martes, 29 de enero de 2019

"Mi amor por vos se ve tan grande, tan grande como dos galaxias."

El fin de semana mi sobrino tenía los ojos inusualmente abiertos, estaba acostado sobre mi falda - ésa posición le encanta - y miraba para sus costados porque su mamá - mi hermana mayor - le hablaba de lejos. Todo eso se mantuvo, hasta que le hablamos nosotras. Primero mi hermana, y después yo. Ahí El Principito revoleó los ojos, sin fijar la mirada, como es esperable de ésta época en nuestra dirección. Unos segundos después, cuando estallamos en una carcajada de incredulidad, él levantó las dos cejitas a la vez, mientras miraba hacia la misma dirección donde se hallaban nuestros rostros.  Nunca antes nos había escuchado reírnos así. Entonces, qué remedio, nos miramos incrédulas por segunda vez y nos reímos conmovidas. Magnetizadas. Sin poder ponerle palabras a un amor que nos desarma y nos habita por todos nuestros costados. 

¿Qué decir en lo personal?  Él es un milagro para mí. Si es que alguna vez pensé poder querer a mi sobrino, el día donde  llegara, ésto no se le parece a nada. Lo que siento, en realidad, viviendo día a día la experiencia, es algo que me ha modificado por completo. Que alteró mi percepción del futuro. Que me ayudó a entender el propio paso de mi vida. Que me impulsó a ser mejor. Que me llenó de miedos. Que me agolpó en el corazón una felicidad inusitada. Que me pobló el cerebro de preguntas y la coraza interior de filtraciones.  Es algo que, sin dudas, me hace olvidarme de todo, por angustioso o difícil que sea. 

Sobrino mío, mi amor, mi infinito amor... ¿Cómo hacer para explicarte que, desde el día que llegaste, te convertiste en lo que más amo en la vida? Mi chiquito, quizá alcance para empezar con decirte que, cada día donde sé que compartimos éste mundo, vos me das la fuerza para vivirlo. Y eso no es poco. ¿Cómo puede ser que seas el aliciente a todo? Quizá alcance por ahora con decirte que cada minuto donde abrís los ojos, me cuesta creer que estás finalmente con nosotros, porque te amo tanto, tanto, y sos tan chiquito y tan hermoso que se me corta la respiración. 

Valió tanto la pena esperarte, mi vida... Tanto valió soñarte, desde que era adolescente. Tanto valió pensar que alguna vez llegarías. ¡Tanto!  Lo he dicho y pensado muchas veces, en éstos veinte días desde que naciste: sos un sueño, inserto en la realidad, para mi familia, pero en particular, y al menos para mí, también sos todo y mucho más de lo que siempre soñé cuando pretendí ser tía. 

 Gracias a la vida, a Dios, al Universo, y a todo quien corresponda por este ser humano que me caló hasta los huesos, y lo seguirá haciendo, hasta el día en que me muera.  Porque ahora, en sus ojos, veo a mi hermana. Y en mi hermana, al mismo tiempo, sigo viendo a la nena rubia con la que yo jugué toda mi vida. Y aunque parezca incongruente, también puedo verme dentro de unos años re-elaborando la infancia y jugando así, de nuevo, de otro lugar, con su hijo. Es decir, sangre de nuestra sangre. Amor de todo nuestro amor.  Y eso, es impresionante.  Ésa es la única palabra que se me cruza por la mente, cuando me detengo a pensar en ésto: impresionante. 


Te amo con toda el alma, ***. 
Ésta canción es para vos. 
De acá, pasando las dos galaxias. 



jueves, 24 de enero de 2019

La paradoja de las raíces.

- Vos creés que a nosotros no nos preocupa que no consigas trabajo - me dijo mi papá, mientras charlábamos hoy, haciendo sobremesa - pero, no te decimos nada, porque sabemos que lo vas a encontrar. 

-  Yo, antes, pensaba que sí, que ya iba a encontrar , que iba a poder recibirme, que iba a estar todo bien... - le dije, solamente. 

En realidad, éste es un tema del que no quiero hablar. Ni con mi familia, ni con mis amigos, ni con nadie. Creen poder darme las respuestas a mi desánimo y yo, lo único que sé es cómo se siente levantarse cada día y vivir este desconcierto en carne propia. 

-  Y vas a encontrar, y te vas a recibir, y va a estar todo bien - rectificó mi mamá. 

-  Pero ¿quién regula eso? ¿Por qué hay gente que no se esforzó y tiene todo lo que otra gente que se rompió el lomo no tiene? Eso es lo más frustrante para mí: saber que, me esfuerce o no, al final, todo es culo en la vida. ¿Cómo puede ser que dé igual? Entonces ¿no vale la pena estudiar, formarse, capacitarse para cumplir con tu trabajo como corresponde, tratar de dar lo mejor de vos en tu profesión? - les pregunté. 

Mi padre puso cara de no sé qué decirte, y se quedó callado. 
Mi mamá, repitió la misma mueca. 

 - Yo he visto gente que sabía un montón y que jamás tuvo la oportunidad de mostrarlo pese a su preparación y, también, gente que no sabía nada y que ocupaba un lugar fundamental. Lo único que te puedo decir es que acá, techo, comida y lo que necesites para tu carrera, no te va a faltar. 

- No es el hecho, papá. 

- No me importa que no sea el hecho, éso va a ser así. Aunque vos te la puedas pagar... A mí no me importa. Yo me comprometí , y el día de mañana, te vas a dar cuenta... - me dice. 

Y yo mientras me dice todo esto, lo único que pienso es que esta búsqueda me está desgastando, pero que, además, me está arrastrando a un pozo donde no veo nada. Porque cambiar la historia, en éste momento de mi vida donde no resulta nada, se me está haciendo muy difícil.  Sé también lo fuerte que han luchado para que tengamos diferentes oportunidades, y sé que me ven con los ojos del amor, del deseo porque me vaya bien, del optimismo...  Pero en el fondo, no puedo evitar pensar es que es demasiado difícil de explicar cómo me siento en este momento porque es como si la vida me estuviera mostrando dos caras de la misma moneda al mismo tiempo, no en personas ajenas, sino, por el contrario, en personas que estuvieron muy cerca casi los últimos diez años de mi vida... 

Y quizá sea eso, en el fondo, lo que realmente me pone triste, lo que me desgasta, la que me decepciona...  

Ver que la gente cambia. 
Saber que, uno, no es perfecto, pero sí es leal. Y siempre igualito, para ciertas cosas. 

II

Desde siempre, tuve pocos amigos. Solamente dos. Toda la vida, ya que nos conocemos desde hace muchos años, estando parada frente mis amigos yo no dudaba en ser o decir lo que pensaba. Les contaba todo, sin caretas y haciendo prevalecer la esencia.  Nunca he sido, ni soy, ni considero que seré de esas personas que cambian por un puesto, por un sueldo, por un poco de reconocimiento o por nuevos "amigos" y nunca pensé, especialmente de uno de ellos, que fuera capaz de hacerlo. 

Me creo una persona amarrada a mis raíces. Y en éste caso, las raíces, son la estructura común de este malestar donde por un lado está el apego a las raíces que me hace sentir atrapada, es decir, me hace sentir que no puedo cambiar mi historia, como mencioné más arriba. Pero, por otro lado, está el apego a mis raíces vinculado a la educación que recibí y a los valores. Y ésa es la segunda cara de ésta moneda. Una cara donde está inscripta la leyenda que dice: "siempre, te pase lo que te pase, en especial si es bueno, tenés que cuidar tu esencia y mantener la humildad; no creértela, no hacerte la superada; porque todo en la vida son circunstancias" y que me recuerda a las charlas que de pequeñita tenía con mis padres donde me explicaban la importancia de ser buena gente; de ser humilde, de ser transparente.  

Viendo las cosas desde esa segunda cara, es que quiero pensar que, si bien la vida pueda depararme muchas cosas buenas, mejores de las que espero en el presente,  yo no abandonaré mis raíces. Y, lo principal, no me haré la superada frente a las personas que me conocieron cuando no tenía nada, cuando no era nadie, cuando no había logrado nada, cuando nadie me había reconocido y todavía estaba esperando por ver la luz, brillar y resplandecer. 

Como sí estoy viendo que me sucede, a la inversa. Como me lo están haciendo en la cara. Como se están subiendo a un caballo que no corresponde y como se están rodeando de gente nefasta, copiando modelos y talles que yo, desde mi lugar, el mismo de siempre, no pensé que a cierta persona tan virtuosa le podía llegar a ir. ¿Cómo es que el medio te puede transformar tanto, sin llegar a darte cuenta? ¿O es que te alienta a sacar todas las partes de vos, que siempre mantuviste ocultas, y con las que engañaste a la gente? 

Me duele pensarlo,  viniendo de gente que yo ponía al mismo nivel que alguna de mis dos hermanas. Me duele, básicamente, porque siento que siempre me mostré transparente y que, del otro lado, siempre se abstuvieron. Me duele, porque siento que me brindé, mientras serví, y que del otro lado, ahora que se "avivaron" un poco más de cómo es la vida, me convertí en un elemento descartable.  Y más me duele cuando, para atajarse de las omisiones, de las mentiras, de las contestaciones de mierda, cuando no les queda remedio que comentarte algo, esbozan un " me olvidé, se me pasó contarte, con todo esto que nació tu sobrino", como si una felicidad doble no pudiera ser posible ya, entre dos personas que al menos, se consideraban amigas. 

Hablo de esas personas que pensé que eran valiosas y que ahora, mediadas por propias experiencias en las que uno no participa, cambian para mal y, desde el propio lugar uno se pregunta ¿cuándo fue que perdieron la humildad? ¿Cuándo fue el momento donde adoptaron esa agresividad, esa postura de "me las sé todas", ante un mínimo reconocimiento? ¿Por qué cambiaron así, se volvieron una más del montón? ¿Cuándo fue el momento donde debería haberme dado cuenta ? ¿Por qué siento que ya no estoy frente a la misma persona y ya no puedo confiar del mismo modo? 

No hay nadie con quien pueda ni quiera hablar de ésto. O, lo que es más honesto: no me interesa decirle a todos los demás cómo me siento porque ya no tengo nadie en quien confiar, ni siquiera, en quienes yo creía que nunca iban a cambiar y que iban a ser siempre leales, o al menos, la misma clase de persona de la que yo me hice amiga. Porque, al final, las circunstancias terminan delatando a la gente y a veces pueden sacar lo mejor de uno mismo, a veces pueden ponernos de cara a nuestros más profundos miedos, y a veces, pueden evidenciar lo peor. 

Como me dijo mi hermana, hace unos meses, en referencia a la precariedad de vínculos que yo creía absolutos: "una tiene que aprender a ser su mejor amiga".  Y lo cierto es que tiene razón... Porque los demás, al final, al primer ramalazo de una nueva vida se olvidan de quien siempre estuvo ahí, y con eso, casi siempre decepcionan. Y lo cierto es que yo no tengo más espacio para las decepciones últimamente. 

Supongo que por eso, mi objetivo, es que pase lo que pase, pueda o no cambiar la historia, pueda o no tomar lo mejor de mis raíces, pueda o no progresar el día de mañana, siempre cuidaré el ser humilde. 

Viéndolo a mi alrededor, por parte de personas que yo consideré infinitas, a veces, me da miedo el futuro. ¿Y si la vida termina por cambiarme para mal, y me hace la misma clase de persona que yo veo en los otros, que antes eran casi mi familia, y ahora desconozco? 

A veces nuestras raíces pueden ser un poco amargas, pero en otros aspectos, son las únicas que nos mantienen con los pies en la tierra. Todo lo demás, como me decían mi papá y mi mamá cuando era chiquita -, "son circunstancias".  

martes, 22 de enero de 2019

Una ocasión especial

Viernes por la noche. Residuo de un día largo post-estudio, preparando mis finales para la Universidad que, en ese momento, quedaba a tres horas de mi casa.   Llega un mensaje para confirmar asistencia a la reunión del día siguiente. Preguntas de rutina, sondeo del día del otro. Ganas de hacer algo pero ni siquiera saber cómo ofrecerlo. Responder a su pregunta habitual: 

-      ¿No vas a salir con tus amigos, hoy?

Sonreír, decidirse y preguntar:

-      No. ¿Vos, no vas a salir?”.

Recibir la respuesta que se espera, es decir:

-       Tuve un día jodido en la oficina, así que tengo ganas de salir a correr, ir a dos boliches, volverme caminando y bailar hasta las seis de la mañana.

Volver a sonreírme, ésta vez, revoleando los ojos. Saber que es tan Él con esas cosas…  Saber que está bromeando, saber cómo es, saber que eso significa que está estresado, mimoso, pero por lo demás, acostumbrado a su soledad.  Decirle entonces:

-       Pensá una película linda para mirar, pedí comida… y fijate de tomarte un vino rico, si no… Mimate” - como si le dijera “quiero compartir todo eso con vos pero tengo miedo de que me rechaces si te lo pido

 Recibir un:

¿Vos no estabas estudiando? - a modo de prueba, e imaginármelo sonriendo así.  
- ¿Vos no estás preparándote para salir a bailar y a correr la maratón?, preguntar. Que te contesten:
¿Vos no vas a salir a bailar con tus amigos? Es viernes...
- ¡Nah, no me gustan los boliches y lo sabés! – explicitar.

Morderme los labios, del otro lado del teléfono, por la sola idea de la proposición.

-      ¿Qué película miro? Elegime una – finalmente, y por suerte, explicita. 

Me está buscando el punto, quiere, de alguna manera, que manifieste mi conformidad con un plan en plural.

-      No me hagas desear - le respondo, contenida, entonces.

Me río de sólo pensar la cara y la actitud que debe estar atravesando en ese instante donde esa oración debajo de mi nombre.
-       
-       ¿Hacerte desear, yo? ¡No! – dice.
-       Rindo el examen crucial el martes, es una crueldad de tu parte… Me estás haciendo desear con el plan de tu jornada... – me río, porque sé que se lo estoy haciendo apropósito.
-      ¿Y por qué te haría desear? Yo pensé que te iba a molestar o que tenías ganas de ver a tus amigos, es viernes a la noche… ” respondió, de nuevo.

Puse cara. ¿Cómo no se daba cuenta que no era un pasatiempo eventual, si no, mi plan incanjeable?

-         Y yo pensé que no te quiero invadir, porque podés estar cansado de verdad - le confesé. 
-      No, no.
-      Es bueno, él, cierto… - lo burlé, con amor.

Escribió, sin hacer caso a mi chiste:

-      Te cuento lo que voy a hacer, en serio, ahora: cena, película, vino. Me gustó tu idea y lo voy a implementar. Obviamente, por mí, estás más que invitada – me dice.

 Y yo festejo, porque aunque quizá por mi edad debería estar en la previa a un boliche con amigos, ése viernes por la noche, mi deseo me dicta otra cosa por la que me dan ganas de dejar los apuntes sobre la cama y abalanzarme sobre el ropero, pensando qué puede ser adecuado, o al menos, qué me voy a poner.  Lo hago, sin premeditaciones, moviendo las perchas sin demasiada atención. Pasan segundos y mientras evalúo la ropa con la que cuento, que no es mucha pero sí la suficiente, paso los dedos por la pantalla de mi celular.

-        Acepto la invitación – le respondo, y enseguida añado: ¿Qué llevo?-  le
-      Nada, solamente, vení – me responde.
-       ¿Qué sos, mi Aladín? – lo burlo-  ¿Ahora me cumplís los deseos?” bromeo.
-      Si vos querés, por lo menos, no te hago desear “ bromea, al corriente.
-      ¿Ves que sos buenito, no? – lo pincho – Me voy a bañar ¿dale? Te aviso cuando salí de casa.  

 Miro y leo la pantalla como si fuera el mejor de los poemas lorquianos, mientras me río. Pienso, al mismo tiempo que agrupo todos mis productos de aseo, la potencialidad de éste tipo que, sólo unos meses atrás, no era más que un compañero de un grupo social con el que nos llevábamos más de veinte años.

-        No, avisame y te paso a buscar por tu casa a la hora que quieras - añade, a modo de cortesía. Sé que, al margen de una cuestión concreta como es la movilidad, lo suyo está revestido en algo mucho más anterior a eso: los códigos, los buenos modales, la capacidad para tratar bien, en muchos aspectos, a una mujer.  Sin embargo, yo, aunque sé eso, ya demuestro nociones un poco más laxas en ese aspecto, pese a que me siento ampliamente cortejada por un hombre al que, antes que nada, amo.  
-      “¿No querés que vaya yo?” - le pregunto por ende, extrañada por tanta caballerosidad, que aunque abundaba, siempre me sorprendía.
-      No, señorita. Voy yo, te busco y listo, tranquila. Así me quedo tranquilo”, dice.  

Inspiro hondo y adopto la máscara correspondiente, disimulado mi felicidad, aunque por dentro esté pegando saltos y gritado: "¡ayyyyyyyyyy!". 

-      “Acepto todo, señor… - respondo - En un rato te aviso, vamos hablando – le aseguro.
-      ¿Qué vas a decir en tu casa?” pregunta, de pronto.  
-      Nada, que salgo, qué se yo, algo voy a inventar… “le explico, porque honestamente yo estaba en otra galaxia.
-       Que vaya yo, de todos modos, le da cierta validez  - dice, medio en broma, y nos reímos.
-      Acá la que le aporta seriedad a todo esto soy yo, no mientas – lo toreo - Volver a reír y empezar a elegir la ropa. Decidirme. Algo sencillo, pero que me gusta cómo me queda: un pantalón y una camisa, sumado al tapado de invierno y a unos buenos aros; mis aros preferidos.  Es que ¿cómo se va vestida a la casa del tipo que amás? ¿Qué perfume, cuál me queda mejor en la piel? “ ¿El Nina? Sí… junto con la loción hidratante que trae, es una ocasión especial…” trajino y sonrío... Porque, cuando yo me ponía ese perfume (importado, de los más ricos, pero además invaluable sentimentalmente, ya que mi hermana me había regalado con su primer sueldo como Médica), en ésa época de mi vida, eso quería decir una sola cosa: la persona con la que me iba a encontrar valía la pena y que yo estuviera de punta en blanco, también. 




 Avisar que salgo, omitir casi todo, mencionar la persona y que entiendan el motivo de la omisión. Que mi padre lo tome a bien, realmente al punto de que me sorprenda, y que se vaya a dormir, pero que mi madre lo tome a mal, y me diga que "probablemente Él se olvide de pasarme a buscar". Saber que me lo dice porque está enfadada, saber que me lo dice porque detesta que yo esté enamorada de Él. Saber que me lo dice porque, en otros momentos, había apelado a su sentido común en detrimento del mío, respecto a la diferencia de edad y ahora los hechos dictaminan otra cosa. Saber que todos saben lo que ya sabemos y que  no me importe. Que por primera vez en casi veinte años yo sólo me enfoque en ser feliz. Con los comentarios, tener paciencia y no dejarme vencer ni pinchar ni arruinar la noche que se aproxima.  Pensar: “es una ocasión especial”.

Un rato después, escuchar la bocina de su auto en la puerta de mi casa, leve, pero segura, fiel reflejo de su presencia, su memoria y su voluntad.  Saber que es Él, y juntar mis cosas. 

Irme, irme, irme. 

Tener certezas, muy pocas, más allá de su importancia en mi vida. Tener en claro  que me las juego todas,  Apreciar la noche en nuestro barrio, deshabitado y burgués.  Inspirar felicidad. Palpar nuestro cansancio. Apreciar la libertad de estar donde, pero especialmente, con quién se desea. Rogar que dure, al mismo tiempo donde escucho su voz y me invade la  abrupta sensación de siempre estar en casa, simplemente, porque estamos camino a un sitio donde Él habita, donde se concentran sus objetos y cada una de las representaciones concernientes a su vida; lo cual para mí es un milagro... 

Una ocasión especial. 



viernes, 18 de enero de 2019

Mi juez

Anteanoche no podía dormir. Bah, últimamente, tengo muchos-muchos problemas para dormir aunque eso me pasa siempre que me siento inútil. Sólo que en estos tiempos, a veces, se potencia por el saber que estoy de vacaciones de la Facultad y no aparece nada de trabajo. Dos temas que, para mí, a la hora de diagramar mi vida y sus importancias están siendo desde hace poco más de un año fundamentales. 

Aunque nadie lo entienda y me digan todos que estoy "en edad de disfrutar", y aunque sea todavía joven, muchos no parecen comprender que, teniendo un espíritu de señora de cuarenta, yo pueda sentirme frustrada a los veinticuatro años recién cumplidos. Porque, claro, me ven chica, o en realidad, me ven adulta pero joven, me ven empezando, me ven con toda la potencialidad que yo, por momentos, no me encuentro por ningún lado. 

Internamente, y lejos del melodrama, creo que nunca antes me sentí frustrada y, recién por primera vez en éste momento de mi vida lo estoy viviendo en carne propia. Manejar la frustración profesional o académica constituye toda pero toda una experiencia, en especial, porque siempre fue a lo que yo quise dedicarle mi vida (o, dicho de otra manera, en donde puse toda mi atención, mi dedicación, mi esmero y mi pasión...). Entonces, a la noche, no duermo. Me pregunto cosas. Evalúo todos mis miedos y los voy ordenando en una cajita, junto con todas las respuestas que me faltan y lo imprevisible del futuro. Cuando me doy otra vuelta sobre mi propio eje, y saco una de las almohadas para volver a acomodarme, me vuelvo a preguntar las mismas cosas y cumplo con la promesa de siempre - pero siempre - contarme las dos historias; es decir, catalogar todos mis miedos pero recordarme cada una de mis esperanzas y decirme que no hay una sola manera de hacer las cosas ni tampoco una sola posibilidad.  

Durante el resto del día trato de entretener el insoportable juez interior que llevo cargando desde siempre con cualquier actividad. Porque si siempre he sido muy dura conmigo misma, sintiéndome frustrada, tiendo a ser la peor versión posible. Todo esto es como si, nadie, absolutamente nadie, me conociera (no en vano, claro, no es casualidad) lo suficiente como para poder lastimarme en la medida que yo misma soy capaz de hacerlo; como si nadie pudiera hacerlo mejor (o peor).  Y eso es una verdad tan grande que, muchas veces, me da pereza reconocerla, porque, en definitiva, después de dos o tres instantes conmigo misma, al meollo de la cuestión lo comprendo en absoluto: nadie es tan cruel conmigo, ni nadie lo ha sido nunca, como lo soy yo, nadie podrá serlo. En especial, porque nadie  sabe pegarme donde realmente me duele como yo sí soy capaz de hacerlo en cuestión de dos o tres segundos, solamente, con un comentario agrio.  Un comentario que a veces me duele por días, semanas o años, como un mosquito que zumba y que me dice, perfectamente, que Mi Juez sigue ahí. Que para él no hay Feria que alcance ni nada por el estilo. 

II

Hacía muchos años que yo no me sentaba a tomar unos mates con Mi Juez. Veníamos teniendo una relación bastante buena y, de a poco, iba ganándole las acusaciones con hechos de ascendencia progresiva. Es que Mi Juez y yo estábamos muy cómodos porque no habíamos decidido generar ningún cambio en el mundo material, ni tampoco, en el mundo afectivo y eso armonizaba las cosas. Zona de confort, le dicen muchos, pero yo lo llamo conciliación hasta el siguiente estallido.  Justamente, el problema surgió cuando, un buen día, me decidí a gestionar dos o tres decisiones en el plano material, y en el ámbito afectivo de mi vida. Y esas decisiones me llevaron a cambios que se dieron y a otros que se han  buscado hasta el cansancio, es decir,  más allá de la frustración... Pero, precisamente, ¿qué hay más allá de la frustración? ¿El vacío? ¿Lo vano? ¿La chatura o la carencia de belleza?  ¿La avinagrada realidad quizá? Preguntas como éstas  me hicieron encontrarme con una enorme y doble frustración por, finalmente, haber entendido buena parte de lo que deseo y no lograrlo en la medida de mis expectativas.  Porque, si desde hace cinco años yo estaba media muerta, me desperté ahora en una realidad que desconocía como tal y bajo unos parámetros que nunca han vuelto a ser los mismos... Y finalmente entendí que pasó el tiempo. Pero ¿qué hice yo, de bueno, en aquél mientras tanto? 

III

Ahora, producto de todo esto, no estamos muy bien. 

Hay días donde veo fantasmas de miseria,  por todos lados, y me angustia muchísimo sentir que no tengo futuro. Hay otros días, sin embargo, donde simplemente me centro en el presente y veo qué es lo que puedo hacer en función de lo que tengo; y así me doy cuenta que el problema no es lo que pueda hacer o no pueda hacer, frente a una determinada situación, sino que, a mí, nada me alcanza. Que jamás soy coherente o realista respecto de la edad que tengo, de la situación donde estoy, de la familia de donde vengo, del esfuerzo que implica cambiar la historia y del lugar socioeconómico incluso en el que estoy donde, las cosas, no son lo que se dice caídas del cielo. Y como no soy coherente, no me tengo ni un poco de paciencia. Y como no me tengo ni un poquito de paciencia, ni muchas veces de fe, me frustro... Y cuando me frustro, también me hago doler; mucho... Convirtiéndome en mi peor enemiga. 

IV

 A las pruebas me remito:  cuando estaba estudiando en la Secundaria yo quería estar ya en la Facultad, estudiando Letras. Ahora, cuando estoy estudiando Letras, tal y como quería mientras estaba cursando la Secundaria, quiero estar también trabajando y formándome como profesional porque, estar como estoy, a Mi Juez no le alcanza.  Porque le parece poco. Porque le parece insuficiente. Porque siempre podría ser o hacerse o estar mejor. Porque hay que salir adelante, hay que salir de todos los no podés. Porque se tiene que poder. Porque si no alcanza, con sacrificio, se tiene que lograr un poco más...  Porque quizá, con algo de todo esto, a mí alguna vez me alcance ¿no? A ver si así, en una de esas, Mi Juez se calla. Y se sosiega un poco. Y me da un respiro, nada más o, al menos, días de actividad y noches de sueño.  

Pero ¿y si no se acaba jamás? ¿Y si el Juez nunca se jubila? ¿O si un día éste mismo Juez me exonera y al rato viene otro a rever el fallo? 

Seguramente, de seguir en ésta vía, ése es el mismo Juez que mientras esté trabajando, y formándome como profesional, cuando esté finalmente en el lugar donde quiero estar y por el que estoy rifando mi singularidad, va a querer algo más. Algo por lo que voy a seguir canjeando el presente, a cambio de dárselo. O algo a lo que voy a renunciar, con tal de vivir siquiera una semana siendo más compasiva conmigo misma. 

Algo a lo que voy a renunciar por empezar a honrarme. O no. Realmente, no lo sé. 





domingo, 13 de enero de 2019

Buscando palabras...

Hace unos días, tuve a upa por segunda vez a mi sobrino, más conocido por estos pagos como El Principito. 

Lo miré, durante cada uno de los segundos que pude, hasta que finalmente, le dije todo lo que venía procesando, en susurros, mientras dormitaba: 

¿Vos sabés que soy tu tía? ¿Por eso me pateabas tanto desde la panza solamente a mí? ¿Te diste cuenta que te esperé muchos años, no? Sos tan suavecito, tan frágil, mi vida... Sos un sueño... - me quedé callada, mirándolo -  No tenés que tener miedo nunca; acá, todos te aman. Siempre te vamos a cuidar ¿sabés? - le conté, como si me entendiera, mientras le besaba muy suavemente el pelito y lo seguía mirando, embelesada como nunca antes en mi vida, entre suspiro y suspiro: - Te amo mucho-mucho, mucho ***  - me reí. 

Él, mientras tanto, siguió sumido en sus sueños. 
E incluso, me sonrió mientras dormía a modo de reflejo. 

Yo, por mi parte, y siendo totalmente sincera, voy cayendo conforme pasan los días. Escribir me ayuda a hacerme a la idea de que es un cambio de índole definitiva el que se ha efectuado. Nada, en mi vida por lo menos, va a volver a ser lo mismo después de éste último nueve de enero, el día donde él nació. Y eso no tiene que ver, solamente, con el cumpla años un día después que yo, ni con que a la única persona que le pateaba SIEMPRE durante su estadía en la panza, era a mí. Ni con que sea el primer sobrino después de años de espera... 

Tiene que ver con el hecho irrevocable de saber que lo voy a amar hasta el último día de mi vida. De saber que existe, finalmente, la personita que, yo sé, amaré por el resto de mis días porque así de fuerte es lo que siento por él.  

Con su llegada, me ha sacudido por completo de una forma que todavía no puedo explicar muy bien. 

sábado, 12 de enero de 2019

"Yo no te veo"

Creo que si hay una enseñanza que la vida me viene re-contra-mega recalcando es que cada persona mira el mundo desde donde lo vivió, no desde lo que se supone que es. No hay muchas vueltas: es como si sus ojos se hubieran moldeado a través de un sólo salvoconducto, que inequívocamente, determina y moldea el juicio que una determinada persona pueda tener para consigo mismo y/o  para con los demás.  

Si me detengo a hacer una reflexión, breve, en relación a un comentario desagradable que dejaron caer el otro día vinculado a otra cuestión, una persona que yo considero de mi estima, sin dudas confirmó éste axioma. Cada uno mira la vida desde donde la vivió, y en consecuencia, piensa que porque ése plan no resultó para ellos, no debe resultar para nadie, sin saber que no hay dos vidas ni dos historias iguales.

Hay gente que, por más amable que sea y por mejor que parezca, y por mucho que nos haya ayudado en su momento, no puede evitar hablar desde sus propias frustraciones. ¿Si es mala, por eso? No, quizá, no. ¿Si es resentida, por eso? No necesariamente. Lo que sucede es que no le gustaría pensar que pudieras estar mejor, que pudieras lograr, en una de esas posibilidades remotas que tiene la vida, lo que, en su momento, y bajo sus propias circunstancias,  no logró. Y entonces, opina sobre lo que nadie le pidió, y para colmo, te carga con un “yo no te veo haciendo esto”, como si sus ojos condicionaran el grado de idoneidad o la capacidad. Y ahí es cuando uno, que aterriza en su campo con su visión, con sus ideales, con sus luchas, con sus conquistas, con sus sueños; se cruza, ineludiblemente con el típico caso de la persona que como no logró su cometido o como no lo acompañaron las circunstancias, no quiere que nadie más lo haga porque así tenga ochocientos años más que vos, y esté totalmente en otra, no puede evitar proyectar su propia frustración en tus anhelos. Y en donde debería verte a vos, luchando, trabajando, peleando por una realidad mejor, se ve a sí misma, dándose por vencida o no siendo acompañada por las circunstancias y pensando que, como no se le dio, a otro tampoco se le tiene que dar. Entonces, sin previo aviso, te echa en la cara un: “no entiendo por qué, la verdad es que yo no te veo que sirvas para eso”… cuando ¿cómo voy a saber de lo que soy capaz si no lo intento por mis propios medios?

II
Éste tipo de comentarios me conectan con otra situación. Me recuerda a cuando empecé a estudiar la carrera universitaria que estoy estudiando, y nadie, prácticamente, daba dos mangos por mí. O al menos, nadie daba dos mangos porque me bancara leer todo lo que había que leer, y casi nadie, creía que yo iba a tener tanta paciencia. Unos decían que yo era muy inteligente, que tenía que estudiar otra cosa. Otros decían que Letras era una carrera muy complicada, que probara, porque quizá no me la bancaba. Y otros me decían, en todo admonitorio, que estudiando Letras yo no me iba a convertir en escritora, que no había una carrera para eso, que no supusiera que allí me iban a enseñar a escribir.

Pero, en realidad, nadie sabía absolutamente lo que yo sentía, ni tampoco, lo que yo estaba esperando de esa situación. Sin proyectar frustraciones, sino, haciendo mis primeros intentos.

A colación de esto, un día, hace unos años, el siempre tan optimista padre que me tocó – léase el mayor de los sarcasmos – me dijo que yo, a la larga, iba a terminar dejando la carrera porque no daba abasto con las responsabilidades, el gasto y el viaje de mi anterior universidad.  Y volví a sentir lo mismo que siento actualmente, frente a otra situación, donde todos se creen en condiciones de decirme “yo no te veo para esto” o “yo te re veo”: impotencia; necesidad de que el tiempo ponga cada cosa en su lugar, y a cada idiota, es su granero. Decepción de la gente. Asco porque son incapaces de apoyar más allá de sus propias frustraciones, creyendo, realmente, que a ése otro no le tiene por qué tocar en suerte o en desgracia lo que a vos, Fulanito o Fulanita, te tocó.

Ahora, cuando ya han pasado muchos años, cuando busqué una alternativa para continuar estudiando, y cuando estoy a catorce materias de recibirme – contando dos títulos, uno de ellos una Licenciatura -, teniendo veinticuatro años recién cumplidos, mi padre es el primero en reconocer cuánto avancé, metiéndose sus proyecciones de mierda adentro de las orejas.

III

Siempre que suelen pasarme estas cosas, aunque no sean con mis padres en particular, suelo desanimarme. Pero no respecto a lo que yo creo, sino, respecto de la naturaleza de las personas. Porque, en realidad ¿qué o a quién están mirando? ¿A ellos mismos y sus frustraciones o a mí? ¿Desde qué lugar están emitiendo ese juicio? No puedo dejar de preguntarme si puede ser tan difícil disociar la propia historia interior de la capacidad del otro para escribir una versión exclusiva, y de hacer las cosas de otra manera. Y lo cierto es que también para mí puede haber cosas que representan una frustración o un motivo de tristeza, pero eso no tiene absolutamente nada que ver con lo que represente para los demás. Y, cada vez que hablamos, hay que recordarlo.

Cada vez que una persona se me acerca, y me cuenta sus sueños, sus proyectos, sus dudas, yo jamás le digo que no lo veo haciendo algo, que eso lo va a llevar a la ruina o que va directo hacia el fracaso. Solamente, me pongo en su lugar, y pienso qué puede ser útil, constructivo o positivo decirle, si es que yo estuviera en su misma situación. No lo que me gustaría que me dijera, sino, lo que me serviría que me dijeran,  lo que me ayudaría realmente sin desalentarme, y lo que me resultaría de utilidad para poder avanzar en el camino que estoy construyendo. Y nada de esto, claro, es compatible con decirle a alguien: “no, yo la verdad que no te veo”.

¿Por qué será que, a algunos seres humanos, les cuesta tanto entender que no hay dos vidas iguales? ¿Que cada uno tiene su recorrido? ¿Que lo que pudieron haber sido frustraciones terribles para unos, o motivos de resentimiento, para otros, en cambio, fue brillantez y belleza? ¿Por qué a la gente le molesta tanto que otra persona intente, siquiera intente, hacer lo que ellos no pudieron o ser cuanto ellos no pudieron?

IV

Si yo hubiera decidido dejarme llevar por todas las cosas para las cuales no se me veía capaz, hoy en día, estaría en mi casa, encerrada, atravesada por la mirada piadosa de mi familia, y quizá, lucrando con una situación inconveniente. Si hubiera pensando que porque decían que no tenía posibilidades de mejorar, no tenía que hacer el esfuerzo, no estaría como estoy.  Si hubiera creído que no podría viajar en colectivo, caminar casi bien, desenvolverme, estudiar una carrera universitaria y trabajar, yo no sería la persona que soy. De otra manera, si todo en la vida fuera tan exacto, tan pronosticado, tan perfecto, yo no hubiera tenido mi oportunidad personal de derribar supuestos. Por eso, cada vez que me dicen que no te veo, yo solamente respiro hondo, asiento lentamente con la cabeza y esbozo un “bueno”, y hago el mayor de los esfuerzos para enfocarme en mi camino. No porque busque demostrar nada, sino, porque cada uno sabe a dónde quiere llegar. Y de cada uno depende cuándo se rinde, cuando no es posible, cuando la vida lo retira o cuando gana. 

Cada vez que en mi vida me dijeron “no vas a poder hacer esto”, al menos, lo intenté. Y cuando no pude, me retiré con la certeza de haber ido por mis ideales con la fuerza de una demolición y la frente bien alta, asumiendo la responsabilidad con el peso de saber que hice todo cuanto estuvo en mi mano, según mis circunstancias, por lo menos.  Pero, en cambio, las veces donde pude hacer cosas, lograr objetivos o superar limitaciones, no elegí la soberbia como guía, sino, seguir adelante con mi vida. Superándome, queriendo estar mejor, procurando cambiar la historia, la mía, no la de otros, cada día mejor.

 Si el otro, si ése otro que juzga, es incapaz de ver esto en todos mis intentos, o si en realidad lo ve y le repugna, ya no depende de mí.  Yo no veo a los demás pudiendo hacer o no pudiendo hacer alguna cosa. Yo me observo, y me indago, y me exploro, para saber por mi misma qué es lo que veo posible de conquistar desde mi propio horizonte.

Si algo me enseñó la vida, es que los horizontes, no tienen fronteras. Y si las tienen para nosotros, no tiene la culpa el otro. Al contrario. En nuestras manos está la posibilidad que, en caso de no haber podido cambiar la propia historia, procures ayudar a los demás para que se les dé lo que no se te dio. Para que puedan lo que no pudiste. Para que crean. Para que luchen. Para que no bajen los brazos. Para que, lo que uno mismo no llegó a completar, para otro, sea un motivo de esperanza.

viernes, 11 de enero de 2019

Ése momento

Lo esperás durante nueve meses, soñás con su cara, imaginás en cien oportunidades el color de sus ojos; hasta que llegado el momento, lo conocés. El nueve de enero, es decir, un día después de tu cumpleaños, llega el mejor de los regalos... Y todo, absolutamente todo lo que vos creías que te iba a pasar, en realidad, también te sobrepasa... Porque el amor, y la incredulidad, te superan. ¿Será por eso que se aflojan las piernas y no hay una palabra que alcance a describir lo que estás sintiendo, lo que te está pasando? 

Está ahí. Es chiquito. Muy chiquito. Creés poder cuidarlo del mundo y ése es tu mayor deseo. No entendés muy bien cómo ha sido, pero sus piecitos y todo lo que es se formó en el cuerpo de una de las dos personas que más amás en tu mundo, aunque en realidad, hayan pasado a ser tres. 

¿Cómo es que se lo puede amar así, no? 

Amarlo al punto de bancarte a millones de familiares ajenos, metiches, molestos que no respetan el momento tan especial del otro y se aglutinan en la sala de espera. Al punto de estar desde las nueve y media de la mañana hasta las nueve de la noche, esperando en un Sanatorio, durmiéndote en los sillones, casi sin comer. Al punto de soportar el estrés de un trabajo de parto interminable y no saber qué más hacer, luego de cinco horas sin información. Al punto de querer ver a tu hermana a toda costa, y abrazarla, y darle ánimos, y decirle gracias por hacerte el mejor regalo de cumpleaños, aunque haya nacido un día después. 

Amarlo, sí, al punto de querer vivir para verlo creer, al punto de querer que sea feliz. Al punto de mirarlo, en su cunita, y no entender muy bien todavía lo que significa que esté, que finalmente haya nacido mi sobrino, pero saber que es todo. Que ese nene es todo lo que te importa ahora. Y pensar que es un varón con naricita, y pelo negro, y piel blanca. Y notar que le sonríe al papá. Y saber al salir de una cesárea inevitable, le agarró la cabeza a su mamá y se pegó a ella. 

Ése momento donde entrás a la habitación donde tu otra hermana duerme luego de casi dos días sin hacerlo, y mirás a la cara a tu otra hermana, que vela el sueño plácido de tu sobrino recién nacido; y sonreís. Y un "ya está, es ésto", se te cruza por la mente... Y te quedás mirando todo como si no entendieras, como si necesitaras atesorarlo... Porque por primera vez en veinticuatro años recién cumplidos, ves la imagen con la que soñaste tanto tiempo, volcada en la realidad y te cuesta creerlo. Porque te das cuenta que, teniendo a esas tres personas ahí, juntas, cada uno a su modo, no necesitás absolutamente nada más. 

Porque ahora sí, finalmente, entiendo que a alguien puedo amar más que a mis hermanas; y es, precisamente, al hijo de una de ellas dos. ¿Pero qué decir de lo que se siente ver a todo lo que te importa en éste mundo cubierto y protegido, dentro de una habitación? Es ése momento en mi vida. No otro, es puntualmente ése momento, donde lo miro a él y sé que existe y que está junto a mis hermanas y no hay tristeza y ahí estamos nosotros, juntos, en paz.  

Ése momento donde no hay frontera entre sueño y realidad.  Donde llorás de la emoción mientras escribís. Y de a poco, muy de a poco, empezás a pensar que la vida no tiene por qué ser siempre un lugar triste, de múltiples esfuerzos, de costos impagables, de sacrificio, de pérdida. Que te pudieron haber pasado miles de cosas, que te pueden estar pasando miles de otras cosas sin sentido, que puede haber complicaciones, que podés sentirte frustrada algunas veces, pero que las únicas tres personas que lo son todo también están en esa habitación. Y vos, los podés mirar. Y eso también forma parte de la misma vida. 

lunes, 7 de enero de 2019

Mandatos II

En relación a lo conversado con mi madre, el otro día, agregó mi padre: 

- ¡No le des bola, si sabés que se enoja por el tema! Le dan asco los tipos más grandes... 
- Y yo la gozo... - añadí, con sorna. 
- ¿Cuándo vas a traer a alguien a ésta casa? - me preguntó. 
- Estoy bien así - le respondí - ¿Por? 
- Para que se deje de romper las pelotas con que no quiere un tipo así, y a vos también te vendría bien - añadió, jocoso. 

Me reí. 

- Callateee - dije - A vos te vendría bien - me reí. 
- No, pero, en serio... Podés traer a alguien a ésta casa. Acá no importa si es joven, viejo, una chica... ¡No me importa, eh, pero traelo! 

Mofé. 

- ¿Vos creés que yo soy lesbiana y no sabés cómo preguntármelo? - bromeé. 
- No, no parece, pero si te gustan, todo bien... Podés traer una mina, acá, eh... Si te gusta... 
- ¡Ay, papá, no soy torta! - me reí a carcajadas, porque realmente estaba muy tentada. 

Es que, es obvio que a mi me gustan los hombres, pero es tanta la desesperación o la curiosidad o la no-se-qué que les agarró a ambos, a toda mi familia, en realidad, que insisten mucho con el tema y no les importa el género. ¿Estará cerca El Apocalipsis? 

- ¡Ay, cómo le van a gustar las chicas! - mi mamá, se doble-horrorizó, y lo dijo en voz alta.  
- ¡Podría! - le dijo él. 
- No, igual, en serio - les dije, para ordenar las cosas - a mí me gustan los hombres. ¿Contemporáneos? No por ahora, nunca me pasó. Pero, esa es la única salvedad. No me gustan las minas, no es que no me puse de novia porque sea lesbiana y no lo pueda contar... - les expliqué, riéndome - De última, como soy, se los digo y listo, pero no, no es eso. Así yo estoy bien. Cuando sea el momento, supongo que se enterarán, porque les diré "sí, mirá, me pasa esto"...  Pero por ahora me siento cómoda así. Lo elijo, no es algo que padezca. Me acostumbré así, ya... - argumenté. 
- Ayyyy, se pone toda seria ella - me cargó - Mi hija está totalmente empoderada, eso es lo que pasa, que está totalmente empoderada - se rió - Y le chupan un huevo los tipos... Nadie la encandila, nadie la puede... - dijo, con voz chistosa - ¡Ya te va a tocar el viejo, a vos, ya te va a tocar! ¡¿Dónde te vas a meter todo este discurso de que no, que no, que no si viene uno que te guste? 
- No es mío el discurso, es tuyo - dije, y me fui sacudiendo la cabeza hasta mi cuarto, muerta de risa - Yo de última, veré, si es que llega... 

Se rió y me gritó un buenas noches desde la otra habitación. 

II

De verdad, no sé qué les pasa a todos. Especialmente mis padres en especial, que es como si me pidieran por favor que traiga un novio a casa mediante alusiones, comentarios, o ésta clase de charlas... Todos están expectantes, como si fuera a pasar algo irreal en breve, y lo cierto es que no tengo a nadie bajo el tapete, oculto, próximo a ser develado. No sé muy bien qué impresión les daré, pero en realidad, nunca estuve más tranquila que durante el último año donde no quise tener ni una sola cita. Literalmente, ni una sola cita, ni un solo chat, ni nada. Un año emocional sabático donde me enfoqué en cosas más urgentes que tener un novio (al menos, para mí).

Y, en referencia a las prioridades... A veces, juro que quisiera verlos  a todos quienes opinan sobre ésto sin saber, solamente un día adentro mío, para que vean lo que se siente que casi todos los terrícolas te den lo suficientemente igual. Y que el que no te de taaan igual, tampoco te de muuuuucha cabida que digamos y a vos taaaanto no te preocupe. 

Es decir, que todo te siga dando igual tanto cuando tenés chances como cuando no. 



sábado, 5 de enero de 2019

Mandatos

Charla con mi madre, mantenida mientras preparábamos la cena de Noche Buena: 

- (...) el día de mañana, si es que te quedaste soltera, te vas a acordar de ésto y vas a decir "qué pelotuda, por qué lo dejé pasar, si es un pibe que me trata bien" - dijo. 

Y lo dijo, sosteniendo la posición en un debate estéril que tenemos hace años: ella quiere para mí a un pibe como Alguien, o en realidad, a Alguien pese a que sabe cómo es. Y yo sé que lo quiere porque es, francamente, todo lo que soñó para una hija y lo que yo, no sé si por desgracia o por suerte, le comenté que había conocido de pura casualidad.  Lo quiere para mí,no sabiendo entender a la gente no se la puede amar solamente por amable, si en el resto de los ámbitos, no te produce nada. 

La miré, se me borró el tono de broma, e irónicamente, le dije: 

- O quizá, el día de mañana, aún mismo me haya quedado soltera como sugerís , piense: "menos mal que no me quedé con alguien solamente porque me trataba bien si no lo quería, y además, si no era capaz de quererlo como se merecía; o quizá también piense "menos mal que me la jugué con una persona por lo que yo sentía cosas realmente y, aunque duró poco o mucho, fui muy feliz" ¿no? 

- Mhh - dijo, solamente, quedándose callada. 

Entonces, lo escupí, hablando con voz calma, aunque firme. Muy firme. 

- No sé cuándo vas a entender que yo prefiero mil veces probar con una persona que me guste, con la que me entienda, sea joven o vieja, a asegurarme la vida al lado de un Abogado de treinta años. ¿Por qué tendría que estar con él si no me gusta? ¿Porque estudió, según vos? ¿Porque va a ser igual de competente que yo como profesional? ¿Porque tiene plata? ¿O porque  conmigo se quiere casar y me quiere llevar a la casa de sus padres y no se le ocurre pensar que el amor es mucho más que la Iglesia y el protocolo?  A veces no sé si querés que sea o no feliz,  má. 

- ¿Cómo no voy a querer que seas feliz? Yo te digo que es una buena persona, que te trató bien, que te sigue hablando hace tres años... Un pibe que, a la primera chance que le des, se pondría a salir con vos. Además, tiene educación, es caballero, y parece re buenito... 

- ¿Y no puede existir una persona que sea buena, pero que además me guste? No me gusta físicamente, mamá, mil veces te lo dije. No me pasa nada de ése estilo con el pibe, lo veo y, sinceramente, no me produce nada que me aliente a querer besarlo o abrazarlo o a preocuparme cómo está o, no sé, a saberme todos los detalles - suspiré-  ¿Sabés por qué hablamos? Porque por primera vez en tres años entendió que quizá nosotros podemos ser amigos y está solo y yo, desde mi lugar, también estoy sola. Pero hay una diferencia: yo elijo estar sola, y me gusta que sea mi amigo, o mi conocido, siempre y cuando acepte sin sufrir ese lugar, porque no es malo, pero tampoco debe ser mi novio. 

- Bueno, no sé, uno te lo dice porque está muerto con vos... 
- ¿Sabés lo que me dijo, el muerto? - ironicé. 
- No, ¿qué? 
- Que él sabía que yo era de esas personas que no me iba a dejar llevar por las cosas que dijera mi mamá sobre los viejos, y que si me enamoraba de un tipo que me llevara más años que él, estaba seguro de que me la iba a jugar. 

Mi madre se me quedó mirando. 

- ¿Eso te dijo? 
- Sí. Me dijo que yo era valiente, que seguro iba a conocer a un tipo quizá un poco más grande que realmente me gustara, o con quien me sintiera bien, y que iba a ser feliz más allá de los condicionamientos. Porque a diferencia de su ex-novia yo no le daba bola a lo que decía mi mamá. 

De nuevo, mi madre me miró. Sé que no se esperaba eso y por eso mismo lo saqué a colación.  

- Y tiene razón, tu candidato... - admití, con una sonrisa maliciosa - porque yo aspiro a ser feliz, mami, no a darte la razón. 

Me puso cara y siguió cortando pedacitos de fruta para la ensalada. 

¿Hasta cuándo durará esta discrepancia que parece eterna con mi madre, no? Desde los quince años estamos así y en apenas tres días voy a cumplir veinticuatro. Parece que no pudiera aceptar que yo no tengo por qué suscribir resignarme a la infelicidad a cambio de una vida cómoda, si ni siquiera es éso lo que quiero. Quizá la única que vez que me enamoré lejos estuve de aspirar a una vida cómoda o a una relación convencional, pero sin embargo, muy cerca estuve de mi misma; de mis propias emociones, de mi personalidad más genuina, de mi fuerza, de mi esencia más auténtica, de mi fortaleza más encumbrada. Pero ,de esas cosas, es imposible hablar con mi madre. A Él jamás lo pudo escuchar nombrar. 

En la actualidad no es ésto algo que me moleste ni que me enoje, ni que me haga pensar que ella tiene razón y yo estoy perdida. Sé que cada una tuvo experiencias distintas y que es hora de hacer mi propio camino, eligiendo qué camino tomar, y que a la larga lo va a tener que aceptar o no, ese ya no será mi problema.

¿Qué es lo que sí me pasa?  Me duele un poco que piense así y que no se de cuenta que yo no soy la típica chica de veinticuatro años, que quizá no me tienen que gustar las personas de mi edad, con las que siempre me llevé poco y nada. Me gustaría que realmente deje de proyectar cosas que no soy y que tenga mejor sensibilidad para verme o que al menos si no la tiene, no diga nada. Me duele un poco que siga machacando en esas cosas, si en realidad ella en el fondo sabe que yo soy transparente y que el día en que sea feliz al lado de una persona - joven o vieja dá igual - ella enseguida lo va a notar.

En el fondo, yo siento como si no me aceptara, ni siquiera, considerando que ésto no necesariamente debe ocurrir así, es decir, que no necesariamente yo vaya a terminar con un tipo que me lleve diez años o veinte. Porque ése es el punto: una mujer no tiene por qué acabarse en una relación, aunque el mandato diga lo contrario, y aunque hace treinta años las cosas fueran diferentes.

¿O es que solamente las relaciones con diferencia de edad terminan y quedan exentos de éste destino los noviazgos y matrimonios muy muy formales con Doctorcitos? 

Yo asumo que soy lenta. Que no soy buena para las relaciones, que no las quiero, que no las registro. Que si elijo lo hago mal, o quizá, que elijo exactamente lo opuesto a lo que sería compatible conmigo y con mi vida... Que no tengo muy buena suerte en estos temas. Que no tengo ojo avisor ni afilado.  Pero también asumo que, en el camino, quizá voy teniéndome paciencia para entender a quién quiero al lado mío, y, lo que es mucho más importante: quién quiero ser yo en esa clase de vínculos.