambiaba en su forma de mirarme, nunca cambiaba, y de hecho, hasta la última vez que lo ví, jamás lo hizo.  Quedaba, así, todo el tiempo,la condición de que algo faltaba, de que la realidad no se correspondía con los deseos genuinos. Quedaba  la idea flotando, la idea de una pantalla respecto al haber aprendido a vivir con lo que nos pasaba.

Sí, todo iba bien hasta que yo pasaba caminando en  el desarrollo de un evento, Él estaba charlando con su novia tomando algo, y de su propio vaso me servía y me ofrecía porque me estaba mirando a medio metro de distancia. Muchas veces, me puse en el lugar de ella y me pregunté cómo no le daba celos, o al menos, qué pensaba que movilizaba a ese hombre con respecto a mí, que lo ignoraba tanto… Pero, siendo honesta, en el fondo tampoco me importaba demasiado. Rescataba una cosa, nada más: la práctica no era teoría y los supuestos se me desmoronaban. A mi ver no podía creer, siendo tan racional, cómo Él no reparaba en esos detalles; cómo no se daba cuenta que no era normal molestarse tanto en esas cosas si yo no necesitaba nada suyo, si estaba a la vista que le iba a decir eternamente que no.   ¿Cómo aprender a separar cuando del otro lado todo parecía ser una puesta a prueba a mis límites, a mi fuerza?  Me parecía incluso una burla para su actual pareja, presente en muchos de los eventos la forma en que Él se me acercaba, pero lo deseaba, absolutamente en todo momento, yo deseaba que hiciera eso aunque luego me llenara de culpa.  

Hoy lo admito, también, por verlo gracias a la distancia con cierto toque de humor.  No hacía falta un gran escenario, ni tampoco, le cohibía la gente: era nada más hacerle una pregunta para que me retuviera mirándolo de frente, apoyando una mano en mi hombro y me tratara como siempre. Era que me riera de un solo chiste para que se le reblandecieran los ojos y se pusiera parlanchín y me dijera Veinte, y fuera lindo y cómodo, de nuevo, un lugar casi habitable para mí.  Era pasar, al menos un poco cerca de Él, haciendo otras cosas, y que se me quedara mirando, pese a que estuviera hablando con cualquier otra persona, haciéndose el desentendido. Era que me siguiera con los ojos, a la distancia, y Ella lo notara, y me mirara mal a mí, como si yo tuviera la culpa.   Y era, esencialmente, que yo fuera a donde iba sabiendo con lo que me iba a encontrar y aún mismo me siguiera sensibilizando con su mirada.

No podía confiar en Él, ni un poco más, porque perdía, como en la guerra, devotamente, perdía.  El caer derrotada a su formas, tal y como a Él le ocurría en un pasado (y quizá en esos mismos momentos) era la única certeza y era, también, el desenlace tan temido… Solía acordarme de su voz, de los palabras, de sus argumentos. Volvía a mi mente, muy seguido, su “vos me sobrepasás, a mí, yo no puedo manejar lo que me pasa”. Si, claro, obviamente… Temía ese desenlace, lo deseaba y volvía a torturarme.

Verlo, en cada oportunidad, intentando acercarse y negármelo a mi misma sistemáticamente, resultaba una tortura, pero además, una prueba a mi fidelidad; prueba hacia el respeto en relación a los compromisos que había asumido la otra parte, fueran morales, precarios o me parecieran de cartón, porque en ningún momento ésto hubiera justificado nada diferente a lo que hice, ni su poca resistencia ni mi castración, ni su sentir pero no poder.  Pero  aunque fuese todo tan correcto, limpio o concienzudo; una parte de mí sólo se preguntaba si así  terminaba todo entre dos personas, si solamente en eso quedaba; si tanto esfuerzo era el esfuerzo per sé, es decir, el esfuerzo y nada más.

II

Durante muchos años una constante se mantuvo diciéndome que sí, que así se terminaba todo, que el final era eso.   Que yo no le importaba, que nunca me había querido... y que nosotros  - de forma triste – habíamos aprendido a vivir ya con lo que nos pasaba. Por eso, estábamos lejos, sin vernos, sin siquiera cruzarnos por la calle. Pero una pregunta pervivía y avanzaba conmigo, no obstante la razón y el tiempo. ¿Nada más? ¿Realmente habíamos aprendido? Y si residía en aprender ¿cuál era la materia? ¿Vivir una la vida como si se construyera en ella una farsa, aprender a resignarse, a dejarse ganar por el miedo, a abandonar el deseo y el amor? ¿Aprender a olvidar, a elegir mejor, a conocer otras cosas, a usar la cabeza y no el corazón? ¿Aprender a vivir pese a querer a una persona? ¿Aprender a vivir sin esa persona, con lo que nos pasaba, sabiendo que nos pasaba y que también pesaba?

Aprender a vivir con lo que nos pasó para mí fue muy fuerte y su frase, la noche en que nos despedimos, fue muy amplia.  Pero, en este sentido, nunca quise que significara aprender a vivir conforme a los preceptos; resignada, o infeliz, de un modo diferente al que deseaba. Las preguntas fueron las que me mantuvieron viva, junto a la capacidad de cuestionarme incansablemente, sobre todo, para entender un poco mejor cómo es que haría querido vivir.

Y si todo era una pregunta, ahora, la entidad había cambiado.  ¿Cómo era posible, justamente, que ganara el miedo, que yo nunca hubiera podido volver a hablar consigo? ¿Cómo era posible que fuera tan cobarde de prohibirme la palabra respecto a una persona que había amado así? ¿Cómo iba a aprender a vivir con lo de nosotros, si no podía exponer un aprendizaje, distanciarme lo suficiente y hacerlo experiencia?  ¿Cómo iba a aprender a vivir con algo que desde otro costado negaba?   No, claro, jamás iba a aprender a vivir así, al menos, si pretendía resignificar de una manera feliz esa triste frase suya.  

Que pasara el tiempo, que cambiaran las modas, que yo creciera y/o fuera conociendo distintas personas; no importaba. Una parte de mí había quedado prendada indiscutiblemente a su mirada y a sus palabras.  Una parte de mi se repetía que, llegado el momento del final definitivo, éste debía de ser algo más que conformismo y silencio.   Esa misma parte insistía diciéndome que toda esta historia - con millones de estelas -  tenía que ser algo más que  matarlo en mi memoria de un manotazo, considerando que todavía estaba vivo, que todavía era posible y que pasaba por la puerta de su casa.  ¿De qué servía negar que en dicha casa había pasado las noches más felices de mi vida si un nudo se adueñaba de mi garganta, haciéndolo notar? Detrás de ese llanto años después, había capítulos de mi vida sin resolver y no quería que eso fuera aprender a vivir con  (o mejor dicho, sin…).

¿Cómo podía ser que fuera fuerte con todos, menos con Él? ¿Cómo me iba a conformar con este final, como me iba a dejar ganar por el miedo? ¿Cómo me iba a bancar vivir una vida vacía, sin la certeza de haber dejado hasta la última pelusa y la última duda en el campo de batalla?

 No, definitivamente, ésta vez era yo la que no podía.  La que no podía aprender a no sanar, la que no podía aprender a amar a medias, la no podía aprender a conformarse.

Había llegado el momento de enfrentarse a los miedos - los suyos y los míos -  sin importar el color de las consecuencias.   A juzgar por el correr de los acontecimientos, era lógico que casi cuatro años después, permaneciendo en silencio, ya no me aguantara más. 


martes, 5 de diciembre de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: "Si no pudimos entonces, entonces, podamos hoy" VI


Andar por las profundidades había dejado de ser ley para mí por ese noviembre.   Empezaba a repensar pautas viejas,  a poder tomar más contacto con lo cotidiano; empezaba a idear, diagramar y especialmente a vivir las alternativas posibles – todas cuantas se me aparecían –, para superar lo que descarnaba.    Al haberme reencontrado con una idea renovada relacionada a mi vocación, el resto de las cosas tenían ahora un rival; es decir, el profundo amor por lo que volvería a estudiar en cuanto pudiera.  Eso era bastante para mí, y además, el motivo por el cual luchaba contra la apatía, el tedio y la quemazón por aquellos otros menesteres que seguían sin lógica alguna y que eran el aspecto inviable de la situación.   No me gustaba pensar que estaba deprimida. No me gustaba sentirme débil. No me gustaba regodearme en el dolor, después de la que vida o Dios me habían dejado estar viva, me habían hecho zafar de todo.  Solamente quería un propósito para seguir adelante. Solamente, quería darme otra oportunidad de caminar enfocada en no agregar más piedras al camino – ni papas, ni batatas -.  Y lo cierto es que caminaba, e inclusive, había empezado a nadar de nuevo en el Club donde pasé los mejores momentos de mi infancia, y nadar me llenaba de motivos; y me ayudaba a volver a comer y a volver a dormir de una forma ordenada. Y me hacía tratar con gente, entonces, me obligaba a hablar y a hacer sociales. Y con todo ésto volvía, de algún modo, a las raíces de mi historia sin sospechar que todavía iría a ser necesario retrotraerme un poquito más; que ésa era la última etapa, la más difícil, la que simbolizaba enfrentarme a los verdaderos demonios, esos que ni siquiera yo sabía que me habitaban, hasta que me los crucé; todavía aguardaba.   Pero para eso faltaba, todavía, que llegara diciembre. Y el evitar poner papas y batatas en el horno, muchas veces, consistía en saber esperar, en no adelantarse a los acontecimientos.

II

Todo, de a poco, amagaba con empezar a acomodarse en torno a la idea capital de buscarle la vuelta.  Por primera vez desde aquél julio, me sentía un poco más conectada con mi familia, mis amigos, y el aspecto cotidiano que me atravesaba. Si bien no estaba completamente repuesta, al menos, me sentía mucho mejor y de a poco iba cambiando las lágrimas por las palabras. Lloraba, sí, salía casi siempre llorando de terapia, pero hablaba y hablando, lo entendía a medida que progresaba, me iba curando. Y lo iba pudiendo entender un poco más a Él, y me iba pudiendo entender un poco más a mí, y le iba pudiendo decir a Natalia cuánto me dolía haber sido reemplazada, en una semana. Y le iba diciendo a Natalia que yo no le creía, que no me podía desvestir con los ojos estando ahí con ella, que había que ser muy idiota y cagón para hacer eso. Y le iba diciendo que ¿cómo me va a querer, si apenas me estoy incorporando, no le importa pasarse con ella por todos lados?.
  
Todavía me acuerdo la mañana de aquél dos de noviembre. Ya tenía decidido el rumbo sobre mis estudios y, en segunda instancia, había empezado a pensar qué haría con el tiempo hasta que llegara el momento de comenzar de nuevo, más allá de que estuviese también nadando.  ¿Un trabajo? ¿Una actividad? ¿Un curso de algo que me interesara, si es que algo podía interesarme en verdad? Las opciones eran varias y, en un sentido mucho más profundo, tenían que ser sopesadas con cuidado, para no volver a caerme.  La pauta era clara y necesitaba ser seguida con disciplina: una – cosa – por – vez. Una – cosa – a – la – vez.

Durante una de mis charlas con Natalia, habiéndome ayudado a salir de la confusión, me preguntó por mi antiguo grupo social de pertenencia. La miré y le dije que yo no soportaba estar ahí, viéndolo a Él con ella; porque era mucho más de lo que podía asimilar, estando con mi interior absolutamente en carne viva.  Asintió y me dijo que, precisamente, de asimilarlo se trataba. Le dije que no podía ir allí, porque sentía que no tenía un lugar, que había dejado de ser parte. Ella me dijo que me había separado de Él, pero no tenía que dar por perdido todo lo demás. Entonces le confesé que yo tenía ganas de llorar cada vez que lo veía con Ella, porque estaba enamorada y porque no podía ni hablar cuando se dejaba tocar el pelo, acariciar la barba o abrazar en público.  Le dije que Él no se daba cuenta cuánto daño me estaba haciendo, y al mismo tiempo, las caras que ponía las veces donde me había visto cerca de otros tipos; de algún que otro compañero.  Mi terapeuta me preguntó más sobre el asunto, porque nunca le había informado tanto. Quiso saber si ella se me acercaba, si yo me acercaba a ella, o si Él nos distanciaba. Le expliqué la verdad, al menos, la verdad que yo sostenía por esos días: “No hablamos casi nunca desde que su mejor amigo la metió en el grupo, después de presentársela.  ¿Qué le voy a decir? Sinceramente, no tengo interés en conocerla, porque me va a doler más escucharla hablando consigo de lo que hablaba yo. A veces, incluso, la escucho hablar de literatura, o la escucho llamarlo por apodos literarios y pienso: “Dios, ¿por qué me está pasando esto? Es perversidad pura”. Sé, de todos modos, que Él no le dijo nada de mí, ni tampoco le habló de nuestros códigos… Pero… ¿por qué alguien tan similar en éste punto? ¿Dónde está la cámara?”, espeté. “Es llamativo ése punto. Dice mucho de él, de sus elecciones, pero tu comportamiento dice todavía un poco más de vos… ¿Qué sentís, qué es lo que duele de ver esa relación? ” me preguntó.   “Que ella me parece una barrera humana, una forma de ponerme los límites que no puede establecer de otra manera y, al mismo tiempo, una versión aceptada de nosotros dos” – admití – “*** y yo nunca pudimos ponernos los límites hasta que Ella llegó. Porque con eso, al menos yo, sentí un freno. Le dije, la noche que hablamos que si lo veía feliz con alguien más nunca iba a meterme, pero no me imaginé que pudiera estar tan feliz de golpe ¿sabés? No pensé que se fuera a encamar con la primera que se le cruzó, que también le habla de libros… ¿No le choca el parecido?” pensé, en voz alta. “Quizá no le choque, no. Quizá *** haya buscado precisamente el parecido, eso haya sido la fuente de su atracción “ dijo Natalia.

Y seguimos hablando, conversando, indagando y curando, tantas pero tantas otras cosas. Y ella siguió siendo un límite para mí, al menos. Y jamás pensé en acercarme más de la cuenta, y jamás, tampoco, la sentí cerca de mí.  Hasta la que llegó el dos de noviembre, donde me di cuenta de lo que no necesariamente todo era tal y como aparentaba.

III

La mañana del dos de noviembre era fría, inusualmente fría, luego de un viernes de lluvia. Me había levantado temprano pese a haberme quedado leyendo hasta muy tarde la noche anterior. Estaba preparando una colaboración sobre Martín Fierro y el Día de la Tradición, para una radio algo lejana a mi partido,  de la que inesperadamente me habían contactado por medio de otros conocidos. ¿Si estaba mejor? Lo intentaba, pese a saber incluso que ésa mañana había reunión, luego de semanas y que no tenía la fuerzas para ir, retrocediendo en mi avance infinidad de casilleros.   

En lo que a Él respectaba me sentía mejor… Aunque las cosas iban todavía mucho mejor  siempre que no tuviera que cruzármelo y verlo observarme de ese modo. Su mirada, esa mirada repleta de sentimientos encontrados, era la duda, era todo lo que no podía soportar, era todo lo que había podido explicarme de sus gestos; era, precisamente, la grieta en su comportamiento, estuviera Ella en frente o no.       No, no podía ir, aguantarme eso y  hacerle frente; era una decisión tomada durante esa mañana. Por eso fue que volví a acostarme cerca de las nueve y media, luego de desayunar. Por eso, mientras ojeaba una novela, agarré el celular de la mesa de luz, que había estado moribundo, por señal y poca batería. Por eso me dije que necesitaba distraerme con algo, evadirme del miedo, lograr hacerme efectivamente la boluda.  ¿Quién me iba a decir que precisamente en ese instante iba a recibir un mensaje de Él, por primera en cuatro meses?

Me llevé una notoria sorpresa cuando leí su nombre apareciendo en la lista de notificaciones, de la nada.  Ahí estaba ese dos de noviembre, un mensaje de Él, para mí, esperando una respuesta.  Ahí estaba, formalmente, mi enorme desconcierto. Ahí estaba otra vez, saltándole los puntos tan precarios a esa herida. ¿Y qué iba a hacer? Ahí estaba en su casa, a pocas cuadras de la mía, un sábado a las nueve y pico de la mañana - cuando bien hubiera podido estar tomando matecitos con ella – mandándome un mensaje, preguntándome si quería que me pasara a buscar, que también iba a pasar a buscar a su amigo y le quedaba mi casa primero; para ir juntos.  Como antes. Así habíamos empezado, yendo y volviendo juntos de todos lados, porque la casa del otro nos quedaba muy cerca.

. ¿Qué le importaba si iba a ir, o cómo? ¿No se daba cuenta que verlo me dolía, que estaba en pareja con otra y ya no podía mandarme esos mensajes de mierda? ¿Por qué se molestaba en bajarse de su soberbio pedestal, para llevarme, e incluso, para exponerse frente a la mina que le gustaba, la tipa que - según las apariencias, al menos - elegía y paseaba por todas partes? ¿Qué le iba a decir cuando apareciera con su amigo, y conmigo? ¿No se daba cuenta, a sus años, que era una estupidez su ofrecimiento? ¿Y cómo es que le importaba? ¿De qué valía yo, por qué importaba, después de todo lo que había pasado? Era absurdo todo, como siempre, al menos para mí.  Eran absurdas las cosas con Él, siempre irían a serlo.

Releyendo el mensaje no podía parar de recordar. Muchas mañanas de aquel otro pasado habíamos estado ratos enteros cuchicheando uno al lado del otro, mientras tomábamos mates con su equipo.  Incluso esto se había fortalecido cuando ya estábamos juntos de otra forma. Él me pasaba a buscar por casa a la mañana y viajábamos mientras yo lo cargaba con que le iba a falsear el sistema del termo; me miraba, riéndose, susurrando un “dele que dele, con sus dedos y sus manos impecables, siempre impecables, ella, dele que dele con el termito... ¡Loco me vuelve!” y a la vuelta, siempre, también, nos íbamos juntos.   Incluso, cuando por alguna razón no podía venir a buscarme, me mandaba un mensaje para decirme que me abrigara y que no saliera debajo de la lluvia, como si fuera que nunca en mi vida hubiera tomado un colectivo y a la vuelta, religiosamente, ahí estábamos, charlando las cuadras hasta nuestras casas, juntos.

Mientras escribo, pienso cómo un viaje en auto, a veces, nos anuda a la vida. ¿Alguna vez iba a poder cerrar el sentido de esa vivencia y seguir adelante sin las dudas eternas y permanentes?  El dos de noviembre parecía difícil de estimar, en especial, con las intenciones que podía entrever en su mensaje. ¿Y qué decir si yo creía, en esos meses, que lo tenía todo? ¿Qué añadir si estaba segura que  jamás le iba a interesar nada de mí? ¿Y qué era ese mensaje, rompiendo en silencio?  ¿No estaba contento, finalmente? Lo había logrado, me había sacado de su vida. ¿No era eso lo que había estado buscando con Ella? ¿Cómo no podía estar tranquilo, cuando ya podía trabajar, podía dormir, ya nadie le hacía preguntas sobre las variantes de su relación con una chica de diecinueve años?

Tampoco yo le decía que era “un viejito liiiiiiindo, con cara de susto”  mientras reía cerca de su cara, para sacarle la carga moral. Tampoco nadie le escribía notitas, cartas, mensajitos, y decía malas palabras y se encabronaba de la nada. Él podía estar tranquilo con Ella, que tampoco los iba a molestar, nunca, cumpliendo al pie de la letra ésa otra promesa. ¿Y entonces, qué? No lo entendí, y nunca lo entendí. Si el nunca me había amado ¿por qué me hacía esto, por qué disfrutaba tanto lastimándome, si yo no le estaba haciendo nada? ¿Dónde estaba la noción de justicia en la vida?

Yo ya no existía, ni siquiera, para mi misma. El desaparecer me había involucrado a tal punto, se me había metido tan profundo, que no entendía algo tan simple como era el que me dirigiera la palabra.   Él estaba con otra mujer, laburando, muy tranqui, muy contento con todo.  Yo ya me había alejado de su vida, por ende, no tenía problemas con los años, ya no sentía vergüenza de si mismo, ya podía caminar con la oficial por la calle. ¿Qué más quería, entonces? ¿Por qué, para qué? No tenía nada más para ofrecerle a ésa altura del partido, ni siquiera, un perdón. Esperaba, por lo demás, que se conformara con la tranquilidad que había deseado tanto meses antes; esperaba que se alegrase siendo que sus conocidos, no  le hacían comentarios al estilo “dale, caminá, papá” cuando se lo cruzaban estando conmigo en la calle, embobados el uno con el otro, congelados en ese cordón, obstruyendo el paso mientras toda la gente iba y venía, esquivándonos. Nosotros distaídos,  nos quedábamos mirándonos, haciéndonos gestitos, justo en la bocacalle; y nos volvía a cortar el semáforo entre risas. Pero… no. Yo ya no estaba ahí, no era ésa.  Él estaba en su normalidad, en su moralina ahora. No podía reclamarme nada, ni siquiera, un poco de consideración. Seguramente estaba conociendo otros códigos que pronto irían a hacerle olvidar el viaje anterior. 

IV


Ya se había muerto julio. Ya había pasado agosto. Septiembre también se había ido. Octubre había transcurrido completo. Noviembre acababa de empezar.

Ya le había contando a su mejor amigo, en agosto, cómo me había encontrado a mí, el dieciséis del corriente, llorando, sentada en el escalón de una casa, en una zona poco céntrica. Ya le había contado todo, de mí, de nosotros. Ya había venido también su amigo de toda la vida a entrometerse. Ya se había querido hacer el pícaro. Ya se había querido inmiscuir en mi vida, siguiendo el pedido del que también ya me había enterado.  

Él ya me había dicho que la razón de su boca débil, era “yo quería que *** estuviera atento a todas tus necesidades, porque no me dejabas acercarme, del mismo modo en que también pensaba estarlo yo (…) Te pido perdón, no sé si te servirá o no, pero hacé con eso lo que quieras”.  

Él ya me había dicho que éramos dos tercos, que lo perdonase, que no me enojara. Él se había quedado conmigo ese sábado de agosto, y me había llevado a casa, escrito por la noche, y hablado con su amigo, supuestamente, inundado de angustia. Pero también Él había aceptado el teléfono de ella, días después de ese 16 de agosto - día del hallazgo - cuando su amigo se lo habilitó.  Y la había llamado, y ahora, la tenía consigo a sol y a sombra.  Y le estaba dando todo lo que a mí, no. 

Pero ese sábado, también, cosa de que no pudiera volver a ser feliz con nadie, me mandaba un mensaje a mí, como si se empeñara en recordarmelo; como si yo, de alguna manera u otra, con mi silencio y mi dolor lo estuviera molestando.