sábado, 31 de marzo de 2018

Promesas

* entrada escrita hace casi un año a la fecha, aunque sepultada en borradores. 

Cuando Urtu se separó vino a tocar el timbre de mi casa, un domingo a la noche, para hablar con mi padre. Él le estaba haciendo unos arreglos medianamente grandes en la casa donde hasta ese momento vivía con su familia, ya que así comenzó lo que más adelante derivó en esta amistad. Urtubey era, junto con su mujer, originalmente un cliente más de mi padre. Un cliente, nada más, a lo sumo un vecino. Uno de esos tantos hombres/mujeres de esos que llamaban a casa, cuando no estaba en auge el teléfono móvil, preguntando por mi papá y ya me reconocían la voz cuando manoteaba el tubo. Y también ya sabían que era responsable y cumplidora con eso de pasar los recados a clientes, memorizar teléfonos y anotar la gente que había llamado para pedir un presupuesto; porque desde los ocho o nueve años me habían enseñado que cada llamado era importante, que podía ser un "llamado de trabajo".  

Lo suyo, en cambio, no fue un llamado de trabajo, sino, una reunión de emergencia para decirle que la reforma magnánima quedaba cancelada por motivos de fuerza mayor. Mi padre le dijo que estaba todo bien, pero en general, más allá del dinero y de lo que cuesta todo, lo preocupó el estado que había asumido quien ya consideraba un buen conocido, algo así como lo más cercano que tuvo, durante estos últimos años al menos,  a un amigo. 

Con la reforma cancelada de un día para el otro, no sólo Urtubey se quedó sin matrimonio, sino que mi papá se quedó sin trabajo, en Pampa y la Vía, de un día para el otro.  En su momento, de todos modos, su amigo le dijo que le iba a pagar todo lo que correspondiera a las diferencias, a las cosas que él ya había hecho;  conocedor absoluto de toda la dinámica de mi hogar. Le dijo, además, que se lo avisaba porque  sabía, ahora, todo lo que eso implicaba también para nuestra familia.  

II

 Urtubey, que estaba realmente devastado. La vida construida se le caía a pedazos y, ahora, tenía que salir a rifarla para poder afrontar los problemas. Pensando en eso, no sé por qué recuerdo que, unas semanas después de ese domingo él tocó el timbre de mi casa en un horario atípico. Se había pedido una licencia breve en el trabajo y había pasado por mi casa a mediodía, entonces, sucedió lo inesperado: de casualidad, vino uno de los peones, compañero de trabajo de mi papá, a consultarle por el asunto de la obra parada. Mi padre, en medio de una charla complicada, se levantó y salió hasta la puerta para dar la cara ante otra conversación igual de incómoda... Y, ante esa ausencia momentánea de mi papá, quedamos mi madre y yo, frente a la infinita tristeza, o en realidad, quedé yo sola, porque  ella nada más se sentó en la punta de la mesa y se quedó callada. 

III

Sostenía una manzana verde, todavía me acuerdo, y la pelaba con paciencia. Le ofrecí y negó con la cabeza, entonces, lo miré. Ahí me dí cuenta que tenía los ojos llenos de lágrimas, esos ojos verdes que tiene, todos llenos de lágrimas, enrojecidos y vulnerados.  Dejé la manzana a medio pelar y sacudí la cabeza, sin saber qué decirle, pero realmente afectada por su tristeza. 

- Urtu, esto no es tu culpa - le susurré, de improviso.  Se le cayeron dos lágrimas que se limpió, enseguida, abrumado - Vos no sos quien tomó la decisión de pausar una obra grande, ni tampoco, de sus consecuencias. No la podés seguir solo, era un proyecto conjunto, y ¿de qué tenés la culpa, eh? 

Sacudió la cabeza, avergonzado. 

- Estoy muerto de vergüenza por todo lo que está pasando - dijo, nada más - Se me cae la cara de vergüenza por esto que está pasando, te lo juro, realmente, te lo juro... - me dijo. Le creí, automáticamente, casi.  Mirarlo era como asegurarme de que me decía la verdad, de que nada era teatro. 

 -Te pido disculpas, por esta situación de mierda - musitó y miró a mi madre, haciéndolas extensivas - Quisiera que tu papá siga trabajando, en casa, sin dudas, yo no quisiera que otra persona se encargue de la casa - musitó-  si yo tuviera el dinero que se necesita sigo adelante con todo el proyecto, porque me encantaría que tu papá me termine la casa. Y sé que él vive de esto, yo te juro que eso lo sé - insistió. 

Sentí ganas de agarrarlo de las manos, de los brazos, porque hablar, sinceramente, no podía. Lamenté que estuviera mi madre, moralina, incluso, en ciertas situaciones de ésta clase. 

 - Pero... - suspiré, buscando el modo de confortarlo con el lenguaje más allá del ponerle el cuerpo a la pérdida ajena - ¿Querés que te sea honesta? Sí, es una cagada en todos los sentidos la situación, porque la plata importa, porque uno no vive del aire; pero hoy está a la vista que no lo es todo, sí, no solucionaría todo esto contar con esa guita, aunque te parezca un chiste, porque lo tuyo por ejemplo no pasa por ese lado...  - lo alenté - Pensalo al revés, de tener plata, vos no estarías acá, dando la cara, con tanto valor, pese a la vergüenza que podés sentir. Habla bien de vos que estés acá, más allá de la plata, dando la cara. No tiene precio, esto. 

Miré a mi madre para que me ayudara pero mi madre nada más se limitó a mirarnos, desde afuera, dándome la sensación de invisibilidad. Urtubey me miró, pero enseguida bajó la cabeza. 

 - Esto no dependía de vos, no tenés la culpa. De alguna forma, confiemos en que todo esto se va a ordenar de la mejor manera para todos, para los dos. Todos los que te conocen saben la persona que sos, más allá de tener cuestiones de trabajo con mi papá, sos su amigo - argumenté - Queremos mucho al hijo hermoso que tenés - ambos sonreímos - y te queremos, te conocemos a vos también. 

Por suerte, Urtubey, ya tenía los ojos secos, en su verde agua habitual.  

 - Nos importa lo que te pasa, no desde la plata, sino porque sos un buen tipo, un buen tipo... 
- Es que yo quiero cumplir con tu papá, porque sé lo que significa esto - musitó - Veinte, me da bronca, mucha bronca no poder hacerlo...  - me explicó.
- Ya lo sé Urtu, todos lo sabemos acá, y de a poco, se van a ir acomodando las cosas para vos y para nosotros tres - insistí. 

Me miró. 

- Yo te juro que no lo quiero cagar a tu papá, que no lo voy a cagar a tu viejo - insistió. 

Nos miramos fijamente. Me produjo dulzura su juramento. 

- Te juro que me gustaría tener un millón de dólares para que, en este momento, no estés pensando en la plata. Si los tuviera, no dudaría en hacer mitad con mi familia y mitad para vos con *** - sonreímos, levemente, ambos. 

Cada uno estaba preocupado y triste a su manera. 

- Hay que tratar de calmarse, ahora, aunque parezca frase trillada.  Vos estás muy angustiado, no te castigues más, no te hace bien, no es algo que vos pudiste elegir, no sos el malo de la historia, tampoco en esto ¿estamos? - insistía yo, de nuevo.  

IV

Pensar que Urtubey, un año después de éstos momentos, sigue viniendo a casa, a tomar mate o me encuentra en una cafetería con una amiga, y entra con su nene, a saludarme, de sorpresa. Pensar que Urtubey sale con cuanta mina existe, pero no se ríe ante los chistes que me hacen mis padres en relación a los hombres, inclusive, frente a él. Pensar que, afortunadamente, cumplió con su palabra y, en más de un sentido, "no cagó a mi padre". 

V

Lo curioso es que esa imagen tan vulnerable y cercana de Urtubey, en mi caso, se modificó enormemente con el tiempo, básicamente, porque ocurre una cosa: a mí no me cuenta más que versiones recortadas de su mundo, donde no sale ni está con ninguna mina y, por mi parte, jamás me preguntó por un pretendiente, ni tampoco, mostró una sincera risa ante ciertos chistes. Es como si no viera esa posibilidad, como si la anulara y, por lo demás, como si yo estando soltera promoviera el mismo movimiento de eludir otras capacidades. 

 De lo demás, muchas veces, ya tampoco hablamos, distantes en el tiempo, cada uno en su orilla, a veces, mirándonos de soslayo. Se nota que no sabe abordarme, que recoge un permanente dejo de vergüenza, y que, por mi parte, yo también asumí un rol indoloro. 

Hoy sé, independientemente de un montón de cosas que veo y de las que ya no me extraño, por suerte,  que éste muchacho ha elegido la amistad con mi padre, en más de una escala. Y que no lo va a defraudar,  en especial, porque conoce cuán susceptible es en ése aspecto.  Hoy sé también que la mirada se la amansa cuando me acerco a saludarlo, que a veces lo engancho mirándome de casualidad - mientras se hace el que mira la televisión de mi cocina - y no me asombro de que rehuya la vista, si se me da por ignorar la pantalla y volver la vista para cebarme un mate.  

¿Qué pasó, en definitiva? Yo también elegí a mi familia. Y considero que ésto es lo mejor que podría haber pasado, honestamente.

De alguna manera, sin que sea ésto un motivo de dolor, pude seguir conservándolo todo. 



martes, 27 de marzo de 2018

"La imposible"

- Vos sabés que sos la imposible, para mí - me escribió - Te escribo aunque no sé que no me vas a dar bola... 

Acababa de hacerle un chiste, es decir, acababa de escaparme haciendo un chiste porque... bah, es muy largo de explicar. 

- Yo no soy imposible, yo soy dura... - le expliqué. 


(...) 

- Si es cuestión de perseverancia, es mi fuerte - admitió. 
- La cosa es justamente eso: no es perseverancia, es conmoverse - le aclaré - Te juro que yo no soy mala, pero... - suspiré y se lo escribí: - yo no sirvo para estar porque sí; todo lo genuino de estar al lado de alguien pasa por compartir tiempo de calidad, no de recibir miguitas (...)   Y yo para ser genuina, necesito conmoverme. 

(...) 

- Estoy seguro de que no te deben faltar oportunidades con ningún tipo, a vos - aseveró. 
- No son los otros, soy yo - admití - No puedo conmoverme, de esa manera, por nadie. Te juro que tengo un montón de oportunidades, y no es por hacerte sentir mal a vos, sino para serte honesta. No son los demás, es uno ¿me entendés?

(...) 

- Deberías darte la oportunidad... - dijo, solamente - ¿Qué te puedo decir yo? No soy quien para aconsejarte, lo que pienso de vos me lo quedo para mí, pero... me parece que deberías. 

- Sí, puede ser. 

- De todos modos, yo no te quiero juzgar - me aclaró - Mientras que vos estés contenta, todo está bien. 

Se me pusieron duros los dedos. 

- No estoy ni triste, ni contenta ¿sabés? - le confesé - Eso es lo peor. 


II 

- ¿Qué tal, ****? - preguntó, mi madre. 

Me encogí de hombros. 

- Bien, supongo. 
- ¿Hablaron? 
- Ayer, un poco. 
- ¿Y, qué dice? 
- Nada - suspiré - Mandó un CV al Banco *** . Están pidiendo Abogados. 

Mi madre sonrió. 

- ¿Y cómo se enteró? 

- Le avisé yo. 
- ¿Ah, sí? 
- Si no le puedo dar amor, por lo menos, me alegraría mucho que consiga el trabajo que desea - ironicé.  

Suspiró. 

- Qué lástima que no te gusta, ¿eh? Parece un pibe tan bueno... Además, siempre está ahí, viendo a ver qué pasa, intentando a ver si le das pelota, tratando...

Asentí, pesadamente. 

- Ayer me dijo que yo era algo así como imposible para él - le confesé a mi mamá - Me sentí mal, porque me pone en un pedestal innecesario. 

Mi madre me miró, atentamente. 

- ¿Cómo? 
- Como la persona que le gustaba, para estar bien, en serio; pero que sentía inaccesible  - espeté, espantada - Parece que nadie entiende que yo tengo sentimientos y que no es tan difícil estar al lado mío...  - murmuré. 
- Pobrecito... Es un chico bueno, pero... - se encogió de hombros - ¿Qué vas a hacer? No te gusta. 

- No de esa manera. Me gustaría que fuéramos amigos, pero no me animo a proponérselo. Sé que es un engaño para ambos, porque definitivamente aspira a otra cosa. Los premios consuelo son dolorosos. 

- Bueno, pero quizá si lo conocés primero, después, te guste... 
- Mami, no me atrae - suspiré, pero me quedé callada - Yo sé lo que es mirar a alguien y saber que es imposible, que está lejos; y no quiero que sufra, pero ¿qué querés que haga? - inspiré - Me gustaría que se de cuenta que merece algo mejor que yo, una persona que realmente lo acompañe, que lo quiera; conmigo es re bueno, pero no me produce nada... - seguí barriendo el piso. 

Miré a mi mamá. 

- Es una cuestión de darse la oportunidad a uno mismo, el amor, más allá de darle la chance al otro y que nos corresponda...- reconocí - Y yo no me doy la oportunidad, y con él, no me pasa nada como para dármela...  - dije, de pronto.

Mi madre se me quedó mirando, ahora, y por fin, en silencio.

-Eso también se lo dije - acoté.

(Todavía no termino de entender a quién se lo dije: si a éste muchacho, si a mi madre, o a mí, aunque lo hayamos escuchado - o leído - los tres)

domingo, 25 de marzo de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: Ser o perecer

Me gustaba que me abrace porque, dentro de sus brazos, parecía que no había espacio para nada malo, o al menos, capaz de filtrarse entre su piel y mi piel. Me gustaba que me hiciera caricias, despacio, porque entre su contacto y mi suavidad, no se podían constatar diferencias palpables. Me gustaba que me acariciara la cara, que me "robara la nariz" o que me diera besos en el pelo, porque todos aquellos gestos, por lo demás, denotaban una ternura imposible de subestimar. Me gustaba que me besara, contundente, porque se borraba el mundo y todo cuanto parecía tener peso, lo perdía, ajeno a la gravedad.

II

Luego de una jornada universitaria, en pagos lejanos, con un enorme cansancio acumulado, ese viernes por la noche me quedé consigo un buen rato. Hablamos, bastante, sobre cosas cotidianas. Hablamos un poco sobre mi día, lo cual me resultaba bastante inusual y le contesté muchas preguntas. 

- ¿Voy mejorando con el dialogo? - le pregunté, a sabiendas de que se ponía ansioso cuando yo me quedaba mirándolo, callada y Él pensaba que algo malo había pasado. ¿Cómo decirle "te miro así porque no puedo creer que estés conmigo"? ¿Cómo decirle "te miro así, sin poder decirte nada, porque me invade todo lo que siento"? ¿O resultaba mejor confesar algo como "te miro porque todavía no entiendo cómo te puedo querer tanto, cómo me gustás tanto, cómo me hacés sentir"? 

No, definitivamente, la cuestión radicaba en mirarlo ante todo lo que por ese entonces nunca había sentido por nadie ni, en cierto modo, había pretendido decir con tanta seriedad. Mirarlo, básicamente, era mi forma de decir lo indecible; porque no todos los sentimientos en un estado tan puro se le puede atribuir una equivalencia precisa a través de las palabras.

- Me gusta esto - reconoció - Me encanta que hables, quiero saber, yo.

Sentí un calorcito en el estómago. Me causó ternura lo que dijo, siendo una de sus mayores virtudes - me sorprendía a menudo con eso - el escuchar. Y yo, que por lo general estaba más para escuchar que para hablar con la mayoría de las personas, por primera vez me encontraba con un espacio y un interés en lo que fuera que tuviera para decir, que por momentos, sentía que me cabía demasiado grande. ¿Qué tenía para decirle? ¿Mis alegrías, mis miedos, la relación con mi familia, mis amigos, mis sueños? ¿De verdad me quería conocer tanto? ¿Qué iría a hacer con eso?
  

- ¿Qué más querés saber? - pregunté, en buenos términos, para orientarme un poco. 

- No sé, todo - se rió - ¡Yo quiero que me cuentes todo! - exclamó, riéndose - Esas cosas que no le decís a nadie...  

- ¿Todo? - me reí - ¿Estás loco? 

Asintió. 

- ¿Vos tenés secretos, no? 

Me puse seria. 

- ¿Secretos, yo? Nah - le hice un gesto restándole importancia a la pregunta. 
- Bah, me expresé mal...- se corrigió - Cosas que no le contás a nadie, que no hablás, que te las guardás. 

Me dije que sí, para mis adentros. 

- Mhmm - admití, en otro tono.

De esa clase de cosas había un montón dentro de mí.

- Bueno, a eso voy. Podés hablar de lo que sea conmigo, de lo que quieras contarme, siempre. 

Suspiré. 

- ¿Qué querés que te cuente para que me conozcas y no creas que planeo matarte como una bruja? 
- Por favor, sí... - musitó.
- No te quiero matar...  - suspiré, por tandas - tanto.
- Yo quiero saber cosas importantes... Cosas privadas de vos- se rió.
- ¡¿Por qué querés saber todo?!
- Porque sí, quiero saber... - espetó - Todo quiero saber, así te vuelvo loca...

Me reí.

- Vos querés enterarte de cosas privadas porque sabés que yo no abro la boca ni loca... - me reí - Es más, es más:  Querés saber mis puntos débiles, porque estás planeando matarme ¿no?

Se rió.

- Sí, te voy a matar...

- ¿Ah, sí? ¿Me vas a matar?
- Sí, ya lo tengo pensado...
- Uy, qué miedo bárbaro que me agarró - lo gasté - ¿Cómo lo planeaste?
- Hago muchas cosquillas, yo.
- Ah, claro... - medité - ¿Sabías que yo muerdo?
- ¿Y vos creés que con morder te vas a salvar de mi ataque de cosquillas?
- Te juro que te muerdo... - lo previne - Tengo muchas cosquillas.
- Mordeme, qué me importa - asumió el reto - No vas a zafar de ninguna forma de mi ataque.
- Si vos me hacés cosquillas, no voy a poder hablar...
- Entonces, es simple: o confesás tus secretos o te bancás mi ataque de cosquillas.

Me reí, histéricamente, sin que me hubiera hecho una sola cosquilla. Era solamente la idea, tal como me sigue sucediendo, lo que ya me tentaba.

- Por favor, no, cosquillas no - le supliqué - Por favor, cosquillas no...
- ¿No me vas a morder?
- A menos que me lo pidas, no - le confesé.

Empezó a reírse.

- ¡¿Y qué, si te lo pido, sí?!

Me reí, atrapada.

- Yo me defiendo con uñas y dientes, literalmente, señor... - musité - Y en momentos de desesperación, muerdo, sí, soy capaz de todo...
- Si si si... -me burló - por defenderte, hasta con las palabras. Lo demás lo contas en tu diario, seguro.

Suspiré, de nuevo y me adormecí un poco más en torno a sus caricias.
  
- Te voy a contar un recuerdo feliz de cuando era chica - lo previne - A mis hermanas, les encantaba tocarme la panza - mofé, recordando.  

Se rió, levemente. 

- ¿Ah, sí? 
- Siempre - me avergoncé - Cada vez que tenía un examen, la cábala secreta entre nosotras, era dejar que me tocaran la panza, porque les daba suerte. Les gustaba, según me dicen siempre, porque era suave y desde chica, cuando era bebé, me hacían mimos en la panza... Ademas era gordita,  como los budas. 

Se sonrió. 

- ¿Eso significa que yo voy a tener suerte? 
- Sí de mi dependiera ... - sonreí. 
- ¿Vas a darme suerte? 

Asentí. 

- Siempre.  Antes de irte a trabajar, vos también vas a tener que hacer tu cábala propia. Imaginate, llegar a la mañana y que te llueva trabajo - me reí - Vas a venir acá desconcertado, pensando que te di suerte, que la piel suavecita: pero eso si, repleto de arreglos...   - nos reímos, a coro. 

Me acarició, como era de esperarse, mi mundano abdomen, es decir, el espacio entre las costillas, o al menos, la piel tirante que las recubre. 

-  Bienvenido al club... -lo burlé - Ojala que el lunes te salga todo lindo y hagas tus negocios, asi comprobamos la efectividad...

Se rió. 

-  ¿Por qué hacían esto? 
- Mi hermana, pobre, cuando estudiaba para la facultad, me cargaba con eso. Las chicas siempre fueron muy muy cariñosas conmigo. Me hacían de todo cuando era bebé, era su muñeca viviente - suspiré, con cariño - .Y bueno, hasta los diez años, hacíamos esto...  Después, crecimos. 
- ¿Y resultaba? ¿Te la bancabas de parte de tus hermanas? 
- Sí, por lo menos, era mi forma de ayudarlas... 

Mofamos, a dúo. 

Me contorsioné, acto seguido, para hacerme sonar los huesos de la espalda, doliente e inflamada. 

- ¿Qué pasa con el cuello y la espalda? 
- Estoy re contracturada... - me estiré, de nuevo , intentando que cediera el dolor, cerrando los ojos. 
- Vení, a ver...  - dijo, solamente y me tocó apenas la base de los hombros.  Dolía de lo peor. 

- ¡Ay! - espeté. 

 Sonrió. 

- ¿Por qué no me dijiste antes que estabas así? - chasqueó la lengua - Cabezona que sos... 

- No me dí cuenta, no sé - reconocí. 

Se rió. 

- Ay, Dios, ella, que es autosuficiente y orgullosa - admtió, sacudiendo la cabeza - ¿Siempre llegás así de contracturada de la facultad? - preguntó, en susurros.

Asentí con la cabeza, mientras me acomodaba. Con sencillez me dispuse a uno de los mayores placeres que, a mi manera de ver, existen en la tierra: los masajes de una persona a quien queremos y que, en un acto de generosidad, se toma dos minutos de su tiempo para mimarnos. Recostada boca abajo, con la cabeza de lado, el mío fue un gesto de confianza. Aprovechándome de ella, y sosteniendo toda mi credulidad en sus manos,  una de las claves (que lo convertían en un verdadero caballero, al menos conmigo) eran los ritmos. Porque consigo para todo, absolutamente para todo, estaba más que bien tomarse un tiempo. Porque la dicha parecía elástica, admisible, y posible, inclusive para mí, una arisca sin remedio.


III

- ¿Te sentís mejor?

- Si... Gracias - dije, en voz muy baja.

- Estás muy contracturada - me señaló, haciendo una leve presión sobre mi cuello en todos los puntos inflamados.

- Sos muy bueno en esto... Qué cosa...

Se rió.

- ¿Y por qué ese tono enojado? - preguntó, mimoso.
- Porque me olvido de que querés que te confiese mis secretos - me reí un poco.
- No, relajate. No me cuentes si no querés. Te voy a robar tu diario, asi que relajate - bromeó.

Me relaje en verdad pese a las bromas... Y una vez instalado, Él mantuvo el silencio, luego de ese comentario, abocándose en la labor que llevaba adelante. Una labor concienzuda, delicada y firme al mismo tiempo, es decir, una labor bien hecha.

 En mi mente, para ser honesta, yo no podía pensar en nada más allá del virtuosismo que estaban desplegando sus manos, concisas y seguras, en mi espalda, en mis hombros, en mi nuca o en mi cuello. Pese a todo, pese a tantos años de distancia, había un equilibro exacto entre la solidez y la ternura; entre la decisión tomada de confortarme y la mejor elección sobre los medios. Sabía cómo, sí, sabía cómo llevarme y cuando lo ganaba el desconcierto, sabía que me debía el tranquilizarlo yo. Sin embargo, ese momento, no dejaba de ser un gesto suyo, con su marca registrada.Suspiré, por ende, complacida ante los caminos elegidos. ¿Cómo y desde cuándo sabía hacer tan buenos masajes? ¿Cómo y desde cuándo me los había estado perdiendo? Para eso también había veintitrés años de cancha, no sólo de diferencia.

- De verdad, sos muy bueno en esto - espeté, sin pensar - Me estas drogando.

Empezó a reírse.

- ¿Ah si?

- Sí, no te reías.

- Me alegro que te guste - dijo, en un tono de voz particular, atravesado por la vergüenza.

(...)

- ¿Por qué hacés esto tan bien? No hay derecho, de verdad, no hay derecho...

Dudó, sonriéndose.

- ¿Hacer qué?

Suspiré, luego de una enorme sesión de masajes suavecitos.

- Ablandarme.

- Porque quiero que estés tranquila conmigo ... Me gusta hacerte mimos. Sos tan así, vos, que me dan más ganas de mimarte... - susurró, rendido - Tengo cómo objetivo que confíes en mí. Y ademas, te relajaste mucho y es un alivio... Me relajo haciéndote masajes, también por eso. Todo lo que quiero es que confies. Habla, mordeme, lo que quieras... Pero no me tengas miedo...

Sonreí, lo miré, y escondí la cara en su pecho. Supongo que esa era la circulación en nosotros: a veces, el otro, nos daba algo de miedo.

- Yo confío en vos - me reí, por lo que iba a decir - a veces... Y disfrutar, siempre. Con vos por lo menos, siempre. Menos cuando querés leer mi diario íntimo hipotético - parloteé.

Se rió, descolocado.

- ¿Cómo que a veces?
- Me ablandaste mucho...
- ¿Y eso qué significa?
- Que... - suspiré y me acerqué a su cuerpo utilizando los brazos - sí, que confío en vos.
- ¡Dios, gracias, Dios! - espetó, divertido.
- Como nunca - espeté, con dificultad, por el miedo - Como nunca confié en nadie.

Buscó mi cara, para mirarme, aunque yo no pude dársela. Estaba demasiado conmocionada porque, a través de esos pequeños momentos, entendía lo más sorprendente de todo: yo lo quería; de verdad lo quería y con cada progresión afectiva, lo que antes había sido un pensamiento o una suposición adquiría el carácter de certeza.  No era, simplemente, suponer que lo que yo sentía podía llegar a ser amor, sino, vivirlo por primera vez en toda mi vida.

- ¿Me vas a contar cosas, entonces? - me preguntó.
- Sí, seguramente, con el tiempo...
- ¿Tenés un diario íntimo? - me preguntó, riéndose.

Me reí.

- ¡No!
- ¿No?

Suspiré

- ¿No tenés una libreta donde escribís lo que te pasa? ¿No te gustaba escribir?

Me reí, pensando en éste lugar.

- Sí, tengo una especie de diario, sí - resolví - ¿Por qué?
- ¿Qué escribís?
- Cosas mías.

Se rió.

- Seguramente tenés un diario íntimo, una agenda, donde tenés todo lo que no me decís ahí anotado. Me muero por leer eso... - admitió.

- ¿Querés estar adentro de mi cabeza, no?

- Me encantaría leer ese diario y saber todo de vos, todo, todo, todo.
- ¿Por qué así?
- Me vuelve loco pensar lo que puede haber adentro de tu cabeza... Me imagino, por momentos, lo que debés pensar...

Me reí, sorprendida.

- ¿Vos creés que yo soy muy estratega, no? ¿No te das cuenta que no es así?
- Sos terrible, vos. De eso es de lo que yo me doy cuenta.
- Porque soy mandada a hacer... cagadas, a veces - le confesé - De estar escondiéndote algo no podría con esto. 

Sonrió, expulsando el aire, de pronto.

- ¿Entonces, qué hay en ese diario?
- Reflexiono sobre todo lo que me pasa...
- Yo sabía... - murmuró - Lo quiero leer.
- No, no es la idea.
- Pero... Seguramente que ahí contás todo. Contás todo, de verdad.
- Por algo es íntimo...
- ¿Dice algo de mí?

Me reí.

- Páginas y páginas enteras.. - le confesé, en broma - Ahí te puteo de lo lindo, me hago todas las preguntas y los planteos y anoto todo - le mentí, sólo para molestarlo.
- ¿De verdad?
- Obvio...
- ¿Vos escribís de mí?

De nuevo, ese tono de incredulidad me causó ternura.

- ¿Cómo no voy a escribir de vos? ¿Dónde descargo mi odio hacia tu persona si no es en el papel? - lo cargué.

Descargó su rabia, ante ese comentario chistoso, haciéndome cosquillas. En cuanto me repuse, le contesté:

- ¿Ves? ¡Esto lo voy a contar!
- ¿Dónde lo tenés guardado? ¡Lo voy a ir a buscar! ¿Escribís de mí?

Hice un parate simbólico, con un gesto de rendición.  Lo miré, seriamente.

- Sí, escribo de vos.
- ¿Qué ponés ahí?
- Lo que me pasa...
- ¿Y contás tus miedos, o las cosas que te ponen triste? ¿Todo?

Asentí, con cara de más o menos.

- A veces, sí. Cuento mi vida. Por eso, estás vos también.

Se quedó pensativo.

- Es decir que todo lo que te guardás, está en una libreta...

Mofé.

- ¿Pensás que oculto muchas cosas, no?
- .No, pero quiero saber cómo pensás - admitió -  A veces, verte las caras, o que no me digas las cosas, me pone muy ansioso. No sé si estoy haciendo las cosas bien.

Sonreí.

- Es que... - dudé - no sé qué decir... Para mí estás haciendo todo bien. ¿Qué te pone tenso? ¿Mis caras?

Se quedó vacilante, unos segundos.

- A veces, cuando vos te vas, yo me quedo pensando en tus caras. A la noche, o en la oficina, o en cualquier lado, es como que voy intentando interpretarlas - suspiró, algo tímido - Es como que le quiero poner palabras a esas caras, y a veces no las encuentro y me desespero. Hay noches en las que no puedo dormir y pienso en tus caras durante tres horas y no sé si me querés mandar a la mierda o te gusta lo que hago, como lo hago... No sé qué tengo que hacer con vos y pienso en tus caras, como un boludo a ver qué me quisiste decir...

Me reí, abiertamente.

- ¿En serio me decís?
- ¡Si, te digo en serio! ¿No me creés? ¡Me vuelvo loco yo con tus caras!
- Te juro que no soy ni la mitad de peligrosa de lo que te estás imaginando - reconocí - ¿Sabés por qué hago caras? Porque a veces es lo único que me sale ante la situación. Y te miro, y te hago esa cara, porque me siento blanda y... nunca me hicieron sentir esto.  Y no sé cómo se explica eso. Me siento una boluda, te lo juro. Eso me desespera a mí.

Se rió, acariciándome la cabeza y mirándome de costado, mientras le hablaba, mirando el techo.

- ¿Y te da un poco de miedo, no?

Mofé.

- Sí.

- Entonces viene por ahí la mano...
- ¿Te acordás lo que yo te dije, de la lanza?

Se rió, levemente.

- Sí. ¿Qué pasa?
- No me sirve con vos - le dije, solamente - ¿Entendés? Me quiero cortar las pelotas que no tengo...

"... porque te amo " completé, en mi mente.

-  Creés que te voy a comer... Por eso, a veces, me tirás tiros.
- Yo cagué con vos... - suspiré - Ya casi no puedo ni tirarte tiros ¿no te das cuenta?
- ¿Por qué?
- Porque te creo... - me reí - Me quiero matar, te lo juro, me siento una boluda...

Empezó a reírse.

- ¿Porque confías en mi?
- Sí.

Suspiré.

- ¿Sí... qué?
- Vos deberías verme como soy con los demás para entender... - musité - A veces pienso cómo soy con vos y digo "de verdad, esto no puede ser, es un choreo, es una joda, dale, qué me pasa".

Nos reímos.

- Quiere decir que podés ser mucho más jodida ¿no?
- Yo casi no creo en la gente, me re cuesta... - murmuré - No es que sea mala, ni jodida; soy distante, no sé, me cuesta un montón confiar...  Y como vos es como que me ablandás...

Volví a esconderme en su pecho. Me besó la cabeza y envolvió en sus brazos.

- ¿Por eso me tenes cuiqui?
- No te das cuenta... - suspiré - Yo no te tengo miedo, al contrario.
- ¿Segura que no me tenés miedo, ni un poquito? 
-  Un poquito - ironicé - Igual, por otro lado,  aunque no tengo ni un pato en fila en este momento,  me siento tranquila. Es muy raro ¿viste?

Se rió.

- Ah, sí, eso ni hablar... - especuló - ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Sí, dale. Aprovechá que confío en vos...  - lo burlé.

- ¿Nunca saliste a bailar, a un bar, de noche, con tus amigos? - musitó.

Me reí.

- ¿Y esa pregunta?
- Quiero saber...- dijo, solamente.
- Sí, salí - dije - ¿Pensaste que en diecinueve años nunca había salido?
- No, pero qué se yo... - se quedó vacilante.
- Sí, fui, igualmente... - le confirmé.
- ¿A boliches o a bares?
- A los dos lados...
- ¿Y no te gustaron? - preguntó, mientras negaba yo con la cabeza -  ¿Nunca te gustó un pibe... joven?

Suspiré.

- ¿En qué sentido?
- No sé, si nunca te encaró un pibe o si conociste a un pibe joven... y te gustó.
- Ay, bobo...  - suspiré - Está bien que yo no salgo a bailar, pero no vivo en un termo. Conozco pibes jovenes, chicos de mi edad, y todo...

Se rió.

- Bueno, es que yo no sabía eso.
- Salí con mis amigos; a festejar cumpleaños, cuando terminé el colegio, fui a boliches donde había gente grande y no pibes jovenes - le aclaré - lo que pasa es que antes de disfrutarlo, lo padezco. Nada más.
- ¿Ah si?
- Sí, un día, fuimos a **** con mi hermana y el novio... - ejemplifiqué - Eran todos tipos grandes y minas grandes, en su gran mayoría.
- ¿Y?
- Era un desastre, todo - me reí, recordándolo.
- ¿Cuándo fue? - quiso saber.
- El año pasado. Yo cumplí los dieciocho en enero y en febrero mi hermana salía con sus amigos y me insistió, entonces, fui.

Se rió.

- Te insistió... - resaltó - ¿Y no te gustó nada de lo que había ahí?
- No...
- Sos jodida, eh... - murmuró, cerca de mi rostro.

Sonreí.

- No, no había encontrado lo que me gustaba, o no sé, no sería el momento...  - le aclaré - Igual, tiempo después, conocí a un tipo que sí me gustó, mal. 

- ¿Y? - dijo nada más.
- Y dice que me va a comer... - me reí, confesándome.

Sonrió, sacudió la cabeza y suspiró, cayendo en la trampa. El tipo en cuestión, era Él.

- Pero yo no voy a boliches, ya - me interpeló.
- ¿Nos podríamos haber conocido en uno, nosotros dos? - le cambié la pregunta, dejando la pelota para su lado.
- No sé, supongo que si - meditó, lentamente - En la época donde yo salía, igualmente, me parece que vos no... ¿no?

Hice cuentas.

- No, no.

Se quedó en silencio.

- ¿Por qué no te gusta ir a bailar? Sos jovencita, podrías ir.

- No me gusta... - le dije - Además, mirá, vos no ibas a estar ahí...
- Bueno, pero... - dudó -  ¿Y otros, qué? ¿Nunca nadie te gustó antes, entonces?
- No, sí, me gustaron mucho otras personas... - le aseguré, para que no se creyera la única Coca Cola en el desierto -  Pero ¿cómo te explico? - pensé, buscando las palabras por un instante - ... te juro que no se... No se compara, ni hablar. Imaginate que iba a los boliches, a los bares con mis amigos, de vez en cuando, y rogaba volver a mi casa... Lo padecía, me aburría, me parecían todos unos bobos, además, se me acercaba cada uno que, ¡Dios! No, nada que ver, siempre me pareció cualquier cosa ir a esos lugares... - exclamé - Me quedo acá diez mil millones de veces... Ni hablar, ni hablar... - me reí, agradeciendo haberlo conocido.

Se rió.

- ¿Y por eso no vas a ir más?
- Es que no me gusta, nunca me gustó; y las veces donde lo hice fue por compromiso. De hecho, mis viejos, cuando veían que no salía a bailar, se quedaban ¿viste? - le confesé - La primera vez que salí a bailar tenía 17 años, y fue porque ese año terminaba el colegio, qué se yo, pensé que era el último intento de ser normal. Pero, por mi, no, ni en pedo.

Mofó, por mi acidez.

- ¿Y qué pasó? ¿Te gustó salir?
- Fue una mierda...
- ¡Guacha, por Dios! ¿Me vas a decir que no te gusta ni un poco? ¿Nada, nadie, nunca? ¿Nunca saliste de noche?

Me reí.

- Ay, pasás de exagerado a boludo, *** - lo frené - Salgo de noche, no soy una mutante, pero no esperes que vaya a los lugares propios de mi edad, quizá. Ése es el tema. ¿No salgo de noche, con el grupo? ¿No me conociste una noche, a mí? - suspiré.

Se rió, levemente.

- Pero a divertirte, digo...
- Ése es el punto: yo no me divierto de esa forma, me divierto de otras. Aunque sea joven.
- Bien, lo entiendo eso - acordó.
- Yo entiendo que pienses que soy una loca, pero es la verdad. No te voy a mentir. No soy una chica fiestera, no porque sea una suicida, sino porque no es mi onda. Además - le dije, pero me quedé callada.

Esperó unos segundos más...

- ¿Además...?
-  Que yo pasé por otras cosas, otra clase de cosas, al punto de que ir a bailar me terminó pareciendo una estupidez - le dije, finalmente - No me importaba, no me llamaba la atención. ¿Qué me iba a importar salir a bailar, si para mi la vida pasaba por otro lado? En la época donde mis compañeros estaban yendo a bailar, yo tenía otras preocupaciones en mi cabeza, que no eran mejores pero que, obviamente, a mí me parecía que tenían que ir primero.  Era como si fueran vidas completamente diferentes.

Se quedó callado, vislumbrado un tema serio, aunque asintió con la cabeza.

- Por eso, cuando me preguntás si no conocí a personas jovenes, en un boliche, si salgo de noche a ponerme en pedo... ¿Vos creés que con un tipo en el boliche yo iba a poder entenderme? - le pregunté.
- No, no sé, bah...- dudó.
- Bueno, pero, por lo menos ¿vos pensás que me interesaba estar con el chabón, una noche? ¿Apretármelo?
- No sé, qué se yo, por eso pregunto... - me dijo, dulcemente.
- Bueno, mi respuesta es que no - dictaminé - Mientras que todos estaban en una nube de pedos, para mí, no pasaba por ahí la vida. Y ojo, tampoco necesitaba hacerme «la pistola», yo no estaba conectada ni siquiera con esas cosas, propias de los pibes...-Por eso, prefiero ésto, te lo juro.

Se rió, por la denominación.

- ¿Y por dónde pasaba la vida para vos? - me preguntó, como si hubiese sacado lo más importante de todo lo anterior.

Para mí, pese a estar con la persona en quien más había confiado en mi vida hasta ese entonces, ajena a mi familia, todavía era una pregunta difícil de responder hace cuatro años.

- Por cumplir con las responsabilidades que yo tenía en ese momento, donde tenía que enfocarme en estar bien, preocuparme por eso...  - dije - La verdad es que así me acostumbré a tomar conciencia de cómo podía ser la vida y eso me cambió la cabeza totalmente...  - le confesé - No es por victimizarme ni nada, pero para que te des una idea, ya a los cuatro años, caminaba en puntas de pie, y además, por culpa de eso, me caía todo el tiempo. Así, en adelante, cosas vinculadas a eso, hubo un montón... Muchas, muchas, hasta cansarme - admití - Y te juro que, aunque te parezca mentira, esas cosas me hicieron madurar - le dije.

Se quedó sin palabras, pero yo, no me atreví a mirarlo en la penumbra. Sólo recuerdo sentir el calor de sus manos y la cercanía de su cuerpo a mi lado, y que esa presencia suya me llenase de coraje. Ya no me acariciaba, estremeciéndome de lo agradable que me resultaba el contacto, sino que mientras le contaba cosas importantes, me contenía con sus brazos y sus manos sobre mi piel. Y ése gesto, nada más, era equivalente a toda la contención del mundo. Era el campo ideal para que yo fuera entregando mi lanza, o al menos, buena parte de mi escudo protector.

- Yo te lo cuento así, y sé que vos podés estar pensando "ésta piba tuvo una vida de mierda, nunca fue feliz" - me atajé - pero, aunque suene horrible lo que te digo, todos estos momentos medios de mierda, a mi me hicieron crecer... - me quedé callada -Cuando empecé el colegio y mis compañeros me cargaban, un montón, me decían cosas que eran terribles, también la pasé como el culo, pero no por eso te voy a decir que no  tuve una vida feliz, ni nada. Al contrario, yo considero que, a mi manera, soy feliz. Tampoco me siento víctima de la situación, ni nada; sólo que te estoy contando todo esto para que entiendas que a mí me hicieron crecer estas cosas, y por eso, también ver la vida diferente - suspiré - A los 17, yo no pensaba en estar con todos los pibes del boliche, ni nada, pensaba que ojalá me entendiera con alguien, deseaba tener un compañero, alguien con quien hablar, no sé, otras cosas. Pensaba en estudiar Letras,  desde los 15, 16, por ejemplo, porque en eso sí me sentía más esperanzada, no sé, me entusiasmaba... - musité -  El colegio fue una mierda. Y en particular, los últimos tres años de esa etapa eran una meseta. Me aburría, pero sobre todo la padecía; quería terminar todo a la mierda, quería hacer mi vida - me reí, recordando cómo era casi dos años y pico atrás mi vida, desde aquél momento.

Habló, por primera vez en bastantes minutos.

- ¿Por lo que decían la pasabas mal?
- No sé, qué se yo. Más o menos a los 15, dejaron de hacerlo, así que... Dije bueno, crecieron, entendieron el sistema, y pensé que me iba a adaptar, pero no, me di cuenta todavía más que  yo no tenía nada que ver con ellos, en general, aunque fuéramos todos de la misma generación... Para mi el mundo era otro; yo vivía otras cosas todos los días, tenía  otra vida, otra forma de pensar todo. Lo realmente importante para mí eran otras cosas y, cuando yo iba al colegio, venía el nivel de madurez de mis compañeros y eran muy boludos...  Sí, el colegio era como un sedante, yo era buena alumna y todo, pero no quería estar ni un segundo más ahí.

Se quedó callado. Lo miré, de refilón y a modo de reflejo me acarició la panza, y las costillas, cada vez de una forma más y más lenta. Yo seguí hablando instantes después, mirando el techo, contenida al máximo, con mis manos cerca de sus brazos.

- Desde que tengo memoria me acuerdo de hacer todo lo que me decía el médico, el kinesiologo, la de danza clásica, mi profesor de tenis; todo, todo, para poder estar como ahora. ¿Qué me iba a importar un boliche, la vida de una piba de 17 años, si me daba bola un pibe o no, con lo pelotudos que eran? Nah, dejame de joder...  - pregunté, a modo de retórica, riéndome, aunque nos quedamos callados, durante unos minutos.

No se movió ni un centímetro de mi lado y no perdió la percepción del momento en ningún instante. Nada más, hizo algo que era una gran virtud en Él, disponer el terreno para que me confesara ante su presencia sin miedo, ofreciendo su oreja, como yo le había asegurado la mía cuando quisiera.

 - Ojo, ésa fue la parte de mierda de la historia, pero yo no reniego de ésto. Te juro que como vos me estás viendo ahora, es la mejor versión; no tenía chances de estar así. Te juro que ahora no es nada lo que ves ahora; si me hubieses visto... - suspiré -   Te juro que ahora es algo que ya pasó hace muchos años, tengo esa sensación, como que pasaron muchas cosas... - le confesé -Por eso tenía diecisiete y me sentía una vieja, te juro, - musité, entre risas -  Ir a cagarme de calor a un boliche, aún con todas las oportunidades de hacerlo, no me interesaba. Era como que yo veía a mis compañeros hacerse drama, o hablar del boliche y de todo eso, como si fuera sagrado...  - ironicé, mofando - y yo pensaba que eran unos pelotudos, que se quejaban por pelotudeces, que la vida pasaba por otro lado, que se preocupaban por cosas superficiales, viste... - me sonreí, pensando en voz alta.

Me quedé callada.

 Igual, la vida compensa... - dije.
- ¿Ah si? ¿Cómo?
- Está a la vista - le contesté - Ahora estoy acá, de hecho, donde me hacen mimos... - me aflojé.

Dejó de acariciarme y abrió los brazos, en silencio, para que me confortara en ellos, envolviéndome de modo total, sin dejar superficie sin acaparar.

- ¿Qué pasa? ¿Hablé mucho de golpe?  - le dije, después de un momento de apego muy fuerte.

Sonrió.

- Nada, nada, zonza - dijo, abrazándome muy fuerte todavía, luego de suspirar profundamente - Tranquila conmigo, tranquila... - musitó, varias veces - No te voy a morder, por ahora, no te voy a morder, no te voy a morder yo... - nos reímos, levemente.





II

Siempre consideré que, pese a que hubo otros muy distintos, éste fue el momento de más intimidad que tuve con alguien.  Por la forma en que me atrajo hacia él, en la penumbra, y por la forma en que me abrazó - diferente a todas las demás - entendí que había respondido con eso a todas sus preguntas, a buena parte de sus dudas. Y que tenía, en comparación a mi cerrazón, una enorme muestra de confianza, o, en otras palabras, una enorme muestra de amor.

Aliviada, o mejor dicho, entregada, me aferré a su contextura toda como nunca antes me había aferrado a otra persona. Finalmente, entendía. Finalmente, había podido explicárselo a un destinatario capaz de interpretar todo lo que era necesario hacer en ese contexto para acompañarme, es decir, darme cariño, escucharme, e intentar no juzgarme a la primera de cambio.

Porque ésa era, después de todo, la clave: darme el espacio, a través de diferentes tácticas y estrategias, para poder mostrarle el lado más genuino de mi misma. Para darme a conocer en verdad, más allá de los miedos, para quitarme por primera vez la coraza y revelar acto seguido, algunas de las cosas que me habían hecho la que era cuando tenía diecinueve años.  La que era, sí, y la que durante ése abrazo tan simbólico, también se dió cuenta que lo amaba.

jueves, 15 de marzo de 2018

Vacaciones



Haciendo coincidir deliberadamente con mis vacaciones académicas, dejaré éste espacio seguramente por algún tiempo corto (siempre es corto, ya se sabe).  Pretendo desenchufarme, ni más ni menos.  

Volveré, seguramente, prontísimo,  para catartizar. 
Ojalá me acompañen las buenas noticias. 

Debajo, para variar, si alguien tiene ganas de leer, hay un centenar de entradas para distenderse o pasar el rato. 

¡Hasta dentro de algunas semanas! 

miércoles, 14 de marzo de 2018

Literatura, cuanto menos, ficción: El secreto de sus ojos

Tomé de camino mi celular y desenchufé el cargador, agradeciéndole con una mirada. Después de eso,  escuché sus pasos detrás de mí, a lo que enseguida se sumaron sus manos, por mi espalda. Asumí la posibilidad de su contacto como un inevitable del amor que sentía por esos meses. Le sonreí, avergonzada y buscó mis ojos hasta que no me quedó otra que mirarlo, y con ello, dejar en evidencia todos mis sentimientos. 

- ¿Algún problema? – sonrió, un poco preocupado. 

Negué con la cabeza, aunque enseguida me dí vuelta, para apoyar aquél aparatejo en la mesa, considerando que corría peligro entre mis manos flojas.  

- Estaba sacando el celular. Ya se cargó – dije, dejándole también el cargador sobre la mesa. 
- ¿Segura? – me miró, vacilante. 
- Segura, sí – me reí, tontamente - ¿Quién creés que va a ser a ésta hora? - pregunté, sintiendo el peso de sus manos sobre mis hombros, casi a la altura de la nuca. 

Me miró, dejando caer sus manos a mi alrededor, y se rascó la barba de apenas unos pocos días.  Aproveché para darme vuelta y silenciar el celular, definitivamente, evitándome el ser molestada. 

- Quizá tu mamá – se rió – Te va a llamar y te va a decir “Veinteava ¿dóooooonde estás, qué pasa, qué pasa con ese tipo? “ – parodió, acariciándome. 

Empecé a reírme, tentada, además, por esa magistral invitación de mi madre y su tono juicioso que, si bien él desconocía de primera mano, hacía de maravilla. 

- ¿Cómo me dice? ¿Cómo, cómo?  – me reí, acercándome también para que siguiera peinándome los mechones detrás de las orejas – No te preocupes por eso. Mirá – le mostré la pantalla del celular sin ninguna llamada - ¿No ves?  – musité. 

Me sonrió. 

- ¿Y el tuyo? - pregunté. 

Me señaló con su mentón una mesita alejada. 

- Espero que no suene, honestamente - le confesé. 

Negó con la cabeza. 

- ¿No, qué? - sonreí. 
- Lo apagué - musitó. 

Lo miré, sorprendida. 

- Me siento privilegiada... - espeté, sorprendida, porque Él usaba el celular para trabajar y, por momentos, no concebía la idea de dejarlo apagado - ¿Y si te llaman a vos? 

Se rió. 

Agarré mi teléfono, le hice un gesto preventivo, y le mostré la pantalla con la luz de despedida. 

- Ahora sí, oficialmente, nadie nos va a molestar - festejé, con un gesto cuasi futbolístico. 

Me miró, sorprendido, y sacudió la cabeza varias veces, con una leve sonrisa. 

- ¿Vamos a seguir mirando la película o no? – pregunté, jocosamente. 
- Busquemos una, en serio… - sonrió. 
- ¿Me prometés que no va a tener como argumento la trata de mujeres? – pregunté, producto de una cuestión embarazosa anterior. 

Enseguida se puso colorado. 

- Es que te juro que no me dí cuenta – se rió – Me la recomendó mi viejo, y no la había mirado. Pensé que estaba buena para que la veamos juntos, me dijo que era una película con buen argumento, pero no me imaginé que consistía en eso  – le sonreí. 
- No pasa nada, bobo...  – espeté, con franqueza  –Busquemos otra…  
- ¿Segura? – sonrió, entusiasmado - Busquemos otra, dale...  ¿Qué genero te gusta? 
- Suelen gustarme algunas independientes, cine francés al estilo Los amores imaginarios o, no sé, las nacionales – le escupí – O las de Pablo Trapero, también – dije, recordandolo a último momento, y Él  me miró raro. 

Empecé a reírme sola. 

- ¿Qué esperabas que te dijera? No te veo mirando una película romántica conmigo, de esas comedias típicas - le recordé. 
- ¿Te gusta eso? - me miró, extrañado, aunque sin valor ofensivo.  
- ¡No, era un chiste! Me gusta el cine nacional, y alguna que otra película en particular... - reconvine - Igualmente a vos te fascina el cine, así que tomá la posta. ¿Querés que miremos la que te recomendó tu papá? 

Nos miramos, sonriéndonos, porque la asociación ya estaba instalada. 

- No, no te quiero espantar… - se rió. 
- Dos escenas, veinte minas en bolas, ahí bailando en un caño…  – le recordé, entre risas – Está muy bien para un programa como el nuestro – lo burlé. 
- No seas mala conmigo – hizo su habitual gesto, como si fuera un rezo– Te lo juro por lo que quieras que yo no sabía, no pensé que era una película tan explícita desde la primera escena - me informó - Hace un tiempo me la recomendó y últimamente, vengo con la cabeza en otra, entonces, no la miraba... Estoy volado… - sonrió . 
- Vaya Dios a saber en qué andás pensando… ¿no? Ya ni cine te deja mirar la gente, ¡ni cine podés mirar tranquilo! 

Sonrió y sacudió la cabeza, complacido. 

Luego de un exhaustivo estudio de su enorme arsenal de películas, perfectamente ordenadas en amplios estantes, dictaminó: 

- No tengo nacionales… - dudó. 
- Tenés criterio, así que… – espeté – Elegí una con buena trama y la miramos. 
- ¿Yo solo elijo? 
- Anda pasándome – le pedí, con las dos manos – Pero no te vayas lejos – le advertí, falsamente. 

Se sentó cerca, y mientras evaluaba las opciones sentada en posición de indiecita, noté que estaba mirándome.  Ahí, precisamente, en ese momento tan cotidiano y feliz, me dí cuenta por primera vez que su mirada irradiaba vida, que me miraba distinto, como si estuviera atrapado. 

II


Cuando me encamine por el pasillo en una manera inconsciente de escaparme, El me siguió.  Mientras lo sentía caminar detrás de mí, pausé mi paso y quedé mirándome al espejo unos minutos antes de empezar a emprolijarme. Sí, quería confirmarlo: estaba feliz, muy feliz y asustada, pese a que intentase disimular el miedo y sobrellevar la alegría.  Mirándome o en realidad mirando a la chica que era yo en esos días, pensé qué era lo más llamativo; por qué había necesitado constatarme, al mismo tiempo que intentaba desentrañar de qué se trataba su mirada, ésa mirada que me estaba dedicando Él, en simultáneo. Todavía no comprendía que aquellas eran, por aquel entonces, también las coordenadas de su conmoción y sobre éso de a poco iba aprendiendo, como si leyera en braille todas las claves que me deparaba desentrañar en qué consistía la brillantez de esa vida posible, de esa unión, dónde radicaba su verdadera belleza, al margen de que casi todos los demás creyeran en un amor basado en las apariencias. 

Quizá era un despropósito para el ojo ajeno o un camino poco convencional; pero el veneno estaba dentro mío en una medida mucho más profunda de lo que hubiera podido descifrar y observar el modo en que me miraba equivalía a tocar el cielo a dos manos.  Sabia, racionalmente al menos, que estaba “empezando la vida al revés” – tal y como solía reprocharme – pero lo cierto es que a una parte mía eso no le interesaba. Si el comienzo de una etapa de mi vida consistía en empezar el camino por su revés, lo aceptaba. Si el comienzo de esa etapa de mi vida – exponencialmente más compleja pero más feliz – residía en luchar por ser auténtica y hacer valer mis sentimientos; cada paso dentro de esa vivienda y cada palabra dicha valían doblemente la pena.   Había hecho mucha fuerza para convertir mis anhelos en realidad y hacia necesitado salirme de  estructuras. No se me hacía fácil pensar en una decisión incómoda o incorrecta; porque yo sabía que detrás del miedo y del cambio, estaba el crecimiento, la pérdida de la inocencia, pero también el descubrimiento acerca de la propia identidad.  

En una época donde sentía a raudales una corriente magnética y propulsiva; en una época donde para mí el mundo era enjambre de amor que me destartalaba las conveniencias y las previsiones, finalmente, cerca de Él estaba empezando a sentirme. Algo dentro de mí, se sentía aceitado, posible, y hasta inclusive natural, como si me hubiera pasado 19 años intentando entender por qué me sentía tan cerca y lejos de mis contemporáneos, creciendo, madurando y afrontando los diferentes desafíos propios de esa etapa, con una esquina del corazón dormida.  

 Poco después comprendería que, aquélla, la de hace años atrás, era una época donde no podía entender mi propia suerte, pero dentro de lo que me era posible, a mis diciecinueve años, la vivía.   

Si, por primera vez, me estaba dejando llevar… y Él… también. 

III 

En su modo de mirarme, su modo de seguirme por toda la casa solo para saber qué iba a hacer, se asumía perdido; o mejor dicho, abandonado a la suerte, lejos ya de las consideraciones. Yo quería esa parte suya más que ninguna otra, quería ese lado vulnerable y genuino que todavía habitaba dentro de sí, más que ningún otro gesto que pudiera desempeñar para cautivarme o que creyera que era necesario desempeñar para mantenerme "interesada".   No pretendía chocolates, ni flores, ni cenas.  No esperaba regalos de sus viajes, ni tampoco, que amagara con sacar todo el tiempo la billetera, siquiera, cuando le decía que me pasara el bolso para ir al kiosco. No, no me hacía falta, aunque lo apreciaba, viniendo de Él. No quería que no me dejara pagar las cosas que consumíamos, cuando estábamos con mis compañeros. Al contrario, siempre  lo mío era una afirmación constante de mi independencia, en especial, por el prejuicio que sobrevolaba en el aire con respecto a lo económico de las relaciones donde existe una pronunciada diferencia de edad; siendo que los desestimaba en carne propia.  

Ansiaba que me quisiera, me conformaba con elegir películas juntos, con distraernos en el medio de la proyección, con sus abrazos, su interés, sus preguntas y sus modos de decirme lo terrible que era, o más bien le resultaba. Entendía su inseguridad, y aceptaba sus vacilaciones; me enternecía cuando admitía que le daba miedo y adoraba poder prometer con tanta verdad que lo quería, poder decirle en la cara, sin filtros, que yo no concebía la idea de lastimarlo, que se quedara tranquilo, que no tenía manera de pensar modos para hacerlo sufrir; que la posibilidad de hacerle daño parecía ser un sucedáneo de mi propia tristeza. Quería decirle todos los días que tuviéramos por delante: “Te juro ***, yo no tengo palabras para decírtelo, pero no se me ocurre manera de lastimarte, ni de hacerte sufrir, ni de juzgarte. No te imaginás lo que te quiero, de verdad, no puedo ni pensar en que vos sufras”. Sí, hubiera estado dispuesta, en ese momento al menos, a repetirle ésto a modo de mantra todos los días de nuestro convenio para que su coraza se fuera derritiendo, para que su miedo que había estado sepultando su deseo y su felicidad durante años, fueran el que terminase temiendo a mi presencia.  Anhelaba poder explicarle que no quería tener al lado a otra persona que no fuera él mismo, con sus ojos mansos, su rostro cansado y cuarteado; su cautivante cara de buen tipo, mi buen tipo en el mundo…  

Sí. Eso. Es decir, todo Él, al margen del contexto, los años, las oportunidades y las posibilidades. Solo Él. Eso era lo único que yo quería en momentos donde su verdad, su fragilidad y su miedo, eran del grupo de las emociones que me habían demostrado su verdad. Porque, claro que Él podía parecer un hombre muy simpático y entrador, de momento; pero una vez que se lo conocía más a fondo - y puntualmente en mi caso - mostraba un nivel de vulnerabilidad muy profundo, pese a las incontables estrategias. Sí, aún mismo no lo aparentase, en el fondo de su alma,  residía un hombre sensible que había sufrido, que había vivido y que se había escapado del dolor como más de uno, haciendo lo que podía, o mejor dicho, dándole el gusto a las frustraciones.  Un hombre a quien, considerando todas las evasivas o humoradas que plantaba en el camino para evitarse que lo conocieran de verdad; la idea de tener una propuesta diferente frente a sus ojos, lo aterrorizaba. Un tipo que le tenía mucho miedo a ser feliz.  Un tipo, precisamente, a quien yo le veía una mirada diferente esa noche en su casa, mientras buscábamos una película y nos reíamos un poco de nuestros miedos, un poco de nuestras rarezas y otro poco del mundo que seguía girando, aunque no lo pareciera, también a nuestro alrededor .

Aún sabiendo que existía temor, me sentía dispuesta a ver su miedo, a quitárselo, a calmárselo. Sí, quería que me dejase las heridas en carne viva, ya que en esa época era una enorme creyente de que el amor lo podía todo... (o casi).  No me interesaba nada de lo que pudieran decirme los demás, porque en aquellos momentos, cada uno de los matices de aquel hombre para mi eran completamente otra cosa distinta a todo lo que se veía y, inclusive, distinta a todo lo que yo había creído que Él era en un comienzo. Descubrirlo era fascinante , a medida que pasaban los meses. Desde muchos costados, sentía que estaba capacitada para entender su dolor y para aspirar a darle felicidad, mejor que junto a cualquier par etario con el que no había llegado a poder hablar con profundidad ni al que tampoco me había desvivido por escuchar. 

  La teoría había quedado rezagada; no éramos la unión de un tipo grande con una chica joven, sino que éramos nosotros. Un intento donde la práctica era deslumbrante, mucho más intensa y entretenida que cualquier prejuicio y crítica. Un proyecto donde llevarlo adelante  era, a la vez, la reconfirmación de haber encontrado a un hombre con el que yo, finalmente, me entendía. Un hombre con quien disfrutaba darme. Un hombre a quien le podía decir que estaba asustada, porque aunque no se lo dijera, lo adivinaba con un envidiable tacto, producto de la experiencia, y los años. Un hombre que me abrazaba en la oscuridad, un hombre que me tenía paciencia, que me hacía reír, que era caballero y que – incluso hasta la última vez que nos saludamos hace unos meses, – me insistía con que disfrutara, con que disfrutara todo.   Y, justamente...  Cuando ese “otro lado” aparecía, yo quería todo, aunque me suene extraño decirlo ahora, siendo que no quiero nada; sí, lo quería todo consigo.   Al punto de que fue la primera vez en mi vida donde me pude imaginar un destino menos solitario, o al menos, realmente feliz pese a que no estuviera asociado a la senda convencional.  ¿Qué iba a hacer? ¡No podía evitarlo!  Su cabeza me seducía. Su capacidad para hablarme de política, historia, humor gráfico o películas, hacía saltar y trabajar a la mía, sin colonizarla o influirla.  Su humor y esa especie de esgrima verbal que todo el tiempo jugábamos, me enloquecía y me estimulaba a la medida de lo indecible.  El goce se daba en otro nivel, es decir, también a través del juego, la palabra, y el texto, también a través de una corriente solventada en códigos comunes, en referencias políticas, históricas, literarias o artísticas que, ambos, pese a los años de diferencia, íbamos pudiendo sincronizar.  Su forma  de comprender y de hacerse entender, con solo algunos pequeños gestos, o a través de argumentaciones ricas, consistía en el eje fundamental de esa complicidad que nos desorientaba y atrapaba en la misma medida.  

¿Cómo no quererlo?  

Su manera de llevarme, es decir, de entender cuando yo necesitaba espacio, cuando tenía ganas de hablar y cuando simplemente quería que me abrazara. Su manera de no entender y preguntarme qué quería que hiciera para no verme sufrir. Mi manera, el inexplicable miedo, y la apertura suficiente para decirle que yo no quería que padeciera mi presencia, que por favor, no empezara de nuevo con que había mucha diferencia de edad y yo iba a sufrir mucho.  Quería que lo intentara, quería que estuviera ahí, conmigo, para siempre, pese a que nuestra eternidad nos durase los días.  

 ¿Cómo no iba a enloquecerme en la práctica? Era todo, el amor y el deseo, conjugados en uno. Era grande, era viejo, era mucha la diferencia, según decían todos; pero al mismo tiempo, era conmigo, a mi lado, con nuestros códigos y nuestra inusual manera de vincularnos. Era el hombre que más me gustaba en el mundo, el hombre que me ayudaba a entender que la vida no tenía por qué ser siempre un lugar triste (al menos, en el ámbito concerniente a la vinculación con los demás, ajenos a mi familia) 

¿Cómo resistirme a quererlo, cómo renunciar a quererlo?  

Había venido a hacer desastres en mi trinchera. Me estaba dejando sin soldados.  Me estaba cuidando, ayudando, comprendiendo y escuchando. Me estaba conociendo de verdad, como ningún otro, sacándome capa por capa, dejándome desnuda a un nivel mucho más complejo y profundo que el andar sin ropa.  Me estaba dejando sin defensas, logrando que bajara mi lanza lentamente; y no le daba estupor ni extrañeza encontrarse con que tenía, pese a mi juventud, algunos magullones.  

 Era Él, sí, ese tipo absolutamente normal, vecino de mi barrio, habitante de mi partido.  Era Él, sí, con su porte, con su cara, con sus arrugas, con su gesto, con sus ojos, con sus manos impecables full time y, también, con toda su imperfección…  

Y como era Él, más allá de todos los demás, no me importaba que fuera un tipo grande, autosuficiente, maduro, porque pretendía cuidarlo no de un modo habitual, sino, del definitivo. Quería tratarlo bien, pese a mis miedos y a mis malas pasadas. Quería mostrarle mi mundo, mi casa, mis amigos; todo lo que había ido cosechando en mis pocos años. Quería leerle, hablarle de literatura y mostrarle todo lo que me había alegrado alguna vez la vida, para ver si podía embellecer más la suya. Quería tenerlo al lado mío cuando me recibiera, hablarle de mis hermanas, hacerle regalitos, y despertarlo con el desayuno. Quería mimarlo, hacerle todo mi repertorio de gestos y llevarlo a conocer mis rinconcitos sagrados.  Es decir que quería cosas consigo que yo nunca había querido con nadie; cosas para las cuales había pasado toda una vida creyendo que nunca estaría preparada.  Pero en el fondo, lo estaba y estarlo, y sentir ese nivel de confianza y de cariño, pese a tantos deseos genuinos, esa noche, también me daba mucho miedo. 

 Con su forma de mirarme no hacía más que confirmarme una cuestión elemental: parecía ser igualita a la forma en que un tipo mira a una mujer de la que está enamorado. Parecía ser igual a todo lo que yo había concebido como imposible de su parte, siendo cada vez más intenso, y exponencialmente real a cada minuto. 

 Por esa razón, no por otras, a mí me daba miedo que me quisiera, me daba muchísimo miedo, hoy lo sé. ¿Por qué miedo de algo tan sublime?  ¿Miedo de que?  De ser feliz, de merecérmelo, en realidad; de perder ese racimo de alegría. De no volver a entenderme con nadie de esa manera tan linda. De que no lo aceptaran, de que no siguiera adelante, de que lo hicieran sufrir, de que no se bancara la idea de tener a una chica tan joven a su lado. Sí, a todo eso le tenía miedo. Pero no ansiaba casi ninguna otra cosa con la misma intensidad que no fuera estar consigo... Aunque misteriosamente siempre me daba mucho más miedo y temor que duelarlo, aquélla vez, me habia propuesto luchar.  Porque… inclusive con diecinueve años, ya estaba acostumbrada a que las cosas no salieran como deseaba, a los reveces, a las desavenencias con mis pares y no tanto , en todos los sentidos.  Asi que... ¿Qué tal si luchaba para ganar? Siendo que estaba tan acostumbrada a perder, la última esperanza residía en encontrar la fuerza. Al respecto, sólo era una cuestión de tiempo si Él permanecía a mi lado, demostrándome que el cálculo más desatino era el que valía finalmente la pena. 

IV 




Hace poco más de un año, recordando esos días, me confesé con una de mis dos hermanas, y le dije que “las cosas tenían un sentido luego de años de no entender por qué me sentía ajena a las personas….”. Por eso, de Él, había logrado enamorarme, porque había podido también sentirme cerca, y no solo desde el aspecto físico.  Por esos días – tal y como argumenté mientras nos aguantábamos las dos las lágrimas años después, la noche donde se lo conté – cada vez que estábamos juntos riéndonos, para mí, brillaba el mundo. Sí. Aún en medio de todas las dificultades del caso a las que me estaba enfrentando, ese mundo posible para mí me parecía el lugar donde me quería quedar... Un camino compatible entre la vida que deseaba y la vida que tenía. 


V

Sin decirle nada, dejándolo que me siguiera,  me asome a ese enorme y estilizado trozo de vidrio que llegaba hasta mis pies. Me había alejado pensando que la equivocada era yo, que “me había parecido…” verle en sus ojos una expresión muy puntual, diferente a todas las demás, que no le llegaba a los talones a ser comparable con su forma de manifestarme deseo. Y de esa mueca, de esos ojos, y de esa postura fuera de mi catalogo, había salido huyendo, dejando a un lado todo el coraje del pasado, que no nacía de los árboles....  Pero cuando había querido darme cuenta, Él estaba ahí, volcado sobre el marco de la puerta con su cabeza de lado, con sus brazos cruzados en un nudo, decidido a no dejar de observarme.  

Amaba, precisamente, esos detalles. Amaba que me sorprendiera, que fuera un dulce cavernícola respecto a su propia conmoción. 

Quedé perpleja, en consecuencia, durante algunos segundos. Lo miré, esperando una reacción que me explicase lo que gritaban sus ojos, aunque no se movió en ningún momento. Solo me miró, de la misma manera en que me había observado un segundo en la cocina estando parada frente a él; sólo me miró repitiendo la misma expresión amorosa de la que me había escapado.  Es que… era mágico y… ¿si se acababa?  Estaba muerta de miedo, de asombro y de amor. ¿Cómo explicarlo, a la distancia, si nunca llegué a entender dicho instante de otra manera que fuera ajena al modo en que se dan esos hechos que a uno lo marcan de la vida? 

Él parecía amarme. Sí, lo dije, eso me aterraba, me emocionaba y me aflojaba las piernas. Sí, eso, ninguna otra cosa más que observar en el tipo que yo también amaba, semejante mirada... Porque aunque no pudiera explicarlo con palabras, aunque no me estaba diciendo que me amaba, podía sentirlo. Sí, aunque se lea de lo más extraño, yo podía sentirlo. 

Nunca tuve el valor de decirle a nadie esto y en el momento, me resistí con todo mi valor a creerlo.  Me daba vergüenza explicar lo que había sentido en ese momento donde se detuvo el mundo, porque no tenía elementos fácticos que demostraran, en realidad, la proposición en su veracidad o falsedad. ¿Qué le iba a decir a quienes nos conocían, si ni siquiera yo me animaba a admitirlo? ¿Qué iba a decir de esa mirada, si Él se había rendido, si me había dicho sentir pero no poder al respecto meses después? Me sentía tonta, muy tonta, llena de vergüenza por no tener pruebas, por no saber decirle a nadie que algo más le pasaba a ese tipo, que no había sido simplemente culpa del destino poco feliz que algunas veces caracterizan a ciertos intentos. Me sentía triste, sola, atormentada por las dudas, al no tener otras cosas o personas con las cuales ir comparándolo.   Sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo y pude ver las cosas con distancia lo comprendí sin dudar. Ahí había amor, no era una cuestión de quitarse o atribuirse ciertas paganas calenturas. Ahí había sentimiento, certero, subyacente, embutido en el cuerpo de una persona que había pasado años sin poder demostrar lo que sentía y a quien lo había vencido ese conflicto. Ahí había, precisamente, el miedo a una vida que se  está descascarando cuando pensas que ya no tenés nada más para dar... Vaya si ahí estaba.      

Aunque sus palabras más adelante indicarían otro camino,  el de la vida sujeta a ciertas convenciones, nunca fui capaz de dudar de aquél instante, incluso, durante los peores momentos. Nunca fui capaz de poder convencerme del todo al intentar despreciarlo, si había existido esa mirada. 

Por eso, tantos años después, encontré la manera de ponerle a sus ojos las palabras que faltaron. 

VI

 Su mirada era un magma flotando que se tragaba el contexto. Su mirada era la que más miedo me había dado en toda mi vida, pero al menos en los términos románticos, también la que me había dado más amor.  Su mirada estaba allí, presente, y punto; eso era de lo único que podía estar segura hace cuatro años y de lo que sigo estando segura hoy, mientras escribo, y ya no tengo nada que perder.  El estaba allí, parado frente a mi, como si lo estuviera sometiendo al consumo de alguna droga extraña; y yo, temblaba.  Hoy reconozco sin pudor que me temblaba todo el cuerpo, aunque no me tocara, producto de su oficio, ese oficio de mirarme como si fuera una ninfa griega. 

Muchos dirán: ¿puede dar miedo algo así?  Yo digo que sí, en especial, cuando dudaste toda tu vida de que pudiera pasarte, cuando pensaste que eso le pasaba siempre a los demás, cuando no aspiraste a semejante cortejo; y, de repente un buen día, nomás, de la persona menos esperada, esa circunstancia se hace realidad. A mí me daba mucho miedo, y Él, por su parte, parece que también.  En especial cuando llega el día donde te miran, y se deleitan, y existe un otro que se rie de tus chistes. Y existe un otro que te escucha, que te abraza, que te agarra de las manos. Y ya, la vida, al menos por una temporada, se vuelve un poco más significativa.  

Al fin y al cabo ¿qué le estaba pasando al ser humano infalible, qué le estaba pasando a mi atorrante? ¿Qué estaba sintiendo, finalmente, ése tipo que me diria “yo si siento con vos, pero no puedo, perdón” o “vos y yo vamos a tener que aprender a vivir con lo que nos pasa ¿sí?” a modo de consuelo por esa discrepancia entre la vida deseada y la vida que Él consideraba necesaria para mí?   

Sí, yo fui capaz de dudar de todo, menos de una sola cosa: yo a este tipo lo quería, y este mismo tipo, me miraba como si me quisiera.  Y por eso, al margen de las decisiones, de las distancias, del tiempo y de los deberes, ésa noche, nunca supo que me había dado el mejor de los regalos:  un mundo que por fin brillaba.