martes, 28 de diciembre de 2021

Chau, 2021

(por Carolina Aguirre) 

(...) la gente ama las orquídeas y las rosas que son flores quisquillosas y débiles que necesitan miles de cuidados para dar una flor y yo adoro los cerezos, las camelias y las magnolias que florecen generosas en el invierno más feroz, los lotos, que salen de un pantano lleno de barro y de mugre, resilientes y hermosos, sin una sola mancha del suelo.

Cuando yo era muy chica mis padres no querían que me fuera de la empresa familiar para escribir. "Te vas a morir de hambre" "Te vas a casar, vas a tener hijos y no vas a ejercer", "nadie es guionista en argentina, es un trabajo de hombre". Y yo, que en esa época era una chica insegura y miedosa que fumaba 60 cigarrillos por día, tenia 50 kg de mas y ningún ahorro igual me tuve fe y me fui a porque sentía que si no escribía me iba a morir. No tenía celular ni internet en casa porque no podía pagarlo. Iba a buscar  trabajo a un locutorio. Mi ex marido tenía un solo par de anteojos partido y pegado con cinta porque no podíamos comprar nuevos. Pase noches sin dormir pensando cómo iba a pagar el alquiler o la luz. Nunca recibí dinero de mi familia. Trabajaba todo el día en un call-center y de noche me quedaba a escribir hasta la madrugada. 

Nunca imagine esta vida para mí. Escribir ocho meses y viajar cinco por el mundo escribiendo crónicas y libros todos los años. Sentía que esas cosas le pasaban a otros. Que a mí me tocaba fumar, ser gorda, trabajar con mi familia, casarme con un proveedor y olvidarme de ser guionista. Ahora me río sola pensando que estos viajes los pago con palabras, con ideas, con personajes que inventé yo. Sé que poder escribir es un don y no un mérito. Que tuve suerte. Pero también sé que algunos árboles, algunas flores y algunas personas tienen esa vocación de crecer encima de un templo de piedra o florecer con las ramas dobladas por la nieve y otros se mueren ante la primera helada. Me emocionan esos árboles doblados buscando la luz con sus ramas. Me hacen acordar a mí". 


domingo, 19 de diciembre de 2021

Diálogos de amor

 En la semana, pasé tiempo con mi sobrinito "bebé" que está próximo a cumplir ya tres añitos. Mi hermana y mi madre fueron hacer unas compras y antes de irse le explicaron que nos íbamos a quedar solos por un largo rato. 

Él escuchó atento lo que decía su mamá y siguió desayunando conmigo como si nada. Me hizo bien que se quedara calmo a mi lado, porque fue señal de confianza. 

- Desayuna tranqui, ***, y después de eso vamos a jugar. Yo te espero  -le indiqué. 

- ¿Me esperás? 

- Sí, gordo. Tomate todo el tiempo que necesites, te espero. Comé tranquilo. 

Mi sobrino se tomó todo su tiempo, como debe ser, hasta terminar de tomar su yogurt bebible. 

- ¿Querés? - me ofreció. 

- No, no. Gracias, mi vida. Comé, comé vos - insistí. 

- ¿Y después vamos a jugar a la pieza?  - me preguntó. 

- Siiiii.  Podemos jugar a armar un castillo si querés o con estos autos...    

- ¿Y me esperás? - me volvió a preguntar. 

- Obvio. Y te voy a cuidar, también. 

- Yo te cuido, tía *** -  me dijo. 

Y me abrazó de costado, de pronto, como un gesto de ternura espontánea.  

Es decir, una dulzura.  Cerré los ojos porque me moría de amor con su gesto y su actitud. 

- Bueno, mi amor, ¿me vas a cuidar, entonces? 

- Sí, tía. 

- La tía también te va a cuidar... 

- Ok - me contestó. 

Lo abracé más fuerte, de costado, apretujándolo todo. 

-  Ay, chinito lindo, cómo te amo por favooorrrr - le dije, mientras le hacía mimos en la cabeza. 

Me puso cara de circunstancia y sonrió.  Es muy mimoso. 



miércoles, 15 de diciembre de 2021

Sobre entrevistas laborales que tuve en 2021

Desde mayo, hasta diciembre inclusive, he tenido diez entrevistas de trabajo formal al margen de mi trabajo en negro, freelance, como Licenciada en Letras (que recientemente abandoné y fue la mejor decisión que tomé en este año). 

De algunas hablé, más al comienzo de este proceso, y sobre otras ni me molesté. Algunas de ellas tuvieron una segunda parte, en el proceso, y decantaron por otros candidatos. En otros casos, me dijeron que estaba sobrecalificada para el puesto. Y en otros casos, me eligieron dándome a cambio un sueldo de 30 mil pesos por jornada completa, cosa que no acepté, y  en otro de los casos en particular, ni siquiera terminaron confirmándome el horario de la misma cuando les devolví el contacto que ellos mismos habían iniciado. 

Como es evidente, tuve de todo en estos meses de búsqueda; y eso trajo aparejado mil y una sensaciones diferentes.  Lo que creo que me llamó más la atención de cada uno de los procesos fue, en líneas generales, la cantidad de personajes con los que me encontré. Sí, cada personaje, algunos agradables y otros muy desagradables, que me ayudaron a pintarme el panorama de búsqueda laboral en pandemia. 

El caso de los abogados de Puerto Madero fue uno de los que comenté, allá por el comienzo de la búsqueda. Dos personajes, pero de los desagradables. Creo que el par de tontos más repulsivo que conocí en 26 años. Lo peor que vi en ellos fue el desprecio y el menosprecio con el cual hablaban del trabajador y entendí que eran gente de mierda, y que por eso, cosechaban los empleados que pensaban que existían en el campo laboral.  También, me di cuenta que en ese caso yo estaba sobrecalificada para ellos. Por una jornada completa, de nueve horas, ofrecían 30 mil. 

Otro de los casos fue por un puesto administrativo en una librería full-time.  La señora en cuestión no te registraba en blanco, te descontaba el monotributo, no te daba días de estudio - recordemos que son ley - y te exigía trabajar feriados jornada completa, pero no te los pagaba. Además de las tareas administrativas te exigía la limpieza del local, la recepción y descarga de material de los proveedores y un trabajo de lunes a sábado; todo por la módica suma de 30 mil pesos por un trabajo con horarios de comercio.  ¿Querer ahorrarse las cargas sociales que implica la inscripción de un trabajador? ¿Dóóóóónde? 

Otra de las entrevistas que tuve fue para un puesto como vendedora part-time en una tienda de mi barrio. El sueldo era ajustado al convenio, eran poquitas horas pero estaba en blanco, y me servía bien para estudiar aunque no fuera el tipo de trabajo al que estaba acostumbrada. Sin embargo, me indicaron que estaba sobrecalificada para la posición y que teniendo estudios no era el perfil que ellos buscaban.   Con el tiempo, me dió igual que no me hubieran elegido, porque estaban en lo cierto: en cuanto consiguiera algo mejor, me iba a ir. 

Otra de las entrevistas fue por un puesto administrativo en una multinacional. Ése puesto sí me entusiasmaba, más que nada, por las condiciones de trabajo y el horario hermoso. Pasé por dos etapas del proceso, y aunque eligieron a otra candidata más avanzada, me quedó en el recuerdo que me preguntaron por Lingüística en plena charla, aprovechando mi formación en Letras, y les terminé hablando de Saussure. Fue súper extraño y con el tiempo terminamos riéndonos con mis padres y mi mejor amiga del asunto.  Además,  me hablaban de trenes a Europa como quien está hablando del Roca o el Sarmiento y yo ponía cara de circunstancia porque no conocía del asunto.   Gente peculiar, sin dudas, esos dos. Pensar que yo había sacado en cuotas con la tarjeta "mi ropa de entrevistas" como para poder ir acorde a las reglas de vestimenta más o menos valoradas por estos lugares...   Igual, al pepe no fue porque la ropa la seguí usando. 

Otra de las entrevistas fue grupal, para otra firma multinacional, que me permitió entender la dinámica de ese tipo de procesos. Era una posición temporal y aunque no se enfocaban tanto en los estudios como sí en la experiencia, me gustó pasar por eso para saber de qué se trataba. Por conocidos a los que sí eligieron me comentaron que si bien la experiencia en el lugar es valorable por el prestigio, el nivel de trabajo es muy muy duro por la sobrecarga, y pese a la experiencia, es totalmente agotador. 

Otra de las entrevistas tuvo lugar hace algunas semanas. Me contactó un tipo que resultó ser un influencer re contra conocido, con miles de seguidores en IG (entre ellos mis vecinos y hermanas) y que yo ni conocía.  La charla con su asistente, estuvo bien, aunque no les convenció para nada la distancia hasta el trabajo desde mi casa. Y lo entiendo, pese a que cuando me dieron la oportunidad de trabajar lejos de casa, era la primera en llegar a la oficina y no suponía un problema conmigo... Pero sí, lo entiendo. Ellos no me conocen como empleada.   

Otra de las entrevistas fue para un puesto administrativo, también, en un complejo de edificios en zona norte. Quedarme en la cola del mundo, era poco. Pero, como era una posición remota, lo consideré.  Me mandaron un mail citándome y jamás me confirmaron el contacto cuando les respondí ni dieron ninguna otra señal.  Creo que se dieron cuenta un poco tarde que me quedaba en la cola del mundo, aunque fuera remoto, porque llegaba más rápido a Misiones en avión que a Olivos en colectivo o trenes o subtes o cohetes.

Y sí. Como yo le decía a mi madre no desprecio propuestas de trabajo. Considero que las entrevistas son oportunidades y siempre me expongo a saber qué ofrecen y a destinar mi tiempo y energía porque uno nunca sabe. Quizá, lo que parece un bolazo, termina siendo algo especial.  

Sin embargo, todo este proceso, también me hizo entender que me gustaría trabajar en un lugar que comparta mis mismos valores, o al menos, que me de la oportunidad de desarrollarme con humildad en este momento de mi vida, donde considero que estoy aprendiendo, donde sigo estudiando, donde sigo adquiriendo experiencia y donde estoy en una transición de rubro, por lo demás. 

Al día de hoy, creo que una entrevista es algo así como un trailer. Uno pondrá lo mejor de sí en esos minutos, tratando de que lo miren al completo, pero el resto depende del espectador y sus expectativas.  En caso de que la película finalmente se proyecte, y veamos su desarrollo al cien por ciento, otra será la historia. 

Lo que sí rescato es que, muchos de los procesos, me dijeron cosas muy positivas sobre mi desempeño académico y profesional. Y considero que eso no es obligación de nadie, menos en una entrevista, así que lo recibo con humildad.   No obstante eso, no me dejo llevar tanto por sus palabras.  Entiendo que muchas veces pueden ser dichas desde la empatía y eso me parece más lógico sabiendo que la persona que busca trabajo va con su historial personal bajo la ropa mejor planchada o el pelo más liso. 

Eso precisamente estoy viviendo hace cinco meses y medio.  Ir con mi historia, con la más reciente experiencia, con mis valores y mi forma de ser y de trabajar, bajo el brazo,  poniendo la mejor sonrisa, diciendo siempre la verdad, siendo franca y coherente con lo que puedo dar, a la espera de recibir un tipo de respuesta que sea favorable. 

Lo que sí, es que estoy hasta la coronilla de "Tinchos ejecutivos". Ni que hubiera pedido dentro de la hoja de ruta de mi vida cruzarme con tantos, la verdad.  Pero se trata de verle el lado divertido o bizarro. Y acá, tenemos de todo. 

martes, 14 de diciembre de 2021

Poniendo en la balanza...

 El 2021 para mí fue un año muy muy difícil. No me da vergüenza decirlo aquí, en mi lugar seguro, más allá de que no haya optado por gritarlo a los cuatro vientos. De hecho, creo que desde aquél 2014 no pasaba un año tan difícil como sí fue el 2021, ni siquiera, el inolvidable 2020.  

Y, si bien en un año así lo recomendable sería no hacer balance, he tomado la decisión contraria. 

Hacer balance en mi caso particular va a residir en el intento sincero de verle el lado bueno al año. Pese a lo malo que fue, el lado bueno, algo por lo menos, chiquito aunque sea, sigue estando ahí. E ir tratando de poner blanco sobre negro, sí, aunque hayan sido vivencias agridulces, me parece que vale la pena. 

Ha sido duro, pero me di cuenta que hasta cuándo estás pasando las peores situaciones que imaginaste en algún aspecto de tu vida, lo estás pasando, es decir, que lo estás transcurriendo para dejarlo atrás en algún momento... Y me parece que, dentro de las dificultades que conlleva el pasarla mal, es un punto para enmarcar. 

También creo que algo muy bueno de este año ha sido el sostén que he tenido de mis padres.  Siempre supe que eran incondicionales, pero este año después de lo que serán seis meses buscando trabajo, francamente, entendí que lo más incondicional que conozco en mi vida son mis padres. No sólo confirmé en las buenas lo que yo creía sino que lo súper confirmé en las malas. 

Algo duro de éste año sucedió cuando personas que quiero mucho me juzgaron y me dieron la espalda, por no tener empatía suficiente, ante los momentos duros que me tocó vivir en el aspecto laboral, profesional, etc. Mucha gente que yo consideré como mi propia sombra falló en la empatía, y se despachó, haciendo comentarios innecesarios, hablando desde fuera, juzgando sin saber.  Y eso dolió, sí, pero me ayudó a darle a cada uno el lugar que le pertenece... Y lo considero algo bueno. 

Durante este 2021 también entendí que es muy necesario poner límites. Y aunque sea un poco incómodo, dado que hace a la vida que quiero vivir, está bueno. 

Entendí que los vínculos no porque sean cercanos implica que sean sanos y que, en esa instancia, no es aconsejable mi empatía. Que cuando una persona se beneficia de tu falta de límites, por muy cercana que sea, cuando le pongas los límites, se va a alejar. Y eso es inevitable. 

Entendí que los malos tiempos sirven para acomodar lealtades. Conté en estos seis meses tan duros con gente que ni pensé que me podía ayudar y me dejó sola gente que realmente daba por hecho que me iba a acompañar. Y eso, aunque también fue duro de vivir (como un daño colateral de otras pérdidas concretas) me sirvió y me ayudó a saber quién realmente está para mí. 

Entendí que a veces la gente te tiene celos, aunque uno no sea capaz de sentir celos ni de un perro tirado al sol un día donde tenés cosas que hacer. Y que frente a eso importa cuidar la esencia. 

Entendí que los vínculos a veces se transforman y terminan siendo bonitos en sus versiones posteriores, también, porque se puede rescatar el afecto, el amor y la esencia de ese vínculo más allá de todo. 

Entendí que no me quiero dedicar a lo que estudié, y lo considero algo bueno, porque no implica que no me guste o que lo vaya a dejar, sino, solamente, implica que probablemente no sea lo único a lo que me dedique. La Literatura sigue estando en mis células y la sigo amando como desde pequeña, pero ahora, no es lo único que existe en el mundo... Y está bien.  

Entendí que no tengo ni ganas de tener una pareja formal, que sigo sin querer casarme, que pensar en tener hijos me da fobia, y que amo ser tía con toda mi alma, no sólo por lo que mi sobrino es, sino por la incondicionalidad que siento hacia su persona y el profundo amor que me inspira. 

Entendí que enojarse está genial.  Que tendría que haberme enojado hace mucho, de mil formas, y que hacerlo ahora se ha convertido en un regalo. Sí, enojarse - que no es lo mismo a vivir enojado - es libertad. Y la libertad es algo más que bueno... Aunque llegue de formas inesperadas. 

Entendí que sentir aquello que parecería no se puede sentir, es válido. Que la dictadura de la felicidad de nuestros tiempos dará su frutos con personas incapaces de expresar sus emociones y que, por el contrario, quiero poder validar las mías, explorarlas, transitarlas y salir triunfante de mi interior. 

Entendí que perdí un amigo querido, y con ésta pérdida, entendí que lo que nos pasó fue que ya no compartimos nada aunque el cariño esté pero sea, más bien, una reproducción de lo anterior. 

Entendí que el mejor regalo que te puede hacer la vida es no dejar de decirle a las personas, o de demostrarles, que las querés. Esto ocurrió con una amiga de mi familia muy querida por mí, con quien una noche tuve una charla hermosa. Le dije que la quería, que siempre la iba a querer, que había sido como mi abuela , y ella se emocionó. Cuatro días después, la internaron por un colapso que tuvo producto de una enfermedad ya contraída. Nunca salió de esa internación. Nunca más volvimos a hablar. Pero en esa charla, hoy estoy segura, nos despedimos con enorme amor. Y pese al dolor por la pérdida, agradezco la oportunidad de despedirme. 

Entendí que lo mejor que me pudo pasar con respecto a Javier, fue que se hiciera lo que hizo en mayo, porque más allá de todo lo que produjo en su momento, me dió respuestas que creí no iban a llegar a mí nunca. Y agradezco que ubicó, con sus idioteces, partes de esa historia donde yo pensé que "estaba volviéndome loca", porque en realidad tuvieron que pasar siete años para entender que no, que la loca, no era yo. 

Entendí que el tiempo es algo muy valioso, que mi trabajo vale, que mis conocimientos valen y que el miedo jamás va a ser un buen aliado. 

Entendí que no tomar riesgos, y no hacer espacio para lo que verdaderamente deseamos, es lo que nos condena a soportar - sin siquiera haber intentado modificar algo - una vida  infeliz y llena de rencor. Y que esta vida, la única que tenemos, no puede convertirse en ésa clase de experiencia. 

Entendí que debo ser más organizada en ciertas cosas y eso es un desafío para mí. 

Entendí lo importante que es la salud. 

Entendí lo importantes que son los vínculos

Entendí y re-confirmé que nadie vale lo que tiene, si no, lo que es. 

Entendí que lo forzado, ni desde los demás, ni desde uno, vale realmente la pena. 

Entendí que fue sanador el post-relación que con Galeno supimos regalarnos. 

En síntesis, diría que entendí que en un año pueden cambiar muchas cosas y que se pueden capitalizar y eso está bien... Pero que es sano, no obstante esto, llorar lo que se tenga que llorar para resurgir. Tarde o temprano. Aunque parezca que no. Tarde o temprano, todo llega. 





En 2021, todo me ha costado mucho trabajo; pero puedo decir que está bien, que seguiré luchando e intentando, que no me voy a rendir.  Porque todo lo que entendí, indefectiblemente, me ha convertido en otra persona un poquito más madura que cuando este año comenzó y sé que voy a ser capaz de disfrutar las buenas nuevas cuando llamen a la puerta. 

Quizá, y sólo quizá, el año siguiente sea como un río, donde todo fluye y llega como recompensa a la larga y cansadora lucha de éste. Mientras, haré todo el esfuerzo, de corazón, para seguir soñando. Y me agradeceré, infinitamente,  que no lo que no fue para mí hasta el momento, intenté conseguirlo con todos los recursos que tuve a mi alcance cada uno de los días. Porque eso, también es valioso. 

Las aventuras, continuarán en 2022.  

Por ahora, todo es balance para terminar 2021. 

viernes, 10 de diciembre de 2021

Flashes

 Todavía me acuerdo el momento donde sentí por primera vez en muchos meses ganas de hablar consigo. Volvía en el colectivo, ya hacía frío, y era bastante de noche. Me había quedado trabajando hasta más tarde en la empresa, luego de la noticia de la desvinculación y del cierre, finalmente se acercaba el momento de disolución del departamento donde yo estaba, el último disponible, el último en pie. Se terminaba esa etapa de mi vida, a la fuerza, por motivos que no sabía entender en esos días y que tampoco entiendo del todo hoy por hoy, aunque ya no importan tanto. 

Estaba triste de una manera que no le podía explicar a nadie más que a Galeno. Eso me pasaba. Me permití pensar, por primera vez, porque así lo sentí, lo bien que me haría que estuviera presente en mi vida aunque fuera a la distancia, con su manera de saber entenderme y de saber cuidar sus palabras para no lastimar.   Pensé que me haría bien hablar con él, por su visión del mundo, por su manera de ver las cosas,   que siempre me calmaba. 

Imaginé las preguntas que me haría si yo le escribía diciéndole que necesitaba hablar con alguien porque me sentía muy triste y preocupada ese día, pese a que ya hubieran pasado meses de la noticia, porque sabía que se acercaba el final y que la desvinculación estaba cada vez más cerca.   No sabía qué hacer, ni sabía qué iba a pasar conmigo. Y aunque tenía fe en mi para pasar ese tránsito de tanto estrés,  extrañé en ese viaje en colectivo sus palabras, o nuestras palabras, en realidad.   Esas charlas mágicas de horas donde parecía que el tiempo no importaba, aunque fueran diarias, y aunque fueran de lo más mundanos nuestros temas. 

Entendí sin embargo que eso no era posible, aunque fue un entendimiento con mucha paz, sin rencores o resistencias.  Acto seguido suspiré y me mentalicé.  Pese a lo ocurrido, y al que ya no estuviera para darme sus consejos, más allá del cariño que nos habíamos conservado y de la conexión tan fuerte que teníamos,  yo todavía tenía a mucha gente que sí estaba y con la que sí podía contar en lo inmediato.  Pensé en mi familia directa, en mi sobrino y en mi mejor amiga. Y me alegré de que existieran. 

Mientras miraba por la ventanilla del colectivo y escuchaba música, reflexivamente, me dije: "tengo que aferrarme a ésto, aunque sé que me entendería mejor que nadie... Es normal que me pase, además, porque yo le contaba todo y le hubiese contado ésto y él siempre estaba para mí... Pero bueno, ya está, ojalá esté bien y esté contento". 

Galeno me mandó un mensaje dos horas después. Solo. Inesperadamente.  Hacía meses que no hablábamos.  Me dijo que quería saber cómo andaba y me pidió disculpas de antemano por si interrumpía, dado lo inesperado del contacto.  

Inesperado para él, quizá, pensé asombrada cuando leí sus palabras. Yo me sentía en conexión con algo que ni siquiera podía nombrar. 

Ese día charlamos largo rato. Le comenté brevemente que no era de los mejores por todo lo que me estaba pasando. Me escuchó y me consoló. También hicimos chistes, nos reímos y eso ayudó a relajarme.   Le pregunté cómo estaba, cómo estaba su hija, su hermano y sus amigos de antaño. Estaba por suerte todo bien. 

Fue una de las cosas más extrañas que me ocurrió en 2021. 


lunes, 6 de diciembre de 2021

Balance anticipado

 Va llegando fin de año y pienso, mientras repaso todo lo vivido hasta ahora como una película: "mierda, qué de cosas me pasaron este año...".  

Y sí, la verdad, que fue un año que yo había planeado de atenciones para mi misma, de nuevos proyectos, de nuevas búsquedas positivas, y resultó en que una de las búsquedas más constantes que abordé fue la búsqueda laboral y que, eso, implicó dejar muchas cosas de lado, para cuando cambie la marea. Tuve que dejar de lado muchos proyectos. Parte del cuidado hacia mi misma se basó en aprender a vivir con lo que me tocó para este año, y realmente, debo admitir que ha sido muy duro al principio. 

Si bien semana a semana fueron sucediendo cosas que supusieron tener que aferrarme a algo bello para no bajar los brazos (y por lo que estoy super agradecida) no puedo evitar admitir que fue duro. Porque decirlo no se trata de ser malaonda, sino, de reconocer las cosas tal y como son , permitiéndose ver el lado malo y el lado bueno. 

Al principio, sentía que mi vida era muy rara, no me hallaba en ella. A partir de la pérdida de mi trabajo sentí el peso de las limitaciones como nunca antes en mi vida las había sentido. También entendí que no todo depende de mí, de mi fuerza de voluntad, con la cual yo creía poder comandar todo lo presente en mi mundo.  Me di cuenta que la vida no es justa, una vez más. Entendí que las cosas pasan cuando tienen que llegar y en el medio hay que sobrevivir y que a veces eso cansa más que vivir. Dudé de mis creencias como jamás lo había hecho. Desconfié de mis capacidades. Me frustré más que en toda mi vida, cuando me vi fallar en todos los ámbitos posibles y tuve que respirar hondo y pensar: "esto va a pasar". Ví como "esto no pasaba". Ví que aún en los peores momentos tenés que permitirte disfrutar. Entendí que ningún ser humano conserva su esencia intacta si en los peores momentos no es capaz de permitirse disfrutar de lo que sea, con tal de recordar de qué está hecho. 

Y acá estoy.  No sé ni cómo. Ni por fuera ni por dentro ha quedado nada como estaba hasta antes de abril 2021. Y si tengo que decir algo, con toda la humildad del mundo, es que éste 2021 fue mucho más complicado para mí que el 2020 y que sólo deseo que el 2022 sea mejor. 

¿Si tiene algo, algo chiquito, que sea bueno?  Sí, obvio, parte del permitirse disfrutar es saber que por más complicado que esté todo, siempre hay algo bueno, y merecemos vivirlo. A través de toda esta experiencia horrible valoro el haber crecido. No podría ponerle palabras a todo lo que crecí en estos meses tan difíciles, pero aseguro que me permití sentir todo lo que viví y eso más allá de lo doloroso que fue sigue siendo también maravilloso. Especialmente, porque cuando termine, voy a ser mucho más fuerte y voy a estar mucho más curtida. Aunque creo que hay cosas que no cambiaré jamás, ni siquiera, porque me pasen cosas complicadas. 

Me permití hacerme cargo de mis miedos y pasar por las peores pesadillas.  Me frustré como, realmente, nunca me había pasado en toda mi vida. Comí tierra y fracasé como en 26 años no había creído que podía.  Perdí relaciones, perdí un trabajo, perdí estabilidad, perdí partes de mi identidad que me habían acompañado toda la vida, hasta este año. Me alejé de personas con las que yo no siento la misma espesura en los vínculos. Comprobé lealtades. Encontré nuevas formas de vivir relaciones y vínculos ya establecidos. Y sí, puse límites, además de que la vida me los puso a mí, a lo loco. 

Me permití enojarme y dejar de poner la otra mejilla, siempre, siempre tratando de mirar más allá de los errores de los demás, para pensar en mí. Me permití perdonar y apreciar el vínculo con alguien con quien evidentemente nos vamos a querer más allá de todo, de la forma en que sea.

 Me permití estudiar. Me permití luchar por progresar desde ese lugar, con o sin laburo formal, con o sin preocupaciones, con o sin miedos, imaginando la bonita vida que podré seguir viviendo independientemente de ciertas circunstancias. 

Me permití probar cosas nuevas, que quizás, en un momento de comodidad, ni loca hubiera hecho. Me permití corregir textos por primera vez y mostrar algo de lo que me gusta hacer. Me permití asumir mi propio sacrificio y valorar mis estudios como nunca antes, cuando pude ponerle el precio indicado y las condiciones a mi trabajo, lo que no es poca cosa. 

 Me permití estar orgullosa de mí, pese a la frustración, y entendí que ese era el mejor orgullo posible, porque no estaba basado en la perfección sino en la tolerancia de los errores.  Entendí que no hay que tener miedo de las cosas porque uno siempre tiene una tonelada de fuerzas demás, como un fondo emocional de emergencia. 

Me permití no determinar mi valor por nada externo, y seguí haciendo fuerza por creer incondicionalmente en mí, pese a los altos y los bajos, después de haber pasado por dudas como nunca antes. 

Amé a mi sobrino, amé su vocecita al teléfono, amé sus abrazos, sus besos, sus "te quiero mucho, tía", sus travesuras, nuestros juegos juntos o nuestros ratos mirando películas de Disney y quise protegerlo del mundo como sucede desde hace casi tres añitos.  

Y acá estoy, sí. Cagada a palos, pero estoy. Curiosamente, esperando por un 2022 mucho mejor y procurando soñar como quinceañera en cumpleaños aunque esté súper cerca de los 27. 

Lo que más me gusta de esta época es que hay una energía de final en el aire. Y aunque a veces los balances sean difíciles, los finales son posibilidades de saber hasta dónde hemos llegado y a todo lo que hemos sobrevivido. No logré muchas cosas en 2021, la verdad. Pero las poquitas que logré , con todo lo que pasé, las valoro el doble. Y valoro enormemente la forma en que las personas que elegí que formaran parte de mi vida me acompañaron en este trance tan difícil.  Eso incluye a los lectores manifiestos y silenciosos de este lugar, que fue de gran ayuda, y de gran sostén para mí. 

Sé que pese a lo difícil que ha sido este año, sobreviví. 

Ojalá sea este diciembre el final de un largo y duro año para mí y que el próximo me traiga calma, salud, trabajo, y la posibilidad de retomar esos sueños y estos proyectos que me ha tocado postergar.  Ojalá lo sea para todos los que están en la misma.

 Si algo entendí, además de todo lo anterior, es que todos merecemos estar mejor, sentirnos mejor, disfrutar, proyectar, desear y aferrarnos a la vida desesperadamente. De lo contrario, la vida es un espasmo. 


sábado, 4 de diciembre de 2021

Lo que valoro hoy por hoy...

 Lo que más valoro hoy en día de la gente que me rodea es la lealtad que puedan demostrar. Y estoy agradecida por los padres que tengo, agradecida por mi mejor amiga, agradecida por mi sobrino, por la gente que conocí en el pasado que de vez en cuando vuelve a mi vida para pasarme un aviso, para preguntarme si me encuentro bien, para estar ahí, demostrando lealtades que a veces me sorprenden.  Agradecida por las personas de carne y hueso que en silencio o comentando me leen acá, y me están aguantando los trapos virtuales.  Agradecida por mi terapeuta que me pasa avisos, de corazón, más allá del trabajo que hacemos juntas en sesión.  Agradecida por los conocidos que me recomiendan en mi emprendimento académico-literario y que me dan la posibilidad de hacer algo de lo que sé hacer. Agradecida por mis ex compañeras de la administración, con las que hablamos todavía y a las que tanto aprecio.  Agradecida por el te quiero mucho que me dice mi sobrino, que me paraliza la tierra de tanta felicidad en tiempos tan duros y por su sola existencia en mi vida, que me hace cada día más feliz y más feliz.  

II 

En uno de los sucesos ásperos de este año, una de mis dos hermanas, me dijo en modo recriminación: " vos siempre tenés a alguien con quien contar, claro, no vas a entender lo que es que te dejen de lado, si vos tenés a todo el mundo que siempre te acompaña".

Y quizá sea cierto, sí, tengo a mucha gente a mi alrededor y lo agradezco, aunque también sepa lo que es la exclusión y no creo que eso le suceda a mi hermana (pero eso es otro tema).  Quizá eso hayan venido a enseñarme estos tiempos; que la incondicionalidad presente en mis vínculos vuelve ahora, cuando más lo estoy necesitando. 

Y agradezco de nuevo que eso pase, más allá de todo lo otro que también ha pasado y sigue pasando. 



miércoles, 1 de diciembre de 2021

Creer

 En estos momentos de mi vida me decidí a no creer en nada ni en nadie más, si antes no creo en mí.   La posición formal es ésta: la creencia interior debe erigirse en mí como pilar fundamental para luego sostener o no todos los tipos de fe que existen en la vida.

Hoy por hoy, que crea en cosas, en personas, en situaciones, cuando "dudo hasta de mi nombre al escribirlo", es demasiado. 

Toca meter una pausa al positivismo tóxico y repensar. 

viernes, 26 de noviembre de 2021

No tengo ropa, tengo amnesia...

 Después de trabajar en algunas cosas por la mañana, ergo, mandar presupuestos, organizar fechas y analizar montos por investigaciones, almorcé y me dije: "¡ay, sí, hoy lo tengo que hacerrrr!" y me estaba refiriendo al cambio de estación propio de la llegada del verano en este caso.  

Hacía semanas, desde que empezó el calorcito de forma constante en Buenos Aires,  venía sin tiempo o sin ganas para el asunto de reacomodar todo mi placard. A veces sucede que luego de estar escribiendo, leyendo, o estudiando para mí termino con dolor de espalda y no quiero saber nada con moverme. Y otras veces, como hoy, me obligué a hacerlo porque ya había tenido que posponerlo el finde largo, producto de trabajos e investigaciones que tuve que realizar. 

Lo que fui y vine no tiene nombre. Mi placard es realmente gigante, tiene tres cuerpos, de los cuales yo ocupo dos al completo. La realidad es que no tengo ropa en exceso, al estilo de compradora compulsiva, aunque sí suma bastante cantidad.  Durante la pandemia, doné varias bolsas completas de ropa que ya no usaba aunque estaba en buen estado porque consideraba que a alguien le iba a venir mejor que yo. Y luego no volví a comprarme... porque la ropa no es algo por lo que mato y consideré que tenía suficiente. Muchas veces, mis hermanas mayores me suelen pasar lo que no les va y me evitan comprarme ropa, y otras veces, soy tan clásica para vestirme con los colores que con pocas prendas armo muchos looks diferentes.

 Hoy, analizando prendas y separando algunas prendas que decidí donar por no haberles dado uso la última temporada, caí en cuentas de que yo no acumulo ropa: la reemplazo. Mi madre, casualmente, me preguntó si había notado que algo me hiciera falta y le comenté que quizá me vendría bien comprarme dos musculosas para reemplazar dos que ya no veía en condiciones, pero que el resto estaba bien para seguir usando.  Y ahí entendí que para mí vestirme es parte de una estructura mental: las prendas de ropa, son fichas. Las combino, cambio y roto, aunque tengo mis fichas favoritas y aunque para estar en casa amo fuerte andar como vagabunda. 

Otra cuestión que me pasa con la ropa, y que habla mucho de mi personalidad, es que necesito tener las cosas a la vista y bien organizadas para recordar que existen. De hecho, en eso, ocupo los dos cuerpos. Trato de categorizar la ropa todo lo que pueda y separarla por color, pues, de lo contrario, siempre me pongo lo mismo.   Mi madre por suerte suele salvarme, si es que yo no me acuerdo, y me pregunta: "¿cuándo vas a usar ese pantalón tan lindo?" y siempre mi cara es de "¡ayyy, ¿te acordás de ese pantalón?", porque si no veo la prenda pueden pasar años sin que la utilice. 

Mi familia o mis amigos, las veces que han entrado a mi dormitorio, suelen elogiar la limpieza y el orden que mantiene. Pero la verdad es que siempre trato de ordenar por lo mismo: para ubicar las cosas, para recordarlas.  Acá pasa lo mismo ocurre con las prendas, que las doblo y las agrupo por criterios que me ayudan a encontrar todo lo disponible porque la cosa es seria si no... Aunque tenga dos remeras deportivas, por ejemplo, siempre me acuerdo de la remera X y esa es la que uso hasta que empiezo a buscar la remera Y para no andar siempre con lo mismo y buscando me doy cuenta que existía una tercer remera y es como "¡wow, no puedo creer, también tenía esto!". 

Realmente, no me acuerdo; y eso que soy super organizada (y estructurada) con el resto de mis objetos personales.  Al contrario de esas personas que dicen "no tengo que ponerme", creo que en mi caso tendría que decir "esperá que busco, seguro algo encuentro, no quiero comprar ropa".  

De hecho, dentro del orden que hice hoy, encontré algunos clásicos de mi ropero de los cuales no me puedo desprender. Uno es una pollera que fue primero de mi abuela y luego de mi madre, que es una hermosura, y que al día de hoy todavía uso. El otro clásico es una remera que tengo desde los 15 años, que me regalaron, y que está impecable aún esté por cumplir 27. ¡Cuánto usé esa remera, es tan hermosa y me trae tantos recuerdos lindos!  Me sorprende que haya ropa que dure tanto. En general tampoco presto atención a eso y me cuesta darme cuenta cuando no sirve más, porque para mí, "la ropa es ropa y ya está, durará un buen rato". 

Mi estilo de vestir, como ya dije, es muy clásico y sobrio. No sigo la moda, no sigo las tendencias y no estoy pendiente de lo que se usa. Siempre voy por lo que sé que me queda bien, lo que me hace sentir cómoda y lo que sea de buena calidad (que no es lo mismo que el ser de marca) por una cuestión de no llevarme malos tragos.  Por eso, es muy común verme puestas remeras grises, rojas, negras o beige de muchos tipos, pantalones básicos, saquitos básicos de colores para armonizar y ropa para ir a trabajar.  No uso tops, ni buzos estampados, ni remeras estridentes, ni pantalones deportivos de algodón para salir. 

En sí, ahora que lo pienso, todo se unifica en un  sólo criterio: es ropa atemporal.  Sí, eso define todo mi guardaropa, está lleno de cosas que se pueden usar diga lo que diga la tendencia.  Me he dado cuenta que no tengo casi nada de color azul para la parte de arriba; tampoco, de color amarillo, ni naranja, ni violeta, ni siquiera fucsia.    Incluso al momento de comprarme zapatos o carteras (que a esas sí las amo) para complementar los looks, soy también muy formal y con elecciones que siempre van sobre la misma trama de objetos. Cartera roja, negra y beige. Igual que las remeras, casi... ¿Qué tal? Jaja.  

Mi padre, sin ir más lejos, en 2017 me regaló unas zapatillas hermosas de color extraño, entre el fucsia y el rojo,  que hasta mis hermanas me pidieron que se las vendiera, y yo me negué. Con el paso de los años se ríe porque aunque sabe que me gustan un montón,  siempre me inclino por usar mis zapatillas clásicas Nike negras, las cuales voy reemplazando cuando se rompen cada cuatro o cinco años, depende el uso que les dé. Todos los pares que tuve en esta última década fueron Nike y todas  fueron negras. No pido más ni busco más. Clásico es bonito. 

Sí, lo sé, soy un caso bastante particular con la ropa para ser mujer, teniendo en cuenta que la mayoría de las chicas mueren por ella.  A mí hacer el cambio de estación de la ropa me pega como una especie de recuperación de memoria.   Y ahora, hasta que vuelva el frío, veremos si me intereso un poco más por recordarla sin tanto ajetreo. 

Ojo al piojo que, sin embargo, hace poquito, cuando fuí a un bar a tomar unos tragos, me puse una minifalda estampada con florcitas pequeñas que representó salir de mi zona de confort y el otro sábado una remera estampada que para mí es un montóóón, aunque estuvo re bonita la elección. 



jueves, 25 de noviembre de 2021

Los inútiles que pueblan el mundo

 Hay gente que, francamente, antes que sumar, resta. Y lo curioso es que los valores que cargan se reproducen a velocidad supersónica en esta sociedad.  Quieren todo fácil, todo ya, y especialmente, todo de arriba.  Le hacen asco al sacrificio, no entienden el valor de las cosas, y no aprecian que los logros reales de las personas son los que conllevan esfuerzos. 

Son aquéllos que apelan al dinero fácil, al "mejor lo hace el tonto de turno", a la ley del menor esfuerzo y a los que les gusta más decir que hacen que, en realidad, hacer. Son los pelotudos de turno y las pelotudas de turno que ponen en sus redes que están estudiando una carrera y vos sos la que terminás haciendo el trabajo práctico porque no tienen idea de cómo escribir, ni leyeron nada, y si uno no decía nada no se iba a presentar un pepino.  Son aquéllos que se jactan de estudiar Ciencias Económicas y te dicen que se quieren llenar de plata y ni siquiera se conectan a las clases. Son los que creen que la universidad es aprovecharse de los demás y los que, en realidad, con esa filosofía, no atrapan ni a una tortuga. Son los que creen que cualquiera se recibe, sin tener en cuenta que para recibirte le tenés que poner una onda bárbara y a veces hay materias donde no te queda más remedio que apoyar el culo y estudiiiiiaaaar, sin vivir a los demás. 

Son inútiles, sí, y a mí esa gente además de darme asco, me indigna. Me parece un desperdicio de esa sociedad materialista, fetichista de las compras y de las apariencias, que todo lo hace para ascender sin evaluar el precio.  Y lo considero patético, además, porque por lo general es más la gente vaga, inútil e incompetente, que la gente trabajadora en los grupos jóvenes.  Aunque hay aquéllos que también he conocido en trabajos, no tan jovencitos. 

Este descargo surge porque ahora me estoy teniendo que fumar olímpicamente a un conjunto importante de inútiles en la Universidad al haber comenzado una segunda carrera, esta vez, en Ciencias Económicas.  Cuando hay que hacer trabajos obligatorios en grupo, como el caso del presente, desaparecen todos. 

¿Qué decir? Una parte de mí se calienta porque con el enorme sacrificio que estoy haciendo para estudiar en este momento de mi vida, siendo que todavía no encuentro trabajo, no estoy para perder el tiempo con gente estúpida y menos para cargarme todo un trabajo grupal a cuestas... Pero ¿qué remedio? Por la misma razón no quiero perder la materia, ni el tiempo, ni todo lo estudiado hasta ahora, ni tampoco el dinero que invertí estos meses.  Porque no sólo es un gasto de tiempo, dinero, sino, para mí en particular durante este año, la facultad ha sido un enorme desafío a sostener e hice todo lo posible para hacerlo incluso los días donde no tenía motivación. 

La otra parte sabe, por mi anterior experiencia universitaria que ya está en sus últimos tramos, que esa gente no cambia. Son parásitos. Pueblan el mundo, el país, las aulas y las oficinas. Son parásitos que, por lo general, cuando ven a una persona que sí se preocupó, sí se ocupó y sí logró su objetivo, piensan: "¡ay, éste/a tuvo una suerteeee, mirá qué hija de ***". Son gente mediocre, que se cree piola, y se piensa que le va a poder tomar el pelo a todo el mundo y por lo general también son los que sienten envidia o celos de los logros ajenos, pese a que cuando les decís el sacrificio que tienen que hacer te dicen "naaah, yo no". 

Son así, gente que no sirve. Esa gente que no hace nada y no precisamente por problemas económicos, familiares o de conectividad, sino, porque no les interesa estudiar. Les interesa decir "yo estudio para ser Contador/a Público/a"... y así estamos... 

Lo único que espero es que me vaya bien por mí, por el trabajo que tuve que hacer sola como una tonta responsable y por la onda que le pongo a materias que estoy aprendiendo a estudiar como puedo, pero sin rendirme (obvio). 

En cuanto a los demás, sin palabras.   

O sí... Son unos inútiles. 

Cajitas

 Recuerdo el momento.  Le estaba pasando fotos mías a Galeno, de mo adolescencia, para que pudiera imaginarme mejor en esa etapa de la vida que desconocía. 

- Estaba bastante diferente -le advertí - pero para que puedas verme... 

- Oh, si. Estabas muy peque. 

- Si. Nada que ver ahora... 

- Aunque linda ... Pero ahora, más. 

- Igual en ese momento no nos hubiéramos conocido. No existía IG. 

- Pienso que hace nueve años atrás, yo ya era viejo. Y vos una adolescente.  

- A mi desde esa época la edad no me importaba, fíjate... Aunque agradezco haberte conocido con 24, cuando te podia echar el ojo como una desgraciada... 

Galeno me mandó una larga carcajada. 

- Por suerte... 

- Si, por suerte. Además, me gustaste cuando te vi... 

- Por suerte también - se rió - ¿En esta otra foto? ¿Cuántos años tenías? 

- Fue en 2016... Tenía 21. 

- ¿Ese tipo de la foto es el tipo con el que estabas en esa época? - me preguntó. 

- No. Es otro compañero del grupo. No te mandaría una foto donde él estuviera ni ahí. Este señor de la foto es Nico. 

- ¿Tenian fotos juntos? 

- Prácticamente, no. No quería sacarse fotos conmigo - le dije, con sinceridad - y las pocas que había, las borré. Tiré todo lo suyo. Regalos, etc. 

- ¿No quería sacarse fotos? 

- No. Mambos. 

- Muchos, si - detalló - ¿Tiraste... sus cosas?  

- Si. Estaba muy dolida en su momento y no quería saber nada con regalos. 

- Comprendo - dijo. 

- No creas que tiro las cosas de la gente. Pero esto fue una excepción. Guardo todo lo nuestro en una cajita, en cambio. Me reconforta mirarlo y acordarme de cosas graciosas... 

- ¿En seriooo? 

- Si. 

- No me habías dicho... 

- No... Me dió cosita. 

- ¿Qué guardas? 

- Pasajes tuyos o míos. La servilleta que me regalaste cuando fuimos a comer a Palermo. Un papelito del aeropuerto que dejaste. La propaganda de un alojamiento de tu provincia... - le detalle - y el papel donde venía mi regalo de cumpleaños...  creo que eso es todo. 

Galeno se quedó sorprendido. 

- Oh, todo mi ***... - observó. 

- Detalles. Pero no sin valor. Por eso lo guardo todo. 

- Yo también guardo... 

-¿Qué guardas? ¿Cositas? 

- La caja que me regalaste la primera vez que nos vimos con la nota y los papelitos que tenía cada alfajor.  Está todo adentro de la caja. 

- Galeno ¿guardaste las notitas? 

- Seh. 

- Ay, nooo. 

- ¿Qué? ¿Por qué no? 

- Qué vergüenza. Pensé que lo habías tirado a la mierda con el tiempo... Eran... Papelitos de colores... No pensé que los ibas a guardar. 

- Nooo. ¿Cómo te parece eso? Guardé todo. Todos tenían un mensaje y los conserve.  La cartita que me escribiste también. 

- Bueno... No sé que verdura te puse, pero... Si, es un recuerdo... Que loco que guardamos todo... 

- Yo guardé todo. 

- Si, vos tenés una cajita en Buenos Aires, así que no puedo decir nada. 

lunes, 22 de noviembre de 2021

Haya paz / Allá, paz

 Todavía recuerdo cuando con Galeno nos separamos en diciembre pasado y no entendía por qué, un mes y pico después, me daba like en publicaciones de redes sociales.  Tampoco entendía por qué me miraba todas las historias ni por qué daba like a vídeos de mi sobrino. Por momentos, al estar atravesando el descontento de habernos alejado, pensaba que lo hacía para tontear o histeriquear, pero en el fondo, una vez que esa primera impresión se alejaba, realmente sabía que Galeno era muy serio para algunas cosas y que no había tenido esas actitudes pasivo-agresivas.  

Cuando por esos días lo abordé en análisis, mi psico me dijo: 

- ¿Creés que Galeno sea capaz de contactarse con vos otra vez? 

- No, no creo, la verdad, ¿para qué? - admití - Nosotros ya nos despedimos... y viste que no pasó nada tan tremendo como para que tengamos que disculparnos dos veces... Fue un desencuentro que considero resolvimos de esta manera, no me parece mal - argumenté. 

- Entiendo. Pero, sin embargo, no te agrada que tenga estas interacciones... 

- Y no, yo no las tendría, pero no lo veo como algo que haga con maldad.   Me parece que no da, solo eso, que para mí no da, que yo no lo elijo si me separé de alguien...   - suspiré. 

- ¿Por algo en especial? 

- Y porque una parte de mí lo extraña un poco ¿viste? Una de las cosas más difíciles de no hablar más con él es ver que llega la noche y que no hay un mensaje. Pero bueno, como me pasa esto, no me acercaría a él. 

- ¿Solían hablar, por la noche? 

- Sí. Prácticamente, todas las noches. Ese momento hasta tenía para nosotros un nombre. Él se lo había puesto. Cuando Galeno estaba en el Hospital no hablábamos, aunque a veces me mandaba un mensaje de buenas noches. 

- Es un momento donde, ahora, se siente su espacio vacío... 

- Sí.  Es el momento más... cansador del día en todos los sentidos. Me veo frente a la situación y caigo en cuentas de que ya fue. 

- ¿Cómo lo afrontás? 

- Como puedo. Porque... yo ya sabía que lo iba a extrañar. Estaba al corriente de que es normal sentir esto.  No es que esté enojada con él, ni le guarde ningún rencor, sólo que no yo lo superé del todo todavía como para andar mirándole el perfil, interactuando consigo, y que no me dé nostalgia de lo vivido.  Necesito más tiempo, aunque me sienta mejor, porque aunque a la distancia nos acompañamos mucho tiempo y es esto del mensajito a la noche que todavía no me habitúo a no tener.   

(...) 

meses después 

- ¿Galeno, Veinte? - me preguntó mi psico, dado que jamás volví a mencionarlo en mi espacio. 

- Bien, supongo. No sé, francamente, en qué anda. 

- ¿No revisás sus redes sociales? 

- No. La última vez que las ví fue en febrero y me di cuenta que no estaba preparada así que opté por no volver a verlas y enfocarme en lo que me va pasando. Las noches son mejores; leo o escribo o sólo duermo. Por eso no sé cómo está. Espero que bien, obvio. La última vez que hablé con él fue porque me saludó para mi cumpleaños y claro que le agradecí. 

- ¿El volvió a interactuar con vos a través de las redes después de eso? 

- Prácticamente, no. Creo que lo único que hace es verme las historias, cuando subo, pero no comparto nada que no conozca. 

¿Y si volvería a hablarte? 

Me encogí de hombros. 

- No creo que eso pase... No es por pesimista, realmente no creo que pase. No lo tengo ni siquiera como una posibilidad en mi mente. 

- Yo digo para saber cómo estás... La que tuvo en su momento fue una acción que en nada se parece a todo el recorrido que hemos venido observando en él.  A cómo era con vos. A la relación de ustedes. 

Suspiré 

- Galeno se comportó raro dos veces en un año y medio de vínculo. La primera fue una crisis y la segunda fue en diciembre cuando todo terminó - le expliqué - La verdad es que... por el modo en que nosotros nos vinculamos siempre me quedó medio tirado de los pelos todo. Pero bueno, quizá yo esté equivocada y con el tiempo me de cuenta que tenía lógica lo que hizo. 

dos semanas después de ésa última charla 

- Tengo algo bastante raro para mencionar de mi semana - le dije a mi psico. 

Me miró con algo parecido a la prudencia porque veníamos trabajando el tema de Javier y sus amagues, allá por mayo de este 2021. 

- Me escribió Galeno. 

Ella abrió pronunciadamente los ojos. 

- Tenías razón - admití, riéndome - La verdad es que lo último que me esperaba era ésto. Justo ahora. 

- ¿Cuándo había sido la última vez que hablaron? 

- Algo muy breve, cuando lo saludé en abril para su cumpleaños, pero fue todo muy cordial. Nos preguntamos por familia, amigos, trabajo. Algunos proyectos de los cuales sabíamos desde antes de separarnos... 

- ¿Y ahora? ¿Cómo fue esta charla? 

- Inesperada.  Pero creo que en esta charla Galeno puso en palabras, y yo también, cosas que no habíamos podido antes. Ni en diciembre cuando cortamos el contacto, ni en abril.

- ¿Y qué te hizo sentir? 

- Paz.  Después de las conversaciones con Javier y las proposiciones fallidas de su parte, siete años después, había quedado fuera de mí. Y Galeno se contactó justo ahora, sí, increíble, pero un poco fue como tener el contraste de lo que es una persona que realmente no viene a tu vida para hacerte retorcer de duda sino para justamente ponerle palabras a las cosas. 

- ¿Cuánta diferencia, no? 

- Abismal. Por eso entiendo también la diferencia entre el tipo de vínculo que yo pude conformar con Javier y la relación que construimos con Galeno. Una me llenó de malestar y la otra de paz. Uno no me podía expresar ningún sentimiento y el otro, afortunadamente, viene siete meses después a ponerle palabras a aquéllo que sintió que le faltaban y lo banco absolutamente desde ese lugar. Por eso, lo escuché y lo volvería a hacer. Hay que tener valor para poder poner en palabras cosas, aún mismo, hayan pasado los meses. Hay gente, como Javier, que se calla toda la vida y vuelve siete años después para dejarte frente a las mismas sin respuestas claras. 

- Y hay gente como Galeno.... 

- Si. Aunque no estemos juntos, la verdad, yo agradezco que le haya puesto palabras a las cosas, no sé, que todo lo que sienta lo pueda expresar para mí es re importante. Más allá de que ya no sea mi ***, creo que es un hombre bueno y que es sano que podamos hablar como gente normal.   

Mi psico sonrió. 

- Todos cometemos errores, Veinte. Quizá, lo que quiera Galeno sea disculparse sea cual sea la relación que tengan. 

Le devolví la sonrisa. 

- Está disculpado - le dije, en broma, para dar por terminado el inciso. 

domingo, 21 de noviembre de 2021

Vuelta por aquí

 Esta semana estuve bastante desaparecida (otra vez). Por lo general procuré corregir alguna que otra entrada que tenía pendiente en los archivos, más que nada, como una manera de despejarme pero no con la intención de comunicar algo en el momento. 

Los días han transcurrido con mucho que hacer. Fue una semana ardua porque estoy a pocas semanas de culminar mi segundo cuatrimestre en la facultad y eso implica tener que realizar trabajos, estudiar para exámenes y, en mi caso, también un recuperatorio porque me fue mal en uno de ellos. 

También, en cuanto al plano laboral, hubo entregas por cumplir e investigaciones que sacar a flote del Centro educativo para el cual trabajo en modalidad freelance. En ese sentido, también se sienten las urgencias al punto de que hoy domingo he trabajado en cosas para extras porque de otra manera no llegaba.  

No queda más remedio que aceptar la realidad tal y como es. Sé que por lo general cuando pasamos malas temporadas uno debería poder contarse las dos historias, es decir, la historia de lo que nos está pasando pero además la historia de todo lo bueno que nos pasa y nos pasará.  Pero bueno, digamos que estoy en una etapa de mi vida donde acepto lo que va viniendo en gracia y veo qué hago.  Y la verdad es que sin esa posición expectante, me siento más tranquila. 

Sé que en todo este año me he transformado en otra persona. Lo siento. No soy la misma que era a finales del 2020, pero tampoco veo la vida como antes luego de ciertas cosas. Por ahora, no lo puedo explicar. Lo estoy viviendo. Y aseguro que con eso basta. 

sábado, 13 de noviembre de 2021

San Cortázar

 Desayunábamos en su departamento. Galeno había preparado para mí un desayuno que daba ternura y no quería comérmelo pese a que estuviera muerta de hambre por la mañana. 

Una vez que terminamos de comer, y como yo siempre terminaba después porque como muy lento, se levantó y en silencio trajo un libro de su biblioteca personal.  

- Ahora sí, conocelo en persona - me dijo. 


Me acercó el ejemplar de Rayuela por el que yo le había mandado el primer mensaje de casualidad, simplemente por una cuestión literaria, sin imaginar que ocurriría todo lo demás y sin siquiera creer que eso le pasara en realidad a gente como yo, es decir, tan selectiva.  

Nos miramos y nos reímos. Pensé en ese momento que nunca en la vida me hubiera creído que los libros, y en especial ese libro, me fuera a llevar aún más lejos, a otra provincia del país, para desayunar consigo.  Lo hojeé brevemente y él se lo quedó mirando. 

- Elegí un capítulo - me dijo. 

Sonreí. 

- ¿Me vas a leer? 

- Sep. 

- No sé ... - elegí al azar - el 24 

- Te leo, busquemos, capítulo 24 - susurró. 

Me lo quedé mirando, en ese instante, y fue como un hito más en nuestra historia. 

Galeno me leyó fragmentos de varios capítulos mientras terminaba de desayunar. 

- Qué lindo, chicos - le dije, agradecida - Qué lindo todo. 

- Un genio este tipo - sostuvo Galeno - Yo estaba leyendo este libro y una noche una pendeja hermosa me escribió preguntándome cosas y me quedé... flasheado. 

Me reí. 

- Y yo ni te digo, que pregunté por una versión homenaje de un libro del cual ya tengo dos ediciones más y terminé en otra provincia - lo burlé. 

Nos reímos a coro. 

- Menos mal, menos mal... Todo fue gracias a Julio. 

- Cortázar siempre ahí metido es increíble - dije en broma - Si no fuera por él, jamás nos hubiéramos hablado... ¿te das cuenta? 

- Si, si yo no subía esa historia... - pensó Galeno - mirá lo que me perdía... Vos no la veías, no me mandabas ese mensaje y quizá... 

- Me pasó algo muy loco en ese libro... ¿sabés? Meses antes, sabía que lo iban a publicar y hasta compartí una noticia en otras redes. Cuando salió, obvio me enteré, y por esa época unos días antes de mandarte ese primer mensaje, yo justo le estaba diciendo a ***  - le dije, en referencia a mi mejor amiga - que no sabía si comprarme esa edición conmemorativa porque no había logrado enterarme bien qué agregados tenía...  - le recordé - y era mucha plata para tener el mismo libro tres veces...  

- Claro... Y yo justo subí la historia con ese mismo libro porque me lo acababa de comprar para releer...  - admitió pensativo. 

- Sí. Creo que si no la subías, no sé si me hubiera animado a hablarte tan de la nada - admití - Pero pensaba "ay, necesito que alguien me diga qué tiene ese libro", y un día abrí Instagram y ahí estaba tu historia. Muuuuy justo quedó. Por eso te hablé, también.  Lo ví y dije " ay, le voy a preguntar" - lo miré con ironía, pero en el mejor de los sentidos. 

- Y me preguntaste, por suerte. 

-   Sí, si total... nosotros nunca nos íbamos a ver - lo burlé - yo dije "ya fue, es un desconocido, jamás lo voy a ver" . 

- Menos mal que dijiste ya fue - admitió - ¡Graaacias Julioooo! - bromeó. 

- Gracias, Julito. ¡Los dos te queremos muucho!  - añadí, en broma - Y estamos acá por vos, eeeh. Loco lindo, él. 

- Un loco, el tipo. Hermoso - concluyó. 

Y no sé hasta qué punto eso de "por vos estamos acá", yo lo haya dicho en broma. Una parte de mí, la más irracional, siempre sintió que este escritor nos unió y condujo secretamente hacia el otro, pese a todo lo esperable. Que nos teníamos que encontrar. 

¿Existirán las casualidades per sé? ¿O todo es parte de un plan aunque a veces no lo entendamos? 

viernes, 12 de noviembre de 2021

Imaginame feliz

 Lo imagino sentado, en su sala, dentro del servicio hospitalario donde trabaja hace más de veinticinco años. Ambo blanco o azul, según el caso, aunque también gris oscuro y verde claro si se da la ocasión. 


  Lo imagino con su cara seria y su mirada pensativa, de esos rostros que detrás de toda posible hostilidad en realidad esconden corazones nobles. Lo imagino, porque sé cómo lo hace,  observando a los pacientes, simples bebitos que llegan a este mundo sin entender nada. 

Lo imagino caminando en la terapia intensiva neonatal mientras los demás cenan para quedarse tranquilo porque todo está en orden y ser relevado más tarde por las enfermeras y residentes más jóvenes.  Lo imagino evolucionando pacientes.  Lo imagino conversando con las neonatólogas y enfermeras sobre el tratamiento asignado. Supervisando los ingresos y los egresos del día y poniendo en orden las historias clínicas. Chequeando que el tratamiento elegido haya sido siempre el más adecuado y efectivo o calibrando un respirador en la UTI. 

Mas de una vez, desde aquéllos lugares de calma, mientras observaba dormir a prematuros internados, me escribía un mensaje de buenas noches o unas palabras de afecto para que me fuera a dormir sintiendo que a alguien, en otra provincia, pese a la distancia, le importaba.  Me contaba si el trabajo estaba duro o si el día había sido bueno o pasaba a contarme de algún prematuro que había podido hacer dormir en un ratito libre, porque a los niños pequeños el calor humano los ayuda mucho al igual que los procesos medicinales.  

 "Mi *** - le decía yo, en un equivalente cariñoso para decirle mi amor - espero que todo se de bien, que puedas comer y descansar pronto.  Que tengas buena guardia ¿si? Dale que te falta poquito para volver a casa". 

Y él me respondía siempre un " muchas gracias, ***, sí, ahora estoy en la UTI, en un rato bajo a comer  y más tarde me voy a quedar mirando historias clínicas. Cuando pueda, me acuesto un rato. Que descanses. Hasta mañana ", usando el apodo que creó para mí y un corazón.   

II

De todo eso, pasaron siglos sin embargo. 

Cuando nos separamos, hace casi un año, yo pensé que había perdido alguien que entendía mi alma y eso era lo que más me dolía de todo, pese a que ser pareja no se pudiera. No consistía en extrañar un abrazo o el sexo magistral.  Yo extrañaba su manera de estar para mí. La conexión que nos unía más allá de todo espacio, como había sido desde el primer instante que cruzamos un mensaje.  Aunque también entendía todo lo demás  y por eso no estaba dispuesta a hacer nada más por nuestra relación ni mucho menos.  Posteriormente, cuando Galeno se contactó conmigo meses después de la ruptura, me dijo que extrañaba muchas cosas de las vividas, pero especialmente, cómo yo sabía estar ahí, mi forma de estar presente. 

Y eso me hizo entender algo: a los vínculos importantes de nuestras vidas no hay tiempo, distancia o hechos que los borren.  Y quizá no haga falta. Aunque ya no nos volvamos a ver, con Galeno, a veces me gusta imaginarlo, pensarlo bien y feliz. Él me dijo que por su parte le pasaba lo mismo y yo lo autoricé a que imagine todo lo lindo que él quisiera para mi vida.  Que de su parte, y de la mía, para el otro, confiábamos en que habría solo buenos deseos.  

martes, 9 de noviembre de 2021

Pajaritos azules

 Le escribo un mensaje a la única persona con la que realmente quise hablar en los últimos dos días. Es una licencia que me tomo. Un permiso que me doy. Algo así como un aliciente. 

No. No quiero hablar con nadie. Ni con mi mamá o papá. Ni con mis hermanas  Ni con mi mejor amiga.  Realmente, no tengo ganas de hablar con ellos más allá de que agradezco su presencia y su colaboración. 

Esto se trata de estar uno con su propia tristeza y no querer ser juzgado o molestado por eso. Pero además se trata de algo más: darse el derecho a sentir lo que se siente, a enojarse, a molestarse sin la opinión de nadie más.  Sin los deberes o consejos que nadie pide en momentos como éstos. 

Y sé que hay una persona en mi vida, una solita, que sabe cómo sanarme con esa prudencia. Que la usa bien. Y que me deja sentirme triste sin espantarse por eso, sin darme consejos sobre cómo debería vivir y sin negar su propia oscuridad en la pretensión de "solucionarme la vida". 

Quiero hablar con la persona a quien realmente le mando un mensaje a las diez de la noche después de contestar a los demás lo justo y necesario durante todo el día. 

Sí. Uno elige dónde estar y con quién ser. Siempre. 

viernes, 5 de noviembre de 2021

"Cambia todo en este mundo..."

 - Bueno, ya me tengo que ir - dijo Galeno, una de las últimas veces que vino a Buenos Aires antes de la pandemia y mucho antes de éste presente. 

- Dale - le dije, mientras me vestía rápidamente para acompañarlo. 

Me miró valorativamente, mientras me enfundaba en un vestido de verano de fondo blanco, con bordados en celeste y en azul.  Tomé las llaves de la habitación que habíamos compartido durante esos cuatro días sin separarnos ni un solo segundo y lo acompañé a la salida. 

Mientras recorríamos las instalaciones, le comenté que iba a alistar mis cosas y que me iba a ir también para mi casa. 

- ¿Por qué tan temprano, ***? - me preguntó. 

- Porque... no sé... como vos te tenés que ir a tomar el avión... 

- No tenés que dejar la habitación, podés quedarte todo el tiempo que quieras. Tenés servicio de desayuno. 

- Pero... - lo miré, extraña - Si vos te vas... 

- Pero vos no... - me explicó - Date un baño, desayuná, armá tu valija tranquila ¿eh? - dijo, sonriendo y me dió un breve golpe en la cola. 

Lo miré, chistosamente y le dije: 

- Qué maneras tan lindas que tenés de alentarme - y me devolvió la mirada sonriéndome. 

Una vez que llegamos a la sala común de ese hotel tan lindo en el que pasamos unos días, lo abracé para despedirlo aunque ya nos hubiéramos despedido antes, en la habitación, con todos los efectos del caso. 

Se me quedó mirando, pese a que me llevaba más de una cabeza, y me tomó de la cintura.  Pese a que me agradaba mucho su afecto físico, a mi se me dificultaba ofrecerlo porque siento que soy bruta, o que lo voy a hacer mal, pese  a que siempre los demás me digan todo lo contrario.

- Galeno - dije, en susurros - quiero un beso - y le sonreí. 

- Por supuesto - me contestó - ¿Estás contenta? ¿La pasaste bien? 

Me sonrió, ya dejando su valija en el suelo, y me envolvió entre sus brazos. 

- ¿Cómo te digo siempre, yo? Fuí feliz este fin de semana, mi *** - le dije, riéndome. 

Me dió un beso profundo, largo, y un abrazo. También, aprovechó para despedirse de todo mi cuerpo, pegándolo al suyo, y levantando con eso un poco más el vestido. 

Una vez que nos separamos, suspiré, admirada por la química.  

- Vos y mi cuerpo tienen una relación paralela ¿sabías? - lo burlé - Que tengas buen viaje a casa. 

Nos acercamos a la puerta y nos quedamos mirándonos unos instantes en silencio. 

- Vos también. Voy a tomar un taxi hasta Ezeiza ahora... - me comentó. 

- Está bien. Ahí paran, mirá - le señalé - Cuidate ¿si? Y avisame cuando aterrices...  - le dije, ya más seria. 

- ¿Vas a comer algo? - me preguntó, porque se dió cuenta que no había comido nada. 

- No creo - le dije, y me encogí de hombros. 

- Dale ¿cómo no creo? - me acarició la cara - Desayuná nuestros huevos revueltos... así me contás después si estaban buenos - me dijo, porque todas las mañanas los amábamos. 

Me sonreí. 

- Bueno. Sí, voy a pedir eso. 

- Hasta la próxima vez, sí, dale . Come algo y me mandás una foto ¿eh? 

- Trato hecho. 

- Me voy, ahora sí - dijo, y nos dimos una última mirada. 

Unos instantes después Galeno se fue a tomar un taxi. Yo, subí a la habitación, preparé la valija, me alisté y bajé a desayunar. 

- Buenos días, Veinte - me dijo la señora del hotel, que ya nos conocía - ¿Qué vas a desayunar hoy? 

- Un café con leche, si puede ser, con huevos revueltos

- Oh, claro, sí - me dijo - ¿*** ya se fue a su casa? 

- Sí, sí. Se fue para Ezeiza. Estimo que en dos horas ya aterriza en su casa - le expliqué. 

Ella sonrió, me trajo el desayuno que siempre compartimos con Galeno durante todos esos días, y se quedó tomándolo conmigo hasta que me fui.  La despedí con un abrazo y un agradecimiento sincero por ese gesto. 

II 

2021 

- Sólo pasé para saber cómo estabas - me dijo Galeno, hace un tiempo.  

- No muy bien, la verdad, no te voy a mentir a ésta altura... Nos conocemos tanto... - admití. 

- Está bien, no es nada malo... (...)  ¿Querés hablar? 

- Me agarrás en un momento donde no me siento bien.  Pero no tiene nada que ver con vos, ni con el mensaje, en serio.  Prefiero irme a dormir. Tuve un día difícil. - respondí. 

III 

Las cosas, a veces, en la vida de las personas, cambian demasiado. Y los recuerdos buenos, aunque todavía nos pertenezcan, parecen robados. 

Quizá escribo para fijarlos en algún lugar y sentir que también lo lindo que alguna vez viví todavía me pertenece en algún sentido. No lo sé. Quizá a una parte de mí la felicidad remota la hace sentir mejor.  Saber que hubo un momento feliz que fue mío y fue de alguien más, cuando se han perdido todas las esperanzas con respecto a un futuro mejor en tantos ámbitos donde he perdido cosas o posibilidades, quizá representa algún tipo de consuelo...  Supongo. 

jueves, 4 de noviembre de 2021

La tregua

 - Bueno,  es algo así como nuestro lugar  - le dije. 

Acomodé mi cuerpo desnudo al suyo y apoyé la cabeza en su pecho. Me miró, sonrió y se distrajo perdiendo las manos por mi pelo. Le causaba gracia cuando le decía que a nadie le dejaba tocarme el pelo así, con tanta dedicación, más allá del peluquero, pero eso era real. Notaba que Galeno trataba mi pelo con cuidado y placer, por lo que lo dejaba hacer. Una de sus partes favoritas de mí, me confesaría con el tiempo, era mi pelo por sorpresivo que a mí me pareciera. 

- Claro que sí - me contestó - Éstos son los momentos que valen la pena en la vida, *** - me dijo. 

Lo abracé de costado y lo miré como de reojo. Me abrazó por debajo de la sábana blanca, dejando a un lado mi cabello.  

- Sí, forman parte de todo lo que es la vida - consideré - pero son las cosas más lindas...  

- Son la vida - me aclaró Galeno - El resto, es lo que pasa hasta éstos momentos. El resto del mundo es una porquería afuera, pero ésto, no.

- ¿Por qué decís eso, mi ***? - le pregunté. 

- Porque acá es diferente. Este es nuestro mundo. 

- Es como si nos dieran un premio - resalté - Tenemos que estar agradecidos de haber podido animarnos a conocernos... 

- Así es. Mucha suerte que todo se dió así. Hay que disfrutar todo esto... - musitó. 

 -  Mucho-muy - lo burlé. 

Se rió y me abrazó, quedándonos en silencio.  Lo que tomé como una confesión muy íntima, propia de la intimidad que acabábamos de compartir , sin embargo, y con el tiempo, entendí que era una enseñanza. 

II

En ese momento de felicidad y complicidad con Galeno, creí entender a qué se refería; pero hoy comprendo que no imaginé la profundidad de sus palabras.  Claro, llevándonos 26 años había uno de los dos que había vivido una cantidad considerable de experiencias extras y yo, con 24 años, todavía estaba abriéndome a los sentidos mientras que Galeno casi le daba la vuelta a todos ellos. Ahora sé que el mundo es un lugar hostil, sí, a veces demasiado, y que los momentos que valen la pena son aquéllos donde podemos salirnos de esa hostilidad y descansar,  siendo amados y aceptados sin que el prójimo corra. 

 A veces ese descanso es quedarnos pegaditos a un cuerpo que nos dé un reparo del sufrimiento exterior o simplemente que nos dé amor, como fue en su momento con Galeno.

  Otras veces, es un mensaje de texto donde alguien querido que te pregunta si comiste. O un abrazo de tu mamá. O llorar ambas por la misma cosa y reírnos porque lloramos juntas. O un mensaje de tu hermana. O un correo electrónico de alguien que no esperabas sólo para decirte seguí.  O un vino que te regala tu papá porque sabe que sos fan y te malcria como la mejor en eso.  O un mensaje de tu mejor amiga. O un favor que te hace alguien. O un favor que hacés a alguien. 

 Algo que te conecte, finalmente, con todos esos momentos que sobrepasan los malos y pésimos momentos que también existen en la vida.  Una tregua.  Eso estoy necesitando, francamente con urgencia: una tregua, porque ya las fuerzas las he agotado por completo más allá de lo que haga en el día a día. 

Las fuerzas físicas no tienen nada que ver con las fuerzas espirituales.  He llegado a un punto de desaliento tal que no tengo palabras para explicarlo. Y no se trata de la multinacional que no me eligió, ni de sentir que se me escapó una oportunidad extraordinaria, porque claro que seguiré buscando y de seguro encontraré algo igual o mejor, y hasta incluso entienda con el tiempo por qué no tenía que estar ahí. 

A esta altura, a decir verdad, no se trata de lo que parece que se trata, es decir, el trabajo.  En realidad, se trata de saber que, aún mismo me llamaran mañana mismo para incorporarme en un trabajo que fuera cien veces mejor de lo que soñé, ésta lucha ya no se ganaría con eso. Porque toda la angustia, el malestar, la frustración y la impotencia que siento, frente a las cosas que es obvio nadie puede cambiar, jamás serán factores gratuitos. 

Las marcas que todo este proceso dejó hasta aquí, y que van quedando a través de los meses donde todo sigue igual o va empeorando en algunos aspectos, sospecho que tardarán en borrarse, aún mismo, la tormenta se haya terminado. 

Ese es mi único reproche, el reclamo que le haría a la desesperanza y a la tristeza cuando vienen tiempos difíciles. Jamás perdonaría a los malos tiempos por marcarme, calarme tan profundo, acribillarme por dentro logrando que dude de mí, cosa que yo juré no me iba a permitir sentir nunca más. 

 El sufrimiento cambia a la gente. Y yo he padecido mucho, mucho más de lo que reconozco y demuestro, en todo lo que va de este 2021 con éstos asuntos. No creo, siendo honesta, que vuelva a ser la misma persona después de esto. Ya no lo soy. 

III 

No sé quién seré a partir de ahora. De hecho, por momentos no entiendo a dónde ir ni quién soy.  Ya no me interesan las mismas cosas que me interesaban antes. Sin ir más lejos, ya no me quiero dedicar a ejercer lo que estudié (y de lo que me estoy por recibir) y lo que empezó siendo como una duda a inicios de este año se transformó en una realidad. 

¿Por qué sigo estudiando algo que no me veo haciendo ya? Porque empecé algo hace muchos años y me interesa terminarlo y porque me interesa tener el título estando a tan poquito. Porque mi conocimiento está y porque es siempre mejor tenerlo a no tenerlo, obviamente.   Pero no, no me quiero dedicar a dar clases, la verdad. Ni a investigar. Ni a nada de eso. No tengo interés en ejercer la docencia ni ahí y menos vivir de ella. 

Y de eso también se trata. 

miércoles, 3 de noviembre de 2021

El destino

Hace unas semanas me contactaron de una multinacional para cubrir un puesto administrativo. Pasé por dos entrevistas y ayer, después de ansiedad e incertidumbre, me avisaron que no quedé seleccionada. Por esas desventajas del lado tóxico que tienen las redes sociales laborales, sí vi a la persona que eligieron y pensé: "obvio,  yo no llegaba ni a ir a limpiar pisos en un lugar así", porque realmente hay momentos en la vida donde nos sentimos peor que una bolsa de basura estacionada en la esquina de una calle de la ciudad. 

Creo que lo que puedo rescatar de esto es el convencimiento sobre una cuestión en particular: hay gente que no logra las cosas que se propone, que por mucha voluntad que le ponga, no puede superarse a si misma, ni a su origen, ni tener una vida mejor. Los hijos de los laburantes no siempre podemos, lamentablemente, por mucho que lo intentemos, progresar laboralmente, ingresar a lugares que nos den esa oportunidad. 

Yo soy esa gente. Hija de laburantes que se rompió el culo para poder progresar durante muchos años y que se acaba de dar cuenta que es algo de base, también, más allá de todo el esfuerzo que haga : uno no puede cambiar su destino.  Las oportunidades no son para todos, y yo,  me cansé de hacer fuerza y poner todo de mí para cambiar la situación.  Si me destino es quedarme atrás y ser la última en la fila, bueno. No voy a poner más de mí para cambiarlo porque hay cosas que no puedo controlar y jamás me juegan a favor y son esas cosas las que terminan haciéndote vivir la vida arrodillada. 

Para la próxima, quizá, antes de entusiasmarme, conviene que me repita: "esos lugares no toman gente como vos", así me ahorro la tristeza que siento ahora.  Boluda yo, que me entusiasmé, creyendo que la vida me podía premiar con algo así de lindo y con una oportunidad así de buena. 

Esas cosas a gente como yo no le pasan. Le pasan a otra gente, y está bien, no hay nada de malo en eso, ni hay que odiar a nadie, ni hay que odiarse a uno.  Hay que asumir las cosas como son, lo que uno es, y no soñar demasiado alto. Es doloroso, pero es así.