Viernes
por la noche. Residuo de un día largo post-estudio, preparando mis
finales para la Universidad que, en ese momento, quedaba a tres horas de mi
casa. Llega un mensaje para confirmar asistencia a la reunión
del día siguiente. Preguntas de rutina, sondeo del día del otro. Ganas de hacer
algo pero ni siquiera saber cómo ofrecerlo. Responder a su pregunta
habitual:
-
¿No vas a salir con tus amigos, hoy?
Sonreír, decidirse y preguntar:
-
No. ¿Vos, no vas a salir?”.
Recibir la respuesta que se espera, es
decir:
-
Tuve un día jodido en la oficina, así que tengo
ganas de salir a correr, ir a dos boliches, volverme caminando y bailar hasta
las seis de la mañana.
Volver a sonreírme, ésta vez,
revoleando los ojos. Saber que es tan Él con esas cosas… Saber que está bromeando, saber cómo
es, saber que eso significa que está estresado, mimoso, pero por lo demás,
acostumbrado a su soledad. Decirle entonces:
-
Pensá una película linda para mirar, pedí comida… y
fijate de tomarte un vino rico, si no… Mimate” - como si le dijera “quiero
compartir todo eso con vos pero tengo miedo de que me rechaces si te lo
pido.
Recibir un:
- ¿Vos no estabas estudiando?
- a modo de prueba, e imaginármelo sonriendo así.
- ¿Vos no estás preparándote para salir
a bailar y a correr la maratón?, preguntar. Que te contesten:
- ¿Vos no vas a salir a bailar
con tus amigos? Es viernes...
- ¡Nah, no me gustan los boliches y lo
sabés!
– explicitar.
Morderme los labios, del otro lado del
teléfono, por la sola idea de la proposición.
-
¿Qué película miro? Elegime una – finalmente, y por suerte, explicita.
Me está buscando el punto, quiere, de
alguna manera, que manifieste mi conformidad con un plan en plural.
-
No me hagas desear - le respondo, contenida, entonces.
Me río de sólo pensar la cara y la
actitud que debe estar atravesando en ese instante donde esa oración debajo de
mi nombre.
-
-
¿Hacerte desear, yo? ¡No! – dice.
-
Rindo el examen
crucial el martes, es una crueldad de tu parte… Me estás haciendo desear con el
plan de tu jornada... – me río, porque sé que se lo estoy haciendo apropósito.
-
¿Y por qué te haría desear? Yo pensé que te iba a molestar o
que tenías ganas de ver a tus amigos, es viernes a la noche… ” respondió, de nuevo.
Puse cara. ¿Cómo no se daba cuenta que
no era un pasatiempo eventual, si no, mi plan incanjeable?
-
Y yo
pensé que no te quiero invadir, porque podés estar cansado de verdad - le
confesé.
-
No, no.
-
Es bueno, él, cierto… - lo burlé, con amor.
Escribió, sin hacer caso a mi chiste:
-
Te cuento lo que voy a hacer, en serio, ahora: cena,
película, vino. Me gustó tu idea y lo voy a implementar. Obviamente, por mí,
estás más que invitada – me dice.
Y yo festejo, porque aunque quizá por
mi edad debería estar en la previa a un boliche con amigos, ése viernes por la
noche, mi deseo me dicta otra cosa por la que me dan ganas de dejar los apuntes
sobre la cama y abalanzarme sobre el ropero, pensando qué puede ser adecuado, o
al menos, qué me voy a poner. Lo hago, sin premeditaciones, moviendo las perchas sin demasiada atención.
Pasan segundos y mientras evalúo la ropa con la que cuento, que no es
mucha pero sí la suficiente, paso los dedos por la pantalla de mi celular.
-
Acepto la invitación – le respondo, y enseguida
añado: ¿Qué llevo?- le
-
Nada, solamente, vení – me responde.
-
¿Qué sos, mi Aladín? – lo burlo- ¿Ahora me cumplís los deseos?” bromeo.
-
Si vos querés, por lo menos, no te hago desear “ bromea, al
corriente.
-
¿Ves que sos buenito, no? – lo pincho – Me voy a bañar
¿dale? Te aviso cuando salí de casa.
Miro y leo la pantalla como si fuera el mejor
de los poemas lorquianos, mientras me río. Pienso, al mismo tiempo que agrupo
todos mis productos de aseo, la potencialidad de éste tipo que, sólo unos meses
atrás, no era más que un compañero de un grupo social con el que nos llevábamos
más de veinte años.
-
No, avisame y te paso a buscar por tu casa a
la hora que quieras - añade, a modo de cortesía. Sé que, al margen de una
cuestión concreta como es la movilidad, lo suyo está revestido en algo mucho
más anterior a eso: los códigos, los buenos modales, la capacidad para tratar
bien, en muchos aspectos, a una mujer. Sin embargo, yo, aunque sé
eso, ya demuestro nociones un poco más laxas en ese aspecto, pese a que me
siento ampliamente cortejada por un hombre al que, antes que nada,
amo.
-
“¿No querés que vaya yo?” - le pregunto por ende, extrañada por tanta caballerosidad,
que aunque abundaba, siempre me sorprendía.
-
“No, señorita. Voy yo, te busco y listo, tranquila. Así
me quedo tranquilo”, dice.
Inspiro
hondo y adopto la máscara correspondiente, disimulado mi felicidad, aunque por dentro esté pegando saltos y gritado: "¡ayyyyyyyyyy!".
-
“Acepto todo, señor… - respondo - En un rato te aviso, vamos
hablando – le aseguro.
-
¿Qué vas a decir en tu casa?” pregunta, de pronto.
-
Nada, que salgo, qué se yo, algo voy a inventar… “le explico, porque honestamente yo
estaba en otra galaxia.
-
Que vaya yo, de todos modos, le da cierta validez - dice, medio en broma, y nos reímos.
-
Acá la que le aporta seriedad a todo esto soy yo, no mientas
– lo toreo - Volver a reír y empezar a elegir la ropa. Decidirme. Algo
sencillo, pero que me gusta cómo me queda: un pantalón y una camisa, sumado al
tapado de invierno y a unos buenos aros; mis aros preferidos. Es que ¿cómo se va vestida a la casa del tipo
que amás? ¿Qué perfume, cuál me queda mejor en la piel? “ ¿El Nina? Sí… junto con
la loción hidratante que trae, es una ocasión especial…” trajino y sonrío... Porque, cuando yo me ponía ese perfume (importado, de los más ricos, pero además invaluable sentimentalmente, ya que mi hermana me había regalado con su primer sueldo como Médica), en ésa época de mi vida, eso quería decir una sola cosa: la persona con la que me iba a encontrar valía la pena y que yo estuviera de punta en blanco, también.

Avisar que salgo, omitir casi todo, mencionar
la persona y que entiendan el motivo de la omisión. Que mi padre lo tome a
bien, realmente al punto de que me sorprenda, y que se vaya a dormir, pero que
mi madre lo tome a mal, y me diga que "probablemente Él se olvide de
pasarme a buscar". Saber que me lo dice porque está enfadada, saber que me
lo dice porque detesta que yo esté enamorada de Él. Saber que me lo dice
porque, en otros momentos, había apelado a su sentido común en detrimento del
mío, respecto a la diferencia de edad y ahora los hechos dictaminan otra cosa.
Saber que todos saben lo que ya sabemos y que no me importe. Que por primera
vez en casi veinte años yo sólo me enfoque en ser feliz. Con los comentarios, tener
paciencia y no dejarme vencer ni pinchar ni arruinar la noche que se
aproxima. Pensar: “es una ocasión especial”.
Un
rato después, escuchar la bocina de su auto en la puerta de mi casa, leve, pero
segura, fiel reflejo de su presencia, su memoria y su voluntad. Saber que
es Él, y juntar mis cosas.
Irme, irme, irme.
Tener certezas, muy pocas, más
allá de su importancia en mi vida. Tener en claro que me las juego
todas, Apreciar la noche en nuestro barrio, deshabitado y
burgués. Inspirar felicidad. Palpar nuestro cansancio. Apreciar la
libertad de estar donde, pero especialmente, con quién se desea. Rogar que
dure, al mismo tiempo donde escucho su voz y me invade la abrupta
sensación de siempre estar en casa, simplemente, porque estamos camino a un
sitio donde Él habita, donde se concentran sus objetos y cada una de las
representaciones concernientes a su vida; lo cual para mí es un
milagro...
Una ocasión especial.