miércoles, 28 de enero de 2015

Princesita Sofía

Hace unos días estaba realmente compenetrada, escribiendo un par de cosas. Cuando es así, me abstraigo de manera prácticamente total, entonces, no sé si está haciendo más calor, más frío o si se acerca la hora de la cena. 

Persistía en mi tarea, cuando mi mamá viene a la velocidad de la luz. 

- ¡Vení, vení rápido *****! - exclamó, llamándome por uno de esos apodos que ella solo puede ponerme y que me avergüenzan si me los dice en público. Creo que lo sigue usando porque de tan ocurrentes que son me sacan una sonrisa y pienso "¿cómo es que lo hace?".  
- Ey - no despegué la mirada de la pantalla - Después voy - insistí 
- No, dale, rápido - me hizo un gesto - Estás en la tele, estás en la tele - argumentó. En ese momento, supe que mi vieja me estaba gastando una broma. 
- A ver... - me dirigí todavía con la cabeza en el texto - ¿A dónde es que estoy? 
- Esa sos vos - me señaló - Sos vos, como cuando eras chiquita, y te hicimos el disfraz de sirenita - soltó una risotoada y a mí también me tentó.  

Debo decir, en mi defensa, que estaba parecida al la Princesa Sofía, el curioso personaje infantil de Disney. Y también tengo que reconocer que el detalle, me llevó de viaje a uno de los pocos - y más lindos- recuerdos que tengo de mi infancia de una forma tan pero tan vívida.  Ese fue el día en que, como bien dijo mi mamá, ella y mi viejo me hicieron de forma completamente artesanal un disfraz de sirenita, para un acto del jardín en el que participaba. 


Tenía cuatro años, de eso puedo estar segura, cuando vaya a saber a qué señorita se le ocurrió la magistral idea de que podíamos recrear un paso por el mar, disfrazándonos de sirenas. Todavía me acuerdo con ternura, cuando mis papás me llamaron a la cocina de casa para que pudiera  probarme la cola de sirena que habían elaborado con bolsas de plástico, de esas que se usan para la basura, todas de color celeste.  Era, realmente, una cosa preciosa. De verdad, hasta el día de hoy me acuerdo lo linda que me quedaba (modestia aparte), y de esa jornada donde ambos se quedaron hasta muy tarde, acondicionándola, vaya a saber Dios cómo. 

La colita de sirena iba anexada a una mallita con florcitas, de dos piezas, de color violeta. En la cabeza, tenía puesta una coronita, el pelo iba cayendo natural y los rulos que me caracterizan desde que tengo memoria, permanecían muchísimo más dorados que ahora, donde se han ido adaptando a mi castaño claro natural. Para acompañar el atuendo iba descalza - esa era la parte que más me gustaba -  y además, tenía pulseras en los brazos, una carterita muy pituca y una tobillera con cascabeles en uno de mis tobillos. Ya sea brazos o piernas, todos estaban cubiertos por brillo corporal que mamá me había comprado. Si no me equivoco y la memoria no me falla, era en el gel y tenía un olorcito genial. De verdad, mamá se había pasado y mi papá, haciendo un disfraz de sirena, no habituado a este tipo de laburo, también se llevó el mérito, aunque no estuvo en el acto - como era habitual - porque siempre estaba trabajando y nunca llegaba a tiempo. 

Recuerdo todavía la felicidad que me dió disfrazarme para ese acto, lo bien que la pasé e incluso, quedaron fotos por si me faltaban pruebas.  Es uno de los pocos recuerdos felices que tengo de mi escolaridad en general, pero sin dudas, muy preciado. Creo que, más allá de caminar en puntas de pie como caminaba en ese entonces y por lo cual era bastante incierto todo, además de preocupante, yo me sentía tal cuál la Princesa Sofía. 

Hoy, dieciséis años después, mi vieja sigue con sus similitudes y yo, por fortuna, puedo recordar todo esto con una sonrisa.  

La historia es otra. 
La incertidumbre sin dudas pasa por otro lado. 
¡Y creo que ni loca dejo que me llenen de brillo otra vez! 

domingo, 25 de enero de 2015

Lorca en color

Terminé de escribir, lo bastante acalorada como para darle pausa a un texto.  Siete de la tarde; considero, eso explica varias cosas.  El fenómeno contrario al que estaba en curso se repite todas las noches y las oraciones que puedo concretar son a mucha distancia cosa pobre, respecto a lo que se va hilando en mi cabeza cuando la claridad sobreviene desde las hendijas de la persiana.  Porque mi cuarto no tiene cortinas, y aunque muchos rivalicen con este hecho, para mí es mejor.  Nadie, definitivamente, entiende la satisfacción de dejar la persiana alta mientras llueve, para que la única claridad de mi habitación sea la de un cielo encapotado, pero mucho más activo que cuando quema el sol.  Gustos, supongo. 

Terminé de escribir y me dirigí a la cocina con ese aspecto tan poco sexy que adopto por el calor, asegurándome una porción más de fastidio, por tener una basta cantidad de pelo atado como se puede, siendo pesado como es, aunque medianamente lacio.   Busqué algo de tomar y acto seguido busqué algo nuevo para leer en mi tablet que oficia de e- book, en la exclusiva de no haber instalado porquerías con Facebook o editor de fotos, que bien pueden estar en otros lares.  Mi papá entra a la cocina, preguntándome qué voy a cocinar porque mi vieja se tomó un tiempo prudencial con sus amigas, más que merecido. Aún así interrumpe la búsqueda y, en el fondo, eso me representa una molestia. No importa si lo podía buscar después, yo quería empezar un libro en ese momento de manera bastante caprichosa, hay que reconocerlo. Debatimos al respecto de la cena y me pide que lo acompañe al supermercado.  Accedo, dándome por vencida ante mi búsqueda.

Antes de irnos, me da un libro pesado con aspecto añejo. Mientras, seguía hablando sobre la cena. 

- Esto te lo manda **** - me lo pasa y yo lo miro extrañada, sin reconocer la referencia de la tapa - dice. 
- ¿Para mí? - pregunto, extrañada, porque es extraño que una vecina, la cual casi ni me tiene en cuenta personalmente más allá de una mutua buena educación, me mande un libro a mí. 
- Sí, es para vos - insistió, con el tono característico de mi padre, cuando sabe que algo me va a gustar a pesar de no entender nada de literatura - Es de un tal... Lorca, me dijo - aprecia. 
- ¿Eh? - lo miro, más sorprendida, apoyándolo sobre la mesa de la cocina, sin importar el super, la cena o el calor. 
- ¿Te gusta Lorca a vos? 
- Ay, no - empecé a mirarlo por todas partes - ¡Ay, no, qué bueno! ¡Lorca, sí, Lorca! ¡Federico García Lorca, carajo! - hice un gesto de satisfacción, saboreando la adquisión. 
- ¿Está bueno? - apreció minutos después, ante mi indisoluble cara de feliz cumpleaños. 
- Sí. Tiene ilustraciones, además, es un libro con muchos años - sonreí - Las ilustraciones vienen adheridas pero es como si fueran figuritas pegadas - argumenté - Es genial tener algo así, y justamente de Lorca. 
- Ella lo encontró en su casa, y se acordó de vos 
- ¿Enserio? ¿Lo iba a tirar? - me alarmé. 
- No sé si tirarlo pero no lo quería - asintió - Así que me lo trajo para vos... Era de un tío de ella... 
- Sí, ella sabe que estudio Letras - medité - Esto tiene sus años, se nota - lo seguí mirando, mientras buscaba fechas específicas. 
- Bueno, bien - suspiró - Menos mal, entonces - volvió al rato -  ¿Che... me vas a acompañar a comprar? - insistió y yo fuí a comprometerme con la causa, antes de que cierre el super, cerca de las nueve de la noche. 

Cuando volví, seguí mirando encantada la otra mitad del libro " Lorca en color" de Gregorio Pietro, que me faltaba. Un libro que se editó en Madrid en 1969, con ilustraciones a color. 







miércoles, 21 de enero de 2015

Escriba

Pasan los meses y sigue ahí, escribiendo. Escribiéndome mejor dicho, sin ninguna razón - aparente - más que la buena cordialidad.   Anoche, antes de dormir, estaba intentando buscar una forma resolutiva, honesta y no del todo suicida para que lo entienda. Quiero decir, para que entienda el simple hecho de que estando comprometido, conmigo no puede estar.  Aunque en realidad como poder, se puede, la verdad es que a mí no me parece.  Sé lo que quiere, y sé también lo que ve en mí. Eso me  desilusiona bastante, porque me gustaría que - al margen de mi cerrazón - se viera en mí lo que realmente soy y no lo que él cree que soy. 

Antes me daba miedo él, ahora me da desconfianza, pero también me siento un poco más segura. Es demasiado cobarde como para alterar tanto su estructura, bajarse de su auto y tratarme como merezco. Él la juega de fácil y de ganador, pensando que su generación como no estuvo tan lejos para mí, alguna vez, tampoco lo estaría en este caso consigo.   <<¿Cómo le digo? >> pensé, porque vuelve a escribirme y yo ya no sé qué decirle, más allá de que él en el fondo, sabrá, no caigo en sus artilugios.  (¿Lo sabe, no?) 

 El punto es que, lo descubrí hace meses, mi rechazo lo calienta en alto porcentaje, por eso, no sé cómo hacer.  Creo que si le digo que sí, a este paso, sale corriendo.  Eso es providencial a la hora de tratarlo, por el hecho larguísimo  de que vea mi férrea negativa - sincera - como una provocación, como una manera de buscarlo, cuando no es así, en absoluto.  No obstante, me escribe, yo respondo cordial cuando no puedo evitarlo, aunque siempre marco la línea. Ser forzosamente cercana a un tipo así, es algo de lo cual no puedo limpiarme a excepción de irme. Aunque si me distancio, él me escribe igual. Nunca conocí un hombre más... ¿Insistente? Digamos que es eso, para ser educada.

No hay nada, realmente nada de todo lo que haga en donde yo no vea segundas intenciones. Supongo que después de esa charla donde me preguntó cómo hacía para ser tan perversa y volverlo tan loco, al punto de que no le importaba más nada y por eso me lo decía, además de que ya no podía soportarlo  porque se lo estaba comiendo desde el primer día... Bueno, en fin, no puedo verlo como un hombre que guardó sus intenciones en el sótano y se dispuso a mirarme con ojos de persona centrada y adulta, a mí una joven soltera sin ganas de comer mierda. 

 Aunque tengo que reconocer que hace unos meses todo era más alevoso, en un momento del año pareció cambiar y yo pude relajarme. Error, cagadón, la gente así rara vez cambie. 

Anoche hacía balance y creo que mi peor cagadón fue cuando me enseñó a andar caballo. Sí, acepté, lo asumo, pero realmente pensé que " todo había pasado". Sí, en ese aspecto seguía siendo inocente, y pensaba que " se había escuchado " decir todo eso, para arrepentirse y no intentarlo más.  Desde aquél mayo jamás había vuelto a repetirme nada de proposiciones, citas, escapadas o cosa parecida. Tampoco había vuelto con esos chistes incómodos. Sin embargo cuando me subí por la insistencia de varios y él tomó las cuerdas, me miró con esa mirada y yo ví una sola frase bien clara: "Hacete la boluda y negá todo", en caso de una catarata de, bueno... cositas que la gente dice, me cubriera. 

"Sí, yo ya te dije que vos me gustabas". Me miró, diciéndolo por lo bajo, mientras llegábamos a destino.  <<Minga >> pensé en mi cama de una sola, cuando terminé con la manada de recuerdos, meses después. Nos vimos en noviembre por última vez, por Dios, me dije.  Consideré que su mujer, si no lo hizo aquélla tarde,  puede darse cuenta en cualquier momento, pero también que quizá se dió cuenta y confió en que nunca pasaría nada, cosa que es verdad.  

La duda me asaltó, pensando en lo imprevisible del futuro... Hace rato largo ya, si hubiese tenido ganas de divertirme, sentirme linda, alimentar mi ego o cosa similar, le hubiese tocado el timbre de su casa ó hubiese elegido algún restó ó hubiese aceptado irme de viaje en su compañía, siendo todas cosas que él me propuso. Pero ahí está el otro punto, no me interesa nada de eso y si hay una carta que me juega muy en contra, en la que vive apoyado, es en mi pasado.  Pasado que él conoce, pasado que él supondrá puede convertirse en presente o futuro teniéndolo como protagonista. Pasado que no imagina, estuvo movido por sentimientos reales, ajenos al interés o a la ventaja. Pasado que, más allá del comentario en la ronda de "caballeros" no se imaginó nunca en profundidad.  

Realmente, tengo que reconocerlo, nunca pensé que haber tenido un choque de estos que nos guarda la vida con aquél otro, hasta el día de hoy, me siga trayendo consecuencias; pero así es, supongo que de eso trata el pasado. 

Otra de las cosas en las que me centré la otra noche es en que más allá de todo, sigue escribiendo para saberme ahí. Para que yo no tenga esa certeza de que todo lo rebatió el tiempo, la conciencia o una bondad inesperada. Sigue escribiendo también, porque parece que no le alcanza con ponerse en remojo. Mi pregunta es cómo, si todo le gusta, si todo lo divierte, si todo lo estimula... Cómo hacer para que reaccione como al comienzo cuando era yo quien se sentía fuerte y ahí era yo quien tenía la seguridad de que un día ella no iba a venir a tocarme el timbre de mi casa, diciéndome que soy una caradura, cuando tengo la cara bien blanda. <<¿Qué es lo que hice mal, antes de lo de esa tarde? >> me pregunté, porque había meses luz de diferencia. Sin embargo, no había hecho nada. Nada que se entendiera como una real provocación, y tampoco vamos a ser ingenuos de decir que uno a los veinte no sabe cómo hacerlo. Cuando lo rechazo, no lo provoco, lo rechazo de verdad, puesto que no quiero quilombos por una persona que no amo, así de sencillo. Pero entre más lo rechazo, a él más le gusta, esa es la dinámica. Y hablándole bien o hablándole con sinceridad, a él más le gusta, por igual. 

De mi parte no siento nada por él, ni siquiera un poco de atracción, nada. No puedo entender cómo, si hace casi un año que esto empezó - o mejor dicho empezó la primera vez que me vió, porque su mirada fue distinta a todo - todavía no se acaba.  Yo pensé que se iba a cansar, de verdad... Pensé que el tiempo, la distancia, la coherencia, el futuro o las hadas - qué se yo - lo iban a hacer entender que no, que pudiéndolo evitar lo evitaba, y ése era el caso. Por todas los compromisos que ejerció, años antes, que no piensa abandonar y que a mí me hacen muy complicado el mirarlo de esa forma en que no miro a nadie, porque tengo la cabeza en cosas diferentes a todo lo que conlleve el distintivo masculino, en mi vida de hoy, y desde hace meses largos, ya. 
Si ya me lo dijo todo y más, si ya me vió enervada, si ya me pidió disculpas, si ya contemplé su error, si ya intentó acercarse a los míos, si ya vió que yo soy aliada de ella y no su chiquita, su linda, su chica que cuando se enoja le encanta... Si ya supo quién realmente a mí me había movido todos los posibles pisos... Si ya hizo todo eso ¿qué más quiere? Sí, ya sé que quiere, pero... ¿Tanto? 

Me intranquiliza en un porcentaje porque no es un tipo en el que confío. No es un tipo con el que pueda hablar  como adultos y sienta que me tome enserio. Él se debe pensar que todos mis gestos son provocaciones. Que cuando me río lo provoco, que cuando me enojo lo caliento o cuando asiento con la cabeza a un chiste suyo, le doy el pie.  No es un hombre que me genera cierta empatía, si él todo lo da vuelta, lo manipula, lo relativiza. Por eso, no quiero que me vea como una chica sumisa.  Mi miedo, cada vez que estoy cerca, es que el chisme corra rápido y yo pierda por ser mujer, y especialmente, por ser una chica joven. Mi miedo es que se dé cuenta de que detrás de toda esa apariencia dura, hay una chica a la que le gustaría mucho ser querida y respetada, pero que tampoco quiere ser utilizada, que entienda que no todo es tan laxo como se lo dejo ver, que no todo me hace tan poca mella, que sí tengo sentimientos tan profundos como los de cualquier persona ó que por callada, me doy cuenta de todo, y que si a veces no opino de la vida de otros es porque no me interesa y porque para algo tengo la mía. 

¿Puede ser casualidad que se me acerquen tipos siempre de esos donde el margen es mayor a cinco años?  Sí, puede ser. Debe de ser una especie de reacción ambiente, circunstancia eventual, momento de la vida.  Pero este señor no vale la pena y eso es lo que no puede ser, valga la redundancia.  Mi miedo es que un día haga alguna estupidez demasiado notoria y ahí, caiga yo también por añadidura, porque seguiría sin valer la pena ni siquiera un poco. 

Siempre que vuelve le digo a mi mejor amiga, que siendo como es, puede caer con un ramo de flores o con una bomba, en casa.  Puede ir de un extremo al otro.  Creo que quizá alguna de esas sea la única manera en que no siga escribiendo. Siquiera, para desearme feliz año.  Mientras tanto, me alegra estar sin whatsapp, aunque sea por unos quince días más.  Supongo que es comprensible el motivo. 

lunes, 19 de enero de 2015

Cosas raras

Hay circunstancias que, incluso no teniendo una aversión ni una unión sólida con nada de todo a lo que se refiere, nos impactan. Lo que el Fiscal, muerto hoy, estaba investigando desde hacía diez años de su vida, considero, le valió para transitar el camino hasta este presente donde se preparaba para lo que cualquiera podría entender como un gran momento en su vida. El momento donde, a sus ojos, se mostraba la verdad, lo que él creía verdadero y por lo que él particularmente había trabajado tanto tiempo. Un momento donde se justificaba, a su vez, cualquier careo durante una década y cualquier incertidumbre en el transcurso de la misma.

Por eso, más allá de todo lo que se pueda decir, y hasta concordar o no con su postura política ¿cómo es que una persona elige matarse, justamente en esta instancia, donde antes no le tuvo miedo a tanto? ¿Cómo es que, si no elige morir, alguien - vaya a saber quién - elige por él? ¿Cómo es que en los medios de comunicación - enemistados por diferencias políticas - la información se manipula de manera tan diferente, eludiendo las verdaderas necesidades del ciudadano común, que se sentirá ajeno, a la vez partícipe, pero sin duda conmocionado?

En años se habló de muchas cosas que mechaban la Argentina. Algunos de esos conceptos hoy, al menos para mí, empiezan a tomar mucho más cuerpo. Porque sin importar sobre qué, o contra quién, todo ser humano tiene derecho a investigar, a manifestarse y a expresarse libremente. En la teoría la justicia después divide los tantos para que no todo recaiga en suicidio aparente o asesinato encubierto.

De verdad, estoy indignada.  Supongo, los veinte años, trajeron consigo un fuerte dejo de noción. 

domingo, 18 de enero de 2015

Plegarias

 - ¿A qué hora empieza la misa? - le pregunté a mi abuela, mientras esperábamos el colectivo. Últimamente no estuve teniendo una llegada estrecha con ella, por un cúmulo de motivos que fueron ajenos a mi, y mis intentos de acercarme cuando estuviera dispuesta a perdonarla y a comprenderla un poco, dieron buenos resultados. 
- A las ocho - respondió - No sé si vamos a llegar, porque son siete y cuarto
- Ay sí, abuela, no te preocupes. Ahora va a venir el bondi - acoté. 
- No sé si vamos a llegar a la adoración, mejor dicho - clarificó - Empezaba a las siete y media. Pero bueno, por lo menos, llegamos a misa. 
- Sí, tranqui - insistí - A la misa llegamos seguro. En cinco minutos seguro que viene - reforcé mi hipótesis optimista en un domingo que comenzaba a despejarse mientras rezaba, el colectivo llegara justo a tiempo. 



Una vez estuvimos ubicadas las dos en el mismo banco de la iglesia, el silencio se adueñó de nuestras mentes y cada quien, cada cual por su lado, se inmiscuyó en esa especie de momento espiritual. 

- ¿Pediste todo? - me preguntó. 
- Sí, todo lo que consideré necesario pedir, digamos - sonreí, porque yo soy una representación de la fé cristiana bastante sosa por momentos. O al menos, bastante selectiva. Pido lo que considero realmente importante, más bien, urgente. Profeso mi fe mayormente lejos de la iglesia, pero recordando sus preceptos en la vida misma. Hay oraciones que no sé, jamás he leído la biblia, sin embargo, no soy de esa gente que se alegra ante la desgracia de otros. Considero que esa es mi mejor manera de ser cristiana, y realmente, una manera que se adapta a mi forma de ser y no procura convertirme en algo diferente. Mi manera de vivir el cristianismo es una especie de acuerdo con Dios, para explicarlo de algún modo. 
- Yo le pedí por vos, igual - me aseguró 
- Bueno, entonces, le va a llegar... - volví a sonreír. 
<<Unimos fuerzas >> pensé, con picardía, recordando el chiste que le hago respecto a su abultada creencia espiritual, cuando insisto con que ella tiene conexión wifi, directa con los cielos. Es realmente un chiste que le causa gracia y por suerte, hasta ahora no me sacó nunca tirándome con las estampitas cuando se lo repetí, porque comparto la misma fe que ella, aunque a mi manera.
- Pedí por tus estudios - me susurró, en el silencio - y también pedí por el amor. 
- Yo también  - miré para un punto fijo - El resto no hacía falta, mujer. Así estoy bien. 
- Nena, no seas así - me retó, por lo bajo - también puede ser amor fraterno, de amigos, y el otro amor también, no te hagas la tonta. 
- También puede ser amor propio - murmuré, sólo para mi propia escucha - Ése sí, dale nomás - me dije, dejando que otra vez se zambullera en sus oraciones. Me quedé pensando que mientras antes hubiese estado horas pidiendo por ese amor al que sé que mi abuela se refería, hoy mi deseo recae en otro lado y todas mis energías se abocaron al respecto.  <<No necesito que nadie venga a ponerme un precio, a distinguirme con un valor, ni siquiera a rotularme con etiquetas que me lleven por un camino diferente al que me hace bien >> concluí, antes de que se encendieran casi al mismo tiempo las millones de bombillas que iluminan la catedral más linda de toda la zona céntrica, para dar comienzo a la misa.  

Al final siento que llegamos a la parte más importante de la adoración.  Esa charla a modo de re-inauguración de nuestros lazos afectivos es un motivo de agradecimiento para mí, conforme mis dos ojos se hayan cerrado. 


*imagen ilustrativa 

sábado, 17 de enero de 2015

Mi peligrosa obsesión

Sé que no es muy cabal decirlo, pero tengo una marcada obsesión por los esmaltes de uñas.  Aunque me gustan muchísimo los libros, en términos de cosmética, fragancias, ropa, zapatos, carteras y todo lo que se les pueda ocurrir, yo tengo debilidad por los esmaltes de uñas. Y más allá de que me gustan desde que tengo cuatro años los perfumes, algún día contaré la anécdota que corresponde a ello - en esta oportunidad voy reconocer que existe en mí una obsesión por los esmaltes de uñas,  así como lo leen por tercera vez.  Son muy pocas las cosas materiales que me gustan con tantísimo ahínco como lo son ellos, ¡mis tamborcitos rellenos de color! Y aunque tengo conciencia de lo frívolo que puede llegar a sonar me pueden, me encandilan, ¡me encantan! y por ende, no puedo evitar comprarlos en la medida de todo lo que me es posible. 


¿Cumpleaños? Esmaltes. ¿Navidad? Esmaltes, regalame, si querés. ¿Reyes? Algún esmaltecito me vendría bien. ¿Parcial aprobado, final de cuatrimestre, fin de semana libre, día nublado o rayo de sol? A mí si me regalás un esmalte de uñas, ya me hacés feliz, tampoco te molestes tanto; suelen ser algunas de mis respuestas, ante las preguntas, siendo fiel a un común denominador. 




De pequeña, odiaba las uñas largas. Me parecían incómodas, me rasguñaba cuando hacía deporte y el polvo de ladrillo me las ensuciaba, cada vez que pisaba las canchas de tenis, alrededor de mis trece años, (siendo un deporte que practiqué durante cuatro años) repudiaba si salía de ellas empapada en sudor, y además, con las uñas medias anaranjadas.  En el secundario,  asistiendo a un colegio católico, tampoco me dejaban llevar las uñas esmaltadas. Y eso, como ya había comenzado el gusto por el esmaltado, me parecía bastante cruel, así que me las pintaba los viernes a la tarde y a veces, en lo más osado, me las dejaba hasta que las preceptoras se dieran cuenta y con una sonrisa amable, porque me querían, me dijeran que por favor no las llevara así al día siguiente, extrañadas porque con mi fanatismo literario, mi aspecto callado y mi bajo perfil, desobedeciera "las reglas".  Para mi fortuna, el secundario pasó y se estableció el ahínco absoluto por el cuidado de las uñas.  Si de pequeña las odiaba, ahora más mayor, me pierden. 


Por lo general a las uñas las llevo medianamente largas; no me gustan cortas al extremo, ni mucho menos eternas; considero que un equilibrio es ideal, además, para que no nos interrumpa las labores diarias y para que, en caso de usar uñas postizas, por ejemplo, nos quite la sensibilidad o la posibilidad de abrir paquetes pequeños, recoger cosas finas que se nos caen al piso, o un sinfín de ocasiones más donde he visto a viejas compañeras del secundario imposibilitadas.  Más allá de que hay muy buenas propuestas en materia de uñas artificiales, como son las uñas postizas de Loreal, por ejemplo, que a la vista parecen muy reales, siempre he estado alejada de ellas. Y aún mismo existan otras variantes como las uñas postizas a base de gel, o algo muy similar a ésto, también he dejado pasar la chance.   ¿El motivo? A mi manera de ver, hacen daño y además, siempre doy pie a lo natural que a lo artificial. El pegamento con el que algunas de las uñas postizas se aplican resulta corrosivo para la superficie de las uñas, así también como no dejarlas descansar una vez a la semana. Mi mejor amiga, que hizo un curso al respecto - y hace arte en las uñas - me recomendó que no las probara, porque a ella le había costado mucho que luego del pegamento le vuelvan a crecer. Ante su sincera recomendación, ni siquiera aunque parezcas por fuera muy lindas, les daría una chance a las Loreal. 


Así, en la senda de las uñas naturales, también encontré la senda - o el mal camino, como lo quieran llamar - de los esmaltes de uñas. Pasé de los que sólo conocía el mismísimo fabricante a los que son de marcas renombradas, sin embargo, a veces, parecen casi la misma cosa. Pasé de buscarlos en casas de accesorios hasta en perfumerías, shoppings y todo imperio consumista habido. Sí, si alguien me ve sólo buscando los esmaltes con la locura que los busco, definitivamente descreería de mi misma si le digo que me gusta leer, escribir, amo a los perros y estudio para ser Licenciada en Letras, además de rastrar Cutex como quien respira.  Parezco la reencarnación de la muñeca Barbie, pero no en su mejor versión, sino simplemente porque padezco de un síndrome que denomino "El mal de la hueca temporal". 

Puedo salir sin pintura a la calle porque tengo fiaca, calor, poca voluntad o desánimo; pero no puedo salir sin pintarme las uñas, prácticamente. Como hay gente que se olvida algo y se siente desnuda, yo me siento incompleta si no veo mis uñas prolijas, que muchas veces implica que estén pintadas, aunque no es un absoluto. Con uñas prolijas me refiero a que no me gusta verme el esmalte saltado, corrido, o las uñas comidas; me parece - y con experiencia - algo en lo que la gente repara mucho y generalmente, yo también reparo mucho, sin embargo, no es que ando juzgando por la vida según el esmalte de uñas que uno lleve. Más bien, me gusta tenerlas prolijas, y si veo a alguna chica con las uñas pintadas, pienso en cómo le queda, en qué color le quedaría mejor, o en qué color podría usar con la ropa que lleva puesta si es que está sentada al lado mío, en el colectivo.  No sé si será algo que también tiene relación con mi gusto por los esmaltes, pero la gente me mira mucho las manos, e incluso hombres han reparado en que siempre soy muy meticulosa de las uñas, en el buen sentido del término.  Por eso, no concibo que mis uñas estén a disposición sólo de la buena suerte. 



Desde hace años encontré en el pintarme las uñas un punto de relajación. Cuando estoy tensa  antes de un parcial por ejemplo, me tomo el tiempo prudencial para pintarme las uñas y mientras se secan con paciencia de buda, voy pasando las hojas de estudio y sumergiéndome en un buen repaso, aunque con la alegría de tener las manos decentemente listas para el siguiente día. Cuando tengo una fiesta o algo que yo considero importante, nada me importa tanto como de qué color me pinto las uñas según la ocasión.  

Los puntos altísimos de mi obsesión, que se han tornado graciosos, fueron varios pero recuerdo puntualmente uno que se me vino a la mente, hace segundos y que se repitió y repite  en el tiempo. Es el elegir esmaltes de uñas con mi papá - léase cincuentón, empleado en la construcción, completamente alejado de ese mundillo - en una perfumería donde tienen millones.  El cuadro de situación roza lo irónico, pero me es muy gracioso y tierno a la vez. Imaginen la paciencia que tiene que tener, para esperar a que yo decida qué color llevarme, si me ofrece regalármelo, o si no es ese el caso, pagarlo por mi misma. 

- ¿Éste te gusta? - le pregunto, con cara de feliz cumpleaños, frente a la góndola. Juro, aparento tener cinco y no veinte años. 
- ¿Ése no lo tenés, ya? - me mira, confundido, porque creo que él registra los colores de las pinturas que usa para trabajar, y no para pintarse las uñas
- ¡Noooo! - exclamo, cual compradora compulsiva - Tengo el "rosa chicle" no el " rosa natural" ¿entendés? - insisto. Él me mira rendido y sólo se opone a los colores oscuros que según dice, no le gusta que lleve, porque lo impresiona.  Así, se han repetido millones de secuencias, más de una vez. Ya está más canchero en el asunto y sólo se asombra de la cantidad que tengo, pero nada más. En el fondo, está complemente seguro de que mi amor por los libros es más fuerte y no voy a dejar todo a la buena de Dios para vivir pintándome las uñas, incansablemente. 

No podría elegir un sólo color de esmaltes. Sin embargo, hay dos o tres tonos en los que siempre recaigo, porque son los que combinan con la ropa que llevo puesta, porque son los que mejor adherencia tienen o porque son los colores que me pierden, sencillamente.  Estos son el rojo, los tonos borravino y el fucsia. En muchas oportunidades uso negro, pero tiene su contra principal en que es un esmalte que a mi manera de ver difícilmente te queda bien ó dificilmente a mí me queda con el acabado que quiero, por eso, me inclino más por el tono borravino, por ejemplo, que es uno de mis mejores aliados para el invierno a pesar de que es oscuro y yo soy de piel tan pero tan blanca. 

Hace un rato, para mi capitalista felicidad, mi hermana me llamó por teléfono diciéndome que tenía en sus manos una revista de cosmética por catálogo donde había promoción de dos por uno, en esmaltes.

¿Cómo resistirme?


 Dentro de unas semanas, si Dios quiere, están llegando a casa siendo un auto-regalo de post cumpleaños. 


PD: después de ver algunas colecciones, sospecho, mi flota de esmaltes es sumamente lógica, balanceada e incluso hay espacio para más... :) 

*Todas las imágenes son ilustrativas. 

martes, 13 de enero de 2015

Amor a primera vista

La noche del 31 de diciembre, la noche de fin de año, descubrí que emitían una película en la que actúa Ismael Serrano, llamada "El hombre que corría tras el viento". Para quienes no se enteraron, Ismael Serrano me gusta, y mucho. Creo que paso la mayoría del tiempo, desde hace años, escuchando cantautores del extranjero más allá de que también me gusta la música nacional.  Si tuviera que elegir al menos tres de exterior, digamos que Ismael Serrano sería uno de los primeros, si no el primero. 

Por este motivo cuando enganché la película, que hace mucho tiempo estaba intentando bajar sin éxito, pospuse todo tipo de plan de embellecimiento para presentarme en la mesa de año nuevo y me conformé con un poco de labial, otro poco de rimmel y todo el resto de película, por decirlo así. Como era de esperarse no la terminé de ver entera, pero dentro de lo que ví, algo que me conmovió realmente fue una escena en particular que tenía como protagonista un poema. Un poema escrito por el premio Nobel de Literatura en el año 1996. Un poema de una poetiza – ensayista y traductora- llamada Wislawa Szymborska de nacionalidad polaca.  Según datos que anduve buscando, este poema está incluido en uno de sus libros llamado Fin y Principio, editado en 1993; se llama Amor a primera vista.  

A pesar de que hace muchos meses ya estoy alejada del mundo rosa, cursi y benevolente si del amor se trata, esto marcó la diferencia para mí.  Me  subyugó, me conmovió; ser redundante sería decir que me gustó mucho.  Y, más allá de que leo seguido poemas o literatura donde incide el amor, porque es algo que se encuentra ni bien uno levanta una baldosa, soy consciente del límite que existe cuando una pieza literaria me gusta realmente ó cuando se naturaliza su belleza, sin más, por una buena gramaticalidad, una métrica pareja o un tipo de rima ya sea asonante o consonante.   Así y al margen de que la nube de escepticismo me acompañe a todos lados respecto al amor en los términos más reales de mi vida, la literatura siempre me sorprende y me incita a ir más allá de la rutina sórdida.  Tiene ese poder, a mis ojos, inigualable; dado que no hay otra circunstancia en este mundo que me mueva más. Siempre pienso que, de tener que elegir otra cosa a la que dedicarle mi vida que no sea mi elección actual, la hubiese estropeado con deliberación, para volcar mis deseos a la literatura.  A leerla, a estudiarla, a escribirla también, por qué no, pero siempre girando en torno a una de las cosas presentes en mi vida que me da mucha más felicidad de lo que hubiese creído posible alguna vez. 

 El arte, para mí, es una de las pocas cosas en las que, sin duda, puedo creer. Siempre me ha salvado, siempre me ha despertado, acompañado, desconcertado e inspirado. El arte, especialmente la literatura, por lejos, es lo que le da un poco más de sentido a todos mis días y rivaliza perfectamente con todas las otras tentaciones materiales por las que cualquier joven mujer se desvive, ganando por goleada. Si tengo que pensar en el amor, decididamente, un porcentaje de mi misma – muy grande, la verdad – se declara enamorada de la literatura. Yo no amo con la misma efervescencia, ni carteras, ni zapatos, ni nada que se le parezca. La literatura se lleva, en esta oportunidad - y seguramente en todas las venideras - cada una de mis florcitas. 

Aquí va la escena de la película, donde la protagonista de la película recita el poema.  Más abajo, la transcripción completa del mismo





Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Bella es la certeza,
Pero más bella es la incertidumbre.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.

Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.


¿Qué opinan? ¿Les gustó? 

lunes, 12 de enero de 2015

Literatura, cuanto menos, ficción: "La suerte de los buenos"

Mi ciudad -  digámosle barrio, para ser más fieles - tiene una contraria importantísima además de la inseguridad, de las cuadras donde nunca - tómese como literal - hay nadie más que chorros o de que tenés que pensar con qué cartera salir (por si te la roban y no la volvés a ver) Y es su estrechez. Mi barrio, es pequeño. 

A pesar de todo, éste último fin de semana, decidí salir de la cueva que es todavía más pequeña que el lugar donde vivo.  Hacía varias semanas que no frecuentaba la zona céntrica un sábado a la tarde, porque sinceramente no tenía ganas de salir. Y esto tiene que ver con el segundo punto: es todo chico, por ende, me aburre. Siempre los mismos rostros, la misma gente y las mismas miradas petulantes, despreocupadas o curiosas. Ningún cambio, casi, ninguna alteración. A veces siento que, en mi ciudad, el tiempo no pasara en sus nociones normales, por ello, tampoco es que sea de mi agrado moverme con el calor agobiante a menos que tenga que hacer algo necesario, realmente.  Sin embargo, el sábado por la tarde, mi hermana necesitaba comprar unas cosas y junto con mi cuñado, terminamos los tres "de paseo". 

Realmente, estaba pasándola bien, a pesar del calor agobiante. Habiendo estado desde hacía cuarenta minutos en un local de ropa - que intenta ser de marca, pero a mí me parece demasiado excéntrica - por fin mi hermana se decidía a que no cambiaría la prenda que había llevado, y yo, contrariando el curso normal de las cosas, sí me llevaría una musculosa de encaje negra, de pura casualidad, con la plata que tenía por mi cumpleaños. 
Caminaba hacia el local de mallas, escuchando la conversación que mantenía la pareja que escoltaba aplicadamente, siendo parte de mi familia. 

- Acá deben vender - le decía mi hermana a su novio, que se mantenía en su sede de santa paciencia. 
- Sí, puede ser - me miraba - Entremos - afirmaba antes de volverse para ver lo que yo estaba viendo, sin entender muy bien por qué a mí se me amargaba la cara. 
- ¿Puedo tener tanta mala suerte, yo? - lo miré, resignada a cruzármelo. 
- ¿A quién viste? - me preguntó mi hermana, mientras miraba trajes de baño. 
- Al viejo - murmuré, dejando pasar sin poder evitarlo a esa sensación desagradable por la situación en la cual lo había visto. 
- ¿Te vió? 
- Seguramente - acoté - Venía detrás nuestro, y de casualidad que yo ví a la novia, mientras él miraba para la avenida - le expliqué. 
- ¿La novia? 
- Seh - miré la parte de arriba de un traje de baño sin prestarle atención para mí, sino, para ella - ¿Este te gusta? - le pregunté, pero ella siguió la anterior conversación como hace habitualmente - ¿Estaba con la novia? 
- Con la novia y la hija de ella - susurré, intentando no ser indiscreta, porque no me extraña que salga un conocido suyo de la baldosa, teniendo 23 años de ventaja respecto a mí, viviendo en este barrio. 
- ¡Ah, bueno! - mofó, irónica - ¡Qué patético! 
- Más respeto, che, que ahora es un padre de familia - ironicé. 
- Le das mucha importancia, le dedicás mucha energía - me aconsejó, mientras pasábamos por un bar que tenía un letrero rezando " tu sonrisa alimenta" - ¿Ves? - me lo señaló. 
- Sí, ya lo sé - suspiré, y me llevó varios minutos sacarme la bronca, por la coincidencia desafortunada. 

<< No me molesta su felicidad>>, pensé un rato después, tendida en una reposera que me recibía, <<me molesta la forma en que se porta y que, aún así, las cosas le sigan saliendo siempre bien >>. 

Supongo que contrariamente a la mayoría de las historias que nos inculcaron en nuestra infancia, no siempre los buenos ganan.  Si no, miren mi barrio.  



sábado, 10 de enero de 2015

El otro lado

Quienes me leen desde hace rato saben que no soy muy asidua a las fiestas. Mis cumpleaños, salvando el número quince - cuando todavía me gustaba festejarlos - siempre giraron en torno a la cercanía de las fiestas, el calor, los regalos, la gente que se iba de vacaciones y la especulación entre quien llamaba o no.  Si de mi dependiera, los últimos cinco años hasta ésta parte, definitivamente, el día ocho de enero me hubiese exiliado. Sin embargo, al menos con la llegada de un número redondo y par a mi vida, también llegó un punto de inflexión, por ahora, propio de los veinte. 

Pensé, a medida que se desarrollaba mi día, en que este fue mi primer cumpleaños donde tuve plena conciencia de estar "del otro lado". Durante demasiado tiempo, ahora lo veo claro, estuve sólo de un lado del puente que comunica dos partes indisolubles de mi vida: mi origen, mi nacimiento y sus conflictos, mi infancia y hasta los años más recientes de juventud, con muchas cosas buenas, pero también, con el peso de muchas cuestiones que jamás había podido decir. 

En el presente cada que pienso en todo esto, a su vez, la misma frase vuelve a mi cabeza como un mantra: uno no siempre está preparado para mirar a los ojos a su dolor, y enfrentarlo.  Por todo esto que es que ahora, considero que estoy del otro lado, y tengo noción del hecho.  El otro lado que involucra, a su vez, el presente con noción del pasado, en su aspecto bueno y malo. El presente con sus proyectos, con un necesario y más que necesario ejercicio de la aceptación. Un otro lado que habla, a su vez, de haber enfrentado el fantasma más temido y horrible para mí, haber sido testigo de una enorme catarsis - que todavía sigue - y haber salido parada.  Un "otro lado" demasiado personal, constructivo, también reconstructivo y que sólo logra fortalecerse con el paso del tiempo, con el trabajo interno, con el cambio de métodos, con la confianza,  con el sentido agudo de poder valorar lo que se nos da, y a su vez, también, lo que se nos mezquinó, para que cada quien pueda ser lo que es. 

Será que este hecho, después de marcarme para mal durante tanto tiempo, está empezando a marcarme para bien, pero empezando a, insisto.  Por cuestiones de prudencia no quiero pensar que esto va a ser una parte sencilla en mi vida; al contrario, por primera vez entiendo que es un trabajo de limpieza permanente, de comprensión, de entendimiento y principalmente de clemencia con nosotros mismos, ante el dinamismo y el carácter imprevisible del afuera en el que todos vivimos.  La aceptación va cayendo día por día, sobre cada uno, de parte de uno. Ahora entiendo cuán responsable somos de cómo nos sentimos, ante lo que nos pasa y de cómo influye nuestra cuota de clemencia. 

Es normal mirarnos frente a un espejo y que no nos guste mucho de lo que vemos, pero no es sano, a su vez, que nada nos guste. Esto puede parecer de libro, de revista rosa, de charla de peluquería inmersa en un barrio del conurbano, como las que voy yo, pero no es así; sino que habla de lo que, creo, nos pasa un poco a todos.  Tiro la primera piedra si tengo que ser sincera respecto a algo: jamás pensé en que sería prudente y necesario ser más considerada conmigo misma. Optaba, asimismo, por el camino fácil - aunque muy doloroso y corrosivo - que implica la autodegradación. Entendí, como primer precepto de este camino que ahora empieza, considero, lo más importante: hay que tener coraje para aceptarnos. 

Cuando hablé del coraje, no hablaba más que de tener la valentía para afrontar nuestras diferencias, nuestros defectos, nuevas partes flojas y, a su vez, nuestros focos de atención no quizá por que sean del todo bonitos. Personalmente, insisto, tengo que ser portadora del coraje que implica salir todos los días al mundo y ser fuerte. Ser fuerte y contemplar, a su vez, la mirada del otro. Ser fuerte e idear respuestas para los cuestionamientos de los otros, siempre y cuando les quiera dar entidad y respuesta. Ser fuerte y valiente, para aceptarme.  No esperar, nunca, que nadie más lo haga para hacerlo yo, en base a una valoración de ojos ajenos, que muchas veces, miran sin ver. No esperar personas salvadoras, no esperar héroes, príncipes, heroínas o princesas que nos enseñen a ser lo que, francamente, no somos. 

Si algo esperaba y rogaba que llegara sin dejarme plantada, era el saber lo que necesitaba, precisamente lo que necesitaba de mi misma, sólo para brindármelo. Sólo para tener el coraje de brindármelo, más allá de todos los que estén, los que falten, y los que se vayan. 

Definitivamente, fue un muy feliz cumpleaños. Comprenderán el por qué. 


viernes, 9 de enero de 2015

20

Veinte años que espero, simbolicen algo más que el cambio de década. Veinte años que deseo, traigan consigo el coraje, la persistencia, la voluntad y la coherencia necesaria. Veinte años que cumplí, y ojalá traigan también muchas metas cumplidas. Veinte años, así, como los vivo hoy, cuando el proyecto de mi vida era, de base, tan incierto como cambiante.

Veinte años, en familia. Veinte años con amigos. Veinte años felices, sí, muy felices, que se volvieron uno de los mejores cumpleaños que recuerdo, desde hace cinco años atrás. Veinte años que, contrariando al tango, sí son algo... Y deseo, sean además algo maravilloso, dignos de ser vividos, prósperos, y también lo más justos que me sea posible. Que traigan consigo lo que llevo años deseando, proyectando, imaginando durante mucho tiempo. Que me acerquen más a los logros por los cuales sigo adelante todos los días.


Veinte años que ojalá, me ayuden a ser más humana. Me alienten a seguir siendo, a su vez, la misma pero en su mejor versión




Veinte años cosidos a retazos
De urgencias, disimulos y rutinas
(Joaquín Sabina)