lunes, 31 de enero de 2022

El nunca más que no fue

 Más de una vez, durante éstos días que compartimos, miré a Galeno sin poder creerlo. Con la sensación de no poder creer, además, que hubiera vuelto a salir de su provincia después de dos años de pandemia y que hubiera elegido como destino Buenos Aires y que esa elección tuviera que ver conmigo. 

¿Cómo se lo explico a alguien? Realmente pensé que nunca más lo iba a volver a ver. Y cuando digo nunca más es, sencillamente, nunca más. En nuestro caso particular quedaban descartados los encuentros casuales por la calle, por el barrio o por la ciudad y supe desde el primer momento que la fuerza de mi certeza tenía una base totalmente lógica.  A Galeno, estando separados, cada uno en su provincia, yo no lo iba a volver a ver jamás. 

Cuando recién nos separamos, esa idea me alivió lo bastante. Sabía que quedaban con ella descartadas un montón de ocasiones desagradables donde cruzarlo por accidente - por ejemplo - y me imaginé que el olvido iba a tenderse más fácilmente sobre nosotros. Ambas cuestiones se dieron así y con el paso de algunos meses empecé a alejarme de todos los recuerdos con Galeno a una velocidad enorme , ayudada por otras cosas que me fueron tocando transitar. 

 Si pensaba en él, cuando se daba la ocasión, me centraba sólo en enviarle pensamientos positivos, en desearle cosas buenas, y en pensar: "bueno, ojalá que esté feliz y sano ".  Eso no tenía que ver con nada de amor romántico, pero sí, con saber separar la paja del trigo y considerar que, aunque ya no estuviéramos juntos, eso no lo convertía en un mal hombre ni mucho menos en una mala persona.  Solamente, era una persona que se había separado de mí y a la que yo no iba a perseguir, pero tampoco, odiar.  A mi manera,  si bien consideré que cortar todo vínculo era lo más adecuado, tal y como le dije en la charla de la separación, si algún día tenía algún problema y consideraba que podía hacer algo por él, no debía tener dudas al contactarme. 

El resto, en líneas generales, pasó sin penas ni glorias. Quizá al principio llegué a pensar que si Galeno miraba mis movimientos en redes sociales o si me daba like en una publicación de mi sobrino eso era una provocación... Pero, con el tiempo, entendí que Galeno no era esa clase de tipo retorcido; que él había formado parte de mi vida mucho tiempo, que conocía aventuras de mi sobrino, anécdotas de mi familia y detalles de todos sus miembros.  Por eso, precisamente, porque no se había borrado la memoria al despedirnos, estaba ahí, dando un like muy de vez en cuando, aunque sin comunicarse y sin molestar en lo absoluto.       Cabe decir que, hasta que conocí a Galeno, yo estaba acostumbrada a tratar con Javier; quien había sido siempre muy infantil, donde esos bombardeos por redes sociales o en persona sí constituían una manera maliciosa de desestabilizar el límite que le había puesto.  Y donde en lo personal acostumbraba a ponerme a la defensiva ante la primera agitación.  

No obstante esto, con Galeno, al parecer el fin de sus interacciones era distinto. Él miraba una historia o dejaba una huella de presencia en redes, aunque sin burlarse del límite que le había puesto, que era el de no escribirnos. 

Por cada uno de éstos motivos, la idea, o más bien la certeza, de que nosotros no nos íbamos a ver nunca más, me daban un manto de paz muy necesario frente a esa separación y a ese corte emocional que teníamos que efectuar. Y nos daba algo fundamental, que los dos estábamos buscando en 2020, cada uno a su forma: espacio. 

II

El hecho de no esperar nada de él, creo que fue una de las razones principales por las que éste encuentro se hizo posible.  Con Galeno, cuando el contacto se retomó durante 2021, fue muy corto el período donde me mostré incrédula o a la defensiva una vez que aclaramos ciertos puntos. En cuanto charlamos del asunto de la separación y llegamos a un punto común sobre ese tema, prevaleció el entendimiento inocente sobre las cuestiones cotidianas y las preguntas sin dobles intenciones.   El vínculo humano con el correr de los meses comenzó a ganar un poco más de lugar que el vínculo romántico y pandémico que habíamos sabido tener algún día.  

Al no esperar nada de él, tampoco hubo miedos a que desapareciera, ni reproches saltándome por los labios, ni mentiras revolviéndome los dientes.  Mucho menos, teniendo otros frentes de mi vida personal que atender, mucho más urgentes e importantes de lo que me imaginaba.  Por aquélla época donde comenzamos hablando ocasionalmente el mensaje de Galeno no era la razón por la cual yo me desvelaba.  Al no esperar nada de su persona, tampoco hubo preguntas ni reclamos por el contacto o la frecuencia de éste de ninguno de los dos lados. La libertad se volvió bandera nueva y condición necesaria para mí en todo tipo de acercamientos.  Estaba pasando por un proceso muy duro, un completo cambio de piel, y eso me pedía principalmente dos cosas: no ser invadida por nadie y no someterme a las exigencias de nadie.  Necesitaba, paradójicamente, espacio. Y esto no tenía que ver con Galeno en sí, sino, con el trabajo que iría a perder, con el cierre de esa etapa, con la incertidumbre, y con el hecho de que un miedo tan grande como la falta de trabajo se me estuviera haciendo realidad.  

Él había pasado por completo a un segundo o tercer plano cuando volvió a aparecer en mi vida. 

III 

Lo cierto es que Galeno se comportó bien durante ese proceso de espacio que simbolizó las pérdidas de 2021. Nosotros habíamos estado separados siete meses, yo en esos siete meses me había enterado que perdería mi trabajo, y él ya estaba enterado de esa situación.   Creo que uno de sus mayores aciertos, avalado por la experiencia de más de cinco décadas, fue que no me invadió , no me presionó, y no me reclamó en ningún momento ninguna actitud.  

Si bien yo por él hubiera hecho lo mismo, como de hecho sucedió en diciembre 2020, valoré que respetara mis problemas aunque él ya los hubiera superado. Valoré que no me juzgara, que no me impusiera nada y que no me hiciera sentir ningún compromiso en un momento donde no me sentía lúcida para sostenerlos. 

Yo sabía que si quería hablar, él me hablaba. Pero, por encima de todo, sabía que si yo no quería hablarle por una semana, eso estaba también contemplado y pasaba largos días en absoluto silencio, resolviendo mis dudas, mis problemas y mis miedos.   Al estar lidiado con todas estas emociones y en contextos de tanta presión y de tanto estrés, nuestro contacto acabó siendo un lugar seguro. Uno de los pocos lugares seguros que tuve durante los tiempos más oscuros de 2021.  

 Sin embargo, en ese momento, tampoco esperé nada de él.  No esperé que nos volviéramos a encontrar, no esperé que ese contacto fuera de alguna u otra manera y me concentré en lo que me estaba tocando vivir a nivel personal.  Únicamente, en eso. 

IV

Durante nuestras charlas con Galeno, solía sentirme cómoda y entendida con muy pocas palabras. Éso era lo bueno consigo, lo bueno de nosotros, o lo bueno en común: no hacía falta explicar largamente las cosas. Yo lo ponía en palabras como podía y él, con bastante asertividad, me devolvía el comentario complementario, sin prejuicios o frases de positivismo tóxico.  E incluso los días donde estaba triste, o muy desanimada, activaba el modo chiste y de maneras que ni yo sé cómo logró, terminaba sacándome una sonrisa.   Aunque yo me enfocaba en mi proceso y a medida que me iba poniendo nuevamente de pie, me acercaba un poco más a los otros, a excepción de mi sobri, con quien jamás guardé silencio y quien me revivió innumerables veces durante esos tiempos oscuros. 

No sé si alguna vez me imaginé que la vida nos iba a poner en la curiosa situación de los papeles invertidos, pero sé que nos puso, y ninguno de los dos tomó eso como una revancha maliciosa.  

Cuando allá por diciembre 2020 Galeno me dijo que necesitaba espacio y me aclaró que no tenía nada que ver conmigo, sino que no se sentía bien, yo no estaba del todo de acuerdo con sus modos, pero sí - en el fondo, y más allá del enojo del momento - entendía lo que necesitaba y entendía que le podían estar pasando mil cosas que me excedían, que nos excedían, en ese momento. Así que, sin dudas, lo respeté, y me alejé sin hacer de eso ningún show. 

Cuando allá por 2021, Galeno volvió a contactarme, fuí yo  quien necesité espacio del mundo, y admito que para mucha gente eso fue muy difícil de entender. Sin embargo, Galeno, también logró respetarlo y me ofreció un contacto sin condicionamientos ni reclamos, sin prejuicios o tallas.  

Quizá por eso, acabamos fabricando una nueva idea de ese primer nunca más, es decir, el nunca más que no fue. 

domingo, 30 de enero de 2022

Después de la catástrofe

 Volver al bar donde nos conocimos con Galeno, dos años después, fue un guiño a las circunstancias pero no algo del todo planificado.  

Caminábamos por la ciudad, yendo para otra parte, cuando de pronto él me dijo: 

- Después podemos ir a almorzar a  *** ¿querés? 

- Sí, dale - le dije, sin mayores problemas - Estamos cerquita, en la zona. Vayamos. No creo que nos quede muy lejos...  

- No. Está cerca. Estaría bueno que volvamos - expresó. 

- Sí, dale. Cuando terminemos, vamos. 

Y efectivamente, estábamos muy cerca desde donde veníamos caminando, así que nos desviamos sólo doscientos metros. 

Llegamos al lugar, mientras en el camino charlábamos acerca de las cuestiones asociadas al acuerdo entre el FMI y el gobierno nacional - sí, somos dos seres pensantes, y cuando estamos juntos eso se potencia mucho - y Galeno se anunció en la entrada. 

- Hola - le dijo, al recepcionista del bar - ¿hay lugar? 

- Hola - respondió el señor, amablemente - Sí, ¿cuántos son? 

- Dos - le dijo y me señaló - Ella y yo - expresó, para más detalles.  

A continuación el señor nos dió el gesto afirmativo y Galeno me cedió el paso. 

Ingresamos al bar y noté cómo algunas personas nos miraban de reojo cuando entendían, o captaban en realidad, que no éramos familia, pero por encima de todo, también noté que el bar donde con Galeno nos habíamos encontrado la primera vez, luego de lo que fue una marea de lecciones, estaba en el mismo estado. 

"¿Por qué me parecía diferente en la memoria?", pensé, y de pronto recordé la frase de Osvaldo Soriano donde afirmaba que "la memoria lo agiganta todo" cuestión que me resultó  una respuesta posible a esa pregunta instantánea. 

En cuanto nos sentamos, en otra mesa diferente a la de la primera vez, porque estaba ocupada, nos pusimos a mirar nuestro alrededor en silencio.  Era en todo orden algo fuerte a nivel simbólica por aquéllas cosas que representaba, y que apenas pueden ser explicadas con palabras. 

¿Estaba planeado de antemano todo lo que vivimos? ¿Teníamos que volvernos a encontrar? Parecía que sí.  Y si nos quedaban dudas, estábamos en el mismo bar donde todo había comenzado.  

Pedimos la comida, charlamos un poco más,  y nos dedicamos a mirar el espacio. 

- Volvimos - le dije, luego de una observación larga y silenciosa. 

- Sí, volvimos. Ese día, nos sentamos allá - me señaló. 

- Cierto, sí.  No recordaba que fuera así... 

- ¿Qué en particular? 

- El bar - dudé - pero claro... creo que porque abrieron ésta otra puerta y cerraron la puerta que abrí y donde nos chocamos nosotros ese día - le expliqué, señalando la cuestión con mi dedo. 

Galeno asintió. 

- Claro. Eso te confundió. 

- Pero es esa mesa ¿no? 

- Sí, esa es nuestra mesa... - dijo. 

- Sí - musité,  y volví a pensar en la frase de Soriano. 

Observé la mesa que habíamos sabido ocupar, en silencio, largamente. Miré a Galeno saborear su vermú La Fuerza y comer casi lo mismo que se había pedido el día donde nos conocimos.  Comentamos sobre libros y elogiamos la habilidad del barman para elaborar minuciosamente los tragos más estéticos que he visto.  Buenos Aires siguió convirtiéndose en la fiesta de pequeños detalles que Galeno, con su visión de turista, me enseñó a compartir consigo. 

Y luego de muchos meses, sentí que pude volver a formar un recuerdo que me hiciera, al menos, sonreír. 

  A continuación, no pensé en nada ni gesté expectativas. Cero sobre cero. Tábula rasa.  Sólo me dije que a veces la vida te reserva situaciones muy curiosas después de la catástrofe; y que donde uno pone todas sus fichas que las cosas serán de una manera, al final, terminan resultado de otras.

¿Había imaginado alguna vez que íbamos a tener esta oportunidad de volvernos a encontrar? 

La verdad: no. 

Por eso, cuando esa misma noche antes de salir a cenar lo observo dormir la siesta a mi lado, no me parece estar viviendo algo real.  

sábado, 29 de enero de 2022

La revancha

Voy caminando con el bolso en el hombro y no lo creo ni yo.  Voy caminando con el bolso en el hombro un día cualquiera, en Ciudad de Buenos Aires, esquivando a la lluvia. Voy caminando mientras observo tan cerca un icono de Buenos Aires y, francamente, no sé con qué voy a encontrarme ni entiendo muy bien el sentido de la vida con sus caminos inciertos...  

Pero, como siempre, yo voy. 

Galeno me observa llegar y se acerca para ayudarme. Nos miramos a los ojos dos años después y el momento pone la piel de gallina tan sólo al describirlo. Me río, porque ese no es el reencuentro ideal que nos imaginamos, y lo sé. Él se ríe por verme toda cargada y le explico que el remis me bajó antes porque no podía estacionar y con las manos ocupadas tampoco podía responder su mensaje, diciendo "ya voy". 

Una vez juntos en la habitación, dos años después de la última vez que nos vimos en su provincia, me lo quedo mirando unos instantes.  Rocío mis manos con espuma desinfectante, me quito el barbijo, él también se lo quita, y en un absoluto silencio, nos quedamos mirándonos.  Suspiro largamente. Él está sentando en la cama, con la mayor de las calmas. Pero eso sí, sin sacarme los ojos de encima.  Y yo estoy parada, frente a él, a una distancia prudente, aunque sin nada que nos separe, por primera vez, en muchísimo tiempo. 

Avanzo. 

- Hola, persona que me resulta familiar - le digo, simpática, casi como una burla a todo lo vivido, en tantos sentidos, durante estos dos años.  

Galeno se ríe, nos acercamos, y entonces -como un total símbolo de revancha y de victoria sobre tanto dolor y tanta muerte-, nosotros volvemos a abrazarnos.  


viernes, 21 de enero de 2022

El después que supimos construir...

 Todavía me acuerdo de aquél día. Estaba sentada en la antigua silla de mi antiguo escritorio en mi antigua oficina, la Administración. Acababa de venir el Gerente General a darme los buenos días y la chica de la limpieza, con quien charlé largamente sobre el clima general del día y las cuestiones de tránsito. 

Luego de que se fueron todos los visitantes habituales de mis mañanas trabajando presencialmente durante la pandemia me pregunté, por primera vez durante largas semanas, qué iba a hacer con Galeno. 

Mis ojos se perdieron en las filas enormes de carpetas con impuestos, facturas, resúmenes bancarios y órdenes de pago; todos archivados por año y período en específico. Me pregunté qué quería hacer y, sin más remedio, me dije: "soltarlo". 

Al instante, sin embargo, en mi garganta se hizo un nudo marinero. Soltar a Galeno era soltar además el deseo de volver a encontrarnos y todas las ilusiones que mutuamente habíamos alimentado a lo largo de muchos meses. Y eso era duro, pero... ¿qué otra posibilidad quedaba? Ya no podía sostener nada más y él estaba dando signos de lo mismo, quizá de una manera todavía más palpable, que acababa de advertir estando una mañana sentada frente a la computadora de la oficina. 

Se había cansado. Se había acostumbrado a que yo estuviera ahí, del otro lado. Y yo me había cansado de estar ahí, del otro lado, haciendo creer al otro que no me daba cuenta de lo que intuía y estaba procesando a mis tiempos, es decir, que en realidad no íbamos a soportar la pandemia. Me había cansado de que él esté, del otro lado, y que no pudiera verse conmigo. Y me había cansado, además, de comprender.  

Al final, éramos dos seres humanos. Como todo el resto. Y la pandemia había roto todo lo conformado.  Seguir sosteniendo la ficción de que nos íbamos a aguantar la pandemia era un absurdo cuando, en realidad, ya todo había quedado demasiado retirado para justificar el deseo o las ganas de seguir esperándolos, aguantándonos, sosteniéndonos, cuando había momentos en los que no podíamos ni con nosotros mismos. 

Ninguno de los dos daba más. 

Planteados estos puntos, unos días después, nos separamos por mensaje. Galeno no fue capaz de atenderme el teléfono cuando le ofrecí una despedida mejor y yo no fui capaz de decirle que otra cosa se podía hacer por la relación cuando me lo preguntó. "¿Qué quisieras? ¿Qué te gustaría que hagamos?", me consultó, tratando de entender mi malestar. "Que no me dijeras esto. Ahora", le dije, con un dejo de desprecio, que en realidad, era enojo con la situación, con el contexto, era impotencia y bronca con todo. 

 Contestó que lo lamentaba y lo creí porque en el fondo yo también lamentaba la pandemia y la distancia inevitable. Entonces, le dije que yo también y que lo único que quería era no sufrir más de la cuenta.  Pero en realidad, no sé, a ciencia cierta, qué otra cosa hubiera querido y eso evidentemente se notó en la etapa posterior, donde nuestra distancia fluyó de una manera silenciosa pero inevitable. 

La pandemia seguía y la solución a este malestar que manejábamos, por lo que se había convertido en una frustración más, sabíamos que era esa.  Con este reconocimiento de rendición mutua, comenzamos a despedirnos de otra manera más humana y más franca. Hablamos con más corazón, como acostumbrábamos, como sabíamos vincularnos.  Galeno advirtió que, por todo lo que le había demostrado siempre, no merecía su silencio y su malestar y me explicó que en ese malestar nada tenía que ver algo que yo le hubiera dicho, sino, más bien, todo lo contrario. Necesitaba estar solo, me dijo, y no podía devolverme indiferencia y silencio cuando no me lo merecía, cuando yo había sido tan genuina y cuando nuestra relación lo había sido.   A sus declaraciones, yo solamente le contesté con un "sí, obvio, está bien, en eso estamos muy de acuerdo. Acá siempre hubo espacio para decirse todo de frente". 

En su momento, no me dijo sus razones, pero me dijo que necesitaba estar solo y yo lo súper respeté.  No, no me dijo los motivos de su malestar, solamente, me dejó afuera de su vida y yo lo separé de la mía.  Por primera vez en un año y medio de charlar casi todos los días, de llamarnos, de viajar a vernos y de tratar de mantener el contacto de algún modo;  la relación y el contacto entre nosotros se habían terminado. 

 De sus motivos me fui dando cuenta con el tiempo; fue bajando la espuma interior y cuando me distancié de su persona y lo coloqué en una posición muy lejana a la de un ex demoníaco, logré encontrarme a mi misma, empezar a vivir mi propio proceso y ver qué proponía ese espacio vacío. 

Sobre sus razones, supe al tiempo, gracias a sus palabras. En junio del 2021, Galeno me contactó y tuvimos una charla muy sincera sobre los meses separados y las cosas que habían pasado en el medio.  

Cuando esa charla terminó, nos dimos cuenta que nos habíamos extrañado, y que pese a todo lo doloroso de la pandemia y sus pocas opciones, el cariño  era lo que conservábamos. Porque había sido lo único irrompible y real en todos esos meses. Porque había sido la base de todo contacto. 

Entendí entonces que Galeno siempre había sido el que, de los dos, contenía al otro, pero el que bajo una mala racha no quería ser contenido y prefería alejarse a vivir su proceso. Entendí que la pandemia nos había ganado. Entendí que la oportunidad la habíamos perdido. Y entendí que en medio de un emergencia sanitaria no se podía sobrellevar una relación a distancia entre su provincia y Buenos Aires. 




II

Cuando en junio del 2021 Galeno vino a buscarme para hablar, le contesté el mensaje y nos permití a ambos, no sólo a él, tener el espacio necesario para poner oportunamente en palabras cosas que, en su momento original, ninguno de los dos había sabido retratar.  

Hoy entiendo que fue uno de los gestos más solidarios que tuve conmigo misma, y con él, porque elegí arriesgarme y exponerme antes que privarme de una resolución más sana, sin pensar en el ego o el orgullo roto. Y que escucharlo también me enseñó cosas sobre los vínculos, que le dió la oportunidad de explicarme, y que lo alivió. 

Al conversar sobre nuestra historia, sobre los sentires, sobre lo que nos pasaba en este después, noté que él sí era el tipo con el que yo había compartido, a la distancia y en persona, circunstancias y vivencias durante más de un año. Que ese sí era mi Galeno, el tipo congruente consigo mismo y con los demás, por el que yo me había envalentonado.  Y que ahí estaba también el trato, el buen trato, que me había dado esta persona desde el primer momento. Comprendí además que lo de diciembre había sido una consecuencia más de ese cóctel de distancia, pandemia, e incapacidades varias, aunque consideré que habíamos hecho muy bien en separarnos. 

Durante aquéllas charlas integradoras pudimos poner palabras mediante numerosas conversaciones sobre nuestra historia, todos los puntos de vista, sin mezquinar uno.  Charlamos sobre el modo de resolver, los errores, y el gran telón de la pandemia como marco de fondo casi más normal que la realidad en la que nos habíamos conectado y posteriormente conocido. Admitimos los celos.  Asumimos el cansancio, el hecho de que había fracasado la misión de aguantar que teníamos y le dimos respuestas al otro que lo condujeron por un camino, al menos, un poquito más sano. 

III

A mi manera, también puse en palabras las cosas buenas y lindas de nuestra relación, hablé sobre los puntos negativos, y entonces juntos construimos un epílogo para aclarar algunos detalles en negro que nos habían quedado de ese final.  

El "después" nosotros lo hicimos de a poco. En silencio. En una intimidad que recién ahora puedo poner en palabras.  En un punto de encuentro del que nadie sabía más que nosotros dos. Casi como al comienzo, pero ya conociéndonos más. 

Una vez que esta reflexión conjunta terminó, sobrevino un planteo más actual a la situación de esos días, es decir, que había una voluntad de conectarse sin ningún tipo de interés ajeno a ese punto.  Y eso se fue sosteniendo día a día. Sin promesas. Sin deseos que no podíamos cumplir y generaban frustración. Con el mismo telón de fondo de la pandemia. Con re-infección de Coronavirus para Galeno, pero además, con tres dosis para él y dos para mí de vacunas contra esta muerte en cuotas que fue el Coronavirus. Con aguante. Con sólo estar porque el otro es el otro y punto.  Y con la libertad de poder ir y venir de esa charla cuando se necesitase. 

Después de este largo recorrido, llegamos a la conclusión de que pasó de todo en estos dos años de pandemia, pero que al igual que todo lo que pasó, nosotros  no estuvimos dispuestos a resignar el lado bueno de nuestra conexión, el fuerte vínculo que nos unió siempre y que hizo posible una relación como la nuestra.  

Exista o no una relación romántica, como era nuestro caso, el asunto fundamental resultó ser el vínculo afectivo genuino que trascendía fronteras, virus y cepas.  

Vaya enseñanza. 

jueves, 20 de enero de 2022

Segundas oportunidades

 Desde hace unos años a ésta parte, por las experiencias que me toco vivir, cambie un pensamiento que por lo general solía rondarme: el pensamiento de que la vida no te daba segundas oportunidades.  

Andaba por ahí y por allá pensando eso. Que algunas cosas en la vida pasaban solo una vez, y el error, estaba además en pensar que solo esa exclusividad se daba para las cosas buenas. Es decir que podías experimentar displacer mil veces pero que las oportunidades de placer eran contadas y se iban descontando de una lista pequeña. 

Por suerte, la vida, poco a poco, me fue demostrando que siempre te da otra oportunidad. No te va a poner en la misma situación, obvio, pero de alguna manera u otra sí te permite volver a empezar. Y de eso se tratan las segundas oportunidades. No son lo mismo, pero sí, nos enseñan que siempre más allá del dolor existe algo nuevo,  algo más, algo distinto. Ya sea porque nos suceden cosas nuevas o porque nuestra capacidad madura y las vislumbra desde una nueva mirada. 

No somos los mismos, sin dudas, pero las segundas oportunidades en la vida existen. De nosotros depende saber aprovecharlas, integrando todo el aprendizaje previo. 

domingo, 16 de enero de 2022

El prometedor serial

 Hace unos días Javier me saludó, tardíamente, por mi cumpleaños.  

Siendo honesta no consideré que ésto fuera necesario, pero una vez que leí su mensaje privado lo respondí con un "sí, la pasé lindo, gracias", procurando ser conclusiva. 

Conclusiva mis petunias, pienso, porque siguió hablando y tratando de estirarme la lengua.  Yo llevé la charla a temas seguros, claro, como lo que comí y tomé el día de mi cumpleaños. Hasta le conté que cociné, es decir, lo más inocente del mundo.   

Sin embargo, aún en ese contexto, y de un modo bastante tirado de los pelos,  Javier me recomendó un vino y me dijo que me lo iba a ir a comprar a la bodega exclusiva donde lo venden y me lo iba a regalar por mi cumpleaños. 

Cuando me dijo eso, tres veces en la charla, las tres veces le desvié el tema. 

Resulta que el año pasado se quería tomar un vino conmigo y, ahora, el señor dueño de cinco décadas de experiencia en decir mentiras, quiere regalármelos. 

Qué tupé, por favor. 

Por suerte, ya no le creo nada. Absolutamente nada. Sé que es un "prometedor patológico", un "prometedor serial" y obvio sus palabras no tienen ningún valor para mí.  

Afortunadamente, perdió poder de influencia sobre mis emociones. 

jueves, 13 de enero de 2022

Aislamiento preventivo

 Luego de los sucesos del finde, aparecieron algunos casos positivos cercanos. Uno de ellos entre los invitados del cumpleaños de mi sobrino y , otro, en la madre de mi mejor amiga. Así que, en términos de COVID-19, comienzan a picar cerca las balas nuevamente. 

Ademas, en paralelo a eso, si bien yo estuve con barbijo durante la celebración de mi sobri, hubo momentos donde me lo saqué para comer o para meterme con él a la pileta. Y asumí el riesgo durante esos momentos porque fue inevitable, dentro del contexto al aire libre, mantenerlo en su lugar. 

Mi mejor amiga dió negativo en su testeo, y eso es una buena noticia, teniendo en cuenta además que la ví el sábado. 

Sin embargo, el martes comencé con mucosidad en la garganta y con un resfriado muy leve, por lo que he decidido aislarme desde entonces.  Mi padre está igual, ya que la persona donde está trabajando es un caso positivo confirmado. Y por suerte mi mama no presenta ningún síntoma. Pero, indudablemente, todo nos lleva a pensar que somos casos positivos, aunque asintomáticos o con síntomas muy leves , dado que además estamos vacunados con el esquema completo. 

Yo consulté con personal de salud respecto a la mucosidad o el resfriado y en relación a los positivos cercanos me han dicho que se consideraban síntomas. Noto además que tengo mucho más sueño que de costumbre, pero eso también es bastante relativo...  Así que, como no está en mis planes testearme teniendo en cuenta como me siento, me dediqué a guardarme algunos días y volver a salir luego el fin de semana cuando se cumplen los cinco días en los que un caso considerado positivo tendría que aislarse. 

Hoy por la mañana me llamaron por una entrevista de trabajo para la tarde. Les expliqué la situación y les dije que, si todavía les interesaba la entrevista presencial si o sí, yo podía presentarme el lunes y que , de otra manera, les podía ofrecer una videollamada. Prefirieron lo presencial. Veremos si me vuelven a llamar. Yo, por lo pronto, sé que hice lo correcto para no perjudicar a nadie.  Si eso lo consideran ok, ok. Si no lo consideran ok, problema de ellos. 

Por lo pronto, sigo en casa. Estudiando, sí, ya estudiando, porque este año me tocó empezar más temprano a hacerlo y tolerando el calor como se puede, entre apuntes y más apuntes. 

La prioridad, si bien existen necesidades claras en este momento, sigue siendo la salud. 




lunes, 10 de enero de 2022

Cumpliendo 27

 Hace unos días, cumplí 27 años. 

Muchos dirán que son pocos, otros dirán que son bastantes, pero a mí, me están empezando a parecer un montón. Soy joven, pero sin dudas, ya soy y me siento una adulta que debe hacerse responsable de tantas otras cosas - más allá de las que ya existen - que a veces me abruma un poco esa idea. 

Si bien la idea de cumplir años hace muchos ya no me simpatiza en lo más mínimo , cumplí haciendo un festejo breve e íntimo en mi casa. Para ello, cociné lo dulce, compré picadita y algunas cosas más, pues mi grupo familiar es de muy muy buen comer y debo decir que es la mejor parte de las celebraciones. 

Vino mi sobrinito, y aunque fue una lástima que no quiso soplar conmigo las velitas (porque tenía sueño), disfrutamos el día juntos y bailamos al ritmo de un remix musical que actualmente lo vuelve loco.  Jugamos, nos mojamos con agua fresquita, comimos picadita, y me di el gusto de mirarlo con amor durante largas horas, al tiempo que me sacó canas verdes y probó todos los snacks que había para probar. Eso sí, él prueba pero te convida todo y quiere que comas a la par suyo, ojo. Travieso y comilón pero igual de generoso y dulce. 

En otros términos, recibí varios regalos y bastantes más saludos. La realidad es que los saludos de la gente más cercana estuvieron y eso me bastó para simbolizar este día como uno especial. También hubo saludos inesperados, pero al mismo tiempo, ya estoy curada de espanto con la gente que resucita durante mi natalicio y luego se esfuma.  Sin dudas el mejor saludo, y el más mágico, fue el de mi sobri que, cuando me vió, me dijo: "feliz cumpleaños, tía ***" y a mí casi se me cae la mandíbula. 

Para culminar, por la noche, vino mi mejor amiga. Organicé mesa al aire libre y, en eso, miré para arriba y cayó una estrellita fugaz. Fue genial, porque además, resultó de esas caídas de estrellas lindas, que dejan un destello por algunos segundos en el cielo.  Yo creo en ellas desde pequeña, me han cumplido deseos, así que además de los que había pedido con la torta, el Universo me hizo otro regalito y aproveché. 


jueves, 6 de enero de 2022

Escribir, siempre escribir...

 Al principio, allá por 2019, nuestras conversaciones consistían en mencionar autores de libros y personalidades con gran intelecto de regiones variadas. "¿Leíste a Borges?". "¿Comentamos este cuento de Cortázar? ¿Querés? Bueno, dale. Lo leemos los dos para el martes".  Eso ocupaba gran parte de las charlas y el tiempo de los días se iba escurriendo en una alcantarilla de la cual era imposible conocer el final. 

Conocer a Galeno personalmente, con el paso de aquéllos meses, se fue haciendo necesario. No se trataba de un amorío adolescente y tormentoso, más bien, se trataba de todo lo contrario; es decir, de la prudencia por no querer ilusionarse demás con personas que quizá no eran lo que parecían virtualmente. 

Aunque suene cursi, hoy ya puedo decirlo: Galeno fue el tipo de hombre que yo quise encontrar durante muchos años y, pensé, no existía. No por su apariencia o su edad, sino, específicamente, por su inteligencia, intereses, personalidad, cualidades, formas de ver las cosas e historia de vida. Cuestiones que, en otros casos, no eran tan pero tan similares, tan de alma. 

Si bien con otras personas había aprendido a conocer música, arte o pintura, con Galeno todo residía en compartir lo que amábamos. En poder ponernos de acuerdo fácil. En mirarnos a los ojos en cada encuentro y adivinarle el pensamiento o la intención. En charlar en repetidas ocasiones sobre ese extraño sentimiento de "te juro que siento que te conozco de toda la vida, que estar con vos es lo más natural del mundo, como si lo hubiera hecho antes durante mucho tiempo...". Y, principalmente, en leernos el cuerpo, la mente, la palabra y los sentimientos desde la primera charla de tres horas seguidas un día de agosto. 

Lo curioso es que, con estos antecedentes, en el pasado persistía una deuda. Y esa era la deuda que yo tenía consigo respecto a la escritura. Galeno me había conocido en las situaciones más íntimas, había convivido conmigo días enteros, me había visto desnuda, despeinada, sin maquillaje, con maquillaje, con o sin lencería y sabía casi todo de mí. Sin embargo, jamás había accedido a mi escritura.  Y no habían faltado momentos donde me dijera, de todos los buenos modos posibles, que perdiera la vergüenza, que no subestimara lo que hacía, que me animara a mostrárselo, que él no se iba a avergonzar, dentro de muchos otros puntos con los que trataba de animarme. 

Pero aquéllo, ese espacio que no podía mostrarle, no tenía que ver tanto con la vergüenza como con la desnudez del alma, un tipo de práctica en la que íbamos avanzando con mucha calma y cautela, a diferencia de la desnudez física donde todo se daba con mil caballos de fuerza. 

La desnudez del alma en nosotros no tenía nada que ver con el sexo, aunque en él, salía a relucir sobradamente. La desnudez del alma residía en exponer nuestras heridas, nuestras miserias, nuestras malas contestaciones, nuestras mejores intenciones y nuestros más profundos sueños; sin que nada de esto equivaliera al espanto. 

¿Hay algo más fuerte que la desnudez del alma siendo que estamos expuestos en carne viva a la mirada del otro? ¿Y qué agregar, además, si ese otro frente al cual nos exponemos es alguien a quien amamos? 

El grado de vulnerabilidad al cual asciendo mientras escribo fue algo que me costó mucho mostrarle. Fue casi como si hiciéramos el amor de otra manera, porque en eso también había una entrega, porque en eso había fragilidad incluso mayor que la física  y, principalmente, porque en esa entrega había magia. Pero también, oscuridad, sombras, novedades e impresiones sobre el mundo íntimo de quien escribe, que siempre trasluce algo, lo quiera hacer o no. 

Puede sonar ingenuo de mi parte pero la realidad es que jamás me había sentido tan vulnerable con alguien en un sentido tan nuevo como durante aquél día que le envié mis textos a Galeno.  Con dedicatoria y todo, claro, como debe ser. Porque quizá un día lo encuentre nuevamente paseando por sus archivos y caiga en cuentas de que participó en uno de los momentos más íntimos, preciosos y vulnerables que viví hasta ahora en mi vida.   

Hasta entonces, recordaré para siempre que Galeno me ayudó a sanar en un momento de mi vida donde yo ya había perdido todas las expectativas posibles respecto a algún vínculo afectivo.  Por esa época, solía argumentar: "es que no me entiendo con nadie realmente", ante la pregunta sobre mi elección de soltería disfrutada. 

Curiosamente, Galeno fue el hombre con quien más me entendí hasta ahora. El de mayor conexión, sincronía, correspondencia, presentimiento y donde empecé a dudar seriamente sobre la existencia de alguna clase de destino, vida pasada o karma. Donde le pregunté si no sería cosa de conocernos de otro tiempo, por miedo a estar volviéndome loca, por temor a esa familiaridad, como si frente a lo inusual de nuestra conexión, esa alternativa metafísica, fuera un poco más mundana. 

El me dijo que no creía en Dios, pero que sin dudas, sentía lo mismo. 

Convinimos entonces en que, si no existía Dios, al menos, a nosotros, nos había unido una  mística francamente inexplicable.