En esa época, cuando iba a su casa, Javier tenía la cafetera de cápsulas arriba del desayunador. Una noche de reunión, dentro del grupo cultural y literario en que ambos participábamos, él se había levantado de la mesa para hacer el café de la sobremesa.
Yo recuerdo haberlo mirado y haber pensando que Javier era un tonto, pero ya, sin fuerza para pelearme. Tenía 19 años. Él no me quería querer y reconocerlo me estaba costando mucho, en especial, por su actitud ambigua.
- ¿Podes ir a ayudar a Javi, a traer el café? - me preguntó uno de los comensales.
Yo me levanté, maldiciendo por dentro la idea de quedarme a solas consigo porque moria de ganas de hacer o decir cosas que "estaban mal", según él; y me acerqué a la cocina.
- Me mandaron a ayudarte- le dije a Javier.
- Ah, bueno, bueno. No te preocupes. Mirá, estoy haciendo esto.
- ¿Querés que te pase platos chiquitos?
- Si. Dale. Dame esos de allá.
Le pasé los platos a Javier y nos quedamos frente al desayunador, mirando la maquina en silencio.
-¿Y vos, qué vas a querer? ¿Un café? Tengo para que elijas cápsulas.
- Cualquier cosa. Pero con leche. El café solo me da dolor de panza.
- ¿Querés leche chocolatada? Tiene para hacer esto.
- No. Gracias. Un café con leche, esta bien.
- Bueno, un café con leche. Está bien- dijo y me tocó la mejilla.
- ¿Qué hacés, Javier? ¿Qué me tocas?
Lo miré, suplicando con los ojos. Aguantándome las ganas de darle un beso. Con miedo de que alguien entrara en esa cocina o nos escuchara.
- Nosotros dos tenemos que hablar y tenemos que arreglar las cosas. Quiero que hablemos. Por favor - me pidió.
- Si, en otro momento hablamos.
- No, hoy.
- Dale, no me jodas. En otro momento. Qué te vas a animar, vos.
- Hoy. Quédate. No te vayas. Con nadie.
Lo miré. Era la primera vez que me decia algo así. Iba a ser lo que hoy llamo "la primera confesion".
- Hablemos. Yo te llevo después a tu casa. Te lo prometo. Pero vos y yo tenemos que arreglar las cosas. No soporto que te enojes conmigo. No me gusta para nada estar mal con vos - insistió.
- (...) Pero ¿qué hacemos con todos estos? - dije.
Javier sonrió. Mas joven, mas flaco, con mas oportunidades de haber vivido un amor distinto.
- Los echamos a todos - contestó.
Le sonrei y recuerdo haber sentido una emoción indescriptible. Jamas habia ansiado tanto tener una conversación.
2.
Doce años después, Javier se para. No deja de acariciarme. Estamos en la misma cocina, de la misma casa, al lado del desayunador donde ahora solamente hay apoyados algunos objetos de rutina. La cafetera está a un costado, apartada, fuera de aquel sitio. A nuestro alrededor, afortunadamente, no hay nadie.
- Párate ahí - le pido.
Javier me mira. Quiere tocarme.
- No - insisto.
- Déjame, por favor - me pide.
- Necesito desnudarte- le digo.
Con impaciencia, le desajusto la remera, y me exaspera el cinturón.
- Ay, esta mierda
Javier se rie.
- Cinturón se llama, cinturón.
- ¿A quién se le ocurre ponerse un cinturón para un asalto? - le digo, en broma.
Javier se rie. Yo, finalmente, lo voy desnudado. Lo acerco a mi y, con un disfrute inexplicable, me dejo acercar a su cuerpo, mientras lo toco. Es una secuencia: lo miro disfrutar, me acerco, Javier me quiere morder la boca, yo se la dejo, la retiro, y lo escucho crecer en sus humores. Gime despacio. Me acerco a su rostro y aprieto su cuello contra mi. Él empieza a tocarme.
Me avanza con precisión y me agarra salvaje, como me gusta, de una manera que solo le pedi una vez por miedo. Miedo a descontrolarme. A llegar a un nivel de desenfreno que quiza no quiero o no puedo descubrir consigo.
- No hagas eso - le pido - Basta.
- ¿Por qué no me dejas, si te encanta?
- Porque me encanta. Basta. Aléjate.
Me acerca a si, y vuelve a hacerme lo que me encanta, pero no pido.
- No, nada de basta.
- Por favor, hace otra cosa, no eso - pido
- A aguantarse.
- No puedo controlarme cuando haces eso.
- A aguantarse, no me importa, te vas a aguantar.
Se rie, y me da otras atenciones. Quiere hacerme desear como dice que yo lo hago desear. Aunque lo mio no es premeditado.
- Tengo 31 años, Javier, yo no puedo aguantar.
Giramos. Abrazados, con la ropa a medio sacar, lo miro y ya no me interesa nada. Quiero que me haga el amor ahí mismo. Él está mas que dispuesto, por fin, recobrando su medida, su talla, su esencia de tornado.
Entonces, hago lo impensado. Lo tironeo para el desayunador y barro, con mi propio cuerpo, buena parte de los objetos que están ahí apoyados.
Javier me acomoda, yo me acomodo sintiéndome demasiado pequeña físicamente y aun asi, no tengo miedo. No puedo tener miedo. El deseo me colma y él entonces avanza siguiendo mi directiva. Despacio. Tenes que ir despacio.
Mientras me embiste, cada vez mas objetos caen al suelo. Yo me vuelco sobre esa superficie como si me fuera a morir. Y sigo en el trance hacia un orgasmo feroz que llega ahí mismo, con sus ecos de apoyo y sus susurros de las cosas mas osadas y hermosas.
- Asi te quiero escuchar siempre, asi ves, no te guardes nada, lo quiero todo yo- me susurra, mientras yo alcanzo el clímax más angustioso y deseado.
Un momento después, es como si le transfiriera mis espasmos. Tiembla como un enfermo con fiebre. Se sacude y gime para llegar a su sol.
Cuando el caos se ordena, me doy cuenta que ese desayunador nunca mas va a ser el mismo. ¿Quien le hubiera dicho a esos dos, sobre esa noche del futuro, doce años después, en estas circunstancias?
Más alla del deseo, de todos modos, cada vez el ida y vuelta tiene menos valor para mí. En la cama somos un duo espectacular pero fuera de ella no pienso en él. Hago mi vida. Y lo cierto es que poco a poco es una vida que lo excluye.
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