martes, 30 de mayo de 2023

Amor & odio

- ¿Odiarte? ¿A vos? Nah. 
- ¿Segura? - preguntó, con tono jocoso. 

Me reí. 

- Sí, obvio que no te odio. Lo que pasó es que nosotros tuvimos un gran desacuerdo. Yo no quería ni verte.  Pasaron muchas cosas. Por eso te ignoraba. Y más, cuando vos querías acercarte como si nada... Pero todo bien. 
- Sí, me ignorabas. Hija de puta - se rió - Yo quería hablarte, y vos, nada. Ni bola. ¿Estabas muy enojada? 

Lo miré. 

- No. Yo no estaba enojada. Estaba dolida. 

Javier me miró. 

- Yo hice lo que consideré mejor. Lo que yo sentía que correspondía. 

- Está bien. Te estoy contestando lo que me preguntaste. Todo lo otro, pasó. 

- Lo más importante para mí era no lastimarte. Y yo creo que no te lastimé - dijo - No hice algo que te podría hecho mal. ¿O no? 

Lo miré en silencio. No le contesté. 

- ¿Te lastimé? Espera - dijo - ¿Te lastimé? 

- Tengo que ser sincera para responderte eso. 

- Sé sincera. 

- Tu silencio me lastimó. Que no supieras manejar las cosas. No sé trató de que no me quisieras. Eso podría pasar. Se trató de todo el misterio, el silencio. Me querías coger... Y no entiendo por qué tanto problema en decirme eso. 

Javier suspiró. 

- Perdón - dijo - Perdoname. Yo te juro que no podía decirte nada en ese momento. Creí que era lo mejor y si estuviera en esa situación haría lo mismo. Te podía perjudicar. 

- ¿Por qué? 

- Porque eras chica. Muy chica. 

- Sigo siendo joven. 

- Pero no tanto como antes. 

- Ah, no te da cosita ahora... - dije. 

- Ahora es distinto - sentenció. 

- Si vos decís - lo miré, con sorna. 

Sacudió la cabeza. 

- ¿Por qué no querías hablarme?

- Porque era cualquier cosa. Vos te acercabas como si nada y yo estaba hasta las re manos. Enamorada de vos y te lo decía como una idiota. 

Javier sonrió con cariño. 

- Bueno, pero podias haberme hablado... 
- No. No podía. Por eso no lo hacía.  No me caías bien - le dije, en broma - No teníamos la capacidad del presente para hablar así. Manejando todo bien. 
- ¿Y ahora? 
- Ahora ya pasó. Pasó mucho tiempo. Y las cosas se acomodan con el tiempo. Dicen - musité. 

Javier sonrió. Se lo notaba más aliviado al contarme. Se hizo un silencio donde nos miramos fijamente. 

- El tiempo acomoda todo - lo miré y le sonreí. 
-  Espero. 
- ¿Tenés idea si estaba batallando con algo, ***? 
- No. No sé. Mis sobrinas están grandes, no me dan tanta bola como antes. No me cuentan sus cosas. Me cuesta acercarme para hablar de sus cosas. Yo soy su tío, no se abren demasiado conmigo. 

Asentí. 

- Pero saben que estás, Javi. ¿Vos tenés eso presente? 
- No sé, es difícil estar.  
-  Es difícil la situación, pero vos estás con ellas. Aunque estés acá, tomando algo conmigo ahora por ejemplo, estás pendiente de tu mamá, de ellas... Eso es estar.  
- Yo traté de acercarme, obvio. No tengo tanto trato con mi hermano, pero bueno... 
- Son las nenas, obvio. 
- Sí. 
-  ¿Por qué creés que pensó en esto? ¿Tenés alguna pista para ayudarla? 
- Porque está muy presionada. Mi hermano es muy rígido con ella, y ella es muy dócil, se calla. No lo enfrenta. 
- Se aguanta. 
- Sí. 
- Y el que se aguanta, explota - anuncie.  
- Sí.  Yo le dije que se lo tome con calma. Que no le de tanta pelota. Pero ella es sensible y le obedece. Mi hermano es una persona jodida, tiene un carácter de mierda. 
- Sí, tuve el agrado de conocerlo - ironicé. 

Javier se rió. 

- Cuando estábamos en el grupo, discutíamos mucho. Por eso me fui. Le molestaba que yo quisiera hacer eventos, jodas, juntarnos. No quería. Decía que era un grupo cultural y creo que por el papel que tomé en ese momento se sintió desplazado. 
-  Gustabas más - aludí - Él quería hacer de todo eso la mismísima Revista Sur y vos eras más social, divertido... 

Javier sonrió. 

- Pero no me parecía mal hacer una juntada... La gente se conoce, se junta, la pasa bien... Toma algo, come algo... No tiene nada de malo.  
- No, además, nuestro grupo, era social pero literario. No perdió nada. 
- No. Vos sabés que yo no escribo - me dijo - pero podía hacer una juntada. 
- Sí, la gente se vincula en esos círculos. Todos vecinos, además. No estaba mal eso. 
-  En nuestro caso, nos vinculamos bastante - aludió. 
- En nuestro caso fue distinto, sí.  Se nos fue un poco de las manos el tema literario y social...   
-  Las cosas que trae el barrio... - musitó. 

Suspiré. Lo miré y volví al tema. Para bien o para mal, estaba tratando de ayudarlo. 

- ¿Y ***, cómo está? 
- Grande. Tiene 17 años, ya. 
-  Wow, creció una barbaridad... - le sonreí. 

Me sonrió. 

- ¿Y está contenida? 
-  Sí.  Está con ***. 
- Bueno, es importante que esté con tu cuñada.  
- Ella lo vió todo. Tarde o temprano, va a estallar. 

Suspiré. Pensé que Pedro es un pelotudo desde hace una década.  Javier me miró. 

- Hay que ir viendo a partir de ahora cómo se dan las cosas. Lo ideal sería que exista una cadena de contención, entre todos, quiero decir. Y esperar. Van a pasar otras cosas a partir de ahora. Hay que ver por dónde viene. 

Javier asintió. 

- Sí, ahora viene todo un proceso complicado. 
- Vas a estar para ellas. Vas a ver. Pero date tiempo. Te están pasando muchas cosas juntas ¿entendés? El laburo, los vínculos, tu pareja, todo suma. Date el tiempo para procesar. Entender. Ver qué onda. 
- Y hoy te encontré acá, en la puerta, cuando llegaba.  

Me reí. 

- Perdón, no era mi intención complicártela...  - lo burlé - Si me avisaban, paso por la otra vereda. 
- No, no me la complicas. Para nada. Cuando te fuiste al mediodía, me sentí un boludo porque te ví y no te dije nada. Te di el vino y te fuiste y me quedé pensando en todo lo que hablamos.  
- Igual, estaba bien eso.  Lástima que se te perdió el gato, y el quetejedi se quería venir detrás mío... Te mandé el mensaje avisándote y me reía sola. Gato de mierda, venía para mi lado y yo que me quería ir de acá.  

Se rió. 

- Ahí está el ladrón - sonrió - Pero viniste, ahora. ¿Por qué viniste? 
- Vine. Vos me hiciste una invitación y la acepté. Me dió la sensación de que me querías decir algo... no sé. 
- Y te quería decir algo... 
- Sí, "me quiero acostar con vos" - lo burlé, imitándolo - Estabas buscando un cuerpo para liberar la tensión y quedé a mano. Dijiste: "che, quizá esta piba con la que tengo un mambo y no veía hace ocho años hoy esté libre y tenga ganas de acostarse con alguno". Vine para encontrarme con que tenías ganas de tener sexo para despejarte. 

Sonrió. 

-  No es así, no seas hija de puta conmigo - dijo - No es solo sexo.  Es todo. Es un todo con vos, sonsa. Siempre lo mismo. Siempre pensaste que yo lo único que quería era tener sexo con vos. ¿De dónde sacaste eso? 
- ¿No me acabas de decir que querés tener sexo conmigo o aluciné? 

Javier se rió. Suavemente pero como dopado. 
- Es un todo con vos. No solo es sexo. 
- ¿A qué te referís con todo? 
-  A todo. Me calentás, sí, obviamente, sos muy atractiva y a mí en lo particular me atraes muchísimo. Pero no es sólo sexual la atracción... Nosotros nos atraemos en general. 
- Sí, nos llevamos bien. 
-  Más allá de la atracción física, compartimos humor. Los dos manejamos el mismo humor. 
- Ideología política, barrio de residencia... El gusto por el vino tinto...  ¿Qué más? 

Javier sonrió. 

- Esto, esto que se genera cuando estás acá, y cómo yo me pongo cuando vos estás... Cómo me siento. Eso también. ¿No te das cuenta, no te pasa a vos? Yo me siento diferente cuando vos estás en frente mío. 

Lo miré y fui sincera. 

- Sí, me doy cuenta. Siempre lo noté, desde el principio. Es como que se genera algo difícil de explicar porque por un lado somos re opuestos pero por otro lado nos llevamos re bien.  La gente como vos me cae mal y vos, no.  Deberías caerme mal y no pasa. Y yo debería ser una pendeja insípida para vos y no pasa.  Qué karma. 

Javier se rió con más sinceridad. Lo noté mejor que al principio. 

- Eso es difícil de manejar para mí. Porque... me encanta hablar con vos y me divierto mucho. Pero también a mí me dan ganas de besarte. ¿Qué querés que te diga? Yo te veo y te quiero besar, te quiero acariciar, agarrarte, acercarte...  Me pongo pelotudo. Y ese humor, rápidamente se convierte en otra cosa. 
- Qué macana. 
- ¿Y vos, qué, qué te pasa? No me dijiste nada. 

Me puse tensa. 

- Yo vine a escuchar. Dije mucho en su momento, hace años, y me parece que te tocaba a vos. Me pediste hablar y yo te estoy escuchando. Pero no sé qué decir. 

- ¿No te pasa nada a vos? 

-  Yo estoy en pareja. 

- Ya lo sé, yo también... pero... pasan las cosas igual... ¿no? 

- Sí. Pero no me pueden pasar, eso es lo que digo. Tengo un compromiso con otra persona y lo tengo que respetar. 

- Y lo estás respetando. Yo solamente te pregunto qué sentís vos. Estoy siendo sincero con vos, y no me decís nada. Quiero saber todo, yo. 

- No puedo... pero es obvio, Javi, que me pasa algo porque, teniendo un compromiso,  no debería estar acá. Y vine. Toma ese gesto de muestra. 

- ¿Por qué viniste? 

-  Porque no me iba a perdonar nunca no venir. 

Javier me miró, otra vez, en un silencio tenso.  Estábamos sentados frente a frente en sillas. 

- A ver... - dijo, y se acercó. 

Lo miré. Bebí un poco de vino. Apoyé la copa en la mesa.  Me agarró de la mano. Lo miré como diciéndole ¿qué hacemoooossss? Él sonrió y se puso todo colorado. 

- ¿Puedo hacer algo que hace años que quiero hacer? Por favor te pido... 

Sonreí. 

- Sí, per...  - dije, y no llegué a terminar la frase. 

Javier me besó. ¿Cómo explicar un beso después de ocho años? Era una sensación parecida y diferente. Los besos que recordaba eran también con la capacidad del pasado. Y en el presente, en aquél presente, la intensidad también había cambiado. Ese beso fue distinto a todos. Por la situación, por la edad, por lo que significaba. Por el momento de la vida y por las vueltas. 

Me dió un beso profundo. Con ferocidad, lengua y desesperación. Y yo, lo correspondí absolutamente. 

En cuanto se separó un momento, se puso de pie, y me levantó agarrándome de la mano.  Volvimos a besarnos.  Me apoyó suavemente contra una de las paredes de su cocina y me besó otra vez. Subí mis manos por su cuello y lo agarré del pelo, mientras le devolvía el beso. Empujando su cuerpo contra el mío, le devolví la embestida. Javier me dió aire. Yo, agaché la cabeza y miré para abajo. 

- Mirame, por favor... No me bajes la cabeza - dijo. 

Me froté la cara. 
Era culpable. 

Suavemente, subió mi mentón.  Lo miré. Cerré los ojos. Inspiré hondo. 

- No podemos hacer ésto... por favor - le pedí. 

Javi me dió un beso más. 

-  Perdón - dijo - perdón. Yo sé que está todo como el orto, todo mal, que estoy haciendo todo mal... pero... necesitaba hacer esto. Hace años que quería hacer esto. 




















lunes, 29 de mayo de 2023

La mochila

 2022, mayo. 

- ¿Y vos? ¿Como andas? ¿Tus cosas? - le pregunté. 

Había contado mucho yo y quería que cuente él. Algo. Aunque sea para saber si estaba bien o era feliz. 

- No muy bien. Tengo mucho quilombo. Mi vida entera es un quilombo en este momento... - dijo Javier, esa noche - La relación con mí familia cambió mucho. El laburo. Todo.  Así estoy. 

- Mhm - le contesté. 

- Con mí hermano, no me doy como antes. Nada que ver (...) 

- Bueno, a veces pasa. Cada uno tiene su familia. Él tiene su familia con tus sobrinas. Vos tenés tu pareja con esta señora... - aludi - Estan en otra. Viven diferente. Eligieron otras cosas... 

- Si, igualmente, no me doy con el como antes. Cuando yo me fui del grupo, tuvimos una discusión muy fuerte. No le gustaba el rol que ocupaba. 

(...) 

- ¿Y tu papá? 

- Con mí viejo , no hablo hace unos meses. Nos distanciamos pero eso fue por laburo. Quiero abandonar el rubro y está todo difícil. Con la gente que tengo laburando, es dejarlos sin laburo, y no quiero... Es un quilombo muy grande el Comercio Exterior. No quiero laburar más, me falta mucho todavía y con mí viejo hay lío por eso. Pero el resto todo bien. Ya nos vamos a arreglar. 

- Obvio. Tu papá es divino, además. Y podes hacer otra cosa mientras. Ponerte a evaluar un mercado. Planificar como querés llegar. Quizá podes largar antes pero no podes largar todo de un día al otro. Lamentablemente, hay que evaluar. 

Javier sonrió. 

- Si. Ya lo see. Te lo juro que pensé que hacer. Pero también sería un hijo de puta si me quejo. Soy un privilegiado. Tengo mi casa, estoy bien, económicamente no me falta nada. Tengo trabajo. Esta profesión me dio mucho económicamente. Me lo dio todo. Pero... Cansa. Llega un momento donde no te interesa tener más plata.  Querés estar tranquilo. Y si, la plata está pero también todos los días tenés un quilombo distinto.  Ya no quiero renegar más. Y si largo todo, pienso en la gente. Se quedan sin trabajo. Viven de eso. 

Lo miré fijamente. Asentí. 

- Es difícil saber que para ellos eso significa poner comida en la mesa. Para muchos. Yo siempre estuve del otro lado pero tu lado también te desafía. No es cosa de buenos o malos. 

 - Si. Es aso. Lío. Lío por todos lados.  

- Si, se te nota en la cara. Pero... Vas a ver qué con la familia hay cosas siempre.  No te sientas mal. Apunta a llegar a jubilarte. Y si ves que no das más, sincerate para planificar un negocio alternativo.

- Me metería en el mundo del vino - dijo, sonriéndome. 

- Qué rico. Si te pones a vender, o a hacer catas, yo apoyo el negocio. 

Javier se rió. Sin embargo, note que era una alegría que no le llegaba a los ojos. 

- Mas allá del trabajo y sus quilombos... *** está internada. Por eso estoy preocupado. 

Lo miré y me quedé callada. 

- ¿Qué? ¿Ahora? - le dije en referencia a su sobrina de veinte años. 

- Si. Ayer la internaron. 

- Uy, pobre. ¿Qué le pasó? 

- Se quiso suicidar - espetó. 

Por un segundo, me quedé en shock. Lo miré. Javier había dejado la máscara del hombre superado y se había puesto en carne viva. Su apertura emocional de le notaba hasta en el cuerpo, inclinado hacia el mío. 

- ¿Qué, cómo? ¿Está bien? 

- Si. Se tomó no se cuántas pastillas. Sigue internada pero está bien. Zafó. Está mí hermano con ella. 

- Javi... Dios mío ¿cómo te está pasando todo esto? - lo miré - Pará, a ver... - le pedí - ¿vos estás bien, en serio estás bien? ¿Necesitas algo? 

Javier agachó la cabeza después de mirarme con cariño y suspiro. Se frotó la cara. Su semblante cambio por completo. 

- Yo estoy. Muy preocupado, la verdad. No sé por qué hizo una cosa así. Ahora se viene todo un proceso muy complicado. No quiero que se entere mi vieja. Estoy pendiente de que nadie le diga nada. Para ella paso otra cosa. Se muere del disgusto si se entera.  

Procese la información. 

- ¿Tu otra sobrina, está con cuidados? ¿Tu cuñada está acá en el país? 

(...) 

Me quedé asistiendo al cuadro para comprender esa catástrofe que era la vida de Javier hace un año. Escuché todo el cuadro. Todo lo que agregó. 

- Te puedo preguntar algo. Te lo juro que no es por forra... Pienso... 

- Obvio. 

- ¿Tu novia está con vos en esto? O sea, te está acompañando, conteniendo... Al menos para que te puedas desahogar. 

- Ella tiene sus quilombos. Propios y con la hija. Con *** las cosas van para atrás también. Tuvimos épocas buenas, pero estamos para atrás. Venimos hace mucho tiempo ya en época mala. Tuvimos una discusión muy grande la última vez y yo dije "listo, nos separamos", pero... No sé. Ya está, es todo quilombo. 

- Qué pena. Realmente, Javi - musite. 

- Si, ella tiene muchos quilombos. Tuvo muchos problemas. Yo acompañé pero por momentos es difícil. Problemas de salud mental. Y la hija también tiene muchos problemas de salud... Querés acompañar, estar, y... 

- No creo que me quieras contar , pero... No sé. Nada - dije. 

- ¿Qué? 

- Nada. Iba a preguntar otra cosa pero no quiero saber de chusma. Estoy evaluando. 

- Decime, dale. Te lo cuento porque tenemos mucha confianza nosotros. Podes decirme lo que sea. No me molesta. 

- No, es que... Vos siempre... ahí por todos. Pero para vos... Es más difícil. Me parece. Sin ofender. Y lo que está pasando creo que necesitas sacarlo afuera. ¿No te sería más fácil hablando con ella? 

Javier me miró y sonrió por mis esfuerzos. Además bajo la vista. Asintió. 

- Que se yo... Soy así. Con ***, pase momentos tremendos. Un día todo bien y al otro día todo muy mal. Pero muy mal.  

(...) 

- ¿Por qué reacciona así con vos? ¿Qué la detona? 

- Le diagnosticaron ****. Hay momentos donde está muy bien y otros momentos donde está muy pero muy abajo. Momentos de euforia y momentos de depresión. Ahora está mejor ella. Pero también está su hija, que tiene problemas de salud y la tienen que operar.   La verdad es que pasamos juntos buenos momentos... Pero... Es muy complicado. 

- Muy, si - le dije. 

- Si. Está mejor ahora, pero esa es la situación. Está es mí vida. 

- Sí. Claro que sí. Que tenga diagnóstico y tratamiento. Seguramente si ella está mejor, y vos estás mejor, ustedes van a estar bien. 

- Si... Ya lo sé. La paso mal, yo se que la paso como el orto... Pero... 

- Estás ahí - le dije. 

- Si. 

Me quedé callada un instante. 

-  Javi... Perdón por lo que voy a decir pero no puedo callarme. ¿Por qué te quedas en una relación donde no estás feliz? - le pregunté - ¿La querés? 

- Si. Pasamos cosas buenas juntos y muchas malas. Tenés un recorrido con la persona. Me enseñó cosas. Entendemos algunas cosas de la misma forma. Esto de no convivir... Estamos cada uno en su casa... Nos vemos, si, claro, pero así es el acuerdo. 

- Es entendible. Quizá no está bueno porque uno no se quiere quedar a vivir donde no es feliz, pero... Creo que vos sabés mejor que nadie todo. Yo no te juzgo. La única salvedad que hago es que tenés que buscar una persona con la que puedas hablar. Apoyarte. Que esté para vos. Un amigo aunque sea. 

Javier bajo la vista. La subió. Me miró con tristeza. 

- Porque vos estás cargando la mochila de todos. Pero la tuya es tuya y te dejas para lo último y necesitas cuidado también. Sos humano.  Es mucho para vos solo ¿sabes? Por eso te lo digo, te juro que no es un ataque ni me quiero desubicar... Te lo digo de corazón.  Sería bueno que encuentres un espacio, con alguien, para poder hablar. Alguien con quién puedas descomprimir. 

- Si, ya se que me lo decís bien... Tranquila con eso, yo te conozco. Lo que pasa es que a mí no me gusta hablar de lo que siento. Yo voy siempre para adelante. Sigo. Sigo. Sigo. Nada más. 

- Si, yo tambien te conozco. Ya se que no hablas de lo que sentís. Te cuesta. Solo lo digo  para que no pases todo esto solo. No explotes solo, Javi. Entiendo que decirte esto te puede parecer una cargada... Pero no. En serio. 

Javier sonrió por mí expresión para referenciar a lo que me había dicho. Su sonrisa decayó. Lo miré y sentí ganas de darle un abrazo. Al menos, para hacerlo sentir bien en el momento, pero me lo guardé. 

- Y si algo faltaba... Hoy te cruce a vos llegando acá y...- dijo - nos encontramos de casualidad y... cuando te vi me sorprendió todo. Me puse muy nervioso. Me quedé corto en no invitarte a comer conmigo... Pero ahora te invite este vino. Para compensar. 

- No soy muy buena compañía capaz, pero no te voy a decir nada. Podemos tomar este vino. 

- Eso quería. Hace muchos años que lo quería hacer. Y hoy me dije, cuando te ví, que había llegado el momento.  

- ¿Y vos me querés decir que hago yo acá en este momento tan peculiar de tu vida? - le pregunté, con una mezcla de humor y desesperación - ¿Justo a mí me vas a invitar a tomar un vino y a comer una picada hoy? 

Javier se rió. 

-Te hago bromas... Pero si necesitas, acá estoy. En serio. Podemos hablar. Queda acá. No sé lo voy a contar a nadie al igual que todo lo demás que pasó hace ocho años y nunca se lo conté a nadie. Te lo prometo. 

Javier me miró con más alma. Me miró con calidez. 

- Ya se que sos confiable. Sos muy confiable para mi. Confío en vos.  No quiero hablar. No acostumbro. Nada más. 

- Bueno. Podemos tomar este vino. Y hablar de otras cosas. Pasemos un buen rato. 

- Hoy a la tarde, después de que te vi, lo pensé mucho... Quería hacer esto. Invitarte. Todo es un quilombo ahora en mí vida pero no quería dejar de hacer esto. 

- Siempre llegando mal a tu vida , yo, para molestar - lo burlé con suavidad. 

Sonrió. Se rió. 

- Nah. Lo único que queria hacer era estar acá, con vos,  tomando este vino - dijo. 

- Bueno... Acá estoy. Vine. 

- Si, viniste - dijo sonriendo - y eso que yo pensé que me odiabas. 



domingo, 28 de mayo de 2023

Prioridades, Sancho...

La relación con mis hermanas ya viene distante hace un buen tiempo. Yo no tengo ganas de mantener contacto con ellas por un sinfín de motivos, pero principalmente, con una de las dos viene complicado el asunto por su naturaleza conflictiva. Tiene problemas con todos, reúne cualidades que a mí me repelen y presenta un modelo de amor plenamente condicionante. Claro, a la primera de cambio, si no le decís todo que si, te agrede. Y pega feo, la verdad, porque en su sistema todos es celos, comparaciones, sacar ventaja, etc. 

Hoy sábado, justamente, discutí consigo. Y hoy de hecho, habíamos quedado en juntarnos todas las hermanas para ver a mis sobrinos. 

Mis sobrinos acostumbran a vernos juntas a su mamá , a su otra tía, y a mí. El mayor se pone loco de felicidad cuando lo vas a visitar o lo llevas a pasar un rato con vos. Donde va, se acuerda de nosotras.  

Ellos, y mucho menos el menor de ocho meses, no entienden de diferencias y tampoco creo que se tengan que enfrentar a eso siendo tan chiquitos. Por eso, sigo yendo a las reuniones, y pese a las diferencias.  Y en días como hoy, lo único que deseaba era no verle la cara a la paspada del medio. Con mí hermana mayor, la mamá de los niños, vaya y pase. Pero con la del medio, puf.  Me aguanté por mil las ganas de bañarla en puteadas por la cantidad de cosas que me dijo. 

Pienso. Pienso si voy.  Considero que tengo un compromiso con ellos de aportarle ideas positivas sobre la familia, la unión y lo importante. Es decir, lo que es importante más allá de cualquier diferencia. Pienso de nuevo.  Para mí, lo importante más allá de todo, siempre son ellos. Pienso que ellos son lo único que me importa ahora. 

Me digo entonces que aunque realmente ya no quiera compartir nada con mis hermanas, ni me interese tener un vínculo profundo con ellas, sí quiero estar con los niños. Es sencillo: esos niños me hacen sentir amada, tanto como los amo a ellos, y eso no hay nada que lo opaque. Se que un día dejarán de ser niños. Se que los tengo que valorar hoy en esta etapa, y el día de mañana, en la siguiente.  Que lo importante es estar presente para construir un vínculo de amor. Y que tengo la responsabilidad de estar para ellos, para ese vínculo, que ojalá nos una de por vida. 

M. mí sobrino mayor, se desarma de dulce. Hoy cuando llegué, me dijo: "estaba esperando que vinieras, tía". 

 ¿Que agregar? 

Pensé en no ir a la merienda. Lo pensé mucho , porque estoy en un punto de inflexión con el asunto y ya no soporto ser juzgada o menospreciada (cuando ninguna es más que ninguna). 

Pero por suerte también pensé en mis sobrinos y dije: "quiero estar para ellos, por si algún día me necesitan, para que sepan que pueden confiar en mí".  

Fui a la merienda. Puse mí mejor cara y a palabras necias oídos sordos. 

 Me sentí aliviada y mejor cuando escuché a mí sobrino decirme eso , y pensé lo importante que es cumplir con él y con su hermanito bebé. 

 Reconfirme mí camino con ellos y mí amor hacia ellos. Porque eso es lo único rescatable: el compromiso  y el amor del que realmente te espera y a quien vos pones también por encima de todo.  Eso sí es recíproco. Y es lo único que vale lo suficientemente la pena para seguir viéndome con ellas. 

Si no estuvieran los niños, creo que no tendría relación con mis hermanas. Pero mí sobrinos siguen esperando que toque su puerta. Y yo, por ellos, jamás voy a dejar de tocar. De llegar. De estar. 

Con todo lo demás, la verdad, siento que la vida hará lo suyo.  Seguramente, en unos años, me estén criticando por algo nuevo o diferente de lo que me critican ahora. ¿La respuesta? Ladran, Sancho, señal que cabalgamos. 





viernes, 26 de mayo de 2023

El deseo que somos

 Aunque parezca extraño, algo de lo que últimamente vengo trabajando para trabajar algo mayor es el deseo.  En éste espacio todo es deseo para mí. Yo escribo a partir del deseo y de la energía que me mueve para contar las cosas que me pasan, a veces por dentro, y otras veces, por dentro y hacia afuera.  También, menciono el deseo hacia cosas, actividades y personas. He relatado escenas de mi vida personal, apoyándome en el anonimato, para darle espacio al deseo. 

Pero, cabe decir, que en mi vida cotidiana reconocer mis deseos reales me cuesta un poco más que ponerlos en palabras. Convivir con ellos, el último año, ha sido particularmente difícil para mí. El deseo de terminar una carrera universitaria que amo y, por otro lado, el deber de estudiar otra cosa porque el trabajo me lo demanda a diario. El deseo de escribir y el tiempo que le debo dedicar a estudiar y a trabajar en la oficina. El deseo de leer literatura de cualquier procedencia y el deber de tener que leer - aunque sin quejas, porque lo elijo - teoría de Administración.  La necesidad de continuar con mis proyectos de escritura, tomar clases, querer ir a lugares que se relacionen con ello y, del otro lado, el apremio por el tiempo que tengo y las cosas a las cuales se lo debo proporcionar. 

Más allá de todo eso, en lo sentimental, el deseo también me pesa. Demás está decir que siento un deseo abrasador por un hombre que no es bueno para mí, que no me conviene y al cual no es correcto que ansíe de esa forma.  Y fue justamente esta situación de deseo insostenible lo que me llevó a mirar cara a cara a ésta corriente que es el deseo en las personas.  Y especialmente, ésta corriente aplicada a mí. 

Hace unas semanas, cuando tuve una charla importante para mí sobre lo que me ocurre con Javier, acabé por darme cuenta que en lo que respecta a su persona yo tengo miedo de mi propio deseo. Y por eso, me escondo mucho para no reconocerlo. Doy vueltas. Sufro como desgraciada por lo que me pasa por dentro y por lo que siento que no debería pasarme. Me siento culpable por desear lo que deseo y trato de olvidármelo.  Pero lo único que consigo es acallarlo por un tiempo, y que luego de ese plazo invariable de días o semanas, el deseo vuelva a hacer presencia de la manera más tonta cuando estoy con la guardia baja. 

¿Y hablo del deseo sexual? No, no me refiero a eso. Es mucho más simbólico, ya no se trata únicamente del cuerpo, sino, del deseo histórico al que no le pude poner espacio, es aquello que quedó atragantado y que me obligué a silenciar durante muchos años. El cuerpo es secundario, es solamente un medio, si  a todo eso me estoy enfrentando hoy. 

Recién el primero de mayo de éste año, pude decirle a Javier después de casi diez años de conocerlo que yo lo deseaba. Y eso, rompió absolutamente del todo una barrera porque me hizo dar cuenta que siempre le tuve miedo a mi deseo si del otro lado busqué , incasable, mil maneras de mantener el orden y tener el control. 

Javier es desorden para mí. Es todo lo malo, pero a la vez, lo más movilizante. Es el tipo que no me merece en lo absoluto, pero el que con sus energías, hace que yo me despierte una noche a las tres de la madrugada pensando en él.  El que me enfrenta a mis deseos, el que me enfrenta a mis contradicciones, el que me demuestra con su presencia y con todo lo que esa presencia me significa, que yo no soy la mujer pensante y ordenada que pensé toda mi vida que era. 

La vida me puso, curiosamente, en una situación muy paradójica para desafiar ese orden. Casi es como si me hubiese escaneado por dentro, dándose cuenta que mi único punto débil residía en no saber qué hacer si Javier se acercaba, y me lo hubiera puesto ése día en el camino. ¿Para qué, no? No tengo idea. Pero lo que sé es que la vida con eso me  puso frente a la única persona a la que yo no le había podido reconocer que lo deseaba, casi una década después, para ver qué hacía.  Y  no, no se lo grité en la cara. Al contrario. Seguí tratando de esconderlo, de evitarlo, de negarlo, de no hacerme preguntas.  Primero, porque estaba en pareja y quería muchísimo a Galeno. Segundo, porque Javier también estaba en pareja.  Y pese a todo,  a ese lío tan grande de contextos y compromisos, el deseo seguía brillando entre las grietas de una vida armada. Dejaba al descubierto una intensidad intraducible para mí, que me desesperaba, por no poder ordenar. Que me angustiaba. Que me hacía querer desaparecer solamente para no sentir nada. Que me volvía torpe, incauta, derrochadora, rebelde, transgresora e imprudente... 

Tiempo después, éste deseo fue lo que me llevó a hacer cosas pensando que el cuerpo reemplazaba a la palabra. El deseo fue lo que me puso de cara a todas mis miserias y me demostró que soy mucho más vulgar y torpe de lo que pensaba.  Pero además, el deseo hacia él, intacto aunque hubiera pasado casi una década, me demostró lo que realmente era sentirme viva. Intensamente viva otra vez.  Y ni siquiera eso alcanzó para que yo pudiera reconocerlo.  Ni siquiera eso fue suficiente para que se lo pudiera decir como una mujer se lo dice a un hombre que le ha movido siempre todos los órdenes que ha establecido en la vida. 

Hasta el primero de mayo de éste año, yo no pude hacerme cargo de mi deseo.  Tardé diez  en decirle la verdad, esa verdad que me volvió humana, y no la figura indomable que siempre creyó que era. Se lo dije, sí, usando las palabras que me salieron. Se lo dije diciéndole que no aguantaría, que no me provocara, que no jodiera, porque yo sentía, sentía demasiado, y un día de éstos, no lo iba a poder manejar bien, jugando a ser Teresa de Calcuta moderna.  Le dije que no me jugara bajo, que no me tentara más, porque no había persona que deseara tanto como yo tocarle el timbre de su casa y dejarlo con cara de niño en cumpleaños.  Le dije que ni siquiera él se imaginaba , deseándome también, lo que yo lo había respetado siempre y lo cansada que estaba de hacer todo para no corromperlo.  Le dije que yo sabía que él era corruptible y que por eso no hacía nada indebido, porque le tocaría las fibras íntimas y se cagaría encima. Le expliqué que sabía, que era obvio, que él me deseaba, que yo me daba cuenta de su energía, y que siempre hacía todo para no aprovecharme de poderlo como lo puedo, básicamente, porque él me puede a mí de la misma manera.  

Le pedí entonces, después de casi diez años de luchar contra todo esto que no había podido decirle nunca,  que sabiéndolo, por favor, no molestara. Le advertí que a partir de esa confesión, él sabría para siempre con quién estaba hablando. Con una mujer que lo deseaba, que tenía sangre en las venas y que no siempre iba a poder sostener las garantías de abstención que le había otorgado. 

¿Sirvió de algo, modificó la historia? Sí. Me sirvió a mí. Ahora sé que, pase lo que pase, decirle que lo deseaba, que lo deseo, no va a ser algo con lo que me vaya a morir. Él no va a morir sin saberlo, como pensaba. No se va a ir de éste mundo sin la certeza de que lo deseo, de la misma manera, en que yo no moriré sin saber lo que se siente acostarme consigo. 

¿Está bien, está mal? ¿Quién lo sabe? A veces las cosas no se tratan de lo que parece que se tratan. 

Pude reconocer mi deseo con el hombre que pensé que la vida me había privado. El tipo con el que todo había sido un no. Se lo dije, finalmente, se lo pude decir. Le dije la verdad. Lo que me movió siempre, más allá de la moral. 

Y decirlo, pese a que no fue correcto, ha sido una decisión adecuada. Desde entonces, manejo éste deseo mucho mejor, sin transgresiones. Sé que lo siento. Le puse un nombre. Lo dije. El otro lo sabe. Y puede hacer lo que quiera con eso porque al menos, ahora, ni él ni yo, estamos negando nada.  Ninguno de los dos. Nada. ¿Si ha vuelto a pasar algo? No. Llamar a las cosas por su nombre no hace que uno se tire al precipicio. Hace que viva con menos carga. Y eso intento, después de todo. 

Hoy las cosas, finalmente, son como son pero... con más palabras. Con menos deudas. Con pendientes de otro estilo, y por otras causas, a la fecha. 

Eso no quiere decir que vaya a tocar su puerta ni que me deje provocar por sus influjos. Significa que después de esconderlo desde los 19 años por sentir que estaba mal desear a un tipo grande de semejante forma, pude decirlo y no me voy a morir con eso. 




lunes, 22 de mayo de 2023

La dureza viene de adentro

 Es curioso pero, con el paso de los años, la relación con mis hermanas cambió mucho. Ya no me llevo tan bien como nos llevábamos antes, siendo franca. Ya no soy tan unida a ellas. Ya llegamos a un punto donde estamos todas grandes y diferimos en bastantes cosas. 

¿Qué nos une? Los hijos de mí hermana mayor. Mi sobrinito mayor que es todo y mí sobrinito menor que es todo.  Pero al margen del amor por ellos, no sé hasta qué punto es fuerte el afecto entre nosotras. 

En lo personal, desde 2021 me alejé simbólicamente de ambas.  Fue un año donde necesité su apoyo y noté que jamás se preocuparon por otra cosa que no fuera juzgar. En un momento de necesidad económica, que fue lo que me cambió notablemente, me juzgaron diciendo que era mí culpa por no haberme administrado bien, cuando en realidad, yo siempre trabajé para (además de pagarme la universidad) colaborar con los gastos en mi casa.  Y eso es algo que yo mantengo a resguardo con mis padres. Algo que ellas no saben y que no me interesa contar, porque son personas muy poco empáticas y porque jamás colaboraron en mi casa mientras vivían aquí.  

Mis padres, a ellas , no les exigían nada económicamente. Les pagaron carreras universitarias completas sin ellas tener trabajar. Y hasta que se independizaron a sus veintiocho años (la edad que yo tengo hoy en día) NUNCA PUSIERON NADA PARA COLABORAR CON LOS GASTOS.  Eso, por curioso o paradójico que parezca, no fue jamás un reclamo de mis papás. Mí papá siempre trabajó para su casa y para nosotras, sus hijas, pero ninguna persona se animó a ayudarlo. A luchar por ayudarlo hasta que lo entienda. Principalmente, porque al haber tenido tantas carencias económicas y afectivas, el siempre quiso que nuestra vida fuera mejor.  Pero creo que se le fue la mano y en el presente, viendo la actitud que tienen mis dos hermanas conmigo, él me ha dicho que siente que se equivocó con la crianza que les dio. Dice que tendrían que haber hecho lo que hice yo, así, valoraban más las cosas.  

La parte mala de eso es que mi padre defiende mi posición, y cuando ve que me tiran abajo con algo, saca a colación el que yo trabajé desde mucho antes, que estudié, y eso complica bastante el vínculo con mis hermanas. 

Aunque no lo reconozcan, y juzguen, en el fondo, yo creo que tienen celos. Y me cuesta reconocerlo más a mí que a ellas, porque es muy feo ver que tus hermanos te tienen celos. Especialmente, porque ambas siempre fueron importantes para mí y siempre las quise demasiado. Pero sí, le doy mil vueltas y siento que va mucho por ahí tanto juicio negativo, tanto problema por todo, tanta crítica.  Parecería que en la adultez, se han despertado comparaciones tontas, clasistas, etc. Cosas que, siendo todas pares, empiezan a generar rispideces. Al menos, en ellas, porque para mí debería ser la mejor época para disfrutar estando juntas, y siendo jóvenes, viendo crecer a los chicos. 

¿Celos de qué? Es algo que he charlado en terapia y con mis padres, porque no lo entiendo, no entiendo qué produce algo así. He llegado a tener algunas hipótesis sobre el origen de esta cruzada y creo vislumbrar algunos motivos. Celos de la relación que tengo con mis padres. De que yo esté en mí casa con ellos, todavía por circunstancias de la vida, y conviva bien. Celos porque tengo mi espacio personal dentro de mi casa, porque "nadie me molesta". Celos porque mis padres me consideren, es decir, que mi papá va al super y siempre me trae algo y mi vieja me suele hacer mis comidas favoritas para cuando vengo de la facultad. Celos porque yo llevo picada los viernes o pancitos para compartir, y eso hacemos, compartir; algo que con ellas no se dio. Celos porque yo soy la hermana más chica y siempre tuve otras libertades. Celos porque mis papás jamás se metieron en el afán de decirme "con ésta persona sí salís y con ésta no te conviene", ni siquiera, cuando era adolescente y estaba enamorada de una persona que ciertamente era mucho más grande, y salíamos. 

Sí, celos. Es una salida fácil sentir celos de alguien antes que reconocer que todo lo que tiene puede ser el mérito de haber tomado otras decisiones. Yo no veo nada de malo en mirar a mis padres con compasión, respeto por la educación que me dieron y por el sacrificio que hicieron por mí. Hasta que sea una señora de cien años, si llego viva, yo seguiré intentando siempre mirarlos con más amor que prejuicios o reproches.  

Y aunque entiendo que mis hermanas no hicieron esto, ni vivieron una relación tan buena con mis padres, no siento que me merezca la trasferencia del rencor. Tampoco siento que me merezca el golpe gratis, como si tratar de tener un vínculo normal con tus padres fuera un pecado. 

Yo elegí qué poner en la balanza con mis padres y accionar siempre desde ese lugar. Y mis padres, por suerte, me han devuelto cosas bonitas. Diferentes a la crianza que le dieron a mis hermanas, siendo que ellas también eran diferentes con ellos. 

II. 

¿Qué hacen conmigo las dos? Pese a que no me considero una mala hermana ni una mala tía, jamás me reconocen nada bueno. Jamás. Al contrario.  Me matan. Juzgan, se meten en todo, dan opiniones que no les pertenece dar, critican, menosprecian, miran la vida que yo armo con prejuicios y permanentes comparaciones. 

Critican todo de mí, más que cualquier otra persona que me trate. Eso, la cercanía que creen habilitante, es realmente entre doloroso y cansador porque yo lo que menos hago es meterme en sus vidas, pese a que estoy totalmente en desacuerdo respecto de muchas cosas.  Ellas creen que tienen las vidas perfectas y yo creo que el día en que me decida a hablar, no les va a quedar resto para ningún comentario malicioso. 

¿Si me defiendo? Sí. Pero me guardo también buena parte de las ganas de mandarlas a cagar y no hablarles más.  ¿Por qué no lo hago? Por mis sobrinos, porque quiero seguir en contacto con ellos y quiero verlos crecer.  Sólo por ellos.  Por asistir a sus vidas, porque tengan una tía presente, que los ama, que los consiente y que los valora muchísimo más de lo que ellos se imaginan; incluso, al punto de ponerlos primero. 

¿Por qué no les pago con la misma moneda, y critico sus vidas, y destilo veneno? Porque siento y creo firmemente que no me corresponde, que los hermanos no están ahí para eso. Considero además que  somos todas grandes y cada una hace lo que le parece, y ni qué decir sobre eso de juzgar a la gente. Para mí, las personas que juzgan, se tienen que meter la lengua en el culo. Así si,  haciendo todo muy resumido y gráfico. 

¿Cuál es el eje del conflicto? Que ésta potestad sobre la propia vida,  parecería que no aplica para mí. Mí vida siempre está en tela de juicio. El trabajo que tengo, la universidad donde voy - dicen que es más fácil que las otras, ojo -, la pareja que tenía en su momento porque era mucho mayor, las amistades de entonces, los intereses, la forma de ver el mundo o el hecho de ser acusada por "demasiado sensible, demasiado vueltera, demasiado complicada".  Lo indignante es que no conocen nada de lo que realmente sucede y he llegado a escuchar cada barbaridad que me hace pensar dónde es que realmente están los enemigos. 

Ellas no me preguntan nada directamente. Solo juzgan. Sí, es algo muy triste pero  las personas que más me juzgan son ellas: mis dos hermanas. No son otras personas las que me critican, opinan o bardean, son ellas, las personas que me conocen desde que nací y que saben o deberían saber quién soy.   Y eso es entre doloroso pero además violento para mí, porque lo considero una falta de respeto permanente a la intimidad. 

¿Quiénes creen que son para que una persona les tenga que estar dando explicaciones todo el tiempo, no? Es una postura errónea. ¿Cuántas cosas podría juzgar yo de ellas, por otra parte, si así fuera? Juro que no son buenos ejemplos de humidad y don de gente. Más bien, son el producto promedio de esta sociedad moderna y egoísta, que tiene como resultado personas con problemas de conciencia de clase, poca empatía y muchos prejuicios.  Personas incapaces de mirar la realidad, las necesidades y las batallas de las personas que tienen a su lado. 

Sin ir más lejos, ellas desprecian a mis padres. A mi mamá porque siempre fue muy pasiva y poco eficaz para el trabajo fuera del hogar. A mí papá, por sentirlo tosco y de poca cultura, aunque dejó su salud para trabajar en función de nosotras fuera del hogar. Ambos hicieron parte del trabajo: mi mamá, desde adentro, y mi papá, desde afuera. Y eso, ellas, lo tomaron como algo natural, como lo dado por derecho, que pasaba en todas las casas, como algo que no implicaba un sacrificio de alguien cercano. Y ese sacrificio quedó totalmente silenciado. 

Ahora, cuando somos tres mujeres ya adultas, pero jóvenes aún, me dicen siempre todo lo que debería hacer y no hago. Me marcan todo lo que está mal según sus propios parámetros y siempre va dirigido con tono acusatorio.  

Me dicen que ya me debería haber mudado, cuando ellas se pudieron mudar a mi edad, porque lo hicieron con alguien más y no porque les alcanzara. Es decir, que me exigen algo ya mismo cuando ni siquiera han podido lograrlo para sus vidas. 

También dicen que debería tener un mejor trabajo, que trabajo en un lugar donde me pagan poco, pero yo valoro mi trabajo porque sin dudas sé que es parte de un camino hacia otro lugar mejor.  Cuando no tenía trabajo, me decían que me tenía que ir a limpiar casas porque me tomo unos meses conseguir un trabajo asociado a mí verdadera experiencia laboral.   Cuando estudiaba Letras, me decían que me iba a cagar de hambre. Cuando me puse a estudiar otra carrera, para estar mejor profesional y económicamente,  me decían que me tenía que recibir primero de Letras y que cómo yo - que siempre me costó Matemática - me iba a poner a  estudiar Ciencias Económicas. ¿Una perla?  A los pocos meses, una de mis hermanas, empezó a estudiar la misma carrera en otra facultad. ¿Contagio? ¿O pensar "si ésta loca se animó, yo no puedo ser menos"?

También dicen que yo malgasto el dinero. Que compro demasiado y que debería ahorrar. Si me ven con algo  de ropa nueva, y aunque ni lo digan, se les nota el interés en los ojos.  Están pendientes de lo que uso, aunque yo no haga referencia a eso. Si vienen a mi casa, a veces pasan por mi cuarto y se burlan porque dicen que tengo demasiadas cremas, perfumes y prendas, como si les molestara.  

Ambas tienen la fantasía de que yo tengo una vida más fácil que ellas; que a mí todo me cae del cielo y que no tengo problemas con nada.  Tienen la fantasía de que soy la eterna consentida y por eso no me voy de mí casa.  Me dicen que ya estoy grande, que me ajuste y me vaya a vivir sola a dónde sea. Que deje de estar pegada a mis padres, que no crezco.  Pero no todo es lo que parece. 

A veces , no voy a mentir, me amargo mucho por todo esto, por las boludeces que escucho, porque no lo puedo creer, cómo hay gente tan cara de mármol. Nadie se imagina cuánto me esfuerzo. Cuánto sacrificio hago a diario. Nadie sabe que yo siempre tengo un ojo en mis necesidades pero que jamás permitiría que a mis papás les falte algo. Ellas no saben que yo gano un sueldo promedio, que no es de los altos siendo honesta, y que con eso pago cuentas, colaboro en mi casa, me pago hasta lo que respiro, me costeo la universidad y me compro mis cosas. Como cualquier mujer joven y funcional que aunque no pague un alquiler tiene un racimo de gastos fijos equivalentes. 

¿Por qué no lo digo, no saco mi reseña? Porque no lo hago para sacar provecho y compararme. Todo lo que hago para el bienestar de mis padres, por ejemplo, que no siempre es dinero, es algo que lo hago por ellos y por mí. Que no me interesa publicar. Cada decisión que tomo, tiene fundamentos. Cada elección, el momento donde ocurren las cosas o con quiénes, está pensado. Todo, pero todo, en mis movimientos,  tiene un sentido. Y ellas, como no lo saben, han operado igual que el enemigo interior de una nación prolífica.  ¿Qué hacer entonces con todo esto? Tener las cosas en claro.  Continuar sosteniendo mis ideales y demostrando que con mi vida, simplemente, haré lo que me parezca y eso no va a cambiar por nada de lo que ellas digan. 

Sé que ellas están pendientes de las comparaciones superfluas. Me tildan de superficial, de "milipili" y de asquerosa.  Han llegado a decir que yo soy incapaz de salir con alguien que no tenga una buena situación económica porque me importa demasiado el dinero. Dictan que debo conseguirme un novio joven.  Que soy antisocial. Que soy caprichosa. Que soy egoísta y que soy miserable con el dinero, cuando lo que más me gusta en la vida es hacer circular el dinero como medio para vivir mejor. 

A mis dos hermanas no les falta nada en apariencia. Tienen salud y muy buenos trabajos con muy buenos sueldos.  Tienen un lugar donde vivir diez veces más lindo que dónde crecimos. Tienen a sus maridos.  Mí hermana tiene dos hijos que están sanos gracias a Dios, que son hermosos y buenos, que no tienen dificultades para desarrollarse.  Mí otra hermana (del medio) no tiene hijos pero tiene una perrita muy linda, que la adora, y no le falta oportunidad de compartir con sus amigos. 

¿Cómo van a juzgar así a un hermano, si no les falta nada, si tienen más que mucha gente en éste momento del mundo? 

Yo siempre creí que como les va mejor que a mí jamás me iban a juzgar de esta manera. Pensé que dos personas con esas bendiciones (cosa que me pone contenta más allá de como me tratan y de como yo me defiendo muchas veces con violencia y ferocidad) jamás estarían tan expectantes con mí vida. 

Indudablemente, sé que ven en mí que las aterra.  De otro modo,  si uno no constituye una amenaza para alguien, en algún aspecto, no te tomas el trabajo de matarlo así siempre que te vinculas. Lo que espero es que la vida les demuestre que con estos valores, y esta manera de ver y de valorar, también se llega muy lejos. Aunque me este tomando más tiempo. 

Yo sé que todo se me va a dar, realmente lo sé.  Trabajo muchísimo para que suceda y mientras voy esquivando las piedras y disfrutando lo que pueda. Sé que yo puedo, que tengo condiciones para que me vaya bien y sé que hay mucha voluntad y esfuerzo sobre las oportunidades que me puso la vida. Agradezco siempre por lo poco o lo mucho que la vida trae a diario y lo que más me importa es hacer todo lo que esté en mi mano para tener una linda vida. Lo que yo creo que será una linda vida para mí por lo menos. 

Y ante eso, no hay dureza que pueda.  Yo sé que aunque me tome más tiempo, mientras que para mi esté bien, no tengo que sentir dolor por sus palabras. Es un ejercicio que intento y mucho. 

domingo, 21 de mayo de 2023

Un tercer camino

La última vez que hablamos, él sacó el tema de un evento que compartimos hace muchos años. Yo tenía 19 años. Javier tenía sus 42. Lo único que me dijo de ese evento mirándolo a través de sus recuerdos de 2014, cuando le comenté que en ese momento había aceptado abiertamente su negativa a estar conmigo, fue que yo era muy joven. Si, así recordábamos el mismo día: él pensando que era joven y sin mirarme de esa forma; y yo pensando que estaba atontada por tanto amor. 

Hace unas semanas de causalidad encontré fotos de ese mismo evento. Pareció joda cuando me llegó la notificación del recuerdo de una vieja compañera y estábamos los dos etiquetados en el álbum de fotos, pero no fue joda, más bien, fue memoria.    Lo vi a Javier tan joven como entonces era y supe sin dudas que en esa época estaba más prolijo, más lindo y considerablemente más joven. Lo comparé con el Javier del presente, que cumplirá 52 a fin de año, y me quedé pensando qué deseo yo de él; si lo que fue y lo que no pudimos disfrutar o lo que es y no apruebo por mi moral, mi educación y todo ese paquete de privaciones que los adultos solemos tener. 

También me vi a mí: sí, era joven, es cierto, y la cantidad de miedo con el que luchaba no ayudaba mucho. Pero creo que no merecía éste regreso ni tampoco ése desaliento de movida, sin siquiera darme chance. Javier no me tuvo fe. Eso fue lo que pasó, hoy a la distancia ya le encontré palabras. Él jamás me tuvo fe. Creyó que por ser más grande que yo se las sabía todas y me subestimó sin darme la oportunidad de jugársela verdaderamente. 

Y ahora viene, casi diez años después, a ponerse en mi vida a la fuerza, queriendo que ocupe un lugar de mierda, incorrecto, torpe, que enseguida se le desordenará como se le viene desordenando hace un año. 

Un año, sí. 

Los procesos con Javier duran más que demasiado. 

II. 

Tenía el pelo corto, con rulos, y me lo cuidaba con lo que podía, casi no tenía productos de belleza. Tampoco tenía la posibilidad de comprarme tanta ropa linda. Me sentía insegura con mi cuerpo. Tenía complejos con la espasticidad. Necesitaba esconderme. Me daba vergüenza hablar con gente. Creía que estaba gorda. No tenía dinero para hacer grandes cambios estéticos.   Y curiosamente, pese a todo, por Javier sí quería ser mirada.  Pero Javier no miraba, obvio, atravesado por su propia historia y sus propios miedos, y creo que ni aunque yo hubiese estado buenísima él me hubiera mirado, principalmente, porque carecía de esa capacidad. 

Paradójicamente, y pese a ese historial de inseguridad sobre la mirada de Javier, el día dónde todo cambió en 2022 yo estaba vestida con ropa deportiva, lentes de sol y sin nada de maquillaje. Ni siquiera mí pelo estaba en su mejor día.  Era domingo. ¿Qué me iba a imaginar? 

Cuando entré al comedor de su casa, muy tranquila, me saqué la campera deportiva y me senté en la silla más cercana a la puerta, mientras él preparaba el mate y yo iba dejando la bolsa con parte de mi compra. Abajo de la campera, tenía una remera cualquiera. Pisaba su piso con zapatillas deportivas, no tenía cartera, y andaba encima con una bolsa ecológica de supermercado. Tenía ojeras y mi habitual brote de rosácea bajo el protector solar. Es decir, que el día donde Javier cayó en cuentas de todo, a mí me encontró con todas y cada una de mis inseguridades. Y no me importó. 

Claro, ya no era una pendeja.  Era una mujer que, más allá de su apariencia estética o física, le habló de su trabajo, de la inflación, de política, de experiencias. Lo interpretó, lo interpeló, le hizo chistes y hasta lo miró con un gesto burlón de superioridad simbólica por poder - al menos ahí - manejar mejor que él la situación. 

III. 

Creo que ese día, con esa charla, a él se le desarmó todo el campo de privaciones que lo habían unido a mi persona. Pero ¿que importa él? A mí me pasó lo mismo. Nos vi tantos años después sentados en la cocina de su casa igual que la noche de la despedida; hablando contra todos los pronósticos posibles, riéndonos como si el tiempo no hubiese pasado luego de un silencio manifiestamente sostenido durante años.  ¿Cómo no iba a afectarme? Me mató.

- ¿Qué? - le dije a Javier, en un momento de esa mateada amistosa. 

Me miraba como si se le estuvieran pasando titulares por la cabeza. Como si estuviera entendiendo algo. 

- Nada. Estás hecha una mujer - observó - no sos una nena... Me hablás re seria... De cosas serias, también.... - comentó - Creciste 

Noté que se puso colorado. 

- Y  sí, Javi - concedí, con tranquilidad y con seguridad en mi misma - ya crecí, sí. Tengo veintisiete años ahora, vos me conociste hace mucho tiempo.... Bah, nosotros dos ya nos conocemos desde hace mucho pero se modificaron cosas... es normal - le dije. 

Javier me sonrió. 

-En algunas cosas, estás igual que siempre. 

Lo miré, me reí y no le dije nada. 

- Hacía mucho tiempo que no hablábamos, es lógico. Lo que pasa es que, bueno, obviamente, tengo otros gustos y otros intereses que vos no conocías. Cosas que se dieron cuando ya no nos dábamos. 

- Sí. Hacía mucho tiempo que no hablábamos así. No... - dudó - no hablábamos antes - dijo. 

Se rió. 

- No, me parece que estaba bien. Habían pasado demasiadas cosas y no tenía ganas de hablar con vos.  El tiempo siempre ayuda. Por eso mismo ahora podemos estar acá, hablando lo más bien, y con la naturalidad que en ese momento no teníamos. 

- Es cierto, sí. Pero... ¿por qué no hablabas conmigo, guacha? Me ignorabas. 

- Porque para mí era lo mejor - dije nada más y me reí - Era lo mejor igual. ¿De qué íbamos a hablar? Estaba todo complicado para nosotros en esa época. Fue una decisión buena no hablar más. 

Puso cara de disgusto. 

- Yo me acuerdo de todo, sí. Pero no sé... bueno - suspiró y se quedó callado de pronto - Ahora sí estás hablando conmigo y me alegra. Me pone bien que me cuentes, que hables. Hacía mucho que no hablabas así conmigo. 

- Todo bien, sí. Ahora es otra cosa - le dije, advirtiéndole, solapadamente. 

- ¿Y tu trabajo, en qué estás? ¿Clases no, no? 

- No. Fue un proceso todo eso. Hasta hace un meses atrás, estaba sin laburo, trabajando por mi cuenta como Licenciada en Letras, haciendo servicios de corrección. 

Sonrió y asintió. 

- Después, encontré en una oficina y estoy. 

- ¿Capital? 

- Sí, CABA. ¿Vos, seguís por ahí también? 

- Sí. Pero me mudé de oficina. Ya no estoy más donde conocés vos. Me mudé a ****. 

- Ah sí. Estás cerca, igual, cerca de la playa de estacionamiento... - le comenté. 

- Claaro. Estoy ahí.  

Hablábamos de lugares, de cosas y de acontecimientos que habían pasado hacía ocho años. Las épocas donde yo con diecinueve iba a buscarlo a su oficina , o él se quedaba hasta más tarde adelantando trabajo hasta que yo llegara de la facultad, para volver juntos a nuestro barrio.  ¿Cómo es que lo decía tan fresco, casi como si hubiese ocurrido el mes pasado? ¿Cómo le parecía normal que yo me acordaba la calle de su oficina, o que él se acordara de que yo conocía su oficina, tantos años después? 

La memoria de Javier, a través de sus palabras, ese día, me conmovió a fuego. ¿De verdad se acordaba de eso, de esos días, de mí, de los motivos por los cuales íbamos juntos a nuestro barrio? ¿Y por qué no me lo había dicho antes? ¿Por qué esperar tantos años? 

- Mirá vos. Bueno, vos sos trabajador de CABA, sin dudas. A mí me gusta, la verdad, pero si pudiera... Cambiaría. Hoy en día estoy trabajando en un lugar que es muy concheto, no me siento cómoda - le comenté. 

Javier se rió. 

- ¿Por qué? Contame todo. 

- No, por eso. Son muy agrandados algunos. Y yo, soy de otra forma, vos me conocés. Quiero ir, trabajar, no joder a nadie, e irme a casa. Pero bueno, tienen un poco de prejuicios con la gente del Conurbano y yo soy mala para fumarme esas cosas... 

- Sí, ya me acuerdo como sos - dijo, y se rió - Contestataria, revolucionaria... Tirás veinte tiros, decís las cosas de frente... 

Me reí. 

- En mi defensa, te puedo decir que no soy un poco más moderada en el trabajo, no soy como conociste.  Pero hay cosas que yo no me puedo callar, no puedo maquillar... Y todo ese caretaje, toda esta pancarta de los trabajos bien... es una mentira enorme - le comenté. 

Javier me sonrió. Encantado. Enseguida, suspiró: 

- Qué hija de puta que sos - dijo, carcajeando - Yo ya sé lo que hacés con las cosas que no te podés callar, me acuerdo, sí...  No hace  falta que me expliques naada - bromeó. 

-Bueno, por eso - le dije, siendo prudente - Esto es lo que hay. Esto soy. 

- Sí, y no te guardás nada. Como siempre. Seguís ahí, rompedora... En eso, estás igualita. 

Suspiré. 

- Vos sabés, porque me conocés hace muchos años, que a mí me caen mal estas cosas. Me cuesta mucho callarme frente a algunas situaciones o aceptar todo como si fuera lo mismo... 

- No, pero si claro que me acuerdo - dijo, con humor - Sé muuy bien cómo hacés con esas cosas. Vas, encarás a la persona, y se lo decís. No la dejás pensar, no la dejás analizar nada... Vos vas, decidida, se lo tirás todo y arreglate. Lo digo por experiencia propia, lo sufrí en carne propia - dijo. 

Lo miré y me reí. 

- Bueno, pero ésto es otra cosa. En su momento, con vos, yo te dije lo que me parecía correcto. Igual ya está. 

- ¿Estás enojada conmigo por eso? ¿Me odias? - me preguntó, serio. 

- No - dije. 

- ¿Segura? 

- Obvio. 

- ¿Pero estuviste enojada conmigo, no? 

- Sí, durante mucho tiempo, estaba dolida. Después pasó. El tiempo siempre acomoda las cosas y hizo eso en todo sentido. 

- ¿Y me odiabas? 

- No, boludo. ¿Cómo te voy a odiar, a vos? No. Pero no implicaba que tuviera que hablar con vos o tratarte bien. 

- ¿Por queeee? ¿Por qué guacha? 

- Porque sí. A mí me costó en su momento pero fue lo mejor porque se me complicaba. Ésto, ésto que estamos haciendo ahora, hablar sin que sea difícil, ninguno de los dos lo podía hacer.  Por eso no te hablé más. 

Javier se quedó callado. Asintió con la cabeza. Ese silencio fue clave, pero además, incómodo. 

- Bueno, me voy a ir que me va a cerrar el supermercado - dije, cortando ese reencuentro casual para siempre.  O al menos, eso pensé.  Él no me contestó nada. 

 Me levanté de la silla, me puse la campera y mientras me estaba subiendo el cierre, Javier se me acercó y sin previo aviso me dio un abrazo y un beso en la cabeza sin soltarme.  

En ese instante, lo recuerdo a la fecha, yo me desarmé. Me quedé como tonta sin entender por qué alguien que jamás me quiso, desde mi punto de vista, hablaba así conmigo y hacía todo eso. 

- Seguís igual - dijo, todavía abrazándome - revolucionaria como siempre... En eso, no cambiaste. 

Me reí y no lo miré de frente porque sentí que iba a pasar algo que hasta el momento no había pasado.  

- Bueno, me voy. Gracias por el vino y por los mates. Me cae bien tu perro, Javi. 

Javier se rió. 

- Después contame si te gustó el vino ¿eh? Compro seguido en esa bodega, te puedo pedir para vos... 

- Dale, sí, veo si me gusta y si no lo consigo, te aviso - le contesté. 

Trataba de evitar lo que sería inevitable. Un par de horas más tarde, yo estaría en su casa, tomando un vino diferente al que me había regalado, comiendo una picada, y escuchándole decir: 

- Hoy cuando te ví, al mediodía, y charlamos me di cuenta que estás hecha una mujer hermosa. Estás muy bien, ¿sabés? En todo.  Te convertiste en una mujer que está muuuuy bien - aclaró. 

¿Qué quedó en orden después de la charla? Pues nada. Todavía hoy, Javier se acerca por el cariño que seguramente le tuvo a la persona que era a los diecinueve años, de quien conoció todos los miedos y el amor que le tenía. Pero esa simpatía, ese cariño virginal que me puede llegar a tener, se encuentra con la mujer de veintiocho que además de inspirarle ese compuesto tan raro a nivel histórico, lo atrae en otros sentidos que no son solamente sexuales, aunque ocupan un gran espacio. 

Desde estos veintiocho le pregunté qué mierda era lo que le pasaba conmigo, que siempre se pone tan raro, tan vueltero, cuando los hombres en realidad no suelen ser así sin persiguen un fin sexual.  Me dijo que yo lo puedo, que ése era el problema, que yo lo puedo.  Recuerdo haberlo mirado, con sorna y haberle dicho: 

- Qué novedad. Vos también me podés a mí, boludo. 

No le comenté, y creo que nunca voy a decirle, que desde que tenía 19 años me llegaron indirectas sobre cómo nos llevábamos.  Una persona que nos conoció a ambos, y bien, me dijo: "yo no se lo pido, porque me va a decir que no; pero si se lo pedís vos, estoy segura de que te va a decir que sí.  Con todos tiene una forma de decirnos que no, sin quedar mal, pero con vos es distinto... ". 

Hoy pienso que ya sé por qué lo es. Y que es una pena que, con todo lo que pasó en estos diez años, él vuelva ahora en su maraña de líos, de culpa, de deseos y de mochilas de otros y no tenga las pelotas bien puestas para soltarme o bien para vivirla. Pero no quiero que sea una pena por siempre.  

Es por eso que intentaré crear un tercer camino. Algo que no sea drástico, porque con eso, ninguno de los dos puede vivir. Pero además, algo que no sea hiriente para nadie.  Un tercer camino, eso, un camino que no se trate de dinamitar todo o de acumular más dolor.  


jueves, 18 de mayo de 2023

Escribir

Ayer empecé a tomar clases, estilo taller de corrección, con un escritor conocido en el ambiente que me recomendó El Ingeniero en el verano. Yo no lo conocía pero, claro, en cuanto ingresé a su perfil de Instagram, caí en cuentas. Lo sigue Galeno, inclusive, y es muy admirado y respetado en el ambiente. Fue editado firmas conocidísimas y suele ir a charlas, conferencias, congresos. 

¿Es barato, accesible o regalón con sus visiones elogiosas? No. Nada de eso. El ingeniero ya me había dicho que te podía romper un texto en dos o que te podía ayudar a pulirlo. Así que me mandé. 
Y supe, después de la charla, que vale cada centavo, cada minuto en la oficina calcada día tras día, componiendo el papel de mujer contable, poner esa plata para ese gustito. 

Con L. tuvimos una videollamada larga. Le mostré algunos textos, le conté más o menos lo que estoy necesitando y me preguntó muchas cosas para conocerme mejor. Le dije que había estudiado Letras, casi completando la carrera, y que actualmente no la estudiaba, que estaba haciendo la carrera de Administración de Empresas y trabajando como encargada de una Administración. Le comenté, además, que buscaba un espacio donde trabajar la escritura lejos de la academia y olvidarme un poco de las nociones ordenadas y formales que me habían enseñado en la carrera, porque sentía que estaba en un mundo distinto y no quería perder el propio.   Le dije la verdad, que yo amaba escribir y que lo hacía a diario, pero que me costaba mostrar textos porque era muy formal en la vida cotidiana. 

Después de esa breve presentación, le mostré en lo que vengo trabajando desde el verano. Leímos en voz alta. Corregimos. Debatimos algunas cosas acerca del texto que le presenté.  Me marcó varios puntos sobre la escritura de los cuales yo no tenía idea, básicamente, por escribirla. Comentó recursos que uso sin darme cuenta, casi de pura suerte.  Tomé nota de todo y prometí seguir escribiendo. Me recomendó algunas películas y textos sobre el oficio para que vaya leyendo y para que pueda ir nutriendo la parte no formal, aplicada al oficio de escritura, que no es en sí la Literatura como ciencia del lenguaje. 

Después de leer los dos primeros párrafos, me dijo: 

 - Mirá, yo no te tenía mucha fe, voy a ser sincero... Pero escribís muy bien, así que te voy a exigir el doble. Si ya empezás así, no me quiero imaginar... ¿Leíste a ****? 

- No. 

- Bueno, tenés que leerlo. Es una linda lectura pero, para vos, es obligatoria. Necesitás leer eso, porque si escribís así sin haber leído ese libro... Veinteava, qué sorpresa, realmente. Qué sorpresa. 

- Bárbaro, sí. No hay problema. Yo estoy dispuesta a aprender o a modificar. Lo vemos, dale. 

Siguió corrigiendo. Seguimos leyendo.  Corregimos cuestiones gramaticales, siempre con explicación y debate. Le pregunté algunas cosas y le comenté otras. 

- Pendeja - me dijo, entre risas, por un chiste que acababa de hacer en el texto con esa palabra -  ¿dónde estabas? 

- Leyendo y teniendo vergüenza, creo - le dije, entre risas, y obvio , con pudor. 

- Bueno, estoy muy sorprendido - dijo, para despedirse - Le debés muchas novelas al mundo. También, te las debés a vos. Tenés que escribir, escribí mucho, pero mucho. En serio. Es un deber para vos. 

Más tarde, en cuanto terminé la clase, le mandé un audio al Ingeniero contándole la experiencia. Me dijo que éste señor literato no regala elogios. Que si me dijo todo eso, al menos para él, debe ser cierto.   Le agradecí el comentario, la recomendación, el haberme insistido para que me anote en su alumnado. Para que pierda la vergüenza y para que vuelva un poco a conectar conmigo misma, con la verdadera pasión. 

Entre tantas decisiones falopa que tomé, en los últimos dos años, no puedo alejarme de lo único que me salvó la vida: la escritura. 

Así que acá empezamos, a trabajar con L, viendo en qué termina esta aventura literaria. 






sábado, 13 de mayo de 2023

"Decir no , decir no"

¿Cómo le decís a la persona que más amaste, en la cara, que se sacó las ganas con vos? ¿Cómo te le reís en el rostro? ¿Cómo adornas lo que no tenes? ¿Cómo disimulas todo lo que te carcome? ¿Cómo lo ignoras? ¿Cómo lo coges sin amor y sin ternura y sin un abrazo demás? ¿Cómo decidís a diario no escribirle para no llenarte de la vida de quilombos?  ¿Cómo no te duele que no te elija a vos para lo que quisieras ser elegida? ¿Cómo no te duele que ojalá te hubiera elegido para no tener que vivir todo esto de ésta manera? 

¿Cómo menosprecias lo que esperaste años para no problematizar y que te vuelva a doler la misma cosa? ¿Cómo le decís "yo no espero nada de vos" después de que lo esperabaste ocho años? ¿Cómo lo haces dudar de si mismo, para que se aleje, cuando vos sabés que eso es una forrada muy eficaz, pero forrada al fin? ¿Cómo soportás saber que la persona que querés no es la persona buena para vos? ¿Cómo decidís y sostenés esa renuncia que te saca las ganas de todo? 

¿Cómo lo frenas cuando lo único que querés es que te bese y haga todo lo que desea y deseas? ¿Cómo no querés tomarte un vino desnudos en un lugar distante y alejado de todos? ¿Cómo no querés decirle "si, vamos a cualquier lado, vamos a dónde sea" y nos quedamos juntos y solos y lejos de todo este quilombo? ¿Cómo lo tratás mal y le decis "no me escribas más porque si me escribís yo no te voy a contestar", pero en el fondo, lo hacés por obligación y no porque no querés que no lo haga? 

¿Cómo no lo ayudas a que te saque toda la ropa, a qué te abrace y te bese de nuevo? ¿Cómo haces?  ¿Cómo haces para bancar? ¿Cómo negas que lo pensas, que dudas de todo, que tenés miedo y ansiedad? ¿Cómo lo ves pedirte de mil maneras que te entregues y sostenes ese no deber entregarte? 

¿Cómo le explicas a alguien que no lo fuiste a buscar ni te fuiste a meter en ningún lado, y que la dificultad te encontró en no saber decirle que no? ¿Cómo le decís basta porque no quiero lastimarte y no quiero lastimar a la persona que está al lado? ¿Cómo le decís "si te pasa todo esto separate, estúpido de mierda"?

Hace dos semanas que me estoy haciendo estás preguntas. Y admito algo que antes no llegué a notar: me muero de miedo. Tengo mucho miedo a perder el control. El control de este no. Tengo terror a qué una mañana ya no pueda controlarlo más, y ese no acabe siendo un si. 

Ese no, me han dicho, cuando expuse este miedo para poder gestionarlo, que me va a servir de alarma.  Espero que pueda sonar a tiempo, como hasta ahora. Porque de otra manera, pienso: ¿cuándo tiempo más aguantaré diciéndole que no a él? 

jueves, 11 de mayo de 2023

Frustración, querida maestra

Hace un rato salí de dar un parcial más en este camino que se llama : " Una casi Licenciada en Letras estudiando Ciencias Económicas".  Hoy me tocó rendir una materia de la rama de Administración de Empresas.  Y pese a que estudié un montón, el parcial no se me hizo fácil. Si bien lo resolví casi todo, ya sea de la parte práctica y de la teoria, me encontré con un nivel de dificultad intenso. 

Y claro, salí sintiéndome mal. Sin saber cómo me fue. Sintiendo que perdí el tiempo. Que no se estudiar está carrera. Y así, estuve todo el viaje. 

Pero... Ahora, ya más tranquila, pienso: ¿que me tengo que reprochar?  Trabajo todo el dia. Estudio en la universidad para progresar económicamente. Deje de lado mi verdadera vocación. ¿Cómo no va a ser un desafío para mí?  Obvio que lo es. Y uno muy grande.  Implica correr el límite y mudarme a un mundo que en nada se parece a lo que amaba. E implica algo fundamental: tolerar la frustración y admitir que he vuelto a ser principiante. 

Claro, eso no es menor. Cuando yo estaba todavía estudiando Letras tenía la visión de una estudiante avanzada en la carrera. Ya había hecho todo un recorrido de mucho esfuerzo, pero con una carrera que no me costaba.  No estaba acostumbrada a estudiar y no aprobar. A tener dificultades notorias. A qué me fuera mal. En Letras me quedé en un estado de confianza adquirida. A siete materias de un título. Habiendo dado casi treinta.  Claro que será difícil para mí el cambio y acostumbrarse del todo. 

 Ese fue el motivo por el cual salí mal hoy del parcial. Como estudiante de Economía, vuelvo a tener la visión, los temores, la inseguridad, la falta de conocimiento y la falta de experiencia de quien inicia. Y eso se choca con que ya no tengo 18 años y soy también inexperta en la vida y todo es un no saber.  Estoy en una etapa de la vida donde busco acciones y resultados. Pasos dados con intenciones y objetivos. Donde siento que ya no puedo seguir dando vueltas o giros en el ámbito profesional. 

 Y eso se suma al hecho de que me siento frustrada como una principiante, como es lógico que suceda, porque SOY PRINCIPIANTE EN ESTO. No sé cómo hacer y me siento bastante tonta.  Siento que no sé cómo voy a hacer con las materias para avanzar porque es una carrera que realmente me desafía.  Que no me es fácil, que no la tengo atada.  No es de ningún modo el estilo de carrera que es Letras. 

Si bien no se compara, muy muy de a poco, me va gustando estudiar Ciencias Económicas. La rama de Administración de Empresas es la que más me simpatiza, pese a que por momentos me cuesta. Y creo que me cuesta más por todo lo que yo sé desde el haber estudiado otra cosa, que por la propia dificultad.  

Porque en definitiva soy casi profesional en una cosa, y me puse a estudiar su contrario.  Es un poco tirarse al vacío y ver cómo salen las cosas. 

¿Un comentario? Seguramente, el día que retome Letras para tener el título (para mí, más allá de que no ejerza), este con la mente formateada como persona que se dedica a Económicas y me pase lo mismo que me está pasando ahora, pero al revés. 

¿Si voy a dejar de estudiar porque me siento mal hoy? No.  En la letra chica de esta operación que se llama "Una casi Licenciada en Letras estudiando Ciencias Económicas", dice: tu objetivo siempre fue tener un título universitario y lo vas a tener.  No importa cuánto tiempo te lleve. No importa cual llegue primero.  Ambos, por todo pero todo el sacrificio, llegarán. Si, ambos. Uno para mi corazón y otro para trabajar en algo donde si me veo. 



martes, 9 de mayo de 2023

El aire es libre

Cuando llega Javier y me dice: "me muero por ponerme una sociedad con vos" eso se traduce en un me muero por tener sexo con vos y que nos aventuremos en cumplir el puñado de fantasías que quedaron pendientes. 

Sin dudas, nuestros pendientes, no son ni por asomo los mismos. Antes esos pendientes eran una charla, un reconocimiento, un perdón, una buena despedida. Para mí por lo menos. Ahora para Javier esos pendientes son llamarme cada vez que se quiere acostar conmigo , lo cual, llego a decirme, le sucede demasiado seguido. Todo el tiempo, afirma, y lo define como una lucha interminable entre la culpa y la duda.  La culpa porque está en pareja. La duda , porque lo atraganta saber cómo sería. 

Ahora, digo yo: ¿cómo sería qué? El sexo suele ponerse mejor en las veces posteriores, ya lo sé, pero lo que no creo que es justifique semejante arranque.  Lo que sí creo que es Javier no sirve ni siquiera para ser un buen amante. Su manera de tener sexo es obviamente explosiva. Te magnetiza. Quedas totalmente inmersa en la atmósfera de sus palabras, sus modos, ese animalito que lleva dentro.  Claro, para qué mentir, eso puede ser sumamente adictivo.  Y lo es. Principalmente, porque Javier tiene algo en mí nivel de decodificación interna que es un equivalente a dejarse llevar. A aquello que uno no puede controlar. A eso que lo desborda. 

En el sexo mantenido, no fue la excepción. Jamás viví algo así, pero no implica que lo pueda volver a vivir. Es algo en lo que sin dudas investigaría. Si se pudiera, accedería a esas nuevas fronteras de placer asintiendo con la cabeza. Si se pudiera además, destrabaria todo lo que vengo guardando en materia de deseos no consumados. 

Pero ni que decirlo: nada de eso se puede. Nada. Y la verdad es que yo no tengo dudas sobre el tema. Se lo que hace en mí, pero se también toda la situación, y eso me ayuda a diferenciar. ¿Mata el deseo? No. Pero lo encaja en un lugar donde no se escapa. Donde con ayuda de la culpa y la moral, y la necesidad de no hacer daño a nadie, va quedando chiquito. Poderoso, si. Pero chiquito. Como una herida que está debajo de una curita: la sentís, está ahí, pero está aislada. 

Yo estoy aislada. Aislo a Javier. Y me siento tranquila por no verlo. La vida sabe que verlo y charlar consigo en persona seria para mí un veneno. Algo que ya no podría manejar. Y creo que está siendo buena porque no me lo está haciendo vivir. Y creo que esa bondad además es sabiduría superior. 

¿Por qué? Para Javier, el aire es libre. Es como si yo estuviera sentada en una silla tiesa como estatua y lo tuviera caminando a mí alrededor, diciéndome cuánto le gusto, todo lo que me quiere hacer, todo lo que desea, todo lo que yo deseo que me haga y no me digo y todo pero todo lo que ambos deseamos directamente o indirectamente durante los últimos diez años.  ¿Y que puedo hacer? Nada. O nada más que quedarme ahí, sentada en esa silla metafórica que es la buena conducta. Hasta que todo pase. Hasta que él se canse. Hasta que la tormenta se calme. Hasta que pueda calmar el deseo, los sentimientos que se juegan, todo el pasado y el presente. 

¿Que me pasa mientras me dice todo esto y yo le tengo que decir que no? Sufro. Se me revuelve todo por dentro. Siento un afán de ira y de impotencia
 La necesidad de ir corriendo y liberarlo todo. Pero me quedo. Contenida. En la silla metafórica que Javier me mueve con sus palabras. 
 
¿Y si me sincero en este espacio que es mí diario íntimo? Le diría que si. Iría consigo. Si no tuviera el compromiso que tiene, obviamente estaría accediendo a cada uno de esos comportamientos que necesitamos abrir. No sé trataría de amor. Se trataría del deseo, del poder hacerlo, del cagarse en todos los demás y decirles a aquéllos que nos hicieron la vida imposible en otra vida: "¿vieron hijos de puta que no pudieron parar nada de nada con sus prejuicios inmundos? ¿Vieron que nada ni nadie nos pudo despegar?".   Se trataría de venganza. De revancha. De rebelión. De demostrar implícitamente a cada uno de los que colaboraron para hacernos sentir mal por este deseo, que no consiguieron nada. Que mientras creyeron que han ganado, acá está el muy idiota, pretendiendo hacerme el amor enloquecido y perdido. 

Puf. El afán de revancha no es bueno. Por eso sigo en mí silla. Muy tranquila. Sin provocar ninguna turbulencia. Apagando las brasas. Pensando. Usando mis neuronas. Felicitando a la sinapsis. 

No me olvido de lo que es querer gritar a los cuatro vientos: "¿qué van a decir ahora, estúpidos de mierda?". 

Pero no lo grito. Al contrario.  Me quedo en mí silla metáforica. Mientras tanto, Javier vuelve a pegarse como una mosca a la miel. Se acerca y juega. Yo lo ignoro. Parece que me susurra: "no te toco, no te toco, el aire es libre, el aire es libre " y yo estuviera ahí, programada para evitar una catástrofe. 


domingo, 7 de mayo de 2023

Desmantelando deseos

El viernes tuve una sesión de terapia movilizante. Siempre que me toca hablar de éste tema con Javier se me mueven fichas interiores porque, al final del día, es toda una historia que me convoca.  Por momentos siento que no está pasando nada y, cuando sale en terapia, me doy cuenta que éste tema se instaló en mi vida. Que está. Y que sigue estando, por las acciones u omisiones, todavía a la fecha. 

Al contarle a mi terapeuta que Javier volvió a escribir,  ella me dio una devolución que me sirvió muchísimo. Porque mi pregunta fundamental cuando se lo conté, fue: ¿por qué no entiende que ya pasó? ¿Por qué no puede manejar lo que desea de lo que tiene que hacer, inclusive, sabiendo de qué va la experiencia?  Y ahí, por suerte, estuvo mi terapeuta para hacerme ver algo que jamás había visto en esa clave. 

 Ella me sugirió que había que preguntarse con quién viene viviendo Javier este conflicto hace casi ya un año. Yo le expliqué que no entiendo por qué no sabe soltar ni la experiencia que tuvimos, ni tampoco, la insistencia sobre repetir. Le expliqué que para mí, ya era algo que debía quedar en el pasado, porque de continuar, iba a ser difícil y confuso para todos. Pero observé, mientras se lo explicaba con el corazón en la mano, que Javier no lo veía así y que actuaba en consecuencia. 

Por ésto y varias cosas que le he comentado antes, ella sostiene que el conflicto que Javier tiene conmigo, por el cual siempre vuelve, es por todo lo que no hizo antes. Éste conflicto reluce en los momentos donde sus actitudes están orientadas hacia la niña que él conoció hace casi diez años atrás, y por otro lado, las actitudes que están dirigidas únicamente hacia la mujer con la que se encuentra hoy cada vez que quiere tratarme. 

A él lo tenemos por un lado, mandándome reels tiernos, preguntándome como estoy, queriendo ayudarme con el trabajo, y diciéndome que el whiskey es cosa de gente con más edad, que me mantenga alejada de esa bebida. ¿Es decir? Todos comportamientos que parecen querer pagar una deuda con la chica de diecinueve años por la que nunca se la jugó.   Pero, también, lo tenemos por otro lado, mandándome mensajes recomendándome los vinos que me gustan, reconociendo que le pasa lo indecible, provocándome sexualmente, queriendo dominarme, bancándose que cuando se quiera hacer el machito cuidador, protector y varonil, yo lo mande a la mierda. ¿Es decir? Todos los comportamientos que recibe ahora, cuando dejó de esperar que le responda la chica de diecinueve años y se choca con la de veintiocho que tiene cada día menos paciencia. 

Y eso no es algo menor: ahora, pese a toda la trasgresión que representa, Javier se siente en un sentido habilitado. Si tiene ganas de tener sexo conmigo, lo puede pensar, es decir, que puede ponerle imágenes a las fantasías, que puede imaginar movimientos, modos, recursos o espacios. Lo mismo ocurre si tiene ganas de mandarme un mensaje para verme, porque lo puede poner en palabras y tiene la terrible osadía de enviarlo. A eso se refiere, aún al día de hoy, cuando me dice: "yo puedo".  

¡Claro, ahora sí puede en ese aspecto donde antes estaba totalmente anulado!

Pero el punto es que yo ya no tengo diecinueve años. Yo no soy esa chica que iba a buscar a la facultad, que tomaba poquito y comía menos, que tenía los pies siempre fríos. Que era muy tímida. Que no sabía bien cómo decirle las cosas.  Yo, mientras él vivía, también viví. Y crecí, como es debido.  Por eso, tiene semejante quilombo ahora. 

Porque mientras por momentos quiere contentar a la joven de diecinueve años que quedó diez años atrás en el tiempo, por otros, quiere dominar y poseer a la de veintiocho.  Entonces, un día me envía reels de cosas que me ablandan el corazón y un tiempo después me dice que me re-contra.... (bueno, es imposible transcribir este dicho). 

Hay una deuda que, por muy dolorosa que sea, o por mucho que deseemos poder anular, quedará para siempre entre nosotros. El no haber podido vivir esa historia en ese momento con las particularidades de ése tiempo y ése espacio. Y lo mejor sería tramitar esa frustración enorme sin quemar todo alrededor. 

 Yo lo sé, o creo saber, lo que se siente no haber llegado a tiempo. Es una frustración por ambos compartida, de hecho. Constituye el no habernos encontrado nunca en un buen momento. Es el no lugar, el no momento, es la impotencia porque eso suceda de aquélla forma.  Es la negativa permanente a algo que parece jamás encontrar o tener su tiempo y espacio en ésta vida.  E inclusive sostengo que sentirse frustrados es bastante lógico teniendo en cuenta la deuda que cargamos durante años.

Pero es una deuda que no podemos saldar. Nunca. Porque ese momento, ya se fue. 

 ¿Cómo no vas a tener la fantasía de vivir, antes de morirte, algo que sentías que no ibas a vivir nunca? Entiendo a Javier en ese punto.  ¿Cómo vas a decir que no, cómo no vas a querer quemar todas las naves para hundirte finalmente en un deseo que te callaste tantos años? En este punto, lo entiendo tanto como a mi propio nombre. ¿Cómo le vas a negar unas cuentas noches a la persona que deseaste por años?  Es difícil, sí. Pero aunque no se las niegue más, aunque él queme todas sus naves, aunque cada invitación recibiera una respuesta positiva, aunque nos fuéramos lejos y solos - como me ha llegado a decir -, jamás, jamás, pero jamás, volveríamos a ese primer momento donde se tendría que haber animado a estar conmigo y no se animó.  

Esta es la razón por la que siempre vuelve. Vuelve para cumplir la fantasía con alguien que no existe. 

II.

En la actualidad, la imagen que Javier se formó de mí, es mixta. Me dijo que le resultaba difícil separar lo que conocía de mí (es decir, siendo claros: a la pendeja de diecinueve años que le había abierto su corazón), del aspecto sexual y físico que se le había sumado a esa visión con casi diez años de demora.   Y sí, hay diferencias, pero yo no creo que sean definitorias para que nada importante cambie.  Entiendo que lo moviliza la diferencia, pero no por eso tiene que venir a buscar respuestas, encuentros o móviles nuevos en la actualidad. 

Ya no tiene demasiado que ver una chica de diecinueve años que le escribía cartas, le hacia dibujos, le decía que se había enamorado de él; con la imagen de una mujer desnuda, mirándolo a los ojos, encima de su cuerpo, agarrándolo de las manos.  Obviamente, sigo siendo yo, pero ya no me conoce lo suficiente y al mismo tiempo usa lo poco que todavía conoce para insistir en seguir encontrándose con un cuerpo y un carácter que ahora sí cree poder asimilar. 

III. 

La otra pregunta: ¿con quién me estoy vinculando realmente en la actualidad? ¿Con el hombre que nunca se la jugó, a quien parece que le debería demostrar que soy hábil, valiosa, inteligente y mucho más que un corazón para que se anime (y otra pregunta: ¿para qué esa venganza?)? O bien, ¿será que me vinculo desde el desdén con el tipo pelotudo de cinco décadas al pedo, que se cree que porque cogimos una noche, ahora tenemos que hablar de vez en cuando y ser cercanos? 

A casi un año de esa acontecimiento que realmente me modificó mucho, siento que todo lo que yo hice para cerrar, para él, en cambio, ha sido una maniobra de apertura hacia una transgresión interminable, acompañada de una avidez por olvidarse de todo que no tiene antecedentes en diez años de conocerlo. 

Cada vez que busque a Javier y trate de pensar en el hombre que yo amaba, acabaré por entender que él no existe. Cada vez que él busque en mí a la joven de diecinueve años, que lo amaba, va a comprender que esa chica desapareció. Es duro, pero es así. 

Habrá que aprender a vivir con lo que nos pasó, y hacer caso omiso a todo lo otro que pasa. Especialmente, aquello que es propio de una atracción física realmente incendiaria entre un hombre y una mujer, que encima comparten humor, ideología, un pasado y viven a seis cuadras. 

Yo no me arriesgo un centímetro más a que me lastime de nuevo. Creo que él se va a confundir, de eso estoy segura, y me va a terminar haciendo confundir a mí.  Lo mejor es que cada uno siga su camino. En la vida, en el barrio, y en los deseos. Tratando de pensar en el otro, haciendo el mejor esfuerzo, tratando de no dejarse llevar para procurar vivir sin herir al de al lado. 

Ojalá la vida sea amable conmigo y no me obligue a verlo. Yo sé que me cuesta mucho manejar el tema y no lo estoy negando. Al contrario. Lo estoy re contra asumiendo a ver si así encuentro la manera de encuadrarlo y dominarlo para siempre. Me estoy haciendo cargo de ésto que me pasa, aunque no lo pueda llevar adelante, para ver si así la carga y la deuda pesan menos. 

De todo corazón, anhelo que tomar distancia y poner límites, sirva. Que la vida me ayude y con algo que me implica demasiado esfuerzo y demasiado autocontrol, no me ponga más pruebas. 

Yo ya no sé qué tengo que aprender, pero no creo que sea herir a nadie. Y sé que si me dejo llevar, eso podría hacerle daño a alguien. Y le estoy poniendo todo lo bueno que llevo dentro para no lastimar, no herir, y sostenerme en pie sin abrir mis propias heridas.