lunes, 27 de abril de 2026

Hacer lo correcto

¿Qué hacés cuando tu vida está en modo hago lo que puedo y no podés hacer tanto como te gustaría? ¿O no podés con todo lo que hacías?  Últimamente, así me siento. Que no pego una o que en realidad todo lo que venía sosteniendo me pega más y eso hace que me cueste sostener “lo de siempre”.

¿Qué es lo de siempre? Muchos problemas, siendo totalmente sincera.

Un poco lo económico, que hago malabares todos los meses, que me siento con un mes de anticipación a hacer números, para ver lo que podré permitirme y lo que no. Y el estrés cotidiano por no poder moverme de ahí, por no tener más margen.

Al mismo tiempo, una gratitud inexplicable por tener trabajo, pero también, saber que es un trabajo que me consume y que no puedo dejar de un día al otro, mucho menos, sin nada.   Sé que mi salida tendría que ser planificada por la sensibilidad de mis tareas, que dónde quiero saltar, que me tienen que pagar mejor, que si es un buen momento, un mal momento, o el momento de uno, que los mensajes de Linkedin ofreciéndome y preguntándome cuánto quiero ganar, para después quizá decirme “tenés un piso salarial alto”. Y sí, yo te entiendo, vos tendrás un presupuesto, pero yo no puedo cambiar de trabajo por menos plata porque si me hago un presupuesto y veo que cada peso está consignado, ganar menos, es simplemente ir a pérdida. 

Al mismo tiempo, siento culpa por quejarme. Pero honestamente, ¿cómo no reaccionar a la cantidad de cosas que viví en los últimos dos meses? Marzo fue un mes duro, con Javier apareciéndose por todos lados, haciéndome sufrir como una perra, y yo sin embargo, siguiendo adelante con el laburo, la guita, la familia, la facultad, mi vínculo amoroso oficial, y mintiéndome, sobre todo, mintiéndome, respecto a que aquéllas cosas no me afectaban tanto. 

Abril trajo lo propio. Un encuentro sexual con Javier que implicó pasar de largo por todo lo que dijimos. Que me devolvió una intensidad emocional donde yo sentí que me iba a morir, y que me desesperó como nunca antes, porque andá a no desesperar si Javier, desde debajo de tu cuerpo, con todo el suyo en contacto, completamente desnudos, te besa, te mira, te pide, gime con vos, te ve descontrolarte y lo único que te dice es que te quiere coger como a vos te gusta, mientras te mira a los ojos y vos sentís que todo está mal, que absolutamente  todo está mal, porque no te puede mirar así este tipo que está en pareja hace más de diez años con la otra fulana, porque algún día este tipo que está en pareja hace más de diez años con la otra fulana, va a tener que dejar de mirarte así. Que algún día le tiene que cambiar esa mirada de tipo atontado. También sentís rabia, porque te dice que le cuesta alejarse de vos. Y sentís dolor, porque a vos también te cuesta. Y sentís enojo, porque todo esto podría ser fácil si el otro te comprendiera, si no nos viéramos más, si todo tendiera a cero, pero el otro es duro  también. Cabezadura. Terco. Necio. Caprichoso, como un niño.

 Y cuando yo le planteo las cosas con dureza, aunque por dentro me esté retorciendo, Javier me dice que quizá nos podemos ir viendo menos, primero cada un par de meses, luego cada un par más, luego una vez por año. Y yo le digo que quizá, si quiere tener una aventura con otra, le convenga otro perfil, pero que a mi me conoce su familia, la propia novia, sus amigos; que yo soy la última persona con la que debería acostarse. Y también le digo que de mi lado lo conocen, que tenemos mucha gente en común que piensa que no nos damos ni pelota, y no se imagina la realidad.  Él me dice que lo sabe, que todo lo sabe, pero que no quiere lastimar a nadie.

Que no quiere lastimarla a ella, porque es una situación sensible, y se corrige: terrible. Dice que es incalculable el dolor que puede llegar a generarle si se entera. Y yo le digo que ya sé, que por eso es conveniente que me escuche, y que no nos veamos más, nunca más.  Él se queda callado, suspira, y me dice que no se siente orgulloso. Que sólo lo hace porque no quiere lastimarla, y porque no quiere lastimarse, que tampoco a mi me quiere lastimar, que yo es normal que yo quiera estar con otro hombre que me ofrezca algo mejor. Yo le digo que quiero estar, porque me lo merezco, con un tipo que no me mire solamente como una mina para acostarse, y que sé que él no está para eso, entonces que le aviso que por eso le voy a rechazar los planes.  No le pido nada. No le reclamo nada. No me interesa ese papel.  Yo solamente le aviso, porque me reprocha cuando le digo que no quiero ser amante de nadie.

Él me dice que se obliga, porque si no se va a ir todo a la mierda, va a ser terrible todo, ella se va a dar cuenta. Yo le pregunto a qué se obliga, porque no entiendo lo que me dice. Entonces, lo larga: me dice que se obliga a verme como un programa casual, y que hace mucho esfuerzo en alejarse de mi, porque corre el riesgo de hacer un desastre, donde muchos pueden salir lastimados. Porque él no quiere lastimarla – aún a costa de que todo sea costumbre -, ni tampoco salir lastimado. Y que si, que tengo razón, que yo no tengo que sentir ninguna atadura con él, que va a intentar alejarse de mi, que hará el esfuerzo, que él lo hace, que por favor, le crea.

Yo me lo quedo mirando, atónita. Para mí, todo esto, fue distinto. Por eso, ese día de abril, de éste abril que no me da respiro, me voy de su casa casi sin palabras. No las tengo. ¿Qué le voy a decir? ¿Dejalo todo, yo estoy del otro lado? No, yo no estoy. Tengo que reconocerlo: yo ya no estoy del otro lado; yo lo amo, quizá lo ame para siempre, pero ya me fui, ya no me puedo quedar ahí esperando la nada. Se me pasa la vida, mientras, y está todo bien, pero Javier ya la vivió. “A mi edad, no tengo opción, no puedo más que darme vuelta y seguir adelante, viendo a ver qué otra cosa puedo construir”, le digo. Me dice que tengo razón, que él lo sabe. Que simplemente no hablemos de esto, porque no quiere ponerse triste.

De su casa me voy sabiendo que si no mato el deseo en mi corazón, éste me va a llevar puesta. No hablo. Después, vuelvo una noche de abril, tratando de que todo transcurra sin palabras, pero al primer Camila que me dice, el pasto me parece cosa impostergable.  Salgo de su casa como puedo, cuando lo veo mirarme con cara de tonto, la misma o peor que cuando tenemos sexo, la misma con la que parece descarrillarse. 

Después de ese encuentro y esa charla, y sus ojos mirándome, besándome como un adolescente, riéndose cálidamente de boludeces que comento; estoy activa, como si nada. Haciendo planes con mi programa, como si nada, laburando como si nada, haciéndome la boluda, como si nada. Porque es así: no hay nada. Yo no le puedo decir a mi programa que lo dejo porque amo a Javier, porque a Javier lo amé siempre, aún mismo, tuviera en claro que éste iba a ser un amor que se iba a morir conmigo.

Diez días después llego a una guardia porque en la oficina se me durmió la mitad de la cara, el cuerpo, el brazo, las manos. Tampoco siento nada de esa parte de mi cuerpo, y mi terapeuta me dice que esto es un sucedáneo de todo aquello con lo que no puedo ni siquiera lidiar.

Yo solamente no quiero perder el tiempo, pero sucede que mi cuerpo no me acompaña en la osadía. Mi programa, por su lado, no es un ejemplar exótico, hace algunas cosas bien, y otras no tanto, pero no me nace generar ningún conflicto. Yo solamente quiero empujar para adelante, y catalogo lo urgente, frente a lo importante, lo que puedo resolver, de lo que no. A lo que llego, a lo que no llego por el momento.

Mi cuerpo, me manda dolor: de espalda, de encías, de muela, de panza. Yo trato, realmente, trato de no darle bola, de entender que me tengo que calmar y hacer las cosas más lento, pero en cuanto me quedo sin actividad, una angustia que ni siquiera tiene palabras, que no se traduce en lágrimas, que ensordece tanto al punto de no poder mencionarla, arremete.  Y vaya si pega, la hija de puta. ¿Por qué estoy triste, tan triste, si yo ya sé cómo son las cosas?

Ahora mismo, mientras tengo un dolor de muela que me deja sin comer, mientras miro la valija que tengo preparada para el viaje con mi Programa en apenas días, mientras no sé cómo mierda debería sentirme, lo que más quiero es simplemente estar en paz, despejarme, salirme de mi misma.

Un viaje siempre ayuda a ver las cosas en perspectiva.  A salir de la rutina, del ombligo, de lo que venimos masticando.  Yo sé que no es fácil, pero tengo que poder sacar un poco la cabeza de los líos y conectar con que soy joven, que la vida me dará revancha, que llorar está bien, que hay que seguir.

Me gustaría poder llorar a pata suelta, y hace semanas que no puedo.

Eso también es desesperarte. 

domingo, 26 de abril de 2026

Es oficial

Es oficial, sí. Eso pienso mientras cierro la valija que armé casi completa. Es oficial.  En algunos días, me voy de viaje con Mi Programa. Suspiro. Preparo todo con detalle, pero hay algo que no puedo fabricar, y es el entusiasmo. 

En la semana, hablo con Javier. Poco. Me dice que está lleno de quilombos, yo le digo lo mismo. Me pregunta en general como estoy y se lo admito: estresada.  Pero eso sí: nada le digo del viaje, ni del otro pedazo de mi vida que intenta salir adelante. Cuando le cuento que no ando del todo bien, me manda un audio, comprendiendo pero diciéndome que lo que me dicen no es fácil de sostener, que cuando a él le pasa, duerme mas, trata de calmarse, pero que cuesta. Se queda en silencio unos segundos en el audio. Me dice que me cuide mucho. Que me manda un beso gigante. Suspira. Como si se estuviera conteniendo. Y me dice chau. Yo le escribo, porque no tengo el valor de dejar salir mi voz. Le digo que él también se cuide. Le mando un beso

En la noche de ese dia, charlo con mi programa. Me habla de camisetas de la selección. Me muestra una que se acaba de comprar. Y cuando la veo, una presión en el pecho me molesta. 

<<Qué linda que es>>, digo. Solo eso, sí. No me atrevo a decirle que Javier tiene la misma camiseta, que siempre admiré como le quedaba ese azul, y que tengo el recuerdo de él, parado en una heladería comprando helado, y yo mirándolo desde su auto, pensando que por fin lo puedo mirar sin sentir que me desbordo y... 

Agrego, porque me dá culpa: <<Es linda, sí. ¿La vas a usar en Londres, cuando vayas?>>. 

Mi programa me explica que es un guiño anti Inglaterra, precisamente, pensando para usar en Londres. Yo me alegro, pero es una alegría sin espesura. Es solamente, toda la alegria que puedo sentir mientras tomo una decision correcta que me cuesta. Y mucho. Porque esa decisión correcta me duele, me re duele, y aun asi, es lo mejor para todos. 

Desearía saber sobrellevarlo mejor, pero a veces no tengo ganas de nada. Solamente, de no sentir nada. De no saber cual es la diferencia. O como se siente la diferencia entre una pasión desbocada y un afecto en constante formación. 

Javier me dice, la ultima vez que nos vemos, hace casi tres semanas, que está con ella por costumbre. Yo asiento. Me angustia eso. Que sea tan notoria su propia desgracia y que nada cambie. Pero suspiro y me repito internamente que no puedo perder mas tiempo.  Tenemos sexo y me voy sin decirle nada, sin dejarlo hablar de si mismo. Cuando me mira y se rie, Javier se atonta. Se atonta como siempre. Pone cara de consentido. Y ahi es donde por lo general yo me quiero matar y me voy. 

 Me voy asi, porque siento que no quiere que esté ahí. Me voy porque no tengo ganas de luchar más contra nada. Solamente estoy haciendo lo que puedo, tratando con todas mis fuerzas de no romperme en el camino. Me alejo porque dejar pasar mas oportunidades en mi vida es perdermela. Y aunque hablamos, me alejo también desde lo que sé que no puedo hacer más.  Aunque lo deseo y todo eso. Porque no me puedo pasar la vida deseando algo que no existe. O que no es posible. O que no es correspondido. Mutuo. Sano. Ordenado. 

Unos dias después, armo la valija. Con mi programa, vamos a ir a otro lado. ¿Estoy feliz? ¿Qué pasaría si no estoy feliz? Capaz que si me doy la oportunidad de estarlo, pueda. 

Mi Programa es buen tipo. Yo se que no me ama, pero como yo tampoco lo amo, me tomo todo esto como un aprendizaje. Comparto lo que pinta, armamos planes, charlamos, tenemos un sexo bueno que no me enloquece pero que se va mejorando y lo principal, es que no me invade con el huracán de sentimientos y emociones conflictuadas que Javier siempre trae a mi puerto. 

¿Que los distancia?

 Javier es un hombre cansino, que se la pasa quejándose de la vida como si no pudiera decidir, por miedoso, cobarde, preocupado por él qué dirán, la imagen y la vergüenza familiar. Y porque no quiere, obvio. Es un tipo movido por el deseo y la culpa. Siempre. 

Mi programa es tajante, decide, inyecta energía en lo que hace. Es un tipo movido por sus convicciones. Tiene una mirada particular del mundo. Le importa un huevo el qué dirán, pero tampoco es que sea el candidatazo. Tiene sus cosas. Tiene muchos años mas, ademas, mas que Javier, lo cual me hace pensar que literalmente es un aprendizaje lo nuestro. 

¿Aprendizaje de qué? 

De todo lo que podés hacer para alejarte de alguien y seguir adelante con tu vida. 

Confío en que Javier se mantenga en su orilla. Ya hemos hablado del tema. Hay que dejar de vernos. De verdad hay que hacerlo. Aunque cueste, claro. Yo ya tengo bastante masticado eso. Javier me lo usa como excusa. El tema es poder sostenerlo en el tiempo. 

Y que el tiempo no se vaya, anhelando cosas que no son posibles.  Yo le deseo siempre lo mejor. Aunque hoy en dia, también trato de gestionarme mi propia felicidad. 


sábado, 25 de abril de 2026

Un norte nuevo

Estos dias, estuve tratando de recuperar margen mental. Para eso, procuré estar tranquila. No comprometerme con nada por fuera de la energía. Dejar de lado obligaciones. Descansar. 

Estas semanas me viene costando mucho. Estoy cansada, irritable, procesando el estrés. Y me sucede que me siento mucho mejor cuando puedo hacer cosas simples: comer algo rico, estar al sol, dormir, leer un libro, tomarme unos mates con mi gato. 

Tengo varios pendientes, pero entendí que lo único que me sostiene hoy en dia es tomarme todo con mas calma.  Haré en la medida que pueda, todo lo que pueda. 

Mañana, de hecho, me habían invitado a hacer planes mis hermanas. Dije que no. Necesito un dia detox para ordenar, limpiar, usar ropa holgada, y principalmente, para estar sola. 

Todo este proceso de los síntomas físicos, mas los temas de siempre, mas una angustia que siento y quiero sacar y no puedo, me hace dar cuenta de que necesito tiempo.  Un tiempo para reflexionar, agradecer todo, pero también, permitirme descansar y hacer cosas para sentirme mejor.  

La principal: tenerme mas paciencia si no tengo la misma fuerza que tenia hace casi 10 dias. Porque en diez días, no se puede pretender hacer borrón y cuenta nueva.  

Bajar cambios, frenar la pelota, confiar en la vida y sus oportunidades. Agradecer. Todo. Inclusive, aunque me cueste, sentir esto que me señala un norte nuevo. 


miércoles, 22 de abril de 2026

Despabilarse

He tomado una decisión, me digo. Y no me refiero solamente al libro que acabo de levantar de la mesa de la librería para llevarme, sino, una decisión en general. Es una decisión sobre la vida y no sobre la espera. Una decision que hablar sobre el presente y no sobre un futuro (im)posible. 

Pienso que ojalá a mí programa le guste el regalo que le voy a hacer. Cumplió los años, y no le había regalado nada, hasta ahora, donde me decido a hacerlo. Es un libro. Un libro que creo que le puede gustar, porque mi programa es un lector permanente. Lee demasiado. Me lee, a veces. Me manda audios hablándome de libros y yo, en esta juntura, parezco la que menos lee de los dos.  Pero al final, ambos amamos los libros, así que me decido. Le elijo uno que trata sobre el lenguaje, la pérdida, la solidaridad y la vida humana. 

Espero, realmente, que lo disfrute. Y espero que este libro, y un poco todo, nos conecte más.  Me haga sentir sinceras, o deseadas, sus palabras. Me haga sentirme parte de sus entusiasmos y no una simple testigo de una felicidad que necesita de mi también para sostenerse. 

Y yo... 

II. 

Mientras voy para la oficina en el colectivo, avanzo por Regimiento de Patricios. De pronto, veo a una señora que se agacha a juntar dos hojas de un árbol gigante, amarillentas. Camina con ellas. Abre la mochila, como puede, saca un libro y se las guarda ahí.  Después, sigue caminando. A paso firme. 

Es una genia. 

III. 

Miro el Río de La Plata mientras tomo mí desayuno en la oficina. Me cuesta volver al ritmo, siento como si se me hubiera quemado un foquito. No desespero. Me permito ser humana. El brazo se me adormece bastante. Después, vuelve a sentirse normal. Ya no tengo miedo. Se que nada físico pasa. Solamente, me gustaría poder descansar, poder distraerme. Poder reírme despreocupada. 

Me doy cuenta que hasta que no me ocupe de mi, no voy a poder avanzar como antes. Asi que pienso que sí es cierto cuando dicen que la salud lo es todo...

Agradecezco lo que tengo. Mucho. Pero una forma de agradecerlo mas, es poder tener salud mental para aprovecharlo. Capacidad para sostenerlo. Corazón para compartirlo. Esas son las cosas que no quiero perder en el camino, en la vorágine de la vida. 

¿Por qué antes de esto pensaba que hacer todo por mi, para mi, era demasiado? ¿Quien lo haría, si no, no?  ¿Lo haría por los demás? Si. Entonces ¿por qué por mi no? 

Hay decisiones que van en contra de creencias limitantes y que cuando las tenes que confrontar te acercan a la salud y te alejan de lo que pensabas que era demasiado para vos. Demasiado bueno o normal, para ser real, cuando fuiste criado en los margenes, concretos y simbólicos, pero también, mentales. Criado por personas rotas, que hicieron casi todo lo que pudieron, a excepción de un mea culpa. 

Ya no me importa eso, igual. Todos cometemos errores. Yo perdono, pongo en contexto, supero esa lealtad familiar nociva de no poder ser mas. 

A mi me criaron con un discurso muy toxico sobre el cuidado. Si te cuidas, si te ocupas, si buscas tener una vida normal lejos de la bajada y te esforzas por romper esas posturas, en mi familia, está mal visto.  Podes progresar, pero tampoco te creas que vas a salir del barro, seria una manera de traducir el mensaje. 

Tal como me dijo mi madre un dia: <<No te lleves nada de esta casa, no te lleves nada de aca, ni de esta forma de vivir, de esta familia. Vos vas a tener otra vida>>. 

Y siendo sincera, hoy prefiero hacer cosas para sentirme mejor y no para quedar bien con el ideario familiar. Cambié mucho este último año, pero aun hace falta *más*. Al caso, nunca encaje del todo acá. Siempre fui distinta. Siempre me pesó serlo. Siempre vi la vida desde una dimensión diferente a todos ellos. 

Y lo sigo viendo. Pero quiza ahora no es ver la vida. Es ver mi vida. Y aceptar que yo necesito otras cosas.  

Y no solo en esto. Mas bien, en todo. 

lunes, 20 de abril de 2026

Gestionando cosas del corazón

Me gustaria decir que está siendo re fácil. Que la tengo re clara, que nada me afecta. Pero no es verdad.  

Y tal como le dije a mi terapeuta hace unos dias, hay cosas que yo siento, que me dan mucha culpa, y que son verdad. No son un pensamiento construido, de lo que el deber indica. Son una consecuencia de lo que uno siente y sabe, a pesar de la propia razón.  

Y yo actualmente me encuentro en mas de un tema a la vez. Pero hay uno de todos ellos que pone a laburar esta dinámica de la persona que siento que debo ser y la persona que soy. 

No es casualidad para mi proceso que cuando por primera vez en mi vida estoy dando pasos pensados, racionales en cuanto a las relaciones, el cuerpo se me duerma. Tampoco es casualidad de que después de otro encuentro con Javier, mi cuerpo haya hecho un espectáculo de estrés, como si tuviera que pagar por el placer recibido una gran carga. Y eso no es menor. Ni es nuevo, tampoco. Es la culpa como regente en mi vida, desde cualquier costado posible. Hoy, esa culpa, esa diferencia, eso que no tengo que desear, eso que me pone en conflicto, porque me desespera, me duerme la cara. 

¿Por qué? Porque yo no lo quiero ver. Hago planes con mi programa. Respondo sus mensajes. Alimento su deseo. Recibo sus gestos con suavidad. Doy. Sostengo. Construyo. Y aun así, el fantasma de Javier no se va. Y como eso me enoja tanto, conmigo misma y con el otro, prefiero negar lo que es y seguir. 

Pero parece que seguir de esta forma, no es la mejor. Y no sé qué hacer, la verdad.  Yo se que tengo que construir otra cosa para mi vida porque me la merezco. Lo que no entiendo es por qué cuando intento hacer esto, se ponen ásperas las cosas. Es como si al adormecer mi deseo, todo se viniera a pique. 

Pero... eso es lo mejor. Es lo mejor para mi sobre todo y lo mejor para ellos. 

¿Por qué no se siente asi? 



domingo, 19 de abril de 2026

Parar la pelo

Después de lo que me pasó el jueves, con el adormecimiento corporal por estrés, me quedé bastante pensativa. 

Pienso, claro, cómo llegué a esto. Como un dia de entrega de impuestos normal en el trabajo, se convirtió en un episodio. Como un dia normal de almuerzo con las chicas, viaje, planes, lo terminé en una guardia porque me pasé de mambo y se me durmió por estrés casi medio cuerpo. Con un cosquilleo permanente, cambios de temperatura, toda una sensación muy extensa y extraña. 

Sí. Me pasé. Pero me pasé mal y mi cuerpo me hizo llegar la factura.  Ahí,  me asusté también. Y ese miedo, el enojo conmigo misma por sentir que no era para tanto cuando quiza yo no sea la mujer super fuerte que imagino, me hizo romper un poco el modo automático que venía teniendo. 

- En mi mente, frente a las cosas que me pasan, hay un otro que puede más.  Que se banca todo. Que no se pone mal. Que sabe manejar las cosas. Entonces yo digo no puede ser que me ponga así. 

- ¿Y quien es, ese otro? 

-No, ni idea. Es un otro imaginario. Es como mi propia presión de sentir que si otro estaría en mi lugar podría. Y yo a veces, no puedo, viste. Y me digo que como ese otro puede, yo soy floja.  

- Es que ese otro que aparentemente todo lo puede, no tiene que vivir tu vida. Vos vivis tu vida y no esa imagen del otro que no se queja. ¿Por qué sentis que esta mal no poder con todo? 

II. 

Es tiempo de parar la pelo. Sí. Por el momento, no tengo ánimos ni energía para pensar, ni para responderme preguntas wow. Es evidente que pasé un nivel de estrés fuerte y que mi cuerpo se esta acomodando.  

Viernes y sabado, traté de hacer lo justo. De relajarme. De tomarme el tiempo para frenar un poco porque después de eso me quedó registrado un cansancio especial,  como si me estuviera recuperando de una sacudida. Por momentos, tengo cosquilleos en los brazos. No sé si esto va a a seguir o no. También siento un poco adormecida la parte izquierda del rostro. 

Y así ando.  Solo se que esto es algo que me despertó. Mi terapeuta me dijo en nuestra charla que mi cuerpo optó por adormecer una parte mia, igual que yo hago en la vida. También me explico que es difícil andar por la vida dividida, por un lado entre lo que no te podes reconocer ni siquiera a vos mismo y lo que deseas. O del tiempo que no te dedicas por el proyecto de... O el foco siempre puesto en el trabajo y el dinero a ver si te alcanza. 

Evidentemente, me tengo que calmar. Parar un poco la pelota. Dejar de pensar que yo soy capaz de dar todas las batallas al mismo tiempo y evitar sentirme culpable por disfrutar, por atender mis necesidades, y no solo por sostener mis obligaciones.  

En relación a esto, mis compañeras de la corpo, mi mama, mis hermanas, mi Programa, me dijeron cada uno a su forma que descanse. Que disfrute mas la vida. Que no me preocupe tanto, que de alguna manera aquellas cosas que no se como resolver hoy, se lograran. 

Me quedo con una frase de mi programa: 

<< Ademas, tenés 31 años. Te quiero feliz>>. 

viernes, 17 de abril de 2026

La vida 🧬

Ayer terminé el día en la guardia. Me fui antes de la oficina, tuve terapia y pase la noche y la madrugada haciendome algunos estudios porque estando en la oficina se me adormeció la mitad de la cara. Y los pies, un poco. Y después el brazo, y la mano. 

Lo primero que hice fue tomarme la presión. Todo bien. Después me fui a casa. Esperé. Seguía sintiéndome igual. Hormigueo, sensación de adormecimiento momentáneo en distintas partes del cuerpo, algo de dolor de cabeza. Y pensar que soy muy joven, obvio, para quedarme seca por un ACV, por lo que debía consultar. 

También, tuve psicóloga. Le comenté. Charlamos bastante y me ayudó a entender esto de otra manera. Yo estaba enojada porque se me había dormido el cuerpo y me había tenido que ir del trabajo, no estaba preocupada porque con 31 años se me había dormido el cuerpo de la nada. Y cuando me di cuenta lo que me estaba pasando, pensé: "ya te vas a hacer ver, no seas tarada que el trabajo va y viene". 

Volví a casa de madrugada. Me hicieron una resonancia de cebrero, análisis de sangre, donde salió todo bien, la médica me dijo que estaba impecable

Solamente, me tengo que calmar. Empezar a hacer ejercicio. Comprarme un complejo de vitaminas. Descansar sobre todo. Y no exigirme tanto con el trabajo, el estudio, la necesidad de hacer todo junto, para ya, de volverme loca con las cosas. 

Tampoco con las personas.

Tampoco con las cuentas. 

Yo solo se que el cuerpo me vino pasando muchas facturas está última semana y no le di bola. Y ayer me pasó una más intensa. Me lleve un susto que no había sentido nunca y ahi me di cuenta que la corpo, la presión, las materias de la facultad, las cuentas, los números y los malabares que hago para que la plata me alcance, entre otros, no compran salud. 

Sin salud, todo lo que reniego, lo que puedo pagar, lo que no, los reclamos, los problemas, lo que deseo, lo que no puedo; todo, todo eso, pasa a segundo plano. Porque sencillamente no podés hacer nada. Ni servís para nada. 

Por suerte, o no, hoy hay paro en mí universidad. No tengo clases. No me voy a atrasar.  Por suerte también, puedo trabajar desde casa. Y por suerte, tengo salud. 

De costado, miro mí notebook por las dudas.  Encima mío, está acostado mí gato, ordenándome las prioridades. Y sospecho, haciéndome terapias gatunas. 

¿Cómo me sentiría hoy si lo de ayer hubiera sido algo físico, no? Creo que deseando descansar. Como estoy ahora. 

La salud es un tesoro. 

martes, 14 de abril de 2026

La gran novela latinoamericana

 Aún no logro resolver un tema con dos empresas, una radicada en Perú y otra en Chile. Ayer estuve con eso en la oficina y hoy me tocó quedarme en otra reunión hasta tarde, por la diferencia horaria. 

 Sobre todo ayer, eso me frustró. Honestamente, me siento una hormiga 🐜  tratando de sobrevivir frente a la burocracia de las corpos. Lidiando con los que laburan para sacárselo de encima y los que no toman el costo como propio. 

Es la primera vez ademas donde me tocan estos temas de una manera tan cerrada. Sin contar con que los administrativos, compradores y usuarios de los distintos sistemas tienen otro folclore para trabajar. Nosotros estamos a mil. Y creo que por eso también vivimos con una locura desmedida. 

Los directores locales ademas no son lo que se dice gente solidaria, con cintura. Dependo de ellos para recibir info, se toman su tiempo, mandan las cosas a medias, mandan las cosas mal. Me las rebotan. Me dejan observaciones. Y yo, sigo intentando. Aprendiendo a manejar sistemas en tiempo récord. Leyendo instrucciones. Preguntando hasta lo tonto. Y poniendo la jeta, incansablemente.  

Es una posición incomoda, la verdad.  Priincipiente porque creen que lo administrativo es puro soplar. Pero no. Si fuera soplar, yo ya hubiera podido hacer botella. Sin embargo, sigo esperando que aquellos que tienen la info sean claros, eficientes, prolijos. O que se hagan cargo de las fallas. Nada más.  

Pero nada de eso sucede, así que me lo tomo con calma. Hago lo mejor. Me tomo lo necesario para mi aprendizaje. Y sigo construyendo una vida fuera del trabajo.  Dentro del trabajo, tengo pendientes. Pero ¿qué remedio? 

Mañana tengo reunión con parte del equipo de la corpo de Perú. Veremos cómo sigue la novela latinoamericana, con todos nuestros países vecinos como personajes, detractores, aliados y otras mieles. 

Ayer tuve una reunión, hoy tuve tres. Por el momento, mi cabeza no sirve para mas. 

Me queda pendiente para mañana sentarme a estudiar y a preparar las actividades de la facultad. También, tengo que mover unos libros. Y organizar mi mes de vuelta tanto para ver como vengo de números como de tiempos, porque uno propone y Dios dispone. 

II. 

Sobre disponibilidad, constantemente siento un dolor lumbar hace bastante y si bien salgo a caminar, me preocupa un poco el mensaje del cuerpo. Esta semana, me salieron ampollas en la boca, inflamación de encías, y un brote re doloroso en las axilas.  

Es como si mi cuerpo me dijera poné un poco de calma acá.  Lo sé: las ultimas semanas no fueron fáciles. Tampoco lo fue el ultimo mes. Pero... estoy viva, siento, me pasan cosas, me corre sangre. ¿Cómo aislarse de todo? 

Mirando a simple vista, en la semana laburo mucho, también estudio y no estoy teniendo tiempo para mover el cuerpo. Si bien salgo a caminar, parece que no alcanza.  Así que tendré que revisar este dolor físico, tanto como le doy tiempo a todo el resto. 

Salir a caminar mas, comer un poco mas de cantidad porque me siento huesuda y ver si puedo nadar para destrabarme físicamente. 

Yo sé que no tengo que dejarlo nunca por mis temas de salud, pero cuadrarlo con la vida adulta por momentos se me hace muy dificil.  

Voy a intentarlo, claro. Intentaré usar el tiempo libre que me queda para reparar mi cuerpo que me está pidiendo atención de una manera no intelectual, no sexual, no como un enemigo. 



domingo, 12 de abril de 2026

Una semana después

 A una semana de haberme vuelto a ver con Javier, volvemos a un estado de silencio. Un silencio que venía pidiendo a todos lados, tanto internos como externos, para poder estar en paz.  

Es curioso, en general, el modo en que se administran las cosas. Es curioso porque yo no me levanto todas las mañanas queriendo herir. No me levanto deseando el mal, pretendiendo a un hombre que no es mío. Deseando que se separe. Nada más lejano que eso. Más bien, si pienso en el tema, deseo genuinamente que se aleje porque sé que esto no tiene reversión. 

Soy sincera con eso. Me levanto tratando de buscar la paz en mí vida general. Me levanto pidiendo a Dios fuerza, agradeciendo tener techo y comida, trabajo, salud. No me levanto con resentimiento, ni odio, ni rabia. Y no, no siempre tengo lo que quiero, más bien, a veces la vida es un lugar de muchos desafíos para mí pero honestamente no quiero dejar que se me pudra el corazón.  Entonces, sencillamente, le digo a mí mente que se aquiete, a mí cuerpo que se modere, a mí corazón que no se compadezca.   Y sigo. 

Seguir no siempre es fácil. Javier no lo pone fácil, como si no estuviera dispuesto a soltar. Patalea cuando le pongo distancia, cuando le pongo límites con palabras. Y a mí también me cuesta mucho trabajo resistirme a sus movidas porque él es una tentación de los pies a la cabeza.  Es la persona que amé siempre. Que espero no amar para siempre, claro, pero que amé siempre. Desde que era una niña, a decir verdad, y no sabría decir hasta cuándo.  Y con la que aprendí lo que es sentir amor más allá de vos mismo, a pesar de vos mismo, casi en contra de vos mismo; lo cual es una tortura. 

II. 

Desde la charla anterior en marzo, hasta esta última de principios de abril, cada vez que pensé en Javier, le mandé buenos deseos. Literalmente. Pensaba en él, me acordaba de él, e incluso en los momentos donde lo hubiera matado, tomé aire, me saqué la rabia, me centré y le deseé felicidad como si me estuviera escuchando. Lo perdoné a la distancia y me liberé como pude de esa carga. 

¿Qué pasó el domingo pasado entonces? ¿Perdí la conciencia del camino recorrido? ¿Dejé de mandar amor con el pensamiento? No. No todo es dos más dos. Y eso para mí, aceptar eso en realidad, es un problema. Un tema que estoy tratando de sobrellevar día a día. Javier es una tentación para mí y yo, tal y como me lo describió, también lo soy. 

Lo que nos diferencia es que cuando él se aleja de mí, yo lo dejo. Dejo que haga su vida, que sostenga las decisiones que tomo, que esté tranquilo. Y no porque no lo quiera, sino, porque entiendo que es la mejor decisión que puedo tomar para mí y para el. 

 En cambio, Javier es más tóxico. Cuando yo me alejo, empieza a llamar la atención con distintas cosas y, siempre que la casualidad lo favorece, no duda en expone sin pensar en nadie, ni siquiera en su novia que camina al lado. Se justifica y me dice que no puede, que le cuesta alejarse, que si, que tengo razón, que no me merezco esto, que siente culpa, que intentará no llamarme, que no puede. Yo le explico que no es por moralista, el me dice que lo entiende perfectamente.  Nos saludamos. Nos despedimos. Nos damos vuelta para seguir con la vida como debe ser y... 

III. 

- Javi - suspiro. 

Javier me toma del rostro, mientras estoy encima de él y me da besos muy cortos. Yo siento que me voy a morir. Y no porque este cerca del orgasmo, sino, porque me está llevando hacía el de una manera que me desespera. 

- ¿Qué? - me dice, derretido. 

- Por favor - le pido - No hagas eso porque no aguanto. 

- No te aguantes - dice, y me besa, sin dejar de susurrarme cosas a menos de un centímetro de mí boca - Quiero escucharte, no quiero que te aguantes. 

Gimo. Javier me mira como si fuera una fantasía todo. Yo no puedo disfrutarlo más. Me angustia hacerlo, de hecho, porque es tanta la culpa, tanta la desesperación por evitarlo, y tanto el deseo que ya no es fácil de guardar; que todo eso sale a la luz con un disfrute intenso.  Y del otro lado, él, me mira casi sin parpadear, obsesionado con que disfrute, con poseerme, con darse, con pedir y hacer, como si tener sexo juntos fuera de vida o muerte. 

IV. 

De hecho, en sesión, le dije a mí psicóloga: "como es posible que yo no pueda racionar, digo, razonar, y antes de encontrarme con Javier, decir no". Y ella sonrió. Claramente, Freud me hizo el favor del año. Porque a partir de eso, que en realidad, queda en evidencia que no son ellos quienes coexisten sin saberlo. Es decir, mí programa y Javier.  Más bien, son dos partes mías que tengo desconectadas. La parte más genuina, divertida, auténtica, apasionada y viva, que la tengo con Javier. Y la parte que construi con mí programa, mucho más cerebral. 

Y eso es duro. Pero es de verdad. Amo lo que amo. Pero es necesario que aprenda más acerca de lo que es mejor amar. O sobre una mejor manera de amar.  Es decir, enseñarle a mí corazón que debe ser fiel a si mismo, pero darse, con gente que lo proteja. 

Yo no me olvidé de lo que merezco, de los motivos por los cuales le plantee a Javier un basta ya. Yo sigo pensando lo mismo. Deseo una relación no tan formal, pero si sin escondites. Un programa con alguien que no sea capaz de sostener por costumbre una relación de añares y que se me derrita, sino, que resuelva lo que deba y se la juegue.  No quiero el típico novio para ir a merendar y ya. Quiero una persona que me desafíe, me interese, sepa leer la vida y que no tema bajar al barro. Que sea buena persona y que principalmente, se deje amar bajo mis manos. 

Mí programa es un buen hombre, en general. Se deja querer de una manera pacífica, natural y a su manera me demuestra que me quiere. Yo me siento querida, la verdad, siento que a su forma me lo transmite, que me escucha, que sexualmente (tema que para mí es muy importante) acompaña todo lo que pretendo descubrir. Pero no me siento amada. Y yo, que tampoco tengo puesto el amor ahí, invariablemente, reconozco que sin demasiadas exigencias, me quedo. 

¿Y por qué? Porque en nada de eso se exige la desesperación descarnada que me produce Javier.  Porque ahí no hay problema si soy solamente la que debería ser y punto. Pero el precio que se paga por cuidar las formas, por ser obediente, por no jugarse, ya se sabe cuál es. 

El asunto es que Javier me conoce desde que tenía 19 años. Sabe quién fui, sabe cómo amo.  Sabe que lo amaba, con la intensidad que yo siento, sabe que no era tibia en mí sentir. Sabe que peleo por mis causas. Sabe que tengo carácter, pero que cuido. Sabe mis miserias. Sabe mis luchas históricas.  Y aunque yo no le cuente casi nada ahora, sabe cómo se compone mí corazón.  Y desde ahí, pide lo que sabe que tengo, pero lo que no quiero darle. Pide una entrega que sencillamente evito hacer por todos los medios, para no lastimarme.  Si Javier de protege de mis efectos sobre él, la verdad, yo hago exactamente lo mismo.  Porque no hay otra alternativa. Y porque él debe seguir adelante con lo que eligió hacer para su vida, si no tiene el coraje de elegir algo distinto que me incluya de verdad. 

Mí programa, conoce un corazón muy distinto. Podemos hablar de todo, hacer planes, pero no me conoce en el grado de vulnerabilidad que Javier me conoce. El conoce lo que yo le quiero mostrar. Javier conoce hasta lo que yo no quiero que nadie vea de mí.  Esa es la gran diferencia. Hay algo que me pasa a pesar mío, hay algo más que lo fui fabricando, algo que me da un orden para no lastimarme, y otra cosa que me desordena, me confronta con mis contradicciones, y me hace sentir viva. 

Pero claro está: no quiero sentirme viva, a costa de mentir. No quiero sentirme viva pensando que este hombre que me mira embobado después va a seguir por costumbre con la vida elegida porque no tiene el valor de desarmar todo. De perder lo seguro. Y de apostar a mí, que a mí edad, y en mis circunstancias, lo único que puedo asegurar es el hoy.  La diferencia con Javier es que ese hoy que le aseguro es terriblemente intenso, verdadero y que se sostiene desde hace más de una década. Pero no deja de ser un hoy de una mujer de 31 años contra un hombre de 55.  Es un hoy honesto, que quizá no lo acompañe para siempre. Es un hoy que no contempla hijos. Que no quiere una familia.  Es un hoy que será hoy pero también será hoy para proyectos, trabajos, cambios. Un hoy donde mañana pasa algo distinto, y... 

Está es mí etapa de la vida. De la única vida que tengo. Y trato de hacer todo lo mejor que puedo con ella. Sé que si Javier se jugara, yo lo haría. Se que no se va a jugar, así que mí obligación es ir hacia donde encuentre por lo menos un poco más de paz, cariño, una manera de seguir viviendo. 

En el medio, el factor sorpresa. La esperanza de que la vida me cruce en otros caminos con bendiciones inesperadas. Con cosas que sean buenas, y que me colaboren para la felicidad. Con personas que pueda amar intensamente y que me jueguen el mismo partido, así ese partido implique desarmar la costumbre. 

sábado, 11 de abril de 2026

Un viernes de locos

 Llegué a casa hace una hora y media. Después de un viernes que poco tuvo sabor a último dia de la semana, a dia apacible, relajado, predecible. 

Los viernes tengo horario distinto de trabajo, por la facultad. Arranco desde casa mas temprano. Por ende, me levanté, me duché para despabilarme porque ayer terminé el día con una sesión de terapia hasta las 21.30; y ya con el mate preparado y calentito, fui metiendo espesura al día. Prendí un sahumerio, abrí la ventana, puse música, encomendé mi día con intención, como suelo hacer y me dije: vamos a darle con todo. 

 Sin embargo, ni bien abrí los primeros correos, me encontré con problemas. Y los problemas, siguieron. 

Una vez resolví el primer tema, no dejaban de pedirme cosas. Inusualmente, querían laburar todos hoy.  Seguí.  Hasta media mañana, donde tenía agendada  una reunión con un grupo de clientes de Perú y Chile, mas mi jefe. Era una reunión importante. De esas específicas, donde la responsabilidad recae en vos, aunque esté el jefe. Y a mi, claro, qué justo, se me fue Internet CINCO minutos antes de su inicio. Y me la perdí. 

Tuve que mudarme a trabajar a la casa de mi hermana. Gastar dinero que no esperaba, ni pretendía. Llevarme todo el cargamento para irme desde ahi a cursar a la universidad a la noche. También me había surgido un tema por lo que había destinado dinero en la farmacia. 

Y, si algo más podia fallar, en casa de mi hermana, no dejaron de saltar distintos temas. Urgencias. Cosas que se destrabaron hoy con qué necesidad.  

Sostuve el dia como pude,  con todo este marco desfavorable. Por el estrés empecé a apretar los dientes. Mis encías me pasaron factura y no podia mas del dolor. Pero sostuve. Sostuve. 

A las 18.00 hs, ya estaba en clase. Tuve 3 horas y media de clase, así que mi mente quedó muy estresada. La clase estuvo tan intensa que fue pasarme anotando constantemente.  

Por suerte, ahora estoy acostada con mi amado gatito. Le dije los piropos de siempre. Ya cené y gracias al cielo, algo rico. Ya me tome un analgésico. Ya me puse el remedio diario. Ya me puse las placas. 

Y ya me siento muchísimo mejor. Aunque como estoy muerta de cansancio, solo puedo decir que él mundo creó una cosa hermosa, y esa cosa hermosa es la cama despues de una jornada intensa. 

La sensación de reparo, es muuuuy especial.  

Será hasta mañana. 

jueves, 9 de abril de 2026

Desesperación

El lunes fue un día duro. Tenia resaca emocional despues del encuentro con Javier, el domingo. Tenía que ir a trabajar a la oficina. Tenía que hacer cosas importantes en el trabajo. Y todo eso, no lo pensé el domingo antes de cruzar la reja blanca, mas bien caí en cuentas después. De eso y de todo, en realidad. 

Fallé. Sí. Otra vez. Tendría que haberme resistido y no pude. Tendría que haberme negado y no pude. Tendría que haber aguantado otro palito más. Y no pude. 

- ¿Por qué hacés las cosas apropósito? Lo de hoy, Javier... 

- Me gustó lo que leí. 

- Pero por qué decirlo, sos jodido, flaco. 

- No soy jodido. Ese poema, estaba bueno. Me pareció. 

Me rei, con sorna. 

- Quiero saber solo una cosa 

- Decime 

- ¿Te acordaste, no? 

- Si. 

- Dios. 

- ¿Qué dije?

- Que yo sabía, lo hiciste apropósito. 

Sonrió. 

- Te mataría, Javier - dije y lo miré, desnudo frente a mi. 

- Yo también. 

Me besó, bajo las sábanas, escondidos los dos.  De pronto, me sentí de nuevo joven. Volví a besarlo, con dulzura, y mordí su boca despacio. 

- Javi, yo me muero de culpa. 

- Lavémoslas. Los dos. Dale, Camila. 

- Después te vas a sentir mal, Ladislao. Nos van a matar a nosotros.  

Javier me abrazó. Entrelacé todo mi cuerpo con el suyo, macizo, pesado, el doble del mio. Me besó apasionadamente. Creo, como nunca pensé que me podía besar. Con todo su ser. 

- Javier - dije, sin aliento - ¿No podes darme un beso normal? 

- ¿Te cansaste? 

Mofé. Lo miré bajo las sábanas y lo acaricié. 

- Vos te vas a cansar. Yo no me canso. Yo te espero, te voy midiendo a ver cómo estas, si querés mas o menos... 

Se rió y me llevó sobre él. 

- Quiero todo, yo. Haceme lo que se te ocurra que te voy a decir que sí. 

Lentamente, me muevo sobre su cuerpo, mientras me inclino. La manera en que lo disfruto, ni tiene explicación. Javier es testigo de eso. Me observa. Me toca. Me besa despacio, mientras gemidos se me escapan, me aferra hacia él y me sigue besando, y me sigue diciendo que le dé todo, que le muestre, que me deje ir, que le venda la resistencia al orgasmo, básicamente.  

Y yo lo doy. Lo aprieto sin importarme nada, me disuelvo con un sufrimiento intenso, siento que el aire me falta. Porque sí. Este orgasmo llega con una desesperación que nunca, pero nunca, había sentido. Que no sé por qué sentí, pero la viví.  Con algo inexplicable. Que no sentí físicamente con nadie. 

¿Eso es acostarse con el enemigo? Si. 

Tiene un punto: él sabe hacer intenso lo intenso y esta es la prueba. He estado en esa situación con otros, he estado en la misma forma, y nunca me habia pasado algo así. 

Del resto, ni hablar. Yo sigo adelante con mi decisión. Esto no fue un error porque me arrancó un velo. Pero tampoco fue un acierto. 

¿Entonces? ¿Se puede querer a dos personas a la vez? 

A mi programa, lo quiero. Lo prefiero. Creo que así es mejor. A Javier, lo desespero. Íntegro. 


martes, 7 de abril de 2026

Camila II

Javier me desnuda y, con su fuerza, me acomoda sobre él. Me mira sonriendo, sin mostrarme los dientes, y con sus ojos, es como si me atravesara.  

Yo lo miro, con todo mi cuerpo en perspectiva, sin guardarme ni siquiera un pliegue o una imperfección que me interese esconder. Llevo todo mi pelo, para armar una colita alta, y es esa la forma en que me preparo, como si con ese gesto que siempre repito, se efectuara una transición mágica.  Es apenas ése el movimiento, armarse una colita de pelo sobre la cabeza, lo que reviste la justa expectativa de Javier. Parece empezar a disfrutar lo que viene. Me mira, acariciándome las costillas, como si jamás me hubiera visto antes.

-            ¿Qué? – le pregunto.

-            Nada – dice, y me sonríe con toda la boca.

-            ¿Todo porque te gustó un poema, te das cuenta? – ironizo.

Javier larga una risa que es sorpresa, mientras me sostiene la mirada. No me la baja en ningún momento, no despega sus ojos negros de los míos, y yo tampoco me retiro de ese combate.  De pronto, como movido por un impulso bestial, me tironea hacia él y me besa.  Me besa despacio al comienzo, pero también, feroz. Apretándome contra su cuerpo con desesperación y dejándose apretar por mí como una bestia domada.

 No sé qué tienen común esas personas que se conocieron cuando tenían 42 y 18 años con éstas de 55 y 31, pero creo, sin mentir, que ninguno de los dos se imaginó esto más allá de desearlo.

En lo personal, por muchas veces que haya pasado, cada vez que vuelvo a su cama, que piso su casa, que entro por la puerta de rejas que me espera abierta y él está detrás; no me deja de sorprender verlo ahí, que sea él, que siga siendo él, tantos años después.   ¿Qué es lo que sostiene esto, que no se apoya en nada, desde hace tantos años, que no tiene absolutamente ningún nombre? ¿Qué es lo que sostiene esto hace más de una década, con sus rulos, sus silencios, sus broncas, sus miradas, sus humores, sus gestos de dulzura, su contención? ¿Cómo puede ser que dos personas no se puedan poner los límites, sin más, y a otra cosa? ¿Tan difícil puede ser, realmente, decir no? ¿O es que, en realidad, todo esto se sostiene en ese ciclo de no poder sostener la negativa?  ¿Cuánto más se puede afirmar en nombre de una calentura? ¿Por qué dos personas no se aguantan un mes el dejar de olerse?  Jamás me pasó algo así. A excepción de él. Jamás. Y es frustrante. Despiadado. Desesperante. 

 En ese instante donde estoy encima de él, Javier me mira y no me dice nada con palabras, pero la forma que tiene de mirarme me incomoda, porque es una rafaga. Parece ser un buen tipo, en ese instante, y me cuesta reconocérselo. Ponerlo como el malo de la historia es mucho más fácil para mí que humanizarlo.  Porque no se puede amar eternamente a los malos. Pero si no se lo odia, y no se lo puede amar ¿entonces, qué? 

Éste hombre, insiste, como si quisiera extraer de mí lo privado, lo impúdico, lo más puro, como si me lo quisiera robar, sabiendo que yo no se lo doy a nadie, por mi forma de ser. Por eso hago el chiste; para cortar el clima, porque esa también es mi forma de ser.   El humor me catapulta hacia otro terreno. No quiero sensiblerías, simplemente, porque siento que me voy a ir al pasto, a la banquina, que será roja directa, un naufragio.

Sin embargo, cuando Javier me tira sobre él, me agarra del rostro como desesperado porque lo hago desear, y me besa con toda la boca, con toda su lengua, y sus mordidas, y su energía, y las ganas que le pone solamente a un beso, yo no tengo tanto margen para correrme. Resistirme. Hacer como que no, nada que ver. 

-            Dios, chabón – me quejo, corriéndole la cara - ¿Cómo me vas a besar así? Dale. Sos un hijo de puta.

Javier se rió y me besó peor, o mejor. Como si mi reclamo, que en realidad era un pedido de orden, lo hubiera entusiasmado.  

-            ¿Así?

-            Puede ser – lo burlo y me alejo, para salirme de ese terreno sin herirlo.  

Él suspira y vuelve a la carga, buscando mi sí, mi afirmativa, mi rendición. Lo miro y suspiro.  Lo beso como me estaba absteniendo de hacer, con ferocidad, entrega, entonces, Javier me vuelca y se apodera de mí con ganas.

-            Quiero que me des todo a mí, que no te guardes nada – suplica, mientras me besa.

Y yo, sinceramente, pienso ¿qué más quiere este hombre de mí, ¿cuándo le alcanzará, cuándo entenderá que su desesperación debe tener fondo y forma?  Javier me abraza, me aprieta como un desquiciado y mi cuerpo es todo, absolutamente todo, suyo.  A tal punto suyo, que me muerde los rebordes huesudos de mis caderas, con algunas estrías muy pequeñas, de otros tiempos adolescentes, del cuerpo que tuve y de la que fui, antes de estos momentos.  Cuando hace eso, lo miro y sonrío.

Disfrutamos, llegamos. Javier busca desesperadamente aire y parece tocar el orgasmo con la punta de sus dedos. Le falta solo un poquito, lo sé, y yo lo aprieto, lo sostengo, lo acompaño, de la misma forma en que me ha sostenido.

-            Ay, voy a…  - dice.

Le doy tiempo, apoyo, lo espero.

-            Así – dice, con dificultad.

Lo aprieto, sin dejarlo, para que finalmente se tire del tobogán. Javier tiembla. Es como si lo estuviera bautizando y fuera un demonio bajo el efecto del agua bendita. Se retuerce con placer. Y para mí, verlo así, es una maravilla aterradora.

-            Esto es tener un orgasmo, la puta que lo parió – dice, mientras se desarma, y se aferra a mi cuerpo con todo lo que puede del suyo.

Queda tendido sobre la cama. En silencio, con los ojos cerrados, desnudo para mí y desarmado.  Yo lo miro, lo espero, y pienso que, definitivamente, es el tipo con más energía sexual que conozco a la fecha.

Me mira, suspira, y dice:

-            Ya está.

-            Veo – digo, con un dejo de humor.

Cuando vuelve del baño, me mira, sin decirme nada, y se ríe, dulcificado. Lo miro, me río y no rompo el silencio para nada.  Un momento después, cuando me visto frente al espejo que ocupa gran parte de la pared, y me refleja entera, le pido si por favor me ayuda a acomodarme una parte de la remera donde no llego.  Mi remera es rayada, tiene cuello bote, y le hago señas para que , si puede, me ayude por detrás.

-            ¿Me ayudas?

-            Sí ¿con qué? – me dice y me apoya las manos a los costados

-            ¿Me doblás la tela de ahí atrás, ves? – lo miro, por el espejo.

-            ¿Esto?

-           

-            ¿Te lo bajo más? – dice y me mira, a través del espejo.

-            Así está bien, ahí quedó, gracias  – susurro y Javier me mira.

Se va para la cocina y me pregunta si quiero tomar un vino. Que él no quiere, dice, porque ya tomó, pero que me acompaña. No le acepto vino, no me hace falta tomar nada, ni mucho menos comer.  Solamente, nos sentamos un momento, él primero que yo, y lo miro. Tratamos temas comunes, pero, a la primera sonrisa embobada que le veo, y donde su risa se vuelve contagiosa por una anécdota y el rostro se le ilumina con su semblante derretido, decido que es momento de irme.

Busco Uber, le pregunto a Javier si tiene cambio. Tengo $20.000.

-            ¿Tenés cambio?

-            No, creo que no – dice - ¿Cuánto tenés que pagar?

-            No pasa nada – le digo, y opto por pagar de otra manera, todo, con tal de no pedirle.

-            Pero, te doy yo la plata.  

-            Ya está, ya pude – le miento.

-            Yo te lo doy, no pasa nada – dice, exasperado y se ríe, incrédulo, porque no le acepto que me pague absolutamente nada. 

 

Lo miro y me río.

 

-            No, no, yo por si tenías cambio... 

-            No, no tengo cambio – me dice, pícaro – Pero si me decís cuánto tenés que pagar, te lo doy.

-            No, no, no pasa nada. 

-            ¿Por qué?

-            Porque no quiero, no hace falta, Javi. Después te lo tengo que devolver, no tengo tu alias, no me lo vas a querer dar. 

-            Listo – dice, y se mofa. Suspira – Hablando de Uber, estuve 2 meses sin auto… - comenta.

Me levanto de la silla, disparada, porque me acaban de aceptar el viaje.

-            Ay, ahí viene.

-            ¿Ya viene?

-            Sí, está a… 2 minutos.

 

Junto mis cosas y me cruzo el bolso por mi cuerpo.

-            Bueno, salimos, ahí va – dice, desconcertado. 


Si quería seguir hablando, me escapé. 


-            Chau – le digo y le pongo la mejilla para que me dé un beso.

Javier se aproxima, me agarra del brazo, para acercarme, y del rostro, para darme un beso.

-            ¿Me abrís la puerta? Digo, no sería muy factible irme si no…

Se ríe y me sigue hasta la puerta. La abre y sale directamente a esperar el Uber. Mi Uber. Él parece ser quien se va, y yo, la que me quedo.

-            ¿Es un auto rojo?

-           

-            Ahí viene – dice y mira el chofer fijamente.

-            Chau – digo por segunda vez.

-            Chau – me dice, como agarrándome.


Y me subo al Uber sin mirarlo, como sí he hecho otras veces. No hay atisbo alguno de continuación, del episodio siguiente. Yo sigo pensando lo mismo. Es extraño: fuera del sexo y su momento, no puedo ablandarme con Javier. Siento que al primer descuido, puede confundirse algo…


  Cada vez que mi versión más genuina sale, a veces por un chiste, un comentario sutil, una salida que no revista temas serios, algo que me muestre real; el me pone una cara que, desde hace tantos años, colecciono por dentro.