domingo, 30 de noviembre de 2025

Sí pasa

 Hoy, charlando con Javier, surgió una ventana para hacerle algunas preguntas.  No nos vimos, y cuando eso sucede, es algo bueno. Yo andaba triste, reflexiva, masticando cosas.  Él también andaba así. Me contó que estaba agotado, que habia estado todo el dia acostado, y la verdad es que lo noté bajoneado.

 Mas allá de eso, nos dedicamos a charlar de todo un poco. La charla se puso graciosa, amena, hasta que finalmente se comprometió en si misma oración a oración. 

Con la lluvia como marco, me doy cuenta de algo fundamental: todo lo que recuerdo de Javier, apela a las sensaciones durante el sexo. Él, me lo confiesa, recuerda modos, la visual lo consume, y yo lo entiendo. Pero en mi caso, también le confieso que es distinto. Yo apelo a lo que sabe hacerme sentir. Principalmente, eso es lo valioso para mi. Lo que me interesa del encuentro: la intensidad.  

Él sabe que con los otros tipos, no suelo ceder. No por mala, sino, porque soy muy racional y me cuesta entregarme. Quiero controlar como una manera de sentirme segura, y sentir es tantas cosas menos fácil para mi. En cambio, consigo, me pasa desde hace una década algo diferente.  Y es que me puede. Lisa y llanamente, es como el error en la formula de mi vida. La variable que no se ajusta. La hilacha en el vestido nuevo. Esa cosita que no va. Aquello incomodo por la sola situación de no encajar en la caja de la basura. O de la verdad. O una caja donde no me moleste para vivir. 

Javier es diferente en eso. Busca dominar, dar, llevar él la secuencia. Y conmigo,  se encuentra caminando en un terreno donde nunca me termina de conocer sexualmente del todo. Yo creo que no esta mal querer probar cosas nuevas, o admitir nuestros deseos, pero sí admito que con Javier eso es la perdición.  

 Él con cada dato, hace una maqueta mental de todo lo que podría complacerme.  Y eso me encanta, claro, pero también sé que es el amarre mas poderoso del mundo, porque cuando cree tener el partido ganado yo le explico que hay mil cosas mías que no conoce. Y que es mejor así. Para que no se convierta en algo recurrente, que nos desvíe del camino. Y el me dice: contame todo, dale, qué es lo que querés, por qué no me decís. 

No le digo nada, porque siempre le sostengo el respeto. Y esto no es menor. Aunque él lo que mas quiere es saber, realmente a veces siento que si se entera de todo lo que yo deseo y como lo deseo, va a ser imposible limitarse. 

 Javier es el tipo que mas deseé sexualmente en mi vida. Desde el comienzo. Pensaba en él y los pensamientos se me iban de lugar, aunque no fuéramos nada. Aunque no pudiéramos serlo jamás. Aunque él no quisiera ni siquiera tocarme. 

Cuando me dijo que no, porque era muy joven, la primera vez que se dió la chance, realmente me sentí mal. Pero también, sentí alivio por no perder el control.  Porque lo deseaba mucho y eso me asustaba mucho también.  A mis 19 años, cuando hablamos, yo veía en el un aura sexual tan intensa que era imposible no imaginármelo. Javier no era lascivo conmigo, pero desprendia una energía muy seductora, que me hacía desear su presencia como la de ningún otro hombre. 

Despues de todo lo que pasó, y teniendo encuentros sexuales distintos, me dije que seguro lo de Javier era mas una fantasía mia. Que lo que él irradiaba sexualmente no era para tanto. Que había un tipo de placer que estaba bien y que quizá yo estaba mal, porque esperaba del sexo demasiado. De hecho, cuando hace dos años y medio con Javier nos acostamos por primera vez, fue bastante difícil la experiencia. Tramitamos algo distinto en ese encuentro. Y principalmente para mi, no fue algo del todo placentero.  Fue mas bien un tsunami. Del que salí viva. Pero con una perspectiva diferente: quizá Javier hacia bien las cosas para otras mujeres, pero conmigo, no se llegaba a entender en la cama. 

Por eso, en los siguientes dos años, esquivé gran parte del asunto. Tenia mis motivos emocionales, morales y también pensaba que Javier no me comprendía. Entonces ¿por qué repetir como él siempre me proponía? ¿Por qué me decia que se habia puesto muy nervioso, que queria volver a acostarse conmigo? Yo me ccontenía. Pensaba que Javier quería repetir una experiencia de la que yo no había sabido bien qué llevarme. 

II. 

A mediados del año pasado, Javier y yo nos encontramos como hacíamos de vez en cuando después de su confesión. Habíamos tenido sexo una sola noche, y después estábamos siempre en una línea de amistad muy controlada.  Cada uno hacia su vida. Y al otro, lo dejaba a un costado. Al menos desde mi lugar, como mejor podía. Pero de vez en cuando, nos veíamos. Para charlar, para tomar algo, para mantener un vínculo de alguna forma. Hoy me doy cuenta.  

Cuando nos encontramos esa noche del año pasado, la idea no era tener sexo. Javier estaba en uno de los peores momentos de su vida y me había invitado a tomar algo. Y yo había ido porque sentí que si lo dejaba solo en ese momento, después me iba a arrepentir.  

Verlo vulnerable esa noche, me hizo romper un poco la imagen de Javier el que no pegaba conmigo en la cama y en la vida. Lo escuché, lo consolé, él me consoló porque yo acababa de separarme hacia unos meses y me abrazó diciéndome que yo merecía a un hombre con quien pasarla bien, sin hacerme ni un problema. Se lo agradecedí. Nos reimos. Hicimos bromas.  Aquella noche, nos quedamos abrazados, acostados en su cama. Él vendado, y roto. Yo sin venda, pero rota.  Componiendo la imagen de dos personas que nunca se amaron pero que tampoco nunca se soltaron del todo. 

Al rato, entre caricias, miedos y pensamientos veloces, nos desnudamos de a poco. Y tuvimos un acercamiento distinto. Prendido fuego. Vivo. Humano. Indescriptible. Que no sé si alguna vez vaya a olvidar. Javier salió de su cuarto, lleno de culpa por sentirse feliz en el medio del duelo por la muerte de su madre. Me dijo estar roto. Perdido. Y yo le aseguré, le aseguré con fuerza, que no estaba perdido. Que era normal su dolor. Que pasaría. Y le dije que se tomara su tiempo para ese proceso. Que no tenia que rendirme ni rendirme cuentas a la sociedad por su dolor. 

Desde ese dia, hace mas de un año y medio, nos vimos como veníamos haciendo pero siempre sumándole sexo. Y en lo personal, a mi me empezó a convocar mas el cuerpo, que la persona. Y empecé a tener dudas sobre como tapar o matizar eso para no quedar como una descontrolada porque Javier es mandado a hacer para descontrolarme.  

Pero... ¿qué sentido tiene disimular lo obvio? Hoy en día, cuando Javier me pregunta qué deseo, qué mas quiero, me da vergüenza decirle. Porque a veces siento que más sabe, y mas se perfecciona. Pero también, siento que más me libera el lado oscuro con sus concesiones. Y el lado oscuro no es algo ofensivo, mas bien, es el costado de las cosas que a mi me parecían difíciles de comunicar porque mi cara de piba tranquila no coincide con mi mente de piba alborotada. Y pienso que no le puedo contar todo lo que deseo, porque lo voy a espantar un poco. Es que, a mi lo sexual me importa mucho.  Tengo todo un aspecto íntimo, desconocido para los otros, que me hsce parecer muy formal por fuera pero incendiaria por dentro.  Y eso, hasta ahora, yo lo venia moderando según la pareja sexual. Por miedo. Por pudor. Porque no me daba describir mis fantasías. Porque creo que quizá mi rostro formal, o mi lado más mundano, manso, engaña. 

Javier cayó durante diez años en ese engaño. Me lo dijo. Pensó que yo no era así.  Que todo iba a ser distinto conmigo. Y yo, al día de hoy, sigo guardándome perlitas. 

Él, sin embargo, de cada nueva info, toma nota. No se espanta. Me pregunta cosas. Hace consultas de los momentos o de los modos. Ajusta y guarda esa información en su memoria.  Yo le explico que no necesita saber tanto, que con lo que hacemos basta, que yo capaz pido demasiado. Y él me dice que no, que le cuente. Que me deje de joder con la vergüenza. Que no pasa nada consigo. 

Pero sí pasa.  Porque Javier no en vano me dijo que él creia realmente que a mi se me tenía que complacer. Que merecía que me hicieran el amor bien, pero bien de verdad. Que siempre lo había imaginado y que lo confirmaba. Lo que no esperaba fue todo el resto. 

Ni de él, pero tampoco de mí. 

Empezar de nuevo (de nuevo)

 Más allá de todo, he tomado hace algunas semanas una decisión respecto a Javier y es tratar de dejar esta historia por detrás. Mantenerme al margen de su vida, sin pretender un cierre, como quizá me pasaba antes. Simplemente, desapareciendo sin hacer mucho ruido. Borrando todo mi rastro de a poco, al menos, el rastro físico, sexual. 

Desde que lo ví la ultima vez, en el supermercado de casualidad, sentí como si me estuviera esquivando. Y al mismo tiempo, también noté que se ponía estúpido, como si no pudiera disimular su deseo, su mirada, cómo me habla, me toca el hombro, el brazo, de rasca la barba, sonríe, me susurra...

Con eso me bastó para reconfirmar que siendo como yo sea, es decir, siendo quien realmente soy o marcandole una distancia desde la razón; nada de eso hace que él cambie su comportamiento. 

 ¿Y qué quiero yo de él, en realidad? Esa es una pregunta muy simple pero al mismo tiempo muy difícil de responder. Algo que me estoy preguntando últimamente porque sé que es necesario tenerlo claro y a la mano. 

No prerendo mucho de él, más bien, diría que nada. Y también, últimamente sobre todo, he analizado que Javier se conforma con muy poquito. De verdad, poquito.  Que con tal de no decidir, y cambiar, para el lado que sea, parece elegir una vida chatita. Chatita de verdad. 

A veces lo miro hablarme y contarme las mismas cosas, como si viviéramos juntos cada dia, y siento que yo no lo conozco, que me cuenta el relleno de su vida, pero no su fondo. Pero después le veo una mirada y me doy cuenta que es el mismo boludo de siempre. El boludo del que yo me enamoré cuando era una pendeja (boluda también, de menos de 20 años) y el boludo que con 30 años me ocupa el pensamiento y al que yo le ocupo su cama por su expreso pedido. 

En todos estos años, en especial, desde que volvió hace casi tres años a mi vida, pasaron muchas cosas. Conocí partes suyas, algunas muy placenteras y otras muy indeseables. Llegué hasta hoy siendo algo parecido a su amante, cosa muy rara, porque para mi es un tipo que veo muy de vez en cuando, solo para tener sexo, y con quien fuera de eso, ya no tengo relación.  

Puedo pasar semanas sin escribirle, o saber de él. Él me dice que de su lado lo hace porque necesita separar, porque le cuesta mentir, porque cada vez es mas complicado manejarlo, porque somos un bardo. Yo, no digo mucho. Simplemente, vengo en una dirección que guarda silencio. Y no porque esté confundida consigo, sino, porque cada vez guardo mas silencio con él. 

De Javier conozco millones de cosas. Lo he visto feliz, lo he visto destruido por la muerte de su madre, lo he visto derrotado, enojado, excitado, contento, arrepentido, tentado. Gritando goles. Fingiendo ser el novio fiel y feliz. Lo he escuchado decirme que lo enloquezco, que no puede dejarme, que si, pero que no. Lo he visto llegando al orgasmo, conmigo encima, temblando, y yo ahí, sosteniéndolo hasta el final.  Lo he visto ser desubicado, lo he puteado, nos hemos enfrentando en discusiones. También lo he visto tendido en la cama, riéndose conmigo. O contándome sus intimidades. Lo he visto todo vendado, con alergia, enfermo, sano, eufórico o deprimido. Comprando asado, tomando vino, comiendo pizza. Cocinandome algo. Fumado. Un poco borracho. Sobrio. Educado. Bruto. Machirulo. Machirulo arrepentido. Trabajando, concentrado en su oficina, cebandome mates, rellenando mi copa de vino tinto, recien salido de bañarse, con su bata de niño mimado. Lo he visto vestido prolijo, bien croto, completamente desnudo, mas flaco, mas gordo, con mas o menos barba. Lo he visto mirándome atarme el pelo antes de abordarlo, dos veces más concentrado.  También lo he visto mirándome con una ternura prohibida para nosotros, no hace tanto tiempo. 

Y sin embargo, jamás he visto su forma de querer. Porque sencillamente, para mí, Javier a mi no me quiere. No me lo ha dicho. Nunca. Siempre me ha reprochado la creencia que tengo sobre que él no me quiere, pero jamás me lo ha dicho. Siempre me ha burlado diciéndome que me odia, que no se banca a las mujeres como yo, que soy terrible, todo con una sonrisa dulce, juguetona, como si en realidad dijera lo contrario.  

Pero ¿por qué pensar que esto es lo único posible para mi, si en realidad, es lo último que merezco? 

Javi le demanda a la vida muy poco. Y eso es porque no quiere vivir. Y yo, desde mi lugar, no lo juzgo. Ya no se lo reprocho tampoco, no lo aliento, no lo pincho, no doy esa batalla. Cada uno hace lo que puede con su historia, su mierda, sus fantasmas y su presente; y sé que él como todos hace lo que puede.  

Por eso, cuando hablamos las últimas veces, me invadió un silencio tan profundo. Porque él se conforma con vivir asi y yo no. Él se conforma con verme en el super, sonreirme, o responderme con corazones cariñoso un ssludo de cumpleaños. Yo, no. 

Yo quiero todo de la vida, aunque le tema, porqie un dia me voy a morir, o me voy a matar, y quiero,  deseo, haber tenido muchas mas oportunidades que dudas. Del amor, el fuego, la pasion, la intensidad. De lo cotidiano, el regalo, el desafío, las ganas de mandar todo a la mierda, pero aun asi, estar. Vivir. Atravesar el abismo. 

 Por eso es que no hay forma. Literalmente. No hay forma en que pueda existir un ápice de normalidad para nosotros. Y me duele mucho aceptarlo, pero sé que es así. Y también creo que aceptarlo me puede ayudar, entonces, agacho la cabeza y asiento.  

Seguiré en este camino de silencio. Va a ser lo mejor.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Minita con el circo en otro lado

Desde que me acosté por ultima vez con Javier hace algunas semanas, no tengo ganas de tener sexo.  Ni con él, ni con nadie, más alla de que venía hablando con algunas personas, con Leandro, o aceptando más gente en RRSS como para ojear y no quedarme siempre en la misma.  

No siento deseo estas últimas semanas. Si, si bien pude sentirme arreada por la desesperación si me lo cruzo en un lugar público y charlamos, y veo cómo se le van los ojos y las manos y se hace el banana; atraído, a mi no me pasa lo mismo en la misma intensidad. 

Javier me atrae, sí. Muchísimo. Pero entre más lejos esté de mí, esa atracción no se fortalece, al contrario. Encuentra razones, baja, se ordena. Y se asume como imposible.  

Me va pesando el hecho de estar siempre en el mismo dilema consigo. Y el sexo como motivo va causandome un desaliento que tiene que ver con una resignación mayor, que conscientemente estoy buscando.  Él parece andar en la suya, también, y espero genuinamente que se entretenga. Que sea feliz. Que se yo... es todo tan imposible para nosotros que por momentos me invaden muchos sentimientos distintos, que finalmente decaen. 

No en vano, las ultimas veces que nos vimos con Javier, no tengo o me quedo sin palabras. Me da la sensación de que se ha empezado a delinear un camino que no es el conflicto, ni el enojo, ni el sufrimiento. Es mejor que todo eso: aburrimiento, desinterés. 

Todo consigo es siempre lo mismo. Y a mi, siendo sincera, ya me cansó esa rutina. Me cansé de escucharlo contarme sus cosas, si no le pregunté. O hacerse el sonso, y mandarme corazones por chat. O hacerse el canchero, pensando que tiene el partido ganado.  Nada mas lejos. En especial, porque yo estoy en una etapa de aburrimiento, de resignación real, con él. Y no se lo voy a avisar, claro. 

Simplemente, siento que esto no va mas. Y no se si cambió algo, o yo, pero realmente no siento que se este en el mismo estadio. Desde julio 2024 no dejamos de vernos consigo, mas alla de algunos meses.  Y creo que es normal resignarse, porque ya ha habido demasiado tiempo para la pasión, pero ninguno para poner finalmente los pies en tierra. 

Creo que es lo mejor que puede pasar. Que nos aburramos del otro.  Porque cuando Javier me cuenta la misma cantaleta, como escena extra de la misma película, no puedo evitar pensar: ¿y yo qué tengo que ver en todo eso, si no tenemos una relación, si no somos amantes, si casi nada queda? Andá a contarselo a ella". 

Y sí. 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Semana del Prematuro

 Desde el lunes 17 y hasta el próximo, es la Semana del Prematuro. Decir se celebra me genera sentimientos encontrados, pero tiene un lado de realidad. 

En los Hospitales de Buenos Aires, como da fe mi hermana, y en los Hospitales de Córdoba, como da fe mi ex pareja, Galeno, se desarrollaron eventos, actividades y festejos.  Ellos se reencuentran con sus pacientes, ahora más grandes, y los celebran. También, se utiliza esta semana para llamar a la conciencia y promover la difusión de los cuidados que reciben y deben recibir los recién nacidos prematuros.  

En lo personal, este año, me pega un poco distinto.  Hubo años donde la laburé bien. Otros donde no me afectó. Y este, donde evidentemente ando rumiando esas cosas, sí me afectó. 

Me puso bastante triste, la verdad. Me hizo pensar, pensar donde estoy, intentar sentir una gratitud que no siento todo el tiempo, procurar no castigarme por eso... Son varias corrientes de sensaciones que trae este tema. Y cuando se anuncia, me hace sentir muchas veces fuerte pero otras veces (quizá como esta) bastante vulnerable.  

Mi hermana, sin saber cómo me siento del todo con el tema, me envió muchos videos de los festejos en su hospital y me saludó. Feliz dia, me puso y yo, que no quería hablar con ella porque sabía que me iba a saludar, le contesté un gracias, y le dije que me alegraba que la estuviera pasando bien.  Porque ¿qué le voy a decir, si veo que es bueno su gesto? 

Nada, por supuesto. 

Sé que lo hizo con cariño, demostrando la importancia que mi experiencia dolorosa tuvo en su historia. Y, por lo demas, un poco en la adultez me consuela saber que hay bebés que se van a encontrar con alguien como ella. Porque es muy buena, atenta y cariñosa con sus paciencitos.  Mas de una vez, los hace dormir encima de ella, nos manda fotos cuando le ponen ropa linda, nos muestra cuando mejoran, se van de alta y otras, muy pocas, nos cuenta cuando fallecen. 

Estos dias, la verdad, es que anduve sin embargo con poco ánimo.  Se juntó un poco todo: la semana del Prematuro, cumplió los años Javier, quilombo en el trabajo y poco énfasis en tapar lo que siento con actividad excesiva; decantó en estar asi, triste, sin ganas de ponerle onda. Un miercoles al que llego cansada. Desanimada, mas bien.  

No sé por qué la Semana del Prematuro me pone triste. Supongo que me hace pensar. Que me recuerda. Que me pone un poco en sintonia con un tema difícil. 

También, supongo que esa tristeza es porque me devuelve un poco al lugar de beba prematura, desde la consideración de mi hermana, por ejemplo, que me saluda en una fecha que ya no es mia. Sí. Claro, yo nací antes de tiempo, me trajo muchos problemas, pero mi nacimiento ya sucedió y los quilombos asociados también y todo eso confirma un paquete que no tengo ganas de recordar. Porque sé que está ahí, pero para seguir viviendo, tengo que poder resignificarlo todas las veces que lo necesite, a lo largo de la vida, a medida que se van presentando nuevos desafíos. 

Este año, ademas, todo este tópico se ha develado en otros aspectos de mi vida. Y estoy trabajando en ello. Luchando dia a dia con la culpa que me ata a situaciones que ya no quiero y la necesidad de animarme a avanzar en la vida.  Asi como un dia me animé a caminar, aunque me daba miedo, llevándome todo por delante. Asi también el hecho de pensar en ser mama, por ejemplo, y el miedo a tener un hijo prematuro. O el miedo a no poder sostener una maternidad normal. O el miedo a traer un hijo al mundo para que tenga una mama que no puede correr con el una maratón, o una mama que tenga que explicarle lo que puede y lo que no puede.   

Qué se yo... Estas eran preguntas que yo con 20 años no me hacia. Hasta hace muy poco, no pensaba en ser mamá jamas. Pero un dia me pregunté si en algún momento me gustaría y pensé que sí. Por primera vez, que un poco sí. Y sinceramente descubrir eso también me dió bastante temor. Pero tocó admitir que ese deseo quizá un día sí pasa. Porque lo cierto es que mi cuerpo me lo re contra permite, que mi edad me lo permite, y que quizá todo esté en mi cabeza. Ese y otros tantos deseos, ahí, trabados en la cabeza, en la culpa si o no, en la inseguridad profunda de no saber, realmente, si yo puedo... hasta que lo hago. 

A medida que voy cumpliendo años, que pasan las etapas de la vida, que tengo responsabilidades, cuentas, proyectos, este lado mío también se actualiza. 

Y una semana mas del Prematuro, también me trae a la orilla todo esto. El saber que la historia de vida a veces es muy difícil de llevar y que todo lo que podamos hacer (hundirnos en el lamento y la queja, o luchar para dar pasos) es lo que define todo; es la pauta. 

No voy a mentir. A veces, deseo muy fuerte que mi vida sea mas fácil. Pero no me quedo mucho tiempo ahi, anclada. Respiro hondo, e intento seguir avanzando. 

Con aciertos y errores,  todavía elijo preguntarme, intentar, entender, insistir. Romper límites mentales.  

Capaz el año próximo, a esta altura, esté un millón de veces más adelante en el camino de mi propia vida. 

martes, 18 de noviembre de 2025

El cumple del chabon

 Hoy, cumple años Javier. Escorpiano hasta los huesos, él. Intenso, profundo, rebuscado a veces. Memorioso al cien de las experiencias. Apasionado cuando lo desea, con el fútbol, el sexo, las causas, los DDHH, Maradona... Llegó un año mas a soplar las velas. 

Después del encuentro de ayer en el super, bien entrada la tarde, le mandé un mensaje breve. Diciéndole literalmente feliz cumple, pásala lindo.  Nada más, porque sinceramente no me nació decir nada más.  

Él, mandó audios para agradecer el saludo, bastante gracioso a decir verdad, como cariñoso, no sé. Me recordó a los gatitos cuando le haces mimos en la cabeza y se ponen chinitos. Además, se disculpo por mandarme audios y me explico que era porque estaba volviendo de la oficina, manejando. Le dije que no pasaba nada, que tranquilo, y que la pasara bien. Le mandé un beso y listo.  Saludé. 

Estos últimos dias todo viene siendo consecuencia de lo que estuve meditando. Y eso se traduce en que no hay mala onda, pero sí una dosis de remordimiento muy grande, sumada a una resignación profunda, producto del cansancio de seguir dándole vueltas a la misma cosa; que me frenan. 

Javier para despedirse, después de decirme gracias graciasssss, gracias por los saludos,  todo cariñoso el tipo, chistoso, me envió stikers de corazón.  

No sé si hice bien en saludarlo, la verdad. No me pareció mal en el momento, porque fue un mensaje re ubicado, pero... Me siento culpable por lo que habilita.  Y eso últimamente es algo que no puedo desapegar de cada cosa que sucede consigo. 

Después de saludarlo ya se hizo mi hora de corte, asi que me fui a hacer ejercicio y pensé que contestó en ese momento, aunque viniera manejando (cosa que odia hacer) como quien manda un mensajito a escondidas desde el baño, porque después no me iba a poder responder. Iba a estar festejando con su familia, su novia, su perro y sus dos gatos. Es decir, con la gente a la que realmente pertenece, como debe ser, haciendo su vida normal. 

Por algo debe ser que últimamente, con él, me quedo sin palabras. O no se que responder si me pregunta algo. O me pongo corta. En el fondo, la culpa sigue operando. 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Minita que disimula

 Hoy bajé del colectivo y entré al súper.  Para mí sorpresa, me lo encontré a Javier, en la previa de su cumpleaños. 

Estaban limpiando los pisos, así que le tuve que pasar por al lado. Exactamente por atrás. El hablaba con el carnicero, y me tiró una mano por atrás, saludando. 

- Hola, *** - me dijo, usando mí sobrenombre. 

- Hola - dije y me fui, pasando, porque había demasiada gente en la fila, poco espacio, estaban limpiando.   Mientras, seguí comprando. Me pase plata de una billetera a otra, lo cual me tardo un poco y mientras seguí eligiendo alimentos hasta que se hizo la transferencia y tuve dinero para pagar. 

Antes de irme, miré para ver si encontraba una salsa para ensaladas, porque estoy comiendo muchísima ensalada y el aderezo se está acabando. 

- Hola, nena, saluda - lo escuché decirme. 

Claro, me estaba llamando de lejos, pero yo tenía puestos los auriculares. Se ve que levantó la voz y ahí conecté. Me mira sonriendo, con cara de pelotudo, bastante atractivo a decir verdad. 

Verlo de todos modos me encuentra silenciosa. No muero. No se qué decirle. No sé que contarle. Hoy empieza la semana del prematuro y a mi se me revuelven cosas con eso. Buenas, malas. Y verlo a él, a quien no pensaba saludar para el cumpleaños mañana para alejarme, es un cambio en la línea de pensamiento del día.  

- Perdón, estaba con estos cosos - dije y le mostré, sacándomelos de las orejas. 

Sonrió y se me acercó, tocándome el hombro. Solos en un pasillo. Estoy vestida con un pantalón azul de vestir, una chaqueta negra, y unas botas negras. La verdad, es que no tengo el mejor rostro porque vengo cansada de Puerto Madero,  pero sí sé que estoy prolija, que huelo bien y que asi soy, qué remedio.  Tengo una vida que no incluye solo su deseo. 

¿Cómo estás? - me preguntó. 

Se acercó más, muy cálidamente para un supermercado. Quizá, demasiado. Me sonrió y le sonreí, con cautela. Tiene puesta una remera que le saqué. Se la veo, me acuerdo de eso, disperso el pensamiento y le digo en voz baja: 

- Bien, con labores domesticas. ¿Vos? 

Sonríe cuando le hablo. Se acerca a mí a cuchichear y después se despega.  

- Uy, con un lío. Me estoy yendo llevar al gato. Lo agarró un perro, casi lo mata, ayer. 

- Ay, no. No me digas. ¿Cómo fue, que pasó? Pobrecito. 

- Lo agarró un perro en una de sus salidas. Vino a casa, todo roto, no sabes, casi me muero. Pensé que se moría. Lo lleve de urgencia ayer, ahora tengo que ir de nuevo, y mañana. 

- ¿Donde lo estás llevando? ¿Cual de los dos? 

- Acá, de Roberto. Es el mas grande, me aclaró.  

- Ah, sí, está bien - le dije. 

Me quedé pensando que el me dice el gato grande como si yo los re pudiera diferenciar. Y la verdad, es que no. Son re tiernos, ambos me saludan cuando voy. Uno se acurrucó al lado mio la ultima vez. El otro, cuando me vio con Javier en la cama un dia, se nos unió y se acostó a upa mio. Otra vez, mientras nosotros estábamos en una situación un poco comprometedora, hasta se acercó y me amasó. Pero no se bien cual es cual. Me cuesta identificarlos. Puntualizarlos. Y un poco es por negarme a intervenir en lo cotidiano.  Aunque lamentarme por la salud del gatito es inevitable. Los adoro. A todos. Y el mío, es realmente muy muy importante en mi vida. Por eso, comprendo su necesidad de hablarlo.  

- Si, me derivó a una veterinaria en *** - me comentó. 

- Si, ya se cual es. Tiene guardia todo el día. Es buena esa clínica. He llevado mascotas. Te lo van a tratar bien. Tranquilo.  

- Si, así que estoy ahí, ahora voy a ir. Mañana lo voy a llevar de nuevo. No sé si se fracturó, pero creo que es una fisura. Algo tiene, además de una mordida en la pierna. Zafó de pedo. Pero lo tengo que seguir llevando. 

- Si, pobrecito. Menos mal, es un bajón. Ojalá se ponga bien pronto. 

- ¿Vos, como estás? - me sonrió. 

- Cansada. Día largo, hoy. 

- ¿Mucho lío en la oficina hoy? ¿Quilombos? 

- Si, bastante. Muy lunes. 

Nos acercamos a la caja, hay fila. Se queda al lado aunque se tiene que ir. 

- ¿Cómo estás de la culebrilla? - le pregunto, tratando de ser discreta. 

Pone cara de picaro, como si se sintiera canchero, pero me sonríe al mismo tiempo con familiaridad.  Me toca de nuevo el brazo, como si todo el tiempo necesitara marcar territorio en un ámbito donde no me puede tocar, ni se puede desviar de la senda. Así, entre roce, yo siento que nos saludamos de verdad. 

 Hay un montón de vecinos. Ni siquiera nos podemos ir juntos del súper, está vez hay un vecino enfrente que es re chusma y conoce a toda mí familia. En la misma fila, hay un conocido suyo de la cancha. 

- Bien - dice, y se toca el pecho. 

- ¿Ya no te duele? 

- Nooo. No sabes lo que fue, ese dolor. 

- Si, es re feo. Menos mal que se te fue. 

- Si, voy a ver qué hago con este... Es una atrás de otra - dice, sacudiendo la cabeza, mordiéndose los labios - Estoy cansado, yo. Eso. Cansado. 

Le sonrió, amablemente, y le hago un gesto como si le tirase agua bendita. 

- Espero se mejore. Anda tranquilo. Tenés mí bendición. Ahí está. 

Se ríe levemente y pone cara de tonto, de comprado por el gesto. Yo le sonrío, con buena onda, pero escondiendo un poco mi deseo. No quiero intervenir mas en su vida. Es una decisión tomada. 

- Chau - dice y me sonríe,  moviéndose unos pasos más adelante. 

Saluda a un conocido en la fila, que le pregunta cómo está. Le dice que bien y se despide de él 

- Nos vemos luego - dice en voz más alta, en un tono pícaro. 

Y yo sé que no se lo dice al tipo. Y por dentro, me prendo fuego con ese guante que no levanto. Porque yo lo puedo tratar bien, podemos charlar, pero me cuesta disimular todo lo demás, aunque lo hago con tozudez. Sé, aunque me pese, que si con Javier estuviéramos solos en ese supermercado, me estamparia contra una góndola. Y que yo, no podría mantener mas la compostura.  

Pero la mantengo. Hay mucha gente. La realidad se impone.  «Encima se va caminando así, todo canchero, Dios» pienso. 

Lo miro alejarse y me pongo seria.  Asiento con la cabeza y sigo esperando para poder pagar. Después, salgo del súper, sola, mientras en la vereda de enfrente está mí vecino que me conoce y me hago la boluda para saludar. 

Cuando llego a mí casa, me saco la ropa del trabajo. Tengo calor. Mucho calor. Así que me hago unos mates, me siento a la mesa, y saco un paquete de galletitas que acabo de comprar.  Mí idea era merendar tranquila. 

Y no es exactamente calma lo que terminé sintiendo. 

domingo, 16 de noviembre de 2025

Recap de un amor que no es

 Voy perfilando una distancia desde una perspectiva más tranquila con el tema Javier. No supe nada mas de él y no me importó saberlo. Creo que esta fue la vez que más en serio me puse a pensar en mi lado, es decir, en las consecuencias de mis actos en relación a Javier y me dije: "ya no quiero estar metida en esto, la verdad ". ¿Será por eso que colgué los guantes? 

Pensé bastante.  En ese mensaje que uno no manda con mala onda, pero que envía. En ese chiste que sigue. En esa advertencia genuina que hacés y que quizá el otro lee como seducción o provocación.  Es el deseo real que sentís y que es tu deber saber manejar, en el tiempo perdido, y tambien la resignación necesaria y la aceptación de los no... Hay de todo.

 Y revisé aristas difíciles difíciles molestas  para entender qué tengo que trabajar y modificar. Qué es salvable. Qué no se puede enmendar. Que sí. Y qué potencia las batallas interiores que en este momento de mi vida estoy dando. O al contrario, qué las aplana. 

II. 

Además, también pensé en ella. La novia de Javier, esa señora con quien estudiamos la misma carrera universitaria, de casualidad, y que ha vivido cosas con él que yo jamás viviré. Ella, la novia oficial, la elegida, la que figura en la foto familiar, va a los cumpleaños, se presenta como la novia en sociedad... Una mujer mas o menos de 50 y pico de años, que yo jamás sentí en estos años como una rival, o mucho menos. Mas bien, a quien sentí siempre como la mujer que a Javier le corresponde, con la que es mucho mejor que esté. Por edad, por formas, por convención y porque seguramente lo querrá y porque él seguro también a ella. 

Justamente o no, cuando pienso en ella, al mismo tiempo, pienso en mi y en el, haciendo cualquier cosa.  Y ahora, la culpa, la culpa por la que lucho, también tiene un poco su cara y su ropa, que no combina bien, pero qué importa.  Si yo la miro en general, más allá de que a ella nunca le caí bien (y de las actitudes forras que tuvo durante años, cada vez que me vió), la verdad es que no parece una mala mujer. Al contrario.  Sacando la antipatía que sintió hacia mi en su momento, y las pelotudeces que hizo quiza porque estaba celosa de algo que en ese momento era imposible; pareció y parece una buena mina con Javier. 

Con Javier, sobre ella, hablamos en ocasiones puntuales, pero, en estos últimos encuentros, desde que él confesó que ya sabía que la tenía que dejar, para mí es una presencia invisible y permanente, cada vez que lo veo y mantenemos vivo el hilo clandestino.  Y eso para mí cambió mucho las cosas.

Hace años, cuando hablamos de nuestros compromisos, Javier me contó con mucha delicadeza, y haciendo uso de la confianza nuestra, la realidad de su relación con ella. No fue bruto, ni cruel, ni se hizo el banana; me habló en serio, con transparencia, dejándome saber su intimidad, lo cual para un escorpiano como él es un tesoro profundo.  

Fue realmente sincero desde el principio y eso para mí se convirtió en fundamental.  Yo también le conté de mi relación con Galeno, de la diferencia de edad, de cómo me había enfrentado a eso después de la experiencia con él.  De las dificultades para confiar, del valor de Galeno, de cómo se habían dado las cosas consigo y de lo que yo consideraba una experiencia de vida. 

Realmente, de los dos lados, se generó un intercambio real esa noche. Y fue dentro de esa charla, donde me contó que esta mujer padece una enfermedad mental diagnosticada, por la cual recibe tratamiento psicológico, y psiquiátrico. Y yo, lo escuché y lo contuve como persona, porque ante todo, creía que teníamos que poder hablar de lo que era nuestra vida en ese entonces y por qué él me habia confesado todo eso 8 años después y por qué yo estaba ahí escuchándolo.  

No fue una maniobra de él contármelo, fue un hilo de nuestra confianza y algo que yo siempre traté teniendo códigos. Algo que escuché con respeto, por lo que infinitas veces le dije a él: "vos tenes que hacer las cosas bien". Y algo que él también trató con expresa cautela. Algo por lo que le reconoci el deseo, pero también, la limitación, especialmente al principio.  

Javier me contó que a nivel vincular, pasaron entre ellos épocas buenas, y también otras muy difíciles. Yo recuerdo que le dije que en todas las parejas pasaba eso, que no se mortificara.

Ahí él ahí me habló de los episodios de ella. Influyentes en el animo, la conducta, y en la relación con eĺ. Me comentó que tenía todo un recorrido con ella, pero que estaba muy cansado y me dijo también que era difícil acompañar. Que había intentando separarse muchas veces, pero que después al final no se separaban.  

Yo, recuerdo que ese dia, estaba bastante resistente a opinar del tema mas alla de una charla igualadora. Porque sabia como era Javier en las relaciones y porque en el fondo seguía siendo un poco doloroso darle consejos de amor, a mi amor, en toda regla.  

Por eso, le contesté: 

- Por algo seguis ahi. La debes querer. Creo que tenes que ver el modo de renovar ese compromiso. Puede ser una mala época. Tienen que hablar. 

- Si, no se, es que venimos de demasiadas malas épocas. Yo estoy cansado. No quiero hablar mas. Me cansé de hablar. Intenté hacer cosas, charlar, ponerme de acuerdo, pero nada... 

- Y, Javi... Qué se yo. Si me preguntas, siendo como soy, yo lo intentaria. No estas pidiendo consejo a la mejor persona. Yo si quiero a otro, intento. Todo. Y si despues de todo, no alcanza, me voy. Pero no se qué decirte a vos, porque me decis que la queres, bueno, entonces... 

- Sí. Yo sé cómo sos vos.  Y sé que la paso como el culo, pero sí, sigo ahí. Si. Ya lo sé. Pero bueno, esa es mi relación. Esa es la realidad. Ahora está medicada, está mejorando. Pero pasaron un montón de cosas, la verdad. 

- ¿Malas? 

- Tiene demasiados cambios de ánimo. Pasa por episodios de euforia, donde todo estaba muy bien, y de pronto, esta todo muy abajo, pero muy abajo. 

- ¿En qué consiste eso, en lo cotidiano? - le pregunté, en ese momento. 

Él, me contó: 

- Un día está todo bien y al otro día me putea de arriba a abajo. 

- ¿Y vos, cómo lo llevas? 

Me dolió escuchar eso. Mucho.  

- Es muy difícil acompañar, por momentos no quiero saber mas nada con nadie. Vengo con épocas difíciles y hoy a la tarde, mientas pensaba en vos, en lo que habíamos hablado, después de amagar y no hacer nada de mi lado, me dije que habia llegado el momento de decirte todo y que no aguantaba mas.  

- ¿Y no te parece que capaz vos no necesitas acostarte conmigo hoy, y meterte en un lio, sino un abrazo, algo mas tranquilo? Porque mira que tenes personas, Javi, para hacer la misma, eh. Y justo a mi me vas a decir... - ironicé. 

Sonrió. 

- Yo lo único que que queria era estar acá, tomando este vino con vos. Decirte todo. Mandar todo a la mierda y sentarme aca con vos y con todo, a tomar este vino. Hace años que te lo venia prometiendo. 

- ¿Todo? 

- Esto que se genera... 

- Si. Ganas de coger conmigo. 

- Si, obvio, pero es un todo con vos. Siempre lo fue. ¿A vos no te pasó? 

- Sí. Siempre. La gente como vos me cae mal, y vos me caias bien. Obvio que me pasó. 

Se rió y le sonreí.  

- ¿Ves? Esas respuestas... A eso voy. Siempre tenes esas salidas que me hacen sentir un tarado, tenemos el mismo humor nosotros y se genera algo tremendo cuando estamos asi, cerca. 

- Sí, yo ya sé, Javi. Nosotros dos juntos somos una bomba de tiempo. Siempre lo pensé. Y creo que es demasiado. 

- ¿Cómo demasiado? 

- Si, vivirlo, nosotros dos vamos a incendiarnos. Siempre tuve esa sensación y ahora estoy segura.  ¿Qué hacemos despues? 

- Vivamoslo igual, cabezona. Que importa. Nos incendiamos, si vos queres.  

- Javi, vos sabes que es una locura lo que me decis. 

- Si. Lo se. Siempre me volviste loco vos a mi. 

- Vos igual, boludo, pero no la podemos vivir. No en estas circunstancias. 

Esa charla, fue hace casi 3 años. Y recién hoy parezco comprender en profundidad el alcance de sus palabras y de las mías. 

III. 

Por eso, cuando Javier me dijo hace unos meses por primera vez que ya sabía lo que tenía que hacer, pero que no tenía idea lo que podia llegar a pasar si desarmaba, yo entendí perfectamente el punto.  

Creo que nunca, con esa noche, me quedó tan claro el punto. Y luego, todas las conversaciones que nosotros tuvimos, de mi lado por lo menos, empezaron a tener la sombra de ella. Porque yo no me esperé jamás llegar al punto donde Javier me confesara también eso. Las dificultades para separar las cosas conmigo, el motivo por el cual desaparece, como la oculta de sus relatos, como se arriesga demasiado cuando se encuentra conmigo.  Y lo principal, cómo se juega el pellejo y la credibilidad por un ratito de sexo. Un ratito que como le dije a Javier no vale tanto la pena, aunque para mi interior yo sepa que sí simboliza. Un siga y siga que no puede ser, como le aclaré. Una calentura que no puede ser que nos dure tanto tiempo, cómo le dije enojada. 

¿Qué le decis, si no? ¿Lo que deseas o lo que debes? 

Las personas con el trastorno que esta mujer padece, tienen un miedo irracional al abandono. Episodios de hiperactividad y de depresión. Momentos de ira desmedida. Depende el tipo y el nivel de afectación.  Por eso, jamás, pero jamás, desde ningún lugar posible, yo cuestioné un milímetro de su relación con ella. Y si, en cambio, eché a un costado esta aventura, insistiendo en que él podia volver de este resbalón que tuvo conmigo, que solamente se contenga, y que yo jamás lo iba a convocar. 

Recientemente, y a partir de que Javier un día me planteó esto de que él sabía que la tenía que dejar pero que no sabia lo que podia pasar, de forma inesperada, juro por Dios que a mi me temblaron las piernas. Porque me di cuenta de algo que hasta entonces no me había parado a pensar: él no necesariamente puede que esté feliz en esa relación, como yo creí siempre. Quizá, está atado. Y lo que empecé a ver yo con su confesion, fueron los hilos, no los fundamentos.  Y de ahi en mas, me entró una bala distinta, por completo. Algo en otro nivel de profundidad. 

¿Cómo viviría en paz, si soy cómplice del sufrimiento de otro? ¿En quien me convertiría? ¿Cómo viviría sin culpa el hecho?  Es imposible.  Por eso, no quiero colaborar en el colapso de nadie. Ni de nada. Y mal que me pese, esa relación que el sostiene con ella, también sostiene una estructura, una seguridad, una rutina.  Un modo de vivir.   Y de mi lado, cuando él me dijo eso, a mi internamente algo se me desmoronó.   Porque pensé que no podía decirle si separate, tenes razón, cuando sé que eso significa salud mental perdida para otro. 

Después de ese comentario de Javier donde yo me quedé callada, lo cierto es que nos vimos bastante poco. La siguiente vez, repetimos escenario, pero él incumplió algunas reglas y me descolocó con una mirada terrible, bondadosa, intensa, mientras me peinaba la maraña en la que me había convertido el pelo con sus manos. Pero yo solamente lo miré todo cuanto pude, le sonreí y dejé que ese momento fuera una licencia momentánea, un desliz perdonado de antemano.  No dijimos nada. Solo nos miramos, sonreímos, permitiendo la manifestación de un lado mas humano.  Y yo sentí todavía una desesperación mayor, pero no avivé ni siquiera una ceniza.  

Esta ultima vez donde nos volvimos a encontrar, hace menos de dos semanas, Javier acabó por decirme que nosotros dos juntos somos un bardo.  Y yo le dije que sí. Porque es obvio que sí. Porque mas vale que sí.   Y después, guardé silencio. 

Cada vez guardo más silencio. Él me cuenta de su rutina, lo que le pasa, o el tratamiento que está haciendo su papá (el suegro que no fue, un viejo macanudisimo) porque le detectaron un Cáncer tratable. Me habla de su trabajo, me manifiesta su tristeza, y se me queda mirando sin saber qué decir. 

Yo digo poco. Cada vez menos. Se me agotaron las palabras, o quizá, la fuerza para consolarlo tibiamente, porque soy intensa como una desgraciada, y entibiarme cada vez me cuesta más.  La energía para pararme ahi y decir no, o si o no sé, hoy siento que no puede estar ahi sentada consigo. 

Cada uno tiene su vida. Yo ya sé que nosotros dos somos un bardo, que este incendio es una batalla perdida. Lo que me importa entre tener razón o ser feliz, es ser feliz. Y tengo claro que con Javier no es. Ni será. En ningún momento o tiempo.

 El último acto de aprecio hacia él, será guardar silencio. Y en cuanto a ella, tratar de no tener contacto con su novio, porque cuando él me dice que la quiere dejar, me siento la caca más grande del mundo.  

viernes, 14 de noviembre de 2025

Minita en sandalias

Hoy por razonables motivos, no trabajé. Estuve de acá para allá y, justo antes de llegar a casa, paré en mí zapatería de confianza. Es decir, una zapatería que es tradicional de mí ciudad, que tiene su dueño muy amoroso y que vende las mejores sandalias, zapatos, suecos, botas, mocasines de cuero del planeta. 

Yo los conozco hace muchos años. Compre mí primer par hace seis años y todavía los tengo, gastados, pero zafando. Sin embargo, todo cambio hace dos años. 

Porque hace dos años, me gustaron unas sandalias de cuero divinas negras y le dije que lamentablemente iba a elegirme otro modelo de los de siempre, porque solo podía usar calzado agarrado atrás. Y cuando le comenté, sin entrar en detalles, él (que fábrica) de ofreció a agregar una tirita atrás para que me sostuviera el pie, sin cobrarme un centavo más en el par que me gustara.  Elegí una y añadió todo. Se convirtieron en mis sandalias favoritas con solo verlas.  Se las compré, claro. Ya le venía comprando antes, pero eso, fue especial para mi y supe que mientras exista este local, mis zapatos serán de ahí. 

Es que eso que hizo para mí fue un gesto invaluable. Durante muchos años a mí me generó mucha frustración y angustia ir a comprar calzado y nunca poder elegir lo que me gustaba, sino, lo que podía usar. Y él, con su ofrecimiento, me dio esa oportunidad por primera vez: elegir dentro de todos sus modelos hermosos, el que realmente me gustaba. 

 El año pasado, compré una para ocasiones mucho más elegantes del trabajo. No hizo falta reformar nada, pero ellos me ofrecieron hacerlo si lo necesitaba. Y este año, claro, vuelvo a necesitar sandalias para todos los días, porque las anteriores, están con un desgaste encima que no me van a durar otro verano usándolas todos los días, como lo vengo haciendo, ya desde hace dos.  Más que nada, por la suela, no por el cuero. 

Así, vengo haciendo números para comprarme un par nuevo y ya el señor me avisó que fuera mirando algunos modelos, y más o menos en el tiempo que iba a traer algunos más de fabrica, para ver si modificaba o no el diseño de algunas.  

Y hoy, finalmente, encontré el modelo. Es un modelo que no hay que reformar pero si con el que me tengo que acostumbrar a caminar, muuuuy lindo. Pero muy lindo de verdad. Que me lo probé y me di cuenta que mucho de limitaciones mentales mías hay, porque no es la altura de la suela, sino, la confianza en mí y en mis pasos, con todo y espasticidad.  Él me lo dejo probar, caminar, de todo. Son muy muy cómodas pero me daba un poco de miedo lucirlas así que las seguí caminando, de acá para allá, en el local hasta que me miré. 

Y la verdad es que me quedaban hermosas. Con miedo y todo, le dije que era el adecuado y que en cuanto cobrara se las pasaba a buscar, porque ya no tenía plata para distraer en eso, a mitad de mes, pero que supiera que iba a volver porque ya no compro en otra zapatería. Que si no, no se preocupara, yo me podía elegir otro cuando cobrara. Que le agradecía mucho y que cada verano me las ponía más difícil porque todas sus sandalias eran lindas, con o sin tirita atrás. 

Él me dijo que espere un cachito, macanudo, y fue a fijar a depósito. Ahí corroboró que esas eran el último par en mí talle, de ese modelo y me explicó que no iba a volver a entrar, y me aclaro que no era por venderme nada. Me avisó que podíamos mandar a reformar otras pero que lo tuviera presente si decidia. Y yo le dije que bueno, que no importaba, que después volvía y que me elegía otro par, no porque no me gustaran, sino, porque no tenía el dinero.  Pero el me dijo: pero si este te encantó ,por favor, sos clienta, te las guardo y me las pasas a pagar cuando cobres. ¿Querés estás? No te preocupes, después me las pagas, solo para guardartelas.  Y le dije que si. 

«Ya son tuyas», me dijo, sonriendo. Y le agradecí no por los zapatos, sino, por el gesto.  De nuevo, cuánta gratitud sentí. Me ofrecí a dejarle algo de seña y no quiso. Solamente, me pegó una tarjeta en la caja con mí nombre y la guardo a un costado con la fecha donde les dije las pasaría a retirar. 

Él no lo sabe directamente, con detalles, pero está ayudandome a sanar algo que no tiene que ver con zapatos. Tiene que ver con la niña que fui y que odiaba sus pies, por sentir que no eran lo normal. Con la niña que salía con ganas de llorar de las zapaterías. Con la adolescente que uso zapatillas de cuero en enero, para no mostrar los pies, porque sentía que caminaba peor con sandalias.  Con esa parte de mí que siempre vivió la búsqueda de calzado como un castigo. 

Hasta ahora. 

Basta solamente con ir a mí zapatería de confianza y hablar con ellos. Ahí la niña que fui y la mujer que soy hoy, se siente incluida. Y lo mejor es que realmente son las sandalias que yo elegiría si no tuviera espasticidad, las que puedo elegir teniendo espasticidad. 


martes, 11 de noviembre de 2025

Para siempre, espero.

Después del encuentro con Javier el pasado jueves, me sentí bastante culpable. Bastante, en realidad, es un decir; me sentí muy culpable.

 

Estuve pensando bastante sobre lo que charlé en terapia sobre el tema. También, estuve pensando en la frase que me dijo Javier, ese día: "nosotros dos, somos un bardo", como parte de éste monólogo igual, que me lanza sin que se lo pida, no sé si para justificar lo que hace o para justificar que la quiere, pese a lo que hace.

 

Yo, francamente, comprendo eso. Comprendo que la quiere a ella, y que lo de nosotros es otra cosa – a saber, un bardo – pero lo que no comprendía hasta ahora es que quizá Javier nunca va a darme la charla final.  Y cuando me planteé eso, dije: "pero claro, qué pelotuda que soy". Sucede que Javier no va a decidir. Nunca. Y que la única que puede decidir terminar con todo esto, en realidad, soy yo.  Aún mismo, él me mande un mensaje, dos, cuatro, porque en el fondo, no lo maneja bien.

 

¿Cuántas veces le pedí que, contrariamente a lo que se cree, él hiciera su vida con ella tranquilo, y que cada uno siguiera por su lado? ¿Cuántas veces gasté saliva diciéndole que él podía volver a elegir volver al buen camino, con ella, y ponerle voluntad a su relación?  Y él me dice todo que sí, que sí, que sí, pero tarde o temprano, al menos hasta ahora, siempre volvió. Y me dice que no me quiere usar, que no me quiere lastimar, y sin embargo, nunca se orienta hacia la decisión definitiva de resignarse a vivir la vida que eligió sin escapatorias.   

 

Hasta ahora, por lo menos, Javier regresa. Yo siempre creo que esta vez no va a volver, porque confío en que un día entienda, entienda lo que le digo. Quizá, pienso, ahora mismo, ésta vez ya no regrese. Y sea lo mejor para todos. Porque esto no se trata de ego, de competencia, de éstas cosas más mundanas. Esto se trata de evitar dolor, y con eso, estoy profundamente de acuerdo consigo.  Yo, hoy en día, prefiero empezar a mirar para otro lado, aunque ese costado esté vacío, antes de saber que por mi culpa, alguien más está pasándola mal.

 

Cuando Javier vuelve, no vuelve con promesas hacia mí, porque yo jamás le pedí nada. Yo lo único que le digo es que mejor no llame, que mejor no nos veamos, que no lo quiero estresar peor, que se quede tranquilo. Y él, un poco como contra si mismo, vuelve con algo peor: la misma desesperación que yo siento, cuando lo tengo que dejar alejarse, por el bien de todos, inclusive el mío, sabiendo que tenemos la obligación moral de hacer una vida normal. Vuelve y me dice: "te juro que yo intento dejarte en paz, no romperte las pelotas a vos, pero no puedo".  Vuelve diciendo que lo intenta, que intenta alejarse, mantenerse alejado, por mi propio bien también, pero que no puede. Que sinceramente no puede manejarlo. Que si fuera por él, me llamaría diario. Y yo también, sí.  Yo también lo llamaría diario, yo también iría a su casa a tocarle la puerta, yo también me quedaría ahí, escuchándolo, y animándolo, o contándole todas mis verdades, y cagándonos de risa, yo también me acostaría consigo todo el tiempo, porque lo deseo, porque lo deseé 11 años, porque una parte mía siempre quiso verlo feliz.

 

Pero no, no se puede. Y saber que algo no se puede, y hacerlo igual, más de una vez, genera una culpa inmensa.  Una culpa que cada vez ocupa más y más y más espacio. Una culpa que tiene la cara de ella, el cuerpo de ella, y que persiste aunque Javier me cuente toda su semana y no la incluya, porque yo no me voy a enojar, al contrario.  Quizá, voy a pensar que es más honesto conmigo si me habla con esa verdad, aunque sea una verdad dolorosa, porque es una manera también de ubicar a todos los actores en la circunstancia.

 

Por eso pienso que no podemos ser amigos, que lo mismo es hacerlo una vez o veinte, porque lo que no se logra es, en general, a la historia, ponerle un freno y porque siempre, aunque se haga de vez en cuando, va a estar pésimo lo que hacemos. Va a estar pésimo el simple hecho de que respiremos el mismo aire. De que nos crucemos y nos saludemos, o que nos charlemos de la vida de cada uno, o que nos acostemos siempre con desesperación y que nuestros cuerpos se den al otro desde una exclusiva. ¿Qué importa eso? Digo ¿hasta cuándo el tópico sexual podrá resistirse como la razón por la que algo tan terrible se sostiene?

 

Porque pienso en su novia, también, que fue diagnosticada con una enfermedad mental hace unos años y que recibe tratamiento y que lisa y llanamente no puede recibir un golpe emocional. No la puede dejar, básicamente, porque tal cual lo pienso, y tal cual él me lo dijo: "no tiene idea de lo que puede llegar a pasar si desarma todo eso".  Y es cierto, se puede venir una horrible, y mi respuesta ante eso es: "vos tenés que seguir con ella, y tratar de tomar distancia de mí, es lo mejor, yo te voy a garantizar que jamás nadie se va a enterar de esto, y que yo voy a apoyar la decisión que tomes, cualquiera sea", tal como lo hablamos en febrero de éste año.

 

¿Y cómo se vive con eso, después, no? Yo puedo vivir con la mentira, y mandarlo, tozudamente, a que haga su vida con ella; que la acompañe, que le ponga onda, que no le dé tanta bola a lo sexual, si eso no fluye. Cuando me ha dicho que no tiene ganas de buscarla más, cuando no se siente buscado por ella, yo le sugerí que consulten a un especialista, que busquen consejos, que hablen mucho entre ellos. Puedo vivir con el silencio, inclusive, con el concepto de ser atorranta porque se acuesta con un tipo comprometido. 

 

Pero no puedo vivir con la culpa de saber que alguien con un tema mental diagnosticado, que se apoya en Javier, sufra porque Javier y yo somos dos forros que no se pueden contener entre sí. Cuando él me dice que sabe, que tiene que desarmar todo eso, que la tiene que dejar, y juega finísimo conmigo, y me dice que nada malo me va a pasar a mí, yo no pienso en mí. Pienso que si vos estás en pareja con alguien con un tema de salud mental, salir de ese lugar no es tan fácil. Y más, si hablamos de trastornos de personalidad. Y que es claro que si Javier se propone desarmar no sabe, nadie sabe, con lo que se va a encontrar.  Y yo… jamás le voy a pedir que lo compruebe.

 

Prefiero alejarme para siempre, desaparecer, no verlo más, no mirarlo más, no saludarlo más, no escribir, ni responder, ni hacer o postergar. Porque también soy responsable de los límites que no le puedo poner a él, cuando se me acerca y me duele el cuerpo pensando en todo lo que me tengo que controlar, contener, respirar hondo, saludar normal, y seguir sin preguntar, sin cuestionar, sin mirarlo demasiado a fondo, porque me voy a acordar de todo lo que sabe, lo que puede, lo que me conoce, o de sus malditas caras… Y no, mejor controlar  y seguir.

 

Pero no, no siempre lo logro, y eso me llena de culpa.  Porque del otro lado, me encuentro con el mismo problema. 

 

Es que cuando Javier me dice que nosotros nos vemos poco porque él tiene que ser prolijo, yo asiento sin decirle nada. Cuando Javier me dice que lo hace de esa forma porque no quiere lastimar a nadie, yo asiento sin decirle nada. Cuando Javier me dice que ya sabe lo que tiene hacer, que la tiene que dejar, que tiene que desarmar todo eso, pero que no tiene idea de lo que puede pasar si desarma (teniendo en cuenta la situación) yo me quedo callada, mirándolo, y no le digo nada, porque yo no soy capaz de pedírselo, ni de exigírselo, porque ni siquiera yo misma sé si lo podría hacer…

 

  Pero eso sí, cuando Javier me dice, sin mirarme, como contradiciéndose, que nosotros dos somos un bardo, ahí sí levanto el guante y respondo.

 

-            Sí, eso es así. Es sabido – le digo.

-            Sí, y por eso yo tomo distancia, desaparezco, después vuelvo, porque voy a pisar el palito si no. Y nosotros, Dios…  Es terrible.

 

-            ¿Qué sería pisar el palito?

 

-            Ser desprolijo, yo no puedo ser desprolijo porque puedo causar mucho dolor. Tengo que ser prolijo. No pisarme, además, en lo que digo. Si me preguntan algo, ser rápido.

 

Asiento.

 

-            Sí, lo sé. O sea, esto es algo que hablamos varias veces. Vos ya sabés lo que yo creo.  Pero lo que no entiendo, realmente, es qué diferencia hace la frecuencia.

 

-            ¿No cambia en nada?

 

-            Capaz para vos sí, por eso te preguntaba… Yo lo veo de otra forma, me dá la sensación.

 

-            Cambia, sí que cambia. Si esto tiene asiduidad, es muchísimo más complejo.

 

-            ¿Por qué?

 

-            Porque es obvio que me voy a equivocar. Hay mucho más riesgo de todo.

-            ¿De todo?

 

-            Sí, de todo. De generar situaciones, pisarse… Cualquier cosa…

 

Suspiré. Lo miré, muy seria y asentí. Él se sacudió de la silla, se movió, fue a buscar algo. Lo noté muy ansioso.

 

-            Sí, es algo que yo tengo todo el tiempo presente – le dije, seria.

-            Vos y yo encima, somos un bardo – dijo, levantándose a abrirle al gato que maullaba para salir – Es re intenso. Vos sos muy intensa, y yo me vuelvo loco con eso.

-            Sí, entiendo – dije.

-            O sea, lo que yo digo es que sos terrible. Y yo, enseguida hago cualquier cosa que se te ocurra con vos.

 

Lo miré.

 

-            Javi – dije, y sentí que me quedaba sin fuerzas – nosotros dos, somos igual de calentones. Y vos ya sabés lo que yo creo. Lo hablamos. O sea, yo tengo una apariencia de persona re tranqui, pero no soy tranqui si me apalabrás como hacés vos. Y vos, tampoco sos mansito.

 

-            Sí, lo sé, lo que yo digo es que es un bardo todo esto.

-            Sí, lo es.  Estoy de acuerdo.  Por eso no se en qué cambia dosificar. Yo lo manejo de una forma donde para mí hacerlo 1 vez o hacerlo 20 veces…

 

-            ¿Es lo mismo? No.

Suspiré.

-            No por lo sexual – dije, como pude.

 

"La cagada es la misma, no entiendo cómo no te das cuenta, que robar un banco una vez o robarlo veinte veces, te hace ladrón".

 

-             Dios, es que encima yo digo no, pero después es imposible – dijo.

-             Me dio la sensación por el mensaje que me mandaste. Me dijiste eso y fue como:  " ah, se le fue la compostura a la mierda".  

 

Me miró y me sonrió.

 

-            Sí, es que después de la charla que tuvimos. ¿Te incomodó el mensaje?

-            No, Javi. Al contrario.

-            ¿Cómo?

-            Y, vos me mandás ese mensaje y yo quiero concretarlo. Es así. Y vos también, viste, un indio que parece que te sacan de no se dónde, y yo admito que soy muy impulsiva con vos – le aseguré.

-            Sí, vos sos tremenda.

-            Los dos  – dije  y acaricié a su gato, que se había acurrucado al lado mío, para dormir – Me voy a ir.

"Listo, yo no aguanto más, esto es demasiado incómodo", me dije.

 

-            ¿Ya?

-            Sí, busco uber, así te dejo descansar. Mañana tenés que ir a trabajar.

-            ¿Qué, vos no?

-            Sí, pero laburo desde casa.

-            No hay problema. ¿Ya te tenés que ir, por eso que me dijiste de una hora? ¿No querés comer algo? ¿Tomar otra cosa? No puedo abrir un vino hoy, ¿pero no querés más jugo?

-            No, gracias, gracias. No tengo hambre.  Voy a ir buscando Uber.

Javier puso cara.

-            ¿Se te pasó la hora? – me insistió.

Me reí.

 

-            Te lo dije para darte un marco del tiempo. Más o menos del tiempo que puedo disponer hoy.  En diez minutos, me esfumo. Mágicamente – él me miró, más dulce, y me sonrió.

-            No, pero yo pensé que quizá dijiste algo y que te iban a preguntar…

-            No, tranqui.  Nadie me pregunta nada.

 

(…)

 

-            Me voy. Ahí está el Uber.

-            ¿Qué, ya viene?

-            Sí, a dos minutos. Chau.

 

Agarré mi cartera del costado de la silla y enfilé para la puerta.

 

-            Bueno, esperá, te acompaño.

 

Salió a la puerta adelantándose para que no saliera sola.

 

-            Ése es, mirá – dijo.

 

Le dije que sí, salí, y me acompañó hasta la vereda

 

-            Sí, sí, lo sé.  Mejorate.

-            Está medio difícil hacer caso.

-            Bueno, pero hace caso, vas a estar re bien con el aciclovir.

 

Sonrió. Me abrazó levemente y me dio un beso en la mejilla.

 

-            Chau – dije, sin mirarlo y le dí una palmada en el brazo bueno.

 

"Para siempre, espero", pensé.

 

-            Chau. Cuidate. Hablamos. 

sábado, 8 de noviembre de 2025

La guerra sucia

 Javier me encierra con sus brazos desde atrás. Me siento petisa a su lado, y lo soy. Con sus brazos, me envuelve entera y es bastante la fuerza que nos diferencia. Si bien yo soy intensa, él es macizo y más intenso. 

Me besa el cuello, yo me voy relajando de a poco, y de pronto, cuando quiero darme vuelta para darle placer, me lo niega. 

- No. 

- ¿Cómo que no? - le digo. 

No es lo acordado. No es el trato que hicimos, donde él no se iba a esforzar estando en ese estado. 

- Después. Déjame a mí. 

- ¿Y por qué? - le pregunté, encendida. 

Javier me desnudó y entendí la razón. 

- Porque me dijiste que estabas contracturada. Y porque no te podes ir de acá con ganas. 

Mofe y se rió. 

Empezó a aplicarse alrededor de mí cuerpo como si darme fuera más importante que recibir. Lo acaricié, y acompañé sus manos por todo mí cuerpo, juicioso y obediente. 

- ¿Voy bien así? 

- Si. Pero no me parece justo. 

Me reí. 

- No te preocupes, vos, por eso. Yo te quiero coger como a vos te gusta y después sí te dejo hacerme de todo. 

Lo acaricié despacio y lo apreté. Javier se abrazó a mí cuerpo y me desvaneció con sus atenciones. Me preparo para que lo único que me preocupara fuera dejar de controlar y recibir. Algo que disfruto mucho pero que también me da un poco de miedo. Porque para mí controlar es una forma de ordenar y él me descontrola, me desordena y gana un terreno exclusivo, donde me convierto a veces en una versión que mezquino por el bien de todos. 

- Despacio, no vayas de una porque te mato. 

Me beso los hombros. Suave. Y yo, le contesté con un suspiro de rendición. Cuando lo intentó, pudo. Muy simple, rápido, como si mí cuerpo y el suyo ya se conocieran. 

Sentí una mezcla de desesperación por ver cómo deshacía cada obstáculo de mí cuerpo y de placer. Hay cosas que pasan con Javier que yo no había logrado con otros y descubro que todo tiene que ver con el control. 

Consigo, tener sexo en cualquier lado, parados o acostados, a medio vestir, rápido o lento, siempre intenso y terminando todos transpirados, es la norma. Y para mí, que soy muchísimo más prudente en la vida normal, nuestros encuentros son un escenario de locura. De una intensidad que nunca termino de descubrir y que veo renovada cuando cedo el control y este reo se lo apropia. 

- Por favor, no me enloquezcas. Arrancá normal. 

Se rió. 

- Voy a ir despacio, sí - dijo y empezó a aplicarse en que cada pulso de su cuerpo fuera exacto. 

- ¿Voy bien? 

- Si - le dije, tratando de mantener el control. 

Javier continúo con un nivel más de intensidad y simplemente yo empecé a hacer un enorme esfuerzo para no perder la compostura y decirle una barbaridad.  La barbaridad que me estaba haciendo sentir, básicamente. 

- Disfrutá, eso, muy bien. ¿Te gusta? Si no te gusta me avisas y me voy. 

- Hijo de puta, no puedo creer... - me quedé callada, porque estaba sintiendo mucho placer. 

- ¿Qué no podes creer? 

- Mí cuerpo se te da, Javier, de una manera... - jadeando, desesperada, lo apreté de nuevo. 

- ¿Ahora sí, o no? 

Me reí. 

- Si, Javi. Punto perfecto. Felicitaciones - lo burle. 

-  Que hija de puta - musitó y me afirmó con su fuerza - ¿Te gusta que ****? 

- Un poquito - dije, como pude. 

Se rió. 

- ¿Ah sí? ¿Poquito? 

- Siiiii. 

Javier se rió. 

- Vamos a ver si te gusta poco - dijo, y empezó a volverme loca, mientras yo ya intentaba controlarme, bastante peor. 

Gemí con fuerza. 

- Eso, a ver... Te quiero escuchar. Nada de aguantarse. 

Puso su mano en mí boca, despacio, porque ama que grite. Y yo lo amo más, pero también me deja fuera de toda razonabilidad. 

- No puedo. No me hagas esto. 

- Si que podes. 

Y disfruté hasta que caí en el colchón. Y ya no me importó más nada. 

Me lo quedé mirando. Javier me miró, sonrió y me dijo: 

- ¿Estás más relajada ahora? 

- Sí, Javi. Fue injusto para vos, pero bueno para mí. 

Se acostó y me tiró las manos. Le di una y me tironeo graciosamente. 

- Ahora sí - dijo. 

Esquivando el espacio donde le ardía, lo acaricié. Él me cubrió el cuerpo para que esté más cómoda, y lo agradecí. 

- Quiero ***, por favor. Si vos querés. 

Asentí. Lo acaricié, lo observé, lo preparé y ejecutar fue la cuestión más fácil del universo, porque necesitaba devolverle el punto. 

Javier finalmente se entregó. Con sonidos suaves, me indicó que todo iba bien. 

- Ay, no. 

- ¿Qué pasa, te duele? - le pregunté, con dulzura, para no hacerlo sentir mal. 

- Es que voy a llegar muy rápido, así como venís. 

- ¿Y eso es malo? Porque yo estoy buscando llevarte ahí.  No te preocupes por eso. Déjame a mí. 

Sonrió. 

- Quiero que te pongas asi - me explicó, pícaramente. 

- Mmmm. No sé. No sé - le dije, en broma - Pensa en vos ahora. 

- ¿Te lo puedo decir de otra forma? 

Asentí. 

- **** y quiero que ****, ahora. 

(...) 

- Si me lo pedís así, yo creo que hay que hacer un poco de caso... 

Se rió. Me agarró con sus brazos y yo pensé que estaba frita. 

- Me encanta. Voy a ver si... - dije, intentando enfocarme solo en su placer. 

- No, no, no - dijo. 

Me miró como si fuera suya. 

- Javier, me enloqueces. 

- Esto, quiero - dijo, y empezó de nuevo a moverse conmigo. 

- Dios. Hacé lo que quieras. No me podes coger así. 

De pronto, Javier me ve disfrutando y parece encenderse por completo.  El orgasmo que le llega es muy intenso. Tiembla. Gruñe y yo lo sostengo, sin dudarlo un segundo, mientras pasa por todos esos estados. Lo aprieto. Lo acompañó y después lo suelto. 

- Ahí está. Estoy bien. 

- Muy bien - dije, y me separé de su lado. 

- Dios. Dios - suspira complacido. 

Y lo que sigue, es volver a ser lo que no somos.  Más tarde, cuando está preguntando por qué le dije que podia vernos solo un corto de tiempo lapso, le expliqué mejor: 

- Por eso te puse horario. No por nada mas. 

- Si. Entiendo. Claro. Yo pensé que era por otra cosa.  No sabía que habías dicho. 

- No. Eso. Me toca disimular la cara, pero siempre soy discreta. 

- ¿La cara? 

- De **** - le dije - Tengo una imagen que mantener, aunque no lo parezca - le dije, con sinceridad.  

Javier se rió, de pronto, y sacudió la cabeza.