Hoy, charlando con Javier, surgió una ventana para hacerle algunas preguntas. No nos vimos, y cuando eso sucede, es algo bueno. Yo andaba triste, reflexiva, masticando cosas. Él también andaba así. Me contó que estaba agotado, que habia estado todo el dia acostado, y la verdad es que lo noté bajoneado.
Mas allá de eso, nos dedicamos a charlar de todo un poco. La charla se puso graciosa, amena, hasta que finalmente se comprometió en si misma oración a oración.
Con la lluvia como marco, me doy cuenta de algo fundamental: todo lo que recuerdo de Javier, apela a las sensaciones durante el sexo. Él, me lo confiesa, recuerda modos, la visual lo consume, y yo lo entiendo. Pero en mi caso, también le confieso que es distinto. Yo apelo a lo que sabe hacerme sentir. Principalmente, eso es lo valioso para mi. Lo que me interesa del encuentro: la intensidad.
Él sabe que con los otros tipos, no suelo ceder. No por mala, sino, porque soy muy racional y me cuesta entregarme. Quiero controlar como una manera de sentirme segura, y sentir es tantas cosas menos fácil para mi. En cambio, consigo, me pasa desde hace una década algo diferente. Y es que me puede. Lisa y llanamente, es como el error en la formula de mi vida. La variable que no se ajusta. La hilacha en el vestido nuevo. Esa cosita que no va. Aquello incomodo por la sola situación de no encajar en la caja de la basura. O de la verdad. O una caja donde no me moleste para vivir.
Javier es diferente en eso. Busca dominar, dar, llevar él la secuencia. Y conmigo, se encuentra caminando en un terreno donde nunca me termina de conocer sexualmente del todo. Yo creo que no esta mal querer probar cosas nuevas, o admitir nuestros deseos, pero sí admito que con Javier eso es la perdición.
Él con cada dato, hace una maqueta mental de todo lo que podría complacerme. Y eso me encanta, claro, pero también sé que es el amarre mas poderoso del mundo, porque cuando cree tener el partido ganado yo le explico que hay mil cosas mías que no conoce. Y que es mejor así. Para que no se convierta en algo recurrente, que nos desvíe del camino. Y el me dice: contame todo, dale, qué es lo que querés, por qué no me decís.
No le digo nada, porque siempre le sostengo el respeto. Y esto no es menor. Aunque él lo que mas quiere es saber, realmente a veces siento que si se entera de todo lo que yo deseo y como lo deseo, va a ser imposible limitarse.
Javier es el tipo que mas deseé sexualmente en mi vida. Desde el comienzo. Pensaba en él y los pensamientos se me iban de lugar, aunque no fuéramos nada. Aunque no pudiéramos serlo jamás. Aunque él no quisiera ni siquiera tocarme.
Cuando me dijo que no, porque era muy joven, la primera vez que se dió la chance, realmente me sentí mal. Pero también, sentí alivio por no perder el control. Porque lo deseaba mucho y eso me asustaba mucho también. A mis 19 años, cuando hablamos, yo veía en el un aura sexual tan intensa que era imposible no imaginármelo. Javier no era lascivo conmigo, pero desprendia una energía muy seductora, que me hacía desear su presencia como la de ningún otro hombre.
Despues de todo lo que pasó, y teniendo encuentros sexuales distintos, me dije que seguro lo de Javier era mas una fantasía mia. Que lo que él irradiaba sexualmente no era para tanto. Que había un tipo de placer que estaba bien y que quizá yo estaba mal, porque esperaba del sexo demasiado. De hecho, cuando hace dos años y medio con Javier nos acostamos por primera vez, fue bastante difícil la experiencia. Tramitamos algo distinto en ese encuentro. Y principalmente para mi, no fue algo del todo placentero. Fue mas bien un tsunami. Del que salí viva. Pero con una perspectiva diferente: quizá Javier hacia bien las cosas para otras mujeres, pero conmigo, no se llegaba a entender en la cama.
Por eso, en los siguientes dos años, esquivé gran parte del asunto. Tenia mis motivos emocionales, morales y también pensaba que Javier no me comprendía. Entonces ¿por qué repetir como él siempre me proponía? ¿Por qué me decia que se habia puesto muy nervioso, que queria volver a acostarse conmigo? Yo me ccontenía. Pensaba que Javier quería repetir una experiencia de la que yo no había sabido bien qué llevarme.
II.
A mediados del año pasado, Javier y yo nos encontramos como hacíamos de vez en cuando después de su confesión. Habíamos tenido sexo una sola noche, y después estábamos siempre en una línea de amistad muy controlada. Cada uno hacia su vida. Y al otro, lo dejaba a un costado. Al menos desde mi lugar, como mejor podía. Pero de vez en cuando, nos veíamos. Para charlar, para tomar algo, para mantener un vínculo de alguna forma. Hoy me doy cuenta.
Cuando nos encontramos esa noche del año pasado, la idea no era tener sexo. Javier estaba en uno de los peores momentos de su vida y me había invitado a tomar algo. Y yo había ido porque sentí que si lo dejaba solo en ese momento, después me iba a arrepentir.
Verlo vulnerable esa noche, me hizo romper un poco la imagen de Javier el que no pegaba conmigo en la cama y en la vida. Lo escuché, lo consolé, él me consoló porque yo acababa de separarme hacia unos meses y me abrazó diciéndome que yo merecía a un hombre con quien pasarla bien, sin hacerme ni un problema. Se lo agradecedí. Nos reimos. Hicimos bromas. Aquella noche, nos quedamos abrazados, acostados en su cama. Él vendado, y roto. Yo sin venda, pero rota. Componiendo la imagen de dos personas que nunca se amaron pero que tampoco nunca se soltaron del todo.
Al rato, entre caricias, miedos y pensamientos veloces, nos desnudamos de a poco. Y tuvimos un acercamiento distinto. Prendido fuego. Vivo. Humano. Indescriptible. Que no sé si alguna vez vaya a olvidar. Javier salió de su cuarto, lleno de culpa por sentirse feliz en el medio del duelo por la muerte de su madre. Me dijo estar roto. Perdido. Y yo le aseguré, le aseguré con fuerza, que no estaba perdido. Que era normal su dolor. Que pasaría. Y le dije que se tomara su tiempo para ese proceso. Que no tenia que rendirme ni rendirme cuentas a la sociedad por su dolor.
Desde ese dia, hace mas de un año y medio, nos vimos como veníamos haciendo pero siempre sumándole sexo. Y en lo personal, a mi me empezó a convocar mas el cuerpo, que la persona. Y empecé a tener dudas sobre como tapar o matizar eso para no quedar como una descontrolada porque Javier es mandado a hacer para descontrolarme.
Pero... ¿qué sentido tiene disimular lo obvio? Hoy en día, cuando Javier me pregunta qué deseo, qué mas quiero, me da vergüenza decirle. Porque a veces siento que más sabe, y mas se perfecciona. Pero también, siento que más me libera el lado oscuro con sus concesiones. Y el lado oscuro no es algo ofensivo, mas bien, es el costado de las cosas que a mi me parecían difíciles de comunicar porque mi cara de piba tranquila no coincide con mi mente de piba alborotada. Y pienso que no le puedo contar todo lo que deseo, porque lo voy a espantar un poco. Es que, a mi lo sexual me importa mucho. Tengo todo un aspecto íntimo, desconocido para los otros, que me hsce parecer muy formal por fuera pero incendiaria por dentro. Y eso, hasta ahora, yo lo venia moderando según la pareja sexual. Por miedo. Por pudor. Porque no me daba describir mis fantasías. Porque creo que quizá mi rostro formal, o mi lado más mundano, manso, engaña.
Javier cayó durante diez años en ese engaño. Me lo dijo. Pensó que yo no era así. Que todo iba a ser distinto conmigo. Y yo, al día de hoy, sigo guardándome perlitas.
Él, sin embargo, de cada nueva info, toma nota. No se espanta. Me pregunta cosas. Hace consultas de los momentos o de los modos. Ajusta y guarda esa información en su memoria. Yo le explico que no necesita saber tanto, que con lo que hacemos basta, que yo capaz pido demasiado. Y él me dice que no, que le cuente. Que me deje de joder con la vergüenza. Que no pasa nada consigo.
Pero sí pasa. Porque Javier no en vano me dijo que él creia realmente que a mi se me tenía que complacer. Que merecía que me hicieran el amor bien, pero bien de verdad. Que siempre lo había imaginado y que lo confirmaba. Lo que no esperaba fue todo el resto.
Ni de él, pero tampoco de mí.