- Te fuiste enojada la última vez, eh. Fue complicado.
Miré a Javier y le puse cara. Hacía dos meses que no lo veía y, cuando me abre la puerta, estamos vestidos del mismo color. Verde. Verde botella. Verde que te quiero verde. Me dice Camila por la Camila que se enamoró de Ladislao, la de la época de Rosas. Yo, le digo Ladislao, que Ladislao tuvo más huevos que él, que ni loco él podría ser Ladislao. Re Camila sos, me dice. Ladislao te van a fusilar, Ladislao te van a matar, nos van a matar, replico yo. Camila, Camila. Camila ¿me hacés masajes?
Me siento en su mesa. Abre una Coca-Cola haciendo real lo de juntarse a tomar una coca. Ahí me tira la factura como una manera de reflotar el tema sobre el que ya me había machacado el fin de semana. Y yo, respondo, esta vez, cara a cara:
- Conociste una versión áspera de mí, lo sé – digo con cierta ironía - Pero no entendía para qué me habías convocado, por eso reaccioné así. Ponete en mi lugar: estaba en la casa de un tipo al que no sabía qué le pasaba; si estaba deseando que me fuera o que no me quería ni ver. En bolas, sola, frente a vos. Como para no salir cagando como salí – le dije.
- No, lo sé, perdoname. Lo entiendo. Lo sé. No estoy diciendo nada de eso. Vos ya me lo explicaste y está bien.
- Bueno – le digo. Tomo un sorbo de Coca-Cola y lo miro servirse en su vaso, y darle rosca a la tapita.
- Lo que paso, le puede pasar a cualquiera. Fue una mala noche - insistió – Yo me siento culpable. Eso es.
- Sí. Mi lectura era clara. Que vos estabas harto y me habías convocado porque estabas aburrido. Después, aclaramos. Si vos me preguntás, mi actitud fue porque no estaba dentro de tu cabeza y no sabía qué hacer - le expliqué.
- Yo me sentía terrible ese día, eso era lo que me pasaba. Y después de lo del teatro, dije: " no la llamo nunca más, nunca más la voy a llamar" - confesó, refiriéndose a mí.
Me quedé callada. Nunca más me pareció demasiado tiempo. ¿Nunca más? ¿Desde cuándo Javier usa el nunca más?
- ¿Antes o después de vernos? – quise saber.
- Antes.
- ¿Por qué? – pregunté.
Necesité saber. Javier jamás me había confesado esas escalas, ni tampoco sus pensamientos. Más allá de los lugares comunes de: “pienso en vos, o en esto, todo el tiempo”, esto era nueva información.
Se removió en la silla. Yo, apoyé una mano en mi cara, me la sostuve con ella, y lo miré, esperándolo. Javier sacó su bolso de fútbol, dominado por la ansiedad, y empezó a desarmarlo. Cuanta camiseta verde deseé del mundo, definitivamente, estaba metida ahí adentro; pensé, con cierta nostalgia, recordando la época donde lo quería pero lo tenía demasiado lejos.
Mientras dobla una remera, Javier me da las explicaciones que no le pedí:
- Porque lo que pasó es que ella me dijo que iba a hacer unos talleres, anda con todo eso de los talleres. Y me comentó que te iba a invitar a vos para que participes - me confesó, refiriéndose a su novia – Y cuando me lo dijo… - suspiró.
Ahí estaba la info, el motivo, frente a mi cara. A Javier le había llevado dos meses ponerme en palabras algo tan capital como que cuando nos imaginó coexistiendo en el mismo espacio, se paralizó con cuerpo y todo. Sin contar que por escasos motivos casuales, su novia y yo estudiamos lo mismo y nos interesan aristas muy parecidas del mundo.
- y cuando me lo dijo, dije: “esto no puede ser” – me explicó.
Tomé aire y traté de ser cuidadosa con mis palabras.
- Javi ¿ vos crees que yo hubiese sido capaz de participar, aunque ella me invitara? - le pregunté.
- No, no. Ya sé, ya sé – me dijo sin dudarlo ni un segundo - Pero cuando dijo eso, me sentí terrible por lo que estaba haciendo con vos y ella diciéndome eso.
- Entiendo – dije.
- Y por eso tomé tanta distancia y vos me ves que tomo tanta distancia de vos aunque me cuesta. Para no confundir.
Me quedé pensando. Algo. Un breve detalle. Javier habia dicho que nunca mas tenía que meterse conmigo y, al otro dia, me había escrito de la nada. Ese dia me había dicho que había estado tomando whiskey y yo le pregunté qué le pasaba que me escribía de la nada, en una charla que era más desesperación que coherencia. Javier solamente me repetía: vos te tenes que buscar gente mas joven como pareja, tenes que estar con hombres mas jóvenes, no te pueden gustar los viejos a vos, dejá de mirar viejos.
Y a mí, que eso me había sonado super extraño por la forma, ahora, de pronto, me cerraba. Me había escrito, sí, como un último gesto. Por eso había tomado vino y wiskey en un episodio melancólico y me había cuestionado todas las elecciones. Y por todo eso, también, cuando yo le dije que me dejara de joder con ese tema, que no le había pedido consejos sobre cómo vivir si era mi vida y no la suya; acabamos en el resultado funesto. El fracaso general que había ocurrido con el cuerpo y lo que había generado que yo me fuera llevada por los demonios.
Dos meses después, cuando Javier me confiesa esa info en la cocina de su casa y me perjura que él dijo: "con ella nunca más", yo le digo:
- Es lo que tenes que hacer, sí – no lo digo con altivez, lo mío es un murmullo. Lo máximo que puedo hacer por él en este momento. Murmurar una recomendación que ya le he repetido hasta el cansancio.
- Si, es que yo no quiero lastimar... Y cuando estoy demasiado cerca de vos, hago cualquier cosa – me dice – Me cuesta mucho tomar distancia, pero hago el esfuerzo porque yo sé que puedo hacer un desastre – insiste.
Asiento. Tomo más Coca-Cola para empujarme las ganas de decirle que el día donde a él lo entierren bajo siete metros de tierra, y a mi lo propio, vamos a diluir la tensión. Me lo callo. Como a todo. Lo sigo escuchando en mi postura racional, fría, que sería capaz de congelar su corazón antes que dar el brazo a torcer y ablandarse.
- Insisto, Javi – le digo - yo jamas me prestaría a sentarme con cara de nada, ahí, sabiendo que por otro lado nosotros dos tenemos estos problemas para sostenernos los límites. Estos son los problemas, no lo que hagan los demás.
Asiente como un niño y dice:
- Ya lo sé. Porque aunque yo te convoque como me decís vos, siempre siento culpa. Siempre me siento culpable con esta situación.
- Lo se. Hemos hablado mil veces de esto- le digo con suavidad – No es mi meta hacerte sentir de esa forma, pero tampoco puedo saber qué te detona. Yo te repito que no cuando vos me invitas por eso. Pero pareces no darte cuenta de que es eso lo que hago. Me decís que soy caprichosa, que no quiero, que te boludeo.
Javier sonríe.
- Ya sé que siempre te digo lo mismo -insistió - pero necesito tenerlo claro.
- Y yo lo entiendo. ¿Sabés qué? De mi lado, yo jamás te iba a volver a escribir. Si no fuera porque me escribiste vos, jamas nos hubiésemos visto de nuevo. Porque si debe ser asi, sera así, no hay mucho más para agregar.
Me puso cara.
- Si, lo que pasa es que tengo que poder manejarlo – me dice.
- ¿Manejar qué?
- Esto.
- ¿Cómo, Javi?
- Cuando me dejo llevar por la calentura, por todo, con vos, no me siento mal – dice - Siempre pienso, siempre siento culpa, pero es una culpa manejable, con la que puedo vivir.
Me quedo callada. Me parece terrible todo lo que dice, cómo lo pinta, cómo no parece darse cuenta que la vida no se trata de aguantar. De manejar. De contener y ocultar.
- ¿Y entonces?
- Eso, es una culpa manejable. Donde me siento más bien que mal. Es más bien lo que me pasa que mal. Porque si fuera mal, mal... – me advierte – yo no lo haría nunca más.
- Increíble – digo.
- Es que – me dice, verborrágico – cuando yo estoy con vos, cuando venís, la paso re bien. Al otro día me quiero matar, me siento re culpable. Ahora, si yo dejo que esto sea frecuente sé que me voy a mandar una cagada. Estoy seguro. Algo se me va a mezclar y... no quiero lastimar a nadie.
Asiento, en silencio.
- Si, ya me lo dijiste. Ya lo escuché, sí – le recuerdo - Y entiendo que se te complicaría capaz tener las cosas en mente, no pisarte, no sé la calidad de tus miedos – le explico, sin ningún tipo de ironía.
- ¿Cómo?
- Claro, que es todo una muestra de lo mismo. Es todo un correlato de culpa que vive con vos y atraviesa todo lo que vivís. Y como te dije, la culpa la calla uno, por experiencia te lo digo, la culpa uno la va suavizando con lo que hace. Si llamas, si no, yo no puedo controlarte.
- No, ya lo sé. Por eso, cuando tomo distancia de vos, lo puedo manejar. Cuando estoy lejos, digo, sí, ya está, no lo hago más. Tome mucha distancia de vos, viste. No te escribí durante un montón de tiempo y me la banqué.
- ¿Y después? – suspiro - ¿Sabés cuál es la cagada en nosotros? – le digo – Que el problema de nosotros somos nosotros. Es así. Yo te digo si vos no me escribís no te escribo y te ponés re denso para que te conteste…
Sonríe. Le sonrío.
- Este Ladislao… – le digo, a modo de broma suave, para aligerar la atmosfera.
- Igual nadie sabe que con ando... que con vos, digo... – dice – Nunca lo hablé con nadie.
- Me parece bien. Nadie sabe de mi lado.
- No. Del mio tampoco. Nadie sabe. Ni siquiera nadie que no te conozca. Quiero decir que no se lo cuento a nadie. Aunque no te conozca.
- Cuento con vos para eso, si. Cuidame un poco, yo también guardo silencio.
- No, es que viste que a veces los tipos cuentan. Yo no cuento de vos a nadie. Porque me pone incómodo andar hablando de si yo esto, lo otro. Aunque no te conozcan.
- Bueno, pero no le veo la necesidad. No te la tenes que estar midiendo con nadie. No te hace falta.
- No. Es que me siento un pelotudo porque tengo mas de 50 años, bah, tengo 55 años, y ¿qué voy a decir? Sí, tengo una amante.
Lo dijo de una forma tan descarnada que me hizo reaccionar.
- ¿Y a quién se lo tendrías que decir, a los pibes del fútbol? Dale, Javi – le digo, mofando – Me parece que ya sos un tipo grande para andar midiéndotela con los otros.
- Si. Ya se. Es que no quiero, porque no lo considero una anécdota. Si yo estoy solo, tampoco hablaría con nadie de esto -me aclaró.
De pronto, me iluminé.
- Claro, porque a vos te da vergüenza que alguien se entere de que te acostas con una chica de 31 años a tu edad. Pero es la verdad, es lo que vos estás viviendo – le digo.
Javier me miró.
- No, es que no diría nada si estoy solo. Y tampoco andaría ahí con el mensaje, que sí que no, si estoy solo, ya estoy grande para todo eso de andar corriendo riesgos.
- Y no. Yo no te doy bola, pero bueno, no nos demos mas bola y chau. Ya está.
- Es que, a mi edad, me siento un boludo teniendo amante, entendes. Perdon. No quiero cansarte. Esto es así, entre nosotros. Nos podemos llamar o no nos podemos llamar, pero siempre va a estar todo bien. Yo quiero que me saludes si me ves por la calle, y si no querés nada, esta todo bien y capaz que yo no quiero y bueno – dice, vagamente – Pero hay que tener todo muy claro para hacer esto bien y sin confundirse.
<<Confundirse ¿con qué? Insiste demasiado y basta con controlarse>>, pienso.
- Javier, no todo puede explicarse, pero si atajarse. Dejemoslo asi. Para mí esta todo claro.
- No está bien, está bien. Perdón, yo te canso siempre con lo mismo…
- A mi me quedan claras las cosas con hablar una vez – le sonrío - ¿O no te acordás que soy de capricornio?
- Si, se que lo sabes - dijo y sonrió, cálidamente.
- Para mi es complicado también. Estoy con alguien y no lo tengo por qué andar exponiendo, pero si se trata de una elección que uno hace. Lo tengo claro, que esto es así y que hay un trasfondo, pero yo no me voy a quedar esperando. Nada tengo que demostrar ni andar esperando de tu lado, siendo que vos estás cuasi casado. No puedo esperar a los 31 años. Por eso no te escribí mas.
- No, está bien. Yo no quiero que esperes nada, no, por eso. No quiero que te sientas mal, tampoco -suspiró.
- No lo hago, no puedo hacerlo, Javi – le digo, como si se lo confesara - Pero te pongo en tema para que entiendas que esto es lo que es. Para cambiarlo, hay que dejarlo.
- Sí, pero... - murmuró - voy a buscar un short. Ya vengo. Un segundo.
- Anda, ya fue – le digo, sin querer retomar el tema - ¿De qué jugas hoy?
- De 5.
- ¿Se cagan a palos los +50?
- Nah. Estamos bien.
- Bueno, ármate eso tranquilo. Yo me voy, te dejo - le digo, mientras camina en boxer y se va juntando medias, camisetas y afines.
- Pará, esperá. ¿Te llevo, queres? – me dice.
Javier, en boxer, con su pierna tatuada, sin duda, es la imagen que nunca me imaginé poder tener. Andá y explicale eso a mi versión enamorada. Definitivamente, es inexplicable.
- No, no, buscá el short. Vas a llegar tarde. Llevate recambio. Siempre me olvido, yo.
Sonrió.
- Sí, me llevo.
- Bueno, pero te acompaño a la puerta. Esperá que me pongo un pantalón.
- Bueno, dale - dije y lo mire, rápidamente, para hacerle un comentario mas, en cuanto volvió de ponerse un pantalón.
Cuando me doy vuelta, veo que estaba mirándome distinto. Como si me midiera, o me admirara, con distancia.
- Estamos verde que te quiero verde – musito, cuando me pongo la campera.
Me mira, de nuevo.
- Ah siiii – dice.
Le hago un gesto gracioso, cuando me pongo la capucha, para aflojar. Él se ríe.
- ¿Vamos?
Me acompaña a la puerta. Me mira y yo me alejo.
- No hace tanto frío para campera y capucha.
- No es por el frío la capucha. Es porque no quiero que me vean salir de acá.
- Está bien – dice, suave, como si le importara nada – Chau, saludame.
- Cuidate. Buen partido - lo saludo.
Me abraza levemente, siempre llevando una mano extra a la de un saludo normal.
- Gracias.
Mientras me alejo caminando en la noche del barrio, él hace tiempo en la puerta con su perro. Sé por qué, está vigilando hasta donde puede que nadie se me cruce en el camino. Hasta donde puede manejarlo, me digo, con sorna. Y finalmente, lo pienso, lo formalizo en mi misma: qué mentira más grande.
Sí. Qué mentira mas grande.
Manejarlo es hacer exactamente lo que estaba haciendo yo, hasta que vino de nuevo con su pelo, su barba, su perfume, su olor, sus manos suaves, su voz, sus gemidos, sus mil y una formas de enchufar de nuevo la sexualidad a ml cuerpo, de hacerme llegar a los orgasmos más angustiosos e intensos de mi vida. Su afán de hacerme el amor en cualquier lado, de cualquier manera, sus arengas para que llegue, todo es mar lleno de ruidos que es su vida. Su gracia vigente de decirme: por favor, no te guardes nada conmigo, quiero escucharte, por favor, quiero sentirlo todo para mí. O sus “aguántate”, jocosos, cuando me está tocando donde quiero y yo me desespero a tal punto que le digo basta, no, me quiero ir; aunque lo que quiero es quedarme. Y él lo sabe, entonces, me sostiene y me dice: “no, no, te aguantás ahora, vos”. Y me dejo derretir como muriéndome.
Yo lo odio por eso, pero lejanamente, también lo amo por eso. Lo detesto por lo que sabe sacar de mí, que no tengo que explicarle, o a quien tengo que pedirle que le baje y no que le suba intensidad. Claramente, ese es el problema entre nosotros.
Un rato antes, lo miro. Javier sonríe, cálido, complaciente y se deja llevar.
- ¿Puedo? ¿Vos estas bien? - le pregunto, suave.
- Si, Camila. Todo podés hacer - me dice y me mira con sus mejores ojos. Es como si me recorriera entera, con algo parecido a la satisfacción, al deseo, a la ternura y al precio de esa ternura
Me río.
- Bueno, puf, todo es un montonazo – lo burlo.
- ¿Me merezco, ahora, que hagas cosas no? Porque me dijiste que yo tengo que merecerme tus cosas. ¿Lo logré? – quiere saber.
Lo miro. Le pongo cara de “no preguntes si ya sabés que sí” y me río. Es como si estuviera en un trance.
- ¿Lo logré o no lo logré? ¿No me vas a decir que no la próxima?
- Algo, algo, merecés. Un gesto, apenas – le digo, con sorna.
Javier me mira y se retuerce de una rabia dulce. Me abre grande los ojos y su gesto se ablanda.
- ¿Me lo prometes? Prometeme. Dale. Es una promesa – dice y hace un gesto con la mano.
Asiento.
- Una promesa.
El resto es darme vuelta. Inspirar hondo. Casarme con otra persona mejor, mas adecuada. Tener una hija, ahora que todavía tengo tiempo y me parece que quiero mas que antes. Una niña de rulos que ojalá nunca sepa que existió Javier. Una niña que camine por la principal conmigo de la mano. Una niña que pueda criar con otro, lejos de las culpas, lo que se desea y no se dice, y lo que se debe manejar.
Eso me doy cuenta. Yo no quiero una vida para manejar. Yo quiero formar una vida y una familia para vivir.
En el medio, difícil. Porque por más que uno se dé vuelta, y apueste a un nuevo programa, el pasado se mete por todas las hendijas. Me sigue preguntando si no me acuerdo. Claro que me acuerdo. Olvidarme, es el problema.