¿Qué hacés cuando tu vida está en modo hago lo que puedo y no podés hacer tanto como te gustaría? ¿O no podés con todo lo que hacías? Últimamente, así me siento. Que no pego una o que en realidad todo lo que venía sosteniendo me pega más y eso hace que me cueste sostener “lo de siempre”.
¿Qué es lo de siempre? Muchos problemas, siendo totalmente sincera.
Un poco lo económico, que hago malabares todos los meses, que me siento con un mes de anticipación a hacer números, para ver lo que podré permitirme y lo que no. Y el estrés cotidiano por no poder moverme de ahí, por no tener más margen.
Al mismo tiempo, una gratitud inexplicable por tener trabajo, pero también, saber que es un trabajo que me consume y que no puedo dejar de un día al otro, mucho menos, sin nada. Sé que mi salida tendría que ser planificada por la sensibilidad de mis tareas, que dónde quiero saltar, que me tienen que pagar mejor, que si es un buen momento, un mal momento, o el momento de uno, que los mensajes de Linkedin ofreciéndome y preguntándome cuánto quiero ganar, para después quizá decirme “tenés un piso salarial alto”. Y sí, yo te entiendo, vos tendrás un presupuesto, pero yo no puedo cambiar de trabajo por menos plata porque si me hago un presupuesto y veo que cada peso está consignado, ganar menos, es simplemente ir a pérdida.
Al mismo tiempo, siento culpa por quejarme. Pero honestamente, ¿cómo no reaccionar a la cantidad de cosas que viví en los últimos dos meses? Marzo fue un mes duro, con Javier apareciéndose por todos lados, haciéndome sufrir como una perra, y yo sin embargo, siguiendo adelante con el laburo, la guita, la familia, la facultad, mi vínculo amoroso oficial, y mintiéndome, sobre todo, mintiéndome, respecto a que aquéllas cosas no me afectaban tanto.
Abril trajo lo propio. Un encuentro sexual con Javier que implicó pasar de largo por todo lo que dijimos. Que me devolvió una intensidad emocional donde yo sentí que me iba a morir, y que me desesperó como nunca antes, porque andá a no desesperar si Javier, desde debajo de tu cuerpo, con todo el suyo en contacto, completamente desnudos, te besa, te mira, te pide, gime con vos, te ve descontrolarte y lo único que te dice es que te quiere coger como a vos te gusta, mientras te mira a los ojos y vos sentís que todo está mal, que absolutamente todo está mal, porque no te puede mirar así este tipo que está en pareja hace más de diez años con la otra fulana, porque algún día este tipo que está en pareja hace más de diez años con la otra fulana, va a tener que dejar de mirarte así. Que algún día le tiene que cambiar esa mirada de tipo atontado. También sentís rabia, porque te dice que le cuesta alejarse de vos. Y sentís dolor, porque a vos también te cuesta. Y sentís enojo, porque todo esto podría ser fácil si el otro te comprendiera, si no nos viéramos más, si todo tendiera a cero, pero el otro es duro también. Cabezadura. Terco. Necio. Caprichoso, como un niño.
Y cuando yo le planteo las cosas con dureza, aunque por dentro me esté retorciendo, Javier me dice que quizá nos podemos ir viendo menos, primero cada un par de meses, luego cada un par más, luego una vez por año. Y yo le digo que quizá, si quiere tener una aventura con otra, le convenga otro perfil, pero que a mi me conoce su familia, la propia novia, sus amigos; que yo soy la última persona con la que debería acostarse. Y también le digo que de mi lado lo conocen, que tenemos mucha gente en común que piensa que no nos damos ni pelota, y no se imagina la realidad. Él me dice que lo sabe, que todo lo sabe, pero que no quiere lastimar a nadie.
Que no quiere lastimarla a ella, porque es una situación sensible, y se corrige: terrible. Dice que es incalculable el dolor que puede llegar a generarle si se entera. Y yo le digo que ya sé, que por eso es conveniente que me escuche, y que no nos veamos más, nunca más. Él se queda callado, suspira, y me dice que no se siente orgulloso. Que sólo lo hace porque no quiere lastimarla, y porque no quiere lastimarse, que tampoco a mi me quiere lastimar, que yo es normal que yo quiera estar con otro hombre que me ofrezca algo mejor. Yo le digo que quiero estar, porque me lo merezco, con un tipo que no me mire solamente como una mina para acostarse, y que sé que él no está para eso, entonces que le aviso que por eso le voy a rechazar los planes. No le pido nada. No le reclamo nada. No me interesa ese papel. Yo solamente le aviso, porque me reprocha cuando le digo que no quiero ser amante de nadie.
Él me dice que se obliga, porque si no se va a ir todo a la mierda, va a ser terrible todo, ella se va a dar cuenta. Yo le pregunto a qué se obliga, porque no entiendo lo que me dice. Entonces, lo larga: me dice que se obliga a verme como un programa casual, y que hace mucho esfuerzo en alejarse de mi, porque corre el riesgo de hacer un desastre, donde muchos pueden salir lastimados. Porque él no quiere lastimarla – aún a costa de que todo sea costumbre -, ni tampoco salir lastimado. Y que si, que tengo razón, que yo no tengo que sentir ninguna atadura con él, que va a intentar alejarse de mi, que hará el esfuerzo, que él lo hace, que por favor, le crea.
Yo me lo quedo mirando, atónita. Para mí, todo esto, fue distinto. Por eso, ese día de abril, de éste abril que no me da respiro, me voy de su casa casi sin palabras. No las tengo. ¿Qué le voy a decir? ¿Dejalo todo, yo estoy del otro lado? No, yo no estoy. Tengo que reconocerlo: yo ya no estoy del otro lado; yo lo amo, quizá lo ame para siempre, pero ya me fui, ya no me puedo quedar ahí esperando la nada. Se me pasa la vida, mientras, y está todo bien, pero Javier ya la vivió. “A mi edad, no tengo opción, no puedo más que darme vuelta y seguir adelante, viendo a ver qué otra cosa puedo construir”, le digo. Me dice que tengo razón, que él lo sabe. Que simplemente no hablemos de esto, porque no quiere ponerse triste.
De su casa me voy sabiendo que si no mato el deseo en mi corazón, éste me va a llevar puesta. No hablo. Después, vuelvo una noche de abril, tratando de que todo transcurra sin palabras, pero al primer Camila que me dice, el pasto me parece cosa impostergable. Salgo de su casa como puedo, cuando lo veo mirarme con cara de tonto, la misma o peor que cuando tenemos sexo, la misma con la que parece descarrillarse.
Después de ese encuentro y esa charla, y sus ojos mirándome, besándome como un adolescente, riéndose cálidamente de boludeces que comento; estoy activa, como si nada. Haciendo planes con mi programa, como si nada, laburando como si nada, haciéndome la boluda, como si nada. Porque es así: no hay nada. Yo no le puedo decir a mi programa que lo dejo porque amo a Javier, porque a Javier lo amé siempre, aún mismo, tuviera en claro que éste iba a ser un amor que se iba a morir conmigo.
Diez días después llego a una guardia porque en la oficina se me durmió la mitad de la cara, el cuerpo, el brazo, las manos. Tampoco siento nada de esa parte de mi cuerpo, y mi terapeuta me dice que esto es un sucedáneo de todo aquello con lo que no puedo ni siquiera lidiar.
Yo solamente no quiero perder el tiempo, pero sucede que mi cuerpo no me acompaña en la osadía. Mi programa, por su lado, no es un ejemplar exótico, hace algunas cosas bien, y otras no tanto, pero no me nace generar ningún conflicto. Yo solamente quiero empujar para adelante, y catalogo lo urgente, frente a lo importante, lo que puedo resolver, de lo que no. A lo que llego, a lo que no llego por el momento.
Mi cuerpo, me manda dolor: de espalda, de encías, de muela, de panza. Yo trato, realmente, trato de no darle bola, de entender que me tengo que calmar y hacer las cosas más lento, pero en cuanto me quedo sin actividad, una angustia que ni siquiera tiene palabras, que no se traduce en lágrimas, que ensordece tanto al punto de no poder mencionarla, arremete. Y vaya si pega, la hija de puta. ¿Por qué estoy triste, tan triste, si yo ya sé cómo son las cosas?
Ahora mismo, mientras tengo un dolor de muela que me deja sin comer, mientras miro la valija que tengo preparada para el viaje con mi Programa en apenas días, mientras no sé cómo mierda debería sentirme, lo que más quiero es simplemente estar en paz, despejarme, salirme de mi misma.
Un viaje siempre ayuda a ver las cosas en perspectiva. A salir de la rutina, del ombligo, de lo que venimos masticando. Yo sé que no es fácil, pero tengo que poder sacar un poco la cabeza de los líos y conectar con que soy joven, que la vida me dará revancha, que llorar está bien, que hay que seguir.
Me gustaría poder llorar a pata suelta, y hace semanas que no puedo.
Eso también es desesperarte.