Me gustaba que me abrace porque, dentro de sus brazos, parecía que no había espacio para nada malo, o al menos, capaz de filtrarse entre su piel y mi piel. Me gustaba que me hiciera caricias, despacio, porque entre su contacto y mi suavidad, no se podían constatar diferencias palpables. Me gustaba que me acariciara la cara, que me "robara la nariz" o que me diera besos en el pelo, porque todos aquellos gestos, por lo demás, denotaban una ternura imposible de subestimar. Me gustaba que me besara, contundente, porque se borraba el mundo y todo cuanto parecía tener peso, lo perdía, ajeno a la gravedad.
II
Luego de una jornada universitaria, en pagos lejanos, con un enorme cansancio acumulado, ese viernes por la noche me quedé consigo un buen rato. Hablamos, bastante, sobre cosas cotidianas. Hablamos un poco sobre mi día, lo cual me resultaba bastante inusual y le contesté muchas preguntas.
- ¿Voy mejorando con el dialogo? - le pregunté, a sabiendas de que se ponía ansioso cuando yo me quedaba mirándolo, callada y Él pensaba que algo malo había pasado. ¿Cómo decirle "te miro así porque no puedo creer que estés conmigo"? ¿Cómo decirle "te miro así, sin poder decirte nada, porque me invade todo lo que siento"? ¿O resultaba mejor confesar algo como "te miro porque todavía no entiendo cómo te puedo querer tanto, cómo me gustás tanto, cómo me hacés sentir"?
No, definitivamente, la cuestión radicaba en mirarlo ante todo lo que por ese entonces nunca había sentido por nadie ni, en cierto modo, había pretendido decir con tanta seriedad. Mirarlo, básicamente, era mi forma de decir lo indecible; porque no todos los sentimientos en un estado tan puro se le puede atribuir una equivalencia precisa a través de las palabras.
- Me gusta esto - reconoció - Me encanta que hables, quiero saber, yo.
Sentí un calorcito en el estómago. Me causó ternura lo que dijo, siendo una de sus mayores virtudes - me sorprendía a menudo con eso - el escuchar. Y yo, que por lo general estaba más para escuchar que para hablar con la mayoría de las personas, por primera vez me encontraba con un espacio y un interés en lo que fuera que tuviera para decir, que por momentos, sentía que me cabía demasiado grande. ¿Qué tenía para decirle? ¿Mis alegrías, mis miedos, la relación con mi familia, mis amigos, mis sueños? ¿De verdad me quería conocer tanto? ¿Qué iría a hacer con eso?
- ¿Qué más querés saber? - pregunté, en buenos términos, para orientarme un poco.
- No sé, todo - se rió - ¡Yo quiero que me cuentes todo! - exclamó, riéndose - Esas cosas que no le decís a nadie...
- ¿Todo? - me reí - ¿Estás loco?
Asintió.
- ¿Vos tenés secretos, no?
Me puse seria.
- ¿Secretos, yo? Nah - le hice un gesto restándole importancia a la pregunta.
- Bah, me expresé mal...- se corrigió - Cosas que no le contás a nadie, que no hablás, que te las guardás.
Me dije que sí, para mis adentros.
- Mhmm - admití, en otro tono.
De esa clase de cosas había un montón dentro de mí.
- Bueno, a eso voy. Podés hablar de lo que sea conmigo, de lo que quieras contarme, siempre.
Suspiré.
- ¿Qué querés que te cuente para que me conozcas y no creas que planeo matarte como una bruja?
- Por favor, sí... - musitó.
- No te quiero matar... - suspiré, por tandas - tanto.
- Yo quiero saber cosas importantes... Cosas privadas de vos- se rió.
- ¡¿Por qué querés saber todo?!
- Porque sí, quiero saber... - espetó - Todo quiero saber, así te vuelvo loca...
Me reí.
- Vos querés enterarte de cosas privadas porque sabés que yo no abro la boca ni loca... - me reí - Es más, es más: Querés saber mis puntos débiles, porque estás planeando matarme ¿no?
Se rió.
- Sí, te voy a matar...
- ¿Ah, sí? ¿Me vas a matar?
- Sí, ya lo tengo pensado...
- Uy, qué miedo bárbaro que me agarró - lo gasté - ¿Cómo lo planeaste?
- Hago muchas cosquillas, yo.
- Ah, claro... - medité - ¿Sabías que yo muerdo?
- ¿Y vos creés que con morder te vas a salvar de mi ataque de cosquillas?
- Te juro que te muerdo... - lo previne - Tengo muchas cosquillas.
- Mordeme, qué me importa - asumió el reto - No vas a zafar de ninguna forma de mi ataque.
- Si vos me hacés cosquillas, no voy a poder hablar...
- Entonces, es simple: o confesás tus secretos o te bancás mi ataque de cosquillas.
Me reí, histéricamente, sin que me hubiera hecho una sola cosquilla. Era solamente la idea, tal como me sigue sucediendo, lo que ya me tentaba.
- Por favor, no, cosquillas no - le supliqué - Por favor, cosquillas no...
- ¿No me vas a morder?
- A menos que me lo pidas, no - le confesé.
Empezó a reírse.
- ¡¿Y qué, si te lo pido, sí?!
Me reí, atrapada.
- Yo me defiendo con uñas y dientes, literalmente, señor... - musité - Y en momentos de desesperación, muerdo, sí, soy capaz de todo...
- Si si si... -me burló - por defenderte, hasta con las palabras. Lo demás lo contas en tu diario, seguro.
Suspiré, de nuevo y me adormecí un poco más en torno a sus caricias.
- Te voy a contar un recuerdo feliz de cuando era chica - lo previne - A mis hermanas, les encantaba tocarme la panza - mofé, recordando.
Se rió, levemente.
- ¿Ah, sí?
- Siempre - me avergoncé - Cada vez que tenía un examen, la cábala secreta entre nosotras, era dejar que me tocaran la panza, porque les daba suerte. Les gustaba, según me dicen siempre, porque era suave y desde chica, cuando era bebé, me hacían mimos en la panza... Ademas era gordita, como los budas.
Se sonrió.
- ¿Eso significa que yo voy a tener suerte?
- Sí de mi dependiera ... - sonreí.
- ¿Vas a darme suerte?
Asentí.
- Siempre. Antes de irte a trabajar, vos también vas a tener que hacer tu cábala propia. Imaginate, llegar a la mañana y que te llueva trabajo - me reí - Vas a venir acá desconcertado, pensando que te di suerte, que la piel suavecita: pero eso si, repleto de arreglos... - nos reímos, a coro.
Me acarició, como era de esperarse, mi mundano abdomen, es decir, el espacio entre las costillas, o al menos, la piel tirante que las recubre.
- Bienvenido al club... -lo burlé - Ojala que el lunes te salga todo lindo y hagas tus negocios, asi comprobamos la efectividad...
Se rió.
- ¿Por qué hacían esto?
- Mi hermana, pobre, cuando estudiaba para la facultad, me cargaba con eso. Las chicas siempre fueron muy muy cariñosas conmigo. Me hacían de todo cuando era bebé, era su muñeca viviente - suspiré, con cariño - .Y bueno, hasta los diez años, hacíamos esto... Después, crecimos.
- ¿Y resultaba? ¿Te la bancabas de parte de tus hermanas?
- Sí, por lo menos, era mi forma de ayudarlas...
Mofamos, a dúo.
Me contorsioné, acto seguido, para hacerme sonar los huesos de la espalda, doliente e inflamada.
- ¿Qué pasa con el cuello y la espalda?
- Estoy re contracturada... - me estiré, de nuevo , intentando que cediera el dolor, cerrando los ojos.
- Vení, a ver... - dijo, solamente y me tocó apenas la base de los hombros. Dolía de lo peor.
- ¡Ay! - espeté.
Sonrió.
- ¿Por qué no me dijiste antes que estabas así? - chasqueó la lengua - Cabezona que sos...
- No me dí cuenta, no sé - reconocí.
Se rió.
- Ay, Dios, ella, que es autosuficiente y orgullosa - admtió, sacudiendo la cabeza - ¿Siempre llegás así de contracturada de la facultad? - preguntó, en susurros.
Asentí con la cabeza, mientras me acomodaba. Con sencillez me dispuse a uno de los mayores placeres que, a mi manera de ver, existen en la tierra: los masajes de una persona a quien queremos y que, en un acto de generosidad, se toma dos minutos de su tiempo para mimarnos. Recostada boca abajo, con la cabeza de lado, el mío fue un gesto de confianza. Aprovechándome de ella, y sosteniendo toda mi credulidad en sus manos, una de las claves (que lo convertían en un verdadero caballero, al menos conmigo) eran los ritmos. Porque consigo para todo, absolutamente para todo, estaba más que bien tomarse un tiempo. Porque la dicha parecía elástica, admisible, y posible, inclusive para mí, una arisca sin remedio.
III
- ¿Te sentís mejor?
- Si... Gracias - dije, en voz muy baja.
- Estás muy contracturada - me señaló, haciendo una leve presión sobre mi cuello en todos los puntos inflamados.
- Sos muy bueno en esto... Qué cosa...
Se rió.
- ¿Y por qué ese tono enojado? - preguntó, mimoso.
- Porque me olvido de que querés que te confiese mis secretos - me reí un poco.
- No, relajate. No me cuentes si no querés. Te voy a robar tu diario, asi que relajate - bromeó.
Me relaje en verdad pese a las bromas... Y una vez instalado, Él mantuvo el silencio, luego de ese comentario, abocándose en la labor que llevaba adelante. Una labor concienzuda, delicada y firme al mismo tiempo, es decir, una labor bien hecha.
En mi mente, para ser honesta, yo no podía pensar en nada más allá del virtuosismo que estaban desplegando sus manos, concisas y seguras, en mi espalda, en mis hombros, en mi nuca o en mi cuello. Pese a todo, pese a tantos años de distancia, había un equilibro exacto entre la solidez y la ternura; entre la decisión tomada de confortarme y la mejor elección sobre los medios. Sabía cómo, sí, sabía cómo llevarme y cuando lo ganaba el desconcierto, sabía que me debía el tranquilizarlo yo. Sin embargo, ese momento, no dejaba de ser un gesto suyo, con su marca registrada.Suspiré, por ende, complacida ante los caminos elegidos. ¿Cómo y desde cuándo sabía hacer tan buenos masajes? ¿Cómo y desde cuándo me los había estado perdiendo? Para eso también había veintitrés años de cancha, no sólo de diferencia.
- De verdad, sos muy bueno en esto - espeté, sin pensar - Me estas drogando.
Empezó a reírse.
- ¿Ah si?
- Sí, no te reías.
- Me alegro que te guste - dijo, en un tono de voz particular, atravesado por la vergüenza.
(...)
- ¿Por qué hacés esto tan bien? No hay derecho, de verdad, no hay derecho...
Dudó, sonriéndose.
- ¿Hacer qué?
Suspiré, luego de una enorme sesión de masajes suavecitos.
- Ablandarme.
- Porque quiero que estés tranquila conmigo ... Me gusta hacerte mimos. Sos tan así, vos, que me dan más ganas de mimarte... - susurró, rendido - Tengo cómo objetivo que confíes en mí. Y ademas, te relajaste mucho y es un alivio... Me relajo haciéndote masajes, también por eso. Todo lo que quiero es que confies. Habla, mordeme, lo que quieras... Pero no me tengas miedo...
Sonreí, lo miré, y escondí la cara en su pecho. Supongo que esa era la circulación en nosotros: a veces, el otro, nos daba algo de miedo.
- Yo confío en vos - me reí, por lo que iba a decir - a veces... Y disfrutar, siempre. Con vos por lo menos, siempre. Menos cuando querés leer mi diario íntimo hipotético - parloteé.
Se rió, descolocado.
- ¿Cómo que a veces?
- Me ablandaste mucho...
- ¿Y eso qué significa?
- Que... - suspiré y me acerqué a su cuerpo utilizando los brazos - sí, que confío en vos.
- ¡Dios, gracias, Dios! - espetó, divertido.
- Como nunca - espeté, con dificultad, por el miedo - Como nunca confié en nadie.
Buscó mi cara, para mirarme, aunque yo no pude dársela. Estaba demasiado conmocionada porque, a través de esos pequeños momentos, entendía lo más sorprendente de todo: yo lo quería; de verdad lo quería y con cada progresión afectiva, lo que antes había sido un pensamiento o una suposición adquiría el carácter de certeza. No era, simplemente, suponer que lo que yo sentía podía llegar a ser amor, sino, vivirlo por primera vez en toda mi vida.
- ¿Me vas a contar cosas, entonces? - me preguntó.
- Sí, seguramente, con el tiempo...
- ¿Tenés un diario íntimo? - me preguntó, riéndose.
Me reí.
- ¡No!
- ¿No?
Suspiré
- ¿No tenés una libreta donde escribís lo que te pasa? ¿No te gustaba escribir?
Me reí, pensando en éste lugar.
- Sí, tengo una especie de diario, sí - resolví - ¿Por qué?
- ¿Qué escribís?
- Cosas mías.
Se rió.
- Seguramente tenés un diario íntimo, una agenda, donde tenés todo lo que no me decís ahí anotado. Me muero por leer eso... - admitió.
- ¿Querés estar adentro de mi cabeza, no?
- Me encantaría leer ese diario y saber todo de vos, todo, todo, todo.
- ¿Por qué así?
- Me vuelve loco pensar lo que puede haber adentro de tu cabeza... Me imagino, por momentos, lo que debés pensar...
Me reí, sorprendida.
- ¿Vos creés que yo soy muy estratega, no? ¿No te das cuenta que no es así?
- Sos terrible, vos. De eso es de lo que yo me doy cuenta.
- Porque soy mandada a hacer... cagadas, a veces - le confesé - De estar escondiéndote algo no podría con esto.
Sonrió, expulsando el aire, de pronto.
- ¿Entonces, qué hay en ese diario?
- Reflexiono sobre todo lo que me pasa...
- Yo sabía... - murmuró - Lo quiero leer.
- No, no es la idea.
- Pero... Seguramente que ahí contás todo. Contás todo, de verdad.
- Por algo es íntimo...
- ¿Dice algo de mí?
Me reí.
- Páginas y páginas enteras.. - le confesé, en broma - Ahí te puteo de lo lindo, me hago todas las preguntas y los planteos y anoto todo - le mentí, sólo para molestarlo.
- ¿De verdad?
- Obvio...
- ¿Vos escribís de mí?
De nuevo, ese tono de incredulidad me causó ternura.
- ¿Cómo no voy a escribir de vos? ¿Dónde descargo mi odio hacia tu persona si no es en el papel? - lo cargué.
Descargó su rabia, ante ese comentario chistoso, haciéndome cosquillas. En cuanto me repuse, le contesté:
- ¿Ves? ¡Esto lo voy a contar!
- ¿Dónde lo tenés guardado? ¡Lo voy a ir a buscar! ¿Escribís de mí?
Hice un parate simbólico, con un gesto de rendición. Lo miré, seriamente.
- Sí, escribo de vos.
- ¿Qué ponés ahí?
- Lo que me pasa...
- ¿Y contás tus miedos, o las cosas que te ponen triste? ¿Todo?
Asentí, con cara de más o menos.
- A veces, sí. Cuento mi vida. Por eso, estás vos también.
Se quedó pensativo.
- Es decir que todo lo que te guardás, está en una libreta...
Mofé.
- ¿Pensás que oculto muchas cosas, no?
- .No, pero quiero saber cómo pensás - admitió - A veces, verte las caras, o que no me digas las cosas, me pone muy ansioso. No sé si estoy haciendo las cosas bien.
Sonreí.
- Es que... - dudé - no sé qué decir... Para mí estás haciendo todo bien. ¿Qué te pone tenso? ¿Mis caras?
Se quedó vacilante, unos segundos.
- A veces, cuando vos te vas, yo me quedo pensando en tus caras. A la noche, o en la oficina, o en cualquier lado, es como que voy intentando interpretarlas - suspiró, algo tímido - Es como que le quiero poner palabras a esas caras, y a veces no las encuentro y me desespero. Hay noches en las que no puedo dormir y pienso en tus caras durante tres horas y no sé si me querés mandar a la mierda o te gusta lo que hago, como lo hago... No sé qué tengo que hacer con vos y pienso en tus caras, como un boludo a ver qué me quisiste decir...
Me reí, abiertamente.
- ¿En serio me decís?
- ¡Si, te digo en serio! ¿No me creés? ¡Me vuelvo loco yo con tus caras!
- Te juro que no soy ni la mitad de peligrosa de lo que te estás imaginando - reconocí - ¿Sabés por qué hago caras? Porque a veces es lo único que me sale ante la situación. Y te miro, y te hago esa cara, porque me siento blanda y... nunca me hicieron sentir esto. Y no sé cómo se explica eso. Me siento una boluda, te lo juro. Eso me desespera a mí.
Se rió, acariciándome la cabeza y mirándome de costado, mientras le hablaba, mirando el techo.
- ¿Y te da un poco de miedo, no?
Mofé.
- Sí.
- Entonces viene por ahí la mano...
- ¿Te acordás lo que yo te dije, de la lanza?
Se rió, levemente.
- Sí. ¿Qué pasa?
- No me sirve con vos - le dije, solamente - ¿Entendés? Me quiero cortar las pelotas que no tengo...
"... porque te amo " completé, en mi mente.
- Creés que te voy a comer... Por eso, a veces, me tirás tiros.
- Yo cagué con vos... - suspiré - Ya casi no puedo ni tirarte tiros ¿no te das cuenta?
- ¿Por qué?
- Porque te creo... - me reí - Me quiero matar, te lo juro, me siento una boluda...
Empezó a reírse.
- ¿Porque confías en mi?
- Sí.
Suspiré.
- ¿Sí... qué?
- Vos deberías verme como soy con los demás para entender... - musité - A veces pienso cómo soy con vos y digo "de verdad, esto no puede ser, es un choreo, es una joda, dale, qué me pasa".
Nos reímos.
- Quiere decir que podés ser mucho más jodida ¿no?
- Yo casi no creo en la gente, me re cuesta... - murmuré - No es que sea mala, ni jodida; soy distante, no sé, me cuesta un montón confiar... Y como vos es como que me ablandás...
Volví a esconderme en su pecho. Me besó la cabeza y envolvió en sus brazos.
- ¿Por eso me tenes cuiqui?
- No te das cuenta... - suspiré - Yo no te tengo miedo, al contrario.
- ¿Segura que no me tenés miedo, ni un poquito?
- Un poquito - ironicé - Igual, por otro lado, aunque no tengo ni un pato en fila en este momento, me siento tranquila. Es muy raro ¿viste?
Se rió.
- Ah, sí, eso ni hablar... - especuló - ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Sí, dale. Aprovechá que confío en vos... - lo burlé.
- ¿Nunca saliste a bailar, a un bar, de noche, con tus amigos? - musitó.
Me reí.
- ¿Y esa pregunta?
- Quiero saber...- dijo, solamente.
- Sí, salí - dije - ¿Pensaste que en diecinueve años nunca había salido?
- No, pero qué se yo... - se quedó vacilante.
- Sí, fui, igualmente... - le confirmé.
- ¿A boliches o a bares?
- A los dos lados...
- ¿Y no te gustaron? - preguntó, mientras negaba yo con la cabeza - ¿Nunca te gustó un pibe... joven?
Suspiré.
- ¿En qué sentido?
- No sé, si nunca te encaró un pibe o si conociste a un pibe joven... y te gustó.
- Ay, bobo... - suspiré - Está bien que yo no salgo a bailar, pero no vivo en un termo. Conozco pibes jovenes, chicos de mi edad, y todo...
Se rió.
- Bueno, es que yo no sabía eso.
- Salí con mis amigos; a festejar cumpleaños, cuando terminé el colegio, fui a boliches donde había gente grande y no pibes jovenes - le aclaré - lo que pasa es que antes de disfrutarlo, lo padezco. Nada más.
- ¿Ah si?
- Sí, un día, fuimos a **** con mi hermana y el novio... - ejemplifiqué - Eran todos tipos grandes y minas grandes, en su gran mayoría.
- ¿Y?
- Era un desastre, todo - me reí, recordándolo.
- ¿Cuándo fue? - quiso saber.
- El año pasado. Yo cumplí los dieciocho en enero y en febrero mi hermana salía con sus amigos y me insistió, entonces, fui.
Se rió.
- Te insistió... - resaltó - ¿Y no te gustó nada de lo que había ahí?
- No...
- Sos jodida, eh... - murmuró, cerca de mi rostro.
Sonreí.
- No, no había encontrado lo que me gustaba, o no sé, no sería el momento... - le aclaré - Igual, tiempo después, conocí a un tipo que sí me gustó,
mal.
- ¿Y? - dijo nada más.
- Y dice que me va a comer... - me reí, confesándome.
Sonrió, sacudió la cabeza y suspiró, cayendo en la trampa. El tipo en cuestión, era Él.
- Pero yo no voy a boliches, ya - me interpeló.
- ¿Nos podríamos haber conocido en uno, nosotros dos? - le cambié la pregunta, dejando la pelota para su lado.
- No sé, supongo que si - meditó, lentamente - En la época donde yo salía, igualmente, me parece que vos no... ¿no?
Hice cuentas.
- No, no.
Se quedó en silencio.
- ¿Por qué no te gusta ir a bailar? Sos jovencita, podrías ir.
- No me gusta... - le dije - Además, mirá, vos no ibas a estar ahí...
- Bueno, pero... - dudó - ¿Y otros, qué? ¿Nunca nadie te gustó antes, entonces?
- No, sí, me gustaron mucho otras personas... - le aseguré, para que no se creyera la única Coca Cola en el desierto - Pero ¿cómo te explico? - pensé, buscando las palabras por un instante - ... te juro que no se... No se compara, ni hablar. Imaginate que iba a los boliches, a los bares con mis amigos, de vez en cuando, y rogaba volver a mi casa... Lo padecía, me aburría, me parecían todos unos bobos, además, se me acercaba cada uno que, ¡Dios! No, nada que ver, siempre me pareció cualquier cosa ir a esos lugares... - exclamé - Me quedo acá diez mil millones de veces... Ni hablar, ni hablar... - me reí, agradeciendo haberlo conocido.
Se rió.
- ¿Y por eso no vas a ir más?
- Es que no me gusta, nunca me gustó; y las veces donde lo hice fue por compromiso. De hecho, mis viejos, cuando veían que no salía a bailar, se quedaban ¿viste? - le confesé - La primera vez que salí a bailar tenía 17 años, y fue porque ese año terminaba el colegio, qué se yo, pensé que era el último intento de ser normal. Pero, por mi, no, ni en pedo.
Mofó, por mi acidez.
- ¿Y qué pasó? ¿Te gustó salir?
- Fue una mierda...
- ¡Guacha, por Dios! ¿Me vas a decir que no te gusta ni un poco? ¿Nada, nadie, nunca? ¿Nunca saliste de noche?
Me reí.
- Ay, pasás de exagerado a boludo, *** - lo frené - Salgo de noche, no soy una mutante, pero no esperes que vaya a los lugares propios de mi edad, quizá. Ése es el tema. ¿No salgo de noche, con el grupo? ¿No me conociste una noche, a mí? - suspiré.
Se rió, levemente.
- Pero a divertirte, digo...
- Ése es el punto: yo no me divierto de esa forma, me divierto de otras. Aunque sea joven.
- Bien, lo entiendo eso - acordó.
- Yo entiendo que pienses que soy una loca, pero es la verdad. No te voy a mentir. No soy una chica fiestera, no porque sea una suicida, sino porque no es mi onda. Además - le dije, pero me quedé callada.
Esperó unos segundos más...
- ¿Además...?
- Que yo pasé por otras cosas, otra clase de cosas, al punto de que ir a bailar me terminó pareciendo una estupidez - le dije, finalmente - No me importaba, no me llamaba la atención. ¿Qué me iba a importar salir a bailar, si para mi la vida pasaba por otro lado? En la época donde mis compañeros estaban yendo a bailar, yo tenía otras preocupaciones en mi cabeza, que no eran mejores pero que, obviamente, a mí me parecía que tenían que ir primero. Era como si fueran vidas completamente diferentes.
Se quedó callado, vislumbrado un tema serio, aunque asintió con la cabeza.
- Por eso, cuando me preguntás si no conocí a personas jovenes, en un boliche, si salgo de noche a ponerme en pedo... ¿Vos creés que con un tipo en el boliche yo iba a poder entenderme? - le pregunté.
- No, no sé, bah...- dudó.
- Bueno, pero, por lo menos ¿vos pensás que me interesaba estar con el chabón, una noche? ¿Apretármelo?
- No sé, qué se yo, por eso pregunto... - me dijo, dulcemente.
- Bueno, mi respuesta es que no - dictaminé - Mientras que todos estaban en una nube de pedos, para mí, no pasaba por ahí la vida. Y ojo, tampoco necesitaba hacerme «la pistola», yo no estaba conectada ni siquiera con esas cosas, propias de los pibes...-Por eso, prefiero ésto, te lo juro.
Se rió, por la denominación.
- ¿Y por dónde pasaba la vida para vos? - me preguntó, como si hubiese sacado lo más importante de todo lo anterior.
Para mí, pese a estar con la persona en quien más había confiado en mi vida hasta ese entonces, ajena a mi familia, todavía era una pregunta difícil de responder hace cuatro años.
- Por cumplir con las responsabilidades que yo tenía en ese momento, donde tenía que enfocarme en estar bien, preocuparme por eso... - dije - La verdad es que así me acostumbré a tomar conciencia de cómo podía ser la vida y eso me cambió la cabeza totalmente... - le confesé - No es por victimizarme ni nada, pero para que te des una idea, ya a los cuatro años, caminaba en puntas de pie, y además, por culpa de eso, me caía todo el tiempo. Así, en adelante, cosas vinculadas a eso, hubo un montón... Muchas, muchas, hasta cansarme - admití - Y te juro que, aunque te parezca mentira, esas cosas me hicieron madurar - le dije.
Se quedó sin palabras, pero yo, no me atreví a mirarlo en la penumbra. Sólo recuerdo sentir el calor de sus manos y la cercanía de su cuerpo a mi lado, y que esa presencia suya me llenase de coraje. Ya no me acariciaba, estremeciéndome de lo agradable que me resultaba el contacto, sino que mientras le contaba
cosas importantes, me contenía con sus brazos y sus manos sobre mi piel. Y ése gesto, nada más, era equivalente a toda la contención del mundo. Era el campo ideal para que yo fuera entregando mi lanza, o al menos, buena parte de mi escudo protector.
- Yo te lo cuento así, y sé que vos podés estar pensando "ésta piba tuvo una vida de mierda, nunca fue feliz" - me atajé - pero, aunque suene horrible lo que te digo, todos estos momentos medios de mierda, a mi me hicieron crecer... - me quedé callada -Cuando empecé el colegio y mis compañeros me cargaban, un montón, me decían cosas que eran terribles, también la pasé como el culo, pero no por eso te voy a decir que no tuve una vida feliz, ni nada. Al contrario, yo considero que, a mi manera, soy feliz. Tampoco me siento víctima de la situación, ni nada; sólo que te estoy contando todo esto para que entiendas que a mí me hicieron crecer estas cosas, y por eso, también ver la vida diferente - suspiré - A los 17, yo no pensaba en estar con todos los pibes del boliche, ni nada, pensaba que ojalá me entendiera con alguien, deseaba tener un compañero, alguien con quien hablar, no sé, otras cosas. Pensaba en estudiar Letras, desde los 15, 16, por ejemplo, porque en eso sí me sentía más esperanzada, no sé, me entusiasmaba... - musité - El colegio fue una mierda. Y en particular, los últimos tres años de esa etapa eran una meseta. Me aburría, pero sobre todo la padecía; quería terminar todo a la mierda, quería hacer mi vida - me reí, recordando cómo era casi dos años y pico atrás mi vida, desde aquél momento.
Habló, por primera vez en bastantes minutos.
- ¿Por lo que decían la pasabas mal?
- No sé, qué se yo. Más o menos a los 15, dejaron de hacerlo, así que... Dije bueno, crecieron, entendieron el sistema, y pensé que me iba a adaptar, pero no, me di cuenta todavía más que yo no tenía nada que ver con ellos, en general, aunque fuéramos todos de la misma generación... Para mi el mundo era otro; yo vivía otras cosas todos los días, tenía otra vida, otra forma de pensar todo. Lo realmente importante para mí eran otras cosas y, cuando yo iba al colegio, venía el nivel de madurez de mis compañeros y eran muy boludos... Sí, el colegio era como un sedante, yo era buena alumna y todo, pero no quería estar ni un segundo más ahí.
Se quedó callado. Lo miré, de refilón y a modo de reflejo me acarició la panza, y las costillas, cada vez de una forma más y más lenta. Yo seguí hablando instantes después, mirando el techo, contenida al máximo, con mis manos cerca de sus brazos.
- Desde que tengo memoria me acuerdo de hacer todo lo que me decía el médico, el kinesiologo, la de danza clásica, mi profesor de tenis; todo, todo, para poder estar como ahora. ¿Qué me iba a importar un boliche, la vida de una piba de 17 años, si me daba bola un pibe o no, con lo pelotudos que eran? Nah, dejame de joder... - pregunté, a modo de retórica, riéndome, aunque nos quedamos callados, durante unos minutos.
No se movió ni un centímetro de mi lado y no perdió la percepción del momento en ningún instante. Nada más, hizo algo que era una gran virtud en Él, disponer el terreno para que me confesara ante su presencia sin miedo, ofreciendo su oreja, como yo le había asegurado la mía cuando quisiera.
- Ojo, ésa fue la parte de mierda de la historia, pero yo no reniego de ésto. Te juro que como vos me estás viendo ahora, es la mejor versión; no tenía chances de estar así. Te juro que ahora no es nada lo que ves ahora; si me hubieses visto... - suspiré - Te juro que ahora es algo que ya pasó hace muchos años, tengo esa sensación, como que pasaron muchas cosas... - le confesé -Por eso tenía diecisiete y me sentía una vieja, te juro, - musité, entre risas - Ir a cagarme de calor a un boliche, aún con todas las oportunidades de hacerlo, no me interesaba. Era como que yo veía a mis compañeros hacerse drama, o hablar del boliche y de todo eso, como si fuera sagrado... - ironicé, mofando - y yo pensaba que eran unos pelotudos, que se quejaban por pelotudeces, que la vida pasaba por otro lado, que se preocupaban por cosas superficiales, viste... - me sonreí, pensando en voz alta.
Me quedé callada.
Igual, la vida compensa... - dije.
- ¿Ah si? ¿Cómo?
- Está a la vista - le contesté - Ahora estoy acá, de hecho, donde me hacen mimos... - me aflojé.
Dejó de acariciarme y abrió los brazos, en silencio, para que me confortara en ellos, envolviéndome de modo total, sin dejar superficie sin acaparar.
- ¿Qué pasa? ¿Hablé mucho de golpe? - le dije, después de un momento de apego muy fuerte.
Sonrió.
- Nada, nada, zonza - dijo, abrazándome muy fuerte todavía, luego de suspirar profundamente - Tranquila conmigo, tranquila... - musitó, varias veces - No te voy a morder, por ahora, no te voy a morder, no te voy a morder yo... - nos reímos, levemente.
II
Siempre consideré que, pese a que hubo otros muy distintos, éste fue el momento de más intimidad que tuve con alguien. Por la forma en que me atrajo hacia él, en la penumbra, y por la forma en que me abrazó - diferente a todas las demás - entendí que había respondido con eso a todas sus preguntas, a buena parte de sus dudas. Y que tenía, en comparación a mi cerrazón, una enorme muestra de confianza, o, en otras palabras, una enorme muestra de amor.
Aliviada, o mejor dicho, entregada, me aferré a su contextura toda como nunca antes me había aferrado a otra persona. Finalmente, entendía. Finalmente, había podido explicárselo a un destinatario capaz de interpretar todo lo que era necesario hacer en ese contexto para acompañarme, es decir, darme cariño, escucharme, e intentar no juzgarme a la primera de cambio.
Porque ésa era, después de todo, la clave: darme el espacio, a través de diferentes tácticas y estrategias, para poder mostrarle el lado más genuino de mi misma. Para darme a conocer en verdad, más allá de los miedos, para quitarme por primera vez la coraza y revelar acto seguido, algunas de las cosas que me habían hecho la que era cuando tenía diecinueve años. La que era, sí, y la que durante ése abrazo tan simbólico, también se dió cuenta que lo amaba.