El miércoles terminé, formalmente, mi etapa en la empresa. Lo terminé trabajando presencialmente, desayunando facturas con el Gerente, y almorzando rico para culminar la etapa. Le dije que me llevaba mucho aprendizaje de ese lugar, que para mí había sido enriquecedora la experiencia y que me había permitido seguir estudiando, ayudar en mi casa, y hasta conocer lugares nuevos. Él hizo su balance, me contó las mejores y las peores cosas de su tiempo allí, a modo de despedida. Continuamos trabajando hasta mucho más de mi horario real, hasta que de pronto me dijo: "gordi, son más de las 17.30 hs, andá a tu casa, ya está acá, no te preocupes". Y sí, obvio, yo ya estaba lo suficientemente cansada como para irme, en todos los sentidos, especialmente, en el mental. Así que empecé a abrigarme y a juntar mis cosas cuando se me quedó mirando y me dijo "llegó el momento". Noté que los ojos se le llenaban de lágrimas, me sorprendió eso, no imaginé que le iba a pegar así la despedida, pero lo comprendí. Los dos nos quedamos sin trabajo, al igual que otras personas que se están ubicando de a poco. "Sí, llegó... Es necesario", argumenté, y tomé mi cartera tratando de simplificar ese contacto.
Cuando salí de la oficina, dejé pasar varios colectivos. La Ciudad hervía pese a las restricciones. Por suerte, como una bendición, conseguí asiento en un colectivo atestado después de siete horas parada laburando. Me sentí afortunada por ese guiño divino y así, de bondi en bondi, fui llegando cada vez más cerca de mi casa. Al bajar del último de ellos pasé por una tienda que inauguraban. Me llama la atención la movida, así que miro bien, y me doy cuenta. Es una tienda para la que tuve una entrevista de trabajo y nunca me llamaron pese a que causé buena impresión y estaba calificada para el puesto. Pienso que la vida tiene caminos misteriosos mientras avanzo las cuadras que me quedan hasta mi destino y las luces por todos lados me iluminan el rostro detrás del barbijo. Sé que una parte de mi se siente triste por esto que dejo, pero la realidad es que otra parte de mi se siente en paz. No miento si aseguro que tengo la profunda certeza de que tengo que estar, en este momento, exactamente donde tengo que estar. Viviendo lo que tengo que vivir. Creciendo en lo que tengo que crecer. Y, especialmente, evaluando qué hacer a partir de ahora.
Hoy, por lo pronto, aproveché para hacer un detox de las redes sociales. Dormí, me recuperé físicamente, mentalmente hice todo el silencio necesario y me di el permiso de sentirme como se me antojó. Hacía mucho que no comprobaba lo bien que me puedo apoyar a mi misma y lo bien que me hace saber que cuento conmigo como jamás pensé poder hacerlo en mi vida, más allá de todo lo que esté sucediendo afuera. Y eso fue lindo, algo que me parece positivo en general.
Sobre mis ocupaciones cotidianas he decidido tomarme algunos días de descanso - ya sé cuántos, según mi agenda, porque tengo varias cosas que hacer - para poner en orden mi cabeza, ajustarme por dentro, y comenzar nuevamente. Me parece una decisión que será beneficiosa para poder proyectar los pasos a seguir a partir de ahora, y organizarme con los pendientes. Me he dado cuenta que me venía olvidando de muchas cosas, y ahora empecé a recordar cuestiones menores para las cuales me había comprometido y tengo que cumplir.
Lo que sí sé es que desde el ocho de abril cuando me enteré que me quedaba sin trabajo, hasta éste último miércoles, necesité que llegue ese momento de cierre. Y llegó. Y acá estamos, ya, en el día después.
Seguramente vaya contando qué tal todo por acá.
En estas andamos, entonces, empezando una nueva aventura...
Aprender a decir adiós es crecer, dice una canción de Cerati.
ResponderBorrarA lo que sumo que no me gustan las despedidas.
Así que entiendo esa mezcla de emociones, que sentiste.
En una etapa de incertidumbre, dedicado a algunas nociones visuales, tratando de avanzar.
Besos, mi estimada Veinteava.