sábado, 5 de junio de 2021

Versión definitiva III

 Lo que sea que pase a partir de ahora ya no formará parte de esa historia. Tampoco será una continuación de aquéllos días. Mucho menos podrá ser un intento o emulación de las viejas pasiones. Porque ¿cómo mirar a los ojos a tanto dolor y a tanto deseo porque las cosas fueran posibles antes de que no dejaran ninguna alternativa más que el asco y la resignación? 

Esa noche entré a mi casa apenas cerré la puerta y fui directo a mi habitación. Por suerte, estaba sola en el cuarto que compartía con mis hermanas en la época donde ellas no convivían y que ahora mismo es solo esta habitación que es todo lo que yo soy condensando en un cuarto muy frío en las noches de invierno donde no llega lo suficientemente bien la estufa del pasillo. 

Sí, esa noche, hacía frío igual que estas.  Entré directamente desde la puerta de calle y no emití sonido alguno.  Mi madre sin embargo me escuchó y sabiendo que venía de estar con Javier me dijo "me asustaste, son las tres y media de la mañana, estaba durmiendo" a lo que yo no le contesté. Me encerré en mi cuarto y ese fue el preciso instante donde me di cuenta que no sabía qué iba a hacer con tanto dolor porque prácticamente no podía mantenerme en pie. 

Intenté sacarme antes que nada toda la ropa para poder ponerme el pijama y acostarme por sentir que me iba a derrumbar. Pero a medio camino me senté en el borde de mi cama, me agarré la cabeza con las manos, cerré los ojos y me fuí. Hasta el día de hoy jamás supe qué pasó conmigo ahí. Siempre supuse que ese es el estado al que llegás cuando algo en vos se rompe para siempre, cuando algo te quema y duele tanto, que no tenés capacidad de describirlo. Yo diría que me fuí porque jamás pude describir ese estado de oscuridad que experimenté en aquél instante. 

Sentía rechinar los dientes. Los oídos me pitaban muy fuerte. El silencio, el silencio de la noche era demasiado. Y yo lo único que quería hacer era llorar todo lo que no había llorado en esa despedida y no estaba pudiendo. No me salía ni una lágrima. Y realmente lo necesitaba, claro, si era una pendeja en esa época, y mi cuerpo no emitía una puta lágrima. Y yo realmente necesitaba que hiciera eso porque me daba cuenta que no era normal mi forma de reaccionar. Estaba en shock.

 Con los años lo entendí. Cuando una persona tiene una experiencia y no realiza una catarsis a tiempo, se vuelve trauma. Y hoy en día entiendo que quizá lo mejor hubiera sido permitirme llorar y sentir ese color cuando lo estaba viviendo, es decir, mientras hablábamos. Pero una parte de mi no pudo hacerlo. No quiso. Y creo que ni yo misma me di cuenta el daño que me estaba haciendo por el solo hecho de "aguantar"

Lo siguiente que recuerdo es que me acosté en la cama y lo siguiente es que me desperté. Pero en el medio me dije: "nunca más voy a volver a exponerme a sentir este dolor,  realmente yo no puedo soportarlo". Y si. Creo que entendí eso. Qué de los dolores de la vida el dolor por renunciar a lo que amamos era uno de los que yo no podía (o creía) no ser lo suficientemente capaz para soportar. 

Creo que el día siguiente a esa conversación fue la negación absoluta. Me encontré en un bar de la zona céntrica de mi barrio tomando cerveza a las cinco de la tarde. Quería escapar. Un capítulo mucho más oscuro y diferente había empezado a nacer la noche anterior, yo no había podido ni llorar, y no quería enfrentarme a toda esa mierda. Porque era mucha, demasiada, como si aquélla despedida hubiera sido en realidad la gota que derramó todo un vaso. 

Los meses siguientes fueron un infierno. Sé que nunca se lo dije a nadie, a nadie en el mundo, pero realmente yo sentí ganas de morirme. No por Javier ni por su silencio, sino, por tener que renunciar a algo que amaba tanto como nunca había amado y que no sabía que me podía doler así. Dejé la Universidad. No me molesté en continuar buscando empleo más permanente. Y a lo largo de los meses empecé a llorar todo lo que no había llorado en su momento. No dormía de noche o dormía demasiado. No comía por días enteros o trataba de reponer nutrientes comiendo todo junto.  Estaba fuera de control y aunque iba a terapia por entonces nada me consolaba. 

En el medio, a Javier, lo seguía viendo pero era para mí un espécimen extraño. Incluso él mismo me quedaba lejos en comparación al dolor de esa renuncia. No me importaba siquiera sus palabras o que se estuviera cogiendo a esa otra mina con aspecto de macho, repleta de rasgos duros en el rostro, que me miraba con cara de culo en cuanto se dió cuenta de lo que estaba viniendo a suturar, y que se dedicaba a lo mismo que estudiaba yo, y lo que Javier tanto admiraba de mi personalidad, dicho sea de paso, hasta el punto de haber creado un apodo para mí que hiciera alusión a la literatura porque lo fascinaba. 

Hasta que llegó el día donde le dije a mi terapeuta que yo no tenía interés en vivir. Ni siquiera por mi familia, por hacer felices a mi papá y a mi mamá, que siempre agradecieron tanto mi vida. " ¿Sabés lo que pasa? A mí no me interesa nada de la vida. Para mí la vida no tiene gusto a nada. A nada".

II

Con los años pasé por diferentes momentos. Me hice toda de nuevo y renaci. Mi vida por suerte cambio mucho y para mejor, gracias al cielo. Pero ese aspecto afectivo lo deje a un lado. Cerrado. Sin tocar. Separado del sexo, de los tipos, de todo lo que quisiera probar.  

Y aunque parezca increíble, lo mejor fue cuando conocí a Galeno porque fue la primera vez en siete años que sentir dolor no me importó, porque quise vivir y no estar muerta por dentro, a diferencia de todos los años anteriores a ese acontecimiento. Que volví a probar mostrar quien era realmente yo. 

Ordené una vida sin la renuncia que representó mi historia con Javier que me funcionó hermosamente. Y justo cuando todo esto quedó atrás, cuando me abrí a la vida otra vez, pero realmente, fue cuando Galeno llegó a mi vida para ayudarme a cerrar esas heridas, a sanar, y me enseñó a compartir. 

Increíble pero real. Si. Sin salir a buscar nada pero con la paz de querer empezar de nuevo en paz. Como me lo merecía desde siempre. 

Yo no sabía compartir. No sabía entregar. No sabía brindar. Aunque, eso sí, moría de ganas por aprenderlo... pero era tanto el miedo que sentía a fallar nuevamente que no me lo permití durante muchos años. ¿Y si me pasaba lo mismo, si alguien me hacía sentir como Javi, que aunque sentía no podía? ¿Y si alguien me frenaba todo el amor que podía dar, si alguien renunciaban a mi en la cara? No podía quedarme a vivir eso dos veces.  Cada vez que quería compartir con otra persona sentía que iba a atravesar el mismo dolor. Cada vez que intentaba dejar fluir dentro mío esos sentimientos genuinos sentía que iba a volver a repetirse esa noche de julio helada donde sentía que me quería morir para que no me doliera como me estaba doliendo renunciar... Hasta que apareció Galeno y me conmovió tan pero tan lejos con su valor, que no pude menos que decirle que sí, que sí a todo.  

Hoy pienso que por suerte, y por trabajo interior, me lo pude permitir. Y cagada de miedo y todo, transité ese infierno de terrores y desesperaciones como las que nunca más sentí en mi vida, que simbolizó dejarme querer sin sentir que me iban a destruir de nuevo.   Galeno parece que tuvo que venir de otra provincia a enseñármelo, porque esa su misión en mi vida, y por suerte, nuestro destino se cumplió. Se despidió deseándome felicidad y yo le deseé lo mismo. Me agradeció por haberle compartido mi tiempo, por habérselo regalado, y yo le agradecí porque hubiera hecho lo mismo con el suyo. "Siempre vas a estar en mis recuerdos " me dijo. "Vos también", le contesté.  Y ahí para mí se cerró una larga etapa, casi como todo un ciclo. 

III 

En diciembre de 2020 me separé de Galeno. Y en enero de 2021, sin notarlo, o quizá sin querer verlo, los indicios de Javier volvían a estar en el camino. Si parece joda, pero fue así. 

 Un saludo para mi cumpleaños, contacto por redes, y cruzarnos misteriosamente por el barrio como jamás había sucedido en tiempo de pandemia.   El verlo siete años después mucho más viejo y resignado, pero al mismo tiempo, simpático y encandilador. El dejar pasar cada una de las cosas. 

Hasta ahora todo fue un cóctel, un cóctel de inercia, la verdad, de desinterés real por su persona. 

Este último 18 de mayo de 2021 me dijo: "te escribo y arreglamos para tomar un vino" y yo sentí que esas eran finalmente sus palabras. Pero no, porque no son palabras válidas si no las acompaña con los hechos, por mucho que me las diga y por mucho que me quiera ver ahora, el muy escorpiano este, siete putos años después.  Aunque para mí sí fue un límite que esta vez me encontró más fuerte y con nada que perder. 

Esa es la conclusión a la cual llego en este momento de mi vida: con la última charla ascendimos a un punto de no retorno. De hablar nuevamente, nos veremos sin dudarlo y todo se terminara de convenir. Y de no hablar más, cada uno seguirá adelante con su vida. Él desde el lado del miedo. Yo desde el lado de ampliar y permitirme en todas las cosas que haga el coraje de vivir la vida como la siento en las entrañas.  Hemos definido las posiciones. 

Al menos hasta acá, yo sé que esto es la versión definitiva. Que nada de lo que sucedió hasta aquí se podrá cambiar jamás. Pero eso sí: yo también sé que lo que sea que pase a partir de ahora ya no formará parte de esa historia. 

Esto, tal y como está, lo dejamos acá.

Y si existe un después, en algún lugar, le pondré otro título. 

Fin.