martes, 30 de mayo de 2023
Amor & odio
lunes, 29 de mayo de 2023
La mochila
2022, mayo.
- ¿Y vos? ¿Como andas? ¿Tus cosas? - le pregunté.
Había contado mucho yo y quería que cuente él. Algo. Aunque sea para saber si estaba bien o era feliz.
- No muy bien. Tengo mucho quilombo. Mi vida entera es un quilombo en este momento... - dijo Javier, esa noche - La relación con mí familia cambió mucho. El laburo. Todo. Así estoy.
- Mhm - le contesté.
- Con mí hermano, no me doy como antes. Nada que ver (...)
- Bueno, a veces pasa. Cada uno tiene su familia. Él tiene su familia con tus sobrinas. Vos tenés tu pareja con esta señora... - aludi - Estan en otra. Viven diferente. Eligieron otras cosas...
- Si, igualmente, no me doy con el como antes. Cuando yo me fui del grupo, tuvimos una discusión muy fuerte. No le gustaba el rol que ocupaba.
(...)
- ¿Y tu papá?
- Con mí viejo , no hablo hace unos meses. Nos distanciamos pero eso fue por laburo. Quiero abandonar el rubro y está todo difícil. Con la gente que tengo laburando, es dejarlos sin laburo, y no quiero... Es un quilombo muy grande el Comercio Exterior. No quiero laburar más, me falta mucho todavía y con mí viejo hay lío por eso. Pero el resto todo bien. Ya nos vamos a arreglar.
- Obvio. Tu papá es divino, además. Y podes hacer otra cosa mientras. Ponerte a evaluar un mercado. Planificar como querés llegar. Quizá podes largar antes pero no podes largar todo de un día al otro. Lamentablemente, hay que evaluar.
Javier sonrió.
- Si. Ya lo see. Te lo juro que pensé que hacer. Pero también sería un hijo de puta si me quejo. Soy un privilegiado. Tengo mi casa, estoy bien, económicamente no me falta nada. Tengo trabajo. Esta profesión me dio mucho económicamente. Me lo dio todo. Pero... Cansa. Llega un momento donde no te interesa tener más plata. Querés estar tranquilo. Y si, la plata está pero también todos los días tenés un quilombo distinto. Ya no quiero renegar más. Y si largo todo, pienso en la gente. Se quedan sin trabajo. Viven de eso.
Lo miré fijamente. Asentí.
- Es difícil saber que para ellos eso significa poner comida en la mesa. Para muchos. Yo siempre estuve del otro lado pero tu lado también te desafía. No es cosa de buenos o malos.
- Si. Es aso. Lío. Lío por todos lados.
- Si, se te nota en la cara. Pero... Vas a ver qué con la familia hay cosas siempre. No te sientas mal. Apunta a llegar a jubilarte. Y si ves que no das más, sincerate para planificar un negocio alternativo.
- Me metería en el mundo del vino - dijo, sonriéndome.
- Qué rico. Si te pones a vender, o a hacer catas, yo apoyo el negocio.
Javier se rió. Sin embargo, note que era una alegría que no le llegaba a los ojos.
- Mas allá del trabajo y sus quilombos... *** está internada. Por eso estoy preocupado.
Lo miré y me quedé callada.
- ¿Qué? ¿Ahora? - le dije en referencia a su sobrina de veinte años.
- Si. Ayer la internaron.
- Uy, pobre. ¿Qué le pasó?
- Se quiso suicidar - espetó.
Por un segundo, me quedé en shock. Lo miré. Javier había dejado la máscara del hombre superado y se había puesto en carne viva. Su apertura emocional de le notaba hasta en el cuerpo, inclinado hacia el mío.
- ¿Qué, cómo? ¿Está bien?
- Si. Se tomó no se cuántas pastillas. Sigue internada pero está bien. Zafó. Está mí hermano con ella.
- Javi... Dios mío ¿cómo te está pasando todo esto? - lo miré - Pará, a ver... - le pedí - ¿vos estás bien, en serio estás bien? ¿Necesitas algo?
Javier agachó la cabeza después de mirarme con cariño y suspiro. Se frotó la cara. Su semblante cambio por completo.
- Yo estoy. Muy preocupado, la verdad. No sé por qué hizo una cosa así. Ahora se viene todo un proceso muy complicado. No quiero que se entere mi vieja. Estoy pendiente de que nadie le diga nada. Para ella paso otra cosa. Se muere del disgusto si se entera.
Procese la información.
- ¿Tu otra sobrina, está con cuidados? ¿Tu cuñada está acá en el país?
(...)
Me quedé asistiendo al cuadro para comprender esa catástrofe que era la vida de Javier hace un año. Escuché todo el cuadro. Todo lo que agregó.
- Te puedo preguntar algo. Te lo juro que no es por forra... Pienso...
- Obvio.
- ¿Tu novia está con vos en esto? O sea, te está acompañando, conteniendo... Al menos para que te puedas desahogar.
- Ella tiene sus quilombos. Propios y con la hija. Con *** las cosas van para atrás también. Tuvimos épocas buenas, pero estamos para atrás. Venimos hace mucho tiempo ya en época mala. Tuvimos una discusión muy grande la última vez y yo dije "listo, nos separamos", pero... No sé. Ya está, es todo quilombo.
- Qué pena. Realmente, Javi - musite.
- Si, ella tiene muchos quilombos. Tuvo muchos problemas. Yo acompañé pero por momentos es difícil. Problemas de salud mental. Y la hija también tiene muchos problemas de salud... Querés acompañar, estar, y...
- No creo que me quieras contar , pero... No sé. Nada - dije.
- ¿Qué?
- Nada. Iba a preguntar otra cosa pero no quiero saber de chusma. Estoy evaluando.
- Decime, dale. Te lo cuento porque tenemos mucha confianza nosotros. Podes decirme lo que sea. No me molesta.
- No, es que... Vos siempre... ahí por todos. Pero para vos... Es más difícil. Me parece. Sin ofender. Y lo que está pasando creo que necesitas sacarlo afuera. ¿No te sería más fácil hablando con ella?
Javier me miró y sonrió por mis esfuerzos. Además bajo la vista. Asintió.
- Que se yo... Soy así. Con ***, pase momentos tremendos. Un día todo bien y al otro día todo muy mal. Pero muy mal.
(...)
- ¿Por qué reacciona así con vos? ¿Qué la detona?
- Le diagnosticaron ****. Hay momentos donde está muy bien y otros momentos donde está muy pero muy abajo. Momentos de euforia y momentos de depresión. Ahora está mejor ella. Pero también está su hija, que tiene problemas de salud y la tienen que operar. La verdad es que pasamos juntos buenos momentos... Pero... Es muy complicado.
- Muy, si - le dije.
- Si. Está mejor ahora, pero esa es la situación. Está es mí vida.
- Sí. Claro que sí. Que tenga diagnóstico y tratamiento. Seguramente si ella está mejor, y vos estás mejor, ustedes van a estar bien.
- Si... Ya lo sé. La paso mal, yo se que la paso como el orto... Pero...
- Estás ahí - le dije.
- Si.
Me quedé callada un instante.
- Javi... Perdón por lo que voy a decir pero no puedo callarme. ¿Por qué te quedas en una relación donde no estás feliz? - le pregunté - ¿La querés?
- Si. Pasamos cosas buenas juntos y muchas malas. Tenés un recorrido con la persona. Me enseñó cosas. Entendemos algunas cosas de la misma forma. Esto de no convivir... Estamos cada uno en su casa... Nos vemos, si, claro, pero así es el acuerdo.
- Es entendible. Quizá no está bueno porque uno no se quiere quedar a vivir donde no es feliz, pero... Creo que vos sabés mejor que nadie todo. Yo no te juzgo. La única salvedad que hago es que tenés que buscar una persona con la que puedas hablar. Apoyarte. Que esté para vos. Un amigo aunque sea.
Javier bajo la vista. La subió. Me miró con tristeza.
- Porque vos estás cargando la mochila de todos. Pero la tuya es tuya y te dejas para lo último y necesitas cuidado también. Sos humano. Es mucho para vos solo ¿sabes? Por eso te lo digo, te juro que no es un ataque ni me quiero desubicar... Te lo digo de corazón. Sería bueno que encuentres un espacio, con alguien, para poder hablar. Alguien con quién puedas descomprimir.
- Si, ya se que me lo decís bien... Tranquila con eso, yo te conozco. Lo que pasa es que a mí no me gusta hablar de lo que siento. Yo voy siempre para adelante. Sigo. Sigo. Sigo. Nada más.
- Si, yo tambien te conozco. Ya se que no hablas de lo que sentís. Te cuesta. Solo lo digo para que no pases todo esto solo. No explotes solo, Javi. Entiendo que decirte esto te puede parecer una cargada... Pero no. En serio.
Javier sonrió por mí expresión para referenciar a lo que me había dicho. Su sonrisa decayó. Lo miré y sentí ganas de darle un abrazo. Al menos, para hacerlo sentir bien en el momento, pero me lo guardé.
- Y si algo faltaba... Hoy te cruce a vos llegando acá y...- dijo - nos encontramos de casualidad y... cuando te vi me sorprendió todo. Me puse muy nervioso. Me quedé corto en no invitarte a comer conmigo... Pero ahora te invite este vino. Para compensar.
- No soy muy buena compañía capaz, pero no te voy a decir nada. Podemos tomar este vino.
- Eso quería. Hace muchos años que lo quería hacer. Y hoy me dije, cuando te ví, que había llegado el momento.
- ¿Y vos me querés decir que hago yo acá en este momento tan peculiar de tu vida? - le pregunté, con una mezcla de humor y desesperación - ¿Justo a mí me vas a invitar a tomar un vino y a comer una picada hoy?
Javier se rió.
-Te hago bromas... Pero si necesitas, acá estoy. En serio. Podemos hablar. Queda acá. No sé lo voy a contar a nadie al igual que todo lo demás que pasó hace ocho años y nunca se lo conté a nadie. Te lo prometo.
Javier me miró con más alma. Me miró con calidez.
- Ya se que sos confiable. Sos muy confiable para mi. Confío en vos. No quiero hablar. No acostumbro. Nada más.
- Bueno. Podemos tomar este vino. Y hablar de otras cosas. Pasemos un buen rato.
- Hoy a la tarde, después de que te vi, lo pensé mucho... Quería hacer esto. Invitarte. Todo es un quilombo ahora en mí vida pero no quería dejar de hacer esto.
- Siempre llegando mal a tu vida , yo, para molestar - lo burlé con suavidad.
Sonrió. Se rió.
- Nah. Lo único que queria hacer era estar acá, con vos, tomando este vino - dijo.
- Bueno... Acá estoy. Vine.
- Si, viniste - dijo sonriendo - y eso que yo pensé que me odiabas.
domingo, 28 de mayo de 2023
Prioridades, Sancho...
viernes, 26 de mayo de 2023
El deseo que somos
Aunque parezca extraño, algo de lo que últimamente vengo trabajando para trabajar algo mayor es el deseo. En éste espacio todo es deseo para mí. Yo escribo a partir del deseo y de la energía que me mueve para contar las cosas que me pasan, a veces por dentro, y otras veces, por dentro y hacia afuera. También, menciono el deseo hacia cosas, actividades y personas. He relatado escenas de mi vida personal, apoyándome en el anonimato, para darle espacio al deseo.
Pero, cabe decir, que en mi vida cotidiana reconocer mis deseos reales me cuesta un poco más que ponerlos en palabras. Convivir con ellos, el último año, ha sido particularmente difícil para mí. El deseo de terminar una carrera universitaria que amo y, por otro lado, el deber de estudiar otra cosa porque el trabajo me lo demanda a diario. El deseo de escribir y el tiempo que le debo dedicar a estudiar y a trabajar en la oficina. El deseo de leer literatura de cualquier procedencia y el deber de tener que leer - aunque sin quejas, porque lo elijo - teoría de Administración. La necesidad de continuar con mis proyectos de escritura, tomar clases, querer ir a lugares que se relacionen con ello y, del otro lado, el apremio por el tiempo que tengo y las cosas a las cuales se lo debo proporcionar.
Más allá de todo eso, en lo sentimental, el deseo también me pesa. Demás está decir que siento un deseo abrasador por un hombre que no es bueno para mí, que no me conviene y al cual no es correcto que ansíe de esa forma. Y fue justamente esta situación de deseo insostenible lo que me llevó a mirar cara a cara a ésta corriente que es el deseo en las personas. Y especialmente, ésta corriente aplicada a mí.
Hace unas semanas, cuando tuve una charla importante para mí sobre lo que me ocurre con Javier, acabé por darme cuenta que en lo que respecta a su persona yo tengo miedo de mi propio deseo. Y por eso, me escondo mucho para no reconocerlo. Doy vueltas. Sufro como desgraciada por lo que me pasa por dentro y por lo que siento que no debería pasarme. Me siento culpable por desear lo que deseo y trato de olvidármelo. Pero lo único que consigo es acallarlo por un tiempo, y que luego de ese plazo invariable de días o semanas, el deseo vuelva a hacer presencia de la manera más tonta cuando estoy con la guardia baja.
¿Y hablo del deseo sexual? No, no me refiero a eso. Es mucho más simbólico, ya no se trata únicamente del cuerpo, sino, del deseo histórico al que no le pude poner espacio, es aquello que quedó atragantado y que me obligué a silenciar durante muchos años. El cuerpo es secundario, es solamente un medio, si a todo eso me estoy enfrentando hoy.
Recién el primero de mayo de éste año, pude decirle a Javier después de casi diez años de conocerlo que yo lo deseaba. Y eso, rompió absolutamente del todo una barrera porque me hizo dar cuenta que siempre le tuve miedo a mi deseo si del otro lado busqué , incasable, mil maneras de mantener el orden y tener el control.
Javier es desorden para mí. Es todo lo malo, pero a la vez, lo más movilizante. Es el tipo que no me merece en lo absoluto, pero el que con sus energías, hace que yo me despierte una noche a las tres de la madrugada pensando en él. El que me enfrenta a mis deseos, el que me enfrenta a mis contradicciones, el que me demuestra con su presencia y con todo lo que esa presencia me significa, que yo no soy la mujer pensante y ordenada que pensé toda mi vida que era.
La vida me puso, curiosamente, en una situación muy paradójica para desafiar ese orden. Casi es como si me hubiese escaneado por dentro, dándose cuenta que mi único punto débil residía en no saber qué hacer si Javier se acercaba, y me lo hubiera puesto ése día en el camino. ¿Para qué, no? No tengo idea. Pero lo que sé es que la vida con eso me puso frente a la única persona a la que yo no le había podido reconocer que lo deseaba, casi una década después, para ver qué hacía. Y no, no se lo grité en la cara. Al contrario. Seguí tratando de esconderlo, de evitarlo, de negarlo, de no hacerme preguntas. Primero, porque estaba en pareja y quería muchísimo a Galeno. Segundo, porque Javier también estaba en pareja. Y pese a todo, a ese lío tan grande de contextos y compromisos, el deseo seguía brillando entre las grietas de una vida armada. Dejaba al descubierto una intensidad intraducible para mí, que me desesperaba, por no poder ordenar. Que me angustiaba. Que me hacía querer desaparecer solamente para no sentir nada. Que me volvía torpe, incauta, derrochadora, rebelde, transgresora e imprudente...
Tiempo después, éste deseo fue lo que me llevó a hacer cosas pensando que el cuerpo reemplazaba a la palabra. El deseo fue lo que me puso de cara a todas mis miserias y me demostró que soy mucho más vulgar y torpe de lo que pensaba. Pero además, el deseo hacia él, intacto aunque hubiera pasado casi una década, me demostró lo que realmente era sentirme viva. Intensamente viva otra vez. Y ni siquiera eso alcanzó para que yo pudiera reconocerlo. Ni siquiera eso fue suficiente para que se lo pudiera decir como una mujer se lo dice a un hombre que le ha movido siempre todos los órdenes que ha establecido en la vida.
Hasta el primero de mayo de éste año, yo no pude hacerme cargo de mi deseo. Tardé diez en decirle la verdad, esa verdad que me volvió humana, y no la figura indomable que siempre creyó que era. Se lo dije, sí, usando las palabras que me salieron. Se lo dije diciéndole que no aguantaría, que no me provocara, que no jodiera, porque yo sentía, sentía demasiado, y un día de éstos, no lo iba a poder manejar bien, jugando a ser Teresa de Calcuta moderna. Le dije que no me jugara bajo, que no me tentara más, porque no había persona que deseara tanto como yo tocarle el timbre de su casa y dejarlo con cara de niño en cumpleaños. Le dije que ni siquiera él se imaginaba , deseándome también, lo que yo lo había respetado siempre y lo cansada que estaba de hacer todo para no corromperlo. Le dije que yo sabía que él era corruptible y que por eso no hacía nada indebido, porque le tocaría las fibras íntimas y se cagaría encima. Le expliqué que sabía, que era obvio, que él me deseaba, que yo me daba cuenta de su energía, y que siempre hacía todo para no aprovecharme de poderlo como lo puedo, básicamente, porque él me puede a mí de la misma manera.
Le pedí entonces, después de casi diez años de luchar contra todo esto que no había podido decirle nunca, que sabiéndolo, por favor, no molestara. Le advertí que a partir de esa confesión, él sabría para siempre con quién estaba hablando. Con una mujer que lo deseaba, que tenía sangre en las venas y que no siempre iba a poder sostener las garantías de abstención que le había otorgado.
¿Sirvió de algo, modificó la historia? Sí. Me sirvió a mí. Ahora sé que, pase lo que pase, decirle que lo deseaba, que lo deseo, no va a ser algo con lo que me vaya a morir. Él no va a morir sin saberlo, como pensaba. No se va a ir de éste mundo sin la certeza de que lo deseo, de la misma manera, en que yo no moriré sin saber lo que se siente acostarme consigo.
¿Está bien, está mal? ¿Quién lo sabe? A veces las cosas no se tratan de lo que parece que se tratan.
Pude reconocer mi deseo con el hombre que pensé que la vida me había privado. El tipo con el que todo había sido un no. Se lo dije, finalmente, se lo pude decir. Le dije la verdad. Lo que me movió siempre, más allá de la moral.
Y decirlo, pese a que no fue correcto, ha sido una decisión adecuada. Desde entonces, manejo éste deseo mucho mejor, sin transgresiones. Sé que lo siento. Le puse un nombre. Lo dije. El otro lo sabe. Y puede hacer lo que quiera con eso porque al menos, ahora, ni él ni yo, estamos negando nada. Ninguno de los dos. Nada. ¿Si ha vuelto a pasar algo? No. Llamar a las cosas por su nombre no hace que uno se tire al precipicio. Hace que viva con menos carga. Y eso intento, después de todo.
Hoy las cosas, finalmente, son como son pero... con más palabras. Con menos deudas. Con pendientes de otro estilo, y por otras causas, a la fecha.
Eso no quiere decir que vaya a tocar su puerta ni que me deje provocar por sus influjos. Significa que después de esconderlo desde los 19 años por sentir que estaba mal desear a un tipo grande de semejante forma, pude decirlo y no me voy a morir con eso.
lunes, 22 de mayo de 2023
La dureza viene de adentro
Es curioso pero, con el paso de los años, la relación con mis hermanas cambió mucho. Ya no me llevo tan bien como nos llevábamos antes, siendo franca. Ya no soy tan unida a ellas. Ya llegamos a un punto donde estamos todas grandes y diferimos en bastantes cosas.
¿Qué nos une? Los hijos de mí hermana mayor. Mi sobrinito mayor que es todo y mí sobrinito menor que es todo. Pero al margen del amor por ellos, no sé hasta qué punto es fuerte el afecto entre nosotras.
En lo personal, desde 2021 me alejé simbólicamente de ambas. Fue un año donde necesité su apoyo y noté que jamás se preocuparon por otra cosa que no fuera juzgar. En un momento de necesidad económica, que fue lo que me cambió notablemente, me juzgaron diciendo que era mí culpa por no haberme administrado bien, cuando en realidad, yo siempre trabajé para (además de pagarme la universidad) colaborar con los gastos en mi casa. Y eso es algo que yo mantengo a resguardo con mis padres. Algo que ellas no saben y que no me interesa contar, porque son personas muy poco empáticas y porque jamás colaboraron en mi casa mientras vivían aquí.
Mis padres, a ellas , no les exigían nada económicamente. Les pagaron carreras universitarias completas sin ellas tener trabajar. Y hasta que se independizaron a sus veintiocho años (la edad que yo tengo hoy en día) NUNCA PUSIERON NADA PARA COLABORAR CON LOS GASTOS. Eso, por curioso o paradójico que parezca, no fue jamás un reclamo de mis papás. Mí papá siempre trabajó para su casa y para nosotras, sus hijas, pero ninguna persona se animó a ayudarlo. A luchar por ayudarlo hasta que lo entienda. Principalmente, porque al haber tenido tantas carencias económicas y afectivas, el siempre quiso que nuestra vida fuera mejor. Pero creo que se le fue la mano y en el presente, viendo la actitud que tienen mis dos hermanas conmigo, él me ha dicho que siente que se equivocó con la crianza que les dio. Dice que tendrían que haber hecho lo que hice yo, así, valoraban más las cosas.
La parte mala de eso es que mi padre defiende mi posición, y cuando ve que me tiran abajo con algo, saca a colación el que yo trabajé desde mucho antes, que estudié, y eso complica bastante el vínculo con mis hermanas.
Aunque no lo reconozcan, y juzguen, en el fondo, yo creo que tienen celos. Y me cuesta reconocerlo más a mí que a ellas, porque es muy feo ver que tus hermanos te tienen celos. Especialmente, porque ambas siempre fueron importantes para mí y siempre las quise demasiado. Pero sí, le doy mil vueltas y siento que va mucho por ahí tanto juicio negativo, tanto problema por todo, tanta crítica. Parecería que en la adultez, se han despertado comparaciones tontas, clasistas, etc. Cosas que, siendo todas pares, empiezan a generar rispideces. Al menos, en ellas, porque para mí debería ser la mejor época para disfrutar estando juntas, y siendo jóvenes, viendo crecer a los chicos.
¿Celos de qué? Es algo que he charlado en terapia y con mis padres, porque no lo entiendo, no entiendo qué produce algo así. He llegado a tener algunas hipótesis sobre el origen de esta cruzada y creo vislumbrar algunos motivos. Celos de la relación que tengo con mis padres. De que yo esté en mí casa con ellos, todavía por circunstancias de la vida, y conviva bien. Celos porque tengo mi espacio personal dentro de mi casa, porque "nadie me molesta". Celos porque mis padres me consideren, es decir, que mi papá va al super y siempre me trae algo y mi vieja me suele hacer mis comidas favoritas para cuando vengo de la facultad. Celos porque yo llevo picada los viernes o pancitos para compartir, y eso hacemos, compartir; algo que con ellas no se dio. Celos porque yo soy la hermana más chica y siempre tuve otras libertades. Celos porque mis papás jamás se metieron en el afán de decirme "con ésta persona sí salís y con ésta no te conviene", ni siquiera, cuando era adolescente y estaba enamorada de una persona que ciertamente era mucho más grande, y salíamos.
Sí, celos. Es una salida fácil sentir celos de alguien antes que reconocer que todo lo que tiene puede ser el mérito de haber tomado otras decisiones. Yo no veo nada de malo en mirar a mis padres con compasión, respeto por la educación que me dieron y por el sacrificio que hicieron por mí. Hasta que sea una señora de cien años, si llego viva, yo seguiré intentando siempre mirarlos con más amor que prejuicios o reproches.
Y aunque entiendo que mis hermanas no hicieron esto, ni vivieron una relación tan buena con mis padres, no siento que me merezca la trasferencia del rencor. Tampoco siento que me merezca el golpe gratis, como si tratar de tener un vínculo normal con tus padres fuera un pecado.
Yo elegí qué poner en la balanza con mis padres y accionar siempre desde ese lugar. Y mis padres, por suerte, me han devuelto cosas bonitas. Diferentes a la crianza que le dieron a mis hermanas, siendo que ellas también eran diferentes con ellos.
II.
¿Qué hacen conmigo las dos? Pese a que no me considero una mala hermana ni una mala tía, jamás me reconocen nada bueno. Jamás. Al contrario. Me matan. Juzgan, se meten en todo, dan opiniones que no les pertenece dar, critican, menosprecian, miran la vida que yo armo con prejuicios y permanentes comparaciones.
Critican todo de mí, más que cualquier otra persona que me trate. Eso, la cercanía que creen habilitante, es realmente entre doloroso y cansador porque yo lo que menos hago es meterme en sus vidas, pese a que estoy totalmente en desacuerdo respecto de muchas cosas. Ellas creen que tienen las vidas perfectas y yo creo que el día en que me decida a hablar, no les va a quedar resto para ningún comentario malicioso.
¿Si me defiendo? Sí. Pero me guardo también buena parte de las ganas de mandarlas a cagar y no hablarles más. ¿Por qué no lo hago? Por mis sobrinos, porque quiero seguir en contacto con ellos y quiero verlos crecer. Sólo por ellos. Por asistir a sus vidas, porque tengan una tía presente, que los ama, que los consiente y que los valora muchísimo más de lo que ellos se imaginan; incluso, al punto de ponerlos primero.
¿Por qué no les pago con la misma moneda, y critico sus vidas, y destilo veneno? Porque siento y creo firmemente que no me corresponde, que los hermanos no están ahí para eso. Considero además que somos todas grandes y cada una hace lo que le parece, y ni qué decir sobre eso de juzgar a la gente. Para mí, las personas que juzgan, se tienen que meter la lengua en el culo. Así si, haciendo todo muy resumido y gráfico.
¿Cuál es el eje del conflicto? Que ésta potestad sobre la propia vida, parecería que no aplica para mí. Mí vida siempre está en tela de juicio. El trabajo que tengo, la universidad donde voy - dicen que es más fácil que las otras, ojo -, la pareja que tenía en su momento porque era mucho mayor, las amistades de entonces, los intereses, la forma de ver el mundo o el hecho de ser acusada por "demasiado sensible, demasiado vueltera, demasiado complicada". Lo indignante es que no conocen nada de lo que realmente sucede y he llegado a escuchar cada barbaridad que me hace pensar dónde es que realmente están los enemigos.
Ellas no me preguntan nada directamente. Solo juzgan. Sí, es algo muy triste pero las personas que más me juzgan son ellas: mis dos hermanas. No son otras personas las que me critican, opinan o bardean, son ellas, las personas que me conocen desde que nací y que saben o deberían saber quién soy. Y eso es entre doloroso pero además violento para mí, porque lo considero una falta de respeto permanente a la intimidad.
¿Quiénes creen que son para que una persona les tenga que estar dando explicaciones todo el tiempo, no? Es una postura errónea. ¿Cuántas cosas podría juzgar yo de ellas, por otra parte, si así fuera? Juro que no son buenos ejemplos de humidad y don de gente. Más bien, son el producto promedio de esta sociedad moderna y egoísta, que tiene como resultado personas con problemas de conciencia de clase, poca empatía y muchos prejuicios. Personas incapaces de mirar la realidad, las necesidades y las batallas de las personas que tienen a su lado.
Sin ir más lejos, ellas desprecian a mis padres. A mi mamá porque siempre fue muy pasiva y poco eficaz para el trabajo fuera del hogar. A mí papá, por sentirlo tosco y de poca cultura, aunque dejó su salud para trabajar en función de nosotras fuera del hogar. Ambos hicieron parte del trabajo: mi mamá, desde adentro, y mi papá, desde afuera. Y eso, ellas, lo tomaron como algo natural, como lo dado por derecho, que pasaba en todas las casas, como algo que no implicaba un sacrificio de alguien cercano. Y ese sacrificio quedó totalmente silenciado.
Ahora, cuando somos tres mujeres ya adultas, pero jóvenes aún, me dicen siempre todo lo que debería hacer y no hago. Me marcan todo lo que está mal según sus propios parámetros y siempre va dirigido con tono acusatorio.
Me dicen que ya me debería haber mudado, cuando ellas se pudieron mudar a mi edad, porque lo hicieron con alguien más y no porque les alcanzara. Es decir, que me exigen algo ya mismo cuando ni siquiera han podido lograrlo para sus vidas.
También dicen que debería tener un mejor trabajo, que trabajo en un lugar donde me pagan poco, pero yo valoro mi trabajo porque sin dudas sé que es parte de un camino hacia otro lugar mejor. Cuando no tenía trabajo, me decían que me tenía que ir a limpiar casas porque me tomo unos meses conseguir un trabajo asociado a mí verdadera experiencia laboral. Cuando estudiaba Letras, me decían que me iba a cagar de hambre. Cuando me puse a estudiar otra carrera, para estar mejor profesional y económicamente, me decían que me tenía que recibir primero de Letras y que cómo yo - que siempre me costó Matemática - me iba a poner a estudiar Ciencias Económicas. ¿Una perla? A los pocos meses, una de mis hermanas, empezó a estudiar la misma carrera en otra facultad. ¿Contagio? ¿O pensar "si ésta loca se animó, yo no puedo ser menos"?
También dicen que yo malgasto el dinero. Que compro demasiado y que debería ahorrar. Si me ven con algo de ropa nueva, y aunque ni lo digan, se les nota el interés en los ojos. Están pendientes de lo que uso, aunque yo no haga referencia a eso. Si vienen a mi casa, a veces pasan por mi cuarto y se burlan porque dicen que tengo demasiadas cremas, perfumes y prendas, como si les molestara.
Ambas tienen la fantasía de que yo tengo una vida más fácil que ellas; que a mí todo me cae del cielo y que no tengo problemas con nada. Tienen la fantasía de que soy la eterna consentida y por eso no me voy de mí casa. Me dicen que ya estoy grande, que me ajuste y me vaya a vivir sola a dónde sea. Que deje de estar pegada a mis padres, que no crezco. Pero no todo es lo que parece.
A veces , no voy a mentir, me amargo mucho por todo esto, por las boludeces que escucho, porque no lo puedo creer, cómo hay gente tan cara de mármol. Nadie se imagina cuánto me esfuerzo. Cuánto sacrificio hago a diario. Nadie sabe que yo siempre tengo un ojo en mis necesidades pero que jamás permitiría que a mis papás les falte algo. Ellas no saben que yo gano un sueldo promedio, que no es de los altos siendo honesta, y que con eso pago cuentas, colaboro en mi casa, me pago hasta lo que respiro, me costeo la universidad y me compro mis cosas. Como cualquier mujer joven y funcional que aunque no pague un alquiler tiene un racimo de gastos fijos equivalentes.
¿Por qué no lo digo, no saco mi reseña? Porque no lo hago para sacar provecho y compararme. Todo lo que hago para el bienestar de mis padres, por ejemplo, que no siempre es dinero, es algo que lo hago por ellos y por mí. Que no me interesa publicar. Cada decisión que tomo, tiene fundamentos. Cada elección, el momento donde ocurren las cosas o con quiénes, está pensado. Todo, pero todo, en mis movimientos, tiene un sentido. Y ellas, como no lo saben, han operado igual que el enemigo interior de una nación prolífica. ¿Qué hacer entonces con todo esto? Tener las cosas en claro. Continuar sosteniendo mis ideales y demostrando que con mi vida, simplemente, haré lo que me parezca y eso no va a cambiar por nada de lo que ellas digan.
Sé que ellas están pendientes de las comparaciones superfluas. Me tildan de superficial, de "milipili" y de asquerosa. Han llegado a decir que yo soy incapaz de salir con alguien que no tenga una buena situación económica porque me importa demasiado el dinero. Dictan que debo conseguirme un novio joven. Que soy antisocial. Que soy caprichosa. Que soy egoísta y que soy miserable con el dinero, cuando lo que más me gusta en la vida es hacer circular el dinero como medio para vivir mejor.
A mis dos hermanas no les falta nada en apariencia. Tienen salud y muy buenos trabajos con muy buenos sueldos. Tienen un lugar donde vivir diez veces más lindo que dónde crecimos. Tienen a sus maridos. Mí hermana tiene dos hijos que están sanos gracias a Dios, que son hermosos y buenos, que no tienen dificultades para desarrollarse. Mí otra hermana (del medio) no tiene hijos pero tiene una perrita muy linda, que la adora, y no le falta oportunidad de compartir con sus amigos.
¿Cómo van a juzgar así a un hermano, si no les falta nada, si tienen más que mucha gente en éste momento del mundo?
Yo siempre creí que como les va mejor que a mí jamás me iban a juzgar de esta manera. Pensé que dos personas con esas bendiciones (cosa que me pone contenta más allá de como me tratan y de como yo me defiendo muchas veces con violencia y ferocidad) jamás estarían tan expectantes con mí vida.
Indudablemente, sé que ven en mí que las aterra. De otro modo, si uno no constituye una amenaza para alguien, en algún aspecto, no te tomas el trabajo de matarlo así siempre que te vinculas. Lo que espero es que la vida les demuestre que con estos valores, y esta manera de ver y de valorar, también se llega muy lejos. Aunque me este tomando más tiempo.
Yo sé que todo se me va a dar, realmente lo sé. Trabajo muchísimo para que suceda y mientras voy esquivando las piedras y disfrutando lo que pueda. Sé que yo puedo, que tengo condiciones para que me vaya bien y sé que hay mucha voluntad y esfuerzo sobre las oportunidades que me puso la vida. Agradezco siempre por lo poco o lo mucho que la vida trae a diario y lo que más me importa es hacer todo lo que esté en mi mano para tener una linda vida. Lo que yo creo que será una linda vida para mí por lo menos.
Y ante eso, no hay dureza que pueda. Yo sé que aunque me tome más tiempo, mientras que para mi esté bien, no tengo que sentir dolor por sus palabras. Es un ejercicio que intento y mucho.
domingo, 21 de mayo de 2023
Un tercer camino
La última vez que hablamos, él sacó el tema de un evento que compartimos hace muchos años. Yo tenía 19 años. Javier tenía sus 42. Lo único que me dijo de ese evento mirándolo a través de sus recuerdos de 2014, cuando le comenté que en ese momento había aceptado abiertamente su negativa a estar conmigo, fue que yo era muy joven. Si, así recordábamos el mismo día: él pensando que era joven y sin mirarme de esa forma; y yo pensando que estaba atontada por tanto amor.
Hace unas semanas de causalidad encontré fotos de ese mismo evento. Pareció joda cuando me llegó la notificación del recuerdo de una vieja compañera y estábamos los dos etiquetados en el álbum de fotos, pero no fue joda, más bien, fue memoria. Lo vi a Javier tan joven como entonces era y supe sin dudas que en esa época estaba más prolijo, más lindo y considerablemente más joven. Lo comparé con el Javier del presente, que cumplirá 52 a fin de año, y me quedé pensando qué deseo yo de él; si lo que fue y lo que no pudimos disfrutar o lo que es y no apruebo por mi moral, mi educación y todo ese paquete de privaciones que los adultos solemos tener.
También me vi a mí: sí, era joven, es cierto, y la cantidad de miedo con el que luchaba no ayudaba mucho. Pero creo que no merecía éste regreso ni tampoco ése desaliento de movida, sin siquiera darme chance. Javier no me tuvo fe. Eso fue lo que pasó, hoy a la distancia ya le encontré palabras. Él jamás me tuvo fe. Creyó que por ser más grande que yo se las sabía todas y me subestimó sin darme la oportunidad de jugársela verdaderamente.
Y ahora viene, casi diez años después, a ponerse en mi vida a la fuerza, queriendo que ocupe un lugar de mierda, incorrecto, torpe, que enseguida se le desordenará como se le viene desordenando hace un año.
Un año, sí.
Los procesos con Javier duran más que demasiado.
II.
Tenía el pelo corto, con rulos, y me lo cuidaba con lo que podía, casi no tenía productos de belleza. Tampoco tenía la posibilidad de comprarme tanta ropa linda. Me sentía insegura con mi cuerpo. Tenía complejos con la espasticidad. Necesitaba esconderme. Me daba vergüenza hablar con gente. Creía que estaba gorda. No tenía dinero para hacer grandes cambios estéticos. Y curiosamente, pese a todo, por Javier sí quería ser mirada. Pero Javier no miraba, obvio, atravesado por su propia historia y sus propios miedos, y creo que ni aunque yo hubiese estado buenísima él me hubiera mirado, principalmente, porque carecía de esa capacidad.
Paradójicamente, y pese a ese historial de inseguridad sobre la mirada de Javier, el día dónde todo cambió en 2022 yo estaba vestida con ropa deportiva, lentes de sol y sin nada de maquillaje. Ni siquiera mí pelo estaba en su mejor día. Era domingo. ¿Qué me iba a imaginar?
Cuando entré al comedor de su casa, muy tranquila, me saqué la campera deportiva y me senté en la silla más cercana a la puerta, mientras él preparaba el mate y yo iba dejando la bolsa con parte de mi compra. Abajo de la campera, tenía una remera cualquiera. Pisaba su piso con zapatillas deportivas, no tenía cartera, y andaba encima con una bolsa ecológica de supermercado. Tenía ojeras y mi habitual brote de rosácea bajo el protector solar. Es decir, que el día donde Javier cayó en cuentas de todo, a mí me encontró con todas y cada una de mis inseguridades. Y no me importó.
Claro, ya no era una pendeja. Era una mujer que, más allá de su apariencia estética o física, le habló de su trabajo, de la inflación, de política, de experiencias. Lo interpretó, lo interpeló, le hizo chistes y hasta lo miró con un gesto burlón de superioridad simbólica por poder - al menos ahí - manejar mejor que él la situación.
III.
Creo que ese día, con esa charla, a él se le desarmó todo el campo de privaciones que lo habían unido a mi persona. Pero ¿que importa él? A mí me pasó lo mismo. Nos vi tantos años después sentados en la cocina de su casa igual que la noche de la despedida; hablando contra todos los pronósticos posibles, riéndonos como si el tiempo no hubiese pasado luego de un silencio manifiestamente sostenido durante años. ¿Cómo no iba a afectarme? Me mató.
- ¿Qué? - le dije a Javier, en un momento de esa mateada amistosa.
Me miraba como si se le estuvieran pasando titulares por la cabeza. Como si estuviera entendiendo algo.
- Nada. Estás hecha una mujer - observó - no sos una nena... Me hablás re seria... De cosas serias, también.... - comentó - Creciste
Noté que se puso colorado.
- Y sí, Javi - concedí, con tranquilidad y con seguridad en mi misma - ya crecí, sí. Tengo veintisiete años ahora, vos me conociste hace mucho tiempo.... Bah, nosotros dos ya nos conocemos desde hace mucho pero se modificaron cosas... es normal - le dije.
Javier me sonrió.
-En algunas cosas, estás igual que siempre.
Lo miré, me reí y no le dije nada.
- Hacía mucho tiempo que no hablábamos, es lógico. Lo que pasa es que, bueno, obviamente, tengo otros gustos y otros intereses que vos no conocías. Cosas que se dieron cuando ya no nos dábamos.
- Sí. Hacía mucho tiempo que no hablábamos así. No... - dudó - no hablábamos antes - dijo.
Se rió.
- No, me parece que estaba bien. Habían pasado demasiadas cosas y no tenía ganas de hablar con vos. El tiempo siempre ayuda. Por eso mismo ahora podemos estar acá, hablando lo más bien, y con la naturalidad que en ese momento no teníamos.
- Es cierto, sí. Pero... ¿por qué no hablabas conmigo, guacha? Me ignorabas.
- Porque para mí era lo mejor - dije nada más y me reí - Era lo mejor igual. ¿De qué íbamos a hablar? Estaba todo complicado para nosotros en esa época. Fue una decisión buena no hablar más.
Puso cara de disgusto.
- Yo me acuerdo de todo, sí. Pero no sé... bueno - suspiró y se quedó callado de pronto - Ahora sí estás hablando conmigo y me alegra. Me pone bien que me cuentes, que hables. Hacía mucho que no hablabas así conmigo.
- Todo bien, sí. Ahora es otra cosa - le dije, advirtiéndole, solapadamente.
- ¿Y tu trabajo, en qué estás? ¿Clases no, no?
- No. Fue un proceso todo eso. Hasta hace un meses atrás, estaba sin laburo, trabajando por mi cuenta como Licenciada en Letras, haciendo servicios de corrección.
Sonrió y asintió.
- Después, encontré en una oficina y estoy.
- ¿Capital?
- Sí, CABA. ¿Vos, seguís por ahí también?
- Sí. Pero me mudé de oficina. Ya no estoy más donde conocés vos. Me mudé a ****.
- Ah sí. Estás cerca, igual, cerca de la playa de estacionamiento... - le comenté.
- Claaro. Estoy ahí.
Hablábamos de lugares, de cosas y de acontecimientos que habían pasado hacía ocho años. Las épocas donde yo con diecinueve iba a buscarlo a su oficina , o él se quedaba hasta más tarde adelantando trabajo hasta que yo llegara de la facultad, para volver juntos a nuestro barrio. ¿Cómo es que lo decía tan fresco, casi como si hubiese ocurrido el mes pasado? ¿Cómo le parecía normal que yo me acordaba la calle de su oficina, o que él se acordara de que yo conocía su oficina, tantos años después?
La memoria de Javier, a través de sus palabras, ese día, me conmovió a fuego. ¿De verdad se acordaba de eso, de esos días, de mí, de los motivos por los cuales íbamos juntos a nuestro barrio? ¿Y por qué no me lo había dicho antes? ¿Por qué esperar tantos años?
- Mirá vos. Bueno, vos sos trabajador de CABA, sin dudas. A mí me gusta, la verdad, pero si pudiera... Cambiaría. Hoy en día estoy trabajando en un lugar que es muy concheto, no me siento cómoda - le comenté.
Javier se rió.
- ¿Por qué? Contame todo.
- No, por eso. Son muy agrandados algunos. Y yo, soy de otra forma, vos me conocés. Quiero ir, trabajar, no joder a nadie, e irme a casa. Pero bueno, tienen un poco de prejuicios con la gente del Conurbano y yo soy mala para fumarme esas cosas...
- Sí, ya me acuerdo como sos - dijo, y se rió - Contestataria, revolucionaria... Tirás veinte tiros, decís las cosas de frente...
Me reí.
- En mi defensa, te puedo decir que no soy un poco más moderada en el trabajo, no soy como conociste. Pero hay cosas que yo no me puedo callar, no puedo maquillar... Y todo ese caretaje, toda esta pancarta de los trabajos bien... es una mentira enorme - le comenté.
Javier me sonrió. Encantado. Enseguida, suspiró:
- Qué hija de puta que sos - dijo, carcajeando - Yo ya sé lo que hacés con las cosas que no te podés callar, me acuerdo, sí... No hace falta que me expliques naada - bromeó.
-Bueno, por eso - le dije, siendo prudente - Esto es lo que hay. Esto soy.
- Sí, y no te guardás nada. Como siempre. Seguís ahí, rompedora... En eso, estás igualita.
Suspiré.
- Vos sabés, porque me conocés hace muchos años, que a mí me caen mal estas cosas. Me cuesta mucho callarme frente a algunas situaciones o aceptar todo como si fuera lo mismo...
- No, pero si claro que me acuerdo - dijo, con humor - Sé muuy bien cómo hacés con esas cosas. Vas, encarás a la persona, y se lo decís. No la dejás pensar, no la dejás analizar nada... Vos vas, decidida, se lo tirás todo y arreglate. Lo digo por experiencia propia, lo sufrí en carne propia - dijo.
Lo miré y me reí.
- Bueno, pero ésto es otra cosa. En su momento, con vos, yo te dije lo que me parecía correcto. Igual ya está.
- ¿Estás enojada conmigo por eso? ¿Me odias? - me preguntó, serio.
- No - dije.
- ¿Segura?
- Obvio.
- ¿Pero estuviste enojada conmigo, no?
- Sí, durante mucho tiempo, estaba dolida. Después pasó. El tiempo siempre acomoda las cosas y hizo eso en todo sentido.
- ¿Y me odiabas?
- No, boludo. ¿Cómo te voy a odiar, a vos? No. Pero no implicaba que tuviera que hablar con vos o tratarte bien.
- ¿Por queeee? ¿Por qué guacha?
- Porque sí. A mí me costó en su momento pero fue lo mejor porque se me complicaba. Ésto, ésto que estamos haciendo ahora, hablar sin que sea difícil, ninguno de los dos lo podía hacer. Por eso no te hablé más.
Javier se quedó callado. Asintió con la cabeza. Ese silencio fue clave, pero además, incómodo.
- Bueno, me voy a ir que me va a cerrar el supermercado - dije, cortando ese reencuentro casual para siempre. O al menos, eso pensé. Él no me contestó nada.
Me levanté de la silla, me puse la campera y mientras me estaba subiendo el cierre, Javier se me acercó y sin previo aviso me dio un abrazo y un beso en la cabeza sin soltarme.
En ese instante, lo recuerdo a la fecha, yo me desarmé. Me quedé como tonta sin entender por qué alguien que jamás me quiso, desde mi punto de vista, hablaba así conmigo y hacía todo eso.
- Seguís igual - dijo, todavía abrazándome - revolucionaria como siempre... En eso, no cambiaste.
Me reí y no lo miré de frente porque sentí que iba a pasar algo que hasta el momento no había pasado.
- Bueno, me voy. Gracias por el vino y por los mates. Me cae bien tu perro, Javi.
Javier se rió.
- Después contame si te gustó el vino ¿eh? Compro seguido en esa bodega, te puedo pedir para vos...
- Dale, sí, veo si me gusta y si no lo consigo, te aviso - le contesté.
Trataba de evitar lo que sería inevitable. Un par de horas más tarde, yo estaría en su casa, tomando un vino diferente al que me había regalado, comiendo una picada, y escuchándole decir:
- Hoy cuando te ví, al mediodía, y charlamos me di cuenta que estás hecha una mujer hermosa. Estás muy bien, ¿sabés? En todo. Te convertiste en una mujer que está muuuuy bien - aclaró.
¿Qué quedó en orden después de la charla? Pues nada. Todavía hoy, Javier se acerca por el cariño que seguramente le tuvo a la persona que era a los diecinueve años, de quien conoció todos los miedos y el amor que le tenía. Pero esa simpatía, ese cariño virginal que me puede llegar a tener, se encuentra con la mujer de veintiocho que además de inspirarle ese compuesto tan raro a nivel histórico, lo atrae en otros sentidos que no son solamente sexuales, aunque ocupan un gran espacio.
Desde estos veintiocho le pregunté qué mierda era lo que le pasaba conmigo, que siempre se pone tan raro, tan vueltero, cuando los hombres en realidad no suelen ser así sin persiguen un fin sexual. Me dijo que yo lo puedo, que ése era el problema, que yo lo puedo. Recuerdo haberlo mirado, con sorna y haberle dicho:
- Qué novedad. Vos también me podés a mí, boludo.
No le comenté, y creo que nunca voy a decirle, que desde que tenía 19 años me llegaron indirectas sobre cómo nos llevábamos. Una persona que nos conoció a ambos, y bien, me dijo: "yo no se lo pido, porque me va a decir que no; pero si se lo pedís vos, estoy segura de que te va a decir que sí. Con todos tiene una forma de decirnos que no, sin quedar mal, pero con vos es distinto... ".
Hoy pienso que ya sé por qué lo es. Y que es una pena que, con todo lo que pasó en estos diez años, él vuelva ahora en su maraña de líos, de culpa, de deseos y de mochilas de otros y no tenga las pelotas bien puestas para soltarme o bien para vivirla. Pero no quiero que sea una pena por siempre.
Es por eso que intentaré crear un tercer camino. Algo que no sea drástico, porque con eso, ninguno de los dos puede vivir. Pero además, algo que no sea hiriente para nadie. Un tercer camino, eso, un camino que no se trate de dinamitar todo o de acumular más dolor.
jueves, 18 de mayo de 2023
Escribir
sábado, 13 de mayo de 2023
"Decir no , decir no"
jueves, 11 de mayo de 2023
Frustración, querida maestra
martes, 9 de mayo de 2023
El aire es libre
domingo, 7 de mayo de 2023
Desmantelando deseos
El viernes tuve una sesión de terapia movilizante. Siempre que me toca hablar de éste tema con Javier se me mueven fichas interiores porque, al final del día, es toda una historia que me convoca. Por momentos siento que no está pasando nada y, cuando sale en terapia, me doy cuenta que éste tema se instaló en mi vida. Que está. Y que sigue estando, por las acciones u omisiones, todavía a la fecha.
Al contarle a mi terapeuta que Javier volvió a escribir, ella me dio una devolución que me sirvió muchísimo. Porque mi pregunta fundamental cuando se lo conté, fue: ¿por qué no entiende que ya pasó? ¿Por qué no puede manejar lo que desea de lo que tiene que hacer, inclusive, sabiendo de qué va la experiencia? Y ahí, por suerte, estuvo mi terapeuta para hacerme ver algo que jamás había visto en esa clave.
Ella me sugirió que había que preguntarse con quién viene viviendo Javier este conflicto hace casi ya un año. Yo le expliqué que no entiendo por qué no sabe soltar ni la experiencia que tuvimos, ni tampoco, la insistencia sobre repetir. Le expliqué que para mí, ya era algo que debía quedar en el pasado, porque de continuar, iba a ser difícil y confuso para todos. Pero observé, mientras se lo explicaba con el corazón en la mano, que Javier no lo veía así y que actuaba en consecuencia.
Por ésto y varias cosas que le he comentado antes, ella sostiene que el conflicto que Javier tiene conmigo, por el cual siempre vuelve, es por todo lo que no hizo antes. Éste conflicto reluce en los momentos donde sus actitudes están orientadas hacia la niña que él conoció hace casi diez años atrás, y por otro lado, las actitudes que están dirigidas únicamente hacia la mujer con la que se encuentra hoy cada vez que quiere tratarme.
A él lo tenemos por un lado, mandándome reels tiernos, preguntándome como estoy, queriendo ayudarme con el trabajo, y diciéndome que el whiskey es cosa de gente con más edad, que me mantenga alejada de esa bebida. ¿Es decir? Todos comportamientos que parecen querer pagar una deuda con la chica de diecinueve años por la que nunca se la jugó. Pero, también, lo tenemos por otro lado, mandándome mensajes recomendándome los vinos que me gustan, reconociendo que le pasa lo indecible, provocándome sexualmente, queriendo dominarme, bancándose que cuando se quiera hacer el machito cuidador, protector y varonil, yo lo mande a la mierda. ¿Es decir? Todos los comportamientos que recibe ahora, cuando dejó de esperar que le responda la chica de diecinueve años y se choca con la de veintiocho que tiene cada día menos paciencia.
Y eso no es algo menor: ahora, pese a toda la trasgresión que representa, Javier se siente en un sentido habilitado. Si tiene ganas de tener sexo conmigo, lo puede pensar, es decir, que puede ponerle imágenes a las fantasías, que puede imaginar movimientos, modos, recursos o espacios. Lo mismo ocurre si tiene ganas de mandarme un mensaje para verme, porque lo puede poner en palabras y tiene la terrible osadía de enviarlo. A eso se refiere, aún al día de hoy, cuando me dice: "yo puedo".
¡Claro, ahora sí puede en ese aspecto donde antes estaba totalmente anulado!
Pero el punto es que yo ya no tengo diecinueve años. Yo no soy esa chica que iba a buscar a la facultad, que tomaba poquito y comía menos, que tenía los pies siempre fríos. Que era muy tímida. Que no sabía bien cómo decirle las cosas. Yo, mientras él vivía, también viví. Y crecí, como es debido. Por eso, tiene semejante quilombo ahora.
Porque mientras por momentos quiere contentar a la joven de diecinueve años que quedó diez años atrás en el tiempo, por otros, quiere dominar y poseer a la de veintiocho. Entonces, un día me envía reels de cosas que me ablandan el corazón y un tiempo después me dice que me re-contra.... (bueno, es imposible transcribir este dicho).
Hay una deuda que, por muy dolorosa que sea, o por mucho que deseemos poder anular, quedará para siempre entre nosotros. El no haber podido vivir esa historia en ese momento con las particularidades de ése tiempo y ése espacio. Y lo mejor sería tramitar esa frustración enorme sin quemar todo alrededor.
Yo lo sé, o creo saber, lo que se siente no haber llegado a tiempo. Es una frustración por ambos compartida, de hecho. Constituye el no habernos encontrado nunca en un buen momento. Es el no lugar, el no momento, es la impotencia porque eso suceda de aquélla forma. Es la negativa permanente a algo que parece jamás encontrar o tener su tiempo y espacio en ésta vida. E inclusive sostengo que sentirse frustrados es bastante lógico teniendo en cuenta la deuda que cargamos durante años.
Pero es una deuda que no podemos saldar. Nunca. Porque ese momento, ya se fue.
¿Cómo no vas a tener la fantasía de vivir, antes de morirte, algo que sentías que no ibas a vivir nunca? Entiendo a Javier en ese punto. ¿Cómo vas a decir que no, cómo no vas a querer quemar todas las naves para hundirte finalmente en un deseo que te callaste tantos años? En este punto, lo entiendo tanto como a mi propio nombre. ¿Cómo le vas a negar unas cuentas noches a la persona que deseaste por años? Es difícil, sí. Pero aunque no se las niegue más, aunque él queme todas sus naves, aunque cada invitación recibiera una respuesta positiva, aunque nos fuéramos lejos y solos - como me ha llegado a decir -, jamás, jamás, pero jamás, volveríamos a ese primer momento donde se tendría que haber animado a estar conmigo y no se animó.
Esta es la razón por la que siempre vuelve. Vuelve para cumplir la fantasía con alguien que no existe.
II.
En la actualidad, la imagen que Javier se formó de mí, es mixta. Me dijo que le resultaba difícil separar lo que conocía de mí (es decir, siendo claros: a la pendeja de diecinueve años que le había abierto su corazón), del aspecto sexual y físico que se le había sumado a esa visión con casi diez años de demora. Y sí, hay diferencias, pero yo no creo que sean definitorias para que nada importante cambie. Entiendo que lo moviliza la diferencia, pero no por eso tiene que venir a buscar respuestas, encuentros o móviles nuevos en la actualidad.
Ya no tiene demasiado que ver una chica de diecinueve años que le escribía cartas, le hacia dibujos, le decía que se había enamorado de él; con la imagen de una mujer desnuda, mirándolo a los ojos, encima de su cuerpo, agarrándolo de las manos. Obviamente, sigo siendo yo, pero ya no me conoce lo suficiente y al mismo tiempo usa lo poco que todavía conoce para insistir en seguir encontrándose con un cuerpo y un carácter que ahora sí cree poder asimilar.
III.
La otra pregunta: ¿con quién me estoy vinculando realmente en la actualidad? ¿Con el hombre que nunca se la jugó, a quien parece que le debería demostrar que soy hábil, valiosa, inteligente y mucho más que un corazón para que se anime (y otra pregunta: ¿para qué esa venganza?)? O bien, ¿será que me vinculo desde el desdén con el tipo pelotudo de cinco décadas al pedo, que se cree que porque cogimos una noche, ahora tenemos que hablar de vez en cuando y ser cercanos?
A casi un año de esa acontecimiento que realmente me modificó mucho, siento que todo lo que yo hice para cerrar, para él, en cambio, ha sido una maniobra de apertura hacia una transgresión interminable, acompañada de una avidez por olvidarse de todo que no tiene antecedentes en diez años de conocerlo.
Cada vez que busque a Javier y trate de pensar en el hombre que yo amaba, acabaré por entender que él no existe. Cada vez que él busque en mí a la joven de diecinueve años, que lo amaba, va a comprender que esa chica desapareció. Es duro, pero es así.
Habrá que aprender a vivir con lo que nos pasó, y hacer caso omiso a todo lo otro que pasa. Especialmente, aquello que es propio de una atracción física realmente incendiaria entre un hombre y una mujer, que encima comparten humor, ideología, un pasado y viven a seis cuadras.
Yo no me arriesgo un centímetro más a que me lastime de nuevo. Creo que él se va a confundir, de eso estoy segura, y me va a terminar haciendo confundir a mí. Lo mejor es que cada uno siga su camino. En la vida, en el barrio, y en los deseos. Tratando de pensar en el otro, haciendo el mejor esfuerzo, tratando de no dejarse llevar para procurar vivir sin herir al de al lado.
Ojalá la vida sea amable conmigo y no me obligue a verlo. Yo sé que me cuesta mucho manejar el tema y no lo estoy negando. Al contrario. Lo estoy re contra asumiendo a ver si así encuentro la manera de encuadrarlo y dominarlo para siempre. Me estoy haciendo cargo de ésto que me pasa, aunque no lo pueda llevar adelante, para ver si así la carga y la deuda pesan menos.
De todo corazón, anhelo que tomar distancia y poner límites, sirva. Que la vida me ayude y con algo que me implica demasiado esfuerzo y demasiado autocontrol, no me ponga más pruebas.
Yo ya no sé qué tengo que aprender, pero no creo que sea herir a nadie. Y sé que si me dejo llevar, eso podría hacerle daño a alguien. Y le estoy poniendo todo lo bueno que llevo dentro para no lastimar, no herir, y sostenerme en pie sin abrir mis propias heridas.