lunes, 30 de marzo de 2026

El deseo de molestar

 (2014) 

- Javi ¿te puedo preguntar algo? 

- Si. Lo que vos quieras. 

Tomé aire. Era una pregunta que jamas me había imaginado hacer. 

- Siendo todo así como es para vos y que me decís que sentis pero no podes estar conmigo ¿te molestaría verme con otra persona? El día de mañana, digo... 

Javier se tapó la boca de inmediato. Fue un segundo, un acto reflejo. Se puso muy serio y me dijo que no. 

- No. 

- Listo - dije. 

Asentí. Amasé la derrota despacio. 

- Es lo que corresponde, con la edad que tenés. Yo no valgo la pena para vos. En algún momento te vas a dar cuenta, que soy un boludo. Mereces a alguien mejor que yo, mucho mejor. 

Suspiré. 

- No digas eso. Yo ya me di cuenta que no me querés. No te tires tierra. No hace falta que digas esas cosas feas. 

- Que no la quiero, dice - mofó. 

- No, Javi, es que es obvio... Querer es corresponderse. Y vos no me correspondés. Pero ya está. No doy mas, no es digno esto. 

Javier se rascó la cara, agotado. 

- ¿Y a vos? - me preguntó.  

¿Qué? 

- ¿Te molestaría verme con alguien? 

Sin dudarlo, dije la verdad: 

- No. Si te gusta otra, solo me lo tenias que decir. ¿Hay otra? 

Javier sonrió, edulcorado.  

- No, no hay otra mujer. No va a haber otra. No se trata de eso. 

- Bueno, pero puede pasarte. ¿Vos sabes todo lo que te va a pasar, sos adivino? 

Le sonreí. 

- No me va a volver a pasar. No hay otra mujer. No es eso. 

- Yo solo te digo que si algún día encontras a alguien que te parta la cabeza, no la dejes ir y que no tengas miedo de intentarlo- me frené por miedo a mi propio llanto que amenazaba con salir - Yo jamás te pondría una piedra para que te caigas. 

Lo miré fijamente. Javier se derramó sobre la mesa. Me miró. Profundamente triste, hundido, y miró su vaso de whisky.  Yo tenía entonces 19 años y para mi lo unico verdadero era lo que podia sentir.  

(2026) 

Hace casi un mes que formalmente decidí cortar vínculo con Javier. En este mes, lo vi de lejos mucho mas de lo necesario. Inclusive, cuando mi deseo de estar cerca me tiraba dardos de fuego por dentro. 

«No entres en el juego. Tomaste una buena decisión », me dije. Porque Javier likeó, saludó por la calle aún con la novia al lado (en un encuentro casual que fue matador), saludó al lado de mi madre, se quedó sin voz cuando me vió pasar.  

Sinceramente, estas últimas semanas, después de haber tomado la decisión fue sentir que la vida me estaba haciendo una joda en este sentido.  Porque claramente, yo no deseo verlo. Yo no quiero verlo. Yo elijo no verlo. Y sé por qué. 

No estoy enojada, en general. Me molestó su actitud de saludarme aun cuando no debía, por exponer. Me molestó su necesidad de llamar la atención desde un mal lugar. Pero más allá de eso, trato de no unirme a él por enojo. Porque el enojo es el amor dado vuelta. 

En nuestra ultima charla, Javier me dice que no podemos ser amigos, que no va eso. Le digo que bueno, que  lo entiendo; que es lógico. Y que obviamente yo su amiga no puedo ser. Es una advertencia disfrazada de comentario. Una manera de decirle ni se te ocurra. 

Acto seguido, le explico que si quiere una amante, le conviene pensar en otra persona. Le digo que yo no le convengo para ese rol. Que no tengo temple para andar así, en este momento de mi vida. Le explico que él en su oferta puede dar esto, y que yo necesariamente voy a mirar otras ofertas donde se me dé más. Le reconozco que si quiere una amante, quizá yo fui la puerta a esa transgresión. Y le dejé en claro algo central: yo no te juzgo, está todo bien. De mi lado no me merezco esto. 

Javier parece entender todo, entonces. Me dice que si, que tengo razón, que el venía intenra alejarse de mi, que era mejor que se lo dijera así, que sí, que estábamos en el momento perfecto para dejar de vernos y que perfecto, y excelente, y me queda mas que claro. 

También  me dice que no quiere una amante. Y yo pienso: entonces, lo único que quiere, es a mi, cumpliendo ese rol, lo cual es todavía peor. Me dice que entiende que yo quiera mas, que necesite un hombre que me complete, o que me ofrezca más.  Yo le respondo algo clave: que ya estoy completa, y que lo que no quiero es hacer todo lo que hago consigo, o lo que hasta esa noche hice consigo, con alguien que no deja de ser el novio de otra mina.  

Javier me mira. Muy serio en ese momento. Me dice que tengo razón. Se siente atacado con mks palabras. No entiende. O entiende lo que quiere. 

Finalmente, me lo dice: 

- Es que me cuesta demasiado con vos. Me cuesta mucho controlarme. Siempre algo se me escapa. Trato de no llamarte, vos te das cuenta que trato, pero me cuesta. Igual está bien, tenés razón. 

Y yo, siento que me voy a morir. Pero no. 

- Yo solo sé las veces que me contuve para no venir. 

- ¿Cómo? - dijo, y se dió vuelta para mirarme. 

Lo miré. 

- Que yo solo sé cuantas veces me contuve para no venir acá a coger con vos, a pedirte cosas porque elegiste lo que elegiste para tu vida. 

Javier me miró. 

Se quedó en silencio. 

- Va a costar, sí. Entiendo eso. Pero bueno, yo no doy mas. No quiero más andar así, metiéndonos en este quilombo. Mintiendo. No, nosotros, yo lo sé, tenemos la posibilidad de construir cada uno otra cosa mejor. 

Suspiré.

- Yo, por lo menos, a los 31 años no tengo otra opción que darme vuelta e ir donde me miren como uns persona, viste, y no solamente como una cosa, un lindo culo. 

Javier evadió mi mirada. 

- Vos me miras como un lindo culo. Y nada, esta bien, es esa tu mirada. El tema es que prefiero intentar que otras personas me miren como a una persona. 

- Si. Pero... yo necesito hacer eso. 

- ¿Qué? 

- Mirarte asi, para no confundir. Entonces me obligo a mirarte asi, yo elijo mirarte esa forma. Porque hay gente que puede salir lastimada. Yo no la quiero lastimar a la persona con la que estoy. No quiero lastimarte a vos, tampoco. No quiero lastimarme.  Porque lo mio es distinto. Yo tengo un comprimiso con una persona. 

- No, no sé si es tan distinto. 

- Sí. Tengo un compromiso. Vos, en cambio, no. 

- Sí. Pero es distinto. Yo estoy viendo qué onda con alguien ahora- dije - y quiero hacer las cosas bien. Recuperar mi coherencia interna. Ese es mi mayor capital. No quiero arrancar sintiéndome una forra. Me considero una buena persona. Por eso, Javi, la negativa. 

III. 

Javier, sin ubicarse en como es el presente, niega. Me da likes en historias, me saluda, parece que se quisiera hacer notar. Su deseo de molestar capaz es mas grande que su deseo de vivir en paz con la persona con quien me dice tener un comprimiso. 

Yo, mientras, me repito: «tomaste una buena decisión». 

Mientras, todo duele un poco. Pero... día a día. 


sábado, 28 de marzo de 2026

Empiezo por volver

Ayer, después de 4 años, tuve mi primera clase de Griego. Es decir, que ayer después de 4 años, volví a estudiar Letras. Sí, volví para hacer las ultimitas materias de Letras que me quedan antes de recibirme. Decir las últimas materias, sin embargo, es un camino.  No me recibiré mañana, ni a fin de año. El punto es haber empezado a terminar. Es haber vuelto a terminar algo que me había quedado ahí, pendiente, latiéndome.

La facultad de Sociales de mi universidad es un poco mi casa. Pasé tantos años ahí, pasé en tantas distintas etapas tiempo ahí, que volver hoy, a los 31 años, es emocionante. Yo empecé a los 20 años a estudiar allá. Hice derecho más de la mitad de la carrera; después empecé a trabajar formalmente y estudiar, lo cual hizo que se me complique bastante. Más adelante, pandemia. Más adelante, pérdida de trabajo, necesidades distintas, cambio de carrera para poder profesionalizar mi experiencia laboral que no era en Letras; y profesionalizarme, y volver a encontrar trabajo, y trabajar, trabajar, seguir estudiando Económicas para conseguir mejores laburos, trabajar más, tratar de meter cursos, cosas, agregados y extrañar mi vocación, mi hábitat, mi forma de ver el mundo…

¿Y ahora…? ¿Ahora, qué?  Volver.  Ahora, por suerte, toca volver a estudiar en Sociales. Me animé a volver. Me permití volver. Rendí un examen de acreditación y puse mi legajo académico a evaluación para volver.   Y ayer, tuve la primera clase en este regreso que, espero de corazón, sea el último antes de recibirme.

Esta vuelta, también, me hizo pensar. Cuánto crecí de los 20 hasta los 30 años. La chica que se sentaba en esas sillas ni se imaginaba todo lo que iba a vivir. Sólo soñaba. No sabía qué iba a hacer afuera de la facultad, pero estudiaba, y tragaba libros y libros y libros.  Hoy, vuelvo desde otro lugar. Con más responsabilidades. Con otra postura frente a la facultad, al estudio, a los libros, al mundo entero.

Vuelvo con una vida fuera de la facultad que nada tiene que ver con la de mis compañeros. Vuelvo después de trabajar toda la semana en Puerto Madero, rodeada de oficinas y tipos en traje. Vuelvo después de muchas horas por día frente a un archivo de Excel, a un cálculo de ajuste por inflación, a una cuenta corriente. Y por todo eso, valoro mucho poder volver. Porque es volver a estudiar lo que me gusta, pero además, volver a mí.  A lo que sé, y supe durante muchos años, disfrutar del mundo.

Vuelvo distinta, sí, en apariencia distinta, en vivencias distinta, en rutina distinta, pero con el mismo objetivo de siempre: levantar mi diploma, en honor al camino. No sé si usaré ese diploma como salida laboral, porque lo cierto es que disfruto la vida de oficina, que no me veo dando clases en colegios, que sí me veo dando talleres, actividades, ayuda comunitaria; pero que ya esa idea de cambiar la oficina por un colegio no un deseo del hoy.  Quizá cuando me reciba tenga ganas, no lo sé. Depende cómo se vaya moviendo el resto de mi vida.

En el presente, por lo pronto, sé que volver y terminar de estudiar ésta carrera, aunque me lleve tiempo, desafíos, horas de culo en silla, será un modo de permitirme ser feliz. De permitirme lograr un objetivo muy valioso en mi historia, y de hacer realidad algo con lo que soñé muchos años, desde mi adolescencia.

¿Por qué lo hago? Puf, por muchas cosas. Pero esencialmente, porque no quiero llegar a los 40 años y ver que dediqué mi vida a una empresa, o algunas empresas, y que por su ritmo dejé de lado mis sueños, o mis deseos, o mis proyectos personales. No quiero verme a los 40 años, pensando: "¡ay, por qué no terminé la carrera si yo soñaba con eso, si para mí era muy importante, qué boluda!". 

Así que para evitarlo, haré esta movida hoy. A los 31 años. Dejando a un lado lo que pueda decir la gente, manteniendo mi trabajo en la oficina, agradecida, y pensando que si el día de mañana tengo un trabajo que me guste, y que no sea de Letras, también va a estar bien.  

 Si algo voy entendiendo, en este largo proceso que es aprender a vivir sin culpa, es que yo no tengo que vivir para complacer a nadie. Ni para hacer las cosas que se deben hacer, ni como las debería hacer. Solo tengo que dedicarme a vivir mi vida lo mejor que pueda. Porque estoy viva. Así de simple. Y porque un día me voy a morir. Y lo que haya entre el origen y el final, será lo único, llegado ese momento. Lo único.

Hoy en día, mi brújula va tratando de enderezarse hacia lo que me hace feliz. Estudiar Letras, me hace feliz. Recibirme de eso, me hará feliz. Trabajar en la corpo – más allá de que reniego a veces – me hace feliz. Disfrutar el vientito fresco de Puerto Madero en esta época, me hace feliz. Almorzar con mis compañeras, reírnos, laburar, cuando algo sale bien, conseguir asiento en el colectivo, pensar que quizá algún día todo será aún mejor; me hace feliz. Combinar ropa para lograr un look que me guste los días de oficina, me hace feliz. Leerme en semanas una poesía completa, me hace feliz.   Dar un taller gratutito para niños sobre literatura, me hace feliz. Y así, trato de ir sumando. O por lo menos, de tener estas cosas encima de la mesa, para darles el contrapunto a las cosas que no me hacen feliz.

El resto, es decir, cómo se irá tejiendo la vida, la verdad es que no lo sé. A los 20, yo pensaba tener todo controlado: me iba a recibir, iba a dar clases, y listo. Chau. Lo más osado que pensaba era hacer un postgrado.

 ¿Ahora? ¿A los 31?

 Empiezo por volver. 

martes, 24 de marzo de 2026

El necio

El 5 de este mes, hace exactamente 19 días, miré a Javier por última vez a solas y le dije: 

- Igual, la mejor con vos. No estoy reclamando nada. Es solamente decirte la posta. Yo no estoy para esto, ya. Andar a escondidas, cual moto robada. Pasarla bien un rato y despues al otro dia pasarla mal... 

- Si si, ya sé. Todo bien. Esta bien que lo hablemos así, que me lo digas de esta forma. 

- Es lo mejor, yo creo. Para vos también.  

- Si. A mi me pasa. 

- ¿Qué? 

- Que sé que miento. Y me persigo. 

- Claro, sí. Entiendo. 

- Cuando estamos acá, yo pienso: ¿y si me llama, y no la atiendo? ¿Y si viene para acá, o si pasa algo? ¿Si nos ve? ¿Si alguien nos descubre? Sería terrible. Si se llegara a enterar seria terrible, el dolor que se puede generar.  Y al mismo tiempo, me cuesta. Me cuesta mucho, con vos, te juro. 

Asentí. 

- Sí. A eso apunto justamente. A no hacer las cosas mirando por encima del hombro todo el tiempo. A mi también me cuesta. Pero... - suspiré- yo no quiero vivir pensando que todo lo que hacemos, es tambien hacerlo con el marido o el novio de otra.  Porque es eso, también. 

Javier me miró. Bajó la cabeza. 

- Si. Pero vos sabes como empezó todo esto, en una situación tramposa. De los dos lados. No estuvo bien hacerlo asi, lo sé, pero no se puede cambiar. No se si fue porque nos encontramos así, porque quedó todo pendiente , porqie tendríamos que haberlo hecho en su momento de ptra manera... Pero ya no importa pensar. 

- No. Ya está. Ya el lío está. Pero no quiero meterme mas en ese quilombo. Porque es un mambazo. Vos mismo me lo dijiste, que vos y yo eramos un bardo. 

- Si. Es que si. Yo te juro que lo pienso. Pienso mucho en todo esto. Pero no puedo. Sé que me tengo que controlar. 

- ¿En qué pensás? 

- En que soy un tipo grande, que pienso yo, que no me puede pasar esto. Que me tengo que poner las pilas. Pero también pienso y nosotros cogemos muy bien. Tenemos muy buen sexo, me encanta coger con vos. 

Me reí levemente. 

- Sí. Le damos. Pero no sé, pensá que capaz  querías un aire. Una aventura. Ya estaríamos bien. Y por eso, prefiero que si vos queres una amante, sea otra. No yo. 

- No, es que no es eso... 

- ¿Cómo que no? 

- Es que yo no busco una amante. Yo no quiero una amante. No estoy para esos líos. Yo no soy asi, no miento. Soy transparente. Me pone muy nervioso mentir. 

- Ah. Bueno.  Entonces con mas razón. 

- Si. Esta bien. Tenes razón. 

- Yo no te convengo como amante. Tengo demasiado caracter para serlo, no te dejo que me hagas nada cuando no quiero - añadí, con ironia y sonrió picado - Ademas, vivimos en el mismo barrio, nos cruzamos, tenemos conocidos en común... 

II. 

- ¿Por qué no querés coger conmigo? Por favor- me susurró - Me muero por estar con vos. Déjame, dale. 

Javier me besó desesperado. 

- ¿No tenés ganas de que te haga todo lo que te gusta? Vos sabes que yo quiero darte todo. 

Volvió a besarme, mordiéndome, como sabe que amo. 

- Javi, escúchame, vení- le dije, agarrándole los brazos- No voy a dejar que me toques. 

- ¿Por qué? 

-Porque me muero de la culpa, no te imaginas. 

Javier me besó. 

- Yo también. Pero vení. Vení, déjame besarte. 

Otra vez, un beso. La lengua de Javier hasta el fondo. Mi desespero vital. La angustia. El odio. El mas profundo amor, el deseo. 

- ¿Esto te da culpa? ¿Esto, en serio? 

- Si. No me hagas declinar, hijo de puta. Te odio. Forro. 

- Sí, enojate. Puteame. Pero me muero por estar con vos. 

III. 

19, 20 días después de esas palabras, mutuas palabras, Javier pasa caminando de casualidad y de frente, con su novia y su perro. Cual familia feliz, qué plato. Qué plato con trago amargo y todo. 

- Hoola- dice y me mira, saludándome con una mano, con una sonrisa que es una contracción de dolor. 

Ay. Eso duele. Es como si me punzara una herida apenas cerrada.  Me destruye la imagen de su sonrisa rota. Su rostro fingiendo. Su sonrisa vacía, de plástico, es tremenda. La imagen de los dos, sin darse la mano, como familia feliz, y el otro saludando a su amante, o sea yo.  Que le dejé el lugar vacío y el insiste en ocuparlo con sutilezas que asombran. 

Qué mentira. Dios, pienso, qué doloroso es esto que no se termina nunca. ¿Por qué me tengo que enfrentar con este simulacro, si estoy haciendo lo que puedo? Es innecesario. De verdad ¿qué se espera, que no entiende los límites? ¿Por qué esa necesidad de exponerse, exponerme, exponerla? 

La mina saludó como si nada, de compromiso. Y el al iniciar el saludo, rompió sin que lo supiera el comprimiso. Por ser quien soy. Y por decidir no hacerse el tonto y seguir caminando como debería haberlo hecho. 

De su casa, en nuestro encuentro secreto, no me fui mal, no me fui haciendo un espectáculo, no me fui con llanto, rabia, maldad o tiranía. Simplemente, le dije: creo que no me merezco esto, no doy mas para este quilombo, quiero recuperar mi coherencia interna. No podemos vivir en esta. 

¿Qué está mal, para vivir con el castigo de verlo mas que nunca? ¿Justo ahora? ¿Qué sentido tiene, si este es un amor imposible, que jamás va a salir a la luz?  

Javier es necio. El tipo saluda, aun en las peores circunstancias. Se expone. Me deja expuesta. Nos iguala en la categoría del secreto compartido frente al resto. Y a mi eso me arde. Me desarmo, francamente. 

Es demasiado, sí. Aunque me haga la cocorita con él, acá puedo ser sincera: me rompo en pedacitos con estas cosas.  

lunes, 23 de marzo de 2026

Un muerto que respira II

 Recien vengo de comprar. O en realidad, tuve la mundana idea de acompañar a mi mama a comprar a un local, y estaba cerrado. 

Cuando volvíamos, nos cruzamos de frente con Javier, el perro y su novia. Yo los reconoci de lejos, por el perro, que tiraba. Iban charlando, al igual que yo con mi mama. 

No pensaba saludar. 

En cambio, Javier me miro, me sonrió con mucho esfuerzo, visiblemente incómodo el manso caradura, y me saludó. 

Sí. Me saludó. Directamente mirándome a la cara.  Tan perro, el hijo de puta.  

- Hooola - dijo, y lo saludé con lo mismo, hooola. 

Obviamente, el resto estaban ahi como testigos. Yo también lo mire a él, ni siquiera repare en ella. Ella me habra mirado, saludó falsamente, pero ni gasté un segundo de esa casualidad del orto en dirigir la mirada.   Pensé: con ella al lado, y todo, saludó. Y sí. Muchísimo. 

 ¿Por qué no elegir hacerse el pelotudo, por qué esa necesidad de ser visto? ¿Por qué tanta mala pata de mi lado, si yo le pongo onda, vivo poniendo onda, tomé una buena decisión, hice lo puramente correcto? 

Son cosas que no logro responder. Solamente, dejo todo en manos de la vida. Yo renuncié. Me corrí. Y solo espero que este deseo se muera. ¿Qué mas tengo que hacer? Me desespero. Pues nada. Lo sé. Cuidarme. No enojarme ni nada, saludar, normal, fingir.  Pero al mismo tiempo, como cuidarme de este caradura que incluso en encuentro casual quiere buscar complicidad.  Quiere volver a ubicarnos en este lugar de paridad frente a un secreto.  Qué perro, francamente.  

¿Por qué? Porque su novia no sabía que yo vivo en el barrio. Ni que tengo madre. Ni que hablo con su flamante. Y todo eso, todo lo que no sabía, Javier con ese saludo lo demostró. Ella no me había reconocido. Él, sí.  Nos volvió a igualar en un ámbito de secreto, a ambos, mas alla de que yo le dije que no queria mas quilombo. Que no queria exposición. Que no queria seguir en la misma.  Y todo para qué. ¿Para llamar la atención, con qué objetivo? 

La otra pobre diabla también saludó, como si nada. Y mi madre, otra pobre testigo de todo esta mierda, murmuró un saludo de compromiso.  Pero el punto es que él y yo sabemos qué implica vernos hoy en dia. Y no entiendo como no desea evitarlo. Correrse. Protegerse a si mismo. 

Javier me miró, me sonrió como si le costara la vida, se encontró con mis ojos por primera vez desde que me retiré de su vida, y no pudo evitarse saludar. 

Yo me fui caminando con mi vieja en dirección contraria, y no pude evitar pensar el sufrimiento, el mar de lágrimas, que dejé al paso.  Si hubiera podido desaparecer, lo lo hubiera hecho.  Pero no pude. No pude. 

Bastante tarado el muerto, que no entiende la mecánica, o que es demasiado cinico. Hay saludos que no hacen falta. Hoy, tocaba usar esa carta. 

Javier la cagó. A ella. Una vez mas. Con algo tan simple como saludar a su amante, que no quiere seguir como amante, mientras camina por el barrio.  Yo me vi en la obligación de responder. 

sábado, 21 de marzo de 2026

El muro de protección

 - Quizá lo mejor sea no crear un muro desde el enojo. Porque el enojo une. El enojo mantiene. Y te lleva ese lugar donde empezás a poner sus motivos por delante de los tuyos. 

- Sí. Eso me enoja. Yo no me fui por lo que siento, me fui por lo que sé. Porque él jamás va a ser una persona para mí. Y mira que lo sé, eh. Pero al mismo tiempo, ay, me da tanta impotencia su manera de resolver las cosas. 

Me indigné. 

- Más allá de todo, yo no estoy enojada. Me enoja las boludeces que hace, pero no tengo un rencor central, nada de eso. Simplemente quisiera no verlo más. 

- Es que quizá tu voluntad de poner orden ayudó a ordenar tu vida, pero eso no significa que Javier haya dejado de existir. 

Tomé aire. 

- No se murió, digamos. No sé borró. Vos quisiste llevar este orden, pensaste que poniendo orden ese orden de iba a trasladar a él también... Pero no. ¿Te importa por qué hace lo que hace? 

Suspiré. 

- No. Es como repetir un poco todo... No sé, ya es algo que no tiene ningún sentido. Racionalmente lo entiendo todo. Me cuesta más lo inesperado. Es como que voy sin mis líneas. 

- Puede ser porque son las primeras veces donde se ven un poco más de cerca, después de la charla. Es hasta que pase un poco más de tiempo. Cómo cuando pasa la primera Navidad, el primer cumpleaños sin alguien. 

- Si. Creo que mi desafío es asumir que Javier va a seguir existiendo. Y que no se va a quedar en la sombra, sin mirar.  También se que hoy lo que tiene para mirar es esto. Pero es probable que un día me lo cruce estando yo de la mano de otro chabon... Y nada... Tendré que hacerme a la idea. 

- Si. Claro. Al menos construir un muro que no sea desde la bronca, ni desde sus razones, que no son importantes. No vamos a saber por qué hace lo que hace. Pero si podes plantearte un muro que sea desde el cuidado. Así, si el está o no está, nada cambia. Porque si ese muro se construye desde el enojo, es una manera de estar viendo qué hace. 

- A mí además de darme bronca, me duele. Por eso no quiero mirar lo que hace. Y por eso simplemente agarre mis cositas y me dije: dale, Minita, a apostar a otro lado. 

Suspiré. 

- Y que se yo... Este otro lado, sí por lo menos me da la posibilidad de no vivir mirando por encima del hombro. Y para mí es la primera vez que le puedo decir no me merezco esto, y chau. Estoy empezando a medir más por lo que merezco que por lo que siento. Es una mierda, pero es correcto.  Javier ya eligió: no quiere lastimarla a esta mujer, no quiere salir lastimado él, y se obliga, como me dijo, a mirarme solamente desde lo sexual porque en sus palabras "se corre un riesgo grande de confundir y de crear situaciones que pueden hacer mucho daño". Para mí, lo central es eso. Y mí obligación es irme. No quiero perder el tiempo. Se lo dije. Que a mis 31 años no me podía quedar únicamente como una testigo. Ya fue. No sé que onda con ***, dudo un poco de lo que digo, siento que no se si es del todo así.  Pero por lo menos no soy testigo ahí.  La historia es una donde participamos ambos, sin joder a otros. Es lo mejor. 



viernes, 20 de marzo de 2026

Lo que se siente, lo que se sabe, lo que se hace

Hace varios días que me siento un poco triste. Es normal, me digo, no tiene nada de malo. Sé por qué me siento así, y sé que es lógico que me pase. Me estoy haciendo cargo de una decisión y eso no siempre resulta fácil o llevadero. Al menos, no de primera. 

Quizá, los días después de haberlo hecho, de haber hablado consigo, esa decisión no me pesaba; ahora tampoco pesa, no es eso lo que me dá tristeza. Solo que me afectó bastante verlo durante esta semana, pasarle por al lado, y no poder ni siquiera mirarlo.

Hay algo simple: yo no lo quiero ver porque todo es demasiado quilombo; no es que esté enojada, ni dolida. No lo quiero ver porque todo enseguida se desarma y hoy en día, el norte de mi vida, es mantener el orden.  De ahí que prefiero no hacerlo ni mantener contacto consigo.  Como para evitar que algo pase, no sé, porque es muy desgastante para mí hacerlo.  No tengo bien claro el por qué, sólo sé la conclusión: no quiero seguir cerca de él, ni siendo su amante, ni siendo la persona colgada en la espera.

Pero verlo, así de casualidad, sin preparación, sin control previo, sin un guion, es distinto. Me pone de cara con la frustración de que esto no es como yo quiero. De que Javier no es como yo quiero, ni hace lo que yo quiero. De que las cosas no son como yo las quiero.  Yo solo quiero que se aleje, que sea normal, que no se tare cuando me ve.  Quiero no verle dobles fondos. Quiero verlo y tener certeza de que las cosas son como me dice que las elige. El problema, es que eso otro tampoco es como yo quiero.

Incluso durante la última charla, Javier me dijo:

-            Está bien. Tenés razón. Este es el mejor momento para terminarlo, es el momento perfecto.

-            No sé si eso, pero, más que nada, te lo digo para que sepas. No quiero que nos acostemos, ni nos veamos más. Así no es más quilombo. Porque a mi me pesa mucho todo esto. Me cuesta, viste, y no soy una forra a la que nada le importa.

-            No, lo sé. Te juro que lo sé. Jamás hubiese estado con vos si fueras de otra forma.

-            ¿En qué sentido?

-            Si nada te importara…

-            Quizá no te lo demuestro, pero sí me importa. La persona con la que vos estás. Vos. Lo hago por vos, también, porque siento que te meto en un lío.  Yo no quiero que tengas… problemas. Por eso te dije que no puedo ser tu amante. No sirvo para esas cosas ¿viste?

Javier me miró, bajó la cabeza, asintió.

-            Yo no quiero una amante. No estoy para tener esos quilombos. No me gusta. No soy así, yo. Yo soy transparente, no me va andar mintiendo. Se me hace muy difícil manejar las cosas con vos  - argumentó – Tampoco quiero perjudicarte.

-            No, nadie hace esto con el ese objetivo, ni hablar – respondí.

-            Y todo esto no es algo que me enorgullece. Yo no estoy contento haciendo esto. No se lo cuento a nadie. Nadie lo sabe.

-            No esperaba que te sintieras orgulloso de coger conmigo – ironicé.

-            No, pará, se entendió mal… - dijo, e hizo un gesto con las manos de disculpa – Me refiero, entendeme, a que no es algo que yo sienta como divertido. No me siento orgulloso de hacer lo que estoy haciendo. Yo sé que miento. Que estoy engañando. Pero no me quiero poner a pensar en eso. No quiero ponerme a pensar, porque me sentiría muy culpable.

 

Lo miré, moverse en la cocina, metiendo condimentos a una carne de cerdo braseada. Me apoyé en un rinconcito de la mesada y conversé con calma. Observé su pelo corto, su barba ordenada, su remera verde botella de mangas cortas, marca culo. Todo en contraste con su piel tostada, sus ojos negros, las ráfagas de pelo gris decorándole las sienes, la barba, un poco el pelo que sé que tiene en el pecho.  Sí. Javier es muy distinto a todos los que me gustan.  Mi programa, sin ir más lejos, es el refinamiento en persona. Aquél que no te sale a la calle en bermudas, porque se siente desprolijo. Aquél que usa short solo como traje de baño. Aquél que  se viste sobrio, fuera de su trabajo, con remeras negras y pantalones de Levis. Siempre pantalones y remeras negras de Levis y un perfume riquísimo, que le elogio, porque realmente todo eso lo hacer ver muy lindo, fachero, y sin embargo, quizá, nunca me desespere igual que la remera de Javier, marca culo. Ni que su barba descontrolada, que doma con el nuevo peluquero del barrio. Ni que sus múltiples camisetas de fútbol, del club de nuestro barrio, del cual es vitalicio.  Javier es eso, para todos los que no tienen mi corazón: un negro fiero.  Para mí, sin embargo, es el tipo más común y el que más me hace sentir viva.

 

Más allá de eso, sé por qué me despido. Sé que merezco al tipo inteligente, que me ve como una persona y que no se obliga – tal y como me dijo Javier – a verme como a un cuerpo  que lo desarma; sé que merezco al tipo culto, lector, que me charla de todo y que también me dice que soy linda, y esas cosas. Sé que merezco al tipo que me acepta como soy, y no me hace renegar. Con quien no tengo grandes desacuerdos, con quien no me siento desafiada, quien no me saca canas verdes.

 Javier me desafía, me saca canas verdes, me desorienta, no me deja controlar nada, me hace frente, me pelea, y así y todo, parece ser la persona que tiene mi clave token. Javier no me dice que soy linda, me dice que soy una hija de puta de hermosa, que no lo mire así, que no sea guacha. Javier se pone colorado cuando me dice que me queda más lindo el pelo después de ir a la peluquería. Y me carga, me carga por el trabajo, y me hace reír de las mismas cosas que yo me río, porque desde siempre, le encanta que me enoje.

 

Cuando me enojo, cuando le digo que no me rompa los huevos con una broma, cuando no miro mi respuesta, cuando no soy como todos esperan que sean; y me muestro como soy, sin miedo a que vea mis defectos, Javier sonríe. Cuando en la cama le hago las cosas más atrevidas, y después, lo miro con cara de "ni se te ocurra cargarme con esto", él, feliz. Por eso – me dice – me insiste tanto en que sea suya, en que me deje hacer, en que le pida todo. Él, me asegura, no va a espantarse.  Pero cuando yo me crispo, él también me muestra sus miserias. Ninguno es menos descarnado. Se nos hace imposible usar máscaras.  Y creo que eso es un poco, para mí, saber que el otro no me deja fácil la batalla.

 

Si Javier no hubiera tomado las malas decisiones que tomó, y no hubiera sido el cobarde de mierda que es, no sé si hubiera podido alejarme de él. Creo, con mucho pesar, que si no sería por este motivo de peso, me hubiese quedado en esa cocina mirándolo para siempre.  Pero… me fui por lo que sé, antes de quedarme por lo que siento.  Por mí, por no querer vivir más en la sombra, por no mirar por encima del hombro, por no renegar más.   Y cuando me fui, empalmé un poco como pude, como quien se hace un cableado interno para no estallar.

 

Y sigo así, empalmando un poco como puedo. Con la única diferencia que verlo a Javier es difícil, en especial, verlo sin guion. Verlo por el barrio mientras hago compras con mi madre, y obligatoriamente le tengo que pasar por al lado, y cuando me ve, se le corta la voz.  Por Dios, pienso, ¿no puede no interpelarse, no puede no reaccionar así, controlar algo? ¿Hace falta que se quede mudo? Y al mismo tiempo, lo comprendo. Cuántas veces me quedé yo sin poder decir ni una palabra, suspendida en el aire, cuando lo reconocía entre la gente, sin esperármelo.

 

Así ando, sí, un poco triste. Sé que tengo que seguir adelante y que más allá de esto, la vida es un lugar injusto en mil ocasiones, pero también es linda. Trae cosas muy lindas, por las que vale la pena no bajar los brazos.  

miércoles, 18 de marzo de 2026

Un muerto que respira

Ayer, cuando terminé de trabajar, salí a hacer compras con mi madre. Veníamos las dos caminando, cuando cerca del supermercado escucho la voz de Javier. Veo su auto y con disimulo, sin mirarlo en ningún segundo, reconozco sus piernas. Confirmo, mientras quiero morirme: es él. 

Está parado ahí, en la puerta, a menos de dos metros, y yo le tengo que pasar por al lado, caminando con mi madre, como si no fuera nadie.  Cómo me duele hacerlo, aunque racionalmente sepa que he tomado una decisión que me honra.  Él no me ha visto aún, pero yo sí, y eso por lo menos me dá tiempo, unos segundos de tiempo.

La concha de la lora, pienso, y rápidamente, me compongo. Sé que está ahí, casi al lado, solo charlando con el carnicero amigo, en la puerta del super. Sé que tengo que pasar por al lado y sé que no lo voy a saludar.  No me quiero exponer, no lo quiero exponer. Lo escucho hablar, de cualquier cosa, y no sé cómo va a reaccionar, pero sí estoy segura de que me va a ver y no puedo hacer nada para cambiarlo.

Desde que nos vimos por última vez, los primeros días de marzo, y yo oficialicé mi retiro, Javier y yo nos vimos de lejos 3 veces.  Pero, a diferencia de esa noche, yo siempre acompañada, es decir, inaccesible para un encuentro cara a cara.  Ésta será la primera vez que nos veamos de cerca aunque también estoy acompañada. La diferencia es que está muy cerca y yo estoy muy cerca.  Puedo escucharlo, puedo saber que está ahí, pero no puedo mirarlo y tengo que hacer como si no existiera.

Es difícil. Me cuesta manejarlo, sé que a él también le cuesta; pero nada de eso, ni siquiera lo que en ese momento siento, que me queda por dentro, modifica mi decisión.  Yo me he ido por una razón sumamente valedera y es un compromiso conmigo misma. Así como Javier pone por encima de muchas cosas el compromiso de cuidado que tiene con su pareja – diagnosticada hace años con trastorno límite de personalidad, y en tratamiento – yo pongo por encima de la imposibilidad de esta historia, la frialdad de la razón, el compromiso conmigo misma, y la necesidad de seguir viviendo.

Ponerlo bajo mis ojos, o dejar que se encuentre con mi cara, no está permitido en ese contexto. Quedamos en que cordialmente nos ibamos a saludar, pero no es posible cumplir.  Es por estas cosas que yo me quiero deshacer de la exposición, del estar siempre prevenida de algo, y espero que el ejemplo le baste de muestra. Si él no fuera el novio de otra, yo me acercaría a saludarlo, saludaría al carnicero por educación y seguiría caminando con mi madre, de camino a las compras. Mi madre no pensaría mal, Javier no me desvestiría con la mirada y  no sería esto un fierro caliente; como si por solamente coincidir, en la vereda que piso, no crecieran más las flores.

 Pero todo esto es lo que es, con sus complejidades y sus renuncias.  Y yo, lo acepto sin más, porque no tengo opción. 

Tal como le dije a él, hace dos semanas: <<confío en que nosotros dos tenemos la capacidad de hacer algo distinto con todo esto; yo además no tengo otra opción. Tengo que darme vuelta y seguir mi vida, a los 31 años >>.  Y sigo sosteniendo lo mismo, aunque del otro lado ya no tenga su mirada seria escuchando el mensaje. 

La vida se va, igual que yo me voy corriendo de la vista de Javier, que seguramente habrá sentido la culpa de siempre al verme; pero nunca el coraje, nunca el verdadero aliento. Nunca lo que me hubiera gustado que sintiera ni que hiciera por mí, siendo franca.  

Mientras cuento cada segundo que va pasando, y camino como si nada a la misma vez, con ropa deportiva al cuerpo, campera deportiva y colita despreocupada con algunos pelos que se salen de su margen; escucho el cambio en Javier. Y no me siento piola, victoriosa. Al contrario. 

Él habla lo más bien, hasta que me ve pasar, porque le paso exactamente por el costado, a lo largo de toda la vereda, y ahí se le corta la voz. Se hace un silencio en la charla, como si hubiera visto un fantasma, y lo único que le sale, entiendo que para disimular, es decirle: "sí", al tipo que ha salvado ese silencio con otro grupo de palabras, para que no se note tanto que enmudeció. 

 Hasta que me alejo, Javier no vuelve a hablar. Yo no emito palabra, ni miro. No quiero mirar. Sé que lo que voy a ver me va a llenar de preguntas, así que lo evito. Elijo no mirar. Elijo disimular. Al caso, Javier no me valora por nada mas que un cuerpo. El peso de mi mirada lo molesta. El paso de mi cuerpo lo sorprende.  Y a mi, la presencia del suyo, me hace doler la panza. 

Solo dice sí, el carnicero amigo sigue otra vez con oraciones y oraciones pero él ya no dice nada. Yo asiento, mirando para abajo, mientras mi mamá me habla y cuando no veo sus pies, en la línea paralela a mi cuerpo, levanto la cabeza.  No tengo idea de lo que me dice mi mamá. Se me seca la garganta, quisiera componer un papel de disimulo de oro, pero no me sale. 

No soy así. Tampoco estoy enojada consigo. Yo me fui de su vida porque no me puede dar lo que merezco en la mía. No considero que lo haya dejado ni abandonado. Mucho menos, que me haya ido con crueldad.  Hice, lo sé mientras camino, lo que pude. Priorice mi compromiso con la vida futura, y no solamente con mi programa, que hoy está, mañana quizá no. Lo priorice por mí. Por pedir algo más a la vida. Por animarme a avanzar.  

Me fui donde me aprecian más como persona, donde me tratan bastante mejor, donde puedo apostar a pasar un momento de felicidad, o de placer, o de bienestar, sin sentir que lo estoy viviendo con el novio de alguien más. No, no me fui con quien amo, ni con quien deseo. Porque todo eso está mal y trae mucho resto. Mucho mas, por no ser correspondido. 

Me fui porque también el amor puede ser cuidado hacia uno mismo. Porque Javier siempre será el novio de proponiendo una aventura. Me fui para decir no. Inclusive, aunque el mismo novio de ese alguien más me insista en que le diga sí.  Inclusive, aunque no le importe que yo desperdicie toda mi vida ahí, esperándolo, esperando que tome una decisión que nunca tendrá el valor de tomar.

 Me fuí porque mientras mas tiempo me quedara, mas vida perdía. Si. Yo, por mi lado, ya tomé una decisión. Y es la de no aceptar, aunque me duela, menos de lo que merezco. No merezco vivir a escondidas, mirando por encima del hombro, justificando lo cotidiano. Esa transparencia Javier nunca me la va a dar.

Seguiremos en ésta. Quedándonos en silencio como quien ve pasar un muerto que está vivo. 

martes, 17 de marzo de 2026

El lenguaje para decir chau

-            ¿No querés hacer nada?

-            No, prefiero no. Me voy a arrepentir.

-            ¿Por qué?

-            Porque me da culpa. Me da culpa tenerte asi, desnudo. 

Javier suspiró, y me acarició.

-            A mi también me da culpa. Pero 

-            Entonces por favor no me pidas más nada.

-            No puedo. No puedo no pedirte nada. Te quería hacer masajes y huiste. Te saliste. ¿No te gustan? - susurró. 

Suspiré. 

-            Sí que me gustan, Javier, vos lo sabés. Pero huí porque yo sé que hoy me voy a dejar y mañana me voy a arrepentir. Me da culpa. ¿Por qué no lo entendés?

-            Lo entiendo. A mi también me da culpa – me dijo y se me acercó.

Me besó y me acarició, con intensidad. Siempre con intensidad. Una intensidad tan suya, pero que espero poder recrear en una vía de mayor calma. Quizá, un día, entienda una intensidad a la que la acompañe la sanidad. Y eso esté bueno. Quizá, no. Pero corro el riesgo. Por eso, mientras Javier me hace todo lo que me gusta, y por primera vez, me alejo de él.

-            Basta. No. Me voy. No me escuchas. 

Javier queda tendido, desmayado, sin poder entender por qué. La culpa me supera. Ha ganado la batalla. Definitivamente. No puedo, aunque lo desee. Estoy dispuesta a cortar el deseo así, a los tirones, como quien arranca una canilla de cuajo.

-            ¿Te vas a vestir, en serio?

-            Sí.

Suspiré. Sentí impotencia. Incapacidad de explicarle, de reclamarle, de preguntar, pero después, al segundo, me enfoqué. Era un adiós, no una batalla nueva. Volver a repetir los argumentos seria otra forma mas de perpetuar y sostener. Pero ningún alivio. 

-            No, dale. Me porto bien. Hagamos lo que vos quieras. Perdón, no es para que te pongas así.

-            ¿Cómo me voy a poner, si te digo que nos despidamos bien, y me querés coger y no te dejás tocar, y dejas que te haga nada? Me querés mandar. 

Javier suspiró.

-            Quiero que vos disfrutes, por eso.

-            Y yo me quiero despedir bien. Que te quede un buen recuerdo, no esta mierda. Pero vos no entendés. Dejá. Ya está. No me puedo controlar y vos menos. Me voy. 

Me levanté. Javier suspiró y se levantó también. Empecé a vestirme. Enojada, pero en mi centro: me iba a ir.

-            Esperá – dijo, agarrándome desde atrás – perdóname. Perdoname, en serio, no te enojes. No quiero hacerte enojar, sólo quería darte los gustos.

-            Es que si me das los gustos, es peor.

-            ¿Por qué? – dijo, y me besó el cuello – No es peor, tranquila.

-            Es peor para los dos, sí. Porque yo me muero de la culpa, todo esto, no quiero mas de esto. 

-            Vení, hagamos algo. Lo que vos quieras. Menos enojarte.

Me reí, levemente. No me dije nada. Me vestí. 

- Por favor, por favor te lo pido, sacá esa cara de enojo. Dale. Estas re enojada. 

- Te digo que me cuesta manejarlo, que siento culpa, que por eso no quiero acostarme y vos me decis que me acueste con vos. Insistis. No hagas eso. Por favor. 

- Pensé que podia convencerte. 

- Hice todo para evitarlo. Nosotros no vamos a volver a acostarnos. Quiero que nos quede un recuerdo copado. Y esto es una lucha.

-            Perdón, tenés razón. Vos me gustás, pensé que íbamos a seguir como siempre y…

-            No, no puedo.  No quiero tampoco, todo esto, es un quilombo.

-            Sí, es un quilombo, pero… Dale. ¿Te puedo hacer masajes? A vos te encanta eso.

-            ¿Te vas a dejar tocar, o vas a querer salirte con la tuya hasta lo último?

-            No, me dejo. Te lo prometo. Hago lo que me pidas. No te desafío. Porque a vos no te gusta que te desafíen… Para despedirnos si queres. 

Me reí, ahora con ganas.

-            No entendés nada, Javier.

-            No te discuto más.

-            Acostate, por favor.

Javier obedeció, sin decirme nada. Sólo me miró y lo miré, fijamente.  Lo miré y lo acaricié como nunca. Con una dulzura que jamás le había mostrado. Con pericia. Como quien quiere dejar una huella humana y por fin se atreve a mostrarse sin miedos. Como quien se va.

-            No seas guacha, por favor. No juegues. No ahora.

-            Jamás me burlaría de esto – le contesté e hice lo propio.

Pero obviamente, de los nervios,  Javier no lograba llegar. Porque, en un punto, ese final no era solamente el orgasmo de cierre, el último que compartiríamos juntos. La pequeña muerte y la caída al vacío de una historia.

-            Estoy tan pasado, que no puedo. Dios, la concha de la lora – dijo.

-            Tranquilo – lo calmé – Disfrutá, dejá de controlar.

-            Vos sos tremenda, entendés, sos tremenda con las cosas que hacés. Yo no quiero más que cogerte a vos, y me decís que no, por qué me decís que no. ¿No tenés ganas, vos? Decime, dale. Yo hago lo que sea.

-            Javi, no se trata de mí.

-            No puedo – dijo, como una suplica. 

-            Sí, te falta éste poquito – le susurré y me acerqué a él, para la estocada final. Un detalle, un solo detalle, que le destrabó la explosión.

Javier se desarmó. Fue uno de sus mejores orgasmos. Yo salí como quien deja una notita sobre la mesa, una carta de despedida, un último gesto en la memoria.  

Cuando recuperó la capacidad de hablar, después de un orgasmo muy intenso, dijo: 

-            Qué, cómo hacés, Dios – se quejó.

-            Vaya a saber uno – dije, sin rencor – Vos me dejaste despedirme bien y yo me despedí bien. 


Sobre decir sí o no

El viernes pasado, a última hora, me llegó un email de RH de una consultora grande, ofreciéndome trabajo. Pero no cualquier trabajo: una posición bilingüe, para análisis de contratos de EE.UU y Canadá.  Yo, a ciencia cierta, hago un poco de eso, pero con contratos nacionales y de Uruguay. Lo mismo, con acuerdos de confidencialidad.  Mido que las condiciones financieras y contables se cumplan, pero de los proyectos a nivel nacional y algunos que tienen ingreso por Uruguay.

¿Qué hice? Claro que dije ok, me interesa, véamoslo. La consultora grande y con un laburo de marca muy fuerte, me pasó un cuestionario. Lo contesté. Me pidieron un piso salarial no negociable y también lo contesté. Y resulta ser que por todo este laburo, me ofrecían 1.300.000 en mano + beneficios. ¿Qué beneficios? Prepaga, idiomas, y créditos en apps de comida. 

 ¿Y qué dije? Que no. ¿Si me sorprendió? Sí. Pero creo que hay muchos no que tendré que decir, para poder decir que sí a los lugares en los que mínimamente no gane por debajo de mis gastos.  Y no porque no tenga ganas de laburar en un lugar donde pueda hacer carrera, sino, porque a veces elegir es no retroceder en lo concreto por esa ilusión del gran lugar si te negocian un 40% abajo. 

Claro, yo en otro momento de mi vida no negociaba. No sabía cómo. Ahora tampoco lo sé, pero lo intento. Intento cotizar lo poco o mucho que sé hacer, desde un buen lugar. El mejor que pueda. Obviamente, sin perder la humildad, pero sin perder también la perspectiva de lo que quiero.

Parte del trabajo de merecimiento que estoy haciendo, por lo que veo, se está tratando de decir no. No, gracias, pero merezco algo mejor. No, gracias, pero aunque la pasemos bien, no quiero ser más la segunda acá. No, gracias, de verdad gracias, pero paso.  Las pruebas, están a la vista. Las oportunidades de aceptar por lo que creo, y no por lo que siento muy en el fondo, también.

Hoy, trato de elegir por lo que creo que puede ser mejor, quizá no ya mismo, pero sí en el mediano o largo plazo. Hoy es incómodo. Es poner límites o tomar decisiones que no sé si traerán sus frutos. Se basa en confiar y en creer. Y yo, creo. A mi forma, con mis limitaciones, pero trato de encarar la vida creyendo que tomar decisiones alineadas me dejará en un mejor lugar.

¿Si es fácil? Claro que no. No me está siendo fácil. Ayer lo ví a Javier, de lejos, la semana pasada lo ví de lejos, y es como el permanente recordatorio de algo que te desafía y te cuestiona internamente lo que merecés o no. Que te lo mueve de lugar, que te instala la duda. ¿Reforzás lo que dijiste o volvés a lo de siempre? Eso siento que es un poco lo que hoy en día me pregunta la vida.  Y yo, sigo contestando, ahora mentalmente: "no, gracias, pero merezco algo mejor, algo más, que me permita sentirme yo misma, sin tener que mirar por encima del hombro a ver si alguien…".

De a poco, cuando voy corriendo la culpa con mucho esfuerzo, trabajo mental, sosteniendo la angustia que genera cuando aparece en las cosas más tontas;  me doy cuenta de que merezco que mi vida sea mejor, no desde el enojo, sino, desde la claridad. ¿Qué puedo hacer yo, con los recursos que tengo hoy, pocos o muchos, para que sea mejor? Quizá, el de al lado, ya la tiene resuelta, no lo sé. Pero yo ¿qué puedo hacer para que mi existencia sea mejor, desde el lugar donde estoy hoy?

Hace más o menos nueve meses, yo veía todo negro, muy negro. Entre lágrimas, le dije a mi terapeuta que yo siempre, en el fondo, muy en el fondo, me había preguntado con ardor por qué no me había muerto, si vivir así era insoportable, una carga demasiado pesada. Casi como el sabor culposo y amargo de quien siente que tiene que devolver algo y no entiende lo que es, a modo de pago, por la sola existencia.

Hace nueve meses, y por primera vez, le confesé a alguien que se me caía la cara de culpa por sentir ganas de morirme, cuando para mis viejos mi historia había sido una muestra de fe. Pero que la había sentido muchas veces, porque vivir sabiendo que no te pasó lo que te dijeron, o que hay cosas que no podías hacer e hiciste, o que hay cosas que no podrás hacer, es una manera distinta de vivir.  Porque la culpa  de preguntarse todo el tiempo por qué yo no, y ello sí, o por qué yo sí y ellos no; era insoportable. Porque estaba detrás de cada cosa que hacía, permanente, en mi cabeza. Condicionándome. Haciéndome sentir menos. Haciéndome creer que merecía cosas feas.

Hoy, cuando corro la culpa, me doy cuenta que en muchos aspectos tengo cosas para agradecer y las agradezco a diario. Tengo batallas, sí, claro. Las doy a diario. Mi vida no se ha dado vuelta hacia la negación. Quizá, he corregido un poco la mirada, y con los 31, ha venido un poco más la paz por existir, sabiendo que no tengo que justificar, ni asumir compromisos que no me corresponden, ni salvar a nadie, a cambio de vivir.  Tengo, solamente, que vivir. A veces, vivir, podrá ser extraordinario. A veces, una mierda. Pero eso se me pide: vivir, no justificiar, ni devolver, ni hacerme cargo de las frustraciones de los demás. Sólo hacer mi camino lo mejor que pueda.

Hoy, siento eso. Que mi objetivo es vivir. Hacer lo mejor mejor que pueda con lo que tengo y tratar de que los problemas no pesen más que las cosas que tengo. Cuesta, no todos los días sale, pero lo intento. Lo intento como nunca, realmente. Porque me di cuenta de que yo no me quiero morir. Lo que yo quiero es dejar de vivir como vivía antes, llena de culpa, y como en parte sigo viviendo, dentro de este proceso de deshacerme de las condiciones, de los juicios de los demás, de las cargas, de los discursos limitantes heredados, de los mambos ajenos… Etcétera.  

Es un paso a paso: pasé de vivir atormentada por la culpa, a entenderla, saber que la siento, y pensar herramientas para manejarla. Ahora que la asumí, la veo en todo, claro. Pero sé que si la veo, la puedo atajar, le puedo hacer preguntas, la puedo cuestionar.  Hasta ahora, la culpa, yo la llevaba adentro, oculta. No le podía preguntar nada. Sólo era tristeza, ganas de hacerme mierda, ganas de que todo explote.  O de explotarme a mi misma.  Ahora, obviamente, tengo mis momentos malos. Sale a la luz el dark side. Pero, cuando sale, lo reconozco y digo: "ah, pará, sé cómo me siento, me está pasando esto, no hay peligro, es algo que me está activando esta herida, y esta herida tiene solución, tranquila".

Eso es un poco en lo que ando. Qué desafíos, mi madre. Gasto una energía mental enorme en esto, diariamente, es una transformación. Es reformar miles de cosas. Es dejar de ser un poco la que fui siempre, no desde un cambio acartonado, sino, desde una verdadera evolución.  Sacarme la culpa de encima, será para mí una bendición, porque yo juro que pensé que no había una manera más pacífica de vivir.  Pero estoy dispuesto a intentar que esta otra manera sí exista. Sé que la culpa no va a desaparecer, pero sí sé que si la manejás, vivir mejor. A eso aspiro. A sentir menos de lo que me hacía mucho daño.

 Hoy en día, todas las mañanas, doy gracias por tener un techo, por dormir en un lugar sencillo pero cómodo, por tener salud, por tener trabajo y comida. Literalmente, todas mis mañanas, agradezco.  No sólo porque me ayuda a mantener la culpa existencial a raya, sino, porque fundamentalmente me ayuda a no vivir lo cotidiano desde una posición de tengo que pagar un precio muy alto por existir.  No es todo perfecto, pero no quiero que eso desdibuje el resto de lo que sí es suficiente, de lo que sí valoro, de lo que sí me ayuda a dar los siguientes pasos, porque existe.

Ayer, le dije que no a una oferta de trabajo por la que antes me hubiera sentido re culpable, por la que hubiera sentido que tendría que haber dejado todo porque si no era una desagradecida.  Hace unos diez días, le dije "basta" a Javier, porque no quería seguir dando vueltas con el novio de otra, aunque me dijera que blanco, que negro, que marrón.

Dije también hace un tiempo que yo no iba a escatimar esfuerzos para una vida mejor. Que iba a poner todo lo posible.  Y creo que sí, me está moviendo todas las fibras internas, pero transformarse es eso.

Y acá estamos: nueve meses después, no me quiero morir. Quiero simplemente dejar morir la vida elegida desde la culpa, y empezar a habitar la vida que me fue dada desde el deseo.